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Los atardeceres en esta época no se pueden atrapar,
son furiosos y dominantes,
estallan siempre alejados de nosotros
y no se quedan quietos en el aire.
Miradlos, el cielo se rompe en pedazos rojos y naranjas
con tanta rabia que esas pobres nubes blancas
no tienen más remedio que esconderse en el horizonte
y esperar allí a la luz violeta,
que es la única que puede con ellos.
Entonces, cuando las nubes se han teñido
del color de la lavanda y no se reconocen entre ellas,
corren a esconderse entre las hojas de los enebros
atemorizadas unas de otras.
Las hojas las atrapan con sus espinas
y allí, quietas, en la sombra de la tierra,
sueñan que vuelven a ser libres.
¿Tú eres una de esas nubes?
Porque si las nubes dejan de ser lo que son, mueren
y entonces de nada les vale ser libres.
Braulio.
- ¿Me puedes ayudar? - Ya sabes que no puedo.
Lo siento.
Escúchame.
Vete. Tienes que irte, no te puedes quedar aquí,
alguien le iría con el cuento.
Yo te prometo que le diré que no te he visto,
pero tienes que irte.
¿Me escuchas, Demetrio?
¿Qué más da?
Antes o después, mandan a por mí.
Vete.
Nos veremos pronto, hermano.
¿A qué vienes, Braulio?
- ¿No lo sabes? - No.
- Coge tus cosas y márchate. - No. No lo hagas, Braulio,
- tú eres un buen hombre. - ¿Y qué esperabas, Saturio?
No debiste ir al entierro.
- ¿Qué me vas a hacer? ¿Me vas a pegar?
¿Vas a prender fuego a todo esto? ¿Me vas a destrozar la vida? ¿Qué?
Márchate.
Vamos.
Lo siento.
¿Y entonces por qué lo haces?
Que no me dijo nada, Garibalda, lo juro por Dios.
Se conoce que como el Saturio tiene buenos tratos con el tuerto,
este le habrá dicho que se iba a acercar al entierro
- e iría por eso. - Pobre niña muerta, tan joven.
- Pues Aquilino dice que el médico le ha dejado caer
- que la niña estaba preñada. - ¿Qué has dicho?
- Que la niña muerta estaba encinta. - ¡Por todos los santos!
No, si la última vez que vinieron al almacén,
esa en que no les vendí nada, ya le noté yo algo;
estaba pálida y andaba cargada de caderas.
Si ya lo decía Atilana, que Bela tenía un pie en este mundo
y otro en el de los espíritus,
cuando antaño cruzábamos dos palabras.
- Que yo sepa, ningún espíritu ha dejado preñada nunca a nadie.
- No blasfemes. - Mujer, es una forma de hablar.
Esta mujer.
¿Y ha dicho Aquilino de cuánto estaba?
De unos meses. Pocos, según le dijo el médico.
Pero vamos, que por Las Heras no se la ha visto nunca desde luego
- ni sola ni acompañada. - ¿A Bela?
Pero si el putero no le quitaba la vista de encima,
ni asomar el hocico por la puerta desde que era niña.
Como para que la pretendiese algún zagal,
hubiera matado a Atilana
si se entera de que su Bela andaba en novisqueos.
Y entonces...
Que fue su padre el que la dejó preñada en su última visita.
- ¿Pero no era que la había echado a patadas de la finca?
- Sí, pero cuando ya no tenía dónde parar, se acercaba a la casa
y se conoce que Atilana le dejaba dormir allí la mona.
- Y en esas arrimaba la sardina al ascua, ¿no?
- Es una forma de decir. - ¡Válgame el cielo!
Y no le bastaban los burdeles para aliviarse.
Cállate, Edelmira.
¿Y Atilana lo sabría?
Las madres siempre lo saben.
Braulio.
¿Y no hiciste nada?
- ¿Qué quieres que haga? Dime, ¿qué quieres que haga?
- Y resulta que esa gorda enferma me estaba robando la vida
mientras me sonreía la muy puta.
¿Tenías que ir a ese entierro?
¿Tenías que ir a ese maldito entierro?
¿Y qué voy a hacer yo ahora?
¿Qué demonios soy yo ahora en este pueblo?
Dímelo tú, que eres tan vivo.
¿Qué soy, la mujer del traidor? ¿Sí?
Vete de aquí ahora mismo.
(GRITA)
¿Cuánto se ha llevado tu hermano?
El dinero más la libreta de adeudos.
Todo. Los contratos no se los ha llevado.
Búscalo y tráeme lo que haya quedado.
No quiero volver a verlo nunca más.
Pero, madre, ¿qué está diciendo?
¿Cómo no lo sentiste entrar?
Él tampoco lo escuchó.
¿Y tú? ¿Para qué te tengo?
Ese vándalo anda merodeando por el pueblo y tú no te enteras.
¿Seguro que no te lo habrás cruzado?
No, madre, seguro.
Vete y encuéntralo.
Y asegúrate de que no vuelva nunca más por aquí.
No quiero saber nada más.
Braulio, no lo hagas, es nuestro hermano.
- Tú quieres a Demetrio. - Nosotros no sabemos querer,
nadie nos ha enseñado.
Tienes que marcharte de aquí
antes de que sea demasiado tarde;
si no, ella te va a arrastrar al infierno.
- Tiene demasiado miedo de ir sola. - ¿Pero adónde voy?
Lejos.
Esos dineros los gané a sus espaldas.
Por favor.
¿Y tú qué harás?
Intentar olvidar.
Adiós, hermana.
Parece que el potingue del Tuerto ha hecho su efecto.
La muerte de Bela debería servir para algo.
Igual es buen momento para que vayas a hablar con las mujeres.
Acabo de enterrar a mi hija
y me vienes con enredos que están fuera de mis entendimientos.
Sabes perfectamente de lo que hablo.
Nadie moverá un dedo en contra de la Garibalda.
El pueblo le tiene muchas ganas,
hasta su propio hijo Demetrio se ha ido de su casa.
¿Y qué quieres, que aporree la puerta de los cuatro locos
que han estado siempre en su contra?
Aunque hiciera eso,
no dejaríamos de ser más que cuatro muertos de hambre
y una pobre viuda sin ningún modo de sacar la tierra adelante.
No, Chiri.
Los hombres de este pueblo prefieren morirse de hambre
antes que encarar a esa enferma.
Ellos no son como los de Monte Coto.
Amparo, ven conmigo.
Ha llegado el momento de que hagamos algo
porque la Garibalda está cada vez más sola y más enferma.
- No podemos hacer nada mientras sus hijos sigan aquí.
- Escuchadme, Demetrio está acabado, el alcohol se lo está comiendo.
¿Y el mayor?
A ver, que diga Saturio si lo de su almacén fue un cuento.
- Es cierto, pero lo mío tendría que serviros como acicate,
porque mañana os podría pasar a cualquiera de vosotros.
Y no son solo los hijos, la Garibalda tiene el poder
que nosotros le hemos permitido tener con nuestro miedo.
- ¿Alguno está cercano a cumplir su arriendo?
- Ninguno, porque Garibalda no va a permitir que eso ocurra.
Eso es, y lo sabemos todos.
- Tuerto, vosotros seguís sin cobrar ni un real
de lo que os debe la Garibalda.
Como seguís allí sin poder hacer nada del apeadero,
ni cobráis ni cobraréis lo que el Indalecio os prometió
- en los contratos. - ¿Y por qué seguís allí?
- ¿Cómo que por qué? Porque los contratos siguen en pie.
- Contratos que Atilana podría heredar a la muerte de Garibalda,
los de todos.
- Y por eso tendríamos que arriesgarnos.
La Atilana ahora está sufriendo lo mismo que nosotros.
Si la ayudamos a levantar la cabeza, podríamos beneficiarnos todos.
- ¿Pero y cómo se supone que la vamos a ayudar?
- Por lo pronto, echándole una mano con la tierra.
- Avelino, ¿tú qué piensas de todo esto?
- Tienen razón en lo de que ha llegado
el tiempo de hacer algo, pero no tengáis tan seguro
de que las cosas van a cambiar con la Atilana;
son los mismos perros con diferentes collares.
Piénsalo bien, Ladis, esto no es ningún disparate.
Está todo pensado. Yo no pinto nada allí.
Si todos estos se quieren ir, que se vayan, pero mi sitio es este.
Aquí ya no hay nada. ¿No hay nada?
¿Y esto qué es? Un contrato.
Ladislao Aguado, carpintero, albañil. ¿Qué tengo allí abajo?
Tú eres mucho más de lo que pone en ese puñetero contrato
aquí y en cualquier parte.
El que se quiera ir que se vaya, yo no obligo a nadie.
Y lo mismo contigo.
¡Eh!
- Bienvenido. - Bienvenido.
- Hola. - Bienvenida.
Me alegro que estéis aquí. Mételos en el corral,
pero a esa ponla en la habitación contigo.
Y habrá que sacar la mesa grande, no los quiero dentro de casa.
No sé cómo nos vamos a organizar.
¿Ladis, Tuerto? No han venido,
se han quedado en Monte Coto. Gracias por venir.
- Un camino largo. - Ya me imagino.
- Vamos. Vamos para allá.
Lo de siempre.
- ¿Ha pasado mi hermano por aquí? - Sí.
- ¿Dónde está? - Suele andar por el callejón.
Chino, mi hermano.
Braulio, ¿qué haces aquí?
Madre me ha ordenado que te mate.
Venga, hazlo.
Hazlo.
No puedo.
No vuelvas por casa,
volverá ella.
Braulio.
- No seas ansioso, no seas ansioso. - No te pases con la comida, hombre.
- Coge más. - Ya vale con el vino.
Hay que recoger eso.
En estas fechas siempre comíamos las rosquillas que hacía Bela,
eran tan ricas.
Chiri, podríamos intentar hacerlas, sería bonito,
sería como si Bela estuviera aquí con nosotros.
Sí. Claro que sí.
Bueno, hay que seguir. Ya termino yo.
Fernando, no te vayas.
Madre, tengo que hablar con usted. ¿Quién ha sido y él qué?
Por favor, señora. ¿Qué te decía ese muchacho?
Déjale hablar.
Las cosas están empezando a ir mejor.
La tierra está dando buena cosecha, ¿verdad, Fernando?
Sí.
En cuanto se venda, podrá usted comprar otra vaca.
Todo el mundo le está ayudando, no está usted sola ya.
Eso es. Así es.
Llegó un hombre a Monte Coto buscando jóvenes para alistarse.
No. Señora.
Soy un hombre, puedo tomar mis decisiones.
Atilana, por favor. Atilana, basta.
¡Quita tú!
Nunca, nunca, ¿me entiendes? Nunca.
Tú no me dejas.
Sois unos desagradecidos, unos malnacidos tu hermana y tú.
Maldita la hora en que os parí. No digas eso, madre, por favor.
Me he dejado la vida por ti
soportando todo porque era lo que una mujer tenía que hacer,
aguantando las necesidades de tu puñetero padre
porque era lo que tenía que hacer,
dejándome los ojos para que a ti no te tocara
y dando la espalda a lo de tu hermana
porque lo tenía que hacer, ¿y así me lo pagas?
No. ¿No dice que es tan hombre?
Pues bien que puede escucharlo porque es la maldita verdad.
¿O es que hubiera sido mejor que le dejara? ¿Quién ha sido?
¿Has sido tú?
¿Has sido tú, Fernando? Él no sabía nada.
Necesitamos el dinero para recuperar la tierra,
yo puedo tener ese dinero. Escúchame, Baldo.
Si lo que quieres es que te maten, no hace falta
que te vayas a ningún sitio, ya me encargo yo, ¿queda claro?
Ya está bien.
Toma.
Yo hablaré con tu madre, no te preocupes.
Todo saldrá bien.
Ese dinero nos sacará adelante.
¿Y si te matan?
- La muerte ya está bien surtida en esta casa,
no pasará nada.
Cuídate.
Cuídate mucho, Baldo.
Tened cuidado.
Suerte. Gracias.
¿Dónde está? No está.
Maldito si le has dejado marchar.
Hace tiempo que supe que solo iba a encontrar desdén por tu parte
y aun así me quedé porque sentí que mi sitio era el tuyo
y poco me importaba que para ti no fuera de la misma manera.
Hablas mierda y yo no tengo tiempo que perder.
Escucha por una vez en tu vida.
Tus hijos han sido como si fueran los míos.
Pero no lo son. No lo son.
¿Y Bela? Lo que hiciste con Bela
no creo que te lo puedas perdonar en la vida,
pero deja en paz a Baldo porque él no tiene culpa de nada.
Deja de castigarle por tus pecados, porque te estás sirviendo de él
para justificar lo que hiciste con tu hija y lo estás matando.
¿Quién te crees para hablar de los míos?
Todo lo que he hecho lo hice por él.
Me debe la vida, ¿entiendes? La vida.
Soy su madre y me debe respeto y obediencia.
No puede pensar si yo no quiero que piense.
Si yo no quiero que respire, no respira.
Y morirá cuando y como yo diga que muera.
Ya. Lo quiero de regreso esta noche
dondequiera que esté. Y si no lo encuentras...
Fernando, si no lo encuentras, no te molestes en volver por aquí.
Tarde o temprano todos terminaremos pagando cuentas por nuestros actos,
Atilana, no lo olvides.
Madre.
Madre.
Madre. Braulio.
Madre, soy yo.
¿Dónde estabas?
Necesito ir al retrete.
¿Se sabe algo de Braulio?
No, madre. En la bodega, nadie me ha sabido decir nada.
Sujétame fuerte.
¿Te han preguntado por mí? Claro que sí, madre.
Todo el mundo quiere verla pronto y le manda recuerdos.
¿Qué dicen de Atilana?
Comentaban que los de Monte Coto se han llegado a la finca
para ayudarle con la tierra. La muy puta.
Dile a tu hermano Braulio que vaya a la finca,
quiero terminar con todo.
Pero, madre, Braulio no está, se fue, como usted le dijo.
Claro. No podemos esperar a que vuelva.
Hazlo tú.
Quiero ver las llamas de esa maldita finca
ardiendo desde Fresno.
No. ¿Qué necesidad tenemos?
Levántame.
Levántame.
Voy a necesitar un tiempo para pensar.
Aquí puedes quedarte el tiempo que quieras.
Ya, ya lo sé. Te lo agradezco.
Ya llevo demasiados años por estas tierras,
quizá sea el momento de alejarse.
Malditas mujeres.
Pareces cansado, Fernando.
Puedes quedarte en el chamizo de la Chiri.
Te ayudo a acomodarte. Vamos. Tuerto.
Baja tú también.
No pierdas de vista a las mujeres, échales una mano en lo que puedas.
Y no estaría mal que convencieses a Ladis
de que su sitio está ahí abajo.
Dios sabe que lo he intentado, pero ya sabes cómo es.
Ya. Pues ahora más que nunca hace falta que esté allí.
Agustín, estoy muy enferma
y no tengo ganas de aguantar idioteces.
Si no me ayudas, hablo con el obispo,
que, como bien sabes, era muy amigo de mi pobre Indalecio,
y le comento sobre tus obras en la parroquia de Toro.
Y... pregunta usted que qué es lo que se dice de usted
y de esta humilde casa, ¿no es así?
Pues que...
que sus hijos se han marchado,
pero son solo habladurías de las que no hay que hacer caso.
¡Válgame Dios!
¿Alguien ha visto a mi hijo? ¿Al pequeño?
A Braulio, a Braulio.
No, no, nadie.
¿Y de la línea de Francia alguien ha traído noticias?
Tránsito.
¡Tránsito!
Acércate a la bodega, que parece que el padre Agustín tiene sed
y no tenemos nada que ofrecerle.
Acérquese.
Cuentan que en su casa la Atilana
deja que convivan hombres y mujeres en pecado gravísimo.
Dicen que invitó a su marido a encamarse con su hija
y que fue él mismo quien la dejó preñada.
Luego Atilana se deshizo de las pruebas.
Ya me entiende. ¡Oh, Dios mío!
Perdónanos, Señor,
porque todos tus hijos somos pecadores.
Quiero que compruebe todo lo que le digo.
Atilana debe ser desterrada de este pueblo
para que todo vuelva a ser como Dios manda.
Ahora marche. Marche.
Tránsito le acercará el vino y un donativo a la parroquia.
A sus benditos pies, señora.
Piedras como estas hay que quitarlas
y las malas hierbas.
Mirad entre las hojas. Por dentro también todo.
Juliano, mira por aquella zona.
Tuerto, mira.
- Quitando la linde de la Garibalda. - Señora, ¿qué hace?
Preparar mi tierra para trabajar. Hay mucho que hacer.
Quiero sembrar en septiembre.
Juliano y Rodo, acabad de quitar las lindes,
hay que preparar esa tierra. Crescencio, ándate con ellos.
Tulio, vete a por las herramientas y que te ayude Casilda.
Pedro, quédate aquí, hay que seguir con esto.
Juan, vente con nosotros.
¿Qué están haciendo?
- Han tirado las lindes de la Garibalda.
Qué poca vergüenza.
Ya lo decía ella.
Atilana.
Déjalas, que le vayan con el cuento a la gorda.
Buenos días, Amparito.
Hace calor.
Tu madre trabaja con los hombres
y la Virgen lo ve todo.
Dios te salve, reina y madre.
(FARFULLA)
Es cierto.
Utiliza a sus hijas como siervas del maligno.
Arrodíllate. Arrodíllate, hija.
Que el Señor te vea humilde y sierva.
Ay, Señor.
Señor, apiádate de esta pobre criatura y ayúdame...
a limpiar el mal de su cuerpo inocente.
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