All language subtitles for Le pingre(1990) spa

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Original subtitles

- ¡Oh, Jesús! ¿Pero qué pasa? - No lo sé.

- ¡Qué hermoso! - ¡Don Arpagone!

- ¡Qué pesada! - Don Arpagone.

- ¿A qué tanto bum bum bum? - ¡Don Arpagone!

- ¡Don Arpagone! - Ya sabía yo que vendría esta.

Ya voy, ya te he oído. Eres tú la que no me oye.

¿Por qué das esos golpes? ¿Por qué chillas?

Has llamado demasiado pronto, has venido antes de tiempo.

Don Arpagone, ayer por la noche...

olvidásteis decirme a qué hora queríais que os despertara.

Así que usé mi cabeza.

¡Tu cabeza!, ¿se puede saber de qué cabeza hablas? Tú no tienes cabeza.

¿Qué te dije ayer por la noche?

Mañana por la mañana probaremos el reloj.

Se inaugura el reloj.

Todos esos animalillos cantan.

Cuando oigas cantar a la lechuza, llama.

Con la lechuza no puedes equivocarte. Tiene tu misma voz.

Sí, y con ese ruido despertáis a todo el vecindario-

Bueno, ¿y qué?

Si yo me despierto tienen que despertarse todos.

¡Faltaría más!

- ¿Cuánto os ha costado ese artefacto? - ¿Cuánto me ha costado? Caro, muy caro.

Si vos lo decís...

En todos los años que os conozco, y ya son muchos,

nunca os he entendido.

Claro, no tienes porqué entender, nadie debe entenderlo,

porque el secreto de ese reloj solo lo conozco yo.

Yo y los ingenieros suizos que lo han construido.

¿Sabes por qué lo he mandado construir?

Porque en esta casa todos son unos ladrones, lo roban todo,

incluyendo a mis hijos.

Comen, beben, no producen y consumen.

Además me gastan unas bromas, mira que huevecito me han enviado.

- ¿Es que esto es un huevo? - Don Arpagone...

para que las gallinas pongan un buen huevo...

tienen que comer, y aquí nadie les da pienso.

¿No dan de comer a las gallinas? ¿Quién ha dado esa orden?

¿Pero qué orden ni que...? ¿Cómo les van a dar de comer...

...si ni siquiera ellos tienen qué comer?

¿Dé quien hablas? ¿De esos malditos sirvientes que lo consumen todo...

no producen y a quienes pago, pago, pago, pago, pago, pago...?

Ah, entonces soy la única a quien no habéis pagado.

- ¿No? - ¡No!

- ¿No? - ¡No!

No, a ti no te pago porque te considero una más de la familia.

- Ah. - Sí, tu eres rica, ¿no estás contenta?

- Sí, muy contenta, sí. - ¿Pues entonces?

¿Y cómo es que en los 40 años que llevo con vos no me habéis dado ni 1 perra?

Por eso eres rica, porque nunca te he dado nada.

Si te hubiese dado el dinero, ahora no serías rica.

Ah, pues nunca he visto toda esa riqueza.

No la puedes ver, está allí dentro segura, encerrada en la caja fuerte.

- Ah. - Está en sitio seguro.

- Buenos días Maese Simone. - Buenos días, venid, venid.

Mirad, ¿véis lo que traigo en el carro?

Lo entrego a vuestra custodia, os hago responsables.

Después no quiero problemas con Don Arpagone, ¿eh?

- ¿Entendido? - Sí, sí, sí, entendido.

- Bien, metedlo todo en la casa, ¡vamos! - Vamos, vamos.

Maese Simone, el Señor os envía. ¡Madre mía, qué abundancia!

¡Chicos, hoy por fin comeremos!

¿Qué me has traído de la granja, dime? - Corderos, pollos, calabazas,...

lechugas, rabanitos, achicoria, cebolla roja, repollos,...

- Os he traído de todo. - Debes traérmelo todo, todo es mío.

Ah, ¿Oyes qué musiquilla? Siéntante, anda.

- Gracias. - En el escritorio.

Qué bien suena este tintineo de buena mañana.

- Vamos, hazme gozar, cuéntamelo todo. - Bien, esto es el producto...

de la venta del grano y de las 7 vacas.

- Suéltalo. ¿Has vendido las vacas? - Pues sí, tenían la solitaria.

El que las ha comprado, ha comprado 200 quintales de lombrices.

- ¿Sí? ¡No me digas! ¡Vaya negocio! - Y esto otro es del rebaño...

...que he enviado a Puglia. - Has enviado el rebaño a Puglia, bravo.

- ¿Y te lo han pagado bien? - Pues claro, a 3 escudos por cabeza.

- Que multiplicados por 1.300... - ¡No me lo digas! ¡Alto!

Lo voy a calcular...

26 aquí y 4 allí, 30 mil. Eso es.

¡Ya está! Buenos días, hijos míos. ¿Habéis dormido bien?

Tesoros bonitos. Muá. ¡Cuánto os quiero!

Aquí están vuestros hermanitos.

- Pero bueno, ¿qué haces ahí? - ¿Yo? Yo nada.

¿Cómo que nada? Me estabas espiando.

Por cierto, hoy estamos a últimos de mes, ¿no me das los alquileres?

- Cómo no, aquí los tengo. - Ríndeme cuentas que tengo que cerrar.

Sí, ahora mismo.

- ¿Y los otros tres? - ¿Qué otros tres?

- ¿Cómo qué? Los pisos son 6. - Seis....

Seis por tres, dieciocho.

Tú has hecho dirin, diri, dirin, diri, dirin diri falta din dindi.

- ¿Y los otros tres? - ¿Qué otros tres?

- Abre la mano. - ¿Qué mano?

La derecha.

La izquierda.

- ¿A ver la otra? - ¿Cuántas manos tengo, Don Arpagone?

Tres, tienes tres.

¿Cuántos escudos me has robado?

¡Cochino ladrón!

- Yo no os he robado nada. - ¿Ah, no?

Veréis, hay dos inquilinos que no han pagado el alquiler.

Ah, y me lo dices a mí.

- ¿A quién se lo voy a decir? - ¿A quién, a los guardias, no?

- Que los echen y que los arresten.

Abrid, en nombre del Papa Rey.

Señor, no podéis echar a estas señoras, os aseguro que hay un error.

Tengo órdenes y he de cumplirlas.

- Lo siento. - Tomad, es cuanto tengo.

- Dadme dos días y lo solucionaré. - Sólo un día, excelencia. Os saludo.

Vámonos.

- Todo arreglado. - ¿Quiere decir que no nos desahucian?

No. Tenemos un día, sólo me han concedido eso.

- Un día. - Será suficiente, ya verás.

Querido hijo, entre tanta desgracia, eres un rayo de sol en nuestras vidas.

Pero no queremos que por ayudarnos, te veas envuelto en situaciones...

poco claras, peligrosas. ¿Comprendes, Cleante?

No os preocupéis, señora. Mi amor por Mariana me salvará de todo.

Además, quizá os parezca chocante, pero tengo la impresión que conseguiré...

tocar el corazón de mi... de vuestro casero.

- Sí. - Ahora debo irme.

- Confía en mí, Mariana. - Lo haré.

Recuerda que solo hay dos clases de hombres: ricos y pobres.

El rico, tiene que ser avaro, si no se convierte en pobre.

Conceder un plazo a esas pobres mujeres no va a haceros más pobre.

Ahí es donde te equivocas, si das un escudo a todos los pobres que piden,

tú te harás pobre y ellos nunca llegarán a ser ricos.

La limosna no sirve para nada.

Haz como el dueño de esa casa, si no pagan, échalas.

- Échalas. - No puedo, he dado mi palabra.

Tengo que echarles una mano.

Échales una mano, dales el pie, dales lo que te parezca...

mientras no les des mi dinero.

Si fueras un hijo cariñoso e inteligente...

ni siquiera conocierías a dos mujeres pobres.

Padre, os lo he dicho, antes eran ricas.

Peor aún, han ido hacia abajo, no se merecen ninguna compasión.

Hazme caso, olvida esas dos piojosas. ¡Mándalas al diablo!

- No os preocupéis. - "Ya no espero más" (en alemán)

Aquí está.

- Don Arpagone. - Guten morgen. Guten morgen.

- Ah, guten morgen, ingenieros. - He hecho buen trabajo, debe pagar ya.

Sí, ya sé que son muy buenos y estoy muy contento, pero...

otro día, ahora... ¿no les has dicho que tengo que ir...?

He explicado a Maese Franz que tenéis que ir al Vaticano.

- Sí, voy al Vaticano. - Ya, pero si no pagar...

yo no dar llavecita y sin llavecita reloj no andar.

Cuando dar a mi llavecita, yo pagar. Otro morgen.

- Auf wiedersehen. Guten morgen. - Auf wiedersehen, Don Arpagone.

A seguir bien, relojeros.

Vaya con estos suizos, ¿dónde está el carruaje?

Un momento Don Arpagone, ya viene.

¡Venga!

Ya era hora Giacomo, ¿cuánto tiempo te hace falta para preparar el carruaje?

A mí poco, pero los caballos esta mañana no querían ponerse en pie.

- ¿Por qué? - Porque tienen hambre.

- ¿Por qué, les has dado comida? - No, me habéis dicho...

que si los caballos están parados, no debo darles de comer porque...

- no gastan energías. Eso he hecho - Sí.

- ¿Han gastado energías? - No.

¡Pues, entonces!

El hambre es un bajo instinto que tenéis vosotros, los ignorantes y cabezotas.

El cabello es un animal noble. Y aunque tenga hambre sabe dominarse.

- Será, pero los veo tan flacos. - Pues claro, no son voraces como tú...

que das asco.

Estos caballos son fuertes y musculosos, son pura sangre, ¿no los ves?

Sí, los veo. Los veo dormidos de pie. Para mí que están soñando...

...con una gran comilona. - Entonces fustígalos. ¡Atízalos!

- Que se despierten. - Sí, sí.

Vámonos, que se muevan.

- Ah, Valerio, ven aquí. - Decidme.

Oye, eres mi secretario, sólo me fío de ti.

Vigila a esos vagos que andan por la casa.

Porque en cuanto me alejo roban todo lo que pillan.

- Monta guardia como un mastín. - No os preocupéis Don Arpagone...

si faltara un solo alfiler, me hago responsable.

¿Responsable de qué? si no tienes un céntimo.

Mejor será que trates de que no roben sino tendrás que trabajar sin cobrar.

Pero si yo trabajaría gratis, para vos.

- ¿Sí? ¿Has oído? - Sí, lo he oído. ¡Este rufián!

- Ah tonto, me has asustado. - Te has pensado que era tu padre.

- Tranquilízate, ¿me perdonas? - No, por favor, pueden vernos.

Ven, sentémonos aquí.

- ¿Qué te pasa? - Empiezo a estar harta de esta comedia.

Que para poder estar cerca de mí te hagas pasar por un sirviente.

Tesoro,

si fuese rico, ya habría pedido tu mano a Don Arpagone.

Pero sabes que tras la trágica pérdida de toda mi familia no tengo un céntimo.

- Si llegara a sospechar que tú y yo... - No.

Por favor, ten confianza en mí.

Y recuerda que tu padre no es muy distinto de los demás.

El mejor medio para ganarse a un hombre es alabar sus defectos.

Aplaudir todo lo que hace.

Hasta el más listo se vuelve tonto ante la adulación.

- ¿Por qué nos paramos? - No sé.

Tenemos un rebaño delante. Eh, quita de ahí esas ovejas, venga.

¿Quién eres? ¿Me conoces? Entonces, ¿qué quieres?

Que llamo a los guardias--

- ¿Qué? - ¿Por qué paramos otra vez?

- Me temo que no vamos a poder pasar. - ¿Por qué?

¿No veis a los guardias y los que están en las jaulas?

- ¿Quiénes son? - Será mejor que no nos metamos...

donde no nos llaman.

Eh, déjame, ya veré yo si nos metemos o no. ¡Guardia!

- Diga. - ¿Podemos pasar?

- No, tenéis que volver atrás. - ¿Por qué?

- ¿No véis las jaulas? - Sí, claro que las veo.

Un espectáculo bárbaro, incivil, indigno de la Ciudad Santa.

El Santo Padre debería ser informado de esta salvajada.

Lo sabe, lo sabe.

¿Que si lo sabe? Él es quien los ha condenado a muerte.

- Pero, ¿existe la pena de muerte? - Pues claro.

Dicen que vuelve a estar de moda. Dos días en la picota y después zas.

Será mejor que nos vayamos de aquí cuanto antes.

Déjame, no me pongas las manos encima. Déjame mirarlo.

Fíjate, fíjate qué caras.

Para que los hayan condenado a muerte deben ser ladrones, asesinos,

...seguro que han cometido una matanza. - Peor, han defraudado al fisco.

- ¿Qué dices? Estarás bromeando. - No, no bromeo, mirad el bando.

- ¿El bando? - Sí, lo he visto esta mañana...

cuando iba a vuestra casa, lo he leído bien.

- ¿Y qué pone? - Ocultación de bienes,

tentativa de corrupción, impago de impuestos directos e indirectos...

y de tributos varios.

No os lo he dicho para que no os impresionárais.

¿Por qué iba a impresionarme?

- ¿He defraudado al fisco yo? - ¿Habéis defraudado al fisco vos?

- ¿Yo he defraudado al fisco? - ¿Habéis defraudado al fisco?

¿Que si yo he...? ¿Por qué repites lo que digo?

- ¿Lo has defraudado tu? - Yo no.

Bueno, pues si tú no lo has defraudado, no hay problema.

No nos pueden hacer nada.

- Pero será mejor que nos vayamos. - Sí, será mejor.

- Giacomo. - ¿Sí?

Cambia de calle, da la vuelta. ¡Vamos!

Perdonad, tenemos una cita con el cardenal Spinosi.

Pasad.

¡Mira!

- No es ese Don Oronte? - Ah, sí, es él.

Don Oronte, qué amable al salir a recibirnos.

- Hoy el cielo no promete nada bueno. - No.

Esperemos que sea sólo el cielo.

Venid Don Arpagone, el Cardenal os espera.

Claro, vamos. Venga, no te quedes ahí plantado.

- Oye, ¿estamos seguros? - Sí, sí, lo he traído todo.

El Santo Padre, aunque con dolor, ha debido ponerse el guante de hierro...

sobre su cándida mano, para castigar a esos criminales.

Creo que si su Santidad ha creído justo castigarles, hágase su voluntad.

Esperad aquí, voy a ver si su Eminencia puede recibiros.

Gracias Monseñor.

- El sombrero. - Sí.

- Con cuidado. - Ya lo tengo.

- ¿Don Arpagone? - ¿Qué pasa? ¿Quién me llama?

¿A que no me reconocéis? ¿Me reconocéis? Decidme.

- Pues os lo diré, no os reconozco. - ¿Y ahora?

- No os reconozco. - ¡Qué malo sois!

Debería sentirme ofendida, soy la Condesa Isabella Spinosi,

...hermana del Cardenal. - Doña Isabella.

Dadme unos azotes, me lo merezco, ¿pero cómo he podido no reconoceros?

A vos, a vos a quien aprecio tanto.

Con esas palabras os habéis ganado mi perdón.

Gracias Doña Isabella. Mi administrador, Doña Isabella -la hermana-.

¿Recordáis? Nos vimos en el funeral de mi marido.

Mi pobre difunto marido, el príncipe Colonna.

Claro, claro que os vi. Oh, fue un día terrible para mí.

Quién se lo iba a esperar, y verlo allí, tendido.

¿Teníais alguna relación con el príncipe?

Ah, relación... él tenía una pequeña deuda conmigo, ¿lo sabíais?

No, sabía de un prestamista usurero que le financiaba sus deudas de juego.

No, ese no era yo. La nuestra era una deuda de honor, Doña Isabella.

Mon Dieu!

Gracias a Dios, monseñor voló al cielo antes de tener que afrontar...

...la humillación humana. - Sí.

Monseñor voló al cielo pero Doña Isabella se ha quedado aquí.

Y yo, en esos ojazos con que me miráis, entiendo lo que queréis decirme.

La pequeña deuda del difunto, la pago yo, ¿no es así Doña Isabella?

¿No es así?

¡Qué risa me da!

- Tenéis un gran sentido del humor. - Sí.

- Sí, pero ya no me río. - Ah, me pareció que reíais.

Aún no, la próxima vez.

Me gustáis, adieu.

- ¿Y cuándo nos reimos? - Os lo haré saber.

Id, mi hermano os espera.

Veréis como él os hará reir mucho.

- Gracias Doña Isabella, gracias. - De nada.

- La hermana del Cardenal Spinosi. - Sí, es guapa esta Doña Isabella.

- Tiene un algo que inquieta. - Hombre, algo más que inquietante.

- Ha tenido tres maridos en tres años. - Claro, cuando te mira, te fulmina.

Por eso han debido morir los 3 maridos.

- Sabéis lo que dice la gente de ella? - No, ¿qué dice?

¿Una asesina? ¿Los ha matado ella?

No, es la hermana del Cardenal y el Cardenal es el brazo derecho del Papa.

¿Qué tiene que ver? ¿Acaso Lucrecia Borgia no era la hija del Papa?

¿Quién? ¿Lucrecia Borgia?

- ¡Madre mía dónde hemos ido a caer! - Don Arpagone.

- Sí. - El Cardenal os espera.

- El Cardenal. - Entrad.

Gracias Don Oronte.

No arrastres los pies. Con permiso.

Eminencia, Don Arpagone está aquí.

- ¿Cuál de los dos es el retrato? - Acercaos, su Eminencia espera.

Eminencia.

Iluminadme, querido Don Arpagone, ¿para qué habéis venido?

¿Que a qué he venido?

Estoy sorprendido por vuestra injustificada hilaridad.

Decidme qué queréis. Retiraos.

Claro. Perdonadme Eminencia, pero, ¿cómo que qué quiero?

¿Qué podría querer?

Estamos a últimos de mes, Eminencia. ¿Recordáis ahora?

¿Debería recordar algo, Don Oronte?

¿Qué haces ahí tan quieto? Dame el contrato, no ves que no se acuerdan.

Ved Eminencia, este es el contrato. Aquí está.

Esta es vuestra firma, y este el sello del Vaticano.

- Volved allí. - Sí.

Hace tres meses, presté 100 mil escudos al Papa.

- Todo cuanto tenía, Eminencia. - Ese dinero que nos habéis prestado...

...con tanta usura. - No.

No, Eminencia, no digáis esa palabra tan fea, que me duele el corazón.

- Por otra parte en el Evangelio no... - Dejad en paz el Evangelio,

ese es mi terreno.

De todas formas, hoy vence el contrato y he venido a retirar el capital.

Más tres meses de intereses que, sólo al 18%,

no creo merecer, Eminencia, ese calificativo tan feo.

Don Arpagone, si conocéis el Evangelio...

también conoceréis la Parábola de la oveja descarriada.

Sí, lo de la ovejilla lo recuerdo.

Es nuestro deber perdonar a la oveja descarriada,

pero aquí, Don Arpagone, no se trata de una sola oveja,

sino más bien de 1,347

¿Dónde ha ido a parar el rebaño de vuestra finca de Fogliano?

- ¿Dónde ha ido a parar? - ¡Eso os pregunto!

- ¿Dónde ha ido a parar? - Sí, ¿dónde ha ido?, ¿dónde?

Bajo tierra, Eminencia. Sí, la peste ovina ha terminado con mis ovejas.

- ¿No es verdad, Maese Simone? - Sí.

Ah, has dicho sí.

- ¿Qué has dicho? ¿Sí? - ¿Qué debo decir?

Nos han llegado noticias mucho más tranquilizadoras.

Ese gran rebaño ha viajado hace unos días a Puglia.

¿De verdad, Eminencia? ¿Has oído Maese Simone?

Nuestras ovejas no han muerto, han viajado a Puglia.

Oh, alabado sea el Señor.

Me consta...

que ese gran rebaño lo habéis vendido por un total de 30 mil escudos

Olvidando, desgraciadamente, de pagar los impuestos debidos.

Ah, eso es grave.

- Pero, ¿qué has hecho? - ¿Yo?

- ¿No has pagado los impuestos? - ¿Yo? Pero si vos...

¡Qué dices! ¿Te das cuenta de lo que has hecho?

Decídeselo vos, Eminencia.

Decidle la pena para los que no pagan los impuestos. Decídselo.

- La muerte. - ¿Oyes? La muerte.

Lo he oído, la muerte. ¿Y yo qué tengo que ver?

Sabed que en estos días, la mirada del Santo Padre...

se está posando sobre vos.

¿Y eso es bueno o malo, Eminencia?

Eso no puede saberse, misterium eclesie.

Lo que sin embargo es cierto, es que su Santidad me ha encargado...

haceros saber que, en este momento, por desgracia,

no se os pueden restituir vuestros 100 mil escudos

- ¿Eso ha dicho el Santo Padre? - Sí.

Perdonadme, Eminencia, pero me da vueltas la cabeza.

Ya lo veis, me estoy poniendo malo, excusadme, Eminencia.

- ¿Estoy pálido y demacrado? - No.

Tú cuando tienes que decir sí, dices no.

El Santo Padre, en su magnanimidad, os está muy agradecido por el préstamo.

Y me ha autorizado a pagaros los intereses trimestrales.

¿De verdad? ¡Eso sí que es una buena noticia!

- ¿Tu lo habías entendido? - Yo sí.

Con que sí, y no podías decírmelo, imbécil, me ha dado un susto.

He aquí los intereses.

Ah, esto sí que me cura.

Ahora si me lo permitís, Don Arpagone, lo vuelvo a guardar.

Será como si lo tuvierais vos.

- Ya comprendéis porqué. - No, perdonad.

Cómo aún me da vueltas la cabeza, no lo entiendo.

¿Por qué lo habéis guardado otra vez?

Es tan sencillo, Don Arpagone. Lo guardo en el fondo común.

- ¿Lo entendéis ahora? - ¿Eh?

- ¿Lo has entendido? - Bueno, yo...

No me digas que lo has entendido porque pido perdón a su Eminencia...

y te doy un palo en la cabeza. ¿Qué es?

- ¿Qué es todo esto? - El fondo comun, Don Arpagone,

es la acumulación de los bienes de las familias que se unen.

- Vuestras riquezas se multiplicarán. - Sí.

- Cierto. - ¿Qué decís?

La felicidad de mi hermana es...

la cosa más querida para mí en esta vida terrenal.

Es un alma hermosa, piadosa, generosa.

¿No os dais cuenta, Don Arpagone? Al casaros con mi hermana...

habréis emparentado conmigo.

Entraríais a formar parte de la gran familia del Vaticano...

tras los esponsales con mi hermana.

¡Ah, después de los esponsales! Perdonad, no os había entendido.

¿Tendría que casarme? ¿Casarme con vuestra hermana?

No, no, lo siento muchísimo pero...

no puedo casarme con vuestra hermana.

Decidme, Don Arpagone, ¿habéis oído alguna habladuría sobre mi hermana?

¿Alguna infamia por la muerte de sus tres maridos?

No son habladurías, Eminencia, han muerto los tres.

- ¿Quizá os da miedo la muerte? - Si he de seros sincero, sí, un poco.

- Pero si estáis vivo. - Sí, de momento estoy vivo.

- Gracias a Dios. - Entonces, ¿por qué estáis tan alterado?

¿Es que por desgracia no os place mi hermana?

Sí, no, claro. Cuando la vi, me quedé muy impresionado.

¿Verdad? Díselo, díselo, despierta de una vez.

Sí, sí, es verdad, os impresionó mucho, muchísimo.

Impresionado, por eso he dicho que me da miedo.

Eminencia,...

quiero confesarme.

Pero, Don Arpagone, levantaos, ahora no es posible confesaros.

Entonces os hablaré como en confesión, he pecado, he pecado.

¡Volved a vuestro sitio!

Eminencia, necesito vuestro perdón y toda vuestra comprensión.

Estoy aquí para escucharos, sinceraos con vuestro pastor.

¡Pastor!

Ya no soy puro.

Como mi condición de viudo podría hacer pensar.

He cedido a las llamadas del demonio y a los placeres de la carne.

¿Pero, qué habéis hecho?

Desde hace mucho tiempo, Eminencia, tengo una relación amorosa..

con una mujer.

Pero, ¿qué me decis? Eso no necesita ser perdonado.

Sois viudo, sólo. Y tratar de aliviar vuestra soledad no es un pecado.

- ¿No? - No, no.

La iglesia puede intervenir y liberaros del compromiso.

Por otra parte, ¿se trata sólo de... una relacion amistosa, verdad?

No del todo.

Y ahí precisamente, nace el problema.

La muchacha... está encinta.

¿Cómo es posible? ¿Qué ha sucedido?

¿Que qué ha sucedido? Eminencia,

...me lo ponéis dificil. - ¡Don Arpagone!

A vuestra edad.

Ha sido la voluntad divina.

A la que no puedo sustraerme, ni como hombre ni como buen cristiano.

- No, Eminencia. - Entiendo.

Ante una criatura que va a nacer,...

...hemos de resignarnos. - Sí, resignémonos.

Resignémonos, no hay nada que hacer.

A saber cómo se lo tomará el Santo Padre.

¿Y cómo puede tomárselo?

Tenía la intención de bendecir personalmente...

vuestra unión con mi hermana.

¿Ah sí? El Santo Padre es tan bueno que lo comprenderá.

Claro, claro. Si todo lo que habéis confesado es cierto.

Pero si habéis intentando engañarme...

...entonces, Don Arpagone, por medio del Santo Padre, caerá sobre vos...

...la ira divina, como un rayo.

- ¿Qué pasa? ¿El Santo Padre? - No, llueve.

- Menos mal, ¿qué hacemos? - ¿Qué hacemos?

- Nos vamos. - Y ¿no nos despedimos?

Sí, nos despediremos.

Eminencia, ya nos vamos y gracias por vuestra comprensión.

- Eminencia. - Vamos, vamos.

Ah, por cierto.

Eminencia, dado que todo queda como antes, ¿verdad?

Y esto ya no va al fondo común, recojo mis intereses...

y dentro de tres meses, volveremos a vernos.

- ¿Está bien? - Quizá nos veamos antes.

- Sí, quizá antes. - Andad, andad, que Dios os proteja.

- Gracias. - Gracias, Eminencia.

¿A qué vienen estos truenos si hay sol?

Esos rayos me han asustado tanto.

Ha habido un momento en que yo también he tenido miedo.

Suerte que en medio de tanta desgracia tenéis la fortuna de una prometida...

...embarazada. - Sí, gracias a ella.

Gracias a ella hemos salido con bien de esa terrible situación.

Desde luego, gracias a ella, pero me pregunto...

¿Quién es ella? Yo no sabía nada y vuestra familia tampoco lo sabe.

Claro, nadie sabe nada, si ni siquiera lo sé yo.

Es algo secretísimo, nadie tiene que saberlo.

Ah, sí, de acuerdo.

¡Dios mío! ¿Qué pasa? ¿Es el Cardenal que nos manda prender?

- No, no, es el Papa. - El Papa.

La mirada del Santo Padre se ha posado sobre mí.

- Don Arpagone. - ¿Qué?

¿Qué hacemos?

Tengo que arreglarlo todo antes de que actúe el Cardenal.

Y sólo hay una persona que pueda ayudarme.

Oh Dios, ¿qué es esto? Uf, ratas, qué asco.

¡Qué asco! Fuera, fuera ratas asquerosas.

- Eh, ven aquí con nosotras- - Vosotras, ¿qué queréis?

- Mira lo que tengo. - Dejadme, dejadme tranquilo.

¡Señor!

Quiero un beso.

- Quiero un beso. - Aparta, borracho asqueroso.

Borracho tú, yo sólo quería un beso. ¡Qué antipático!

Ya no hay gente amable.

- Don Arpagone. - Abre.

Sí, sí, enseguida.

- Repito el envite. - Bueno.

Cuatro.

Ahí está, qué mala suerte.

Dos, dos.

- Perdonad. - Por favor, seguid jugando.

Don Arpagone, qué honor. ¿Qué puedo hacer por vos?

Callarte y sacarme de este tugurio cuanto antes.

Tengo que hablarte urgentemente.

Venid, venid, pasad,

hablaremos "en privé", entrad os lo ruego.

- Entrad, estáis en vuestra casa. - Pues ya estamos los dos "en privé".

Así que vives aquí, ¿eh?

¿Qué es este elefante?

Esto es tu privé, ¿Y todo este lujo de dónde sale?

- Es fruto de mis ahorros. - No. Fruto de lo que me robas.

Ah, ¿os robo? Entonces mirad esto.

- Sí, mirad esto. - ¡Las cuentas!

- Muéstrame a ver. - Mirad.

No, no hagas eso.

Los porcentajes del juego suman 7 mil escudos.

Comidas y bebidas, 800 escudos.

- Y las chicas. - No, no, las chicas no.

Haz una cuenta que comprenda todo, no quiero saber nada de las chicas.

- Pero lo que rinden, sí os interesa. - Sí, sólo lo que rinden.

Lo que puedan hacer no me interesa, porque yo tengo mis principios morales.

- Bravo, buenos principios. - Sí.

El dinero es asunto mío, cómo lo ganan las chicas es asunto tuyo, ¿está claro?

- Yo no cuento nada, el amo sois vos. - Sí.

Así es y recuérdalo siempre.

- Guapo. - ¿Quién?

- Guapísimo. - Venga mujer.

- Guapísimo. - Lo sé, pero no exageres.

- Venid aquí. - No exageres, estate quieta. Sé buena.

¿No me dijísteis el otro día que buscase un marido para vuestra hija?

- Rico y que no quisiera dote. - Sí, ¿por qué?

Pues lo he encontrado.

- ¿De verdad? - Sí.

De ti se puede decir de todo pero hay que reconocer...

...que como celestina eres la mejor. - Gracias, muy amable.

¿Qué dices de amable?, es cierto, y lo que es cierto, es cierto.

y vamos si lo eres.

- Venid a ver. - ¿Adónde vas?

- ¿Lo veis? - Sí, lo veo.

- Venid aquí y mirad. - Y si no quitas esto, ¿cómo voy a ir?

- ¿Qué hacéis? - Quítalo ya.

Venga, subid.

- Mirad ahora. - Sí, sí.

- ¿Quién es? ¿dónde está? - Aquel de allí.

- ¿Dónde? - El que está frente a vos.

Sí, ya. ¿El que lleva el traje de oro con encajes?

Sí, aquél con tantos encajes.

Qué hombre tan guapo, y que fuerte, fuerte.

Juega fuerte.

Y se ríe. ¡Bravo!

- ¿Gana? - Pues no, pierde.

Por eso me gusta.

Si uno que pierde, ríe, debe tener mucho dinero.

Mucho, muchísimo, además se ha quedado solo.

Ha perdido a toda la familia de forma trágica.

Oye Frosina, ¿estás seguro de que se casará con mi hija sin dote?

Segurísima. Basta con que sea guapa y pura.

Yo garantizo pureza y castidad, llévalo a casa,

...así podré conocerle. - De acuerdo.

Lleva también a esa viuda rica que se casará con mi hijo Cleante.

Como mandéis Don Arpagone.

Y ahora que hemos pensado en los hijos, sentémonos.

Vamos a hablar de mí. Oye, Frosina...

La otra noche, me desperté con un gran deseo.

- Un gran deseo. - Sí, un grandísimo deseo de casarme.

- ¿De casaros? - Sí, de casarme, como lo oyes.

Y entonces pensé...

...que nadie en el mundo mejor que tú... - Querido, querido, querido.

- No, estáte quieta. - Cariño.

- ¿Qué quieres? - No me dábais esperanza.

Levanta, ¿qué te pasa? ¿pero qué he dicho?

¿Me preguntáis qué habéis dicho?

Le habéis vuelto a dar a mi corazón la esperanza que había perdido...

de casarme.

Y ahora me habéis pedido en matrimonio.

¿Estás loca? ¿Cómo se te ocurren ciertas cosas?

- ¿Entonces? - ¿Entonces qué?

Te he dicho que me quería casar no que me quisiera casar contigo.

¡Vamos,mujer!

Perdonadme, por un momento olvidé quien soy.

- Procura recordarlo. - ¿Quién soy yo?

Sin embargo para ciertas cosas eres inteligente.

- Porque ¿cómo soy yo? - ¿Qué? ¿Cómo eres?

- Eres inmoral. - Ah, gracias.

¿Qué gracias? Es verdad.

Decidme, ¿cómo es que ahora habéis decidido casaros?

Siempre habéis dicho que una esposa es una extraña...

y que casarse era como llevar una enemiga a casa.

Y así es, es una enemiga.

Por eso quiero saber a quién me meto en casa.

Si puediera evitaría esto sino fuera porque me veo obligado.

- ¿Pero quién os obliga? - ¿Quién? Pues eso ¿no?

...las circunstancias. ¿Y a ti qué te importa?

Tengo que casarme cuanto antes.

- Calmáos . Sí.

Si ya lo habéis decidido todo, ¿cuál es el problema?

Ese es el problema.

Que no tengo esposa, tú debes encontrármela.

So no fuera por esto, ¿crees que hubiera venido aquí?

Qué sé yo, un deseo.

Un pecadito.

¿Ves, cochina, en lo que estás pensando siempre?

Vas a encontrarme esposa, ¿sí o no?

Sí, sí, os la buscaré. ¿Y cómo debe ser esa esposa?

Eh... ¿cómo debe ser?

- Ha de ser digna de llevar mi nombre. - ¡Claro!

A ser posible, rica.

En cualquier caso, joven, bella, educada, modesta, ahorradora...

...obediente, simpática. - ¿Y nada más?

y encinta de dos meses.

- Qué chiste tan bueno. - No, no, no es un chiste,

...tengo que encontrarla cómo sea.

- Inmediatamente. - Inmediatamente, inmediatamente.

Dadme tiempo de ver lo que hay en el mercado.

Está bien, míralo.

Vamos a hacerlo así, nos veremos mañana en la misa de medidodia en San Jorge.

En la iglesia, ¿qué vamos a hacer en la iglesia?

Justamente allí convocaré a vuestras posibles esposas.

Todas temerosas de Dios y sin que ninguna sepa nada.

Así podréis observarlas sin comprometeros.

- Como en un desfile. - Sí, ¿estáis contento?

Claro que estoy contento, ahora sí.

Me has respondido como lo que eres.

Muy bien, se nota que tienes cerebro.

- ¿Solo véis eso en mí? - ¿Eh?

Sí, sólo veo eso.

Decidme al menos que estáis contento conmigo.

- Sí, sí, sí. - Decídmelo, decídmelo.

Estoy contento, estoy cont...

¿Os ha gustado?

- ¿Os ha gustado? - No, sí, sal, ayúdame.

Es mejor que me vaya, si no terminaré mal.

- ¿Por qué lo has hecho? - Yo soy así.

- Ha sido bonito. - Sí.

Te lo ruego, Frosina, no me abandones.

Dormid tranquilo, Don Arpagone.

Nos vemos mañana en la iglesia.

- ¿Quién es ese cliente? - Un señor.

- ¿Rico? - Muy rico.

- ¿Y os corteja? - Sí, pero él no lo sabe.

¿Qué queréis decir?

Que si las cosas van como espero,

dentro de dos días seré la patrona de este local...

...y quién sabe de cuántas cosas más.

- ¿Entonces nos váis a dejar? - Bueno.

- Vamos, vamos, chicas, a trabajar. - Está bien, está bien.

- ¿Quién ha llegado? - Quien ya sabéis.

- Hazlo pasar. - Ya voy.

Buenas noches, Monseñor, sed bienvenido.

¿Me habéis conseguido lo que os pedí?

Pues claro, Monseñor.

Por favor, por aquí, seguidme.

- ¿Has visto quién es? - Sí.

Muy bien.

- Muy bien. - Naturalmente.

Como siempe, a vuestro servicio.

¿Qué vemos a nuestro alrededor, hermanos?

El pecado,

la corrupción, el odio, el abuso de poder.

Porque incluso en esta ciudad,

la ciudad Santa,

la ciudad del Papa,

hoy los valores del espíritu son un mero recuerdo.

Dinero, oro, joyas, lujuria.

¿Con quién la tiene tomada ese loco?

- ¿Vos qué creéis? - ¿Qué se yo?

Si hoy, Cristo,

viniera a echar a los mercaderes del templo,

Roma quedaría desierta...

y todos serían precipitados...

en las llamas del infierno.

Y vosotros también.

Tú también, te abrasarías vivo, con todo lo que bebes.

- ¿Van a venir o no esas novias? - Tranquilo, llegarán.

- Ahí viene la primera. - ¿Sí?

Dios mío.

Es la primogénita de un mayorista de maderas.

Y su padre le ha hecho la pierna, la pata de palo.

Es una magnífica poetisa y la pintura al temple no tiene secretos para ella.

Vos valoráis más la inteligencia que la belleza, ¿no?

Todo lo contrario.

Quiero a la mujer con unos muslos así.

Pero de los de verdad, no de madera.

- Agnus Dei, qui tolis pecata mundi - Miserere nobis.

- Agnus dei qui tolis pecata mundi - Dona nobis pacem.

Y las otras, ¿no vienen?

- Agnus dei qui tolis pecata mundi - Miserere nobis.

Tened paciencia, ya vendrán.

Ahí está, ya viene la segunda.

- ¿Viene? - Esa es hija de Dominici.

Tiene un carácter muy exhuberante como podéis ver.

Y es una excelente cocinera.

Tiene la ventaja de parecer encinta.

Sí, embarazada,

¿que lleva, toda una familia ahí dentro?

- Comprendo, no os agrada. - No, no me agrada.

Bueno, mi candidata preferida aún no ha llegado.

Menos mal.

Ahí está, ya llega.

Se llama Esmeralda Batiferi.

¿Esmeralda? Si tiene barba.

No sabéis cuánto me ha costado convencerla...

para que se dejase ver por vos.

Pensad que la querían encerrar en un convento.

Y la deberían encerrar y tirar la llave.

Don Arpagone, ¿qué puedo hacer si tampoco esta os gusta?

Cierto, ¿qué puedes hacer?

¡Eres una asquerosa!

Hablad bajo, estamos en la iglesia.

¡Me has traído tú a la iglesia!

- Callad. - No, cállate tú.

Calmaos, ¿cómo iba a encontrar en 3 horas una mujer como vos queréis?

- ¿Qué? - El óbolo.

Ya voy, espera.

Esa sí que sería mi mujer ideal.

- ¿De quién me habláis? - De aquella joven,

joven, hermosa, modestamente vestida,

...religiosa, ahorradora. - ¿Cómo sabéis que es ahorradora?

Si ni siquiera la conocéis.

Lo he comprendido, al ver cómo se resiste al óbolo.

¡Vaya con ella!

- ¿La conoces? . No, yo no la conozco.

Claro, tú no conoces a las buenas.

Te ha sorprendido que la haya descubierto, ¿eh?

Cuando termine la misa, sal...

y proponle el matrimonio.

Y no me gastes otra vez tus estúpidas bromas porque...

In nomine Patris, et filii et Spiritus Sancti. Amen.

- Ite, misa est. - Deo gratias.

Eh, espera.

Eh tú, espera.

- ¿Es a mí? - Sí, sí, es a ti.

Perdonad, no os conozco.

Me llamo Frosina, vivo en el callejón del pie.

Sólo te quiero hacer una pregunta, no te preocupes.

¿Eres soltera o estás casada?

No estoy casada, ¿por qué?

Caramba, eres tan bonita que esperaba que estuvieras casada.

¿Esperábais que estuviera casada?

Perdonad, ¿pero qué puede importaros eso?

Más de lo que imaginas.

En fin, dado que eres soltera, he de proponerte algo.

Hay un hombre muy rico, algo mayor, que te ha visto en la iglesia...

y se ha enamorado de ti hasta tal punto que quisiera casarse contigo enseguida.

¿Casarse conmigo? Pero si ni siquiera sé quién es.

¿Qué importancia tiene eso? No le des más vueltas, te he dicho que es rico.

Sí, os he oído, pero no lo conozco y por lo tanto, no le amo. Perdonad.

Mujer, razona. Eso no tiene nada que ver.

A un hombre rico no hay que quererle, hay que casarse con él y nada mas.

- ¿De verdad es tan rico? - Inmensamente rico.

Bien...

os estoy muy agradecida a los dos, a vos por molestaros...

y al señor por hacerme una proposición tan halagadora.

Creedme,

aceptar vuestra propuesta, resolvería muchos problemas de mi vida.

Vamos a ver, ¿me estáis diciendo que queréis aceptar?

Si fuera menos egoísta, debería aceptar inmediatamente.

Mañana nos van a deshauciar

Y por si fuera poco, no vivo sola, tengo una madre enferma.

Este matrimonio hubiese podido devolverle la serenidad...

y el bienestar que tanto necesita.

- Pero... - Pero, ¿pero qué?

Pero ya estoy enamorada.

Y a veces el amor nos vuelve muy egoístas.

- Entonces, entonces, ¿vas a rehusar? - Sí.

Pero, espera. ¡Espera!

- Buenos días. - Buenos días.

Buenos días, disculpad, busco a Maese Augusto.

- Voy a avisarle. - Gracias.

Buenos días.

Buenos días, excelencia.

Si no me equivoco, no tengo el placer de conoceros.

No, en efecto.

¿Habéis venido para un préstamo?

Sí, quisiera un préstamo de 50 mil escudos.

Es una cifra muy importante.

Me parecéis demasiado joven para ser un hombre de negocios.

Tenéis razón, quiero el dinero para casarme.

Ah, para comprar una casa digna de vuestra esposa, supongo.

- Sí, así es. - Y como garantía, ¿qué vais a ofrecer?

¿Tenéis objetos de arte, oro, joyas?

No exactamente, veréis, he traído los títulos de propiedad de mi familia.

Dad una ojeada.

Bien, un patrimonio muy sustancioso.

Si me conecedéis el préstamo os aseguro que no será por mucho tiempo.

Mi padre es un hombre anciano y muy, muy enfermo.

Creo haberos comprendido.

Me estáis pidiendo un préstamo a "padre muerto".

- ¿Exacto? - Exacto.

Podéis dar por hecho el negocio.

Pero dada la importancia de la garantía debéis darme tiempo hasta mañana.

Pero haceos cuenta que el dinero ya está en vuestro bolsillo.

- Gracias, gracias. - Y ahora,

¿podéis decirme el nombre de vuestro padre?

Preferiría decíroslo mañana,

antes de que me concedáis el préstamo.

Sois reservado, me parece justo.

Tratándose de dinero, la prudencia es necesaria.

Exacto.

Te tengo dicho que no vengas a casa.

No quiero que se sepa que tengo una casa de empeños.

Luego dicen que soy un usurero.

- ¡Márchate! - Es un asunto muy importante.

- A saber lo que llamas tu importante. - 50 mil escudos.

Vamos, siéntate. 50 mil escudos, ¿y de qué se trata?

Se trata de un préstamo "a padre muerto".

¡A padre muerto!

Bien, esto si que es una buena noticia.

Ahí tenéis el certificado médico.

Esperemos que muera pronto ese padre. ¿Qué dicen? ¿Cuándo se muere?

- Prontísimo. - ¿Qué edad tiene?

60 años. ¡Sesenta!, tiene mi edad.

Esperemos que esté peor que yo.

¡Fíjate! Tiene asma, insomnio, mala digestión, ¿mala qué?...

¡Evacuación!. Bien. Estado de salud: ruinoso. ¡Muy bien!

Muy bien. Previsión de vida de 3 a 6 meses.

Con lo que tiene me parece mucho.

- Ahora os leo la lista de propiedades. - Sí, vamos a ver qué tiene.

10 mil ovejas en el lago de Bracciano

Vaya, 10 mil en el lago de Bracciano, linda con nosotros.

¿No sabía que había otro rebaño?

- Una salina en Ostia. - También la salina... ¿Una salina?

Búfalas, quesos, tierras de labor, alquerías.

Propiedades en la ciudad: 200 pisos en alquiler, 50 tiendas,

una casa de juego en Vicolo del Piede, número 7.

¡Cretino! ¡Imbécil!

Este "padre muerto" soy yo. ¿No lo ves? Es la letra de mi hijo.

¡Asesino! ¡Parricida!

Tres meses de vida me han dado.

Tenéis que creerme, yo nunca había visto a vuestro hijo.

¡Padre!

He venido a deciros que me voy de casa.

¿Y tienes el valor de presentarte aquí? ¡Asesino!

Sí, os digo adiós. He ganado 50 mil escudos en el juego.

- ¿Qué hacéis vos aquí? - ¿Que qué hace aquí?

¡A padre muerto!

- ¡Yo lo mato! - ¡Padre!

Quieres matarme a mí pero yo te mataré a ti.

- Dejad que os explique. - ¿Qué vas a explicarme? Está muy claro.

¡Asquerosísimo hijo mío!

Está todo bien claro, sois el dueño de la casa de empeño.

- Mi padre es un usurero. - Sí, soy un usurero.

Pero ya no soy tu padre.

Ya no tengo hijo después de lo que has hecho.

Nunca hubiera tenido que hacerlo si hubieseis tenido corazón.

Habéis destruido mi amor.

Y vuestra crueldad va a obligar a la mujer que amo y a su madre,

a llevar una vida de humillación y de dolor.

Y tú para salvar tu amor, matas a tu padre o lo vendes "a padre muerto".

Vete de aquí, sal de esta casa, no quiero volver a verte.

Vete a vivir con esas dos piojosas.

Mariana, déjalo, es inútil.

No le estoy esperando, él me lo prometió.

Cleante no tiene culpa de nada.

Sabes que ha hecho cuanto le ha sido posible por ayudarnos.

- Sí, sí. Pero, ¿ahora qué hacemos? - Irnos de aquí.

Es inútil luchar contra el destino,

los designios de la providencia son inexcrutables.

Debemos resignarnos.

¡Cleante, estamos salvadas!

- ¿Tenéis el dinero? - Los estábamos esperando.

- No, no lo tenemos. - Hemos venido a llevarnos los muebles.

Son propiedad del dueño de la casa.

Quizá podríais sugerirnos algún lugar donde ir.

Dos calles más arriba, está el asilo del Sagrado Corazón.

Perdonad, ¿sabéis dónde puedo encontrar a Frosina?

¿Eres la nueva de Florencia? Espera un momento, ahora te abro.

- Creí que no ibas a venir. - Me he entretenido, ¿ha llegado ya?

Entra, entra.

No sé quién será.

Espera, voy a llamarla.

¿De dónde vienes? ¿Eres de Roma? No te he visto antes.

- Déjame ver. - Creo que os confundís.

Sólo he venido para hablar con Frosina.

- Aquí estoy. - Buenos días, Frosina.

Ah, eres tú, ¿cómo es que has venido a verme?

- Lo lamento. - ¿Lo lamentas? ¿y entonces?

Sí, no quisiera hacerlo, pero me veo obligada a aceptar su proposición.

La proposición de matrimonio.

Frosina, desgraciada, ¿qué te estás calentando?

Hace frío.

Tú, si no descubres las nalgas no estás contenta.

- Ven aquí, cuéntame. - Vengo, ahora os cuento.

Alégrame un poco tras tanta ansia.

- Dime su nombre, ¿cómo se llama? - Se llama Mariana.

- ¿Mariana? - Sí.

¿Mariana? Bello, bellísimo; joven, hermosa. ¡Mariana!

Me alegro mucho de que estéis tan contento.

- Mariana también lo está. - ¿En serio?

Y, ¿no te ha puesto ningún inconveniente?

- Ninguno. - ¿Ninguno?

Y me ha aceptado así, sin objetar nada, ¿ni la edad?

Al contrario, le gustan los ancianos y detesta a los jóvenes.

- ¿No me digas? - Sí, le gustáis sobre todo por la edad.

- Si no me ha visto nunca. - Os equivocáis.

Ya se había fijado en la iglesia.

La chica no tiene nada de ingenua.

Fingía rezar, pero se dio cuenta de cómo la mirábais.

Entonces, además de ser bonita es listilla.

Pues sí.

Y también inteligente, sabe muy bien lo que quiere con este matrimonio.

- Estupendo. - Aquí está el contrato.

- El contrato. - ¿El contrato? ¿Qué contrato?

Las capitulaciones.

- ¿Mariana pide algo? - Sí, pero es muy modesta,

...lo propio de su caracter. - Eso está bien.

- ¿Qué peticiones son esas? - Os las leo.

- Lee, lee, solo por curiosidad. - Un piso para ella...

...y otro para la madre. - La madre, ¿qué madre?

- Doña Elvira, una noble dama. - Sí, ¿y qué pretende?

- ¿Traerme a casa a su madre? - Sí, es la primera petición.

- Ah, ¿es la primera? - Sí, después dos doncellas,

un cocinero francés, dos carruajes con caballos y cocheros,

...un sastre y un peluquero. - Sí y un enterrador,

para cuando me encuentren muerto y tirado en el suelo.

Y yo qué queréis que os diga, todo esto es para la madre.

Para ella solo pide lo que pediría una chica habituada a vivir...

en una gran familia de ambiente intelectual.

- Claro. - La manutención de un poeta...

...y de un músico. - ¡La manutención!

A esos cuando les hospedas, comen, beben y no se van.

- Imáginate, músicos. - Luego un viajecito al año...

a París, para comprar vestidos, joyas y cosméticos,

para una chica de su rango.

- Ya, ya. - Eso es todo.

Eso es todo.

- ¿Y esto es un contrato nupcial? - Sí.

Pero esto es una declaración de guerra.

- No, no, calmáos. - Es un duelo a muerte...

con sangre, muerte y heridos.

- Y yo ¿qué pinto? Calmaos. - Sí, calmáos.

No la he elegido yo a la chica, la habéis escogido vos, ¿sí o no?

- Nadie os obliga, podéis decir que no. - Pues digo que no.

Es una asesina,

asesina era la otra y asesina es esta y mi hijo "a padre muerto".

¿De quién puedo fiarme yo? De nadie.

Nadie me quiere.

No, no es verdad Don Arpagone, hay quién sí os quiere.

No, no, no, nadie.

Pensad que si os casáis ya no viviréis solo.

Y que en las frías noches de invierno, para calentar vuestro enorme lecho,

tendréis a una dulce y calentita esposa para abrazar.

- Si no, ¿a quién abrazaréis? - A la caja fuerte.

No es suave, pero al menos está llena.

Y quita de ahí esas cosas, descarada, venga a pasármelas por delante.

Y di a esa niña ingenua...

que Don Arpagone no firma ese contrato.

Que no me caso, antes me casaría...

con una de aquellas urracas que me presentaste en la iglesia.

¿Creéis que no intenté encontrar otras?

Pero cuando han sabido el nombre del esposo,

dada la fama de vuestra avaricia,

todas, ¿lo oís? todas han dicho que no.

Lo siento, pero es culpa vuestra.

Porque soy avaro, ¿verdad?

- También tú lo crees. - No, yo no.

- No pensaréis eso de mí. - Entonces...

me parece entender que...

la única disponible eres tú.

Depende de vos, Don Arpagone.

Si de mí depende, querida Frosina,

ha llegado el momento de la gran decisión.

- Por fin. - Dame esa hoja.

Pero, ¿qué hacéis?

¿Qué vais a hacer? ¿Igualmente os casáis con ella?

- Ya está. - ¿Con estas condiciones?

Sí, con estas condiciones, es decir,

primero me caso y luego veremos quién cumple las condiciones.

Tóma, llévaselo.

Ya le daré yo... poeta y músico.

- Elisa. - No deben oírnos.

- ¿Estás loca? Vete enseguida. - No, mi padre nunca nos dejará casar.

A menos que...

¿A menos que qué?

- Si yo estuviera encinta, quizá... - Pero ¿qué dices?

Con tal de liberarse de dos bocas que alimentar. Entonces...

¿Y tú querrías?

¿Tú no?

¿Has visto qué hermoso palacio? ¿Te gusta?

No sé, me parece tan triste.

Está en tu mano lograr que sea alegre.

Recuerda siempre lo que te he dicho, que tú puedes pedir y pedir mucho,

porque eres joven y tienes todo el derecho.

Pero no estás triste por el palacio,

estás pensando aún en tu enamorado, ¿verdad?

Sí. Pero qué importancia tiene ya.

Oye, que siempre nos podemos echar atrás, estamos a tiempo.

- Yo podría arreglarlo. - No, no puedo de ningún modo...

dejar a mi madre, enferma, en aquel hospicio horrible.

- Como quieras. - Adelante.

Buenos días Sra. Frosina,

bienvenida, Don Arpagone os está esperando.

- Muy bien, vamos. - Pasad por favor.

¿Qué ocurre, Filoavena? Hoy debería ser un día feliz...

para esta casa, ¿a qué vienen esas lágrimas?

Por desgracia, el amo joven, está a punto de dejarnos para siempre.

- Espero no ser yo la causa. - No señorita, nada que ver con vos.

Ha sido a causa de una discusión terrible con su padre.

No tiene remedio. Pasad, pasad.

Estáis en vuestra casa, voy a decir a Don Arpagone que habéis llegado.

Con permiso.

Sí desde luego, es algo tristón pero imagínate todo esto con alfombras,

...cuadros, flores, candelabros-- - Frosina, por favor,

qué me importan esas cosas.

- Vamos, no pongas esa cara. - Mariana,

...¿qué haces tú aquí? - ¡Cleante!

¿Y tú?

Oh, no es posible, no me digas que es del que estás enamorada.

Y tú eres la prometida de mi padre.

Perdóname, te esperé pero nos han desahuciado...

y he tenido que aceptar por mi madre.

No, eres tú quien tiene que perdonarme,

por no haber sabido obligar a mi padre a salvaros.

Tu padre. ¿Tu padre es el dueño de nuestra casa?

Veo que sabéis muy poco el uno del otro.

Es culpa mía, no quería que supiéras que--

Mi padre no goza de buena fama.

- Vos lo sabéis bien. - Sólo sé que...

estamos metidos en un buen lío.

Ah, todos reunidos.

Buenos días, buenos días a todos.

- Oh, Don Arpagone, buenos días. - Buenos días, Frosina.

Os presento a vuestra futura esposa.

Don Arpagone.

- ¿Guapa no es cierto? - Sí, he de admitirlo,

sois bellísima, querida.

Sois muy bueno, Don Arpagone.

¿Bueno yo? No demasiado.

¿Y tú cómo eres?

Quiero ponerte a prueba Mariana, ven conmigo.

Escucha querida, tenemos que hablar sobre los gastos,

a mí me parecen exagerados.

Deberíamos hacer algún que otro recorte,

son demasiadas cosas, me parece un poco exagerado.

Está bien por ti, pero tu mamá,

también le ha pegado fuerte, ¿eh?

No Don Arpagone, no empecéis que si no nos vamos.

Pues vete, ¿tú qué tienes que ver? Estoy hablando con mi futura esposa.

Por favor sentaos, sentaos todos. Bravo Cleante.

¿Qué haces aquí? Veo que no te has ido con esa desarrapada.

¿Te has quedado en casa de papá?

¿Has venido a conocer a tu guapa mamina?

¿Qué te parece? ¿Te gusta?

Si he de ser sincero, padre, no puedo ser sincero.

¿Qué haces, aforismos? No te he entendido, ¿qué quieres decir?

Quiere decir que...

a Cleante no le entusiasma la idea de que Mariana sea su madrastra.

¿No? ¿Por qué?

Padre, no podéis entender,

sin embargo estoy seguro...

de que vos habéis entendido bien lo que he dicho.

Sí, claro, perfectamente.

Y puedo añadir que también siento la misma repugnancia,

al pensar que podríais llegar a ser mi hijastro.

- Bien, ¿lo has entendido? - Sí padre.

Tú has entendido, ella ha entendio, el único que no ha entendido este juego...

...soy yo. ¿Qué habéis dicho, eh?

Calmaos Don Arpagone, no es un juego, es una realidad.

Son demasiado jóvenes para aceptar la idea de ser madre e hijo.

Parecerían casi dos novios.

Claro que con el tiempo, Cleante se acostumbrará a la idea,

e irán perfectamente de acuerdo.

Tienen que llevarse bien, ¿a mi qué me importa?

Si el que se casa soy yo, no él.

- Buenos días, padre. - Buenos días, hija mía.

Buenos días.

Ahora ya estamos todos. Elisa, te presento a mi prometida.

- ¿Te gusta? - Qué joven sois.

Al veros se diría que sois más bien la prometida de mi hermano,

...más que de mi padre. - Ya sabía yo que diría una gracia.

Querida Elisa, es una cuestión de gustos y no de edad.

Si Mariana me ha elegido a mí, está claro que es porque le gusto más.

Por otra parte, Cleante, ya tiene su prometida, ¿no?

Sí, una rica y anciana viuda, que debo ver por primera vez esta noche.

¿Y se lo dices a mamá? Dímelo a mí.

Sí, le he encontrado novia, y también novio a Elisa.

Y como no soy egoísta,

he querido reunir a mis hijos en esta gran felicidad.

Ah, ¿no os lo he dicho? Mañana nos casamos los tres en la misma ceremonia.

- Hablaremos de eso más tarde. - No, no, no, ¿qué más tarde?

Lo he planeado todo, será una sola ceremonia-

Y un solo banquete, así ahorraremos.

¿Quieres callarte tú?

Así nacen después los rumores de que soy un avaro.

Y en cambio vos, Don Arpagone, sois el hombre más generoso del mundo.

- No, no, tampoco exageremos. - Es cierto,

...y os lo demostraré a todos. - Demuéstraselo.

¿Veis aquel anillo? Es una maravilla.

- Vale al menos 6 mil escudos. - No.

- ¿Sí? - Sí.

No sé cuánto vale.

Claro que es un anillo precioso.

- Si me permitís... - No, no, no.

...se lo regalo a vuestra futura esposa, - No.

segura de que interpreto bien vuetros sentimientos.

Pero, ¿quién te ha dicho nada? ¿qué sentimientos?

¡¿Qué sabrás tú de mis sentimientos?!

Es un anillo de caballero, un anillo mío.

Demasiado grande, ella es tan delicada,

necesita un anillito muy fino y ligero, ¿cómo se te ha ocurrido darle mi anillo?

- Dejádselo, Don Arpagone. - No, yo se lo quito,

- ¡Don Arpagone! - Me lo tiene que devolver.

- Don Arpagone, disculpe. - ¿Qué? ¿Qué pasa?

- Disculpe. - ¿Qué sucede?

Hay dos personas que quieren hablaros.

- No estoy para nadie. - Son los ingenieros suizos,

...han regresado. - Está bien, si han vuelto...

hablaré con los ingenieros, pero precisamente hoy--

- ¿Qué se yo? - Adelante, vamos.

No les entiendo cuando hablan.

- ¿Han vuelto los dos? - Sí, los dos.

Se ha ido.

- ¡Por fin! - Cariño.

Tened cuidado, chicos,

vuestro padre puede volver de un momento a otro.

No olvidéis que vuestro padre es un hombre inteligente y astuto.

Entonces... decidnos, ¿qué podemos hacer?

Tenéis que obrar con astucia,

hacerle creer que como buenos hijos...

os sacrificaréis casandoos con quien él haya decidido.

O sea que tenéis que mentirle.

Yo no soy capaz de eso.

Tesoro, todas las mujeres somos capaces de mentir.

Pero si hacemos lo que vos decís,

...mañana, ¿qué va a ocurrir? - ¿Qué va a ocurrir?

Lo dejaremos llegar hasta la iglesia,

y no se presentará nadie a la ceremonia.

- Cómo, ¿nadie? - Nadie.

- ¿Nadie? - Nadie.

Y ¿qué va a hacer nuestro padre sin esposa?

Ah, eso es fácil,

en el último momento siempre hay una mujer dispuesta a sacrificarse.

- Edgar, Franz, ¡grandes ingenieros! - ¡Don Arpagone!

- ¿Terminado? - Sí, terminado.

- Último mecanismo reloj, ¿terminado? - Terminadísimo.

Entonces, ¿podemos probar experimento con llavina?

Quedar, nosotros último plazo pago. Nosotro dar llavina.

- Ya, ¿necesario? - Necesarísimo.

- Absolutamente. - Lo sospechaba.

Os he traído escudos, último plazo, ¿vosotros dar llavina a mi?

- ¿Está bien? - sí.

- Yo dar llavecita a ti. - Y con la llavina...

yo hago funcionar grande mecanismo reloj.

- Claro, vayamos, - Esperen, esperen.

- ¿Esperar? - Secretísimo.

- Nadie debe saberlo, secretísimo. - Secretísimo.

Estoy segura de que habéis hecho una buena elección.

Así lo espero, una esposa pondrá fin a mi soledad.

Así lo espero. Celebraréis aquí el matrimonio.

Por favor.

- Nunca había venido a esta iglesia. - Es muy bonita.

Colocad bien las guirnaldas.

No chaféis las flores.

Eh, cuidado con esa escalera.

- Oh, qué placer. Por favor, por favor. - Buenos días, Don Paolino.

Le presento al futuro esposo de Elisa.

Oh, bien, sois un hombre afortunado, señor.

Vuestra esposa es un ejemplo de belleza y virtud.

Si vos lo decís, padre, quedo tranquilo.

Necesitaría vuestros datos para las amonestaciones.

Naturalmente.

Me llamo Don Guglielmo d'Ávalos.

Nacido en Nápoles,

el 10 de mayo de 1638.

¿También vos os llamáis D'Ávalos?

¿Qué queréis decir con "también vos"?

Ved esto, la futura esposa de Don Arpagone se llama D'Ávalos.

D'Ávalos.

Mariana D'Ávalos, nacida en Nápoles el 16 de junio de 1660.

- ¿La conocéis? - Nacida en Nápoles,

el 16 de junio de 1660.

¡Y se llama Mariana!

Esa Mariana es mi hija.

- ¿Vuestra hija? - ¿Vuestra hija?

- No entiendo, parece imposible. - Don Guglielmo, ¿qué sucede?

Os veo pálido.

- Pero. - ¡Dadme una mano!

- Por aquí Don Guglielmo, por favor. - Sí, sí, claro, claro.

- Venid. - Gracias, gracias.

- ¡Oh, cielo santo! - Calmaos.

- Sentaos en esa silla. - Creí que había muerto...

hace 15 años...

en un naufragio frente a Marsella.

Donde también perdí a mi esposa y a mi otro hijo, Valerio.

Los he buscado durante años.

Ya había perdido toda esperanza,

hasta el punto de haber pensado en volver a casarme.

Entonces, no podéis casaros con Elisa,

vuestra mujer, está viva.

- ¿Qué decis? - Sí.

- ¿Elvira está viva? - Sí.

Claro que está viva.

Y si queréis verla, puedo acompañaros.

Está en el hospicio de aquí al lado, ayer las desahuciaron a ambas.

¿Desahuciadas?

A propósito de matrimonios, debo deciros que Mariana se casa con Don Arpagone...

únicamente para salvar a su madre de la indigencia.

Gracias Señor, por haberme dejado llegar a tiempo de impedir que mi pequeña...

se case sin amor.

Entonces Don Arpagone y Mariana, ya no se van a casar.

- Dios mío. - ¡Frosina!

- ¿Qué tenéis Frosina? - ¡Madre mía!

¡¿Qué hacéis?!

- Don Guglielmo, que es el agua bendita. - Lo sé, también Frosina es una santa.

- Traed acá. - Pensad que...

sin ella nunca habría vuelto a ver nunca a mi familia.

Gracias Don Guglielmo, gracias, gracias. Me encuentro mejor,

- me encuentro mucho mejor. - Vos os sentiréis mejor pero yo no.

¿Y ahora qué va a pasar?

Mañana, Don Arpagone, tiene que casarse a toda costa.

No se preocupe Don Paolino, dejádmelo a mí,

ya me ocupo yo.

Cada cosa a su tiempo.

- Don Arpagone. - ¿Qué pasa?

Pregunta por usted, Don Oronte.

- ¡Don Oronte! Sal de aquí. - Ya me voy, ya me voy.

- Vete. - Estoy saliendo, ya voy.

Qué honor, Don Oronte.

- Buenos días, monseñor. - Buenos días.

Perdonad el desorden pero me estoy preparando para la boda.

- Incluso me he bañado en ese chisme. - Muy bien.

Acompañadme ahora mismo al Vaticano.

¿Sí? ¿Y cuál es el motivo de tanta urgencia?

¿He de preocuparme o alegrarme, monseñor?

- No estoy autorizado a hablar de ello. - ¿No?

¿Buenas noticias, Don Oronte?

¿Tal vez el Santo Padre ha decidido devolverme todo mi dinero?

No, el Santo Padre nada tiene que ver.

Es el cardenal quien quiere veros.

Don Oronte,

en confidencia,

a mí el cardenal me da miedo.

Sonríe de una forma--

Y lanza unas miradas de fuego con los ojos, que traspasan.

Yo no quisiera ser sacrílego, pero...

¿y si fuera el diablo?

No, porque digo yo, el maligno, a veces gasta esas bromas.

- ¿No lo creéis así? - Desgraciadamente sí.

- ¿Sí? - Lo creemos.

¿Entonces?

Hemos abierto una investigación de su conducta,

...a propósito de ciertas acusaciones...

Prevaricación.

Entonces estoy en la boca del lobo, ¿qué debo hacer?

Comportaos con él como si vos y yo no hubiésemos hablado.

- Ni palabra. - Y yo os ayudaré durante la entrevista.

Se me ocurre... A ver si está cabre...

Quiero decir, a ver si se ha molestado porque no he querido casarme...

...con su hermana. - No, sabemos lo de la hermana

- ¿Sí? - No es tan ingenua.

Para proceder contra vos ha lanzado ciertas acusaciones.

Conspiráción contra el Estado.

- ¿Qué? - He oído algo de los turcos.

¡De los turcos!

¡Habéis dado ese dinero en préstamo a los turcos!

Para que armen una flota contra el Santo Padre.

Eminencia, si soy una avaro, no doy dinero a nadie.

¿Se lo iba a dar a los turcos? ¿Quién conoce a esos turcos?

Por casualidad, tengo aquí una lista que detalla...

creo que con extrema exactitud,

todo el contenido de vuestra caja fuerte.

Escudos vaticanos:

233.000.

Doblones españoles:

121.000.

100 lingotes de oro de un quilo.

Luego está la lista de las piedras preciosas sueltas...

y las joyas montadas,

incluyendo la famosa esmeralda Rúspoli,

conseguida del príncipe por vos, en pago de ciertas deudas de juego.

¿Debo seguir?

Ahora sé quién os ha dado la lista, maldito asqueroso.

Si cedéis al Vaticano, todo el contenido de vuestra caja fuerte...

Naturalmente sin sustraer...

nada de lo que se detalla en esta relación,

Entonces me comprometo...

a hacer que vuestra culpa sea...

definitivamente...

perdonada.

Si la canceláis, Eminencia, sabéis que no puedo sino aceptar.

- Decidme, ¿qué debo hacer? - Vos nada.

Está tarde, iré personalmente a vuestra casa,

a recoger la caja fuerte.

y os llevaré el perdón papal.

¿Entonces, Don Arpagone?

¿Entonces, qué? Obedezco vuestras órdenes...

y me someto devotamente a la voluntad del Santo Padre.

Muy bien, hasta la tarde, Don Arpagone.

Sí, hasta la tarde Eminencia.

- Os acompaño, Don Arpagone. - Gracias, Don Oronte.

Con vuestro permiso, Eminencia.

Me retiro.

¿Habéis oído lo que me ha dicho?

¿Qué tengo que ver con la Guerra Santa y mucho menos con los turcos?

Despacio, despacio Don Arpagone, muchos han querido denunciar...

a su Eminencia, pero nadie ha tenido el valor de hacerlo.

Don Oronte, soy miedoso por naturaleza,

pero si me tocan el dinero,

...entonces sí soy valerosísimo. - Por aquí.

¡Faltaría más!

¡¿Pero es que no puedo hablar con el Santo Padre?!

- Calma, Don Arpagone, calma. - Sí, si yo estoy tranquilo.

Diría al Santo Padro unas buenas palabritas sobre vos.

Porque no es justo que sólo seáis el secretario del cardenal,

...mientras que ese malnacido... - Ya está bien.

Sí, sí.

Seguidme, os llevaré ante él, me habéis convencido.

- Un minuto, nada más que un minuto. - Sí, sí, sólo un minuto.

- Gracias, gracias Eminencia. - Aún no.

Pero pronto...

¡Maldita sea! Santidad.

Disculpad si os molesto pero se trata de algo urgente.

Santidad, soy Arpagone. ¿Me recordáis? Arpagone.

He tenido el honor de prestaros algún dinero.

Deseaba tanto veros.

Pero el cardenal Spinosi...

nunca ha querido que hablara con vos,

no sé por qué, tal vez tenga algún motivo oculto.

Santidad, el cardenal dice...

que vuestra mirada se ha fijado en mí.

¿Es verdad?

¿Es verdad que queréis mi caja fuerte?

Necesito estar seguro,

¿por qué no me hacéis una señal?

¿Aunque sea pequeñita? Algo que yo comprenda.

Se quiere llevar mi caja fuerte, Santidad.

No es justo, lo dice el mismo evangelio.

Si uno tiene dinero, debe guardarlo.

Creo que el Cardenal Spinosi--

de acuerdo con su hermana, la asesina y con mi administrador,

quieren llevarse mi dinero.

Y si quieren quitarme lo mío, quizá lo hagan también con vos...

que, tal vez, ocupado en las cosas espirituales,

no reparéis en eso.

¿Qué?

¿Me habéis hecho una señal? Santidad.

Gracias, habéis abierto mi corazón a la esperanza.

Entonces, mi caja fuerte está a salvo.

Ya que estamos en ello, Santidad,

aquel pequeño préstamo de 100 mil escudos,

si me lo pudierais devolver, porque...

me hacen falta.

Hacedme otra pequeña señal, Santidad.

Una señal chiquitita, os lo ruego.

Santidad.

Santidad.

¡Se ha dormido!

Mejor me voy.

Levantemos las copas y brindemos por la querida Frosina,

Gracias.

Que ha devuelto la paz a mi familia. Cómo lo ha hecho, no lo sé,

...pero lo ha hecho mejor que yo. - ¡Qué decís, Don Arpagone!

Vos lo habéis ordenado y yo sólo he cumplido con mi deber.

No, no, no, lo has hecho muy bien.

Has conseguido que mis hijos se casen con las personas que había elegido...

para ellos y para su felicidad.

- ¿Están listas las amonestaciones? - Todo listo,

sólo faltan los nombres y apellidos de los novios. Todos listo-

- ¡Bien! - Y después nada ni nadie...

...podrá impedir esta maravillosa... - ¡Nada ni nadie!

- ceremonia colectiva. - ¡Socorro, los ladrones!

- ¡Callad! ¡Dios mío! ¿Qué sucede? - ¡Ladrones! ¡Ladrones!

- ¡Quién pide ayuda? ¡Es Argene! - Ayudadme.

- ¡Han entrado los ladrones!

- ¡Lo han robado todo! - ¡Ladrones!

- ¡Padre! - Han entrado los ladrones.

Ladrones en mi casa, ¿y mis llaves?

¿Dónde están mis llaves? ¡Oh Dios! Me encuentro mal.

- ¿Qué ha sucedido? - Argene, en la ventana, rápido.

- ¡Argene!

- ¿Qué ha pasado? - ¡La caca! ¡La ca-ca!

- ¿La caca qué? - La caja fuerte.

- La caja fuerte, ¿qué? - La caja fuerte.

- Antes yo era muy rica. - Sí y lo eres.

- Tenía un montón de dinero. - Bueno, ¿qué quieres decir?

- Ya no tengo ni un céntimo. - Habla, ¡explícate!

- Soy una pobrecita, - Nos han robado.

- Una muerta de hambre. - ¡Han robado! ¡Han robado!

- La caja fuerte. - La caja fuerte.

- La caja fuerte. - La caja fuerte.

- Venid. - Sí, sí, vamos.

- Aquí está. - La caja fuerte.

- ¿Lo habéis visto? - Lo hemos visto.

- ¿Qué pasa? - ¿Qué pasa?

- ¡Está vacía! - Está vacía.

- Está vacía. - Está vacía.

- ¡Ladrones! La caja fuerte está vacía. - La caja fuerte está vacía.

- La caja fuerte está vacía. - La caja fuerte está vacía.

- La caja fuerte está vacía. - Sí, sí, está vacía.

- Sí, está vacía. - Está vacía.

- Está vacía, lo han robado todo. - Oh, soy pobre.

- Soy una pobrecita. - Todas mis riquezas.

Ayer la tenía, hoy la he perdido.

Decidme que estoy durmiendo tranquilamente,

y que lo que he visto ha sido un sueño.

- ¿Un sueño? - Sí, un sueño.

- Estaba durmiendo. - No padre, no estáis durmiendo.

- Estáis despierto. - Estás despertísimo.

- Estáis despierto. - Gracias por la información.

Entonces, si no estoy durmiendo,

lo que he visto, es verdad.

¡Pueden ser ellas!

¿Sois vosotras moneditas mías?

¿Sois vosotras? ¿Vosotras?

Con vuestro brillo, con vuestro resplandor.

Calmaos.

¿Dónde estáis?

Ya no os veo, pobres moneditas mías.

- ¿Qué podemos hacer? - Ya no oigo...

...vuestro tintineo.

¿Qué le pasa?

¿Dónde estáis ahora? ¿Con quién estáis?

- Hagamos algo. - Dejadme oir de nuevo vuestra música.

- Ha perdido el juicio- - Dirin, dirin--

Oid, ¿alguien puede ayudarme?

Necesito encontrar mi dinerito, se las han llevado, me las han robado.

¡Ahí están! ¡Las oigo! ¡Ya llegan!

Viene una carroza que trae de vuelta mis moneditas.

Eminencia, qué honor.

- ¿Qué habéis venido a hacer? - Lo sabéis muy bien.

He venido a llevarme lo que me habéis prometido, la caja fuerte.

- ¿La caja fuerte? - Sí.

La caja fuerte está vacía. Completamente, ¿no es cierto?

- Sí, es verdad. - Decídselo a su eminencia,

...que está vacía. - Pero ¿qué estáis diciendo?

Ha habido un robo.

Sí, sí, no hay nada, ya no hay nada.

Mis dineritos ya no están.

- ¡Dejadlo ya! - Sí, sí.

La comedia ha terminado.

Quiero ver por mí mismo lo que ha sucedido.

- Vamos. - Vamos, venid a ver.

Por aquí, eminencia. Venid, os abro paso.

Veréis qué terrible, yo aún no me he repuesto.

Me siento fatal eminencia, con todo lo que ha pasado.

Ahí está, vacía.

No hay nada, los ladrones se lo han llevado todo.

Hasta el dinero de Argene. Mirad, se me doblan las piernas.

Están débiles, ya no las siento.

Estamos arruinados. Yo, vos y también el Santo Padre.

- Es cierto, la caja fuerte está vacía. - Sí.

Pero es raro, no veo ninguna señal de haber sido forzada.

- Ninguna, ninguna. - ¿O me equivoco?

Claro que no, es que esos bribones son muy hábiles.

- Dejad que os explique. - Ahora no.

Estáis demasiado débil y confundido.

Estoy seguro que algunos días en las prisiones del Vaticano,

servirán para aclararos las ideas.

- ¿Qué prisión? Yo no soy el ladrón. - Eso está por ver.

Haré investigar a fondo para ver realmente cómo sucedieron los hechos.

Y si es cómo yo pienso, querido Don Arpagone,

...la horca será vuestro destino.

- Lleváoslo. - ¡Ahora la horca!

Menuda justicia.

Míralos, id con cuidado con esa coraza de hierro.

¿Qué sois, suizos?

No podéis llevarme a prisión, soy Don Arpagone.

Soy amigo del Papa, os aviso.

- Peor para vosotros. - ¡Alto! Un momento, esperad.

No es justo que Don Arpagone sea arrancado tan cruelmente...

de su casa y de su familia.

No os conozco, apartaos de enmedio.

Pero yo sí que os conozco e incluso mis chicas os reconocerían,

incluso bajo esta vestidura sagrada que habéis ensuciado tan impunemente.

Cuidado eminencia, tengo pruebas de todo.

No entiendo lo que decís, querida señora.

Insisto en deciros que no os conozco.

De todos modos, podéis darle las gracias, Don Arpagone,

gracias a ella ya no estáis arrestado.

- ¿Lo oís? Ya no estoy arrestado. - Después de todo, creo que podremos...

llegar a un acuerdo.

Me temo, eminencia, que ahora ya no podáis poneros de acuerdo con nadie.

Don Oronte, por fin.

¿Habéis oído, eminencia? Ya no podemos llegar a un acuerdo.

Don Oronte, ¿sabéis? Quería cortarme la cabeza.

¿Qué habéis venido a hacer aquí?

Alguien, no se sabe quién, os ha denunciado ante el Santo Padre.

Y la investigación efectuada sobre vuestra administración,

ha confirmado las acusaciones.

- ¿Traéis por mí esos soldados? - Sí, me ha enviado el Santo Padre,

para sorprenderos en flagrante delito mientras os embolsábais el dinero.

¿El dinero? Mirad, la caja fuerte está vacía.

Porque han venido los ladrones, que si llega a estar llena--

¿Queréis negarlo?

Entiendo.

- Estoy arrestado. - No.

No exactamente, hay una nave que os espera en Civitavecchia,

para una larga misión en las Indias Orientales.

Y con vos, irá vuestra hermana.

Voluntad del Santo Padre.

¿Nos vamos?

Parece que la mirada del Santo Padre se ha fijado en vos,

Hoy por mí, mañana... Pero buen, no os ha ido del todo mal.

Don Oronte, os estoy infinitamente agradecido.

Gracias a vos, Don Arpagone, vuestra sugerencia al Santo Padre,

...ha sido inestimable. - ¿Qué decís? Nada.

Dentro de unos días me consagrarán Cardenal

¿Sí? ¡Qué feliz soy!

Ahora podréis interceder ante el Santo Padre...

para que me sea devuelto ese dinerillo que no me ha restituido.

- ¿Podré ir a veros, Don Oronte? - Gracias también de mi parte,

Espera--

por haber arrestado a la asesina de Doña Isabella.

Don Arpagone merece otra mujer.

Una mujer que le ame desinteresadamente--

Ciertamente, se lo merece. Yo me voy.

¿Cómo que se va? Espere.

¿Qué has hecho? Me has interrumpido.

- Le estaba preguntando... - ¡Pero!

...si me va a devolver el dinero, y me has interrumpido, bocazas.

- Pero-- - Vete, no te quiero ver más.

- Adiós, adiós a todos. - Adiós.

Mis respetos, eminencia.

Don Arpagone, permitid que me alegre con vos...

- ¿Cómo? ...por haber sorteado el peligro.

Es hermoso ver el triunfo de la justicia.

Me había olvidado de ti,

si no hubiera hecho que te arrestaran los suizos.

Deberías estar encadenado, Judas asqueroso.

- No, ¿qué decis? - Fuiste tú...

quien le dio la lista de todos mi bienes y de lo que había en la caja fuerte.

- No. - Sí, vete enseguida de esta casa.

Y olvídate de haber estado a mi servicio.

- ¿Qué hacéis, me despedís? - Sí.

- ¿Y a dónde iré? - ¿A dónde? Vete con tus amigos.

Vete a la India con ellos, hazte bonzo.

No, no, bonzo no, quiero quedarme con vos, aún sin sueldo.

Sin sueldo, has dicho.

- ¿También sin comer? - Nada.

Sólo quiero de vos que me perdonéis.

Si no quieres nada, besa esta mano,

...y yo te perdono. - Sí.

Gracias, gracias, gracias, gracias...

¿Habéis visto que difícil es gobernar una casa como esta?

¿Habéis oído a Maese Simone? No quiere nada.

Si vosotros tampoco me pidiérais nada,

quizá podríamos salir adelante incluso con la caja fuerte vacía.

Y ahora perdonadme,

necesito quedarme a solas, voy a meditar.

¿Habéis oído cómo razona? ¿Ahora qué vamos a hacer?

Señor, Dios mío, tú que todo lo puedes,

tú que todo lo ves,

me tengo que casar, ilumíname.

- ¿Qué debo hacer? - ¿Puedo?

Pues claro, te lo estoy preguntando.

- Está Don Guglielmo. - ¿Sí? ¿Y quién es?

Don Arpagone, que está Don Guglielmo.

- ¿Pero eras tú quien hablaba? - Sí, soy yo.

Está Don Guglielmo, Señor, gracias.

- ¡Yo te mato, siempre molestando! - He hecho pasar a Don Guglielmo...

...al salón bueno. - Muy bien.

- Don Arpagone, está Don Guglielmo. - Ya lo he oído, vamos,

...no lo hagamos esperar, vayamos. - Sí, vayamos.

¿Dónde están mis queridos e ilustres huéspedes?

Aquí estan.

Don Guglielmo, qué honor.

Qué hermosura, qué elegancia tan refinada.

Un hombre de vuestra riqueza en esta casa mía, tan humilde.

He venido a rendiros homenaje,

gracias a las amonestaciones de vuestra boda,

he logrado encontrar, tras 15 años de cruel separación,

a mi esposa, Doña Elvira.

¿Vuestra esposa?

- ¿Pero estáis casado? - Sí, así es.

¿Sí? ¿Entonces? Doña Elvira,

qué placer conoceros.

- Padre, venid a sentaros aquí. - Sí, sí, voy.

Prometida mía.

- ¿Qué pasa? - Esa es la piojosa.

- ¿En serio? - Sí.

- Qué hermosa mujer. - Mi hija, Mariana.

¿Cómo que vuestra hija?

- Y mi hijo Valerio. - Oh, Dios mío, ¿Valerio también?

Sí, hermano y hermana.

¿Hermano y hermana?

- ¿Hijos vuestros? - Cierto.

Y por tanto ricos.

Qué digo ricos... riquísimos. ¡Dios mío!

- Me encuentro mal. - ¿Tenéis algo que objetar?

No, no, nada que objetar, todo lo contrario.

¿Entonces no os opondréis si amo a vuestra hija y quiero casarme con ella?

¿Sin dote? Es ideal, siempre lo dije, ¿verdad Elisa?

Tener un joven así en casa, es una gran suerte.

- Parece irreal. - ¿Y yo padre?

¿Aún pensáis que tengo que casarme con la viuda?

¿Qué dices? Siempre creí que Mariana era la esposa ideal,

hasta yo querría casarme con ella.

Y ahora que esta flor de jovencita es tuya...

¿Quieres casarte con la viuda? ¿Te has vuelto loco?

Don Guglielmo,

¿sabéis que me han robado todo lo que tenía en mi caja fuerte?

Sí, y para aliviar vuestro dolor,

...permitidme haceros un préstamo. - ¿Un préstamo? ¿En serio?

Gracias por vuestra generosidad, pero un préstamo...

...¿a qué tipo de interés? - De ningún tipo,

lo ha llamado préstamo...

sólo para que no os sintiérais incómodo si decía regalo.

Doña Elvira,

ofrecido por vos, con vuestra gracia,

no puedo más que aceptar.

¡Vaya que montón! Gracias infinitas.

¿Contento? Entonces hablemos del matrimonio de nuestros hijos.

Este es un mal tema,

porque este gesto vuestro de generosidad,

se lo llevarán los gastos de las bodas. Ya lo sabía yo.

Don Arpagone, en un momento así no os toca a vos pagar los gastos.

Vestidos, bebidas carruajes, comida, servicios, cocineros,

en resumen todo. Y todo correrá a mi cargo.

¡Dios mío! Sirvientes, pajes, imbéciles, tontos, ¿qué hacéis ahí?

- ¡En marcha! ¡Maese Giacomo! - Diga, don Arpagone.

- Vamos, corre al mercado. - Pero si ya he ido.

Pues vuelves, compra todo lo que haya y lo traes a casa. ¡Venga, va!

Corderos, pollos, conejos, langostas, ¿todo?

Todo, venga.

- Espera. - De todo.

Y, sobre todo, los vinos.

Escoge los más preciados en honor a Doña Elvira.

- Obedezco. - Oh, qué generoso sois, Don Arpagone.

Gracias Doña Elvira, efectivamente en ciertos momentos soy así.

Me sorprendo de mi generosidad.

- Don Arpagone. - ¿Qué quieres?

- ¿Yo sigo sin comer? - Claro que comerás,

...habrá tanto que comer, imagínate. - Gracias, gracias.

¿Dónde vas? Ven aquí.

- A comer, ¿no? - Mañana, hoy no, mañana se come.

Por cierto, Frosina, ¿dónde está? ¿quién la ha visto?

¿Por qué no está aquí? ¿Alguien sabe dónde ha ido Frosina?

Os olvidáis padre, que la habéis ofendido y se ha marchado.

¿La he ofendido? Pobre Frosina, en el fondo es una gran mujer.

Mañana iré a verla y le pediré perdón.

Ahora, queridos míos,

sintiéndolo mucho, me retiro, que hoy ha sido un día tan...

cargado de emociones y mañana no lo será menos.

Consideraos como en vuestra casa, pero yo me retiro.

- Hasta mañana, queridos. - Don Arpagone,

...os olvidáis de esto.

¿De qué se trata? ¡El montón!

Habría vuelto en cuanto me hubiera dado cuenta,

- De todos modos, gracias Doña Elvira. - Es un placer.

Gracias también a todos vosotros, que Dios os bendiga.

Hoy me habéis hecho un hombre feliz.

¡Aquí estoy! Hoy también nos ha ayudado la providencia.

Aquí está.

Lo primero pregunta a Don Arpagone.

Ya se lo he dicho al pobre.

Reloj. Aquí está la llavina.

1, 2, 3

Mecanismo seis y cuarto.

Seis...

y cuarto.

La vuelta, resuelta.

Por fin funciona este perfecto mecanismo.

Sí, sí, sí, que jamás nadie en el mundo podrá nunca adivinar.

Sí, listo.

Se abre la portezuela y trae el agua a su molino.

Gira, gira, arriba, abajo, el agua corre y hace glu, glu.

Sí, listo.

1, 2, 3, 4...

Voy para allá, gracias, de nada.

Una bola corre, la otra se prepara, es un día de fiesta, ya.

Cantemos, bailemos, tralalalalá, armario, ábrete ya.

Bailo, canto y estoy contento.

Ha llegado el gran momento. Dringuen, dranguen, dringuen, drang.

Este es mi secreto que nadie descubirá, permiso, ¿puedo entrar? - Sí.

Buenos días tesoros míos, aquí estoy.

¿Os encontráis cómodos en vuestra nueva estancia?

¡Qué preciosos sois!

Tan relucientes.

Tan deslumbrantes.

¡Vaya, como un rayo!

Que intente entrar alguien aquí a robar, y ya verá.

Le arranca la cabeza.

No, amor mío, yo no soy un ladrón, vuelve arriba.

Perfecto, ¿quién podrá descubiros?

Mis queridos tesoros, nadie en el mundo sabrá nunca dónde estáis.

Ni siquiera mi esposa, si algún día tuviera que casarme.

- ¿Estáis seguro? - Sí.

¿Quién sois? ¡Frosina!

¿Cómo has entrado?

¡Maldita asquerosa!

¡Asesina! ¡Ladrona!

Pero, ¿cómo?

Dos años de trabajo para construir esta caja fuerte de relojería--

Era mi secreto,

el que debía llevarme a la tumba.

Llegas tú y lo descubres todo.

- Entonces, ¿qué haréis? - ¡Qué haré!

Sí, claro, ¿qué hago?

¿Qué debo hacer?

Pues tú, de esta habitación ya no sales.

- ¿Para toda la vida? - Para toda la vida.

Bueno, ¿no era eso lo que querías?

Don Arpagone, no imaginaba que de vuestra boca,

pudieran brotar palabras tan dulces y tiernas.

No, espera,

aquí en presencia de ellos, no.

- ¿Por qué, son celosos? - Sí.

- Pero yo os deseo tanto. - Y yo no--

Pero para ciertas cosas sólo hay un sitio.

- ¿Vamos? - Sí, vamos.

Disculpad, eh.

Subtítulos creados por tahita y revisados por pipa

Arreglos: Vozidar

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