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EPISODIO 4

Llegó enero del 2002 y todo estalló.

Por la mañana recogí a Marcin como de costumbre

y fuimos juntos a la oficina.

De camino escuchamos la radio.

No se hablaba de otra cosa.

Y pensé: "Mierda.

Estamos jodidos".

Y lo estábamos realmente.

CAZADORES DE PIELES

Les acompaña Tomasz Lis.

En primer lugar el escándalo del asco y lo macabro,

el comercio con cadáveres en Łódź,

descrito en la "Gazeta Wyborcza" y en Radio Łódź.

Los propietarios de las funerarias compraban cadáveres

para después beneficiarse de los entierros.

Hoy estamos en Łódź, dónde si no.

Todo el país ha leído el artículo "Cazadores de pieles".

Todo el país conoce lo sucedido con el servicio de ambulancias.

Lo más sorprendente era

que, al parecer, los empleados de ambulancias

precipitaban las muertes de los pacientes

mediante el Pavulon.

Cuando se publicó el artículo, todo el mundo vino corriendo.

El ministro adjunto de Salud, el ministro de Justicia

y otros cinco ministros.

Todos salían por televisión.

Todo esto es increíble.

¿Cómo es posible que no se reaccionara

como es debido durante años?

Aseguraban que la Fiscalía de Łódź

tendría acceso a todos los recursos del estado.

Diez mil fiscales vendrían a Łódź,

aunque solo había seis mil, y todos nos ayudarían.

Lo recuerdo todo vagamente.

Todo era muy intenso, vertiginoso y...

mentalmente agotador.

Trabajábamos a un ritmo frenético.

Los teléfonos no paraban de sonar y la gente asediaba las oficinas.

La mayoría

tenían una pregunta:

"¿Pueden decirme si a mi madre, padre o abuela

lo mató el servicio de ambulancias?".

Yo quería comprar la "Wyborcza" pero se había agotado.

Fue una etapa horrible.

Creo que la represión es probablemente

el mecanismo de defensa del ego

y la mentalidad de uno.

Hay cosas que no logro recordar.

Ahora la gente tiene miedo de llamar a una ambulancia.

¡Que pasen ustedes buen día!

Ayer estuvieron a punto de agredirnos.

Ahora nos llaman asesinos.

Es duro trabajar con semejantes acusaciones.

Han escrito "asesinos" y han pintado dos esvásticas.

Han roto estos limpiaparabrisas.

Aquí, la señal del báculo de Asclepio.

Otras ambulancias presentaban señales de pedradas.

Nos tiraban piedras y nos escupían.

Nos llamaban asesinos

y nos indicaban con gestos que nos iban a cortar el cuello.

Es duro. Tenemos miedo.

Podrían pegarnos o incluso matarnos.

Hay que entender que el caso del servicio de ambulancias

se divulgó hasta el punto

de paralizar dicho servicio.

Hoy han dejado de salir siete ambulancias.

Mañana nueve de ellas no estarán disponible.

Los empleados del servicio de ambulancias de todo el país

buscan formas de ponerle fin a esta agresión.

Todos podemos estar en peligro.

Podría salir un grupo y ser agredidos.

Nos defenderemos.

¿Por qué? Porque somos inocentes.

Si hay gente así entre nosotros, primero que se demuestre.

Que la sociedad los elimine.

Mi tarea era establecer si se habían cometido asesinatos.

Eso me preguntaban.

La pregunta debía obtener respuesta relativamente rápido.

Por eso nos centramos

en los agentes de la Oficina Central de Investigación.

Era un caso difícil por sus dimensiones.

El servicio de ambulancias dio servicio a 800.000 mil personas.

Las ambulancias salieron entre 100 y 150.000 veces.

Hubo entre 4.000 y 4.5000 muertes.

Con eso en mente, analizar la documentación

como suele hacerse, es decir, documento a documento,

nos habría llevado años y habría dado escasos resultados.

La Oficina de Investigación ha movilizado sus recursos.

Gracias a las llamadas de cientos de testigos e informantes,

la investigación está en marcha.

Dos médicos han sido detenidos:

a uno lo llaman Ángel de la Muerte, al otro, Mengele.

Entre otros detenidos en Łódź hay médicos,

paramédicos y el propietario de una funeraria.

Los agentes han trabajado a destajo.

Podrían producirse más detenciones en los próximos días.

Muchos elementos del artículo de la "Gazeta Wyborcza"

se han confirmado.

Los mencionados en el artículo se acusan unos a otros.

De momento sus testimonios no bastan

para acusarlos de asesinato,

aunque eso está siendo investigado.

El número de detenciones fue enorme.

En unas semanas

detuvieron a unas 70 personas, si no recuerdo mal.

En la novela negra clásica,

hay un cadáver en el escenario del crimen.

Llega un equipo policial, Sherlock Holmes o quien sea,

e inspeccionan el escenario del crimen.

En este caso no había víctima,

ni escenario del crimen, ni nadie que inspeccionara nada.

Para empezar, no había nada semejante

a un caso clásico de asesinato.

Estábamos seguros

de que si llegábamos a los empleados cualificados,

y los paramédicos y doctores lo eran,

un número importante de ellos, si los deteníamos querrían cooperar.

Pero nadie decía nada.

Tuve que admitir que, en este sentido,

cometí un grave error.

Tuvimos que afrontar que, o bien nadie sabía nada,

o bien nadie quería contarnos nada.

Me di cuenta de que ningún testigo con remordimientos

nos contaría nada.

Si alguien decía algo de los asesinatos,

estaba admitiendo su implicación en ellos.

Nuestro problema principal

era que estábamos casi seguros

de que la investigación que acababa de lanzarse,

no tardaría en cerrarse.

Se cerraría porque no había pruebas de los asesinatos.

El progreso es inevitable. Eso era cierto también entonces.

Así que preguntamos a varios expertos

si podía hacerse algo.

Y contactamos con el Instituto de Investigación Forense.

Como experta forense sabía

que el bromuro de pancuronio

se descomponía rápidamente en los cadáveres.

Debían exhumarse cadáveres

de entre el año 2000 y el 2001,

y ya estábamos en 2003.

Así que comencé a preguntarme

si podríamos detectar el Pavulon

en la autopsia con certeza.

Sabíamos que la situación era desesperada.

Los fármacos empleados para asesinar pacientes

eran indetectables, y por eso los habían empleado.

De pronto Bartek Węglarczyk nos llamó desde Estados Unidos.

Y nos dijo: "Escuchad.

Quizá tenga la solución al problema de la indetectabilidad del Pavulon".

En 2002 era corresponsal de la "Gazeta Wyborcza"

en Estados Unidos.

Informaba sobre el caso del Ángel de la Muerte desde California,

el cual estaba conectado con el caso

de los Cazadores de Pieles en Polonia.

Esta mañana la policía de Glendale, California,

investiga el caso de un empleado hospitalario

que afirma haber matado a 50 pacientes en la última década.

El caso del Ángel de la Muerte comenzó a principios de 1998,

cuando una llamada anónima

contactó con la administración del hospital de Glendale.

Uno de los técnicos de respiradores estaba asesinando a pacientes.

Saldivar pronto fue identificado

y detenido.

Se sinceró en su primera reunión con los inspectores.

Admitió el asesinato de varias decenas de personas.

Quizá cien. No podía decir el número exacto.

Tras llegar a 40, dejó de contar a sus víctimas.

Las mataba con Pavulon.

Los investigadores afrontaron graves problemas

para demostrar todos esos asesinatos.

El agente que dirigía el caso

me dijo que lo más difícil era encontrar a alguien

que les ayudara a demostrar

que el Pavulon estaba en los cuerpos de esas personas.

Incluso acudió al FBI el cual, como sabemos por las películas,

siempre lo detecta todo.

Resultó que no podían ser de ayuda en el caso.

Al final, quienes habían diseñado la bomba nuclear les ayudaron.

Livermore, uno de los mayores institutos federales

de investigación, está en California.

La policía entregó muestras de 20 cadáveres

a uno de sus investigadores.

Este las sometió a pruebas químicas

empleadas en cuerpos de personas que, se sospechaba,

habían sido víctimas de ataques químicos.

34 meses después de emprender la investigación,

nuestros efectivos han determinado que hay pruebas suficientes

para detener a Saldivar por múltiples asesinatos.

Nuestra primera reacción fue:

"Mierda, esos científicos estadounidenses famosos

han logrado lo imposible.

Sabíamos, por nuestros expertos,

que era imposible detectar el Pavulon en los cadáveres.

De inmediato pasamos la información al fiscal Olejnik.

Podría ser decisivo para la investigación polaca.

Sobre todo

porque los estadounidenses ofrecieron su colaboración.

Al parecer el fiscal Tarsalewski

tenía intención de volar a Estados Unidos.

Pero tuvo una corazonada.

Solicitamos a nuestros expertos en toxicología

que investigaran el método de análisis

empleado por los estadounidenses

en relación con el caso de Efrén Saldivar

y para determinar si era aplicable

en nuestro caso en Polonia o no.

De pronto se cortó el contacto con el médico estadounidense

que estaba detrás de este método.

Dejó de contestar al teléfono y a los correos.

A día de hoy sabemos

que es probable que los estadounidenses

no pudieran detectar el Pavulon en esos cadáveres.

El método del caso estadounidense no estaba documentado.

No existe literatura médica que sugiera

que podía emplearse ese método

en aplicaciones forenses.

La fiscalía pedía la pena de muerte para él.

Le dijeron que si accedía a llegar a un acuerdo,

no habría juicio,

desestimarían la pena de muerte y la cambiarían por cadena perpetua.

Aceptó el trato, acató la sentencia

y no hubo juicio.

Por tanto no hubo verificación

de que por primera y única vez en el mundo,

los especialistas estadounidenses

hubieran hallado Pavulon en los cadáveres exhumados.

Volvíamos a la casilla de salida.

Pero como a veces sucede,

tuvimos un golpe de suerte.

El instituto recibió el informe de un experto.

Una persona

se había inyectado Pavulon.

La mujer fue hallada tumbada en el sofá,

con una jeringa en la mano.

Por desgracia había muerto.

La autopsia se llevó a cabo en una semana.

Al llevar a cabo este experimento,

supe por mi propio trabajo

que el análisis toxicológico

no daría resultado en este caso.

No resolvería el problema.

El Instituto de Investigación Forense

demuestra que el Pavulon se metaboliza,

descompone y excreta rápidamente del cuerpo.

Los expertos han concluido que es improbable

que cualquier institución, doméstica o extranjera,

de un nivel profesional respetable,

pueda dar una opinión diferente

y realizar pruebas de material biológico de una exhumación.

Tomek llamó para decir que, según publicaban otros medios,

el Instituto Sehn de Cracovia afirmaba

que era imposible demostrar

que se habían cometido los asesinatos con el Pavulon,

y que eso ponía fin al caso.

Me sentí muy decepcionado y me pregunté:

"¿Cómo es posible que sea el fin?

Este caso no puede acabar así".

Un mes después, empezaron a ponerlos en libertad.

Para el público, esto solo significaba

que las acusaciones estaban mal documentadas,

y que esas personas podían ser inocentes.

La información sobre el caso de tráfico de cadáveres

ha resurgido últimamente

con la revocación de la detención a más sospechosos.

Esta decisión no complica

ni obstaculiza nuestros procedimientos.

Seguiremos trabajando.

Recuerdo que el 4 de abril

fue puesto en libertad el último detenido.

De nuevo se cuestionaba si habíamos escrito la verdad.

Experimentamos una fuerte presión,

una tormenta mediática y en los círculos médicos.

Es difícil dirigir una investigación

cuando todo el mundo dice que es imposible.

¿Debería eso sorprenderme? No necesariamente.

A menudo en el periódico nos preguntaban

por qué no ocurría nada.

Dónde estaban las detenciones por asesinatos.

Contestamos, con sinceridad,

que era probable que no se produjeran.

Le dijimos a todo el mundo

que estábamos ante el asesinato perfecto.

¿Cómo atrapar al asesino?

Y esa no era una buena respuesta,

a juzgar por las expresiones de nuestros jefes.

Cuanto más se prolongaba,

más miedo teníamos

de sufrir las consecuencias en vano.

Los trabajadores de urgencias han publicado una carta abierta

en la cual atacan de nuevo a los periodistas con gran dureza.

¿Por qué? Cito: "Caza de brujas y crear una falsa realidad".

Ese artículo

sobre asesinos de bata blanca

es una amenaza a la sociedad en su conjunto.

Sobre el terrible asunto del tráfico de cadáveres,

quizás la declaración más sorprendente proviniera

del sindicato de médicos.

Afirman que al informar al público

sobre el posible asesinato de pacientes

por parte de los empleados de las ambulancias,

los periodistas habían actuado de forma irresponsable.

Comencé mis estudios de medicina en 2003,

cuando el caso del servicio de ambulancias

estaba en todos los medios.

Fui a una reunión de aspirantes a la Escuela de Medicina.

Un conocido profesor hablaba en ella.

Recuerdo a día de hoy su fiero discurso

sobre que todo ese asunto era falso

y una campaña de odio contra los médicos.

Él decía saber

que ninguno de sus compañeros era capaz de algo así,

y que se apostaba la vida a ello.

La comunidad médica

inicialmente falló la prueba.

Un profesor de medicina organizó incluso una colecta

para demandar a los periodistas.

Una increíble solidaridad de grupo.

En su complejo de Dios,

seguramente supusieron que Dios no podía equivocarse.

También había otras pruebas: las recetas empleadas

para reponer los suministros de fármacos de las ambulancias.

En esas recetas,

las anotaciones de Pavulon tenían otra letra

y, según afirmaron después los grafólogos,

se habían empleado bolígrafos distintos.

Las recetas fueron falsificadas por dos hombres.

Todo el equipo analizó

a quién debía investigarse primero,

cuál de ellos podía ceder psicológicamente

con mayor facilidad,

describir, narrar

el proceso del asesinato de pacientes.

Determinamos que sería Andrzej N.

Fue el primero,

y su testimonio incriminó también a Karol B.

Le interrogué.

Daba la impresión de que estaba esperando

a que alguien se lo preguntara.

Comenzamos con el paramédico

que, al admitir el asesinato de pacientes,

ha dado la vuelta al caso de las ambulancias

con motivos merecedores

de una especial condena.

Un año y medio de investigación, casi 20.000 víctimas,

más de mil volúmenes de archivos y finalmente pruebas

de que el servicio de ambulancias no se limitaba a vender información.

La Fiscalía ha recopilado pruebas

de que Andrzej N asesinaba a los pacientes con Pavulon.

Las pruebas consisten en recetas a las cuales el paramédico

había añadido el relajante muscular.

El detenido Andrzej N tiene 34 años de edad.

Lleva un año sin trabajar en urgencias.

Lo despidieron por beber durante la jornada.

Compartí celda con Andrzej N.

Al principio no hablábamos.

Más adelante empezamos a hablar y a jugar a las cartas.

Dábamos juntos los paseos.

Él sabía por qué estaba yo en la cárcel y quién era.

Empezó a confiarme sus secretos.

Por lo que Andrzej N me contaba,

bromeaban sobre ello.

Él abría su maletín,

que contenía medicamentos destinados a salvar pacientes.

Contaba las ampollas hasta la decimoquinta:

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez.

11, 12, 13, 14, 15.

Tomaba esa, se la inyectaba al paciente

y observaba lo que sucedía.

Todo criminal atraviesa un momento

en el cual desea sincerarse y confesar.

La clave está en que haya un fiscal delante,

uno dispuesto a escribir un informe.

No uno sencillo de una frase, sino uno enorme, extensivo.

Nowocień no se limitó a llegar, contar su historia,

dejar que la redactáramos e ir a juicio.

Muchas declaraciones eran así: "Fue una mujer.

Fue en el distrito de Bałuty,

seguramente al norte, o quizás al sur,

o en el distrito de Widzew.

A menudo se daba el caso

de que la descripción de una visita era una combinación

de cinco o seis recuerdos distintos

que él intentaba unir.

Describió varias decenas de casos,

pero tuvimos que identificarlos.

Debíamos confirmar que esos pacientes existían.

Pretendíamos revelar detalles

que nos permitieran identificar la visita en concreto,

el caso particular, el paciente.

Dijo haber confesado

varios asesinatos ante el fiscal,

pero que no recordaba los detalles.

Una vez le pregunté:

"Andrzej, ¿cómo puedes recordar no haber matado a alguien?".

Y él contestó:

"¿Tú recuerdas lo que comiste hace dos semanas?".

Yo le dije: "Tío, te va a caer la perpetua seguro".

Solo entonces se dio cuenta de esa posibilidad.

Iba debilitándose mentalmente cada día,

y entendía que se había cavado su propia tumba.

Un cazador de pieles intenta suicidarse.

El paramédico de ambulancias,

que había confesado el asesinato de dos pacientes,

ha intentado ahorcarse.

Andrzej N está en el ala psiquiátrica

del hospital de la prisión.

Supimos del intento de suicidio de Nowocień al día siguiente,

pero tardamos mucho tiempo en saber que Jacek Tomalski lo había salvado.

Ni siquiera sabíamos

que Nowocień compartía celda con Tomalski.

-¿Quiso cometer suicidio? -Ahorcándose.

¿Y qué hizo usted?

Corrí a sostenerlo y lo bajé rápidamente,

le quité la soga y lo acosté de lado.

Le di dos golpes para restablecer su respiración.

Me felicitaron, incluso, por ello.

-¿Lo felicitaron? -Sí, por reaccionar rápido.

Los primeros acusados se presentaban en los tribunales,

envueltos en el escándalo más execrable de la Polonia moderna,

el asunto de los cazadores de pieles.

El motivo fue el lucro.

El arma del crimen, el Pavulon. Es hora de que actúe la justicia.

Nowocień...

fue convirtiéndose en la "estrella del juicio".

Hizo muchas declaraciones.

Banaś guardó silencio.

En la sala, solía dedicarse a leer.

Pero Nowocień habló de Banaś.

Era conocido por su crueldad y brutalidad.

Podía...

rematar a un paciente con un palo.

Cuando los otros tres detenidos intentaron defenderse,

inventando cosas para justificarse,

Banaś no hizo nada.

Creo que le dijo

a uno de sus compañeros de presidio:

"Voy a salir de aquí".

Estaba seguro de ello.

De cara a una vista,

sacan a los presidiarios de sus bloques.

Los transfieren a celdas,

donde esperan a ser llevados a los juzgados.

Alguien me dijo quién era el tal Banaś,

uno de los llamados "tipos del Pavulon".

Así comenzamos a hablar.

Karol B me hizo darme cuenta

de que todo aquello había sucedido.

Confirmó lo que Andrzej N había dicho.

Estaba enfadado con él,

porque de no haber confesado,

la situación jamás habría salido a la luz.

No hubo filtraciones de la fiscalía.

No sabemos qué más le dijo Nowocień al fiscal.

Pero ya nos olíamos

que iba a ser el juicio más importante del país.

Y comenzó.

Señoría, ni fui ni soy un asesino.

Durante mis 12 años de trabajo en el servicio de ambulancias,

jamás suministré a nadie

la sustancia referida como Pavulon ni ninguna otra,

con el propósito de matar a un ser humano.

Los cazadores de pieles intentan salvar el pellejo.

Han hablado de entregar pacientes vivos

en las neveras de las funerarias.

Otro de los paramédicos acusados lo ha retirado casi todo.

Al fin y al cabo, se enfrenta a la cadena perpetua.

Señoría, solo quería comprobar

cuántas de mis fantasías

toleraba la fiscalía.

Las mantuve durante un tiempo.

El autor confiesa, pero lo hace en ese momento.

Sabían que en el juzgado, en el estrado,

entre amigos, él lo retiraría todo.

Había que interrogarlo de forma que no pudiera hacerlo.

Había que preguntarle por absolutamente todo,

incluso por cosas no relacionadas con el caso, pero verificables.

Pregunto por el Pavulon.

En varios informes declaraba con gran detalle cómo funciona,

la rapidez con que mata...

Señor Nowocień, haga el favor de escuchar.

La rapidez con la que mata, la reacción del cuerpo,

la apariencia del cadáver.

Son cosas que nadie sabe.

Nadie lo ha visto. ¿Cómo lo sabe usted?

Prácticamente, toda la información negativa referente al Pavulon

la obtuve de la fiscalía.

¿De la Fiscalía? ¿Cómo fue eso? Explíquelo.

El fiscal me explicó los efectos negativos del Pavulon.

Que podía provocar la muerte sin ser detectado.

Le dije que no sabía nada de eso.

Pero el fiscal sí tenía esos conocimientos.

No recuerdo exactamente por qué.

Dijo que él lo sabía, que tenía esos conocimientos.

Durante el primer interrogatorio el fiscal dijo:

"Cuente la historia tal como la veo y se irá a casa".

Así que, ante la promesa de la exoneración

o de una sentencia menor de la fiscalía...

Sí.

Confiesa haber cometido cuatro asesinatos,

-¿es eso cierto? -No exactamente.

Se suponía que debía contar una historia.

No me acusaron de nada.

No tenía ni idea de que había relación

con ningún asesinato.

Tenía que contar una historia. No tenía ni idea.

-¿Sobre qué? -Nadie me dijo...

que se estuviera hablando de un crimen.

Cuando retiró su testimonio,

llegué a una conclusión muy sencilla.

Sé que no soy ningún santo.

A lo largo de mi vida he hecho toda clase de cosas.

Pero considerando lo sucedido

y la gravedad de ese delito,

creo que esas personas no deberían estar en libertad.

Los juicios son algo dinámico.

Las cosas en la sala no suceden según ningún plan.

A veces surgen nuevos hilos, como sucedió en este caso.

Si una persona asesina a otras,

y pierde la cuenta de a cuántas ha matado,

es algo gravísimo.

Escribí a la Fiscalía

diciendo que quería declarar en el caso de Andrzej N,

pues él me había confesado sus asesinatos.

Tenía mucho que decir en aquel caso.

La idea era evitar que saliera jamás de prisión.

Le aterraba lo que Andrzej N le había contado en su celda.

El juez pidió al testigo que repitiera su testimonio

porque no podía creer lo que oía.

Andrzej Nowocień le dijo

que siempre le había fascinado el cerebro humano.

Y que se sintió tentado

ante un paciente con el cráneo abierto.

Le metió el dedo y comenzó a hurgar.

El testigo que había oído aquellas historias

declaró en nuestro proceso.

Resultó que lo que dijo coincidía con nuestras pruebas.

No era una fantasía. Era todo verdad.

No había motivo para no creer a un presidiario

que había estado encarcelado con Nowocień.

No es el comportamiento propio

de una persona engañada por la fiscalía,

encarcelada injustamente.

El acusado afirma:

"Lo dije así porque así lo quería el fiscal.

Además, me dolía el estómago,

me encontraba mal.

Fui encantado al despacho del fiscal.

No quería quedarme en esa cárcel horrible.

Por eso durante la investigación

confesé haber cometido aquellos crímenes,

pues el fiscal me había prometido

reducir mi sentencia a cambio".

Tal argumento, señor Nowocień,

es extremadamente endeble.

El acusado suministró el Pavulon.

A juicio del tribunal, no hay duda alguna de ello.

El acusado a Banaś, cuya palabra no puede ser comprada,

dijo que todo fue por causa de Nowocień.

El paramédico fue condenado a cadena perpetua.

El médico cumplió unos pocos años.

Lo considero injusto.

El simple hecho de que los médicos acompañaran a los equipos

en que trabajaban los paramédicos asesinos,

no demuestra automáticamente que participaran en los asesinatos.

Por eso fueron condenados por Omisión del Deber de Socorro,

no por asesinato.

El hilo que aún considero cuestionable,

incluso después de todo este tiempo, es el tráfico de ambulancias.

Que mandaran ambulancias

de un extremo a otro de la ciudad,

sabiendo que eso produciría muertes.

Dependíamos de los expertos,

y ninguno tuvo valor para decir abiertamente

que, de no llegar tarde la ambulancia,

no habría una muerte.

Cuando miro ahora mis textos de entonces,

siento que confundí a mis lectores.

Escribí en numerosas ocasiones

que iban a producirse nuevas imputaciones,

que iba a haber más detenciones

y más acusados.

Esperaba pasarme diez años o más en los juzgados,

informando sobre los juicios a médicos o paramédicos.

No hubo nada de lo que informar. Todo ello se desvaneció.

Cuando la estrategia del Fiscal Tarsalewsky

tuvo como resultado la condena de dos paramédicos y dos médicos,

concluyó la investigación.

Los investigadores se dedicaron a otras tareas, entre ellas,

la búsqueda de otros hilos conectados con los asesinatos.

Y no hubo ningún resultado.

A nadie le interesaba revelar

la verdadera magnitud de aquellos crímenes,

la verdadera magnitud de todo aquello.

El número de personas que murieron por retrasos en las ambulancias,

o que simplemente fueron asesinadas por el servicio de ambulancias.

Me juego mi reputación al afirmar que no cabe duda

de que alguien se abstuvo de investigar más aquello.

Alguien no se sintió tentado de llevar aquello hasta el final.

Como resultado, no se ha hecho responsable

a ninguna de las figuras claves del escándalo.

Eso deja un regusto amargo, pues preferiríamos un final feliz

en el cual todos los culpables son castigados.

Eso es lo que querríamos, pero no lo que tenemos.

En cada caso de asesinato en masa hay un número de muertes poco claro.

Esa es la diferencia

entre los asesinatos que pueden demostrarse

y los que no.

No tengo ninguna duda, por desgracia,

de que el personal del servicio de ambulancias

es responsable de muchas más muertes

de las que se demostró en el famoso juicio.

Hubo muchas más personas implicadas

que aquellos cuatro acusados.

El número de víctimas desconocidas asciende a 1.000.

No hay duda de ello.

Desde 1997 hasta la publicación de nuestro artículo,

se perdieron 856 ampollas de Pavulon

sin justificación médica.

Si suponemos que se emplearon para matar en lugar de salvar vidas,

puede decirse que el número de víctimas

equivale al número de ampollas extraviadas.

Según algunas observaciones,

podría equivaler a lo que escribió Tomek:

varios cientos.

Incluso más de 1.000.

Nadie intentó dar con cifras precisas.

Jamás he visto un caso como este.

Tenemos casos

en los que se ha condenado a personal sanitario,

ya fueran médicos o enfermeras.

Generalmente esos casos implicaban

lo que podría denominarse un motivo psicológico interno.

Disfrutar de la sensación de control sobre la vida y la muerte.

Y no un motivo financiero.

La carga del escándalo de los cazadores de pieles

será una mancha en el honor de los círculos médicos de Łodź

y de Polonia hasta el fin de los tiempos.

Debería hablarse de ello. Sucedió y no puede olvidarse.

Es como si dijéramos que por el bien de nuestra salud mental,

para evitar experiencias desagradables

y el resurgir de asociaciones,

debiéramos cerrar el Museo de Auschwitz

y poner un centro comercial o plantar flores.

Eso no le cabe a nadie en la cabeza.

Como médicos, sabemos lo que es el infierno.

Conocemos el camino

y sabemos que no podemos desviarnos ni un milímetro.

Todo aquello me quitó las ganas de seguir ejerciendo,

aunque me gustaba y no puedo vivir sin ello.

Jamás en mi carrera

me he vuelto a encontrar una historia comparable

en modo alguno con la de los cazadores de pieles.

Y espero no volver a encontrármela.

Seguramente me jubile sin saber a cuánto asciende la cifra real.

Si alguien tiene alguna idea,

sigo siendo fiscal

y estoy abierto a debatirlo.

A menudo pienso en ello.

Es una espina que tengo clavada.

Me gustaría que esto se resolviera

antes de jubilarme.

Deberíamos resolverlo escrupulosa, fiable

y completamente, sin que prescriba.

Encontrar a los culpables, ¿cambiaría algo?

Yo creo que sí.

Las familias tienen derecho a saber.

La vida es lo más importante, no hay discusión.

No sé quién se cree con derecho a controlarla,

pero, desde luego, no son quienes deberían salvarla.

Esto es algo que no puedo entender.

Se lo debemos a la sociedad, en primer lugar.

También se lo debemos a las víctimas y a sus familias, en segundo lugar.

Y en tercero y seguramente más importantes,

por decencia.

Por decencia.

EN EL JUICIO SE PROBARON CINCO ASESINATOS.

DOS PARAMÉDICOS FUERON CONDENADOS.

UNO A CADENA PERPETUA, Y EL OTRO A 25 AÑOS DE PRISIÓN.

DOS MÉDICOS FUERON CONDENADOS POR OMISIÓN DEL DEBER DE SOCORRO.

SE ENCUENTRAN FUERA DE PRISIÓN.

LOS EMPLEADOS DE GESTIÓN DE LAS AMBULANCIAS, LOS OPERADORES

Y LA INDUSTRIA FUNERARIA NO HAN SIDO HECHOS RESPONSABLES.

EL NÚMERO REAL DE PACIENTES ASESINADOS

JAMÁS SE HA ESTABLECIDO.

A ELLOS LES DEDICAMOS ESTA SERIE.

Subtítulos: Pablo Rodríguez-Trenchs

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