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Zulu
Una ambulancia avanza rápidamente con las sirenas puestas.
Las luces destellan.
La gente ve que el estado se preocupa.
Corren a salvar a alguien.
Si hubo en torno a unas cien mil intervenciones
del servicio de ambulancias de Łódź en diez años,
una de cada dos familias locales
entraría en contacto con este.
Se preguntarán si alguien de su familia
fue asesinado también.
Hubo lágrimas.
Las familias de los asesinados estaban presentes en la sala.
No todo el mundo mantuvo la calma.
La gente perdía el control y saltaba.
¿Cuál era el tema principal de conversación
en la sala de personal y en el centro de avisos?
¿El dinero por cadáveres?
-¿Era eso lo que se cocía? -Sí, señoría.
Empezábamos y terminábamos el día con eso.
Así que no se trataba de ayudar a la gente.
Sus intereses eran contrarios a las metas de su oficio.
-¿No ve en ello un conflicto? -Sí.
Cobraban no por salvar vidas.
-Sino por las muertes. -Sí.
CAZADORES DE PIELES
EPISODIO 2
En el periodismo de investigación lo más difícil son los comienzos.
No se sabe mucho
y encontrar fuentes de información útiles
es todo un reto.
En el caso de los cazadores de pieles, fue al contrario.
Contactamos con varias personas desde el principio,
exmédicos y paramédicos
que habían trabajado en el servicio de ambulancias.
Entonces las noticias sobre el tema comenzaron a extenderse
y sencillamente la gente nos abordaba.
Nos hablaban de sus situaciones y de sus dilemas
para que hiciéramos algo, dado que ellos no podían.
Pensemos en el caso de un joven médico que llega,
tras haber estudiado Medicina, sin dinero.
Advierte que los paramédicos se están llevando dinero,
y se lo ofrecen a él.
La primera vez lo rechaza y la segunda también,
pero la tercera vez, quizás lo acepte.
-Y entonces... -Seguirá haciéndolo.
Es difícil parar.
También es un argumento para los paramédicos,
que después pueden decirle al médico que guarde silencio,
dado que ya ha aceptado dinero.
Rápidamente quedó claro
que lo que cobraban por avisar de las muertes
superaba con creces lo que ganaban oficialmente en el servicio.
Algunos médicos mostraron su rechazo
o no quisieron formar parte de aquello.
Fue entonces cuando comenzaron los castigos.
La mayoría de los implicados eran amenazados y obligados
a formar parte de esto.
Había castigos menores, simbólicos.
Supongamos que el médico tenía un pequeño coche
que toda la familia había trabajado para pagar.
Y él se encontraba con una aguja del número 12
clavada en uno de los neumáticos.
Pero si el médico se insubordinaba,
el castigo era más duro.
Se encontraba pinchadas las cuatro ruedas.
En muchos de los equipos no era el médico quien mandaba.
Me llegó el caso de un paramédico
que había robado el sello al médico y salía a trabajar sin él.
Iba solo acompañado del conductor,
y declaraba la muerte de la persona con el sello del médico.
Solo un pequeño porcentaje de los médicos de ambulancia
están empleados en el servicio a tiempo completo.
Es una locura.
Podían mandar a un ginecólogo a atender un infarto.
Todo se improvisaba.
Si a un paciente le tocaba un médico
que no sabía nada
de rescates médicos ni de anestesiología,
no tendría posibilidades de sobrevivir.
Había un hombre que admitía ser médico,
pero no sabía lo que hacía.
No sabía cómo salvar la vida de la gente.
No sabía usar un desfibrilador.
No lo tocaba. La electricidad lo asustaba, al parecer.
Su explicación fue que era ginecólogo
y que no sabía nada sobre rescates médicos.
El interrogado Andrzej Nowocień explicó que Janusz
no trató a Stanisława Sroczyńska
por temor a hacerlo de forma incorrecta.
Me parecía increíble
que un médico pudiera haber participado
en la muerte de una persona.
Me parecía imposible.
Mi madre era muy consciente de que la abuela un día moriría.
Pero no podía aceptar lo sucedido y comenzó a investigar.
Nadie se preguntaba cómo era el servicio de ambulancias
por dentro.
¿Quiénes formaban los equipos? ¿Qué cualificación tenían?
¿Estaban adecuadamente formados
y eran capaces de tratar a los pacientes,
o más bien, de salvar sus vidas?
Deberíamos mencionar que a veces los paramédicos eran convictos
que en aquel periodo de tiempo no estaban cumpliendo condena.
A menudo eran personas
que habían perdido sus empleos en la industria textil.
Así fue como Andrzej entró en el servicio de ambulancias.
El principal asesino que fue condenado.
Unos años después de terminar el instituto,
perdió su empleo en la industria textil.
Iba caminando por la calle,
entró en el despacho del servicio de ambulancias
y le dieron trabajo como rescatador.
Sacaban a heridos de debajo
de trenes, tranvías y camiones.
Aquel hombre,
que había sido sastre o tejedor,
tuvo que entrar en contacto con ese horror y afrontarlo.
No todo el mundo lo asimila
y se recupera de experiencias semejantes.
El primer paso y primer resultado,
es la indiferencia.
De la indiferencia a la aberración solo hay un pequeño paso.
Es duro decirlo,
pero ha habido casos de robos a pacientes.
Había mucho alcoholismo.
Lo que parece imposible hoy en día,
entonces era la norma.
Jamás bebí durante el trabajo.
Solo bebía por las noches, con mis compañeros.
Así me acostumbré a beber.
Bebía vodka, como todo el mundo.
Antes de que encendieran las cámaras, dijo:
"Ahora me siento bien. Un poco tembloroso,
pero es la primera vez que estoy sobrio desde Navidad".
Y era el mes de junio.
Me cuesta un triunfo entenderlo. ¿En qué consistía ese chiste?
¿Era algo situacional? ¿Era real?
Lo de ahogar pacientes.
-No puedo explicarlo. -Deje que termine la pregunta.
Explique el chiste en relación con la conversación
sobre ahogar pacientes estando de servicio.
-Explíquese. -Sí, señoría.
Puede parecer anómalo,
pero si dos personas estaban de charla en la sala de personal,
uno podía decir: "Con gusto ahogaría a mi suegra".
Era una forma de bromear.
Era lo que pensábamos de la vida, éramos así.
Nos criaron así.
Por desgracia no se trataba
de unos pocos psicópatas y degenerados.
Se creaba esa clase de conducta
entre los empleados de las ambulancias.
Quienes, al inmunizarse ante las visiones horripilantes
y las desgracias humanas, iban un paso más allá.
Abordamos el asunto en muy buen momento
en el que las empresas funerarias querían ponerle fin.
Quienes controlaban el servicio de ambulancias,
dominaban el negocio.
Tenían un monopolio sobre el dinero, la información, las decisiones.
Creo que querían tenernos controlados a nosotros,
los trabajadores de a pie,
los peones del negocio.
Los empleados de las ambulancias
no dejaban de aumentar sus tarifas por los soplos.
Escuchémoslo, como usted lo describió vívidamente.
Durante dos semanas,
se informaba de todas las muertes a la empresa X.
Después, la empresa X era ignorada durante las siguientes dos semanas.
Como resultado, el propietario de la empresa X
debía contactar con los empleados de las ambulancias
para ver qué sucedía.
Se enteraba de que la empresa Y
había aumentado las tarifas por los soplos.
Y ese propietario aumentaba a su vez la tarifa
para volver a recibir los soplos.
-¿Es así? -Sí.
Como jugadores de póquer.
Las funerarias tomaron medidas para ponerle fin a eso.
Por ejemplo, en un momento dado,
varias funerarias trataron de asociarse.
"Caballeros, a partir de mañana no pagamos a las ambulancias.
Se acabó".
Aplausos.
Todos contentos.
Yo dije que sabía cómo terminaría.
No sabía cómo había empezado, pero sí cómo terminaría.
Nunca funcionó.
Por lo que recuerdo,
lo más que duró un pacto antiambulancias semejante
fue un fin de semana.
Las funerarias que trabajaban con las ambulancias
dejarían de existir si cortaban esos vínculos.
O jugaban, o al banquillo.
En el banquillo no se puede sobrevivir.
Como resultado,
la competencia entre funerarias se intensificó.
Alguien pegaba a alguien, o le quemaba el coche...
A una funeraria le pincharon todos los neumáticos,
a otra le rompieron las ventanas...
Pero otra, amenazaron con quemarla.
Irrumpieron cuatro tipos y partieron la mesa por la mitad.
El propietario se cagaba de miedo.
UN NEGOCIO MORTAL
NO HAY PAZ EN LOS CEMENTERIOS
VENDO A BAJO PRECIO
ESPERA, YA VIENE LA PIEL
LA LLAMADA DEL CADÁVER
Fue una época propia de los gánsteres
de las películas estadounidenses. Tal cual.
Cuando el estado flaquea, surgen las aberraciones.
Los cazadores de pieles podrían compararse
con cualquier clase de mafia que se nos ocurra.
Su modus operandi era diferente, pero el mecanismo era similar.
Nadie nos ayudaba ni lo investigaba,
nos las teníamos que arreglar solos.
Estábamos centrados en echarnos unos a otros del mercado.
Y mientras tanto, un gigante crecía junto a nosotros.
Chicos, hoy estaré ausente pero espero orden.
En lo que al ranking de funerales celebrados se refiere,
somos líderes.
Vigilo de cerca a los otros.
Iría incluso a un funeral a París
con tal de ver las novedades del mercado.
Este es un cementerio de la curia de Łódź.
Lo alquilamos.
La iglesia firmó un contrato en exclusiva
con el señor Skrzydlewski.
En virtud del mismo,
si otra funeraria quería celebrar un entierro allí,
tenían que pagarle al señor Skrzydlewski
por acceder al cementerio.
El negocio de Skrzydlewski creció
hasta el punto de que se creó numerosos enemigos.
Francamente hablando, al ser grande,
muchas funerarias pequeñas se volvieron contra él.
Se les ocurrió que para sobrevivir,
debían unirse contra el gran Skrzydlewski.
Su aliado natural era Tomalski.
Tenía autoridad entre los pequeños propietarios de funerarias,
y se convirtió en su líder.
Los competidores de Skrzydlewski quisieron eliminarlo
recurriendo a toda clase de medios ilegales.
Incendiaron sus floristerías.
Que yo sepa, también se incendiaron funerarias
y floristerías de otras empresas, no solo las de Skrzydlewski.
Se desató una guerra.
Primero recibía llamadas silenciosas,
después llamadas amenazantes.
Alguien decía que iba a prostituir a mi hija de 11 años.
Disculpen mi lenguaje, pero eso decían.
Me quemaron el coche el 25 de septiembre.
Por completo.
Cuando contactamos con Tomalski, enseguida nos invitó a su casa.
Estaba destrozado, emocionalmente roto.
Recientemente se habían desestimado
las amenazas dirigidas hacia él y hacia su familia.
La siguiente reunión no tuvo lugar.
Tomalski simplemente dejó de contestar a nuestras llamadas.
Resultó que mientras hablaba con nosotros,
ya estaba trabajando en algo.
Planeaba el asesinato de Skrzydlewski.
Se difundió la noticia
en los círculos delictivos de la ciudad,
los cuales estaban naturalmente infiltrados
por la Jefatura Central de Investigación,
de que Jacek T, uno de los empresarios,
buscaba un asesino a sueldo.
Le colocamos un agente infiltrado.
Llegué un poco antes de tiempo al encuentro,
en el aparcamiento de un centro comercial.
Sabía lo que tenía que buscar.
Un Alfa Romeo rojo con matrícula de Varsovia.
El señor Tomalski no comentó conmigo
los pormenores del encargo.
Solo le interesaba que fuera algo aparatoso
e impactante.
El golpe debía ser espectacular.
Es altamente probable que Skrzydlewski fuera a morir
el día que había pleno en el ayuntamiento.
Es un asunto sin precedentes
en la historia de nuestra ciudad.
Le sugerí a Jacek
que nos olvidáramos del asesinato,
le diéramos una paliza a Skrzydlewski,
le rompiéramos las piernas y lo mandáramos al hospital.
No quiso discutirlo. Estaba empeñado en asesinarlo.
No había vuelta de hoja.
Y yo hice lo que pude.
¿Qué me pasó por la cabeza?
No tengo ni idea. Aún estoy intentando averiguarlo.
No tengo respuestas.
Sé que estuvo mal.
No debí emprender ese camino.
Fue una crisis nerviosa, estaba desesperado.
Ahora me doy cuenta.
Una tarea es una tarea, y un caso es un caso.
Así que procedimos.
Señoría, se considera al acusado
culpable del crimen de que se le acusa,
y se le condena a una pena de 14 años de prisión
más cinco años de privación de derechos públicos.
Skrzydlewski ya no paga los soplos.
Cuando la situación se descontroló
en el servicio de ambulancias,
él se hizo a un lado.
El servicio de ambulancias era un estado sin ley.
No había nadie que lo dirigiera.
-¿Un estado sin ley? -Sí, se le puede llamar así.
-¿No había nadie que lo dirigiera? -Nadie.
A nadie le importaba nada.
Los diez años de operativa del Servicio,
cuando florecieron las prácticas ilegales,
fueron una etapa de planificación deliberada
para producir la decadencia moral de la institución.
Las reformas posteriores
debían acortar el tiempo de acceso al paciente,
pero en la práctica el sistema buscaba solo una cosa:
más cadáveres.
Los operadores son vitales.
Reciben las llamadas y mandan a equipos concretos.
Tienen mucho poder.
Si una funeraria quería trabajar con las ambulancias,
primero debía ganarse a los operadores.
Ellos decidían a quién se enviaba,
qué ambulancia salía.
El criterio básico, y prácticamente el único,
es el elemento del tiempo.
Una persona se está desangrando o ahogando,
su estado se deteriora.
Un retraso en el envío de la ambulancia,
debido al tráfico
o en la intervención, reducen las probabilidades
de que un paciente sobreviva en estado crítico.
Pequeñas modificaciones en la matriz general de operaciones
podrían aumentar las posibilidades de los cazadores,
así como el riesgo de muerte de los pacientes.
Los operadores también participaban de los beneficios.
Mi madre sufrió un infarto.
Llamó a una ambulancia.
Tras una hora de espera, me llamó.
Yo llamé a un amigo de una funeraria
para que les dijera que no recibirían dinero por ello,
y gracias a eso,
salvé la vida de mi madre.
Un equipo que trabajara con un buen operador,
podía obtener entre 15 y 30 cadáveres por noche.
El operador era Dios. Así los llamaban.
Sobre todo a uno de ellos.
Uno de los sospechosos es Tomasz S,
exgestor de avisos de las ambulancias.
Se le acusa de aceptar al menos 60.000 eslotis en sobornos
a cambio de información relativa a muertes.
Tomasz S estableció un plan
para cobrar a las funerarias en 1991.
Fue el primero en acusar de mentir a los periodistas
que informaron sobre el escándalo.
Siendo el supervisor principal,
es completamente responsable de lo que sucedió.
Al principio me sorprendió que careciera de formación médica.
La mayoría de documentos lo citaban como el doctor Tomasz S.
Pero no tenía nada que ver con la medicina.
Había estudiado un seminario para ser sacerdote.
Pero lo abandonó.
Si una ambulancia lleva las sirenas no es para ir a tomar una cerveza
o a cenar,
sino a atender a un paciente cuya vida peligra.
La base de nuestro trabajo es la confianza mutua.
A la hora de salvar vidas humanas,
no podemos cuestionar a nuestros compañeros.
Llevo 15 años en el hospital y soy incapaz de creer
que alguien pueda quedarse esperando a que una persona muera.
Simplemente no me lo creo. Eso hay que demostrarlo.
En aquel entonces, ya sabíamos
que había serias sospechas
de que, al ser el jefe de operadores,
retenía personalmente a las ambulancias.
Recibimos un aviso
y resultó que la hora del aviso había sido falsificada.
Figuraba que habíamos salido 25 minutos más tarde.
Resultó que el paciente estaba en un estado grave,
que había sufrido un infarto y que necesitaba asistencia médica.
El operador le dijo a su mujer por teléfono
que se envió una ambulancia 30 minutos antes.
Había varios métodos para retrasar la intervención:
la ambulancia circulaba despacio, como un vehículo normal,
y activaba la sirena a dos bloques de su destino.
Se iban a cenar al McDonald's, que era como lo llamaban,
y se pasaban allí 40 minutos.
Después llegaban hasta el paciente el cual ya estaba inconsciente.
-¿Para matarlo? -No, ya se estaba muriendo él solo.
-¿Para no ayudarle? -Para no ayudarle.
-Y para vender información... -Sobre la muerte.
Lo llamaban "El McDonald's",
era una expresión que aludía a sus métodos
para retrasar su intervención.
A solo 150 metros de la casa del moribundo,
dos ambulancias esperaban para ser enviadas.
Pero el jefe de operadores
mandaba un equipo desde otra calle mucho más lejana.
Tenían que cruzar la ciudad entera y el paciente moría.
Yo estaba en la litera de abajo,
y Andrzej en la de arriba.
Andrzej me contó que aparcaban la ambulancia
y se quedaban dentro de ella
con un paciente que necesitaba tratamiento,
esperando a que este muriera,
o bien lo llevaban de un hospital a otro,
sabiendo que no sería admitido.
A mi madre la llevaron
de hospital en hospital, durante tres horas.
En tres horas una ambulancia podía llegar a Varsovia y volver.
Nunca hablaron de matar.
Solo decían que habían cobrado otra piel, y más dinero.
No lo pensaban dos veces.
Obviaban el hecho de que la palabra "piel"
significaba la muerte de un ser humano.
Se fumaba un cigarrillo,
lo cual retrasaba la llegada de la ambulancia.
De todas formas, el paciente ya habría muerto.
Se sentía bien. Creía que podía seguir haciéndolo.
Aquello siguió creciendo.
Mucha gente lo veía, lo aceptaba, les animaba.
Algunos los llamaban asesinos
y les ponían toda clase de motes denigrantes.
Pero todos lo sabían, vivían con ello
y se beneficiaban de ello.
Doctor, ¿es usted el ángel de la muerte?
Sí, en este país me llamaban el ángel de la muerte.
¿Por qué?
No lo sé.
En un momento dado la gente se enreda tanto en esa red,
que ya no pueden salir de ella.
Son personas vinculadas a una comunidad siniestra.
Hay una especie de lealtad interna
cimentada por los crímenes que han cometido juntos.
La gente en grupo hace cosas terribles
que no harían solos.
Porque hay un refuerzo,
una sensación de "si él lo hace,
yo también puedo".
Recuerdo hablar con Ignacy Baumberg,
uno de nuestros informantes, un exmédico de ambulancias
y un destacado experto en medicina de rescate.
Fue la primera persona en contárnoslo directamente,
en despejar nuestras dudas.
Al preguntarle: "Doctor, ¿matan de verdad?",
él contestó: "Por supuesto que lo hacen.
Ya lo hacían cuando yo trabajaba allí".
Mamá estaba en su parcela.
Se quejaba de un sarpullido.
Se la llevó una ambulancia.
Esperamos con calma.
Dos horas más tarde llamó mi hermana diciendo que mamá había muerto.
Cuando sucedió,
ella tenía la misma edad que yo ahora.
Aceleré para llegar lo antes posible,
esperando que aún estuviera viva y poder ayudarla de algún modo.
Fue un impulso de rescate.
Rechazaba el pensamiento de que pudiera haber muerto.
Grité.
No podía entender por qué había muerto
y no se había hecho nada.
Le dijeron a la familia que habían intentado reanimarla,
pero que su corazón se había detenido.
Pero no sabían que el hijo de Ludmila
era paramédico en el servicio de ambulancias.
Cuando se salva una vida
en una ambulancia,
el interior del vehículo queda
como si hubiera pasado un tifón.
Es un completo caos.
No hay tiempo para desabrochar la ropa.
Se corta o se arranca.
La cara del paciente está alterada, con la boca abierta.
Y esa ambulancia estaba limpia.
Allí no se había hecho nada.
Nuestros vecinos, conductores,
habían trabajado con él en el pasado.
Él intentó hablar con ellos,
pero parecía haber una conspiración de silencio,
un cierto secretismo.
Irrumpí como un huracán
en el servicio de ambulancias.
Nadie quería hablar conmigo.
Exigí que me mostraran
el parte del aviso con todos los detalles.
Cuál había sido el motivo de la intervención,
qué se administró, y qué se hizo.
Nadie pudo darme respuestas.
Yo estaba destrozado.
Me habían quitado lo mejor de mi vida.
Así, sin más. Matándola a ella.
Tal cual.
Lo peor de todo esto
son momentos como el Día de la Madre.
La Navidad. Entonces todo vuelve.
Deberían haber encerrado
a unos cuantos.
Nunca se culpó a muchos
de los que mataron a alguien,
provocaron muertes
o tuvieron algo que ver en ello.
El propietario de "Styks" habló de un caso en el cual la ambulancia
trajo a su funeraria de la calle Więckowskiego
el cadáver de una mujer que daba señales de vida.
El doctor pidió café para su equipo.
Entraron en la funeraria de Wójcik,
dejando a la mujer en la ambulancia.
El doctor se tomó su café y rellenó un certificado de defunción,
lo cual indignó a Wójcik.
La mujer murió.
El cuerpo fue trasladado a la caravana de Wójcik
y transportado a Madurowicz.
Después de aquel incidente
la funeraria del señor Wójcik dejó de existir.
Él se retiró del negocio funerario.
Estaba horriblemente agotado de todo.
Era demasiado para mí.
Me decía a mí mismo que no me sentía culpable,
que no me remordía la conciencia.
Mi retirada del negocio
fue el resultado de lo que yo había hecho.
Pensaba que...
Naturalmente, mi decisión
no alivió mi conciencia.
Aquello era demasiado sucio.
Guardé silencio
durante demasiado tiempo.
Guardé silencio y permití que mataran.
Podía haberle puesto fin antes.
Muchas madres, abuelas y abuelos
de nietos muy queridos
acabaron en el cementerio solo porque yo guardé silencio.
Le solicité una reunión al doctor Janusz Morawski.
Cuando entré en su despacho, no podía dar un paso.
La habitación estaba llena de papeles de alguna clase.
El doctor me dijo que eran informes de pacientes.
La habitación no era pequeña.
Le pregunté de qué pacientes.
"De los pacientes
cuyas muertes no puedo explicar", repuso el doctor.
Había cientos de ellos.
EN EL PRÓXIMO EPISODIO
Se le cierran los párpados, comienza a gritar,
pero el grito se convierte en un gemido y se apaga.
Aún estaban vivos. No respiraban. Se ahogaban.
Pavulon empieza a actuar y los músculos se detienen.
¿Nadie comprobó la legitimidad de determinados fármacos?
Nadie.
Papá estaba consciente.
"No te preocupes, todo irá bien. Te quiero. Ahora vuelvo".
El paciente se colapsó.
Nowocień se acercó al conductor y le dijo:
"Helmut, ve despacio".
Acudimos a la Jefatura Central de Investigación.
Nadie creía que el personal de ambulancias
pudiera matar a pacientes.
Un periodista debe actuar con rapidez.
Más pacientes podrían morir en las ambulancias a diario.
Sabía que si escribían sobre ello,
se abrirían las puertas del infierno.
Subtítulos: Pablo Rodríguez-Trenchs
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