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¿Qué opinas?
No sé, con todo el medicamento que le metió Adriana
está en coma farmacológico.
Hay que rezar para que no tenga daño cerebral.
Lástima no haberlo descubierto antes.
-¡Padres! - ¡Antonio!
Él es el padre Simón Antequera.
Él es el psiquiatra del que le hablé.
Sí, nos conocemos. La última vez que lo vi,
le estaba haciendo un ritual medieval a una niña.
- No sé si se acuerda. - ¡Simón, oye!
Sí.
Voy a reemplazar al padre Prado
al frente del hospicio.
Lo que se les ofrezca, estoy para servirles.
¿Va a tener tiempo para todo? ¿Director y Exorcista?
El día solo tiene 24 horas.
A ver...
Padre, como psiquiatra,
¿hay algo que nos pueda decir que nos pueda orientar?
Entiendo que Esteban era su paciente.
No, no era mi paciente.
Adriana me pidió que lo tratara.
Pero él no quiso.
Cuando murió su padre, cayó en depresión.
Alcohol, heroína...
Volvió al D.F. y no supe más de él.
Hace más de un mes que no lo veo.
Traicionaste a tu propio hijo, ¡desgraciada!
Esteban tiene una enfermedad mental,
ya lo dijo su madre,
la misma enfermedad mental que su abuela.
- ¿Es hereditario? - No, no es genético.
Usted lo vio,
usted sabe que hay una fuerza más poderosa.
¡Simón, por favor!
- Sí. - ¡Calma!
Hermana.
-¿Ahora podemos hablar? - Sí, dígame.
Tiene una oferta de Vilaró.
¿Una promoción?
Empezamos con las bulas papales.
¿Y qué me ofrece?
Media docena de hostias y una pinta de agua bendita.
¡Vamos, por favor!
Dígale a ese imbécil que no quiero su oferta.
¿Puede usar otras palabras?
No, perdón.
Dígale exactamente lo que le voy a decir.
Antonio, ¿tiene alguna idea de dónde lo podemos encontrar?
Ya le dije a la policía que no.
- Tengan cuidado. - Sí, bueno.
Nos queda bastante claro que no es un tipo muy amigable.
No, no es un asesino que esté tratando de escapar.
¿Usted conoce el mal?
Esteban es el mal.
Tengan cuidado con él.
Sí.
¡Doctora!
¡Doctora, no complique más las cosas,
abra la puerta, por favor!
¡Doctora!
¿Quién es? ¿Qué pasa?
¿Qué pasa?
- ¿Qué pasa? - ¿Qué está pasando?
¿Qué pasa?
¡No hay nadie!
- La ventana. - ¡Adriana!
- ¿Adónde da esa ventana? - ¡Vamos! ¡Por ahí!
Es lo que le estaba diciendo yo, le comentaba...
Sí, los vi estaba diciendo, son nuevos...
Con permiso.
- ¿Me permiten? - Sí. Permiso.
Dice el padre Antequera que le acepta un café.
¿Y usted?
- Dos. - Muy bien.
¿Le parece en el bar La Opera a las 16:00?
Perfecto.
- Adiós. - Adiós.
¡Suéltame!
Me abandonaste cuando falleció mi papá.
¡Me abandonaste, desgraciada!
- ¡Esteban, suéltame! - No escapes.
¡Cállate!
¡Suéltame!
- ¡Por allá! - ¡Vamos!
¡Suéltame!
- ¡Esteban, suéltame! - ¡Cállate!
¡Ayuda!
¡Vamos!
¡Ayuda!
¡Ayuda!
¡Hijo de perra!
¡Suéltame!
- ¡Ayuda! - ¡Cállate!
Ese maldito es capaz de matar a su madre.
¿Qué hacía Esteban en el hospicio?
- Eso no tienen ningún sentido. - ¿Pero qué importa eso ahora?
Adriana está en peligro, no hay que buscar sentido a eso.
Padre, ellos van a seguir buscándola.
Pero no tiene ningún caso que nos matemos nosotros.
Aquí abajo como a medio kilómetro,
está la carretera federal,
de ahí puedes ir adonde quieras.
Y por acá hay un montón de veredas
que se meten en el cerro.
Puede estar en cualquier parte.
Ese hijo de perra mató a seis personas,
sin despeinarse.
Tenemos que encontrarlo, ¡vamos a dividirnos!
¡Simón! Esto es un laberinto, tenemos que...
Hay algo que no estamos viendo,
tenemos que ser más inteligentes.
¡Pero, qué inteligentes!
Estamos llegando tarde. ¡Se está escapando ahora mismo!
Tenemos que ser más rápidos.
¿Hay algún contacto que tenga usted?
¿Alguien cercano a Esteban? ¿Algún familiar?
¿Alguien del trabajo? ¿Un amigo?
Sí, sé que él y un amigo suyo estuvieron detenidos
un par de veces en el Ministerio.
¿Y podemos hablar con él?
- Puedo hablar con él, sí. - ¡Vamos para allá!
Pedro, yo no me muevo de aquí,
hasta que no encuentre a Adriana.
- ¡No me voy a mover! - A ver, ¡Simón!
Yo también la quiero encontrar.
Pero tenemos que pensar de otra manera.
Tenemos que adelantarnos, Simón.
Si seguimos por aquí, vamos a estar siempre detrás.
¡Vamos!
Vamos.
Te lo dije, es muy cercano a Adriana.
Sí, se nota.
¿Cómo...?
¿Cómo llegó Quintana al departamento de Esteban,
si su camioneta estaba en el campamento?
¿Usted puede verificar qué autos salieron de San Acacio
la noche que desapareció Quintana?
¿En las cámaras de seguridad o algo así?
- Sí, puedo hacerlo otra vez. - Sí.
- ¡Pedro! - ¡Voy!
¡Métete aquí, desgraciada!
- ¿Adónde vas? - Esteban, ¡suéltame!
¿Crees que va a venir por ti, tu padrecito?
¡Eres una perra!
Lo voy a estar esperando acá.
- ¡Basta! - Hasta que venga.
Hasta que venga a recoger a su perra.
Parece que no le importas tanto.
Así ya no me sirves.
- ¿Adónde vas? - ¡Esteban, para ya!
¡Ya!
¿Adónde vas?
¡No!
¡Ya!
Siempre me engañaste, perra.
Eres tú, perra.
Maldita sea.
¿Dónde estabas cuando te detuvieron?
Estaba sentado afuera de mi casa.
¿Qué hora era?
Como las 9:30.
¿Y cuándo fue la última vez que viste a Esteban?
Le juro que no lo vi.
- ¿Nunca? - Toda tu vida no lo viste.
No, no me diga eso.
Sí él era un amigo.
Bueno, ¿entonces cuándo fue la última vez que lo viste?
Hace como un mes.
Un mes...
Bueno, ¿está mal?
Como 28, 32 días...
¿Hablabas seguido con él?
Bueno, tan seguido como a una novia...
Como a un amigo...
Pero hace dos meses que no lo veo.
- Me acabas de decir que uno. - Sí, uno.
Si no lo vi en dos, tampoco lo vi en uno.
¿Notaste algo raro en él la última vez que lo viste?
Cuando se murió su papá,
se deprimió mucho.
Estaba obsesionado con la Iglesia,
decía que los sacerdotes eran gente mala...
¿Y?
¿Te acuerdas de qué hablaron la última vez que lo viste?
Quedamos en vernos allá en la plaza,
porque íbamos a ver a unas muchachas.
- ¿Qué día era? - Tiene la boca seca.
Se rasca mucho.
Está muy inquieto.
¿Qué día era el día que se quedaron en verse?
- Jueves. - Sí, vi eso mil veces.
- Jueves. - Sí.
¿Y las muchachas? ¿Te acuerdas de ellas?
¿Quién te vende la droga?
¿Quién es tu traficante?
¿Quién te vende la droga?
- ¿Quién te la vende? - ¡Padre!
- ¡Simón! - ¡Padre!
- ¡Simón! ¡Padre! - ¿Quién te vende la droga?
- ¡Simón! - ¿Quién te vende la droga?
¡Venga conmigo, por favor!
¿Qué diablos hace, padre?
No puede entrar así a un interrogatorio.
El hijo de Adriana
no se puede estar drogando en la casa de su madre,
tendría que haber encontrado un refugio,
algún sitio, algún lugar.
¿Y qué?
Porque si encontramos al traficante
nos va decir dónde vendía.
- Tiene razón. - No, no tiene razón.
El tipo de allá adentro no está imputado,
no tiene nada que perder
y yo no puedo obligarlo a decir nada.
Yo les agradezco mucho lo que están haciendo, pero...
Déjenme hacer mi trabajo.
Sí, tiene razón, disculpe.
Vamos.
- ¡Mariano! - ¡Mariano!
- Un segundito. - Déjenme en paz.
Ya les dije todo lo que...
¡Ven aquí! Qué bueno que te empuje.
Necesito hablar contigo y que nadie nos vea.
- Vete al demonio. - ¡Escúchame!
El dato muere aquí conmigo,
pero necesito que me digas, ¿quién es tu traficante?
Es un policía, ¿verdad?
¿Es un policía o no?
Tú hablas y yo no digo nada, esto es un secreto de confesión.
Si no hablas, yo me empezaría a preocupar.
Vamos a calmarnos un poquito, padre.
Hermano, esto es muy fácil.
Nosotros no somos policías,
a nosotros nos da igual
si te venden heroína o chocolates,
o tiempos compartidos.
Esto es lo que va a pasar,
nos vas a decir el nombre de quién te vende,
yo te doy la absolución y te mando al cielo, ¿qué dices?
Si no, te juro que yo voy con todo
y te mando al infierno.
¿El cielo o el infierno?
No hay que pensarlo tanto.
- Hermana. - Su Excelencia.
¿Solo somos nosotros dos?
No, en un momento llega el padre Antequera.
Aguarde, está llegando.
Me sorprende que tire sus ambiciones
tan fácilmente.
Y más aún el padre Antequera.
No, mis ambiciones y las del padre Antequera
están intactas.
Pero pueden esperar.
No nos interesa su oferta.
¿No le conviene escuchar la nuestra?
Que es una en donde no tiene
ni mucho margen, ni mucho tiempo para decidir.
Ahí está. Vamos.
¡Oficial, qué tal!
- Oficial. - ¿Se les ofrece algo, padres?
Buscamos una alegría para el cuerpo.
Una chispita de nada,
con dos gramos, volamos los dos.
- ¿Verdad, Pedro? - Sí.
¿De qué habla?
¿Por qué no nos acompaña, acá donde pega más el sol?
Estamos un poquito destemplados.
¿Usted vende?
Nosotros le pagamos lo que haga falta.
¿Dónde va?
No queremos ningún problema.
Y usted me imagino que tampoco,
después del negocio que se montó.
¿No?
No, si nosotros estamos a favor de las pymes,
a no ser que no nos quede más remedio.
Y nada más queremos hablar.
¿Qué diablos quieren?
No será que los curitas quieren su diezmo.
- ¡No! - ¡No!
Nuestras necesidades están bastante cubiertas.
- Qué bueno. - Vivimos con muy poco.
Nos interesa saber...
¿dónde está Esteban Cortés?
No se preocupen padres, la Fiscalía lo está buscando.
Seguramente lo encontrarán mucho más rápido,
si usted les dice dónde le vende la droga.
- Permiso, padres. - ¡Ven imbécil! ¡Ven aquí!
A ver, hijo de perra.
- ¿Dónde está Esteban? - No sé de qué me hablas.
Desgraciado, no te pases de listo,
que tengo una gran crisis de ansiedad.
Ya mandé a la mierda todos los mandamientos
uno a uno,
menos el "No matarás".
¿Dónde está Esteban?
Nos importa un carajo tu diezmo,
tu maldito negocio,
nos importas un carajo tú.
Solo queremos saber dónde está.
¿Dónde está Esteban?
¿Qué me miras? ¡Contesta!
¡Hijo de perra!
¡Hijo de perra!
Se lo llevaba a su cabaña del bosque.
¿Y dónde está exactamente?
¡Pendejo!
¡Habla, hijo de perra!
¡Por el amor de Dios! ¡Dale!
- ¡Dale! Vas muy lento. - Tampoco da mucho más.
Vas muy lento, písalo un poco, por favor.
Hola.
Oficial Juárez, dígame.
Sí.
Sí.
¿Podría, por favor, repetirle
todo lo que acaba de decir al padre Antequera?
Gracias, se lo comunico.
Simón.
¡Simón, por favor!
Juárez, ¿qué pasa? Qué sorpresa. ¿Cómo va?
No puede ser.
¿Y eso qué tiene que ver? ¿Qué?
Pero, ¿qué dice? ¿Qué...? No.
¿Y?
- Nada. - ¿Qué dijo?
Sabes perfectamente lo que dice.
Adriana estaba con Quintana la noche que desapareció.
Tiene fotos de las placas de su coche entrando en el D.F.
Yo qué sé.
Irían al apartamento de Esteban, no sabría decirte.
¿Y qué diablos hacía Adriana
mientras su hijo le prendía fuego a Quintana?
¡Yo qué sé lo que hacía! ¿Yo qué sé?
Balam y Prado murieron cerca de Adriana,
ahora sabemos que Quintana también,
Valentina es su paciente, tampoco hay mucho que pensar.
- Para el coche, por favor. - ¿Qué?
- Para el coche. - Pero, ¿por qué...?
- ¡Para el coche! - Bueno, ¡ya!
- Me bajo en marcha, ¿o qué? - Ya.
- Me bajo en marcha. - A ver, ¡por favor, Simón!
¡Simón!
Yo sé que no confías en mi instinto.
Pero yo estoy seguro, Simón, lo siento aquí.
- Hay algo que no cuadra, Simón. - Yo también siento cosas.
¿Sabes? No eres la única persona que siente cosas aquí.
A veces, siento cosas muy profundas
y te puedo decir que Adriana no tiene nada que ver con esto.
Nadie vio a Esteban en un mes.
Adriana podría estar
haciéndonos dar vueltas a lo idiota para ganar tiempo
y su hijo puede estar en otro lugar.
- ¡No puede ser! - Podría estar en otro país.
- ¡Por el amor de Dios! - No puede ser, Pedro.
No puede ser.
Adriana nos estuvo guiando en falso
para que su hijo escape.
No.
¿Y si no es así?
¿Y si es ella la que está en peligro?
¿Quieres seguir discutiendo aquí
o vamos para allá?
¡Vamos! Pero yo conduzco.
- ¿Están las llaves puestas? - Sí.
¿Las cabañas del kiosco, en la catorce?
Ve hacia al fondo y la encuentras a la derecha.
Gracias.
¡Diablos!
¡Por el amor de Dios!
¡Diablos!
¡Diablos, es Esteban!
Sagrado corazón...
¡Por el amor de Dios!
Se mató. Es un suicidio. Se disparó por la boca.
Tiene los labios quemados, por el fogonazo.
Me va a explotar el corazón.
La piel está necrosada.
Está...
- ¡Maldición, qué susto! - Está en estado...
Está en estado avanzado de descomposición.
¿Cómo puedes dedicarte a esto?
Esto lleva...
Lleva por lo menos tres semanas aquí.
Por lo menos.
- Tres semanas. - ¿Tres semanas?
Sí.
¿Seguro?
Eso es antes de que nosotros llegáramos al pueblo.
Es antes de que desapareciera Quintana.
¡Curas de mierda!
Adriana...
Adriana pensó que iban a rescatarla,
pero llegaron tarde.
Yo ya me encargué de ella.
¡Adriana, baja...!
¡Los voy a matar, igual que maté a mi mamá!
¿A tu madre?
¿Esteban?
- ¿Qué quieren? - No...
Adriana, baja el cuchillo.
¿Vas a delatarme como Quintana?
- No. - ¿Pregúntale cómo le fue?
- ¡Pregúntale! - No.
¿O te vas a poner caliente como este?
No, Esteban, tienes razón, perdón.
Esteban, cálmate, por favor. Perdón.
- De rodillas los dos. - Sí.
Sí.
¡De rodillas!
¿Ustedes creen
que me va a costar trabajo matarlos?
- Esteban no tienes que hacer... - ¡Cállate!
No tienes que seguir lastimando a nadie...
¡Cállate!
Adriana, soy Simón.
Yo no te voy hacer daño, Adriana.
- Dame el cuchillo. - Simón.
Simón...
Dame el cuchillo, Adriana.
Adriana, dame el cuchillo.
Tú no eres Esteban.
Esteban está aquí, muerto.
Adriana, lamentablemente...
Nosotros te podemos ayudar.
Tu hijo no pudo soportar la muerte de su padre,
de tu esposo.
Ustedes los curas creen que lo saben todo.
¡No saben absolutamente nada de mí!
Entiendo tu dolor, Adriana.
Ninguna madre sería capaz de soportar
encontrarse a su hijo así.
Tú lo encontraste así.
¡Esteban, abre!
- ¡Ábreme! - ¡Vete!
¡Esteban!
¡Abre!
¡Ábreme!
¡Esteban!
¡No!
¡No!
Y desde entonces, te montaste una película
donde tu hijo todavía está vivo, pero no es así.
Deja de hacerte daño, Adriana.
Amabas a tu hijo más que nada en el mundo,
como cualquier madre, es normal.
¿Ya vamos a desayunar, mamá?
Sí, mi amor, ¿qué quieres?
Tu hijo era tu obsesión.
Y la obsesión de tu hijo...
se convirtió en la tuya.
Quintana...
Ya está.
- Listo, ya dije lo que querías. - No, Quintana.
Yo me voy a encargar
de que no le hagas más daño a la gente que confió en ti.
Gente como nosotros,
que confiamos en ti y que dejaste que muriera.
Helena sabía perfectamente
que tú ibas con Quintana la noche que desapareció.
No se preocupe, ya estoy yendo para allá, padre.
Nos vemos luego.
Gracias. La vemos por acá. Hasta luego.
¿Quieres que te lleve?
Tú lo llevaste al pabellón de los quemados.
Hiciste todo lo posible para que sobreviviera.
Sí.
Valentina y Balam lo conocían muy bien.
Con media de azúcar, como te gusta.
Gracias.
Lo reconocieron,
a pesar de estar quemado.
¿Y Prado?
¿También te descubrió?
¿O evitaste que lo hiciera?
Lamentablemente...
alguien sí te descubrió.
- No es el momento de eso. - Molina Reyes.
Molina Reyes era como tu hermano, Adriana.
- Alguien tenía que detenerlo. - Sí.
Basta de hacerle daño a la gente.
Vas a estar bien.
- Tranquila. - Sí.
¡Corre!
¡Ve, ve, ve!
Esteban está aquí, muerto.
Adriana, lamentablemente...
Tu hijo no pudo soportar la muerte de su padre.
Hiciste todo lo posible
por proteger a tu hijo, Adriana.
Ninguna madre sería capaz de soportar
encontrarse a su hijo así.
Gracias, mamá.
Gracias por protegerme.
Te quiero mucho.
Yo también.
Ya no necesitas pelear.
¿Vienes conmigo?
¡Adriana!
¡Adriana!
Adriana.
¿Qué hiciste?
¿Qué hiciste?
¡No, no, no!
¡No, no, no!
¡Ayuda!
¡Ayuda!
¡Adriana!
¡No!
¡No!
¡Ayuda!
¡No!
No.
¿Qué hiciste?
¿Qué hiciste?
¿Qué hiciste?
Padre nuestro que estás en los cielos,
santificado sea tu nombre,
venga a nosotros tu reino...
venga a nosotros tu reino,
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo,
danos hoy nuestro pan de cada día,
perdona nuestras ofensas, Señor,
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo,
danos hoy nuestro pan de cada día,
perdona nuestras ofensas como también nosotros...
Buen día.
Gracias por venir.
En el pueblo de San Acacio, aquí en México,
un cura llamado Guillermo Prado
con la anuencia
del Obispo auxiliar de Pachuca,
realizaba exorcismos clandestinos
sin ningún tipo de autorización de la Curia.
En estos rituales,
murieron accidentalmente dos menores,
en hechos que todavía no han sido esclarecidos,
pero la Iglesia
colaborará plenamente en la investigación.
Quiero asegurarle a la población
que todos dentro de la Iglesia actuamos de inmediato
apenas recibimos las denuncias.
Solo lamentamos
no haber tenido conocimiento de estos hechos antes
cuando se pudieron haber salvado vidas.
Por otra parte, me complace anunciar
que el padre Rafael Quintana
fue encontrado con vida
y les pedimos que recen para su pronta recuperación.
Gracias, eso es todo.
No saben lo que hacen.
Yo me voy, pero el mal se queda.
Y aquí todos lo están sufriendo.
- Badi. - ¿Cómo sigues?
Bien, mejor.
¿Todavía te duele?
Un poquito,
pero afortunadamente fue superficial.
- Si quieres te doy una medicina. - No.
No, muchas gracias, Badi. Estoy bien así.
Ya aprendí la lección.
Gracias por venir.
Te debo una disculpa.
No, Metzi.
A mí no tienes que explicarme nada.
- Bueno. - Tú ya hiciste tu trabajo.
Aunque, tal vez, la razón por la que viniste a San Acacio,
no fue por tu trabajo,
sino por tu alma.
Sí.
Sí.
Mi alma.
Que sigue llena de dudas.
¿Y por qué dudas?
Tú ya estabas predestinado desde pequeño
para venir a salvar a nuestro Santo.
¿No te das cuenta?
¿Cómo explicas tus dibujos, por ejemplo?
Bueno...
Porque tú me criaste, Badi.
Probablemente, me contaste de tu pueblo, de las cruces...
¿Y de Valentina en el agua?
No, Metzi.
Duda todo lo que quieras.
Dudar puede ser un buen comienzo.
Muchos santos dudaron al principio.
Yo no soy un santo, Badi.
No.
Claro que no.
Ven.
Todavía no.
Sigue tu camino.
Sigue haciendo tu trabajo.
Porque el mal no se cansa nunca.
Cuídate.
¡Padre Antequera!
- Sí. - ¡Padre!
- Por favor, acompáñeme. - ¿Qué pasa?
Tiene que ver esto en el pabellón de los quemados.
¿Qué pasó?
¿No se lo llevaron todavía?
No.
Pero mire, padre.
Antes de que llegara Quintana, estaban completamente quemados.
¡Padre! Mire.
Desde que llegó Quintana,
empezaron a sanar.
¿Padre?
No sé si me puede escuchar.
No me ofendo,
llevo una vida intentándole hablar a Dios
y nunca me contesta.
Le quería pedir algo, padre.
Usted conoce a Adriana mejor que yo
y sabe que su vida fue muy complicada.
Si usted pudiera buscar compasión
dentro de su corazón
y entenderla.
Si usted pudiera ayudarla, padre.
Ayúdela, padre, por favor.
Que Dios lo bendiga.
¿Quieres que te ayude a empacar?
No, tranquilo.
Bueno.
Si me preguntas a mí,
creo que únicamente nos tocó ser testigos.
No hay manera científica de explicar las sanaciones.
Estuve cenando en la casa de un santo
y no le acepté el postre.
"Buñuelos San Acacianos".
Benditos, además.
Pasaron cosas.
Sí.
Pasaron cosas.
Bienvenido a México, Simón.
¿Quieres hablar?
No, gracias. No tengo nada que confesar.
No dije confesar, dije hablar.
No de cura a cura,
de...
de amigo a amigo.
Hablamos luego.
O podemos hablar ahora también.
¿Tienes algo mejor que hacer?
Ven.
Ven, siéntate.
Bueno.
Vamos a hablar.
¿Cómo estás?
¿Qué pasa?
¿Qué pasa?
Esto...
es muy complicado.
Y...
Pero ahora no puedo hablar.
Bueno.
Entonces no hablamos. También podemos llorar.
Eso también hacen los hombres.
Me voy a poner a llorar contigo.
¡Vaya viaje!
Cuando usted quiera, la esperamos en Italia.
Adiós, bonita.
Adiós, México.
Vamos a la eterna ciudad de Roma.
Ya verás cuando me vean llegar en el Vaticano
con esta maleta
y con un Santo.
Mira: uno, dos...
a Papa directo.
Tres escalones de golpe.
¿Eso es lo único que se va a llevar?
Sí, no necesito nada más.
Además, si algo sobra en Roma, es buena ropa.
Claro, siempre puede llamar a una de sus haciendas
y que le traigan los detalles.
Ya le regresó el humor al padre.
Un poquito.
Ya está de regreso el Antequera insoportable,
el pesado.
- Buenos días, ¿cómo está? - Muy insoportable.
El Antequera que disfruta la vida
que se toma los golpes de la vida
como oportunidades para crecer
porque sabe que el corazón tiene razones
que la razón no entiende.
Mire, qué buena frase.
¿Es suya?
Cosas que vas aprendiendo en la vida.
¡Qué ridículo es, padre!
Es la frase más trillada del mundo.
Es del siglo XVI, es de Pascal
y ni siquiera es así, es...
"El amor tiene razones que la razón no entiende".
Pero qué el amor, es el corazón. La patadita que está aquí.
El corazón es un músculo, no siente nada.
Es una metáfora.
El corazón simboliza al amor, es un...
Sí, pero el amor no simboliza nada.
El amor es todo.
No es el corazón, créame, soy médico.
Por eso conocí a tantos médicos que son poetas.
Bueno, me da igual. El corazón, no es.
El corazón es una menudencia y se come con arroz.
A mí me gusta más el corazón.
¿Qué "chingado" sabe?
Dijo "chingado", padre, relájese.
¡No sea "chingado", padre!
Esa palabra ya me trae malos recuerdos,
no la diga, por favor.
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