Afrikaans
Akan
Albanian
Amharic
Arabic
Armenian
Azerbaijani
Basque
Belarusian
Bemba
Bengali
Bihari
Bosnian
Breton
Bulgarian
Cambodian
Catalan
Cebuano
Cherokee
Chichewa
Chinese (Simplified)
Chinese (Traditional)
Corsican
Croatian
Czech
Danish
Dutch
English
Esperanto
Estonian
Ewe
Faroese
Filipino
Finnish
French
Frisian
Ga
Galician
Georgian
German
Guarani
Gujarati
Haitian Creole
Hausa
Hawaiian
Hebrew
Hindi
Hmong
Hungarian
Icelandic
Igbo
Indonesian
Interlingua
Irish
Italian
Japanese
Javanese
Kannada
Kazakh
Kinyarwanda
Kirundi
Kongo
Korean
Krio (Sierra Leone)
Kurdish
Kurdish (Soranî)
Kyrgyz
Laothian
Latin
Latvian
Lingala
Lithuanian
Lozi
Luganda
Luo
Luxembourgish
Macedonian
Malagasy
Malay
Malayalam
Maltese
Maori
Marathi
Mauritian Creole
Moldavian
Mongolian
Myanmar (Burmese)
Montenegrin
Nepali
Nigerian Pidgin
Northern Sotho
Norwegian
Norwegian (Nynorsk)
Occitan
Oriya
Oromo
Pashto
Persian
Polish
Portuguese (Brazil)
Portuguese (Portugal)
Punjabi
Quechua
Romanian
Romansh
Runyakitara
Russian
Samoan
Scots Gaelic
Serbian
Serbo-Croatian
Sesotho
Setswana
Seychellois Creole
Shona
Sindhi
Sinhalese
Slovak
Slovenian
Somali
Spanish
Spanish (Latin American)
Sundanese
Swahili
Swedish
Tajik
Tamil
Tatar
Telugu
Thai
Tigrinya
Tonga
Tshiluba
Tumbuka
Turkish
Turkmen
Twi
Uighur
Ukrainian
Urdu
Uzbek
Vietnamese
Welsh
Wolof
Xhosa
Yiddish
Yoruba
Zulu
Las cebras son animales sociales.
Es decir, viven en grupos.
Y trabajan conjuntamente
en labores de defensa, protección y alimentación.
Cada uno de los miembros de la manada
es capaz de distinguirse por su olor,
por su voz y por el diseño de las rayas.
¿Esteban?
Esteban, ¿qué hiciste?
Ya vienen.
¿Quiénes? ¿De qué hablas?
Les van a abrir los ojos
aunque les tengan que arrancar los párpados.
¿A quiénes?
A todos los que tienes en ese hospicio con el cura,
en esa cárcel.
Pero no hay cárcel que pueda encerrarnos.
- Esteban. - No soy Esteban.
Soy Legión.
Ven, mi amor. Necesitas ayuda...
¡Esteban!
¡Padre!
- ¿Lo vio a Esteban? - ¿Esteban?
¿Aquí y ahora?
Me dijo algo de los pacientes de aquí.
Estoy preocupada.
Adriana, ¿estás bien?
Dígales a los enfermeros que revisen los pabellones.
- ¿Puedo usar su teléfono? - Sí, adelante.
Adelante, por favor.
- Un momento. - Conteste.
¿Todo bien?
No sé.
Esteban se escapó de casa y no sé dónde está.
¿Qué pasó?
Creo que tuvo un brote.
Ahora te vuelvo a llamar.
No, no me llames al celular. Estoy aquí en el hospicio.
Bien, nos vemos allí.
Siempre tuve miedo de que esto pasara, Rafael.
Y ahora está pasando, como con mi mamá.
¿Qué pasó exactamente?
Está furioso.
Está enojado con la muerte de su papá
y no sabe qué hacer.
¡Llenó la casa de moscas!
¿De moscas? Pero, ¿cómo lo hizo?
Se veía tan distinto.
Estaba pálido, ojeroso...
y su voz era mucho más grave.
Dijo que no se llamaba Esteban, que se llamaba Legión.
¿Estás segura?
¿Qué es eso? ¿Qué significa eso?
Jesús llegó con un hombre poseído.
Le preguntó cuál era su nombre.
Y el hombre le contestó: "Mi nombre es Legión".
"Porque somos muchos".
Está escrito en la Biblia.
Rafael, está enfermo.
Ahora eso no es importante.
Tenemos que encontrarlo.
¿Tienes idea de dónde pueda estar?
Se pudo haber ido al D.F.
Pero llamé al portero y me dijo
que la luz del departamento está encendida,
Pero no le responde a la puerta. No me responde las llamadas.
- No sé. - Ven acá.
Ven acá.
Sí.
Sí.
Hijo, me espantaste.
-¿Qué haces? - Nada.
¿Qué haces?
Esteban, escúchame bien. Me tienes que hacer caso.
Tenemos que esperar a que todo esto se calme
para poder terminarlo.
Es exactamente lo que estoy haciendo.
-¿Adónde vas? - A ningún lado.
Es Quintana el que se va.
No, apagaron el teléfono otra vez.
¿Y no lo pueden rastrear?
Una monja me encuentra desde Roma
y ustedes son incapaces de encontrarlo.
Lo que pasa es que en San Acacio solamente hay una antena
y no se puede triangular.
¿Cuántas se necesitan para triangular?
Tres. Triángulo.
La misma palabra te lo está diciendo.
Sí, bueno, tres.
Con una sola antena lo único que arroja el rastreo
es la distancia que hay entre ella.
O sea, ahora el radio es bastante amplio.
Bueno, acorten el radio.
Cambien el perímetro, busquen desde otro ángulo,
pero por favor, encuéntrenlo.
Por supuesto que sí.
Manténganos informados, oficial.
- Claro que sí. - Y otra vez una disculpa por...
Por interceptarlo y por la confusión.
No se preocupe. Entiendo.
Una última consulta.
Antes de que se lleven a ese imbécil,
¿me daría un minuto para hablar con él?
Acompáñeme.
Pero no se pase, padre,
porque la responsabilidad recae sobre mí.
¿Aquí?
Vámonos.
Adelante.
¿Cómo me encontraste?
¿Cómo me encontraste?
Espera.
¿Y el teléfono?
Pásamelo.
¿Cuál es el código?
Ven aquí.
¡Ven aquí! Pon la cara ahí.
Vamos a ver lo que tienes dentro.
¿Quintana?
Ustedes tienen su teléfono.
¿Qué hicieron con él?
¿Qué hicieron con él?
Muchas gracias. Que Dios lo bendiga.
Nosotros nos encargamos desde aquí.
- ¿Qué es esto? - Que tenga buen día. Gracias.
- Por favor. - ¿Qué quieren? ¿Qué hacen aquí?
¿Qué carajos creen que están haciendo?
Vamos a calmarnos.
No hay que perder las formas, padre, por favor.
¿Qué es esto? ¿Un secuestro?
Creía que habíamos llegado a un acuerdo.
Un acuerdo donde nosotros nos callamos
porque ustedes mataron a dos niños.
- ¡A dos niños! - ¡Pedro, ayúdame!
- A dos niños. - Siéntate.
Siéntate.
No sabes cuál es nuestra tarea
ni de qué lado estamos en esta guerra.
Sí.
Es curioso que lo diga, monseñor
porque ahora que lo pienso
y recordando un poco,
me parece que claramente estamos en bandos distintos.
Ustedes no hicieron más que tratar de silenciarnos.
Amenazarnos, atacarnos a todos nosotros.
A la doctora Cortés.
A la hermana Emilia.
Y, bueno, como se puede dar cuenta,
su plan de...
Su plan de asesinar a mi compañero
no funcionó.
Esto es mucho más grande que tú, que yo
y que tu compañero.
Y tú lo sabes.
Nosotros no causamos la muerte de esos niños.
Entonces, ¿quiénes?
El diablo.
¿El diablo?
Óptimo.
Un día la vida te va a arrancar la soberbia,
maldito español de mierda.
¿Tú crees que porque andas por el mundo
tomando fotitos
estás por encima nuestro?
¿Qué sabes tú del diablo?
No sabes con lo que estás lidiando.
¿Y el diablo también mató a Quintana?
¿O fue uno de sus colegas?
Como usted los llama.
Pedro,
yo soy un soldado de Dios, como tú.
Por el amor de Dios, padre.
Ya pare con sus soldados y sus guerras
y sus derramamientos de sangre.
¿No le da pena hablar de esas cosas
con un ejército tan flaco que se le murieron dos niños?
- ¡Por el amor de Dios! - Quintana los iba a delatar.
Y usted mandó a sus colegas.
No se preocupe.
El comisario ya está registrando el teléfono de Quintana.
¿Por qué no nos ahorra tiempo y confiesa de una vez?
Ustedes no tienen idea de nada.
Ilumínenos.
Rafael era como un hijo para mí.
Jamás le hubiera hecho daño. Nunca.
Pásame mi teléfono.
Suelta.
El día que Rafael desapareció,
alguien le habló del hospicio.
Luego, me llamó.
Pero no pude contestar.
Me dejó un mensaje.
Soy yo. Tengo un caso para hacer el discernimiento.
Es urgente. Me preocupa bastante.
Te llamo apenas pueda.
¿De quién hablaba?
Solo dejó ese mensaje.
Yo reuní a mi grupo de trabajo.
Antonio, el psiquiatra, a Badi,
pero Quintana no volvió a llamar.
Nunca supe nada más de él.
Pero la persona de la que él habla
es la responsable.
No yo.
En eso se equivoca, padre.
Usted sí que es responsable.
Y yo sí que conozco al diablo porque lo vi desde pequeño así.
Cara a cara.
El diablo es usted.
Que Dios lo perdone, padre.
Me arruinó la negociación.
¡Me hizo quedar como una estúpida!
¿Por qué?
Quedamos que no le iba a hacer nada.
Eso es lo que negociamos. Hoy ni uno pone algo.
Bueno, yo pongo no denunciarlos para que no me asesinen.
¿Ellos qué ponen?
Acaba de decir que no lo asesinen.
No podemos ser sus rehenes toda la vida.
¡Yo no estoy hablando de toda la vida!
Salgamos vivos de aquí, después vemos qué hacemos.
- Volvemos a negociar. - Vamos a hacer una cosa.
Nosotros nos vamos a San Acacio
y buscamos el teléfono de Quintana.
Y usted se queda aquí y negocia.
¿Le parece bien? Vamos, hermana.
Ya la estoy viendo vestida con el solideo rojo.
La primera mujer obispo de toda la historia.
- Veo que me toma por estúpida. - No, se lo digo en serio.
Y que yo lo vea, hermana. Que yo lo vea.
Usted no sabe cuánto la admiro.
Bueno, sí lo sabe.
Muchas gracias por ayudarme tanto.
Adiós.
- Vayan por el teléfono. - Gracias, hermana.
Que Dios la bendiga.
Y no le crea nada de lo que dice.
¿Qué miras?
- Nada. - Entonces, no me mires así.
¡Adriana!
Vete a tu cuarto.
¡Deja eso! Vete a tu cuarto.
Federico.
¿Cómo estás?
- ¿Puedo pasar? - Pasa.
¿Qué te trae por aquí?
Necesito hablar contigo.
Claro.
¿Quieres un café?
No, nada. Gracias.
Dime una cosa.
¿Hoy estuviste en la carretera vieja a la mina?
No, ¿por qué?
¿Usaste tu coche?
No.
¿Se lo prestaste a tu hijo?
Tampoco.
¿Qué...?
¿Qué hizo Esteban hoy?
Estuvo todo el día aquí conmigo. Se acaba de ir.
¿Qué pasa?
Se prendió el teléfono de Quintana.
No sabemos dónde está,
pero está avanzando, se está moviendo.
Apenas entre a una zona de tres antenas,
lo vamos a ubicar.
Eso es una gran noticia. Eso significa que está vivo.
Significa que está prendido y que está avanzando.
Como si estuviera en un camión.
Pero no que está Quintana.
¿Y entonces?
Justamente...
alguien hoy entró
a la central camionera por atrás.
Por el camino viejo.
Y resulta que...
fue tu coche, Adriana.
No sé de qué estás hablando.
Entonces fue Esteban, si no fuiste tú.
¿Y por qué haría eso?
¿Qué miras?
Nada.
Cómo crecimos.
Me estaba acordando cuando me metía en problemas
y tú mentías para encubrirme. ¿Te acuerdas?
Yo te veía y decía:
"Dios mío, la van a descubrir".
"Se le nota a leguas que está mintiendo".
¿Estás segura que Esteban no está en su cuarto?
¡Federico, no puedes entrar así a mi casa!
Comisario, soy Antequera,
¿tiene alguna novedad del teléfono?
Nosotros estamos camino a San Acacio.
Por favor, cualquier cosa, llámeme.
Vamos a vernos, solo escuche esto, por favor.
Gracias.
Te debo una disculpa.
¿Por?
No puedo creer cómo confié en ellos.
- Olvídate, Pedro. Por favor. - Pensé...
No sé qué pensé.
Pensé que podía hacer una diferencia.
O que era especial.
Fui un imbécil.
- Sí que lo eres. - Sí. Un estúpido.
Especial.
Un estúpido especial.
No, especial.
Especial a secas.
Mira, Pedro.
Yo no sé si estaba muerto
o si me estaba muriendo.
Pero te juro que me vi a mí mismo en un lago
rodeado de flores amarillas.
De esas flores que están por todos lados.
Y, de repente, me estaba hundiendo
y apareciste tú y me agarraste.
Yo no sé si era un milagro, no sé lo que fue.
Pero sé que a mis últimas tres misiones,
fui solo
y que esta vez, muy a mi pesar, Dios me puso un compañero,
muy a mi pesar, porque yo no quería.
Porque yo quería ir solo.
Un compañero médico, un compañero que estaba ahí.
Y me agarraste. Eras tú, lo vi claramente.
Y me resucitaste.
Con medicina, con rezos, con RCP, no lo sé.
Pero me resucitaste.
Así que si eso no amerita una plegaria,
demos todo por terminado.
Eso.
¿Y ahora qué hacemos?
Ahora convendría saber quién llamó a Quintana
la noche que desapareció.
Esa es la clave de todo.
Podemos ir al hospicio
y hablar con la gente que estaba de guardia esa noche.
- Debe haber algún registro. - Bien.
Te llevo al hospicio, yo voy a ver a Adriana.
Si ella estaba de guardia esa noche,
eso podría ayudar.
Sí.
Esteban, no lo hagas.
¡Esteban, vete ahora que puedes!
Cállate.
Qué decepción, Federico.
¿En serio andas defendiendo a esos curas?
Tú los sufriste.
Tú los padeciste. Tú los sobreviviste.
Tú los conoces,
¿y los proteges?
No contestes ese teléfono.
¡Esteban, apaga ese teléfono!
Eres igual que los demás.
Vas por la vida orando,
creyendo que la fe te va a salvar.
¡La fe es para idiotas!
Mi mamá también tiene sus creencias.
Y es que en este pueblo, hasta los médicos
le prenden velas a los santitos.
Rézales a tus santos, Federico. ¡Rézales!
Si no, mi mamá va a tener que poner
una de tus fotos en el altar.
Al lado de Rafael.
¡Esteban!
¡Esteban! ¡Soy yo, Rafael!
¿Me abres?
Quiero hablar contigo.
Esteban, no lo hagas.
Tú también creías que él era un santo.
¿Estás bien?
Esteban, no lo hagas.
Si era el peor de todos.
Con sus milagros, engañando a la gente.
¿Qué haces? Baja eso, por favor.
Ya no te voy a dejar seguir.
- Hijo, ¿de qué hablas? - ¡Con tu estafa!
Tu mentira del sanador, del milagroso.
El que todos vienen a visitar.
Hasta esos malditos curas.
¿Qué sigue?
¿Que venga el Papa a besarte la mano?
Tú y yo sabemos la verdad.
Que no salvaste a mi papá.
Que eres un estafador.
Muévete.
Por eso, necesitaba una confesión.
Para abrirles los ojos a todos esos ciegos de fe.
¡Pero claro que no quieren!
¿Cómo van a creer
si llevan dos mil años creyendo en algo que no ven?
¡Muévete!
- Te vas a sentar ahí. - A ver, Esteban...
Les vas a decir a todos lo que eres en realidad.
- ¿Qué? - Un fraude.
Tranquilo.
Esa es mi misión.
Abrirles los ojos.
¡No, Esteban! ¡No hagas eso!
¿Qué haces?
¿Qué hacemos?
¿Qué hacemos?
¡Voy!
Guadalupe.
¿Guadalupe, cierto?
¿Tiene un segundo nada más?
Disculpe, padre. Me estoy yendo.
- Camino con usted. - Puedo hablarle a un compañero.
Es una pregunta nada más.
Sé que fue hace varios días, pero...
¿recuerda la noche
que desapareció el padre Quintana?
¿Usted estaba trabajando en ese turno?
Sí.
¿Y recuerda algo fuera de lo normal?
¿Alguien que estuviera aquí? ¿Que no debía estar aquí?
Nada fuera de lo normal, padre.
- Metzi. - ¿Segura?
Badi.
Hija, adelántate a la parada de camión.
Ahora te alcanzo.
Sí, ma.
Siempre supe que eras un santo, mi niño.
Ya me enteré del milagro que hiciste.
¿Qué pasa?
Confié en ti, Badi.
¿Qué te pasó?
¿Cómo puedes trabajar con alguien como Benavent?
Dos niños murieron, por poco matan a un sacerdote...
No espero que entiendas ahora el trabajo que yo hago.
Pero eso no quiere decir que tú no tienes un don.
Un don que salva vidas.
Si quieres pelear con nosotros, hazlo.
Pero no sigas peleándote con el regalo que Dios te dio.
Porque es una bendición.
- Simón. - ¿Estás bien?
Sí.
Estaba la televisión prendida, por eso no te escuchaba.
¿Qué te pasó?
¿Me das un vasito de agua y te lo cuento?
Claro, siéntate.
- ¿Seguro? - Sí, siéntate.
Menos mal que estaba Pedro.
Si no te juro que no lo cuento.
Pero, ¿cómo supieron dónde encontrarte?
Alguien mandó un mensaje desde el teléfono de Quintana.
Yo mismo vi el mensaje.
¿Se te ocurre quién pudo haber sido?
A lo mejor nos vieron salir del apartamento de Esteban.
Es Esteban, está en su recámara.
- ¿Estará bien? - Sí.
A veces se pone un poco inquieto antes de dormir.
Un día me lo tienes que presentar.
Seguro.
¿Por qué te habrán hecho eso?
No sé, pero tiene que ver con Quintana.
Con la desaparición de los niños y los rituales medievales esos.
¿Qué te pasó?
¿Te cortaste?
Me corté con unas fotos que se me cayeron.
- ¿Puedo ver? - Sí.
Estoy bien.
¿Estás incómoda?
- ¿Quieres que me vaya? - No, estoy bien.
No te quiero incomodar.
De hecho,
creo que lo mejor es que te vayas.
Sí, claro.
- ¿Segura que tu hijo está bien? - Sí, está bien.
- ¿Quieres que hable con él? - No, no es necesario.
- Si quieres hablo con él. - Despreocúpate.
- Oye... - Simón.
Necesito decirte algo.
Sí, claro.
Siento que me va a explotar el pecho.
Dime.
- ¿Estás bien? - No.
- No es nada, estoy bien. - ¿Seguro?
La vida se pone difícil
entre el trabajo, el hospicio, mi hijo, pero estoy bien.
- No es nada. - Ya me voy.
- Cualquier cosa me llamas. - Sí.
Ya tengo teléfono, me puedes llamar.
Seguro.
Oye, una cosa.
El día que desapareció Quintana
alguien lo llamó desde el hospicio
porque querían ayuda con un poseso.
Tú estabas allá aquella noche.
¿Se te ocurre quién puede haber sido?
No, no me acuerdo. Rafael no me cuenta esas cosas.
Bueno.
- Cualquier cosa me llamas. - Sí.
Hermana Emilia.
Por favor.
- Señor... - Adelante.
Hermana Emilia, qué gusto verla.
Ahora...
fui yo el que la sorprendió.
Gracias, Eminencia.
Hermana Emilia, usted es una mujer ambiciosa.
Y eso está bien.
Aunque puede incomodarle a algunos.
Lógicamente.
Lógicamente.
Estamos en épocas
que hay que acomodarse a los cambios.
Además, conozco a su familia
y me quiero llevar bien con ellos.
Lógicamente.
Lógicamente.
Su jefe, el padre Antequera,
ya que no reconoce a ningún otro jefe...
- A Dios, Eminencia. - Lógicamente.
- Lógicamente. - Lógicamente.
Bueno, pero aquí en la Tierra,
su jefe, el padre Antequera, y usted
son personas ambiciosas,
lo cual está bien, yo también lo fui.
Entonces, quería proponerles un trato.
Monseñor Zuliani
en poco tiempo más, se va a retirar.
En dos años, pero eso se puede adelantar.
Y me parecería lo más natural
que el padre Antequera
ocupe ese lugar en la Congregación.
Y de ahí a Secretario de Estado
hay solo una misa de por medio.
Usted podría ser enviada de la Congregación.
No será obispa, pero...
no será tampoco secretaria.
¿A cambio de qué?
Colaboración.
Respeto por esta casa y su labor.
En estos momentos tan cambiantes,
gente de la valía de usted,
es necesario que esté de nuestro lado.
Está bien. No diga nada.
Piénselo.
¿Algo?
- Nada. - ¿Sabes algo del comisario?
Tampoco.
Lo estoy llamando, pero no contesta.
Pero voy a llamar a Emilia.
Hermana.
Necesitamos que su hermano nos ayude a encontrar
el teléfono de Molina Reyes.
Sí, pero tenemos que hablar urgentemente, padre.
Ahora no es buen momento.
Hablamos luego.
- ¿Tú lo entregaste? - Sí.
- ¿Tú les dijiste dónde estaba? - Sí, te hice un favor.
¿Por qué?
¿Crees que no me doy cuenta que te lo quieres coger?
¡Basta!
Igual que a Quintana y a todos esos curas de mierda.
Por eso no tienes marido.
¿Qué vas a hacer con eso?
Esos curas nos jodieron la vida.
No puedes seguir con esa obsesión, Esteban,
tienes que parar.
- No voy a parar. - ¡Hazme caso, carajo!
No, tengo que acabar con él, así que muévete.
Hermana.
Padre, la imagen que le acabo de enviar
esa cruz, es la antena.
El celular está dentro de ese radio.
Más que eso, no se puede.
Gracias, hermana. La llamo.
¿Qué pasa?
No puede ser.
- No lo puedo creer. - ¿Qué cosa?
Mira. ¿Aquí no vive Adriana?
Sí, es ahí.
¿Por?
¿Qué te pasó?
Me corté con unas fotos que se me cayeron.
Es Esteban.
Está en su recámara.
¿Qué pasa?
Necesito decirte algo.
Siento que me va a explotar el pecho.
Vamos a la casa de Adriana.
- ¿Ahora? - ¡Vamos, por favor!
Perdóname.
Perdóname.
Ven, ¡vámonos!
- ¿Qué? - ¡Allá, rápido!
¿Qué?
¡No, Esteban!
¿Qué?
Adriana.
¿Qué pasó?
Él no tiene la culpa.
- Él no... - ¿Qué pasó?
- ¿Dónde está Esteban? - Él no tiene la culpa.
Ya tenemos el teléfono pero está bloqueado.
¿Sabe dónde pudo haber ido su hijo?
Mire, voy a tratar de ser lo más claro posible.
Su hijo asesinó a un comisario.
A un comisario muy querido por sus compañeros.
Lo mejor es que lo encontremos nosotros
en la Fiscalía.
Si lo encuentra la policía...
no creo que llegue a juicio.
Está implicado en la muerte de dos personas más, al menos.
No puede ser.
Esteban no le haría daño a nadie.
Vamos a hacer una cosa.
La voy a dejar sola unos minutos
y cuando esté lista, la mando a llamar.
Pero sepa que la única forma de ayudar a su hijo
es que me diga dónde está.
¿Y bien?
Es la madre. No va a decir nada.
- ¿Puedo hablar con ella? - No, lo siento, pero no.
Entiendo que quieran ayudar,
pero ella es testigo en una investigación.
Sí, pero mire...
Mi compañero desarrolló...
un vínculo de confianza con ella
y considero que esa confianza nos puede ahorrar mucho tiempo.
Y ese tiempo nos puede ayudar a prevenir una tragedia.
- Quince minutos. - Gracias.
Simón.
Simón.
Tienes que ayudarme, Simón.
Adriana, entiendo que quieras proteger a tu hijo
pero si no fue él, fuiste tú.
La mejor manera de protegerlo ahora
es asegurarse
de que no le va a hacer daño a nadie.
Y que nadie le va a hacer daño a él.
Simón, ayúdame, por favor.
Tu hijo necesita mucha piedad ahora.
Necesitamos conocerlo y saber qué le hizo a Quintana
y por qué.
Si no quieres que la gente salga a cazar a un monstruo,
dinos a quién estamos buscando.
Esteban no hizo nada.
Ayúdame, por favor.
Claro.
Tranquila.
¿Y?
- Nada. - ¿Nada?
Dos videos del teléfono de Quintana.
¿Dos?
Mi nombre es Rafael Quintana.
No sé cómo empezar a decir esto.
Un momento, por favor.
Adriana.
¿Reconoces esta sombra?
¿Sí?
¿Te suena de algo?
Antes no la habíamos visto
porque la luz entraba de frente y no le daba sombra.
¿Es el apartamento de Esteban?
Sí.
Simón, Esteban está muy enfermo.
Como su abuela.
Mi mamá.
Supongo que la genética hizo de lo suyo.
No había mostrado señales de hacerlo, pero...
desde que murió su papá, se puso muy mal.
Y no paraba de culpar a Rafael.
Lo siento, no puedo continuar con esto.
Lo siento, en verdad.
- Listo, ya dije lo que querías. - ¿Listo?
No, Quintana.
Yo me voy a encargar
de que no le hagas daño a la gente que confió en ti.
Como nosotros, que confiamos en ti.
Y dejaste que se muriera.
No. Él era un caso especial.
Javier tenía un...
Javier tenía un cáncer muy avanzado.
¡No! ¿Qué haces? ¡No, espera! ¡No!
¡No! ¡No, por favor!
¡No lo hagas!
Espera, por favor.
Padre Nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre...
Esteban está muy mal.
Y yo no pude ayudarlo.
Ni como doctora.
Ni como madre.
No pude.
Adriana, perdón.
Usted...
Usted llamó a Quintana para decirle
que Esteban estaba poseído
y ahora nos está diciendo que está enfermo.
¿Qué tiene su hijo?
¿Tiene un demonio o una enfermedad?
En este pueblo
se hablan de demonios y de poseídos.
Le tenía que pedir ayuda a Rafael.
Por eso Quintana llamó a su secretaria.
A Elena, claro.
Elena venía camino del D.F. para ayudar a Esteban,
pero claro, no podía hablar.
¿Quieres que te lleve?
¿No es así?
¿Y Prado?
¿Valentina?
¿Balam?
¿Todos para tapar un muerto?
Si el odio era contra Quintana, ¿para qué matarlos a ellos?
¿Estaban encubriendo algo?
Si lo atacó en el D.F.,
¿qué habrán visto en San Acacio?
Lo vieron a él.
Balam, Valentina, Prado, lo vieron a él.
¿Está vivo?
¿Quintana está vivo?
No podía dejar que muriera.
Adriana, por favor.
¿Dónde está el padre Quintana?
Por favor.
Rafael, ¿me escuchas?
Padre, ayúdeme.
¡Pedro!
¡Ven, vamos!
Traicionaste a tu propio hijo, ¡desgraciada!
Can't find what you're looking for?
Get subtitles in any language from opensubtitles.com, and translate them here.