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Original subtitles

1815. Napoleón, expulsado del poder, se halla refugiado en la Isla de Elba.

Mientras sus partidarios sueñan con su retorno, el nuevo poder realista los persigue sin tregua.

Se multiplican los arrestos y las ejecuciones en un clima de guerra civil.

Una noche de tempestad frente al Cabo Corso, el navío mercante "Pharaon" cruza la ruta de un barco en peligro...

Le salvaste la vida.

¡Pásenme una manta!

¡Te lo había prohibido!

¡Baja a la bodega! ¡No quiero verte hasta Marsella!

¿Qué pasa?

¿Me encuentras brutal?

No sólo lo sé, sino que me jacto de ello.

¡Vamos!

¡Vamos, todos a sus puestos!

Ponla en un lugar seco antes de que muera de frío.

¡Espera!

¡Vamos!

¿Durmió bien?

Tiene algo que me pertenece.

Nunca había visto la escritura del Emperador.

Devuélvame esa carta.

No lo creo, no.

¿Qué desea?

Una buena razón para no denunciarla.

Pruebe con dinero.

A menudo funciona.

No tengo.

Pero tengo amigos.

Si usted habla de esa carta a quien fuere,

lo encontrarán y lo matarán,

Capitán Danglars.

¿Señor?

Creo que le he causado muchos problemas.

No sé cómo agradecerle.

Lo acaba de hacer.

Cuídese.

¿Señorita...

Angèle.

Edmond.

Nunca olvidaré su coraje.

Pero olvide mi nombre.

Adiós, Edmond.

Adiós, Angèle

Morrel quiere verte.

Acabábamos de cambiar de turno, frente a la costa de Cabo Corso.

El oleaje era fuerte. Estábamos a 200 brazos del barco naufragado.

Deme el cuaderno de bitácora.

Estábamos dando vueltas entre los

escombros cuando Dantès quiso sacar la chalupa.

Se lo prohibí. Era una locura.

- ¿Es cierto? - Sí, señor.

Salvo que no era una locura. Lo habríamos hecho por uno de nuestros hombres.

- Eso tenía que decidirlo yo. - Asumí mi responsabilidad.

- Ordené que cambiáramos de rumbo... - Y fue entonces que se zambulló.

¿Se zambulló?

El Capitán Danglars no había prohibido zambullirse.

Basta.

¿Ha visto esta insolencia?

Señor Morrel, le digo, este muchacho es incontrolable.

Ya no quiero navegar con él.

- Ya no navegará con él. - Viste, te había prevenido.

Porque ya no navegará para mí.

¿Perdón?

¿Cómo pudo dejar que una mujer se ahogara?

Yo... salvé su carga, señor Morrel.

Y Dantès salvó mi honor, Danglars.

- "Capitán Danglars". - Usted no es más Capitán.

Vaya a empacar sus cosas.

- Haré que paguen su saldo. - Ni siquiera sabemos quién es esa mujer.

Sé lo que hizo usted. Y eso me basta.

Pequeño, ven aquí.

¡Vamos!

Que esto te sirva de lección.

Cuando se es hombre, no hay que esconderse

ni detrás de nuestro rango, ni debajo de una mesa.

Edmond, le presento a mi nieto Maximilien.

Encantado, Maximilien.

Maximilien, te presento al Capitán Dantès.

Buenos días, Capitán.

Entonces, ¿cuántos años...

¿Capitán?

Sí, trate de mostrarse digno de ello, Edmond.

Sí, señor.

Por supuesto.

Muy bien.

¡Edmond!

No puedo creer que estés aquí.

Tengo que... tengo que decirte algo.

- ¿Que me amas? - Sí... eso. Pero...

- No, no hay “peros”. - Espera.

- Pero yo... - Empiezas de nuevo.

Estás besando a un futuro Capitán...

- Vas a ser... - Sí.

- Entonces nos vamos a poder... - Sí. Vamos a poder.

Hasta luego.

¡Edmond!

- Juliette. ¿Cómo estás? - ¿Y tú?

Bien.

- ¿Cómo estás? - Edmond, el hijo de Louis.

- Buenos días. - Buenos días.

- ¿Dónde está papá? Tengo que verlo. - En casa.

Hasta luego.

Puedes sonreír, son buenas noticias.

¡Qué cara...

Es de alegría.

Estoy tan orgulloso de ti.

Capitán.

Capitán.

¿Les avisaste al señor y a la señora de Morcerf?

Aún no. Quería decírtelo primero.

Todo va a cambiar, papá.

Tienes que decírselo.

- Todo es gracias a ellos. - Y a ti también.

Yo no pagué tus estudios navales.

Vamos, vete, hijo mío.

Ve a saludar.

Un brindis... levanto mi copa por la memoria de tu madre, Edmond.

¡Primero, porque la extrañamos y

porque dio a luz al Capitán más joven en Marsella!

- ¡Bravo! - Apláudanlo, se sentirá incómodo.

Muy bien, perfecto.

Pero sobre todo porque Mathilde Dantès fue la nodriza

de un futuro par de Francia con un destino heroico,

uno de los mejores oficiales de Europa.

Me refiero a Fernand de Morcerf, para servirle.

Louis, venga a brindar con nosotros. Esta es la oportunidad.

Gracias, señor.

Más tarde, tal vez.

- Cuento contigo para regañar a Mercedes. - Ella ya no me escucha.

Ya verás, llegará tarde a su boda.

¡Por fin!

Disculpen mi demora.

Hola, tía. Hola, tío.

Horace de Balios hizo lo que quiso.

Casi le doy una paliza.

Pero, en fin, Mercedes.

Buenos días, señor Conde.

¿Quién es este señor?

- No, es un caballero. Te cuidará. - Viene de una muy buena familia.

- Hola, prima. - Hola, primo.

Edmond.

Mercedes.

- ¿Estás lista para festejar? - Edmond te tiene una gran noticia.

Sí, sí.

Sí, voy a ser Capitán.

Capitán del Pharaon. Es oficial.

¿Es cierto?

- Felicitaciones. - ¡Al Capitán!

- ¡Lo tengo! - ¡A tu salud!

- Me alegro por ti, amigo. - Yo también. Me alegro... por mí.

- Salud. - ¿Vas a tener un uniforme nuevo?

Y un nuevo sueldo, sobre todo.

Podrás disfrutar de la vida, pasar un buen rato.

Se lo explicaremos.

Podré casarme, sobre todo.

¿De qué estás hablando?

Serás mi testigo.

- ¡No cuentes con ello! - ¡Pues sí!

¡El testigo de un desperdicio! Mercedes, di algo.

Lo intenté, pero está perdidamente enamorado.

Completamente loco.

¿Y ella lo sabe? ¿Está de acuerdo?

Sí. Por lo que me dijo.

- Sí, sí. - Lo sé.

Es Juliette.

- ¿Quién? - La lavandera de cara traviesa.

¡No! No, no es Juliette.

No, es una verdadera mujer

muy hermosa.

No sólo hermosa.

- Misteriosa y cautivadora. - ¡Sí!

- No, no, sí, sí. - Pero, ¿quién es?

Es tu prima.

Mercedes Herrera de Morcerf.

¿Tú?

- Sí. - Nos vamos a casar.

Pero están todos locos.

Y tu madre nunca lo va a aceptar.

¿Crees que mamá puede negarme algo?

Además, tú la convencerás. Siempre fuiste su sobrino favorito.

¡Amén!

Aquí traigo,

firmado por el señor de Villefort, Fiscal del Rey,

una orden de arresto contra un tal Edmond Dantès.

Síganos.

¿Qué está sucediendo?

- No, déjenlo. - Debe haber una explicación.

- Venga. - Suélteme.

- Esperen. - ¡Fernand, haz algo!

¿Qué pasa? Mi hijo no hizo nada.

Debe ser un malentendido.

¿Adónde lo llevan? Yo los acompaño.

- Debemos llevarlo solo, señor. - Teniente.

Teniente Fernand de Morcerf.

Dígales a tus amigos que nos dejen pasar, Teniente.

Es una orden real.

Yo me encargo.

- Síganos ahora. - ¡Edmond!

Volveré, mi amor.

Edmond Dantès, señor Fiscal.

Déjennos.

Siempre he admirado a los Marineros como usted, señor Dantès.

No tengo muchos miedos, pero le temo al mar.

Es verdad, este abismo sin fin.

Esas aguas negras.

Un monstruo siempre parece dispuesto a salir y devorarte.

¿De qué me acusan, señor Fiscal? ¿Por qué me arrestan en medio de mi boda?

¿Usted tiene un enemigo, señor Dantès?

¿Un... un enemigo?

O un celoso.

Acaba de ser nombrado Capitán, va está por unir

a una de las más ilustres familias de la zona...

eso suscita envidias, sabe cómo es la gente.

No lo sé, no.

Hace poco tuve una disputa con un tripulante,

pero, ¿de qué me podría acusar?

No sé.

De ser un agente napoleónico, por ejemplo.

¿Perdón?

Pero... eso no tiene ningún sentido.

Hemos encontrado esta Biblia en su cabina.

¿Es su Biblia, no es cierto?

Lleva escrito su nombre.

Sí, bueno, eso no es un delito.

Es verdad.

Pero también encontramos en su interior una orden de misión

firmada de puño y letra por el propio Napoleón.

Y eso sí, es un crimen.

Un momento.

No, le juro que es la primera vez que veo esa carta.

Si no tiene ningún enemigo, ¿quién podría haberla dejado allí?

Frente a la costa de Cabo Corso, salvé a una joven de ahogarse.

¿Y ella se lo agradeció en su cabina?

No.

Pero el Capitán Danglars la encerró allí. Y solo pudo salir en Marsella.

Puede comprobarlo.

Pregúntele al intendente Gaspar Caderousse.

- ¿Caderousse? - Sí.

¿Qué sabes de esa joven?

Nada.

Señor Dantès.

He entrevistado a docenas de conspiradores

y no creo que usted sea uno de ellos.

Quiero ayudar a un amigo de los Morcerf,

pero necesito que usted también me ayude.

Le juro que no sé nada de ella.

Me dijo que se llamaba Angèle.

Eso es todo.

¿Usted ha revelado...

el nombre de esa joven a alguien?

No.

¿Ni siquiera a este Caderousse?

No.

A nadie. Por mi honor.

Bueno, verá, señor Dantès, yo le creo.

Sin embargo, tendré que retenerlo un poco más

mientras pregunto al resto de la tripulación.

Si confirman su testimonio, de lo cual no tengo ninguna duda,

lo devolveré a su novia, quien tendrá mucho tiempo para odiarme por el contratiempo.

Cuente con ella.

Fernand te lo traerá.

No puedo más, voy a ir yo.

No hay nada más que puedas hacer.

Te vendría bien que no lo soltaran.

¿Cómo puedes decir tales horrores, Mercedes?

Gérard, por más cosas que te hayan dicho sobre Dantès, yo le doy mi garantía.

Déjennos un momento, señores.

Fernand, lo siento por tu amigo.

Conozco lo que te une a él,

pero temo que no estés al tanto de todo.

Le hemos descubierto una orden de misión del Emperador.

Y sus compañeros dicen que él es uno de sus seguidores.

Creo que comprendes la gravedad de estas acusaciones.

La providencia permitió que lo arrestáramos antes de que se case con Mercedes

y que cometa lo irreparable,

pero si estás dispuesto a dar fianza,

si crees que estos dos hombres están mintiendo...

si estás dispuesto a correr ese riesgo,

entonces lo soltaré.

No tienes más que decírmelo.

No.

¿No?

Él no lo merece...

¿Qué no se merece?

Que el nombre de nuestra familia sea mancillado.

Si Dantès nos traicionó,

que tenga la suerte de los traidores.

Puedo asegurarme...

de que ningún pleito manche la reputación de los Morcerf.

Voy a necesitar tu testimonio.

¿Entiendes lo que está pasando?

Entonces cierra el pico.

- ¿Señor Dantès? - ¿Pudo hablar con el Fiscal?

Sí, señor.

Este es un día que no olvidaré.

¿Me imagino que no me llevan a mi casa?

No, de hecho.

Vamos.

- ¿Qué está sucediendo? - ¿Qué está sucediendo?

Suéltenme.

Llamen al Fiscal. ¡Yo he hablado con el Fiscal!

¡Llámenlo, llámenlo!

¡Soy inocente! ¡No hice nada! Déjenme ir.

Si fueras culpable, ya te habrían ahorcado.

Si te llevamos porque sabes cosas que nadie quiere oír, así que cierra el pico.

Vamos.

Paren.

¡Paren!

¡Suéltenme!

¿Dónde está?

No pude hacer nada.

Mercedes.

Déjame.

No serviría de nada.

- Mercedes... - Suéltame.

Por favor.

¿Qué pasa, Victoria?

- ¿No estás contenta de verme? - Tu hermana está aquí.

Señorita de Villefort.

La clandestinidad te sienta bien.

Lamento no poder devolver el cumplido.

¿Coñac? Lo siento, se me acabó el agua de mar.

Sí, mi trabajo es saberlo todo.

Entonces sabes que Dantès es inocente.

Inocente... sí.

¿Quién es realmente inocente?

No hizo nada. ¿Por qué lo detuviste?

Pero para salvar tu vida.

¿Mi vida o tu reputación?

Ambos estamos en política.

En política, no se elimina a un hombre.

Eliminamos un obstáculo.

Sabía que ejercías tu adhesión al Rey con crueldad,

pero esperaba que lo hicieras con honestidad.

¿Por qué no te denuncias en su lugar?

Lo haré, Gerard.

Si te niegas a salvarlo, lo haré.

Pero pienso que tu prefieres que se ignore mi existencia,

la de Victoria,

tu señora,

y de tu futuro hijo.

Ya me parecía.

Prisión del Château d'If Cuatro años después

¿Vivo?

Vivo.

¿Vivo?

¡Vivo!

¿Vivo?

¡Vivo!

Va mar adentro... aléjate de la costa...

¿y quién conoce el camino... quién conoce exactamente...

¿Hay alguien ahí? ¿Hay alguien ahí?

¿Hay alguien ahí? ¿Hay alguien ahí?

¿Hay alguien ahí?

¿Hay alguien ahí? ¿Hay alguien ahí?

¿Hay alguien ahí?

¿Quién eres?

Yo... Dantès, Edmond Dantès.

¿Cuántos años tienes?

- Tu voz suena como la de un joven. - Tengo...

ya no lo sé.

Tenía 22 años... cuando me encerraron.

El 16 de Mayo de 1815.

Fue hace cuatro años.

Tienes 26 años.

¿Cuatro años?

Y...

¿y usted, quién es?

Un prisionero.

Como tú.

¿Desde cuándo?

¿Qué pasa?

- Ya vienen. - Espere... no me abandone.

¿Quién es usted? Al menos dígame su nombre.

¡Su nombre!

¡34! ¿Vivo?

Vivo.

Te estaba esperando.

¿De verdad cree que podrá salir de aquí?

Cavé 30 metros en seis años.

Para circunvalar tu celda y llegar al exterior,

tendrás que cavar el doble de tiempo.

¿12 años?

Quizás un poco menos, ahora que seremos dos.

¿Por qué? ¿Tienes otros planes?

No.

Soy el Abate Faria.

Edmond Dantès.

¿Nunca habías visto esa carta?

No, nunca.

¿Y usted? ¿Sabe por qué está aquí?

Sí.

A ti querían silenciarte. A mí me querían obligar a hablar.

Yo elijo a las personas a las que me confío.

¿No sabes Italiano?

- No. - ¿Inglés, Árabe, Latín, Griego?

Sólo conozco el mar.

Si quieres te enseñaré.

Con paciencia y voluntad...

en 6 o 7 años, sabrás todo lo que sé.

Historia, filosofía,

matemáticas.

Son... son armas

que liberan tanto como esa.

¿Qué es lo primero que harás

si llegamos a salir?

Volveré a encontrarme con Mercedes.

¿Y si descubres que no te ha esperado?

Entonces no me quedará nada.

Te contaré una historia, Edmond.

Hace 700 años,

en Jerusalén, durante la primera cruzada,

los caballeros

encargados de proteger la tumba de Cristo crean la orden de los Templarios.

El primer día,

son muy poco numerosos, pero tienen una fe inmensa.

Gracias a sus victorias,

la orden junta una fortuna...

considerable.

Considerable... considerable.

Te estoy hablando del mayor tesoro que jamás haya existido en la Tierra.

Y...

con el tiempo,

su poder, su riqueza, suscitan envidiosos.

Y el Viernes 13 de Octubre de 1307, el Rey de Francia, Philippe le Bel,

ordena su arresto y embargo de sus bienes.

Pero nadie ha encontrado nunca el tesoro.

¿Sabes...

qué hicieron estos caballeros con esta inmensa fortuna?

- No. - ¡Nada!

Edmond, nada.

Demasiado ocupados en vengarse,

en castigar a quienes los habían traicionado,

murieron uno tras otro.

Bueno, casi todos.

El último de ellos

fue el Cardenal Spada.

Al final de su vida, refugiado en la isla de Montecristo,

Tuvo tiempo de entrenar a un último caballero.

Este joven se llamaba...

Giuseppe Faria.

Yo soy el último sobreviviente, Edmond.

Y yo sé dónde está el tesoro.

Cuya mitad te corresponde a ti hoy.

¿Pero qué harás con esta fortuna?

¿Harás el bien?

¿O dejarás que tu corazón se llene de odio?

Prisión del Château d'If Diez años después

Voy a vaciar la bolsa.

Edmond.

Es salada.

El agua es salada.

Ya casi llegamos. Es cuestión de días.

Llegamos, llegamos.

Ahora vuelvo.

¡Marcha atrás!

¿Padre?

¿Padre? ¿Padre?

Eso.

- Edmond. - No, no, no hable.

Voy a pedir ayuda.

No.

Es demasiado tarde.

No estés triste.

Has sido el único consuelo de mi vida.

El señor te mandó...

un poco tarde, pero te mandó.

No estoy loco, Edmond.

Lo sé.

El tesoro existe.

Ya sabes dónde encontrarlo.

¡Vamos a buscarlo juntos!

No. No lo olvides.

Montecristo.

Montecristo.

Mont... ¿padre?

¿Padre?

¿Padre?

No me dejes.

No me dejes.

No me dejes.

¿Vivo?

¡Vivo!

¿Vivo?

¿Número 17?

¡17!

¿Padre?

Padre...

¡Está muerto, tira la bolsa!

¿Cuál es?

El Abate.

¿Vivo?

¡Vivo!

¿Vivo?

¿Vivo?

De pie.

¡De pie!

¡Dije de pie!

¡Alerta!

- Uno... - ¡Alerta!

dos...

¡Alerta!

¡y tres!

No tienes nada que hacer aquí.

¡Vete!

Vine a ver a Louis. Louis Dantès.

¿Conocías a Louis?

Sí.

Lo enterramos, pobre Louis.

Hace mucho tiempo.

No, no es posible.

Se dejó morir de hambre cuando murió su hijo.

Quería unirse a él.

Pero su... pero su hijo no está muerto.

Lo lamento.

¿Tú también eras Marinero?

Sí.

Te daré algo de comer. Pero luego desapareces.

Y Merce... ¿Mercedes?

¿Y Fernand de Morcerf?

Deben haber pasado 7 u 8 años desde la última vez que vinieron.

Viven en París desde el nacimiento de su hijo.

Llegas demasiado tarde.

Evita el mar de Liguria y sus incesantes patrullajes.

Dirígete a Cerdeña.

Puedes hacer escala en Santa Teresa di Gallura.

La isla de Montecristo se encuentra

al oeste del Archipiélago Toscano.

Acostarás por la punta sur.

Sé que quedarás embelesado por su austera belleza.

Envidio que lo descubras por primera vez.

Bueno.

Es ahí.

La bóveda de la ilustre familia Spada.

El resto, Edmond,

es tu historia.

La de un hombre que tiene el mundo.

En la palma de su mano.

Marsella Un año después

- Por favor. - Basta.

- Te pagaré mañana. - No, no. Gaspard, lárgate.

El señor Caderousse es amigo mío.

En su lecho de muerte, Edmond Dantès me pidió que lo compartiera.

Entre aquellos sus allegados.

Pensaba que había sido denunciado por un tal Danglars.

Pero estaba convencido de que dos hombres le habían permanecido leales.

Me dijo: "Uno se llama Gaspard Caderousse"

y el otro, Fernand de Morcerf.

Quédese con su diamante.

Ninguno de nosotros merece nada.

Espere, hijo mío.

Si le revelo lo que sé, sabrán que fui yo.

Y estas personas son ricas y poderosas.

No hay nada que temer,

estoy obligado por el secreto de confesión.

Siéntese.

Dantès tenía razón sobre Danglars. Él fue quien lo denunció.

- ¿Pero Fernand de Morcerf? - ¿Él era su amigo, no?

¿Puedes ser amigo de aquel cuya esposa codicias?

Por amor a Mercedes,

sacrificó a Edmond.

Él vivirá. Pero para todos estará muerto.

El único que habría merecido el afecto de Dantès es Morrel.

¿El armador?

Luchó para que lo liberaran.

Y con él también la providencia fue poco clemente.

Después del arresto de Dantès, tuvo

que recuperar a Danglars como Capitán.

Pero Danglars también lo traicionó.

Hizo desaparecer la mitad de su flota,

supuestamente robada por piratas.

Arruinado, Morell tuvo que vender la empresa.

¿Y adivina quién lo compró por una miseria?

Danglars.

Dos meses después, los barcos reaparecieron.

Pero el Fiscal de Villefort no cedió.

Hay que decir que compartían un secreto.

La pequeña Victoria, amante de Villefort,

se había convertido en Madame Danglars.

Y hoy es una baronesa.

Morrel murió en la pobreza.

¿Y usted en todo esto, señor Caderousse?

¿Usted?

¿Qué podía hacer yo

frente a un Capitán, un Conde y un Fiscal?

Si hubiera sido más valiente, probablemente habría terminado como ella.

¿Ella?

Angèle.

Elle había ido a ver a su hermano para salvar a Dantès.

Les saqué del medio a Dantès.

Ahora les toca liberarme de ella...

¿Ves? Yo también tengo amigos.

¿Qué pasó?

¿La mataron?

Habría sufrido menos.

Danglars tenía otros planes para ella.

La vendió a los hermanos Maillard, los dueños de la canasta de Tolón.

Era bonita,

y le pagaron bien.

Lo sabías todo y no hiciste nada.

Estoy avergonzado, padre.

Un día volveré.

Y te ofreceré la oportunidad de redimirte.

Ya no vengo a suplicarte ni a buscarte,

sino a advertirte:

Voy a hacer lo que tú no supiste hacer.

De aquí en adelante, yo soy quien premia y castiga.

¿Quién es usted?

Hace años

usted me dijo:

"No olvidaré su coraje, pero olvide mi nombre."

Bueno, no me he olvidado de su nombre ni de su coraje.

Dantès.

Vine a buscarla, Angèle.

Para mí ya es demasiado tarde.

Pero puede salvar al niño.

¿El niño?

Cuando llegué aquí,

sólo tenía una idea en mente:

Vengarme de mi hermano.

Durante semanas, busqué una manera de escapar.

Un día se presentó la oportunidad. Me escapé.

Con un cliente.

Un pañero de París.

Sabía que Gérard había sido nombrado allí.

Encontré el rastro de Victoria,

su amante.

Quería continuar la historia donde la había dejado.

Hacía mucho frío.

Esa tarde... Gerard tenía que morir.

Nada podía detenerme.

Todavía siento el metal del cuchillo en mi mano.

Pero nada salió según lo planeado.

Escuche un grito.

El llanto de Victoria.

Cuando Gérard salió al jardín, llevaba un cofre.

Lo seguí.

Me acerqué cuando...

cuando escuché los llantos ahogados de un niño.

No podía dejarlo.

Todavía tenía la sangre de su madre en su cuerpo.

Entre la venganza y la vida...

elegí la vida.

Hui con él.

No conocía a nadie en París.

Entonces volví a mi vendedor de telas.

Pero los hermanos Maillard lo habían encontrado.

Y me estaban esperando.

Angèle...

¿qué pasó con el niño?

Hola Andrés.

Angèle me mandó a buscarte.

¿Para qué?

Ella va a morir.

Te llevaré para que puedas despedirte de ella.

Después nos iremos.

Tomaremos...

todo el tiempo necesario para estar listos.

¿Listo para qué?

Para vengarnos, André.

Vengarnos de los tres hombres que robaron

su vida, la tuya y la mía.

- Quiero matarlos. - Eso sería demasiado fácil.

Demasiado suave.

No.

Tenemos que arrancarles el corazón.

¿Quién es usted?

Soy el Conde de Montecristo.

París Cinco años después

El general de Morcerf decidió hoy dejar el ejército

para dedicar su vida a la política, en la Cámara de los Pares.

El ejército Francés pierde un gran soldado

pero Francia gana un gran hombre.

Fernand de Morcerf luchó en Moscú,

en Leipzig, en Turquía...

en todas partes, a riesgo de su vida,

defendió una cierta idea del Reino de Francia.

Fernand pagó en carne propia el precio

de su compromiso y del respeto a su palabra.

Hace 10 años, mientras que el aliado de Francia

Ali Pasha de Janina fue asediado por tropas Turcas

el coronel de Morcerf se jugó el todo por el todo.

Al frente de un escuadrón de valientes soldados

se abrió paso a espaldas de los Otomanos,

para echar una mano a su aliado.

Desafortunadamente, este acto de loco coraje no fue suficiente.

Pero todos los Franceses lo saben:

“¡No luchamos con la esperanza de triunfar!

¡No! No, es mucho más hermoso cuando es inútil."

¿Está mejor?

No te encontré muy bien dispuesta con Eugénie Danglars.

Padre.

Tendrá 2 millones de dote el día de su boda.

¡Fernand!

Entonces debo prestar menos atención a Eugénie que a su fortuna...

Mejor una medalla menos y un cero más.

Nuestro hijo es un hombre de su tiempo. Es un romántico que cree en...

¡Devuelve la medalla!

Basta.

Señores, si hubiera sabido que me harían el honor de una visita, me habría preparado.

Señores, si hubiera sabido que me harían el honor de una visita, me habría preparado.

¡Afuera!

Señores, si hubiera sabido que me harían el honor de una visita, me habría preparado.

Lamento acogerlos en una casa improvisada.

Llevo pocas semanas en Francia.

Conde, me da vergüenza molestarlo en su casa,

pero nunca podremos agradecerle lo suficiente por haber salvado a Albert.

Estoy seguro de que él habría hecho lo mismo por mí.

Conde, le debo mi vida.

Me alegro de verle de nuevo en pie, joven.

La hice reparar, la culata estaba rota.

Ahora es suya.

Muchas gracias, Conde, pero no puedo aceptar.

Ya tengo con usted una deuda que no sé cómo saldar.

¿Le gustan las armas?

Por favor.

Es una de mis piezas más hermosas.

Pistola de estilo Otomano.

Sí, pero el grabado de follaje que tiene la guarda inferior

indica que el cañón es más de fabricación Europea.

De Venecia, claro.

Usted es un experto.

Mi padre luchó contra el

Sultán Khursit junto a Ali Pasha.

Morcerf.

¿Usted es el famoso general de Morcerf?

Estoy muy impresionado.

¿Quiere probarla?

Lamentablemente me esperan en la Cámara.

- La próxima vez. - Sólo será cuestión de un momento.

Usted merece su reputación, General.

Hay que cambiar el blanco para usted, Albert.

Recuérdeme que nunca lo rete a duelo.

Gracias por

dejarme a su hijo conmigo por unas horas.

Me urge saber más sobre el que la providencia ha puesto en mi camino.

El Domingo participaré en la caza del Barón Danglars.

Únase a nosotros.

Lamentablemente no me será posible, tengo que acoger al hijo del Príncipe Cavalcanti.

Vengan los dos. Habrá ciervos para todos.

Hasta pronto.

Nos vemos el Domingo, espero.

¿Todo bien?

Guardé un pequeño recuerdo de metal de mi época Otomana.

¿Prefiere el canto a la música de las armas?

Sígame.

Le pido disculpas, Conde.

No quise faltarle el respeto... a su esposa.

Haydée no es mi esposa. Es mi ahijada.

Después de usted.

Haydée.

Qué nombre tan maravilloso.

Es un nombre bastante común en Grecia.

Podría traducirse como… pudor o… inocencia.

¿Puedo pedirle que me presente a Haydée?

Usted parece ser un joven digno de confianza.

Le voy a presentar a Haydée, pero antes debe hacerme una promesa.

Se la hago desde ya.

No estoy bromeando.

Nunca intente seducirla.

¿Entonces cree que soy peligroso?

No.

La peligrosa es ella.

Si no cumple su promesa, le romperá el corazón

y también el de ella.

- Pero... - Ella aún no está lista para amar.

El secreto de su voz se encuentra en su pasado.

Después del asesinato de su padre, fue vendida a una tribu Valaca de los Balcanes.

Allí la conocí y la acogí.

Sabe, hay penas y heridas que tardan años en sanar.

Dejan como un velo en el alma.

Nunca intente levantar este velo, Albert.

Se lo prometo.

Bien.

Caminarás despacio, sin mirarnos.

Sólo te darás la vuelta cuando te llame.

Haydée.

Albert de Morcerf, le presento a Haydée.

Encantada, señor.

Encantada, señor

Encantado de conocerla, señorita.

¿Y si no quiere conocerme?

Si, querrá.

¡Enderézate!

A partir de ahora, mantenerse erguido es sobrevivir.

Ocultar que se ha crecido en la miseria, es sobrevivir.

¿Comprendes? ¿Por qué André?

Porque soy el Príncipe Andrea Cavalcanti.

Cavalcanti, ¿eso no significa cabra en Español?

¿Qué?

No te hagas el sorprendido. "Qué" ¿Me has oído a mí decir "qué"?

Retoma.

Soy el Príncipe Andrea Cavalcanti.

Usted no tiene acento, Príncipe, qué maravilla, ¿por qué?

Tuve un profesor muy estricto, que me lo hizo perder a fuerza de palos.

Insolencia. Tus codos.

Estimado Conde: Es un placer conocerle.

Permítame una confidencia.

La vida Francesa todavía me es desconocida. Perdóneme si

mis modales parecen demasiado Eslavos, Napolitanos o Árabes.

Amigos, he aquí el Conde de Montecristo y el Príncipe Andrea Cavalcanti.

- Caballeros. - Conde.

Príncipe.

El encuentro con tu padre, por muy perturbador que sea,

no debería distraerte de tu objetivo: El Barón Danglars.

Gracias a los barcos robados, hizo su fortuna con el comercio de esclavos.

- Su reputación le precede, Conde. - No confíes en su sonrisa.

Es brutal. No sólo lo sabe, sin que hasta se jacta de ello.

¿Puedo hacerte una confesión?

La vida Francesa todavía me es desconocida, le pediré que me

disculpe si mis modales le parecen demasiado Eslavos, Napolitanos o Árabes.

Cuando se es rico, nunca se es demasiado en nada.

Su hija es su punto débil.

Príncipe.

Barón.

- Eugénie. - ¿Está bien el terreno?

- Es perfecto. - Entonces vamos.

A caballo, señores.

A usted el honor, Conde.

Se lo agradezco, pero hace mucho tiempo juré

matar sólo en defensa propia.

Conde, déjeme asumir su defensa.

Perfecto.

Príncipe.

Gracias.

Vamos a almorzar.

¿Eugénie?

Gracias. Suzanne, te presento al Príncipe

Andrea Cavalcanti, el protegido Italiano del Conde de Montecristo.

Él me cuida.

Mi padre tiene miedo de que las bellezas de París me hagan hacer tonteras.

Usted habla un Francés perfecto.

Es que tuve un profesor muy severo, que me hizo perder el acento a fuerza de palos.

- Pero es horrible. - Es falso, sobre todo.

- Mi madre es Francesa. - Qué idiota.

Me alegra que pueda unirse a nosotros.

La mano de su protegido no tembló.

El animal ni siquiera sufrió.

Y se lo dice un especialista en ejecuciones.

¿Hace cortar cabezas a menudo, señor Fiscal?

- Mucho menos que antes, Conde. - La indulgencia se puso de moda.

Amigos, disculpen que le robe al Conde, pero quiero presentarle a alguien.

- Conde. - Caballeros.

Querida.

Finalmente te presento al Conde de Montecristo.

Señora de Morcerf. Mis respetos.

¿Te sientes bien, madre?

Sí, es...

es la emoción de conocer al hombre sin el cual estaría llorando.

Señor, le debo la vida de mi hijo,

y por este favor, lo bendigo.

Señora, me recompensa demasiado generosamente por una acción muy simple.

Pero me alegro de haberle ahorrado el dolor.

Le pedí al Conde que fuera nuestro invitado

pero hasta ahora se ha negado.

¿Quizás tú tengas mejor suerte?

¿Me hará el honor y el placer de ser nuestro invitado algún día?

Por supuesto, señora.

- Permítame que me retire. - No quisiera acapararlo más.

Pero... ¿qué está pasando?

¿Quiere que llame a alguien?

Albert.

¿Qué sabes sobre ese hombre?

Madre.

Sé que usted siempre sospecha de mis nuevas relaciones

pero el Conde me salvó la vida.

Es tan rico como un Rey.

¿Qué debería temer de él?

Tienes razón.

Mis terrores son una locura.

Señor Fiscal del Rey,

juro por mi honor,

en mi calidad de Teniente de los ejércitos reales

que el llamado Edmond Dantès

testificó en mi presencia y en numerosas ocasiones

su simpatía por el usurpador

y su deseo de tomar las armas para derrocar la monarquía.

Estas palabras me abruman porque Edmond Dantès fue mi amigo.

Pero no puedo dejar que este crimen quede impune.

He visto morir a demasiados hombres a causa de traidores a la patria.

Eso no le hará recuperar el sueño, Conde.

Tampoco es lo que busco.

¿Teme las pesadillas?

Temo más bien que se me vayan.

Me ayudan a mantener mis heridas abiertas.

¿La ha vuelto a ver?

Sí.

¿Es tan hermosa como en sus recuerdos?

Pensé que el dolor la habría cambiado.

Debió haber sido corto.

Sus ojos no eran los de una mujer que ha llorado demasiado.

Recuperará el gusto por las lágrimas cuando le quiten a su marido.

Paso.

200...

más 500.

Abandono.

No te aflijas, no te invitaría a mi mesa si supieras jugar.

Eso.

Sólo quedamos tres.

Los dejo cara a cara.

Dos pares.

Bravo.

Color.

Tiene demasiados corazones, Barón.

Me escapo antes de arruinar a mi padre.

- Venga, Albert. - Sí.

- Vaya a ver a esas señoras. - Infeliz en el juego, feliz en el amor.

Me gusta mucho su Príncipe.

Es encantador.

- De hecho, lo conozco a penas. - Su padre es una relación de negocios.

Una buena familia, sin duda.

Si por "buena" entiende "rica", sí, es la segunda fortuna de Italia.

¿La segunda?

Entonces, ¿conoce la primera?

No quisiera perder la modestia.

Finalmente, gente más rica que yo.

Su familia sueña con verlo casarse con una chica en París, pero...

si el hijo es tan promiscuo como el padre, tenga cuidado.

No se preocupe,

desconfío de todos en general y...

de los extranjeros, en particular.

Yo también soy extranjero.

Usted no cuenta, Conde. Usted es Conde.

"Cuenta" y "Conde" riman en Francés, ¿viste?

Eres un poeta.

Hablando de extranjeros,

el Impartial fue comprado por un Inglés.

Por supuesto, un tal Halifax. Un Lord, al parecer.

Ese Lord Halifax compra periódicos para difundir noticias falsas y

especular en bolsa.

Es un bandido de la peor calaña.

No parece gustarle mucho ese Lord.

Digamos que me gusta mucha gente,

pero realmente sólo odio a ciertas personas.

Odiar a un Inglés no es pecado. Es sentido común.

¿Ya se va?

Es casi medianoche. Nuestro carruaje se convertirá en calabaza.

Albert.

Señorita.

Se estaba olvidando el abanico.

Gracias, señor.

- ¿Cuento con usted? - ¿Para?

Para que venga a la cena que organizaré

próximamente en París. Encontré un lugar donde quedarme.

Bueno... por supuesto.

Bien.

Hasta pronto.

Conde.

Señora de Morcerf.

Usted se va cuando yo llego.

No hay ninguna relación.

Quería pedirle perdón.

¿Pedirme perdón?

Por mis mareos del otro día.

Me recordó a alguien que conocí mucho hace tiempo

y que falleció en circunstancias trágicas.

Por un momento, yo...

de nuevo... no me vienen las palabras.

Lamento haberle evocado ese mal recuerdo.

No se preocupe, se ha disipado.

Mejor así.

Le deseo buenas tardes, señora.

Conde

Albert.

"Haydée.

Se supone que no debo escribirle. Así que no le escribo.

No debo encontrarme con usted..."

Así que no le sugiero que nos veamos

en el Jardín des Plantes mañana a las cinco.

Ese lugar, donde no estaré mañana,

contiene las flores más misteriosas de París.

Usted proviene de un País apodado la tierra de las nubes y los jazmines.

En cuanto a las nubes, podemos contar con el cielo de París

Y yo tendré jazmín en el ojal.

Así que no le digo hasta mañana.

Y no le digo que desde que la vi,

su voz y su rostro nunca me han abandonado.

Albert.

¿No nos va a denunciar?

Es muy leal al Conde, pero tiene debilidad por mí.

Es una strelitzia.

En donde yo vivía se veían algunas en un camino que lleva al mar.

También se le llama ave del paraíso,

pasărea paradisului.

¿Pasărea paradisului?

¿Cómo es que no tiene prometida?

¿Pero tal vez tenga una?

A mi padre le gustaría que me casara con la hija de un Barón.

Pero yo...

estoy buscando algo que esa señorita nunca tendrá.

Ese... encanto indefinido que es para la mujer lo que el perfume es para la flor.

O el sabor, para la fruta.

No sé si a las parisinas les gusta ser cosechadas y degustadas,

pero a mí no.

- Eso no es lo que quise decir. - Estaba bromeando.

¿Estará en la cena del Conde, el Sábado?

No. Serviré de coartada a mi madre

que huye de la vida mundana como de la peste.

¿Y usted?

No conozco a su madre,

y no sé cuáles son sus gustos,

pero comparto sus aversiones.

Ni él, ni su madre asistirán a la cena.

Pero Fernand de Morcerf estará presente.

¿Qué ocurre?

¿No me hablas de Albert?

No hay nada que decir al respecto.

Es normal dudar.

Tener miedo. Lo entiendo.

Pero cuando llegue el momento, debes recordar...

No necesito que usted me recuerde

lo que su padre le hizo al mío.

No pudo evitar de posar sus labios.

Gracias.

Queridos amigos.

Buenas noches, Victoria.

Yo también esperaba algo más espectacular

no hace falta poner esa cara.

Seguro que el Conde nos reserva sorpresas.

No parece tener mucho apetito, señor de Villefort.

Antes comía cerdo y aves.

Esta casa es... magnífica.

A pesar de todo, lo siento sorprendido, Barón

Nada se le escapa.

Pensé que un hombre como usted elegiría un barrio

más central, como... los Campos Elíseos o Saint-Germain.

Compré esta casa justamente porque me la desaconsejaron.

¿Por qué?

Bueno, dicen que está embrujada.

Dicen que en ella tuvo lugar un crimen... abominable, hace años.

Tenga cuidado, tenemos aquí al Fiscal del Rey.

Es cierto.

Un niño habría sido sacrificado.

Es horrible.

¿Y decidió comprar esta casa de todos modos?

Hizo bien.

Estas historias de fantasmas son tonterías

inventadas por servidores malintencionados.

O por vecinos celosos.

No se deje engañar, Fiscal.

He vivido en Asia y en las Indias,

y es difícil regresar sin saber

que realmente existe un mundo invisible

poblado de espíritus.

La primera vez que visité esta casa, yo...

inmediatamente supe...

tuve la extraña convicción de que aquí se había cometido un crimen.

Entonces pedí que me dejaran solo, de noche.

Pero... ¿no tenía miedo?

Si tu conciencia es pura, los fantasmas no te persiguen.

Te hablan.

- ¿Y qué le dijeron? - Eso, ¿qué le dijeron?

Esa noche, me instalé aquí.

Justo frente a esa chimenea.

Fumé un poco de opio para estar más receptivo.

No hay nada mejor para ampliar el espectro de la conciencia.

Y en la dulzura del humo...

me sentí como... en suspensión.

Escucho un golpe en las paredes.

Luego otro.

Bajo la mano.

Y escucho gritos provenientes del piso de arriba. Subo las escaleras.

Los gritos se convierten en… gemidos.

Vienen de una habitación al final del pasillo.

Empujo la puerta y me encuentro en una habitación.

En el medio hay una cama.

Me acerco.

Y veo a una mujer retorciéndose de dolor,

dando a luz a un niño. Está sola, abandonada.

Grita.

Y luego siento una presencia a mi espalda.

De repente.

Está aterrorizando a estas damas.

Y nos deleita.

Continúe, por favor.

Repóngase, nos arruine la fiesta.

Me doy vuelta, temblando.

Y en ese momento escucho un susurro en mi oído.

Es la voz de un niño.

La voz de un niño que me suplica que lo libere.

Terminé encontrando una puerta,

una puerta disimulada que no había visto en la obscuridad.

La empujo.

Escaleras... conducen al jardín.

Y vuelve, entonces, la voz del niño.

Me decía que él que había estado solo durante mucho tiempo. Estaba llorando.

Llama a su madre.

Esa noche, yo...

busqué, pero...

el jardín era demasiado grande.

¿Qué... qué hizo?

Perdón...

El jardín era demasiado grande...

¿qué hizo entonces?

Sí.

A la mañana siguiente, cavamos.

Por todas partes.

Arrancamos los manzanos, aramos el camino...

y nada.

Entonces traje un cerdo trufero del Périgord.

¿Y?

Como tampoco encontró nada,

lo comimos esta noche.

¡Maravilloso!

Dije que era sólo una fábula.

Una fábula, exactamente.

Al menos eso es lo que pensaba. Hasta ayer.

Mientras estábamos plantando

las antorchas para la recepción,

una de ellas se rompió limpiamente.

Cavamos allí y...

descubrimos un cofre.

¿Y entonces?

¿Qué había dentro?

No sé.

¿Cómo es eso?

Los esperé a ustedes... para abrirlo.

¿Y si hay un cuerpo?

Le daremos entierro.

Fiscal, tal vez desee abrirlo...

- Por favor, no lo abra. - Basta ya.

¡Abracadabra!

No sé

qué hay de cierto en esta historia pero usted es un mago,

Conde.

- ¿Cómo es eso posible? - Habló como si hubiera estado allí.

Todos estos detalles fueron... pensé que me estaba volviendo loca.

Cálmate, por favor.

- ¿Dónde está el cuerpo de nuestro hijo? - No sé.

- ¿Lo habías puesto allí? - Sí.

¡Me dijiste que estaba muerto! ¡Me lo dijiste!

Por supuesto que estaba muerto.

- Entonces, ¿dónde está? - No sé.

- ¿Dónde está nuestro hijo? - ¡No sé!

¡Cállate, estás histérica! No sé.

Cálmate.

Yo sé algo.

Y es que antes de ocho días

sabré quién es ese señor Montecristo,

de dónde viene, a donde va

y por qué nos habla de niños enterrados.

Danglars está obsesionado con el dinero.

No sospechará nunca de alguien que no le pida.

Morcerf me tiene confianza desde que salvé a su hijo.

Queda Villefort.

Villefort es Fiscal.

Es suspicaz.

Y gracias a esta cena, Victoria exigirá explicaciones.

Así que para tranquilizarla y tranquilizarse a sí mismo

va a realizar una investigación.

Y como siempre aprendemos más de bocas malintencionadas,

irá a ver al enemigo del Conde.

A Lord Halifax.

¿Qué quiere usted saber?

Si puedo hacerle daño, será un placer para mí.

¿Ha estado el Conde alguna vez en París? Él afirma que no.

Si ya hubiera estado aquí, yo lo sabría.

Pero entonces, ¿usted sabe dónde estaba hace 15 años?

Sí. En la India.

Pero... debo decir,

en ese momento todavía me divertía.

Pero después...

Después, ¿qué?

Una tarde, yo estaba castigando a un sirviente

que se lo tenía merecido.

Pero...

Montecristo había desarrollado una pasión por esos salvajes,

con sus dioses paganos, su magia absurda.

Creencias ridículas.

Entonces me retó a duelo.

¿Por un indígena?

¡Pero sí! ¡Un indígena!

¿Puede creerlo?

Hace calor, ¿no? ¡Qué calor!

¡Tráiganme mi abanico, por amor de Dios!

¡Nos estamos asfixiando aquí!

Éste no.

Gracias.

¿Y a usted,

señor de Villefort?

¿Qué le hizo?

Nada.

No sé si contarlo entre mis amigos o entre mis enemigos.

Si fuera su enemigo, usted ya lo sabría.

Tiene defectos, pero no es hombre que oculte sus intenciones.

Pero...

atención.

Señor Fiscal.

Si se convierte en su amigo,

Usted se convertirá en mi enemigo.

Por supuesto.

Sí.

Gracias, señor de Villefort,

fue muy agradable charlar con usted, pero tengo mucho que hacer.

Gracias, Lord Halifax.

Señor Fiscal.

Víctor.

¿Conde?

Prepara los caballos, vamos a regresar al castillo.

Ahora que Villefort ha bajado la guardia

podemos preparar nuestro ataque.

Me voy al sur.

Regresaré para la fiesta de Danglars por los 20 años de su hija.

Cuento contigo, André, para acercarte a ella.

Y contigo, Haydée, para hechizar a Alberto.

Bien.

Puede albergar hasta 600 negros, 700 empujando un poco, pero...

soy humanista.

Lo bauticé El Hércules.

Mi madre decía que este es el linaje de personas destinadas a grandes cosas.

Y esa es tu... línea de amor.

Y ahí leo que...

André, tengo que decirte algo.

¿Sí?

Quisiera amarte,

- Pero no puedo. - Lo sé.

No tendrás por mí

los sentimientos que tienes por Suzanne.

Será nuestro secreto.

- Será nuestro secreto. - Estará bien vigilado.

Sé lo que es ser doble.

Sé lo que es ser doble.

No poder decir quiénes somos.

Seré tu coartada.

Ha llegado el momento de rescatarte.

Vuelvo a vivir en sueños

cada segundo de estos momentos con usted.

Llevaré en mi noche el recuerdo de sus ojos,

y no quiero hablar con nadie

para no gastar el eco de sus palabras

que todavía tiembla en mi corazón.

Conservo su partición.

Me encanta por la imagen que me da de usted.

Pero también y sobre todo por el recuerdo que llevará para siempre,

el de un momento de la vida que vale toda una vida.

- Hasta luego. - Hasta luego.

Príncipe.

Eugénie. Esta fiesta se te parece, vivaz y alegre.

Gracias, Andrea.

¿Incluirá al Conde de Montecristo entre sus invitados?

17.

¿17?

Usted es el número 17 que me hace la pregunta.

¿Y qué les responde a todos?

Que no habrá 18. Ahí está.

Disculpe.

Señorita

- Conde. ¿Cómo le fue en el viaje? - Maravillosamente.

Gracias, Albert.

Eugénie está deseando volver a verla, señorita.

Conde, ¿me permite?

Con mucho gusto.

¿Sabe el Conde que nos vimos?

No le dije nada.

- ¿Es capaz de haberlo adivinado? - Sólo Dios sabe de lo que es capaz.

Son hermosos, ¿no?

Parecen tan ansiosos por vivir.

Siempre tenemos prisa por ser felices.

¿No?

Señor Conde, hágame el honor de su brazo.

Quiero dar algunos pasos.

Su mano está temblando.

Parece tener frío.

Tenemos, en mi familia, manos frías, pero corazón cálido.

Esto nos calentará.

Nuestras uvas no son tan buenas como las de Sicilia,

pero podrá ser indulgente con nuestro sol del norte.

Lo lamento.

Por favor perdóname, pero...

nunca bebo.

¿Comerá algo?

También deberé excusarme.

Señor Conde, hay una costumbre Árabe que hace amigos

eternos a quienes han compartido pan y sal bajo el mismo techo.

La conozco, señora.

Pero estamos en París y no en Tánger.

Aquí no hay amistad eterna ni se comparte el pan y la sal.

Pero en fin... somos amigos, ¿no?

Ciertamente.

¿Por qué no lo seríamos?

Entonces, a falta de pan y sal, comparta conmigo algunos recuerdos.

¿Qué desea saber, señora?

¿Es cierto que ha visto tanto

que viajó tanto,

que sufrió tanto?

¿Qué le hace decir eso?

Sus ojos.

En todo viajero existe el deseo de encontrar algo o de escapar de algo.

¿Y usted encontró?

Mi viaje no ha terminado.

¿Vive solo?

No tengo hermana, ni hijo, ni padre.

Sólo me queda Haydée que, estoy seguro, me dejará pronto.

¿Cómo puede vivir así?

¿Sin nada que lo amarre con la vida?

Supe amar a una joven.

Con la que me iba a casar.

Hace años.

Pero cuando llegó la guerra y me alejó de ella...

pensé que ella me amaría lo suficiente como para esperarme.

Que me sería fiel hasta la tumba.

Pero cuando regresé,

ella estaba casada.

Quizás yo tenía un corazón más débil que los demás.

Sufrí más de lo que ellos hubieran sufrido.

- Eso es todo. - ¿Este amor ha permanecido en su corazón?

Sólo amamos de verdad una vez.

¿No?

¿La ha vuelto a ver?

Nunca.

¿Nunca?

Nunca.

¿La ha perdonado por lo que lo hizo sufrir?

Sólo podemos perdonar a quienes nos piden perdón.

¿Y si hoy le pidiera perdón?

¡Compre L'Impartial! ¡La flota de Danglars robada en Marsella!

¡L'Impartial, señoras y señores! ¡L'Impartial!

¡Compren!

¿Cómo se pueden robar barcos en un puerto a plena luz del día?

¿Estaban asegurados al menos?

¿En tu opinión?

Las acciones de Danglars se desploman en el mercado de valores.

Pero gracias al telégrafo del ejército,

Danglars se enterará pronto de que en realidad, no ha pasado nada.

Había que robar sus barcos.

Todo llega a tiempo a quien sabe esperar.

Estás salvado. Tus barcos no tienen nada.

- ¿Qué? - L'Impartial mintió.

"¡La flota de Danglars sigue

a flote amarrada en el puerto de Marsella!"

Gracias. Gracias, amigos míos.

Danglars recordará mis palabras y pensará...

que es una jugada del nuevo director de

L'Impartial, nuestro querido Lord Halifax.

Exactamente.

Montecristo tenía razón.

El cerdo Inglés utiliza su periódico para especular a costa mía.

Hay que publicar un desmentido.

Por nada del mundo.

No entiendo. Es necesario...

¿Oye?

Escuche.

El ruido agradable.

Ese pequeño y agradable ruido.

El sonido del dinero cayendo.

Yo tampoco lo entiendo.

Piénsalo. Él sabe algo que nadie sabe todavía.

Imagínate: Juegas al póquer y conoces el juego de tu adversario.

- ¿Qué haces en ese caso? - Relanzo.

Las acciones están en su punto más bajo.

Si las vuelvo a comprar, en dos días, obtendría una ganancia colosal.

Mi mejor golpe.

¿Recomprar sus acciones?

¿Cuánto se necesitaría?

- 500 millones. - ¿500 millones?

500 millones. Pero hay que hacerlo hoy mismo.

Antes de que cierre el mercado y antes de que lo haga esta escoria de Halifax.

¿Cómo podemos encontrar 500 millones esta noche?

Yendo a ver al mayor enemigo de Lord Halifax.

Lo siento, Barón, pero...

el mar siempre me ha traído mala suerte.

No compraré sus acciones.

Conde.

Sin embargo, nunca me niego a ayudar a un amigo y castigar a un enemigo.

Entonces le prestaré este dinero y podrá hacer con él lo que quiera.

Y puedo garantizarle una tasa de interés del 20 %.

Se lo prestaré sin intereses.

En Sicilia dicen: "No te

harás rico a costa de un amigo".

Insisto.

He hecho redactar una hipoteca sobre el total de mis bienes.

No valen 500 millones, pero...

200 millones, eso, lo prometo.

No, Barón, su palabra me basta.

En Francia dicen: “Las buenas

cuentas hacen buenos amigos”.

Que así sea. Por amistad, acepto sus garantías personales.

En una semana, le habré reembolsado.

Vamos a hacer que este hombre de Halifax se rinda.

Una denuncia está lista.

Yo mismo me encargaré de presentar cargos contra él en el juicio.

No puedo esperar a estar en el tribunal para presenciar esta ejecución.

Lord Halifax, propietario de L'Impartial,

llamado hoy a declarar para responder de acusaciones de difamación

tuvo que abandonar rápidamente el país.

Pero se compromete a que su representante

comparezca ante este tribunal a las 14 horas.

Señor Juez, la comedia ya ha durado bastante.

No estamos en los bulevares.

Pido al representante del señor Halifax que se dé a conocer.

- ¿Qué está haciendo? - Aún no ha terminado.

Soy el representante de Lord Halifax.

Estoy aquí ante ustedes porque L'Impartial

está acusado de haber difundido noticias falsas.

Pero afirmo aquí que los barcos de

Danglars efectivamente han desaparecido.

Mentira, ¡mi flota está en Marsella!

¡Señor Juez, esto es una farsa!

- ¿Qué pruebas tiene? - Basta con

comunicarse con la capitanía de Marsella.

¿Entonces persiste en sus afirmaciones?

Persisto y firmo, señor Juez.

Pero quiero hacerlo con mi nombre real.

¿Tienes uno falso?

La gente me conoce como Andrea Cavalcanti.

Después de años en las calles, me acogió una

familia numerosa y rica de la aristocracia Italiana.

Crecí siendo ladrón

y terminé siendo Príncipe.

No es una profesión más honesta, pero mucho más agradable.

Es aquí, en París, donde finalmente encontré a mi verdadero padre.

Nací el 3 de Noviembre de 1815.

En Auteuil.

Señor Juez,

¿podría el acusado... presentar pruebas de lo que afirma?

A eso voy, señor Fiscal.

Su paciencia será recompensada.

¡Soy el bastardo de un aristócrata Francés y su amante!

Mi madre no sabe que estoy vivo porque... mi padre

le dijo que había muerto al nacer.

Me envolvió en un paño y me enterró vivo.

Usted habla, señor, de un intento de infanticidio.

Esto es lo que debería haber pasado si mi tía

alertada por mis gritos, no me hubiera desenterrado.

¿A quién acusa?

A un hombre respetable...

que todos ustedes conocen.

Sus armas están sobre este lienzo.

Mi padre...

no es otro que el hombre que tengo frente a mí.

El Fiscal de Villefort.

¡Silencio!

- O evacuaré la habitación. - ¡Calumnia!

¡Lo demandaré!

Señor Cavalcanti,

¿entiende la gravedad de sus acusaciones?

No me contentaré con un paño, incluso manchado de sangre.

El Fiscal le dará pruebas de lo que digo.

- ¡Pero está delirando! - Padre.

No obligue a mi madre a venir a testificar.

Creo que ya ha sufrido bastante.

El juicio se suspende

mientras dure la investigación. ¡Evacuen la sala!

Y uno.

- ¡Vamos, Victoria, venga! - Perdón.

Abran paso.

¿Por qué no me dijiste la verdad?

Tu padre me quería como yerno, pero...

no puede ser, tenemos la misma madre.

No olvides tus líneas de vida.

Sé feliz, hermana.

¡Conde!

¡Conde!

Esta historia no tiene sentido. Estamos nadando en pleno delirio.

Mis barcos, ayer, todavía estaban en Marsella.

Voy a necesitar un... un plazo para reembolsarle.

Si...

no le queda nada, Barón.

Todo lo que fue suyo es mío.

Lo único que le queda es esa ropa.

Váyase de París y tal vez yo no deje que

su esposa y su hija mueran de hambre.

Pero, de todos modos, Conde, yo...

¿Me encuentra brutal, Barón?

No solamente lo sé, sino que hasta me jacto de ello.

Debería llevar a su esposa a casa sin tardar.

Está muy pálida.

Y dos.

¡Padre!

De parte de Angèle.

¡Salgan del camino!

¡No!

¿Por qué?

¿Por qué?

No llores.

Sabíamos que terminaría así.

Lo sabíamos.

¡Haydée!

Él desobedeció.

¿Desobedeció?

¿Desobedeció a qué?

Usted le enseñó nada más que el odio.

Usted puso esa daga en su mano.

Es tu dolor el que habla.

Lo amaba como a un hijo.

¿Me ama también a mí?

¿Está dispuesto a sacrificarme también a mí por venganza?

No es venganza.

Es justicia.

No olvides tus lágrimas, Haydée,

los gritos de tu madre y la sangre de tu padre.

Y el nombre del que los traicionó.

¡No olvides su nombre!

Si me ama como lo amo, no intente verme otra vez.

Es demasiado noble de corazón para no entenderlo.

Mantengo mis fuerzas para luchar contra mí y bebo mis lágrimas.

Sea feliz lejos de mí, se lo merece.

¿Albert?

Albert.

Usted está loco.

No puede quedare.

Haydée, la conozco desde hace poco tiempo...

Váyase.

Huya de mí como se huye de la peste.

- La haré infeliz. - Pero huye conmigo.

Se lo juro, Haydée,

en lugar de desesperación, le prometo felicidad.

No me conoce. No conoce al Conde.

- Haydée... - Si me ama como yo lo amo...

dígame adiós.

Se lo ruego.

¡Dígalo!

Se lo diré

invocando a Dios, quien lee lo más profundo de mi corazón...

Le deseo una vida feliz sin mi recuerdo.

Adiós, mi amor.

Esta mirada.

Sin usted mi vida está perdida.

Y mi desgracia, asegurada.

¿Qué va a hacer?

Pero tenga la seguridad, cumpliré mi promesa.

Pero por piedad, ¿seguirá viviendo?

¿Qué le importa?

A sus ojos, ya estoy muerto.

Huyamos.

Haydée.

Si quieres unirte a la familia Morcerf,

Albert merece conocer tu historia.

Si te quedas en silencio, me veré obligado a hablar en tu lugar.

¿Realmente debo hablar en su nombre?

Conde, por favor.

Haydée es, en realidad, la hija... ¡pare!

Voy a hablar.

Mi padre era un hombre ilustre conocido como Ali Tebelin.

Pasha de Janina.

Yo tenía 10 años

cuando fue asesinado ante mis ojos y los de mi madre.

Había recibido a un soldado Francés.

Que era nuestro aliado.

Atravesado por una docena de balas,

mi padre encontró la fuerza para mantenerse firme

y le disparó al hombre que lo vendió

reventándole un ojo.

Nunca volví a ver a mi madre.

Este oficial me vendió como esclava.

A una tribu Valaca en los Balcanes.

- Su nombre era... - Eso es suficiente.

Albert.

- Usted me manipuló. - Se lo advertí.

Me usó.

No diga palabras de las que se va a arrepentir.

- ¿Cree que me está asustando? - Por última vez: No me provoque.

Albert, por favor.

¡Conde!

- Usted me quitó todo. - Sólo me queda mi nombre, que ha mancillado.

¡No!

Conde, se lo ruego.

Recojo su guante y lo doy por tirado.

Se lo devolveré mañana con una bala.

¿No tiene piedad?

¿Y ellos la tienen para con Edmond Dantès?

Mírame.

No soy más que el brazo armado de la fatalidad sorda y ciega.

Fernand de Morcerf vivirá lo que vivió mi padre.

Si mata a Albert, ya no podrá decir:

"Dios está conmigo".

Será un asesino.

La Biblia dice que los hijos pagarán por los crímenes de sus padres.

Jacopo, síguela.

Déjanos, Jacopo.

Señora.

¿Qué está haciendo aquí?

Edmond, no matarás a mi hijo.

¿Qué nombre ha pronunciado?

El tuyo.

No es Madame de Morcerf

la que está delante de ti, es Mercedes.

No conozco a nadie con ese nombre.

Te reconocí tan pronto como te vi.

Y aun sin verte, habría reconocido tu voz.

Mi mente luchó, pero mi corazón lo sabía. Desde entonces te sigo, te observo,

quiero saber lo que intentas con Morcerf.

Fernand, querrá decir, señora.

Puesto que recordamos nuestros nombres, usémoslos.

Soy yo la culpable.

Fui yo quien no tuvo fuerzas frente a tu ausencia y a mi soledad.

Fui yo quien perdió la fe cuando anunciaron tu muerte.

- ¡Yo! - ¿Por qué? ¿Por qué estaba sola?

¿Por qué estuve ausente? ¿Por qué me arrestaron?

¿Por qué me dieron por muerto?

No sé.

Me imagino que él ya no le escribe cartas de amor,

pero reconocerá fácilmente su letra.

Eso.

Mira, Mercedes.

Esto es lo que tu marido le escribió

a Villefort hace 20 años.

Debo vengarme, Mercedes.

Entonces véngate, Edmond.

Pero sobre los culpables.

Véngate de Fernand que te traicionó, véngate de mí, pero perdona a Albert.

Si supieras todas las oraciones...

si supieras todas las lágrimas que derramé...

¿Perdiste a tu padre en soledad?

¿Viste a la persona que amaba en brazos de tu rival?

- ¿Viste todo esto? - No.

Sí.

Pero veo al hombre que nunca dejé de amar.

Listo para convertirme en el asesino de mi hijo.

¿Qué quieres, Mercedes?

¿Quieres que tu hijo viva?

Él vivirá.

Gracias.

Gracias Edmond.

En eso te vuelvo a encontrar.

Tal como siempre te soñé, como siempre te he amado.

Debemos decirnos adiós.

¿Adiós?

Si renuncio a tomar la justicia por mi propia mano,

renuncio a la única fuerza que me mantiene vivo.

El duelo tendrá lugar mañana.

Adiós Mercedes.

Señor Albert de Morcerf,

usted ha provocado públicamente al Conde de Montecristo.

El duelo se desarrollará a 20 pasos, a mis órdenes.

Prioridad al ofendido.

En posición.

Vamos, señores.

¡Fuego!

¡Fuego!

Creo ver un atisbo de decepción en tus ojos.

Nunca te perdonaré por quitarle la vida.

Y por arrancarme el corazón.

Entonces lo amabas.

¿Si lo amaba?

Todo me llevaba a odiarlo, pero ¿sabemos por qué nos enamoramos?

No importa cuánto intentemos razonar, es demasiado tarde.

Perdimos el equilibrio.

Nuestra voz secreta le susurra que ya no hay más casualidad.

Pero yo, en vez de escuchar esta voz, escucho la suya.

¡Acabé provocando mi desgracia y la de él!

¿Qué voy a hacer con este amor que no le di?

¿De esas palabras que no le dije?

Sí que las dijo.

Y él las oyó.

Albert...

¡Conde!

Huyan ahora.

Huyan y no deje que nadie les robe la felicidad.

¡Edmond!

¡Edmond!

¡Edmond, muéstrate!

Te estaba esperando.

Finalmente muestras tu verdadera cara.

Y yo traté de conocer la tuya, Fernand.

Saber quién eras.

Por eso seguí tus pasos.

He estado en todos los lugares donde has estado.

Los conocí a todos: Tus amigos,

tus compañeros, tus enemigos, todos...

¿a quién no has traicionado, Fernand?

¿A quién has sido fiel?

En todas partes, mostraste tu verdadero rostro.

Perdí la fe en el hombre el día que me traicionaste

Deberías haberme matado.

Nunca es demasiado tarde.

Levántate.

Mírame.

¡Mírame!

Mátame.

Siempre encontramos grandeza en los muertos.

Terminamos perdonándolos.

No quiero que te perdonen.

Mercedes, vine a decirte adiós allí donde la

vida nos separó, hoy hace 21 años.

Desde entonces se han roto tantas cosas en mí y a mi alrededor,

que el hombre que conociste ya no existe.

Prometí amarte hasta la muerte y

durante mucho tiempo después,

y siempre te amaré, pero ya no

está en mi poder el hacerte feliz.

Sólo puedo ofrecerte consuelo.

Tu hijo será feliz.

Albert y Haydée vivirán la historia que nosotros no pudimos vivir.

Felicidad a nuestros hijos que nos

sobrevivirán y saborearán la dulzura del amor.

Al escribirte, estoy viviendo mis últimos momentos contigo.

Todo lo que suceda después serán sólo recuerdos.

Los llevaré conmigo al mar, único lugar

de la tierra donde todo es horizonte y

donde no quedan huellas dejadas por los hombres.

Vive y sé feliz.

No olvides nada, hasta el día en que

tal vez, la Providencia

nos reúna de nuevo, recuerda que toda

la sabiduría humana está en

estas dos palabras: Paciencia y esperanza.

Edmond Dantes, Conde de Montecristo.

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