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- ♪ No respondas más de mí ♪
♪ No te pierdas en un duelo ♪
♪ Te voy a enseñar a querer ♪
♪ Como el viejo sol al amanecer ♪
♪ Te voy a embriagar con el aire ♪
♪ Que roza el jazmín de mi piel ♪
♪ Te voy a entregar una a una ♪
♪ Las delicias que guardo en mi boca ♪
♪ Y verás que conmigo no hay tregua ♪
♪ Sin el dulce sabor de una rosa ♪
[♪♪]
[♪♪]
♪ Nunca dejes de vivir ♪
♪ De vivir por ti yo muero ♪
♪ Nunca dejes de sentir ♪
♪ Que sentir por ti yo siento ♪
♪ Te voy a enseñar a querer ♪
- Es un hecho, era la voz de Isabel.
- Félix, Félix, tú la oíste, tú la oíste, era ella, era ella.
- Isabel está muerta, pero... pero era su voz.
- Abuelo, ¿qué demonios estás diciendo, a ver?
- Pablo, por favor, convéncete, Félix también la escuchó.
Yo no estoy loco, Félix también la escuchó.
- Yo sé que suena absurdo, pero...
pero lo que dice Alejandro es la verdad, yo...
- Abuelo, ¿puedes escuchar, por favor, lo que estás diciendo?
¿Tú también te piensas dejar sugestionar?
No puedes entrar en este juego, por favor, por favor.
A ver, ¿quieren salir adelante?
Así nos vamos a terminar hundiendo todos en un hueco.
Pero ¿qué puedo hacer? Era su voz.
- Abuelo, abuelo, ya, ey, los muertos no hablan.
[♪♪]
- Hola, Didi.
- Hola.
- ¿Cómo está don Tobías?
- Está muy mal.
Está en terapia intensiva, entró en estado de coma.
- Pero ¿sabes qué?
Ya le avisamos al hijo de don Tobías.
Qué cohete encontrar el teléfono de ese muchacho.
- Pues, ojalá y llegue pronto.
- ¿Con quién se quedó esta noche?
- Con el doctor Rodríguez.
- Ah, qué accidente tan horrible.
- Sinceramente, yo no creo que haya sido un accidente.
- Ay, Didi, no digas eso.
- Milcíades Contreras debe estar tomando revancha
por lo del denuncio, Flor.
- Ese viejo asqueroso.
Solo se anda entre las ramas.
- No sé, pero yo tengo la corazonada de que todo
este asunto de las tales apariciones de doña Isabel
tienen algo que ver con un sucio plan de ese hombre.
- ¿Tú crees?
- Sí.
- Mejor nos calmamos, y así no les guste la idea,
vamos a tener que apuntar para otro lado.
A lo mejor estamos viviendo un sabotaje.
- Félix, por favor, no digas tonterías.
[♪♪]
¿Dónde está Elena?
- Está en la casa de la ciudad, papá, ya te lo habíamos dicho.
Óyeme bien, no podemos echar en saco roto
el comentario del abuelo.
A ver si así fue.
¿Y si se están aprovechando de que no pudimos
enterrar a mamá?
- ¿Mi hija está bien?
- ¿De verdad te importa, papá?
- No me han traído las cosas de Isabel que pedí.
- No, ni te las van a traer, papá,
olvídate de eso porque ya no existen.
- ¿No existen, por qué?
- Porque Elena las quemó todas.
- ¿Elena las quemó, por qué?
- A ver, ¿por qué no vas y se lo preguntas a ella, papá?
Ya no existe absolutamente nada de mamá, ni su ropa,
ni sus cosas, ni ninguna pertenencia.
Ya no te queda absolutamente ningún recuerdo.
- Ya no me queda nada de ti, Isabel.
¿Cómo más me quieres castigar?
- Mi belleza.
- Mire, Aycardo, ¿no le parece que está un poco temprano
para empezar?
- Es muy temprano.
Y ya me voy al hospital a ver cómo amaneció Tobías.
- ¿Quiere que la lleve, doña Tulia?
- No, gracias, ya alquilé un taxi.
Como Tobías no está, usted se debe quedar aquí
al cargo de todo.
- Como usted ordene, doña Tulia.
- Y deje de molestar a Justina, que es apenas una niña.
En el comedor de la cocina dejé listo
lo que es del almuerzo y de la comida.
De todas maneras, Margarita debe venir.
Pero si no lo hace, no importa,
usted ya sabe lo que tiene que hacer, Justina.
- Sí, señora.
[♪♪]
- Después de que Camila y yo hayamos sacado
todas nuestras cosas, lo primero que tienes que hacer
es cambiar las chapas.
Necesitamos que este sitio sea...
completamente seguro para los dos.
- Ok.
- Cometimos una imprudencia quedándonos anoche.
¿Qué tal hubiera llegado Félix?
- Lo hemos burlado tantas veces, ¿una vez más qué importa?
Además, está tan viejo que ya ni ve.
Ay, la voy a pasar de maravilla en este lugar, sí, señor.
- Ah, ¿sí? - Ajá.
- ¿Y como qué es lo que piensas hacer?
Mucho cuidado. - Ey...
- Cuidadito.
- Tranquila...
- Acepté que te quedaras acá, pero no te recuestes.
[♪♪]
AMBOS: [Gimen]
- No, no. - Félix me debe estar esperando.
Le tengo que cambiar el pañal al viejo.
Precioso.
[Gime]
- Tenía que hacerlo.
- Ay...
[♪♪]
[♪♪]
- [Gime]
Uy... voy a disfrutar tanto este lugar.
- Sí, sí, señorita, la llamada fue a este teléfono
a la madrugada.
Está bien, gracias.
- ¿Lograste averiguar algo?
- No, la compañía de teléfono no puede saber
de dónde salió la llamada. Gracias.
- Pero eso es de ahí, Alejandro.
¿Ellos no tienen servicio de inteligencia?
- Por favor, Félix, ¿me dejas hacer mi lucha?
- Bueno, tú puedes hacer la lucha que quieras,
pero por favor, no te desgastes.
Llama al hospital a averiguar cómo amaneció Tobías.
Alejandro, ¿es posible que eso no te importe?
- Claro que me importa, no digas eso ni en chiste.
- Hola, buenos días, ¿cómo estás?
- Buenos días. - Bien, gracias.
- Quería avisarles que ya hablé al hospital, Tobías sigue igual.
Tulia ya salió para allá.
¿No piensa ir?
- No, en este momento no me puedo mover de la hacienda.
- Por favor, no se vaya sin avisarnos.
Espero que aquí alguien termine por entender
que tiene que hacer una cosita.
- Félix, por favor, no discutamos por eso.
- Bueno, voy a dar una vuelta al establo,
cualquier cosa me avisan.
- Gracias.
[♪♪]
- Diana, ¿lo viste a mi papá?
- Sí, lo vi.
- Ya no sé qué pensar.
En la madrugada hubo una llamada.
Mi abuelo la escuchó y dice que es la voz de mi mamá.
- Pues, si tu abuelo lo escuchó, me parece que alguien
está haciendo un juego que es demasiado cruel.
- Diana, ¿tú crees?
- Pablo, estoy segura.
Y lo de Tobías también tiene que ver con eso.
Es que no podemos olvidar que nosotros pusimos
un denuncio en contra de Milcíades Contreras.
Y... yo no quiero sonar prevenida,
pero algo me dice que la cosa va por ahí.
- ¿Empezaste a alucinar como mi papá o qué?
- Ja, mira, Pablo, esto es serio.
- Bueno, ya, no te molestes. - Óyeme, no me agarres, déjame.
- Bueno, quiero hablar un ratito contigo, tranquila.
- No, yo no tengo nada que hablar contigo.
Y además tengo que ir donde la yegua,
que está preñada, ¿me dejas?
- [Ríe]
Qué delicia.
[Pitido]
[Pitido]
- Papá...
- [Susurra] Salvador...
Salvador... estás hecho todo un hombre.
- En qué momento nos venimos a ver, ¿eh?
- Qué desgracia.
- ¿Cómo está el viejo?
- Está en coma, no se sabe.
[♪♪]
- Aquí estoy contigo, viejo.
Viejo, aquí estoy y vas a salir de esta, ¿eh?
[♪♪]
- Qué bueno que llegaste, mi estrellita.
- Pero ¿qué te pasa, conejito?
Ay, no... no me digas que se murió Tobías.
- No, no, no, pero sí está bastante mal.
- Pero ¿y entonces qué te pasa, amorcito?
Estás como todo preocupado, todo serio.
- Es que esta mañana entró una llamada muy rara.
Parecía la voz de Isabel.
- Te lo dije, te lo dije, conejo.
Esta hacienda está como maldita.
Pero el que más me preocupa es Alejandro,
porque si él sigue aquí, jamás se va a poder recuperar.
Ay, mi terroncito de azúcar, mi capullito de alelí.
Te lo pido, convéncelos de que vendan esta hacienda
y así todos nos vamos a poder ir muy lejos de aquí.
- Tienes razón.
- Muy bien.
- ¿Cuándo nace el potrillo?
- Ya casi, don Alejandro, ya la examiné.
Y tiene contracciones, claro que todavía
la una muy distante de la otra.
Ay, qué tranquila está. - Estuve pensando.
- ¿En qué?
- En lo que me dijo usted, en lo que me dijo Félix.
Tienen razón, Tobías es un gran hombre y quiero ir a verlo.
- ¿Y no lo ha llamado todavía?
- No, prefiero ir a verlo personalmente.
- Me parece muy bien, don Alejandro.
Si quiere, cuando regrese... - ¿Me acompaña?
- [Gime] ¿Quién, yo?
- Sí, usted... usted ha estado pendiente
de todo lo que ha pasado en esta hacienda y en mi vida.
- [Ríe]
Ay, me encantaría, lo que pasa es que...
bueno, tengo mucho trabajo, y...
- Me imagino.
- Sí, es que aunque usted no se dé cuenta,
hay muchas cosas para hacer aquí.
Bueno, nunca falta un problemita, otro.
- Cuando regrese, yo le cuento cómo me fue.
[♪♪]
[♪♪]
- ¿Contigo hay que preguntar cómo está el clima hoy?
Templado, lluvia, tempestades.
- Pablo, por favor, mira, tengo mucho trabajo.
No tengo tiempo para tus niñerías.
- A ver, ¿hasta cuándo vas a seguir con todo esto?
- Suéltame.
- Mira, ya estoy cansado de tus jueguitos, ya.
- Quiero informarte que yo no estoy jugando a nada.
- Ah, ¿no? - No.
- Entonces, ¿qué es esto de que me alejo, me acerco?
Que sí, que no... mira, Diana, no más.
- Te repito que no estoy jugando a nada, Pablo.
Yo he sido muy clara contigo, aquí no ha habido
ningún me acerco y me alejo, ¿cuál?
Ni siquiera un sí o un no, yo te dije:
solamente puedo ser tu amiga.
No me interesas, Pablo.
- A ver, Diana, me gustas, y me gustas mucho.
Yo voy a seguir insistiendo, insistiendo, insistiendo, ya.
- Bueno, entonces así, ¿qué hacemos?
Ya es problema tuyo.
- Ey, ey, ey. - ¿Qué?
- A mí ninguna mujer me ha rechazado, ¿entiendes?
- Déjame. - ¿Por qué?
- Te tengo una noticia, encontraste la primera, mi amor.
Así que o me sueltas, o no respondo, Pablo.
- Ay, así me encantan, a lo bruto, me encantan.
- Que no... ¡déjame!
[♪♪]
- [Gime]
¡Imbécil!
¡Eres un completo imbécil, Pablo!
- Tranquila, era un juego, no tienes por qué ponerte así.
- Mira, haz tú con quien se te dé la gana,
pero no conmigo.
- [Ríe]
- Didi... ¿qué pasó?
- Ay, que el imbécil de Pablo me volvió a acosar.
- Pero estás llorando... ya, no te preocupes.
Te tengo una buena noticia.
- ¿Cuál?
- Llegó el hijo de Tobías, me acabó de avisar Tulia
que si nos vamos para allá.
- Ay, Flor, yo no sé, es que no quisiera dejar a la yegua sola.
- No seas bobita.
No te preocupes de nada, lo que necesitas es distraerte
y dejar de pensar en ese animal cuadrúpedo.
Vámonos.
No pasa nada.
- ¿Y eso?
¿A qué se debe tu hermosa presencia en mi humilde casa?
- Vine a arreglar contigo unos detallitos de nuestro negocio.
A propósito, felicitaciones.
- ¿Por qué?
- Porque veo que estás siguiendo al pie de la letra
mis indicaciones.
Hiciste la llamada, y el viejo Tobías
está a punto de irse de viaje para el otro mundo.
- Cuando tengas una buena idea
siempre la voy a poner en práctica.
Las mías son bien eficientes.
- [Ríe] Esa llamada va a tener más consecuencias, vas a ver.
- ¿Sí? - Ajá.
- Pedro, quería notificarle que recibí una llamada
en mi contestadora consultando por un gasto
muy grande que se hizo con la tarjeta
de la difunta señora Isabel.
- ¿Cómo? - Sí.
- Pero eso no es posible.
- Sí que lo es, escúchelo.
[Pitido]
Ay, qué estúpido, lo borré.
- La única que podía utilizar esas tarjetas
era la señora Isabel.
Y, por supuesto, ella ya no puede hacerlo.
- Bueno, habrá sido la hija, vaya uno a saber.
- Gracias, Luis Carlos, por avisarme.
- Ahora mismo voy a pedir un reporte.
- Bien.
[♪♪]
- [Gime]
- ¿Aló?
Hola, Pedro, ¿y ese milagro que te acordaste de llamarme?
¿Que me vas a dar la buena noticia
de que te aumentaron el sueldo?
- Ay, Rufina, deja de hablar tonterías,
te llamaba para avisarte que me voy a demorar
porque tengo que ir a la hacienda de don Alejandro.
- Yo te acompaño.
Pasa a recogerme.
- Pero es que... - Que me pases a recoger.
- Ay... bueno, está bien, ya paso.
[Suspira]
- Tobías, mi viejo...
tú no te me puedes morir.
Te necesitamos.
Todos te necesitamos.
Mira que tu hijo Salvador regresó después de tantos años
a verte, a estar contigo.
Yo necesito decirte que...
bueno, es algo que tú sabes, tú...
tú no eres un simple trabajador en la hacienda.
Tú eres mi amigo.
Mi amigo y te quiero, mi viejo.
Por favor, lucha.
Tobías, no te me vayas a morir.
[Suspira]
[Ríe]
Al final, usted también decidió venir.
Gracias por obligarme a venir a mí también.
- Usted fue el que tomó la decisión.
- ¿Cómo hace?
Usted tiene siempre la palabra perfecta.
Siempre tiene razón en todo lo que dice.
Ha manejado mi vida, me ha aconsejado
de una manera correcta durante todo este tiempo.
Y no había tenido la posibilidad de darle las gracias.
Diana, gracias, usted es una de las mejores personas
que ha llegado a mi vida.
- No diga eso, don Alejandro.
¿No cree que una mujer como yo puede confundirse
cuando un hombre le habla así?
[♪♪]
- Usted es algo más para mí.
Usted es mi amiga.
Una amiga que ya conoce todos mis puntos débiles.
En tan poco tiempo ha visto tanto de mi vida.
- Qué pena, yo... yo no quiero que piense que soy una metiche.
- No, no, Diana, por favor, no se confunda.
Lo que le quiero decir es que usted...
ya no es simplemente la veterinaria de mi hacienda.
Usted ha estado conmigo en todo este momento.
Ya conoce todos los secretos de mi vida, de mi familia.
- Sí.
Sí, es algo de lo cual uno tiene mucha consciencia, ¿no?
Ya, don Alejandro, yo igual sí creo que lo mejor
es que solo sigamos tratándonos por relaciones de trabajo.
Yo creo que a lo mejor me metió mucho en su vida privada
y eso no está bien, lo que pasa es que yo tiendo
a involucrarme mucho con las personas,
y sé que eso se presta para confusiones, pero...
- No, Diana, yo no quiero que usted piense...
- No, créame, créame, está bien.
Lo mejor es que solamente nos tratemos por trabajo.
Así nos evitamos malentendidos.
No me confundo yo y no lo confundo a usted.
[♪♪]
- Ya es un gran paso que Alejandro haya decidido
venir a visitar a Tobías.
- Pero no creo que esta salida le quite de la cabeza
la idea de que la voz que escuchó esta madrugada
era la de Isabel.
- Tienen que descubrir quién está detrás de este juego
de apariciones y ahora hasta de llamadas telefónicas.
- Dejaron escapar los angelitos del cielo
y se vinieron a vivir a la tierra.
- ¿Qué hace acá, Cachimbo?
- Nada, yo solamente me pongo contento con verla.
- Ay, déjese de cuentos, ¿a qué vino?
¿A amenazarnos porque pusimos la denuncia contra su amo?
Déjeme decirle una cosa, estamos esperando
una investigación para poner la denuncia
por lo que pasó con Tobías.
- No se me ponga tan arisca y me saque las uñas.
Y mucho cuidado con lo que está insinuando.
- Yo no soy tonta, Cachimbo, una cosa trae la otra.
Mejor dicho, lárguese de acá si no quiere que traiga
la escopeta a la casa y lo saque a balazos.
- ¡Lárguese! - Qué belleza...
- Ya, ¿qué espera?
- Entonces, así quedaron las cosas con don Alejandro.
Pues, yo creo que todo se está poniendo peor, ¿no?
- Tienes razón, Flor, ¿sabes qué?
Yo ya... ya no quiero.
Ya no quiero involucrarme más.
La sola presencia de don Alejandro me pone nerviosa,
y además yo siento que él... - ¿Es un imposible?
Ay, Didi, lo peor que te pudo pasar
fue encontrarte con don Alejandro en el hospital.
No debieron haber hablado.
Claro que si él dijo lo que dijo, pues,
me imagino que será por algo.
- ¿Así que te encontraste con mi papá?
Y me imagino que seguro fuiste corriendo
a contarle lo que pasó entre nosotros, ¿no?
[♪♪]
- Yo le puedo decir a mi papá que tú me buscaste,
y es tu palabra contra la mía, cuidado.
- Oye, cuidadito, cuidadito, te escuché lo que dijiste.
Te metes conmigo, ella no está sola.
- Ya, tú, tranquila. - No, déjame.
- No, yo a él me siento capaz de ponerlo solo en su lugar.
- A ver, venga.
- Sí, pues... - Tranquilo, momento.
Mira, mira, Pablo. - ¿Qué? Ajá.
- No te preocupes, yo no voy a decirle nada a tu papá.
Pero no es por ti, es por él, porque pienso que tiene
cosas más importantes en qué pensar
que en un hijo medio idiota que se la pasa obsesionado
por el sexo y que se la pasa detrás de cualquier escoba
con falda que anda por ahí.
- O sea que tú piensas que yo soy un imbécil,
un idiota que ando obsesionado en el sexo.
- Entendió... lo acabas de decir, Pablo.
Es más, deberías considerar en envolverte la cabeza
en papel periódico, a lo mejor así maduras más rápido.
¿Vamos?
[♪♪]
- La operación de Tobías fue todo un éxito.
Solo nos falta que retome la consciencia.
Pero la presencia de todos ustedes y la llegada de su hijo
ha sido algo muy positivo para él.
- No quiero que reparen en gastos.
Si hay que moverlo para otra clínica,
se mueve para otra clínica.
Pero necesito que Tobías regrese a la hacienda caminando.
Como se fue, feliz, sonriente.
Ese hombre ha dedicado su vida a trabajar conmigo.
Es mi amigo y lo estimo mucho.
- Puedes quedarte tranquilo, Alejandro,
yo mismo voy a estar al frente de esta situación.
Lo que sí me gustaría es hablar algo contigo.
Algo que me comentó Félix.
- Ya Rodrigo está enterado de la llamada que recibiste
y que yo escuché perfectamente.
- Era Isabel, era ella.
Hablaba como ella, y concuerda con lo que yo
he visto en el bosque.
- Es imposible que Isabel sea la persona que ustedes
han escuchado hablar por teléfono.
- Rodrigo, ¿por qué te empeñas en negarlo?
- Alejandro, lo niego porque estoy seguro.
Y en verdad, creo que alguien está buscando hacerles daño.
O sembrar todo esto que estoy viendo entre ustedes:
duda, inseguridad, ansiedad.
- ¿Sembrar qué? ¿Sembrar qué?
¿Qué pasa con lo que Félix y yo escuchamos?
¿Qué pasa con eso?
- Alejandro, hace más de 15 años que vengo ejerciendo
mi profesión de médico.
¿Sabes cuántas personas he visto morir?
La muerte es un estado definitivo que presenta señales
inconfundibles que no permiten un margen de error, Alejandro.
E Isabel está muerta.
- Rodrigo, por Dios, no me digas eso.
- Te lo digo porque no quiero que sigas alimentándote
con falsas esperanzas.
- Yo no sé qué hacer... de verdad, yo no sé qué hacer.
Yo solamente quiero entender qué es lo que está pasando.
- ¿Quién era esa?
¿Qué será lo que quiere Milco?
- Nos vemos mañana y yo le doy la otra receta.
- Bueno, Margarita, chau.
- ¿Ya se va?
- Sí, mamá, ya me tengo que ir.
- Pero hija...
- Mamá, ¿cómo dejó a don Tobías?
- Igual.
No vuelve en sí.
- Ay, mamá, no piense así, tranquila.
Yo estoy segura que él se va a recuperar muy pronto.
- Viejo.
Abre los ojos, viejo.
Necesito mirarte.
Sí, yo sé que te he escrito poco, pa,
y que he sido un ingrato.
Pero siempre te he llevado conmigo, ¿sabes?
[Susurra]
¿Te acuerdas cuando nos tomamos esta foto, papá?
Fue recién muerta mamá.
[Ríe]
Vamos, viejo, despierta, viejo.
Abre esos ojos, papá, mírame.
Soy tu hijo, viejo, mírame.
[♪♪]
- Salvador...
- Yo quisiera pensar lo mismo que tú, Alejandro.
De hecho, haber escuchado la voz de Isabel
me tiene muy confundido.
Pero Rodrigo es un médico excelente,
y él afirma que Isabel está muerta.
No es posible que sigamos luchando por creer, tal vez,
en un imposible.
- Sí, sí, y mil veces sí, por favor.
No sigamos hablando de lo mismo, Félix,
¿no te das cuenta que estamos perdiendo tiempo valioso?
- Alejandro, Alejandro...
- Pollito, ¿qué le pasa a Alejandro?
- Está convencido de que Isabel sigue viva.
Rodrigo trató de convencerlo de lo contrario.
Los dos recibimos la misma llamada.
Los dos escuchamos la voz, la voz exacta de Isabel.
Ay... la verdad de la verdad,
estamos muy confundidos, mi amor.
- No, no, no, no, no.
Tú no te me puedes dejar confundir, no, señor.
Yo no quiero verte sufrir más de lo que ya estás sufriendo,
conejito, no es justo.
Definitivamente, esta hacienda se nos ha convertido a todos
en una pesadilla.
Y te digo algo, conejo, si Alejandro sigue así,
su vida será un desastre.
- Palomita, no sé qué pensar, no sé.
[♪♪]
- [Gime] ¡Hola!
- Hola, mi amor.
- No, pero ¿qué es esta sorpresa?
Hola, papi. - Hola, mi vida.
- ¿Cómo están?
- Bien, ¿y tú?
- Hola, mami, ¿cómo van?
- Hola, mi amorcito, nos moríamos por saber
cómo van las cosas por acá.
- Y aproveché que tengo que hablar varias cosas
con don Alejandro para traer a tu mamá a hacerte una visita.
- Ay, papá, no saben, me arreglaron el día.
- Bueno, yo las dejo, me urge entrevistarme
con don Alejandro y con don Félix, con permiso.
- Claro, sigue, papi, están allá.
- Vete tranquilo que yo tengo varias cosas
para hablar con Diana.
- Sí.
- Bueno, bueno, ahora sí cuéntame...
¿cómo están las cosas por acá?
- Bien... bien, en el trabajo, muy bien.
- Eso ya lo sé, te estoy preguntando por Pablo.
¿Que ya me tienes buenas noticias?
- Ay, mamá, por favor, hay cosas más interesantes
de las que podríamos hablar.
- No me digas eso, Diana, no me digas eso.
Porque yo lo único que sé es que hay una edad
para todo en la vida.
Y tú ya deberías ir pensando en tener algo más estable.
Ay, a mí me encanta Pablo.
- No, mamá, olvídalo, eso no va a pasar.
- ¿Y por qué lo voy a olvidar?
No, nunca, yo estoy segura de que entre ustedes dos
hay una corriente muy fuerte.
[♪♪]
Hola... ay, qué galanazo.
Me encanta, me encanta.
- No me alarmes, Pedro, ¿qué es eso tan grave
que vienes a decirnos?
- Es que... tiene que ver con doña Isabel.
- ¿Qué pasa, Pedro?
¿Por qué se queda callado?
- Es que... pasó algo raro.
Bastante raro, don Alejandro.
Ni siquiera yo le encuentro lógica a eso.
Por eso decidí venir hasta aquí.
- ¿Qué fue? ¿Isabel te llamó a tu casa?
¿Mi esposa te llamó a tu oficina?
- No, no, no fue eso, no, no.
Es que nos hicieron un reporte muy amplio...
de un consumo bastante grande realizado con una
de las tarjetas de crédito de doña Isabel.
Anoche, justamente anoche.
- ¿Te das cuenta, Félix?
¿Te das cuenta?
Isabel está viva, ¡Isabel está viva!
Lo acabamos de comprobar, seguramente se la llevaron
a otra ciudad, seguramente la secuestraron.
Le están haciendo gastar dinero de su tarjeta de crédito,
pero está viva, esta es la prueba que necesitábamos.
¿Se dan cuenta? Yo no estoy loco, por Dios.
¡Yo no estoy loco!
- Don Alejandro, yo... yo no vine a traer falsas esperanzas.
Es que es un hecho tan misterioso que no sé
cómo interpretarlo. - No es ningún misterio, Pedro.
Usted no se imagina lo que hemos vivido durante todo este tiempo.
Félix, por Dios, ¿qué más pruebas necesitas?
Tu hija está viva, vamos a buscarla.
Te lo ruego por Dios, vamos a buscarla ya.
- Ni siquiera se me hubiera ocurrido eso, ni pensarlo.
Yo quería decirles que por un momento pensé
que los gastos los había hecho la señorita Elena.
- Permiso, pero yo no creo que Elenita hubiera sido
capaz de hacer algo así.
Y menos en el estado de tristeza en el que encuentra.
- Sí, sí, claro, claro.
- Alejandro tiene razón, a lo mejor nos cerramos
a la banda creyendo ciegamente lo que decía Rodrigo.
Pero son demasiadas cosas.
Son demasiadas pruebas.
- Permiso, pero yo creo que no podemos seguir
atormentándonos con eso.
Me da pena decirlo, pero... a lo mejor estamos hablando
de algo que es obra del mismísimo demonio.
Se trata de una persona a la que ni siquiera
le hemos podido dar cristiana sepultura.
- Deborah, por favor, no especulemos.
Estamos hablando de una tarjeta de crédito, que es algo real.
Estamos hablando de dinero, que es algo real.
Félix, por Dios, ¿qué más pruebas necesitas?
¡Vamos a buscar a tu hija ya!
[♪♪]
- Alejandro, por lo que más quieras...
no te sigas atormentando con la idea
de que Isabel está viva.
- ¿Ustedes no escucharon lo que dijo Pedro?
La única persona que pudo haber usado
esas tarjetas de crédito es Isabel.
- Don Alejandro...
mi intención no es hurgar en su dolor.
En la empresa necesitamos aclarar varias cosas.
Necesitamos urgentemente que alguien de la familia
se integre al trabajo, hay muchas cosas pendientes.
- Todos somos conscientes de eso, Pedro, pero...
hay circunstancias especiales que nos mantienen anclados
aquí en la hacienda.
Una de esas tiene que ver con Isabel,
y con esta situación tan confusa.
- Ustedes deberían hablar con la señorita Elena.
Ustedes saben su situación, ella pudo utilizar
esas tarjetas hasta por accidente.
[♪♪]
[Celular]
- ¿Aló?
- Aló, mi amor, soy yo.
- Hasta que apareciste, ¿qué se te ofrece?
- Yo sé que no me he portado como es debido
y te pido mil disculpas, yo lo sé.
- Qué maravilla, qué bueno que por lo menos
te das cuenta de eso.
- Mi amor, escúchame.
Necesito preguntarte algo.
Y quiero que me contestes con la verdad.
¿Tú has usado las tarjetas de crédito de tu mamá?
- ¿Para eso fue que llamaste?
Eso es lo único que te importa, ¿verdad?
Fíjate que por un momento pensé que te importaba
lo que me pasaba, mi vida, mis problemas.
Pero ya veo que no.
- Me importa mucho, pero por favor, escúchame,
esto también es importante.
Contéstame, ¿las has usado?
- Pues, mira, papá, ya puedes estar tranquilo.
Si eso es lo único que te importa,
no, yo no utilicé esas tarjetas.
Seguramente... seguramente se quemaron
con todo lo que quemé de mi mamá.
Porque lo quemé para que se fuera en paz
y para que todos tuviéramos tranquilidad.
Incluyéndote a ti, papá.
[♪♪]
- No, ella no las usó.
Yo conozco a mi hija, y...
está muy mal, la niña, está...
pero no las usó.
- Esto... esto es más grave de lo que yo creía.
Tenemos que ir a un hotel, mi conejito.
Todos deberíamos abandonar esta hacienda lo antes posible.
Están pasando cosas muy extrañas, ¿no?
[♪♪]
- Caja de puntillas, tres metros de cuerda fina...
[♪♪]
Ave María purísima...
[♪♪]
- ¡No!
Dios, ¿qué pasa contigo?
Si tengo que ir a revisar los otros caballos
del lado de allá.
Justo tienes que...
- Doctora. - ¿Será aquí?
- Pues, Milco, hola.
Milco, ¿ahorita qué le pasa?
- La vi...
- ¿A quién?
- A la... - ¿Qué pasa?
- El fantasma de la señora Isabel.
[Jadea]
- ¿En dónde? ¿En dónde lo vio?
Lléveme, ¿en dónde lo vio, está por acá?
- No, no, doctora, ni que estuviera loco,
yo no la llevo. - Pueblito, no seas gallina.
¿Tú sabes que hay que tenerle más miedo a los vivos
que a los muertos? Porque los muertos no existen.
Vamos, llévame. - No, doctora.
- Por allá.
[♪♪]
- Beto, Beto...
- Salvador.
Llevaba tiempo sin verte, ¿dónde te habías metido?
- Bueno, compadre, ya llevo varios años en el norte
y nada, pues, apenas llegué ayer.
- Pero para quedarte, me imagino.
- Bueno, no lo sé, lo que pasa es que mi viejo
tuvo un accidente, pero gracias a Dios,
ya salió de la gravedad, así que vine a tomarme
unas cervezas y a ver cómo están sonando los compadres.
[♪♪]
[♪♪]
[♪♪]
- Doctora, mejor vámonos, a lo mejor
lo que vi fue otra cosa... vámonos.
- Pásame, pásame la linterna.
- No, no, doctora, tampoco es para tanto, puedo alumbrar.
- ¿Dónde? - Ay, Dios mío...
Ahí, ahí está, doctora. Ahí está.
- Usted... ¡espere!
¡Isabel!
[♪♪]
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