All language subtitles for Pan - Hamsun 1995 Sp

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Original subtitles

DOS PLUMAS VERDES

En estos últimos días no he dejado de pensar en el sempiterno día estival de Nordland.

Y en la cabaña en la que me alojaba; y en el bosque detrás de ella.

Así que me he puesto a anotar algunas cosas con el fin de pasar el rato...

y de entretenerme.

Hace unos días recibí por correo un par de plumas de pájaro,

enviadas desde muy lejos por alguien que no me las debía.

Dos plumas verdes en una carta con una corona en el membrete...

y cerrada con una oblea.

Desde mi cabaña podía ver las islas, y cómo el mar lamía las rocas.

Y el azul del horizonte coronando aquel paisaje.

Recuerdo que aquel verano pasó muy deprisa.

Todo sucedió hace ya cuatro años...

Algo me ocurrió entonces.

O tal vez lo soñé.

Cerca de una blanca casa frente al mar...

vivía alguien que una vez ocupó mis pensamientos.

Ella ya no vive en mi memoria. Hace tiempo que decidí olvidarla.

Pero me acuerdo de aquellas noches tan luminosas.

Noches tan claras que se confundían con el día. Y de que hubo alguien...

que se comportó de un modo extraño, no como yo hubiera esperado.

Pero no, ya he dicho que la he olvidado.

Prefiero recordar otras cosas.

El canto armonioso de los pájaros, aquel frondoso bosque tras mi cabaña...

El olor intenso de las hojas húmedas y las raíces...

Día tras día recorría las montañas junto a Esopo, mi querido perro.

Ojalá todo se hubiera limitado a eso.

Día tras día.

Hoy sí que hemos tenido un buen día, Esopo.

Ahora asaremos esta avecilla. ¿Qué te parece?

Será ese urogallo negro, al otro lado de la montaña.

O el viento del este.

Me sentaba allí, saboreando aquella calma,

dándole caladas a la soledad en mi cabaña de Nordland.

En aquel rincón del bosque.

Recuerdo muy bien un día en particular.

Había bajado a la costa...

¡Menudo tiempecito! Resguardémonos aquí.

¡Hombre, usted aquí!

Íbamos hasta la fábrica, pero tuvimos que volver atrás. Menudo tiempo, ¿eh?

El teniente Glahn. Nuestro indispensable doctor.

Mi hija, Edvarda.

El teniente Glahn está viviendo en la cabaña del bosque.

Así que te llamas Esopo.

Doctor, ¿quién era Esopo? ¿No escribía fábulas?

¿No era firgio?

Frigio.

- ¿Y qué dije yo? - Usted ha dicho "firgio". Se dice "frigio".

Pero al menos escribía fábulas, ¿no es cierto?

Bueno, ¿y cuándo va a visitarnos en Sirilund, teniente?

Pronto. Cualquier día de éstos, Sr. Mack.

¿Qué está cazando ahora? Use alguna de mis barcas, si lo necesita.

Bueno, ha parado de llover. Hasta la vista, teniente.

Una chiquilla. Una colegiala.

Pero no. La he olvidado.

¿Qué pasa, Eva?

Mi padre necesita cuanto antes sea posible parafina para sus botes.

Añadiré algo de pólvora.

Todavía estamos esperando por usted, teniente.

También ustedes pueden visitarme en mi cabaña.

Tal vez le tome la palabra.

No. Realmente la he olvidado.

Pero no aquellos buenos tiempos, cuando los días eran tan largos.

Y el aire tan puro.

Libre como un pájaro, seguía mi camino en la paz del bosque.

Y tampoco tenía horario que cumplir.

Parece que está en casa.

- Bienvenida. - Vinimos ayer, pero no estaba.

Bienvenido.

Tomen asiento.

¿Qué es lo que caza?

Liebres, algún que otro urogallo, aves marinas...

Siempre que no haya veda.

¿Y cuando es época de veda?

Peces. Entonces vivo del pescado.

Siempre hay algo que comer.

¿Qué tal si viene a comer con nosotros?

¿Quieren probar el urogallo, asado a la manera de los cazadores?

El año pasado vivió aquí un inglés. Ahora se parece más a una guarida.

Es igual que una guarida.

Ese inglés estaba mal de la cabeza. Hablaba consigo mismo.

Era católico, iba a todos lados con un librito de oraciones.

- Entonces sería irlandés. - ¿Irlandés?

Claro. ¿No ha dicho que era católico?

- Quizá fuese irlandés... - No, seguramente fuera inglés.

No es costumbre de los ingleses recorrer Noruega.

Gracias por todo.

Hasta la vista.

No es que haya hecho gran cosa hoy.

Seré idiota, cómo no le dije a Edvarda que se sentara aquí.

Se me están oxidando los modales sociales.

Me gusta la generosidad de su sonrisa.

Volveré pronto.

- ¡Por fin! - Buenas noches.

Por fin se ha decidido. Pase.

Se quedará a cenar.

Fui de los primeros en apostar por este lugar.

Entonces ni siquiera usaban lámparas.

Mi mujer. Era danesa.

Se la llevó la tuberculosis.

Para Edvarda fue un trauma.

Mi abuelo, el consul. Recibió esa insignia del rey.

Vamos, juegue ya, Petterson.

Es una pena que usted se niegue a aprender a jugar, doctor.

¡Vamos, caballeros, a este paso va a llegar el Día del Juicio!

Traeremos otro vaso.

No se preocupe, teniente, no pasa nada.

- Parece que he roto el vaso. - Ya lo veo.

Vamos a dejarlo por hoy, caballeros Mañana será otro día.

Qué hombre tan torpe.

Estoy pensando en poner un letrero en el muelle.

¿Qué color me recomienda, teniente?

- Negro. - ¡Negro, justo lo que estaba pensando!

"Sal y barriles Depot". Letras bien grandes en negro.

Sí, muy apropiado.

Buenas noches.

Acompañaré al doctor a la puerta.

- También yo debo irme. - Usted quédese, tiene que acabarse ese trago.

Verá, teniente.

Ya tengo cuarenta y seis años. Mi cabello y mi barba empiezan a blanquear.

Y estoy rodeado de vejetes. Necesito gente joven a mi alrededor.

Cuando llega la noche, se me cae el mundo encima.

Así que me siento aquí y espanto mis fantasmas jugando.

Bueno, y mejor si me hago alguna trampa.

- ¿Se hace trampas a sí mismo? - Sí.

Edvarda, ¿no es ya muy tarde?

Buenas noches, teniente.

- ¿Eva ya se fue? - Sí, papá.

Ya se fue a casa.

Escuche, teniente, mis botes están a su disposición siempre que los necesite.

Le acompañaré hasta su cabaña.

Me vendrá bien dar un paseo.

Aún es pronto.

Un día pude hablar un poco más con ella.

¿Por qué decidió vivir aquí realmente? ¿No es demasiado duro vivir de la caza?

Eso de disparar y matar animales...

No disfruto haciéndolo. Cazo sólo para sobrevivir.

Por ejemplo, el otro día sólo necesitaba un urogallo. ¿Para qué matar dos?

Vivo en el bosque. Soy hijo del bosque. Me he acostumbrado a eso.

A comer en el suelo. A prescindir de lo superfluo, como las sillas.

Por eso ya ni sé coger un vaso.

En el bosque hago lo que quiero. Puedo cerrar los ojos y sentirme seguro.

Sin nadie que me moleste. Que diga: haga esto o aquello.

Eso es todo.

- Quizá no me esté explicando bien. - Sí, está explicando. Se está explicando perfectamente.

A veces, me quedo observado la yerba.

Como si la yerba tuviera vida propia. ¿Quién sabe?

Me fijo en una brizna de yerba, que tiembla como si tuviera frío.

Y me siento acompañado.

Y me digo:

Esta brizna de yerba tiembla porque tiene vida.

Y luego, a veces, me encuentro con gente... Y se rompe el encanto.

Claro.

- Está empezando a llover. - Sí, eso parece.

Ya me olvidaba... Mañana vamos de excursión a las islas. ¿Le apetece ir con nosotros?

¿Mañana? Bien, de acuerdo. Iré.

Me había olvidado.

Todavía hoy recuerdo aquel día.

El primer día de mi verano.

¡Tened cuidado con las botellas!

- ¡Son responsabilidad suya, doctor! - ¡Muy bien!

¡Tire en señal de saludo, teniente!

Qué verano tienen ustedes aquí...

Casi no se diferencia la noche del día...

Desde mi ventana casi no sé distinguir si es de día o de noche...

- Cambiemos nuestras flores. - ¡Adelante, buena idea!

Permítame que le diga que es usted encantadora.

¡Pero que se ha creído! ¡No estaba hablando con usted!

Vaya. ¡Discúlpeme!

¡Le ruego que me disculpe! ¡Pensé que estaba hablando conmigo!

No les hagas ni caso.

¿Pero qué haces, Edvarda?

Nada.

Me apeteció hacerlo.

No le des más vueltas.

¿Que no le dé más vueltas?

¡Vamos a jugar a la "Viuda"!

¡Es al teniente Glahn a quien yo quiero!

¡Pero qué haces! ¿Te has vuelto loca?

Oye.

Déjalo estar por ahora.

¿No podemos vernos mañana?

¡Adelante los dos primeros candidatos de la viuda!

¿Me estabas esperando?

Temía haberme retrasado.

- ¿No dormiste bien? - La verdad es que no pegué ojo.

Pasé la noche en una silla intentando que me entrara el sueño.

Como no lo conseguí, salí a dar una vuelta.

Alguien estuvo aquí esta noche. Vi huellas por la mañana.

Sé que Esopo gruñó. Pude oírle en sueños.

Soñé que estábamos de caza y él gruñía para señalarme una presa.

¿Fuiste tú quien se asomó a mi ventana?

No quería despertarte.

Sí, fui yo.

Quería estar cerca de ti otra vez.

Todos los días.

Nos veíamos todos los días.

Debo reconocerlo. Me hacía feliz verla. Verla una y otra vez.

Cuatro años han pasado ya de aquello.

Y ahora estas dos plumas verdes...

Pero ya tendré tiempo de explicarlo.

A veces me pregunto: ¿De veras esto puede salir bien?

- ¿El qué? - Qué va a ser, lo nuestro.

Siento como un hormigueo en la espalda al estar cerca de ti.

Soy feliz.

Yo también me echo a temblar cuando te veo.

¿Por qué no ha de acabar bien?

Si quieres te rasco la espalda para quitarte ese escozor.

¿No quieres?

¡No seas tonto!

¡Acabo de recordar algo!

Una vez una chica me pasó alrededor del cuello su bufanda de seda.

Yo le dije: Tendré que lavarla para que vuelvas mañana a por ella.

No, dijo ella. No volveré a lavarla nunca más.

Y se llevó su bufanda.

Tres años después volví a encontrármela.

¿Qué fue de la bufanda?, pregunté. Y entonces ella me la enseñó.

La había envuelto en papel de regalo. Y no la había lavado. Yo mismo lo vi.

¿Y a mí por qué me cuentas eso?

No sé, yo qué sé. Me pareció un hermoso gesto.

- ¿Y dónde está ella ahora? - Después nunca volví a verla.

No sé por qué me hablas de otra.

Yo ni siquiera pienso en nadie más.

Buenas noches.

Oye, Edvarda, ni siquiera sé cómo me aguantas.

Seguro que Dios te recompensará algún día.

Nunca podré darte lo que otros.

Pero soy tuyo de verdad.

Puedes contar conmigo, de veras.

Vamos, no me digas que vas a emocionarte.

No pasa nada.

Así que Dios me recompensará algún día por soportarte...

Qué cosas dices a veces.

¡Te amo!

Fue entonces cuando empezó casi a no haber noche.

- Hola, Edvarda. - Hola.

Señora mía.

Me paso los días pensando en ti.

Me digo: es la chica más guapa que he conocido...

y me ha besado.

La sola idea de ese beso me hace sonreír de alegría.

- No me digas que te estás aficionando a mí... - ¿Cómo podría no hacerlo?

Hasta agradezco a los árboles del bosque que tú existas.

¡Gracias!

¡Gracias!

¡Gracias!

Una amiga mía dice...

que tienes ojos de animal salvaje.

Que la vuelves loca cuando la miras.

Es lo que dice.

¿Qué amiga?

Es un secreto.

Es una de las que fue el otro día en bote a la isla.

Mi padre se ha ido a Rusia por unos días.

Así que organicé otro picnic.

Además, ya me deja tomar vino.

¿Ya ha estado en Korholmerne?

Llevaremos varias cestas con vino.

Y vendrán las hijas del vicario.

¿No se te ocurrirá mirar así a ninguna de mis amigas, verdad?

Si no, no las invito.

¿Has dicho Rusia?

Es tarde, Edvarda.

Los pétalos de las flores ya están cerrados.

Buenas noches.

Buenas noches.

Después de aquello, Edvarda no regresó hasta pasadas dos noches.

Dos noches.

Supuestamente todo iba bien.

Pero yo sentía que algo se había torcido entre nosotros.

¿Debía conformarme con ser su juguete?

¿Por qué estás tan callado?

¿No sentiste lo inquieto que parecía el bosque esta noche?

Un murmullo incesante en la arboleda, el temblor del follaje...

Mal augurio. No sabría cómo explicártelo.

Escucha.

Es sólo un jilguero, pero suena como si se sintiera amenazado.

¿No notas como un quejido,

como un quejido reiterado en su canto?

Sí, supongo.

Me alegro. Me alegro de que hayas venido...

una vez más.

Me senté aquí esperándote, a ti y a la mañana.

Yo también te he esperado.

He pensando mucho en ti.

Por ejemplo, en aquel vaso que rompiste. He pegado los trozos.

¿Te acuerdas del vaso?

Al final papá no pudo llegar anoche. Problemas con el equipaje en la aduana.

Yo sabía que estarías esperándome, pero preferí no venir.

Sin embargo, hacía dos noches, no una. ¿No me hablaba de lo que había hecho en la primera?

¿Y por qué aquella tristeza en sus ojos?

Buenas noches.

- ¿Hasta mañana? - No, mañana no.

Mañana es nuestra excursión.

Quería darte una sorpresa, pero como te has puesto pálido, he tenido que decírtelo ya.

¡Edvarda!

¿Cuándo pegaste los trozos del vaso?

- ¿Que cuándo...? - Sí ¿Hace una semana?

¿Hace dos?

Sí, hace dos, quizá. ¿Por qué?

La verdad es que...

los pegué ayer mismo.

Los había guardado más de un mes y todavía el día antes había estado pensando en mí.

No todo está perdido.

El alma. ¿Qué es el alma?

¿Es que no puede el hombre pensar por sí mismo?

Pensad en el halo de Cristo que veis en la capilla. ¿Qué es ese halo?

Un arito de oro sobre una estatua. Pues sí, no es más que eso.

Ya puedes irte, Eva.

Deberíais pensar en ello.

Al menos por una vez en vuestras vidas.

¿Me permiten ustedes?

¿Hoy no jugamos a nada?

- No te tome tantas confianzas conmigo. - Qué confianzas me tomo.

Cómo me gustaría viajar a países lejanos...

- Nada me haría sentir más felicísima. - Será más feliz.

- ¿Perdone? - Ha dicho "más felicísima".

¿Ah, sí? Vaya.

Me sentiría la mujer más feliz del mundo si pudiera embarcarme un día.

A veces sueño con visitar lugares que ni siquiera conozco.

Dígame: ¿no le parece que aquí la gente es tan voluble como las estaciones?

¿Que sus sentimientos son tan efímeros como el verano?

No sé, es posible.

¿Puedo invitarla a que visite mi cabaña del bosque?

Bueno.

No se arrepentirá. Allí la espero.

¡Un momento!

Se me ha ocurrido que tal vez a alguien le interese ver mi libro de moscas.

Discúlpenme por no haberlo pensado antes.

Aquí tienen, si gustan.

Pueden verlas todas. Las tengo de todos los colores, desde rojas a amarillas.

Claro, echémoles un vistazo.

Siempre he sentido curiosidad por saber cómo se hace...

Las hago yo mismo. Es muy fácil.

Basta engarzar una pluma a un gancho.

Hay quien compra ya hecho el señuelo, claro.

Observen qué material.

Son unas plumas preciosas.

Las verdes son muy bonitas, ¿verdad, doctor?

Quédeselas.

Sí, por favor, hágame ese favor.

No son más que dos plumas verdes.

Acéptelas. Como recuerdo.

Pensativa, ella dijo:

Son de color verde y dorado, como si hubieran sido hechas con retazos del sol.

Gracias, si se empeña en que me las quede...

Sí, quédeselas,

dije yo.

Y se quedó las plumas.

Entonces el doctor me devolvió el libro, agradeciéndome el detalle.

Gracias.

Después se incorporó y nos preguntó si no iba ya siendo hora de volver.

- ¿No se está haciendo un poco tarde? - Sí, será mejor volver.

Sí, mi perro me espera.

Así es, tengo un perro. Es mi mejor amigo.

Suele verme llegar asomado a la ventana, moviendo las patas en señal de saludo.

¡Ha sido un día muy agradable!

¡Gracias a todos!

Gracias por las plumas.

¿Quiere venir en mi bote?

- En mi vida he visto algo parecido. - ¿A que no?

Olvídelo.

¿Acaso podría haber sido peor?

¿O es que debería pedirle disculpas?

No, no, eso nunca.

Simplemente tuve la mala suerte de cruzarme un día con ella.

Y así el verano se iba...

Y yo entendía a la gente cada vez menos y menos...

A pesar de que el sol brillase sobre sus cabezas día y noche.

¿Pero cómo entender a esos ojiazules? ¿Qué es lo que pensaban realmente?

Y en el fondo, qué me importaban a mí todos ellos...

¿Adónde vas?

A buscar leña.

Ese pañuelo blanco te queda realmente bien.

Hace cuatro días que no te veía.

Cuatro días, es verdad.

¿Qué te parece?

No está mal.

¿Y entonces qué pasa, Edvarda, es que me has olvidado?

No hay quien te comprenda. ¿No ves que he estado ocupada?

- ¿Cómo podía ir a verte? - No, claro, no podías.

Oye, seamos sinceros.

Algo ha cambiado, algo ha cambiado completamente.

Aunque no sé exactamente qué.

No me tomes por tonto, Edvarda.

No me he olvidado de ti.

Está bien, me lo parece sólo a mí. Son sólo imaginaciones mías.

El hecho es que te he invitado. Y tendrás que bailar conmigo.

- ¿Damos un paseo? - ¿Ahora? Estoy esperando al doctor.

Va a venir a ayudarme. Todavía hay mucho que hacer.

¿No te parece que está quedando bien?

- ¿Es que viene en coche? - Sí, envié a alguien a buscarlo por su...

¡Por su cojera! ¡No te molestes que ya sé dónde está la puerta!

Buenas noches, doctor. ¿Cómo está su salud, mejor?

Disculpe, tengo que irme.

Sé que, con una mano, retiró la cortina.

Quería ver cómo se alejaba su hombre del bosque.

Me siguió con los ojos hasta que me perdí en la espesura.

¿Qué otra cosa podía hacer yo?

Embriagadora sed de alegría.

He cambiado el arroyo por la botella.

¡El primer baile conmigo!

Quería enseñarte...

esa cortina de la que te hablé.

A mí me parece que podría hacerse un vestido con ella.

Quizá transparente demasiado.

¿Me concede el próximo baile?

- Lo siento, ya me iba. - ¿Irse?

Usted no se va todavía.

A mí nadie me dice lo que tengo que caer, Srta. Edvarda.

Simplemente esperaba que usted fuese el último en irse.

No sea así.

No es ni siquiera la una.

Además, el otro día usted le dio al barquero cinco coronas por salvar mi zapato.

Es un caballero andante.

¿Está usted de broma? ¿De dónde sacaría yo cinco coronas?

¿Pero qué dice?

Eva, dile a Jacob que venga.

¿Te acuerdas del otro día, cuando impediste que mi zapato se hundiera en el mar?

- ¿Acaso no recibiste cinco coronas? - Sí, usted...

¡Ya! Muchas gracias.

Que quede bien claro que se trata de una broma.

No le he dado a nadie cinco coronas por recuperar un zapato.

- Lo hubiera hecho tal vez, de haberlas tenido. - ¿Por qué no seguimos bailando?

- ¿Brindamos? - Mi copa está vacía.

- No es lo que parece. - A mí sí me lo parece.

Muy bien, perdóneme.

Yo nunca aprendí a tocar el piano.

Si lo hubiera intentado...

¿A qué estás jugando?

Parece que te gusta burlarte de mí.

No sé de qué hablas.

Puede que tenga un mal día.

Ojalá todo el mundo se volatilizara ahora mismo.

No, tú no.

Tienes que ser el último en irte.

¿Le gusta cómo toca mi hija el piano?

No.

Una vez, en Riga, un caballero me siguió por la calle.

Me siguió a lo largo de tres manzanas, sin quitarme ojo.

¿Acaso era ciego?

Sí, eso debió ser.

Por eso se le ocurrió seguir a alguien tan vieja y fea como yo.

Yo amo la vida. Me aferro a ella con uñas y dientes.

Ya tendré tiempo de lamentarme cuando muera, cosa que no estaría mal hacer en Londres.

O en París. Para escuchar el cancán por toda la eternidad.

¡Qué ingenioso!

¡Atentos, escuchen al doctor!

¿Es que está bebido?

¿Tú aquí?

Típico de ti ser el último en irte.

Estoy cansada.

Pues descansa un rato.

Espero que no te hayas tomado a mal todas las tonterías que hice.

Dormir nos vendrá bien a los dos.

Gracias por haber venido.

Me está bien empleado.

Tu bastón. ¡No olvides tu bastón!

Es el bastón del doctor. No sé cómo ese hombre cojo pudo haberlo olvidado.

¡Y dale con que es cojo!

¡No, tú no eres cojo! ¡Pero ni aún así puedes compartarte con él!

Ni en sueños.

¡Nunca podrías compararte con él!

¡Vamos!

- Yo no le he saludado. - ¿Que no me ha saludado?

Bueno, me da lo mismo. Simplemente volvía por mi bastón.

¡Salta!

¡Vamos, vamos!

¿Qué mosca le ha picado?

¿Algo va mal? Tal vez si me lo cuenta pueda ayudarle.

Perdóneme.

No hay nada que vaya mal, nada. Así que no puede ayudarme.

¿Va a ver a Edvarda?

Pues escúcheme bien.

Si se da prisa, la encontrará todavía despierta. Vaya.

Extraños pensamientos cruzaban mi mente.

Me arrepentí de haber abrazado al doctor.

De que casi me hubiera visto venirme abajo.

Quizá en aquel momento él y Edvarda estuvieran riéndose a mis espaldas.

Discúlpeme, vine sigilosamente, como un gato.

- ¿Vio a Edvarda? - No, Edvarda ya se había acostado.

- ¡Pero si está sangrando! - No, no es nada.

He sufrido un accidente con la escopeta.

¿Pero además por qué tendría yo que explicarle a usted nada?

- ¿Encontró su bastón? - Tengo que ver esa herida.

Después me arrepentiría de aquel absurdo disparo.

No me dejó secuelas, pero tuve que guardar reposo durante semanas.

Pensé que necesitarías algo de comer.

Y un poco de vino.

Espera un momento, Eva.

No creas que yo...

¿Qué es lo que no debo creer, Eva?

No creas que vine para seducirte.

Sino porque oí que estabas herido.

Hay que cuidar de tu pie herido.

Un día, el doctor se puso a hablar de Edvarda...

De cómo ella solía pasarse horas mirando al mar...

De cómo parecía realmente infeliz...

- Aunque ella nunca llora. - ¿Cuándo podré andar de nuevo?

¿Por qué me interrumpe?

¿Es que ni siquiera soporta ya oír su nombre?

Dígame, ¿cuál es su verdadera opinión sobre Edvarda? Me gustaría saberlo.

¿Mi verdadera opinión?

¿Es que no hablo claro?

¿Ha pedido ya su mano? Mis felicitaciones.

Nadie escoge a Edvarda.

Es ella la que escoge a los demás.

- Ella dice que usted tiene una mirada de animal salvaje. - No, no es ella la que lo dice.

- Dice que usted... - Espere...

Quizá sea ella en realidad.

Dice que usted le atraviesa el corazón con la mirada.

Y que ella intenta mantenerse firme.

Pero inmediatamente se dice a sí misma:

Ese hombre me mira como si yo fuera una de sus presas.

Cuando negándole yo mi mirada, o simplemente una sonrisa, puedo hacerle trizas.

- ¿Nadie puede conquistarla? - Sí. ¿Por qué no?

Ella está esperando a su príncipe azul. Creyó haberlo encontrado en usted.

Sí, le tomó por su esperado príncipe...

a causa de esa penetrante mirada.

Sabe, teniente, debería haberse traído usted su uniforme.

Eso le habría supuesto una ventaja.

Conquistarla... ¿Y por qué no?

Un hombre que llega de lejos.

Que no es como los demás.

¿Cree que el Sr. Mack se ha ido sólo para admirar extraños paisajes?

Un día de estos volverá.

Y lo hará acompañado de algún ilustre caballero.

- ¿Un caballero? - Sí, aunque tal vez no resulte adecuado.

Algún hombre de mi edad.

Pero no cojo como yo.

Así que no será un príncipe.

Bueno, no le entretengo más.

Dentro de una semana volveré para ver cómo evoluciona su pie.

¡Glahn!

¡Glahn!

¡Pero siéntate, tu pie está herido! ¡Así que te disparaste!

Por Dios, ¿cómo sucedió? Acabo de enterarme.

De lo contrario habría venido antes.

¿Cómo te encuentras?

Estás pálido.

¿Y el pie, cojearás? El doctor me ha dicho que no.

Me alegro mucho por que no vayas a quedarte cojo.

Estaba limpiando el arma, justo ahí.

La tenía sujeta boca abajo.

De repente se me disparó. Fue un accidente.

Déjame ver... ¿Fue en el pie izquierdo?

Di, ¿fue el pie izquierdo? Qué coincidencia.

Sí, una coincidencia.

¿Y? Por la forma en que sostenía el arma, por fuerza tenía que ser el pie izquierdo.

En cualquier caso, no es nada gracioso.

Bueno, pero te recuperarás. ¿Por qué no nos avisaste?

¿Cómo te las has arreglado?

He podido apañármelas.

Cuando entraste, parecías cercana y hasta tus ojos brillaban.

Pero ahora has vuelto a interpretar tu papel de indiferente.

¿Te he decepcionado?

La gente cambia.

Dime, si te sientes lo suficientemente generosa,

qué dije o hice para deceptionarte.

Así me servirá de lección para el futuro.

Nada, Glahn.

Yo no elijo mis sentimientos.

¿Estás enfadado?

Ten en cuenta que algunos dan poco...

y piden mucho.

Otros lo dan todo y no reciben nada.

¿Y quién de los dos dio más?

Bueno, ya nos veremos.

Perdone, bella dama, no puedo seguir escoltándola.

Una vez se hubo ido, empecé a reconsiderarlo todo.

Escribí ordenando que me enviaran mi viejo uniforme.

¡Vamos, rápido! ¡Necesitamos ese bote!

No puedo seguir dejándole ese bote. Tenemos un invitado, un científico.

No puede ser que te vayas mar adentro todos los días.

Él también necesita el bote.

- Está estudiando la flora marina. - Pero yo necesito pescar.

Ya es temporada de veda, y bien que debería saberlo.

Su tarjeta. Se trata de un barón, de un hombre honorable.

- Así que me priva de alimentos. - Alquile otro bote.

Ése, por ejemplo.

Si es que se mantiene a flote. Ahí llega el barón.

Alquile otro bote.

Un día me hablaste, pronunciaste mi nombre.

Gracias, aunque ya no signifique nada para ti.

¡Alto, un momento! ¡Qué diablos!

Esto no puede acabar así.

¿Es que no tienes más que orgullo en el corazón?

¡Una semana, me concedió su amor una semana!

¡Eso es todo lo que hubo entre nosotros, un simple flirteo!

¡Polvo! ¡Aire!

¡Barro en mi camino, eso es lo que eres! ¡Dios es testigo!

- ¿Cuándo llega el barco? - ¿El correo?

- Dentro de tres semanas. - Estoy esperando mi uniforme.

- Gracias por el bote. - Ni lo menciones.

- ¿Por qué, qué pasa? - El Sr. Mack no quiere que te lo deje.

Tienes hasta medianoche.

- Buenas noches. - Hasta medianoche.

¡Estaba deseando verte!

Me gusta todo de ti, incluidos esos enormes ojazos que tienes.

Perdóname que haya pensado en otra.

He venido hasta aquí sólo para contemplarte. Me gustas de verdad.

- Te llamé durante la noche pasada. - ¿Me llamaste?

Dije: Edvarda. Pero pensaba en ti.

Sí, pensaba en ti. No hablemos más de Edvarda.

¡Sólo tengo ojos para ti, Eva!

Hoy tus labios están muy rojos.

Tienes los pies más bonitos que Edvarda. Fíjate.

Pero si Edvarda habla como una niña... Dice: "más felicísima".

Quedamos en no hablar de ella.

Tiene las cejas muy finas.

Y sus manos son blancas y suaves.

Cada vez que comete un error, se muerde el labio.

¿No sería mejor dejar de hablar de eso?

Claro, cmo quieras, como quieras.

Creo que voy a morirme de amor por ti.

Cada vez te quiero más.

Vendrás conmigo cuando me vaya.

¿Vendrás conmigo?

Sí.

Bien.

- ¿Sorprendido de verme? - No, le estaba buscando.

Que sepa que está prohibido disparar entre el 1 de abril y el 15 de agosto.

Y que alguien le ha visto hoy abatir dos aves marinas.

Estaba usted dentro del área vedada.

Está bien, lo admito.

El pasado junio disparé para usted y sin embargo no dijo nada.

Sí, fue durante una excursión, a petición suya.

Eso es totalmente distinto.

- ¿Acaso no fueron igualmente disparos? - No hay más que hablar.

¡Hola!

Buenas tardes, bella dama.

¿Has estado en la montaña?

Has tenido que estar allí.

Toma. Yo no le doy mucho uso.

No. Por favor, no me hagas esto.

Toma tú. Yo tampoco le doy uso.

- Por eso se lo daría a cualquiera. - Por favor, vuelve a vestirte.

¿Por qué te portas así?

Póntelo otra vez antes de que cojas un resfriado.

¿Qué tal con el barón?

Hoy no habrá podido ir al mar, me figuro.

Olvida a tu príncipe. Ya has encontrado un marido de sangre azul.

Te está catando, para ver si serás una buena mujercita.

Por favor, no hablemos de eso.

He pensado en ti.

Deberías quitarte esa camisa empapada.

Aunque antes te recomiendo al doctor. ¿Qué tiene de malo?

Está en la plenitud de la vida y es un hombre brillante. Piénsalo bien.

- Haz el favor de escucharme un minuto. - Esopo quiere ir a casa.

La saludo, bella dama.

¡No!

Desde ayer no puedo más.

Entiéndelo, no hago otra cosa que pensar en ti.

Estaba mañana estaba sentada en la sala cuando entró el barón.

Dejó una cajita en mi regazo.

La abrí y vi un broche. Con una enorme piedra preciosa.

Lo he traído conmigo. ¿Quieres verlo?

Lo he hecho pedazos.

Le tiré el broche y le dije: "Es otro en quien pienso".

¿Quién?, preguntó.

Un cazador.

Uno que sólo me regaló dos preciosas plumas verdes.

Así que llévese su broche.

Quédeselo, dijo él. Y tírelo, si quiere.

Y yo aplasté el broche con el talón.

Eso fue esta mañana.

Te he estado esperando durante cuatro horas. Y entonces apareciste como un dios.

En fin, ¿no quería decirme algo?

¿Decirte algo?

No, nada, no tengo nada más que decirte.

Durante la noche no pude dejar de pensar en todo aquello.

No, no podía dejarme manejar por una niñata caprichosa.

Por una simple pescadora, una pueblerina ignorante.

¿Acaso no me había torturado ya lo suficiente?

Hoy sólo tengo una cosa que decirte.

Fuiste a casa del herrero...

la otra noche.

Eva estaba sola.

Eva siempre está sola.

¿Ha estado aquí también, en la cabaña?

Muchas veces. Para mí es todo un consuelo.

También aquí.

Ya que te gusta meterte en mis asuntos, voy a hacer yo lo mismo.

Ayer te recomendé al doctor. ¿Has pensado en ello?

Porque ahora tu baroncito es imposible.

¡No es imposible! ¡Es mucho mejor que tú!

¡Él no va por ahí rompiendo vasos ni se le ocurre tirar mis zapatos al mar!

Al menos sabe comportarse.

- Bueno, aquí no molesto a nadie. - Contigo cualquiera se espera lo peor.

Hay que estar pendiente de ti como de un niño pequeño.

Así que ahora Eva cuida de ti. ¡Es una pena que esté casada!

¿Eva... está casada?

Sí.

- ¿No es la hija del herrero? - Es su mujer.

¿Crees que te estoy mintiendo?

Menuda elección que has hecho.

¡Sigue mi consejo de amigo, escoge al doctor!

¡Ese barón es un viejo chocho y repulsivo!

- ¡Además está medio ciego! - ¿Crees que eso me importa?

¡Me casaré con él! ¡Lo complaceré día y noche!

¿Me oyes bien? Pienso amarle.

Que te vaya bien con tu Eva. ¡Oh, Dios, que seas muy feliz con ella!

¡Si crees que me importa lo más mínimo!

¡Y nunca vuevas a aparecer en mi camino!

¡No! ¡Maldito seas, Dios!

¿Qué te hecho yo?

Calma.

Calma.

Calmos, otra vez calmos los cielos y las noches frescas.

La armonía reinando de nuevo en los bosques y los campos.

Deja eso ahí.

Así que estás casada, Eva.

- ¿Es que no lo sabías? - Por supuesto que no.

Que Dios nos perdone por lo que hemos hecho.

Como quieras. Mientras tú estés cerca yo tendré alguna esperanza.

- No, Eva. - ¿Por qué?

- ¿Qué tiene de malo? - No.

¿Has hablado con el Sr. Mack?

Una vez.

¿Y qué te parece?

Él es muy duro con nosotros.

Obliga a mi marido a trabajar día y noche.

Y a mí me ordena hacer trabajos de hombre.

¿Por qué lo hace, Eva?

Porque te quiero.

¿Cómo se enteró?

Se lo dije yo.

¡Nunca!

Nunca.

Prefiero ser descuartizado.

Brindemos...

por las bestias del bosque.

Por la soledad de la noche en el bosque.

¡Por el bosque!

Por la oscuridad y el murmullo del diablo entre los árboles.

Por estos dulces sonidos que acarician mis oídos y me dan consuelo.

¿Eva, sabes lo que significa la esperanza?

Sí, supongo que sí.

Sabes, Eva, la esperanza es algo muy curioso.

Algo realmente curioso.

Como recorrer un largo camino para reeencontrarse con un ser querido.

¿Pero hay reencuentro?

No.

¿Y por qué no?

Porque esa otra persona no va en tu dirección.

Sí, es algo curioso la esperanza.

Lo mejor es no albergarla, asumir que hay cosas que no dependen de uno mismo.

Nadie habla como tú.

Sólo hay tres cosas que amo, Eva.

Un sueño que tuve una vez.

A ti.

Y este rincón sobre la tierra.

¿Y qué es lo que más amas?

El sueño.

Vamos, vete a casa.

¿Cómo podría amar a un sueño?

Estaba bromeando.

Te amo a ti.

Anda, vete.

Te prometo estar de mejor humor mañana.

De verdad, me gustas mucho.

Créeme.

Vete.

Vete.

La luna.

La luna.

¿Quién está ahí?

Dios se complace torturándome.

Si me doy la vuelta, veré...

cómo el espíritu de mi sueño se pierde silenciosamente en lo más hondo del bosque.

Cuando me desperté, ya casi había amanecido.

Aquella noche se me había hecho muy larga,

tuve fiebre, y esperé sucumbir ante los espíritus del bosque.

Pero ya todo había pasado.

Una profunda tristeza se apoderó de mí.

Había entrado el otoño. El verano se había esfumado.

Se fue tan rápido como había llegado.

Fueron días muy fríos. Cazaba, pescaba, cantaba en la soledad del bosque.

Un día oí que en Sirillund estaban preparando una fiesta.

Para despedir al barón, que se marchaba.

Todos estaban invitados. ¿Y bien?

Ni confirmé mi asistencia ni envié ninguna disculpa.

El Sr. Mack podía irse al infierno.

¡No voy a ir! ¿Me has oído? ¡No pienso ir!

¡Ah, teniente Glahn! Vamos, pase.

Todos nos preguntábamos por usted.

Quiero enseñarte algo.

Hasta que crucemos el Valle de la Muerte...

¿El qué?

El Valle de la Muerte. ¿Es que he dicho alguna tontería?

El Río de la Muerte; es lo que querría decir, supongo.

Dicen que es terrible. Cada día mueren a millares.

Hablábamos de la guerra de Crimea.

Perdóneme por no haberle reconocido hace un rato. Con tanta gente...

Srta. Edvarda, mejor déjelo.

¿Por qué no va a la cocina a ver a Eva? Es un sitio más apropiado para usted.

- ¿Seguro que quería decir lo que ha dicho? - ¿Cómo dice?

- Pues claro que sí. - Supongo que habló sin pensar lo que decía.

Porque de lo contrario tendría que entender que me está mandando a la cocina.

Y no creo que pudiera llegar a ser usted tan grosera.

No, no hay ningún malentendido.

Me ha entendido usted perfectamente: le estoy mandando a la cocina.

Según las últimas noticias,

la flota británica ya ha cruzado el Bósforo.

¡¿Pero qué broma es ésta?!

Parecía que el barón se iba por fin.

Decidí volar una montaña "en su honor". Y en el de Edvarda.

Que una enorme roca cayera al mar cuando zarpara el barco.

El herrero me había proporcionado todo lo que necesitaba.

Siempre pareces ajena a cualquier preocupación. Me gusta eso de ti.

El Sr. Mack está insoportable. He decidido ignorarle.

Monta en cólera por cualquier cosa.

- Pero sí hay algo que me preocupa. - ¿El qué?

Él te odia.

Dice que eres un hombre antisocial pero que te dará tu merecido.

Déjalo que ladre.

Eva, demuéstrame que ese hombre no puede robarte la ilusión.

Vamos, demuéstramelo.

- ¿No quiere mudarse por un tiempo a nuestra casa? - Esto ya está casi listo.

En nuestra casa también tendría esa paz que tanto le gusta.

Muchas gracias por el ofrecimiento, sobre todo después de cómo se quemó mi cabaña.

Y más teniendo en cuenta que demuestra usted estar dispuesta a contrariar a su padre.

¿Es que ya ni soportas verme?

Te llama el barón.

¿Qué tal, Eva?

El Sr. Mack me ha ordenado que vaya a la playa a trabajar en el bote.

¿Por qué en la playa? ¿Por qué no en el muelle?

¿Qué me queda por contar?

El cadáver de Eva fue conducido a la iglesia en el bote del Sr. Mack.

Más tarde yo visité su tumba una vez.

Cada vez que pienso en ello una espina se remueve en mi corazón.

Cada vez que pienso en ti, Eva.

Aunque siento en el alma una lluvia de flores al recordar tu sonrisa.

Me lo diste todo, todo.

Sin regatear jamás.

No como esa otra que le ponía precio incluso a una mirada.

Y sin embargo pensaba más en ella. ¿Por qué?

Preguntadselo a quien hizo las estaciones, o los monstruos del océano.

A las estrellas del cielo.

Ese corrimiento de tierra.

La catástrofe... Fue un accidente.

Usted no tiene la culpa.

Si alguien quería vernos separados, sin duda estará feliz.

¡Desde luego que sí!

Fue un bonito funeral.

No se escatimó en gastos.

En cuanto al bote, no se preocupe. No voy a hacer ninguna reclamación.

¿No quiere dinero por el bote? ¿Ni por el cubo de alquitrán?

Querido teniente, haga el favor de no insultarme.

He venido a despedirme.

Glahn, ¿es que se va? ¿Ahora?

En cuanto llegue el barco.

¿Sí?

¿Quería decirme algo?

Bueno, ya que se va usted...

a saber quién vendrá el año próximo.

Cualquiera. Siempre que la cabaña esté disponible.

Mi padre no está en este momento. Le saludaré de su parte.

- Adiós, Edvarda. - Adiós.

¿No se iba? Pensé que se había ido.

Ya me voy.

Me gustaría pedirle algo.

¿Sería mucho pedir que me regalara a Esopo?

Ya.

¿Podría traérmelo mañana?

Esopo, ella te atormentará, se vengará de mí contigo.

Te hará la vida imposible día tras día hasta destruirte por completo.

Pagué a un tipo para que le llevara a Edvarda el cadáver de Esopo.

- Quisimos venir a despedirle. - ¡Gracias por el perro, soldado!

- ¿Cuándo zarpan? - En un momento.

Doctor, ¿nos vamos ya?

- Ya he hecho su encargo. - Querrá decir que ha cumplido mi encargo.

- ¿No es eso lo que he dicho? - No.

Adiós.

Y graciar por el detalle.

¡Adiós!

Ésa fue la última vez que la vi.

Y aquí se acaba mi historia.

Es tan agradable...

ir al encuentro...

de esa cálida mano dispuesta...

a consolarte con una caricia...

curando de pronto toda tu tristeza...

Aquí tiene, teniente, sus dos plumas verdes.

Subtítulos: Crusoe

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