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De la nube a la resistencia
Hay una ley, Ixión, que es necesario obedecer.
Aquí arriba la ley no llega, Néfele.
Aquí la ley
es el nevero, la tormenta, las tinieblas.
Y cuando llega el día claro y tú te acercas ligera a la roca,
es demasiado bello como para pensarlo más.
Hay una ley, Ixión,
que antes no había. Las nubes,
las reúne una mano más fuerte
Aquí no llega esta mano.
Tú misma, ahora que hace sereno, ríes.
Y cuando el cielo se oscurece y aúlla el viento,
¿qué importa la mano que nos arroja como a pequeñas gotas?
Acaecía ya en los tiempos en que no había amos.
Nada ha cambiado
sobre los montes. Estamos acostumbrados.
Muchas cosas han cambiado sobre los montes. Lo sabe el Pelión,
lo saben el Osa y el Olimpo. Lo saben montes más salvajes aún.
Ni el sol ni el agua, Ixión. La suerte del hombre
ha cambiado. Hay monstruos.
Un límite se ha impuesto a vosotros los hombres.
El agua, el viento, la roca y las nubes
no son ya cosa vuestra, no podéis ya estrecharlas
más contra vosotros engendrando y viviendo.
Otras manos desde ahora tienen el mundo.
Hay una ley, Ixión.
Mi suerte, la tengo en el puño.
¿Qué es lo que ha cambiado? ¿Estos nuevos amos
pueden acaso impedirme
tirar un pedrusco por diversión? ¿O bajar a la llanura y romper
el espinazo a un enemigo?
¿Serán ellos más terribles
que el cansancio y que la muerte?
No es eso, Ixión. Todo eso
lo puedes hacer y otras cosas aún. Pero ya no puedes
mezclarte con nosotras, las ninfas de las fuentes y los montes,
con las hijas del viento, con las diosas de la tierra.
Ha cambiado el destino.
Ya no puedes... ¿Qué quiere decir esto?
Quiere decir
que queriendo hacer eso, harías por el contrario cosas terribles.
Como quien, por acariciar a un compañero lo estrangulara
o resultara entrangulado.
¿No vendrás más sobre la montaña? ¿Tienes miedo de mí?
Iré sobre la montaña y a cualquier parte.
Tú no puedes hacerme nada, Ixión. No puedes hacer nada
contra el agua y contra el viento. Pero debes inclinar la cabeza.
Solamente así salvarás tu suerte.
Tengo miedo.
He visto las cimas de los montes. Pero no por mí,
Ixión. Yo no puedo sufrir. Tengo miedo por vosotros
que no sois sino hombres. Estos montes
que en un tiempo recorríais como amos,
estas criaturas, nuestras y tuyas, engendradas en libertad,
ahora tiemblan ante una seña.
Estamos todos sometidos
a una mano más fuerte. Los hijos del agua y del viento, los Centauros,
se esconden en el fondo de los barrancos. Saben
que son monstruos.
¿Quién lo dice?
No desafíes la mano, Ixión.
És la suerte. He visto algunos más audaces que ellos y que tú
precipitarse desde la roca y no morir.
La muerte que era vuestro valor,
puede seros arrebatada como un bien.
¿Qué importa? Viviremos de más.
Tú juegas y no conoces a los inmortales.
Querría conocerlos, Néfele.
Ixión, tú crees
que son presencias como nosotros,
como la Noche, la Tierra y el viejo Pan. Tú eres joven, Ixión,
pero has nacido bajo el viejo destino. Para ti
no existen monstruos, sino sólo compañeros.
Para ti la muerte
es una cosa que ocurre como el día y la noche.
Eres uno de nosotros, Ixión. Estás entero en el gesto que haces.
Pero para ellos, los inmortales,
tus gestos tienen un sentido que se prolonga.
Ellos palpan todo de lejos
con los ojos, las narices, los labios.
Son inmortales y no saben vivir solos.
Lo que tú logras o no logras,
lo que dices, lo que buscas,
todo los satisface o los desagrada.
Y si tú los disgustas -si por error los molestas en su Olimpo-
se te echan encima
y te dan muerte, esa muerte que ellos conocen,
que es un sabor amargo que dura y se siente.
Entonces aún se puede morir.
No, Ixión. Harán de ti como una sombra,
pero una sombra que requiere la vida y que no muere nunca más.
¿Tú has visto a esos dioses?
Yo también los he visto, Néfele. No son terribles.
Lo sabía. Tu suerte está sellada.
¿A quién has visto?
Era un joven, que cruzaba el bosque descalzo. Pasa por mi lado
y no me dice una palabra. Después ante una roca desaparece.
Le busqué mucho tiempo para preguntarle
quién era. Parecía
hecho de la misma carne tuya.
Después en sueños
lo he vuelto a ver con las diosas.
Y me decían las cosas que tú dices, pero sin miedo,
sin temblar como tú. Hablamos juntos
del destino y de la muerte.
Hablamos del Olimpo, nos reímos
de los ridículos monstruos.
Oh, Ixión, Ixión, tu suerte está sellada. Ahora sabes
lo que ha cambiado sobre los montes.
Y también tú
has cambiado. Y crees ser algo más que un hombre.
Te digo, Néfele, que tú eres como ellos.
¿Por qué, al menos en sueños, no deberían gustarme?
Loco, no puedes detenerte en los sueños.
Subirás hasta ellos. Harás algo terrible.
Después vendrá esa muerte.
Dime los nombres de todas las diosas.
¿Ves cómo el sueño no te basta
ya? ¿Y que crees en tu sueño como si fuera real?
Te lo suplico, Ixión, no subas a la cumbre.
Piensa en los monstruos y en los castigos.
Otra cosa de ellos no puede salir.
He tenido aún otro sueño esta noche. Estabas también tú.
Combatíamos con los Centauros. Tenía un hijo que era el hijo de una diosa,
no sé cual. Y me parecía aquél joven que atravesó el bosque.
Era más fuerte incluso que yo, Néfele. Los Centauros huían,
y la montaña fue nuestra.
Tú te reías, Néfele.
Ya ves que incluso en sueños,
mi suerte es aceptable.
Tu suerte está sellada.
No se alzan impunemente los ojos hacia una diosa.
¿Ni siquiera hacia la del roble, la señora de las cimas?
Una u otra, Ixión, no importa.
Pero no temas. Estaré contigo hasta el final.
He visto a tu padre, Hipóloco.
No quiere saber nada de volver. Recorre feo y testarudo los campos,
no le preocupa la intemperie ni se lava. Está viejo y andrajoso.
De él, ¿que dicen los villanos?
El campo Aleio está desolado, tío.
No hay sino juncos y ciénagas. En el Janto
donde he preguntado por él, no lo habían visto desde hace días.
No se acuerda ni de nosotros ni de las casas.
Cuando se encuentra con alguien le habla de los Sólimos,
y de Glauco, de Sísifo, de la Quimera.
Viéndome ha dicho: "Muchacho, si tuviera tus años,
me habría ya tirado al mar."
Pero no amenaza a alma viviente.
"Muchacho", me ha dicho,
"eres justo y piadoso. Nosotros somos hombres justos y piadosos.
Si quieres vivir justo y piadoso, deja de vivir."
¿De veras gruñe y se queja de esta manera?
Dice cosas amenazadoras y terribles. Llama a los dioses
a medirse con él.
Día y noche, camina.
Pero no injuria ni se queja más que de los muertos
o de los dioses.
¿Glauco y Sísifo, has dicho?
Dice que fueron castigados a traición.
¿Por qué
esperar a que envejecieran para sorprenderlos
tristes y caducos?
"Belerofonte",
dice, "fue justo y piadoso mientras la sangre corría por sus músculos.
Y ahora que es viejo, y que está solo,
¿los dioses lo abandonan?"
Extraña cosa, sorprenderse de esto.
Y acusar a los dioses de algo que acaece a todos los vivos.
Pero él, ¿qué tiene en común
con esos muertos, él que fue siempre justo?
También yo me he preguntado, al ver esos ojos extraviados, si hablaba
con el hombre que en tiempos fue Belerofonte.
A tu padre le ha sucedido algo.
No es viejo solamente. No está solamente triste y solo. Tu padre
expía a la Quimera.
Tu padre acusa
la injusticia de los dioses que han querido que matara a la Quimera.
"Desde ese día", repite,
"en el que me enrojecí en la sangre del monstruo,
no he tenido ya verdadera vida. He buscado enemigos,
domado a las Amazonas, masacrado a los Sólimos,
he reinado sobre los Licios y he plantado un jardín
pero, ¿qué es todo esto? ¿Dónde hay otra Quimera?
¿Dónde está la fuerza de los brazos que la mataron?
También Sísifo
y Glauco mi padre fueron jóvenes y justos;
después cuando ambos envejecían,
los dioses los traicionaron, los dejaron embrutecerse y morir.
Quien una vez se enfrentó a la Quimera, ¿cómo puede resignarse
a morir?"
Esto es lo que dice tu padre, que fue un día Belerofonte.
Desde Sísifo, que encadenó al niño Tánatos,
hasta Glauco, que alimentaba a los caballos con hombres vivos,
nuestra estirpe ha violado los confines.
Pero estos son hombres antiguos
y de un tiempo monstruoso. La Quimera
fue el último monstruo que vieron.
Nuestra tierra ahora es justa y piadosa.
¿Tú crees, Hipóloco? ¿Crees que basta con haberla matado?
Nuestro padre - lo puedo llamar así-
debería saberlo. Y sin embargo está triste como un dios,
como un dios desamparado y canoso,
y recorre los campos y las ciénagas hablando a esos muertos.
Añora el brazo que la ha matado. Añora el orgullo
de Glauco y de Sísifo,
mucho más ahora que como sus padres ha llegado
al límite, al final. Su audacia lo atormenta.
Sabe que nunca más
otra Quimera lo esperará en medio de las rocas.
Y desafía a los dioses.
Yo soy su hijo, Sarpedón,
pero no comprendo estas cosas.
Sobre la tierra, que hoy se ha hecho piadosa,
deberíamos envejecer tranquilos.
En un joven, casi un muchacho, como tú Sarpedón,
entiendo el tumulto de la sangre.
Pero sólo en un joven. Pero por causas honorables.
Y sin ponerse en contra de los dioses.
Pero él sabe lo que es un joven y un viejo.
Ha visto otros días.
Ha visto a los dioses como nosotros nos vemos.
Narra cosas terribles.
¿Y quién no querría escucharlo? Belerofonte ha visto
cosas que no ocurren a menudo.
Lo sé, Sarpedón, lo sé,
pero ese mundo ha pasado.
Cuando yo era niño, me las narraba a mí también.
Solamente que entonces no hablaba con los muertos. En aquel tiempo
eran fábulas.
Hoy en cambio los destinos
que toca se convierten en el suyo.
Son hechos que sabes. Pero no sabes la frialdad,
la mirada extraviada, como de quien ya no es nada
y sabe todas las cosas.
Son historias de Lidia y de Frigia,
historias viejas, sin justicia, ni piedad.
¿Conoces
la del Sileno al que un dios provocó hasta la derrota sobre el monte Cilene,
y después mató
sangrándolo, como el matarife degolla al cabrito?
De la gruta
ahora brota un torrente como si fuera su sangre.
La historia de la madre petrificada
convertida en roca que llora porque le complació a una diosa
matarle a sus hijos, uno a uno, a flechazos.
Y la historia de Aracné, que por el odio de Atenea
se horrorizó y se convirtió en araña.
Son cosas que han ocurrido. Los dioses las han hecho.
Y está bien. ¿Qué importa?
No sirve de nada pensarlo. De estos destinos
no queda nada.
Queda el torrente, la roca,
el horror. Quedan los sueños.
Belerofonte no puede dar un paso sin chocar
con un cadáver, un odio, un charco de sangre, de los tiempos en que
todo ocurría y no eran sueños.
Su brazo en aquel tiempo pesaba en el mundo y mataba.
También él fue cruel, entonces.
Era justo y piadoso. Mataba Quimeras.
Y ahora que es viejo y está cansado,
los dioses le abandonan.
¿Por eso recorre los campos?
Es el hijo de Glauco y de Sísifo. Teme
el capricho y la ferocidad de los dioses.
Se siente embrutecer y no quiere morir.
"Muchacho", me dice,
"éste es el engaño y la traición: primero te quitan toda fuerza
y después se indignan si eres menos que un hombre.
Si quieres vivir, deja de vivir".
¿Y por qué no se mata, él que sabe estas cosas?
Nadie se mata. La muerte
es destino. No podemos sino deseársela, Hipóloco.
Viejo Tiresias, ¿debo creer
lo que se dice, que te han cegado los dioses
por envidia?
Si es cierto que todo nos viene de ellos,
debes creerlo.
¿Tú qué dices?
Que de los dioses se habla demasiado.
Ser ciego no es
una desgracia distinta de estar vivo.
Siempre he visto las desventuras
acaecer a su debido tiempo allí donde debían acaecer.
Pero entonces los dioses, ¿qué nos hacen?
El mundo es más viejo que ellos.
Ya llenaba el espacio y sangraba, gozaba,
era el único dios, cuando el tiempo no había aún nacido.
Las cosas mismas reinaban entonces. Ocurrían
cosas;
ahora a través de los dioses
todo se ha hecho palabras, ilusión, amenaza.
Pero los dioses pueden causar molestias,
acercar o alejar las cosas. No tocarlas,
no cambiarlas. Han llegado demasiado tarde.
¿Justamente tú, sacerdote, dices esto?
Si yo no supiera al menos esto, no sería sacerdote.
Imagina un muchacho que se baña en el Asopo.
Es una mañana de verano.
El muchacho sale del agua, regresa a ella feliz,
se zambulle y rezambulle, le sienta mal y se ahoga.
¿Qué tienen que ver con eso los dioses?
¿Debe atribuir a los dioses su final o bien el placer disfrutado?
Ni lo uno ni lo otro. Ha ocurrido algo
- que no es ni bueno ni malo, algo que no tiene nombre-
le darán después un nombre los dioses.
Y dar un nombre, explicar las cosas,
¿te parece poco, Tiresias?
Tú eres joven, Edipo,
y como los dioses que son jóvenes
esclareces tú mismo las cosas
y las nombras.
No sabes todavía que
bajo la tierra hay roca
y que el cielo más azul es el más vacío.
Para quien como yo no ve,
todas las cosas son un tropiezo, nada más.
Pero tú sin embargo has vivido venerando a los dioses.
Las estaciones, los placeres, las miserias humanas,
te han ocupado mucho tiempo. Se cuenta de ti más de una fábula,
como de un dios.
Y alguna tan extraña, tan insólita,
que deberá sin embargo tener un sentido,
quizá aquel de las nubes en el cielo.
He vivido mucho. He vivido tanto
que cada historia que escucho
me parece la mía.
¿Qué sentido dices de las nubes en el cielo?
Una presencia en el vacío...
Pero, ¿cuál es esa fábula
que crees que tiene un sentido?
¿Siempre has sido el que eres, viejo Tiresias?
Ah, ya te pillo. La historia de las serpientes.
Cuando fui mujer durante siete años.
Pues bien, ¿qué encuentras tú en esa historia?
A ti te ha ocurrido y tú lo sabes.
Pero sin un dios esas cosas no ocurren.
¿Tú crees?
Todo puede ocurrir sobre la tierra.
No es nada insólito.
En aquel tiempo yo sentía disgusto por las cosas del sexo;
me parecía
que el espíritu, la santidad, mi carácter, quedarían
envilecidos.
Cuando vi a las dos serpientes gozarse y morderse sobre el musgo,
no pude contener mi despecho:
las toqué con mi bastón.
Poco después, era mujer,
y durante años mi orgullo fue obligado a sufrir.
Las cosas del mundo son roca, Edipo.
Pero, ¿es realmente tan vil el sexo de la mujer?
Nada de eso.
No hay cosas viles, sino para los dioses.
Hay molestias, disgustos e ilusiones
que, tocando la roca, se disipan.
Aquí la roca fue la fuerza del sexo,
su ubicuidad y omnipresencia bajo todas las formas y los cambios.
De hombre a mujer y viceversa
(siete años después volví a ver a las dos serpientes)
aquello que no quise consentir con el espíritu
me fue hecho por violencia o por lujuria,
y yo, hombre desdeñoso o mujer humillada,
me desaté como una mujer
y fui abyecto como un hombre,
y supe todo del sexo:
llegué al punto
en que hombre buscaba a los hombres y mujer a las mujeres.
Ves entonces que un dios te ha enseñado algo.
No hay dios por encima del sexo.
Es la roca, te digo.
Muchos dioses son bestias salvajes,
pero la serpiente es el más antiguo
de todos los dioses. Cuando se confunde
en la tierra, ahí tienes la imagen
del sexo. En ella está la vida y la muerte.
¿Qué dios
puede encarnar y contener tanto?
Pues tú mismo. Lo has dicho.
Tiresias es viejo y no es un dios.
Cuando era joven, ignoraba.
El sexo
es ambiguo y siempre equívoco. Es una mitad
que parece ser un todo.
El hombre llega a encarnárselo, a vivir dentro
como el buen nadador en el agua,
pero entre tanto ha envejecido, ha tocado
la roca. Al final una idea, una ilusión
le queda: que el otro sexo quede saciado.
Pues bien, no lo creas:
yo sé que para todos es una vana fatiga.
Rebatir todo lo que dices no es fácil.
No por nada tu historia
empieza con las serpientes.
Pero empieza
también con el disgusto, con la molestia del sexo.
¿Y que le dirías a un hombre válido
que te jurara ignorar el disgusto?
Que no es un hombre válido, es todavía un niño.
Yo también, Tiresias, he tenido
encuentros en el camino de Tebas.
Y en uno de ellos
se habló del hombre - de la infancia a la muerte-
tocamos la roca nosotros también.
Desde aquel día fui marido y fui padre,
y rey de Tebas.
No hay nada ambiguo o vano,
para mí, en mis días.
No eres el único, Edipo, que cree eso.
Pero la roca no se toca con palabras.
Que los dioses te protejan.
También yo te hablo y soy viejo. Sólo el ciego conoce
las tinieblas.
Me parece
vivir fuera del tiempo, haber vivido siempre,
y no creo más en los días. Incluso en mí hay
algo que goza y que sangra.
Decías que ese algo
era un dios.
¿Por qué, buen Tiresias, no intentas rezarle?
Todos rezamos a algún dios,
pero lo que acaece no tiene nombre.
El chico ahogado una mañana de verano,
¿qué sabe de los dioses?
¿De qué le sirve rezar?
Hay una gran serpiente en cada día de la vida,
y ella se camufla y nos mira.
¿Nunca te has preguntado, Edipo,
por qué los infelices al envejecer
se quedan ciegos?
Ruego a los dioses que no me ocurra.
No es la primera vez que se mata una bestia.
Pero es la primera vez que hemos matado a un hombre.
¿Quién pensó en su nombre y en las historias de antaño?
Tenía el corazón de una bestia además del pelo.
Hacía mucho tiempo que por estos boscajes no se veía
un lobo parecido o más grande.
Yo sí pienso, en su nombre.
Era todavía un muchacho y ya hablaban de él. Contaban
cosas increíbles de cuando fue hombre;
que intentó degollar al Señor de los montes.
Ahora está hecho. Hay que despellejarlo
y volver a la llanura. Piensa en la fiesta que nos espera.
Me pregunto
si, tomada la piel, habría que enterrarlo.
Une vez fue un hombre.
Era ya lobo cuando todavía las montañas estaban desiertas.
Se había hecho más viejo que los troncos canos y mohosos.
¿Quién se acuerda de que tuvo un nombre y fue alguien?
Si queremos ser honestos,
debiera haber muerto hace bastante tiempo.
Pero que su cuerpo quede insepulto...
Fue Licaón, un cazador como nosotros.
A cualquiera nos puede acaecer
la muerte sobre los montes, y que nadie nos encuentre nunca
más que la lluvia o el buitre.
Si fue de verdad un cazador, ha muerto mal.
Se ha defendido como un viejo, con los ojos.
Pero tú en el fondo no crees
que haya sido tu semejante. No crees en su nombre.
Si lo creyeras, no querrías insultar
el cadáver,
porque sabrías que él también
despreciaba a los muertos, él también vivió torvo e inhumano,
no por otra cosa el Señor de los montes lo hizo bestia salvaje.
Se cuenta de él que cocinaba a sus semejantes.
Conozco a hombres
que han hecho mucho menos y son lobos;
sólo les falta el aullido y agazaparse en los bosques.
¿Estás tan seguro de ti mismo para no sentirte alguna vez Licaón como él?
Todos nosotros tenemos días
en los que, si un dios nos tocara,
aullaríamos y saltaríamos a la garganta
de quien se nos resistiera.
¿Qué es lo que nos salva, sino que al despertar
recuperamos estas manos y esta boca y esta voz?
Pero él no tuvo escapatoria,
dejó para siempre los ojos humanos y las casas.
Al menos ahora que ha muerto,
debería tener paz.
Yo no creo que tuviera necesidad de paz.
¿Quién más en paz que él, cuando podía
acurrucarse bajo las rocas y aullar a la luna?
He vivido bastante en los bosques
para saber que los troncos y las bestias salvajes
no temen nada sagrado y no miran al cielo
más que para susurrar o bostezar.
Es incluso algo
que los iguala con los señores del cielo:
Hagan lo que hagan, no tienen remordimientos.
Al oírte,
pareciera que el del lobo fuera un alto destino.
No sé si alto o bajo, pero,
¿has oído alguna vez hablar de una bestia o de una planta
que se haya vuelto humano?
Al contrario, estos lugares están llenos
de hombres y mujeres tocados por el dios
que se volvieron matorral, ora pájaro, ora lobo.
Y por impío que fuera, por delitos que hubiera cometido,
consiguió el no tener más las manos rojas,
escapó de los remordimientos y de la esperanza,
perdió el recuerdo de haber sido hombre.
¿Sienten otra cosa los dioses?
Un castigo es un castigo, y quien lo inflige
al menos en esto tiene compasión, que quita al impío la incertidumbre
y del remordimiento hace destino.
Incluso si la bestia pierde el recuerdo
del pasado y vive sólo para la presa y la muerte,
queda su nombre, queda lo que fue.
Está la antigua Calixto sepultada sobre la colina.
¿Quién sabe ya su delito?
Los señores del cielo la castigaron mucho.
De una mujer - era hermosa, dicen-
hacer una osa que ruge y lagrimea,
que en la noche por miedo
quiere volver a las casas. He aquí una bestia salvaje
que no tuvo paz. Llegó el hijo y la mató con la lanza,
y los dioses no se inmutaron.
Hay también quien dice que, arrepentidos,
hicieron de ella un grupo de estrellas.
Pero queda el cadáver y éste fue sepultado.
¿Qué quieres decir? Conozco las historias.
Y que Calixto no supiera resignarse, no es
culpa de los dioses.
Es como quien va melancólico a un banquete
o se emborracha en un funeral.
Si yo fuera lobo,
sería lobo incluso en sueños.
No conoces los caminos de la sangre.
Los dioses no te añaden ni te quitan nada. Solamente,
con un toque ligero, te clavan
donde has llegado.
Lo que antes era querencia, era elección,
se te descubre destino.
Eso es lo que quiere decir hacerse lobo.
Pero sigues siendo el que huyó de las casas,
sigues siendo el antiguo Licaón.
¿Quieres entonces decir que Licaón sufría
como un hombre al que se diera caza con perros?
Estaba viejo, acabado;
tú mismo concedes que no supo defenderse.
Mientras moría sin voz sobre las piedras, yo pensaba en esos viejos andrajosos
que se paran a veces ante los patios,
y los perros se estrangulan con sus cadenas para morderlos.
También eso ocurre en las casas de allí.
Digamos pues que ha vivido como un lobo. Pero, muriendo y viéndonos,
comprendió que era un hombre. Nos lo dijo con los ojos.
Amigo, ¿y crees que le importa
pudrirse bajo tierra como un hombre,
a él que lo último que ha visto
eran hombres de caza?
Hay una paz más allá de la muerte. Una suerte común.
Importa a los vivos, importa
al lobo que hay en todos nosotros.
Nos ha tocado matarlo.
Sigamos al menos la costumbre y dejemos la injuria
a los dioses.
Volveremos a las casas con las manos limpias.
Este es el campo, extranjero. De aquí
no te es posible escapar.
Y como has comido y bebido con nosotros,
nuestra tierra beberá tu sangre.
El año que viene el Meandro verá un trigo más prieto
y más espeso que éste.
¿Habéis matado a muchos en el pasado sobre este campo?
Bastantes.
Pero ninguno que tuviera tu fuerza o bastara él solo.
¿Quién os ha enseñado esta usanza?
Se ha hecho siempre. Si no alimentas la tierra,
¿cómo puedes pedirle que te alimente?
Ya este año tu grano me parece lleno de vigor.
¿A quién habéis degollado?
No vino ningún extranjero. Matamos a un viejo sirviente
y a un chivo. Fue una sangre floja
que la tierra sintió apenas. Mira la espiga, cómo está vacía.
El cuerpo que nosotros laceramos
debe antes sudar, espumar al sol.
Para ello, te haremos segar,
llevar las gavillas, chorrear de cansancio,
y solamente al final,
cuando tu sangre hierva viva y pura,
será el momento de abrirte la garganta.
¿Vuestros dioses, qué dicen?
No hay dioses sobre el campo. Sólo está la tierra,
la Madre, la Gruta, que espera siempre
y se espabila solamente bajo el reguero de sangre.
Esta noche, extranjero, estarás tú mismo
en la gruta.
Vosotros, frigios,
¿no bajáis a la gruta?
Nosotros salimos de ella naciendo
y no tenemos prisa por volver.
Entiendo. Y así el excremento de la sangre
le es necesario a vuestros dioses.
No los dioses, sino la tierra, extranjero.
¿Vosotros no vivís sobre una tierra?
Nuestros dioses no están en la tierra, pero rigen
el mar y la tierra, la selva y la nube,
como el pastor guarda el rebaño y el amo ordena a sus sirvientes.
Se mantienen apartados, sobre el monte,
como los pensamientos dentro de los ojos del que habla
o como las nubes en el cielo.
No necesitan sangre.
No te entiendo, huésped extranjero.
La nube la roca la gruta tienen para nosotros el mismo nombre y no se apartan.
La sangre que la Madre nos ha dado, nosotros se la devolvemos
en sudor en excremento en muerte.
Verdaderamente vienes de lejos.
Esos dioses vuestros no son nada.
Son una estirpe de inmortales.
Han vencido la selva, la tierra y sus monstruos. Han dado caza en la gruta
a todos los que como tú
derramaban la sangre para alimentar la tierra.
Oh, ¿ves? Tus dioses saben lo que hacen. También ellos
han tenido que saciar la tierra.
Y además eres demasiado robusto
para haber nacido de una tierra no saciada.
¿Pero no temes la muerte sobre la gavilla?
¿Esperas quizá
huir por los surcos como una codorniz o una ardilla?
Si bien he entendido, no es muerte
sino retorno a la Madre y como un don hospitalario.
Todos estos villanos que se afanan sobre el campo
saludarán con oraciones y con cantos
a quien dará su sangre por ellos. Es un gran honor.
Huésped, gracias. Te aseguro que el sirviente
que habíamos degollado el otro año
no hablaba así. Estaba viejo y agotado
y sin embargo hubo que atarlo con correas de corteza
y largo rato se debatió bajo las hoces,
tanto que antes de caer ya estaba todo desangrado.
Esta vez, Litierse, irá mejor. Y, dime,
matado el infeliz, ¿qué le hacéis?
Se le lacera aún semivivo,
y los trozos los esparcimos por los campos
para tocar a la Madre.
Conservamos la cabeza sanguinolenta
envolviéndola en espigas y flores,
y entre cantos y alegría
la arrojamos al Meandro. Porque la Madre
no es tierra solamente sino, como te he dicho,
también nube y agua.
Sabes muchas cosas tú, Litierse,
y no por nada eres el señor
de los campos de Cilene.
Y en Pesinonte, dime, ¿matan a muchos?
En todas partes, extranjero, se mata bajo el sol.
La tierra está viva y debe pues ser alimentada.
Pero, ¿por qué
el que matáis debe ser extranjero?
La tierra, la gruta que os ha hecho
debería sin embargo preferir
recuperar los jugos que más se le asemejan.
También tú cuando comes, ¿no prefieres
el pan y el vino de tu campo?
Tú me gustas, extranjero,
te tomas a pecho nuestro bien como si fueras
hijo nuestro.
Pero reflexiona un momento: ¿Por qué
soportamos la fatiga y el resuello de estos trabajos?
Para vivir, ¿no? Y entonces es justo
que nosotros sigamos con vida para gozar de la cosecha
y que mueran los otros. Tú no eres campesino.
Pero no sería más justo hallar el modo
de terminar las matanzas y que todos,
extranjeros y paisanos comieran el trigo?
¿Matar una última vez
a quien por sí solo fecundara para siempre la tierra
y las nubes y la fuerza del sol sobre esta llanura?
Tú no eres campesino, lo veo.
No sabes siquiera que la tierra recomienza
en cada solsticio
y que el curso del año lo agota todo.
¿Pero no habrá, en esta llanura,
quien se haya alimentado, remontándose a sus padres,
de todos los jugos de las estaciones, quien sea tan rico
y tan fuerte y de sangre tan generoso
que bastara de una vez por todas
para rehacer la tierra de las estaciones pasadas?
Tú me haces reír, extranjero.
Parece casi que hables de mí. Soy el único
en Cilene
que, a través de mis padres, haya vivido siempre aquí.
Soy el señor, y tú lo sabes.
Hablo en efecto de ti. Cosecharemos, Litierse.
He venido de Grecia para esta obra de sangre.
Y esta noche tú volverás a la gruta.
¿Quieres matarme a mí, sobre mi campo?
Quiero combatir contigo
hasta la muerte.
¿Sabes al menos manejarla, la hoz, extranjero?
Estate tranquilo, Litierse.
Nuestra hoguera, no la ve nadie.
La hacemos, no importa. En todas partes esta noche hay hogueras.
Oh, Zeus,
acoge esta ofrenda de leche y miel dulce;
nosotros somos pobres pastores y del rebaño no nuestro
no podemos disponer.
Que este fuego que quema aleje las desventuras
y como él se cubre de espirales de humo, nos cubra de nubes...
Moja y rocía, muchacho.
Basta con que maten el ternero en las grandes fincas.
Si llueve, llueve en todas partes.
Debes rociar hacia el mar. Las lluvias salen del mar.
Padre, ¿por qué ahora no llueve?
Las hogueras, las hemos encendido.
Es la fiesta, muchacho. Si lloviera,
eso las apagaría. ¿A quién le conviene?
Lloverá mañana.
Y sobre las hogueras, mientras aún ardían,
¿nunca ha llovido?
Tú no habías aún nacido y yo tampoco,
y ya encendían las hogueras. Siempre esta noche.
Se dice que una vez llovió, sobre la hoguera.
Pero fue cuando el hombre vivía más justo que ahora
e incluso los hijos del rey eran pastores.
Toda esta tierra, como la era, entonces,
limpia y batida y obedecía al rey Atamante.
Se trabajaba y se vivía y no hacía falta esconderle las cabras al amo.
Dicen que llegó una tremenda canícula
y así los prados y los pozos se secaron y la gente moría.
Las hogueras no servían para nada. Entonces Atamante pidió consejo.
Pero era viejo y tenía en casa desde hacía poco
una esposa joven, que mandaba,
y empezó a llenarle la cabeza
que no era el momento de mostrarse blando, de perder su crédito.
¿Habían rezado y rociado? Sí.
¿Habían matado al ternero y al toro, muchos toros? Sí.
¿Qué se había conseguido? Nada.
Pues que ofrecieran los hijos.
Pero para nada los suyos, que no tenía: imagínate;
los dos hijos ya mayores de la primera mujer,
dos muchachos que trabajaban en la campiña toda la jornada.
Y Atamante, palurdo, se decide: los manda llamar.
Ellos comprenden,
ya se sabe, los hijos del rey no son bobos,
y salieron por piernas.
Y con ellos desaparecieron las primeras nubes que, apenas supo una cosa parecida,
un dios había enviado sobre la campiña.
Y de repente aquella bruja dice:
"¿Lo veis? La idea era justa, las nubes ya estaban ahí;
aquí hay que degollar a alguien."
Y tanto hace que la gente decide
agarrar a Atamante y quemarlo.
Preparan el fuego, lo encienden, conducen a Atamante
atado y florido como el buey,
y cuando están a punto de echarlo a la hoguera,
el tiempo se estropea. Truena, hay rayos,
y cae un agua de dios. La campiña renace.
El agua apaga la hoguera y Atamante, buen hombre, perdona a todos,
incluso a su mujer.
Presta atención, muchacho, a las mujeres.
Es más fácil distinguir a la serpiente hembra del macho.
¿Y los hijos del rey?
No se supo nada más de ellos.
Pero dos muchachos como ellos habrían logrado salir bien.
Y si en aquellos tiempos eran justos, ¿por qué
querían quemar a dos muchachos?
Bobo, no sabes lo que es la canícula.
Yo he visto, y tu abuelo ha visto.
No es nada el invierno. El invierno se sufre
pero se sabe que le viene bien a la cosecha.
La canícula, no. La canícula quema.
Todo muere,
y el hambre y la sed te cambian a un hombre.
Toma uno que no haya comido: es pendenciero.
Y tú piensa en esa gente que estaban todos de acuerdo
y cada uno tenía su tierra,
acostumbrados a hacerlo bien y estar bien.
Se secan los pozos, se queman los trigos
tienen hambre y tienen sed.
Pero se vuelven bestias feroces.
Era gente mala.
No más mala que nosotros.
Nuestra canícula son los amos.
Y no hay lluvia que pueda liberarnos.
Ya no me gustan, estos fuegos.
¿Por qué los dioses los necesitan?
¿Es verdad que antes se quemaba siempre a alguien?
Se iba despacio. Se quemaba a los cojos,
a los haraganes y a los insensatos. Se quemaba
al que no servía. A quien robaba en los campos.
Con eso los dioses se contentaban.
Bien o mal, llovía.
No entiendo
qué gusto los dioses le encuentran. Si al menos lloviera.
También Atamante. Ellos apagaron la pira.
Mira, los dioses,
son los amos. Son como los amos.
¿Quieres que vean quemarse a uno de los suyos?
Entre ellos se ayudan.
A nosotros en cambio nadie nos ayuda.
Ya llueva o escampe, ¿qué le importa eso a los dioses?
Ahora encendemos los fuegos y se dice que eso hace llover.
¿Qué les importa eso a los amos?
¿Les has visto alguna vez venir al campo?
Yo no.
Pues eso.
Si una vez bastaba una hoguera para hacer llover,
quemar encima a un vagabundo para salvar una cosecha,
¿cuántas casas de los amos habrá que incendiar,
cuántos matar en las calles y en las plazas
antes de que el mundo se vuelva justo
y nosotros podamos decir la nuestra?
Son injustos, los dioses.
Si no fuera así, no serían dioses.
Quien no trabaja,
¿cómo quieres que pase el tiempo?
Cuando no estaban los amos y se vivía con justicia,
había que
matar de vez en cuando a alguno para hacerlos gozar.
Están hechos así.
Pero en nuestros tiempos ya no lo necesitan.
Somos tantos los que estamos mal, que les basta
con mirarnos.
Vagabundos también ellos.
Vagabundos. Ahí has dicho lo justo.
¿Qué decían al arder sobre la hoguera, los muchachos lisiados?
¿Gritaban mucho?
No es tanto el gritar.
Es quien grita, lo que cuenta.
Un lisiado o un malvado
no hacen nada bien. Pero es un poco peor
cuando un hombre que tiene hijos ve engordar a los haraganes.
Eso es injusto.
Yo no quiero, ¿entiendes?, no quiero.
Hacen bien los amos en comernos la médula,
si hemos sido tan injustos entre nosotros.
Hacen bien los dioses en mirarnos sufrir.
No sé si vengo de la colina o del valle,
de los bosques o de una casa de balcones.
La muchacha que me dejó en las escalinatas del domo de Alba,
quizás no venía tampoco del campo,
quizás era la hija de los dueños de un palacio,
o puede que me trajeran en un cuévano de vendimia
dos pobres mujeres de Monticello,
de Neive o por qué no de Cravanzana.
Si he crecido en esta aldea,
debo darle las gracias a la Virgilia, a Padrino,
aunque ellos me recogieran y criaran
solamente porque el hospicio de Alejandría
les pasaba la mensualidad.
Sobre estas colinas había desgraciados
que por ver un escudo de plata
se encargaban de un bastardo del hospicio, además de los hijos que tenían ya.
Había quien tomaba una niña
para tener después una criadita y mandarla mejor;
la Virgilia me quiso a mí
porque hijas tenía ya dos.
Yo crecí con las chicas, nos robábamos la polenta, dormíamos en el mismo jergón,
Angiolina la mayor tenía un año más que yo;
y solamente a los diez años, el invierno en que murió la Virgilia, supe por casualidad
que no era su hermano.
Igual ahora aparecerá también mi padre.
Tu padre eres tú.
En América lo bueno es que son todos
bastardos.
También eso es algo que ajustar.
¿Por qué tiene que haber
quien no tenga ni nombre ni casa? ¿No somos todos hombres?
Deja las cosas como son.
Yo lo he logrado, incluso sin nombre.
Tú lo has logrado,
y ya nadie osa hablarte de ello;
pero, ¿los que no lo han logrado?
No sabes cuánto mezquino hay aún sobre estas colinas.
Cuando hacía giras con la música, en todas partes
ante las cocinas se encontraba el idiota, el deficiente, el cretino.
Hijos de alcohólicos y de criadas ignorantes,
que los reducían a vivir de tronchos de col y cortezas.
Había incluso quien se burlaba de ellos.
Tú lo lograste, porque, bien o mal,
encontraste una casa; comías poco con el Padrino,
pero comías.
Tú tenías la pasión. ¿Por qué dejaste de tocar?
¿Porque murió tu padre?
Llegó la guerra.
Puede que a las muchachas aún les picaran las piernas pero,
¿quién las sacaba ya a bailar?
La gente se divertía distinto en los años de la guerra.
Además lo malo es que la música
es un mal patrón. Tocando se lleva poco a casa,
y después todo ese derroche y el no saber nunca bien quién paga,
al final disgusta.
Se convierte en un vicio, hay que dejarlo.
Mi padre decía que es mejor el vicio de las mujeres...
De las dos, yo prefería la música.
Juntarse las noches que volvíamos tarde,
y tocar, tocar, yo, el cornetín y la mandolina,
andando por la carretera,
en la oscuridad, lejos de las casas, lejos de las mujeres
y de los perros que respondían como locos, tocar así.
Serenatas no he dado nunca.
Nunca he conocido a una chica que supiera lo que es tocar...
Yo tenía un músico, Arboreto, que tocaba el bombardino.
Daba tantas serenatas que decíamos de él: esos dos,
no se hablan para nada, se musican...
Quién sabe cuántos muchachos de aquí abajo querrían tomar el camino de Canelli...
Pero no lo toman.
Tú en cambio lo tomaste. ¿Por qué?
¿Se saben estas cosas?
¿Porque en la Mora me llamaban anguila?
¿Porque una mañana sobre el puente de Canelli
vi a un automóvil embestir a aquel buey?
Es porque hay un destino. Tú
en Génova, en América, vete a saber,
debías hacer algo, entender algo
que te habría sucedido.
Un día u otro te contaré cosas de aquí.
A todos les sucede algo. Mira los muchachos, gente
que no son nada, que no hacen ningún mal,
pero llega el día en que
ellos también... Escúchalos. Para hacerles venir a rezar a la virgen,
el párroco tiene que dejarlos desfogarse.
Y ellos para poder desfogarse tienen
que encender los cirios a la virgen. ¿Quién
de los dos se la pega al otro?
Se la pegan por turnos.
No, no, se la lleva el párroco.
¿Quién es el que paga
la iluminación, las tracas, la curia y la música?
Desgraciados, se parten el espinazo por cuatro palmos de tierra,
y después se la dejan comer.
¿No dices que los gastos más grandes
recaen sobre las familias ambiciosas?
Y las familias ambiciosas, ¿de dónde sacan el dinero?
Hacen trabajar al criado, a la doncellita, al campesino.
Y la tierra, ¿de dónde la han sacado?
¿Por qué debe haber quien tiene mucho y quien nada?
¿Qué eres tú? ¿Comunista?
Somos demasiado ignorantes en esta tierra.
Comunista no lo es quien quiere.
Necesitaríamos comunistas no ignorantes,
que no arruinaran el nombre.
Creía que al volver a Italia encontraría
algo hecho. Teníais el cuchillo por el mango...
Yo sólo tenía un cepillo y un cincel.
La miseria,
la he visto en todas partes. Hay lugares donde las moscas
viven mejor que los cristianos. Pero eso no basta
para rebelarse. La gente necesita un empuje.
Entonces tuvisteis el empuje y la fuerza...
¿Estuviste también tú en las colinas?
No, si me iba allí, me quemaban la casa.
Era un muchacho como tú
y vivía aquí con Padrino,
Teníamos una cabra. Yo la llevaba a pastar.
En invierno cuando no pasaban ya los cazadores,
no se podía ni siquiera caminar por la ribera,
de tanta agua y escarcha que había,
y de Gaminella bajaban los lobos
que en los bosques
no encontraban nada para comer, y por la mañana
veíamos sus pasos sobre la nieve.
Yo dormía en el cuarto de atrás con las chicas
y oíamos de noche
al lobo lamentarse de que tenía frío en la ribera.
En la ribera el año pasado había un muerto.
Un alemán. Que lo habían enterrado los partisanos.
¿Tan cerca del camino?
El agua lo llevó hasta abajo y padre
lo encontró bajo el fango y las piedras...
Es padre.
Pasaba por casualidad y he querido volver a ver el campo.
No la reconozco ya de tanto que se ha trabajado.
¿También en la casa habéis trabajado?
En la casa viven las mujeres. Ellas deben ocuparse.
¿Has ido por la hierba?
Por muchas razones no puedo vender la viña,
porque es la última tierra que lleva mi nombre,
porque de otra forma
terminaría en la casa de otros,
porque a los medieros les conviene así,
porque además estoy solo.
Usted no sabe lo que es vivir
sin un trozo de tierra en estos lugares.
Usted, ¿dónde tiene sus muertos?
No lo sé.
Me doy cuenta. Es la vida.
Yo por desgracia tengo un muerto reciente en el cementerio.
Hace ya doce años y me parece ayer.
No un muerto como es humano tener,
un muerto al que uno se resigna, en el que se piensa con confianza.
He cometido muchos errores estúpidos,
se hacen en la vida. Los verdaderos achaques de la edad
son los remordimientos. Pero una cosa no me la perdono.
Ese muchacho...
He plantado estos árboles. He querido que aquí
en la cima de la colina la tierra fuera suya...
En todas las campiñas, haría falta un trozo de tierra así,
dejarlo yermo... Pero la viña, trabajarla.
Estoy viejo.
Villanos.
Las hogueras hacen bien, seguro.
Despiertan la tierra.
Pero, Nuto, en eso no cree ni Cinto.
Y, sin embargo, no sé si es el calor o la llamarada
o que los humores se despiertan, el caso es
que todos los sembrados en cuyo borde se enciende la hoguera
dan una cosecha más jugosa, más vivaz.
¿Entonces también crees en la luna?
En la luna hay que creer a la fuerza.
Prueba a cortar con luna llena un pino,
te lo comen los gusanos. Una tina,
debes lavarla cuando la luna es joven.
Hasta los injertos,
si no se hacen los primeros días de la luna,
no agarran.
Es inútil que encuentres tanto que decir sobre el gobierno
y sobre los discursos de los curas
si luego crees en estas supersticiones como los viejos de tu abuela.
Superstición es únicamente lo que hace mal,
y si alguien empleara la luna y las hogueras
para robar a los campesinos y mantenerlos en el oscurantismo,
entonces sería él el ignorante
y habría que fusilarlo en la plaza.
Pero antes de hablar debes volver a ser aldeano.
Uno como el Valino
no sabrá nada más, pero la tierra la conoce.
He sabido el fin de Padrino y de los suyos.
Me lo ha contado la nuera del Cola.
En Cossano, donde fueron a parar con los cuatro cuartos
de la casucha, Padrino
murió viejo, muy viejo, en un camino,
en el que los maridos de las hijas lo habían arrojado.
La pequeña se había casado muy niña; la otra,
Angiolina, un año después;
con dos hermanos que vivían en la Virgen del Robledal,
en una granja tras los bosques.
Los dos hombres trabajaban duro,
reventaban a los bueyes y a las mujeres;
la más joven murió en un campo, asesinada por el rayo;
la otra, Angiolina,
tuvo siete hijos y después se acostó con un tumor en las costillas,
sufrió y grito tres meses
- el médico sube allí arriba una vez al año-murió sin ni siquiera ver al cura.
Acabadas las hijas, el viejo
no tenía ya a nadie en casa que le diera de comer
y se puso a dar vueltas por los campos y las ferias.
Murió finalmente él también
en la era de una granja donde había entrado para mendigar.
Así es inútil que vaya a Cossano a buscar
a mis hermanastras. Me queda en la cabeza
la Angiolina tendida los dientes a la vista,
como su madre el invierno en el que murió.
Estaría dispuesta a ir, yo misma a las riberas,
para buscar otros muertos, todos los muertos,
para desenterrar con la azada
tantos pobres muchachos, si eso bastara
para hacer encerrar en prisión a alguna carroña comunista.
Es difícil acusar a los comunistas.
Aquí las bandas eran autónomas.
Que fueran autónomos no quiere decir nada.
Todos los partisanos eran asesinos.
Para mí la culpa
no fue de este o aquel individuo.
fue toda una situación de guerrilla,
de ilegalidad, de sangre.
Era que uno, roturando un erial,
había encontrado otros dos muertos en las mesetas de Gaminella,
cabeza aplastada y sin zapatos. Debían ser republicanos,
porque los partisanos morían en el valle,
fusilados en las plazas y colgados en los balcones, o se los mandaba a Alemania.
Probablemente esos dos eran realmente espías.
Pero, ¿quién formó las primeras bandas?
¿Quién quiso la guerra civil?
¿Quién provocaba a los alemanes y a los otros?
Los comunistas. Siempre ellos.
Son ellos los responsables.
Son ellos los asesinos.
Es un honor que nosotros, italianos,
los cedemos con gusto.
No estoy de acuerdo.
Aquel año,
estaba aún en América. Y en América estaba internado.
En América, que está en América,
los periódicos imprimieron una proclama del rey y de Badoglio
que ordenaba a los italianos
echarse al monte, formar guerrillas,
atacar a los alemanes y a los fascistas por la espalda.
Son todos bastardos.
Es nuestro dinero lo que quieren.
La tierra y el dinero como en Rusia.
Y a quien protesta, cargárselo.
En la reunión de la casa parroquial se pusieron de acuerdo.
Han decidido
hacer una gran función, dar sepultura
solemne a las dos víctimas.
En suma el párroco lleva el agua a su molino
y aún no ha digerido la inauguración
de la lápida a los partisanos ahorcados ante las Ca' Nere,
que se hizo sin él.
Ya intentó un golpe así con los gitanos.
Durante los días del 45 una banda de muchachos
habían capturado a dos gitanos
que desde hacía meses iban y venían,
hacían doble juego, señalaban los destacamentos partisanos.
Sabes cómo es, en las bandas había de todo.
También ignorantes. Basta.
En lugar de llevarlos ante el mando,
los bajaron a un pozo y les hicieron decir
cuántas veces habían ido al cuartel de las milicias.
Después a uno de ellos, que tenía una hermosa voz,
le dijeron que cantara para salvarse.
Éste canta,
sentado sobre el pozo, atado, canta como un loco.
Mientras canta, un golpe de azada a cada uno los derriba...
Nosotros los desenterramos
y enseguida el cura dio el sermón en la iglesia.
En vuestro lugar yo iría a pedirle
una misa por los muertos ahorcados.
Si se niega, lo cubrís de mierda ante todos.
Es capaz de aceptar y largarnos igualmente
su arenga.
Los tiempos han sido diabólicos. Demasiada sangre
se ha derramado y demasiados jóvenes escuchan aún
la palabra del odio.
La patria, la familia, la religión
están todavía amenazadas.
El rojo,
el bello color de los mártires, se ha convertido en el emblema
del Anticristo,
y en su nombre se han cometido y se cometen
tantos crímenes.
Debemos arrepetirnos también nosotros,
purificarnos, reparar, dar sepultura cristiana
a estos dos jóvenes desconocidos, bárbaramente masacrados
- eliminados, sabe Dios, sin el consuelo de los sacramentos-
y reparar, rezar por ellos, levantar una barrera de corazones.
Hacérselo ver a los sin patria, a los violentos, a los sin dios.
No creáis que el adversario está vencido...
Ese párroco estaba a la altura.
Escuchando los discursos que hacían ahora mujercitas y negociantes del lugar,
la sangre habría manado sobre estas colinas como el mosto bajo las prensas.
Hasta que el ex-podestá
dijo claramente en las mesas del Ángel que en otros tiempos
estas cosas no sucedían.
Entonces saltó el camionero, uno de Calosso, ceño duro,
y le preguntó dónde había acabado en los otros tiempos,
el azufre de la cooperativa.
Incluso si
los medieros y los miserables del país
no estuvieran en el mundo
en el año de la guerra vino el mundo a despertarlos.
Llegó gente de todas partes,
meridionales, toscanos, ciudadanos, estudiantes, refugiados, obreros;
incluso los alemanes, incluso los fascistas
habrían servido para algo, habrían
abierto los ojos a los más bobos,
obligado a todos a mostrarse como lo que eran,
tú para explotar al campesino,
yo para que tuvierais un porvenir también vosotros.
Y los insumisos, los desertores
habrían hecho ver al gobierno de los señores
que no bastan las ganas para meterse en guerras.
Se había hecho también el mal, se había robado y matado sin motivo,
pero no tanto:
Siempre menos que la gente que
los poderosos de antes habían hecho reventar.
¿Y después? ¿Qué pasó?
Dejamos de estar alerta, creímos
a los Aliados, creímos a los prepotentes de antes
que ahora -pasada la granizada-
surgían de las bodegas, de las villas,
de las parroquias, de los conventos. Y llegamos a esto,
a que un cura, que si toca aún las campanas
se lo debe a los partisanos que se las han salvado,
tome la defensa de la república y de dos espías de la república.
¿Había partisanos arriba?
Los partisanos estaban en todas partes.
Les dieron caza como a las bestias. Se murió en todas partes.
Un día oías disparos sobre el puente, al día siguiente
estaban más allá de Bormida. Y nunca
cerraban los ojos tranquilos,
un cubil no era seguro... Por todas partes espías...
El otro día pasé bajo la Mora.
Ya no está el pino de la cancela.
Lo hizo talar el administrador, Nicoletto. Ese ignorante...
Lo hizo talar porque los andrajosos
se detenían a la sombra y pedían.
No le basta haberse comido la mitad de la casa.
No quiere tampoco que un pobre
se detenga a la sombra y le pida cuentas...
Gente que andaba en carroza. Con el viejo
no habría ocurrido. ¿Y las chicas?
La pequeña, Santina, ¿qué fin ha tenido?
Vivía en Canelli.
No podían sufrirse, ella y Nicoletto.
Alegraba la vida a las brigadas negras.
¿Es posible? ¿Santa Santina?
Pensar que a los seis años era tan hermosa...
Tú no la has visto a los veinte, las otras dos no eran nada.
La viciaron, el señor Mateo sólo tenía ojos para ella...
¿Te acuerdas
cuando Irene y Silvia no querían salir con la madrastra
para no desmerecer?
Pues Santa era más hermosa
que ellas dos y la madre juntas.
Tenéis una buena bestia,
¿le basta el forraje de aquí?
Estás loco, eso le toca a la dueña.
Cómo son las cosas,
el amo provee el forraje para la bestia,
y no lo provee para quien le trabaja la tierra.
Entonces os mando la almáciga.
Con la vida que lleva, no puedo llamarlo cazurro...
Si sirviera... Primero es necesario
que el gobierno queme el dinero y a quien lo defiende.
¿Has encontrado la víbora?
Si la encuentro le corto la cabeza.
Si no la irritas tampoco la víbora te morderá.
Si te pasas mañana por el Ángel,
te regalo un buen cuchillo
que se cierra, con un muelle.
¿Nunca has ido a buscar a Nuto al Salto?
Te gustaría. Hay bancos,
cepillos, destornilladores... Si tu padre te dejara,
yo haría que te enseñaran algún oficio.
A mi padre... no se lo digo.
¿Quieres el dinero o el cuchillo?
Quiero el cuchillo.
Si tu padre lo ve, es capaz de quitártelo.
¿Dónde lo esconderás?
A mi padre... Si me lo quita lo mato.
Más que en tren,
me gustaría montar en bicicleta.
Hoy es el partido.
¿Y tú no vas?
No es fácil embarcarse.
Tuviste valor.
No fue valor, me escapé...
¿Te acuerdas
de los discursos que hacíamos con tu padre
en el taller? Él decía
ya entonces que los ignorantes
serán siempre ignorantes, porque la fuerza
está en las manos de quien tiene interés
en que la gente no comprenda,
en las manos del gobierno, de los negros, de los capitalistas...
Aquí en la Mora
no era nada, pero cuando fui soldado e hice la ronda
de las callejuelas y canteras, en Génova,
entendí lo que son
los jefes, los capitalistas, los militares...
Entonces estaban los fascistas
y esas cosas no se podían decir... Pero estaban
también los otros...
Ahora que tantas cosas han pasado, ya no sé
yo tampoco en qué creer,
pero en Génova, aquel invierno, yo creí
y cuántas noches
pasamos en el invernadero de la villa
discutiendo con Guido, con Remo, con Cerreti y todos los demás.
Después Teresa
se asustó, no quiso dejarnos entrar más
y entonces le dije que siguiera pues
haciendo de sirvienta, explotada, se lo merecía,
nosotros queríamos aguantar y resistir.
Pero una noche vino Cerreti a advertirme
de que Guido y Remo habían sido arrestados,
y buscaban a los demás. Entonces Teresa,
sin hacerme un reproche, habló con alguien
- cuñado, antiguo jefe, no lo sé-
y en dos días me había encontrado un puesto de trabajo
en un bastimento que iba a América.
Papá ha quemado la casa...
Ha quemado todo, incluso el novillo. Los conejos se han escapado.
No no, ha matado a Rosina y a la abuela.
Quería matarme pero no le he dejado...
Después ha prendido fuego a la paja y me buscaba todavía,
pero yo tenía el cuchillo y entonces
se ha colgado en la viña.
Había venido la señora de la villa
con su hijo para dividir las judías y las patatas.
Había dicho que
dos surcos de patatas habían sido ya arrancados, que había que resarcirla,
y la Rosina había gritado, el Valino blasfemaba,
la señora había entrado en la casa para hacer hablar
también a la abuela, mientras el hijo vigilaba los cestos.
Después habían pesado las patatas y las judías, se habían puesto de acuerdo
mirándose torvo. Habían cargado la carreta
y el Valino se había ido al pueblo.
Pero después a la tarde cuando volvió
estaba sombrío. Se había puesto a gritarle a Rosina, a
la abuela, porque no habían recogido antes
las judías verdes.
Decía que ahora la señora comía las judías que debían tocarles a ellos.
La vieja lloraba sobre el jergón. Él, Cinto
estaba en la puerta, listo para escaparse.
Entonces el Valino se había quitado el cinto y había empezado a fustigar a Rosina.
Rosina se arrojó contra la mesa y aullaba.
Después lanzó un grito más fuerte,
se cayó la botella, y Rosina se arrojó sobre
la abuela y la abrazaba.
Entonces el Valino le daba patadas en las costillas,
la pisoteaba con sus zapatos, Rosina estaba tirada por tierra,
y el Valino le seguía aún dando patadas en la cara y en el estómago.
Rosina estaba muerta, dijo Cinto, estaba muerta y perdía sangre por la boca.
"Levántate" dijo el padre, "loca". Pero Rosina estaba muerta,
y también la vieja ahora se callaba. Entonces el Valino lo buscaba a él,
y él se largó. En la viña
no se oía ya a nadie,
menos al perro que tiraba del cordel y corría arriba y abajo. Poco después
el Valino se puso a llamar a Cinto.
Entonces él abrió el cuchillo
y se adentró en el patio. El padre en la puerta esperaba, todo sombrío.
Cuando lo vio con el cuchillo, le dijo "carroña"
e intentó atraparlo. Cinto se escapó de nuevo.
Después oyó que el padre daba patadas por todos lados,
que blasfemaba y se metía con el cura.
Después había visto la llama.
el padre había salido fuera con la lámpara en la mano sin cristal.
Había prendido fuego también al henil, a la paja,
había estrellado la lámpara contra la ventana. El cuarto donde se habían pegado
estaba ya lleno de fuego. Las mujeres no salían,
le parecía oír llorar y llamar.
El perro se volvía loco, ladraba y arrancaba el cordel.
Los conejos se escaparon. El novillo se quemaba en el establo.
El Valino corría por la viña, lo buscaba
con una cuerda en la mano.
Cinto, siempre apretando el cuchillo se había escapado por la ribera.
Allí se quedó escondido y miraba a lo alto
contra las hojas el reflejo del fuego.
Cuando Cinto ya no oyó más ni al perro ni nada,
le pareció despertarse en ese momento y no se acordaba
de qué hacía en la ribera. Entonces despacito había subido hacia el nogal,
apretando el cuchillo abierto, atento a los ruidos
y a los reflejos del fuego. Y bajo la bóveda del nogal había visto
colgando los pies de su padre y la escalera por tierra.
Tuvo que repetir toda esta historia al sargento y le hicieron ver
al padre muerto tendido sobre un saco para que lo reconociera.
Hicieron un montón con las cosas encontradas en el prado:
la hoz, una carretilla, la escalera, el bozal del novillo, una criba.
Y al día siguiente oí decir en la aldea que la señora
estaba furiosa por su propiedad,
que visto que Cinto era el único vivo de la familia,
pretendía que Cinto la resarciera, pagara, que lo encarcelaran.
El cura la hizo aún mejor. Como el Valino había muerto en pecado mortal,
no quiso ni hablar de bendecirlo en la iglesia.
Dejaron su ataúd fuera, en las gradas,
mientras que el cura dentro murmuraba encima
de los cuatro huesos negros de las mujeres,
encerrados en un saco.
Todo se hizo al atardecer, a escondidas.
Las viejas del Morone,
con el velo en la cabeza, fueron con los muertos al cementerio,
recogiendo por el camino margaritas y tréboles.
El cura no vino.
Entonces te vas.
¿No vuelves para la vendimia?
Quizá embarque,
volveré para la fiesta otro año.
Te he incluso encontrado otro hijo.
¿No quieres que vayamos hasta Gaminella,
en lo alto? Vamos, es pronto.
Yo la vi una vez en el Café Sport,
ella misma me llamó saliendo a la puerta.
Yo echaba un ojo a las caras que entraban,
pero era una mañana tranquila, un domingo soleado en el que la gent va a misa.
"Tú me has visto cuando era así de alta"
decía ella, "tú me crees.
Hay gente mala en Canelli. Si pudieran
me prenderían fuego.
Querrían que tuviera también el fin de Irene,
que besara la mano que me da una bofetada.
pero yo muerdo la mano que me da una bofetada."
Fumaba cigarrillos que en Canelli no se encontraban.
"Toma", decía ella,
"tómalos todos, sois tantos
los que deben fumar allá arriba..."
"Ya ves como es", decía ella,
"como antes conocía a alguno
y he hecho locuras,
tú también te girabas hacia los escaparates cuando pasaba.
Y sin embargo has conocido a mamá, sabes
cómo soy... me llevabas a la fiesta...
¿Crees que no se la he jurado también a esos cobardes?
Ahora me toca vivir comiendo su pan,
porque mi trabajo
lo he hecho siempre, nadie me ha mantenido nunca,
pero si abriera la boca... si perdiera la paciencia...”
Hice de todo para entender si mentía,
le dije incluso que eran tiempos en los que había que decidirse,
o de aquí o de allí.
Tendría que haberle pedido que hiciera de espía para nosotros
en los comandos, pero no me atreví.
En su lugar a ella le vino la idea
y me dio muchas noticias sobre los movimientos de la tropa,
sobre las circulares de los comandos.
Otro día mandó a decirme
que no viniera a Canelli porque había peligro,
y de hecho los alemanes hicieron una redada en las plazas y en los cafés.
Decía que ella no arriesgaba nada, que eran
viejos conocidos cobardes que venían a desfogarse con ella
y que le habría dado asco
si no fuera por las noticias que así
podía dar a los patriotas.
La mañana en que los negros fusilaron a los dos chicos
bajo el plátano y los dejaron como perros,
ella vino en bicicleta a la Mora y de allí a Salto
y habló con mi madre, le dijo que si teníamos
un fusil o una pistola los escondiéramos en la ribera.
Dos días después la brigada negra pasó y revolvió toda la casa.
Llegó el día en el que me agarra el brazo y me dice
que no podía más. A la Mora
no podía volver porque Nicoletto era insoportable,
y el empleo de Canelli, tras todos esos muertos,
le abrasaba, le hacia perder la razón:
Si esa vida no terminaba enseguida,
ella pondría la mano en una pistola y dispararía sobre alguien,
quizá sobre ella misma.
"Iría yo también sobre las colinas", me dijo,
"pero no puedo. Me dispararían
en cuanto me vieran. Soy la de la Casa del Fascio."
Entonces la llevé a la ribera y la reuní con Baracca.
Le conté a Baracca todo lo que ella ya había hecho.
Baracca se quedó escuchando, mirando al suelo.
Cuando habló, dijo solamente: "Vuelve a Canelli.
Vuelve a Canelli y espera las órdenes.
Te las daremos."
Dos meses después, a finales de mayo,
Santa se escapó de Canelli
porque le habían advertido de que venían a arrestarla.
El dueño del cine dijo que una patrulla de alemanes
había entrado a registrar su casa.
Santa se escapó a las colinas y se juntó con los partisanos.
Cuando fueron las batidas de junio,
ella se defendió toda una noche con Baracca
en una granja detrás de Soperga
y fue ella quien salió a la puerta para gritar a los fascistas
que los conocía uno por uno a todos
y que no le daban miedo.
La mañana siguiente, ella y Baracca se escaparon.
Después vinieron dos chicos a buscarme
a Salto, una tarde, armados.
Baracca me dijo que me había hecho llamar para darme una noticia,
mala. Había pruebas de que nuestra Santa
espiaba,
que las redadas de junio las había dirigido ella,
que el comité de Niza lo había hecho caer ella, que incluso
los prisioneros alemanes habían
llevado sus notas y señalado los depósitos en la Casa del Fascio.
Ahora se trataba de pillarla. Tenía ya la orden escrita.
Baracca me retuvo tres días allá arriba,
un poco para estar seguro de que no me metía en medio.
Una mañana Santa volvió, acompañada.
Cuando los partisanos la habían detenido,
llevaba noticias sobre las circulares republicanas.
No sirvió de nada. Baracca en presencia nuestra le hizo la cuenta
de cuántos habían desertado instigados por ella,
cuántos depósitos habíamos perdido,
cuántos muchachos había hecho morir.
Santa estaba escuchando, desarmada, sentada en una silla.
Entonces Baracca le leyó la sentencia
y le dijo a dos hombres que la condujeran afuera.
En la puerta ella se volvió,
me miró e hizo una mueca como los niños.
Pero fuera intentó escaparse.
Oímos un grito, oímos correr,
y una descarga de metralleta que no acababa nunca.
Salimos también nosotros,
ella estaba tumbada en esa hierba, ante las acacias.
Después Baracca se lo pensó.
Hizo cortar muchos sarmientos de la viña
y la cubrimos hasta que fue suficiente.
Después vertimos la gasolina y la prendimos.
A mediodía no era más que ceniza.
Él, Baracca, murió con los de Ca' Nere.
¿Ahorcado?
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