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LA BESTIA DE LA MONTAÑA
En un remoto lugar de México,
se alza una montaña siniestra y misteriosa,
que supuestamente está hueca.
El interior nunca se ha explorado,
porque a su pie yace una ciénaga impenetrable.
Los supersticiosos cuentan que la montaña hueca y el pantano
son lugares diabólicos... muy diabólicos.
Cuentan que un animal extraño, del tiempo de la Creación,
habita la zona.
Merodea y ataca sólo en tiempos de sequía.
Hablan de hombres y reses que desaparecen sin dejar rastro.
Tal vez no sean más que cuentos,
cuentos contados por gentes sencillas.
¡Alto!
Parece que ha habido jaleo por aquí.
Las huellas del ganado van en todas direcciones.
Nadie se ha atrevido a adentrarse tanto. Regresemos.
No seas tan supersticioso, Manuel. Hasta tu sombra te asusta.
Mi sombra no, señor. La sombra de la montaña maldita.
Vale, tú quédate aquí con los caballos.
Felipe, sigue esas huellas. Yo iré por aquí.
¡Jimmy!
¡Manuel! ¡Jimmy!
¡Manuel!
¡No te muevas!
- ¿Estás bien? - Creo que sí.
Por poco no lo cuentas.
La mano sagrada del Señor lo salvó, Don Felipe.
Creo que Jimmy también tuvo algo que ver, ¿no?
- Ayúdame a limpiarme - Claro.
Felipe, ¡ven aquí!
Mira.
Se lo dije, es la maldición de la montaña.
- ¡No digas tonterías! - Algún listillo la forzó a caer ahí.
¿Para qué?
Para que creamos que así es cómo desaparece nuestro ganado.
Claro. Cuatreros, justo lo que imaginé.
- Y sé muy bien quién ha sido. - Tranquilo, Felipe.
Enrique Ríos. ¿Quién sino?
Piensa con la cabeza y no con el revólver.
Iré al pueblo a hablar con el alcalde.
- No llegarás a nada con él. - Ya veremos.
Tú vuelve al rancho y cámbiate. Hasta luego.
Hasta luego.
- Buenos días. - Buenos días.
No estás enfadado conmigo, ¿verdad?
Tu padre no es un borracho.
Bebe para olvidar a tu madre que está en el cielo.
Creo que volveré para olvidarla un ratito más.
No, papá.
Volvamos a casa. El caballo está cansado.
¿Sólo el caballo está cansado? ¿Y Panchito no?
De acuerdo, hijo, volvamos.
¡Papá!
¡Panchito!
¿Está herido?
- Creo que no. - ¡Mi papaíto!
Tranquilo, hijo, sólo está un poco asustado.
Hay mejores maneras de bajarse de un caballo.
¿Qué ha pasado, Pancho?
- Nada. - ¿Nada?
¿Por qué saliste de casa?
Señorita Sarita, lo que pasó fue que...
Siempre igual. Siempre tequila.
Nunca piensas en tu hijo.
Panchito, lleva a tu padre a casa.
Sí, señorita. Vamos papá.
- Y que se quede allí. - Sí, señorita.
- Gracias, señor. - De nada, amigo.
Muchas gracias, Sr. Jimmy. Le ha salvado la vida.
Debería tener más cuidado. Esta vez ha tenido suerte.
- ¿Trabaja para usted? - Sí.
Bebe desde que murió su mujer.
- Me siento responsable de ese niño. - Lo comprendo.
Iba a hablar con su padre.
Está en casa. Lo acompaño.
Gracias.
- Llévalas a mi habitación, Margarita. - Sí, señorita.
- Buenos días. - Buenos días. Bienvenido.
- Qué agradable sorpresa. - Gracias.
- Los dejo para que hablen. - Claro.
- Sí, querida. Siéntese. - Gracias.
Hacía mucho que no venía por aquí.
He estado muy ocupado con el ganado, Don Pedro.
- Me han hablado de sus éxitos. - Hasta ahora.
Pero en el último mes hemos, nos han robado reses tres veces.
Gracias.
- ¿Robado? - Sí.
De todas las reses robadas sólo hemos encontrado una.
Ahogada en el pantano.
Puede que esa sea la respuesta.
Esa ciénaga es un lugar muy misterioso.
No me trago esas supersticiones.
Quiero una respuesta factible. Las reses no se tiran a los pantanos.
- Margarita. - Don Enrique.
¿Es cierto que el americano y Sarita vinieron juntos?
Sí, señor, están ahí abajo.
La sequía de este año vuelve a desecar el pantano.
- Es lo que dicen los nativos. - Lo sé, he estado allí.
Cuando eso sucede, cuentan cosas extrañas
sobre hombres y animales que desaparecen.
Hablando de desaparecer...
¿por qué no desaparece en su Texas natal?
¡Enrique, Jimmy es mi invitado!
Disculpe, pero no es bienvenido.
Le advertimos que no se instalase aquí con ese loco de Felipe.
- Y ahora intenta... - No quiero problemas, amigo.
Pero le repito que Felipe y yo somos los propietarios de esas tierras.
Seguiremos criando ganado,
o lo que queramos sin sus consejos.
¿Y hacer que bajen los precios de todos los ranchos?
Vendemos nuestro ganado al precio gubernamental.
Dejo el mercado negro para los que son como Ud.
- ¿Me está llamando ladrón? - ¡Señores!
¡En mi casa, no!
Perdone, Don Pedro.
¡Manuel!
¡Luis!
¡José!
- ¡Felipe! - Ya voy.
¿Qué pasa?
- Los hombres se han ido. - ¿Qué? ¿Sin decir palabra?
Dejaron algunas escritas.
La maldición de la montaña vuelve a azotar. Lo dejamos.
- Idiotas supersticiosos. - Sí, alguien debe haberlos asustado.
- Solos no podemos llevar el rancho. - Eso es lo que querían.
Iré al pueblo del otro lado del valle.
Puede que allí encuentre a alguien que quiera trabajar.
¿Y ahora qué?
Buenos días, Sr. Jimmy. Buenos días, Don Felipe.
Buenos días. ¿Qué hacéis aquí?
- Ordeño la vaca. - Y yo alimento a los patos.
Venid.
- ¿Cuánto lleváis aquí? - Desde antes del amanecer.
Sí, cuando sus hombres se marcharon.
Ahora nos van a necesitar. A mí y a Panchito.
No tienen a nadie más para trabajar.
Ven, papá.
Esperad un momento.
- ¿Nos da el trabajo? - No, Pancho. Bebes demasiado.
¿Y yo?
- Tú eres demasiado pequeño. - No, ya tengo 7 años.
No volveré a beber.
Sí, me lo prometió.
Y yo me responsabilizaré de mi papá.
Eso lo cambia todo.
Si el Sr. Panchito es responsable del Sr. Pancho,
- podríamos darles una oportunidad. - No.
¿Por qué no? Yo apoyaré a Panchito, que apoyará a su padre,
y tú me apoyas a mí. No podemos perder.
¿Un niño y un devoto del tequila empleados del rancho?
Estoy acabado.
- Muchas gracias Sr. Jimmy. - ¡A trabajar!
Sí, claro.
- ¿Todo bien, Panchos? - No, nos faltan cuatro.
Sí.
Subiré a esa colina a ver si las veo.
¡Jimmy!
Qué sorpresa, señorita. ¿Qué la trae por aquí?
¿Qué hacen aquí Pancho y Panchito?
Me ayudan, ¿por qué?
Puede que no encuentre empleados, pero no los robe de mi casa.
El hecho de que le salvara la vida no obliga a Pancho.
- Se equivoca, señorita. - Escuche.
Pancho es irresponsable y el niño se aloja en mi casa,
no en su rancho.
¿Ha terminado o necesita respirar?
He terminado.
- Pancho. - ¿Sí, señor?
Contadle a la señorita por qué estáis aquí.
Vinimos... Vinimos a solicitar el empleo.
Eso es suficiente, gracias. Buenos días, señorita.
- Buenos días, señorita. - Coged vuestras cosas, nos vamos.
¿Irnos de aquí?
No, el Sr. Jimmy nos necesita.
No tiene a nadie, y ya vio lo que hizo ayer por mí.
¡Pancho!
Bueno, si insiste...
vendremos, vendremos enseguida.
Pero volveremos luego.
Vale. Tú puedes quedarte, pero Panchito viene conmigo.
No, señorita. Yo tampoco puedo.
¿Por qué no?
Se lo prometí al Sr. Jimmy. Le di mi palabra...
de que me responsabilizaría de mi padre.
- ¿De qué? - Para que no vuelva a la cantina.
Ya sabe...
Si convence a los hombres para que vuelvan, vendremos.
- ¿Qué hombres? - Los que trabajaban aquí.
Alguien les dijo que tendrían problemas si no se iban.
Incluso les dio dinero.
Pero debían decir que era porque tenían miedo de la montaña.
No puedo creerlo.
Sí, señorita. Estábamos aquí, lo oímos todo.
¿No había terminado?
Discúlpeme, me equivoqué sobre Pancho y Panchito.
Espero no haberle ofendido.
Tengo por regla no enfadarme nunca con una chica guapa.
- Bien. ¿Otra vez amigos? - Claro que sí.
Gracias.
Ojalá también pudiera ser amigo de Enrique Ríos.
No creo que me quiera como amigo.
- Tiene una mala opinión de él. - ¿Eso cree?
Sí.
Es un hombre muy agradable. No lo conoce bien.
Mi padre y yo se lo debemos todo.
El amor no es gratitud, Sarita.
- Nos casamos en un par de semanas. - Ya lo sé.
El día de la fiesta del pueblo.
Felicidades.
Es tarde.
Debo irme.
- La acompañaré hasta su caballo. - Gracias
- ¿Qué pasa? - Mi caballo no está.
Ya debe estar en casa. Siempre se escapa.
Coja el mío, iré a buscarlo más tarde.
- No, no puedo. - Insisto.
No.
O montamos juntos o vamos los dos andando.
Aquí está bien, gracias Jimmy.
La acompañaré hasta su casa.
No hace falta, está aquí mismo.
De acuerdo.
Mis espuelas, por favor.
Gracias.
¡Jimmy!
Llegó un telegrama para Ud. ¿Quiere acompañarme?
Gracias.
Veamos lo hombre que eres.
Desabróchate el cinturón.
¡Vamos!
Levántate.
5 DE JUNIO - EL PRECIO DEL GANADO NOS CONVIENE.
PREPARE LA ENTREGA PARA EL 10 DE JUNIO. MARCOS GARCÍA
Este es un pueblo tranquilo. No nos gustan las peleas.
A mí tampoco, pero si alguien me ataca, tengo que defenderme.
- ¿Bistec? - Gracias.
Ya lo sé.
Enrique es demasiado pasional, pero vengo de su parte.
Si tiene algo que decirme puede hacerlo él mismo.
En su estado, no.
¿Café?
- No, gracias. - ¿Quiere disculparse?
No.
Quiere comprar su rancho.
- ¿Comprar nuestro rancho? - Y antes de que entreguen el ganado.
¿También lo sabe?
El telegrafista es primo de Enrique.
¿Teme Ríos perder un cliente?
Francamente, sí.
Está dispuesto a pagar un buen precio.
¿Y si no vendemos?
No es una amenaza,
pero Enrique es muy influyente por aquí.
No será agradable para ustedes.
¿Qué piensas, Felipe?
Tienes mejor ojo para los negocios que yo. Decide tú.
Mi ojo no está en muy buenas condiciones.
Supongo que no.
Si dependiera de mí ya sabes lo que diría.
Esa es la respuesta, Don Pedro.
Lo siento.
Esperaba que aceptase para acabar con la fricción.
Si cambian de idea antes de la entrega...
- No. - Hasta luego.
Adiós.
- Sabía que Enrique quería echarnos. - Todos lo sabíamos.
Al menos ahora nos ofrece dinero.
¿Qué se supone que debía hacer viéndote en los brazos de otro?
Si estuviese interesada en otro, no iría con él al centro de la plaza
donde todos pudiesen vernos.
- Pero os vieron. - Vieron lo poco que confías en mí.
Una pelea callejera,
¡sólo porque el americano me acompañó a caballo!
Es porque... porque te amo tanto,
y no soporto la idea de...
Sarita...
perdóname.
Un hombre enamorado no sabe lo que hace.
No tienes razón para dudar de mí o sentirte celoso.
Ya sabes que no hay nadie más.
Por eso me caso contigo.
Pero vi cómo te miraba ese americano.
Enrique, olvídalo, por favor.
No le hace daño a nadie.
Y a mí me gustaría que fueseis amigos.
Enrique.
No quiero que nuestro matrimonio empiece con desconfianza.
Quiero que seamos felices.
Eso es lo que yo quiero.
Créeme.
- ¿Quién vive en esa casa? - Nadie, está abandonada..
El propietario desapareció cuando el pantano empezó a secarse.
- ¿Desapareció? - Sí, bueno...
Los supersticiosos cuentan que la montaña se lo tragó.
- ¿Te lo crees? - ¿Yo? No, señor.
Yo creo que se ahogó en el pantano.
- Sí, está abandonada. - Por aquí, señor.
- Cuida los caballos, Panchito. - Sí, papá.
Mejor hubiese dejado un letrero: "Enrique Ríos lo mató".
Sí.
Puede que hayan escondido el ganado en la montaña.
El pantano está lleno de arenas movedizas. Nadie puede cruzarlo.
Debe haber un paso, y yo lo encontraré.
Alto, Pancho.
Ya andamos escasos de personal.
- Pero, señor... - No, punto y final.
Vendremos con hombres armados, aunque debamos pagarles el doble.
¿Con qué?
Con un préstamo del banco.
Eso podría ser.
¡Eh, Pancho! ¿qué estás haciendo?
Sólo miro, señor.
Vámonos.
- Buenos días. - Hola.
Adiós, Pepe.
- Parece que tengamos la peste. - Sí.
- Debe saludarnos a nosotros. - Sí.
- Buenos días. - Buenos días, Sarita.
¿No me reconoció?
Pensé que preferiría que no la reconociera.
La última vez que nos vieron juntos hubo algún problemilla.
Lo siento. Hablé con Enrique,
- y no habrá más malentendidos. - Me parece bien.
Quiero que seamos amigos.
Pedro.
Adiós.
Adiós, señorita.
No me gusta cómo la mira el americano.
Te lo estás imaginando. No debes preocuparte.
Yo no me preocupo. Pronto se irá.
¡Jorge, Carlos!
¿Sí, señor?
- Buenos días. - Hola.
Esta es la lista de lo que necesitamos.
- Tendrán que pagar al contado. - ¿Qué?
- Eso sólo se nos aplica a nosotros. - Lo siento, señor.
Bien, pues pagaremos al contado.
Es todo lo que tenemos. ¡Lo necesitamos!
Compra lo necesario. Te veré luego en el banco.
Me da igual cómo, pero hacedlo.
Sí, señor.
- Imposible, Sr. Ryan. - ¿Por qué?
Serán dos semanas. En cuanto entreguemos le pagamos.
Señor, las condiciones cambian.
Debo responder ante los accionistas, los grandes inversores,
ellos son los que deciden las condiciones del banco.
Si dependiese de mí...
Había infravalorado la influencia de Enrique Ríos en este pueblo.
Se ha creado enemigos.
- Lo siento, estoy maniatado. - ¡Vale, vale! Lo entiendo.
Pase, Sr. Hernández.
- ¿Hubo suerte? - No.
Al menos no nos moriremos de hambre.
Y he reclutado a dos hombres.
Están dispuestos a cobrar después de la entrega.
Bien, vamos.
No lo olvidéis. No dejéis que las reses se acerquen al pantano.
- Sí, señor. - De acuerdo.
- Pobrecillo. - Tan mal no le va.
Perdió a su madre pero encontró un padre amoroso.
Y una enfermera. Toma, trae más jarabe.
Sí, papito.
¿Qué me das?
¡Eh, vuelve!
Jimmy, debo verlo enseguida.
Le espero en el cementerio. Sarita.
Felipe, me voy un momento.
Vale.
Ven, Panchito.
- ¿Ves esa sombra? - Sí, papá.
Escucha. Si no he vuelto cuando esa sombra
llegue a esta piedra,
vuelve al rancho y dile al Sr. Jimmy que me he ido.
Sí, papá.
Bien, espérame aquí.
¡La montaña te tragará!
- No debes creer esas mentiras. - No vayas, papá, por favor.
- ¿Quieres al Sr. Jimmy? - Sí.
- Entonces debemos ayudarle. - Vale.
Recuerda. Si no he vuelto cuando la sombra toque la piedra...
Ya sé, debo ir a avisar al Sr. Jimmy.
Muy bien.
¡Papá!
Jimmy.
- Sarita. - ¡Jimmy!
Ha venido. Recibió mi mensaje.
Sí, pero no estaba seguro de que viniera de Ud.
¿Por qué?
Pensé que tal vez alguien me había reservado un agujero
y quería ahorrarse el trabajo de llevarme allí.
No diga eso.
Una cita en un cementerio le da a uno que pensar.
Sí.
Jimmy.
¿Sí?
Discúlpeme.
Era el único lugar donde pensé que no nos verían.
Siéntese, por favor.
¿Aquí?
No pasa nada, es de mi tía María.
- ¿No le importará? - No, me quería mucho.
Si a ella le da igual, a mí también.
Tenía que verle, tenía que hablarle.
Pero primero contésteme una pregunta.
Lo que quiera.
Le hicieron una buena oferta por su rancho, ¿por qué no aceptó?
- La han enviado... - No, claro que no.
- ¿Entonces? - Es que...
Hay muchos otros ranchos.
Podría encontrar otro mejor.
¿También quiere deshacerse de mí?
¡No!
Eso no es verdad.
Pero ha tenido tantos problemas.
Sarita, yo no huyo de los problemas.
Lo sé. Lo sé, Jimmy.
Sé cuánto significa para Ud. su dignidad.
Y también sé que no es un cobarde.
Sólo hay una forma de que esto acabe.
Mañana me caso.
No quiero ser viuda, ni la esposa de un asesino.
No se quede, Jimmy.
Por favor.
Jimmy, se hace tarde y los Panchos aún no han vuelto.
¿Me oyes?
- ¿Qué? - ¿Te pasa algo?
- Me voy. - ¿Qué?
En cuanto hayamos entregado el ganado, me iré hacia el Norte.
Nos repartimos los beneficios y el rancho es tuyo.
- ¡No, Jimmy! - Sí.
- Pero el rancho es de los dos. - Lo sé, créeme...
pero las cosas han cambiado.
No será por esa chica, ¿no?
En cuanto me vaya, Enrique Ríos dejará de dar la tabarra.
Tú podrás llevar el rancho sin problemas.
Ya veo.
- ¿Volverás para el entierro? - ¿Para qué?
En cuanto te vayas, Enrique Ríos se las verá con mi pistola.
- Un momento... - ¡Sr. Jimmy!
¡Sr. Felipe!
Mi papá no regresó de la ciénaga.
Ese loco de Pancho ha vuelto al pantano. Ve a buscar tu caballo.
¡Mira!
- Es de Pancho. - Sí.
- ¡Pancho! - ¡Pancho!
Ha estado fuera todo el día. Debió perderlo hace horas.
- Sí. - En 20 minutos oscurecerá.
No se verá nada. Hay arenas movedizas por todas partes.
Si cayó en arenas movedizas no lo encontraremos.
Si estuviese vivo ya nos habría contestado.
¡Pancho!
Será mejor que Panchito no vea el sombrero.
Pobre chiquillo.
¿Y mi papá?
¿Dónde está mi papá?
¿Dónde está?
No lo encontramos. No va a volver.
- ¡Felipe! - Hasta que encuentre el ganado.
- ¿Sí? - Quiero ir con él.
No, quiere que vuelvas con nosotros.
Ven.
- ¡No, yo voy con mi papá! - ¡Panchito!
¡Por favor, déjenme ir!
¡Quiero ir con mi papá! ¡Déjenme ir!
¡Quiero a mi papá! ¡Déjenme ir!
Panchito, ¿dónde vas?
A buscar a mi papá.
Devuelve el caballo y vete a la cama.
Sí, señor.
¿Qué te dije? Es tan tozudo como su padre.
Sí.
Cuando me vaya mañana, lo dejaré en casa de Don Pedro.
Si se queda aquí, volverá al pantano.
Vale.
Daos prisa.
María, dame algunas tortillas.
Panchito.
Come algo, Panchito. Mira lo que te preparé.
No, gracias.
Quiero a mi papá.
- Y no había rastro. - Sólo su sombrero.
- Pobre Pancho. - El niño no lo entiende.
Está obsesionado con ir a buscar a su padre.
- Tendrán que vigilarlo. - No se preocupe.
- Panchito estará bien cuidado. - Gracias.
¿Se marcha hoy?
En cuanto hayamos subido al ganado al tren.
Pero no olvide su promesa: después, nadie molestará a Felipe.
No le molestarán, le doy mi palabra.
Entonces, me despido.
Su partida nos entristece, pero hace bien.
Puede decirle a Enrique que ya se ha librado del moscón.
De acuerdo.
Ha llegado el momento de despedirnos.
¿Ya no somos amigos?
¿Por qué no?
Es malo.
No me deja ir con mi papá.
¡Oh, Panchito!
No me digas eso con lo bien que lo hemos pasado.
Suélteme.
¡Panchito!
Panchito...
Jimmy.
Es cierto que se va.
Sí, me despedía de Panchito.
Y no de mí...
Pensé que era eso lo que quería.
Sí.
- ¿No volveré a verle? - No, Sarita.
Si volviese a verla, no la dejaría marchar.
Adiós, señorita.
Don Enrique, pensé que estaría en la iglesia.
Aún faltan dos horas para la boda.
El ganado está listo. ¿Qué hacemos ahora?
Espera a que Jorge y Carlos lo lleven a la estación.
Tienen orden de disparar. Así provocarán una estampida.
- ¿Una estampida? - Sí.
Pero eso es muy peligroso, señor.
Estarán a más de una milla de aquí. El ganado subirá por las colinas.
Pero Don Pedro dijo que el americano se marcha.
Se vaya o no, ese envío debía ser mío.
- ¿Todo en orden? - Sí.
Voy al rancho a recoger mis cosas.
¿No piensas cambiar de idea?
No, me iré en el mismo tren que el ganado. Hasta luego.
- Enseguida vuelvo. - Sí, señor.
¿Por qué no empezamos la estampida ahora?
Don Enrique dijo que lo hiciéramos de camino a la estación.
Mira. Para calmarnos.
Discúlpenme. Voy a ver si mi hija está lista.
- ¿Aún no estás vestida? - Tenemos tiempo, señor.
Tienes las manos heladas.
- ¿Te encuentras bien? - Sí, estoy bien.
- ¿Eres feliz? - Sí, papá.
- Margarita, mi sombrero. - Sí, señor.
Debo encontrarme con Enrique. Volveré pronto.
- Di a mis invitados que ahora vuelvo. - Sí, señor.
Panchito, ¿adónde vas con ese caballo?
A buscar a mi papá.
¡Eres un tozudo! No verás a tú papá, porque...
Alguien tendrá que decírtelo,
así que te lo diré yo. Tu padre se ahogó en el pantano.
¡No, no es verdad!
¡Mi papá no está muerto! Simplemente no lo encontraron.
Te estoy diciendo la verdad.
- Vuelve. - No, ¡debo encontrarlo!
Panchito, ¡vuelve!
¡Panchito!
¡Panchito!
¡Panchito, vuelve!
¡Panchito!
¡Panchito! ¡Panchito!
Señorita, Panchito se ha...
Su vestido de novia...
¿No va a ponérselo?
Jimmy tendrá que decidirlo.
¿Qué decías de Panchito?
Ha ido al pantano a buscar a su padre. No pude detenerle.
¡Alguien debe hacerlo! Que Juan ensille mi caballo.
Sí, señorita.
Mira, me va a salir.
¡No vaya, señorita! ¡No vaya!
¡Una estampida!
Tenemos que controlarla. ¡Vamos!
¡Idiotas! ¡Las han enviado hacia aquí!
¡Hay que alejarlas del pueblo!
¡Rápido o lo destrozarán! ¡Todos deben ayudar!
¡Vamos! ¡Todos!
¡De prisa! ¡Tú también!
¡Felipe, vamos!
- Sr. Jimmy... - Margarita, entra.
Debo encontrar a Don Pedro. Panchito se fue al pantano
y Sarita ha ido a buscarlo.
Se lo dije, señor. Las estampidas son muy peligrosas.
La del ganado del americano ha provocado al nuestro y ¡mire!
- ¡Idiota! - ¡Enrique! ¿Lo ordenaste tú?
- Sí. - ¡Me diste tu palabra!
¡Don Pedro!
Panchito se ha ido al pantano.
Sarita y el americano fueron tras él.
¿Sarita está con el americano?
Sí. Dijo que no se casará con Ud. Antes de hablar con el Sr. Jimmy.
¡Dame ese caballo!
Enrique, ¿qué vas a hacer?
¡Papá!
¡Papá!
¡Papá!
¡Papá!
¡Panchito!
Panchito, ¿dónde estás?
Panchito, ¿qué ha pasado?
¡Sarita, salid de ahí!
¡Sr. Jimmy!
¡Sarita!
¡No os mováis!
¡Si me sigue id hacia el barranco! ¡Mi caballo está allí!
Panchito, atrapemos ese caballo.
Sí, señorita.
¡Fuera de ahí!
¡Apártese!
¡Volved al pueblo!
¿Adónde vas?
¡Jimmy!
Agárrese de mi mano.
¡Vamos!
¡Por allí, seguidme!
¡Ayúdenme!
Deténmelo.
¡Hacia la colina!
¡Amigo!
- Las balas no lo matarán. Vuelve. - ¿Qué vas a hacer?
- ¡No! - ¡Jimmy!
- ¡Jimmy, no! - ¡No! ¡Cuidado!
¡Jimmy!
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