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No sé si estoy preparada.
No estáis sola. Dios os acompaña.
Acudid a Él en los momentos de duda.
Siempre estaréis bajo su mirada.
Hermana, ve tranquila.
Yo me encargaré de que siempre estéis protegida.
Emma, hija de Guifré, desde hoy, abadesa del Convento.
Estoy aquí para cumplir el deseo de mi padre
de repoblar estas tierras y extender la fe.
Y espero que entre todas lo podamos conseguir.
La esperábamos.
Abadesa.
Ay...
Qué joven...
Qué joven...
Sois muy joven.
Por lo que sé, desde niña habéis estado recluida
y al amparo del obispado.
Sí, ha sido así.
Entonces, no sabéis nada de la vida.
Y es bueno que así siga siendo.
La ignorancia ayuda a preservar la inocencia.
Y ella os mantendrá alejada del pecado.
¿Cuándo creéis que podré salir?
¿Para qué?
Era el deseo de mi padre que se repueblen estas tierras.
Sois la abadesa de este lugar.
Esa decisión es solo vuestra.
Cuando terminéis con los platos, podéis ayudar a Hipona.
-Tengo otras cosas que hacer hermana Águeda.
-Ya lo haréis cuando acabéis.
¿Sois la responsable de la cocina?
No, pero...
me gusta estar aquí.
Ya desde niña me gustaba.
Se está caliente y...
Y siempre hay algo que llevarse a la boca.
¿Por qué hay tan pocas hermanas comiendo en el refectorio?
Algunas tienen gustos especiales...
y prefieren comer en sus habitaciones.
¿Habéis salido alguna vez de la abadía?
Aquí se entra para no volver a salir.
Entonces no sabéis nada de la gente que se ve ahí fuera.
Parece gente necesitada.
Sí.
¿Querríais acompañarme?
Pensad si hay alguna otra hermana que pudiese venir con nosotras.
Ya voy.
-No creo que vaya a venir nadie más.
¡Capitán!
¡Capitán!
Disculpe.
Necesito que abráis las puertas.
No estamos autorizados.
Estoy aquí para ayudar a esas gentes.
Nuestra misión es protegerlas.
Estoy aquí para repoblar estas tierras
y cumplir la voluntad de mi padre. ¡Dejadnos salir, por favor!
Ay, qué breves son las buenas intenciones.
¿Qué esperabais encontrar tras esas puertas?
El destino que me encomendó mi padre.
Es en la abadía donde encontraréis la virtud.
Es fuera de ella donde están las tierras a repoblar.
Queréis hacer grandes cosas
y permitís que un miserable soldado os de órdenes ante todos.
¡Dejáis que se cuestione la autoridad
de vuestro linaje y de vuestro cargo!
Haréis bien en olvidar lo que hay fuera de estos muros.
Cuento con las hermanas en la fe para cumplir mi misión.
A ninguna de ellas las han traído aquí para repoblar nada.
Solo para que sus familias puedan seguir viviendo tranquilas
y con la fama asegurada.
No entiendo qué queréis decir.
La joven Hipólita,
la encerraron aquí para evitar inclinaciones inadecuadas.
La mansa Águeda, ningún hombre se fijó en ella,
y se le pasaron los años sin encontrar marido.
Valeria, por contrahecha.
La vieja Eufrasia,
enviudó y ningún hijo quiso cargar con ella.
Casi ninguna de nosotras está aquí por voluntad propia.
Cuanto más lejos del mundo, más cerca se está de Dios.
Ya...
Pensaba que Dios estaba en todas partes.
¿Se puede saber adónde vais?
¿Podéis decirme vuestro nombre, rango y de quién sois hijo?
Étienne es mi nombre.
-Pero le dicen "Mataperros".
-Tú calla, mala rata.
Soy capitán a las órdenes de vuestro hermano.
Pero antes he servido al rey de Francia, al conde de Tours
y algún otro señor de importancia.
Soy hijo de Pierre, campesino sin tierra, vecino de Toulouse.
La última vez que le vi
era el porquero de un señor muy principal.
¿Y... vos sabéis quién soy yo?
Entonces,
¿cómo se atreve un soldado de fortuna,
hijo de un campesino sin tierras, dictar órdenes
a la abadesa de San Juan e hija del conde Guifré?
Abrid las puertas.
Venga, vamos.
¡Ahí no encontrarán nada bueno!
¡Solo hay maldad!
Hemos venido a socorrerles.
¿Nos traen comida?
Traemos la Palabra de Dios.
No, no.
- No la toques. - ¿Qué quieren?
No, no queríamos asustarles.
¡Fuera de aquí!
- ¿Vienen a robarnos? - ¡Váyanse de aquí!
Lo sentimos.
-Aquí no hay nada. Perdonadnos.
- ¡Fuera de aquí, brujas! - ¡Brujas!
- ¡Venga, fuera de aquí! - ¡Brujas!
-¿Estáis bien? Sí.
¿Os encontráis bien? Estamos bien.
¿Algún dolor? No, estamos bien.
No ha pasado nada. ¿Seguro?
No ha pasado nada.
¿Cómo os llamáis?
Clara.
Aquí no podéis quedaros.
Deberíais volver con vuestra familia.
No tengo familia, señora.
-De algún sitio vendréis.
-Solía vivir en un valle en las montañas.
¿Sola?
Con mis padres y siete hermanos.
-¿Dónde están ahora?
-Están todos muertos, señora.
-¿Fueron los moros?
Se está haciendo de noche.
Dejadla dormir con las sirvientas.
Lavadla primero.
"Pater noster, qui es in caelis. Sanctificetur nomen tuum".
"Adveniat regnum tuum fiat voluntas tua".
"Pater noster, qui es in caelis. Sanctificetur nomen tuum".
"Adveniat regnum tuum fiat voluntas tua
sicut in caelo et in terra".
¡Ay! - Estate quieta.
Tranquila.
Debería haber ordenado que vaciaran ese bosque.
Así solo añadirás más desdichas a las que ya tienen esas gentes.
No les tengas compasión, ellos no la tuvieron contigo.
Abandona la idea de volver a salir, no siempre tendrás soldados cerca.
Me enseñaron a confiar en la providencia.
También a ser prudente.
No creo que vuestro lugar esté andando por los caminos.
Hermana, ¿no te resulta demasiado duro vivir tan apartada?
No te preocupes por mí,
pronto habrá más vida en estas tierras.
Entonces, el obispo dice que me prestaréis vuestra ayuda.
Así es.
Mi hermano dice que debo abandonar la idea de ayudar a esas gentes
o contar con ellas para repoblar las tierras.
Dice que son peligrosas y salvajes.
¿Qué pensáis?
Sobre todo es gente hambrienta y desposeída,
que ha perdido la esperanza.
Pero son cristianos.
Alguno habrá, sí.
Pero la mayoría tiene apego a supersticiones paganas.
También hay entre ellos mahometanos,
que se fingen conversos.
Pero si están tan necesitados y abandonados,
¿no es una buena razón para acudir en su ayuda?
Cristo siempre estuvo al lado de los necesitados.
Entonces confío contar también con vuestra ayuda.
"Et dimitte nobis debita nostra
et nos inducas in tentationem; sed libera nos a malo".
Amén.
No temáis.
Solo soy una monja desvelada.
Muchas noches os oigo pasear y me pregunto qué os atormenta.
Mi salvación.
También la vuestra y la de las demás hermanas.
Tiene que ser una carga muy pesada.
Es la que he elegido.
No me miréis con hostilidad. Nunca os he deseado ningún mal.
Me habría gustado ser vuestra amiga.
Podríamos serlo en la adoración de Cristo.
Entonces no me veis digna por mí sola.
Donde nunca os veo es en los rezos.
Y a nadie perjudico.
Condenáis vuestra alma en la casa de Dios, Eloísa.
Guardaros de juzgar mi alma
y preocuparos de la vuestra.
Que de la mía ya me ocupo yo.
¿Qué hacéis? ¡Entrad dentro o enfermaréis!
¿No me oís?
¿Qué hacíais en la nieve?
¿Queréis coger unas fiebres?
Solo interpelaba a Dios por su silencio.
Me alegra que ya no penséis en salir de la abadía.
Solo pienso en la forma de hacerlo
y es lo que espero que Dios me diga.
-A lo mejor, si alguien les diese un plato que comer,
se acordarían de Dios para darle gracias.
-Nadie te ha preguntado.
¡Pesa mucho!
-¿Me puedes venir a ayudar?
-Aquí es más fácil.
Aquí quita también.
¿Vos qué opináis?
Me sorprende.
¿El qué?
Ver a monjas usando azadas.
¿Y lo censuráis?
Están plantando las semillas.
Para conocer sus frutos habrá que esperar a que maduren.
Me esforzaré para que el obispado os apoye con recursos.
Espero que cuando regreséis el próximo año,
todo este esfuerzo haya tomado sentido.
-Esto es piedra, ¿no?
¿De dónde los habéis sacado?
-Me los han regalado.
- ¿Quién? - La hermana Eloísa.
-Son muy bonitos.
Pronto celebraremos la llegada del nuevo año
y podéis ponéroslos.
¡Vamos, María!!
¡Venga, va! - ¡Media vuelta!
Vámonos.
¿Habéis visto a Clara?
Vámonos. ¿Habéis visto a Clara?
Perfecto. - Sí, ¿verdad?
-Sí, yo creo que con esto habrá.
Venga.
Daos prisa.
Hermanos, demos gracias al Señor.
Es todo lo que necesita una familia para tener sustento.
Si continúan las lluvias, las tierras estarán blandas
y podremos labrar un buen trozo.
Gracias, Señora.
Nos ha salvado a mí y a mi familia del hambre y de la muerte.
Los plazos se cumplen y las tierras se repueblan.
Sí.
Pero apenas quedan recursos para un par de familias más.
¿Os apetece más vino? Sí, por favor.
Si ya os habéis cansado de la sopa de coles,
podéis compartir mesa con nosotras.
Pasad.
Hay libros.
¿Os gusta Horacio?
Hay libros de plantas.
¿La música?
Aquí está toda mi alma.
Podéis volver cuando queráis.
Todos estamos preocupados por las prisas
con que se nos ha hecho venir desde tan lejos.
No tenéis motivos, vuestras hijas están bien.
La razón de la urgencia
es porque se acerca lo más duro del invierno,
y nos estamos quedando sin provisiones
para poder seguir dando la comida
que muchas familias sin fortuna reciben durante el día.
Y había pensado que, para resolver esas necesidades,
a partir de este momento,
las ayudas que enviáis periódicamente a vuestras hijas,
vayan directamente a la abadía.
Y será esta quien las redistribuya
atendiendo a las necesidades de cada cual
y según se crea conveniente.
Aquí lo encontrarán todo anotado.
Necesitamos telas para confeccionar ropa,
herramientas y semillas para cultivar la tierra.
Y también algunas armas para que, si conviene,
los campesinos puedan defenderse de posibles ataques sarracenos.
Querida abadesa,
creo que hablo en nombre de todos al decir
que temo que no sea posible cumplir vuestros deseos.
Como mucho, podemos valorar
el hacer algún donativo extraordinario
para que vuestros protegidos sobrevivan al invierno.
Pero nuestras hijas están aquí para servir a Dios,
y nosotros ya costeamos sus gastos.
Creo que eso sería suficiente.
Todos sabemos por qué están aquí vuestras hijas.
La abadía es un lugar discreto y alejado
que las ha reconciliado con Dios...
y con la sociedad.
A ellas, pero sobre todo a sus familias.
Tal vez sea así.
Pero eso no alterará nuestra decisión.
Si no es para remediar el hambre,
al menos hacedlo para salvar a vuestras hijas.
¿De qué tenemos que salvarlas?
Del pecado.
El voto de pobreza volverá a acercarlas a Dios.
Sé que muchas llegaron aquí para redimir algún pecado,
y me apena confesar... que han reincidido en ellos.
Buena parte de la culpa está en esa vida consentida
que vuestro dinero les permite.
La salvación de sus almas
es más un asunto vuestro que nuestro.
Mi propuesta buscaba el bien de todos.
Solo eso.
Siento haberles hecho hacer un camino tan largo
para tan poca cosa.
De verdad lo siento, me doy cuenta de mi equivocación.
El viaje ha sido muy largo
y no quiero que lo deis por perdido.
Esperad.
¡Esperad!
Aviso a vuestras hijas
para que os acompañen en el regreso.
En esta abadía ya no tienen cabida.
Ahora irán a buscarlas, no tardarán demasiado.
Solo os pido un poco de paciencia.
Podemos seguir hablando.
¿Qué pone?
También necesitaremos una vaca.
¿Cómo está Eloísa?
Vuestra hija está bien.
¿Queréis verla?
Me gustaría,
pero no creo que nos convenga ninguno de los dos.
¿Y cuándo empezarían esas normas?
De forma inmediata.
Admiro mucho lo que estáis haciendo por esas gentes
y soy la primera en sorprenderme por lo que estáis consiguiendo.
Pero es vuestra lucha.
Y no todas estamos dispuestas a seguir vuestro camino.
No es mi lucha.
Y solo hay un camino, el de la obediencia.
Hermana, siempre nos hemos respetado hasta hoy,
y así debe seguir siendo.
No entiendo por qué queréis sacrificar nuestra libertad
y por qué razón queréis imponer vuestra forma de servir a Dios.
Porque en esta abadía se ha olvidado a Dios.
Más bien ha sido Él quien se ha olvidado de nosotras,
dejándonos aquí.
Estáis en su casa y, a partir de ahora.
Tendréis que seguir sus mandamientos.
¿Quiénes os creéis que sois?
Sin el dinero de mi padre,
el vuestro jamás habría podido ejecutar sus guerras.
No pienso seguiros en vuestra locura,
ni cambiar esta vida que no he elegido.
Estáis en una abadía y no en una prisión.
Podéis marchar si lo deseáis.
¿Volvéis a marchar?
Sí.
Serán unos días, los que tarde en fijar en mapas
los nuevos asentamientos y caminos.
Leedme lo que estabais leyendo.
A mí solo me enseñaron a escribir mi nombre.
"Y vio Dios que la luz era buena".
"Y apartó Dios a la luz de las tinieblas".
Más bien parece cosa del diablo
que exista tanta vida en unas cuantas letras.
No os quito más tiempo.
Os espera un viaje muy largo.
Es el primer hombre que pasea por aquí
desde que entré en la abadía.
Al principio apenas se le veía, pero ahora,
casi nunca sale.
-Parece que la abadesa tiene otras prioridades,
además del huerto y los necesitados.
-Ay, sí...
Ese pan no está hecho para la boca de la abadesa.
La abadesa es más cosa que persona.
A esa la pinchan y no sangra.
Perdón. No pasa nada.
¿Sí?
¿Cómo ha ido?
Todo marcha bien.
Se han recogido las primeras cosechas
y la gente se muestra agradecida.
Ahora hay que levantar planos,
señalar los caminos, los emplazamientos,
hacer un registro de todo lo pactado.
Eso os llevará mucho tiempo. La verdad es que sí.
Pero por suerte, alguien se ha ofrecido a ayudarme.
Parece una persona instruida y muy dispuesta para el trabajo.
Dice escribir con buena la letra
y conoce las reglas básicas de la aritmética.
Qué bien.
Qué buena noticia. Sí.
Espero conocer pronto a esa persona.
Ya la conocéis. Es una de las monjas del convento.
Es la hermana Eloísa.
Se os ve muy complacido con esa ayuda.
Así es.
Resulta muy difícil encontrar a una mujer
con esos conocimientos e inteligencia.
La mayoría de las monjas no han pasado de leer el misal.
Como yo.
No he querido decir eso.
Sentaos, hay mucho que hablar.
No sé si es así como lo queréis.
Además de rápido, escribís con buena letra.
Mi padre quería que aprendiese, como mis hermanos.
Era comerciante, y había que llevar las cuentas.
También me llevaba a veces en sus viajes,
cuando solo era una niña.
Una vez fuimos a Barbastro, tierra de moros.
Una ciudad como no la hay por aquí.
Los mahometanos son infieles.
Pero más cultos y refinados.
Seguro que vos también habéis viajado.
¿Qué hace que penséis eso?
No sois como los demás.
Sabéis ver más allá.
Estuve dos años en Roma, y dos más en Toulouse.
También hay artesanos trabajando en varios sitios de la abadía.
No hay duda de que habéis conseguido muchas cosas.
Nada es imposible con la ayuda de Dios.
Todo sucede según su voluntad.
¿Y cómo está mi hermano? Hace mucho que no me visita.
Anda ocupado defendiendo la frontera.
Son frecuentes las incursiones moras.
También le inquieta todo lo que se murmura de vuestra obra.
¿Qué queréis decir?
No todos entienden tanta actividad en un convento de monjas.
Yo...
solo he cumplido mi promesa y nunca se ha abandonado la virtud.
Así parece.
Vuestra fortaleza es... meritoria.
Espero que también estéis teniendo la salvación de vuestra alma.
Tengo que decir que a veces...
soy débil.
Necesito confesión.
A veces siento en mi interior...
como un azogue.
Y no puedo evitar que algunos pensamientos me importunen.
¿Qué clase de pensamientos?
Huyo de ellos antes de que tomen forma, pero no...
No pueden ser buenos.
¿Sabéis qué los provoca?
Es como si mi cuerpo...
reclamase unas necesidades que desconozco.
Y también se une la soledad, yo no puedo compartir con nadie...
mis dudas ni mis miedos, y estos me acosan.
Si Jesús sufrió tentaciones, ¿cómo no vais a sufrirlas vos?
Compartir con Cristo el sufrimiento.
Me acercó a Él mediante el dolor que me infrinjo.
Solo eso me alivia.
Podéis pasarme más. Ya he terminado.
Esas eran las últimas.
¿Mañana partís?
Extrañaré estos días en que me ayuda era útil.
¿Puedo ayudaros en algo más?
No, ya me habéis ayudado mucho.
Estos números solo yo los entiendo.
A vuestro lado, el tiempo se me ha hecho muy corto.
Me habéis hecho volver a mi juventud
y a todo lo que he ido dejando atrás.
La abadesa no se merece que consumáis vuestros años
encerrado en esta instancia.
No lo hago por la abadesa.
O no sólo por ella.
Extender la fe por estas tierras es misión de todos.
Entiendo que lo sea para ella,
que es una mujer apagada y sin vida.
Pero nosotros hemos viajado, leído...
Conocemos el mundo y sus frutos.
Y no hay nada malo en consumirlos con medida.
Nos ayudan a endulzar la vida.
No...
No os entiendo.
Todavía me queda mucho por hacer.
Mirad,
yo también estoy temblando.
A los dos nos consume la misma fiebre.
Y está claro que necesitamos del mismo remedio.
Yo solo busco la gracia de Dios.
No es de Dios de quien esperáis la gracia.
Pero esperaréis en vano.
Nunca conseguiréis a la abadesa.
Son aguas muertas.
¡Dejen mis cosas!
¿Por qué?
¡Basta!
¡Dejen mis cosas!
¡No, eso no!
¡No podéis entrar aquí! ¡Basta!
Tenéis que tener mucho cuidado con los hombres.
Son sucios por naturaleza.
-No lo creo.
Al menos no recuerdo así a mi padre o a mis hermanos.
-Todavía soy muy joven e inocente.
Pero ya descubriréis más adelante
que los hombres solo tienen una cosa en la cabeza.
-Si de lo que me estáis hablando es de la fornicación,
por lo que sé, tampoco disgusta a las mujeres.
-Pero es pecado.
-Lo será para las monjas.
Pero si fuese pecado, Dios no habría dispuesto
que fuese necesaria para engendrar hijos.
Y yo quiero tener muchos hijos.
-Tomad.
Podéis quedárosla.
Para nada me sirve en el convento.
-Pues no sé de qué va a servirme a mí.
-Es un presente...
por el nuevo año.
-Gracias.
Su hermano está llegando.
Los asaltos han sido continuos en los últimos tiempos.
Hay que frenarlos antes de que vayan a más.
Reforzaré la protección de la Abadía.
Como creas.
Tendrás que abandonar la idea de la repoblación.
Todavía queda mucho por hacer.
Es peligroso.
Siempre lo ha sido.
Además, la gente ve como impropia la actividad del monasterio.
¿Qué quieres decir?
Eres mi hermana e intento protegerte.
Tienes que volver al recogimiento que se espera en unas religiosas.
No lo entiendo.
Algunos nobles protestan
por lo que tienen que dar a la Iglesia.
No tienes autoridad para poner impuestos.
No lo son.
Son las dotes de sus hijas.
La gente murmura.
Nunca se ha visto a las monjas mezclándose con la gente
como si estuvieran en un mercado.
Yo tampoco lo apruebo.
El Rey y el Papa están informados, y cuento con su aprobación.
No sabía que tenías esas amistades.
A ellos me encomendó nuestro padre y sólo me debo a su obediencia.
¿También eso lo hago mal?
Será mejor que siga mi camino esta misma noche.
Hay que defender la frontera.
No creo que sea tarea de mujeres ir andando por los caminos.
Quien se expone al peligro acaba cayendo en él.
Tened buen viaje, hermano.
Rezaremos para que tengáis éxito en vuestros propósitos.
¡No!
¡Dios!
¿Por qué?
Ved en que acabó todo.
Todos muertos por los sarracenos.
Haré por vos todo lo que esté en mi mano.
Acabe con los moriscos, ellos son los culpables.
No hace falta ir muy lejos para encontrarlos,
están entre nosotros.
Se dicen llamar conversos, pero siguen siendo infieles.
No se puede condenar a alguien por algo que no ha hecho.
Todos somos iguales ante los ojos de Dios.
Los rezos solos no bastan.
¡Los rezos solos no bastan!
¡Los rezos solos no bastan!
Hay que expulsar a los moriscos hasta que cesen los ataques.
Hay que juzgar a las personas según sus actos.
Son estos los que les convierten en buenos o malos cristianos.
Sabed que vuestra postura
está siendo tomada por debilidad por parte del pueblo,
y ya son muchos los que cuestionan vuestra autoridad.
No se sienten seguros dirigidos por una mujer,
porque va contra la ley de Dios y contra la de los hombres.
Reclaman la fuerza y la violencia que siempre han conocido.
También se dice que han pedido ayuda a vuestro hermano.
Estamos en manos de Dios.
Son sus soldados los que están poniendo la paz de la frontera.
No vuestros rezos.
Vámonos.
Vamos.
¡También van cristianos en la cadena!
¿Dónde está la justicia?
Siento no haber podido consultaros
antes de venir a poner paz en estos territorios.
No entiendo tanta brutalidad.
No he sido yo quien ha traído la violencia.
Más bien la he apagado.
Cuando llegué, muchos moriscos ya habían muerto
porque la gente se estaba tomando la justicia por su mano.
Algo que siempre ocurre cuando nadie impone su autoridad.
Solo he mandado ahorcar a unos cuantos,
moriscos, pero también cristianos.
¿Eran culpables?
Es un escarmiento.
El aviso que necesitaban les hace estar más tranquilos.
Ahora que parece haber vuelto el orden,
te pido que vuestros soldados salgan de estas tierras.
Así será.
Antes haré una leva entre los hombres sanos
para incluirlos en mi ejército. ¡No!
Soy la abadesa y no os lo autorizo.
Sin esos hombres no se podrá repoblar nada.
Dadles armas,
y nadie mejor que ellos luchará por sus tierras
y por la vida de sus familias.
Harías bien en volver a estar al servicio de Dios
y no al de los hombres.
Se os acusa de inmoralidad.
Las monjas se relacionan con demasiada familiaridad
con los campesinos.
Y de ti misma se dice que andas demasiado cerca
de un diácono que por aquí anda.
Podría tomar el convento con mis soldados.
Solo necesitan una orden.
No les será difícil, aquí sólo encontrar mujeres.
Esta es la casa de Dios.
Qué difícil es luchar contra un ejército
que no tiene soldados.
No nos abandone, señor conde.
¡Protéjanos!
¡Protéjanos!
Gracias, señor conde.
No le dejéis ir.
¿Quién nos defenderá si alguien decide atacarnos?
A él le respetan porque le temen.
Ante vos solo se inclinan tres o cuatro monjas seniles.
Solo sabéis hablar desde la maldad y el resentimiento.
Entiendo el rechazo de vuestra familia.
Yo no estoy aquí por mi maldad.
He sido rechazada por practicar el sentimiento más cantado
y alabado de todos los tiempos.
Y lo he vivido en toda su plenitud.
He sentido cómo la vida de otro ser
me inundaba con su energía, dejando dentro su semilla.
He sentido esa semilla crecer dentro de mi vientre
y el dolor de sacarla al mundo.
Y he oído el primer llanto desesperado de ese ser tan dulce.
Mi hijo reclamando a su madre.
Yo sí puedo considerarme una mujer.
En cambio, vos,
nunca os atrevéis a serlo.
¿Qué fue de la criatura?
No amé a la persona adecuada.
Y aquel inocente fue entregado a una familia de itinerantes
con una bolsa y algunas monedas.
Eso fue lo que hizo mi piadosa familia.
Y después me encerraron aquí, en esta abadía,
para no oír mis gritos y mis lamentos.
Cuando llegué, tendría la misma edad que vos al llegar.
La primera vez que la vi, tan perdida,
me pareció verme a mí misma.
Está claro que me equivoqué.
Os creéis fuerte,
y solo sois una mujer débil que se aferra a la sola idea.
Sabré endurecerme.
Id con cuidado,
o podréis terminar...
convirtiéndose en un lobo más, como vuestro hermano o mi padre.
Gracias, hermanas.
-Aún quedan cristianos para comer.
-La comida es para quien la necesita.
-Hasta las monjas están de su parte.
-Nosotros también tenemos hambre.
-Pero no sois de aquí.
-La comida es para quien lo necesita.
-Nos roban nuestra comida.
-Nosotros no hemos matado a nadie.
-Marchad. Iros a vuestras tierras.
-Estas eran nuestras tierras.
Ya no queda más. - No queda más.
No queda más.
Todo esto pasará.
Ya volverá la calma.
- Nos tenemos que marchar. - ¿Donde?
-Al otro lado de la frontera, donde está nuestra gente.
-Siempre hemos vivido aquí.
Esta ya es nuestra gente.
Bienvenido, Eduard.
Hablaremos más tarde. En estos momentos estoy ocupado.
Es extraño ver al diácono tan lejos de los hábitos de mi hermana.
¿Os parece bien
el deterioro moral y social en que ha caído la abadía?
Donde antes había hambre y tierras abandonadas,
se están creando pueblos y fundando iglesias.
La abadesa es piadosa. Solo es ambición.
Busca la vanagloria que la ensalza en la santidad.
¿No es eso pecado de soberbia?
No la defendáis.
Vuestra autoridad ya no cuenta para las gentes.
Se habla más de Emma que de su obispo.
Habláis desde el resentimiento. ¿Qué os ha pasado?
Es vuestra hermana. Siempre habéis estado muy unidos.
Ahora se ha convertido en una amenaza.
No solo para mí, sino también para el obispado.
Además de anular vuestra autoridad,
está engrandeciendo sus tierras a costa de las nuestras.
¿No vamos a ponerle remedio?
Solo está cumpliendo lo que le encomendamos.
Tal vez nadie pensó que lo conseguiría,
pero lo ha conseguido.
¿Vamos a castigar su firmeza en servir a Dios?
Vamos a protegerla de sí misma.
Ha perdido el control de sus actos.
Hay intrigas en el convento, revueltas en sus tierras.
Cunden rumores sobre su fama.
Confiad en ella.
Démosle tiempo.
Vuestro silencio os hace cada vez más cómplices de lo que ocurre.
Decidid de qué lado estáis.
¿Qué queréis hacer exactamente?
Convertirla en lo que nunca debió dejar de ser.
Una monja que permanece en su abadía arrodillada ante Dios.
¿Que necesitáis de mí?
¿Era esto necesario?
Espero que solo sea pasajero.
Pero no temáis, que yo me haré cargo de todo.
Solo le dará la razón a los que nos acusan.
-Están muriendo muchos de los nuestros.
-¿Qué vamos a hacer aquí?
- ¿Estás seguro de que los has visto? - Silencio.
¡Por aquí!
Venga.
He tenido que intervenir
para que no volviese el caos y el pillaje a estas tierras.
Que a partir de ahora serán vuestras.
A eso se le llama "codicia".
Alguien tiene que proteger a esas gentes.
Solo me mueve la responsabilidad.
La envidia.
Yo he conseguido lo que todos decían que era imposible.
También a ti he querido protegerte.
Hermana,
ved en mí al hermano que sigo siendo.
Solo consigo ver vuestra falsedad.
Tengo algo que pedir.
¿Qué pensáis hacer con Clara,
la joven que ayudaba en las cocinas?
La llevaremos a la ciudad para que un tribunal la juzgue
junto a los demás moriscos.
Te pido que hasta el día de su partida esté aquí,
recluida en la abadía.
Hermanas, tenéis que estar tranquilas y agradecidas.
Estamos bajo la protección del conde.
Y a partir de ese momento, todo volverá a la normalidad,
y la vida en esta abadía recuperará la calma que nunca debió perder.
Si necesitáis algo, pedidlo.
Tenéis mi palabra de que todo volverá a ser como antes.
¿Qué favor os debe el conde?
Casi todas hemos llegado aquí como condenadas.
Todas éramos culpables de algo.
Y debíamos perder la esperanza de volver a salir de este lugar.
Pero ahora, los que nos habían condenado
estaban muy lejos de nosotras.
Y aquí, fuimos aprendiendo, poco a poco, que también hay vida.
Recuperamos la alegría, encontramos la amistad.
Y se volvían a oír risas por la noche.
¿Qué tiene que ver eso con la abadesa?
Ella ha traído aquí lo que todas pensábamos
que se había quedado fuera: la culpa.
Todo lo que no es oración es pecado.
Ya no hay risas,
y el silencio y la penitencia han ido invadiendo la abadía.
La abadesa ha vuelto a condenarnos.
-¿Y por eso habéis pedido al conde que tome la abadía?
Nada de eso hice.
Solo le escribí pidiéndole protección
en caso de un nuevo ataque
y la vuelta a la vida que siempre habíamos llevado.
Yo no quise que esto sucediera.
Y nunca olvidé que la abadesa también es una de nosotras.
Todo ha sucedido como os prometí.
Sin apenas incidentes, ni oposiciones.
Aún más fácil de lo que pensaba.
No os precipites.
Alguien ha informado al Rey y al Papa de vuestras acciones.
Y lo ha hecho de tal manera,
que han enviado a un emisario para dictaminar sobre lo sucedido.
Serán meros trámites que solo servirán para reforzarnos.
-Ni el Rey ni el Papa pueden comprometerse
con ninguna de las dos partes,
hasta escuchar las versiones contrapuestas
que les han ido llegando.
-Cuando todos hayan hablado
se determinará la culpabilidad o inocencia de la abadesa...
Y se actuará en consecuencia.
El desgobierno se ha extendido por el monacato
y los campesinos se han levantado en distintos lugares.
Las imprudencias cometidas
han dejado desprotegidas las tierras,
facilitando las invasiones sarracenas.
La misma abadía se ha convertido en refugio de infieles,
algo que se ha podido demostrar.
No es menos grave que las monjas se mezclen con la gente normal,
exponiéndose a...
A conductas inapropiadas.
Tengo que decir que mi propia hermana
provoca murmuraciones.
Estos son los motivos por los que intervenir
se convirtió en necesidad.
Desde el primer momento advertí a la abadesa
de lo inconveniente de sus ideas.
Advertencias que fui repitiendo a cada mal paso que se daba.
-¿Por qué cree que la abadesa no siguió vuestros consejos?
-La soberbia pasó por encima de la razón
e impuso sus desatinos.
-¿Y qué decían las hermanas de la abadía?
-La mayoría compartían mi opinión
y reclamaban la vida recogida de antaño.
Aquí tenéis una carta que me envió una de las hermanas.
Podéis leerla vos mismo.
Temía que el conde nos abandonase a nuestra suerte.
Por eso le escribí.
Le solicitáis que todo volviese a ser como antes.
Hecho a faltar el tiempo en el que en la abadía
vivíamos en el recogimiento de nuestras celdas.
También se dice que la abadía ha servido
de refugio a mahometanos.
Se recogió una chica hace tiempo.
Quizá alguna hermana sospechaba algo,
pero era muy útil en la cocina por sus conocimientos
en hierbas medicinales y los cultivos.
Gracias a ella se han salvado muchas vidas.
¿No es peligroso tener a un infiel en la abadía?
No es de extrañar que entre los artesanos
y los refugiados, haya algunos mahometanos.
También entre los soldados del conde hay mahometanos.
Algo que todos saben cierto,
porque la mayoría de sus tropas son soldados de fortuna.
El emisario cree que es el momento de escuchar a la abadesa.
¿Habéis oído lo que se ha dicho de vuestra persona?
¿Que tenéis que añadir?
Sé que he cometido errores,
pero no hay empeño que no contenga riesgos.
Los corrió mi padre y perdió la vida,
pero arrancó estas tierras a los sarracenos.
Su última voluntad fue que yo la repoblarse,
y es lo que he intentado.
Se habla de conductas inapropiadas en el convento.
El único pecado de esas acusaciones está en las lenguas
de los que levantan injurias.
¿Que más tenéis que decir?
Me han educado en la obediencia
y haré lo que el tribunal decida.
Solo temo al juicio de Dios.
El emisario dice que persisten las dudas.
Las acusaciones son graves, pero nadie aporta
razones contundentes para condenar a la abadesa.
Pide al obispo Gotmar que, como hombre santo que es,
dé su versión de lo sucedido.
Tal vez la culpa de estos males no sea solo vuestra.
Solo intentabais cumplir la voluntad de vuestro padre.
Pero no es labor de una mujer gobernar a los hombres.
Esta anomalía ha generado malestar y desconcierto en el pueblo.
La gente reclama la autoridad que siempre ha conocido,
y que es la única capaz de mantener el orden.
Algo que, sin duda, solo está en manos de vuestro hermano.
La abadesa puede estar equivocada,
pero no hay maldad en sus acciones.
Solo el candor de su inocencia de juventud.
Pido benevolencia a la hora de juzgar sus errores,
y solicito que se le permita mantenerse al frente del convento,
con la condición de no volver a salir nunca de él,
ni de ocuparse de asuntos que traspasen más allá de sus paredes.
Manteniéndose, a partir de ahora,
en un riguroso silencio.
El emisario necesitará algo de tiempo
para meditar una respuesta,
pero esta no tardará en llegar.
-Fuera hay un grupo de campesinos y artesanos,
y dicen que también quieren ser oídos.
Si se me permite, me encargo yo de acabar con la revuelta.
-¡No, no, no!
No hay nada mal en oírles.
Es su bien el que queremos promover.
¿Qué queréis?
-Señor, me llamo Demetrio,
y hablo en nombre de los campesinos y artesanos
que trabajan en las tierras de la abadía.
Me han dado la confianza,
porque soy el único que sé leer y escribir.
Pero solo soy un humilde pintor de imágenes.
Queremos que se nos escuche y tenga en cuenta.
Se acerca el invierno,
y si no regresa la abadesa, muchos morirán de hambre.
-Pero ¿no teméis que si regresa la abadesa
vuelvan los ataques sarracenos?
-Siempre los ha habido, y seguirá habiéndolos.
No creemos que ella sea la causa.
-Hay temor a los moriscos, y se dice que ella los protege.
-Mire, señor.
Los padres de mi madre lo eran,
y no por eso he sido peor persona.
-Entonces, ¿qué habéis venido a pedir?
-Que se restituya en su cargo a la abadesa,
y que salgan los soldados del conde de estas tierras,
por ser una carga difícil de soportar,
y nos hacen víctimas de sus abusos.
-Bien, podéis retiraros.
Tendremos en cuenta sus palabras.
-Gracias, señor.
"Tibi atiquid dicere"?
Declaramos la inocencia de la abadesa
y proclamamos un precepto de inmunidad sobre ella
y las monjas de la abadía,
quedando todas ellas bajo la protección
del Papa y del rey de los francos.
Daré órdenes a mis soldados para que se replieguen.
En unos días estaremos listos para partir.
En ese momento, pasaré a recoger a la infiel por el convento.
¿Cuándo podré salir de esta celda?
No está en mi mano liberaros.
Tendréis que partir con el conde.
Entonces, solo me queda el suplicio y la muerte.
Yo nada puedo hacer.
Solo podéis confiar en Cristo.
Dejarme escapar.
Volver con los míos.
Os prometo que me alejaré de la frontera.
Nadie volverá a saber nada de mí.
No está en mi mano ayudaros.
Mi deber es proteger a la comunidad.
No he vencido.
Solo soy una mujer...
sola y acechada, de la que todos esperan una debilidad
para poder señalarla.
Nada puedo hacer.
Tendréis que partir con el conde, Clara.
Os quería dar las gracias...
por haber sido mi principal apoyo y mi amigo.
La única persona que me ha entendido
cuando nadie creía en mis planes.
Nada me debéis.
Vuestra misión era también la mía.
En el juicio se han dicho muchas cosas.
Y siento que la maledicencia sigue en el aire.
Las calumnias no deben preocuparos.
Todos os hacen inocente.
¿Qué sentimientos tenéis hacia mí?
Solo sé que...
a vuestro lado, mi vida ha cobrado sentido.
Ya no quiero ir a Roma ni a ningún otro lugar.
Vivo vuestros sueños como si fuesen propios.
¿Me amáis?
No veo...
qué de malo puede haber en...
En amar a alguien...
de forma honesta.
No veo qué de malo puede haber en el amor.
Tengo que pediros que abandonéis la abadía.
Y que salgáis de estas tierras para no volver a pisarlas.
Haré que os escriban una carta de agradecimiento
que os ayudará a hacer carrera en el obispado,
incluso en la misma Roma.
No entiendo en qué os he faltado.
De mí nada debéis temer.
Siempre me mantendré a salvo de cualquier tentación impropia.
No temo a vuestros sentimientos.
Temo a los míos.
Soy débil.
Siempre estoy al borde del pecado. Los demonios me atormentan
y debo procurar por la salvación de mi alma.
-Yo no puedo comer esto.
-Le falta sal.
-Las verduras están crudas.
-Necesitamos a Clara en la cocina.
¿No vais a decir nada?
¿Os habéis quedado sorda?
¿Vais a dejar que se la lleven?
Clara está en manos de Dios.
Y vos os disponéis a ponerla en manos de sus verdugos.
No podéis permitirlo.
Es lo que están esperando, que incumpla la ley.
Entonces, volverán a tomar la abadía y se la llevarán.
De nada serviría.
No solo tenéis aguas muertas en vuestro interior.
Además, están podridas y apestan.
Estáis haciendo lo que vuestro hermano y el obispo
quiere que hagáis.
Sacrificáis al inocente para plegaros ante el fuerte.
¿Que sabéis vos?
Soy yo la que más sufro.
Pero solo puedo reclamar inmunidad sobre las monjas
y Clara no lo es.
Mis tropas ya están listas para partir.
Entregarme a la infiel.
Aquella que buscáis ya no existe.
A partir de este momento solo es la hermana Juana,
una monja más de la abadía.
Y como tal, tiene inmunidad ante los poderes terrenales.
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