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Gabriel: Les juro, por la memoria
de nuestro padre...
que Emilio Gallardo va a pagar lo que nos hizo
con mucho más que su vida.
Ofelia: Esta boda nadie la detiene.
♪ Nos quieren detener, ♪
El amor...
♪ nos quieren aplastar, ♪
...si llega, llegará después.
♪ por defender tu amor, ♪
- Si no quieres, no te cases, Camila.
♪ por decir la verdad. ♪
♪ Con nuestra propia ley, quitamos para dar ♪
♪ un poco de esperanza y, ante todo, dignidad. ♪
♪ Nadie nos detiene, somos libertad. ♪
♪ Ángeles Plateados, cazadores de la paz. ♪
♪ No queremos guerra, pero hay que luchar ♪
♪ contra la injusticia por amor a la verdad. ♪
-Mejor cúbrete.
- ¿Qué hace?
- Perdón, yo...
Yo desperté y... y no sé dónde estoy.
- Usted tranquilo, pela'o.
Usted tranquilo, váyase rezando una oración, porque, ¿sabe?
Nadie que haya visto a Los Plateados
puede seguir con vida.
Hasta aquí llegó, pela'o.
Vaya diciendo sus últimas oraciones.
- 'Pérate, Tomás. Déjalo que hable.
¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?
- Soy, soy Juan, Juan González.
- ¿Y eres de aquí?
- Gabriel, no podemos confiar en él.
¡Ya nos vio la cara!
- No soy de aquí.
Soy comerciante. Vengo seguido de negocios.
- Y trae un relojito bueno, de oro, se ve.
Seguramente es catrín este.
- Además, les recuerdo que este bato le salvó la vida
a nuestra hermana. - ¡No podemos confiar en él!
Cuando salga de aquí,
¡va a decirle a todos los hacendados
quiénes somos!
- Yo no le vo' a decir nada a nadie.
- ¡Cállate! - Tomás, ¡por favor!
¡Deja que Juan hable! - ¿Juan?
¿Ahora lo defiendes?
Gabriel, ¿vas a cumplir con tu deber
o, o qué? ¿Lo tengo que hacer yo?
- Ya, tranquilo, Tomás.
Tranquilo, ¡ándale!
Tomás: 'Ta bien.
- Yo me voy a hacer cargo de este bato.
[♪♪♪]
Luciana: Pero esto es el colmo.
¿Qué haces con una mon...?
Isabel Villegas. - Hola, Luciana.
- La, la hermana Isabel vino a traernos
un regalo de bodas a Camila y a mí.
Sí, ya veo. Bonito regalo.
¿Tú qué?
¿Te escapaste del convento
para venirte a besuquear con hombres casados?
- No. No, estoy muy avergonzada.
Por favor, no, no se lo digas a nadie.
Qué humillación.
- Le va a encantar la noticia a Camila.
- Ven acá, ven acá.
Ten mucho cuidado
con lo que vas a decir, Luciana.
Está de más recordarte
que no estás en posición de amenazarme.
Tu supervivencia y la de tu familia
todavía dependen de mí.
¿Está claro? ¿Ah?
¿Está claro?
- Sí, está claro.
¡Isabel!
- Luciana, te ruego que seas discreta.
- ¿Crees que debería de serlo?
- Mira, no sigas atormentándome.
Estoy destrozada. Estoy arrepentidísima.
- Pues, no te ves muy destrozada que digamos.
- Mira, no va a volver a pasar. Te lo juro por lo más sagrado.
Por favor, no lo comentes con tu hermana ni con nadie.
- No, no va a volver a pasar
y ¿sabes por qué?
Porque no te le vuelves a acercar a Emilio,
¿entendiste?
De lo contrario, me voy a ver obligada
a hablar con tu familia y con tu congregación.
- Lo que tú digas.
- Júramelo. - Te lo juro.
[♪♪♪]
- Kamal, nosotros escapamos una guerra.
Escogimos este país porque buscábamos
la paz para nuestros hijos.
No queríamos verlos como carne de cañón.
- Lo sé.
Mis hermanos murieron en esa guerra.
[Sollozo]
- No quiero ver a mi hijo con un arma.
No lo quiero ver luchando por algo que no le corresponde.
[Suspiro]
- Ay, no sabes qué bien trata Emilio a tu hermana Camila.
La trata con una dulzura, con una paciencia.
¿Verdad, Camila?
- ¿De veras, hermana?
¿Camila?
- ¿Mande?
- Camila, ¿dónde andas? Andrés te hizo una pregunta.
- Ay, perdón. Estaba pensando en...
Nada, tonterías.
- Ay, la verdad, Andrés, es que tu hermana
no ha sido la misma
después de esa experiencia tan espantosa.
Lo bueno es que Emilio está dispuesto a protegerla
hasta el final. ¿Verdad, mi amor?
- Sí. Andrés: Mira, mamá,
tú puedes tratar de convencerme
de que Emilio es una excelente persona,
por no decir el marido perfecto,
pero de lo que nadie me va a convencer
es que lo que hace Emilio no está fuera de la ley.
Hermanita, por favor,
quita esa cara de tristeza, ¿eh?
- Sí. - Te prometo que mis hombres
y yo vamos a hacer hasta lo imposible
por atrapar esos bandidos
y entregarlos a la justicia como se merecen.
Bueno, familia, como siempre,
ha sido el mejor de los placeres
estar con ustedes, pero el deber me llama.
- Permiso.
Andrés...
Oye, ¿no se ha sabido nada del joven Villegas?
Andrés: Mi gente y yo lo hemos buscado
por toda la comarca, pero nada.
Hasta luego.
- Sí.
- Qué encierro, hija.
[Suspiro]
Voy a abrir las cortinas.
- No, mamá, no lo hagas, por favor.
- Ángeles, por favor, por lo menos,
que entre un poco de luz, hija.
Ángeles: Yo no quiero ver la luz del día
si mi hermano no está conmigo.
- Ay, hija, lo que tú necesitas es comer,
respirar aire puro, despejarte.
Ay, amor, ya sé que la incertidumbre,
pues, nos tiene a todos muy mal,
pero, afortunadamente, la policía rural
se está encargando de buscar a Leonardo
y, y apresar a Los Plateados.
- Yo lo único que quiero
es poder abrazar de nuevo a mi hermano.
- Sí, hija, yo también.
- Es que tú no entiendes.
Yo necesito ver a mi hermano.
Sin él, yo me muero, mamá. - Hija, no, no digas eso.
Ay, Ángeles, yo no sé, pero tal vez tu abuela
tenga razón y, y, pues, que no es normal, hija,
que estés enferma de preocupación por tu hermano.
- ¿No te parece normal que esté angustiada por él?
No, yo sé que no es mi hermano carnal,
pero aquí parece que a nadie le importa tanto como a mí.
- Hija, no digas eso.
Trata de descansar, cariño, por favor.
¿Eh? Y aquí te dejo esto. Por favor, tómatelo.
[♪♪♪]
- Guarda esas cajas en la bodega, hijo.
Yasir: Sí, padre, yo me encargo.
- Yasir, Yasir, quiero hablar contigo un momento.
- Claro.
- Para no mortificar a tu madre,
no quiero que vuelvas a salir armado
a perseguir a Los Plateados, ¿eh?
Nos mataría que algo te pasara.
- Entonces, ¿no ayudo a don Emilio?
- Sí, pero no de esa manera.
Tú sabes que nuestra religión nos prohíbe tomar un arma.
Además, tu madre tiene razón.
Uno de esos Plateados le salvó la vida a ella y a tu hermana
y no podemos traicionar el auxilio de esa gente.
Es parte de nuestra cultura.
- Padre, escuche lo que está diciendo.
"Traicionar a Los Plateados".
¿Cómo es posible que cambie tanto de la noche a la mañana?
¿Qué...?
¿Qué hizo mi mamá para convencerlo?
- Ese no es asunto tuyo, hijo.
- No...
- Guarden las telas
y los quiero a los dos en la tienda.
Yasir: Sí, padre.
¿Por qué le dijiste eso a mi padre?
- Porque es cierto, Halim.
Una noche con mi mamá es capaz de convencerlo
de que los bueyes caminan pa'tras.
- No hables así de mi madre, Yasir.
- Relájate, hombre. A ver, respira.
Búscate una buena mexicana
que te quite todo el coraje que traes adentro.
[♪♪♪]
- ¡Oh!
- ¿Por qué nos detenemos?
Me vas a matar, ¿verdad?
Qué pena.
Siempre pensé que Los Plateados eran personas honorables,
pero ahora me doy cuenta de que son lo que toda la gente
cree que son:
unos asesinos desalmados que ni siquiera se atreven
a ver a sus víctimas a la cara.
Si me vas a matar, hazlo ya.
¡Hazlo de una vez!
- Los Plateados nunca hemos asesinado a nadie,
así que no pienso empezar con el hombre
que le salvó la vida a mi hermana.
Si vives o mueres, se lo dejo al destino.
O a la justicia divina, como más te guste.
[Relincho]
[♪♪♪]
- ¿Le gusta? mujer: Sí, 'ta muy bonita esta.
Muy bonita. - Y tengo mucha, ¿eh?
Se la puede llevar... - ¿Sí?
- ...a un precio barato... - Luego venimos.
- ...barato, señora, le conviene.
- Luego venimos, sí, luego venimos.
- ¿Cuántos metros de tela va a querer, amigo?
Si compra cinco, hago descuento.
¿Quiere cinco?
Si compra diez metros, uno es gratis.
¿Quiere diez metros?
Ande, amigo.
Es una oferta que no se va a volver a repetir.
¿Le gusta, caballero?
Excelente regalo para su esposa.
Me imagino que su esposa gusta de buenos presentes.
- ¿Y por qué está tan tapada tu hermana?
¿Qué? ¿Es muy fea?
Yamilé: ¡No! Ay. - ¡A mi hermana no la tocas!
- A mí no me tocas, turco cochino.
¡Lárgate, porque aquí nadie los quiere!
[Todos hablan]
- ¡Vete a la casa, Yamilé!
- Halim, ¿qué estás haciendo?
Halim, ¡no te pelees!
¡Alto! ¡Alto!
¡No, no se peleen!
Xóchitl: Niña Camila, ya no siga así.
Mejor lea una de estas novelitas
que le gustan.
¡No, no, no! No lea estas barbaridades.
¿No quiere salir a dar una vuelta?
- No. - Ándele, anímese.
Aunque sea, aquí, en los jardines de la hacienda.
- No, Xóchitl.
- Una vueltita en el caballo que el patrón le regaló.
Camila: No.
- ¿Qué le pasa?
- No sé qué va a pasar, Xóchitl.
Ya don Emilio mandó a la milicia
contra Los Plateados.
Por si fuera poco, también mi hermano
está dispuesto a detenerlos.
- Ojalá don Andrés los meta presos cuanto antes.
Camila: No.
No, no quiero.
Xóchitl: Niña Camila...
- Es que no dejo de pensar en él, Xóchitl.
No me lo puedo sacar de la cabeza.
- Tiene que hacerlo.
Camila: No.
Estoy enamorada.
Estoy locamente enamorada de Gabriel.
[♪♪♪]
- ¡No somos turcos, infelices!
¡Somos libaneses! - ¡Vete a la casa!
- ¿Estás bien? - Sí, mamá.
- Joven, ¿están bien? ¿No los golpearon mucho?
- No, señora, no mucho. Estoy bien.
- ¿Seguro? - Seguro, señora, gracias.
- ¡A la casa, esposa!
[♪♪♪]
¿Cómo se te ocurre dar semejante espectáculo
en la calle, Halim?
Y por esa gente.
- Atacaron al musulmán y a su hermana, padre.
A la mujer casi le quitan el velo.
Y de paso, a nosotros nos dijeron turcos cochinos.
- Me parece muy bien que la hayas defendido, hijo.
- Estoy hablando yo, Samia.
Si esa gente no es querida en San Diego,
no es nuestro problema.
- ¡Yo ayudé a esa gente
como habría ayudado a cualquiera!
- Ellos no son cualquiera,
son nuestros competidores, ¡nuestros enemigos!
¿Se te olvidan cómo nos trataron
los musulmanes en el Líbano?
"¡Cerdos!", nos decían.
- Estamos muy lejos del Líbano, Kamal.
- Papá, a lo mejor, mi hermano sintió pena por esa mujer.
- Se llama Yamilé.
- Hasta su nombre sabes. ¿No fui claro?
Dije que no tuvieran contacto con esa gente.
- Bueno, ¿ni siquiera podemos hablarles?
- ¡No me alces la voz! ¡Estás sordo!
- Halim, me extraña que no entiendas.
Los musulmanes son la competencia.
Kamal: No solo eso, hijo mío.
Los mexicanos van a empezar a rechazarnos
si ven que ayudamos a esa gente.
No quiero que vuelvan a tener contacto con ellos, ¿entendido?
Mírame a los ojos, Halim.
- Sí, padre.
- A trabajar. A trabajar, vamos.
[♪♪♪]
- Andrés.
Eh, vi que tus hombres están construyendo
una jaula o algo así, ¿en los establos?
- Sí, así es.
Bueno, es un sitio donde encerrar provisionalmente
a prisioneros, especialmente a Los Plateados,
cuando los atrapemos, claro está.
- Entonces, ¿te vas a quedar un buen tiempo por acá?
- Bueno, espero que no tanto.
Mis hombres y yo pensamos irnos en cuanto terminemos
la misión que es atrapar a esos cobardes
y encontrar a su sobrino también.
- ¿Al sobrino de Los Plateados?
- No, no.
- ¿No?
Claro, perdona.
Qué tonta. No puede ser. Al mío, Leonardo, se perdió.
Siéntate, por favor. - Gracias.
- Andrés, ¿te puedo pedir un favor?
- El que usted quiera, sor Isabel.
- Yo no te digo capitán.
Por favor, no me digas sor Isabel.
Nos conocemos desde hace mucho tiempo
como para andar con estas formalidades, ¿no?
¿Que no te acuerdas de mí
antes de que me fuera al convento?
- Sí. Claro, claro que me acuerdo de ti...
de, de ti. Sí.
Eras una muchacha muy traviesa.
Y, y muy bonita, sí. - Ah, ¿era? ¿Ya no?
- No, es que no sé si uno pueda hablarle así
a, a una esposa del Señor.
- El Señor tiene muchas esposas.
No nos anda cuidando a todas.
[Carraspeo]
- Andrés, te ofrezco 1,000 disculpas por el retraso.
- No, no. No, no hay por qué, Aurelio.
Estaba yo leyendo
unos informes de mis superiores,
mientras te, te esperaba.
- Eh, acabo de ver que tus hombres
ya se instalaron en la casa.
- Así es, sí. También vi a mi hermana Camila.
Está con, con Emilio, desolada desde que la raptaron
esos cobardes, por lo que le prometí
no ceder hasta capturarlos y entregarlos a la justicia.
- Andrés, andan haciendo falta más hombres como tú.
[Carraspeo]
Que Dios te bendiga.
Con permiso.
[Carraspeo] - ¿Y cómo te fue con Emilio?
¿Lograste convencerlo?
- Muchísimas gracias.
- Muchísimas gracias a ustedes, ¿eh?
Recuerden que los precios más baratos
están en La estrella de Oriente, ¿eh?
Mucho más barato que con esos musulmanes.
Cinco veces más barato. Además, tenemos crédito.
Déjeme obsequiarles un dulce. Halim, pásame los dulces.
Para agradecerles su compra, por favor.
- Sí, muchas gracias. - Gracias a ustedes.
¿Ah? Regresen pronto. clienta 1: Gracias.
- Hasta luego. - Hasta luego.
- Por favor. Dolores: Buenas.
Kamal: Buenas. - Buenas tardes.
- Buenas tardes.
- Aquí le traigo la falda que se le ensució
en casa de don Emilio.
- Muchas gracias.
- Ah, qué bueno que viene acompañada, doña Dolores.
Samia: Layla...
- ¿Pa' qué están los hijos si no es pa'compañarla a una?
Kamal: Claro. - Lo mismo digo yo.
Bien. ¿Y en qué le podemos servir?
- Traigo la lista de compra
pa' la semana de la hacienda y...
Y, sí, a mí me pone un carrete de hilo blanco,
pero eso me lo pone aparte porque...
Por favor. - Sí. ¿Cómo no? Claro que sí,
desde luego, ¿eh? Nos acaban de llegar
unas telas preciosas que la van a hacer lucir
como una reina, doña Dolores.
Más baratas que con ese musulmán,
el de la carreta. ¿Lo ha visto?
- Musu... ¿qué? - El musulmán.
- No, no, no he visto a nadie.
- Se fueron, después del problema.
Kamal: Ah. - Me gustaría llevarle
esta al patrón, mamita.
Yo lo pago con los pesos que tengo ahorrados en la casa.
- Bueno. También me llevo esto.
Kamal: Con mucho gusto.
- Aquí está.
- Gracias.
- ¿Algo más para la niña?
- ¿Cómo dijo?
¿Que no está viendo que es niño?
[♪♪♪]
- Perdón.
Perdónela, doña Dolores.
- Es que nosotros no sabemos hablar bien el español.
- Exactamente, eso es.
- Yo pensé que...
- ¿Qué pensó? - No pensó nada. No pensó.
Kamal les va a hacer un obsequio
para pasar el mal rato. Por favor.
- No, no, no me voy a llevar nada de estas cosas
y me manda la lista pa' la hacienda
lo antes posible, por favor.
Vámonos, Antonio. - ¡Sus hilos!
- Es una niña. - No, ¿cómo va a ser una niña?
¡Es un niño! - Es una niña.
[♪♪♪]
- Ya deja de llorar, Antonio.
- Pu's, es que mire lo que pasa.
Lo que piensa la gente de mí.
- ¡A mí no me importa lo que piense la gente!
Me importa lo que piense el patrón.
- ¿Hasta cuándo vamos a seguir mintiéndole, mamita?
- Siempre, Antonio. Siempre.
- Pero ¡es que yo ya no quiero seguir haciéndolo!
- ¡Acuérdate de una cosa, Antonio!
¡Tú no te mandas solo! ¿Me oíste?
Y ya sécate las lágrimas. Los hombres no lloran.
- Voy al pueblo por provisiones.
¿Quieren algo? - No.
- ¿Quieres algo?
¿Tú quieres algo, Tomás? - Tequila.
- ¿Y tú? Quita esa cara.
- ¿Qué cara?
- No te hagas, Xime.
Se hizo lo que se tenía que hacer.
Pero ¿qué? ¿Te interesaba mucho el pela'o ese o qué?
- No. Tienes razón, Tomás.
Se hizo lo que se tenía que hacer.
[♪♪♪]
- Estoy desesperada, Xóchitl.
- Niña Camila, me duele verla sufrir así.
- No sé si voy a resistir.
- Hay que hablarle a la Josefa.
Mire que ella es medio bruja,
para que le haga una limpia, un sahumerio. Eso.
Alguien tiene que sacarle los ojos
de ese hombre de la cabeza.
- Ya es demasiado tarde.
Pienso en él todo el día, Xóchitl.
- Usted es una señora de bien y está casada.
No puede estar pensando en ese hombre.
- Es superior a mis fuerzas.
Ya ni puedo dormir, Xóchitl.
Gabriel está conmigo siempre.
Siempre.
Emilio: Nicanor... Nicanor: Patrón.
- ...tú adelántate con los hombres
a la hacienda Quiroga, ¿oíste?
- Sí, señor. - Si no, nos van a descubrir.
- Oh, ¿qué pasó, patrón? ¿Cómo cree?
- Vamos, pues.
Patrón... - ¿Ah?
Dolores: ¿Puedo hablar con usted?
- Pu's, ¿que no ves que estoy ocupado?
- Necesito hablar con usted, por favor.
- ¿Qué quieres?
- Pues, es que Toñito está muy interesado
en entrar a la, a su milicia y...
Emilio: Ajá. - Pues, yo le digo
que todavía está jovencito, ¿no?
Chamaco, pero igual usted lo podría ir entrenando,
enseñarle a disparar o...
regalarle una pistola. - Eh, será lo mejor.
Puede ser. Le vo' a decir a Nicanor que se ocupe de eso.
- Con todo respeto,
no sea tan desencariñado con el chamaco.
- ¿Con quién? ¿Con tu hijo?
- Es que por más que le digo,
usted nomás no lo trata bien y el niño sufre.
¿Que no ve que lo quiere tanto?
- Sí, homb'e, ya.
Ya te dije que nunca les va a faltar nada.
Pero de ahí a que lo trate como si fuera mío,
pu's, tampoco, ¿no?
- Es suyo.
Y, más encima, le salió varoncito como usted quería.
- Bueno, ya, ya, ya... Ya ve... Vete a trabajar o algo.
- Patrón... - ¿Qué, homb'e?
- ¿Me va a ir a visitar esta noche?
- Pu's, a lo mejor, ahí de repente me dejo caer.
- Digo, para estarlo esperando, ¿no?
- Tú me esperas y ya.
¿Oíste?
Órale, ya, vete a trabajar.
Pu's, ¿qué? ¿No tienes nada que hacer o qué?
[♪♪♪]
Andrés: Es que por más rabia que me dé,
Emilio tiene razón.
No hay ninguna ley que le impida atrapar
y contratar a la gente que le dé su gana.
- ¿Y ninguno de tus superiores puede impedírselo?
Andrés: No.
No, tenemos que ser realistas, Aurelio.
En este país, prácticamente,
todos los hacendados tienen su milicia rural.
- Pero eso es una absoluta locura.
Tenemos que hacer algo.
Si Emilio mata a Los Plateados, no podrás interrogarlos
y nunca sabremos qué hicieron con mi hijo.
Andrés: Espera.
Espera, dije que no podemos impedirle
que forme su milicia rural,
pero de eso a que ataque impunemente a esos bandidos...
[♪♪♪]
[Relinchos]
[Quejidos]
[♪♪♪]
- ¿Ya estuvo?
Gabriel...
¿le perdonaste la vida?
- Yo no voy a matar
al hombre que le salvó la vida a nuestra hermana.
Lo dejé amarrado al caballo.
Si se muere de sed o se desbarranca,
es cosa de Dios, no cosa mía.
- Gabriel, pero ¿te das cuenta de lo que acabas de hacer?
Tú sabes que, si ese hombre vive,
va a ir con todos los hacendados
y les va a decir en dónde estamos.
¡Les va a decir...! - ¡No voy a discutir contigo,
Tomás!
Lo hecho, hecho está.
[♪♪♪]
Leonardo: ¡Ah!
- ¿Quién es usted? - Soy Leonardo Villegas.
- Ah, caray, pos, es verdad. Es el señorito Leonardo, caray.
Pos, ¿dónde estaba? Nos tenía bien preocupados, oiga.
- Es una historia larga de contar.
- Pero ¿está bien?
- Sí, sí, sí, me encuentro bien.
- Ah, qué bueno.
A mí se me hace que el patroncito
estaba metido en algún problema de...
de faldas, ¿o no? [Leonardo ríe]
Me va a perdonar que no lo acompañe a su casa,
pero tengo órdenes del mismo patrón
de irme de volada pa'l rancho Quiroga.
¿Sabe por qué?
Porque esta noche le tenemos una emboscada a Los Plateados.
Sí.
Hemos estado corriendo el rumor de que ese rancho
está atestado de puro oro.
Y va a estar atestado, pero más bien de puro balazo.
El rancho va a estar rodeado de hombres
que los van a estar esperando a esos méndigos cuatreros.
Pa' serle honesto, pu's, a mí no me gustaría estar
en el pellejo de esos bandidos.
Así que mejor váyase pa' su casa.
Su familia anda como, pu's, como alma en pena.
¿De acuerdo?
- Bien. Nicanor: Ándele, pues.
Se me cuida mucho. Leonardo: Sí, sí.
Nicanor: Vámonos, pues.
[♪♪♪]
[♪♪♪]
- Camila, hija, ¿vienes a co...?
Mi amor. ¿Estás llorando, mi amor?
- Mamita, yo ya no soy la misma desde que me raptaron.
[Ofelia suspira]
- Mi amor, haz un esfuerzo.
Ven a comer con nosotras, ¿sí?
- ¿No puedes pedir que me traigan la comida aquí?
- Está bien, Camila.
Pero tienes que hacer un esfuerzo
por cambiar de actitud.
Si no, le voy a hacer caso a Emilio
y te voy a mandar traer ese doctor de México.
- No.
- Haz un esfuerzo.
[♪♪♪]
- Dicen que es muchísimo oro, Gabriel.
Que necesitaron mulas pa' moverlo.
- Pues, si ellos pudieron moverlo,
nosotros podemos sacarlo, ¿no?
- La gente siempre exagera.
Y estoy seguro de que debe ser
una buena cantidad de oro.
Y qué bueno, porque lo necesitamos.
Tenemos muchos pendientes con la gente
que no tiene ni pa' comer.
Además, necesitamos comprar armas, municiones.
- Gabriel, en esa hacienda no hay tantos hombres.
- No sé.
Estoy seguro que deben de haber redoblado la vigilancia.
- Bueno, y entonces, ¿qué se te ocurre?
- Si no hubiéramos perdido tanto tiempo con el catrín ese,
los podríamos haber sorprendido en el camino.
- Ajá. ¿Qué vamos a hacer? - Tengo un plan.
[♪♪♪]
Emilio: ¿Y tú qué haces aquí, eh?
- Es que no quería estorbar, patrón.
¿Quiere que le lustre las botas?
- ¿Qué? ¿Te quieres ganar una plata o qué?
- No. Lo hago porque me gusta nomás.
Emilio: Ándale, pues. Órale.
Oye, ¿y qué? ¿Ya andas detrás de alguna vieja o qué?
¿Eh? - No.
- Bueno, más de alguna te tendrá que gustar, ¿no?
- Sí, pero eso es cosa de uno, patrón.
- Mira, qué calladito te lo tenías. ¿Eh?
¿Sabes qué?
Si se te ponen broncas,
les pegas unos buenos catorrazos.
A las viejas les gusta que las traigan cortitas.
Hay que tratarlas mal. ¿Oíste?
- Sí, patrón. Emilio: Órale, pues.
- Yo quería pedirle un favor, don Emilio.
- ¿Qué quieres?
- Que me deje solo una de sus pistolas,
por si vienen Los Plateados, digo yo.
- Pero primero hay que aprender a usarlas, escuincle.
Pero ¿sabes qué?
Uno de estos días te voy a enseñar a usarlas. ¿Eh?
Yasir: Don Emilio...
Estoy a sus órdenes, señor.
- Qué bueno que llegaste, turco. Vámonos.
Los demás están en la hacienda. ¿Vienes armado?
- No, señor. Pero si me presta una.
- Vamos.
[♪♪♪]
- Sentémonos a comer.
- Tabule.
- No podemos empezar sin Yasir.
- Halim, ¿sabes a dónde fue tu hermano?
- No, padre.
- Yo solamente espero
que no te haya desobedecido, Kamal.
- No, no, él me prometió que no iba a volver
a tomar un arma, mi amor.
- ¿Y dónde está?
- Pues, a lo mejor se quedó conversando con alguien, mamá.
- ¿Sin avisar? Él no es así, Kamal.
- Samia, pero Yasir ya es un hombre.
Tienes que dejar que haga su vida.
- Sí, mi amor. ¿Qué te sirvo?
- Dame un poco de todo, por favor.
Tengo mucho apetito.
- Ahí le voy. - ¿Sabes?
Estuve pensando un poco lo que me pediste la otra noche
y ya tomé una decisión al respecto.
- ¿Y?
- No vas a volver a ir a casa de don Emilio si no quieres.
- ¿No que los habían atendido tan bien
cuando fueron a visitar a la señora Camila?
- Sí, nos atendieron muy bien.
Lo que pasa es que todavía hay muchas cosas
que no entiendo y, y no me siento muy cómoda.
- Si gusta, yo puedo acompañarlo la próxima vez
que tenga que ir a esa casa, papá.
- No. - ¿Por qué?
- Es decir, hay muchas cosas
que tienes que aprender aquí en la casa.
Es tu obligación.
- Bueno, ya dejemos el tema, ¿sí?
También te pido que dejemos los recelos
hacia nuestros amigos mexicanos.
No es de ellos de quienes tenemos que desconfiar.
¿Verdad, hijo?
- Si lo dice por los musulmanes, padre...
Sí. Sí. Lo digo por los musulmanes, ¿eh?
Y ya basta.
Dije que no quería más discusiones en la mesa.
A comer.
Halim: Está bien.
[♪♪♪]
- Ya llegué, hermana.
- ¿Cómo le fue, hermano?
- Más o menos. La venta no es tan buena como en el pueblo.
Pero yendo de hacienda en hacienda la fui llevando.
- Perdón por la pregunta,
pero me quedé muy preocupada por usted.
¿Cómo terminó la pelea?
- El viejo de la tienda, Bashur se llama,
salió y le ordenó a su hijo que se metiera.
Los tipos que nos estaban molestando se fueron
y yo me fui a seguir la venta por otra parte.
- ¿Y le dio las gracias al muchacho cristiano?
- ¿Y por qué habría de hacerlo?
- Bueno, porque nos ayudó
y, desde que llegamos a este país,
no mucha gente lo ha hecho.
- No, no es buena idea.
Recuerda que nuestro padre, antes de partir,
nos dijo que jamás, bajo ninguna circunstancia,
le dirigiéramos la palabra a un cristiano.
- Bueno, pero ellos parecen gente honesta y trabajadoras.
- No lo creo, Yamilé.
Nosotros nunca vamos a acercarnos a esa gente.
¿Entendiste?
- Como usted diga, hermano.
¿Le sirvo de comer?
Musulmán: Sí.
[♪♪♪]
- ¡Hey, deténganse!
Gabriel: Deténgase.
¿Juan? - No pueden seguir.
Les están tendiendo una trampa.
[♪♪♪]
- Trampa la que nos está tendiendo
este maldito desgraciado.
Gabriel, hazte a un lado para matar a este perro.
Gabriel: Tranquilo, Tomás.
Déjalo que hable. A ver, explícate.
¿Cómo que una trampa?
- Estaba en el bosque.
Escuché a unos tipos que pasaban.
Escuché que tenían un plan.
Hablaban de una milicia
que tiene la idea de acabar con ustedes.
[Risa]
Gabriel, tienes que creerme.
Están a punto de llegar a una emboscada.
Gabriel: ¿Por qué te tengo que creer?
¿Qué motivos tienes tú para ayudarnos?
- Por eso. Porque quiero ayudarlos.
Porque los escuché.
Estoy diciendo la verdad.
Es una trampa, es una emboscada.
- ¿Tienes pruebas, perro?
Leonardo: No.
No, únicamente mi palabra.
[♪♪♪]
[♪♪♪]
- ¿Tienes miedo? - No, señor.
- Cuando dispares, abre bien los ojos, ¿eh?
Mira muy bien a quien quieras darle.
- Sí, señor. - No vayas a disparar
con los ojos cerrados, ¿eh? - No.
- ¿'Tas bien? Yasir: Sí.
- Si tienes miedo, estás a tiempo de arrepentirte.
Yo lo puedo entender, si quieres.
- No. No, eso no.
- ¿Seguro? Yasir: Seguro.
Para mí es un honor estar aquí, señor.
Lo hago por la amistad
que le ha brindado a mi familia.
- Así se habla.
Cuando acabemos con esos mugrosos,
vamos a dar una fiesta.
Tú y tu familia van a ser los invitados de honor.
- Gracias. - Cuídate.
[♪♪♪]
[Suspiro]
- Ya se hizo de noche.
Espero que Emilio agarre esos infelices.
- Emilio no debió haber ido a agarrar esos hombres.
- Ay, Luciana, tú sabes que Emilio ama profundamente
a Camila. Haría cualquier cosa por protegerla.
- Pues, yo solo espero
que encuentren al joven Leonardo.
He rezado tanto por él.
- Camila, mi amor.
Qué bueno que viniste a acompañarnos.
¿Te sientes mejor? - Sí, mami.
- Qué bueno, mi amor. - ¿Y Emilio?
¿No ha preguntado por mí? - Emilio no está.
- ¿No? - No.
- Camila, ¿que no sabes? Camila: ¿Qué cosa?
- ¿Que no viste que Emilio juntó a todos sus hombres?
Hoy les van a poner una emboscada a Los Plateados.
- ¿Qué? Ay, no. Ofelia: ¡Ay, ay!
Ayúdame con tu hermana. Esperanza: Camila, por Dios.
- Trae el abanico. Esperanza.
Nicanor: Dispense, patrón.
¿Usted cree que vengan?
Yo se lo digo, porque los hombres
ya se están cansando de esperar.
Y pa' mí que estos rateros méndigos, pos, no vienen.
- Aquí los vamos a esperar.
Los vamos a esperar el tiempo que sea necesario.
Regresa a tu puesto, estén preparados.
Cuando aparezcan esos mugrosos, disparen a matar.
Nicanor: Patrón...
Ahí vienen.
- Tranquilos. A sus puestos.
Esperen mis órdenes.
Aguanten, aguanten, aguanten.
¡Fuego!
[Relincho]
A ver, Nicanor, asegúrate que todos estén muertos.
- Sí, patrón.
Patroncito, ya nos vieron la cara, hombre.
Emilio: ¿'Ora qué? - Será mejor que venga pa'ca.
Mire.
- Desgraciados. ¡Me la van a pagar muy caro!
Gabriel: ¡Dígale a sus hombres que suelten las armas!
[♪♪♪]
[♪♪♪]
♪ Nos quieren detener, ♪
♪ nos quieren aplastar, ♪
♪ por defender tu amor, por decir la verdad. ♪
♪ Con nuestra propia ley, quitamos para dar ♪
♪ un poco de esperanza y, ante todo, dignidad. ♪
♪ Nadie nos detiene, somos libertad. ♪
♪ Ángeles Plateados, cazadores de la paz. ♪
♪ No queremos guerra, pero hay que luchar ♪
♪ contra la injusticia por amor a la verdad. ♪
[♪♪♪]
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