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[Relincho]
[♪♪♪]
[Relincho]
[Silbato de tren]
[♪♪♪]
[Relincho]
[♪♪♪]
[Silbato de tren]
[Silbato de tren]
- Escucha esto, Xóchitl.
"Después de tantos años de la más amarga distancia,
Nicolás sintió la gloria de verla de nuevo
frente a frente.
Entonces, corrió a tomarla en sus brazos
para darle un beso que estremeció a ambos,
libres ahora de amarse para siempre".
¿No sería divino que nos sucediera algo así
a nosotras?
- Ay, niña, no diga usted esas tonterías,
por el amor de Dios.
- ¿Sabes qué?
El amor debería parecerse más a los libros.
Debería existir un amor bonito, un amor eterno.
Un hombre que cruzara por tu camino
en el momento en que menos te lo esperes
y te abrazara así, fuerte, y sintieras...
- Xóchitl, llévale un limón a Esperanza.
Camila, me preocupa que estés tan embobada
con estas fantasías.
Tienes que madurar.
Estás a punto de casarte con el hombre más maravilloso
de esta tierra.
Emilio Gallardo te ama
y va a hacerte muy, pero muy feliz.
[♪♪♪]
- Aquí está, patroncito.
Ahí lo tiene.
- ¿Qué fue lo que se robó? ¿Eh?
- ¡Yo no he robado nada...!
- ¡Cállate, maldito...! - Cállate.
- ¡¿Y quién te dijo que hablaras?!
El único que tiene derecho a hablar es el patrón,
¿entiendes?
- ¿Qué te robaste?
- Lo pesqué robándose un saco de maíz pa' los cerros.
- Teníamos hambre, don Emilio.
- Ah, ¿tenías hambre? Ah, ¿tenías hambre, mugroso?
Ah, ¡páralo, páralo!
[Quejidos]
¡A ver si se te quita!
[Quejidos]
A mí no me roba nadie, ¡¿entendiste?!
¡¿Eh?!
Y esto es para que te quede claro,
maldito mugroso, ¡que el que manda aquí soy yo!
¡¿Entendiste?!
El que le roba a Emilio Gallardo...
[Quejidos]
¡...me lo paga!
¡¿Oíste?! ¡Suéltenlo!
A ver si así se te quita el hambre, mugroso.
Conductor: Oh.
[Aves trinan]
[♪♪♪]
- Dele de beber a los caballos.
Solamente voy a empacar
y salimos a la Hacienda de San Diego.
[♪♪♪♪]
Adivinen quién llegó.
Mamá.
¡Camila!
¡Esperanza!
Ay, Camila, ven a ver lo que te traje
de Nueva Orleans, te va a encantar.
- Señorita Luciana, es que nadie la esperaba.
No saben que usted venía.
- Pues, claro que no, por eso es una sorpresa.
¡Camila!
¡Camila, ven!
Quiero que me empaques ropa limpia,
voy a pasar el fin de semana en la Hacienda de San Diego.
Mamá.
¿Dónde están todas? ¿Eh?
Camila.
Bueno, pero ¿dónde se metió la gente de esta casa?
- Es que todas se fueron a la Haciendo San Diego,
para la boda.
Luciana: ¿Boda?
Sirvienta: Sí.
- ¿Cuál boda?
- La de Camilita.
- ¿Camila, mi hermana?
- Sí. - ¿Se casa?
- Sí.
- Pero ¿en la hacienda de Emilio?
- Sí, señorita.
Se casa con don Emilio Gallardo Rivas.
[♪♪♪]
[Relincho]
- ¡Eso, bonito, arriba!
¡Bien!
Que dejen a ese desgraciado encerrado,
amarrado y sin comida hasta que me pida perdón, ¿oíste?
- Sí, señor. Así será, patroncito.
- Bueno.
- Oiga, a propósito, mañana tengo listos
unos hombres armados pa' que estén vigilando la casa.
Digo, por aquello de la boda y que no vayan a venir
los méndigos esos rateros, Los Plateados.
- Esos desgraciados no son más que unos asaltantes de caminos.
No se van a atrever a entrar a mi propiedad.
- Si usted lo dice, patrón.
- Y tú a dónde vas, ¿eh?
Te me andas escondiendo, ¿no?
- Pues, nomás me estoy haciendo a la idea
de que ahora que se case no me va a buscar más.
- ¿Y a ti quién te dijo eso, india berrinchuda?
Dile a tu hijo que se lleve eso.
Espérame en tu cuarto.
¿Eh?
- Antonio.
¡Antonio!
- Le habla su mamá, chamaco. ¡Ándele!
- Ten, llévate esto con Josefa.
[♪♪♪]
- Si esta no es la vida que yo soñé, Xóchitl.
- Me parece mentira que diga eso, niña Camilita.
Cualquiera daría lo que fuera por estar en su lugar.
- ¿Cualquiera?
Xóchitl: Sí.
- ¿Tú quisieras estar en mi lugar?
- Pos, afigúrese,
casarse con un señor rico que la quiere reteharto.
- 25 años mayor.
- Que siempre ha visto por usted y por su familia.
- Con el que seguramente no voy a poder ir
ni al baño sin pedirle permiso.
- Amigo fiel de su papacito, que en paz descanse.
- No me va a dejar leer ni montar a caballo
ni hablar con la servidumbre.
- Ay, y pa' colmo, guapo como ninguno el canijo.
- Xóchitl.
- Con perdón de usted, niña Camila.
¿Ve cómo sí es lo que cualquiera soñaría?
- No.
- ¿O qué fue lo que usted soñó?
- No sé.
Quizás con una pasión de esas que yo he leído en mis libros.
Una pasión que me lleve a cometer cualquier locura.
- ¡Ah! Niña.
- Mira, escucha esto.
"Bastó una sola mirada
para caer en el hechizo del amor".
- Igualito que El Plateado.
- ¿Y qué tiene que ver El Plateado
con todo esto, Xóchitl?
- Ay, niña, ¿que no ha oído?
Dicen que uno de ellos embruja a las mujeres con la mirada.
[♪♪♪]
- Espero que Luciana llegue a tiempo para la boda.
Oye, mamá, ¿cuándo le telegrafiaste?
No.
No, no, no.
No puedo creer
que no le telegrafiaste a Nueva Orleans.
- No, Andrés, todo se organizó muy a prisa.
Además, Emilio dijo que se iba a encargar de avisarle
a los invitados.
- Oye, mamá, pero Luciana no es una invitada,
Luciana es nuestra hermana.
¿Cómo puede ser posible que no le avisaste
que Camila se casaba?
- Esperanza, no me hables en ese tono.
Emilio dijo que se iba hacer cargo,
yo no tengo la culpa que su hermana
no haya llegado a tiempo a Veracruz.
[♪♪♪]
[Aves trinan]
[♪♪♪]
- Ensílleme mi caballo, voy a salir.
- Pero, señorita...
- Haz lo que te digo, Celestino.
Mañana quiero mi equipaje en la Hacienda de San Diego.
- Sí, señorita.
[♪♪♪]
[Silbato de tren]
[♪♪♪]
Gabriel: Pare.
¡Que pare, le digo!
[Rechinido]
- ¿Por qué nos estamos deteniendo?
- ¡Los Plateados, mamá!
- ¡Camila!
Gabriel: Hazte pa' allá.
¡Bájense!
¡Bájense, les digo!
¡Órale! ¡Para abajo!
- ¿Qué vas a hacer, Andrés?
- Ahora vengo.
- Andrés, por el amor de Dios.
- ¡Órale, órale!
¡Córrele!
Manuel: ¡Oh!
Oh.
[Relincho]
[♪♪♪]
¡Esto es un atraco!
¡El que se mueva lo mato!
- No nos haga daño.
Manuel: ¡Que se calle! ¡Cállese!
- Tranquilos todos, que la cosa no es con ustedes.
Así que calladitos.
- Mi niña, por favor, no lo mire a los ojos.
[♪♪♪]
- ¡Abra!
- ¡No van a entrar!
¡Váyanse o disparo!
Mujer: Que abra.
Suelta el arma.
[♪♪♪]
- ¡Yija!
[♪♪♪]
¡Los caballos!
- ¡Alto!
¡Policía Federal!
¡Bajen sus armas!
Bajen sus armas lentamente o lo mato.
[♪♪♪]
[♪♪♪]
No voy a repetirlo.
Baje sus armas lentamente o le vuelo la cabeza ahorita.
Manuel: ¿Lo tienes?
Andrés: ¡Esto va en serio! ¿Qué están haciendo?
¡Uno, dos...!
[Quejidos]
- Súbete el tren.
¡Órale!
¡Súbete al tren rápido!
Andrés: ¡Ah!
Gabriel: ¡Los caballos!
[Relincho]
- ¡Ah, ah!
- ¡Uy!
[♪♪♪]
- Disculpe las molestias, señorita.
¡Ah, ah!
[♪♪♪]
[♪♪♪]
- ¿Eh?
- ¿Qué va a pasar conmigo y con Toñito ahora que se casa?
- Pues, lo de siempre, hombre, lo de siempre.
Nada le va a faltar a ti y a tu hijo.
- También es su hijo.
Su único hijo hombre.
- Mira bien lo que te voy a decir.
Jamás, Dolores...
jamás se te ocurra repetir esa estupidez.
¿Oíste?
Y menos frente a Camila.
¿Oíste?
- Sí, señor.
[♪♪♪]
- Chamaco, tortilla.
¡Ándale, tortilla, hombre!
Emilio: ¡Nicanor!
¡Nicanor!
¿Qué pasó? ¿Ya llegó la sorpresa pa' la señora o no?
- ¿La sorpresa, patrón?
- ¡La sorpresa, hombre!
- Ah, no, no, pero en este mismo momento,
mandó por él, patrón.
- Bueno. Y me lo cuidas mucho, ¿eh? Que me costó una fortuna.
Vamos a ver, ese regalo va a ser la envidia
de todos los hacendados de por aquí, ya verás.
- ¿A qué hora llega la señora, patrón?
- Ya no debe tardar, viene en el tren.
Ya casi es hora.
Vete, vete, vete a recoger a Camila y a su familia
a la estación, Nicanor.
- Sí, patrón. - Oye, oye, ven acá, ven acá.
Que te siga Aníbal, ¿eh?
Que te siga en la carreta pa' que te traigas las maletas.
- Sí, patrón. - Híjole, ¡con mucho cuidado!
Nicanor: Sí, patrón.
- Bueno, pues, ¿ustedes qué esperan para ponerse
guapas pa' recibir a la señora de esta casa?
¿Eh? ¿Qué esperan?
¡Órale! Muévanse.
¡Las quiero bien bonitas a todas! ¿Eh?
[♪♪♪]
- ¡Ahí vienen, patrón!
[♪♪♪]
Camila, por favor, con cuidado.
Bienvenida a tu casa, mi amor.
Tú aquí eres la dueña y señora.
Empezando por mí y mi corazón, que pongo a tus pies.
[♪♪♪]
¿Pasa algo?
- Los Plateados asaltaron el tren donde veníamos, Emilio.
[Ovación]
Hombre 1: ¡Don Juan Carlos!
¡Vea, don Rodrigo!
Hombre 2: Oye, Manuel. - ¿Eh?
- Como que sabe raro este guajolote.
- Ah, es que no es guajolote, son faisanes.
- Pues, es que a mí se me afigura como guajolote, mano.
- Pues, sí, no me sorprende.
Oye. - ¿Qué?
- ¿Este es atole o qué es? - Ah, no, con este
sí te pones renecio. Este sí es pa' mí.
Hombre 2: Espérame tantito. Ayúdame.
Ayúdame aquí el dinero.
Hombre 3: ¡Que vivan los patrones!
- ¿Cómo está mi ahijado?
¿Bien?
Esto es pa' usted.
Esto es pa' que lo cuide.
[♪♪♪]
- Con un demonio.
¿Tú eres policía y no hiciste nada?
¡No entiendo cómo esos mugrosos pudieron con un tren de...!
- Era un tren lleno de civiles y mujeres.
Y yo era la única persona armada.
- ¡Ah!
- Si, por lo menos, hubiera recibido refuerzos...
- Camila, tu hermana, iba ahí.
Tu madre y tus demás hermanas también.
¿Cómo es posible que no estén colgados
en la plaza esos tipos?
- Las cosas no son así de fácil, Emilio.
Cuando uno sigue la ley...
- La ley...
¡A mí la ley me importa una fregada!
Esos imbéciles acaban de cavar su tumba.
Cavaron su tumba, ¿oíste bien?
[♪♪♪]
[Aves trinan]
Emilio: Necesito de tu apoyo, Aurelio.
Es la primera y última vez que esos desgraciados
atentan contra algo mío.
Eso te lo puedo asegurar.
Hay que agarrar esos cuatreros
y quemarlos en la plaza pública.
Colgar sus cabezas en el Palacio Municipal
para que escarmienten todos los demás.
- Disculpe, don Emilio, pero...
¿no se supone que para eso existe la policía,
las cárceles, la ley,
la justicia?
- Ay, discúlpala, Emilio, por favor.
Tú sabes que ella viene de otra familia.
No se da cuenta de que nosotros, los hacendados...
- Mi esposa tiene su parte de razón.
Tenemos que organizar esas milicias que propones,
pero ¿de ahí a quemar gente en la plaza?
- Emilio, por favor, tú sabes que cuentas
con todo nuestro apoyo.
Como siempre.
Nuestras familias unidas para conservar la paz
y la prosperidad de esta región.
- Con su permiso, don Emilio.
- Bueno, doña Augusta, Aurelio,
denles mis saludos a Ángeles y a Víctor.
- Claro. - Ah, y a Leonardo.
Viene para tu boda.
- ¿Leonardo?
Aurelio: Sí.
- Vaya, tengo años de no ver ese muchacho.
- Ya tendremos oportunidad de recuperar el tiempo perdido.
Ahora sí lo voy a convencer de que se quede.
- Quédate.
- No, Angelita.
¿Qué voy a hacer yo aquí?
Llevo 6 años estudiando leyes en la capital,
¿para venir aquí a administrar la hacienda?
No.
Que lo haga Víctor.
- A Víctor no le interesa.
Además, papá confía en ti más que nadie.
Debes haber visto tantas cosas en México, Leonardo.
- Ay, hermanita.
México es tan diferente
a lo que estamos acostumbrados nosotros.
Yo la última vez que fui estaba muy chiquita,
pero me acuerdo que todo era muy grande,
muy bonito, y que había parques donde la gente paseaba.
- Sí, grande y bonito sí es.
Pero la Ciudad de México tiene dos caras:
la cara de la gente rica,
la cual ya conocemos que todo tienen,
que nada temen,
y la cara de la gente pobre,
la cara de la gente que no tiene nada,
se muere de hambre y que nadie tienen quien los defienda.
Por eso estoy estudiando leyes, hermanita,
para que yo sea la persona que los defienda.
- Que no te oiga la abuela.
- A mí no me importa lo que piense la abuela,
yo voy a luchar por mis ideales.
- ¿Qué estás haciendo?
- ¿No te acuerdas cuando éramos chiquitos,
que veníamos aquí a bañarnos?
- Bueno, sí, pero como que ya estamos muy grandes, ¿no?
- ¿Por qué? Hace un calor del demonio.
Además, eres mi hermana.
- Bueno, hermanos, lo que se dice "hermanos", no.
- Angelita, no me vengas con eso ahora.
Ok, eres mi prima,
pero como si hubieras nacido de mis papás.
Para mí, eres mi hermanita, ven.
Ángeles: No.
- Ven, ven conmigo, ven.
- No.
- Bueno, si no vienes, por lo menos,
siéntate aquí conmigo mientras yo me meto, ¿vale?
- Sí. Leonardo: Ven.
A ver, yo te ayudo. Primer paso...
Cuidado...
[Ángeles grita]
[Ángeles se queja]
- Les hubieran visto las caras a los pobres en la estación.
Todos tenían los ojos pelones de lo asustados que estaban.
Y dicen que a las mujeres no las violaron, ¿saben por qué?
Porque el señor Andrés se les puso bien al brinco
a esos méndigos.
Porque uno de Los Plateados
dijo que a todas las viejas, pero a todas,
las iban a deshonrar y luego las iban a matar.
- Las que vamos a terminar muertas y deshonradas aquí
somos la Josefa y yo,
si no nos inventamos algo pa' la comida de mañana.
- Solo espero que las niñas Castañeda no hayan visto
los ojos de esos bandidos.
- ¿Los ojos?
- Dicen que el jefe de Los Plateados
nomás lo miras y te enamoras.
Así mesmo.
Lo miras y ya estás enamorada.
- Bueno, ¿y ustedes qué? Se la pasan aquí chismeando.
¿Otra vez están chismeando, viejas chismosas?
¿Qué esperan para ir a matar a los guajolotes al corral?
¡Órale!
¡Órale, muévanse!
Y tú, chamaco, ven acá.
¿A dónde vas?
¿A dónde vas?
Esas cosas déjaselas a las viejas, ¿oíste?
- Sí, patroncito, perdón.
[Con voz burlona] - Ay, sí, patroncito.
[Con voz normal] ¡Que hable como macho!
¡Órale! - Sí, patrón.
Emilio: Pos, órale, córrale. ¡Venga acá! ¿A dónde va?
Váyase a volar... córrele, ándele.
- ¡Váyase pa' allá, hombre!
¿Y a ti quién te invitó a la fiesta?
- Nada, me voy a trabajar.
Emilio: Órale.
- ¡Oh!
Oh, oh.
Dale.
¿Qué te pasa? Dale.
No, no me hagas esto, Aserrín.
¿Qué te pasa?
A ver esa pata.
¿Duele?
- ¿Tienes novia?
- No.
- No voltees.
- ¿Y tú tienes novio?
- No. No voltees.
- ¿De verdad no tienes novio?
- No.
- No lo puedo creer.
La verdad es que desde la última vez que te dejé,
te has puesto muy linda.
Bueno, ¿ni un pretendiente tienes?
- No.
Oye, mejor nos vamos ya, ¿no?
- ¿Que regresamos ya?
- Sí, es que la ropa ya se secó.
Y, además, es tarde.
- ¿De verdad?
- No voltees.
- Ay, bueno, está bien, no volteo.
[♪♪♪]
Xóchitl: ¿Y se fijó cuando uno de esos desgraciados
nos apuntaba en la cabeza?
Me daban ganas de decirle a El Plateado:
"Si usted le hace algo a doña Ofelia y a las niñas,
se las va a ver conmigo".
Y que me acuerdo que no hay que mirarle
a los ojos porque...
Niña Camila.
¡Niña Camila!
- Mande, Xóchitl.
- Usted no le miró los ojos al Plateado, ¿verdad?
[♪♪♪]
♪ Una luna entre tus ojos ♪
♪ Yo me quisiera acordar ♪
♪ ese día tan precioso que me fui... ♪
- Oiga, Manuelito,
qué romántico anda con esas cancioncitas.
Pero, por favor, se queda allá.
No se me acerque. Distancia, apestoso.
Manuel: Me dijiste que me quedara aquí, ¿no?
Tomás: Sí, pero apesta, no se me vaya a acercar, guácala.
- Si a este ya se le pegó la ropa al cuerpo,
hay que quitársela con un cuchillo.
- ¿Hace cuánto no te la quitas, Manuelito?
- Venga, hace cuánto no se la quita,
hace cuánto no la lava el zorrillo apestoso este.
Manuel: Pues, a lo tuyo, ¿no?
- Ven, ven, ven. Ven, una idea.
¿Qué tal si le damos una manita a Manuel para que se bañe? ¿Sí?
- Hey.
Hey, ¿qué están secreteando o qué?
¿Que no van a decir?
Ximena: Eh.
- Eh, ah.
- Nada.
- ¡Ahora, Tomás!
Tomás: Zorrillo.
Manuel: ¡Atrás!
[♪♪♪]
- ¿Qué te pasa, Gabriel?
- Estaba pensando en nuestro padre.
[♪♪♪]
[Gal- Oh.nta]
Luciana: Te compro tu caballo.
- No es mío.
- Ten.
Esto vale tres veces más que tu animal.
¡Tómalo! ¿Qué te pasa?
Tómalo.
Y el mío lo quiero mañana en la hacienda de don Emilio.
Ensíllamelo.
¡Órale!
Xóchitl: Aquí le dejo sus libros, mi niña.
Emilio: ¿Se puede?
[Golpes en la puerta]
Un momento, don Emilio.
La bata.
[Golpes en la puerta]
Adelante, pase.
- Déjanos solos, Xóchitl.
Que nadie nos moleste.
¿Ya estás más tranquila?
- Sí, don Emilio, gracias.
- Camila, deja los formalismos a un lado,
mañana seremos marido y mujer.
Camila, tú sabes lo que yo te quiero
desde que eras una niña.
- Sí, con el mismo cariño que mis hermanas y yo
le hemos tenido a usted siempre.
- Lo que yo siento por ti no se parece en nada
a lo que tú o Esperanza o...
o Luciana puedan sentir por mí.
Yo te he visto florecer sin perder la inocencia
y la pureza de tu niñez.
Por eso te elegí como mi esposa,
por eso quiero que seas la madre de mis hijos.
Camila...
yo sé, sé que tú no estás enamorada de mí,
y no me importa,
porque el amor que siento por ti
nos alcanza a los dos.
Cuando sientas el tamaño de ese amor,
me vas a empezar a querer de la misma manera,
y así un poco cada vez
hasta que un día te descubras tan perdida,
total y absolutamente enamorada como yo lo estoy de ti.
Dije que...
- Perdón que los interrumpa,
pero acaba de llegar el vestido y está precioso.
- Con permiso.
Con permiso.
- A ver.
No, Camila, estás hecha un dulcesito.
Te queda precioso.
Así es justo como tenía que estar.
Yo, si acaso, le metería un poco en la cintura
para lograr un efecto...
- Mamá.
¿Tú te casaste enamorada?
- ¿Qué clase de pregunta es esa, Camila?
- Te lo pregunto por lo que ambas sabemos.
Yo no estoy enamorada y tú lo sabes.
Yo lo sé y hasta don Emilio lo sabe.
- Pero ¿te atreviste a decirle a Emilio
que no estabas enamorada de él?
- No.
Él mismo me lo dijo.
Y yo no pude ser tan hipócrita como para contrariarlo.
- No.
No estaba enamorada cuando me casé con tu papá.
- ¿Y no te hizo falta
la primera noche que estuviste con él?
- Ay, Camila.
- Mamá, necesito hablar de estas cosas.
En tu noche de bodas, ¿no te hizo falta el amor?
[♪♪♪]
Hombre: Señorita Luciana,
bienvenida al rancho don Emilio.
Pero la mera verdad y pa' serle honesto,
no sabíamos que venía pa' acá.
- ¿Dónde está tu patrón?
- Pos, aquí está en la hacienda,
pero anda un poquito ocupado, así que si me permite,
voy y le aviso que usted está aquí.
Pero, patroncita, déjeme avisarle.
- Señorita Luciana, déjeme avisarle
que anda aquí, hombre.
Señorita Luciana.
[♪♪♪]
- Luciana, hermana, hola.
Ay, qué gusto.
Pensé que ya no ibas a venir.
- ¿Cómo crees, tonta?
¿Pensaste que me iba a perder la boda de mi hermana favorita?
- ¡Ay, qué bien que estás aquí!
Ven, ven a la recámara, está mi mamá ahí.
Le va a dar un gusto verte, ven.
Mira quién llegó, mami.
- ¡Luciana!
¡Qué bueno que llegaste!
Ay, tenía miedo de que no llegaras a tiempo.
- Ah, ¿sí? ¿Y por qué no iba a llegar?
- Pues...
pues, es que mamá tenía miedo de que el telegrama
no te llegara a tiempo.
- Pues, ya ves, mamá, que las buenas noticias
siempre son las que llegan primero.
- Ay, ya veo, Luciana.
- ¿Y Emilio?
- Me dijo que iba a estar en el despacho.
- Ay, bueno, pues, quiero saludarlo y felicitar al novio.
Ahora vengo. - Sí.
- Te ves preciosa, Camila.
- Ay. Qué bueno que estás aquí.
- Que Dios te bendiga.
- Gracias.
Yo sabía que mi hermana no me podía fallar.
- A mí también me da mucho gusto que esté aquí, Camila.
- Sí.
- Bueno, ¿vámonos?
No sea que Emilio vaya a salir y vea el vestido,
vámonos.
Levanta el vestido, Xóchitl, levanta el vestido.
- Sorpresa.
- ¿Para eso me mandaste a Nueva Orleans? ¿Eh?
¿Para que yo no me entere de tu matrimonio con Camila?
- Cállate.
- ¿Con una mujer que no puede medirse conmigo?
- ¡Cállate! Te van a escuchar, ¿no oyes? ¡Cállate!
- Que se enteren, ¡que se entere todo mundo
de que la única mujer de esta casa soy yo!
- Cállate.
- Porque no hay otra.
De que no puede haber otra.
[♪♪♪]
[Golpes en la puerta]
- Sal de aquí. Sal de aquí.
- Si me sacas de aquí, voy a hablar.
Les voy a decir toda la verdad.
- No te vas a atrever, Luciana.
- Les voy a decir que fui tu amante durante muchos años,
que sigo siendo tu amante.
¿Eh?
A ver si así Camilita se quiere casar contigo,
sabiendo el tipo de hombre que eres.
Emilio, ¿por qué?
¿Por qué?
¿Qué le viste a Camila?
¿Por qué con ella y no conmigo?
¡¿Qué le viste, carajo, qué le viste?!
¡¿Por qué?!
¿Qué te da ella que yo no te doy? ¿Eh?
¿Qué te ha dado? ¿Eh?
¿Acaso no es suficiente la pasión?
¿Tú crees que te va a dar todo esto?
¿Tú crees que te va a dar todo lo que nosotros vivimos?
No te lo va a dar.
Ella no te lo va a dar, Emilio.
Yo sí.
[♪♪♪♪]
[♪♪♪]
[Gallo canta]
[♪♪♪]
- Ay.
- Tú ya deja de tomar, Nicanor.
Ya sabes que al señor no le gusta.
- ¿Sabes qué, vieja? Mejor me largo de aquí.
Porque nomás empiezas a abrir tu boquita
y no hay quién frega'os te pare, hombre.
Ya me voy.
- Y tú, Antonio. Ponte a trabajar, haz algo.
Llévate esta cazuela.
Rápido, rápido.
¡Maldito mocoso, tarado!
¿Por qué no te fijas en lo que haces?
Ayúdame a limpiar esto.
- Oye, no la agarres contra el niño, Dolores.
- ¿Y a ti quién te pidió tu opinión?
- Mira, Doloritas, le vas bajando,
porque ahora que el señor se nos case
y va a tener otros hijos,
tú vas a dejar de ser la dizque señora de la casa.
- Camila, hija.
Mi amor, ¿no has empezado a vestirte?
- No.
- Bueno, te voy a empezar a vestir para...
- Quiero decirle algo a las dos.
Sobre todo, quiero que tú lo sepas, Camila,
antes de casarte.
- Yo creo, Luciana, que no es el momento...
- Mamá.
Camila, quiero decirte que estoy muy contenta,
que estoy que no quepo de la felicidad y,
y que te deseo la mejor suerte en tu matrimonio.
- Bueno, niñas, yo las dejo a solas
para que terminen de platicar.
Y apúrense, porque ya estamos tarde.
- Sí. - Yo me voy a arreglar...
- Quiero que me cuentes cómo estás,
cómo te sientes.
¿Qué te pasa?
- Ay, debería de estar contenta, ¿verdad?
- ¿Eh?
Camila, cuéntame.
Si hay algo que te pasa, quiero saberlo.
- Es que no sé si deba, Luciana.
- Ahora, más que nunca,
no debe de haber secretos entre nosotras.
- No estoy enamorada.
Yo no estoy enamorada de Emilio.
- Bueno, eso sí es una noticia que me sorprende mucho,
pero, pero, entonces, cuéntame,
¿cómo fue que planearon lo de tu boda tan repentinamente?
- Pues, un día Emilio me dijo que había hablado con mi mamá,
que le había pedido mi mano y que ella había aceptado.
Y yo sé que casándome con él resuelvo muchos problemas.
Las dejaría protegidas a ustedes.
Ustedes son mi familia, son lo único que yo tengo.
Y también me dijo mi mamá que el amor a veces...
pues no llega como yo pensaba,
de primera vista.
A veces el amor necesita tiempo, confianza.
Y yo espero que algún día me logre enamorar de Emilio.
Ay, estoy muy confundida, Luciana.
No sé qué hacer, tengo mucho miedo.
- Bueno, ¿qué te parece si...
si yo me quedo contigo un poco de tiempo en la hacienda?
¿Eh?
- ¿Lo harías?
¿Te quedarías conmigo?
- Camila, yo por ti haría cualquier tipo de sacrificio.
- Luciana, gracias.
Gracias.
[♪♪♪]
- Dile a esos indios que se apuren,
si no, van a ver lo que les espera.
- Sí, patrón. ¡Eh, levántame eso!
¡Levántame eso y llévatelo! ¡Órale, rápido!
- No me gusta nada cómo trata don Emilio a su gente.
- Irene, por favor.
- Qué bueno que llegaron, señora.
Hoy es un día muy especial.
- Ah, gracias, Emilio.
- Mucho gusto tenerlos aquí, ¿eh?
- Te ves radiante, ¿eh?
- ¡Ah! ¡Hoy soy el hombre más feliz del mundo!
- ¡Se nota!
Emilio: Sí.
- Felicidades. - Aurelio.
¿Cómo estás? ¿Ah?
- En nombre de toda la familia,
felicidades por este gran acontecimiento.
- No, gracias por estar aquí, gracias.
Muchacho.
Qué bueno que hayas podido escaparte para estar aquí.
- Buena suerte.
Es un honor para mí estar en tu boda y una coincidencia.
- Gracias. Pasen, pasen, adelante.
- Con permiso.
- La ceremonia no tarda en comenzar.
Adelante. - Con permiso, Emilio. Gracias.
[♪♪♪]
- ¿Eh, don Emilio? ¿Qué le parece?
Recién desempacado de los Estados Unidos.
¿Eh?
Regalo de mi abuela.
- Pasen, pasen, diviértanse. Hombre: Gracias.
- Luciana.
Qué hermoso vestido.
Te favorece tanto.
[♪♪♪]
- Les vamos a caer de sorpresa mientras están festejando.
Les vamos a dejar muy claro
que no nos vamos a detener ante nada.
Y aunque Emilio Gallardo sea muy poderoso,
Los Plateados no les tenemos miedo.
- ¿Y qué nos vamos a robar?
¿Las joyas? Gabriel: No.
Ni siquiera eso.
Nada más nos vamos a presentar,
pero sí nos vamos a llevar los caballos y las armas.
- ¿Y quién es esa noviecita del señor?
- ¿Y a nosotros qué nos importa?
Lo que importa es que reciban el mensaje.
- Vamos a entrar y vamos a dispararles a todos...
- Tomás.
- Nadie levantó la voz cuando fusilaron a papá.
Por su culpa a ti y a mí nos llevó la leva, Gabriel.
Mamá se murió de tristeza y de hambre.
A Manuel y a Ximena los metieron
en ese inmundo orfanatorio.
¿Hablas de limpiar el nombre de papá?
¿Hablas de vengarnos de quien tanto daño nos hizo?
Pues, hasta el momento, no has hecho nada, Gabriel.
- Mira, Tomás,
no sé cuál sea tu concepto de venganza
o limpiar el nombre de nuestro padre,
pero yo lo tengo muy claro.
Y no cabe la palabra "asesino".
Así que no va a morir nadie, ¿entendiste?
Ya saben lo que tienen que hacer, apúrense.
Que esté lista la comida.
[♪♪♪]
- Estoy absolutamente segura de que tu matrimonio
se va a terminar mucho antes de lo que crees.
Ah, yo voy a estar ahí para contemplar tu fracaso.
- Tú no vas a estar en ninguna parte donde yo esté.
Y mucho menos cerca de mi matrimonio, ¿oíste?
Mañana te vas de aquí, y quiero que vengas lo menos posible.
- Eso lo veremos.
- Patrón, el árabe y su gente ya están aquí.
Emilio: Qué bueno, ya era hora.
- ¿Quién es esa gente?
- Ay, Ofelia, son unos turcos.
Dicen que contagian todo tipo de enfermedades.
Espero que nos los hayas invitado tú, ¿verdad, Emilio?
- Por supuesto que yo los invité.
- ¡Ay! Y no los vas a dejar entrar a la iglesia, ¿verdad?
- Ay, qué horror. - Permiso.
Bienvenido, amigo Kamal.
- ¿Cómo le va, don Emilio?
Llegamos un poco tarde.
Nos perdimos, su hacienda es muy grande.
- Por fin voy a conocer a toda la familia, señor Kamal.
- Mi amada esposa Samia.
Él es don Emilio Gallardo.
- Encantado, señora.
Un verdadero placer conocerla.
[Campanadas]
Pero apurémonos. Ya, ya es hora.
Vamos a la iglesia.
- Vamos.
[Campanadas]
[♪♪♪]
[♪♪♪]
[♪♪♪]
- Hay dos hombres armados.
- Y hay uno más al fondo.
Ya yo me encargo de ese.
- 'Ta bien.
¿Todo bien?
- Mis caballos están aquí enfrente.
- Bueno, ya saben lo que tienen que hacer.
Nos vemos al rato.
[♪♪♪]
- 'Ta bueno el jolgorio, ¿no?
- Sí, está bueno.
- Órale.
Pa' que veas que Nicanor siempre comparte, méndigo.
Otro.
[♪♪♪]
- ¡Ah!
[♪♪♪]
[♪♪♪]
- Mi amor, ahora regreso, ¿eh?
- Sí, don Emilio, vaya.
[♪♪♪]
- ¿Viste la muchacha de azul?
- Pues, sí, Yasir, pero...
pero... - Pero ¿qué?
Mira y aprende.
Hola. Soy Yasir Bashur.
- Esperanza Castañeda, mucho gusto.
- Mucho gusto.
¿Podemos bailar?
- Eh...
no, muchas gracias.
- Una pieza. Solo una.
- Este...
No, de veras, es que estoy muy cansada.
Pero muchas gracias, ¿eh?
- ¿Qué hablabas con ese muchacho?
- Nada, mamá.
Me, me dijo que si quería bailar con él.
- Bajo ninguna circunstancia quiero que tengas tratos
con esa gente, ¿de acuerdo, mi amor?
- Sí, mami.
- Son preciosas, Yasir, pero no nos aceptan.
- Estaba cansada.
Estaba cansada.
[♪♪♪]
- ¡Luciana!
¡Luciana!
¡Luciana!
- ¿Pensaste que estaba con otro hombre?
Pues, fíjate bien,
que yo puedo tener al hombre que quiera
cuando lo quiera, ¿ah?
- Estás hermosa.
[♪♪♪]
- Salud, señores.
'Pérate, 'pérate, 'pérate.
Celebra conmigo, flaquita.
Nomás no se, nomás no se meta.
'Pérate. - ¡Ay!
Nicanor: Méndiga desgraciada.
Yo voy y...
Ya iba diciendo yo que el patrón es espléndido
con todo mundo.
- ¿Cómo está la novia más bella de todo el universo?
- Bien. ¿Dónde estaba, don Emilio?
Mucha gente preguntó por usted.
- Practicando con tu hermana Luciana.
- Ah.
- Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.
- Y, además, ella tiene muchísima plática.
Es muy difícil que alguien se aburra con ella.
- Nada más cierto.
- Yo le quería preguntar si, si Luciana se podría quedar
unos días más conmigo aquí en la hacienda.
¿No hay problema con eso?
- No, no, claro. Por supuesto que no.
Todo lo contrario.
Ahora permíteme un momento, por favor.
- Sí, claro.
Emilio: Señoras, señores.
¡Su atención, por favor!
Nicanor,
tráete el regalo de tu patrona.
¡Córrele, córrele!
Ven, mi amor, ven acá.
- Voy, voy.
- Mi amor,
este espléndido animal
es una muestra del inmenso cariño que siento por ti.
Es tu regalo de bodas, mi amor.
¿Te gusta?
- Ay, es...
es maravilloso.
No sé qué decirle.
- Pues, solo acéptalo, amor mío.
Es tuyo.
Se llama Pamolo.
¿Quieres montarlo?
- Sí.
Emilio: ¿Te ayudamos?
Mujer: ¡Bravo! Emilio: Arriba.
Ayúdala, Nicanor. Ahí va.
[Todos aplauden]
Y ahora... tráeme eso, quiero hacer un brindis.
Hoy comienza una nueva vida para mí.
Una vida que me llegó muy tarde,
y no me quejo si el premio es tener
a la más hermosa de las mujeres.
¡Viva Camila de Gallardo Rivas, señores!
[Al unísono] ¡Que viva!
[Disparos] [Gritos]
[♪♪♪]
- ¡A los caballos!
- ¡Quieto, quieto, quieto!
[♪♪♪]
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