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Zulu
Pase.
Ren� G�nin, cura de Cantenac,
y Roger Legris, el tonto del pueblo.
- �C�mo son? - Muy sorprendentes.
�Muy sorprendentes? Vaya por Dios...
Se�ores, por favor.
Est� usted bien, �verdad?
Mientras no se demuestre lo contrario, s�.
�Tiene tiempo para hacer una pel�cula ahora mismo?
Siempre tiene uno media hora por delante.
Pues bien, esc�chenos...
Encuentro su historia apasionante. Hasta el punto de...
�Oiga, se�orita?
�Quiere hacer que venga inmediatamente un equipo t�cnico completo?
S�, s�, inmediatamente. Gracias.
El Sr. Fernand Ren�.
Yo soy el borracho del pueblo.
Ya sabe lo que tiene que hacer.
Se�oras, por favor.
La Sra. Fusier-Gir, tendera de Cantenac.
La Sra. Pauline Carton, el ama del cura.
�Quieren anunciarnos?
La Sra. Milly Mathis, la due�a del caf�,
con Henry Laverne y Paul Demange.
Uno es su marido, el otro su amante.
El Sr. Marcel Simon, el centenario de Cantenac.
Ah� est� Ramettre.
No, escuchen... Les pido perd�n.
Si hablan todos a la vez, no voy a poder tomar nota de nada.
- As� es como empieza. - Una buena ma�ana...
No, no, era por la tarde.
No, no. Era un jueves.
Debe ser para una pel�cula.
Rongier har� seguramente el montaje.
El se�or bar�n de Cantenac, con su yerno y la esposa de este.
Los se�ores y se�oras del pueblo, espec�ficamente citados:
Robert Seller, el ebanista;
Luce Fabiole, la lavandera;
Num�s hijo, el cartero;
Jacques Sablon, el pe�n caminero.
�Est� enterado del acontecimiento milagroso producido en Cantenac?
Estoy muy interesado, lo confieso.
- D�jeme cont�rselo en detalle. - Se lo ruego.
El 2 de septiembre, a las 8 y 20...
Aqu� est� Sophie Mallet, la pastora de las ocas;
Pierre Juvenet, el charcutero;
Marthe Sarbel, la panadera;
Yvonne H�bert, la planchadora;
Claire Brilletti, la ni�era;
Georges Spanelly, el arquitecto.
�Hacen el favor de subir?
Aqu� est� Jacques de F�raudy, el herrero;
L�on Walther, el mayordomo;
Solange Varennes, la pastora; Aziza Ali, la gitana;
Roger Poirier, el jardinero;
Germaine Duard, la sirvienta.
Se�ores del pueblo, �quieren subir a la sala de espera?
Aqu� est� Bob Roucoules, el m�dico;
Paillette, la comadrona;
y Gr�then, el carpintero.
Suban, se�ores.
Varougeanne, el gitano;
y finalmente Bever, el sepulturero.
Y as� es como termina.
- Y no pod�a terminar mejor. - Es lo que pensamos todos.
�Qu� es toda esta gente? Parecen agradables.
Acaban de contarme un extraordinario tema para una pel�cula.
Y te aviso, en esa pel�cula har�s el papel de la se�orita,
si a la se�orita le parece bien.
A condici�n de que usted interprete al bar�n de Cantenac.
Est� hecho. No puedo negarle nada al bar�n.
En efecto, es un hombre al que nunca se niega nada.
Se�ores, comenzaremos una nueva pel�cula dentro de un mes.
Fran�ois Caron, �quiere usted ser el director de producci�n?
Fran�ois Gir, usted ser� mi asistente.
Renoux, har� los decorados.
Ramettre, usted el operador.
Y por favor, llame a nuevos aprendices.
Sr. Louis, ingeniero de sonido.
Srta. Lef�vre, usted la script-girl.
Sr. Muller, director de escena.
�Oh, aqu� est� Louiguy!
�Quiere usted hacer la m�sica? �S�? Tanto mejor.
�Tres, cuatro!
�rase una vez un pueblecito que subsist�a modestamente
entre Paimpol y Draguignan.
Era un pueblecito precioso. En realidad, no hay pueblecito feo
cuando se los ve de lejos.
Se llamaba Cantenac.
Estaba all� desde hac�a siglos
y nunca hab�a dado que hablar.
Figuraos que acaba de ocurrirle una milagrosa aventura.
Y es precisamente esa aventura lo que os voy a contar si os parece bien.
Pero tengo que empezar por el principio,
y quiero haceros la siguiente pregunta:
�sab�is lo que es un pueblo?
�Sab�is como empieza uno?
Bien, comienza con un palacio.
Puede parecer incre�ble, y sin embargo es as�.
Un gran se�or decide un d�a hacerse construir en una colina
o un llano, un magn�fico palacio.
Cuando se construye un palacio as�,
se necesitan muchas cosas.
Para la construcci�n se necesita de todo,
y para vivir all� se necesita pan, leche,
frutas, verduras y flores.
Se necesita, ay, carne.
C�mo no destacar la grandeza del caballero
y tambi�n la nobleza del gesto del trabajador.
El porte del se�or no posee m�s armon�a
ni gracia que el gesto de un obrero
cuando este hace su tarea con amor,
As� que muy cerca del palacio se levanta una aldea,
donde antes no hab�a m�s que un caser�o,
que parece surgir de la tierra llamada por el campanario que sube hacia el cielo.
Hay que tener una raz�n de ser en el mundo.
Es precisamente por eso que los palacios de antes
sab�an resultar �tiles dando origen a aldeas
que a veces llegaban a ser ciudades.
Favor por favor.
Mientras la aldea alimentaba al palacio,
el palacio la daba vida procur�ndole trabajo.
Y es as� como nuestro pueblecito naci� en el siglo XVI,
y este es el se�or que la puso en el mundo.
As� que pronto har� 500 a�os que existe.
Pero hay que reconocer que ya apenas existe desde hace 150 a�os.
Apenas s� subsiste, la pobre.
Puesto que ya no existe el palacio. Desapareci�.
Desde la revoluci�n, desde 1793.
Pero dejemos todo esto a un lado,
porque he aqu� que el gallo del pueblo
le dice al gallo del campanario que son las 5.
El campanario lo repite y lo dir�n otros.
Las casas son golpeadas por los postigos que se abren.
En el umbral de las puertas y el marco de las ventanas
aparecen, abotargados y de mal humor casi todos,
5, 10, 15, 20 rostros de sus habitantes.
Vamos a conocerlos mejor. Y vamos a enterarnos de cosas,
porque en este pueblo hay muchas cosas disparatadas.
Y hablando de cosas disparatadas,
aqu� tenemos sin m�s tardar al borracho del lugar,
y al tonto del pueblo.
Este apacible borracho es un caso curioso puesto que
jam�s se le ha visto beber y siempre se le ve bebido.
Se debe a que siempre se esconde para beber.
En mi opini�n, deber�a hacer lo contrario.
Deber�a beber abiertamente, y esconderse cuando estuviera bebido.
En cuanto a este hombrecillo, que se cuela por todas partes,
que aparece, que desaparece,
que le gusta desvanecerse, y hacer burlas a todo el mundo,
tiene en esta aventura un papel bastante discreto,
aunque sea primordial. Pronto tendremos la prueba.
�Oh! Pronto se ha hecho de noche esta ma�ana.
Puesto que ah� viene hacia nosotros, perm�tanme que se la presente.
�Por qu� anda as�? �Por qu� esa actitud?
�Por qu� va peinada as�?
Porque un d�a fue a Par�s.
Ella se merec�a una lecci�n, y Prosper se la dio.
Y qu� bien le sent� la lecci�n.
Conoci� el amor y pronto se convirti� en la golfa del pueblo.
Eso es lo que pasa cuando se va a Par�s.
Pero seamos serios. Tenemos aqu� a dos hombres a la vista:
el alcalde y el cura.
Uno y otro tienen distintos feudos,
y no es s�lo la carretera lo que los separa.
El alcalde no es creyente, es laico, sectario,
y se apega a sus opiniones como si quisieran quit�rselas,
aunque nadie en Cantenac las comparta.
Lo mismo ocurre con el cura, pobre y querido santo var�n.
Nadie le habla. �l no habla con nadie.
Les dir� por qu�.
Entre ese alcalde, que se sienta sobre el brocal del pozo,
como para impedir que salga la verdad,
y este cura que todo lo divide, el car�cter y las ideas,
la misi�n de uno, la funci�n del otro,
s�, entre estos dos hombres, hay algo.
Una cosa que hace que su hostilidad sea cada vez mayor
y a�n m�s profunda.
Estos hombres son hermanos, y son gemelos.
La lucha entre ellos hab�a sido terrible, implacable, anta�o,
y se asegura que una noche se hab�an peleado.
Los dos se hab�an disputado encarnizadamente
las almas de sus vecinos,
que pronto, no sabiendo con qui�n quedarse,
y deseando llevar una existencia apacible al menos,
sin cerrarse el cielo sin remedio,
tomaron un d�a la doble determinaci�n
de no volver a poner sus pies ni en la iglesia
ni en las reuniones organizadas por el ayuntamiento
con evidente prop�sito.
La gente prefer�a mil veces no tener opini�n de ninguna clase,
ni pol�tica, ni religiosa, no, no, no.
"Que se apa�en ellos y que nos dejen en paz".
Sin embargo hay dos concesiones que todos como un reba�o, hacen con gusto;
cada 4 a�os, votan para la alcald�a,
y en el momento de morir, cuando llega la noche,
llaman al cura.
Y si no votan m�s que en el �ltimo segundo,
tampoco llaman al cura hasta el �ltimo minuto,
cuando han perdido toda esperanza,
para no tener problemas con el alcalde si se curan.
�Pobre cura! �Qu� extra�a existencia llevaba!
En vano ta��a las campanas.
Ya no bautizaba, nunca confesaba,
no casaba a nadie.
Y en cuanto a la misa, la dec�a siempre en voz baja para �l solo,
con su sirvienta haciendo de monaguillo,
puesto que ning�n ni�o del pueblo
consent�a en hacer ese piadoso deber.
Ella lo hac�a contra el parecer del cura
y contra la voluntad formal del obispo.
Esta Eulalie, criatura amargada y devota por otra parte,
cumpl�a con esa tarea de manera bastante sorprendente.
Ella se dedicaba a andar nadando entre dos aguas.
y puesto que era su sirvienta, le serv�a la misa como serv�a la comida,
sin ceremonia y con rapidez.
Consideraba que era una comida m�s que tomaba su amo,
y haciendo caso omiso de ritos y costumbres,
le echaba una mano puesto que era su criada.
Hasta guardaba para la casa las genuflexiones
que no hubieran estado de m�s en la misa.
Una vez acabada la misa,
pasaba por delante del alcalde con la frente alta,
puesto que pod�a asegurar que el piadoso deber que hab�a cumplido
era parte de las tareas que deb�a hacer y nada m�s.
Pero si la influencia del sacerdote era casi nula,
no era lo mismo la de su hermano.
aunque esta se ejerc�a sin control.
�l pon�a en peligro el porvenir del pueblo.
La escuela era cosa suya y se aprovechaba de ello.
R,o,b...
Que estos nombres queden por siempre grabados en la memoria de los hombres,
nada m�s natural.
�Pero es necesario que sean exclusivamente estos?
Habr�a que a�adir que era o�do,
pero no escuchado.
Porque su joven auditorio ten�a otras preocupaciones.
Cantenac estaba en plena decadencia.
Decir que subsist�a no es del todo exacto,
m�s bien se extingu�a.
A fuerza de vivir siempre juntos,
de casarse entre ellos y de reproducirse entre ellos,
los habitantes de Cantenac eran todos parientes.
Parientes m�s o menos pr�ximos.
En un pueblo tan peque�o no puede haber parientes lejanos.
Los que no se apellidan Pidoux se apellidan Lacassagne.
Es una cosa u otra.
Solo hay dos apellidos en el pueblo, Lacassagne y Pidoux.
Los otros han desaparecido como absorbidos por estos.
Pero los Pidoux son muy prol�ficos.
En 40 a�os habr�n absorbido a los Lacassagne.
Y en realidad ya hoy, si alguien llama:
"Eh, Pidoux":
ver� que dos tercios del pueblo se dan la vuelta.
�Pod�a verse en Cantenac alg�n alma viviente venida de otro lado?
La verdad, nunca.
Salvo al Dr. Laragounias, que pasaba todos los meses,
atravesaba el pueblo, y no pon�a all� siquiera un pie,
porque ven�a en bicicleta.
- �Necesita mis servicios? - No, gracias.
Siga su camino, se�or curandero.
Y usted, al menos, trate de ir recto.
- �Necesitan mis servicios? - No, gracias, doctor.
Pagarle 40 francos por o�rle decir, acu�stese pronto y no coma demasiado,
no, gracias.
- �Necesita mis servicios? - Llega demasiado tarde.
Mi hombre muri� ayer y usted no estaba.
Haga que me crezca la pierna y le doy mi clientela.
En cuanto a estos, es otra cosa. Incluso la contraria.
No sin motivo, �l se aparta prudentemente.
Porque llamado por ellos el a�o pasado,
hab�a administrado a esta mujer una enorme dosis de calomelano
que le hab�a salvado la vida sin quererlo,
por lo que este hombre le guardaba eterno rencor.
As� que por una u otra raz�n,
el Dr. Laragounias era impopular en Cantenac.
Cuando pasaba delante del cementerio,
el tonto nunca dejaba de gritarle...
�Eh, doctor, m�ndenos gente!
La verdad, Cantenac est� tan mal situada y tan desprovista de inter�s,
que nadie ha tenido nunca ocasi�n de venir ni de pasar.
De tiempo en tiempo, un coche extraviado amaga con atravesar el pueblo,
pero tan pronto como lo ve, como si fuera repelido,
pone la marcha atr�s y prosigue recto el camino,
camino que, por otra parte, no es recto.
Sin embargo no quisiera callar una visita inopinada
que conmocion� Cantenac.
Esta visita se sit�a a uno o dos meses
del notable, inesperado y milagroso acontecimiento,
que iba a transformar Cantenac de cabo a rabo.
Esta es la raz�n por la cual
no puedo evitar contar la cosa.
Un carromato de gitanos venidos de no se sabe d�nde,
errante y y lastimoso,
se detuvo en la plaza del pueblo para asombro de sus habitantes.
De ese carromato vemos descender
una criatura descalza y de piel bronceada,
de cabellos negros y aceitosos, con lentejuelas de lat�n y pandereta,
que fing�a bailar como para ella sola,
pero con alg�n motivo oculto.
- En lugar de discutir... - Mirad lo que nos ha llegado.
Por fin se produjo lo que ella esperaba,
y cuando vio que la mayor parte del pueblo estaba all�,
dej� de bailar,
y en una jerga que hablaba con fluidez,
les inform� que ella no era solo bailarina,
sino que adem�s le�a las l�neas de la mano.
Y que por la m�dica suma de un franco,
se preciaba de poder decir a cada uno su porvenir inmediato.
S�, pero eso, su porvenir... Ellos ya se hac�an una idea.
Y un franco siempre es un franco.
Y las mujeres as�, �acaso no se burlan de la gente?
Pero dicho esto, todos se mor�an por consultarla.
Solo hac�a falta que empezara alguien.
Esa fue una mujer. Otra la sigui�.
A continuaci�n un hombre, luego otros.
Y al final pasaron todos.
Dos horas m�s tarde, ya sab�an a qu� atenerse.
Su porvenir ya no ten�a secretos para ellos,
y se ve�a bien.
Estaban m�s inquietos y agitados que de costumbre.
Ella hab�a cometido el error de predecir a todos una ventura pr�xima.
Una insensatez.
Decir a toda esa gente que iban a ser afortunados,
era como decirles que ahora eran desafortunados.
Ella se dio cuenta demasiado tarde.
Ellos hab�an desarrollado un fuerte resentimiento hacia ella:
"�Esa morenita se ha quedado nuestro dinero!"
Nuestra gitana se apresur� a abandonar el pueblo.
"�Cuidado, que se va!"
"�Saltimbanqui, ladrona!".
"�Asquerosa, guarra!".
Corriendo tras ella, le tiraban piedras.
Una de ellas rompi� el ventanuco del carromato y la hiri�.
No mucho, pero a�n as� demasiado.
Ese d�a estaban orgullosos.
Pero tiempo despu�s, iban a lamentarlo.
�Os hablar� del caf�? Por supuesto.
Desempe�a aqu� un papel fundamental.
Era el punto de encuentro de los lugare�os, que se aburr�an en su casa.
Iban all� al caer el d�a,
y pronto se agrupaban de 4 en 4 para echar la partida.
Vi�ndolos m�s de cerca,
se dir�a que estos hombres est�n a punto de vivir
el momento m�s agradable del d�a.
Parece que est�n enfadados. Nada de eso.
No es gente que no se habla.
Es gente que ya no se habla
porque ya se lo han dicho todo.
Para que se dirijan la palabra, hace falta que haya al menos un deceso.
Ella ha muerto.
- �Pobre! �Es horrible! - �Mi pobre amigo!
S�, una muerte o un nacimiento.
"�Es un ni�o!"
La verdad es que no pasa nada m�s en Cantenac.
Pero un nacimiento no tiene tanto �xito como una muerte.
Pasada la alegr�a inicial, escuchan de forma distra�da
el relato de un acontecimiento previsto desde hace meses
que no tiene inter�s para ellos.
Una muerte es otra cosa.
Hay algo de imprevisto en la agon�a, y a veces de misterio.
Algunos detalles son tristes, pero otros llaman a la risa,
a la risa y a pensar.
Sobre todo porque siempre se mezclan cuestiones de dinero.
Y en fin, la muerte es algo que nos afectar� a todos.
El nacer ya es algo pasado.
Bien, dejemos a estos hombres con sus pensamientos, con su partida,
y volviendo hacia los due�os del caf�,
observemos un curioso "m�nage � trois".
Aqu� est� el marido y el amante.
Y ah� est� la mujer.
Yo no tendr� la verg�enza de valorar los atractivos f�sicos de esta mujer
porque no quisiera molestar a estos hombres
que la consideran como la belleza y la gracia personificadas.
Hablan de ella como se hablaba de la Castiglione.
Sus ojos, sus brazos, sus senos, sus caderas y su sonrisa,
est�n embelesados hasta tal punto
que todo es un pretexto para cantar sus alabanzas.
Es precisamente porque est�n de acuerdo en ese punto esencial,
que estos dos hombres se odian.
No tienen las mismas opiniones pol�ticas,
pero en el fondo no les importa.
Es adem�s tan mal jugador el uno como el otro,
y sus partidas de damas son a veces tormentosas,
pero 5 minutos m�s tarde est�n brindando.
Nada de lo que les separa se puede decir que los desune.
Pero como est�n de acuerdo en la belleza de esa mujer,
ah� est�n divididos por ese punto de uni�n.
Por otro lado, ese hombre grandote les hace temblar de miedo,
porque sus celos son terribles y constantes.
�l no quiere verla concediendo el menor favor a ese enclenque.
Y eso ya dura 15 a�os. �l los vigila.
Y los otros dos no se f�an, creedme.
Cuando quieren besarse,
�qu� precauciones no tomar�n?
El otro est� ojo avizor. Los sigue hasta su dormitorio.
Y cuando los pilla juntos, reacciona con violencia.
Con una buena patada en el culo
le devuelve a su lugar.
Habr�a que preguntar a este hombre tan celoso
la raz�n por la que soporta esa presencia indeseable
tan cerca del objeto amado.
Pero es una pregunta imposible de hacerle.
Porque ese grandull�n es el amante.
Y el enclenque es precisamente el marido.
En cuanto al hijo de esta mujer, cuando vuelve de la escuela,
no se atreve a besar primero a su padre,
porque su padre, su verdadero padre, es �l, el amante.
El enclenque lo sabe, la mujer se acuerda,
y el hijo lo supone.
�Toma, toma, toma, toma, toma, toma!
En esta casa vive un verdadero fen�meno.
Aqu� est� su hijo, un viejo, esa es la palabra, de 87 a�os,
todo el d�a echando pestes.
Es su hijo menor.
Los dos mayores murieron de rabia. No por la rabia, de rabia.
Pronto sabr�is por qu�.
Esta es su nieta, que no tiene m�s que 65 a�os,
pero que parece tener al menos 83, minada por su mal humor.
Esta es su tataranieta, de 22 a�os.
Aqu� est� su bisnieto, que sale del servicio,
y que hace hoy 47 a�os refunfu�ando.
Y por fin �l, el fen�meno.
Nacido en 1821, tiene hoy 128 a�os.
Pero hay que admitir que apenas aparenta 110.
Es el hombre m�s viejo de Francia, y ah� est� sonriendo,
ayudando a dar sus primeros pasos a su t�tara-t�tara-nieto,
con una edad, por as� decirlo, de 18 meses.
Esos 126 a�os que les separan parecen tambi�n acercarles.
�No tienen ambos la misma dificultad para poner un pie delante del otro?
El viejo a�n puede caminar y el ni�o ya puede caminar.
�Qui�n es de los dos el que sirve de apoyo al otro?
�No estar� el ni�o ayudando al viejo a dar sus �ltimos pasos?
�A la mesa!
Es la hora de la cena.
Aqu� tenemos a 6 generaciones que se agrupan inmediatamente,
el ancestro cara a cara con el �ltimo reto�o de su estirpe.
Se toman las mismas precauciones con el viejo y el ni�o,
porque hay que temer a los mismos peque�os accidentes.
Uno ya no tiene dientes, y el otro no los tiene todav�a.
�Pero de d�nde viene que a excepci�n del centenario y el ni�ito,
las cuatro generaciones intermedias tengan rostros tan sombr�os?
�Y qu� significan esas caras hirientes,
crueles, implacables, de odio,
lanzadas disimuladamente
hacia ese viejo malicioso que se percata de ello?
�Por qu� los cuatro parecen impacientes?
�Por qu� tanta inquietud?
�Qu� es lo que esperan? Esperan la muerte del viejo.
Est�n inquietos porque no la ven venir.
60 a�os esperando su muerte,
y �l lo sabe, y le divierte.
No solo no se muere, sino que el tipo parece rejuvenecer.
El a�o pasado no estaba tan bien.
�Pero ah� lo veis, miradlo!
Podr�a jurarse que sus hijos son m�s viejos.
Ciertamente es odioso. Es inmoral, tambi�n.
No hay derecho a hacer esperar as� la herencia.
Esto no deber�a permitirse.
Deber�a acordarse que una vez pasada la centena, se repartieran los bienes.
�Es este viejo tan tico como para que esperen as� su muerte?
Oh, es mucho m�s complicado que eso.
No es solamente rico, podr�a ser riqu�simo.
Lo que posee es en verdad un tesoro.
Y ha escondido ese tesoro.
Y nadie jam�s ha podido descubrirlo.
La casa,
la han registrado 100 veces de arriba a abajo.
Han removido 10 veces la tierra del jard�n,
pero en vano.
�Estar� arriba? �Estar� a la izquierda?
�Estar� a la derecha?
Si supieran d�nde est� escondido el tesoro,
har�a tiempo que el viejo hubiera muerto accidentalmente.
De tiempo en tiempo, �l les llama as�
y les dice. "mi tesoro,
"no sabr�is d�nde est� hasta el �ltimo momento, cuando muera".
"Pero hasta entonces"...
Y es ese el momento que esperan, que acechan.
Pudiera ser...
Y as�, para distraerse, el viejo les da falsas alegr�as.
Falsas alegr�as que les llevan a un golpe mortal.
Hasta el punto que en 40 a�os ha visto morir de exasperaci�n
a su mujer, luego a su hermano, sus dos hermanas,
los tres hijos de su hermano y sus dos hijos mayores.
Pero parece que su hijo menor
se est� poniendo muy mal.
Tan mal que ciertamente se est� yendo.
�Zas! Una embolia.
Se esperaba la muerte del padre, y es el hijo el que se va.
Es muy gracioso.
Y nuestro centenario no puede dejar de pensar en ese momento
que los enterrar� a todos.
Otro m�s al que su tesoro habr� pasado por delante de las narices.
Su contento es compartido por su t�tara t�tara nieto,
para el que esta nueva muerte aumenta sus derechos a la herencia.
He aqu� la peque�a tienda donde se vende de todo,
calcetines, clavos, sardinas...
Deteng�monos unos instantes: vale la pena.
La tendera sale. Va a hacer un recado,
y cree que estar� de vuelta en 10 minutos.
Ella no nos importa. Su hija est� ah� y es a quien hay que ver por curiosidad.
Es la �nica chica bonita del pueblo,
pero el pueblo no sabe que es una chica bonita.
Esta gente solo ve una cosa:
que no es como las otras.
Ellos saben lo que es una hermosa chica bien entrada en carnes,
con mejillas como manzanas,
a la que se da un cachete en el culo para decirle que es de su gusto
y que se es un hombre galante.
S�, claro que lo saben,
pero no saben que es bonito no ser vulgar,
tener una nariz como esa y llevar la cabeza alta.
No llegan a decir que es un monstruo,
pero la mayor�a lo piensan,
porque les parece monstruoso tener una frente tan alta,
una piel tan blanca, unos rasgos tan finos,
un cuello tan delgado y flexible,
y unas manos delicadas, tan largas y finas.
Una corbata, algo que vaya con mi tez.
Ella no les parece normal.
Dicen que tiene manos de mono,
La encuentran demasiado delgada,
y por su color creen que est� tuberculosa.
El centenario se acuerda de que su tatarabuela
ten�a la misma cabeza peque�a, no mayor que un pu�o,
sobre un cuello muy largo.
Eulalie, que hab�a conocido a su abuela,
asegura que ella ya se le parec�a cuando era peque�a.
Las singularidades f�sicas de esta chica, si les creemos,
debieron saltar una generaci�n,
igual que el eczema, la arterioesclerosis y el estre�imiento.
�Tiene cuadernos con tapas de hule?
Ellos la tratan de usted.
Es la �nica persona de Cantenac a la que nunca tutean.
Y como le dicen usted, concluyen que es una engre�da
que se cree salida del muslo de J�piter.
�Puede darme una bobina como esa?
�Puede darme una bobina como esta?
S�.
- �Y usted? - Deme un vaso de aguardiente.
�C�mo ha dicho?
Un vaso de...
Oh, perd�n.
En vez de aguardiente, �tendr� por casualidad
cordones de zapato?
- Solo me queda un par. - Oh, es demasiado.
Yo solo quiero uno.
Es para el cojo. Es su cumplea�os.
Le guardo el otro para el santo.
- �Cu�nto es? - 5 francos.
Qu�deselo.
�Has visto qu� colores? Di algo, estoy habl�ndote.
Ojal� me haya dado el cord�n del pie izquierdo.
La consideren o no un monstruo,
lo cierto es que tiene ya 24 a�os
y ning�n muchacho la ha pedido en matrimonio.
Inquieta a la juventud, sin despertar ning�n otro sentimiento,
al menos as� lo parece.
Algunos hombres casados, que ya no son j�venes,
le reconocen alguna cosa, no saben bien qu�,
pero que les hace ruborizarse,
sobre todo cuando su mujer est� al lado de ella,
y pueden entonces hacer comparaciones
que su pareja, prudentemente, suele interrumpir.
�Qu�, te quedas paralizado delante de ella?
Ese d�a Blanche fue demasiado lejos.
Se inclin� un momento sobre la vitrina del mostrador
con cara de decirle:
�Por qu� no se trata si est� enferma de los bronquios?
La otra abri� bruscamente la vitrina con cara de decirle:
V�yase usted a tratarse la cara.
- �Por qu� os hab�is pegado? - Por nada.
- Venga, dime por qui�n - Por nadie.
�Puedes jurarme que no fue por Paul?
Incluso me neg� la mano.
Mira c�mo se van juntos.
Si te metes con ella, te las ver�s conmigo.
Espero que me hayas entendido.
- �Qu� tengo yo, mam�? - Yo no s� nada.
Ella, en efecto, no sabe nada.
Se preguntaba si no llegar�a a ser costumbre local
no pedir la mano de su hija.
Nadie la hab�a pedido nunca, pero al pasar los a�os,
se imagina que cada vez la pedir�n menos.
Lo que te pasa a ti, le pas� exactamente igual a tu abuela.
Y eres igualita que ella.
Si bien ella acab� por casarse con cualquiera.
Yo quiero casarme con cualquiera, mam�.
Precisamente sal� para eso.
- Te he escogido... - Da igual.
Al menos es un hombre.
�Qui�n es, mam�? �Es viejo?
No. Es muy joven.
�Quieres verlo? Le he hecho entrar por all�.
- �No quieres decirme qui�n es? - No.
Quiero darte una sorpresa.
�Quieres casarte con ella?
�No! Soy tonto pero no est�pido.
�Por qu� no quieres?
Porque es demasiado bella.
Solo el tonto adivinaba que ella era hermosa.
Por cierto, �por qu� pasa por tonto a los ojos de todos?
Porque tiene ideas extravagantes y man�as,
como suelen tener los que se salen de lo corriente.
Se le llama tonto porque lleva siempre con correa un peque�o perro horroroso
al que cuenta historias en voz baja,
lo que por otra parte no es se�al de tonter�a.
Se le llama tonto porque se pone a re�r sin motivo,
lo que tiene a�n m�s m�rito.
Se le llama tonto porque cada tarde, al crep�sculo,
va solo al cementerio y deposita una margarita,
una amapola, a veces incluso una espiga de trigo,
sobre la tumba que se encuentra en el centro del recinto.
Donde desde el siglo XVI,
reposan los se�ores de ese pueblo.
Porque aunque desde 1793 ya no existe el palacio,
al menos han conservado la costumbre de hacerse enterrar all�,
entre sus paisanos que los ancestros amaron tanto.
Alain Pidoux, maestro vidriero.
El se�or de Cantenac, poeta y capit�n.
Jean-Fran�ois, escudero del rey Henri IV."
Y tenemos en definitiva una faceta del pueblo tal como era anta�o.
All�, el palacio subsiste rodeado de chozas.
Philippe de Cantenac, obispo de Perpignan.
Am�d�e de Cantenac, mariscal de Francia.
Vivien de Cantenac, miembro del Instituto.
Porque aunque hayan destruido la cuna de esta noble familia,
olvidaron saquear su tumba.
Pierre de Cantenac,
embajador de Francia.
Aunque no pudieron nacer aqu�,
Jean de Cantenac muerto en el pat�bulo,
Antoine de Cantenac, muerto en el exilio,
todos los barones de Cantenac se hicieron traer aqu� tras su muerte.
El m�s reciente, Arthur de Cantenac,
fue depositado aqu� el 12 de abril de 1922.
Se hab�a suicidado.
�Pero qu� queda de los Cantenac?
Queda uno, nada m�s, y aqu� est�.
El �ltimo bar�n de Cantenac.
Es un hombre de 70 a�os,
tan pobre �l solo como todas las chozas de su pueblo juntas.
Que si las comparo, se ve que en efecto �l es como Cantenac.
Envuelto en su capa verdosa, se dir�a cubierto de yedra,
y bajo su gran sombrero de paja,
parecer�a cubierto de rastrojos.
Aunque lo que pierde en fortuna y juventud, lo gana de pintoresco.
Vive en un pabell�n modesto dentro de una vieja granja,
situada a 10 leguas de Par�s.
�C�mo vive? Al ralent�.
Y como su pueblo, se apaga suavemente.
Nada le impide quitarse el sombrero ante la vida,
cosa que su pueblo no puede hacer.
Es totalmente libre de precipitar el final
que a veces le parece que tarda en llegar.
�Porque es vida vegetar as� en esta casucha
y en condiciones que aunque excepcionales
no son menos lamentables?
Y para tener conejos y gallinas,
para tener un jardinero, un reba�o de ocas,
se dir� que hace falta cierta fortuna.
Pues no.
- El se�or bar�n ha vuelto. - �T� crees?
- Estoy segura. - Pues d�monos prisa.
Y ah� est�n apresur�ndose.
Y para tener ese viejo mayordomo tan elegante,
y esa cocinera tan gentil y sol�cita,
hay que tener rentas.
Otra vez no.
Porque esas personas que ha mantenido 30 a�os a su servicio
son ahora sus anfitriones.
Tras haber hecho fortuna al servicio del bar�n,
compraron esta granja y lo han acogido en ella.
No conform�ndose solo con no recibir ning�n pago de �l,
lo alojan gratis en su casa, lo alimentan y lo sirven
con tanto afecto como respeto.
No aceptar�an que fuera de otro modo.
Se han convertido en campesinos por gusto,
pero a la hora de la comida, el deber ante todo,
reanudan el servicio de su antiguo amo.
Gracias. Gracias.
As� es como vive, con los muebles que cuenta dejarles,
rodeado de cuadros que constituyen su �nica posesi�n.
Porque la fortuna del bar�n asciende en este momento
a 12500 francos.
C�ntimo arriba o abajo.
Y a fin de cuentas,
�no ser�a mejor acabar ya?
�Qu� puede esperar ya de la vida? Nada.
�Del destino? Un milagro.
Ya no lo espera.
Una situaci�n dram�tica prevista desde hace mucho que deb�a dejarle fr�o.
�l se hab�a jurado acortar bruscamente su vida
cuando su existencia no le pareciera ya soportable.
Por eso digo que el acontecimiento deb�a dejarle doblemente fr�o.
La hora fatal hab�a sonado esa ma�ana.
Su testamento pronto estuvo hecho.
Lo poco que le quedaba de su esplendor pasado,
muebles, objetos y cuadros,
los dejaba a sus servidores.
El se�or de Cantenac se dio cuenta ese d�a
de una cosa en la que nunca hab�a pensado:
que hab�a sido toda su vida un hombre absolutamente in�til.
Siempre hab�a sido un vago.
No habiendo jugado ning�n papel concreto en este mundo,
no tendr�a ning�n sentido
conceder importancia a su desaparici�n.
Y si sellaba con tanta calma su testamento,
no era esperando que alguien viniera a impedirle matarse,
�No, no!
No le desagradaba ser el espectador impasible de ello.
Se hubiera sentido culpable de faltarle sangre fr�a en tal momento.
Pasaba revista a su vida,
lamentaba no haber ido nunca a Florencia,
no haber vivido en el siglo XVIII
y no haber visto a Sarah Bernhard en "Fedra".
Hab�a adorado a las mujeres, pero indiscriminadamente.
Se felicitaba de no haberse hecho ilusiones nunca
ni sobre los sentimientos que ellas le confesaban,
ni sobre los que �l sent�a por ellas.
Familiarizado ya con la idea de desaparecer,
experimentaba incluso una especie de amargo placer,
y a poco que cerrara los ojos,
se ve�a muy bien no estando ya all�.
Se complac�a en imaginar a ese sill�n tan respetado, ahora vac�o.
Sus objetos que le eran familiares, su pipa, su navaja de afeitar, su peine, su brocha,
convertidos en reliquias.
Los agrupaba en el pensamiento entre los objetos art�sticos.
Solo el destino de sus gafas le preocupaba un poco.
Como no pod�a ver nada sin ellas, �qu� podr�an ver ellas sin �l?
Pero de todo el resto se desped�a sin m�s.
Ahora que la decisi�n estaba tomada y la hora de partida fijada,
�qu� era ese grabado que llamaba su atenci�n
y que reten�a tambi�n su mano?
No era un grabado, sino un bonito dibujo del siglo XVIII,
uno de los m�s bellos de Hubert Robert.
Era el palacio de Cantenac, con su pueblecito.
De repente le vino una idea: conocer Cantenac.
Este viejo �rbol ten�a una especie de impaciencia en sus ra�ces.
Haber visto su pueblo,
precipitarse all� con la cabeza primero
antes de ir all� pronto con los pies por delante.
24 horas m�s tarde, el bar�n de Cantenac entraba en Cantenac
en un sorprendente transporte.
Un viejo se�or voluminoso arrastrado por un caballo tan peque�o,
produc�a un efecto sorprendente en los lugare�os.
Pero la sorpresa de ellos era solo superada por la suya.
Porque si a ellos les parec�a incre�ble,
�l, a su vez, no cre�a a sus ojos.
Si ellos lo encontraban muy extra�o,
�l los encontraba muy tristes.
Y si hac�a morirse de risa a algunos,
�l se apercib�a de cosas que le consternaban.
Cruzaba miradas que le hubieran hecho llorar,
si no hubiera vuelto la cabeza.
Se hac�a una idea muy distinta de su pueblo.
Result� extremadamente afectado.
Hasta el punto que de hecho acort� la visita.
Quer�a ir a donde anta�o se levantaba el palacio de sus ancestros,
pero al no gustarle las cosas feas
y poco amante de las impresiones siniestras,
dio media vuelta en el camino.
�Para qu� pasearse entre piedras antiguas?
�Para qu� correr tras los restos de un pasado extinto?
Puesto que el palacio ya no exist�a,
�no era mejor imagin�rselo resplandeciente, altivo?
Sus reflexiones le condujeron al cementerio,
donde milagrosamente conservado,
esa �ltima morada estaba intacta.
Los lugare�os le hab�an seguido. Poco le importaba.
Con el coraz�n en paz, enumerando a todos sus ancestros,
se familiarizaba con la idea de unirse a ellos antes de acabar la semana.
Mientras que en Cantenac �l pon�a en orden sus ideas,
sus servidores hac�an en Fontenay una limpieza de arriba a abajo.
Despu�s de recogerse unos minutos, volvi� sobre sus pasos,
y se dirigi� a la iglesia.
�Oh, Dios m�o!
El bar�n de Cantenac hab�a entrado en el santo lugar
para rogar al cura que recogiera unas declaraciones
que iba a hacerle.
Que ser�an seguramente de sumo inter�s,
pero que deb�a mantener en secreto.
No dirigi� la palabra a ninguna otra persona,
y a continuaci�n volvi� a subir a su carro.
Se alej� con el coraz�n afligido por haber venido.
Su pueblecito...
Le hab�a dicho hola, y ahora le dec�a adi�s.
- �Has visto a ese se�or mayor? - Lo vi de lejos.
�Y entonces?
No hab�a dicho a nadie qui�n era,
pero todos lo hab�an presentido.
Excepto el centenario, que no lo hab�a visto,
todos estaban convencidos de que el bar�n les hab�a hecho una visita.
Unos reconoc�an que no les sorprend�a,
otros que no les extra�ar�a,
y el alcalde, por mucho que se defendiera, se defend�a mal.
�Y si era el bar�n de Cantenac?
El centenario, obstinado, aseguraba que ya no hab�a un bar�n de Cantenac.
- �Qu� sabes t�, mam�? - �C�mo que qu� s�?
Si a�n existiera uno, �l lo sabr�a.
�Qu� quieres decir con eso?
El porte que tiene. S�, absolutamente.
Encuentro que tiene un gran porte.
Opino como usted.
Estr�cheme la mano.
- �Por qu� me la rechaz�? - No me atrev� a d�rsela.
�Y por qu� se atreve hoy?
Porque tengo la impresi�n de que no la va a rechazar.
Mam�, es un Cantenac. Ahora estoy segura.
El rumor se propagaba,
y para todos era ya una certeza.
El centenario mismo estaba conmocionado.
Algunos afirmaban que pondr�an la mano en el fuego.
�Pero c�mo lo hab�an adivinado?
Yo no s� nada, pero cuando un suceso es milagroso,
no hay que extra�arse de que lo sea del todo.
Uno de ellos deb�a saberlo mejor,
y ese era el cura.
�l y el anciano se�or hab�an tenido un encuentro breve pero significativo.
Prosper estaba seguro.
Th�r�se, On�sime, Isidore y �l mismo
los hab�an visto con sus ojos hablando.
Y no era el cura el que hablaba, era el otro.
Est� bien, dej�moslo. �Blandine!
�Qu� le habr�a dicho tan extraordinario
para que el sacerdote llegara a santiguarse.
El cura balbuceaba pero no quer�a decir nada.
�Para qu� le quer�a, que hab�a venido as�?
Inform� al cura que el centenario quer�a verle inmediatamente.
�Es que iba a morirse? En absoluto.
Lo que esperaba del cura era algo muy distinto de la extremaunci�n.
Le repet�an que el visitante era el bar�n de Cantenac,
y que el cura lo sab�a.
Y �l quer�a tener la �ltima palabra. Y r�pido.
Iban a ver c�mo se las arreglaba para confesar a un sacerdote.
�Ese anciano le ha dicho que se apellidaba Cantenac?
No. No lo ha dicho, pero tengo razones para creerlo.
�Y por qu� raz�n?
Me pidi� una misa de difuntos ma�ana por el bar�n de Cantenac, que morir� ese d�a.
�Y c�mo puede saberlo por anticipado?
Yo tambi�n me lo pregunto. A m� tambi�n me mosquea.
Si sabe de antemano que va a morir, es que se va a suicidar.
�No le ha dicho nada m�s?
Me dijo que el bar�n llegar�a aqu� el jueves para ser inhumado.
Hay que impedirlo a cualquier precio.
- �Le dio su direcci�n? - S�.
Bien, vaya r�pido.
Ah... eso es todo.
Bueno.
Y orden� a Claire que le prestara su bicicleta.
- �La m�a? - Pues claro, la suya.
Esa gente lleva faldas.
Y que el cura le traiga al bar�n.
Porque tiene que hacerle important�simas revelaciones.
Ahora que cuidado: ni una palabra a nadie.
Y el sacerdote lo jura. O al menos, lo promete.
Y ah� se marcha.
Y todos se preguntan a d�nde va.
- �A d�nde va? - Al infierno.
De vuelta en su casa, bueno, es un decir,
el se�or de Cantenac no pierde un segundo.
La decisi�n de acabar con su vida se hab�a visto reforzada
por la visita que acababa de hacer a su pueblo.
En 5 minutos estoy con vosotros.
Nuestro santo var�n se apresura. Se cruza con un hombre que le saluda.
Tanto hab�a perdido la costumbre, que se pregunta si lo conoc�a.
Aqu� est� el pago por la hospitalidad y para el transporte de aqu� a Cantenac
El se�or cura de Cantenac.
Que pase.
El cura le trasmite la demanda del centenario,
y 10 minutos despu�s est�n de camino.
Hice bien en quitar las balas.
�Aqu� lo tiene!
- Si�ntese. - Si�ntese usted.
Gracias.
Si�ntese.
Y ahora no perdamos un momento.
Antes le he reconocido inmediatamente.
Ustedes los Cantenac son de buena raza.
No hace falta que le pida documentos, usted es de la familia.
Ustedes son de dos clases.
O son grandes y fuertes,
con una nariz... Con una nariz como esa suya.
O bien tienen una cabeza peque�ita
sobre un cuello de cig�e�a.
Como nosotros tenemos un curioso...
- �Esp�cimen, quiz�s? - S�.
Como tenemos un esp�cimen con la hija de la tendera...
Pero en fin, eso...
Le he reconocido inmediatamente,
gracias al retrato que mi padre hizo de su tatarabuelo.
�Su padre conoci� a mi tatarabuelo?
S�.
En la familia somos centenarios de padres a hijos desde la batalla de Bouvines.
Mi abuelo naci�
en 1698.
Y muri� a los 103 a�os.
Y tuvo a mi padre con 70 a�os.
No hay m�s que centenarios en la familia.
Tambi�n hacemos el amor,
y sin dificultad, incluso ya vetustos.
Bueno, volvamos a lo que nos interesa.
Mi padre naci� en 1768.
Ten�a pues 25 a�os cuando estall� la Revoluci�n.
Ya sabe lo que ocurri�. La gente...
Con muy buena intenci�n, sin duda.
Vinieron aqu�, incendiaron el palacio,
capturaron al bar�n de Cantenac,
el cual, presintiendo la desgracia,
y ten�a raz�n, puesto que la desgracia ya hab�a llegado:
a los tres d�as sub�a al pat�bulo.
Ahora bien, la v�spera por la noche, hizo llamar a mi padre,
que era criado suyo,
y le confi� un tesoro.
- �Un tesoro? - Dici�ndole estas palabras:
"Cuando llegue el momento, se lo devolver�s a mi hijo Antonin".
- �Qu� hizo mi padre? - No lo s�.
Enterr� el tesoro. Eh, es que...
Hab�a que ser prudente.
Algunos a�os despu�s, cuando hab�a vuelto la calma,
�l busc� a Antonin.
�Oh, perd�n, perd�n! El bar�n Antonin.
Mil disculpas.
Busc� al bar�n Antonin pero no lo encontr�.
Se hab�a exiliado.
El muy idiota.
�Oh, perd�n!
Opino lo mismo que usted. Y muri� en Am�rica.
- Nunca hay que exiliarse. - Nunca.
- Pero ese, era su bisabuelo, �no? - S�.
Y su abuelo, �qui�n era?
- Henri de Cantenac. Muri� en la guerra. - �Y su padre?
Arthur de Cantenac.
Se mat� �l mismo. En M�naco.
Arruinado en el juego.
Pero d�game, usted no debe estar muy boyante, �no? - No.
�Pero no ser� pobre?
S�.
- Entonces llego a tiempo con el tesoro. - Puede usted asegurarlo.
Tiene gracia, que sea tan pobre siendo tan rico.
En fin, tan rico, quiz�s.
Porque el tesoro, �ser� dinero, ser�n joyas,
ser�n objetos familiares?
- �Usted no lo sabe? - Yo no s� nada de nada.
Y nunca he querido saberlo.
Mi padre tampoco supo nunca nada.
Todo lo que s�, es que es voluminoso,
es pesado,
en una especie de ba�l... como de este tama�o.
�Ser�n pistolas, ser�n cuchillos,
ser� chatarra antigua?
Lo sabremos esta tarde. O m�s bien esta noche.
Hay en el pueblo una vieja casa abandonada
a la que desde hace 50 a�os le he dado fama
de estar encantada, para que nadie se acerque a ella.
All� lo he escondido.
Entonces iremos los dos, esta noche, a medianoche.
Yo voy all� cada 10 a�os.
Miro, palpo,
y luego me voy.
Siempre llevo la llave conmigo,
colgada del cuello.
Aunque me la paso para atr�s cuando me sangra la nariz.
Esa noche, cuando todos se hab�an acostado
y hasta la �ltima luz se hab�a apagado,
y mientras la medianoche sonaba en todos los campanarios de las iglesias de Francia,
el bar�n de Cantenac y nuestro centenario
fueron hasta esa casa encantada
que ocultaba celosamente el tesoro fabuloso de los barones de Cantenac.
La puerta no estaba cerrada. Nunca lo estaba.
Una precauci�n del viejo que sab�a que ladrones, chismosos y fantasmas
no entran jam�s en casas con ventanas y puertas abiertas,
porque ladrones, chismosos y fantasmas
son forzosamente gente miedosa,
que si no tienen que forzar cerraduras,
temen encontrarse en las casas mal cerradas
a otros ladrones, chismosos, e incluso fantasmas.
El tesoro estaba en el desv�n.
Estaba escondido bajo sacos viejos.
Aqu� est�n los sacos. Levant�moslos.
�Oh, maldici�n!
El tesoro ya no est�.
Su rastro est� en el suelo. Sigamos su rastro.
Oyen un ronquido que les inquieta y les tranquiliza.
�Acaso roncan los fantasmas?
Se�or bar�n, enmarcado as�, tiene el aspecto de sus ancestros.
Avancemos.
Vayamos despacio. El ronquido es por all�.
�El tonto!
El tonto duerme a pierna suelta sobre el tesoro que guarda.
Lo he cambiado de sitio.
Porque donde estaba, hab�a muchas ratas.
No me gustan las ratas.
- �Pero qu� haces aqu�? - Hago el fantasma,
lo hacemos los dos.
�Y por qu� haces el fantasma?
- �Para guardar su tesoro, claro! - �Y c�mo sabes que es un tesoro?
Esas cosas se adivinan.
En una caja as�, cerrada de este modo,
no van a guardar bostas de vaca.
�Y c�mo sab�as que era m�a?
Porque usted ten�a, abuelo
ese aire burl�n y siempre de lado
del hombre que posee un tesoro. �No es as�, se�or bar�n?
Y tambi�n porque solo usted osaba hablar de la casa encantada.
Y porque casualmente hace 10 a�os, le vi entrar una noche como un ladr�n,
y salir con las manos vac�as.
Desde entonces lo vigilo durmiendo encima,
envuelto en una vieja s�bana, listo para hacer el fantasma
- si alguien entraba en la casa. - Eres un hombrecillo valiente.
�Porque soy tonto?
Tal vez tengas raz�n,
pero ya has dicho demasiado para no saber ya m�s.
- �Lo abrimos delante de �l? - Lo abrimos delante de �l.
Adem�s no est� mal tener un testigo.
El tesoro es suyo. Tiene todo el derecho.
�Oh!
Pero si no hay m�s que ropa.
S�. Que constitu�a entonces un verdadero tesoro bordado de honor.
- �Qu� pesados son! - El peso de los honores.
Y este, y ese...
�Oh! �Qu� es esto?
Es el mandil de cuero de un maestro vidriero.
- El de Alain Pidoux. - El de Alain Pidoux, por supuesto.
Es todo.
- �Y c�mo era tan pesado? - Debe haber un doble fondo.
S�, puede ser.
Esperad. No, no me parece.
�Lo he encontrado! Quitad las manos, vais a ver.
�Oh!
�Monedas de oro!
�Y qu� cantidad!
1,2,3,4,5,.
6,7,8,9,10,
11,12,13,14,15...
Al haber aparecido el tesoro,
el bar�n se percat� de que heredaba una fortuna inesperada,
considerable sin duda, pero a�n as� calculable.
Ser�an millones, muchos millones,
pero no miles de millones.
No hab�a que hacer locuras.
Entonces, �qu� iba a hacer?
Pronto tom� una decisi�n: Cantenac.
Esa fortuna le ven�a de Cantenac, y all� pertenec�a por derecho.
Cantenac, por supuesto. No tuvo otra idea.
Procurar su felicidad, s�, pero hacerlo a su modo.
Repartir el oro entre esos infelices. Se le ocurri� la idea,
pero la descart� r�pidamente.
Porque eso hubiera sido convertirlos en avaros,
y no es as� como se hace feliz a la gente.
Y as� s�bitamente concibi� el proyecto grandioso y fenomenal
de devolver la vida a su pueblecito,
de volver a empezar de cero, comenzar todo de nuevo.
48 horas despu�s recib�a la visita de un conocido arquitecto
que hab�a hecho venir de Par�s.
Sin m�s le explic� lo que esperaba de �l.
A partir del jueves siguiente, �l ya no era el mismo.
Su caballito hab�a multiplicado su potencia,
y para realizar su extravagante sue�o,
retom� el camino de su pueblecito.
Pero al pasar por Thibervalle...
Se detuvo en la oficina de un notario.
�El notario Sr. Jadoux?
�Tiene usted terrenos a la venta en los alrededores de Cantenac?
�Me est� echando?
�Es usted sordo?
�Mudo?
TERRENOS A LA VENTA SITOS EN CANTENAC
Soy comprador. S�, s�, s�.
Inmediatamente.
Gracias.
D�game, querido se�or,
las formalidades se resolver�n m�s tarde.
- Adi�s. - Adi�s.
Hecha la adquisici�n de un centenar de hect�reas cerca de Cantenac,
pronto lleg� all�.
Fue recibido por el cura,
que le rog� que considerara la casa parroquial como su casa.
El se�or de Cantenac acept� de inmediato la proposici�n del cura.
Ese mismo d�a, despu�s de cenar,
de las parcelas de tierra que acababa de adquirir,
hizo un reparto equitativo entre los habitantes del pueblo,
que no pod�an creer a sus ojos ni a sus o�dos.
Eulalie, que le secundaba amablemente,
le daba valiosas informaciones sobre sus conciudadanos.
Le indicaba cu�les eran los m�s pobres o los m�s meritorios.
"4 hijos", dec�a ella.
O bien: "mal de los bronquios".
Las indicaciones que le dio sobre Fortun�
movi� al bar�n a ofrecerle un vi�edo.
Fortun� se dec�a que no era el �nico al que le gustaba el vino.
�Vaya!
Al bar�n le pareci� que Paul Pidoux no carec�a de distinci�n.
Pero su asombro fue a�n mayor
al ver a Virginie Lacassagne.
�Qui�n es esta persona?
Es la hija de la tendera.
Ah, la hija de la tendera.
El bar�n se acord� de lo que el centenario le hab�a dicho.
�l le hab�a hecho una descripci�n fiel y representativa,
y tendenciosa por cierto.
Decididamente el proverbio era cierto: Dios los cr�a y ellos se juntan.
Ella era bella, era joven. �l era joven, era guapo.
Y lo que es m�s, celoso.
El bar�n de Cantenac no esperaba tanto.
�Iban a echarse a perder las cosas? No.
No, porque el tonto tambi�n vigilaba ese tesoro.
�No tendr� por casualidad un campo de margaritas?
Y la distribuci�n continu�,
y los rostros de hombres y mujeres se iluminaban con una sonrisa infantil
cosa que encantaba al bar�n.
Pero eso a�n no era nada.
Los hombres ya no deambulaban ociosos por las calles del pueblo.
Llevaban sus �tiles, guada�as, rastrillos, palas, picos, layas,
con orgullo sobre sus hombros.
Desde el alba trabajaban los campos,
y al atardecer ten�an lo que da el deber cumplido:
la conciencia tranquila.
Hasta Sidonie hab�a expresado la pretensi�n de ser �til.
De la ma�ana a la noche paseaba a esta vaca a la que hablaba como a un perro grande.
"�Quieres venir de una vez? �Vamos!"
Fortun�, el empedernido alcoh�lico, afirmaba que en adelante
solo beber�a leche.
La intenci�n no era mala, y hab�a que animarlo,
pero desgraciadamente, al haber perdido la costumbre de caminar recto,
ten�a una molesta tendencia a tropezarse con todo.
Pero no se mejora todo de la noche a la ma�ana,
en todo hace falta mesura.
Y el alcalde y maestro lo hab�a entendido bien.
Comenz� a poner un poco de agua, o leche, en su vino tinto.
N, A, P...
A esos grandes hombres les a�adi� otros.
O, N.
Luego, con decisi�n, los pon�a bajo la misma llave.
Los ni�os no pod�an creerlo. Ver�an a muchos otros.
El se�or del pueblo les preparaba a todos una inmensa sorpresa.
En el lugar donde anta�o se levant� el palacio de sus ancestros,
hizo construir una sorprendente morada,
sobre la cual abrigaba las mayores esperanzas.
Siguiendo el bonito dibujo de Hubert Robert
y de acuerdo con las precisas instrucciones del bar�n,
el arquitecto hab�a ejecutado la maqueta.
�Le gusta esto? S�, me gusta mucho.
No quer�a que fuera algo antiguo, ni tampoco moderno.
Que no fuera nuevo, ni viejo.
Quer�a que fuese muy sencilla, y muy bonita.
Es decir, que fuera muy francesa.
Me gusta que una morada est� construida
como una frase de Voltaire o de Anatole France.
Pero de esto no hab�a que decir nada a nadie.
�Eh, ah�! �Os estoy viendo a los tres!
Porque nadie ten�a derecho a trepar por esos muros.
Los lugare�os se familiarizaban con la alegr�a de vivir.
Estos se hab�an reconciliado.
Este propon�a matrimonio a Eulalie,
si ella se compromet�a a no hacerle correr nunca.
Al llegar la noche, estos cantaban.
Si tuviera que enumerar todos los besos que ella ha dado
Bien podr�a contar 100000 Y a�n m�s
Y a�n m�s
Y es precisamente por eso Que yo la adoro
Otros bailaban.
�Qu� haces ah� solo?
No tengo bailarina.
�Ah, bueno!
Ya bajo.
Ellos se mor�an de ganas de bailar los dos.
Cuando digo los dos, quiero decir juntos.
Pero ocurr�a que uno no invitaba al otro.
Marivaux, Marivaux, as� son tus golpes.
A �l le parec�a preciosa con su falda,
pero le recordaba a la de la gitana que hab�a visto un d�a.
Hubiera deseado que fuese un poco m�s larga.
Ella hubiera deseado que la ropa de �l estuviera menos sucia.
Milagros del amor, su falda se alargaba.
Milagros del amor, su ropa estaba limpia.
Milagros del amor, su falda llegaba al suelo.
Abrac�monos
La rumba que comienza
Indica a los enamorados
Su ritmo y su cadencia
Abrac�monos
Quedemos a su merced
Respetemos su cadencia Y cometamos as�
Una loca imprudencia
Baila, baila, baila conmigo
Sin saber si mi coraz�n Es fiel o burl�n
Desleal o sincero
Estr�chame, estr�chame, estr�chame fuerte
Y ma�ana sabr�s Si no eres m�s que un primo
Y yo soy malvada
Canta, canta, canta conmigo
Y si t� me traicionas Poco me importa hoy
Ma�ana te abandono
Dame, dame, dame tu coraz�n
La rumba que acaba Indica a los enamorados
Que es el final del sue�o
Abramos bien los ojos Y d�mosle las gracias
De tenernos as�
De cometer con su cadencia
Una loca imprudencia
Baila, baila Baila, baila
Baila, baila...
Dos horas m�s tarde, cansados de bailar,
beb�an cerca del estanque, lo que no era una buena idea.
A menos que te gusten los mosquitos es mejor alejarse de los estanques
�Desgraciados!
Y Fortun�, que festejaba su vuelta a la bebida,
aseguraba que contra los mosquitos,
no hab�a m�s sistema que el suyo.
Para deshacerse de un mosquito, no hay que perder un instante,
no hay que hacer ning�n gesto, ni decir una palabra.
Por ejemplo, Prosper...
�Date prisa!
�l jam�s pillar� a su mosquito.
Mientras que el suyo... �l ofrece su brazo sin hacer ning�n gesto...
Espera a que se pose.
Uno, dos... pillado.
Pero hete aqu� que la tendera ve uno sobre su mejilla.
Perfecto.
Ah, no, gracias. Isidore prefiere m�s su mosquito.
En cuanto a Gustave, no, no hace falta, ya le han picado.
- No, as� no. - Me est� acariciando. D�janos.
Muy bien.
- �Vaya! �Perfecto! - �No! Estamos ri�endo.
Bueno, perd�n.
�Oh, ah� hay uno bueno!
Y luego aquel.
Con el pretexto de los mosquitos,
aprovechan para saldar viejas disputas.
Saldadas todas,
el buen humor rein� en adelante en el pueblo.
No pensaban m�s que en distraerse.
No pensaban m�s que en trabajar.
Preocupados por acicalarse, eso comenzaba a comerse los fondos.
Y la mayor�a se hab�an comprado una bicicleta.
�Qu� haces con esas flores?
Acabamos de enterarnos de que aquella gitana,
la que nos predijo que �bamos a ser dichosos...
Est� en la carretera de Thibervalle.
As� que se las llevamos en se�al de agradecimiento.
Se las repartir�n all�.
En todo caso le gustar�n m�s que las piedras.
- �Qu� tal, le gustaron? - S�.
�Nada m�s que eso?
Nos dijo que no val�a la pena que se lo agradeci�ramos.
Sin embargo nos predijo la fortuna.
S�, pero nos confes� que desde hace 10 a�os,
predec�a lo mismo en todos los pueblos.
Pues bien se burl� de nosotros.
�Quer�is ver algo extraordinario? Mirad.
Para gran asombro de todos,
vieron al alcalde que, despu�s de mucho pasearse frente a la iglesia,
acab� por entrar en ella.
Para algunos ese comportamiento parec�a anormal.
�No ir�a a emprenderla una �ltima vez con su desdichado hermano?
�No habr�a que avisar enseguida al bar�n?
El alcalde buscaba en vano a su hermano en la iglesia desierta.
�D�nde se escond�a?
No se escond�a, estaba en el confesonario.
Alguien se estaba confesando, y el alcalde vio los pies que sobresal�an.
As� que esper�.
Si le hubieran preguntado qu�, hubiera contestado "mi turno".
�Y os parece inquietante que el alcalde haya entrado en la iglesia? - S�, claro.
Id a ver lo que pasa, y si hace falta, yo intervendr�.
La persona que se confesaba pronto dej� el confesonario.
Era Eulalie.
Iba a confesarse cada ma�ana a petici�n del cura,
porque este hab�a perdido la costumbre.
Ella se acusaba de 5 o 6 pecados imaginarios,
y as� el santo var�n entrenaba.
Te escucho, hijo m�o.
Yo no soy hijo tuyo,
- soy tu hermano. - �Eres t�?
- Ya lo ves. - No, yo no veo nada, pero...
Pero ya oigo que eres t�.
- �Nadie te ha visto? - No me da verg�enza.
- �Y vienes para confesarte? - No exactamente.
Quisiera que me perdonaras y que nos abraz�ramos.
Perdonarte, puedo hacerlo ya que estamos aqu�, pero...
pero que nos abracemos, ya no es tan f�cil.
Tenemos que salir los dos.
�Se abrazaron, se�or bar�n, se abrazaron!
Entonces la vida es bella.
Y lo que el bar�n quer�a hacer desde hac�a tiempo,
lo hizo aquel d�a.
Hab�a visto a Virginie muchas veces, pero nunca hab�a hablado con ella.
Saludos, se�orita.
Y yo os hago una reverencia, se�or bar�n.
- �Quiere atenderme un instante? - Por supuesto.
Se�orita, deseaba verla, y verla muy de cerca.
- �Muy de cerca? - S�.
Para percatarme mejor...
...de un parecido absolutamente asombroso
entre la madre de mi abuela y usted, se�orita.
Mis ancestros quisieron mucho a su pueblo.
Y por favor, no se sorprenda ni se enfade
por un parecido que pone en entredicho
a su tatarabuela.
No estoy tan contrariada por cuanto los lugare�os de anta�o
quer�an mucho a sus se�ores del palacio, y m�s a�n a las se�oras.
No haga caso.
Es adorable.
- No es ning�n mentiroso. - �Por qu�?
Eres adorable.
Un a�o m�s tarde, el arquitecto vino a la casa parroquial
Se�or bar�n, est� todo acabado. He cumplido mi palabra.
Yo a�n no he ido, he cumplido mi palabra.
Los dos fueron maqueta en mano.
La miro bien, me empapo de ella,
y no tendr� piedad si su maqueta ha mentido.
Pero la maqueta era sincera,
y el milagro sobrepasaba sus expectativas.
Admirable.
Conmovedor.
Maravilloso.
He pedido que os trajeran aqu�,
no para que tengas la primicia de la sorpresa para mi pueblo,
sino para pediros que me ayud�is a poner
un poco de orden en esas vitrinas.
�Os importar�a?
Son vestidos y uniformes de los que fueron mis ancestros.
Ese es el traje de Pierre de Cantenac, embajador de Francia.
Esa es la sotana de Monse�or de Cantenac.
�Y esto?
Es el mandil de cuero de un maestro vidriero
que vivi� en el siglo XVI, Alain Pidoux.
- ��l no era noble? - Lleg� a serlo un d�a.
�Sabes lo que es un verdadero noble?
Sencillamente un hombre que acaba por llevar el nombre de su pueblo,
siempre que tenga valor, arrojo u orgullo.
Ese maestro vidriero era de Cantenac.
Un d�a pas� a ser "de Cantenac".
No hay mayor honor que llevar el nombre de tu pueblo.
�l fue el fundador de nuestra dinast�a,
y pronto, muy pronto, tendremos ocasi�n
de honrar su memoria.
�Me permit�s que os los conf�e?
�Se�orita?
�Se�or?
Nada.
- �Joven? - �Se�or?
Nada.
Y ahora, sent�monos.
Se�orita,
el d�a que se me apareci�
mi primera idea fue reconocerla,
puesto que ciertamente la reconoc�.
Pero tras pensarlo, prefiero adoptarlo a �l.
Poco me importa que seas una Lacassagne.
Porque si lo hago bar�n de Cantenac,
t� ser�s baronesa
al casarte con mi hijo.
Es in�til decirte que es el d�a m�s bonito de mi vida.
Ha llegado el pueblo del se�or bar�n.
Que pase.
Mis queridos conciudadanos, tengo que deciros unas palabras.
Tras recibir de manos de nuestro centenario ese tesoro inesperado,
hice el mejor uso posible construyendo esta morada.
Pero hoy,
estoy arruinado.
S�, arruinado. Pero...
Pero bien podr�a ser que nos enriquezcamos.
Hay un solo medio para enriquecerse dignamente: el trabajo.
El fundador de mi familia era maestro vidriero.
Este es su mandil de cuero.
Este mandil,
yo lo retomo. S�.
Retomo este mandil.
Porque siendo suntuoso,
el lugar en el que estamos no deja de ser un taller.
Volviendo a partir de cero, vuelvo a ser maestro vidriero.
Las 32 copas que hay sobre esa mesa
fueron hechas esta misma noche.
Pero nosotros somos 33 para beber.
La copa que falta es la m�a.
No quiero que ning�n otro, sino yo, la haga.
Y quiero esperar que dentro de 80 a�os,
a los que vengan a visitar este pueblo,
les dir�is, y me dirijo a los ni�os peque�os,
que fue un artesano quien por el bien de todos resolvi� el problema.
�Cu�ntos ha dicho?
�80 a�os!
�80 a�os?
Ah, bueno, entendido.
Si dentro de 80 a�os hay que decir a la gente
que un artesano resolvi� el problema de nuestro bienestar,
usted no se preocupe.
Se lo dir� yo mismo.
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