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(OFF) "Hacía dos años que mi padre, el conde de Aguiar, había muerto.
Mamá tuvo que hacerse cargo de los problemas del pazo
y de nuestra educación.
Todavía recuerdo el rumor de su rosario
y su casi fantasmal presencia al fondo del salón.
Era una clásica mujer del sur.
Y sin duda, nunca se acostumbró a estas brumas.
Y mucho menos, a la soledad que nos rodeaba.
No puedo apartar de mi recuerdo aquella mano
con la que nos acariciaba a Beatriz y a mí,
siempre enfundada en un guante negro
para disimular la falta de dos dedos.
Aquel fue mi último invierno en el pazo.
Aquella mañana, mientras avanzaba por el bosque..."
Hombre, ¿dónde vas tan deprisa, jovencito?
-Volvía a mi casa, señor.
-¿No eres tú Juan Aguiar, el hijo de doña Carlota?
-Sí, soy yo.
-Vaya, ¿qué haces tan temprano por aquí?
-Cazaba pájaros. No me hagan nada, por favor.
Mi madre no sabe que he venido al bosque.
-Un descendiente de los Brabanzón no puede comportarse como un cobarde.
Vamos, danos el dinero. -No llevo nada, se lo juro.
-Entonces, ¿por qué corrías de esa manera?
-Ni que hubieras visto al diablo.
-Lo vi, iba encapuchado como un fraile.
-Así que viste a un fraile, ¿eh? -Lo juro, señor.
-¿Iba o venía? -Venía.
-Si dices la verdad, te soltamos.
Si no, te cortamos el pescuezo.
-Digo la verdad, pero era como un fantasma.
-Bueno, eso nos importa un comino con tal de que lleve la bolsa llena.
-¿Y dónde le viste? -Iba hacia el puente.
-Conque iba hacia el puente, ¿eh?
-Suéltenme.
-No, vendrás con nosotros.
Vamos.
Padre.
Padre.
Padre, la providencia del día.
Un hombre se está muriendo
y no quiere irse al otro mundo con sus muchos pecados.
Venga, padre.
Venga.
Ya viene.
¡Ya viene!
Por aquí.
Deprisa, padre.
Vamos, pelos, desembucha.
Que Dios te ha enviado un hombre santo
para que aligeres tu alma.
¿Cuáles son tus pecados, hijo?
Muchos, padre, muchos.
Y tan grandes como la copa de un pino.
¿Es mudo? No.
Pues que hable él.
Fui pecador.
He matado, he robado, he fornicado,
he tenido malos pensamientos.
No he hecho una sola cosa buena en la vida.
Me voy a condenar.
Pero me arrepiento, padre.
Me arrepiento.
Bendígame.
Bendígame.
Así que has matado.
¿A cuántos has matado?
Son tantos que no recuerdo sus nombres.
Pero a todos los maté a traición.
Mientras dormían o hacían sus necesidades.
¿Y las mujeres?
¿No te acuerdas de las mujeres con las que has fornicado?
Bueno, sí, de alguna.
Pero a todas las forcé.
Yo, que he recorrido el mundo,
no he tenido que vencer tan grandes tentaciones.
De todas formas, padre,
sería bueno que se arrodillara y rezase una oración por él.
Comprendemos que está cansado.
¿Viene de lejos?
De tierra santa.
Gracias al Señor por haberle traído hasta aquí, padre.
Arrodíllese y rece.
En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo...
Puedes irte, rapaz.
Y no digas ni pío si en algo aprecias tu vida.
-Un viaje tan largo no se hace sin una bolsa bien repleta.
Y nada mejor para un alma en peligro que un sacrificio.
Perdona, Señor, a quien va a morir...
¡y a quien va a matar!
Pero ¿de dónde vienes, Juan?
Tu madre te está buscando.
Anda, anda, vete a casa, que buena te espera.
¡Y no digas que me has visto!
(Llanto de bebé)
¿Cómo está?
Mal.
Pobrecito.
El diablo los trae y Dios se los lleva.
Hablas como los curas.
¿Olvidas que es nuestro hijo?
Tuyo sí, mío no lo sé.
Iré a ver a la saludadora.
Ella le curará.
Déjate de brujas y cúrame a mí.
No...
No...
(REZAN)
"Mientras mi madre y aquellas ancianas
murmuraban, como cada tarde, sus plegarias,
me invadió un extraño presentimiento,
una de esas sutiles intuiciones que desasosiegan el alma
y que el sentido común se esfuerza vanamente en rechazar.
Era como si una amenaza desconocida estuviera acechando.
Y esa amenaza se cernía de manera inexplicable
sobre todos nosotros.
Y en particular, sobre mi hermana Beatriz."
Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores.
Ahora y en la hora de nuestra muerte, amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia.
El Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
(REZAN)
¿Qué te pasa, Beatriz?
Nada, madre.
Tuve frío.
(HABLA EN GALLEGO)
Soy Basilisa la Calinda, doncella de doña Carlota.
Mi hijo se está muriendo.
Acércate, hija.
Acércate.
Tu hijo...
tiene un gato negro en su cuna.
Las uñas del gato están arañando su alma.
El niño está hechizado.
Va a morir.
Yo no puedo hacer nada.
Soy vieja.
Mis poderes me han abandonado.
Me queda la ciencia.
Pero la ciencia no basta.
Solo el diablo puede salvar a tu hijo.
Pero tendrás que ofrecerle un alma inocente
para morada del gato que araña.
Araña...
Araña.
¿Qué puedo hacer, entonces?
No quiero que mi hijo se muera.
Daría mi alma al diablo para salvarle,
pero mi alma ya se ha condenado.
¿Qué puedo hacer?
Escúchame.
Escúchame bien.
En la piedra de la puerta,
alguien dejó un presente.
Cógelo.
Llévalo.
Llévalo contigo
y ponlo en la almohada de la persona
donde el gato negro debe morar
cuando salga del cuerpo de tu hijo.
(Golpes)
Ve a abrir.
Que la paz del Señor entre conmigo en esta casa.
Quisiera, señora condesa,
proponeros humildemente cuidar de vuestro jardín
a cambio de un lecho y frugal comida.
Si el cielo os trae, mi casa os acoge.
Vamos...
¿Qué haces aquí?
Anda, vete.
(Llanto de bebé)
Beatriz, Beatriz.
-¿Qué te pasa, Juan?
-No puedo dormir, tengo miedo.
-¿Y de qué tienes miedo?
-Ayer me escapé al bosque para cazar pájaros y he visto...
-Vamos, ¿qué has visto?
-Ese fraile es un demonio.
Él solo mató a tres hombres de Lorenzo el Quinto.
Tiene una espada muy larga.
Luego, se acercó a uno de los muertos,
y de un tajo, le cortó una oreja y se la guardó en un zurrón.
-Pobrecito Juan.
-Yo lo vi, Beatriz.
Tengo mucho miedo. -Has tenido un mal sueño.
-No era un sueño, yo lo vi.
"Se llamaba Fray Ángel.
Volvía, efectivamente, de tierra santa.
Quiero dormir en las dependencias de los criados
a pesar de que mi madre insistió en tenerle bajo nuestro techo,
como su calidad de representante de la Iglesia
requería.
Agradezco la generosidad con que he sido acogido.
Pero luego que no se me considere un representante de la Iglesia,
sino un humilde aspirante a ganarme el cielo en esta tierra."
Señor Bretal, señor Bretal.
Hola, Juan.
¿Qué? ¿Has repasado las lecciones?
Sí, señor.
So...
"El estudiante Máximo Bretal venía tres días a la semana
desde un caserío próximo a Monforte
para darme clases de latín y ordenar la biblioteca.
A mi madre se lo había recomendado como una obra de caridad
el cura de Célticos.
La presencia del estudiante en la casa
aliviaba mis aprensiones.
Pero no aligeraba las pesadas cadenas de mi infancia.
El latín de día, el miedo de noche.
Y aquel fraile de tortuoso lenguaje
difícilmente inteligible para mi mente infantil,
oyéndole se tenía la impresión de que el mundo entero era un error
y uno se preguntaba
cómo era posible que Dios lo hubiera creado.
Así se lo hizo observar mi madre."
Porque no es un error, sino una prueba,
pero nosotros, desde nuestro orgullo,
no hacemos más que preguntas.
No nos damos cuenta de que la creación es la pregunta
y nosotros, a pesar de nuestra pequeñez,
somos la respuesta.
Mucho habla el fraile ese.
¿Tanto tiene que decir?
"Bah", cosas del púlpito.
Que si las plantas, que si los pájaros...
yo qué sé.
Pero la señorita Beatriz lo oye arrobada.
De ese me han hablado a mí mucho.
Era uno de esos cabecillas tonsurados
que robaban la plata de sus iglesias
para acudir en socorro de la facción.
Aun después acabada la guerra,
él seguía dando misas por el alma de Zumalacárregui.
Ahora le ha dado por las flores.
¿Y esto funciona?
Cuidado... Cuidado.
Dice que el mundo está podrido.
Yo me alegro de oírselo.
Aquí con tanto señorío y tanta pureza,
acaba una por creer que pecar no es lo natural.
Y hablando de pecados, ¿cómo está tu herrero?
Más prefiero los pecados que se hacen
que los que se piensan.
Porque, ¿qué harías tú con la señorita Beatriz
si te dejaran?
Toma, claro, con ella o con su madre.
Vaya con el estudiantillo de mala muerte.
A doña Carlota le puedes dar el pego,
pero lo que es a mí, te conozco.
Tú con tus libros y yo sin ellos, somos iguales.
Anda, toma...
Satanás...
Satanás.
Te conjuro por mis malos pensamientos.
Por mis malas obras.
Por todos mis pecados.
Te conjuro para que vengas sin tardanza
y arranques del cuerpo de mi hijo el gato que le araña.
(Llanto de bebé)
Buscaba a mi gato.
¿Lo ha visto usted?
Pues no, no lo he visto.
No lo encuentro por ninguna parte.
¿Quiere que le ayude a buscarlo?
No desearía distraerle en su trabajo.
Además, los gatos son animales muy independientes.
Hay que dejarlos que de vez en cuando vivan su vida.
Ya volverá cuando tenga hambre.
¿Cuándo terminará de clasificar los libros?
En primavera.
O más tarde.
Su madre quiere un inventario completo
y eso no es fácil.
Me alegro de que se quede con nosotros tanto tiempo.
Y yo me alegro de que se alegre.
Aunque ahora ya tiene compañía.
Ese fraile...
Bueno, él es distinto.
Es un hombre de Dios.
Oiga...
¿No oye?
¿No oye cómo araña?
Pues... Pues no.
Yo no oigo nada.
A veces se sube a las estanterías y se esconde entre los libros.
Los destroza afilándose las uñas en el papel.
Pero eso es imposible.
Yo lo hubiese visto.
¿Y ahora tampoco lo oye?
No, no oigo nada.
Tiene razón.
Ya no araña.
"Todavía ahora, al cabo de los años,
no acierto a comprender el extraño influjo
que aquel fraile ejercía sobre nosotros.
Mi madre le oía con respeto y devoción.
Yo le temía como si no fuera de este mundo.
Pero lo peor de todo
es que Beatriz parecía alucinada por él.
Entonces, yo era un niño y no podía entender.
Dicen que en Galicia las almas
todavía conservan los ojos abiertos para el milagro.
También para el terror.
¿Qué miras, Juan?
¿Es así como estudias?
¿Por qué no estás en la cocina?
Aquí hace frío.
En el bosque he visto cómo el fraile
mataba a tres hombres de Lorenzo el Quinto.
Beatriz no me cree.
Ese fraile es el diablo.
Tienes frío.
Anda, ven, acércate.
Así...
Así.
Anda, cuéntame qué te pasa.
Es el demonio.
No debes pensar esas cosas.
Por las noches tengo miedo.
Le veo rezar allí, de rodillas.
Está muy quieto.
No puedo dormir.
Cuando te vuelva a pasar eso, ven a mi habitación.
Yo haré que te duermas.
Los pensamientos son malos en la soledad.
(GRUÑE)
Mamá.
Mamá.
Mamá, Beatriz no está en su habitación.
La cama está vacía.
Y el gato llevaba en la boca la oreja que el fraile cortó al muerto.
¿Qué dices, Juan?
Vamos, hijo mío, despierta, estás soñando.
No, no estoy soñando, mamá.
Todos me dicen que sueño, pero lo que digo es verdad.
Ya sé que no mientes, Juan.
Tú crees haber visto lo que dices.
Pero tranquilízate.
(GRITA)
¡Beatriz!
Cálmate.
Cálmate. ¡Yo te llamé!
Calla, calla. ¡Yo te llamé, no me oíste!
¡Cálmate!
¡Yo te llamé!
Ese gato. ¡Ese gato!
¡Que me arranquen a ese gato!
Beatriz...
El niño se ha curado.
Ya no tiene fiebre.
Padre, quiero que vea a Beatriz.
Está muy enferma.
He pensado que quizá usted pudiera hacer algo por salvarla.
Lo único que puedo hacer
es elevar mis oraciones al cielo.
No me deje...
Tengo miedo, Fray Ángel.
Anoche llegué a creer que el demonio la había poseído.
Daba espanto oírla gritar.
Vete. ¿Tú qué haces aquí?
Hola. Hola, Juan.
Buenas tardes, señor. ¿A qué señor hablas?
Aquí no veo más que un niño y un sinvergüenza.
Y el sinvergüenza se llama Máximo.
Dime, ¿qué buscas?
A usted.
Pues aquí me tienes.
Ese fraile es el diablo.
No he conocido ningún fraile que no sea diablo
ni ningún diablo que no sea fraile.
Mató a tres hombres, pero nadie me cree.
Pues no me parece nada increíble.
Más bien creo que te quedas corto.
El caso es que desde que él llegó yo no puedo dormir.
Y mi hermana, ya lo sabe usted, ha caído enferma.
Con jabón y vino la curaba yo.
Y un poco de alegría, que es lo que os hace falta.
Sí, señor.
Pero he pensado que como usted es hombre de letras,
a lo mejor había leído en los libros algún remedio para mi hermana.
No busques remedio en los libros.
Los más sabios solo han llegado a saber
que no saben nada, así que...
Podemos ahorrarnos el camino y hablar como ignorantes.
Entonces, ¿usted me creería si le cuento que mi hermana
estaba en el jardín con el fraile
y luego apareció en su cama dando gritos?
¿Y que el gato llevaba la oreja?
No hace falta que lo jures, te creo.
Pues no sé lo que pasó, pero mi hermana se puso mala.
Y yo, como sigan las cosas así, también caeré.
No, hombre, no, no es para tanto.
Que los frailes traen enfermedades es cosa sabida
y que los libros no las curan también se sabe.
La cuestión, creo yo,
es mantenerse alejado de los frailes y de los libros.
Dicen que he soñado, yo lo vi con mis propios ojos.
Tampoco hay diferencia,
ya que los poetas dicen que la vida es un sueño.
¿Y no cree que pueda estar embrujada?
Si está embrujada es porque quiere
porque a mí no me embruja ni la Santa Compaña.
Yo hablaría a mi madre, pero como ella no me cree...
Estoy desesperado, señor Máximo.
No sé qué hacer.
Bueno, pues dile a tu madre que yo conozco un libro
donde viene el caso y el remedio.
Y que si ella quiere, lo aplicamos, a ver qué pasa.
¿Qué libro es ese?
Este.
"Hará morir, según le plazca, a los más fuertes y a los santos.
Y conducirá con éxito
todos sus engaños y todos sus trucos.
Se levantará contra el príncipe de los príncipes.
Esto dijo Daniel al rey Nabucodonosor".
Pues no sé si eso servirá, pero por probar, no se pierde nada.
Me han hablado de una saludadora que cura casos desesperados.
Tráela.
No sé si podré hacerla venir.
Pero haré todo lo posible
para volver...
a ver sana a la señorita Beatriz.
Mi señora le suplica que vaya a verla.
Estoy arrepentida.
Mi hijo ha sanado y no quiero perderle,
pero tampoco soporto
ver a la señorita Beatriz en ese estado.
Entonces, deshazte del hechizo.
Quítalo de la almohada.
La señorita Beatriz volverá a vivir.
Pero tu hijo morirá.
No...
Dios mío.
¿Qué puedo hacer yo?
Elige.
Mi hijo, señora.
Aunque me condene.
No creas que tú mandas
ni sirves para curar al que va a morir.
Tú solo eres una pobre mujer.
¿Qué debo decir a doña Carlota?
Que soy vieja y no puedo andar.
Señor, perdóname.
Tú conoces mi corazón.
Mamá.
(CHISTA) Se acaba de dormir.
Mamá, quiero hablar contigo.
Estuve hablando con él en la biblioteca
y dice que él conoce un libro...
que dice...
que alguien debe morir.
Mañana hablaré yo con Máximo Bretal.
Señor Bretal, quiero pagarle cuanto le debo.
Y le ruego que a partir de este momento
no vuelva a poner los pies en esta casa.
Usted excita con sus absurdas historias
la imaginación de mi hijo.
Se ha tomado atribuciones que no le habían sido dadas.
Váyase.
Respondí a lo que me preguntó.
Esa es mi falta y estoy dispuesto a irme.
Pero recuerde, señora.
Cuando un niño pregunta, hay que contestar.
Espere.
¿Qué le preguntó Juan?
Quería un remedio para curar a su hermana.
¿Y usted conoce ese remedio?
No. Entonces, le engañó.
Le hizo creer que...
Cogí un libro al azar y le dije lo que el libro decía.
Y eso no es mejor ni peor que las palabras de un fraile
o las oraciones de una beata.
Es usted un insolente.
Digo lo que pienso.
Y Juan está necesitado de que alguien le diga lo que piensa
en lugar de contarle tantas patrañas
que solo sirven para que se sienta cada vez más solo en esta casa
donde todos están solos.
Porque falta amor a la vida.
Y ahora, señora, adiós.
¡Espere!
Lo que acaba de decir es muy grave.
Usted se atreve a criticar mi comportamiento
y el orden que yo he impuesto
y he mantenido durante muchos años en esta casa.
Yo no quiero un orden que se parece demasiado a la muerte.
Adiós. ¡Espere!
Le debo su sueldo.
Déselo a la Iglesia para la salvación de pecadores.
Aunque dudo que con esa miseria se pueda salvar ni a un inocente.
Es usted un engreído.
Yo le recogí aquí porque no tenía donde caerse muerto.
Usted me suplicó un mendrugo de pan.
¿Y ahora tiene la desfachatez de reprocharme lo que le he dado?
Cuando nadie, óigame bien, nadie quería ni verle.
Usted hizo una obra de caridad, señora, y Dios se lo pagará.
Pero no pretenda que yo encima se lo agradezca.
Señor Bretal...
le ruego que no se vaya.
Juan le necesita.
Le pido disculpas.
Soy yo quien debe disculparse.
Si puedo seguir siendo útil...
me quedaré en esta casa.
Pues acabe de tomar la sopa.
Que se le enfría.
¿Fuiste a ver a la saludadora?
Sí, fui a verla.
¿Y qué te dijo?
Nada, señora.
Está muy vieja, ha perdido sus poderes.
No puede ni moverse.
¿Y qué dijo el médico de Santiago?
Lo único que ha conseguido
es hacerla dormir como si estuviera muerta.
(GIME)
Pero por lo que veo, no ha conseguido que deje de soñar.
Padre nuestro que estás en los cielos,
haz que mi hermana se cure.
Y yo te prometo que procuraré portarme como un hombre.
Y también te prometo que no volveré a cazar
los pájaros del bosque ni a dejar que Basilisa me dé calor.
Oye, ¿estabas rezando?
No, buscaba un cortaplumas que se me cayó.
Ven, vamos a cenar.
¿Con el fraile? Sí, con el fraile.
No quiero. ¿Cómo que no quieres?
Sal.
Ven aquí.
Vamos, ven aquí.
¿Dormiste bien anoche?
No, mal.
¿No oíste los gritos de tu hermana?
Sí, los oí.
¿Y por qué no viniste a mi cuarto?
No te haría nada malo.
Anda, ven a cenar.
Así que no te gusta el fraile.
No.
¿Por qué?
No entiendo nada de lo que dice ni por qué está aquí.
Tu madre dice que Dios lo trajo.
Pues si Dios lo trajo, que Dios se lo lleve.
Yo no quiero cenar con él.
Anda, no seas así.
Tienes que ser un niño obediente.
Vamos.
(Gritos)
Padre, déjeme...
Padre...
Sí...
Ha venido aquí...
A mi habitación...
Yo te llamé...
Pero tú no me oíste...
Yo no quería...
Yo no quería...
Padre...
1Beatriz...
Quiero hablar con usted.
Necesito que me cuente toda la verdad.
Es inútil que intente ocultarlo.
Beatriz ha hablado.
Espero que me convenza de que todo ha sido una pesadilla.
Es una pesadilla.
Pero es verdad.
Su hija está poseída por el demonio.
Yo siento que me llama a su lado.
No, el demonio no es ella, sino usted.
Si yo soy el demonio para ella, ella lo es para mí.
Júreme que no ha estado a solas con ella.
No lo sé.
Tiene que saberlo. ¡No lo sé, no lo sé!
Yo la veo, la siento,
¡la he tenido aquí a mi lado en mis brazos!
Pero no sé si era real.
Lo juro, no lo sé.
Y quisiera saberlo.
No, no soy un santo.
Nunca lo he sido.
He nacido para la guerra.
Me iré esta noche.
¡Quieto, quieto, te cogí!
Te andaba buscando.
Fui a tu cuarto y no te encontré.
Me alegro de que hayas venido a verme.
No he venido a verte. Ah, ¿no?
Pues, ¿qué hacías, entonces?
¿Espiando las conversaciones de los mayores?
Se lo voy a decir a tu madre.
No, no se lo digas.
Anda, ven, que quiero hablar contigo.
Estás temblando.
¿Es que tienes miedo?
Miedo no, tengo frío.
Cuando eras pequeño, yo te metía en mi cama.
Anda, siéntate ahí.
Vamos, tápate con la manta.
Así...
Verás, quiero contarte una cosa.
Pero tienes que prometerme que no dirás nada a nadie.
Yo sé lo que le pasa a tu hermana.
Pero no puedo hacer nada por ella.
Una bruja la hechizó.
Tiene un sortilegio oculto en su habitación.
Debes ir y retirarlo.
Yo no puedo hacer nada por ella.
Porque soy pecadora
y Dios me castigaría.
Pero tú eres inocente
y Dios te perdonará.
Yo también soy pecador, pero lo haré aunque Dios me castigue.
Pero qué tonterías dices.
Si tú no has hecho daño a nadie.
¿Y dónde está ese sortilegio?
¿Tú lo sabes? Sí.
Lo sé.
Está dentro de la almohada.
¿No será la oreja
que Fray Ángel cortó a uno de los hombres de Lorenzo el Quinto?
Caray, ¿tú lo has visto?
Vi cuando la cortaba.
Y cómo el gato la sacó de la almohada y se la llevó.
Pero ¿qué dices?
¿Cuándo? ¿El gato?
La noche que Beatriz cayó enferma.
Entré en su habitación
y vi cómo el gato llevaba la oreja en la boca.
Entonces, ¿no hay sortilegio?
¿Y mi hijo está sano?
¿Es verdad lo que dices?
Te juro que lo vi.
Qué no haría yo por ti.
Anda, déjame.
¿Por qué no me lo dijiste antes?
¿Por qué?
¿Para qué? Si nadie me cree.
A partir de ahora, te creeré todo lo que me digas.
Anda, sé un niño obediente.
Déjame...
Ven aquí...
Ven...
Estate quieto...
Quieto...
Juan...
Estate quieto.
¿Qué haces, Beatriz?
Acuéstate.
Ahora te pondrás buena
y todo volverá a ser como antes.
(HABLA EN GALLEGO)
Mucha furia trae el hombre que ha entrado.
¿Acaso viene herido?
Herido sí, pero no en el cuerpo.
Necesito ayuda.
¿Tú?
¿Ayuda?
¿Qué puedo hacer yo, una pobre vieja,
por ti, que estás lleno de fuerza?
Eso es lo malo.
La virtud de los viejos es fácil.
La decrepitud nos trae sabiduría y santidad.
Pero ¿cómo detener los impulsos cuando se está vivo?
Yo tengo bálsamos y ungüentos que al toro lo convierten en cordero.
¿Qué virtudes puede encontrar Dios en un puñado de hierbas?
¿Cuál es la empresa que me ha sido reservada?
Podría enfrentarme a un ejército.
Pero...
no puedo vencerme a mí mismo.
Deja de llorar como una mujerzuela.
Y dime lo que quieres.
Si lo sabes, lo obtendrás.
Y yo podré ayudarte.
Pero si no lo sabes, ¿cómo puedo ayudarte yo?
No lo sé.
Pero tienes que ayudarme.
¿Es una mujer?
Sí.
¿Quién?
Una niña.
¿Cómo se llama?
Beatriz.
Puedo hacer conjuros.
¿Para qué?
Para que venga hasta ti.
Hazlos.
Coge la bolsa negra.
Échate y mastica.
Y que los sueños te indiquen el camino.
(Maullidos)
(LEE EN LATÍN)
Bueno, ya está bien.
¿Tú entiendes algo?
Nada.
Pues mal empezamos porque yo tampoco.
Ojo, que viene mi madre.
(SIGUE LEYENDO)
Le ruego, me dispense, señor Bretal.
Pero me gustaría hablar un momento con usted a solas.
"Supe que fue entonces
cuando se decidió mi marcha a Santiago,
a casa de unos tíos míos.
Beatriz ya no gritaba.
Ni tenía alucinaciones.
Pero no estaba mejor.
La presencia de Fray Ángel la había enfermado.
Pero ahora que el fraile se había ido,
teníamos la impresión
de que se había llevado con él a Beatriz.
Mi madre no sabía qué hacer."
Beatriz...
Beatriz...
Padre...
Padre...
No me deje...
¡No me deje!
Por el rosario que yo sé profanado por ti,
ven sin tardanza y en la gravedad de este círculo del rey Salomón,
enciérrate hasta que yo pida lo que tenga que pedir
y tú des lo que tengas que dar.
¡No quiero conjuros!
¡No quiero que la traigas hasta mí!
Está bien...
Cuando tenga que hacer lo que tengo que hacer,
lo haré yo solo.
¿Tampoco quieres hierbas para dormir?
No, no quiero condenarme dormido.
(REZAN)
Beatriz...
¡Beatriz!
¡Beatriz!
¿Qué es esto? ¿Una broma?
Vamos.
Mire eso.
-Si grita, la degüello.
-Tendrá que hacer todo lo que le digamos,
señora condesa.
-Y en silencio.
-Para empezar, queremos comer.
Tenemos hambre.
Para empezar,
quiten esa hoz del cuello de mi hija.
Desátenla.
Y que se vaya a dormir.
Que no es hora para ella de estar despierta.
Venga, ya has oído.
Vuela, pajarito.
Abre el pico.
Quédate en tu habitación, Beatriz.
Echa el pestillo y no salgas.
Yo me ocuparé de estos señores.
Quiten eso de ahí.
Sí, señora condesa.
(TARAREA)
¡Quieto!
Es mío.
¿Qué hace usted aquí, señor Bretal?
La lluvia, señora, esperaba que se calmara.
Estos señores vienen de fiesta y han querido, como usted,
resguardarse de la lluvia.
Y también, como usted, traen buen apetito.
Así que vamos a sentarnos y empecemos a comer.
Tú, quita de ahí. Tranquilo.
Bueno, señora...
Creo que la lluvia se ha calmado y es momento para que me vaya.
Líbrele el cielo de irse con este chaparrón.
Usted se queda con nosotros.
Lo que el señor Bretal ha querido decir
es que va a buscar vino a la bodega.
Pues acompáñale para que no cargue con exceso.
Así que son ustedes
los terribles hombres de Lorenzo el Quinto.
¿Se nos reconoce, señora?
Pues quién si no iban a ser.
Somos, sí.
Pero desde que murió el Quinto, ya no somos nada.
Los inviernos son cada vez más duros.
Y eso nos obliga a arriesgarnos como lobos
y a bajar a las aldeas.
Pero no hacemos grandes fechorías, señora condesa, cuando no ha lugar.
-Pero cuando sí ha lugar, somos peligrosos.
Eso no lo pongo en duda.
¿Y cómo se les ocurrió hacerme esta visita?
Ya nos rondaba la idea hace días.
Pero tenían aquí a ese fraile del diablo.
Y esperamos a que se fuera para venir.
No por miedo.
Sino para que las cosas no se complicaran
con muertes inútiles.
Prudente medida.
Pero ahora que ese fraile se ha ido,
voy a hacer que me traigan tres mastines.
No crea que está lejos el fraile.
¿Dónde está?
En la choza de la saludadora del molino.
Allí vive.
Y algún día le daremos su merecido.
Eh, que el fuego se apaga.
-Pues echa el pelele.
-¿A cuál de los dos?
-Echa primero al fraile, que luego irá el letrado.
-¡Es mío!
¡Es mío!
¡Dejadlo!
(RÍE)
-Perdónelos, señora.
-Por arriba y por abajo.
-Somos gente vulgar,
dados a decir y hacer lo que nos pasa por la cabeza.
Mi marido habló en ocasiones con elogio de Lorenzo el Quinto.
Admiraba el noble proceder de los hombres de su banda,
capaces, al parecer, de gran caballerosidad
con las damas.
Eso no siempre, señora.
Depende de la dama.
Que el respeto lo ponga ella, no nosotros.
-(RÍE)
-Porque a ella le conviene y a nosotros no.
¡Quietos todos!
Le pido, señor Bretal, que sepa comportarse.
Me basto yo para defenderme cuando la ocasión lo requiera.
Mientras tanto...
estos hombres siguen siendo mis invitados.
Si mi presencia aquí no es necesaria,
y puesto que ha dejado de llover,
me voy.
-No. -Se queda.
Seremos nosotros los primeros en irnos
antes de que amanezca.
En la discreción de la señora condesa confiamos
para que nadie sepa de lo aquí sucedido esta noche.
No es eso lo convenido.
Deje, señora, que los niños duerman.
Atadlo, que no se despierte, camorrista.
Cuidado con lo que hacen, que puede costarles la vida.
No se preocupe.
Señora Condesa...
Hemos venido a saciar el apetito.
Y no a ganarnos el garrote.
Tengo frío.
¿Qué haces?
Estúpido.
¡Quieta esa mano!
Si la planta se riega, la planta crece.
Hoy tendrás lo que esperas.
No tengas prisa.
Si es usted el jefe, contenga a sus hombres.
¿Y a mí quién me contiene, condesa?
¿Quieren dinero?
(GRITA)
¡Dejadme!
¡Esta flauta no chifla!
Veo, veo, veo...
(GRITA)
¡Soltadme!
¡No! ¡No!
¡Soltadme!
¡No! ¡No! ¡No!
¡Cuidado!
¡No!
¡No!
¡No!
¡No! ¡No!
¡No!
¡No! ¡No!
Está bien, condesa.
Nos vamos.
Adiós.
-Mis respetos, señora condesa.
Cuidado.
Que una muerte nunca viene sola.
Vete.
¡Fuera de aquí!
¡Fuera!
Cuidado, que no te oiga, anda.
Date prisa, antes que se despierte.
¡Sal, fraile del diablo!
¡Aquí nos tienes!
(RÍEN)
¡Sal de una vez!
¿Por qué has venido?
Vine porque tú me llamaste.
Vete de aquí.
Vuelve a tu casa.
Haz lo que te digo.
Cobarde...
"Beatriz volvió a casa.
Dos semanas después, yo dejé el pazo para siempre.
Todavía me parece escuchar
las últimas palabras del estudiante Bretal."
¿Y cómo es Santiago, señor Bretal?
Te gustará.
Conocerás gentes de todas clases.
Y aprenderás que las cosas que hay que defender
son menos importantes que las que están por ganar.
¡Ya!
Adiós, Juan.
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