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EL EXTRAÑO VIAJE
Como este, era igualito que este.
Me han robado un corsé como este.
Jesús, ¿cómo habrá gente que roba esas cosas?
Hasta los ladrones se están corrompiendo.
Y esa idiota de Beatriz estará en el baile en vez de vigilar el género.
Os advierto que le está bien empleado por traer al pueblo esas porquerías.
- Jesús, ¿dónde vamos a parar? - Jesús, Jesús.
- ¡Menea, condenada! - ¡Qué burro eres!
Jefe, toca algo lento que me habéis reventado.
Reloj, no marques las horas
porque voy a enloquecer.
Ella se irá para siempre.
Cuando amanezca otra vez.
Nomás nos queda esta noche
para vivir nuestro amor.
Y tu tic-tac me recuerda
mi irremediable dolor.
- ¿Bebemos un cántaro? - No.
- Angelines, ¿vas a tu casa? - Sí, pero sola.
Dejadla. A esta no le gustan los del pueblo.
A esta le gustan todos.
Menos tú.
- Angelines, Angelines, espera. - Qué burros son en este pueblo.
Es la última noche que juego. Entre este que no se entera de nada
y vosotros dos que estáis siempre pendientes del pendón de Angelines
la partida es una filfa.
- Graciliano, ¿qué te parece este? - A Seda ya no le sirven ni las píldoras.
Si no fuera por mis píldoras tendríamos todos la salud por los suelos.
No discutáis más. Si no queréis acompañarme, me voy solo.
Que no te enteras de nada. A ver cuándo bajas de la nube.
- ¿Qué pasa? ¿Quién es, Ignacia? - Calla, soy yo. Paquita.
¿Qué pasa? ¿Qué quieres?
- No hay luz, Venancio. - Qué susto, mujer.
¿Y para eso me despiertas y lo tiras todo?
Es que tengo mucho miedo.
He oído ruidos como si alguien hubiese entrado en la casa.
He ido a encender la luz y no hay.
He oído un ruido como si alguien subiera la escalera
y luego como si corriera por el pasillo.
A ver si es un ladrón.
Vamos a despertar a Ignacia.
¿Y si luego resulta que no era nada y nos regaña?
- ¿No habrán sido tus gatos? - No, pobrecitos.
Si estaban en mi cama durmiendo.
Entonces vamos a despertarla.
Mira.
- Hay luz. - Menos mal que está despierta.
¿Ignacia?
¡Ignacia!
¡Ignacia!
¿Qué os pasa?
¿Qué hacéis levantados a estas horas?
Paquita ha oído ruidos y ha venido a mi cuarto.
He oído pasos como si corrieran.
- Y se ha ido la luz. - Yo no he oído nada.
- ¿Quién hay ahí, Ignacia? - ¿Qué tontería es esta?
¿Quién va a haber aquí?
Se ha cortado la luz por la tormenta.
Déjanos estar en tu cuarto contigo hasta que pase.
Déjanos, Ignacia. Tenemos mucho miedo.
Parecéis niños. ¿Qué os va a pasar con la tormenta? ¿No hay pararrayos?
Vamos. Acostaos de una vez y no molestéis más.
- Bueno, mujer, no te enfades. - Perdona.
Hasta mañana.
Yo estoy segura de que había alguien sentado en la mecedora.
- Ella ha dicho que no había nadie. - Pues yo lo he visto.
- A ver si era un ectoplasma. - No sé.
- A ver si era papá. Tú eres muy vidente. - No sé. No hagas ruido.
¿Oyes algo?
¿Qué dice?
¿Qué me pasa, Venancio?
Pero ¿qué pasa, Paquita? Paquita, venga.
No llores tan fuerte que te va a oír.
Pero, ¿qué pasa? Hija, por Dios, habla.
No puedo.
Voy a por las gotas.
Mujer, qué susto.
¿Qué haces correteando por el pasillo toda la noche?
Es Paquita, que se ha puesto mala y he venido a buscarle las gotas.
¿Qué pasa? Vamos a ver, ¿qué te duele?
Una,
dos...
¿Quieres hablar de una vez?
¿Quieres hablar de una vez?
...ocho, nueve, diez.
Es que estoy nerviosa.
- Debe ser la tormenta. - Sí.
Es la tormenta.
Ya estás con el histérico.
Anda, voy a ayudarte.
Ha vuelto la luz.
¿Te encuentras mejor?
Ahora acuéstate y apaga la luz.
Verás como te duermes.
¡Tú, acuéstate también!
No sé cómo me fio de tus descubrimientos.
Siempre pasa lo mismo.
Con el sitio de hoy te has lucido.
No hemos visto nada y estamos empapados.
- Yo no sabía que iba a llover. - Pero la otra noche, ¿viste a una pareja?
- Sí. - Bueno.
- Mira, ¿quién será? - Parece doña Ignacia.
¡Qué disparate!
- Jesús. - Con esta lluvia la salud no gana nada.
- Adiós, Pepe. - Tú harías carrera de vocalista.
¡Qué burro eres!
Hay que ver cómo se ha puesto esta chica.
Lo que me choca es que Graciliano y Justo no han estado en misa.
Se les habrán pegado las sábanas.
Mira, ya está doña Drácula en su castillo.
¡Qué tía más antipática!
Desde jovencilla ha sido siempre un erizo.
- Y tan flaca. - Ahora se llevan así.
En estos tiempos estaría de moda.
Creo que ha vendido el romeral.
¿Qué pasa con Justo que no ha venido a misa?
Es que tiene un catarro muy fuerte.
- Dice que no le esperen hoy. - Vaya por Dios.
Que le den un sello de estos cada cuatro horas con una infusión de hierbaluisa.
- Muchas gracias. - Que se alivie.
Y a ver si escarmienta que ya no está en edad para hacer tonterías.
- A ver, Félix. - Mándeme, Don Mariano.
¿Qué se debe de esta mesa y la de Fernando?
Sesenta pesetas porque Don Fernando ha tomado gambas.
Gachó con Don Fernando. ¡Qué bien vive!
Bueno, pareja. ¿Cuándo os voy a echar las bendiciones?
No diga usted eso, Don Mariano, que a lo mejor se me asusta.
De parte de mi abuelo que no le esperen. Que está muy acatarrado.
¿Otro? Vaya con Gracilianito.
- Tanto presumir de joven. - Dale esto a tu abuelo.
Que se tome uno cada cuatro horas con una infusión de hierbaluisa.
¿Tú de quién eres, guapo?
- Yo del Madrid. - Ah, de Madrid.
Es que eres hijo de algún músico y has venido con tu papá.
No le hagas caso, hijo.
Es el nieto mayor de Graciliano.
- Toma tu fósforo. - Oye, ahora que me doy cuenta.
¿Y Justo y Gracilianito, que no han venido?
¿A ti qué te parece que hagamos?
Yo creo que son figuraciones tuyas. ¿Quién iba a haber en la habitación
- y cómo iba a decir eso Ignacia? - Te digo que lo oí. Lo dijo muy claro:
"Al llegar al Cabo de Palos, nos deshacemos de ellos.
No vamos a cargar con este par de imbéciles en el extranjero".
Dijo: "Nos deshacemos". Fíjate lo que cabe en esta palabra.
Y "estos dos imbéciles" somos nosotros.
- Yo no me lo creo. - Te digo que lo oí.
Estate quieto, no comas más. Espera a que estemos todos en la mesa.
Yo no quiero líos. Se lo dices tú pero cuando estés a solas con ella.
Yo como no oí nada...
Saca el vino.
Comed.
- Ignacia. - ¿Qué?
- No, nada. - Entonces, ¿para qué me llamas?
Venancio, el ABC.
- ¿Otra vez estamos con los llantos? - Se me había metido una pestaña.
Mujer, primorosa clavellina
que brindas el amor.
Yo soy caminante que al pasar
arranca las hojas de la flor
y sigue adelante
sin recordar tu amor.
Cómo me gusta oírte cantar estas cosas serias.
- Más que las bobadas del baile. - Y a mí me gusta que tú me escuches.
Estate quieta.
¿Qué te pasa? ¿Te has enfadado?
No te enfades. Ya me besarás cuando nos casemos.
Siempre he tenido la ilusión de que el primer hombre que me bese
- sea mi marido. - Pero eso es un chantaje.
- Beatriz. - ¿Llamas chantaje al matrimonio?
Esta mañana has puesto mala cara cuando Don Mariano habló de casarnos.
Beatriz, vida mía. Yo me casaría contigo mañana mismo.
Me hubiera casado al día siguiente de conocerte.
Pero hay algo que lo impide y que no me he atrevido a decirte hasta ahora.
Entonces es verdad. ¿Es verdad?
- ¿Eres casado como todos los forasteros? - ¿Yo casado? Qué tontería.
No, no es ese el obstáculo.
Se trata de mi hermano.
¿Tu hermano? Nunca me has dicho que tenías un hermano.
Es muy doloroso hablar de él.
Mi hermano es paralítico. Está impedido de medio cuerpo para abajo.
Cuéntamelo todo.
Quique y yo vivimos solos desde hace más de 12 años.
No tiene a nadie más que a mí.
Mi madre, que en gloria esté, me hizo prometerle en su lecho de muerte
que no me casaría mientras viviese el desgraciado.
La pobre no podía suponer que iba a encontrar un alma como la tuya.
Te esperaré siempre.
Me sacrificaré contigo.
Ya no podré ser dignamente la esposa de otro hombre.
Nunca te abandonaré.
- Buenas tardes. - Buenas tardes.
Buenas tardes, Beatriz y la compaña.
- Nos han visto del brazo. - No te preocupes.
- Se van a ir del pueblo enseguida. - ¿Sí? ¿Y tú cómo lo sabes?
Todo el mundo lo comenta.
Además, ya no me importa que nos vean juntos.
Son todas muy malas. Tienes que hacerte otras en Madrid. Pero hacértelas pronto,
porque mi representante me las está pidiendo todos los días.
Tú verás el interés que tienes.
Pues no tengo yo ilusión con ser artista ni nada.
Tengo unas ganas de salir de este cochino pueblo.
Aquí no hacen más que criticarme.
Mira, tienes que hacerte dos.
Una de primer plano y otra de cuerpo entero en bañador.
- Que se vea el tipo. - ¿En bañador?
No sé, por un lado, me da reparo
y por otro, a lo mejor mi padre me da un guantazo.
Pues empezamos bien, maja. Así vas a llegar tú muy lejos.
No seas paleta, mujer.
A ver si dejáis el palique ya que está el señor director.
Venga ya, que son las 19:00.
- Empezad el baile ya que estamos hartos. - Queremos menearnos.
Qué falta de formalidad.
Carmelilla. Uno...
El molde lo vuelcas con mucho cuidado para no romper el bizcocho.
- Ya verás cómo le gusta. Lo he hecho yo. - Mujer, ¿por qué te has molestado?
Eres muy buena. Quique se va a poner contentísimo.
- ¿Es goloso? - Mucho. Como no tiene distracciones.
Toma, ten cuidado no se te pierda.
Dile que la rece mucho.
Que nos están mirando.
Ey, que eso vale un dinero.
Hasta el sábado, Pepe.
Qué andares más modernistas te has echado, Angelines.
Señor Cosme, que se lo digo a la señora Engracia.
Si viene alguna receta que no entiendas bien
o alguna fórmula magistral, me buscas a mí.
- No la despaches tú. - Sí, señor.
Haga usted memoria. Un corsé de ese precio.
Yo estoy segura de que no se lo he vendido a nadie.
- ¿Cómo no me iba yo a acordar? - Pues yo estoy segura de que tampoco.
Pues entonces alguien se lo ha tenido que llevar. Haga usted memoria.
¿Quién estuvo aquí el sábado por la tarde después de las 18:00?
Porque cuando yo me fui estaban los dos corsés.
Espere que me acuerdo.
Estuvieron la señora Engracia, la panadera, comprando unos botones.
Luego, Juanita y Lucía, las del mindolo, comprando cintas de hombreras.
Y no creo que viniera nadie más.
Pues hija, no me lo explico.
¿Está usted segura de que no entró nadie más?
Bueno, sí. Un momento antes de cerrar vino a buscarme mi novio.
¿Pero no pensará usted que Fernando...?
Buenos días.
¡Qué combinación más bonita! ¿Es muy cara?
Si tuvieran uno igual en rojo con el encaje en negro
quedaría muchísimo más atractiva.
- ¿Qué querías? - ¿Tiene usted bañadores como este?
Aquí no vendemos estas cosas. Esto vete a buscarlo a Madrid.
O si no, que te lo traiga uno de esos músicos que son tan amigos tuyos.
Pues vaya una tienda más cursi.
Es que no somos tan modernas como tú, gracias a Dios.
¿Y a esto le llaman La Parisienne?
- Deme estos dos paños. - Son diez duros.
¡A divertirse!
No le he querido enseñar a usted el retrato porque es usted una señorita
pero había que verlo.
Ahora que me acuerdo.
Esta también estuvo aquí el sábado a última hora.
No me diga usted más. Ahora mismo voy a denunciarla.
Dale aguardiente a Don Miguel.
Bueno, Don Miguel,
no le entretenemos más que usted tendrá mucha prisa.
Sí, tengo un taxi esperando abajo.
Gracias.
¡Tómeselo ya!
Le acompaño hasta la puerta.
Venancio, no quieres hacerme caso y lo vamos a sentir con este viaje.
Haga usted un registro en su casa, verá cómo lo encuentra.
Pero yo no puedo hacer un registro porque a usted le falte un corsé en su tienda.
Interróguela hábilmente y verá cómo acaba confesando.
Usted ya ha puesto la denuncia, ¿no?
- Pues márchese tranquila a su casa. - Porque usted lo mande.
Yo voy a donde me escuchen.
El corsé aparece. Vaya si aparece.
Lo siento por vosotros. Pobrecitos, mis niños.
¿Cuántas veces voy a decir que no quiero estos bichos ensuciando la casa?
Me estoy comiendo el arroz con leche que te dejaste ayer.
Como tú no lo querías, de todas formas se iba a echar a perder.
Pero bueno, ¿se puede saber qué tienes?
Llevas unos días llorando por cualquier cosa.
Me da mucha pena haber vendido el romeral.
Con lo que le gustaban al pobre papá las peras del huerto.
Nos hemos quedado sin nada.
¿Cómo sin nada? Lo hemos vendido.
- Tenemos el dinero. - Sí, pero cuando se acabe...
Antes teníamos una renta segura.
- En eso tiene razón Paquita. - No deberíamos irnos del pueblo.
Lo hago por vosotros.
Todavía estáis en edad de disfrutar de la vida.
Hay que ver mundo.
En este pueblo no hay más que gente zafia.
Por eso no nos hemos casado, porque no son de nuestra clase.
Vivimos como sitiados.
Has vendido el romeral. Con lo que hemos jugado allí de niños.
¿Te acuerdas qué manzanas había?
Tú, Paquita,
aún estás en edad de encontrar un hombre que te haga feliz
y casarte.
Para este pueblo eres moza vieja,
pero en el extranjero es otra cosa.
En eso tiene razón, Ignacia. En el extranjero es otra cosa.
¿Tú crees?
Pues claro, mujer. Pues claro.
- No llores más. - ¿Y a dónde vamos a ir?
Iremos primero a Cartagena.
El mar.
Iremos hasta Canarias.
Allí embarcaremos y cruzaremos el Mediterráneo.
Veremos países lejanos y exóticos.
París, Hong Kong, Brasil...
París... ¿Y cuándo nos vamos, Ignacia?
Muy pronto.
En París, haremos tres partes iguales.
Cada uno vivirá su vida.
"Liberté, égalité, fraternité".
Oye, Ignacia. Anda, cuéntanos.
¿Quién estaba contigo la otra noche en tu cuarto?
Hombre, a propósito de lo de la otra noche.
Como volváis a intentar espiar en mi cuarto
y calumniarme diciendo que tengo a gente escondida
vamos a tener un disgusto muy serio.
Y el que avisa no es traidor.
¿De manera que si ella le dice que robó un corsé, usted se lo calla?
- Si es en confesión, sí. - ¡Hombre, muy bonito!
El confesionario no es una agencia de detectives.
El cura encubriendo una ladrona. ¡Qué lenocinio!
¿Usted confiaría conmigo si yo hiciera uso de los pecados que me confía?
No me va usted a comparar con esa perdida.
En este caso, todos somos iguales.
¡Socialista!
¿Yo igual que esa desgraciada?
No piso esta iglesia mientras esté usted de cura.
Cómo me he portado yo siempre con la parroquia. ¡Vaya un pavo!
Deja esa luz encendida para saber si viene.
¿Tú qué prefieres? ¿La primera guardia o la segunda?
- Yo la primera. - Bueno, pero no te duermas.
Descuida, mujer.
¡Gamberros!
Anda, cielo mío, tómate la lechecita antes de que venga Armandito.
Armandito es muy malo, ¿verdad, vida mía?
Tú eres muy bueno. Tú no te vas de casa.
Hace dos días que se fue Armandito. ¿Le habrá pasado algo, Venancio?
Si lo hubieses inutilizado como a Rodolfito...
Mira como ese no se va.
No me lo recuerdes. Pobrecito, lo que sufrió.
Ya voy yo a abrir.
¿Quién será?
- ¿Aquí qué hay? - El cuarto de planchar.
- ¿Cuántos baños tiene la casa? - Solo hay uno.
Pero está muy a mano de todos los dormitorios. En la planta de arriba.
Claro, estas casas antiguas...
- ¿Hay piscina? - Hay patio y jardín.
Se podrá hacer una piscina.
No, por favor, usted primero.
Han entrado en tu habitación.
- Mis hermanos. - Buenas tardes.
Esta habitación es igual que la otra.
Este patio es algo pequeño para la piscina.
Puede abrirse este tabique y hacerse otro cuarto de baño.
Tendrá usted que rebajarme algo. Hay que gastar mucho en reformas.
- Buenas tardes. - Buenas tardes.
Ha vendido la casa. Van a ponder un balneario.
Se ha dado cuenta de que yo duermo aquí.
Va a vender la casa. Nos deja en la calle.
- Tenemos que defendernos. - ¡La casa no! ¡La casa no!
Estoy hasta las narices de tanto esperar.
Me borro del centro recreativo.
- Nada, que no hay baile. - Vamos con Cosme que está en la terraza.
¡Anda ya, so memo!
Parece mentira.
Son capaces de estar ahí toda la noche esperando por el baile.
Lo que puede el vicio.
Y ellos, al fin y al cabo, son hombres y tienen que desahogarse.
Eso, pero ¿y ellas?
¿Qué pensará Doña Ignacia?
- Con lo seria que es. - Estará avergonzada.
Con razón no se trata con nadie.
No me choca que quiera irse del pueblo.
- Ni a mí. - Ni a mí.
Esta noche me parece que no vienen.
Pues yo hoy no me acuesto sin echar un baile.
- ¿Les habrá pasado algo? - Ha tenido que ocurrirles un accidente.
Ya están ahí.
Ronca, ronca.
Hemos tenido un accidente.
Estamos magullados. Hasta hay un herido.
En mis tiempos estaríamos ya bailando.
Pero ahora a los mozos de este pueblo les dan con la puerta en las narices y nada.
Que se levanten, que toquen.
Para eso estáis toda la semana trabajando sin retozar.
- ¿Pero dónde es el incendio? - ¡Hombre!
¿Ves como tenía yo razón?
¿Qué hacemos, Venancio?
¡No seáis bestias!
¡Pedazos de gamberros!
Vais a tener baile.
Pero el primero que tire una piedra o arme una rebolica
se va a acordar del alcalde. Por mi padre.
- Estarse quietos que voy yo a arreglarlo. - ¡Eso antes, venga!
¿A que me cabreo y mando el baile a freír espárragos?
¡Callarse, becerros!
Qué pueblo más ordinario.
¡Atrás, atrás! ¡Vamos, atrás!
No se oye nada.
¡Callarse!
Ahora mismo vamos a tener baile.
Pero aquí, en la plaza.
Los músicos van a tocar desde las ventanas.
Están molidos, y ellos también son de carne.
- ¡Viva el alcalde! - Así nos arreglamos todos.
¡Viva!
- ¿Dónde te has metido? - He ido a curarme.
Sí, te ha curado la Angelines, ¿no?
Venga, vamos a empezar.
¿Sin Fernando?
¡Fernando!
¡Ya voy!
¡Socorro! ¡Auxilio!
¡No, Ignacia, no!
- ¡Imbéciles! - ¡Auxilio!
¡Venancio! ¡Nos va a matar!
En nuestros tiempos, después de estar acostados los músicos,
se iban a levantar aunque lo mandase el rey. ¡Ya!
Más vinagre.
Bueno, dejadlo ya y descansad.
Con esta pieza se conforman.
Si los mozos no son malos.
¿Llamamos a un médico?
Está muerta.
¿Muerta?
¿La he matado yo?
Hoy no han estado los Vidal en misa. Qué raro.
Y todos los balcones cerrados.
- Debe estar alguien enfermo. - Seguramente,
porque ellos no faltan ni un domingo.
- ¿Qué hora es? - Las 14:00.
No hay quien la aguante.
A veces me dan ganas de dejar la mercería y no volver a saludarla.
No te preocupes que nos vamos a casar muy pronto.
- Antes de lo que te figuras. - Pero ¿y Quique?
Sí, claro. Ya encontraremos una solución.
No le sacrifiquemos a él. Quique es lo primero.
¿Sabes que le he tomado mucho cariño sin conocerlo?
- ¿Y él qué piensa de mí? - Te aprecia mucho.
Todos los domingos por la noche me espera con la ilusión de tu regalo.
Y eso que esta semana está un poco malucho.
Bueno, no te pongas triste. Anda, come.
¿Hacemos café?
Lo que he hecho, Paquita.
No lo pienses más. Fue sin querer. Sin mala intención.
Vendrá la guardia civil. Me meterán en prisión.
Me condenarán a muerte. Qué vergüenza.
No se va a enterar nadie.
Yo no quería, Paquita, yo no quería.
Claro que no.
Qué vergüenza.
Qué lástima.
Lo hice por defenderte a ti. Te iba a matar.
La pobre mujer. Dios la haya perdonado.
Era más mala que un dolor.
Empieza a arreglar tus papeles que nos vamos a casar muy pronto.
- Hasta el sábado, Fernando. - Adiós.
- Pero bueno, ¿no hay ninguna en biquini? - Qué burro eres.
No te las he traído antes porque me daba vergüenza que las vieses delante de mí.
No se las vayas a enseñar a tus compañeros.
Hasta el sábado, chata.
Como no te espabiles me parece que no tienes nada que hacer de artista.
- Adiós, Angelines. - Adiós, Sr. Graci.
- Buenas noches. - Buenas noches.
- Oiga, Beatriz. - Tutéame.
Pues oye, yo no he robado ningún corsé, ¿sabes?
Se lo puedes decir a la bruja de Doña Teresa.
No soy una ladrona. Y, además, ¿para qué narices lo quiero?
- A mí no me hace falta. - No te preocupes.
Yo se lo diré a Doña Teresa. Estoy segura de que no has sido tú.
- Es como una traición. - Parece mentira.
¿Quién lo iba a pensar? ¡Jesús!
- Qué pocas quedamos. - ¡Y usted que lo diga!
¿Qué te pasa?
Este está aterrado. Por el tortazo de anoche, ha cogido miedo.
¿Cuándo te casas con la mercera?
Anda, saca los paquetes de tu hermanito y vamos a comernos lo que lleve.
Tiene pinta de tener buena mano para los dulces.
A ver si te vas a enfadar por la cursi esa.
No la llames cursi.
No me gastes bromas con ella.
Anda, este se nos ha enamorado de verdad de la mercera.
No la llames mercera, se llama Beatriz.
Chico, si te has enamorado, cásate con ella.
Tengo un problema con lo del hermano paralítico.
¿De dónde saco yo un hermano paralítico?
Se me ocurrió la tontería de decirle eso para evitar complicaciones
- y ahora mira... - Pues mátalo.
¿Matar? ¿A quién? ¿Qué dices?
A tu hermano. El sábado te presentas de luto.
Dices que se ha muerto Quique y ya está. Es facilísimo. No lo pienses más.
Sí, esa puede ser la solución.
Bueno, ya que te he solucionado el problema, vamos a mi casa.
Saco una botella de coñac y nos comemos tus paquetes.
Quiero acostarme temprano.
He de terminar la canción que quiero presentar en el festival de Benidorm.
- Adiós. - Adiós.
Anda, vamos.
Sí quiero.
Sí, me otorgo.
Vamos a entrar.
No, me da miedo. ¿Por qué no lo dejamos para mañana?
De día es otra cosa. Impone menos.
Llevamos todo el día pensándalo y diciendo "luego".
¿Y ahora dices que mañana?
Bueno, vamos a entrar. Pero quiera Dios que no tengamos que lamentarlo.
Ella ya no puedo hacernos nada, por desgracia.
Eso...
Hay difuntos que cuando no tienen sepultura a su gusto
se aparecen hasta que les hacen caso.
Calla, calla. No me metas en aprehensión.
Ella tiene que estar molesta con nosotros.
- Sobre todo conmigo. - Si seguimos así, no entramos.
Y dentro está el dinero. Tenemos que cogerlo.
Una, dos...
- Qué peste a aguardiente. - Es natural.
Sí, claro.
El llavero.
Tanto como me reñía a mí por goloso.
- Anda, come. - No, me da reparo.
Venga, que para sufrir hay que alimentarse.
- ¿Hay de crema? - Sí, este. Y este también.
¡Qué rico!
- Anda que como nos esté viendo... - No seas agorero, hombre.
A mí me gustan más los de cabello de ángel.
Mira qué joya. Es precioso.
Lindo, lindo, lindo.
Mira, Venancio.
La muñeca que me pusieron los Reyes.
Ramona.
La cocinita.
Pobrecitos míos.
Tanto como os odiaba y os hacía sufrir.
Ahora aquí.
¡Si nos viera la difunta!
¡Si es mi aro!
No, no, ese aro era mío.
- No, es el mío. - Es mío.
¿Ves? Tiene una "p" aquí.
Es que nos regalaron dos iguales porque a ti te dio envidia.
Qué ropita más mona tenía.
¿Qué es esto?
Mírala, de Felipe II.
- Mira, esta eres tú. - Sí.
Y esta fue en Carnaval, cuando fuimos al baile infantil del casino.
- ¿Te acuerdas? - Sí.
Oye, ¿quieres una copita de aguardiente?
Paca, por Dios, no me nombres el aguardiente.
Es verdad.
- ¡Peppermint! - Eso sí.
Con la fama que tiene en el pueblo
y lo que ha hecho aquí en mi casa que es el pan de usted.
Yo creo que no ha sido Angelines.
¿No? Pues, hija, se desdice usted cada momento.
Yo no dije que había sido ella, sino que había estado en la tienda.
- Fue usted. - ¿Me va a dejar como embustera encima?
- Vamos con la sonsa. - Si quiere me lo quita del sueldo
pero haga el favor de dejar la fiesta en paz.
¿Va a convidar usted a corsés a su amiguita?
¿O ha sido usted quien se lo ha llevado?
Desahóguese, que ya me queda poco tiempo de aguantarla.
¿Se va usted también de artista?
No, me caso.
A mí no me extrañaría nada que se hubieran despedido a la francesa.
No, eso no lo creo.
En estos tiempos se puede esperar todo.
Ayer no estuvieron en misa y hoy no se ve a nadie por la casa.
No se han podido ir porque yo le he comprado el vino a Doña Ignacia
y aun no me lo ha traído. Lo tengo pagado y todo.
¡Y qué vino! Es el mejor de estos contornos.
Como que Doña Ignacia le echa jamones dentro
y cuando se deshacen le dan un gusto y un alimento...
Mira, ahí está la interfecta a tomar su aperitivo.
- Buenos días. - Buenos días.
- ¿A esperar al novio? - No, hasta el sábado no viene.
- No das una. - Esta engranadita no está de despreciar.
Yo la encuentro muy bien.
- Las jovencitas son para los chavales. - O para los viejos.
A mí me llamaron por teléfono que fuera al pueblo a hacer un servicio.
Allí recogí a tres personas.
Los dos que han aparecido y una señora alta y flaca.
¿Hablaron algo que indicara hacia dónde pensaban dirigirse?
No, señor. Hablaban muy poco.
¿No observó nada anormal en su conducta?
- No, señor. - ¿Qué hicieron al llegar a Cabo de Palos?
Yo les dejé en un restaurante de las afueras.
Me pagaron y me despidieron.
¿Y cómo estaba usted en el pueblo esta mañana?
¿Por qué no se volvió a Madrid?
Porque estaba muy cansado de ir todo el día y parte de la noche
agarrado al volante.
Y me acosté para descansar.
- ¿A qué hora se fue a dormir? - A las 22:30 más o menos.
- ¿Y ya no salió usted de la pensión? - No, señor. Me acosté.
¿Oyó usted cómo llamaban a la otra señora?
Sí, señor. La llamaron varias veces Ignacia.
- ¿No observó usted si discutían? - No, cenaban en muy buena armonía.
Y con mucho apetito.
Sobre todo ellos dos. La otra señora comió menos.
- ¿Podría usted describirla? - No muy bien.
Era alta, flaca.
Pero como en la terraza había poca luz y llevaba un velo, no le vi bien la cara.
¿A qué hora abandonaron su establecimiento?
Sobre las 11:30 más o menos.
El chófer llegó a la pensión poco después de las 10:30.
Cenó y se acostó.
¿Pero él no será el criminal?
No habré tenido en mi casa a un asesino, ¿verdad?
- Tengo un come-come y un regomello. - No se preocupe, señora.
Y conteste con exactitud.
¿Pudo salir durante la noche sin ser visto
- y volver a entrar? - No, señor. Eso sí que no.
Para salir los huéspedes tienen que pasar por la habitación mía.
Y además tengo que abrirles yo la puerta de la calle.
Eso lo hago para que no se me vayan sin pagar.
Y por si alguno me quiere colar matute alguna noche. Usted me entiende.
"La misteriosa desaparición aún acentúa más el misterio
en torno al esclarecimento del tenebroso caso.
Según las últimas...".
¡Mira, la Angelines!
- Al fin te has decidido. - Sí, hija.
Si te quedas aquí terminas hecha un bacalao.
- Que tengas mucha suerte. - Lo mismo digo.
Bueno, nos veremos pronto, que a tu boda sí que vengo.
Es por lo único que voy a volver a este pueblo.
Quedas invitada.
Vámonos.
A ver si te vemos anunciar el Pasapoga.
¡Qué burro eres!
- ¡Qué peste! - Es olor a carne podrida.
Sí, eso parece.
¿A que va a ser el cadáver de Doña Ignacia?
Es de ahí.
Por lo visto, pensaban estar unos días fuera y volver.
Si no, hubiesen dejado en libertad a los gatos o se los hubiesen llevado con ellos.
Esta carne debe llevar aquí lo menos 8 días.
Vayan ustedes viendo el armario.
Es raro. Según usted, ellos pensaban marcharse definitivamente.
Sí, eso me dijo Doña Ignacia. No me aclaró más.
Y yo tampoco quise preguntarle. Como tenía ese carácter tan serio.
Pues el vestuario no era muy austero.
Esta ropa no puede ser de Doña Ignacia de ninguna manera.
Estoy seguro.
Aquí están los recibos de venta del Romeral.
La casa no llegó a venderse,
a pesar de estar cerrada la venta de palabra. Porque se marcharon antes.
Es incomprensible.
El viaje tiene todas las características
de una decisión precipitada de última hora.
¿A cuánto ascendió el importe de la venta de las propiedades?
En total, y como la casa no se vendió,
a 3.200.000 pesetas.
No hemos encontrado nada importante.
Ahora ya ha terminado el registro, por lo que se ve.
¿Habrán encontrado ya a Ignacia?
Hombre, no creo. Se notaría algo.
¿Y ahora, qué hacen con la casa?
Ahora la precinta el juez y de allí no pueden sacar ni un alfiler.
¿Y mi vino? Lo tengo pagado. Es mío.
Corre y habla con el juez antes que la precinten.
Don Miguel, mi vino está ahí dentro, en la tinaja.
Usted sabe que lo tengo pagado. Es mi ruina.
Sí, es verdad. No me acordaba. Pero yo no puedo hacer nada.
Dígaselo al señor juez.
Si tarda usted menos de 4 horas en hacer el trasiego del vino,
esperaremos para precintar la casa.
Póngase de acuerdo con el señor secretario y que él le diga lo que tiene que hacer.
Debe llevar usted un papel por escrito en papel de barba
reintegrado con una póliza.
¿Quique?
No sé qué van a dejar estos para la boda.
Los testigos deben comparecer por separado, uno a uno.
- Pero nosotros somos todos uno. - La ley lo ordena.
Lo importante es que declaren la verdad y que sirva para algo.
Vamos a ver, ¿quién empieza?
- Empieza tú mismo, Cosme. - ¿Yo? Empezad vosotros.
- Que empiece Justo. - Si queréis, puedo empezar yo.
- ¡No! - ¡No! Tú el último.
- Empiece. - Pues verá...
Bueno sigue ahí que yo voy a ver cómo va lo de mi bodega.
No te vayas, quédate conmigo.
- Es que voy a guardar esto. - Hazlo luego.
Es mi ajuar, el que he estado haciendo desde jovencita
esperando a mi hombre ideal.
Lo había puesto ahí con la esperanza de que lo vieras esta tarde.
Pero ahora que se ha muerto Quique, no me parece bien.
Qué buena eres. Estás en todo.
Pues, como le decía,
el domingo no aparecieron en misa...
Nos extrañó mucho porque no faltaba ningún domingo.
Con la venia del señor juez
debo recordar a los testigos que la declaración debe ser personal.
- Procuren organizarse. - Nos extrañó
porque no faltaban nunca a misa.
Aunque eran un poco raros.
¿Qué quiere decir "un poco raros"?
- No se trataban con nadie. - Bueno, pero por culpa de Ignacia.
Porque los otros dos eran unos infelices.
¿Tenía Doña Ignacia algún enemigo en el pueblo?
No creo porque esa no le hizo un favor a nadie en su vida.
Pero bueno, ¿me dejáis hablar?
Porque el que está declarando soy yo.
Ha sido providencial. Ya verán ustedes como el señor juez me escucha
- y el disgusto que le van a dar al cabo. - Seguro que lo arrestan.
Por lo menos, trasladarle, lo trasladan.
- No se puede dejar un robo sin castigo. - Y a esa la coge la policía en Madrid.
Al día siguiente, lunes, los vimos en el mirador.
Estaban los tres.
¿Fue la última vez que vio usted a Ignacia?
Sí, señor juez, la última.
Si no llega a ser por usted, Sr. Cosme, menudo lío para sacar el vino.
Ahora mismo les voy a convidar a un vasito que bien se lo merece.
Gracias, Félix.
Bien, serían las 2:30 o 3:00 de la madrugada,
cuando vio a un coche parado a la puerta de la casa.
Al poco salieron Doña Ignacia y Doña Paquita.
Y luego, Don Venancio.
- ¿Y después? - El coche arrancó.
Doña Ignacia fue la única que me hizo adiós con la mano,
para que luego digan que era antipática.
- ¿Fue la última vez que la vio? - Sí, señor la última.
- ¿Quién iba a decirlo? - Aún no sabemos si Doña Ignacia vive.
Este vino está riquísimo.
No hay un vino como este en toda la provincia.
Doña Ignacia de esto sabía un rato.
Sabía o sabe.
La carne de los jamones le dan un cuerpo al vino y un gusto.
Y el alimento que tiene.
- ¿Este vino es andaluz? - Estás tú bueno.
- Sr. Félix. - ¿Qué?
Esa tinaja está vacía.
Hay que empezar con la otra. Quédate tú aquí.
Ahora voy a sacar el dulce que es mejor que este si cabe.
A mí me gusta más el dulce.
Llegan ustedes a tiempo.
Ahí va una copa de este vino.
Anda, tómatela, que eso te va a reconfortar.
- ¿Qué les parece? - Muy bueno.
Pues si no llega a ser por el Sr. Cosme, me quedo sin él
porque este vino es de los Vidal que lo tenían en las tinajas
y como iban a precintar.
Fernando.
- ¡Fernando! - Pero hombre ¿qué le ha pasado a usted?
- Si este vino resucita a un muerto. - No me encuentro bien.
Tome, tome una pastillita.
- Eso es de hígado. - Tómala, sí, sí.
¡No!
Me parece que esta tinaja está atrancada.
No pasa vino por la goma.
Anda, trae un palo largo.
Está vacía.
Es la otra, la primera. A ver si terminamos esto pronto.
Vaya una hora que se me está haciendo a mí.
Tropieza con alguna cosa.
Ya, ya lo he enganchado.
Tire, tire más.
- ¿Qué es? - Parece un trapo.
- ¿Trapos? - Yo creo que son pelos.
¿Trapos y pelos?
Ya marcha.
Mira, Cosme, en el vino había un pelo.
No, Severo, esto es un esparto.
No le hagas caso, Cosme. ¿No le conoces?
Vamos a la fonda a que me acueste, Beatriz.
Quédate esta tarde en la cama y a la noche, si estás mejor, vas.
Claro, hágale usted caso a su novia que tiene razón.
No, si ya estoy mejor. Si no voy sería una falta de compañerismo.
Tienes un sentido del deber exagerado.
¿Qué pasa?
¿Qué ha pasado, Don Juan?
Han encontrado el cadáver de Doña Ignacia.
Estaba en la tinaja.
La pobre creo que está hecha una torrija.
Creo que la han tenido que pescar.
Me han hecho polvo. Ya no puedo probar el vino dulce.
No te has enterado. Hemos bebido vino de la tinaja y estaba el cadáver de Ignacia.
Lo han encontrado ahora.
Por eso digo que me quedo sin probar el vino dulce.
Espera. Que tiene razón este.
No hemos bebido nada malo
porque el vino que nos ha dado Félix era de la primera tinaja.
Lo han terminado delante de nosotros.
El cadáver tiene que haber aparecido en la otra.
- Claro, hombre. - En la del dulce.
Yo también estaba enferma de pensar que había bebido de ese vino. Qué asco.
Usted también se ha puesto mucho mejor.
Es que... beber vino
y saber que dentro había un muerto es para morirse.
Bueno, voy al casino a cumplir con mi deber.
Buenas tardes, tenemos que hablar con usted.
Es muy urgente.
¿Se les ha olvidado decir algo en la declaración?
No, no. Es una cosa que ha ocurrido después. Y muy importante.
- Bien, vamos arriba. - Sí, vamos, vamos.
Yo creo que esta tarde con lo de la muerta no va a venir nadie.
Eso creo yo.
Oye, Fernando, ¿por qué no suspendemos el baile
y nos vamos por ahí a tomar unos chatitos?
Ah, es verdad. Que tú estás de luto.
Tu novia lo habrá sentido mucho con el cariño que le tenía.
Ahora se te han terminado los paquetes.
Pero bueno, ¿qué te pasa? Este se lo ha tomado en serio.
Vámonos, que esta tarde nos ha quitado el público la muerta.
Vamos a empezar. Carmelilla.
- ¿Nos vamos? - No, esta tarde no.
Como ha muerto el hermano de Fernando, no tengo ganas. Estoy muy triste.
Serénese.
¿Cómo conoció usted la existencia del cadáver en la tinaja de vino?
- Porque la noche que la mataron... - ¿Quién la mató?
Yo no tuve nada que ver.
- Cuando entré estaba muerta. - ¿Y quién había cometido el asesinato?
Su hermano, Don Venancio.
¿Qué relación le unía a usted con la familia Vidal?
- Yo era amigo de Doña Ignacia. - Amigo.
¿No estaba usted prometido con Beatriz López San Andrés,
- la empleada de la mercería? - ¿Prometidos?
Sí, íbamos a casarnos.
Pero a ella no la molestarán ustedes, ¿verdad?
Yo lo declaro todo pero no mezclen ustedes a Beatriz en esto.
Ella no tiene nada que ver. Lo juro.
Yo lo declaro todo.
Pero ella aquí no.
Yo lo diré todo.
Para un asunto de sumo interés, le ruego venga esta noche a mi casa.
Para evitar malas interpretaciones venga usted después de su última actuación
y entre por la puerta trasera.
Guarde la más absoluta reserva.
Suya afectísima, Ignacia Vidal".
Sí, aquí dice "Stradivarius, Cremona".
Claro que yo no sé si es auténtico o no.
Lo mejor es que lo mande usted a Madrid para que lo examinen allí.
¿Por qué no se encarga usted mismo de la gestión?
¿Yo? Es que es un asunto muy delicado.
Puede tratarse de una falsificación
y usted llegar a pensar que yo le he dado el cambiazo.
A pesar de que es la primer vez que hablamos, me inspira usted confianza.
Ya lo ve.
Muchas gracias.
Si es auténtico, le daré la comisión de venta.
No, no. Haré la gestión desinteresadamente.
No puedo aceptar dinero de una señora.
- Señorita. - Perdón.
No tiene importancia. Comprendo que a mi edad no es normal.
- No es usted tan mayor. - Ya lo creo.
Voy a darle a usted aguardiente.
Si me lo permite, le diré que su forma de vestir la envejece.
Debería usted vestir más a tono con su edad.
Por favor, no hable usted tan alto. Va a despertar a mis hermanos.
Perdón.
Sí.
Puede que tenga usted razón.
Pero en estos pueblos hay que guardar las formas.
Siéntese.
Tiene una figura de lo más esbelta.
- Parece francesa. - Por favor, no exagere.
¿Cuándo volverá usted a traerme la contestación?
- El sábado, cuando venga con la orquesta. - Hágalo todo igual que hoy.
Me preocupa que se enteren mis hermanos.
El violín resulto ser una falsificación.
Pero Doña Ignacia y yo simpatizamos
y seguí visitándola todos los sábados por la noche.
A usted le parecerá ridículo
- que le haga venir como un ladrón. - O como un amante.
Esa bata le está a usted muy bien. Vestida así, representa su edad.
Está mucho más joven.
Cada vez nos hacíamos más amigos.
No te impacientes, mon chéri, Que ya estoy.
¿Qué te parezco? ¿Te sentirás orgulloso de mí esta noche?
- ¿Es auténtico? - Claro que sí, mon chéri.
¿Te iba yo a llamar mon cheri con un collar de bisutería?
Vamos, déjate de bromas. Te hablo en serio.
Claro que es bueno.
Era de mi abuela.
Pero vamos a seguir jugando, gorrioncito.
No seas descarado. Estamos en un sitio elegante.
¿Tanto te gusto?
Mucho.
¿Cuándo nos vamos a París?
¿Por qué no contestas?
Pienso en mi hermano.
Me ha dicho el médico que podría curarse, pero...
- el tratamento es muy caro. - ¿Cuánto?
Unas... 30.000 pesetas.
Yo no las tengo y estoy desesperado. Se trata de la salud de mi hermano.
Quizás de su vida.
No llores, me fastidian las lágrimas.
Yo te ayudaré. Anda, no estés triste.
Cuando ya tuvimos confianza,
empezó a salirle a flote su manía contenida durante tantos años.
Los trapos.
Y como teníamos la misma estatura y casi las mismas medidas
me hacía que le pasase los trajes como si yo fuera una modelo.
Yo no tenía más remedio que seguirle la corriente.
Decía que yo tenía muy buen gusto y me daba dinero para que le comprase trapos.
Como ella tenía que guardar las formas,
en cuanto veía algo en La Parisienne que le gustaba, tenía que ir a comprárselo.
Buenas tardes, Doña Ignacia.
Así conocí a Beatriz.
- Su mujer debe estar encantada con usted. - Soy soltero, señorita.
Ya comprendo. Ustedes los artistas...
- Buenas tardes, Beatriz. - Buenas tardes, Fernando.
Quiero un par de medias negras, de malla.
Usted por lo visto no se arrepiente de sus pecados.
Porque no encuentro quién me redima.
El domingo lo oí en misa. Canta usted muy bien.
Pero tengo que conformarme con cantar cancioncillas para que bailen.
- A mí lo que me encanta es la zarzuela. - Yo soy barítono.
- ¿Y por qué no canta usted en el teatro? - Lo lírico está muerto.
El público de hoy no tiene sensibilidad para la música.
Es verdad.
Pero yo estoy ahorrando para formar compañía.
- Hay que arriesgarse. - ¿Sabe qué romanza me gusta mucho?
El huésped del sevillano.
Tiene espada triunfadora.
No, no. La otra.
Mujer de los negros ojos.
La de la trenza morena.
Mujer...
Aquí no puedo.
Canta usted muy bien.
La zarzuela nos unió y nos hicimos novios.
Si te has creído que voy a consentirlo, estás muy equivocado.
Lo hago para despistar, para que no sospechen de nosotros.
Eso es una excusa. Nadie sabe nada de lo nuestro.
Yo no me resigno a tener que quedarme aquí esperando a que tú dejes a esa cursi
para venir a verme a escondidas. No me porto tan mal contigo.
Creo que me merezco otra cosa.
Lo vendo todo y nos vamos al extranjero.
Tú dices que en el extranjero no llamaríamos la atención,
que allí no soy vieja.
- Pues nos vamos y nos casamos. - ¿Y mi hermano?
- Yo también voy a dejar a los míos. - Pero el mío es paralítico.
Y los míos tontos, que es peor.
Estoy celosa, mi vida.
Vámonos al extranjero.
No estarás enamorado de ella, ¿verdad, gorrioncito?
Pero enseguida se le pasaban los enfados
y volvíamos a nuestras extrañas escenas de amor.
Empezó a preparar el viaje a marchas forzadas.
Pensaba irse con sus hermanos a Cabo de Palos,
diciéndoles que iban en barco a Canarias
para tomar el gran transatlántico en el que debían hacer el crucero.
En Cabo de Palos se reuniría conmigo
y mientras sus hermanos dormían nos iríamos en una barca a Orán con el dinero.
Yo pensaba cómo librarme de ella después.
Pero el sábado, Doña Paquita lo descubrió todo
a pesar de las precauciones que tomamos.
- Se ha ido la luz. - Yo no he oído nada.
¿Quién hay ahí, Ignacia?
¿Qué tontería es esta? ¿Quién va a haber aquí?
Se ha cortado la luz por la tormenta.
Vamos, acostaos de una vez y no molestéis más.
- Perdona. - Me han visto.
No se han dado cuenta bien. No te preocupes.
Pero tenemos que aligerar.
Cualquier día pueden darnos un disgusto estos memos.
En cuanto lleguemos a Cabo de Palos, nos deshacemos de ellos.
No podemos cargar con estos imbéciles en el extranjero.
- Ya me he cansado de esperar. - No se puede pasar, señora.
Usted no quiere que hable por si a su cabo le meten un paquete. Pero yo hablo.
Señor juez.
Vengo a pedir justicia al señor juez,
ya que en este pueblo no me la hacen.
Me han robado un corsé.
Le ruego que abandone el despacho y que no interrumpa.
Fui yo, Doña Teresa.
Otro de los extravagantes caprichos de Doña Ignacia.
Pero como ya era novio de Beatriz, no pude comprarlo.
Lo tuve que robar.
La pobre Angelines no tuvo ninguna culpa.
Tenga la bondad de esperar fuera.
Adiós.
- Continúe. - Sí, señor.
Después me pesó mucho haberlo hecho.
Pobre Beatriz.
Yo quería casarme con ella. Pero antes tenía que acabar con Doña Ignacia.
Por eso le dije lo del hermano paralítico a ella también.
Aquella tarde,
volví a llevarle una peluca que me había encargado dispuesto a terminar con ella,
pero aquella mañana había recibido el dinero de la venta
y no me atrevía a decirle nada.
De todas formas, yo estaba enamorado de Beatriz
y la vieja me daba asco.
Procure abreviar. ¿Cuándo murió Doña Ignacia?
La noche que tuvimos el accidente.
Me voy. Vamos a tener que tocar y me van a echar de menos.
Pero vuelve luego, gorrioncillo. Te acompaño.
No tardes.
¡Fernando!
¡Voy, ya voy!
- Está muerta. - Sí, señor.
Pensé en avisar a la guardia civil.
Ojalá lo hubiese hecho.
Pero me dieron pena aquellos infelices.
Además había en la casa más de 3 millones de pesetas.
Era una ocasión para poder casarme con Beatriz y formar la compañía de zarzuela.
Decidí ayudarles.
Lo primero era hacer desaparecer el cadáver.
Yo sabía lo de los jamones porque me lo había contado Doña Ignacia.
Al principio, me daba un poco de aprensión.
- Señor juez, ¿puedo fumar? - Sí, sí, fume.
Gracias.
- Continúe. - Sí, señor.
Quedé en volver para solucionar la cosa y empecé a pensar.
Había una solución.
Pero hacía falta una mujer que pasase por Doña Ignacia.
¿Y quién fue esa mujer?
No, quiero acostarme temprano.
He de terminar la canción que quiero presentar en el festival de Benidorm.
- Adiós. - Adiós.
El resultado de la prueba fue para no dudar.
Pero todavía hice otra antes de salir de viaje.
No se ponga de frente, hombre.
No vuelva la cara.
Fernando,
no irá usted a hacer con nosotros como iba a hacer Ignacia, ¿verdad?
No, no, claro que no. Pero llámeme usted Ignacia.
No lo echemos todo a perder.
Sí. Es verdad. Tengo unas ganas de estar en el extranjero para llamarle Fernando.
Son para los nervios, ¿sabe?
Estos días si no hubiese sido por ellas, me hubiese muerto.
He traído 3 frascos para poder dormir en el viaje.
Vamos, vamos.
- ¿Quieres una aceitunita, Ignacia? - No.
Antes de llegar a la playa, al pasar por no sé qué ciudad,
vieron unos almacenes y su pusieron como locos.
"¡Queremos trajes modernos!".
Parecían dos niños.
Esta noche no nos acostamos ni Fernando ni yo.
Tú, si quieres, échate por ahí a dormir, Venancio.
Y ya te llamaremos.
¿Y si luego me dejáis tirado como iba a hacer Igancia?
Lo que sea de uno, que sea de los tres.
Lo mejor es que ustedes se marchen y yo me quede.
- No, no. - No, no, los tres.
¿Para qué quieren que yo vaya? Me dan mi parte del dinero, se marchan y en paz.
No, si tú te quedas, yo también.
Sí, usted se viene con nosotros, no nos vaya a denunciar.
¡Ya está ahí!
¡Estamos salvados!
Saque la linterna y hágale señales a la motora.
- Vamos a brindar por el éxito.. - Sí.
Traiga, traiga.
- Voy por mi copa. - Ole, ole.
¡Viva la libertad! ¡A París!
- ¡Por París! - ¡Por Fernando!
¡Fernando!
- ¡Brinda! - Vamos, vamos.
Todo de un trago que trae buena suerte.
- ¡Por el éxito! - Por el éxito.
Por el éxito.
No quería más que dormirles.
Lo sentí mucho cuando leí en los periódicos
que los habían encontrado muertos.
Yo no quería matarles.
Lo juro.
Me escondí para que no me encontrasen los de la motora al llegar.
Luego me volví en tren a Madrid.
Lo siento por Beatriz.
Íbamos a casarnos.
Yo no quería matarlos.
Yo no quería matarlos.
Aquí está todo el dinero.
Falta solo lo que nos gastamos en el viaje.
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