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He encontrado este diario en dos cuadernos
que estaban en unos armarios azules de Neauphle-le-Château.
No recuerdo haberlo escrito.
Sé que lo hice.
Que fui yo quien lo escribió.
Reconozco mi letra y los detalles de lo que explico.
Recuerdo el lugar.
La estación de Orsay.
Los trayectos.
Pero no me veo escribiendo el diario.
Me he encontrado con unas páginas llenas de forma regular
con una letra extraordinariamente regular y tranquila.
Me he encontrado con un desorden fenomenal,
tanto del pensamiento como de los sentimientos,
que no me he atrevido a tocar...
y sobre el que siento vergüenza de su calidad literaria.
Lo que es seguro...
evidente...
es que no concibo haber escrito ese texto mientras esperaba a Robert.
ABRIL 1945
¿No sería extraordinario que volviese?
Podría volver directamente,
simplemente,
contra toda expectativa.
Al margen de las expectativas.
De todos modos, él sí que volvería.
No habría una notificación previa.
Llamaría al timbre.
“¿Quién es?” “Soy yo”.
Hay muchas otras cosas que suceden así.
¡Oh, Robert!
¡Lo sabía!
Sabía que volverías.
Estás guapo.
¿Quieres comer... o beber algo?
Un vaso de agua.
Tengo café. Del de verdad.
¿Quieres?
Venga. Haga un esfuerzo.
Es terrible, ya lo sé.
Pero no puede rendirse.
No me rindo.
No me rindo.
Es otra cosa.
Otra cosa... Vale.
Prefiero estar sola esta noche.
-Me las arreglaré. -Como quiera.
Bueno, no olvide que estoy para lo que quiera.
Durante mucho tiempo... Durante mucho tiempo lo he intentado.
El mundo estaba en guerra.
Aún pensaba que corría hacia ti, que seguía tu rastro.
JUNIO 1944
Y que quizá me reuniría contigo.
Antes creía que sería posible.
Su carné, por favor.
Señora Suzanne Bulatzs.
Jeanne Bellay.
Señora Jeanne Mathussier.
Sígame, por favor.
Venga, por favor.
¿Aún está esperando?
Sí, me ha caducado el permiso. No sé qué hacer.
Tengo que ver a un tal Herman... por el paquete.
Detuvieron a mi marido el martes.
No llevaba nada, no tiene qué ponerse.
¡Ah, es el caso Dupin!
Me he encargado yo mismo.
-Usted es la mujer de Antelme. -Sí, soy yo.
Estoy nerviosa por... ¿Sabe qué hay que hacer con los paquetes?
-No sé, yo... -¿Es usted la escritora?
¿Cómo lo sabe?
Su libro estaba encima de la mesa, al lado del plano.
El famoso plano de las instalaciones de carburante alemanas.
Espere aquí, ahora vengo.
¡Señora Antelme!
Señora Antelme.
Le había pedido que me esperara.
Veré que puedo hacer con su paquete.
Gracias.
Buenos días, Marguerite. ¿Qué tal?
-Hola, Suzanne. -Marguerite...
-¿Tienes noticias de Robert? -No, aún no. Espero tenerlas hoy.
Hasta luego.
¿Qué tal?
No ha dormido en su casa.
Esos tres manuscritos son para usted.
¿Sí?
-Te llaman por teléfono. -¿De parte de quién?
No lo sé... Un hombre.
-¿Te lo paso? -Sí, pásamelo allí.
¿Sí? ¿Diga?
Sí, soy yo.
¿Y cómo sabe que yo...?
¿Cómo que lo han trasladado?
¿A dónde lo han trasladado?
¿Y quién es el inspector de los interrogatorios?
¿Y cómo sabe usted eso?
Muy bien, sí. ¿Dónde?
Bueno, entonces... ¿ahora?
Hola.
Por favor, siéntese.
-Camarero. -Dígame.
-Una botella de Côtes. -Enseguida, señor.
Está pálida. ¿Está comiendo, al menos?
Camarero, póngale a la señora un plato de embutidos.
Sí, claro.
Le he traído algo. Tome.
Gracias.
Me honra muchísimo estar sentado en la misma mesa que una escritora.
Aunque sea una mujer. ¡Con una intelectual!
Debo confesarle una cosa.
Un secreto que ninguno de mis colegas conoce, ni siquiera mi mujer.
Mi pasión, que espero desarrollar cuando gane Alemania, son los libros.
Los libros bellos. Una librería de libros de arte.
Eso es lo que pienso hacer.
Ya tengo el local.
-Tenemos mantequilla, por si le interesa. -Sí, muy bien.
¿Y mi marido?
Ah, perdón, sí, claro. Tengo buenas noticias.
Está en Fresnes. Lo han interrogado, pero no lo han torturado, se lo aseguro.
¿Y sabe qué tal está?
Pues no lo sé, supongo que estará bien.
-¿Qué le hace suponerlo? -Me he encargado de que así sea.
¿Que ha hecho qué?
He hecho... He... He tenido que hacer...
A ver, es como el billar. A varias bandas.
Por suerte, tengo amigos que me aprecian.
Los demás me temen, así que eso me permite maniobrar...
He hecho que a Robert no lo metan a hacer trabajos forzados.
Así tendrá un trato más favorable.
Vaya, ¿esa es su reacción?
Pensaba que le gustaría la noticia.
Pensaba que me diría que lo habían fusilado porque hay muchos prisioneros.
Gracias.
¿No quiere comer? Venga, coma un poco.
¡Coma! Se lo ruego...
No me gusta verla así.
Aunque lo cierto es que la tristeza le sienta bien.
Tengo que irme.
¿Ya? ¡Si ni siquiera ha tocado el plato!
Mañana sabré más.
-No sé cómo agradecérselo. -No, tranquila.
Nos vemos mañana, ¿de acuerdo?
No se preocupe, todo irá bien.
Hola, Thérèse.
-Hola, Marguerite. -Beauchamp...
-¿Tiene noticias de Robert? -No, aún no.
-Ha venido Jean. -Hola, Jean.
-¿Cómo se encuentra? -¿Y usted?
¿Va tirando? Hay que hacerlo, ¿no?
Robert es fuerte. Va a resistir.
¿Debo recordarle que no es un cualquiera?
Si al menos supiésemos lo que planean hacer con los prisioneros...
Con los avances de los Aliados, ¿qué van a hacer?
¿No cree que los fusilarán? A mí me parece lo más lógico, ¿no?
Según nuestra información, eso no entra en sus planes.
Una ejecución de ese tipo no se improvisa así.
Se requiere un mínimo de preparación.
Yo me habría enterado necesariamente.
-Marguerite, ¿cómo estás? -Hola.
-¿Tiene noticias? -No, de momento no.
Desde la detención de Robert, la red es más frágil,
así que intentarán infiltrarse.
Esta es la última vez que nos reuniremos aquí.
Por lo visto, en Tulle ha habido una verdadera masacre.
-¿En Tulle? -Sí. Disparan sin distinción...
-A mujeres, niños y ancianos... -Masacre se queda corto.
En la Creuse ha sido igual, y en Argenton tomaron como rehén al pueblo entero.
Desde el desembarco, ya atacan por todos lados.
Se prevé una evacuación...
Yo he oído que en Chateauroux cruzaron el centro del pueblo
disparándole a los peatones.
He hablado con el policía que detuvo a Robert.
-¿De qué? -¿Perdón?
¿Cómo?
-He hablado con el que detuvo a Robert. -¿El cabrón de la Gestapo?
-He hablado con él. -¿Por qué lo has hecho?
Me ha dicho que podría darme noticias de Robert.
-¿Por qué has hablado con él? -Tiene un despacho en la calle Saussaies.
-Creo que es importante. -No, es una trampa.
-Es peligroso. -No deberías contactar más con él.
¿Por qué no me había dicho nada? Es increíble...
Así podrían vigilar el piso y aparecer en cualquier momento.
-¿Tú crees? -Ha sido una estupidez.
Eso podría traernos muchos problemas.
-¿Por qué lo has hecho? -Es una locura.
Piensa que no me entero de nada. Me toma por una escritora.
Yo pienso como Dionys, es demasiado peligroso.
En la mayoría de redes que se acaban de reconstituir se están infiltrando.
¡Tiene razón!
-Hoy nos veremos de nuevo. -¿Veros de nuevo para qué?
Creo que le gusto.
Está buscando información. La está utilizando.
No consigue que hable Robert y la usa a usted.
-Nos está poniendo en peligro. -Deje de contactar con él totalmente.
Debe pasar más desapercibida.
Yo creo que se trata de una oportunidad excelente.
Debemos utilizar a ese policía.
Es la única persona que nos conecta con nuestros camaradas detenidos.
Está claro que tiene mucho poder.
Es la mejor noticia que tenemos en tres meses.
Tengo miedo por ti, ¿lo entiendes?
-No me crees capaz de hacer nada. -No digas tonterías.
Prométeme que vas a tener cuidado.
-¿Qué tal? -Muy bien.
Mantén los ojos abiertos. Asegúrate de que no te sigan.
Avísale a la portera cuando te vayas
y dile la dirección del sitio al que vayas.
No digas nada más. Ningún nombre ni dirección.
No te inventes nada.
Intenta mentir lo menos posible.
No bajes la guardia. Incluso cuando te hable de Robert.
¡Terrorista!
¡Vendido!
¡Ahora no estarás tan orgulloso de haber traicionado a tu patria!
¡A ver si así te hundes en la miseria!
¡Ya no estarás tan orgulloso!
Esto me parece increíble.
¡Ya veremos cómo te comportas en el patíbulo!
Otro más al que han denunciado.
Venga conmigo, quiero enseñarle una cosa.
-¡Cabrón! -Vamos.
¡Ya verás la que te espera!
No se imagina la cantidad de traidores que genera un movimiento de resistencia.
Ya lo sabía, ¿no?
No sé. Me imagino que sí.
Su marido no cayó por sí solo, ya lo supondrá.
Lo vendió un miembro de su propia red.
Habló bajo amenaza de deportación, fue fácil.
¿Quiere saber su nombre quizá?
En el fondo importa poco.
¿No quiere saber la identidad de quien vendió a su marido?
¿Qué cambiaría eso?
Debo prestar atención.
Ah, mire, ahí está la calle Dupin.
Ya veo lo que intenta hacer.
¿Conoce la calle Dupin?
¿En qué número lo detuvo?
Ah, no, ¿en serio que nunca... ha venido aquí?
¿No conoce este edificio?
-¿No lo conoce? -¿Qué espera que le diga?
Ya le he dicho que yo no sabía nada.
Todo comenzó ahí. Su libro sobre la mesa,
entienda que... rápidamente todo encajaba.
Así que...
¿Qué me quiere decir?
¿No se hace a la idea?
¿Intenta meterme miedo? Lo ha conseguido.
Es el teatro que debe hacer con las mujeres.
Una vez hecho, le deben la vida. Algo típico de la calle Saussaies.
A ver, mi querida Marguerite.
Tampoco tiene que dárselas de sabelotodo, ¿eh?
Venga, nos vemos mañana.
¿De acuerdo? Aún tenemos muchas cosas que compartir usted y yo.
Con el miedo, la sangre no llega a la cabeza.
Ya no oigo con claridad.
La sordera es relativa.
El ruido de la calle se distorsiona.
Se parece al rumor uniforme del mar.
Camino sobre la calzada, no hay coches.
El mecanismo de la vista se altera.
Ya no distingo nada...
pero sigo caminando.
Paso de la calzada a la acera.
Y luego vuelvo a la calzada.
Camino. Mis pies caminan.
Veo los grandes edificios del cruce de Sèvres tambalearse en el cielo.
Y las aceras se hunden. Se oscurecen.
Ya no distingo nada, pero sigo caminando.
Camino. Mis pies caminan.
Paso de la calzada a la acera.
Y luego vuelvo a la calzada.
Me parece sentir cierto remordimiento por no haber conseguido morir en vida.
No sé qué hacer con la libertad.
Tengo miedo de que me maten.
Tengo vergüenza de vivir.
Y me digo a mí misma que si no muero, volveré a verte.
Que tengo que estar viva para volver a verte.
No sé si conseguiré hacerte llegar estas palabras.
Y, sin embargo, estamos muy cerca.
Tú estás ahí, detrás de esos muros.
Solo necesitaría una hora para estar contigo.
A partir de ahora, lo anotaré todo.
Lo sabrás todo cuando regreses.
¿Sí?
Sí, he llegado bien a casa.
Muy bien, mañana.
A las doce y diez.
¿Dónde?
Muy bien.
Hasta mañana.
Rabier me llama todos los días.
Siempre me propone citas en el último momento,
siempre a horas inesperadas.
Por ejemplo, a las seis menos veinte, a las cuatro y diez...
Las citas son siempre en sitios abiertos.
En sitios con varias salidas.
En cafeterías en esquinas, en cruces de calles...
ALEMANIA VENCE EN TODOS LOS FRENTES
Los barrios preferidos son el sexto distrito, la Asamblea,
República, Duroc, el Palacio Real...
Rabier siempre llega bastante antes de la hora convenida
y espera lejos del lugar de la cita.
Cuando es en la calle, él se encuentra aún más lejos del lugar indicado.
Cuando es en una cafetería, él se encuentra en la otra acera,
pero no delante de la cafetería,
sino siempre desde donde ve mejor a quien está esperando.
A menudo, cuando llego, no lo veo.
Aparece detrás de mí.
Restaurante: la puerta cerrada.
Los amigos llaman a la puerta, la mantequilla en las mesas,
la nata fresca desborda de todos los platos,
las carnes chorreantes, el vino...
-Yo no tengo hambre. -Está allí.
No tengo hambre. Él está desesperado.
Cada vez que voy a ver a Rabier,
hago como si me fuera a matar.
Hago como si él lo supiese todo sobre mis actividades.
Cada vez igual, cada día.
Mis camaradas quizá tengan razón.
Puede que este colaborador intente infiltrarse en la red a través de mí.
Me está utilizando. Igual que yo creo que lo estoy utilizando a él.
Me da regularmente pruebas, garantías.
Me permite enviar algunas cartas,
me informa de algunas decisiones alemanas en cuanto a los prisioneros,
de las condiciones de su arresto.
¿Y qué dice sobre Robert?
Me ha dicho que no está enfermo. Que no lo han torturado.
Estoy segura de que dice la verdad.
Necesita esa verdad para tenerme en sus manos.
No sé...
Quiero creerlo.
Estoy a merced de él y cada día corro hacia él.
Porque cada día me acerca a Robert.
Nuestras fuerzas van a realizar todo tipo de misiones
para favorecer el avance de los Aliados,
lo que supone para nosotros una alegría.
Que vosotros, compatriotas y amigos lejanos,
podáis imaginar ver una parte de Francia liberada
con la participación activa de las fuerzas organizadas clandestinamente
sobre nuestro territorio.
A la hora exacta en la que os hablo, mi región ya no es la única que lucha
y recibe la felicitación del comando Aliado.
En el sur, decenas de miles de soldados de las fuerzas francesas interiores,
con el apoyo de la población, luchan contra los alemanes,
y ellos también, al igual que nuestros camaradas,
han recibido la felicitación del comando Aliado.
En el centro de Francia,
las ciudades son liberadas por nuestras propias fuerzas.
En el sur de París, miles de patriotas atacan al enemigo de frente.
En el este, en el sudoeste,
se han producido combates contra el enemigo.
Acabo de saber hace un momento que las fuerzas de mi región, Aisne,
han desbordado los límites de su sector,
y que cerca de diez mil de nuestros hombres luchan al sur del Loira.
Estas son, amigos lejanos,
las buenas noticias que os hacemos llegar desde la patria.
Francia se alza.
Marguerite, siéntese, por favor.
¿No le molesta que nos vean aquí juntos? ¿Entre los suyos?
He acabado su libro. Es extraordinario.
De verdad.
Ya sabe que no he venido a hablar de literatura.
He venido a hablar de mi marido.
¿Conoce a este hombre?
Este... Este de aquí.
-No, no sé quién es. -Piense un poco.
-¿Quién es? -Morland. ¿No le suena?
No, nunca le he visto.
No puedo ayudarle, no lo conozco.
Ya le he dicho que yo no me ocupaba de las cosas de mi marido.
Si me ayuda a encontrarlo, haré que no deporten a Robert.
¿Cómo que deportarlo?
¿Cómo, a dónde?
¿Por qué no me dice nada?
Mire las fotos, usted conoce a este hombre, ya lo ha visto seguro, mire.
Mírelas, por favor.
Si me ayuda, le aseguro que Robert se quedará en Fresnes.
Se lo prometo.
¿No le suena?
Aunque lo conociese, no le diría nada.
Sería inaceptable por mi parte darle esa información.
François Morland es el jefe de la red a la que pertenecía su marido.
Es un hombre que vale 250.000 francos.
Bueno, eso no es muy importante. El dinero no me interesa.
Si piensa que podría denunciarlo, ¿qué clase de mujer cree que soy?
Ah, ¿tan importante es lo que yo piense de usted?
Pero aunque lo conociese, no se lo diría.
-¿No lo conoce? -No.
El caso es que no lo conozco.
Nunca lo he visto y nunca ha ido a mi casa.
Oiga, se lo suplico.
Se lo suplico, si puede hacer algo, hágalo.
Se lo suplico. ¿Le gusta que le suplique?
Conozco a un oficial. Trabaja en Fresnes.
Es quien se encarga del transporte.
-Él le dirá el convoy. -¿Un convoy a dónde?
Esto es todo un farol.
Sé que no puede hacer nada y es todo un farol.
Le voy a dar un permiso.
Con esto podrá pasar.
Tenga, cójalo. Es todo cuanto puedo hacer.
Debo ver al señor Weber, tengo una recomendación.
¿Puedo ver el bolso, por favor?
-Pase. -Gracias.
-¡Ahí sale alguien! -¡Es una señora!
Señora, por favor.
-¿Por qué no podemos pasar? -¿A dónde los llevan?
-¡No sabemos nada! -Tenemos derecho a saber lo que pasa.
-¿Ha habido ejecuciones? -No ha habido ejecuciones.
No nos han dicho nada.
¿Y qué están haciendo con los presos políticos?
¿A dónde se los llevan?
No lo sé, los transportarán a partir de esta noche.
¿Se los llevan a Alemania? Dígame.
¿Se los llevan a Alemania?
Tengan paciencia, se lo dirán. Pregúntenles a ellos.
¡Marguerite! ¡Marguerite!
-¡Robert! -¡A Compiègne!
¡A Compiègne!
Se lo han llevado en camión.
A Compiègne.
Van a deportarle.
No tiene que hacerlo.
Ya no lo necesito.
¿Está segura?
Sí, soy yo.
Quisiera verle.
Mañana me va bien. Sí, me va muy bien.
Sí, sé dónde es.
Muy bien. Entendido.
Allí estaré.
El Saint-Georges.
Mañana al mediodía.
Está al lado de la calle Caulaincourt.
Iremos muy justos para organizarnos.
A mediodía, es factible.
Debemos darnos prisa. Antes de que ese cabrón se vaya de París.
Quiero que hable. Quiero saber quién vendió a Robert.
Quiero que pague.
-Buenos días, señor Rabier. -Hola.
-Siéntese. -Gracias.
-¡Señor Rabier! -A su salud, señor Rabier.
Muchas gracias. Que les aproveche.
Gracias. ¡Amigo!
-Señor Rabier. -¿Todo bien?
-Buenos días, señor. -Buenos días.
Es diferente al Flore, ¿eh?
Por lo visto, ya no quiere hablar de literatura.
Ah, sí, sí, al contrario.
Mi librería empieza a tomar forma.
¿Usted no lee el periódico? ¿No ve que todo está a punto de cambiar?
Todo el mundo sabe que Montgomery llegará a París en unas semanas.
Pero Alemania aún no ha dicho la última palabra.
Disculpe, pero... esta noche... nos han hecho una visita.
Han llamado y golpeado la puerta...
En fin, el jaleo despertó a todo el edificio.
No respondimos ni preguntamos quién era.
Habrán denunciado a las fuerzas francesas del interior, seguramente.
Por suerte, nuestra puerta está blindada.
Les dejamos que hagan eso y... ¿y ustedes no hacen nada?
Nos ocuparemos de ello, señora. Eso se arreglará rápido, se lo aseguro.
Llegaremos hasta el final.
Ella... tiene miedo.
Y es lógico que lo tenga.
¿Qué tal si pedimos vino?
Sí, ¿por qué no?
-¡Camarero! -¿Sí?
Una botella de Pouilly. Gracias.
-¿Y su puerta? -¿Mi puerta?
¿Está blindada?
-Yo no tengo miedo. -Aquí tiene, señora.
No tengo nada que reprocharme. Hice una elección y la asumo.
Señora...
-Señor. -Gracias.
Voy a contarle una historia.
Un día tenía que detener a unos judíos.
Llegamos al apartamento y no había nadie.
En el comedor, sobre la mesa, había un dibujo hecho por un niño.
Yo me fui sin esperar por la gente.
Perdoné a esa familia.
Y no ha sido la única.
Lo que quiero decir es que...
la habría avisado...
en caso de que... fuésemos a detenerla a usted.
El niño judío y yo le debemos la vida.
¿Está preparando su defensa?
-El vino lo cambia todo. -Me está juzgando.
-Ahora soy yo su policía. -Usted no sabe nada de mí.
Su libro…
-Permítame... -Ya tiene menos importancia,
ya no es nadie.
No es más que un agente de la policía alemana.
“El día parecía estar cayendo sobre ella como el mar sobre unas ruinas...”
Ahora soy su policía.
Observo su camisa nueva, su corbata,
a juego con su traje marrón, con un tono beige algo dorado.
Qué lástima que una camisa nueva como esa la lleve un condenado a muerte.
Es magnífico. Me ha cautivado.
Parece que haya sido escrito para mí.
El miedo me ha abandonado.
-Disculpe, ¿decía algo? -Me mira.
Me hace beber.
Mi destino siempre ha estado en sus manos.
¿Y si era yo la que tenía el destino en sus manos?
El miedo me ha abandonado. Ahora son ellos los que tienen miedo.
¿Quieres ir a bailar quizás? ¿No?
Toda esta gente.
Todos ellos estarán amenazados de muerte los próximos días,
las próximas semanas.
Ya lo saben.
Ya no puede ser de otro modo.
Pronto se hundirán todos.
Yo soy de un país diferente al suyo. Yo soy de Francia.
Todo será más sencillo.
Todo es sencillo.
-Yo estoy en otro lugar. -Bienvenido, caballero.
Buenos días, señora.
-¿Podemos coger esta mesa? -Sí, claro.
El vino. El miedo.
Dionys, justo al lado.
Robert, si vieses esto, te reirías.
Oigo tu risa.
Puedo oírla.
Por fin se ha acabado.
Por fin se ha acabado.
Alemania ha perdido.
Alemania ha perdido, lo sabe todo el mundo.
Es terrible lo que dice, pero no importa.
Verla contenta me alegra.
Disculpe, pero ¿qué está diciendo esa señora?
Detuvimos a su marido.
-Ah... Es eso. -Es eso.
Una vez me contaron una cosa sobre el miedo.
Bajo las ráfagas de metralleta, la piel nota su existencia en su cuerpo.
Un sexto sentido que se materializa.
¿Está hablando de mí al decir eso? ¿O está pensando en su marido?
No, ahora no estaba pensando en él.
Disculpe.
Ya no siento nada.
Mi piel... Mi cuerpo...
El miedo me ha abandonado.
Sáqueme a bailar.
Por favor, señoras y señores, no tengan miedo.
Apártense de las ventanas, por favor, y evacúen la sala.
Encontrarán un refugio a cincuenta metros a la derecha,
y para los que lo deseen, tenemos también la bodega.
Habrá música y champán. La velada continúa, señores.
Todo va bien, señoras y señores, no se preocupen.
Adiós, señor, buen día.
Adiós, señora, señor.
El refugio está al fondo a cincuenta metros.
Marguerite, quédese conmigo.
Pero ¿qué hace?
Yo no tengo miedo. El Imperio no caerá.
Conmigo no se arriesga a nada.
Quédese.
Quiero saber por qué me ha llamado.
-Para verle. -¿Para qué?
-Para volver a hablarle de Robert. -Sabe que no es cierto.
Tenga un poco de valor y dígame la verdad.
Quiero saberlo.
¿Por qué?
¿Lo ve?
Parece que ya llega.
El mundo por fin será libre.
Un amigo mío tiene un estudio muy cerca de aquí.
Quédese conmigo un poco más, por favor.
¿Qué quiere hacer? ¿Matarme o poseerme?
Usted me desprecia.
La gente como usted desprecia a la gente como yo.
No venimos del mismo mundo.
Si hace unos años nos hubiésemos cruzado, ni me habría mirado.
Si hubiese podido salvar a su marido...
Me ha mentido.
Sé que nunca ha intentado salvar a mi marido.
Ahora sé que siempre lo he sabido.
Usted me ha dado la ilusión... de no estar separada de él.
Eso es lo que me ha dado.
Marguerite, voy a perderla.
Él sabía que era la última vez. Lo sabía.
Lo había entendido todo desde el principio.
No hizo nada por detenernos, como si ya no tuviese importancia.
Me habría gustado que vieses esto.
Algo va a explotar, ya te lo contaré.
Cómo por todas partes el mundo se libera... te lo diré.
El vuelco que ha dado todo.
Unos días más tarde, a las once de la noche,
comenzó la liberación de París.
Ocho noches y ocho días enteros.
También Rabier, mientras huía, debió oír el alboroto prodigioso
de todas las campanas de las iglesias de París,
y también debió ver quizás a las masas de gente, fuera,
en los edificios y en las calles, con una felicidad inefable.
París libre.
En un mundo en guerra ya preparado para el olvido.
El olvido de todo.
Escogí esperarle...
de esta manera.
Hasta morir.
Eso me importa.
Si va a Japón, señora, visite también el monte Mihara.
Pero vaya cantando la endecha de la poetisa Shiyu.
Mi pequeño pescador de libélulas,
te has ido hoy, pero ¿a dónde?
Pero en Japón también hay edificios inmensos de granito blanco.
¡Hay avenidas rectas por donde pasan taxis locos a toda velocidad!
Hay oficinas a las que inunda el sol,
en las que un cerebro ordena a los navíos que zarpen por el mar...
La guerra no acababa de terminar...
Un teléfono crepita, un reloj gigante da las horas.
Aún carecíamos del conocimiento sobre lo que había pasado realmente.
Es la vida trepidante.
Estábamos en la primera época de la humanidad.
Virgen. Virginal.
Pero espera a que caiga la noche...
Por la noche, el hombre de las casas de cristal se hace con su kimono.
Le cubre desde el cuello hasta la punta de los pies,
el abigarrado kimono cubre a los japoneses como un plumaje.
Al acabar el invierno, fue anunciada la derrota alemana.
Aún faltaban largos meses de guerra, extendida por toda Europa.
Durante mucho tiempo no habíamos recibido noticias.
No se movía nada.
Un manto de silencio sobre una Francia ocupada.
Ahora las noticias comienzan a llegar de todas partes,
extienden su realidad del mundo.
La nueva primavera llegó con sus muertos,
sus supervivientes,
su dolor inconcebible reflejado en los campos alemanes.
Orsay. Los prisioneros parecen estupefactos.
Llegan directos de Bourget y de Alemania.
A veces responden,
pero con frecuencia no entienden muy bien lo que se les pide.
Sonríen.
Se vuelven hacia las mujeres francesas, son las primeras que los ven.
Mucha gente que no espera a nadie también viene a la estación de Orsay...
para ver el espectáculo.
La llegada de los presos de guerra,
así como la manera como las mujeres los esperan, y todo lo demás.
Para ver cómo sucede.
Es posible que esto no se produzca nunca más.
También podrías estar entre ellos.
Sería plausible que estuvieses en el próximo tren, o en el de después.
Estoy trabajando mal.
Añado muchos nombres, pero el suyo no aparece.
Cada cinco minutos vuelven las ganas de terminar, de dejar el lápiz,
de no volver a preguntar si hay noticias,
de irme del centro para el resto de mi vida.
Ella me dijo: “No puede hacer eso, usted no es del Ministerio,
no tiene autorización para hacer eso”.
No tienen manera de informar a sus familias.
Nos encargamos nosotros. Publicamos la lista en “Los libros”.
¿De dónde salen esos funcionarios? Con sus trajes perfectos...
después de seis años en el puesto.
Con su tono altivo, hiriente, condescendiente: “Sus papeles”,
“la mesa queda confiscada”,
“su sitio está al final de la fila, con las familias”.
Los gaullistas que toman sus puestos son los que van a ocupar Francia.
Están reescribiendo la Historia.
Van a envenenar a Francia durante mucho tiempo.
De Gaulle ya no espera nada. Solo la paz.
Solo nosotras seguíamos esperando. La espera de toda la vida.
La de las mujeres de todos los tiempos.
De todos los lugares del mundo.
La de los hombres para volver de la guerra.
Por la noche voy al periódico. Entrego las listas.
Todas las noches le digo a Dionys: “Mañana no volveré a Orsay”.
Todos los prisioneros de guerra van a volver pronto.
Hasta el último.
Pero tú aún no vuelves.
Tome.
Coma algo.
Coma.
No puede abandonar.
Tiene razón.
Al final viviré hasta que acabe la guerra.
Debo tener cuidado.
¿No sería extraordinario que volviese?
Hoy tiene un montón de cosas que hacer.
Le he traído el coridrano.
Después dúchese, que empieza a oler.
¡Señora Antelme!
Debe ir a ver a la señora Bordes, su hijo ha preguntado otra vez por usted.
No lo entiendo, ya se lo he dicho.
Su marido tiene previsto llegar en el 3A la semana que viene.
Debería ir a verla, no está bien.
¿Ah, no?
Está aquí, no quiere levantarse.
-Hola. -Hola.
-¿Cómo te llamas? -Suzanne.
-¿Mamá? -Hola, Suzanne.
-Hola. -¿Mamá?
Ha venido la señora Antelme.
¿Mamá?
¿Señora Bordes?
Señora Bordes, soy Marguerite.
Voy a entrar.
Señora Bordes.
No se deje ir así.
Venga, ya ha acabado.
Todo va a ir bien, ya se ha acabado. Venga.
Ya lo sé. Ya lo sé.
No se ponga así. ¿Eh? No tiene por qué.
El 3A aún no ha llegado. Están de camino.
Ya me dijo eso hace ocho días.
No me lo invento. Lea el periódico.
Pero en el periódico no queda claro.
Usted dice que aún no vienen, pero las calles están llenas.
Me está mintiendo.
Ya sabe que liberaron el 3A hace dos días.
Escúcheme, ahora mismo no es más razonable pensar
que su marido no volverá que lo contrario.
Es cuestión de días.
Solo cuestión de días.
-Cuestión de horas. -Sí.
Claro.
Gracias, señora Antelme. Gracias.
Volveré otro día.
Debería hacer que paren los latidos en las sienes.
Me duermo cerca de él todas las noches.
En un foso negro cerca de él, muerto.
Alemania está en llamas. Él está dentro de Alemania.
Si no lo han fusilado,
está en el incendio de Alemania.
-¿Y bien? -Nada.
¿Y usted?
Nada.
¿Qué tal está?
Ah, vaya, ha vuelto. He visto a Sorel en el centro.
Dice que vendrá uno de cada cincuenta.
Ya han liberado el treinta por ciento de los campos.
A día de hoy no es más razonable pensar que no vendrá que pensar lo contrario.
¡Pues mira que hay donde elegir!
Entre los 2.000 fusilados de Belsen.
Entre los 1.500 cuerpos hallados en una fosa común en Mittel-Glattbach.
En todas las carreteras hay marchas forzadas.
Los 20.000 supervivientes de Buchenwald contra los 150.000 muertos fusilados
la víspera de la llegada de los Aliados.
Que ya no pueden hablar.
Los cuerpos aún estaban calientes.
Se podría haber evitado esa masacre.
Enviar paracaidistas entre las 24 horas
que los separaban de la llegada de los Aliados.
Ahora habrá fusilamientos hasta en el último campo liberado.
No se puede hacer nada para impedirlo. A todo el mundo le da igual.
Y claro, Berlín arde, Alemania es un hervidero,
y aquí celebramos elecciones municipales.
“De Gaulle y el olvido de los llantos”.
Se niegan las deportaciones y los campos.
Se declara luto nacional por la muerte de Roosevelt.
Pero el luto del pueblo no se declara.
Esto va a acabar así.
Seguramente nunca sabremos nada.
Lo único que sé,
lo único de lo que estoy segura, es de que ha pasado hambre.
Ha pasado hambre durante meses.
Y no ha vuelto a ver un trozo de pan antes de morir.
Ni una sola vez.
Deja de pensar en eso. Es de mal gusto.
Ya ve que soy la más cobarde de entre todas las que esperan.
-Llaman. -Sí, ya lo he oído.
Es Beauchamp.
-Buenas noches. -Buenas noches.
Marguerite.
Buenas noches, Marguerite.
Mirad lo que he encontrado. He encontrado vino.
No tengo ni idea de cuánto puede costar.
-¿Y bien? -¿Por qué no me escribe?
A ver, es por las conexiones.
Ya no pueden escribir. No hay correo regular en Alemania.
Voy a por unas copas.
Pero hemos recibido noticias de los de Buchenwald.
Sabemos que el convoy de Robert, llegó hasta allí.
-Eso lo sabemos. -Sí, sí.
No tenemos por qué no esperar noticias.
¿Y cómo sabemos que no lo transfirieron?
-Sí, es verdad. -No lo sé. Pero…
yo estoy convencido.
El general De Gaulle ha ido a la estación de Lyon
a recibir a los repatriados de Ravensbrück.
De todas maneras, los soviéticos están en Berlín,
-y ya hace un año de eso. -Quién lo diría. Es increíble, ¿no?
Ah, sí, el convoy soviético. No hay que quejarse.
¿Ha oído la última declaración de...?
Me gustaría ir por una gran llanura. Sola.
Al otro lado también es de noche.
En la cuneta, la sombra gana.
Su boca se encuentra ahora en la oscuridad.
Me abandonan las fuerzas, lo sé.
Se acaban seis años de guerra. Noto que ya llega.
Es el fin del mundo.
No me muero contra nadie. Debo tener cuidado.
Si muero, no me reuniré con él. No debo caer.
Dejaré de esperarle. Debo permanecer con vida.
Para esperarle. Lleva muerto quince días.
Quince noches. Luchar contra este cansancio.
Quince días. Este desgaste.
Abandonado en una cuneta.
Y sobre él, la lluvia y el sol.
El desgaste de la espera.
El polvo de los ejércitos victoriosos. No debo acostumbrarme.
Tiene las manos abiertas.
Si llamase a la puerta: “¿Quién es?”.
“Yo, Robert Antelme”.
En cuanto llegue, yo me moriré.
Es imposible que no sea así.
-Es mi secreto. -Dame eso.
¿Me lo das?
Dámelo.
¿Me oyes? Dámelo.
Son las tres.
Debe levantarse ya.
Se ha pasado la noche delirando en voz alta.
Hablaba...
y hablaba.
Imposible entenderla.
Respire.
¿No le duele aquí?
Bien... La tensión está baja, ¿eh?
Diría que muy baja. Debería tener algo de cuidado.
Tendría que dejar el coridrano, comer algo y... tomar aspirina.
Eso le vendrá bien. ¿De acuerdo?
Hasta pronto, Marguerite.
Ha venido la señora Katz, la madre de Dora.
¿Está aquí?
Le dijo que podía instalarse aquí hasta que volviese su hija.
¿Dora? ¿La madre de Dora?
Sí, está aquí con sus maletas.
No quería molestarla.
He venido en un mal momento. Si está enferma...
Ah, no, no, al contrario.
Solo he... Solo he pillado un resfriado. Nada grave.
Dionys le ayudará a instalarse.
Solo me quedaré hasta que vuelva mi hija.
Claro. Yo me ocuparé de usted.
-Está usted en su casa. -Gracias.
¿Diga? Hola, Hélène.
Sí. Sí, está durmiendo.
¿Buchenwald? ¿Y eso?
¿Cómo que camaradas? ¿Dónde?
La oigo mal.
¿Deportados? ¿No tiene información más precisa?
El hotel Royal.
Gracias, Hélène, enseguida vamos.
Los camaradas de Robert han vuelto a París.
Vieron a Robert hace diez días y estaba vivo.
Tiene mucha fiebre.
Me parece que he oído bastante.
Robert podría volver con los judíos.
¿Por qué no con los judíos?
Aún no se habla de los judíos en París.
Aún no se ha descubierto nada de las atrocidades nazis.
Aún no se había revelado nada sobre la especie humana.
Era una primavera resplandeciente.
Ante nuestra mirada, una tarde de abril.
CHARLIE CHAPLIN, EL DICTADOR
A la luz del sol.
¡Retrocedan! ¡Retrocedan, por favor!
Vengan por aquí.
Por favor, pasen por aquí.
Venga, están delante.
Todo recto hacia la ventanilla. Caminen, caminen.
-Ocúpese de ella, por favor. -Gracias, gracias.
-Dionys, están arriba. -¿Dónde?
Están en el sexto.
Disculpe, señor, ¿ha visto a mis hijos?
Nissim, Joseph y Salomon. 12 años, 16 años y 15 años.
¡Marguerite!
¡Marguerite!
Aquí están.
Son los allegados de Robert Antelme. ¿Se acuerda? Hemos hablado antes.
Este es su amigo.
Y su mujer también ha venido. Le harán algunas preguntas.
-Hola. -Les dejo.
-¿Es usted Perrotti? -Sí.
¿Ha visto a Robert?
Sí, nos separamos hace dos semanas.
¿Y cómo estaba?
Cansado.
Hola.
-¿Pueden ayudarme, por favor? -¿Qué quiere?
Estoy buscando a mi familia. Isaac Mardoché Gicranec.
Mi madre Marie, mi hermano pequeño Félix, se los llevaron en el 42.
-Yo no los he visto nunca. -Gracias.
Por favor, señora.
¿El pequeño?
¿Y por qué no está Robert con ustedes?
Lo buscamos cuando salió el tren, pero... no lo encontramos.
Y mira que buscamos bien.
¿Sí? ¿Y cómo es que no lo encontraron?
Estaba oscuro. Y, además, aún éramos muchos...
Todo sale a la luz...
aquí.
Ocho meses en Buchenwald con Robert.
Sobrevivieron el invierno juntos en Buchenwald.
La evacuación del campo.
Las filas en las carreteras.
Decenas y centenares caminando y cayéndose.
Robert entre ellos en la fila.
Y a lo largo de la cuneta, los cadáveres.
Yo, de todas maneras, lo vi después de que se escapase.
Estoy seguro porque habíamos quedado en que nos iríamos desde la estación.
¿Cómo que se escapó?
Pues... intentó escaparse. Pero lo capturaron.
¿Lo capturaron?
¿Y qué le hicieron?
Pues le dieron una paliza.
¿Cómo?
No sé nada más...
Yo lo vi de pie.
Estoy seguro de eso.
No están contando la verdad.
-Déjeme a mí. -Estábamos en la fila.
-Estoy seguro. -Intente recordarlo.
¿Cuándo se escapó? ¿La víspera?
No lo saben.
No saben si aún está vivo, si aún está caminando.
Ya no saben decir nada.
La palabra no consigue decir lo que los ojos han visto.
La palabra se calla.
Discúlpeme, me he quedado dormida.
Y también siento mucho este desorden.
Discúlpeme. Pero he lavado toda la ropa de mi hija.
Olía a naftalina y a cerrado. Se secarán enseguida.
Lo ordenaré todo. Y ya plancharé mañana.
Ah, si quiere puedo planchar también las camisas de su marido.
-Buenas noches. -Buenas noches.
Ya es tarde, hoy no va a pasar nada más.
Debería dormir. Vaya a acostarse, le subiré algo de comida.
¿No oyó lo que dijo el médico?
Algo no encaja.
Hay un vacío.
No lo entiendo. Estaba en la fila.
Y de allí se escapó.
Lo capturaron, le pegaron,
pero después... ¿lo vieron de pie?
Ha dicho que lo vio de pie.
¿Entonces por qué no lo vieron en la estación?
Ya sabe que eso no significa nada.
Vaya a acostarse.
-¿Usted sabe algo? Seguro que sabe algo. -Yo no sé nada.
Le da demasiadas vueltas. Interpreta las señales como le parece.
Está adelantando acontecimientos.
No, se equivoca.
Ahí se equivoca de lleno.
Porque la señora Bordes, la señora Katz, yo...
todas las que esperamos... Solo vivimos en el presente.
Nos hemos aferrado a algo como Dios. Estamos pegadas a Dios.
¿A Dios? Desde luego, ya ha dicho todas las tonterías posibles.
Solo piensa en sí mismo.
A usted le da igual. No le importa nada, ¿eh?
Incluso su mejor amigo no le importa nada.
¿Disculpe? ¿Qué ha dicho?
Ahora, ¿qué? ¿Va a pegarme?
¿Qué? ¡Venga, pégueme!
¡A lo mejor prefieres que no vuelva! ¡Así es más fácil!
Es usted un monstruo. Está loca. Venga, mírese. Mírese.
Ya no es la que era. ¿Qué quiere demostrar? ¿Y a quién?
-Cuando reflexione, le dará vergüenza. -Yo no tengo nada que ocultar.
Yo no tengo nada que reprocharme. ¡Nada!
La única vergüenza que siento es por seguir aquí con vida.
Bueno...
Me voy a mi casa a dormir por si viene alguien. Descanse.
Quizás mañana sea un gran día.
Llámeme si sabe algo.
¡No, no, no, no, no! Lo he prometido.
Prohibido. Debe ser razonable.
¿Sabe qué se comenta?
Que Hitler se ha disparado en la cabeza.
Por lo visto está muerto.
¿No lo ve? Lo dicen todas las semanas.
Espero recibir noticias hoy.
¿No quiere vestirse?
Otra foto de Belsen en el periódico.
Una cuneta muy larga en la que los cadáveres están alineados.
Cuerpos delgados como no se había visto nunca antes.
Ha vuelto una pequeña judía de 17 años de Faubourg du Temple.
Los codos le han perforado la piel de los brazos.
Sin duda a causa de su juventud y de la fragilidad de su piel.
Apareció desnuda, limpia, no está sufriendo.
Ni a causa de sus articulaciones ni a causa de su vientre,
del cual extrajeron, uno a uno, en intervalos regulares,
todos sus órganos genitales.
Ya hace seis meses que la señora Katz espera a su hija.
A su hija judía, lisiada,
con una pierna rígida por culpa de la tuberculosis.
Voy a doblarle el abrigo negro.
Le pondré unos bolsillos. Y les daré una puntada a sus medias.
Le he puesto hierro en los zapatos.
Es increíble que use estos zapatos.
Creo que no me he olvidado de nada.
En el centro hemos sabido que mataban a los lisiados.
Estoy lista, como se suele decir.
En cuanto llegaban a los campos. Sistemáticamente.
Con respecto a los judíos, aún no se sabe
que ha pasado con la multitud que huyó.
Ya hace seis meses que la señora Katz
espera el regreso de su hija de los campos,
y la espera es la que la mantiene con vida.
Se comenta que Hitler se ha disparado en la cabeza.
Se ve que ha muerto. Pero no es seguro.
¡Ah!
Ya se lo había contado.
Ya está...
Ya hace seis meses que la señora Katz desafía a Dios.
Voy al Carreau du Temple.
Allí todas las noches dan información.
Si volviese, iríamos al mar.
Ya será verano, pleno verano.
Eso es lo que más le gustará.
Llegará, irá a la playa...
y contemplará el mar.
A mí me llegará con contemplarlo... a él.
Yo no pido nada.
Si llamase: “¿Quién es?”. “Yo, Robert Antelme”.
Muerto.
Muerto.
Muerto.
Muerto el tres de mayo.
Robert ha muerto.
La frase se ha convertido en una posibilidad.
Ya está lleno de bichos. Viven en él.
Una bala en la nuca.
Murió pronunciando mi nombre.
En un solo segundo, ya está hecho.
Muerto, muerto, muerto, muerto.
Ahora.
Tiene las manos abiertas.
Cada una de sus manos es más valiosa que mi vida.
Yo las conocía.
Solo yo las conocía de esa manera.
Es el fin del mundo.
No me muero contra nadie.
Una tierra extranjera surgirá de este caos.
Yo... no tengo sitio...
en ninguna parte en esa tierra, aquí.
Yo estoy con él allí,
en esa zona inaccesible,
imposible de conocer para los demás.
Allí donde quema.
Y donde morimos.
La ciudad iluminada es sinónimo de muerte.
Se ha convertido en el signo del futuro sin ellos.
Una tierra de olvido.
Su muerte está dentro de mí.
¿Cómo detener este estado? Los latidos del corazón,
las pulsaciones en las sienes. Su muerte está dentro de mí.
¡Marguerite, Marguerite, Marguerite!
Mira, esta es la señora Antelme. Ella era quien me daba las noticias.
-Volvió a principios de esta semana. -Hola.
Quería darle las gracias. Gracias.
Discúlpenos.
¿Qué pasa?
Enséñeme sus ojos.
Míreme.
Quiero ver sus ojos.
Acérquese.
-Venga, dígame. -¿Qué pasa?
Dígame la verdad.
Sabe que Robert ha muerto y no quiere decírmelo.
Está esperando el momento. Está esperando un buen momento.
¿Es eso?
¿Está esperando el mejor momento?
Está delirando.
¿Sabe algo más desde ayer?
Sé que todos los que están vivos vuelven. Robert, no.
Dígame la verdad.
Tiene fiebre. No debía salir.
Tan solo quería ver un gesto en su cara.
Una mentira. Una mentira sobre su muerte.
¿Por qué se hace esto a sí misma?
Yo no me hago nada a mí misma.
Se ha separado de él cada día de su espera,
se ha ido separando un poco más.
Eso... Eso es lo que no soporta.
Usted es un cabrón.
Ya lo sé.
¿Sí, diga?
Sí.
¿Está seguro?
Sí, está aquí.
Ah, muy bien.
Claro. Claro, hasta ahora.
Robert está vivo. Era Morland, va a venir.
-Hola, François. -Hola.
¿Dónde está?
Hola. Escúcheme bien.
Robert está vivo. Está en Dachau.
-¿En Dachau? -Escúcheme muy bien.
Robert está muy débil. Hasta un punto que ni se imagina.
Debo decirle que es cuestión de horas, puede vivir tres días, pero no más.
Está en cuarentena y no le dejan irse. Robert no aguantará.
Habrá que ir a buscarlo.
Tanto usted como Beauchamp deben salir hoy mismo por la mañana a Dachau.
Vayan a mi despacho, les esperan allí.
Tendrán los uniformes de oficiales franceses, los pasaportes,
las tarjetas del estado mayor,
los bonos para la gasolina y los permisos.
Enseguida. Solo se puede hacer eso.
Por las vías oficiales, llegará demasiado tarde.
-Iré con ustedes. -No.
Disculpe, pero no hay sitio para usted. Vuelva a su casa.
Le informaremos de todo. Dese prisa.
No pierda el ánimo. Tres días, quizás cuatro.
Pronto se acabará todo.
La gasearon.
No sabía que los gaseaban.
Nadie lo sabía.
El mismo día que llegó.
Ya hace cinco meses que mi pequeña Dora... se fue al cielo.
Y yo no sabía nada. Yo estoy aquí.
-Venga, siéntese. -No, no, no.
Voy a coger el tren.
Voy a volver a Lyon.
Nunca se sabe. Quizás todo eso hay que...
A fin de cuentas, no son más que rumores.
La gente cuenta cualquier cosa.
Si algún día vuelve, será allí a donde irá.
Será allí donde me necesitará.
A fin de cuentas, quizá me han contado cualquier cosa.
Tengo que ir a la estación a ver los horarios de los trenes.
Le dejo aquí mis maletas, ¿no le importa?
Le deseo buenas noticias sobre su marido.
Ya no sé...
dónde está.
Ya no sé dónde estoy.
¿Qué sitio es este?
¿Qué es toda esta historia?
¿De qué se trata?
Ya no hay dolor.
Yo ya no existo.
Entonces, ¿por qué esperar a Robert Antelme?
¿Por qué a él más que a otro?
¿Qué es lo que espera realmente?
¿Qué otra espera está esperando?
¿Qué sucede en este apartamento?
¿Quién es ella?
¿Qué es este sitio?
¿Qué es toda esta historia?
Robert Antelme, ¿ha existido alguna vez?
Robert está abajo, en la cafetería.
Tenía que hacer una pausa... la disentería.
Ahora está tumbado sobre una manta.
Quería decirle que...
que es más horrible de lo que nos imaginábamos.
Va a tener que ser fuerte. No va a reconocerlo.
Nosotros necesitamos una hora para reconocerlo.
Estaba en el barrio con los cadáveres y los moribundos.
Lo envolvimos en una manta, lo ayudamos a ponerse en pie, él no podía.
Pero conseguimos vestirle. Pasamos el puesto de guardia.
Los militares americanos llevaban máscaras de gas.
Obviamente, hemos evitado las vacunas, ya que eso le mataría.
Cuando estábamos en el coche, le ha dado un síncope.
Creíamos que había llegado a su fin, pero no.
Una vez nos alejamos del campo, empezó a hablar.
Nos dijo... que pensaba que... no llegaría a París vivo.
Que pensaba en usted.
Y ha pronunciado su nombre muchas veces.
No puedo...
No puedo...
No puedo...
¡No puedo verle!
¡No tengo ganas de verle!
¡No tengo ganas! ¡No puedo más!
Tendrá que recuperarse, Marguerite.
Escuche. Escuche. Haga un esfuerzo, piense en él.
¿A qué siente más apego? ¿A Robert Antelme o a su dolor?
Haga un esfuerzo. Está muy contento de haber vuelto.
Está deseando verla, me lo ha dicho. Y no habla mucho. No habla.
Voy abajo. Voy a buscarle.
¡No quiero verle!
¡Robert!
¡Robert!
¡Robert!
Cuidado.
Atención ahí. Ya casi estamos.
Cuidado.
Robert volvió a casa el 7 de mayo de 1945.
Esa figura aún no estaba muerta, flotaba entre la vida y la muerte.
Hizo falta tiempo hasta que volvió totalmente a la vida.
Cada día, cada hora, cada minuto,
le gana el combate a la muerte.
Fue el primer verano de paz.
En una playa de Italia.
Un día con viento “libeccio”,
salimos de refrescarnos en el agua, el sol quema.
Robert está tumbado bajo una sombrilla.
Aún no puede darle el sol.
A veces se queda durante mucho tiempo en silencio.
Ve venir a la gente y las cosas...
¿Cómo hace para ver?
Un día le dije que teníamos que divorciarnos,
que quería un hijo con Dionys.
Él me preguntó si sería posible volver a estar juntos.
Yo le dije que no.
Que no había cambiado de opinión en dos años.
El calor se ha vuelto insoportable,
ya no sopla el “libeccio”.
O quizá era un día sin viento...
O quizá era otro año, otro verano,
otro día sin viento.
La respiración en un sueño profundo.
Robert se levantó y avanzó hacia el mar.
Yo me acerqué a la orilla.
Le miré.
Él vio que yo le miraba.
Pestañeaba los ojos tras las gafas y me sonreía.
Yo sabía que él lo sabía.
Que cada hora de cada día yo lo pensaba.
Robert no ha muerto en el campo de concentración.
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