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(Música cabecera)
(Música y trompeta)
(Corneta y música)
Se ha quedado muy poca gente para honrar nuestra bandera.
Los demás se han marchado sin ningún miramiento.
Es muy pronto para que nos perdonen su desgracia, señor gobernador.
Le veo muy comprensivo, capitán.
Hace 30 años que los ingleses
ocuparon la capital de los Estados Unidos.
Mi padre estaba allí y se negó a saludar la bandera británica.
Para castigarle los ingleses incendiaron nuestra casa.
Siempre me he sentido muy orgulloso de aquella actitud de mi padre.
No querrá comparar a nuestros compatriotas con esta gentuza.
Esta gentuza, excelencia,
había fundado universidades en América cuando los ingleses
no habían pisado aún tierra norteamericana.
Me imagino que para usted habrá sido muy penoso
ver arriar la bandera californiana.
Estoy seguro de que su simpatía hacia los californianos nos será
muy útil para limar cualquier aspereza entre nosotros y ellos.
¿Ordena algo más, excelencia? Solo quiero recordarle que estamos
en guerra y que cualquier agresión contra el Ejército de los Estados
Unidos deberá ser dominada enérgicamente.
Las pocas fuerzas militares californianas se han retirado
hacia el sur. Me refiero a los campesinos armados,
a los guerrilleros. Cualquiera que ataque a un soldado
de los Estados Unidos deberá ser fusilado.
Son órdenes del general Scott. No le entretengo más, capitán.
El capitán Grey es un hombre honrado. Y útil.
Entremos.
El gobernador debía ser muy religioso.
Ejecutó en California la orden de despojar a las misiones
de todas sus riquezas. Sí, lo sabía.
Y esta se la reservó como pago a sus buenos servicios.
Sabía elegir.
Lope, Calderón... (RÍE)
Quite eso.
(Música de tensión)
Eh, señor Gallardo, venga aquí, por favor.
¿Sabe usted qué quiere decir esto?
-Intentan despojaros de vuestras casas y de vuestras tierras,
esta es la justicia que nos traen.
No hagáis caso de ninguna orden.
Pronto echaremos de aquí a todos esos gringos.
(Música)
Joaquín, ¿te sientes más feliz después de haber arrancado el bando?
¿No te gusta lo que he hecho? Hay papeles muy peligrosos.
Y eres tú quien habla así, un Echagüe.
¿Conoces el cuento del junco y el roble que luchaban contra el viento?
El junco se dobló en seguida, y el roble se mantuvo firme.
El viento se transformó en huracán y el roble fue abatido.
Después cuando el viento se calmó, el junco volvió a enderezarse.
Cuando no se puede ser león hay que ser coyote.
Cuando es peligroso ser roble, la prudencia aconseja
convertirse en junco. Vamos, Joaquín.
Auténtica. Del siglo XVI.
Todo esto ha sido robado a los misioneros franciscanos.
¿Y cómo han sido recompensados por sus esfuerzos?
Así.
El gobierno se portó muy mal con los franciscanos.
Pero también los californianos
se han portado muy mal con los misioneros.
No hubo hacendado californiano que no se apoderarse de algunas tierras
pertenecientes a las misiones.
Un robo en toda la regla.
¿Qué le ocurre a ese? ¿Qué ha hecho? -Apártese, tenemos prisa.
-Le llevamos detenido. Ha asesinado a Bow.
-Bow era uno de los nuestros.
¿Pero desde cuándo se permite que un puerco californiano mate
a un buen norteamericano?
-¡No!
(Música triste)
Queda detenido por el asesinato de esa mujer.
-Ha sido sin querer, capitán, ya vio que yo no disparé contra la muchacha.
-Debería matarle aquí mismo.
-Acaba de llegar el juez Clemens, capitán.
Le ordena que entregue el detenido inmediatamente a la justicia civil.
-¿Qué está usted diciendo?
-Ni ella ni él son militares.
Por lo tanto debe usted entregar al detenido.
-Vámonos.
-Nunca hubiera creído que un soldado americano quisiera detenerme
por haber matado a un californiano. -Una californiana.
Y además joven y bonita.
Aquel es Lane y el hombre de quien te hablé.
¿No podía haber encontrado uno menos idiota?
A veces se deja llevar de su mal genio.
Pero ha reclutado un grupo de hombres que nos será muy útil.
Procura no ser demasiado duro con él.
Ya, le daré un premio.
¡Recuerda que le necesitamos a él y a su gente!
No se enfade, excelencia. Estaba... Bromeando.
Salvaremos a nuestro hombre.
(Murmullos)
Hoy es un día importante en la historia de Los Ángeles.
Por primera vez se va a administrar la justicia del pueblo
y por el pueblo.
Hace poco un hombre ha disparado un tiro, y una mujer ha muerto.
¿Quién era esa mujer?
-Se llamaba Rocío y bailaba en la cantina.
-¿Bailaba bien? -Sí, señor juez.
-A juzgar por su vestido era española, ¿no es cierto?
-No, señor. Era de Los Ángeles
pero bailaba muy bien las danzas españolas.
-¿Por qué? -Porque hasta hace 40 años
esto era España, luego México y más tarde California.
-Tres errores que ya han sido corregidos.
-Muy ocurrente, señor juez. (RÍEN)
-¿Por qué ha matado usted a Rocío? ¿Qué motivos tenía?
-No quise matarla, señor juez.
Disparé sobre aquel sucio californiano que asesinó
a nuestro compatriota; le aseguro que es cierto, señor juez.
¡Soy incapaz de matar a una pobre mujer,
a pesar de que sea una californiana!
Hombre, yo dispararía sobre una negra vieja y fea.
¡Pero sobre una blanca, jamás!
-Su mala puntería es casi una ofensa. Dispara a un hombre
y mata a una mujer, merecería un castigo.
Sobre todo porque mengua nuestro prestigio a los ojos
de nuestros amigos los californianos. Vámonos, esto es una humillación.
Vamos a esperar hasta el fin. Yo sé cuál será el final
de esta farsa. Un poco más de paciencia.
Usted dice que disparó contra el cobarde asesino de un norteamericano,
y que sin querer hirió a una bailarina californiana,
¿no es eso? -Sí, señor juez, eso es.
Yo tenía al maldito asesino encañonado.
Iba a meterle una honrada bala de plomo eso cuerpo cuando de pronto
una mujer se interpuso entre él y yo después de que la bala
ya había sido disparada. Y a pesar de todos mis esfuerzos, claro está,
no pude evitarlo. -Este es un caso excepcional.
Yo, personalmente, he sido testigo de los hechos.
Y a menos de que mis ojos me engañen,
he visto punto por punto lo que dice este señor.
Los hechos demuestran que este caballero no tenía ningún motivo
para matar a esa tal Rocío.
Él y sus amigos acaban de llegar de Los Ángeles,
ninguno de ellos había visto jamás a la muerta, ¿no es cierto?
-Así es. -Entonces su acto no fue premeditado.
Fue por completo accidental. -Es verdad.
-Los hechos descartan con toda evidencia la hipótesis del asesinato.
E incluso del homicidio, por lo tanto,
nos queda una muerte por accidente. (ABUCHEOS)
-Esto es una sucia farsa. -¡Silencio!
-Y una injusticia. -¡Silencio!
La señorita Rocío murió a causa de un balazo.
Pero igualmente pudo haber muerto atropellada por un carro
o por un caballo al galope.
Ha sido un accidente. Y todos lo sentimos mucho.
Pero esta desgracia ha tenido una causa.
La reacción violenta de este caballero
frente al asesinato del señor Gallardo.
Es un patriota. Y los patriotas no toleran
que los californianos asesinen a nuestros soldados.
Por lo tanto, considerando los hechos,
le declaramos culpable en el delito de imprudencia
en el manejo de las armas.
(MURMULLOS) -Y por ello,
le condenamos a... A 30... A 30 días de cárcel.
O al pago de 99 dólares de multa.
¿Esta es vuestra justicia? Sinvergüenzas.
¡Márchense de California, vuelvan a su tierra!
(Abucheos)
¿Cómo puedes estar tan impasible?
No tienes dignidad. Sargento.
(Abucheos)
(Disparo)
Desaloje la sala, sargento,
y dispare sobre aquel que intente resistir.
A la orden, señor. Vamos, pronto, desalojen la sala.
Deprisa.
Sed prudentes, estamos en peligro. Eres un cobarde.
Si fuera un hombre le cruzaría a usted en la cara.
Pero por desgracia no soy un hombre.
Ni veo a ninguno a mi alrededor.
Excelencia, no sabe cuánto lo siento.
Lo comprendo, algunas mujeres no tienen
tanta discreción como belleza.
Si yo llego a estar en ese juicio me tienen que fusilar.
Una magnífica oportunidad desaprovechada.
¿Qué has querido decir? He dicho o he querido decir
que ha desaprovechado una magnífica oportunidad de morir como un héroe,
¿no es esa su mayor aspiración?
Yo siempre estoy dispuesto a morir por mi patria.
Tiene usted un sólido patriotismo, don Goyo. Y por eso sigue siendo...
Vamos a ver, ¿qué es usted hoy? ¿Español, mexicano?
¿O acaso californiano? No bromees con esas cosas.
Fuimos españoles hasta que España hubo de marchar de California.
Todo lo que poseemos esta aquí,
nuestras tierras, nuestras familias, nuestras casas...
No podemos abandonarlo todo, aunque no aceptemos
ninguna humillación de nadie.
No estoy de acuerdo contigo, César, en tu manera de ver las cosas.
Yo no estoy de acuerdo en nada. Pero como no es tu hijo...
Por suerte. Eso mismo opino yo.
Si yo fuera tu padre te azotaría con un látigo. Y tú óyeme bien.
A partir de este momento, cuando venga a verte, me harás el favor
de esconder a tu hijo, no quiero tropezarme con él.
Pues si no quieres tropezar con mi hijo, será mejor
que no vengas a esta casa. Está bien, ya que lo deseas
nunca volverás a verme aquí. Vámonos.
Señoras. -Papá.
-No volveré a poner los pies en esta casa
hasta el día que me comuniquen tu muerte.
Entonces volveré para dar el pésame a tu viuda.
El pésame no, don Goyo, la enhorabuena.
No sea tonto y quédese. Sí, quédate, Goyo.
Solo tengo una palabra: hasta nunca. Vámonos, hijo.
No lo entiendo. ¿A dónde vas?
Voy a avisar los Lugones, están en la cocina.
Tú no eres el criado de don Goyo.
Si necesita a los Lugones que los llame él.
Arre.
Se fue para siempre.
Esta vez no creo que lo veamos antes de tres o cuatro días.
Se ha ido muy enfadado, padre.
Poco.
Solo para quitarme el mal sabor de boca.
Nos esperan días muy amargos si los nuevos conquistadores de California
no respetan la ley y no mantienen la justicia.
Perdón, Lupita.
Siempre nos queda la posibilidad de recurrir a la fuerza.
(SUSPIRA)
Por la fuerza ya nos hemos arruinado.
El ejército que los Yanquis han enviado aquí es casi el doble
de los habitantes de la población de California.
Solo un milagro puede librarnos de la injusticia.
Perdona, padre, me voy a descansar. Buenas noches, mamá.
(Música)
(Llaman a la puerta)
¿Eres tú, Julián? Sí.
(Continúa la música)
Echa la llave.
(Continúa la música)
No le conocía este traje.
Lo compré hace tiempo, lo tenía guardado en un baúl. ¿Te gusta?
Demasiado negro.
Demasiado negro para el sol de California. Lo usaré por la noche.
(Música)
Parezco otro, ¿verdad? (ASIENTE)
¿Tú crees que alguien podrá reconocerme?
¿Qué va usted a hacer?
Tienes que ayudarme, Julián.
(Música)
Oh, Susana, no llores más por mí.
(CANTAN)
(RÍEN)
Muchachos, nos forraremos de oro.
Lo importante es que nunca nos falten los 99 $ que el juez nos exige
por cada californiano que matemos. (RÍEN)
(Música de tensión)
¿Quién es usted?
(Continúa la música)
¿Quién eres?
Si tienes 99 $ para pagar la multa, y eres hombre,
puedes matarme y decir que me confundiste con un californiano.
La verdad es que lo pareces. ¿Cómo te llamas?
(Música de tensión)
(Disparo)
Eso te lo dejo como recuerdo.
Todavía no me has dicho quién eres.
El Coyote.
Y estoy aquí para corregir todos los errores cometidos
por el juez Clemens.
¿Y cuál es, según tú, ese error cometido por el juez Clemens?
El de no haberte condenado a muerte. Pero eso tiene remedio.
(Disparos)
(Música)
¿Todo bien, Julián?
¿Alguna novedad? Aquí ninguna, señor.
¿Y a usted qué tal le ha ido? Bien, ya te contaré.
¿Quién es ese Coyote que se ha atrevido a cometer crimen semejante?
¿Quién es? No le hemos visto la cara.
Parecía un californiano, vestía de negro.
Y manejaba bien las armas. ¿Estás seguro de que era
un californiano? Creo que sí.
El traje californiano puede servir para despistarnos.
¿Pero quién nos dice que no es un norteamericano
demasiado amigo de los californianos?
Hay un norteamericano que habla como un californiano.
Estamos pensando en el mismo. El capitán Grey.
¿Conoce usted al capitán que arrestó al pobre Lane? ¿Lo recuerda?
-Sí, señor.
-¿Y cree que existe algún parecido entre el enmascarado y el capitán?
-Es posible. -Tiene que estar seguro, sí o no.
-Por lo que a la estatura se refiere podría ser la misma persona.
En lo demás no sé. Tenía la cara demasiado cubierta.
¿Qué caballo montaba? La calle estaba muy oscura.
-Nos resultará muy difícil cogerle.
Si solo quiso castigar a Lane no volverá a aparecer.
Ya consiguió lo que quería. Tenemos que hacer algo
para obligarle a actuar de nuevo.
Esta noche reúne a todos vuestros hombres. Elígelos decididos.
¿Qué está usted haciendo aquí?
Quería hablar con el secretario del gobernador pero creo que está
muy ocupado; es igual, ya lo veré otro día. Adiós.
(Música)
Sea quien sea lo cierto es que ese Coyote no se asusta.
-Luego hablarás del Coyote, que el cigarro se consume.
(Continúa la música)
Dicen que las dos balas estaban tan juntas que se podían tapar
los agujeros con un peso de plata. Me hubiera gustado presenciarlo.
-A mí también. -Y a mí.
Toma. Os invito a la próxima salida.
¿Os gustaría venir conmigo esta noche?
¿Quién es usted? El Coyote.
¿El que anoche asustó a los americanos?
-Con usted vamos al fin del mundo, señor.
Pues seguidme, a los caballos.
(Música)
(Trote de un caballo)
(SILBA)
(Música)
(Disparos)
(Continúa la música)
Le han pegado muy fuerte. Si tardamos un minuto más
le habrían matado. Timoteo, sube hasta allí y vigila por si vuelven.
Es un capitán yanqui.
Es nuestro amigo. Por eso han intentado matarle.
Hay que llevarle hasta algún rancho cercano.
El más próximo es el de los Echagüe, pero no sé si lo admitirán.
-Claro que lo recibirán. El hijo del dueño es amigo
de todos los americanos. Demasiado amigo.
Me refería a que le pegaran, yo lo haría con gusto.
De momento no, luego ya veremos.
Ahora hay que llevarlo al rancho de los Echagüe.
Por favor, trae más agua caliente.
Bueno, pero ¿qué ha sucedido?
Volvíamos del trabajo cuando oímos unos disparos en el camino.
Fuimos allí y vimos al Coyote que estaba haciendo huir a un grupo
de gringos que había atacado al capitán Gray.
Dos de los gringos estaban muertos.
-El Coyote nos dijo que lleváramos al capitán al rancho más cercano.
Y como el más cercano es este pues lo hemos traído aquí.
Nadie os lo reprocha, muchachos.
Pudisteis haber elegido un sitio mejor.
Guarda tus opiniones para ti.
Esto nos traerá bastantes quebraderos de cabeza, ya lo veréis.
Hemos hecho lo que nos mandó el Coyote.
Y como él vino con nosotros no hubo más remedio que obedecerle.
-Han hecho muy bien.
Si te molesta puedes volverte a la cama.
Eso haré. Julián,
dales 30 pesos a nuestros amigos los Lugones por el favor que han hecho.
¿Es que le hemos hecho un favor?
Si el capitán Gray salva la vida gracias a nosotros recibiremos
muchas felicitaciones. Y los Yanquis nos considerarán sus mejores amigos.
Y hasta es posible que nos permitan disfrutar de nuestras tierras.
Sin tener que presentar esos títulos de propiedad que Dios sabe
dónde estarán. Está clarísimo.
Si el capitán Gray muere antes de poder explicar a sus superiores
lo que le ha pasado, entonces...
Entonces sí que nos veríamos metidos en un soberano lío.
Si yo tuviese algo de mando en esta casa haría que viniese
inmediatamente el doctor Valdés, aunque fuese a la fuerza.
Ya que si en esta casa se encuentra el cadáver de un oficial americano,
el nuevo gobernador y el juez Clemens se verían obligados
a sospechar de ti y de mí. Y de todos los que habitan esta casa.
Y confiscarán todas nuestras propiedades.
La verdad acabará imponiéndose. Es posible.
Y estoy seguro de que en un solo día nos devolverán
todos nuestros bienes. La mansión de los Echagüe.
Pero cuando vayamos a buscar los títulos de propiedad
alguien se los habrá llevado ya. De todas maneras, papá,
llama al médico y guarda muy bien los documentos.
no te olvides de darles el premio a estos buenos amigos.
Buenas noches a todos; buenas noches, padre.
Ya has escuchado a mi hijo, Julián. Da ese dinero a estos hombres;
gracias a ellos hemos hecho una buena acción. Luego ve a buscar
al doctor Valdés, que venga enseguida.
Sí, señor.
-Afortunadamente no tiene ninguna rotura. Gracias.
Pero es necesario que mantenga durante un cierto tiempo
un reposo absoluto. -¿Qué dice el doctor?
-Ha dicho que tiene que permanecer aquí durante algún tiempo.
-No será mucho, señorita, antes de una semana el capitán
podrá volver a su casa.
Ha tenido mucha suerte el capitán. Si le hubiesen seguido golpeando
unos segundos más seguramente le habrían matado.
¿Pero quién le ha agredido? No sé.
Parece que han sido bastantes. Esto traerá complicaciones.
¿Por qué? Si los nuestros comienzan a atacar
a los soldados norteamericanos será peor para todos.
¿Cree usted que esta agresión haya podido ser obra de los nuestros?
Es evidente, ¿no lo cree usted así? ¿Pero por qué iban a atacar
a un oficial que hasta ahora se ha portado noblemente con nosotros?
Es de suponer que los invadidos tengan que odiar a los invasores.
(Música)
¿Puedo saber qué hacen ustedes en mis tierras, señor gobernador?
Me han informado de que en esta casa se encuentra herido un oficial
de nuestro ejército.
Si se refiere al capitán Gray... Sí, al capitán Gray me refiero.
¿Cómo está? El capitán ya está fuera de peligro.
Es el doctor Valdés, de Los Ángeles. Un médico excelente.
Sí, es posible, pero yo prefiero que el capitán sea atendido
por un médico militar. Sargento,
ocúpese de que el capitán sea transportado inmediatamente
a Los Ángeles. No pueden hacerlo.
¿En serio cree que no podemos hacerlo? ¿Por qué?
El traslado podría costarle la vida.
Eso no deja de ser una opinión. Es la opinión de un gran médico.
Trasladar al capitán en las condiciones en las que se encuentra
es exponerlo a que se muera por el camino. Como médico me opongo
a que se corra semejante riesgo. Y les haré responsables
de lo que suceda si se llevan al capitán por la fuerza.
Yo asumo toda la responsabilidad.
Sargento, que busquen el capitán Gray.
Uno de vosotros, conmigo. -Esto es como cometer un asesinato.
Buenas noches, excelencia. Ignoraba que el capitán Gray había ordenado
a sus hombres venir a buscarle, ¿te lo pidió a ti, padre?
Yo he dado la orden. ¿Usted ha dado órdenes al capitán?
Su excelencia me dio la orden a mí. Qué tonto soy.
Estaba convencido de que un sargento no puede recibir las órdenes
directamente de un gobernador civil.
¿Cree usted que yo no puedo dar órdenes a un soldado?
No, no, estoy seguro de que puede hacerlo. Pero yo creía que...
Por cortesía o por protocolo, o por lo que sea,
cuando un gobernador tiene que dar una orden a un sargento,
debe hacerlo a través de un general.
Y si no lo hubiera, por medio de un coronel. Y a falta de coronel,
por medio de un teniente coronel. ¿Quiere usted acabar ya de una vez?
Termino enseguida, excelencia. Pero déjeme que exponga mi tonta idea.
Es posible que sea conveniente acompañar al sargento
a la habitación del capitán Grey
para que este pueda transmitir al sargento las órdenes
o bien los deseos de su excelencia.
Si se encuentra en las condiciones que dice el doctor,
no estará en condiciones de transmitir ninguna orden.
Pero si no está en condiciones para dar órdenes,
está claro que tampoco estará en condiciones
para hacer un viaje hasta Los Ángeles.
Qué lío tan grande.
Si puede dar órdenes, también puede viajar,
pero si las órdenes no las puede dar,
es evidente que tampoco puede viajar.
(Trote de caballos)
Vaya, con esto sí que no contábamos.
-He recibido un mensaje por el cual se requiere mi presencia.
Soy el capitán médico Wilson. ¿Y quién le ha enviado ese mensaje?
El capitán Grey me mandó llamar. ¿Dónde está el capitán?
Yo le acompaño, doctor. ¿Vienes, César?
Es mejor que lo haga el doctor Valdés,
así podrá explicar al capitán médico todo lo que sucede.
Yo me muero de sueño. Venga.
¿Por qué no ha venido de día, excelencia?
Podría haberle enseñado los lugares más bonitos del rancho,
a estas horas no es posible.
Bien, esperaremos el diagnóstico del doctor.
Durante unos días el capitán Grey no nos molestará.
No, mañana mismo se celebrará el juicio contra Gallardo.
Seguro que el capitán médico no le dejará levantarse,
tal como ha dicho el doctor Valdés.
Sin el testimonio del capitán Grey, Gallardo será condenado
y sus propiedades confiscadas y vendidas
en beneficio de la familia de su víctima.
De todas formas, no sabemos quién es El Coyote.
Si es un patriota californiano,
El Coyote puede refugiarse en cualquier hacienda,
en esta, en el rancho de los Acevedo, en el de don Gregorio Paz...
De modo que bastará que usted, como gobernador,
dé la orden de que es un delito dar asilo,
aunque sea por muy poco tiempo al Coyote,
culpable de la muerte del señor Lane y de la agresión al capitán Grey.
Capitán, ¿cómo está el herido?
Si no se le mueve de aquí, dentro de una semana
se hallará restablecido,
pero si se le traslada a Los Ángeles, puede correr peligro su vida.
Nunca se me pasó por la imaginación trasladarle a Los Ángeles.
Entonces, antes... No, yo solo pretendía
que el capitán Grey fuera atendido por un médico militar.
El doctor Valdés es un médico excelente.
No lo dudo, pero estimo que es más correcto y conveniente
que usted se encargue de los cuidados del capitán.
Bien, si mi presencia no es necesaria,
regreso a Los Ángeles. Yo también voy allá.
Convendría dejar un par de soldados para acompañar al capitán.
Sí... Así podrán vigilar.
¿Vigilar?
Por si acaso volviera a presentarse El Coyote.
(Música suspense)
¿Has oído algo? Sí.
(Música intriga)
¿No entiende mi letra, señor gobernador?
Afortunadamente, he descargado a tiempo su revólver.
Si no hubiese sabido que esa pistola era inofensiva,
me habría visto obligado a disparar sobre usted...
y ahora estaría muerto.
¿Qué hace usted aquí? ¿A qué ha venido?
¿Qué quiere? Conocerle.
¿Es que no me había visto antes?
Quería conocerle mejor. ¿Para qué?
Nosotros decimos que es mejor lo malo conocido
que lo bueno por conocer.
No esperábamos un gobernador perfecto,
ni siquiera uno bueno, esperábamos algo... no tan malo.
¿Qué quiere decir con eso?
Que si le hubiera matado, nos enviarían otro peor.
¿Está seguro de poder matarme?
Sí, estoy seguro de poder matarle.
Si disparara, acudiría mi guardia. Fuera tengo tres hombres armados.
Llámelos.
(Campanilla)
(Llaman a la puerta)
Adelante.
¿Os gustaría fusilarle? Sí.
Por ahora no, lo dejaremos para otro día.
Volved a vuestros puestos
y no perdáis de vista a los centinelas.
No se preocupe por sus hombres, están un poco averiados, pero vivos.
Como ha podido comprobar, el matar les resultaría sencillo.
¿Y por qué no lo hace?
Ya se lo he dicho, prefiero lo malo conocido.
Tiene que poner en libertad a Gallardo.
Mañana será juzgado por un consejo de guerra,
yo no puedo hacer nada.
No, ¿eh?
Lo único que puedo hacer es...
retrasar el proceso hasta que...
pueda ir de testigo el capitán Grey.
Ya está, si no puede hacer daño ni a una mosca.
Toma, hazlo llegar a su destino.
Se ve que es una idea suya, excelencia.
(Música)
(Golpes metálicos)
"Amigo Gallardo, te envío este arma, úsala para escaparte.
Llama al centinela y pide que haga venir
al jefe de la guardia y le amenazas con el revólver.
Coge las llaves, cierra la cancela y huye.
El Coyote".
(Música intriga)
¡Centinela! ¡Eh, centinela! -Ya voy.
-He de decirle algo muy importante al oficial de guardia.
Dile que venga. -¿Para qué?
-Hay algo que debo decirle, pero a él, no a ti.
Date prisa. -¿Qué sucede?
-Quiere hablar con el oficial de guardia.
-¿Qué quiere decirle?
-Quiero advertirle que se está organizando una rebelión.
-¿Estás seguro de lo que dices?
-Sí, señor.
-Vamos a ver, ¿qué tienes que decirme?
-Mire, teniente.
-¿Qué significa esto?
-Me han echado ese revólver por la ventana
con el fin de que lo utilizara para huir.
Matando, si tenía necesidad de ello, a alguno de ustedes.
Pero yo no quiero escaparme, teniente.
-¿Y se lo han enviado así, desmontado?
-No, lo he desmontado yo. -¿Por qué?
-Si le hubiera enseñado el revólver montado,
alguien hubiera podido creer que lo iba a emplear contra usted.
No quería asustarle ni dar motivo para que alguno de los suyos
me diera dos tiros con el pretexto de que le había amenazado.
-¿Sabe quién se lo ha enviado?
¿Un amigo? -No estoy muy seguro
de que haya sido un amigo, sino todo lo contrario.
-¿Está seguro de que ha hecho bien quedándose?
¿Se lo ha aconsejado alguien?
(Música)
No disparéis, es el amo.
-Este don Goyo...
-¡Atajo de holgazanes! ¿Así ganáis el dinero que os pago?
-Será mejor que lo vuelva a cargar, don Goyo,
y cuando esté cargado podrá repetir todo lo que ha dicho.
-¡Pues claro que lo repetiré!
-¡Si lo repite, le romperemos la cabeza!
-Y con mucho gusto.
-¿Y por qué no lo hacéis enseguida? -Ahora no se puede defender.
-Os voy a correr a latigazos. -Menos palabras, don Goyo.
-Cargue el revólver y verá lo que es bueno.
-¿Seríais capaces de matarme?
Lo sé, sois unos indeseables.
-Don Goyo... -¡Bah!
(Música)
Ahora nos vamos a beber esta botella en honor del Coyote
y de su hazaña de esta noche.
-¿Y qué es lo que hizo?
-Je.
Mejor lo celebraremos con dos.
Ese sí que es un hombre, El Coyote.
-Cuidado, don Goyo. -¡Suelta!
¿Crees que me estoy cayendo de viejo, mamarracho?
-Díganos qué ha pasado esta noche, nos morimos de curiosidad.
¿No es cierto? -Sí, claro.
-¿Qué ha pasado, don Goyo?
-Esta noche, para empezar,
El Coyote ha hecho una visita al señor gobernador.
Tres de los suyos iban con él.
-¿Y quiénes eran esos tres? -Eso lo...
-¿Ha matado al gobernador americano? -Qué va, no lo ha hecho,
pero le ha pegado susto...
-Cuando volvió la espalda, pude haberle disparado,
pero... no me atreví.
A propósito de eso, todos tenemos algo que callar.
Es un hombre muy peligroso y muy rápido.
Nos dará mucho trabajo. Tenemos que quitarlo de en medio.
-No es fácil, pero tampoco imposible, tendrá algún punto vulnerable.
Es un idealista, pero con mucho sentido práctico,
sabe valorar a sus adversarios.
No confunde los molinos con los gigantes
y con cada uno se comporta de distinta manera.
¿No le da mucha importancia? Usted planeó la fuga de Gallardo,
¿el plan estaba perfectamente organizado?
Ha sido más listo de lo que creí. No, Gallardo no es tan listo.
Si ha desmontado el revolver es porque alguien se lo ha aconsejado.
¿El Coyote?
(ASIENTE) ¿Y por qué sabe usted eso?
¿Se lo ha dicho Gallardo? ¡Bah!
Gallardo solo haría caso a una persona, al Coyote.
No obedecería a nadie más.
Si le dejamos organizarse, no podremos nada contra él.
Esta gente es incapaz de organizarse.
No debemos menospreciar a nuestros enemigos.
La primera vez El Coyote actuó solo, luego, con tres hombres.
Antes de un año, tendrá toda California a su lado.
Hay que detenerle antes de que lo consiga, pero ¿cómo?
"De hoy en adelante,
allá donde se produzca una injusticia
allí estará El Coyote".
Me dijo esto estando ahí sentado.
Entonces, no hay más que cometer una injusticia y esperar su llegada.
¿Debemos ahorcar a Gallardo?
He pedido al coronel que aplace el consejo de guerra
para que el capitán Grey pueda venir a prestar declaración.
¡Ese maldito enmascarado me obligó a hacerlo!
Él mismo se llevó la instancia.
No hubo más remedio, tenía usted que defender su vida.
Eso no importa ahora.
Esta situación puede ser ventajosa para nosotros.
Voy a exponeros mi idea.
Un plan que estará dividido en dos partes.
Si el capitán Grey fuera asesinado en casa de los Echagüe,
les podríamos acusar de haberle dado muerte.
¿Y por qué iban a matarle, si le están cuidando?
Diremos que esos cuidados son un truco
para ocultar sus verdaderos propósitos.
Esto nos dará ocasión para meterlos a todos en la cárcel.
Y El Coyote acudirá en su ayuda.
Y nosotros le estaremos esperando en el lugar y hora precisos.
Elegidos por usted. (RÍE)
Doña Teodora y su hija son dos mujeres indefensas
y muy ricas.
Si por cualquier causa pusiéramos en peligro sus vidas,
El Coyote se dejaría ver.
Y de una manera o de otra, le detendremos.
(Música)
¿No habéis oído un disparo? -Juraría que sí.
Será algún cazador, mamá.
Diga usted a don César que mi opinión no ha cambiado
y que sigo creyendo que es un cobarde.
Leonor...
Tú no le puedes decir eso a un Echagüe.
Julián, por favor, no repita lo que esta tonta le ha dicho.
Jamás me casaré con un cobarde.
Dígale esto a don César Echagüe, lo comprenderá perfectamente.
Ahora mismo escribirás a César
diciéndole que sientes mucho lo ocurrido el otro día.
Que fue por causa de tu estado de nervios.
¿Qué significa esto?
-Buscamos al hombre que disparó contra uno de mis agentes.
Hemos oído el disparo. ¿Y dónde está el que disparó?
¿Usted trabaja en un rancho de los Echagüe?
-Sí, señor juez. Vine a traer una carta a la señorita Leonor.
-¿De quién es esta carta? -Es de don César, el hijo de mi amo.
-¿Puedo verla?
Tendrá que responder de esto, señorita.
¡Buscad al que disparó por toda la casa!
Y quiero ver todos los documentos que halléis.
-Perdone, señora, no sabía que el humo la molestaba.
-¿Puedo retirarme? Me esperan en casa.
-Puedes marcharte.
Y comunica a tu amo lo que está sucediendo.
Si se comprueba su complicidad con el autor del atentado,
recibirá el castigo que merece.
Nuestra ley es inflexible con los asesinos.
-Nosotras no tenemos nada que ver con lo que ha ocurrido ahí fuera.
-Pronto lo averiguaremos.
Mi deseo es que se pueda demostrar la inocencia de ustedes.
Se han metido ustedes en un buen lío.
No me extrañaría que una de las dos terminase en la horca.
Nunca pensé que llegaríamos a caer tan bajo.
Llama a mi hijo. Sí, señor.
Escucha, Carmen, ahora mismo voy a casa de los Acevedo.
No puedo soportar estos abusos. Pero lo considerarán
como una abierta rebelión, te arrestarán.
Recuerda lo que dijo César.
César estará de acuerdo conmigo esta vez.
¿Le acompaño? -No está en condiciones de moverse.
-Pero yo.. -Don César.
¿Y mi hijo? ¿Le has dicho lo que ha sucedido?
No ha querido abrirme la puerta.
Dice... Dice que tiene mucho sueño.
-¿Cómo está el hombre sobre el que he disparado?
-Muerto.
-Ha debido desviarse el tiro, lo siento.
-No te preocupes.
Dame eso, voy a la casa.
-Son los títulos de propiedad de las tierras.
-No pueden quitarme esos documentos.
-¿De verdad cree que no puedo?
Cuando llegue el momento de confiscar estas tierras y esta casa,
estos títulos nos ahorrarán mucho trabajo.
Usted no tiene derecho a llevarse nada.
Si son ustedes responsables de la muerte de uno de mis hombres,
la confiscación de sus bienes será la pena más suave
y deberán dar gracias si solo me limito a eso.
-Nadie de esta casa ha disparado sobre sus hombres.
-Si no encontramos prueba las creeré,
pero si encontramos al asesino o el arma empleada...
Parece que la lección no te ha servido de nada,
sigues por el mal camino.
¡Rodead la casa, tiene que ser El Coyote!
¡Vamos, deprisa, no dejarle escapar!
-¡Uh!
-Vengan aquí las dos. No le obedezcas.
Vengan aquí las dos o disparo contra usted, señorita.
No te muevas, mamá, que dispare.
¡Ah!
-Si tengo que disparar de nuevo, le haré daño, señorita.
Defiéndase.
Si me quiere matar, tendrá que asesinarme.
¿Le va a matar? ¿En nuestra casa?
Déjale hacer lo que quiera.
Muchas gracias, señorita Acevedo.
Y recuerde que nunca marco a un hombre dos veces.
La próxima vez que dispare sobre usted, será para matarle.
Si no le importa, señora, guardaré esto durante unos días.
Huid ya, viene mucha gente.
Me gusta que no se deje besar por un desconocido.
(Música tensión)
(Música)
(Disparos)
(Disparo)
(Disparos)
(Continúa la música)
¡Alto!
(SORPRENDIDO) El Coyote.
(Música intriga)
Esos son los que han dejado la guardia.
Ahora nos encargaremos de ellos, sígueme.
-La tierra donde he nacido es muy distinta.
El cielo está casi siempre cubierto de nubes y llueve tanto...
¿No han oído un grito? -¿Tú has oído un grito, mamá?
-No, pero no me hagas mucho caso, hija mía,
estoy tan preocupada...
-No se preocupen ustedes,
puede que hayan sido figuraciones mías.
¿A dónde va?
-Iba a mirar por la ventana. -No se moleste.
Cuénteme cosas de California.
Han vivido aquí desde los tiempos de la conquista, ¿verdad?
-Mi abuelo fue el primer Echagüe de California,
llegó aquí con la expedición de fray Junípero Serra.
Y mi padre fue el primer Echagüe bautizado en San Juan de Capistrano.
(Música tensión)
¡Ah!
-¡Uh!
-¡Ah!
-¡Espere, señor!
-¡Ah!
(SOLLOZA) ¡Hay dos hombres muertos en el pasillo!
-He oído disparos, ¿qué ha pasado? -Ah, eres tú.
-¿Quién ha matado a esos hombres? -Avisa a tu padre, Lupe.
-Se ha ido con don César al rancho de los Acevedo
y su hijo está durmiendo.
Cada vez es más difícil dormir en esta casa.
(BOSTEZA)
¿Quién ha matado a esos dos infelices?
Eran dos asesinos que querían matar al capitán.
-El Coyote nos ha salvado.
Ya que los mató, podía quitarlos de en medio.
Lupita, ¿quieres decir a tu padre
que retire esos cadáveres del pasillo?
Ha ido al rancho de doña Teodora con don César y los hombres.
No sé para qué han tenido que ir todos allí.
Porque... No, no me lo digas.
Cuando regrese mi padre insistirá en contármelo de nuevo.
Bueno, con su permiso, yo me retiro, estoy cansado, he dormido demasiado.
Lupita, ¿quieres hacer el favor de pedir mi desayuno,
mi comida o lo que quieras? Me muero de hambre.
Sí, don César, enseguida. Con su permiso, señora.
-Puedes retirarte, Lupe.
¿Vas a tener valor para comer después de lo ocurrido?
Tú estás bien, Berta también, nuestro huésped lo mismo.
Los únicos que están mal son esos dos infelices de ahí fuera,
dos extraños que no pueden quitarme el apetito.
Con tu permiso, voy a vestirme.
Hasta luego. ¡Payaso!
Perdona, pero César tiene la facultad de hacerme perder la paciencia.
Ha hecho bien Leonor mandándole al diablo.
(Música emotiva)
¿No te vas a dormir? Luego, más tarde.
Parece mentira que no estés rendida después de tantas emociones.
Qué día. No lo olvidaré nunca.
A pesar de todo,
no me resigno a considerar deshecho tu noviazgo con César.
Sí, lo sé, lo sé, que te gustaría más un hombre como El Coyote,
pero yo tengo la obligación de velar por ti
e impedir que cometas una locura.
Mamá, prefiero quedarme soltera antes que que casarme con César.
(TITUBEA) No te olvides de cerrar la ventana.
No, mamá. Buenas noches.
(Continúa la música)
Ah...
¿Qué hace aquí? ¿Es que me va a pegar como antes?
¿Por qué ha venido?
(RÍE)
Guárdelo para cuando esté sola.
¿No arriesga demasiado volviendo aquí?
Es un riesgo que merece la pena correr.
No tuve tiempo de decirle todo lo bonita que es.
Debe marcharse, aquí corre peligro. ¿De verdad?
El juez ha dicho que dejaría dos soldados
en caso de que usted volviera.
(RÍE) Le ha engañado, ha dejado cuatro.
Deberíamos dejarles un recuerdo.
-Luego, cuando nos vayamos. -Déjalos y trae la botella.
-Hay un traguito para cada uno. -Mejor es eso que nada.
-¡Ah!
¿Por qué quiere siempre ayudar a los demás?
¿Es usted un patriota? No, soy un loco.
Eso no.
Nadie que esté en su sano juicio hace nada por sus semejantes.
Pero esta locura mía tiene su compensación.
Guárdelos bien, porque valen mucho.
(IMITA A UN PÁJARO)
El canto de la alondra me reclama. Adiós, princesa.
Cuando vuelva a amenazarla el dragón, acudiré en su ayuda.
¿Pero ese no es el canto de un ruiseñor?
No, en California no hay ruiseñores. He de irme.
(Música)
Vamos.
(Música clásica)
(DEJA DE TOCAR)
¿Cómo está usted, capitán? -Mucho mejor. Gracias, coronel.
-¿Puede contestar a mis preguntas? -Ciertamente.
-Según su declaración,
ayer unos hombres han atentado contra su vida.
El Coyote le salvó y mató a los que quisieron asesinarle.
-Sí, mi coronel.
-¿Y no sería posible que el sargento y el hombre que estaba con él
querían protegerle y han sido muertos precisamente por eso?
-Si querían defenderme, es indudable que han fallado en su propósito.
Después de haberlos matado, El Coyote pudo hacer lo mismo conmigo.
Si no lo hizo, fue porque quiso protegerme
de los que dispararon contra mí.
-Sí, claro.
Es muy posible.
Y en lo que al señor Gallardo se refiere,
usted afirma que actuó en legítima defensa.
-Sí, mi coronel.
Un soldado intentó matarle y él se defendió.
-Entonces ordenaré que sea puesto en libertad.
Existen otras pruebas a su favor.
(Pasos)
Se ha confirmado su inocencia,
dentro de una hora será puesto en libertad.
-Debemos hacer algo inmediatamente
o deberemos renunciar a las fincas de Gallardo.
Haremos que le detengan otra vez. ¿Y de qué le vamos a acusar?
El coronel le ha exculpado de su acusación.
Usted no puede desautorizar al coronel.
El coronel es el gobernador militar.
Mmm... Diga, Wilkes.
Si Gallardo al salir de la cárcel comete un delito
que caiga dentro de la jurisdicción civil, eh...
Sí, estará furioso, pero...
¿Contra quién?
¿Qué significa esto?
Gallardo a estas horas habrá salido de la cárcel
y estará furioso contra usted.
¡No puede tener nada contra mí, yo ni siquiera le he visto!
¿Ha olvidado la ridícula pena que impuso al asesino de Rocío?
Gallardo estaba enamorado de ella
y ese amor fue la causa de su delito.
Pero él aseguró que no estaba enamorado de la bailarina.
Dijo que la abofeteó por estar bailando por un yanqui.
¡Por eso fue, pero no por amor!
La pegó por patriotismo. ¡Parker, no!
¡Por amor no fue! No, Clemens, no,
Gallardo estaba enamorado de ella y ahora va a venir aquí porque,
como usted no supo hacer justicia
con el asesino de la mujer que amaba,
se la va a tomar por su propia mano, está claro.
(Disparo)
Gallardo ha entrado en esta habitación,
nos ha amenazado con su revólver.
Dijo que quería matar al juez Clemens
para vengar la muerte de su adorada Rocío.
(RÍE) Y le ha matado.
Una bonita historia que yo desmentiré.
¡No!
(Música tensión)
(Música tensión)
(Disparos)
¡Uh!
(Cristales rotos)
¡Uh!
(Música)
¡Alto! ¡Alto!
¡Alto!
Cubríos bien los rostros, no tiene que conocernos nadie.
Tú, Jacinto, por allí;
tú, Timoteo, por detrás de la iglesia;
los demás, conmigo. ¡Vamos!
(Música tensión)
(Disparos)
(Disparos)
(GRITAN)
(Disparos)
(Campanadas)
(GRITA)
(Música tensión)
(GRITA)
(GRITA)
(GRITAN)
Íbamos a cogerle cuando una banda de hombres enmascarados
le ha salvado. Ya nos ocuparemos de eso.
Sacad el cadáver de esos dos. No, tú espera un momento.
Llama al armero, dile que traiga todos los documentos
relacionados con la casa Colt. Sí, excelencia.
(Música)
¡Alto!
Ahora tengo que dejaros, amigos.
Cuando necesite nuestra ayuda, sabe que puede contar con nosotros.
Os habéis portado como buenos californianos.
¡Buena suerte a todos! (TODOS) ¡Adiós!
(GRITAN A LA VEZ)
(Música)
(Llaman a la puerta)
Buenos días, excelencia. A sus órdenes.
Puede usted retirarse, comisario.
¿Es usted el único armero de Los Ángeles?
Sí, excelencia.
He traído todos los datos de la casa Colt.
¿En qué puedo servirle? ¿A quién le vendió este revólver?
Se lo vendí a don César de Echagüe hace unos seis meses.
¿Y solamente le vendió uno?
No, excelencia, le vendí dos, el anterior y este.
Las cosas se han complicado un poco.
Si el gobernador es medianamente listo,
a estas horas ya sabrá quién es El Coyote.
Pronto vendrá a visitarnos.
(Música tensión)
Se acerca un grupo de hombres armados, señor.
Vienen con el gobernador Parker.
¿Qué quieren? No sé, señor.
Buenos días.
Quedaos fuera, os avisaré si os necesito.
¿Qué significa esta intromisión?
¿Conoce usted este revólver? ¿Por qué me lo pregunta?
Rufino Hernández, el armero,
nos ha dicho que se lo vendió a usted con otro exactamente igual.
Y si ese revólver es mío, ¿cómo lo tiene usted?
Antes de contestar, será mejor que haga salir a su criado.
Ya no te he mandado salir.
Puede usted hablar delante de Julián.
Como guste.
Este revólver lo perdió El Coyote en mi despacho
después de haber asesinado a mi secretario y al juez Clemens.
¿Por qué me cuenta eso? Porque en parte es verdad.
¿Eres tú...?
Sí, pero no lo digas, aún sigue siendo un secreto.
¿Qué venía a pedirle a mi padre para no descubrir mi identidad?
No me diga que no pensaba pedirle algo.
Seguramente, quería despojarle de todas sus propiedades,
lo mismo que ha intentado hacer con Gallardo y otros más.
Pero esta vez no lo conseguirá.
Y tú lo sabías. Julián, atranca bien la puerta.
¿Va a asesinarme?
Cójalo y defiéndase.
Está bien claro que soy peor tirador que usted.
Si quiere pelear conmigo,
tendremos que utilizar otro tipo de armas.
(Música tensión)
¡Se oye ruido de espadas! (HABLAN A LA VEZ)
(Música)
¡Ah!
Perdóname, padre, por haberte estropeado el salón.
Escondeos, pronto.
¡Abrid! -¡Abrid!
(Gritos, pasos)
(Golpes)
Venga, otra vez. Vamos, con más fuerza. Venga.
(GRITAN)
-¡Vamos, a él! -¡Seguidme!
(Música tensión)
(Gritos)
(Disparos)
(Disparo)
(GRITA)
(Música tensión)
(GRITA)
¿Por qué lo has hecho? ¿Querías que te matasen?
Deseaba ayudaros, tenía miedo de que os cogieran.
Gracias, Lupita, muchas gracias.
Ahora vamos a quitarnos estas ropas, ¿eh?
¿Está aquí el gobernador Parker?
Se puede decir que está aquí,
pero también se puede afirmar lo contrario.
Más vale que sea así.
Tenía orden de arrestarlo por el asesinato del juez Clemens
y por otros delitos.
El juez Clemens tuvo tiempo de declarar la verdad antes de morir.
¿Quién le ha matado?
Desde luego. Ha sido El Coyote.
(Música emotiva)
(IMITA A UN PÁJARO)
(IMITA A UN PÁJARO)
No es el canto de la alondra, es un ruiseñor.
En América no hay ruiseñores.
He mandado traer desde España uno para ti.
Pero... (CHISTA) El ruiseñor se ha callado.
No, no es posible que seas tú.
Comprendo que no te dejes besar por desconocidos,
pero ahora soy yo.
(Música emotiva)
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