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¿Qué, al tren? Al tren.
(Tren)
(SILBA)
¡Me caso en Soria!
Ya caeré. Ya.
(Silbido)
(SILBA)
Pero ¿qué hora es? Las 7:30.
Mucho madrugas tú. Por fuerza.
Porque en las trampas que pongo como caer caen los pájaros,
pero algún sinvergüenza madruga más que yo y se los lleva.
Dame la pierna.
Menudo resultado te está dando. Claro, que el acero ya se sabe.
Porque esto es acero. Lo malo es
que cada día me está más corta. Sí, hombre.
Va a encoger el acero.
Deja el fuego en paz, que nos vamos ahumar, coño.
¡Culpa tuya! Haz una chimenea y no te ahumarás.
Parece mentira
con lo delicado que eres.
Eso también es verdad.
Igual que lo de tu pierna. Seguro que si te presentas en La Coruña,
en la compañía, te la cambian por otra de tu medida.
Porque tú la tuya... ¿Cuánto hace que la perdiste?
Echa cuentas. Tenía yo... 17 años y voy a cumplir 32.
Ese es el quid, que se te ha quedado pequeña.
Pero tú, de no haberte segado la pierna aquel cable,
hubieras seguido en la mar. A mí la mar no me gustaba.
Siempre me dio mucho respeto y me acordaba de la tierra.
Bueno, pero en los balleneros se saca un buen jornal, ¿no?
Cuando encuentra ballenas, sí.
Oye. ¿Y las ballenas dan miedo? Hombre... ¿Qué quieres que te diga?
Impresionar, impresionan.
Pero después de muertas, hasta te dan pena.
Lástima que uno sea propenso al mareo.
Si no, me embarcaba mañana mismo. Porque yo no sigo así, ¿eh?
Estoy harto de no tener ni para tabaco.
El día menos pensado me lío la manta a la cabeza
y me pongo a robar.
Ya he pensado el nombre de guerra: Fendetestas.
¿Has visto a Hermelinda? Ha pasado hace un rato.
¿Te ha dicho algo? ¿Y qué me iba a decir?
El bandido Fendetestas.
¿A que suena bien? Sí.
Vamos a ver. La metonimia.
-La metonimia... La metonimia...
-Venga. Ese libro fuera, hombre.
-La metonimia es un tropo.
O sea, la metonimia consiste en la traslación del sentido recto
al figurado en virtud de la relación de antecedentes por...
-Mira, Javier, quién ha venido. Pasa, mujer.
Aquí tienes a tu prima Rosina.
¿No me vas a dar un beso?
¿Te acuerdas de don Isidro?
-Ave María Purísima. -Sin pecado concebida.
Vaya, vaya. Así que te casaste, ¿eh?
Nos hacen viejos.
Parece que fue ayer cuando venías de vacaciones.
-Fuera espera Geraldo el pocero. Ahora voy.
Que aproveche, padre. Gracias, hijo.
Me dijeron que quería verme, y aquí estamos para lo que usted mande.
No gasto. ¿Y este quién es?
Le dicen Malvís, y es de Armental. Como no tiene trabajo,
viene a echarme una mano. Ah, muy bien.
Pues nada. Es que quiero poner una fuente ahí fuera. Vengan.
Y claro, como aquí se encuentra agua a medio metro de profundidad,
es mejor hacer un pozo que andarse con obras de tuberías...
Ya, ya.
El pozo lo quiero aquí.
Vamos a ver.
Mira. No empecemos con pamplinas, hombre.
Si te digo que hay agua, es que hay agua.
Pues... El señor me perdone, pero yo no la siento.
Pero hombre, ¿sabré o no sabré yo lo que hay en mi casa?
Nada. De agua, nada.
¡Aquí sí!
Pero a 30 o 40 m. He dicho que aquí.
Yo cavar ahí no cavo.
Yo no puedo engañar al señor.
Si yo cavo ahí, sabiendo como sé que no hay agua,
sería un engaño. Pero ¿qué engaño ni qué niño muerto?
Yo te voy a pagar, ¿no? Pues por eso.
¿Tú lo estás oyendo? Pero si le pago y no hay agua
hasta el abismo de los infiernos, ¿qué le importa a él?
Para mí que el señor tiene toda la razón.
-Que te estés quieto. Se lo voy a decir a tu padre.
¿Y la fuente no quedaría mejor aquí? ¡La fuente la quiero aquí, aquí!
¡Aquí encontramos agua solo con arañar con las manos!
Fuera. Fuera de mi casa, hombre.
-No seas tonta. Te vas a caer. -Déjame bajar sola.
¿Estás bien de la cabeza?
¿No te ha dicho que te pagaría el pozo con agua o sin agua?
Eso dicen siempre por amor propio, pero luego, si no encuentras el agua
donde ellos dicen, todos son pretextos para no pagarte.
Anda, vámonos, que tengo otro aviso. Bueno, mira.
La verdad es que yo a esto de los pozos no le veo el negocio.
Primero, te llaman de Pascuas a Ramos y luego, cuando te llaman,
no haces lo que te mandan y claro, así...
Un caso es un caso. Verás como con Noguerol,
que es el del otro aviso, no tenemos problemas.
Que no, que no. No, no, no, no.
A mí, eso de los pozos no me convence.
Aparte que ahora, en la casa, al cargar con todo esto,
me ha dado un crujido de riñones...
De manera que a ver a Noguerol, vas tú.
Pero sin trabajo, ¿qué vas a hacer?
¡Alto! ¡Me caso en Soria!
¡Alto! ¡Me caso en Soria! ¡Venga el dinero!
Coño. El bandido Fendetestas. (RÍE)
Pero ¿cómo me has conocido?
¿Y esa pistola? ¿Se me ve la cara?
¿La cogiste del pazo?
Verás cuando la echen en falta.
Ya que estás aquí, anda, échame una mano.
¿Vas de boda o qué? No.
Hay baile en Lema. Seguro que Hermelinda no falta.
Lo que bailes tú con... El pasodoble mejor que nadie.
Sobre todo las vueltas a derechas. ¿Te vienes?
¿Estás loco o qué? ¿Y si me ve la Guardia Civil?
Espera. O sea, que ya asaltaste a alguien.
Bueno. Algo he hecho.
Lo malo es que por el bosque solo pasan pobres.
Pero ya verás cuando asalte la casa del cura.
Rico me voy a hacer con la casa del cura.
Pero ¿qué estás haciendo? Lavándome, ¿no lo ve?
Muy bonito. Hale, hale, al baile, ¿verdad?
¿No piensas en otra cosa? Tía, ya tengo la casa arreglada.
¿Quiere que me pudra de aburrimiento?
En una casa siempre hay algo que hacer.
Lo hace usted. Si cree que me va a tener aquí esclava un domingo...
Esclava, dice la descarada. ¿Qué queja tienes?
¿Qué hubiera sido de ti,
de no recogerte yo cuando murieron tus padres?
Por lo menos no tendría que aguantarle a usted.
Más te valdría no pensar tanto en los hombres.
Eso es cosa mía. Si te dejan preñada,
aquí no pones el pie, esta es una casa honrada.
Ya, me echa. A ver dónde va a encontrar a una tonta como yo.
Bruja, más que bruja.
(Pájaros)
Cómo se nota que es fiesta.
Qué guapa te has puesto, Hermelinda.
Ya he oído gritar a tu tía.
No reventara de una vez.
Mal genio tiene.
¿Vas...?
¿Vas al baile de Lema?
Hombre, claro. Yo también.
Dicen que va a tocar la banda del Purriñas.
Mucho mejor que la gaita. Dónde va a parar.
Entonces, ¿al baile vas sola?
También tú... Podías engrasar esa pierna.
Me está dando una dentera.
No, si un día de estos voy a ir a La Coruña para que me la cambien.
Mejor será, porque con esa música...
Bueno, pues yo te dejo.
Pero ¿no ibas tú también a Lema?
Sí, pero después.
Es que debo hacer antes una cosa.
Bueno, pues hasta luego.
(Chirridos)
(BALBUCEA)
(Música)
¡Pero habrase visto qué frescura!
Ni siquiera me has dicho de dónde eres.
De Orto.
¡Qué carnes tienes, puñetera!
(Chirridos)
Oiga, ¿me podría dar un poco de aceite?
-Hombre, el aceite cuesta dinero.
Pues se lo pago.
Hermelinda.
Ah, ¿ya estás aquí?
¿Has visto? Ya no hace ruido.
Pues mira qué bien.
Deme otro vino.
(RÍEN)
(HABLAN A LA VEZ)
Que te he dicho que no. Pero no seas tonta.
Bruto, que eres un bruto. Si es lo que te gusta, mujer.
¡Ay! Eso no.
(Búho)
-¡Fuco!
Demonio de chico. Creí que te habías ido.
Entra, tengo que hablar contigo.
Arriba, hija, que se te hace tarde.
-¿Qué pasa, madre?
-Pasa que ya va siendo hora de que sientes la cabeza.
Vamos, de que empieces a trabajar como un hombre.
Vi a Geraldo, el pocero, y me dijo que necesita un ayudante.
-¿Y mi hermana qué come? -Ella tiene más suerte que nosotros.
Hoy también irá a trabajar al pazo. Ya le darán de desayunar allí.
-Olvídate, yo no quiero trabajar a jornal.
-Claro, así no me tienes que dar cuentas
del dinero que te sacas robando. Granuja.
Si tu padre levantara la cabeza...
Sigue por ese camino y acabarás siendo carne de horca.
(Tren)
(Ladridos)
¡Señora Juanita!
-¡Hermelinda, llaman!
Pesada.
-Dile a tu tía que estoy aquí.
Entra.
Tía.
-Me roba, seguro que me roba.
Tía. ¿Quién es?
El chico de Marica da Fame.
Trae carbón. Dile que pase.
-Buenos días. -A ver. Déjame ver.
¿Cuánto quieres por todo? -Hay 20 libras.
Y es a perra chica la libra... O sea, que una peseta.
-A ver si te crees que soy tonta.
Ya te conformarás con dos reales.
-En la ciudad la cobran a 10 céntimos la libra.
Yo le rebajo la mitad.
Tengo otra piel.
-Te he dicho que si no las traes secas y curtidas, no las quiero.
Toma, los dos reales. Y lleva ese carbón a la cocina.
-No. -Pues voy a la Guardia Civil
y le digo al cabo de dónde lo sacas. -Usted siempre aprovechándose, ¿eh?
Dile a Hermelinda que venga.
Azúcar.
Ajá.
¿Qué tripa se le ha roto ahora?
Y encima refunfuñando.
A ver, ¿qué pone aquí?
¿Ya estamos otra vez? Pone "azúcar".
2 kg y aquí hay 1 kg y 3/4.
¿Cómo voy a abrir la puerta del armario
si no suelta la llave ni para cagar? ¡Ladrona, que eres una ladrona!
No me llame ladrona, que soy más honrada que usted.
Ladrona y peor que ladrona, porque mal está robar al prójimo,
pero robarle a tu propia tía... Eso no tiene perdón de Dios.
¿Sabe qué le digo? Que se acabó, que estoy harta.
Ahora mismo cojo el portante y me voy.
Que le aguante a usted otra. ¿Adónde vas a ir tú, desgraciada?
Donde me traten como a una persona, no como a una bestia de carga.
Parece mentira tratar así a una de su propia sangre.
Anda,
sécate esas lágrimas de cocodrilo y vuelve a tus quehaceres.
No se lo cree, ¿eh? Pues los quehaceres los hará usted.
Veremos si me cree.
(Chirridos)
¿Y tú qué haces aquí?
Es que...
Es que me mandan una herramienta en el tren.
Ya.
Pero ¿adónde vas?
No sé.
Lo que importa es que me voy.
¿Has...?
¿Has reñido con tu tía?
Antes tenía que haber reñido.
Toda mi vida chupándome la sangre.
Bueno, al fin y al cabo es tu tía.
Ponerse a servir en una casa extraña...
No sé yo si...
(Sirena)
Mejor que con ella
en cualquier parte. Por lo menos me pagarán.
Bueno, pero ¿irte a la ciudad sin una colocación, sin nada?
Luego, que allá no conoces a nadie.
Tampoco me van a comer. Otras se han ido antes que yo.
Sí, y piensa cómo les ha ido a algunas.
¿Cómo?
Pues no sé, pero luego hay habladurías.
A Manolita la de Landeiro dicen que la han visto en una casa...
Bueno, tú ya me entiendes. Hasta una casa de esas
sería preferible a la de mi tía. No digas eso.
Pero bueno, ¿a ti qué te importa lo que yo haga o deje de hacer?
Es que... Es que tú no eres como Manolita la de Landeiro.
Nunca se sabe, Gerardo.
-¿Usted sabe dónde vive...? -Doña Juanita Arruallo.
Subiendo por ahí, luego el cruce...
Hermelinda. Dime.
Yo... Yo creo que te lo debías pensar.
Mira, si te quedas, yo... Pero ¿qué te pasa?
Digo que si te quedas,
no haría falta que siguieras con tu tía.
¿Qué dices? Que si quieres...
Que tú y yo... Que podíamos...
-Perdone, pero no hemos comprendido.
-Nosotras preguntábamos por doña Juanita Arruallo.
Subiendo por ahí.
Luego al llegar al cruce, el camino a la derecha.
-Pero ¡qué tontería! Malgastar el dinero en una fonda,
sobre todo siendo amigas de mi primo Antonio. ¿Y qué?
¿Cómo le van las cosas en Madrid? -Muy bien, muy bien.
Imagínese, con el cargo que tiene en el Ministerio...
-Mira, mira qué bosque tan hermoso.
Parece todo muy tranquilo. Mira qué paz.
-Eso sí, no como en Madrid con aquel ajetreo.
Seguro que aquí se curan ustedes de los nervios.
Ahí está la casa. A mí no me gusta alquilarla,
pero ¿cómo se la voy a negar a unos amigos de Antonio?
Por el dinero no se preocupen, que nos pondremos de acuerdo.
-Muchas gracias. Otra cosa, unos amigos de Madrid
nos han dado recuerdos para los señores de Abondo.
-¿Su casa queda lejos?
-¡Qué va! El pazo de Abondo queda como quien dice a un tiro de piedra.
-Oiga usted, Juanita, en este bosque no habrá alimañas, ¿verdad?
-Porque nosotras dos solas en este despoblado...
-Alimañas... Como no sea el bandido.
-Jesús, María y José, ¿un bandido dice?
-Ustedes no se preocupen, que él del bosque no sale
por la cuenta que le tiene. Adelante, adelante.
-Ya, pero es que nosotras como sufrimos tanto de los nervios...
-¿No estaríamos más tranquilas en la fonda?
-¿La fonda? No me hagan reír. ¿No me han dicho
que lo que buscan es tranquilidad? Pues más tranquilo que esto...
¡Alto! ¡La bolsa o la vida!
¡Y deja el dinero!
(RÍE) Eres tú. ¡Malvís!
Buenas tardes, hombre.
¿Qué haces con la cara llena de barro? ¿Es que te has caído?
¿Cómo que qué hago? Hago de ladrón. Ah, es verdad.
Ya había oído que andaba por aquí un bandido. (RÍE)
No se ría, que a usted le llaman el Risa Floja y yo no me río.
Y basta de conversación. ¡El dinero por las buenas!
Pero hombre, Malvís, entre tú y yo...
Nosotros somos del mismo pueblo. ¿Qué vas a robar a un amigo?
Mire, señor Freire, en el negocio no puede haber amigos.
Eso no quita que si a mano viene, y fuera de aquí
le pueda hacer un favor, pues se lo hago y en paz.
Pero aquí a lo que estamos.
¿El dinero o quiere que le registre?
No, no hace falta. A ti no te voy a engañar.
No puede decirse que no lleve dinero, pero no es mío.
Se lo debo al carpintero de Orto. Es de un carro que me hizo.
A él estos cuartos le hacen mucha falta.
Está cargado de hijos el pobre.
Bueno, bueno, bueno... ¿Cuánto lleva?
Llevar... Llevo 40 pesos.
No voy a decirte que estás perdiendo tu alma, eso es cosa tuya,
pero podías haber ido a robar al pazo, que hay gente rica.
O salirles al paso a los tratantes de Castilla.
Eso sería menos pecado. Venga, los 40 duros.
Vamos a hacer una cosa, te doy dos duros y hala.
¡Todo! Que sean 5.
Que no puedo, señor Freire. Que no puedo.
¿Qué bandido sería si empiezo a hacer rebajas?
Bueno, para que vea que yo le estimo,
quédese con 20 pesetas y no se hable más.
Mira, como no quiero que luego tengas cargos de conciencia,
vamos a hacer una cosa. Vamos a repartir.
20 duros para ti y 20 para mí.
Creo que es lo justo. Si no tuviera uno corazón...
¡Eh, Fendetestas! ¿Qué quiere usted ahora, hombre?
¿Tú qué dirías si volviese con unos amigos
y unas buenas estacas? ¿A quitarme el dinero?
Esto ya es mío y a mí no me roba nadie.
¿Y si vengo con la Guardia Civil? Haga usted que me cojan,
pero de la cárcel se sale antes o después.
Y el día que saliera,
lo primero que haría sería darle fuego a su casa.
Ahora que me acuerdo, ¿tiene usted un cigarrito?
Vete a la mierda.
¡Heraldo! ¿Estás ahí?
Mira, mira, y decías que traía más cuenta trabajar.
Hermelinda se ha ido. ¡Qué jodido Freire!
Si me descuido, me roba él a mí la pistola.
A saber dónde dormirá esta noche.
Mañana me vas a hacer un favor.
Toma, te pasas por la tienda de la Pelona
y me traes tabaco de cuarterón, papel de fumar y un mechero.
¿No me has oído? Sí.
Hermelinda se ha ido a La Coruña.
Y otra cosa. A servir.
Eso sí no se echa a la vida. Pero ¿quién se va a echar a la vida?
Aunque ella no es como Manolita la de Landeiro.
Pero ¿de qué estás hablando? De Hermelinda, coño.
Ha cogido el tren y se ha ido para siempre.
A ver qué hago yo ahora. ¿Y a ti qué te importa?
De no haber seguido, no hubieras llegado a nada.
Porque como nunca te has atrevido a decirle que la querías...
Nada, hombre, no te amilanes. Los hombres tienen que ser hombres.
Y las mujeres todas son iguales. Eso no. Hermelinda es otra cosa.
Bueno, queda un duro, ¿eh? Toma. Pregúntale a la Pelona
si le queda alguna careta de las que vendía en Carnaval.
Y si le queda, me la compras.
Y digo yo: ¿por qué no te vas tú también a La Coruña?
¿Y allí para qué quieren a un pocero?
-Yo en Madrid no como nada. -Un pajarito.
-Aquí en cambio no pueden hacerse una idea.
El aire me ha abierto el apetito. -Lo malo es por las noches.
¿Qué es lo que pasa por las noches? Los ruidos. Nos dan miedo los ruidos.
-Los que hacen los bichos. -Que no paran.
-Como la casa está en el bosque...
-Pues todas las noches sin pegar ojo.
Ya se acostumbrarán, ya.
¿No nos podrían ustedes proporcionar un perro?
-Bueno, si les hace ilusión tener un perro...
Quizás el de los Esmorís.
-Estaríamos más tranquilas, sobre todo por el bandido.
¿Saben ustedes que hay un bandido en el bosque?
Por el bandido no se preocupen, es una cosa puramente decorativa.
¿Dónde se ha visto un bosque sin su bandido?
Tú, si ya has terminado con el postre, ya sabes, a estudiar.
-Mamá...
-Bueno, yo me voy a echar un rato. Buenas tardes.
-Y ese perro que decían, ¿cómo podríamos conseguirlo?
Mamá, me voy a estudiar. Estupendo, hijo.
Ya hablaré yo con los Esmorís, no pondrán inconveniente.
-Señora, está ahí Loco de Vos.
Le he dicho que no podía entrar y se ha puesto hecho una fiera.
-Dios mío... -Vaya por Dios.
-Pues déjele. Déjele que entre. -Pero si está loco...
-¿No será mejor que nos encerremos en la casa?
Un infeliz. Tiene la manía de que es un gran señor.
Se pasa la vida regalando cosas. Una pesadez,
porque luego hay que devolver los regalos a la familia.
-Por aquí. Quieta, ¿dónde vas?
Buenas tardes. -Buenas. ¿Qué tal le va?
-Pues nada, que como hace tanto tiempo
que no tienen ustedes el gusto de verme, me dije:
"Me voy a dar una vuelta por el pazo de los señores de Abondo".
Y así les traigo una ternera. Pero ¿para qué te molestas, Manolo?
No es molestia.
Yo quería haberles traído un par de bueyes,
pero luego hubo dificultades. Otro día será.
-Nosotros hemos pensado regalarte
la fachada del Obradoiro de la catedral de Santiago.
-Inútil, hombre. Pero si no cabe en casa.
Y además mis hermanos no me dejan expansionarme.
¿A ustedes les gustaría quedarse con mis bienes de América?
Hombre, claro.
Pero para eso tendría que ir al notario y es siempre un lío.
Esto lo arreglo yo por teléfono. Perdóneme.
Ring.
Señor notario, mire, apunte, mis dos casas de La Habana
son para estas dos señoras de la aristocracia.
Y mis ganados de Buenos Aires para el señor.
Eso ya es demasiado, Manolo. No, no, no.
Oiga, perdone, ¿estas dos señoritas
que están a su lado son de la familia, señor de Abondo?
Bueno, es que yo lo digo por a ver si mañana
me puedo arreglar y les traigo un cerdo.
Y al mismo tiempo pues ya les envío 50 o 60 gallinas.
Pero de colores.
Ayer hablé con el rey.
-Señora, Marica da Fame, la madre de Pilara,
quiere hablar con usted. -Está bien, que pase.
Ring. ¿Sí?
Que vayas a tu casa, Manolo, que te está esperando el emperador.
-Ah, pues entonces me voy. Yo no quiero hacerle esperar.
Aquí les dejo la ternera. Señora.
-Buenas tardes, señorito Javier.
-Deja eso y vámonos, hija. -Pero ¿qué pasa?
-A Juanita Arruallo se le ha ido su sobrina Hermelinda
y necesita una criada fija. Ya he ajustado con ella.
Te dará un duro al mes y un traje al año.
-Pero ¿ya se lo has dicho a la señora?
-Sí, y tengo su permiso. Ha dicho que comprende
que para Pilara es mejor estar de criada fija que venir aquí
solo cuando la necesitáis. -¿Y Hermelinda dónde se fue?
-A La Coruña dicen.
Buenas tardes. (TODOS) Hola, buenas tardes.
¿Qué, cómo van esos pozos? Van, van.
Oye, quería tabaco de cuarterón y papel de fumar.
¿Cuánto?
No sé, lo que dé por un duro.
(RÍE) Como yo no fumo.
Toma.
Y este lo pruebas.
Otra cosa.
¿Te quedas alguna careta de aquellas que vendías en carnaval?
No te diría yo que no.
Voy a ver.
-Pues para no fumar,
mucho tabaco compras tú.
Es que...
Por cierto, cabo, ¿con qué engrasa usted la pistola?
Porque me vendría muy bien... Déjate de pistolas.
A ver, ¿dónde anda aquel ayudante tuyo?
El de Armenta. Malvís, creo que le llamaban.
Pues, pues le dio un crujido en los riñones.
Las únicas que me quedan. Escoge.
Esta misma. ¿Cuánto es todo?
Dile al sinvergüenza que te ha hecho el encargo
que si quiere fumar, que baje él a comprarlo.
Y que no le va a hacer falta la careta el día
que yo suba a buscarlo.
Eso es lo que ha dicho. Es que entonces los bandidos
no van a poder fumar. Yo más bien soy un mandado.
Hasta mañana. Se va a acordar de mí ese cabrón.
Un día bajo y asalto el estanco.
Y si me jode mucho, le pego fuego al cuartelillo y a la aldea entera.
Se van a enterar de quién es el bandido Fendetestas.
Buenas noches. ¿Buenas noches?
¡Alto, me caso en Soria!
Deme el tabaco.
Pues no sé si llevaré algo.
Porque fumar, yo fumaba. Menos mal.
Y papel.
Pero esto es tierra. Ya. Se ve que no me pusieron tabaco.
¿Que no te pusieron cuándo?
Cuando me amortajaron.
Ni paciencia tuvieron para ponerme la chaqueta como Dios manda.
Pero ¿quién eres?
Soy el ánima de Fiz de Cotovelo,
que anda penando por estos caminos en busca de un cristiano...
Espera, yo no quiero hacerte daño.
¡Escucha!
¡Solo te pido...!
Qué gente, qué gente.
Qué gente.
¿Qué quieres de mí?
¿Quieres unas misas?
Lo has dicho como si las llevaras en el bolsillo.
Bueno, bueno, pero ¿las quieres o no?
Las misas, las misas...
nunca vienen mal.
Pero más necesito otra cosa. Dime, dime.
Hice en vida la promesa de ir a San Andrés de Teixido.
Y no la cumplí.
Lo que necesito es que un cristiano vaya descalzo y peregrino
con un cirio a cumplir por mí.
¿Tú me harás este favor?
Pues yo bien iría, pero eh...
Pero es que soy el bandido de este bosque.
Y claro, apenas saliera a campo abierto, pues...
Pero si quieres que te encargue las misas.
Tampoco tú quieres ayudarme.
Si no es que no quiera, coño,
es que me echaría mano la Guardia Civil.
Aparte, ¿tú por qué no fuiste a San Andrés de Teixido?
¿Y encima vas a pedirme explicaciones?
No, no, solo era curiosidad. Y de verdad que lo siento,
porque si yo pudiera, de mil amores.
Disculpas, siempre disculpas.
(Mugidos)
-Buenos días.
-No creas, no, podían ser mejores.
Quita esas hierbas, quita esas hierbas, mujer.
-Buena cosecha vais a tener. -No te creas, no tanto.
-Pues ya veis, yo sin nada que hacer.
Bueno, si queréis que os eche una mano...
-Total, para lo que falta. -Buenos días nos dé Dios.
¿Sabrán ustedes dónde vive una mujer a la que llaman "La Moucha"?
-La bruja. -No va bien por aquí.
Tiene que dar la vuelta o atravesar el bosque.
Entonces, ¿no queréis que os ayude?
-Ya te he dicho, que para lo que falta...
-Venga, yo la acompaño. Iremos por el bosque.
(Tren)
¡Ja! Te agarré.
Yo no he hecho nada. Déjame. Quieto, quieto.
De manera que eras tú, ¿eh? No, es la primera vez.
Calla, embustero, calla.
Bueno, de hombre a hombre, ¿quieres que seamos amigos?
Bueno, eso depende.
Quédate con el pájaro. Y desde hoy cazamos a medias. ¿Eh?
¿Y qué tengo que hacer a cambio? Nada.
Bueno, sí, tienes que traerme tabaco.
¿El dinero? Ah, sí.
Toma. Que sea de cuarterón.
Y me traes también papel de fumar, y un mechero.
Ah, una cosa. Tú, en el estanco,
si está el cabo de la Guardia Civil, pasas de largo, ¿eh?
Y vuelves cuando él salga. ¿Comprendido?
¿Usted viene a consultar a la bruja?
(CHISTA)
¿Qué trae, cosas de comer, huevos? -No, no traigo nada.
Acompaña mucho cargar algo en la cabeza.
-La costumbre.
-Eso, si no traigo nada, no me dan gracia las caminatas.
Ya ve usted.
-Es mi madre. Seguro que no lleva ni una perra encima.
Ya lo veo, ya.
Pero la otra, la otra no parece de por aquí.
No, pero mira la cesta, vacía.
-¿Y cobrar, cobrará mucho?
-Cobrará, seguro, y caro.
Así compró una era y un trozo de monte el último invierno.
Y digo yo, ¿qué gastos tiene para hacerse pagar tanto?
Claro, que según dicen, la vida de las brujas es tremenda.
Saben todo lo que los espíritus malos inventan contra la ley de Dios.
No es de extrañar a algunas se las lleve el demonio.
-Uy, que el Señor nos libre de él.
-¿Y de qué es la consulta?
-Cuando la desgracia entra en una casa...
Teníamos dos cerdos y el más gordo se nos murió.
Y el otro va por el mismo camino, que ya no come ni se levanta
de la pocilga. -Ave María Purísima.
-El muerto andaba ya por las diez arrobas.
Y como ahora la ternera enfermó también...
Y por si fuera poca tanta desgracia en una casa,
el único niñito que tenemos y que era un rollo de manteca,
parece que se apaga como una luz sin aceite.
Por eso le he dicho a mi hombre: "Aquí anda una mala voluntad.
He de ir a esa meiga que dicen que acierta con todos los remedios".
-Veo una mujer.
Es joven y hermosa.
Esa, esa es. ¿Qué está haciendo?
Pero ¿tú qué te crees, que las cartas son como un catalejo?
Como has dicho que la estás viendo.
Es una manera de hablar.
La chica está triste.
Se acuerda de su tierra. ¿Y de mí?
Veo a un hombre.
Yo.
Veo muchos hombres.
Los de la ciudad, claro.
Pero ella, Hermelinda, ¿va a volver aquí?
Eso no lo dicen las cartas.
Pero con el libro de San Cipriano tú puedes hacer que vuelva.
¿Y cómo?
Como mande el libro.
A ver, retorno...
Retorno, retorno, retorno...
Aquí.
(LEE ENTRE DIENTES)
Ya está.
(Ladridos)
-Aquí está Marica da Fame. Trae a una mujer.
-¿Qué? ¿Cómo te encuentras?
-Mal. Anda, espera fuera.
-He traído a una de San Tirso de Mabegondo.
Y a mí me parece que tiene posibles.
-No sabéis ni lo que es la compasión.
Estoy con un pie en la fosa y no dejáis de venir.
Un día me encontraréis aquí tiesa como un palo.
-Lo quieres saber es lo que le vas a cobrar.
-Un duro por la consulta y otro duro por el remedio.
¿Lo pide? -¿Dos duros?
Dos duros. ¿Y a mí me darás algo por traerla?
-Algo te daré, Marica, algo te daré.
-Vamos. ¿No ves que está mala? Déjala en paz.
-Toma. No lo abras.
Si lo abres, perderá su virtud.
¿Y qué es?
Un escrito.
Todo lo que tienes que hacer ahora es juntarlo con algo
que haya tocado la carne de la mujer que quieres que vuelva.
Pero ella se llevó sus cosas.
La cama no, seguro.
Claro. Y... ¿Cuánto te debo?
Si no me muero antes, un día te llamaré
para que abras un pozo.
Ya arreglaremos cuentas entonces.
Coño, el alma en pena.
¡Eh, Fiz, ven a echar un trago, hombre!
No, si ya no bebo.
Sube, hombre, sube.
¿Y qué pasa, que no hay ningún cristiano
dispuesto a hacerte ese favor?
Todo lo que se les ocurre es echarme agua bendita.
Perdido me ponen.
¿Y a ti, cómo te va?
No me quejo, peor es arar.
Mira lo que le quité a un seminarista que iba para Betanzos.
Lástima que se le había acabado el tabaco.
De tener para fumar, yo no me cambiaba
ni por un maestro de escuela. Fíjate lo que te digo.
Hombre, ¿tú conoces a un chico que le dicen Fuco,
hijo de una que le llaman Marica la Fame?
No caigo. Pues es una pena.
Porque me gustaría que le metieras un susto de muerte
a ese sinvergüenza.
Nada, que le di un duro para tabaco y ha volado con el dinero.
(SUSPIRA)
¿Y por qué no cumpliste la promesa de ir a San Andrés de Teixido?
Hay tantas cosas que no se hacen en vida.
Tampoco me fui a América.
Con lo que me hubiera gustado emigrar y hacer fortuna.
Hombre, América está en todas partes.
Mira yo.
Tendrías que haber oído a mi abuelo hablar de Cuba.
De Cuba y de las cubanas.
Cuenta, cuenta.
Dulces como la miel, decía que eran.
Dulces como la miel.
¿A ti te gustaría ir a Cuba?
¿Y a quién no? Sobre todo por el tabaco.
Menudos puros se deben de fumar allí.
Y el ron.
¿Y el ron?
Fíjate lo que te digo, casi siento más no haber ido a Cuba
que haber dejado incumplida la promesa.
Hombre, eso tampoco, Fiz.
Malvís, ¿estás en casa?
Es un amigo. Mejor será que te vayas.
No sea que se asuste al verte. Como no está acostumbrado.
Tú comprendes, ¿no?
Me tienes que hacer un favor.
Baja a la aldea y en cuanto tengas ocasión,
entras en la casa de Juanita Arruallo y...
Y metes esto en la cama donde dormía Hermelinda.
¿Y esto qué es?
Un escrito de la Moucha para que haga volver a Hermelinda.
¿Por qué tengo que ser yo quien lo meta en su almohada?
¿No eres un bandido?
Pues los bandidos saben cómo entrar en las casas ajenas, ¿no?
Tú estás loco, ¿y el cabo de la Guardia Civil qué?
No sé, aprovecha cuando esté jugando al dominó.
Que no, que no, el día que asalte una casa será la del cura
y no la de Juanita Arruallo.
Y... ¿Y cómo me las apaño yo?
Ya creía que no venías.
-He tenido que darle friegas al ama.
No abuse, que si lo nota, me mata.
Qué manía con subirte al vagón.
Siempre pendiente de las conversaciones de los mayores.
-Me tiene que pagar, hoy es sábado. -Cómo se van las semanas.
-Y me ha dicho el ama que pregunte a ver si han visto a Hermelinda.
-¿Alguna ha visto a la sobrina de Juanita Arruallo?
-Yo la vi, y bien acompañada que iba.
-Para mí que esa ya se ha ido a América.
-Que no, que se va a casar con un boticario muy rico.
-¿No será que le va a poner un piso? -¿Queréis saber la verdad?
-Sí.
-Se ha hecho amiga de Manolita, la del Andévalo.
Buenos días.
No tengas miedo, que no voy a hacerte nada.
Tú eres hermana de Fuco, ¿no?
Toma.
¿Tú sabes por dónde anda tu hermano?
No sé, andar... Él siempre anda por aquí.
Andaba, andaba, andaba.
Bueno, yo tengo prisa.
Es que le di un duro para que me comprara tabaco
y no le he vuelto a ver el pelo.
Espera, que me tienes que hacer un favor.
Tú sabes quién soy yo, ¿no? Sí, señor, el bandido Fendetestas.
Eso es, sí, sí.
Pues le dices a tu hermano que o me devuelve el duro
o bajo a buscarle y le arranco las orejas.
¿Comprendido? Sí, señor.
Pues hala, a lo tuyo.
A ver si va a ser verdad que hay Dios.
Pilara.
Pilara, oye, yo...
Yo quería pedirte un favor. Jolines,
esta mañana todo el mundo me pide favores.
¿El qué dices? Nada, nada,
pero di lo que sea, rápido, que tengo mucho que hacer.
Verás, yo...
Yo era...
Yo era como si dijéramos...
Eso, el novio de Hermelinda.
Y, claro, como yo la...
Yo la... La quieres.
Eso.
Pues nada, que necesito que vuelva.
Pues dicen que la han visto con un boticario.
¿Quién ha dicho eso? Las repartidoras de la leche.
Pero si vas a hacer caso a todo lo que dicen...
Están siempre de broma.
Bueno, pero tú para qué quieres que vuelva.
Pues no sé.
O sea, para casarnos.
Porque nos casaríamos, digo yo.
Pero si vuelve, yo me quedaré sin trabajo.
No, eso no.
Vendría a mi casa,
porque una mujer casada vive con el marido.
Bueno, ¿qué favor te tengo que hacer?
Ah, sí.
¿Tú duermes en la cama donde dormía Hermelinda?
¿Dónde si no? Verás.
He ido a ver a la Moucha y me ha dado esto.
¿Eres tú, Pilara? -Sí, señora.
-Por fin. ¿Cobraste la semana?
-Aquí tiene.
-Yo me voy y no sé a qué hora volveré.
Tú arregla la casa.
Haz mi cama.
Friega los cacharros del desayuno.
¡Haz la colada!
¡Y cuando termines, vas al prado a por una carga de hierba!
¡Pilara!
Aquí falta un duro. ¿Tú contaste el dinero?
-Sí, señora. -¿Y estaba bien?
-Estaba. -Pues falta un duro.
-Pero si yo... -Tú has visto a tu madre,
has visto a tu madre y ella te lo ha pedido o te lo ha quitado.
-No, señora, no la vi.
Vi solo a Fendetes... -Has cruzado por el bosque.
Te tengo dicho que vayas por la carretera.
En el bosque anda el bandido y el fantasma.
-Es que por el bosque tardo menos y tengo más tiempo
para hacer las faenas de la casa. -Eso me pasa por ser buena.
¡Toma, imbécil!
Vas a acabar conmigo, condenada.
¿En qué día te metí en mi casa? ¡Mi ruina vas a ser!
Bueno, quiero la verdad.
¿El duro te lo quitó Fendetestas? -No, señora,
Fendetestas no me hizo nada, al contrario.
-Muy bien, en ese caso,
o lo has perdido o lo has escondido para quedártelo.
-¡Yo no lo escondí!
-Bien.
Si lo perdiste, ve a por ello,
y no vuelvas sin él, porque si no lo encuentras,
este mes no cobras tu sueldo.
¡Señor Fendetestas!
¡Señor Fendetestas!
Ah, eres tú, ¿eh? ¿Le diste el recado a tu hermano?
No, señor, todavía no le vi. Es que se me perdió un duro.
Ah.
Se pierden muchas cosas.
¿Usted lo vio?
¿Y qué debería ver yo, muchacha? El duro, mi duro.
Eh...
Bueno, verlo lo vi, lo llevaba una urraca en el pico.
Se me cayó cuando cogí la manzana, usted lo encontró.
Pero ¿cómo quieres que te lo diga? Yo no he visto tu duro.
Si lo perdiste, por ahí estará, búscalo.
Lo tiene usted.
¡No corra! ¿Dónde va usted? ¡Venga aquí!
Por favor, devuélvamelo, señor Fendetestas,
es mi sueldo del mes y si no me lo da, mi ama no me pagará.
Y mi madre me matará.
Usted no la conoce, señor Fendetestas.
Es mi duro, por lo que más quiera, démelo, señor Fendetestas.
Usted es tan bueno. No, no soy bueno, ¡me caso en Soria!
Yo soy un bandido.
¿No me dijiste que ya lo sabías?
Sí, pero eso no importa, el duro me lo puede devolver lo mismo.
Pero ¿cómo te lo voy a devolver?
Si te lo devuelvo, la gente me perdería el respeto.
Usted devuélvamelo, que yo no se lo diría a nadie.
No. ¡Espere, señor Fendetestas, espere!
Calla, puñetera, calla de una vez que te van a oír
desde el cuartel de la Guardia Civil.
Bueno, yo me callo, pero usted me da el duro.
Escucha, escucha, ya sé lo que vamos a hacer.
Tú te quedas con el duro que me quitó tu hermano
y asunto arreglado, ¿eh? No,
yo no tengo cuentas con mi hermano.
Pues a mí se me acabó la paciencia, o te quitas de mi vista
o el bandido Fendetestas... ¡Ay!
Pues entonces me oirán en la Guardia Civil.
¡Yo quiero mi duro! Calla,
toma tu duro y calla de una vez.
¿Qué va a ver? ¿Qué va a ver?
Malvís.
Malvís.
Hombre, Fiz, no son horas. Perdona, pero pasaba por aquí...
Pero si molesto... No, no, ya que me has despertado.
Además, quería hablar contigo.
Siéntate.
¿Qué? ¿De lo tuyo nada? Nada.
Se ha debido correr la voz de que ando penando
y ya ni me dejan explicarles el caso.
Apenas me ven, se santiguan
y salen arreando como si hubieran visto al diablo.
Ahí quería yo ir a parar.
Y eso que no me presento con las sábanas y las cadenas.
Es igual, el caso es que la gente ha cogido miedo.
Pues eso, pues que...
Evita pasar por el bosque.
Evita pasar por el bosque.
¿Tú me sigues? Te sigo.
Te sigo, ¿no te voy a seguir?
Si ya me veo penando hasta el Valle de Josafat.
¿Y no ves adónde quiero ir a parar?
Pues está muy claro, ¡me caso en Soria!
Si el personal no pasa por el bosque, ¿a quién robo yo?
Bueno, siempre puedes asaltar la casa del cura.
Eso se dice fácil,
pero hay que echarle muchas pelotas a la cosa, ¿eh?
¿Qué pasa, gasta escopeta? No es eso.
Es que cada vez que pienso que el cura me puede sorprender,
no sé...
Me da como grima.
¡Mierda de hierba!
Porque tú sigues sin tabaco, ¿verdad?
Y digo yo una cosa,
visto que los extraños no están dispuestos a ayudarte,
¿por qué no recurres a un pariente? Un pariente no se puede negar
a ir a San Andrés de Teixido por lejos que le pille.
Es que no nos llevamos muy bien. Entonces vete a penar a otro sitio.
Cualquiera diría que yo estoy donde no debo.
Todos los bosques tienen derecho a tener su aparecido, ¿o no?
¡Coño y su ladrón!
A este paso, como no te robe a ti la mortaja.
Si te pones así, más vale que me vaya.
No, perdona, hombre, si no es por ti.
Es que esto de no tener tabaco me pone de mala leche.
Perdonado.
(Música)
¿Y esa música?
Pero ¿tú en qué mundo vives?
Mañana es San Benito y están de vísperas.
¡Volvió!
Señora, señora, Hermelinda volvió.
-No ha tardado mucho, no.
Ahora va a saber quién soy yo.
Hola, tía.
Pero... ¿Qué pasa, no me conoce?
Pues aquí me tiene,
pero no se preocupe, vengo solo de visita.
Pero...
¿Es que te ha tocado la lotería? Me he colocado de doncella,
no de criada, y me dijo mi señora que me pondrá guantes blancos
para servir la mesa.
Y, por cierto, me trata como a una hija,
no como otras personas que yo me sé.
(Puerta)
Pero ¿estás alelada?
-Señora Juanita. -¿No oyes que llaman?
-Sí, señora. -No sabes cuánto me alegro.
-Dile que le traigo las pieles. -Una cosa.
Luego, cuando te vayas, buscas a Geraldo, el pocero,
el que tiene la pierna de hierro, y le dices que llegó Hermelinda.
¿Lo harás? -Si me das algo sí; si no, no.
¿Las medias? Tampoco me costaron nada.
Un hijo de la señora tiene un comercio.
Te podías haber acordado de mí y haberme traído algo.
-Que está aquí mi hermano. -Las pieles curtidas.
Cuatro. ¿Le hace falta más? -Creo que no.
Son para el abrigo que me haré este invierno.
Mi señora tiene uno precioso, de visón de llama,
mucho mejor que el topo. Uf, menuda diferencia.
Ha vuelto.
Súbeme.
Súbeme.
Súbeme.
¿Qué pasa? No sé,
que ha vuelto la sobrina de Juanita Arruallo.
Ha vuelto.
Ha vuelto.
¿Y el perro cómo funciona?
-Como no hemos tenido perro nunca. Por el día lo dejan aquí atado.
Por la noche lo sueltan para que haga la ronda.
De todos modos, por el bandido pueden estar tranquilas,
si se acerca, este, con el hambre atrasada que tiene
no deja ni los huesos.
En cambio, si se presenta el espectro ese que anda por ahí,
todo lo que no sea agua bendita no...
Por el amor de Dios, señor D'Abondo. -No nos asuste más de lo que estamos.
-Eres un caso, siempre de broma. -Broma o no broma,
todos saben que Fiz de Cotovelo no cumplió su promesa de ir
a San Andrés de Teixido. Bueno, y ahora nos vamos.
Javier, Rosina, venid. Pero el espectro, si viene...
-¿Qué nos puede hacer?
Depende del humor que tenga.
Girar en el aire, ulular,
tirar los cacharros al suelo, mover los muebles de sitio,
agitar las cadenas.
Lo peor sería que se apareciera la Santa Compaña.
Que no tendría nada de particular.
(Tormenta)
Parece que cambiará el tiempo.
Lo dicho, a su disposición.
Dios santo, pero ¿no serán todo supersticiones?
¿Y la Santa Compaña en qué consiste? Ya, ya se enterarán si viene.
No le hagan caso.
-Un fantasma ronda por ahí,
escondido en el bosque,
el Loco suelto y encima la Santa Compaña.
Estamos apañadas.
-Con lo bien que lo hemos pasado en San Sebastián.
-Este señor, D'Abondo, podría tener más formalidad.
-¿Será verdad que bromeaba? -Sí, pues no tendría gracia.
¿Qué, traes la ropa?
Agua bendita. ¿Y de dónde la sacamos? -¿Y cómo se usa?
-Pasa, guapa.
¿Tú sabes si venden agua bendita en la parroquia?
-Yo tengo aquí, en la parroquia.
Digo yo que habrá. Pues sí hay.
-Menos mal.
-¿Y no será poca cantidad? Porque si hay que rociar...
-Con una gotita de nada se puede hacer un cubo.
Mire, ya está.
-Mira qué cómodo. -Si es que en los pueblos...
-Oye, ¿y la Santa Compaña? -Eso, eso.
¿Tú sabes lo que es? -¿Cómo no lo voy a saber?
Si la vi hace un año.
-Cuenta, cuenta.
-Anda, y te damos de merendar chocolate
que te gusta tanto. Vamos a la cocina.
-Pues no lo debía de decir. -¿Por qué? ¿Es que está prohibido?
-Las ánimas no quieren.
-¿Qué ánimas ? No me asustes.
¿Las del purgatorio? -Qué ocurrencia.
Jesús, María y José.
-Cuenta, hija, cuenta.
-Son las almas de los muertos de la parroquia.
Salen del cementerio a media noche
y marchan en procesión por los campos.
Delante va un mortal, con la cruz alzada y el agua bendita.
Si se encuentran con una persona viva,
le da la cruz y queda libre, pero el que la recibe,
debe salir todas las noches de su vida con la Santa Compaña.
Y se pone amarillo y pierde las ganas de comer y de beber
y huele a cera.
-¿Y para qué salen las almas del cementerio?
-Eso digo yo. -Para anunciar la muerte a la gente
con un año de adelanto, dicen. -Pero tú...
-Tú estás viva.
-Claro, porque cuando yo vi a la Santa Compaña,
hice el disco de Salomón; además, mi madre me llevó a la bruja.
-¿A la bruja? Alabado sea Dios.
-La Moucha se llama y tiene mucho poder.
Hoy ha hecho volver de La Coruña a una
que había reñido con el novio.
Es que 10 duros son muchos duros.
Te los devolveré. Por estas, por estas que son cruces.
Pero digo una cosa.
¿No sería mejor que antes de meterte en gastos
hablaras con ella? No, no.
Lo primero es cambiarme la pierna por otra de mi medida
y que no haga ruido. Oye, oye.
Pero para el billete de tren no necesitas 10 duros.
Ya, pero si me dicen que no tengo derecho,
¿qué hago entonces?
Doy los 10 duros a cuenta y la pierna me la compro a plazos.
Venga, dámelos, los amigos son para las ocasiones, puñetas.
Es muy cómodo pedir, pero no sabes lo que me costó ganármelos.
Aparte, a lo peor hago mal prestándotelos.
Mira, Geraldo, que el buey suelto bien se lame.
El que pierde una mujer no sabe lo que...
Tú dámelos y déjate de refranes. No. Si te empeñas...
Mira que los amores entran riendo y salen llorando y gimiendo.
Y que mujer hermosa, niña e higueral muy malos son de guardar.
Y que el casamiento malo luego es concertado y...
Gracias.
¿Casarme yo?
¿Con quién?
Pues con él, con Geraldo el pocero, el que tiene una pierna de hierro.
¿No sois novios?
¿Geraldo y yo?
No digas tonterías.
¿Entonces?
¿Eso qué es?
Se lo dio la Moucha para que tú volvieras,
pero si no has vuelto a casarte con él,
¿a qué has venido? ¿A qué voy a venir?
A que mi tía se muera del berrinche viendo que ya no me puede tener
debajo del pie como si fuera una estera.
¿Y a ti cómo te trata?
Uf, aunque no me importa, porque cuando sea mayor,
yo también iré a La Coruña, pero no como tú,
a mí me daría mucha pena dejar la aldea para siempre.
(SUSPIRA) Una se acostumbra.
¿Sabes qué me gustaría? Ser repartidora de leche.
Iría con ellas todos los días.
Andaría por todas las calles.
Luego almorzaríamos todas juntas guiso de pescado
en una posada que van muchos arrieros y que está en una plaza
que se llama de Santa Catalina.
De manera que el cojo.
Bueno, hasta mañana, que tengo que madrugar.
Hermelinda.
¿Qué?
¿Me vas a quitar el trabajo?
Qué va.
Me alegro mucho de que hayas venido.
Eh, tú, mentiroso, ¿no me dijiste que eras novio de Hermelinda?
Bueno, novios, novios, lo que se dice novios, pues...
Pero ¿qué ha dicho?
Que cómo iba a venir para casarse contigo
si no sois novios.
Que ha venido porque le dio la gana, solo para dar envidia a su tía.
Y que mañana vuelve a La Coruña para siempre,
porque en La Coruña se puede vestir como una señorita,
porque el hijo de su ama que es muy bueno y tiene un comercio
le regala la ropa.
(Bocina)
No te apures, hombre, verás cómo encuentras a otra.
No me riña, que hoy me toca cobrar.
(HABLAN A LA VEZ)
-¿Es verdad que ha vuelto la sobrina de tu ama?
-Sí. -¿Y que va pintada como cupletista?
-Yo qué sé. -Nada,
que no me llegan los cambios para dártelo todo.
La gente se cree que una es el Banco de España.
Toma, el resto te lo daré mañana.
Oye, ¿y Hermelinda qué trabajo encontró en La Coruña?
-¿Y qué dirá la señora Juanita? No, démelo ahora.
-¿De qué tienes miedo? No creerá que te quedaste con el dinero.
-Sí, es lo que creerá. Mejor que me lo dé ahora.
Si no, me pegará.
-Pero ¿cómo quieres que te lo dé?
¿No te digo que no tengo más suelto? -Pídale a esas.
Yo sin la cuenta completa no me voy.
-A ver, ¿alguna tiene 55 céntimos sueltos?
No me has contestado. ¿Dónde ha dicho que trabaja?
-De doncella, con una señora... Deprisa, el tren se va.
-De doncella. -Deme, deme.
Oh, Señor, ¿qué hago yo ahora?
-Estate quieta. Ni se te ocurra.
Ten cuidado.
-Ni se te ocurra saltar.
(Llantos)
-Era como una hija para mí.
¿Qué pasó?
Pilara cayó del tren y se mató por cobrar la leche.
¿Qué me importaba a mí el dinero?
Para el resto de mis días me roerá el corazón.
El maldito dinero de Satanás.
Yo tuve la culpa de la desgracia. (LLORA)
-No diga eso.
¿Qué culpa tiene usted?
Estaba de Dios.
-Pobre hija mía, que era una santa.
Trabajaba como una mujer y nunca se quejaba.
Ya terminó de penar la pobre mía.
(Rezos)
Coño, mira quién llega.
A ver qué hace ese de Geraldo porque más a tiro
no la tendrá en su vida.
Anoche estábamos hablando las dos. Con lo que ella te quería.
Voy a verla.
(Tumulto)
Dios nos da, Dios nos quita.
-Esa es la mayor verdad.
-Sí, pero tener hijos para eso y colocada como estaba,
que con los tiempos que corren...
-Cada vez que me acuerdo de la pobre Olaya.
-¿Qué Olaya? -No, nada,
una del pueblo de mi marido.
Resulta que se le murió un hijo, el único que tenía,
la pobre vivió muchos años siempre pensando en él.
Cuando se murió, muy vieja y fue al cielo,
¿a que no sabéis qué hizo?
Se puso a buscarlo entre los serafines y querubines.
-Pero ¿eso cómo se supo? -Se supo y basta.
Ahora, si no queréis que lo cuente... -Mujer, sigue, no seas tonta.
-Nada, que como no encontró a su hijo,
preguntó por la puerta de salida del cielo.
"Mujer, ¿dónde vas a ir que estés mejor que en la Gloria?"
dijo San Pedro. Y ella entonces le contestó:
"Si no está aquí mi hijo, esto no puede ser el cielo".
Y se marchó.
(REZAN)
¿Dónde vas, hombre? Espera.
(Ranas y grillos)
¿Qué te pasa, estás enfadado conmigo?
¿Por qué iba a estarlo? No sé, como no me hablas...
Oye, yo ya he rezado una oración a la pobre Pilar,
pero es que los velatorios no los aguanto.
Sola no me atrevo,
pero si tú me acompañas me voy a casa.
Bueno.
(Chasquidos)
Me olvidé de ponerle aceite, si te da dentera...
Qué tonto eres.
(Lluvia)
Vaya por Dios.
Parece que se acabó el verano. ¿Quieres que nos volvamos?
No, si serán cuatro gotas.
No sé, no sé, mejor será que apretemos el paso.
Corre, nos resguardaremos en la casa de mi tía.
Pero estamos muy lejos.
No, si digo la que tiene a la salida del bosque. Anda, corre.
(Tormenta)
Gloria. -¿Sí?
-No cerraste las contraventanas. -Se me olvidó.
(Perro)
¿Ladrará por la tormenta?
-No andará a nadie por ahí afuera...
(Ruido)
Eso...
Eso no ha sido un trueno.
-Pero el perro ha dejado de ladrar.
¿Qué hace aquí este perro?
No sé, lo habrá robado mi tía para que cuide la casa.
A ver si podemos entrar por ahí. ¿Por ahí, dices?
Déjame un momento.
(Ruido)
Ya, ya están aquí.
-¿Quién?
-Coge el agua bendita.
-Cógela tú.
Cuidado, que yo con la pierna...
(Golpes)
Padre nuestro, que estás...
¿Y qué tal por La Coruña?
Bien.
Vaya ya se me ha hecho una carrera.
Menudos bailes debe haber.
En La Coruña, digo.
Hombre, sí.
Pero no como los de aquí.
¿De verdad?
Como los de aquí no existen.
Ven aquí.
(Golpes)
Santa María, madre de Dios...
Cuando me fui, en el apeadero, ¿qué es lo que me decías?
No me acuerdo.
Además, como ya tienes novio...
¿Novio yo?
Sí, el hijo de tu ama, el del comercio.
Hombre, tanto como novio...
Le gusto, eso sí.
Dice que me quiere poner un piso.
Y...
¿Y tú?
¿Y yo?
¿Yo qué quieres que haga?
Anda, ven.
Déjate de preguntas.
El Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, amén.
-No se oye nada.
-¿Se habrán ido?
(Golpes)
-Quieren tirar el techo.
-Que Dios nos coja confesadas.
(Golpes y jadeos)
(REZAN)
(Golpes y jadeos)
(Golpes y jadeos)
(REZAN)
Buenos días, ¿cómo así tan tempraneras?
-Solo es para despedirnos.
-Agradecerles las atenciones que han tenido.
-Pero nos vamos. -De manera que...
-Gracias por todo. -Si vienen a Madrid...
-Nuestra dirección.
-¿No habían alquilado la casa para dos meses?
Buenos días.
Buenos días.
Sí, pero nos vamos.
-Ni siquiera vamos a esperar el tren,
hemos pedido el taxi a La Coruña. -¿Qué pasa?
-¿Ha ocurrido algo?
-Algo atroz, no hemos pegado ojo.
-Toda la noche rezando.
-Gentes andando sobre nuestras cabezas.
-Golpes espantosos. -Arrastrar de cadenas.
-Y la puerta del patio arrancada de cuajo.
¿De qué están hablando?
El perro... si te he visto, no me acuerdo.
-Y el agua bendita en la carabina de Ambrosio.
-Bueno, sí, ha habido una tormenta, pero...
-¿Tormenta? Las tormentas no lanzan gemidos.
-¿Pero quién gemía? -El alma en pena.
-La santa compaña. -Ay.
-Y aullaban, un aullido que ponía los pelos de punta.
-Ah, ah, Ah... Horrible.
(RÍE) Vaya par de neurasténicas.
(Llantos)
(Campanas)
(Campanas y llantos)
Pobre Pilar.
Me caso en Soria.
Oremus...
(REZAN)
(REZAN)
(Llantos)
Gerardo, tengo que coger el tren.
A mí me gustaría quedarme, pero...
Adiós.
Adiós, hija mía.
La que nunca un disgusto me dio.
Dios premie el pan que te comiste y el bien que me hiciste.
-Adiós y pide a nuestro Señor por los que quedamos por aquí.
-Pilar, cuando te encuentres con mi difunto,
dile que voy sacando adelante a nuestros hijos.
-Que sepa mi padre que partimos las tierras como él quería.
-A mi hermano le das este recado:
que se nos murió la vaca y que el pedrisco nos dejó sin maíz.
-Pilar, tienes que decirle a mi madre
que la hija pequeña se me quedó preñada,
pero que ya se casó.
-Bueno, bueno, ya basta, cada uno lo suyo.
Que ya piensa el Señor en lo de todos.
Fortaleza, criatura,
el Cuerpo y yo te damos un pésame muy sincero.
Y tú, Marica resignación, mucha resignación.
Y no pases pena por esa santa, que ya está en el cielo.
En cambio tú, a ver cuándo se te ve el pelo por la iglesia.
-Marica, la hicieron las señoras con sus manos.
-¿Se la ponemos encima?
Vámonos, madre.
-Marica, tú sabes quién soy yo, ¿verdad?
-Don Manolito, el del teléfono. "Ring, ring".
-Ese.
Bueno, mira, toma, toma.
Y que no se enteren mis hermanos.
Anda, se ha cagado.
¿Qué hacemos? Lo mejor sería matarla y ponerla para cenar.
Si la dejamos viva y resulta que no es buena ponedora...
-Yo sé lo que vamos hacer con la gallina.
La gallina se la llevo a la moucha.
-¿A la bruja?
¿Entonces no se puede hacer nada?
-Volveré mañana, pero es mejor que llames al cura.
La veo mal, la veo muy mal.
Rubia.
Rubia, rubia, hala.
Perdiste el viaje, ya oíste al médico.
-No, si no venía a consultarle,
es que le traía esta gallina para el caldo.
-Ni gloria bendita le admite ya su cuerpo.
Pero se te agradece lo mismo.
-No, he de dársela yo. -Como quieras.
Si le haces compañía un rato podré darle de comer a las bestias.
-Descuida, haz lo que tengas que hacer.
Nada, que visitar a los enfermos es una obra de misericordia,
me he dicho.
¿Y por qué no vas a ver a la Moucha
y de paso le llevas una buena gallina para el caldo?
Toca, hija, mira qué mantecas tiene.
-Para gallinas estoy yo.
Tengo un perro en el estómago, no me deja vivir.
-No, si ya sé que estás muy mal, se ha corrido por la aldea.
Además, he oído lo que ha dicho el médico,
ha dicho que lo tuyo no se cura.
Cuándo llegado nuestra hora, Moucha, nada podemos hacer para retrasarla.
Mira mi pobre hija.
Yo bien que lo siento porque sabes que te aprecio.
Además, da no sé qué pensar que se va a perder tu negocio.
Por que tu hermana, como es medio monja, no sirve.
Y menudo negocio, duro la consulta y otro duro por el remedio.
Por eso he pensado que ya que te vas a morir, Moucha,
¿por qué no me dejas a mí de bruja de la aldea?
Mira, solo tienes que explicarme cómo se hace,
las palabras que dices y eso del libro de San Ciprián.
Tú todo eso no te lo puedes llevar al otro mundo
y a mí me arreglará la vida, porque muerta mi Pilar,
que era quien me ayudaba... ¿Cómo voy a vivir, si no?
Mira, Moucha, si te da reparo decirme que hay que ver al diablo
y hablar con él, como dicen, pues no te preocupes,
que a mí no me da miedo el diablo.
A mí lo que me da miedo es el hambre, ¿me oyes?
-Déjame. -Moucha.
Mírame, por el amor de Dios.
Enséñame el oficio, que yo ya no sirvo para trabajar
y no sé lo que será de mí este invierno.
Haz lo que quieras, pero tu ciencia no te la llevarás contigo;
en cambio, yo mi gallina me la llevo.
Como no llueva pronto,
a ver cómo se va a sembrar.
La otra noche, mucha tormenta;
pero agua, poca.
Mal...
Mal veo las cosas.
Que decía yo que mal...
Mal van las cosas.
Peor las veo yo.
¿Y a ti qué más te da que llueva o deje de llover?
Tú no tienes que sembrar.
Si cuando no había muertes ya nadie se atrevía a atravesar
el bosque a solas, imagínate ahora.
Ya he oído que sacramentaron a la Moucha.
¿Y no has oído que te echan la culpa a ti?
¿A mí? Sí.
Dicen que te vieron rondando la casa de Juanita Arruallo y de la bruja.
No. Eso es cosa de la Santa Compaña.
(BALBUCEA)
¿La...? ¿La...?
¿La Santa Compaña?
¿No me crees?
Yo lo único que creo
es que contigo zanqueando por aquí voy a la ruina.
Ven.
¿Qué? Mira.
¡Dios me salve!
¡Qué es la Santa Compaña!
Es. ¡Y vienen hacia aquí!
No.
Va hacia el mar.
No hay obstáculo para ella.
La vuelta al mundo podría dar si quisiera.
Pues si esos van al mar,
siguiendo todo derecho como los vapores,
llegarán a América.
Ahora será la zafra en Cuba. Buena ocasión de ver aquello, ¿eh?
Se trabajará de firme en los campos de caña,
se ganarán jornales, se beberá buen ron...
Y bien que moverán el traste las cubanas, dulces como la miel,
bailando el danzón.
Ya me gustaría verlo.
Y a mí, Malvís. Claro.
Y a mí. Claro.
¿No te dije que he muerto con la pena de no haber conocido Cuba?
Claro.
Mi abuelo decía... No, deja al abuelo.
Yo, que tú, sobre todo, no teniendo que pagar el pasaje,
me unía a ellos.
Sí, porque no haber ido a San Andrés de Teixido...
Yo no digo que esté bien, no,
pero no haber estado en América, pudiendo...
¡Hombre!
¡Hombre!
Eso clama al cielo, Fiz.
También es verdad. Claro.
Y no pagando el billete...
Mejor será que te des prisa, no sea que los pierdas.
Adiós, Malvís.
Buena suerte, Fiz.
-Luego, tocas al rosario y lo rezas vaya o no vaya nadie a la iglesia.
Cuando termines, cierras y le llevas la llave al ama.
-Descuide. -¿Qué te pasa,
que pareces un conejo asustado? -No sé por qué
no le hemos hecho caso al ama. Con lo bien que se va al tren
por la carretera. Son ganas de tentar al demonio.
Y ya lo dijo el Santo Padre: "Quien ama el peligro,
perecerá en él". -No seas borrico.
Eso no lo dijo el Papa. Y no tengas miedo
de ese mequetrefe de Malvís. ¡Eh, Malvís!
Si me estás oyendo, ¿por qué no sales
y hablamos de hombre a hombre, Fendetestas del carajo?
-No le provoque, que es peor.
-Que asome y verás cómo le tundo los lomos a ese perillán.
Bueno, a lo que íbamos.
Mañana, tú y el ama hacéis una limpieza a fondo.
Altar, imágenes, púlpito, verjas,
lámparas, bancos... Lo quiero todo como los chorros del oro
Ah, y el confesionario lo sacas a la calle y que se airee,
que huele que apesta. A propósito de confesionario...
Si alguien va a confesar, que tenga paciencia.
En cuanto despache la visita con el señor obispo...
Se va. El cura se va y deja al ama sola.
-Venga. ¡Venga!
¡Ay!
-Si yo me hice sacristán porque no sirvo para estas cosas.
-Venga. ¿Cómo no vas a servir? Además, no estando el cura...
Ahora te tomas un vino y ya verás cómo te entona.
-El vino a estas horas de la madrugada... No sé yo si...
-Bueno, pero por lo menos sabrás lo que tienes que hacer, digo yo.
(TOSE)
-Saber, sí, pero mal.
Ya le digo que nunca he tenido afición.
No voy a una iglesia desde chico.
-Ya, pero hay cosas que no son cuestión de afición,
sino de necesidad. ¿Me entiendes?
(TOSE)
Anda, vamos al establo.
-No me empuje, mujer. -¡Anda!
-Que no empuje, señora Josefa.
-Acércate.
No pongas esa cara de asco. -Que yo no sirvo.
Me está entrando un sudor frío espantoso.
-Pero ¿qué sudor frío?
-Mira. ¡Mira!
-Que no quiero. Que no quiero verlo.
-Bueno, vamos a ver, ¿eres un hombre o un alfeñique?
-Un alfeñique. Un alfeñique.
-También el cura... Pudo retrasar su visita al obispo,
sabiendo que iba a parir de un día a otro.
(MUGE) Y date prisa.
Como nos descuidemos, sale el becerro.
-Habría que... Habría que ayudarla.
Pero venga, hombre.
-Oye, ¿y si dejamos que obre la naturaleza?
No, no. -No, eso no,
que se pueden desgraciar el animal y la cría
y luego me desgraciarían a mí. -¡Ay!
-Que Dios me ayude.
¡No! ¡Alto ahí! ¡Alto ahí! ¡Las manos quietas!
Así no, que vas a matar al hijo y a la madre, puñetero.
-¡Virgen Santísima!
No se asuste. Déjeme a mí.
Tranquila, hermosa.
Buena raza tienes, ¿eh?
Verás que tendrás un becerro
que será el pasmo de todas las ferias.
Seguro que lo criarás muy bien.
Sí, sí, sí.
Porque seguro que debes dar un mar de leche, ¿verdad?
Si fueras mía, te iba a tener como una reina.
Bueno, vamos a ver.
Despierta y aprende.
(Mugido)
Empuja.
Empuja, que esto está hecho.
Vamos.
Vamos. Un poquito más.
Ya.
Empuja un poquito más.
Ahí.
(Mugido)
Diablo de hombre.
-Alabado sea Dios.
Bueno.
Bueno.
El cielo.
Se ha ganado usted el cielo, señor Fendetestas.
-Y que lo digas.
Y ahora se va a sentar aquí y se va a tomar una copita
de este orujo que hacen especial para el señor cura.
Muchas gracias.
Lo que hay que hacer es una bolsa para colgársela a la vaca al cuello,
que hay que meter dentro nueve granos de sal,
nueve dientes de ajo y nueve hojas de torvisco.
¿Y para qué? -Para librarla de los meigallos.
Exacto.
La leche es muy pegadiza para el mal de ojo.
Pero eso son brujerías.
Pero si funcionan...
¿No tienes un cigarrito?
-No, no lo gasto.
Vaya por Dios, hombre.
-¿Le da igual un puro?
¿Un puro? ¿Ha dicho "un puro"?
¡Y Farias!
-Tenga, tenga.
Esto es vida.
-¿Le gusta?
¡Hombre!
¡Hombre!
Pues tenga, todos para usted.
¿Todos?
Usted...
Usted es mi madre, señora.
¡Alto! ¡Me caso en Soria!
No amueles.
¿Qué te pasa, hombre?
¿Todavía estás pensando en la pájara pinta?
Si solo fuera eso...
Es el pozo de Noguerol. Lo contraté a un tanto fijo
pensando que encontraría agua a 2 m y ya llevo cavados 34.
Baja, hombre, que no te voy a hacer nada.
Hoy estoy de buenas. Lo pasado, pasado.
Te perdono el duro. ¿De verdad?
Por estas.
Te dije que trabajar no trae cuenta.
En cambio, mira yo.
Pero ¿te has atrevido a robar en el estanco?
Y esto no es nada. Puros, aguardiente, lacón...
De nada me va a faltar, porque en cuanto se corra la voz
de que ya no hay fantasma en el bosque...
¿Y dónde ha ido?
No, que me estaba estropeando el negocio y lo mandé a América.
Bueno, no nos hagas perder más tiempo.
Anda, vámonos.
Señor Fendetestas. Dime, hijo.
¿Usted no necesita un aprendiz?
Pues, hombre, no me vendría mal ahora que voy a tener tanto trabajo.
Geraldo.
Geraldo, que le digo una cosa.
Que a mí eso de los pozos...
O sea, que me quedo con el señor Fendetestas,
que me gusta más su oficio. Por fuerza.
¿Y qué dirá tu madre?
-Buenos días. Buenos días.
Anda.
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