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Original subtitles

SIMBAD EL MARINO

Señores, nobles personas, hermanos,

sabed que en tiempos del califa

Harún–Al–Rashid, vivía en las doradas

costas de Persia un aventurero llamado

Simbad el Marino. Extraños y

asombrosos eran los relatos que contaban

acerca de él y de sus viajes.

¿Pero quién le dio la inmortalidad?

¿Quién más que todos los otros hijos de

Alá, dio gloria al nombre de Simbad?

¿Qué otro hermano?

Simbad el Marino.

Conocedme por la verdad de mis

palabras y las orejas del profeta.

Todo lo que sale por mi boca, es verdad.

Allí, en una isla remota, vi un objeto

redondeado, blanco como el mármol, tan

alto como una montaña. Era un

huevo de aquel pájaro gigante que

conocemos como Rukh.

En aquel instante, un batir de alas tan

grandes que el cielo quedó oculto.

Estoy a merced del gran Rukh.

Soy tan sólo un gusano al lado de

...aquel monstruo.

¿Había llegado mi hora?

Me quedé inmóvil.

¿Me atenazaría con su enorme pico?

¿Me engulliría a través de su larga

garganta? ¿Quedaría sepultado para

siempre en sus siniestras entrañas?

No. Maravilla del destino. Milagro de

la maternidad. Rukh, hermanos míos, había

acudido tan sólo a empollar.

Y tú te aferraste a la pata de ese

monstruo volador, que te trajo de

nuevo, sano y salvo a tu patria.

Cierto.

Ese es el relato de tu segundo viaje.

Nos lo has contado decenas de veces.

Que tus 7 viajes se han multiplicado,

igual que el eco en las montañas.

Son viajes demasiado fantásticos.

¡No pueden ser de otro modo!

Porque Simbad es fantástico. Viajero,

aventurero, gran marino, visir

honorario del rey de Wak. Embajador de

la corte de Samarkanda y primer

dignatario del llamado rey de reyes

el Califa de Bagdad.

¿Eso es todo?

¿No os parece suficiente para un

sencillo marino que empezó desde lo más

bajo?

Aún hay más.

Tengo tantos títulos y glorias que se me

olvidan. Pero no ocurre así con uno

de ellos. Príncipe de Deryabar.

– ¿Deryabar? – Eso no existe.

Jamás oí hablar de él.

Deryabar. La isla de la montaña y la

estrella. Admirad el medallón de Deryabar

Es el mismo que una vez colgó del cuello

de Alejandro Magno.

Tú que sabes, lee las mágicas palabras

que configuran la historia de los

creyentes. El octavo mes, el viento era

favorable. Ninguno sabéis de mi octavo

viaje porque acabo de regresar.

¿Quieres que te asombre con él?

Sí, Simbad.

– ¿Y tú, amigo? – Sí.

El octavo mes de un año ya muy lejano,

un gran conquistador condujo sus barcos,

portadores de un tesoro, hacia una

isla secreta.

Nuestros historiadores le

llaman Alejandro Magno el Macedonio.

En tierras del remoto Oriente,

al otro lado del Índico, vivía, como

sabéis, un poderoso Emir señor de Daibul

que padecía la enfermedad de muchos

gobernantes. El poder le entristecía

Pero, si encontrase el oro de Alejandro,

¿cuántos reinos podrían ser suyos?

Eso le obsesionaba. En el espejo de su

ambición, no se veía a si mismo, sino la

cara de una mujer que vivía por aquel

tiempo en Basora. En esta misma ciudad

Una mujer con dos caras. La suya y la

que se reflejaba en el espejo.

De haberlas conocido sabríais como yo iba

a saber, que si el Emir era un gran

gobernante para ella, se debía tan

sólo a que hasta entonces, no había

conocido a otro más importante.

Pero permitid que sea indulgente con

las flaquezas de una mujer. Sólo los

hombres de este relato me disgustan.

Había un curioso personaje, Melik,

que recurría a los sabios para conocer

el paradero del tesoro de Alejandro.

Ni siquiera soñaba con las caricias de

las doncellas.

Su corazón era frío y su meta elevada.

Sólo tener la tierra entre sus brazos.

Nadie puede enumerar los muchos hombres

obsesionados por conocer ese secreto.

Aunque yo quisiera hablaros de uno, sin

forma ni sustancia.

Un espíritu maléfico que se conoce como

Jamal y que saqueó el camarote.

Jamal, sin rostro ni forma, como un genio

invisible abordo de un barco

predestinado a morir en una tempestad.

A menos que la mano de Alá hiciese

intervenir a Simbad el Marino y a su

viejo amigo Abbu.

¡Mira!

Corre, o se esfumará el premio por el

salvamento.

¿Cómo se llama?

Príncipe Ahmed.

Una nave preciosa.

Demasiado para morir

Mantenla rumbo a Basora.

El mar de Oman.

La verdadera ruta seguida por

Alejandro el Macedonio.

Nos pertenece según la ley del mar.

Están fijando la amarra.

Nuestros sueños se harán realidad.

Lo venderemos por una fortuna.

Compraremos una manada de camellos.

Volveremos a tierra firme para siempre.

Vigila que no suban los saqueadores.

No debes temer nada. Dije que estaba

endemoniada. Que la habitaban los

espíritus y que cada tabla de la nave

apestaba al genio del mal.

¿Y si es cierto?

Alguien envenenó el agua, eso es todo.

Sí, eso es todo.

Pero, la venderemos pronto, ¿verdad?

Simbad.

Simbad.

¿Por qué dices Simbad de ese modo?

El destino, el Príncipe Ahmed,

el sello real, fue mío antes que mi

memoria. El destino. ¡El destino!

– Príncipe Ahmed. – ¿Estás seguro?

No.

No.

Pero el mapa nos lo aclarará.

Estudiando la ruta de...

– ¿Qué mapa? – Estaba aquí.

Y todos han muerto. Alguien subió abordo

¿Viste bien ese mapa?

No, yo sólo recuerdo una palabra.

Deryabar.

¡Deryabar!

¡Allí está el tesoro de Alejandro!

Conozco esa fábula. No existe ese mapa.

Simbad, vendamos esta nave.

Piénsalo, camellos, caravanas,

significa mucho para mí.

Quizá signifique más para mí.

Escuchad la palabra de Hassan–Ben–Hassan

pueblo del puerto de Basora.

Ordeno que se venda en pública subasta

la nave del salvamento Príncipe

Ahmed.

¡Empieza la subasta!

Ha ordenado subastar nuestra nave.

Pájaro de mal agüero. ¿No sabes

graznar otra cosa?

¿Sabrías pregonar algo más provechoso?

He vendido la casa de un derviche por

30 mil dinares. Mis graznidos son

mejores que esta nave.

Iré a Bagdad. Me quejaré al Califa.

– Tú, tú... – ¿Yo, qué?

Tú.

La ley del mar nos la otorga.

La ley ha cambiado.

Imposible, nadie puede.

Yo puedo. Y lo hice.

Era una ley miserable para tan

hermosa nave.

¡Cómo te...

Salam, Kan de Basora

Salam.

Tu reacción me conmueve. Alienta mi

generosidad. Te concederé un quinto

de la subasta. – ¿Un quinto?

Por Alá, esas ropas que llevas, ¿no son

de la nave?

Acepta mis condiciones o haré

que os monden a los dos como una naranja

Generoso Kan, ¿y si nadie pujase por

esta misteriosa nave?

Entonces serviría para llevar vuestros

famélicos cuerpos lejos de Basora.

Si nadie pujase por ella, te la daría

como mercancía sin valor.

Que Alá os engorde.

¿Cómo no van a pujar?

¡Príncipe Ahmed, una nave real con un

nombre real! Construida con

maderas perfumadas y tan firme como una

montaña desde el mástil hasta la

quilla. Cinco...

Cinco mil fardos no llenarían su bodega.

¿Quién hace la primera oferta?

¿Quién dice diez mil dinares?

¿Quién ofrece diez mil por esta nave

que vale más que el mismísimo oro?

Vale muchísimo más.

Sólo 10 mil dinares por este barco que

podría rivalizar con un palacio.

Ofendedme con vuestras ofertas.

Con esta nave, os ofrezco la

posibilidad de alcanzar en el mar

glorias que nadie antes...

¿Qué ocurre?

¿No pujáis? ¿Desde cuándo Basora

rechaza una ganga? Venid, acercaos.

Admirad una nave digna de los dioses

Mercaderes de Basora ¿Sois hombres cultos

o seguís sumidos en las profundas

tinieblas de la ignorancia? No.

Habéis heredado la sabiduría de

nuestros antepasados Sin duda, en la

supersticiosa Zafa, no comprarían esta

magnífica nave. Pero vosotros sí. Porque

vosotros no creéis en maldiciones ni en

misteriosos encantamientos.

La gente de Zafa todavía cree en

supersticiones. – No, no.

Yo, como vosotros, me río del temor de

esos pobres ignorantes.

Acercaos.

¿Acaso una pobre pestilencia puede

hacer menos navegable esta nave?

¿Acaso perdió su valor cuando Satanás

la emponzoñó con su soplido?

Yo no lo creo, hermanos.

Yo, que he visto las caras hinchadas de

sus muertos, no tengo miedo.

Porque es lo que yo digo, un hombre

fuerte puede echar a los demonios y hasta

tal vez, sobrevivir.

Haced vuestras ofertas. ¿Quién será

el primero?

Hombres valerosos, ¿dónde estáis? Pujad

Quedaos, no os vayáis, amigos.

Ponedle precio vosotros. ¿5.000?

¿3.000? ¿No ofrecéis nada?

Nada.

¿Nada?

¡Nada!

Ni siquiera un modesto camello,

eres un pésimo vendedor.

Iremos a ver al Kan y se la reclamaremos

¿Cómo conseguiremos que se haga a la

mar? Para eso se necesita dinero.

¿Has perdido la fe en Simbad?

¡Nadie puja! ¿Nadie ofrece por esta nave

ni siquiera mil dinares?

– ¡Sólo mil dinares! – Mil dinares.

¿Mil dinares? ¿He oído mil dinares?

¡Qué voz tan maravillosa!

¡Oh, no, no, no!

Es la voz de un ángel. No digas no.

Necesito ese barco.

– Dos mil. – Tres mil.

¿Tres mil? ¿He oído tres mil?

¿Eres sordo? Lo ha dicho bien claro.

Véndesela a ella. ¿A qué estás esperando?

En los negocios no existe la prisa.

Cuatro mil.

Cinco mil.

Seis mil.

Reconoce que no puedes superarlo.

Diez mil dinares.

Once mil.

¿No tienes nada que hacer en tu casa?

¿Te crees un ser superior?

¿Y tu amado esposo? ¿No tienes niños que

cuidar? Echarán de menos a su madre.

Ofrezco quince mil dinares.

Dieciséis mil.

Como vuelvas a abrir la boca,

te arrepentirás.

¿Te has propuesto arruinarme?

Dieciocho mil dinares.

Veinte mil. ¿Qué es lo que quieres, las

joyas del mascarón o las telas de seda?

Vete y te lo enviaré

Lo único que quiero es un hombre

El Príncipe Ahmed.

Tú no puedes darme ese sueño.

O tal vez, sí, Alteza.

¿Alteza?

¿No eres el Príncipe de Deryabar?

Sí, sí claro.

¿Quién da más de veinte mil? Espero.

Lárgate de mi vista, farsante.

Veintiuna mil, bella dama, ¿qué dices?

Por favor, ofréceselos.

La pasión convierte los sueños en verdad

¿Los príncipes también sueñan?

En navegar por tus ojos.

Aguas estancadas.

Mares de gozo.

Aún no me despiertes La suave brisa del

amanecer se abre paso a tu corazón.

Una dama daría un toque especial a tu

lado. Pondría dulces y licor en tu mesa.

Nada como tú. Mi barco es tu barco.

Debo regresar a mi casa en la calle de

las tres lunas.

En ella hay una torre, hasta un

ciego sería capaz de encontrarla.

Todos los días a las seis me siento en mi

jardín a meditar.

A las seis, interrumpiré tu

meditación. – Hasta esta noche,

mi príncipe. – Hasta esta noche.

¡Seguid!

¡Mi príncipe! Esto es la ruina.

Adjudicado.

Adjudicado por 20 mil dinares a Simbad

Hay que adelantar una cantidad como

prueba de buena fe.

Aunque a ti, te exijo todo el dinero

¿Perdón?

La nave que acabas de adquirir.

Si no pagas, no hay título de propiedad.

¡Ah, dinero!

Dame 20 mil dinares.

¿Cómo? ¿Qué te de veinte mil qué?

Venga, págale.

Págale o no vuelvas a hablarme.

Hace un momento he visto cómo contabas

el dinero, así que no me engañes.

Igual que viste ese mapa que no existía.

Pues vete.

¿Te referías a este dinero?

– Claro. – Qué estúpido soy.

Y que lo digas.

Basta, esto es más de lo acordado.

Es igual, tenemos mucho.

– Todo para ti. – Gracias.

Ya está.

Con el sello del Kan La nave es tuya.

Cuánta generosidad.

Es lo justo, tú me vendes mi propio

barco y yo te pago con tu propia moneda

Que buen negocio he hecho

¿Por qué no viene? Si se demora más,

no encontrará a nadie.

Al emir no le importará esperar

si mi señora le lleva el secreto de

Deryabar.

¿Cómo le arrancaré ese secreto si es

el hombre más rico del mundo?

Quizá mi señora malogre su juventud

con el emir.

Quizá.

Quizá, quizá.

Eres un insolente. Vete con tu malvado

amo. ¡Márchate!

¿Te gusta tu príncipe?

Tal vez resulta demasiado ostentoso.

Más bien parece un mercader de sedas

que un príncipe.

¿Te traerá un hermoso regalo?

Es la costumbre.

¿Y por qué he de contarle a nuestro

emir lo que le sonsaque de Deryabar

Si consiguiese arrancarle el

secreto al príncipe Ahmed, poseería la

llave de las llaves. Y sería reina entre

las reinas.

Alguien se acerca.

Por favor, Simbad, olvídalo.

Tiene que embarcar con nosotros.

Ella cree que eres muy rico.

No creo que eso sea un problema.

Si sabe algo del tesoro de Alejandro

y consigo que me lo diga, compraremos

diez mil barcos y veinte mil camellos.

Gran señor de diez mil barcos, una

limosna para este ciego.

Poderoso dueño de navíos y caravanas.

Que se os caiga hecha pedazos

una mano tan avarienta.

Alá te bendiga.

¡Peligro!

– ¿Al sur? – Al sur.

¿Por dónde está el sur? Por allí.

Ven, por aquí está el sur.

– ¿Príncipe Ahmed? – Sí.

– ¿Vienes solo? – Es lo más prudente

¿Me dirás quién eres?

Alteza, soy Shireen de Bagdad, séptima

hija del jeque Sheik Alí de Kurdistan.

Por Alá, ¿tu padre ese endemoniado

bebedor de sangre?

No necesitas llevar velo de novia.

¡Cuánta belleza!

Un príncipe con modales de marinero.

El velo se aparta con más delicadeza,

si quién lo hace es su dueño.

Yo no soy dueño de estas manos porque

te pertenecen.

Unas manos vacías.

Ahora, nada tienen que ofrecer, cierto,

pero pronto te colmarán de dones

más preciados que los diamantes y las

perlas de Daibul.

¿Daibul? ¿Qué sabes tú?

Sé todo lo que pasa, no preguntes por qué

Lo mismo que un mercader de sedas.

Lo mismo que un príncipe que conoce

los puertos y las islas del mar.

¿Vendrás conmigo?

¿Adónde? ¿Qué rumbo vas a seguir?

Iremos a Deryabar y tú marcarás el rumbo.

¿El príncipe de Deryabar no conoce

el rumbo que lleva a su país?

¿O es que eres un farsante?

Bella desconfiada, abrumado por tu

belleza me sentí impulsado a usar

palabras demasiado galantes.

No te faltan palabras bonitas,

pero dudo que seas dueño de tu piel.

Bella mía, escúchame

Aunque podría dártelo todo, quiero

que hable mi corazón

¿Algún hombre te regaló una rosa?

Nunca como prueba de amor.

¿Y nadie te dijo que el oro es un terrón

de tierra y las joyas simples

guijarros? ¿Y que el rocío que envuelve

cada amanecer, une a los enamorados?

Mi princesa.

Un príncipe y una princesa deberían

vivir en un palacio.

En uno tan alto como el paraíso.

Iluminado por las estrellas.

¿No quieres venir a comprobarlo?

En el mar la soledad es maravillosa si la

comparten dos. La niebla embriaga.

Y el sol deslumbra tanto como tú.

Sería un sueño.

– ¿Embarcarás? – No lo sé.

En un barco extraño, con un príncipe

extraño.

Que hará que esa rosa no se marchite.

Tengo que pensarlo.

Jamás entenderías a cuánto debería

renunciar. Nada para alguien que lo tiene

todo y sólo le mueve el amor a la vida.

No. Tengo demasiados defectos.

¿Defectos?

Eres perfecta.

Egoísta, codiciosa.

No.

Te lo suplico, aparta tus ojos de

mí. Zarpa en tu nave y olvídate de mí.

¿A quién has ordenado que vigile?

A nadie. Te esperaba sola. Vacié la casa

porque me iba. – ¿A Daibul?

¿Daibul?

¿Qué rostro vi en la ventana?

¿Rostro? No lo sé.

¡Jamal! ¡Jamal!

¡Jamal!

Tú eres el pajarraco de la calle de las

tres lunas, ¿verdad? Has sido muy listo

al venir con Abbu, llamado 'Brazo de

hierro'. Pero esto no es un jardín, y

pronto aprenderás quién es el amo.

¿Adónde, capitán? ¿Qué rumbo tomamos?

No sé la razón, pero la dama de la calle

de las tres lunas, auguró grandes males

si levábamos anclas.

¿Por qué no me lo dijiste antes?

En alta mar debes poner rumbo a Daibul

¿A esas aguas de tiburones?

Todas la naves huyen de allí.

El emir de Daibul vive de los

abordajes.

La he buscado por todos los rincones

de Basora. Tal vez en Daibul vuelva a

encontrarla.

¿Y qué pinto yo en esta aventura?

Nosotros lo compartimos todo.

Gracias, puedes quedarte con mi

parte, si se refiere a cuchillos afilados

Esto reafirma mi creencia de que ella

sabe algo.

Aquel que intente apoderarse del

tesoro, tendrá que matar al príncipe

heredero. – ¿Príncipe?

¿Heredero? Te has creído tus mentiras.

Esa es la ventaja de no conocerse a si

mismo, que puedes elegir.

Ser hijo del rey de Deryabar es como ser

hijo del califa.

Y al encontrarla a ella, podría

encontrarme a mí mismo.

Además del tesoro de Alejandro.

¡Jamal! ¡Jamal!

¡Jamal! ¿Qué aspecto tiene ese Jamal!

¡Ya te dije que no le vi!

Podría ser cualquiera de esos.

Sí, es una tripulación muy

sospechosa.

¿De dónde son?

De la lonja de contratación.

¿No bebiste antes?

La excitación me ha dejado el paladar

como un desierto.

Necesitaremos mucha agua hasta llegar a

Daibul.

¿A quién consideras menos útil?

Al barbero. Está ahí sentado mientras los

otros trabajan.

Y en el castillo de popa.

¿Encuentras cómodo este lugar?

Sí, muy cómodo.

¿Te apetece un trago?

Mi capitán es gentil

Y mi barbero parece un príncipe.

Te traeré un cuenco de agua todas las

mañanas antes de beber yo.

Tanta consideración me trae bellos

recuerdos. Yo no siempre fui barbero.

Cuando la rueda de la fortuna me era

favorable fui médico de grandes reyes.

Entonces, busca un remedio para el agua

envenenada.

¡Barco a babor!

Una nave armada.

Su espolón parece el colmillo de un tigre

En esa torre pueden llevar el fuego de

los griegos.

Nos alcanzará antes de que nos enteremos

¿Puedes distinguir su estandarte?

Cuando te hable tu capitán, contesta.

No lleva ninguna enseña, capitán.

Todos los barcos deben llevarla, es

la ley del mar.

No hay ley cuando impera la fuerza.

¡Jamal!

¿No deseáis seguirle, Alteza?

No, de momento, no. Mantén este rumbo.

Procurando no aproximarnos.

Si intentan regresar se lo impediremos.

Pronto necesitarán provisiones y agua.

Y sólo podrán atracar en Daibul.

¡Jamal!

¿Qué malos vientos te alejaron de casa?

Bienvenido.

Alteza.

Aléjate de mi espada

Debes estar a mi izquierda.

¿No teméis que me siente a vuestra

derecha? – ¿Temer?

Tú eres mi mano derecha, la que

conserva todos los secretos de Persia.

Mientras la izquierda gloria del

Islam anhela los reinos de la india.

Permanece cerca de mí y juntos

dominaremos el mundo

¿Por qué ambicionáis más poder, mi señor?

El hombre más feliz que he conocido

es tan sólo un simple vagabundo.

Ama los barcos y las estrellas.

Su sola compañía te hace feliz.

¿Quién es ese hombre?

¿Por qué quiere saberlo el hombre

más poderoso de todo el Islam?

Porque noto que has cambiado.

No olvides que tu sosiego es lo que te

hace apetecible.

¿Sosiego, Alteza? No hablaríais así, si

hubieseis conquistado mis

colinas curdas. Mi padre os habría

adornado con una máscara de muerte.

Te prefiero aliada. Aunque fracasases

al comprar la nave con su mapa.

¿O tal vez querías cazar al Príncipe

Ahmed, para ponerlo a mis pies?

¿Lo intuís o me habéis espiado?

Qué Alá me libre, no desconfío de ti.

Tu corazón nevado es una garantía.

¿También cuando llegue la primavera?

En un colina de flores, en mi

querida Daibul, tejen la túnica de

una reina. Decide tú si deseas ponértela.

Y si es que sí, mi palacio será un

paraíso.

¿Yo una reina?

La mar está en calma

Te traerá dulces sueños.

El viento es suave.

Es primavera, ¿no?

Sí.

Eres inmune al agua del barco, ¿eh?

Así es, unas cuantas gotas de elixir de

eterna juventud y mi espíritu baila como

un oso amaestrado. ¿Quién crees que

querría envenenar el agua del barco?

– Yamal. – Capitán...

¿puedo tocar madera para protegerme?

¿Qué haces?

¡Ah! ¿Eso? Es un conjuro esotérico

de los infieles occidentales.

Me lo enseñó un derviche que conocí.

Me cobró 10 dinares y me garantizó una

absoluta eficacia.

No me vendría mal. ¿Quién era ese tipo?

Yo mismo, capitán.

He tenido muchas vocaciones

y todas buenas.

Médico, derviche. ¿Eres mejor barbero?

¿Qué sabes de Jamal?

Yo volvía de Calcuta en un barco,

yo era embajador, un incompetente,

tenía credenciales, lo que no impedía

que fuese borrachín, debilidad que había

adquirido cuando fui un notable mercader

de vinos. Notable como catador, claro.

Cuando desperté de mi embriaguez, toda

la tripulación había muerto víctima del

agua envenenada.

¿Jamal?

Sólo él podía urdir algo tan diabólico.

El Emir de Daibul reconoce que una vez

Jamal se burló públicamente de él.

Sus enviados, Jamal no actúa en persona,

le vendieron cuatro mapas, según los

cuales lograría el tesoro de Alejandro.

Otra vez, cuando llega la noche,

estuvo a punto de cortarse con el filo

de un katar que apareció junto a sus

costillas.

Un katar como el suyo.

Si pudiese confiar en alguien aquí.

Podrías confiar en mí, si no fuese tan

torpe.

Barbero, eres un filósofo.

¿Qué dicen las estrellas del

Príncipe Ahmed?

¿Del Príncipe Ahmed? Dicen que es posible

que alguien le envía al paraíso, antes de

alcanzar sus sueños.

¿Por qué? Dicen que es muy brillante.

Sin duda, pero su vanidad le sentencia

a muerte. Parte de su vida, se disfrazó

de marinero.

Nadie vio dos veces el medallón de su

pecho. Un buen día, se vistió como un

príncipe, infeliz, se desvaneció su

secreto.

¿Cometió un error?

Sí. No se comportó como el hijo del

sabio Aga de Deryabar, que

descubrió la isla de Alejandro

y que sabía que el tesoro era la muerte

Ocultó a su hijo entre la multitud,

como un grano de trigo en un silo.

Pero apareció en Aga un punto débil,

el amor por su hijo. Y esta nave que

envió a buscarle.

Aga es demasiado confiado, capitán.

Existe tanta maldad.

Ningún mortal resistiría la

tentación de conseguir un

talismán, un emblema de grandeza que le

diese poder.

Aceptadme, Alteza

como fiel servidor.

¿Sabes guardar un secreto como tu

vida?

Mi vida ya os pertenece, Príncipe

Ahmed.

Pareces un hombre muy prudente,

Abd–el–Melik.

Y un buen consejero. No vayáis a Daibul.

¡Daibul!

– Daibul. – Lo sé, lo sé.

Pajarraco espía, traidor y embustero.

Tu alma no vale ni un grano de alpiste.

Capitán.

Mire.

Debió de adelantarnos anoche.

¡Qué maravilla!

Tanto como peligrosa

Hubieses sido mejor zarpar rumbo Egipto.

Allí te embalsaman para la eternidad.

Tonterías, no parece belicosa.

Esa nave podía haber acabado con nosotros

hace mucho tiempo.

¡Mantenla a barlovento!

Atracaremos.

Aquí reina la abundancia.

¿Puedo comerciar con esos sacos?

No contienen habichuelas, sino

guijarros para lastre.

¿Qué? ¡¿Qué?!

Lo sustituiremos por el tesoro de

Deryabar. Si es que encuentro a esa

mujer y ella conoce la ruta.

Ya. Siempre 'si es qué'.

Cuando la luna esté sobre el ciprés,

zarparemos. Prometo traerte un

cargamento de sabiduría.

Por el profeta, que tú serás mi guía.

Y sois libre de seguirle, señor,

pero no tenéis alas para volver.

Os lo suplico, no vayáis a palacio.

No me supliques. Suplica por mí.

¡Capitán! ¡Capitán!

Oíd, tripulación del Príncipe Ahmed.

Por este decreto requisamos el barco.

Autorizado y sellado por el alto

mandatario de Daibul.

Traigo orden de custodiar al capitán

de esta nave. ¿Dónde está?

Hablad, ¿dónde está?

¡Shireen!

¡Oh, Shireen!

Te dije que la encontraría.

La ventana del serrallo. No

deberíamos mirar.

Vamos, aún estamos a tiempo.

Podría entrar ahí con habilidad.

O con astucia.

Háblame de esa nave del puerto.

Si fueses la mitad de locuaz de lo que

presumes ser.

Pueblo de Daibul, escucha.

Su Alteza sublime, tiene a bien

permitiros ver como se ajusticia a un

gran pecador. Cometió el terrible

delito de poner sus impuros ojos, sobre

las mujeres sin velo que habitan en el

serrallo. El Emir de Daibul de nacimiento

puro. Sacad provecho de este acto, para

bien de vuestras almas.

Por hacer menos de lo que tú pretendes,

perderá la cabeza.

Mira al frente, la cabeza, el pecho.

¿Te he asignado yo esta puerta?

No lo sé, señor, hay tantos señores.

A cualquier cosa llaman señores.

Te pondré a prueba. ¿Cuántos guardias

hay ahí?

En el primer patio hay ocho.

– No, dentro. – Dentro está el...

acceso al serrallo y la guardia es

doble, señor. – Gracias.

Haré que te asciendan por sagaz.

¡No, no!

¡Vuelve!

¿Quién tiene que volver?

Es mi amigo Simbad, le matarán.

¡Lárgate, estúpido!

No te preocupes, mi ama, ningún

guardia entrará si no damos la alarma.

Alá es paciente, si no, no lo soportaría

Parece mágico.

¿Es el que te prometió el Emir?

Para la primera flor de Oriente.

Con las escrituras, el ceremonial y la

dote. Aquella que se lo ponga, poseerá

el vestido y el vestido a ella.

Y junto a él, al Emir de Daibul.

Es un privilegio. ¡Cuántas mujeres te

envidiarían!

Sólo aquellas que no hayan amado.

Este vestido es demasiado pesado.

¡Pero, mi ama!

Trae uno más sencillo y vaporoso.

Sin joyas y cósele una rosa.

¿Una rosa, señora?

La rosa que te dio un príncipe no debe

ser olvidada.

Confieso que siento celos de esa rosa.

¡Ahmed!

Simplemente un fantasma, mi amada.

Surgió de la calle de las tres lunas.

No debiste entrar aquí, márchate.

Márchate enseguida.

Pirouze, llama a los guardias.

Llámalos.

No. Cuando le descubran le

cortarán la cabeza.

No permitas que lo hagan.

No temas nada, no lo dice en serio, ya

oíste la devoción que me profesa.

Sí.

¿Por qué? Es una locura.

¿Por qué la abeja se posa en una flor

metal? Porque no puede resistirse a

su belleza.

Hablas de flores que no existen.

¿No trataron de matarme en tu casa?

Ignoraba que hubiese alguien.

¡Palabras!

Si hubiera empuñado yo la daga, estarías

muerto.

Dicen que Jamal nunca yerra.

No sé quien es. Nunca le he visto.

Si yo pudiese...

Oh, luz ardiente, te creo porque creo en

todo lo fantástico.

En el viento mágico que me trajo aquí.

En el misterioso velo que te hace más

enigmática que las flores.

Y en tu deseo de ir a Deryabar.

Esperemos a que anochezca y entonces

Conozco un pasadizo.

Está muy cerca de mis aposentos.

No. Esto es un sueño imposible.

No hay nada imposible para quien

robó un huevo del nido de Rukh.

Para quien le sacó un ojo a un cíclope

y jugó con los monstruos del mar.

– Por favor, vete. – Pero no solo.

Tus ojos me dicen lo contrario.

Embárcate conmigo.

Ven.

¿Tendré que poner a tus pies una

alfombra mágica?

Vete antes de que te encuentren.

Tú me obligas a esto

¡Suéltame! Sólo eres un hombre vulgar.

No tanto como para morder el cebo que

se oculta tras tu belleza.

Ven, tendrás cuánto ansías.

Te daré todo el oro que ambiciones.

Entonces, muéstrame ese pasadizo.

¡Eres una arpía!

¿Quién eres?

Un amigo de lo ajeno, mi amo.

¿Ladrón?

¿O asesino?

¿No serás tú Jamal?

¿Yo Jamal?

Este katar es mío, alguien lo robó.

Un arma fiel, Alteza

Vuelve a vos igual que un perro perdido

Has violado nuestras reglas.

Tanto el hombre como la mujer infiel,

serán castigados.

¿Cuál de ellas te trajo aquí?

Sería una bajeza insinuar que alguien

os traicionó.

¿A quién tratas de proteger? Dímelo.

Dejad que haga memoria.

Fue la delgada o la pelirroja.

Te obstinas en ir sólo a la muerte.

Alá juzgará a su debido tiempo.

Yo soy su humilde servidor, su

despachador de órdenes, su ejecutor

Haré que comprendas lo simple y efímera

que es la vida.

Alteza.

¿El Príncipe Ahmed?

Sí, ¿eso os complace?

Supongo que tu presencia se debe a

mi invitación.

¿Qué invitación?

Como huésped de mi palacio. Te envíe

una escolta militar.

Ah, esa escolta.

Disculpa si mis modales de vagabundo

alteraron el protocolo.

Alguien me habló de un simple vagabundo

que ama los barcos y las estrellas.

Estar junto a él da felicidad.

Cuán cierto es que la llama de la

felicidad prende inesperadamente.

Amada mía, el paraíso estaba aquí

y no lo sabía.

Quizá no conocías a tu mano derecha.

Tú serás mi invitado de honor.

Celebraremos la noche de las noches.

¿La noche de las...

En ese caso me place ser tu satélite,

planeta de Oriente.

Te doy las gracias por ensalzar las

glorias de Daibul.

Insignificantes comparadas con

Deryabar.

¡Cuántas veces contemplé esa

maravillosa nave en los puertos del

mundo en busca del Príncipe de Deryabar

Y al fin, nos hemos encontrado.

Sí. Y el tesoro de la amistad, espero.

Cualquier tesoro de mi palacio es tuyo.

¿Cuál deseas?

Aquella.

Es tuya, Ahmed.

Regalar es el mayor de los placeres.

Compartir es lo que más hermana.

Es cierto.

¿Cómo pagar el gozo de esta visita?

Invitándome a tu palacio.

Viajaré contigo a Deryabar.

Es un viaje excesivamente largo.

Para la amistad no hay distancias.

Creedme, allí estaba yo, en la gruta del

infame cíclope de Comari.

Quien me examinó y me encontró tan

enjuto, que antes de engullirme decidió

cebarme preparándome un banquete.

Sus secuaces, más numerosos que las

moscas, no se separaban de mí.

Saboreé los manjares

Y la hurí que le acompañaba

me acariciaba con sus miradas.

Su sola presencia me daba ánimos para

seguir viviendo.

Cada mirada de amor me daba más fuerza.

¡Benditas sean las mujeres!

Alteza, es un embustero.

No hables así de un invitado.

Mi situación era desesperada.

Y entonces recordé la magia que me

enseñó el genio de Aladino.

Su lámpara era única

¡Y qué gran sabiduría!

No hay magia mayor que la que es hija

del saber.

Pido tu indulgencia.

Una rosa...

...en manos de la rosa de Bagdad.

¿Cómo conseguiste escapar de Comari?

Vas a saberlo enseguida.

La haré desaparecer con gran dolor de mi

corazón. Fíjate porque mi humilde

truco podría interesarte para

llenar tu ocio. Esto burló a aquel

cíclope asesino.

Esta lámpara no es tan diferente de la

de Aladino. Él decía que sólo la suya

tenía poderes. ¡Sólo la suya!

Cualquier lámpara puede servirnos.

Y el frotar la mano contra el bronce,

es una engañifa. El secreto está en

soplarle a la llama. Así.

¡Uno!

¡Dos!

¡Tres!

¡Más!

¡Más!

¡Basta ya de magias!

¿Qué ocurre?

¿Dónde está ella?

¡Inútiles, os haré azotar! ¿Y Ahmed?

Yo llegué a tener la merced de mi sable,

señor, pero... – ¿Qué?

Mi sable salió volando.

– Y el mío. – Alteza, mirad.

Es muy listo, pero no infalible.

Quiero que dobléis la guardia.

¡Por Alá! ¡Por Alá!

Muchas gracias, Yusuf, por conseguir

que la guardia se dedicase a rezar.

¡Yusuf, que Alá te bendiga!

¡Qué gran tripulación!

¿Qué rumbo, Capitán?

Que nos lleve el viento.

– ¡A barlovento! – ¡A toda vela!

Ya habéis oído

El monzón nos es favorable, Simbad.

Sí, durante el octavo mes siempre

es favorable.

Esa es la leyenda de este medallón.

¡Es el octavo mes!

Mira, el viento nos lleva hacia esa

estrella. La misma que hay pintada aquí

¿Seguimos vivos?

Tu cabeza está vendada.

Puede que eso estimule su inútil y

desaprovechado contenido.

Debí suponer que estabas borracho.

No, sólo intentaba servirte. He estado

en casa de Hassan, el famoso dibujante

de mapas. Pensé que encontraría una

copia del mapa de tu barco.

Se dice que lo robó Jamal, que es peor

que el diablo.

Sí, lo robaron la noche del salvamento

¿Sabes una cosa? Cuando abandonaste

el barco en Daibul, yo le vi.

¿Qué? ¿A quién? Dime a quién viste.

No te excites. Vi entrar en casa de

Hassan, una figura enorme.

Procuraba ocultar su rostro.

Y un katar, idéntico al tuyo, asomaba por

su capa. – ¿Viste a Jamal?

Sigue siendo un hombre sin rostro.

Yo atisbé por la celosía, sin más luz

que la de la luna, y vi que allí había un

mapa. Sobre el cual, el katar de Jamal

trazaba una línea desde Daibul hasta

el lejano Deryabar. – ¿Deryabar?

¿Viste el mapa? ¿Qué es lo que viste?

Brevemente. De pronto, mi cuello

quedó aprisionado por la celosía y

alguien empezó a golpearme en la

cabeza sin piedad. Por eso llevo esta

vergonzosa chichonera.

Testimonio de mi lealtad e ineficacia

Y has olvidado todo lo que viste, ¿no?

Sí, pero seguid el rumbo que os fijé

No. No podemos fiar nada a tu memoria.

Yo tengo la solución para ir a Deryabar.

¿Cuál es?

La más hermosa de las flores del Emir.

– No. ¿Dónde está? – En mi camarote.

¡Espera! ¡Espera, mi Príncipe!

Este barco está sentenciado.

¡No cierres la puerta!

¿Piensas que soy tu prisionera?

Debería atravesarte el corazón.

Pudiste hacerlo.

Pero jamás lo harías.

Porque soy tu Príncipe.

El Emir no te lo perdonará, te

ahorcará. No confíes en tu suerte.

Calma fierecilla. Cálmate.

Te he traído para compartir un tesoro.

– ¿Qué? – Un gran tesoro.

Bueno...

No habrás tomado en serio mis palabras.

Pude haber gritado cuando me raptaste,

¿verdad? ¿Y lo hice?

No, no gritaste. Y sabré corresponder.

Con la precisión de un orfebre, dividiré

en dos la isla de Deryabar.

La mitad será para ti

si respondes a una simple pregunta.

¿Dónde está Deryabar?

– ¿Dónde qué? – Aproximadamente.

¿Tú no lo sabes?

¿Por qué crees que te lo pregunto?

¿Dónde está la isla de Deryabar?

¿Por qué iba a saberlo?

El Emir dijo que iría a visitarme.

Dímelo.

Él tampoco lo sabe. Quiere sonsacártelo.

Cree que el mapa está en esta nave.

Durante años ha saqueado las costas

y las islas del Índico. Todas menos

Deryabar. No ha sido capaz de encontrar

la presa más grande. Por eso me envió a

pujar por la nave. Por eso te siguió a

distancia desde Basora. Por eso no

acabó contigo en su palacio de Daibul.

Él cree que conoces la ruta de Deryabar.

¡Maldita sea!

¿Quién eres? ¿La mentira en persona?

Simple y llanamente.

Soy un marino llamado Simbad.

¿Simbad?

No hay más Dios que Alá, ni más marino

que Simbad. Pobre soñador.

¿Tú eres Simbad?

He oído relatos maravillosos de ti.

Hasta en mis colinas curdas, los viajeros

hablaban de Simbad.

Sí, mucho antes de oír hablar del

Príncipe Ahmed, ya conocía los

fantásticos viajes de Simbad el Marino.

Una isla y una montaña coronada por

la estrella del sur.

La isla de Deryabar.

– Simbad. – Simbad.

¿Y si toda mi vida he llevado un mapa

colgado del cuello?

¿Y si este medallón fuese en si mismo...

¿Y si fuese el mapa de Deryabar?

¿Y si no hubiese existido nunca?

¿Y si fuese verdad que lo único que

amas es un barco y las estrellas?

¿Si la única verdad estuviese en el

espíritu de tus relatos?

¿Y si no hubiese maravillas?

¿Y si Alá jamás hubiese dicho: Esto

es plata, esto es oro, eres pobre, ve

en pos de ello? ¿Y si todo lo que

alienta la vida, no estuviese más allá

del mar?

Quizá seríamos más felices.

Alá nunca dijo tal cosa.

Tú y yo somos simples mortales.

No lo toques.

Ocúltalo, puede significar tu muerte

Que se quede con Deryabar el primero

que lo encuentre. Nos basta la vida.

¡Deja el medallón!

Ya sé por qué no gritaste.

Lo teníais planeado tú y el Emir.

Distraerme mientras él iba a Deryabar.

– ¡Déjame en paz! – ¡Espera!

La paloma inocente, cautiva de un ser

perverso y obligada a la maldad.

Sentía pena por tu futuro.

Pero envidiaba tu presente. Confié en

el azar. Todavía no sé si gané o perdí.

Si te pusiese en un plato de la balanza

para comparar tu peso con el precio

que pagué por esta nave,

¿subirías o bajarías?

¡Maldito!

Déjame ir, abre la puerta.

No está cerrada.

¿Entonces?

¿Tú qué crees?

¡Espera! ¡Espera!

¡No malgastes el fuego!

Quiero capturarlos vivos.

¡Rumbo a la niebla!

– Más deprisa – Reforzad los remos

¡Reforzad los remos!

¿Qué pretendes? ¿Hundir un barco con

una flecha? – No, señor.

Mi blanco es el timonel, si se

retrasa un poco, quizá alcancemos la

niebla. Deseadme suerte.

¿Cómo lo has hecho?

Apuntando a todos menos al timonel.

– ¡Kabur! – Se está alejando.

El infortunio no dura eternamente.

Debéis confiar en mí. Os dije que esa

mujer nos traería problemas.

¿Me escucharéis ahora?

No tengo elección.

Le indicaré el rumbo al timonel.

¿Y quién vigilará la tripulación?

Todo hombre que les haga señales,

acabará en el mar.

O toda mujer.

A esa enciérrala.

Que Alá bendiga a nuestro infiltrado.

¡Capitán!

Esto lo pagarás caro

¡Simbad!

¡Cerdo, traidor!

Son pocos hombres, necesitamos más.

Sólo los que eligió su Alteza.

Tú ya fuiste remero, ¿verdad?

Si rompiste las cadenas, en este

barco te será imposible.

¡Llevadle al banco y a ese por la borda!

Celebro que hayas desarmado al mago.

Actúa de forma imprevisible, pero

hay otras cosas que aún no me explico.

El jardinero y la rosa.

¿El mapa de la nave? ¿Y el medallón?

¿Cómo esperáis que os sirva vuestra

mano derecha si la habéis cortado?

Pudiste ser la flor preferida de mi

jardín y no lo aprovechaste.

A menos que pueda probaros, que si me

dejé raptar fue por vos.

¿Por qué creéis que corrí ese riesgo?

¿Para admirar el cielo estrellado con

ese loco? ¿O para hallar la isla

para vos?

¿Encontraste el mapa?

En la nave no había ninguno. El Príncipe

Ahmed no conoce la ruta de Deryabar.

¿Qué?

Sin embargo, tiene un cautivo, un

barbero que dice conocerla.

Si mi señor pudiese ponerse al cuello el

medallón de Alejandro, el rey de

Deryabar os abriría la cámara del tesoro

porque seríais su hijo recuperado.

Eso ya se me había ocurrido a mí.

¿De veras, señor?

Tomad.

Ponéoslo.

Tu inteligencia y tu belleza aún me sirve

¿Y tu corazón?

¿Tengo corazón?

Tal vez uno muy pequeño.

El Príncipe Ahmed ya no nos es de ninguna

utilidad. Dejadlo en tierra pronto.

¿Por qué no tirarlo al fondo del mar?

Le desprecio, ¿no es suficiente?

No lo sé. No lo sé.

Encontraré el modo de saberlo.

Hasta ese momento

sigues siendo la luna de mis noches.

Esa luna te costará más que un vestido.

No me peguéis más. Basta.

¡Ay, mis pies!

¡Soltadme!

Alteza, jura conocer la ruta de Deryabar,

pero no nos la dice. Creo que nos mintió

para poder librarse de los remos.

Oh, luz de Daibul, conozco la ruta,

pero no puedo pensar con claridad en esta

posición. – Bajadle los pies.

Es un charlatán. Dudo que sepa algo.

Lo suficiente para conduciros allí.

Un gusano ávido de poder.

Entre un millar de islas, todas iguales

¿sabríais elegir la que es?

¿Dónde está? ¿Este, Oeste, Norte, Sur?

¿Tan cerca como deseáis? ¿O tan

lejos como suponéis?

No. Vos nunca encontraríais la

isla de Deryabar sin la ayuda del

Príncipe Ahmed y la mía.

¡Traedle aquí!

Abd–El, te nombro gran visir del reino

de Deryabar.

No puedes conceder títulos porque ya

no existes. Al palacio de tu padre

acudirá un nuevo Príncipe Ahmed.

Shireen.

Te felicito por la fidelidad de tus

mujeres.

La premiaré a medida de su fidelidad.

Igual que a ti si me demostrases devoción

¿Qué? No. No merezco ese honor.

Tu insolencia es igual que tu ironía.

Tendrás la agonía que te mereces.

Penosa y lenta. Esa mujer reclama la

mitad de Deryabar. Pero debe demostrar

que lo merece. Y eso lo sabré cuando vea

como te torturan lentamente y...

¡No! Sería inútil que me torturases.

Tu lengua te delataría como falso

Príncipe de Deryabar

¿Puedes nombrar el día de la luna y

la luna del año en que mi padre me

colocó ese medallón?

¿A cuántos antepasados de mi

padre puedes nombrar?

¿Puedes recitar de memoria los títulos

de mi madre? Y los ojos azules de Ahmed

Y la cicatriz de la tercera costilla.

– No la tengo – Pero la tendrás.

¡Quietos! No os mováis o la luz de

Daibul desaparecerá. El medallón.

Estúpidos, le habéis dejado armado.

Estaba inconsciente y no vimos armas.

El medallón.

¿Dónde estaba este katar?

Se lo quité a él.

– ¡Jamal! – ¡Jamal!

Sí, Jamal.

Compartiremos el tesoro,

lo queráis o no.

Esta farsa ya no es necesaria.

Sí, yo envenené el agua para conseguir

un mapa que ya no existe.

Excepto aquí.

Criatura infernal.

Muy blanca es tu ropa, carnicero de

Daibul, pero no tu alma.

Nos necesitaremos los unos a los otros

Tienes un barco y yo el saber.

Pero encontrar Deryabar no

significa lograr el tesoro.

El gran Aga sólo se lo entregará a su

hijo. Estuve tentado a destruir cuanto

pudiese competir conmigo por el

tesoro imperial. A Ahmed y a ti, Emir.

Le ataqué en un jardín de Basora

y en el último instante, cuando mi

cuchillo pudo seccionarle la

garganta, mi pensamiento se paró.

Quedan muchos misterios por

desvelar para mí.

Eres juicioso, Príncipe Ahmed.

– ¿Lo serás tú? – Sin duda.

Mientras nos necesitemos.

Por supuesto.

Hassan, el cartógrafo y otros

hombres sabios me dieron excelentes

consejos. Me avisaron del peligro

de las corrientes de estas aguas y de las

playas de esa isla.

– ¿Qué isla? – ¿Qué isla?

Deryabar.

Deryabar.

Esta visita beneficiará a los

fabricantes de ataúdes.

¿Qué será de tu padre?

¿Quién lo sabe? ¿Ha de importarme? Es un

desconocido.

Pero el tesoro hará que nos amemos.

Y no intentéis separarnos.

¿Quién llamó reino a estas ruinas?

¡Señor, el palacio de Alejandro!

El palacio de Alejandro. Hermosa

tumba para padre e hijo.

Antes debemos conocer el secreto.

¡Reina! ¿Reina de esto?

De pasados esplendores.

Hemos llegado mil años tarde.

Bienvenidos.

– ¿Aga de Deryabar? – Así parece.

El gobernante de la nada.

Rey de la leyenda, príncipe de las

estrellas, planeta del cielo del sur.

Tu hijo ha venido por fin, a la gloria

de tu corte.

– ¿Mi hijo? – Ahmed, tu hijo.

¿Te falla la memoria?

La memoria ha sido mi vida.

La memoria y la esperanza.

¡El medallón de Deryabar!

Desearía que fueses mi hijo.

Muy pronto lo sabré, así como los

sentimientos que te han traído.

Es un buen hijo, Aga A menudo, manifestó

su afecto por ti. En tu ausencia yo he

sido un segundo padre para él.

Sufrimos calamidades La nave se hundió y

nos rescató este gran señor del norte

Benditos sean los vientos que os han

traído a Deryabar. Mi casa es vuestra.

Mi casa con todo lo que contiene.

Mi padre es generoso o habla el lenguaje

de las parábolas.

Mi hijo, por lo que veo, tiene mucho que

aprender de lenguajes.

Admirado Aga, ¿por qué no le instruiste

en las alfas y omegas de los

secretos dorados? Eso lo comprendería

en cualquier lengua.

Muy bien. Os lo revelaré...

¡Espera!

Quizá prefieras compartir el secreto

con la sangre de tu carne, a solas.

¿Por qué razón?

Ellos no me comprenderán.

Y tú tampoco. Si dijese que todos los

tesoros yacen aquí, o aquí.

O en los mares azules, o en las

tierras verdes, o en unos ojos brillantes

Una bella viajera rescatada de los

piratas por tu hijo. Pensamos que aquí

encontraría refugio.

Un buen refugio, yo mismo la protegeré.

De vez en cuando vienen merodeadores,

aunque sus barcos desaparecen

envueltos por la niebla.

Y ellos también desaparecen, se

matan entre si.

Mi padre es un sabio

Es fácil predecir qué harán los

hombres por el oro. Lo sé perfectamente

desde el día que encontré un antiguo

cofre con el mapa y el medallón de

Alejandro. Pronto se difundió la noticia

de mi hallazgo. Mi hijo, quizá no

recuerde cómo, con su pequeña mano en

la mía, huimos de los despiadados

brazos que querían secuestrarle.

Eran muy astutos. Revelaría el secreto

si la vida de mi hijo dependiera de

ellos. La muerte era extraña para mí

y maté para salvar a mi hijo.

¿Haría tu hijo lo mismo por ti?

Estoy convencido.

Sí, entonces le llevaba yo de la

mano y ahora sé que su fuerte mano me

llevaría a mí. Hace mucho tiempo, para

salvar su vida, le oculté en el barco

de unos amigos. Yo seguí la ruta que me

llevaría a Deryabar. Y un día venturoso

divisé esta isla.

¿Qué encontraste aquí?

Encontré la felicidad perdida,

una felicidad tan espontánea, tan

libre, tan simple que no la aprecié

cuando la tuve. Encontré amenazas

por la leyenda del tesoro, esa pesada

carga que no me dejó pasear por el mundo.

Y también encontré el secreto para ser

mi mejor defensa. Sin mí no hay tesoro

Una actitud prudente a la vez que egoísta

Aquí hay mucho oro. Una fortuna.

Así construiste aquella nave.

Mi impulsivo visitante, ¿piensas

que yo construí tanta ostentación?

De todos los buitres que han estado

acechando Deryabar ese fue el más

miserable. Su dueño pretendió ser mi

hijo. Mi tripulación acabó con él y zarpó

con la nave, en busca del verdadero

Ahmed.

¿Has pensado bien el paso que vas a dar?

¿Por qué lo preguntas?

Porque...

Porque como padre le contarás el secreto

a tu hijo y luego... – ¡Cállate!

¡Detente!

¿Estimas a mi hijo más de lo que

podrías llevarte de aquí?

Sí, mucho más. En la nave intenté

decírselo. Le quité el medallón para

alejarle de esta isla.

No sabe lo que está diciendo.

Calla, no pongas en peligro tu vida.

Yo le quiero.

Ahmed, qué poco sabes de tesoros.

Él lo ha dicho, has puesto en peligro tu

vida. – ¿Qué importa eso?

Si él es insensible al amor que le

profesa su padre.

¿He entendido bien, querido Aga?

¿Revelarías el secreto si la vida

de tu hijo peligrase?

Será mejor que empieces a hablar.

Dinos dónde está el tesoro, o tu hijo

morirá.

Sí, os diré donde está.

– ¡Habla ya! – Está...

No, Aga. No hables por mí.

Yo no soy tu hijo.

– ¿Cómo? – ¿Y el medallón?

¿El medallón? Lo compré en un bazar

hace apenas un año.

Soy el mayor fraude de todo el Islam.

Yo soy Simbad el Marino.

Simbad. Entonces no me mentiste.

Claro que no, mi dulce amada, has

conseguido que renazca lo poco de

bueno que hay en mí.

– Un mártir feliz – ¿Mártir, dices?

Sí, ¿pero quién va a ser el mártir?

¿Jamal? ¿El Emir de Daibul o Simbad?

Somos tres pero sólo uno sobrevivirá.

Aquel que pueda acabar con los otros

Tú ya estás condenado.

Tú y tu rosa, vagabundo.

¿Qué poder crees tú que tienes?

La magia, ¿recuerdas Emir?

La magia, que logra sacarle el veneno a

la serpiente.

¡Espera!

Fíjate en esto, este veneno era para ti.

– ¿Qué? – Sí, Alteza.

Es cuestión de pensar un poco.

Él mismo dijo haber envenenado el agua.

¿Por qué no iba a convertir el agua de

tu barco en letal?

¿Qué hay en este frasco?

– Nada. – Házselo probar.

Es absurdo, sólo hay esencia de flores de

Samarkanda.

Flores de Samarkanda

Bebe y sueña con jazmines y azahar.

¿O prefieres la pesadilla de la

tortura?

Una excelente cosecha, sin duda.

Deliciosa e inofensiva.

Durante mi nefasta época de mercader de

vinos, qué buen negocio hubiera

hecho con esto.

Admito que soy decepcionante,

para mí y para los demás.

Cuando era jefe de catadores del Kan de

Bokhara, él expiró a causa de una copa,

que a mí sólo me produjo una jaqueca.

Farsante, eso es lo que eres.

¿Crees que no podría desenmascararle?

¿Y tú ibas a ser la luna de mis noches?

¡Llevádsela a la tripulación!

– ¡Piedad! – Fuera de mi vista.

Cuando lleguemos a Daibul la venderemos

al mejor postor.

¡Sueltenme, no me toquen, miserables!

¡A ella no, Emir! ¡Ordena a tus

hombres que no le hagan nada!

¡Quietos todos! ¿Crees que vas a

poder acabar con ellos? Los únicos

que han encontrado el verdadero tesoro?

Imposible. La verdad los arrasará a todos

Ustedes. Estan marcados por el mal

de los que ambicionan el tesoro

de Deryabar. ¡Tómenlo! ¡Sellen

sus destino! Vayan a esa fuente, posen

la mano sobre la flor del loto y

aparecerá el tesoro emergiendo del fondo

de sus aguas. ¡Id!

¡Ve, sálvala, hijo!

– ¿Hijo? – Mi buen hijo. Ve.

Señor, se desvaneció por arte de magia.

Tu mago se ha escapado, Emir.

Mis planes no cambiarán por eso.

Haré lo que tenía previsto, darles a

mis enemigos una gloriosa despedida

de este mundo.

No quedará nada vivo en esta isla.

Unil, envía un bote al barco y que esté

preparado el fuego griego.

Sí, señor.

No veo la hora de llevar el tesoro a

Daibul.

Se ha visto cumplida la mayor ambición de

mi vida.

Deprisa, hay que aprovechar la marea.

Reza por tus malas obras.

Yo en tu lugar no me sentiría seguro,

mientras Simbad siga en la sombra.

Sí, tenía intención de envenenar el agua

de tu nave y te aseguro que no

habríais sobrevivido ninguno.

Pero, ahora veo que habría sido en vano,

porque como dijo el anciano, tenemos la

maldición del tesoro.

Le dediqué toda mi vida y lo encontré.

El tesoro de Alejandro.

Yo lo encontré.

No he fracasado.

Señor, ha muerto.

Ha muerto. Ha muerto.

Ha muerto. Ha muerto.

¡Vaya, qué hermoso regalo!

Su alteza es muy generoso.

Llévala abajo.

– ¡Simbad! – ¡Simbad, Simbad!

Nos han hecho señales de peligro,

estoy seguro.

¿Qué peligro? Creo que estás nervioso.

Una cadena que se suelta o un candado.

Esos remeros no creo que nos tengan mucha

simpatía. – Tal vez,

pero son sólo desechos humanos.

Con estos leales soldados no debemos

temer nada. Ni ahora ni nunca.

Podemos apoderarnos de cualquier cosa.

Del califato, del imperio de la India,

de China, todos los reinos del mundo

sucumbirán a nuestro paso.

Hemos hecho realidad nuestro sueño.

Una vez abordo con el fuego griego,

seremos invencibles.

El profeta no nos ha abandonado.

Asegurad bien eso.

¡Simbad, Simbad!

– ¿Simbad? – ¡Simbad!

¿Significa que el mago está abordo?

Imposible. Simbad no es más que un

estúpido mortal. Y ningún poder de la

tierra puede acabar con Deryabar.

¿Qué decía él? Aquel que tenga el poder

acabará con los otros.

¿Veis como hay problemas?

Somos su blanco. – Debemos alejarnos.

¡Remad con fuerza!

¿Qué hacéis? ¿Dónde vais? No huyáis,

cobardes, sois unos puercos. Fuera.

Puedo afrontar la muerte yo solo.

Apunta con cuidado, Muallin, de eso

depende tu futuro.

Soy un mercenario que sirve al que

mejor le paga.

¡Corta!

¡Creyentes, incrédulos, hermanos

de Basora, no existe más verdad que la

que veis.

Amigo Simbad, no volveremos a

llamarte embustero.

Me conmueve un amor tan repentino.

Todo para vosotros.

¡Ya basta, alcornoques!

¿Por qué creéis que os he contado este

relato? No habéis aprendido nada.

Nada acerca de ser pacientes.

De la alegría de ganaros lo que

tomáis. Ni siquiera la inutilidad y el

poco valor de las riquezas.

¿Poco valor?

Tan poco como el que tiene esta arena

¿Poco valor?

Vuelvo a mi querida Deryabar.

Simbad, amigo, dime dónde está Deryabar.

Está aquí, aquí...

...y aquí.

Y ahora, sabed todos los que creáis en la

palabra de Simbad, que de su octavo

viaje, este es el final.

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