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(Música triunfal)
(VOZ EN OFF) "1554, España domina el orden.
Sus invencibles banderas se despliegan
agitadas por un viento de victoria.
Son las banderas del emperador Carlos I.
Con el fuego de nuestras bombardas y culebrinas
y el filo resplandeciente de las picas de nuestros tercios
la historia de España llevó a sus páginas
una interminable letanía de nombres gloriosos:
Flandes, Nápoles, Túnez, Sajonia, Provenza, Argel.
Las victorias se sucedían al son de los clarines
y al redoble de los tambores.
Y sus ecos atravesaban el mundo,
estremecido bajo aquel trueno de gloria.
Todo cedía ante el arrojo de los infantes,
la bravura de sus capitanes
y el ímpetu de la caballería española.
Carlos I fue el brazo armado de la cristiandad.
Sus hazañas convirtieron en imperio
la unidad lograda por los Reyes Católicos.
Bien pudo decirse de él
que podía cruzar Europa de confín a confín
pisando tierras de su soberanía.
Y para dominar aquel imperio,
el más grande que conocieron los siglos,
las mocedades de España habían salido a la gran aventura del mundo.
Los hombres hacían la guerra.
Los niños jugaban a la guerra".
¡Adelante, mis ejércitos!
(TODOS) ¡Adelante!
-"Y aquí comienza nuestra historia.
Estamos en el corazón de Castilla,
en los alrededores de un pueblecito próximo a Madrid".
¡Deteneos! Eso es la fortaleza que hemos de conquistar.
Defendida está por mil ejércitos enemigos.
Pero sus muros se derrumbarán ante el empuje de mis soldados,
y la enseña del emperador ondeará en lo más alto.
Vos, Gonzalo de Córdoba, avanzad en vanguardia tras de mí,
bien merecido tenéis ese puesto. ¡A la orden!
Y vos duque de Alba, cubriréis el flanco derecho
con vuestro ejército. ¡A la orden! Quedará cubierto.
Y vos, marqués de Villena,
forzaréis su retirada si fuese necesario.
¡Descuidad, capitán! No se escapará ni uno.
Y vosotros, los tercios de Nápoles, Aragón y las dos Sicilias,
¡en marcha tras vuestro capitán!
(TODOS) ¡A la orden!
¡Que no tiemble vuestro ánimo!
Ellos son muchos, pero no importa. ¡Mayor será la victoria!
¡Santiago y a ellos!
(TODOS) ¡Santiago y a ellos!
(Música militar)
¡A por ellos! ¡Adelante, mis ejércitos!
¡Prestos para asaltar las murallas! ¡Al ataque, mis tercios!
¡Deteneos! Las puertas de la ciudadela se han abierto.
¡Rendíos, enemigo de la cristiandad!
Pero ¿qué diablos dices, Jeromín? ¿Otra vez con tus fantasías?
Diga la verdad, es palabra de soldado.
¿Os rendís o no os rendís?
¿Cuándo te convencerás de que esto no es ciudadela, sino molino?
Y que yo no soy Lutero, sino Fermín Muñoz.
Cristiano viejo y confirmado, para más señas,
en la parroquia de San Crispín.
¡Mientes, bellaco!
O te arrepientes de tus herejías o entramos a saco en la ciudad.
Sí, mi señor Jeromín, me arrepiento de todas mis herejías
y prometo ser el más fiel vasallo de tan bravo capitán.
Eso no vale, señor Fermín.
Así no hay quien juegue a las guerras.
Sois tan invencible, soldado,
que guerrear con vuestra merced fue una locura.
Permitidme, gran señor, que os rinda vasallaje
hincándome de hinojos antes vos.
¡Ay, dejadme!
¡Pillo! Se lo contaré a tus padres.
Como te vuelva a ver por estos andurriales
te ato a un aspa del molino
y estás dando vueltas hasta que Lutero se arrepienta.
¡Anda, largo de aquí!
-Adiós, Jeromín. -Adiós.
Siempre a vuestras órdenes, capitán.
Adiós. Confiad en mí. Otro día venceremos.
Maldita sea...
Ahí está el chico.
A ver si algún día con la crisma sin romper.
Míralo, hoy viene sano.
Deme la merienda, madre. ¿Ya estamos con esas?
En el cajón tienen un cacho de pan, cógelo.
¿Fuiste a la escuela? Como todos los días.
¿Y qué te enseñó hoy el clérigo Bautista Vela?
¿Latín? Sí, latín.
-Mientras no sean legajos de historia lo que te hagan aprender.
Bastantes pájaros tienes en la cabeza
para que encima te la hinchen con fantasías.
Guerras, guerras y más guerras. No se oye hablar de otra cosa.
Las guerras las hace el emperador. Pero se mueren los demás.
No diga eso, madre.
No repliques, Jeromín. ¿Qué sabes tú de guerras?
Ni de guerras, ni de cuentas, ni de latines.
Para el caballerete, todos los días son domingos
o fiestas de guardar.
Lleva tres días sin aparecer por la escuela.
¡Ah! Conque esas tenemos, granuja.
Si antes se pilla a un mentiroso que a un cojo.
Bien dices.
¿Y dónde has estado hoy, perillán?
Conquistando Granada, descubriendo las Indias,
o decapitando infieles por esos mundos.
Y como hace la leva de sus ejércitos entre la chiquillería de mi escuela,
cualquier día me veo repasando la tabla de sumar
a la cal de las paredes
Desde mañana, yo misma le llevaré a la escuela, señor cura.
A rastras si es preciso. ¡Anda para arriba!
Anda, vete para tu cuarto, pillastre.
Y esta noche sin cena.
A ver si el hambre te quita las ganas de trapisondas.
¡Ah! Y de ahora en adelante procura renunciar a la caballería
en tus negocios de guerra.
Ha entrado de requisa en mi cuadra y se ha llevado el burro.
Descuide, señor cura, no lo volveré a hacer más.
Bien, Jeromín. Algo es algo.
Por lo menos veo en ti propósitos de enmienda.
Sí, porque con esa cabalgadura llegaría tarde a todos los combates.
¿Qué dices, deslenguado? ¡Habrase visto!
Y encima le pone peros al pollino con mejor andadura
de toda la tierra castellana. -No hay quien lo meta en vereda.
Más de una noche tengo yo pasada en vela
por culpa de ese zagal.
Todos nos comprometimos a educarle y...
Y mal vamos a quedar si no lo conseguimos.
Lo que torcido crece, mal se endereza.
Clérigo querían que fuese. Valiente disparate.
No, cantar maitines no es lo suyo, pero otros caminos hay en la vida.
El zagal es travieso pero espabilado.
En fin, señor cura, hemos de poder con el muchacho
porque un día, a lo mejor, nos piden cuentas a todos y...
Ya te lo advertí, Francisco.
Mala cosa es la que llega con tapujos y misterios.
(Música dramática)
¿Qué haces, Jeromín? ¿Aún no te has dormido, chiquillo?
Sí, madre.
Es que me había olvidado de apagar la vela.
(TODOS CANTAN) "Dos por ocho, 16.
Dos por nueve, 18. Dos por diez, 20".
Bien, muy bien.
Vamos a ver, Jeromín.
Si contestas bien a esta pregunta te levantaré el castigo.
Atiende: en un corral hay diez gallinas.
Cada una pone un huevo diario.
¿Cuántos huevos se recogerán al cabo de una semana?
Pues...
Yo de gallinas no entiendo, señor cura.
¡Descarado!
Ahí seguirás hasta que te salgan callos en las rodillas.
Contesta tú, Pedro Verde, a ver.
Son diez gallinas, a un huevo diario cada gallina,
la semana tiene siete días, pues 70 huevos.
¡Justo, eso es!
¿Ves, Jeromín, qué fácil el problema que tú no has querido resolver?
Veamos, otro problema.
Tú mismo.
Diez galeones de su majestad con 100 infantes cada uno
se hacen a la mar para sorprender la fortaleza de Malta.
En la travesía se hunden dos galeones.
¿Con cuántos soldados atacaría el emperador?
Con ninguno.
¿Qué disparates dices, Jeromín? ¿Cómo que con ninguno?
Con ninguno. El emperador jamás atacaría Malta con 800 infantes.
11 torreones con bombardas de a ocho la defienden por levante,
y llegando por poniente caerían bajo el fuego de la ciudadela.
Creedme, ninguno de los 8 galeones volvería a puerto español.
Era un ejemplo, Jeromín. Nada más que un problema de números.
Pues entonces, señor cura,
no diga que los galeones los mandaba el emperador.
¡Navíos a la vista!
Es la poderosa escuadra de Barbarroja, el pirata sarraceno.
¡A ellos!
¡La flota cristiana se acerca!
¡Abordaremos sus navíos! ¡Rico botín nos espera!
¡Ya los tenemos a tiro! ¡Fuego con las bombardas!
¡Fuego! ¡Afinad la puntería!
¡Apuntad a los tunantes! ¡Os falta brazo!
¡No nos alcanzan vuestros proyectiles!
¡Perro cristiano!
¿A quién decís, cobarde? ¡Al abordaje, mis bravos soldados!
(Música tensión, gritos)
Ahora vas a ver lo que es bueno. ¡Al agua con él!
Barbarroja, os venceré, morderéis el polvo. Digo, el agua.
¡A mi bandera saldrás, hueso! Ahora no será así.
(Gritos)
(Continúa la música)
¡Toma, sarraceno!
¡Ríndete de una vez!
¡Jamás! Mi espada no conoce la derrota.
Pues ahora la conocerá. ¡Al agua va!
¡Llénate de agua, pirata! ¡Te he vencido!
¡Rendíos, sarracenos! ¡Estás sin capitán!
¡Barbarroja ha caído en nuestras manos!
¡Victoria! ¡Victoria!
¡Andando contigo! Y aquí no termina el cuento.
Este nos encierra en la bodega de su casa
como cautivos en mazmorras.
-Oye, Jeromín, ¿no piensas que ya hemos jugado bastante?
No, he de pasearos por el pueblo pregonando vuestra derrota.
¡Avivad el paso! Que nadie se rezague.
¡Vamos! ¡Ay, que no es mi padre!
-Mira, María. -¿Qué he de mirar?
¿Qué es tanta chiquillería allí?
¡Anda! Es el hijo de Ana Medina, que ha hecho una de las suyas.
Pues habrá que dar aviso a sus madres.
-Sí, yo iré. Voy corriendo. -Demonio...
-¡Eh, tú, Leonor! ¡Y vosotras!
-¿Qué ocurre, María? -¿Qué sucede?
El hijo de Ana Medina trae a los vuestros maniatados y hechos lástima.
¡A ese Cid Campeador le rompo la crisma!
¡Le rompo la espada en su mismísima cabeza!
Cuando el papa sepa de nuestra hazaña,
a buen seguro que nos colmará de honras y virilidades.
Pues me parece que pronto van a comenzar los homenajes.
Deteneos. Mira quién viene por allí.
(Barullo)
Bah, mujeres.
Sí, mujeres, pero una es la madre de Pedro,
que menudo genio tiene.
La de José y las de todos. ¿Qué hacemos?
Levantar el campo.
Grave afrenta sería para nuestros aceros
enfrentarnos con débiles mujeres.
¡Retirémonos en orden!
(Barullo)
¡Encerraos cada uno en su fortaleza, yo también me encerraré en la mía!
Ni que te corrieran los diablos. Sí me corren, sí.
¿Quién va? Soy yo, madre.
¿Tan pronto? Es que hoy no ha habido escuela.
Entonces, ¿cómo tan tarde? ¿De dónde vienes, Jeromín?
Vengo de... De guerrear, como si lo viera.
Y después de cada batalla, Ana Medina se pasa cuatro días
lavando y remendando la ropa.
Anda, ve al pozo y quítate esa mugre que llevas encima.
Sí, madre. Y no se enfade conmigo.
Ya sé que no está bien lo que hago, pero...
Jugar y más jugar. ¡No piensas en otra cosa!
Son juegos y no son juegos.
Cuando estoy jugando a las guerras, siento algo que no puedo explicar.
Llego a creerme que de verdad soy capitán
y que los chicos del pueblo son mis soldados.
Y que la tapia del huerto del cura es muralla para tomar al asalto.
Sí. Y si me asomo a la ribera del río
pienso que la otra orilla es tierra de infieles.
Pero cuando acaban los juegos veo que todo es mentira.
Y bien mentira. Hala, chapúzate en el agua.
Sí, madre.
Verás cómo se vienen a tierra todas las torres de viento
que llevas en la cabeza.
-¡Atiende, Ana Medina! -En tu busca venimos.
¿Algo que no sea lo de siempre?
Pasa lo de siempre, pero lo de hoy ya colma la medida.
Fíjate, Ana, cómo ha puesto Jeromín a nuestros hijos.
-Fíjate en el mío. -Y en el mío.
-Mi Jerónimo no vino de mejor porte. -Pero eso no nos quita razón.
-Quien mandobles da, se expone a recibirlos.
-¡Claro! -Sabido es que quien los desbarata
y saca de sus cabales no es otro que Jeromín.
Que no se presten ellos al juego, no echéis culpas a mi hijo.
¿Hijo? Si fuera hijo tuyo, otra crianza le hubieras dado.
¡Calla! No se te ocurra decir eso.
-Hay secretos que no pueden guardarse.
-Edad tienes tú para ser su abuela.
-Bien está que engañes al chico,
pero no quieras que también nosotras nos engullamos tus embustes.
Salid ahora mismo de esta casa, malas lenguas.
Ya nos vamos, pero avisada estás.
-No consentiremos que tu hijo... -O lo que sea.
-...alborote a los nuestros. -Ni que se arrime a ellos.
-Ellos son bien nacidos, y ese... -¿Quién sabe lo que es?
-¡Fuera de aquí! ¡Malas lenguas! ¡Víboras!
(PROTESTAN A LA VEZ)
(Música dramática)
¿Todavía no te has lavado, hijo mío? Ahora voy a hacerlo, madre.
Ha venido la madre de Pedro Verde y otras mujeres a quejarse de ti.
Dicen que la culpa de todo la tienes tú.
¿No...? ¿No has escuchado?
No, madre, no las he oído. Pues han gritado de firme.
Yo ni he tomado en cuenta lo que han dicho.
Y tú, hijo mío...
...tampoco debes hacerlas caso.
(Música alegre)
-Escucha, Jeromín, estoy contento contigo.
Hace unos días que te veo serio, formal, estudioso...
Claro que gallo que no canta, algo tiene en la garganta.
¿Te ocurre algo, muchacho? Nada, señor cura.
Pues anda a jugar, que ahora es la hora de jugar.
Anda con los muchachos. Sí, señor cura.
¿Qué le pasará a este chico?
(Música alegre)
¿Eres tú? Anda, lárgate de aquí.
Antes eras amigo mío. Eso era antes, vete.
¿Es tuya la calle? La calle no, claro.
Entonces no me voy. Está bien, nos iremos nosotros.
¡Andad, chicos! Vamos a jugar al arrabal de la Solana,
que aquí no quiere dejarnos en paz el señor Jeromín.
-Mira qué cara de rabia pone. Malditos...
Escucha, Jeromín. ¿Sí? ¿A qué vienes tú aquí?
A decirte que aunque en las guerras nos hemos zurrado la badana,
yo soy amigo tuyo, como antes. Gracias, Pedro.
Pero vete ya, he oído qué decía tu madre.
¿Lo oíste todo? Sí, todo.
¿Y tú lo sabías ya? No sé...
¿Tú te acuerdas de cuando eras muy chico?
Pues... De algo me acuerdo, claro. De lo más gordo.
Yo también.
También me acuerdo de otros lugares y de otras cosas.
Me parece ver a mi lado a otra mujer que no era Ana Medina.
Y luego, un viaje muy largo, que nunca se acaba.
¿Un viaje?
Dicen que te trajeron de Flandes nada menos.
¿Que me trajeron de Flandes? Dime todo lo que sepas, háblame.
Cuentan también que a Francisco y Ana les dieron una buena bolsa de oro
para taparles la boca. ¿Que les dieron dinero?
Pero yo no tengo la culpa.
¿Es motivo para que tenga tan poca honra mi compañía?
Lo mío no es por la honra, Jeromín. Es por los chichones.
Y si mi madre me vuelve a ver alborotando contigo, pues...
Anda, vete ya de aquí.
No me gustaría ver a mi único amigo con la crisma rota.
Adiós, Jeromín. Adiós.
Y puedes decir a los otros
que no será preciso que se aparten de mí.
Cualquier noche, cuando nadie se lo espere
y todos estén durmiendo,
liaré mi hatillo y huiré de este pueblo que no es el mío.
Aquí ya no tengo padres, ni amigos, ni nadie que me quiera bien.
Y por el tejadillo de atrás me escaparé de la casa de Ana Medina
para irme muy lejos, a otras tierras,
a embarcarme para las Indias, si preciso fuera.
A cualquier lugar donde no sepan quién soy
ni me miren con malas caras.
Y con el amanecer, ya estaré por los caminos muy lejos,
en busca de fortuna. Que aunque mozo soy,
bien sabré entendérmelas por esos mundos
con la ayuda de mi santo patrón.
(Música dramática)
Buenos días de Dios a vuestra merced.
¿Qué buscas por aquí, zagal? ¿No habrá un acomodo para mí?
Cuidar cerdos bien sé.
Y limpiar los rastrojos de la mala hierba.
Mira, cinco hijos tengo y no hay trabajo para tantos.
Conque hala, largo de aquí. Pues con Dios, buen hombre.
Qué malas pulgas...
Dios guarde a vuestras mercedes.
Hola, zagal. A lo que veo, van de camino.
No íbamos a ir de boda por estos andurriales.
¿Y tú qué haces por aquí a tantas leguas de tierra habitada?
Yo también voy de camino.
Claro que mis piernas se cansarán antes que sus mulas.
Gloria del cielo debe ser ir montado en ellas.
¿Te atreverías a montarla?
Me montaría en ellas y en el caballo de Santiago.
Pues móntate en el caballo de Santiago
porque mi mula no la catas tú.
(RÍEN) ¡Arre! Maldita sea...
Tendré que ir a pie hasta las Indias.
¡Oye, zagal! ¿Te vendemos un par de buenas abarcas?
Así se le queden cojas las mulas de las cuatro patas.
¡Y del rabo también!
Con lo cansado que estoy y el sueño que tengo...
-Oh, tú, altivo y fiero vencedor.
Tú, ante el que mis leales han rendido sus lanzas.
Humildemente me postro ante vos para que recordéis que la clemencia
hace siempre el mejor laurel de la victoria.
(RÍE) ¿Pedís clemencia?
¿La tuvo acaso vuestro bisabuelo?
Olvidad viejas ofensas y rencillas, señor.
-¿Pedís olvido?
¿Puedo acaso olvidar que vuestro antepasado,
el conde de las Batuecas,
pasó vilmente a cuchillo a mis huestes?
¡Jamás! Y aunque los cielos que sí, el filo de mi espada diría que no.
¡Ríndete!
Teneos si no queréis que os ensarte con vuestra espada.
No es de caballeros ensañarse con una mujer indefensa.
-¿Qué dices, niño? -¿Qué mujer indefensa?
¿No ves que estoy ensayando
y que mañana habremos de repetir esto mismo
en la plaza Mayor de Guadalajara ante el corregidor de la villa?
No lo haréis aquí ni en Guadalajara.
Gracias puede dar el corregidor de no toparse conmigo,
le metería en cintura con ayuda de la santa hermandad.
¡Basta! Me rindo a vuestro arrojo.
Y decidme, magnánimo vencedor, intrépido rayo de la guerra,
¿qué pruebas queréis que os dé en señal de acatamiento?
Que desatéis a vuestros cautivos. ¡Presto!
Sí, muchacho.
Yo lo haré con la doncella, que es cortesía de caballeros.
Levantad, señora.
Oh, gracias, jovencito.
Seguid la burla, que bien a gusto vamos a reírnos con el mozo.
Oh, valeroso doncel. La fuerza insigne de vuestro brazo
instrumento ha sido de la providencia.
Mirad, hasta los villanos reconocen vuestro rango.
-¡Viva nuestro salvador! -¡Viva!
-Y yo, la condesa de Valdetuerto y marquesa de los Picos Altos,
es mi voluntad armaros caballero en premio a vuestra proeza.
-Venid, venid. -Bien dijo quien puede decirlo.
Id hacia la palestra de este castillo en ruinas
y ahí os daremos armadura, lanza y rodela.
-Dadme vuestra espada. Poneos al frente y arrodillaos.
Sí, arrodillaos para recibir la investidura.
Es lástima que esta ceremonia no esté presidida por algún obispo,
pero a fe que saldréis de ella con más de un cardenal.
Preparaos, capitán de capitanes, flor de los caballeros.
Loor a nuestro libertador.
(GRITA)
(Risas)
(Música dramática)
(Trueno)
(Trueno)
Las mojé.
(Trueno)
(SE QUEJA)
-¿Has oído, padre? -El viento, que sopla fuerte.
No ha sido el viento.
Voces de persona humana me han parecido.
¿Quién va a llegarse a esta posada en tal noche de lobos?
Bueno, yo iré a ver.
Habrá que encender una vela a Santa Bárbara
para que vea que nos acordamos de ella cuando truena, por lo menos.
Vaya tormenta la de esta noche.
Sí que llueve de firme.
¿Eh? Pero ¿qué haces ahí, zagal?
¿De dónde apareces a estas horas y con esta borrasca?
Me he perdido en el campo, buen hombre.
Levántate, muchacho.
Pasa adentro hasta que amaine.
Caliéntate al fuego y pondré tu ropa a secar.
¿Saben tus padres que te has aventurado
a salir de camino? ¿Mis padres?
No, no tengo padres. ¿Hace mucho tiempo que murieron?
Debía de ser yo muy pequeño, porque no sé nada de ellos.
Entonces, ¿no tienes a nadie que vele por ti?
A nadie, señor ventero.
¿Y a dónde te encaminabas? Vagabundear no es buen oficio.
Ni yo lo quiero, voy de camino en busca de trabajo.
Eso no es fácil de hallar. Pues yo tengo fe en encontrarlo.
Me encomendé al santo de mi nombre
y seguro estoy de que ha sido él quien me trajo a esta posada.
Señor ventero, por una hogaza de pan y un rincón en el pajar donde dormir
trabajaría de sol a sol.
(OFF) "Voluntad no me falta para levantarme con el alba
a la par que las gallinas.
Y écheme encima quehaceres, señor ventero.
Que no se me caerán los anillos, ni me vencerá el cansancio,
ni me avergonzarán las faenas que me encargue vuestra merced.
Y lo que no sepa, lo aprenderé.
Seguro puede estar de que el pan que me coma
bien pagado quedará.
No se ha de arrepentir de tomarme en su servicio.
Antes de dos meses, lo mismo llenaré los pesebres de paja y avena
que las jarras de los señores arrieros,
que bien les gusta remojar con morapio
el sabroso estofado de la tierra".
¡Eh, zagal! A ver cuándo nos llega el turno a nosotros.
Ahora mismo, allá voy.
-¡Date prisa! -¡Me arde el gaznate!
(RÍEN)
¡Nos quedamos sin vino!
(RÍEN)
"Y si alguna vez fuera torpe y no hiciera lo que debo,
o luciese mal,
corríjame en buen hora, señor ventero,
que sabré recibir sin pestañear las zurras y coscorrones
que de su mano vengan".
¡Eh, ventero! ¡Mire su mozo!
Pero ¿qué haces ahí, muchacho? Pues ya ve, aquí estoy.
Deme un par de coscorrones, señor ventero.
Bien merecidos los tengo.
Bueno, ¿no te has desbaratado ningún hueso?
Ninguno, señor ventero.
Entonces, vino hay en las bodegas y jarras en la alfarería.
¿Y no me da de coscorrones? (RÍE) Ahí van estos.
Gracias, señor ventero.
Coscorrones así no son de llorar, sino de agradecer.
No te los mereces más fuertes.
En dos meses que llevas en mi posada en todo has puesto voluntad.
¡Padre! Un jinete se acerca por el camino.
-Seguro que es persona principal. -¡Vamos a su encuentro!
(Música emocionante)
Bienvenido seáis a mi humilde posada.
-Dios os dé salud, ventero. Sujetad el caballo, muchacho.
Sí, señor. ¡Vaya caballo!
Decidme, ¿es buena y limpia esta posada?
-Sí, caballero. -Bien está.
No la hay mejor en todo el contorno.
Ni peor, ¿verdad?
Yo me he adelantado por aquí a ver si es digna de alojar
al señor de Villagarcía, de Villanueva de los Caballeros
y también de Villamejor, en Tierra de Campos.
Mayordomo del emperador y coronel de la infantería.
Pues me tengo que no tengamos sitio para tanta gente.
¿Ignoráis que todos esos títulos pertenecen a la misma persona?
A don Luis Méndez de Quijada Figueredo y Mendoza de Zúñiga
y Alonso del Pulgar, nada menos.
Decidme, ¿vos quién sois, noble caballero?
¿Te atreves a preguntarlo?
¿Nunca oíste hablar de Diego Ruiz? Pues ese soy yo.
Ahí llega la carroza de mi señor.
Miradla, al frente la noble enseña de los Quijadas,
que son como hermanillos míos. (RÍE)
(Música distendida)
-Para los caballos, cochero. -So, caballo.
-Bienvenido seáis, mi señor don Luis de Quijada.
Diego Ruiz, vuestro escudero, siempre a vuestras órdenes.
Gracias, hombre.
Señor. ¿Hay acomodo en la venta?
Todo lo tendréis dispuesto, noble señor.
Bien está, ventero. Haremos noche aquí.
Mañana al amanecer, seguiremos nuestro viaje.
Pasad, caballero. Mi casa se honra en recibiros, señor.
¿Habéis encontrado la comida a vuestro gusto, señor?
Buena cocina es la vuestra, ventero.
Y remojada con vino aún estaría mejor.
Nos hemos quedado secos, ¡venga agua de cepas!
Dichoso mozalbete...
Miradle, ahí le tenéis, con la jarra en la mano
y embobado con las historias de vuestra gente.
¡Zagal, ven aquí!
¡Zagal! ¿Qué?
¡Voy corriendo, señor ventero!
Esperad a que yo vuelva para continuar.
Sí, muchacho.
Que nunca falte vino en la mesa de tan principales caballeros.
Sí, señor.
Ni que fuera el hijo de un gran general.
Oyendo hablar de espadas y arcabuces se queda sordo para todo lo demás.
¿Te llama lo de ser soldado, muchacho?
¿Soldado? Más quisiera ser capitán.
-Entonces, a vuestras órdenes, chiquillo.
Nada menos que capitán.
Pues para llegar tan alto no es el mejor camino tu menester.
Cuando vuestra merced así lo piensa verdad será.
Y verdad es.
Pero yo he leído en los libros que para mandar bien
no es mala cosa haber obedecido antes.
Diantre de chico, ¿dónde has aprendido esas filosofías?
Atinadas son. ¿Es hijo tuyo el zagal?
¿Hijo mío? No, no es hijo mío. No tengo padres, señor.
Llegó aquí una noche y aquí se quedó. Es todo lo que sabemos del chico.
No creo que pudiera darnos más razones.
Con cinco años más que tuvieras, podrías sentar plaza en mis tercios.
¿Cómo decís, señor? ¿En vuestros tercios?
-Los más bravos que enseñorean Flandes, muchacho.
Fíjate, en ellos milito yo.
Cinco años pasan volando, señor.
Y yo mientras podría sacar brillo a vuestras corazas,
bruñir vuestras espadas. Llevadme con vos.
Pero si aún eres un mocoso. Sí, señor.
Y cuando atruenan las culebrinas enemigas,
no miran la edad del que está delante.
Ya sé que en la guerra no reparten confites ni peladillas,
pero ¿eso qué importa? Sí que importa.
Señor, si me dierais una espada
yo sabría defenderos de algún bribón que os atacase.
Zagal, para eso están mi brazo y mi acero.
¿Y si son dos los que atacan a traición?
Argumentos no te faltan, muchacho.
Llevadme con vos a los tercios de Flandes, señor.
Tiempo al tiempo, guerras no faltan
y siempre encontrarás alguna a punto cuando te crezca la barba.
A propósito de barba,
la mía me va a llegar al cinto esperando el vino, zagal.
(Música distendida)
¿A que no aciertas en lo que voy pensando?
Pues en ese condenado chiquillo que nos ha llevado a maltraer.
En ese prefiero no pensar. ¿Entonces?
Pensaba en otro niño, en el de anoche, el de la posada.
Majo era el zagal. Sí, Diego Ruiz.
Hay brotes tiernos en el tronco de España.
Tendremos buen relevo los veteranos. Sí, relevo.
Ayer mucho interés por seguirnos a Flandes
y hoy ni siquiera salió a desearnos buen viaje.
Maldita sea, que por un chico tengamos que hacer tanto camino.
¡Ah! ¡Ah, caballo!
¡Vamos para adelante!
Señor, estamos llegando al pueblo término de nuestro viaje.
Está bien.
Loado sea Dios. Un mes viajando.
Creí que al pueblo le habían puesto ruedas como a la carroza
y se lo iban llevando más lejos.
Quiera Dios que nuestro viaje no sea en balde
y encontremos lo que buscamos.
(Música distendida)
(Alboroto)
Deteneos, cochero, por orden de mi señor.
¿Sabéis dónde está la casa del clérigo Vela?
-Sí, caballero. -Conducidnos a ella.
Sí. Seguidme, cochero, por aquí.
-Pero ¿qué pasa en este pueblo? ¿Qué es tanta algarabía y revuelo?
-¿No imaginas, Ana? -No.
La persona que esperábamos ha llegado ya.
¡Dios santo!
Va a casa del cura. Vamos nosotros también.
Sí, vamos.
Y desde que os escribimos, señor,
no hemos ahorrado esfuerzos para encontrarle.
Pero todo ha sido inútil. Desapareció una noche y...
Y mire, señor, como si los diablos se lo hubiesen llevado en volandas.
En volandas, sí.
Vosotros os comprometisteis a velar por él.
Vuestra merced a educarlo. Ya, ya.
Y los tres habéis cobrado buenos doblones por tal compromiso.
Y ni vosotros velasteis por su persona
ni vuestra merced lo ha educado.
Buena custodia y recta educación
hubieran quitado la ocasión de esta huida.
Bien, no me moveré de esta casa hasta que descubramos su paradero.
¿Podéis darme alojamiento, señor cura?
Mi casa es la vuestra, señor.
Tú, Francisco, encárgate de aposentar a mis hombres.
Así lo haré. Diego Ruiz, descargad mi equipaje.
¡Rezambombas!
Si me han traído a mi pueblo otra vez.
(CANTA) -"Castilla me abre camino al paso de mi caballo".
(Golpe)
¿Quién anda en el arcón? ¿Quién anda ahí?
Seas aborto del infierno, alma en pena o espíritu maligno,
te conjuro a que salgas de ahí.
¡Sal o atravieso el arcón de parte a parte!
Soy yo.
Ah, grandísimo tunante, conque eras tú.
Pues sí, aquí me tiene vuestra merced.
Nosotros buscando a un chiquillo,
y un chiquillo que no es el que buscamos
empeñado en no dejarnos en paz. Perdonadme, señor.
¿Qué hacías ahí dentro? Viajar, señor.
¿En el arca? ¿Es que va a empezar otro diluvio?
Pensé que la carroza iba a Flandes.
¿Aún te andan esas ideícas por la cabeza?
Ahora mismo desandas lo andado y vuelves a tu posada.
¿No podríais aguardar hasta la noche?
¿Prefieres caminar con el relente? No es por eso.
Es porque la noche es oscura y de noche no me verá nadie.
¿Tan nombrado te crees que ya gustas del secreto?
Venga, sal, que arrugas la ropa de mi señor.
Sí, ya salgo.
Ahora vete por donde has venido a tu posada.
No, ahora no, os lo suplico.
¿Por qué ese temor, muchacho?
Porque este es mi pueblo. Me escapé de aquí.
¿También de aquí? También. Y si me cogen otra vez...
(RÍE) Diablo de chico.
Ni las mazmorras de Argel serían lo suficiente seguras para ti.
¿Cómo? ¿Que tú te fugaste de este pueblo?
Sí, de este pueblo. Ya va para dos meses, señor Ruiz.
Bien, muchacho, no me desagrada tu carácter inquieto y rebelde.
Me has caído simpático.
Esta noche, cuando todos duerman, te llevaré en mi caballo.
Pero entretanto vuelve al arcón, que podrían descubrirte.
Anda, hijo, al arcón, que es el mejor escondite.
Y ya pueden venir diluvios.
¡Mi señor don Luis de Quijada! ¡Vengan pronto! ¡Vengan presto!
-Algo ocurre. Es Diego Ruiz, mi escudero.
-¡Vengan todos! ¡Vengan! ¡Vengan corriendo! ¡Volando!
¡Venga, vengan! ¿Qué os ocurre?
Lo tengo aquí, debajo de mis posaderas.
¿A quién tienes ahí? A quien nos ha traído de coronilla.
¿Te has vuelto loco? Sí, loco...
Vea, mi señor don Luis de Quijada, el tesoro que encierra este arcón.
Dignaos a mostrar el rostro, ilustre viajero.
-¡Jeromín! -¿De dónde sales, chiquillo?
Pues ya ve, del arca, como Noé.
Levanta.
Ven.
De manera, muchacho, que tú eres Jeromín.
Sí, soy Jeromín. Perdonadme, señor.
Perdonad que haya arrugado vuestras ropas.
Bah, lo único que importa ahora es que te hemos hallado
y con bien poco trabajo. ¿Eh?
¿Me buscabais a mí?
Para buscarte he venido desde Flandes.
Y la providencia te puso en mi camino
para que pudiera conocerte antes de saber que tú eras Jeromín.
(Música distendida)
Más de 30 leguas llevarán andadas los caballos.
Seguro. Veo que te gusta viajar, Jeromín.
Mucho, señor. Y más aún en carroza.
Las dos veces que he viajado, una la hice andando
y la otra vos lo sabéis, metido en vuestro arcón.
¿Te gustaría conocer mundo? Pocos años tengo,
pero la mitad los he pasado imaginando correrías.
Sin embargo, eres poco curioso.
Aún no me has preguntado adónde vamos.
No me importa, señor. Voy con vuestra merced.
Cumplida respuesta.
Pero has de saber que vamos a mi castillo de Villagarcía
en tierras de Valladolid. ¿A vuestro castillo? ¿Y después?
Tú a ninguna parte.
Te quedarás allí, y no pretendas otra huida.
Antes de salir, revisaré bien mis arcones y baúles.
Descuidad, señor.
Mientras yo esté ausente, otra persona velará por ti.
¿Otra persona?
Doña Magdalena de Ulloa, mi esposa y señora.
Ya estarán llegando al castillo noticias de nuestro viaje.
Para eso envié a Diego Ruiz por delante.
¿En qué pensáis, doña Magdalena?
¿En qué ha de ser?
En lo que siempre espero y no llega nunca.
-Mirad, mi señor doña Magdalena. ¿Qué ocurre, Beatriz?
Mirad, un jinete se acerca al castillo.
¿Un jinete? ¿Quién será? Por lo muy flaco que está,
yo aseguraría que el escudero de vuestro esposo y señor.
Sí, parece Diego Ruiz.
Quién sabe si viene a anunciaros el regreso de vuestro esposo.
No me hagáis soñar, Beatriz.
Hay noticias tan deseadas que parecen imposibles.
-¡Ha del castillo! ¡Aquí llega Diego Ruiz!
(Música alegre)
-¡Ya ha llegado!
-Bien hallado, alcaide.
-Bienvenido seáis, escudero, al castillo de los Quijada.
Dejaos de salutaciones
y decidme dónde está mi señora doña Magdalena.
-En la estancia de arriba. -Pues vamos arriba.
Santo Dios, qué cosas cría Castilla.
¿Y a vos no os daban de comer en Flandes?
-Hola, Diego Ruiz. -¡Cómo te has puesto, Juana!
-Madre mía de mi alma... -¡Seguidme, Diego Ruiz!
Voy, alcaide.
Luego iré a verte, buena moza. (RÍE)
¿Qué ocurre, mi señora doña Magdalena?
Ya ha llegado el escudero de don Luis.
¿Qué noticias traerá? No tienen por qué ser malas.
No, pero la ausencia prolongada engendra temor.
Ya está ahí, miradle.
-Pasad, Diego Ruiz. -Dios os guarde a todos.
Bienvenido.
Mi señora doña Magdalena, permitidme...
Dejaos de reverencias y cumplidos y habladme de él.
Don Luis de Quijada, sano, como siempre.
Aún no se ha forjado acero flamenco
capaz de causar un rasguño a mi señor.
A mi lado, no hay peligro posible, señora.
Loado sea Dios.
Decidme, ¿aún le retendrán mucho los empeños de Flandes?
¿No os ha hablado de venir? Vengo abriéndole camino.
¿Qué decís? Repetídmelo otra vez, quizá no os haya entendido.
Bien habéis entendido, señora.
Don Luis de Quijada vuelve a vuestro lado.
Gracias, Dios mío.
Vos, traed aquí a De Morales.
Convertiréis la iglesia en una gran luminaria.
Disponedlo todo para entonar una salva.
Como vos digáis, señora.
Que nuestras voces se eleven al cielo
en este día de júbilo.
Doña Isabel, que los más humildes también compartan nuestra alegría.
Repartiréis 100 ducados de limosna entre los pobres.
Y tú, Luis de Valverde, mi alcaide. Decid, señora.
En el mástil del torreón más alto, izad la insignia de los Quijada.
Cargad con pólvora de salva las culebrinas.
Que estén prestas las campanas para voltear a su llegada.
Corred, disponedlo todo.
Todo se hará como ordenáis, señora.
¿Veis, señora, como todo llega? Sí, Beatriz.
Mi ventura es tanta que... Mira, pone lágrimas en mis ojos.
Nunca hubo día más feliz de mi vida.
(Música distendida)
Hoy es el cuarto día de nuestro viaje.
¿Cuándo llegamos, señor?
Mañana, cuando el sol brille en lo alto,
divisaremos los torreones del castillo de Villagarcía.
Tengo ganas de llegar, pero me da miedo, señor.
¿Miedo por qué? No sé...
No soy más que un chico de pueblo, un criadico de posada.
Sí, pero a ti la sangre te llama a cosas más altas. ¿Verdad, Jeromín?
Sí. Pues pronto te harás a ellas.
Nunca me he atrevido a preguntaros una cosa, señor.
Pregunta sin miedo, Jeromín. Si vos tenéis... si tenéis...
Si en vuestro castillo os aguardan vuestros hijos.
No tengo hijos.
Pero tú, si quieres, puedes ser como un hijo mío.
¿Como un hijo vuestro? Gracias, señor.
Pero vos conocéis otros niños. Hay muchos niños igual que yo.
¿Por qué habéis venido a buscarme? ¿Por qué me lleváis con vos?
Jeromín, no puedo responderte ahora.
Tampoco sé si podré responderte algún día.
Pero entretanto piensa que el destino de cada hombre
encierra designios que solo Dios conoce.
(Música distendida)
¿Duermes, Jeromín?
(Música distendida)
¡Eh, voltead la campana!
¡Ya se divisa la carroza de nuestro señor don Luis de Quijada!
(Campanadas)
¿Escucháis la campana, Beatriz?
A estas horas solo puede repicar para una cosa.
Para anunciarlo, ¿verdad? Sí, es su carroza la que se ve.
Gracias, Dios mío. Vamos deprisa, Beatriz.
La felicidad llega de nuevo a este castillo.
(Campanadas)
Jeromín...
¡Jeromín, despierta!
(Cañonazo)
Señor, ¿entramos en batalla?
Han gastado en salvas toda la pólvora del castillo
anunciando nuestra llegada, y tú sin enterarte.
Vaya castillo, 10 000 moros no lo abaten.
La gorrilla, que doña Magdalena me encuentre de buen parecer.
¿Estoy bien? Muy bien.
(Campanadas)
(Cañonazo)
¡Presto, Beatriz! Sí, sí.
Hoy es el día más dichoso de mi vida.
(Cañonazos)
(Música distendida)
(Alboroto)
So, caballo.
Bienvenidos seáis al castillo, mi señor don Luis de Quijada.
Bien hallado, Diego Ruiz.
Decidme, ¿y mi esposa? Ahí la tenéis, señor.
Don Luis. Magdalena.
Miradla, que los días se le hacían siglos
esperando vuestro regreso.
Cuánto he deseado este momento. Dios nos ha reunido de nuevo.
¿Qué te parece el cacho de castillo que tengo?
No está mal, ¿verdad, muchacho? (RÍE)
¿Te acompaña un niño? Sí, ha venido conmigo.
¿Le has traído de Flandes?
Ya te hablaré más tarde de él, Magdalena.
-Bienvenidos seáis a vuestro castillo, señor.
Gracias, García de Morales.
Saludadla, mi señora doña Magdalena.
Dios os guarde, doña Magdalena. Levanta, muchacho.
¿Y tú quién eres? Soy... Jeromín.
Nada menos que Jeromín.
Por el cariño que os profeso, Magdalena,
y por el que vos me habéis demostrado siempre,
os ruego que le acojáis como si hijo vuestro fuera
dándole cariño y amparo.
Vos lo queréis y así lo haré de buen grado.
Gracias, Magdalena. Entre todos le educaremos.
Diego Ruiz, mi escudero, será su maestro de armas,
adiestrándole en los deberes de su nueva condición.
Y vuestra merced, habréis de instruirlo debidamente
en ciencias y humanidades.
Me encomendaron que guiara al niño
por el camino de la vocación religiosa,
aunque me temo que no ha nacido para vestir hábitos,
sino para ceñir coraza y calzar espuela.
Ah, dejadlo de mi mano, mi señor don Luis de Quijada.
Si vos lo queréis y está de Dios, clérigo tendremos.
Pero sin forzar nunca sus naturales inclinaciones.
Sí, don Luis.
Y ahora, voy a responder a una pregunta...
...que no me ha sido hecha.
Este niño es hijo de alguien cuyo nombre no puedo revelar.
Pero tened la certeza de que el padre de Jeromín
es caballero de limpio linaje.
No puedo decir más.
Espero que nadie con sus preguntas
dé pie a que Luis de Quijada falta a la palabra empeñada.
Nadie os preguntará nada, don Luis. Así lo espero, Magdalena.
Id, fray García, y haceos cargo del mozo.
Voy por él.
Por el castillo andará con mi escudero.
Seguro que ya sabe mejor que yo el número de saeteras de cada torre.
Quedad tranquilos, señor.
Pronto sabrá también hasta el número de versículos
que tiene el "Libro de los Macabeos".
Dios os guarde. Id con Dios.
(Música romántica)
De nuevo me tienes a tu lado, Magdalena.
Y por tal dicha doy gracias al Señor.
¿Me añorabas?
Si supieras cuántas veces me he asomado a esos ventanales
esperando una felicidad que no llegaba nunca.
También a mí desde Flandes me tentaban los caminos de España.
Los caminos que podían traerme hasta ti.
Somos vasallos de un gran destino.
El que ha trazado para España nuestro señor el emperador
y alta honra es sacrificarse por él.
Ya veo que va a ser muy corto el plazo de nuestra ventura.
Sí, Magdalena.
El emperador aguarda impaciente mi regreso.
Solo yo puedo llevar la paz a su espíritu.
Y llévale esa paz en buena hora,
que yo sabré acomodarme con tu recuerdo
en la soledad de este castillo.
Si al menos Dios nos hubiera concedido
la gracia que tantas veces y con tanto fervor le hemos pedido.
Un hijo, ¿verdad? Sí...
Un hijo.
No hables de eso, Magdalena.
Quién sabe si ese niño puede llenar el vacío en nuestra vida.
Quiéralo Dios.
Buena y noble planta tiene el muchacho.
Cuando tú vuelvas a Flandes, él será mi alegría.
Y no será difícil quererle.
Yo miraré por él como si hijo vuestro y mío fuera
lo que me habéis entregado
Yo velaré sus sueños,
que noche de madre es siempre desvelada.
"Mis manos por primera vez conocerán el gozo de vestir a un niño.
Y juntos recibiremos al Señor. Y con Él acogido en nuestro pecho,
le pediremos por la buena fortuna de mi esposo y señor.
Y con los ojos ya vueltos a Dios,
por Él haremos caridad con los pobres y los desamparados.
Y girará la rueda de los días
trayéndonos con cada hora un sosiego nuevo,
un claro bienestar.
Desde el cotidiano paseo por la orilla del río
hasta esas horas dedicadas al estudio
bajo el sabio magisterio y enseñanza de fray García de Morales,
nuestro capellán.
Y todas las tardes, desde los ventanales
que se abren al patio de armas,
yo me deleitaré viendo cómo el niño se forja en caballero,
jinete en los más fogosos corceles del castillo.
Y será la pícara experiencia de Diego Ruiz, nuestro escudero,
la que guíe a Jeromín en estas artes".
¿Y bien? ¿Qué os ha parecido, maestro?
Regular.
Unas veces trotas, otras galopas,
otras no haces caso de lo que te ordena tu maestro...
En fin, que la cosa está verde aún.
Ya lo haré mejor y os daré lecciones de monta.
¿Qué dices, chiquillo? ¿A mí lecciones de monta?
Si fui yo quien puso la montura al mismísimo Hipólito.
Os felicito pues. Si mal no recuerdo, ayer dijisteis
que para perseguir a la infantería en retirada
hay que ser diestro en los saltos. Eso dije y cierto es.
¡Poned el palo! ¡No!
No lo consintáis, Diego Ruiz. Dejarle saltar es locura.
Nada temáis, madrina. Os brindo mi salto.
Venga, muchachos, el palo en la segunda altura
y aún me sobrarán tres cuartas. ¡Sujetadle, Diego Ruiz!
Se me ha escapado, no hay quien lo sujete.
¡Cuidado, hijo mío!
¡Arre, caballo! ¡Muy bien, muchacho!
¿Habéis visto, señora,
con qué limpieza ha saltado el obstáculo?
¡No, Jeromín! ¡Así se salta a caballo!
A tal maestro, tal discípulo. ¡Qué talentazo tengo!
¡Venga! ¡Allá voy, Diego Ruiz!
¡Arre, caballo!
Esto se ha acabado ya, Diego Ruiz. Descabalga ya.
¿Veis como no ha pasado nada, señora? Quitad el palo, muchachos.
Si no, este se pasa saltando de acá para allá,
y como nos descuidemos sale volando. ¿Qué os han parecido mis saltos?
Medianejos.
Yo os he oído que a tal maestro, tal discípulo.
Eso es que vos sois medianejo.
¡Abajo, muchacho! Castigado sin montar hasta mañana.
-Con el tiempo, no habrá potro que se resista a su espuela.
Me recuerda a otro niño que hace años practicaba la equitación
en este mismo patio.
¿A quién os referís, doña Isabel? ¿A quién me he de referir?
A don Luis, vuestro esposo, señora.
¿Qué decís?
Su mismo temple, su mismo desprecio ante el peligro,
idéntica arrogancia...
Tal parece que los años no han pasado y que es mi señor don Luis de Quijada
quien ha dado esos saltos a caballo.
¿Tanto parecido le encontráis? No hagáis caso, señora.
Son imaginaciones de doña Isabel, nada más.
Imaginaciones, imaginaciones... ¡Si son iguales!
-No se parecen, ¿verdad? -Bueno, muy iguales no.
Decidme, doña Isabel,
vos habéis conocido de niño a don Luis.
¿Por qué Jeromín os ha recordado a mi esposo?
Pues... por el caballo que monta, que tiene el mismo pelaje.
No me hagáis caso, señora.
Ideas de vieja, que a todo le encontramos parecido.
Para mí, un huevo y una castaña, igual.
Si no mandáis otra cosa, me retiro, con permiso de vuestra merced.
Dios os guarde, señora.
Como fue el aya del señor y le quiere tanto,
todo lo bueno que hay en el mundo le recuerda a don Luis.
Ay, Beatriz...
Hace tiempo que las dudas han hecho presa en mi corazón.
Decidme, ¿también vos encontráis ese parecido?
Yo no encuentro ninguno, señora.
Pero si como dicen, el muchacho es hijo de hidalgos,
no es de extrañar que su porte no desmienta la sangre.
Yo bien quisiera que cuanto decís fuera la verdad.
Pero hay tantas preguntas sin respuesta
que tranquilicen mi alma... No os atormentéis, señora.
Alejad esos pensamientos de vuestra imaginación.
Bien quisiera, pero no puedo, Beatriz.
Día tras día, noche tras noche,
a todas horas las mismas ideas me torturan.
¿Por qué le trajo aquí?
¿Por qué ha rodeado su origen de tanto misterio?
¿Cómo no tiene confianza para revelarme el nombre del padre,
y la tiene, en cambio, para confiarme la guarda del hijo?
En el castillo también se sospecha, ¿verdad?
No debéis hacer caso de murmuraciones, doña Magdalena.
¿Se murmura, Beatriz?
Entonces, no soy yo sola quien ha pensado lo mismo.
Pues... Decidme cuanto sepáis.
Os lo ordeno. Tú sabes la verdad.
Todos saben la verdad. Todos menos yo.
Y se burlarán de mí, y os reiréis a mis espaldas.
Y eso no... No, Beatriz. Háblame, dime todo lo que me ocultas.
Señora, por el cariño que profeso a vuestra persona
os aseguro que de ese niño solo sé lo que vos misma me habéis contado.
¡Mientes! Me engañas a mí, a tu señora y dueña.
Si vos lo creéis así, justo es pensar que he perdido vuestra confianza
y bueno será que me aleje de este castillo.
No, Beatriz. Perdóname, irte no.
¿A quién podría yo abrir mi corazón?
Los celos enloquecen.
Celos...
Me reía cuando alguien me hablaba de celos.
Y ahora ya ves, qué hondos se han clavado en mí.
Perdóname, Beatriz. ¿Perdonaros yo? ¿Qué decís?
Y que Dios me perdone también este arrebato.
¡Madrina! ¿Qué os ha parecido el salto de mi caballo?
No suponía que en dos meses pudieras progresar tanto.
Pues ya lo habéis visto, madrina. Estoy muy contento.
Diego Ruiz me ha dicho que pronto me adiestraré en la lanza,
que es el primer paso para ser caballero.
Así, cuando venga don Luis...
Pero ¿qué os sucede, madrina? ¿Por qué estáis triste?
Cosas de poca monta, Jeromín.
Las mujeres no necesitamos grandes motivos para afligirnos.
Pues yo no quiero que vos tengáis penas.
Solo dos meses llevo en el castillo, poco tiempo es,
pero lo suficiente para quereros mucho, madrina.
Muchos. A nadie quise tanto como a vos.
¿A nadie quisiste tanto como a mí? ¿Eso es cierto, Jeromín?
¿Cómo no ha de serlo, señora?
Nadie me había tratado con tanto cariño
hasta que llegué a vuestro lado.
¿No conservas ningún recuerdo de tus padres?
Ninguno, señora.
¿Quiénes fueron tus padres, Jeromín?
Nunca lo supe. ¿Qué?
Y nadie quiso decírmelo tampoco.
Por eso las gentes del pueblo me miraban mal.
Yo envidiaba a los chicos que podían llamar "padre" y "madre" sin mentir.
Pobre Jeromín. Pobre hijo mío.
Me llamáis hijo. Ojalá lo fuese de vuestra merced.
Cuando veo que vos no tenéis ninguno me pregunto:
"¿Por qué yo no seré hijo de don Luis de Quijada
y de doña Magdalena de Ulloa?".
Y de doña Magdalena de Ulloa.
Es verdad.
¿Por qué no serás hijo mío también?
(Risas)
¿Os carcajeáis de cuanto os digo?
Pues yo os digo que fueron 12 jinetes y tomad por buena la cifra.
¡Doce! Como los apóstoles.
Y no venían a predicarme el evangelio.
-¿Y vos qué hiciste? -¿Y me lo preguntáis?
Poner mano a la espada y aguantar la arremetida.
San Pancracio, que es amigo mío y nunca me abandona,
se puso de mi parte.
Paré una estocada que venía a por mi gaznate.
-¿Y qué más, Diego Ruiz? (RÍEN)
-Y del primer envite convertí a mis 12 apóstoles
en los cuatro evangelistas.
Pero en ese momento llegó el emperador y me dijo:
"Diego Ruiz, eres un hombre de pelo en pecho.
Lástima que no te guste mandar, porque quisiera recompensarte
haciéndote general de mis tercios".
No andaba muy contento del contestable Borbón
y había tenido unos disgustillos con el duque de Alba.
Si las proezas de Diego Ruiz fueran ciertas,
el emperador tendría bastante con un solo soldado.
-A los demás nos darían la licencia.
Si tomáis a chacota mis hazañas, me callo y me voy.
Buenas noches, Diego Ruiz. Hola, discípulo.
Ya te echábamos en falta. Aquí me tenéis.
Fray García no me quita el ojo de encima.
¿No te ha visto entrar? Nadie, estoy seguro.
Bien está. Diego Ruiz no quiere pleitos con la Iglesia
ni con la esposa de mi señor,
pero me da en la nariz, que ya es mucho dar,
que ni al páter ni a mi señora les daría mucha risa verte por aquí.
Pues yo es donde mejor estoy. Ya sé que te es grata mi compañía.
Vuestra compañía y la de todos. Sois soldados y eso me basta.
-Gracias, muchacho. -De agradecer es tu respuesta.
Cuando algún día nos mandes, sabremos tenerla en cuenta.
No es cosa de todos los días que quien va en carroza
encuentra a bien estar entre los que caminan.
Yo digo lo que siento sin pensar.
¿Veis cómo lo tengo de bien educado?
Buena pasta de capitán está amasando Diego Ruiz, aquí presente.
Sí, señor, hay que convivir con la soldadesca,
beber vino en sus mismas jarras, comer rancho en sus mismas ollas,
y saberse rascar el piojo que se crio en el sobaco de un veterano.
Lo de la jarra era un decir, muchacho.
¿De qué quieres que hablemos? De lo que hablabais cuando llegué.
Todos vosotros habéis luchado junto al emperador
y le habéis visto cientos de veces. Decidme, ¿cómo es su majestad?
Es como el sol que ciega los ojos cuando se le mira a la cara.
-¡Vaya frase me ha salido! -Eso es verdad.
Y no patrañas de escudero a la que acostumbrados nos tiene.
Decidme, ¿es alto? ¿De estatura qué importa?
Pues nadie os hará medirlo por varas, sino por hazañas.
¿Y tan bravo como cuentan?
Te baste saber que es español, y el primero.
-Su nombre hace temblar a Europa. -El número uno, sí.
Es tanto como decir el primero de aquí y de allí,
de arriba, de abajo, y de todos lados.
Y si quieres más detalles, cruza Francia, llega a Bruselas,
y según se entra a mano derecha, está el palacio de Bravante.
Allí vive don Carlos, nuestro serenísimo emperador.
Si no te dejan entrar, diles que vas de mi parte.
Largo imperio he tenido.
Largo curso de laureles y victorias
que no han sido sino largo curso de trabajos.
En esos muros veis las banderas
que cruzaron en cabalgada de victoria
todos los caminos del orden.
Cuando el son de la guerra llamó a nuestras puertas,
siempre nos tuvo prestos.
La ayuda de Cristo nuestro Señor,
que nunca desamparó mis empresas ni me privó de su aliento,
dio cima a esta gran ocasión de los siglos
que ahora quiero entregaros intacta
para que la ensanchéis y la merezcáis.
Y así, he decidido resignar en vos, mi hijo Felipe,
el centro de la monarquía española
que regiréis bajo los designios de Dios
con el nombre de Felipe II.
Mañana reuniré a la corte y haré pública mi decisión.
Padre mío y señor.
La corona que ha ceñido vuestras sienes
es peso de gloria para mi ánimo.
Pero repito, ¿no creéis prematuro vuestro acuerdo?
No, mis fuerzas flaquean.
No hay mejoría a mi enfermedad
y las recaídas son cada vez más frecuentes.
Me siento viejo, más de lo que soy.
Los médicos me recomiendan reposo para mi cuerpo agotado
y yo quiero paz para cuidar de los negocios del alma.
Por eso he decidido retirarme a Yuste,
un monasterio de frailes Jerónimos en tierras de Extremadura.
Señor, graves empresas confiáis en mi mano todavía inexperta.
¿Puedo esperar que demoréis tal viaje
hasta que vuestros consejos y experiencia
me hayan abierto camino en la gobernación del imperio?
No, no es necesario.
Sagacidad de príncipe nos falta.
Y más poderosa ayuda que la mía es la de Dios.
A Él rezaré en Yuste para que a vos os conceda ayuda...
...y a mí perdón. ¿Perdón?
Sí, perdón.
Poderoso he sido, según proclaman.
Con mi diestra, he domeñado el mundo.
Pues tanta fuerza mía no fue bastante
para vencer las pasiones del que era hombre,
además de emperador.
Secretos guarda mi alma que tú debes compartir.
Acercaos, mi buen hijo, y escuchadme.
Hace años, encontrándome en esta misma ciudad de Bruselas,
llegó un correo desde Ratisbona, la imperial.
Lo enviaba mi buen vasallo don Luis de Quijada.
¿Sabéis lo que anunciaba el correo?
Habla por mí, Quijada, y no os sorprende lo que vais a oír.
Daba cuenta del nacimiento de un niño.
¿De un niño decís? Sí, de un niño.
Aquel niño era hijo de mi señor el emperador,
vuestro padre.
Agradezco la confianza que me otorgáis
al hacerme partícipe de vuestro secreto.
También yo debo agradeceros que hayáis escuchado mi confesión
sin reproche para la conducta de vuestro padre.
Proseguid, Quijada.
Mi señor dispuso que al niño se le apartara de su madre,
doña Bárbara de Blombergh,
para no dar ocasión a que su alto origen se publicase.
Y por extremar el escrúpulo,
acordó que fue llevado a España con el mayor secreto.
Quise ocultar mi pecado.
Mal ejemplo para los míos hubiera sido
y para los herejes buen motivo de ataque
contra los ideales que defendía
cuya pureza se hubiera empañado con mi falta.
Y decidme...
¿Dónde tenéis oculto a ese hijo vuestro?
Quijada lo guarda allá, en su castillo de Villagarcía.
Allí crece y se educa, señor,
bajo el cuidado y cariño de mi esposa.
Pero ni ella misma conoce su ascendencia.
Ello es secreto que todos ignoran y que solo nosotros compartimos.
Mientras yo viva, su origen debe permanecer ignorado.
Cuando yo muera, y algo me dice que no está lejana esa hora,
habrás de ser tú quien resuelva
mirando por los intereses de la monarquía.
¿Y cuál es su nombre?
Jerónimo hice que le llamaran para mayor encubrimiento.
Pero fue bautizado con el de Juan en recuerdo de mi madre,
la serenísima reina de Castilla.
Si algún día tenéis a bien proclamar su estirpe,
por todos habrá de ser conocido por ser vástago de mi dinastía
con el nombre de don Juan de Austria.
¿Y decís que esta espada perteneció al emperador?
-Así es, Jeromín. Recuerdo su entrada en Ratisbona.
De esto hace, aproximadamente, los años que tienes tú.
Cabalgaba un brioso alazán
y era esta misma espada la que empuñaban sus manos.
Precisamente fue aquel día
cuando se la regaló a mi señor don Luis de Quijada
en pago a intrépido y esforzado servicio
a los cuales yo no era ajeno
por las muchas hazañas que realicé. (RÍE)
La espada del emperador...
De don Carlos, el primer caballero del mundo.
Mis manos están tocando algo que antes tocaron las suyas.
Si alguna vez pudiera verle, aunque fuera de lejos...
¿Qué hacéis aquí?
Nos pilló. Madrina.
Olvidaste mi prohibición.
Os dije que Jeromín no debe visitar esta sala de armas.
Si supiera que esa idea ha nacido de su señoría,
yo sería el primero en acatarla. ¿Qué supones?
Perdón, pero en vuestra prohibición veo sotanas de por medio.
No consiento que hables así de fray García.
Punto en boca.
Deja esa espada, Jeromín. Sí, madrina.
Perdonadme, no sabía de vuestra prohibición.
Por fin te encuentro. Dos horas llevo esperándote.
-La sotana. -¿Eh?
Ahí está la sotana de que os hablaba antes, señora.
-Son hábitos. -Sí, hábitos... (RÍE)
Jeromín, en el cuarto de estudio bostezan abiertos de par en par
Horacios y Virgilios, latines y teologías.
Y mientras, el caballero dejándose sorber el seso
por las patrañas del señor escudero.
¿Llamáis patrañas a los mandobles que tengo yo repartidos
entre sarracenos y luteranos?
¿Podríais vos cantar maitines, "pater in nominus",
si espadas como la mía no hubiesen arrojado a la media luna?
Si por tu espada fuera, tendríamos ahora no media luna,
sino llena y "per in saecula saeculorum".
Y si por clérigos hubiera tenido que ser
no estaría ahí este crucifijo.
¿Recordáis, fray García de Morales, si fue algún obispo o cardenal
quien lo salvó de la quema? -¡Deslenguado!
-Os asarán en la parrilla de Satanás. -Poca grasa iban a sacar.
No repliques más, Diego Ruiz.
Contadme, madrina, ¿qué historia tiene ese crucifijo?
Por salvarlo de las llamas donde lo habían arrojado los infieles
se batió don Luis de Quijada contra un enjambre de sarracenos
que hacían mofa de la imagen.
Mira, Jeromín. ¿No ves el brazo a medio chamuscar?
Quien salvó a ese Cristo, junto a milicia y religión,
en una sola demanda. Por eso don Luis y un servidor,
que dicho sea de paso, también se batió de firme,
decidió que esa imagen se llamara "el Cristo de las batallas".
El Cristo de las batallas.
¿Por qué no colgáis esa imagen en la cabecera de mi cama?
-No, mi señora doña Magdalena.
En lugar de rezarle, le consultaría sus planes de guerra
y eso pasaría de la raya. Vamos, Jeromín.
Anda, ve y estudia. Sí, madrina.
¿No quieres guerras? Pues vamos a la guerra.
A la guerra de meterte los latines en la cabeza.
En esa batalla quisiera ver a los grandes capitanes,
que apostaba por su derrota. Vamos.
Señora, permitidme que os diga que ese reverendo es un testarudo
muy digno de haber nacido en el reino de Aragón.
No digáis eso, Diego Ruiz.
Él cumple con su deber como vos cumplís con el vuestro.
Eso es verdad. Yo sé que fray García es un santo,
pero me tiene metido aquí, entre ceja y ceja.
Y yo, que soy muy cumplido, le correspondo.
Haya paz entre el clero y la milicia.
Todos tenemos una misión: la de educar al muchacho.
Y eso creo que lo vamos consiguiendo.
Sí, eso sí.
Y él, entretanto, se va ganando poco a poco nuestras voluntades.
Creed, señora, que si me apartaran del muchacho
no me importaría meterme en un convento
aunque allí estuviera de prior mi amigo fray García de Morales.
Tampoco yo comprendería mi vida sin la compañía de Jeromín.
Y siento un temor muy grande.
Siento el temor de que un día, tarde o temprano,
tenga que alejarse de este castillo que llenó con su alegría.
Y el corazón se me encoge solo de pensarlo.
Fueron tres saetazos. El primero, atravesé a uno el corazón.
El segundo, segué el cuello a un enemigo.
Y del tercero, le quité el moco que le colgaba a un flamenco.
Los ejércitos imperiales siempre se han hecho lenguas
de la buena puntería de Diego Ruiz.
Tirando con mi ballesta a 30 varas,
maña tengo para sacar el hueso a una aceituna.
(Pájaro)
¿Ves aquel pajarraco de cuello largo que acaba de posarse?
Veréis cómo le traspaso con mi flecha.
(RÍE) ¡No le disteis!
Pero la asusté. Mirad esa paloma, maestro.
¡Santo Dios!
¡Madre de mi alma!
No ha dicho ni pío, la habéis traspasado.
¡Rayos y truenos!
Con ese ojo, capaz eres de ver una mosca en la calva de San Pedro
y matarla a 30 pasos.
Muchacho, habrás de acostumbrarte a los estampidos de la artillería.
Hay que saber escucharlos a un palmo de la oreja
sin un gesto, sin una mueca.
En el sitio de Pavía, su defensor don Antonio de Leiva,
que era amigo mío y un buen muchacho, me encargó de una culebrina.
En un día hice más de 100 disparos,
y siempre con la cara así, sin un guiño, como ahora.
¿Os asustasteis? ¡San Pancracio me valga!
Bueno, eso que os contaba era con culebrinas cargadas hasta la boca
y la pólvora en salvas no es lo mío.
Pienso que se desperdicia y me da un coraje...
Daba gloria verse venir de frente a mi pecho desnudo
la infantería enemiga,
y yo lanzazo por aquí, espadazo por allá,
mazazos por la derecha, saetazo por la izquierda,
y uno tras otro cayendo a mis pies como las hojas en el otoño.
Nunca deben asustarte los hombres, cualquiera que sea su tamaño.
Nadie, ni Hércules, ni Sansón, ni el mismísimo gigante Goliat
serían capaces de asustar a Diego Ruiz aquí presente.
-Eh, buen hombre. -¿Qué, qué pasa?
(RÍE) ¿Dónde cae el pinar?
-Seguid adelante -Con Dios.
Y en adelante, no os volváis a mostrar tan de repente.
Diego Ruiz sería capaz de morir de un lanzazo,
pero de un susto, jamás.
Y arremetiendo fuerte, ensarté con la punta de mi lanza
a los tres caballeretes que me habían mirado con mala cara.
Aún me río al recordarlo.
Parecían tres lechoncillos en el asador.
Hermosa hazaña. ¿Verdad que sí?
Mirad la cabeza del muñeco que coloqué para adiestraros.
A ver si le separáis la cabeza del cuerpo
con la punta de la lanza. Rodará en la primera embestida.
Será capaz de decapitar al muñeco. ¡Decapitado está, maestro!
¡Santo Dios!
Este sí que hubiera ensartado de verdad a los tres caballeretes.
Deteneos, señor escudero, si os place.
Pasad, reverendo padre.
Pasaré por detrás del muchacho, que de vos no me fío ni un pelo.
-En guardia, Jeromín.
(Música emocionante)
¡Tomad!
Mirad al chico.
¡Rayos y truenos! ¡Han tocado a Diego Ruiz!
¿Qué os ha parecido mi estocada? ¿Se lucha así?
Si no lo viera, no lo creyera.
Y que si esa arma punta afilada tuviese,
ya estaba el castillo lleno de gatos al reglado de mi fondón.
(RÍE) Y el páter impartiendo bendiciones
a mi alma que se escapa. ¿Qué os parece?
Admirable.
Admirables las paradas, admirables las estocadas.
Oh, si tradujera igual a Cicerón y dominara el silogismo escolástico
como domina la espada.
Recordad que no debemos forzar sus naturales inclinaciones.
Desengañaos de una vez, fray García.
Mirad, soldadico tenemos y no fraile.
Sí, por vos...
Luchar por vos, a vuestro lado...
Venceremos... Venceremos, señor.
La victoria será nuestra.
Dadme el mando de vuestra escuadra...
Dádmelo, señor, y yo os prometo...
Despierta, Jeromín. ¿Eh?
¿Qué decías, Jeromín?
Soñaba, madrina. Ah.
Siempre sueño las mismas cosas. ¿Sí?
¿Sabéis con quién hablaba?
Alta tenía que ser la persona de tu sueño
para que le pidieras nada menos que el mando de una escuadra.
Sí, hablaba con el emperador.
¿Nada menos que con el emperador? Sí.
¿Y para qué le pedías el mando de una escuadra?
Para derrocar el poder sarraceno.
Gran empeño el tuyo. Sí, madrina.
Si bajo una sola bandera se pudieran unir
todos los ejércitos cristianos que hoy luchan dispersos...
Bella idea, Jeromín. Difícil de realizar.
Lástima que los sueños no sean verdad.
Sí, lástima.
Porque si fueran verdades y no mentiras,
os iba a dar una gran alegría. ¿Qué alegría es esa?
También he soñado que mi padrino volvía a España.
Ay, Jeromín.
Ahora sí que puedes tener la certeza de que tu sueño es engañoso.
Volvía don Luis a bordo de un gran navío
acompañando al emperador.
¿Eh? ¿Qué miráis, madrina? Qué extraño.
Un jinete se acerca hacia el castillo.
¿Un jinete decís? Sí.
Quizás venga a anunciar mi sueño.
(Música alegre)
Pero ¿es posible cuanto aquí dice? Sí, señora.
Ha cruzado toda Francia al galope de su caballo
para traeros tales nuevas, señora.
¿Trae ese pliego noticias del padrino?
Sí, Jeromín, noticias de don Luis. Y no acierto a creer lo que leo.
Pero aquí dice que el emperador embarcó en Rotterdam
y que navega hacia España a bordo de un gran navío.
A bordo de un navío... Lo que tú has soñado, Jeromín.
Entonces, los sueños pueden ser verdad alguna vez.
Decidme, madrina,
¿podré mandar algún día el ejército de mis sueños?
(Música dramática)
-¡Alto! ¡Avisto tierra española!
(TODOS) ¡España! ¡Ya llegamos!
España. Nuestra patria, majestad. Bien lejos está el día
en que por primera vez oí esas mismas voces.
Entonces venía a sentarme en el trono de un reino desconocido.
Y ya ves, Quijada, tanto ha podido España en mí
que primero me hizo su rey y después me hizo español.
Tan pronto como desembarquemos en Laredo proveerás con diligencia
para que en Yuste sea anunciada mi llegada.
Quiero que dispongan un aposento sin lujos
para que en nada se distinga mi vida
de la que imponen las reglas del monasterio.
Y tú, mi fiel ahijado, ¿qué piensas hacer?
¿Lo dudáis? No separarme de vuestra majestad.
Gracias, don Luis. Pero ¿y doña Magdalena?
Muchos han sido ya sus sacrificios a cuenta del emperador.
Quería pedir la venia de vuestra majestad
para llevarla a la aldea de Cuacos, junto al monasterio.
Hacedlo en buen hora.
Y decidme, Quijada, ¿nadie acompañará a vuestra esposa?
Sí, majestad.
De la mano de doña Magdalena, un niño llegará a Yuste.
(Música triunfal)
Majestad, ya nos queda poco camino para llegar al monasterio.
Toca a su término la última jornada.
Última del viaje, y última de tantas y tantas cosas
que pronto quedarán atrás, como el camino que hemos recorrido.
Os abordará en Yuste doña Magdalena.
Le envié un mensaje advirtiéndole nuestra llegada
y diciéndole también que trajese a mi ahijado consigo.
(Música triunfal)
El monasterio, señor.
Han llegado. ¿Conoces a aquel caballero?
Sí, es mi padrino, mi señor don Luis de Quijada.
Y en aquella litera, a su lado, viene el emperador.
Majestad, ahí está doña Magdalena, y un niño la acompaña.
No importa que rompáis la formación de esta comitiva.
El corazón no sabe de protocolos. ¡Corred!
Gracias, señor.
Dios guarde a las gentes de mi casa. Padrino.
Bienvenido seáis. Bien llegado, señor.
Magdalena. Don Luis, gracias a Dios que os veo.
Quiera él que no nos separemos nunca más.
Jeromín. Don Luis.
Levanta, muchacho.
Estás hecho todo un hombre. ¿Verdad? Ya os contaré cosas.
Magdalena.
El emperador.
Deteneos.
Acercaos.
Venid, Magdalena. El emperador os quiere saludar.
Doña Magdalena.
Recibid, señora, mis parabienes por haber rescatado a vuestro esposo
tanto tiempo cautivo del emperador.
Majestad. Os di a mi esposo.
Más hubiera querido daros, pero más no tengo, señor.
Levantaos, doña Magdalena. Sin mujeres como vos,
España no tendría hombres como don Luis.
Gracias, señor.
¿Qué te parece su majestad?
Que yo no me pierdo la ocasión de verlo de cerca.
Decidme, señora, ¿quién es ese niño que se acerca a nosotros?
Pues ese niño es... Es nuestro ahijado, majestad.
Vuestro ahijado.
Señor. Acércate, buen mozo.
Escucha, Jeromín. ¿Jeromín?
¿Cómo sabéis mi nombre, majestad?
Tu padrino me tiene hablado mucho de ti.
Por él he sabido que no te encuentras muy dispuesto
a cumplir sus deseos.
¿Por qué te resistes a seguir el camino del sacerdocio?
No lo hay mejor para servir a Dios, como es de menester.
Mejor que vuestra majestad, nadie le ha servido.
Y no sois clérigo ni fraile.
Silencio, Jeromín. Dejadle hablar, señora.
También me ha dicho don Luis
que tu verdadera vocación es la milicia.
¿Serías capaz de disparar un arcabuzazo?
Y aun de recibirlo aquí firme, majestad.
Tu ahijado será desde hoy paje a mi servicio.
Bien, señor. Gracias, majestad.
(Música triunfal)
(Campanas)
Vuestra mano, Quijada. Majestad.
Por fin hemos llegado.
Gracias, Dios mío.
Que la paz del Señor sea con vuestra majestad.
Gracias, fray Martín de Angulo.
La comunidad entera ha rezado por vuestra feliz llegada
y vemos, majestad, que el Señor ha escuchado nuestras súplicas.
Llevadme ante el Altísimo, quiero postrarme ante él.
Hoy mi alma debe al Señor señalados favores.
Sí, Quijada... ¿Señor?
Hoy que se pone el sol en mi vida,
otra luz se ha encendido para iluminarme.
Pues llegó la hora triste de las despedidas.
A veces cuesta decir adiós.
Capitán Ojeda. -A vuestras órdenes.
Durante mucho tiempo, tus lanzas me han escoltado
por toda Europa. Señor.
Aquí se separan nuestros caminos. Majestad.
No, de rodillas no.
A mis brazos, Ojeda.
En ti quiero abrazar a cada uno de los soldados de mi guardia.
¿De qué nos sirven las lanzas si no lo guardan a él?
(Música triunfal)
(Campanas)
(Canto sacro)
-Cuidado que tengo yo visto paje.
Ninguno os aventaja en donaire y a postura.
Cómo se nota que habéis tenido trato conmigo.
La arrogancia, como la viruela, también es contagiosa.
Quiera Dios que la fanfarronería no sea contagiosa también.
(CARRASPEA)
Confío que no habrás olvidado todas las advertencias
que te hizo don Luis. Ahora sí las recuerdo, madrina.
Pero delante del emperador... ¡Por los santos cielos!
No se te ocurra proponerle ningún plan de campaña
para invadir la tierra del turco, que él ya sabe algo de eso.
Ni le soltéis ninguno de los latinajos
que os enseña fray García de Morales,
que esos no los cata ni el propio emperador.
No puedo explicarte lo que me ocurre, Quijada.
¿Recuerda mis impaciencias de otros tiempos
cuando íbamos a entrar en batalla?
Tengo presentes todas las horas que he pasado a vuestro lado.
Pues siento ahora algo semejante.
Os comprendo, señor. Es vuestro hijo.
Mi hijo lo era ya antes de conocerle.
Lo que no imaginaba es que fuera mozo tan gallardo
y digno de mi estirpe.
Y si reconocéis que es digno de vos, majestad,
¿por qué no os decidís de una vez a romper con el secreto?
No, Quijada. Eso no.
Mi penitencia está en callar,
en no poder llamar hijo al que es sangre de mi sangre.
En ver cómo hinca su rodilla delante de mí
al que yo quisiera estrechar en mis brazos.
Además, Jeromín es un niño todavía.
No sabría comprender.
No pierdas la marcialidad ante el emperador.
Y muéstrate sumiso. Sí, señores.
Ya estará llegando Jeromín.
Quiera Dios que sepa comportarse. No temáis, señora.
Ya visteis cómo en un solo instante se ganó la voluntad de su majestad.
Cierto, Beatriz. Es increíble.
Son tantas las cosas extrañas que rodean a Jeromín...
¿Por qué el emperador sabía cómo se llama?
Mucho ha tenido que hablarle mi esposo de Jeromín
para que recuerde su nombre.
Y solo de un hijo se habla tanto.
Pero ¿es posible que sigáis torturada por la misma idea?
Ha vuelto a renacer con el regreso de don Luis.
¿Por qué no os enfrentáis con la verdad?
Hablad a vuestro esposo. Os quiere y no permitirá que sufráis.
No, Beatriz. Eso no.
Él no debe saber nada.
¿Qué ganaría yo haciéndole a él también desgraciado?
-Hermano, saluda a Diego Ruiz. -Dios os guarde.
Qué manera de correr.
Anunciad al ahijado de mi señor, don Luis de Quijada.
Y no digáis a su majestad que estoy yo aquí.
Se empeñaría en recibirme y yo no quiero, soy así.
Señor. Decid.
El ahijado de don Luis de Quijada acaba de llegar.
Decidle que pase, presto.
Pasad.
-Jeromín, de batallas ni una. -Que latinajos ni medio.
Dios guarde a vuestra majestad.
Levántate, Jeromín, y ven a mi lado, sin protocolos.
Con vuestro permiso, señor. ¿Por qué te has hecho esperar tanto?
Perdonadme, señor.
Es que aún le faltaba la última puntada a mi casaca.
Bien luces con ella.
En nada tienes que envidiar a un paje de corte.
Gracias, majestad.
Qué contenta se pondrá doña Magdalena
cuando sepa que el traje ha sido de vuestro agrado.
Veo que la alegría de tu madrina es lo que más te importa.
Levanta. El mozo es devoto y bien cumplido.
Cariño que le damos, multiplicado nos lo devuelve.
¿Quieres mucho a don Luis y a doña Magdalena?
Mucho, majestad.
Y no sé lo que daría por que de verdad fueran mis padres
y poderles llamar así. No digas eso, Jeromín.
Digo lo que siento.
No hay padre ni madre mejores que los que Dios nos da.
¿Qué dices tú a eso, Jeromín?
Bien sé que no debo contradecir a mis mayores,
pero yo pienso... pienso que...
Habla sin miedo.
Yo pienso, majestad, que cuando los pájaros tienen crías
no las abandonan hasta que crecen y vuelan.
¿Sabes acaso si tus padres no te vigilan de lejos
y velan por ti? ¿Decís que mis padres
es posible que velen por mí?
Entonces, ¿por qué no me buscan?
¿Por qué yo nunca he sabido nada de ellos?
¿Por qué ellos no quieren saber nada de mí?
Te rebelas contra el abandono,
y en verdad que la razón está de tu parte.
Pero dime, si un día encontraras a tus padres, ¿qué harías?
No sé, pero me parece que a pesar de todo
ese día yo habría de sentir una alegría muy grande.
Aunque tal vez no tanta como ahora, que estoy ante vuestra majestad.
Pues tu ventura no se acabará hoy, sino que habrá de prolongarse
todo el tiempo que Dios me conserve en la Tierra.
Ponte en pie, muchacho. Te necesito en pie.
Viejo y achacoso, estoy vencido por los años.
Tú serás el báculo que me sostenga en el invierno de mi vida.
"Sí, Jeromín. Mi mano fatigada del peso de tanto cetro,
cansada de domeñar imperios,
ha de buscar alivio y descanso.
Y serás tú quien sirva de lazarillo al emperador,
señor un día del mundo, poderoso monarca de la Tierra,
cuando busque humildemente el sosiego de Dios
y ponga su alma en coloquio con el cielo".
(Música dramática)
Todos los días te veo rezar con fervor, muchacho.
Pero hoy me pareció que ponías más devoción en tus oraciones.
Es que hoy... hoy... ¿Qué ocurre hoy?
Hoy rezaba por mis padres, majestad.
¿Por tus padres? Nunca lo había hecho.
Si alguna vez pensaba en ellos, era solo para entristecerme.
Antes te apenaba su recuerdo, y hoy has rezado por ellos.
Dime, ¿por qué has cambiado de idea, Jeromín?
Vuestra majestad me dijo hace días, y hoy en la iglesia lo he recordado,
que tal vez sin yo saberlo, ellos estén velando por mí.
Por si eso fuera cierto, quiero pagarles con una oración.
Gracias, Jeromín. ¿Por qué me dais las gracias, señor?
Por haber atendido mis ruegos, hijo mío.
Te cubro con la dama. Mate.
Buena jugada. Me has vencido, Jeromín.
Hace dos meses no sabías mover una pieza
y ahora agobiado me traes. El ajedrez es cosa fácil, señor.
Se parece mucho a las guerras de mi pueblo.
Yo siempre era el capitán de las fuerzas imperiales,
y en aquellas guerras de mentira ocurría como en las de verdad.
Nunca los ejércitos de vuestra majestad
fueron derrotados.
Entonces, habré de contarte entre mis grandes capitanes:
Alba, Pizarro, Hernán Cortés y Jeromín.
(RÍE) Háblame de tus campañas.
¿De mis campañas? Pues... Anda, dime.
¿Os burlaríais de mí si os dijera
que al turco lo aniquilé en una noche?
¿En una noche? Gloriosa hazaña. ¿Y cómo fue eso, Jeromín?
Soñando, señor. Siempre que sueño me rondan las mismas ideas.
Reuní todos los ejércitos y todas las escuadras
de los reinos cristianos. Ambiciosa idea la tuya.
Obedecían a un solo capitán. ¿Y quién era?
Pues como el que soñaba era yo, yo era el que los mandaba.
Eso está bien. Yo veía en mis sueños
mil velas blancas desplegadas en orden de combate
surcando el Mediterráneo.
Y ante mí, otra escuadra más poderosa
pero sin el aliento de la fe. Veamos...
¿Qué hicisteis entonces, capitán? Ordené el ataque.
Clavamos nuestro espolón en su capitán
y se entabló la batalla.
Pero cuando ya estaba casi decidida a nuestro favor...
Continúa tu historia, ¿qué ocurrió? ¿Qué ha de ocurrir?
Que me despertó mi madrina. ¡Lástima, Jeromín!
Ya me tenías ansioso por conocer el desenlace.
Bah, sueños y quimeras de un chico de pueblo.
Sueños... quimeras...
La quimera de hoy puede ser la semilla de proezas futuras.
No me hagáis caso. Y si está de Dios,
¿por qué no han convertirse en historias tus quimeras de hoy?
(Campanas)
Señor, ¿escucháis la campana? Es vuestra misa, majestad.
Gracias, hermano. Ya estaba despierto.
He pasado en vela toda la noche. ¿Os ocurre algo, señor?
No lo sé, pero no me encuentro con fuerzas para ir a la iglesia.
Rogadle al prior que me excuse.
Avisaré a vuestro médico y a vuestro mayordomo.
¿Os advirtieron si es grave? Nada sé.
Solo me dijeron fuera presto vuestra merced al monasterio.
¿Teméis algo?
No sé, pero su naturaleza está tan quebrantada
que cualquier indisposición puede ser peligrosa.
¿Qué le sucede a su majestad? Lo ignoramos aún.
El médico está reconociéndolo.
Bien sabía que sus dolencias habían de volver a manifestarse.
Lo temíais, ¿verdad?
Los físicos que le reconocieron en Bruselas
ya nos advirtieron la gravedad de su estado.
Dios os guarde, don Luis. ¿Cómo le encontráis?
Mal, su estado me infunde temor.
Abrasa su frente, y su cuerpo se agita en escalofríos.
Me ha preguntado varias veces por vuestra merced
y también por vuestro ahijado. ¿También por Jeromín?
Mi cuerpo está demasiado vencido
para que los médicos puedan curarlo con pócimas y jarabes.
Veo que me voy acabando poco a poco.
De lo que doy gracias a Dios, pues es Su voluntad.
Bueno, otras veces tuvisteis recaídas semejantes
y siempre venció vuestra naturaleza. Agradezco tus alientos, Quijada.
Pero algo me dice que ha llegado la hora
de ir arreglando mis cuentas con Dios.
Para ello, cualquier día es santo y bueno, señor.
¿Por qué no ha venido Jeromín?
No tardaréis en tenerlo aquí, sentado a vuestro lado.
Sí, a mi lado, Quijada.
He pensado que podría dormir en la estancia contigua,
al menos mientras dure mi enfermedad.
Será una gran alegría para él.
Y aunque supiera quién sois,
no podría quereros más de lo que os quiere.
¿Teméis por su vida, don Luis?
Nunca le vi tan agotado
ni tan convencido de que ha llegado su hora.
Esta tarde ha recibido el santo viático.
Ha sido él mismo el que lo ha pedido.
¿Tampoco vendrá hoy Jeromín a cenar?
Tampoco.
El emperador no consiente que lo separemos de su lado.
Yo creo que si algo infunde aún alientos a su vida
es la constante presencia del muchacho junto a él.
¿Cómo os encontráis, señor?
¿Estáis durmiendo, señor?
(Música dramática)
Jeromín.
¿Por qué me has besado? Perdón.
Perdonadme, majestad. Creí que no os daríais cuenta.
Nunca lo volveré a hacer.
Pocas ocasiones tendrás ya de hacerlo.
No digáis eso, señor.
Dime, Jeromín. Decid.
¿Me querrías lo mismo si no fuese tu emperador?
Ahora ya no pienso que lo sois cuando estoy a vuestro lado.
El corazón jamás se equivoca. No entiendo, señor.
Algún día comprenderás. ¿Algún día?
Claro, soy un niño aún y hay cosas que no entiendo.
¿Os preparo la medicina?
Es la hora, señor. No, no. Medicinas ya no me sirven.
Ahora las necesito para el alma.
Anda, ve y reza, Jeromín.
Reza por tu...
...por tu emperador. Sí, majestad.
No pidas por mi vida.
Pide por mi salvación.
Que todos recen por su emperador.
Que no me olviden los que fueron mis fieles.
Que sus voces se eleven al cielo pidiendo para mí...
...perdón y piedad.
Padre nuestro que estás en los cielos,
santificado sea Tu nombre. Venga a nosotros...
(TODOS) ...Tu reino. Hágase Tu voluntad
en la tierra como en el cielo".
(Plegarias)
Dios te salve, María, llena eres de gracia.
El Señor es contigo.
(TODOS) Bendita tú eres entre todas las mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte.
(Plegarias)
"Semper in saecula saeculorum". Amén.
(Música dramática)
Esto se acaba.
Siento que la vida se me escapa.
Glorias, grandezas, victorias...
Solo permanece Dios.
Jeromín.
Jeromín.
¿No me oyes?
Claro, cinco noches llevas a mi lado.
Sin dormir.
Sin separarse...
...de tu emperador.
Aquí estoy, majestad. No me separo de vuestro lado.
"Dios se ha llevado a su majestad.
Que llegue a Bruselas el triste mensaje".
(Música dramática)
Ha muerto su cristianísima majestad imperial
don Carlos, mi padre...
...rey de España, emperador de Alemania...
...duque de Borgoña, conde de Flandes y Bravante...
...señor de las Indias.
Que Dios lo haya recibido en su seno.
Que se canten exequias en todas las catedrales del imperio.
Que todas las campanas de mis dominios
doblen a muerto por el emperador.
(Campanas)
"Que falconetes y bombardas anuncien la triste nueva
hasta el público confín del orden".
(Música emocionante)
-Correo del rey. -Dios guarde a su majestad.
Sed bienvenidos. Descended y seguidme. Por aquí.
Bien, regresad a Valladolid y decidle a su majestad
que nos alegra su vuelta y que todo se hará según sus deseos.
Dios guarde a vuestra merced. Que él os guíe.
Acompañadle, alcaide. Bien, señor.
Si no viera aquí el sello de su majestad no lo creyera.
Jeromín, hermano del rey.
Y también hijo del emperador.
Ahora me explico tantas cosas que no lograba comprender.
Has dudado de mí, ¿verdad, Magdalena?
Y no te lo reprocho, porque todo me acusaba.
Pero había empeñado mi palabra y... Perdonadme, don Luis.
Perdonarte no.
Agradecerte que supiste llevar tus dudas y tus penas
sin que jamás se escuchara una queja de tus labios
y sin que tus ojos me denunciaran nunca
el peso que llevabas en el alma.
Has sufrido mucho, ¿verdad, Magdalena?
¿Qué importa eso ahora?
No quiero recordar tristezas
cuando mi corazón está lleno de alegrías.
De alegrías estoy diciendo, pero ¿se llevarán a Jeromín?
Altos designios le aguardan
que no caben dentro del castillo de Villagarcía.
Sí, es verdad.
Estará en la cumbre de la fortuna.
Pero no tendrá manos que le cuiden con amor.
Será príncipe,
pero le habremos perdido para siempre.
Por lo menos, habremos perdido su compañía.
Otra vez solos, Magdalena. Pero nuestro cariño nos acompaña.
(Pasos)
Callémonos, Magdalena.
Parece que sube alguien por la escalera
y debe ser el muchacho.
Ah, eres tú, Jeromín.
Escucha, no quiero verte más con esa cara de tristeza.
Va para seis meses que murió el emperador.
Santo y bueno es que empieces a sonreír.
Sí, don Luis. Yo procuraré estar contento.
Tengo una grata noticia para ti.
He ordenado a mi montero mayor
que disponga una partida de caza en el monte de Torozos
para abatir los ciervos y gamos.
Quiero que tú me acompañes. ¿Que yo os acompañe?
Gracias, señor. Ya sabéis de mi ilusión
por ir con vos de montería.
(Ladridos)
Mira el nerviosismo de los perros, ya olfatean el rastro de los gamos.
No deben andar muy lejos las piezas. ¡Dad suelta a los canes!
¡Sueltos están, señor!
(Ladridos)
¡Deteneos todos!
¿Por qué? Los gamos se escapan, padrino.
Ved, Quijada finge sorprenderse ante nuestra presencia.
Todo sale según vuestros deseos, majestad.
El encuentro no puede tener más apariencias de casualidad.
¿Ves aquella otra partida de caza? Sí.
Pues el jinete que monta el caballo tordo es el rey.
¿El rey en el monte de Torozos? No debe extrañarte, Jeromín.
El monte de Torozos es de España, y toda España es suya.
Sígueme, rindámosle pleitesía.
(Música dramática)
No lo desampares, Virgen mía.
(PIENSA) "Todo va a ser distinto en su nueva vida.
Ayúdale tú, que yo no podré estar a su lado.
Ni cuidarle, ni vigilarle como hasta ahora.
Si tú quisieras que no lo apartaran de mí...
Es mi alegría, mi vida. Déjalo conmigo.
Príncipe sí, pero a mi lado".
Puro trajín hemos traído persiguiendo las piezas
y este es un buen lugar para hacer alto y descansar.
De manera, Quijada, que ese mozo que os acompaña
fue paje de mi padre el emperador. Sí, majestad.
Este niño fue paje de vuestro padre.
Acercados. Llégate a su majestad.
Majestad.
¿Cómo os llamáis? Jerónimo, pero me llaman Jeromín.
No me gusta ese nombre. A mí tampoco, pero...
Habréis de cambiarlo por Juan. ¿Juan?
Así dispuso vuestro padre que os llamarais.
¿Vuestra majestad ha conocido a mi padre?
Sí, lo he conocido y vos también. ¿Decís que yo le he conocido?
¿Quién era, majestad? Pues...
¿Nunca vuestro corazón ha sentido el deseo de llamar padre
a una persona que teníais a vuestro lado?
A don Luis de Quijada le llamo padrino,
pero sin esfuerzo le llamaría padre aun a sabiendas de que no lo es.
Bien sé de tus afectos por mí. Gracias, Jeromín.
¿Y no hubo otra persona? ¿Otra persona...?
Sí, hubo otra persona.
Pero si os dijera su nombre os burlaríais.
¿Burlarme? Y hasta podríais ofenderos.
No puede haber ofensa. ¿Quién fue esa persona?
Él, el emperador. Vuestro padre, señor.
¿Tanto le quisisteis?
Si padre mío fuera, no le hubiera querido tanto.
¿No comprendéis la razón de ese cariño?
Pensad, Jeromín. No entiendo, señor.
Sí, comprendéis, pero resistís a creer.
Acabe ya el misterio.
Para desgracia nuestra y del mundo, nuestro padre murió en Yuste.
¿Cómo decís, señor?
Somos hermanos, don Juan. ¿Hermanos? ¿Mi padre el emperador?
No, eso no es posible, padrino.
Sí, Jeromín.
Vuestro padre fue don Carlos, nuestro serenísimo emperador.
No, pero... Sosegaos.
¿Sabéis una cosa, majestad? Majestad no: hermano.
¿Sabéis una cosa, hermano? Decid.
Quise tanto a nuestro padre
que cuando murió le lloré como si mi corazón ya lo supiera.
Esas nobles palabras confirman vuestra estirpe.
¿Conocéis a estos caballeros? Pues no.
Los he traído para que den fe del encuentro.
El conde de Benavente.
Alteza, soy el más fiel de vuestros servidores.
Gracias. El marqués de Villena.
-Don Juan, a vuestros pies. -El duque de Alba.
-El más bravo de mis capitanes. -Que Dios os guarde, alteza.
Y que vuestra real sangre abra nuevos caminos
al engrandecimiento de España. Sí, señor.
Quijada. Decid, majestad.
Volved a Villagarcía y disponedlo todo.
Dentro de tres días habéis de llevar a don Juan a Valladolid.
Así se hará, señor.
Ya lo oís. ¡Príncipe nada menos!
Pues aquí donde me veis, yo soy su madre.
¿Eh?
-Ante la grandeza de España aquí reunida
yo me honro en publicar y hacer notoria
la estirpe de vuestra sangre
poniendo en vuestro pecho el Toisón de Oro,
en cuya insigne orden ingresasteis por decisión mía
cuando vuestra paternidad real era aún ignorada de todos.
Gracias, señor. Ahora dadme vuestra mano.
Seguidme y oíd.
A todos me dirijo.
A vosotros, mi real familia.
A vosotros también, nobleza española.
He aquí al serenísimo señor don Juan de Austria.
Todos le otorgarán la consideración que merece
como hijo del emperador don Carlos, que en la gloria de Dios descansa,
y como hermano de vuestro rey.
Como tal os reconocemos, serenísimo señor.
Y por España deseamos que las excelsas virtudes
de vuestro augusto padre sean también en vos.
¿Qué respondéis a eso, don Juan?
Pues que con la ayuda de Dios y con la vuestra
espero ser digno de mi sangre.
Soy vuestra hermana, don Juan.
Sed bienvenido al seno de nuestra familia.
Gracias, hermana.
Yo haré lo que pueda por ganar vuestro cariño.
¿No veis quién viene hacia aquí?
Personas que no podían faltar en este momento de vuestra vida.
Fieles vasallos del emperador
que todo lo hubieran sacrificado por vos y por él.
Alteza. No me llaméis alteza.
Llamadme Jeromín como siempre, madrina.
Madrina no... madre.
Madre mía. Hijo mío.
Mi Jeromín. Sí, Jeromín.
Y vos, don Luis, llamadme Jeromín
como cuando viajaba en vuestro arcón.
Bien decís, hermano, que merecido tienen
don Luis y doña Magdalena que padre y madre les llaméis.
Que si por la sangre no sois hijo suyo,
ellos os hicieron hombre, cristiano y bueno
forjando en Jeromín al príncipe don Juan de Austria.
¿Recuerdas tus ansias en aquella posada del camino?
Ahora un mundo se abre a tus sueños de gloria, Jeromín.
¿Conocéis esta espada? La espada del emperador.
Vuestra es. ¿Mía?
Regalo de don Luis. Gracias, padrino.
¿Y ese crucifijo? El Cristo de las batallas.
Regalo de doña Magdalena. Gracias, madrina.
No os separéis de él.
Que ese acero sirva para defender lo que la imagen simboliza
y que ese Cristo crucificado guíe siempre vuestra espada.
(OFF) -"Y desde entonces, don Juan de Austria ocupó su puesto
en la historia ejemplar de las Españas.
Para pasmo del orbe,
tras su espada comenzó a cabalgar un cortejo de hazañas y victorias
que culminaron en la más alta ocasión que vieron los siglos: Lepanto.
Allí se derrocó para siempre el poder sarraceno.
Y así fue cómo don Juan de Austria, el hijo del César,
al frente de las escuadras cristianas
convirtió en historia los sueños de Jeromín".
(Música triunfal)
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