All language subtitles for Los jueves, milagro (Arrivederci, Dimas)

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Original subtitles

¿Lo ven? Hasta el humilde tren correo

de las 6:45 atraviesa este pueblo sin detenerse.

Claro que esto no ocurría hace 50 años.

Por aquella época, para que un expreso

se pudiera llamar de lujo,

tenía necesariamente que parar en Fontecilla.

¿Qué ha ocurrido desde entonces?

¿Por qué, como en tantos pueblos de España,

los grandes expresos solo dejan al pasar por aquí

un breve temblor en los cacharros de las alacenas?

Y, sin embargo, hay cosas que no han cambiado,

por ejemplo, la gente de Fontecilla.

Aún esperan que la diputación les instale el nuevo alcantarillado.

Los hombres labran todavía el mismo trozo de tierra.

Y las mujeres siguen como siempre con su fe sencilla

pidiendo cosas sencillas al cielo.

Lluvia, por ejemplo.

¿Qué es lo que ha cambiado, entonces?

¿Qué ha podido suceder para que los trenes pasen de largo?

Sencillamente, ya no está de moda el famoso balneario de Fontecilla.

Ya nadie compra sus tarjetas postales,

ni bebe sus aguas cálcico-nitrogenadas

que lo curaban todo.

¿Oyen? Las buenas gentes de Fontecilla se van a alegrar.

Esa lluvia que pedían no ha tardado en venir.

La cosecha será mejor.

Enhorabuena.

Pero nunca llueve a gusto de todos.

Y al viejo balneario no le sienta bien el agua limpia

que cae del cielo.

Sí, el balneario no es más que una ruina.

Y para devolverle la vieja prosperidad, su dueño,

don Ramón, está dispuesto a todo.

Tal vez a hacer trampas con la ley

y aún a algo peor. Mucho peor todavía.

¡Carmela! ¡Que son las 11:00!

¡Carmela!

¡Que son las 11:00!

-¿Cuánta fuerza? ¿Media o toda? -Media.

¡Media! Para cuatro gatos que son...

Buenos días.

Buenos días.

¡Luisito! ¡No toques la palmera, que te puedes pinchar!

-Buenas. -Acuérdate que produce le tétano.

-¿Cómo habrá que decírtelo? -¿Cómo va el mundo, don Ramón?

¿Ha llegado ya al debut de Josefina Baker?

Todavía estoy en octubre del 17. Esta guerra europea es tan larga...

¿A como son las de la fuente de la Salud?

-A 1,50. -¡Niño, no toques!

¡Qué precios! ¡Cómo está la vida!

Anda, escribe.

¡Y sin mancharte los dedos!

Queridos papás...

Pero ¡mujer! ¡Escribir ahora! Como nos cojan los mejores sitios

-pues ya verás. -¡No te preocupes!

Todavía estaban llamando a la camarera.

-¡Míralos! ¡Ahí están! ¿No lo dije? -Aún podemos alcanzarlos.

-¡Por el pasillo! -Sí, vamos, vamos.

¡Niño, no arrastres los pies!

¡Eugenio! ¡Eugenio, vamos!

-Ven que te he cogido sitio. -Deprisa.

-Está ocupado. -Ah, ¿sí? Perdone.

-¡He puesto señal! -Ni que esto fuera el tren.

Postalitas, postalitas. Y mis bronquios a fastidiarse.

Tonterías.

Bueno...

¿Qué hacemos? ¿Esperamos a doña Paquita?

¡Empiece! ¡Empiece ya!

¡Luisito, no te acerques a la cascada!

Acuérdate que la hicieron los romanos.

¿Quiere separarse un poco, que no me deja respirar?

-¿Por qué no aparta la bocina? -¡Vamos, Carmela! ¡La gimnasia!

Uno, dos.

Uno, dos. Uno, dos.

-¿Hace mucho que ha empezado? -No se preocupe.

-Aún llega a tiempo. -Bueno...

Uno, dos. Uno,

dos. Uno, dos.

Uno, dos y tres.

-Uno, dos. -(GRITA)

(HABLAN A LA VEZ)

-¡Venga, pronto! ¡Al médico! -¡No!

¡Al médico no! A don Fidel.

Al cura, que me muero.

-¿Cómo? -Entonces,

-¡Corre! -¡Luisito!

¡Las cascadas no se tocan!

¡Doña Paquita!

-¡Doña Paquita! -¿Qué le ocurre?

Que se está muriendo otra vez.

Le ha dado el vahído y pide confesión.

¡Esta señora! ¡Muriéndose todos los días!

-Acabará por espantarme los agüistas. -¡La pobre!

Como está tan viejecita ¡y no quiere reconocerlo nunca!

Con la de balnearios para morir a gusto...

¡Venir aquí para hacerme la Pascua!

¿Central?

¿Central? Póngame con don Evaristo enseguida.

¿Diga?

¡Estupendo! Corra usted a la iglesia

y avise a don Fidel. Yo me ocupo de lo demás. Enseguida.

¿Qué hay?

Sí, sí.

¡Hasta luego!

Pedrito tiene un total de 24 manzanas.

¡Escribe!

Si da 12 a su mamá y seis al hermanito,

¿cuántas manzanas le quedarán a Pedrito?

Quedaros en silencio. ¡Quietos!

(Claxon)

¡Pagadme el café!

(Claxon)

(Claxon)

¡Esa señora es una pelma!

Cuando le duele algo ya cree que se muere.

-Me limito a avisarle... -Sí, lo sé.

Al menos el año pasado se moría con buen tiempo.

Con un arcángel nadie se extrañaría.

Se han aparecido tantas veces...

Y la espada de fuego, ¿qué? ¿Usted cree que es muy fácil hacerla?

No es necesario que lo sea Basta la sensación.

Un poco de purpurina y... Déjeme los detalles técnicos.

¡Ya lo tengo!

Que haga el arcángel don Ramón, que ha estudiado esgrima.

¿No se da cuenta que es una barbaridad?

¿El qué? Aparecer con un arma en la mano.

¡Se asustará la gente, hombre!

¡Oh, miren!

San Roque. ¿Qué les parece?

¡Vaya! ¡Estupendo! ¡Estupendo!

¡Ya está! ¡Don Antonio y Sultán!

Ni don Antonio ni Sultán. Pero...

¡Con mi perro no se juega! (MASCULLA)

Estos deben ser los cinco mártires de Praga.

Torturados en el 112 bajo Diocleciano.

¡Claro! ¡Cinco, como ustedes!

Se aparecen en grupo y ya está.

Eso, y a mitad de la aparición,

cantamos a coro para que usted se divierta. Muy bonito.

Pues, entonces...

entonces...

¡Hombre! ¡San Isidro!

Se parece a don Salvador.

Además, dicen que es un santo muy milagroso.

Un sobrino mío se cayó de un árbol y no le pasó nada.

Bueno, ¿y qué? Pues eso.

No le pasó nada. Don Antonio puede poner los muelles.

Esto de San Isidro me parece una gran tontería.

Creerían que se apareció un labrador o cualquiera del pueblo.

Entonces ¿creen que para ser santo no hay que saber de nada?

Si es labrador, porque es labrador.

Y si es guerrero, porque es guerrero.

¡Así no hay forma de hacer apariciones!

Que nos llama don Antonio.

Vengan. ¿Qué? ¿Qué pasa?

Miren, ya lo encontré. Ah ¿sí? ¿Dónde?

En el coro. Si ahí no hay nada.

Miren, miren. Miren.

Vean, ¿a quién les recuera esta cara?

Sin la barba, ¿eh?

¿Eh? Fíjense, ¿eh?

¿Es él o no es él? ¡Ya está!

¡Es verdad! Pues ¡claro!

¡No! ¡Yo no! ¡Yo no quiero! ¡No, no, no!

Hubo un hombre llamado Dimas.

Y otro llamado Gestas.

Los dos habían cometido latrocinio

y fueron crucificados junto a Cristo.

Y decía Gestas, el mal ladrón... Oigan.

¿No nos estaremos metiendo en algo demasiado serio?

Miren, yo soy español. ¡Católico como el que más!

¿Estaría tranquilo si estuviéramos ofendiendo

a cosas de la...?

Bueno, ¿de la iglesia? Profundizamos demasiado.

Interesan las consecuencias. ¿Saben qué ocurrió en Lourdes?

El agua milagrosa acabó con los ateos.

¿Y aquí quién va a saber que es de mentira?

Solo nosotros. Si vamos con cuidado...

-¡No haga ese ruido, hombre! -¡Si está todo oxidado!

Además, puso ese cable donde no debe.

¿Desde cuándo juntar dos polos del mismo signo

es hacer lo que no se debe? Fíjese.

(GRITAN) ¡Estamos perdidos!

¡Ya nos han cogido!

-(SILENCIA) -(SUSURRA) ¡Escóndanse, escóndanse!

-¿Media fuerza o toda la fuerza? -¡Media! ¡Media!

¡Cuidado con doña Paquita, que no se acerque a la cascada!

Bueno, no ganamos para sustos.

Menos mal que pronto los turistas vendrán a darnos su dinero.

¡Y qué turistas! Turistas con escapulario

dispuestos a pagar lo que sea por ver aparecerse a don José.

¡Miles y miles! Tendrán que alojarse en alguna parte, ¿eh, don Ramón?

Cortarse el pelo y afeitarse.

Usted podrá vender aquella partida de aceite rancio

que no ha podido colocar a nadie.

A don José, como hará de San Dimas,

seguramente le echarán limosna. ¿De cuánto?

¿No hubo en California la fiebre del oro? Esta será la fiebre del...

del milagro. Bueno, yo me divierto,

pero no me lo creo. ¿Por qué?

Porque no va a volver aquí la gente aunque inventemos un milagro de cine.

Eso digo yo. Don Evaristo tiene razón.

Los milagritos en el cine.

Y menudo favor le vamos a hacer a la religión con la birria de santo.

¡Y tan birria! Yo, por lo menos, no me convertiría.

Con esta birria de santo se convierte el que me dé la gana.

Si no le interesa, se va a su casa en paz.

Si lo digo es por la impresión a primera vista,

pero creo que con la ayuda del azul celeste,

podremos lograr efectos de primera calidad.

Y estos discos ayudarán mucho.

¿Tengo derecho a elegir música?

Apareciéndose usted, creo que sí.

¿Cuál prefiere? ¡A mí me da lo mismo!

Era por saberlo.

Muy bien. Hay otros puntos más importantes.

Por ejemplo...

Por ejemplo, ¿dónde la haremos?

¿Tengo derecho a elegir sitio? Bueno, diga dónde y lo veremos.

En la vuelta de los manzanos hay un terreno muy abrigadito.

¡Protesto! Ese terreno es suyo. ¿Y qué?

Quiere aprovecharse para hacer el milagro.

Bueno, así no vamos a ninguna parte.

Formemos una comisión que estudie el asunto del terreno.

Pueden ser ustedes dos

y presidirla don Ramón. De acuerdo.

¿Cuál es el segundo punto? El más importante.

¡Ha desaparecido la peseta!

¡Ha volado por el aire! ¡Ha volado!

¿Tú me crees? Yo toco una peseta y ¡puf! Desaparece.

Pero tú eres un niño muy bueno.

El más bueno de la escuela. Si tú quieres, la peseta volverá.

Tienes que pedírselo a los angelitos. ¿Tú quieres?

Entonces hacemos así...

(SOPLA)

(RÍE) ¡Mira! ¡Ha vuelto!

¡Aquí tengo la peseta, que ha vuelto la peseta!

-(RÍEN) -Sí señor. ¡Estupendo!

¿Quieres que vuelva a desaparecer?

Mira. Mira. Mira.

¡Uy!

Froto contra el codo...

¡Se ha marchado la peseta!

¡Mira! ¡Vuela!

Uy, cómo vuela. Yo la veo.

¡Está con los angelitos!

Cuidado, se le cae del cuello, don Salvador.

¿Y este es el niño más infeliz de la escuela?

Cualquiera le hace creer que don José...

Vamos a fortalecer su confianza en lo sobrenatural

por medio de la química. Esto le causará una gran impresión.

Hala, te puedes marchar. No, no, no, niño.

Tú quédate. Tú y yo vamos a hacer una cosa muy buena.

Te gustará mucho.

Verás, cuando los niños son buenos, pueden ocurrir milagros

y tú tienes cara de ser muy bueno.

Fíjate bien y pon mucha atención. Esto es agua,

agua pura.

¿Tú quieres que se convierta en vino?

¿Yo? No, señor.

No vale. Tienes que decir que sí.

(ASIENTE) Sí.

Entonces, reza un Padrenuestro.

Si rezas un Padrenuestro, Dios hará el milagro.

Anda, reza.

Haz como dice don Evaristo, Pepito. Anda.

-(REZA RÁPIDO) -Amén.

Ahora mezclo el agua de las dos copas, fíjate bien,

y ya está, aquí tienes el vino.

Pero si...

El caso es que...

Como no sea que el bisulfito es de fabricación nacional...

No sé qué diablos...

¡No has rezado con bastante devoción, estúpido!

Mañana me traerás escrito 200 veces "no sé rezar el Padrenuestro".

¡No se rezar el Padrenuestro! ¡Vete!

Mi terreno es mejor porque está más alto.

Pero no paga contribución.

Muy bien, yo no pagaré contribución, pero en mi finca no hay relente.

¿Cuando entramos en la mía,

empieza a hacer relente? ¡Claro!

¡Vamos! Como si las nubes cuando pasan por encima dijesen:

"¡Cuidado! ¡Estamos en la finca de don José!

¡Vamos a granizar a otra parte!". ¡Qué tontería!

No se trata de granizo, sino de relente.

Y a mí el relente me da tos.

¿Qué diría la gente de un santo que no puede curarse un catarro

con tantos años en el cielo? ¿Qué se diría de un santo

que se aparece en una finca que no paga la contribución?

Eso también es verdad.

Miren, detrás del balneario hay... Hombre, muy bonito.

Ahora quiere aprovecharse usted. Está ahí don Salvador.

-¿Qué, don Ramón? ¿Hubo acuerdo? -¡Qué va!

Pues nosotros no encontramos a nadie. Entonces, ¡estamos listos!

En fin, ha sido una pena.

¿Dónde va? Espere. Quieto.

Podíamos ser uno de nosotros.

Si digo que vi a San Dimas, me creerán a la fuerza.

Soy el cronista oficial del pueblo.

Hombre, para eso hace falta un alma inocente y usted...

¡Me parece que tengo la solución!

Abajo en el apeadero, ¿no ve un hombre junto a las vías?

Todos habíamos olvidado a Mauro.

-¡Todos! -¡Ah! ¡Es verdad!

¿Mauro, el de la estación? Pero ¡si es tonto!

Sí, tonto, tonto, pero a lo mejor me reconoce.

Sí, el pobre Mauro.

Espera siempre un milagro.

Y por fin lo tendrá.

No se despierta. Insista.

Sí, voy.

Más.

Ya está suelto el freno. Vamos a empujar.

Venga, venga.

Ya está. Venga.

Ya.

Ya estamos aquí.

Ánimo, no se preocupen. Todo saldrá bien.

Sin salirse de las vías.

Vamos, don José.

(HABLAN A LA VEZ)

Cuidado no se le caiga.

Oiga, esos cables no pueden ir ahí.

¿Por qué? Porque hay inducción.

El campo eléctrico sufre.

Que sufra. Tengo que sujetarlos.

Me sabotea el campo eléctrico.

Si luego me falla, aténgase a las consecuencias.

Sin salirse de sus terrenos. No se vaya sin esto.

Es muy importante. La palmera no.

Que pincha.

Sin palmera, pero váyase ya.

Vamos.

(HABLAN A LA VEZ)

No, no. Va usted a salir.

Por algo soy el alcalde. ¿Y si me pica una lacra?

(HABLAN A LA VEZ)

¡Hala!

Sin salirse de la vía.

La música.

Maldita sea. Derecho al balcón.

(Música)

¿Qué le parece? Mal.

Si todo lo hacemos así, fracasaremos.

Me está pisando la coles.

(HABLAN A LA VEZ)

Y los demás a fastidiarla.

¡Canalla!

La música.

(Música)

Yo soy San Dimas.

Al que los antiguos llamaron el buen ladrón.

Oh, escucha tú. Oh.

Escucha tú la palabra del bienaventurado Dimas.

Ya que fuisteis tú el elegido

por la divina misericordia.

(GRITA)

Por la divina misericordia...

Se le ha olvidado todo.

Voy a ayudarle. Vaya, vaya.

(HABLAN A LA VEZ)

Ese... esto...

(HABLAN A LA VEZ)

Escucha tú. Escucha tú. Escucha tú.

(HABLAN A LA VEZ)

Pero ¿quién ha hecho esa salvajada?

(HABLAN A LA VEZ)

Don José no se sabe ni una palabra.

Escúchame, Mauro, soy Dimas.

Es que no se ve nada.

Pero yo te digo que el hombre no está solo en esta hora incierta

y tenebrosa. Mi voluntad... mi voluntad... No oigo.

¿Qué dice? En este día.

En este día. Sí, sí.

Oh, en este día.

Tú y los que reciban mi testimonio

cumplan el mandato de San Dimas.

Lo primero, deberéis ir... consentiré en aparecer.

Sí, venid, hermano, todos.

¿Cómo termina, hombre?

Españoles y extranjeros, venid y confiad.

Consumiendo al agua milagrosa

de las termas de Fontecilla serán curados

todos vuestros males y aliviadas todas vuestras desventuras.

Este ha sido mi mandato. Da testimonio de él.

(GRITA) ¡Milagro, milagro!

(GRITA) ¡Milagro, milagro!

¡Despertaos todos, escuchadme!

(HABLAN A LA VEZ)

-(HABLAN A LA VEZ) -¡A mí, a mí!

Despertaos todos y oídme. Vendrá todos los jueves.

Lleva corona y caen estrellas. ¿No queréis creerme?

Tenemos que ir a rezar ahí. Se lo voy a decir a todos.

(Campanas)

-¿Te has vuelto loco? -San Dimas.

He visto a San Dimas. Hay que hacerle un santuario.

Me ha dicho que se lo diga a todos para que le vean también.

¡Eso es una tontería! ¡Sal de aquí!

Vendrá todos los jueves. Lleva manto y una palmera que habla.

-Y suena la música. -A la calle.

¿Entonces los curas en qué creen?

-¡San Dimas le castigará! -¡A la calle!

Aquí no quiero borrachos.

Era verdad, era verdad. Yo le he visto.

Yo era San Dimas y le he visto yo.

-Os castigará a todos. -Estás borracho.

-Sí a todos. -Vete a dormir.

Me lo ha dicho a mí, me ha dicho que va a volver.

Oídme. Venid conmigo a rezar.

-¡Idiota! -Os castigará a todos.

No le hacen caso.

No importa. Insistiremos.

Como no sea que vio este San Dimas y se emborrachó,

-pero si no bebe. -Ha podido ser algo.

-Cualquier cosa menos un milagro. -¿Por qué no lo saca para afuera?

No está bien tenerle en este rincón.

Es verdad. Lo teníamos olvidado.

Mira, aquí, al lado de San Nicolás.

No, no, que le quita vista.

Podemos dejarle junto a la puerta. Es donde ha estado siempre.

Y ahora con lo de Mauro, quizá le sale el mal de votos.

No me hables de Mauro. Aquí, que se ve desde toda la iglesia.

Como es el buen ladrón, quizá convierte a ese que siempre roba.

Luego forramos la mesa con unos visillos

y una colcha y ya tenemos lista la peana.

Al menos con esto nos acordamos de San Dimas.

Y a mí que este me resulta una cara conocida.

¿Por qué voy a salir si ya Mauro conoce el mensaje?

Hoy actuará para Mauro y para alguien más. Fíjese.

Aquí está el pobre. Aquí es, aquí es.

Vamos a sentarnos.

Dame tu silla.

Su aureola, don José.

Total, para dos viejas.

¿No podríamos saltarnos este jueves? Usted prometió aparecerse hoy

y se aparece o le rompo... Pero, hombre, hoy tengo una flema.

Eso no es nada, si me viera usted por las mañanas como me levanto.

Está bien, ya salgo, pero sin hablar, ¿eh?

Que luego empezamos con lo del santuario...

No diga tonterías, hombre. ¿No ve que hay que decir algo?

Pero ¿no lo podemos enviar por correo?

Cuidado, que viene alguien.

Ah, es un borracho.

Matías. Matías el alguacil.

Ah, ya, ya son cuatro. Perdón, cinco.

¿Contándome a mí? No, contándome a mí.

y como soy el cronista de la villa, ninguno se extrañará

que contemple el milagro.

Claro. Hasta luego, señores.

De orden del señor alcalde,

se hace saber que San Dimas se va a aparecer.

Alabado sea el Señor.

Hágase siempre su santa voluntad.

No quisiera morir ahora después de verle

y comprender cuánto nos queda por hacer a los buenos cristianos

aquí en la Tierra.

Sí, claro, claro, pero usted no se muere,

usted nos enterrará a todos, doña Paquita.

Ojalá, así tendría tiempo de organizar

la santísima archicofradía de San Dimas

y el agua milagrosa, como él me pidió personalmente.

-Sí, claro, claro. -¿Sabe, don Fidel?

Ahí está la vuelta de la farmacia.

Son casi 15 duros.

Cójalos para el culto de San Dimas.

Los cojo para los pobres.

Que conste que al aceptarlos no significa que apruebe

eso que ustedes llaman milagro.

Ay, don Fidel, cómo se conoce que no estuvo anoche allí arriba.

Pregúnteselo usted a Carmela.

Carmela vio el final nada más.

-Pues sí que se enteraría de mucho. -La pobre.

¿En qué país vivimos? Si esta agua fuera milagrosa,

¿no lo sabríamos? Que la bebemos desde los romanos.

Habrá que bebérsela encomendándose a San Dimas, digo yo.

Pues encomiéndese a San Dimas, bébasela, y a ver qué pasa.

Pero yo solo digo que...

Anda, esta agua esté carbonatada, calcicalnitrogenada,

Y ahora también milagrosa, ¿os dais cuenta?

En mi balneario y milagrosa.

¿Qué, Carmela? ¿Qué te parece?

Sí, señor, y si ahora le pone usted un adornito dorado...

Oh, un adornito dorado.

Anda, qué bueno. ¿Digo que lo pongan, don Ramón?

Pero en una capital de provincia,

¿Quién está en las mismas imprentas que en Madrid?

Un adornito dorado, qué tontería.

Toma, llévatelo.

Y recuerda que cambien solo lo de "mineromedicinal de Fontecilla"

por "milagrosas de San Dimas". ¿Cuándo las quiere?

El jueves pienso poner un puesto donde el milagro, conque calcula.

¿Qué pido, 250 o le parecen mejor 500?

No fastidies, por lo menos 3000. A mí me parecen muchas.

Pues encárgalas, y si luego sobra, para el próximo jueves y en paz.

-¿Comprendes? -Eso también es verdad.

Una verdad que yo he visto con estos ojos,

con los mismos ojos que ven ahora a Silvestre,

meter el dedo en el tintero y pintar el cuello del de delante.

Muchachos, Fontecilla fue elegida por el buen San Dimas,

que tanto os ama,

para dar testimonio de un verdadero milagro.

Un milagro muy hermoso y muy grande.

Tan grande como vuestros corazones de niños.

Vizcaíno, que te doy un cachete.

Así que decid a vuestras familias que el jueves deberéis traer velas.

Izarbe, ¿qué debéis traer el jueves?

Velas, muchas velas.

15 o 20 paquetes.

Me los manda usted por el primer correo.

¿Eh? Pero ¿todavía ahí no lo saben?

Espere, espere un momento.

Concha, explícale a este señor lo del milagro, voy al ayuntamiento.

Pero, Antonio, por amor de Dios, por conferencia.

Dos pesetas cada tres minutos.

Pero ¿quieres no pensar más en el dinero?

Verá, dicen que se ha aparecido San Dimas.

La última vez lo han visto varias personas.

Unas señoras que toman las aguas en el balneario.

-También lo ha visto el maestro. -Lo he visto yo.

¿Y a mí se me cree o no se me cree?

Si se me cree, bueno, pero si no se me cree, maldita sea,

le marco la nuez a mi padre.

Pero calcula que ha sido invento de los curas

para sacarnos los cuartos. Pues no los conozco yo.

Pero ¿no te he dicho cien veces que se apareció por los aires?

Aquí en España sois tan brutos, que hasta que no os rompéis la nariz,

no cree una leñe.

Oye, Matías, ¿a quién tienes de pregón?

Es muy importante.

A leerlo enseguida. Está bien, don Antonio, a mandar.

De orden del señor alcalde,

se hace saber que asegurándose con vecinos de esta villa

ha apalabrado con don Antonio Guajardo

el alquiler de su camioneta, que saldrá cada media hora,

¿Quién es el ayuntamiento para meterse donde no le llaman?

Pues le dices que mientras la Iglesia no reconozca el milagro,

quien quiera ver a San Dimas, que vaya en bicicleta.

Se lo diré a don Antonio, verá usted cómo suspende lo de la camioneta.

Eh, oiga, un momento.

Tenemos que hablar usted y yo. No puedo consentir lo que hacen.

Don Fidel, calma, ¿no ve que todo el mundo quiere ir?

Mire, no me venga con tonterías.

Están empujando a la gente a un terreno peligroso.

Muy cómodo, decir que no es muy cómodo.

¿Y qué quiere que yo le haga?

¿Que pida la canonización de Mauro y doña Paquita?

No, señor, pero vaya por lo menos usted.

Tenga la curiosidad del Magisterio Nacional,

que es también católico.

Es muy fácil cerrar los ojos y decir que no se ha visto nada.

Bien, veremos eso de San Dimas, claro que lo veremos.

Hay que ver el partido que le saca el sinvergüenza de don Antonio.

En cambio tú, pasmarote, prefieres tus partiditas

en vez de venir a darle las gracias por aparecerse en tus terrenos.

Por última vez, ¿vienes o no? No me obligues.

Yo no quiero saber nada de un milagro

que no tiene todavía la aprobación eclesiástica.

Está bien, entonces me iré yo sola, como siempre.

Don José, somos nosotros, baje.

Nada, no contesta. ¿Que no contesta?

¿Le pasará algo? No sé.

Hola, doña Margarita, a sus pies.

Su marido... Mi marido no está para partiditas.

No está para milagros, luego no está para partiditas.

Sí, claro, buenas noches, señora.

¿Vamos? Vamos.

Ay, ay.

Qué malo. Vamos, don José.

No. ¡No!

No, no, no voy, ay.

Vale, voy igual. Qué malo...

Deme un vaso.

Gracias.

Gracias.

La misma, la misma.

Sí, la misma, pero dos pesetas más cara.

-Una estafa. -Increíble.

¡Luisito, las agujas de las estaciones no se tocan!

Acuérdate del Titanic.

-Buenas noches. -Buenas noches.

Vaya horitas de venir.

Son ustedes unos tardones, ¿eh?

Don Eugenio, diga usted que le pongan un vaso.

-Esta agua parece otra. -Y total, por dos pesetas más.

Anda, bebe, bebe.

-Qué diferencia. -Sí, claro.

Oye, ¿por qué no aguantas tú un rato? Ya está bien.

Yo soy el entrenador.

¿Oís? Eso suena a que viene San Dimas.

Qué va, es el mercancías, que trae retraso.

El gramófono, pero ¿quién lo ha dejado encima de la vía?

Yo no me aparezco sin música.

Pero si está la banda... Pero también don Fidel,

que me puede preguntar por cosas del cielo

y decir qué es lo que hace San Nicasio.

¿Y yo qué sé quién es San Nicasio? Pues no le conteste.

Viene del cielo, no tiene que hacerlo.

Pero a un pobre loco se le puede engañar.

Ahora, yo no sé si a 300 personas... 300 personas y un cura.

¿Y a ti quién te ha dado permiso para venir aquí con esa velita? Anda.

Márchate.

Vaya, parece que a ese don Dimas

se le han pegado un poco las costumbres ferroviarias.

No sabe lo que es la puntualidad.

Pasan tres minutos de las 00:00 y tres minutos no son nada.

Tanto como nada, ¿no ha puesto alguna vez una conferencia?

Muy gracioso, un chiste muy gracioso.

Veremos quién ríe al final.

Anda, márchate de aquí. Ven aquí, niño.

Yo no salgo, ¿eh? ¿Cómo que no?

Si quiere que haya milagro, lo hace usted.

Se viste usted de cualquier santo y dice:

"San Dimas no puede venir, tiene mucho que hacer".

Eso es una informalidad. Lo que quiera, pero no salgo.

¿Seguro que ese cable va ahí?

¿Me meto yo en la mecha que le pone a sus cohetes?

¿No comprende que habrá un cortocircuito cuando enchufe?

Sí sigue dándome la lata, dejo el proyector.

Ah, muy bien, allá usted, pero ese cable está mal.

Por favor...

Vaya, un apagón muy oportuno.

Oportunísimo.

Ha fundido toda la instalación del pueblo.

A ver qué hacemos ahora. Claro, me ha sacado usted de quicio.

Déjeme hacerle unas señas para que no se pongan nerviosos.

¿Qué hacemos si no viene la luz? La darán enseguida.

En el transformador hay uno de guardia.

¿Lo oye? Están impacientes.

Lo mejor es que salga, don José.

¿Por qué apaga usted la linterna? Debe ser de la pila.

Con los cohetes habrá bastante iluminación.

Don José. ¡Don José!

¿No me oye? ¡Don José!

Oiga, don José.

¿Dónde se habrá metido? Creo que se ha ido.

Espere, parece que lo he cogido. Y yo también.

Buenas noches, don Salvador. Buenas noches.

Venga, niños.

Caramba, qué pronto se ha cansado usted de esperar.

Los niños, pobres niños, tienen que dormir.

Claro, claro.

Luisito.

Un niño bien educado no debe jugar con insectos.

Acuérdate que transmiten enfermedades.

Cómo habrá que decir a este niño que se esté quieto donde se le manda.

Cuando yo era niña, me estaba quieta si me daban un libro.

¿Cuántas veces habré leído "Corazón" de di Amicis?

Arturo, si no te ocupas de tu nieto, puede ocurrir una desgracia.

Voy, voy enseguida.

Muere en la batalla de Jutlandia, estoy seguro.

Me lo va a decir a mí, que he leído la historia de Blasco Ibáñez.

Fue el año que se perdió el imperio austrohúngaro.

-¡Arturo! -Voy.

Si hubiera hecho usted bien las conexiones.

Se está usted poniendo pesado.

No fui yo quien se aprovechó del apagón para desertar.

Bien dicho, muy bien dicho.

Si hubiera aguantado el tipo,

no jugaríamos ahora a perrachica la alubia.

¿Y si lo intentáramos otra vez hoy? Es jueves.

Se va a aparecer su tía, yo no.

Subástela porque no le queda ni cinco céntimos ahí.

¿No hay quien me deje un par de duros?

Se los devuelvo enseguida. Sí, ¿eh?

Con el trabajo que me ha costado ganarlos.

Con el dinero que le debe a don Manuel y a todos nosotros.

Solo en penicilina me debe usted 50 duros.

Eso son deudas antiguas.

El juego es el juego

y lo que se gana jugando, no se debe dar a nadie.

El descendente de las 15:40.

Qué informalidad. ¿Por qué?

Porque son exactamente las 15:40.

¡Eh, corran!

¡Cójanle, está en el vagón!

¡Párenlo, que es mi casa!

¡Eh, párenlo, que es mi casa!

¡Párenlo!

Lo siento, amigo, pero las casas no deben estar sobre la vía.

Tendrá que buscármela.

Usted ha soltado el freno.

Son muchos kilómetros cuesta abajo.

y la gran estación, y muchas vías.

Se va a perder, no la encontrarán nunca.

Yo tampoco tengo casa.

Usted se ha escapado de los guardias. Le llevaban a la cárcel, lo sé.

¡Eh, escuchen...! Cállate, cállate.

No grites de esa manera, no puede oírte nadie.

Nadie, cree usted que nadie.

Yo tengo un amigo que nos oye porque hace milagros.

¿Eres amigo de Dios?

Todos somos amigos de Dios. Usted menos, claro, pero no.

No es Dios.

¿Quieres saber cómo se llama mi amigo?

Se llama San Dimas. ¿San Dimas?

¡Eh, San Dimas, soy Mauro! No grites tanto, no es necesario,

los santos tienen buen oído.

He visto rezar a mucha gente y no se les oía a dos pasos.

Santo San Dimas santo, óyeme.

Aquí estoy con el hombre, mi casa se fue. Y los guardias.

Santo San Dimas, escúchame, hay un hombre...

hay un hombre que vivía en la cárcel.

Haz que vuelva allí.

Soy Mauro, Mauro.

Seguro que San Dimas se enfadará contigo si le pides que me persigan.

No olvides que antes de ser santo, fue ladrón.

Si en lugar de denunciarme, me prestaras tu ayuda, se alegraría.

¿Comprendes? Y hasta es probable que algún día vuelva a Fontecilla.

¿Quién le ha dicho que estuvo ya? Donde yo estaba se sabe todo.

Pero dime, ¿qué aspecto tenía San Dimas?

Muy viejecito, tosía muchas veces.

Una noche estuve a punto de darle mi cimarra.

Ah, ¿sí?

¿Sabes? Me gusta Fontecilla, sí,

pero no sus fuerzas vivas.

(Timbre de recepción)

Muy divertido, ¿eh?

No había nadie. ¿Qué se hace cuando no hay nadie?

Se toca al timbre. ¿Qué diablos quiere usted?

Una habitación,

pero no me gusta.

¿El qué? Todo, todo huele a sucio.

Sí, habrá que limpiar un poco, airearlo, que entre el sol,

los papeles están húmedos.

Lo cuadros parecen premios nacionales de Bellas Artes.

Las plantas no tienen la más mínima dosis de clorofila.

¿Y los muebles?

Los muebles son muy incómodos. Y la pensión 80 pesetas por persona

con derecho al agua de la fuente de la salud. ¿Le conviene?

Me conviene si va incluido el derecho a contemplar el milagro.

¿Cómo dice? ¿Es que no hay milagro? Qué pena.

Así no hay modo de que el balneario aumente su clientela.

Por favor, ¿me dice su nombre?

Ah, sí, ponga Martino.

No puedo inscribirle así.

Sí que puede.

¿No sabe que hay disposiciones que...?

Olvídelas. Firme.

Está bien, casi no puedo mover la mano.

Quien no las llevó nunca no se imagina el daño

que hacen unas esposas bien ajustadas.

¿Usted? Pero usted...

Soy un buen ladrón que ha venido atraído por el milagro.

Tome. Bien.

Subiré a asearme un poco. He hecho un largo viaje

y se me nota.

Hasta luego.

Bueno, listo.

Y ahora le daré una fricción de quina y servido.

Pero muy mal servido. ¿Eh?

¿Cree que esto es un corte de pelo?

Mire, estos rizos están sin igualar, y qué patillas.

Esto no puede quedar así, protestaré.

Haré que el gobierno tome cartas en este asunto inmediatamente.

Menos mal que en la vida todo tiene arreglo.

¿Dónde ha encontrado esa peluca? No, no,

si lo adivina, se la devuelvo. Pero si no es mía,

si yo nunca he necesitado...

Como verá, a mí no me favorece nada.

Y a lo mejor conoce algún santo que la necesite.

Adiós.

Fíjese, fíjese bien en este sombrero y en lo que está debajo.

Nos referimos a la etiqueta del precio.

Por estos modelos, esperamos que se luzcan durante el verano,

aunque los maridos tengan que hacer horas extraordinarias en invierno.

Elche, la bella ciudad levantina, escoltada de palmeras,

efectúa una representación de su maravilloso misterio.

Entre el primer y segundo acto del drama sacrolírico.

La imagen de la Virgen... Se le ha caído algo.

Esto.

Tenga cuidado con los túneles, se pierden cosas y no se encuentran.

A ver, abra bien la boca.

Yo no veo nada, las amígdalas están normales.

No me explico esas molestias.

¿Qué molestias? ¿Que qué molestias?

¿No decía usted que le zumbaban los oídos y le dolía la garganta?

Algo hay que decir cuando se va al médico.

Es usted un artista manejando la luz.

Debería enseñarme a mí.

¿Qué es esto? ¿Una broma?

No, doctor, un milagro, un milagro de la ciencia.

Ah, la electricidad.

Sin embargo, es preciso tener cuidado con las conexiones

porque si no se tiene cuidado con las conexiones, adiós milagro.

¿Eh? ¿Quién anda ahí?

¿Quién es el imbécil que me espanta los conejos?

¿No contesta?

¿Quién diablos me espanta la caza? Pase, tome asiento.

Las tierras son mías, y el conejo también era mío.

Entonces supongo que estando dentro de su propiedad,

también debo pertenecerle, ¿no?

¿Quiere ver como aún le pego un tiro?

Prefiero enseñarle a matar conejos. No tiene idea.

¿Qué hace? Maldita sea, la escopeta es mía.

Se coge la escopeta,

se apoya en el hombro, así.

Se apunta a cualquier parte

y se esperan horas y horas

hasta que aparece algo en el punto de mira.

Un vagón abandonado,

un pobre loco

o tal vez mejor, un túnel.

Se apunta bien y...

Un hombre glotón diría que es un buñuelo.

Un folclórico, un sobrero cordobés visto desde arriba.

Un geómetra vería simplemente dos circunferencias concéntricas.

Y un miedoso...

¿Qué diría un miedoso, don José?

A mí no me venga con historias, ese tipo lo sabe todo.

Ese tipo no sabe nada.

Está demostrado que una cosa es la apariencia y otra la realidad.

Y la realidad es que nadie puede estar al tanto

de nuestras actividades.

A menos que...

A menos que haya habido una traición,

¿Se atreve a insinuar que puedo ser un traidor?

Yo no he dicho usted.

He dicho uno cualquiera. Es verdad,

uno de ustedes se lo ha contado todo.

¿Cómo uno de ustedes? Puede ser usted,

o puede ser usted, o puedo ser... no, yo no.

Yo estaba en el cine, no lo había visto nunca.

¿Por qué no le preguntan a don Ramón?

Que habló primero con él. Ah, ¿sí?

Soy tan honrado como el primero y más que usted.

Encima me insulta, eso sí que no lo aguanto.

Cuidado, que voy a perder la paciencia.

¿Y don Antonio por qué no lo hizo? Porque basta con ser alcalde.

¡Basta, silencio!

¡Silencio!

Discutir de este modo por una tontería.

¿Llama tontería que nos vengan a chantajear?

Llamo una tontería a tener miedo a ese hombre.

Si supiera algo de nuestro asunto, también hubiera hablado conmigo.

Lleva ya tres días en Fontecilla

y aún no ha hecho nada por verme. Perdón.

Venía a ver si en esta escuela hay clases nocturnas.

Me gustaría aprender bien la vida de los santos.

Maldita sea.

Cállese, demonio.

A ver, a ver.

Ilustrísimo Señor, la veda de la codorniz se levantará.

Don Antonio, qué oportuno.

No grite tanto, que se despertará el sargento.

Cuidado, le he metido un somnífero en los sellos que toma para el reuma.

Agárrese, que los vecinos...

y don Antonio Guajardo Fontana pagarán 500 pesetas de multa

por infracción de la Ley de Aguas.

Maldita sea, que me hagan esta faena a mí, el alcalde.

Es que en España no se puede vivir. Aquí no hay nada.

Tiene que estar en la mesa o en alguno de los cajones.

Sí, pero seguro que están cerrados.

Bueno, vamos a ver, vamos a ver.

¿No lo dije? Estos guardias no se fían de nadie.

Pero don Antonio, no haga burradas, que esto puede costarnos muy caro.

De perdidos al río.

Déjeme, y si lo rompo, mejor.

Que se fastidien.

Aquí está.

Alumbre.

Se le busca por supuesto autor de robo con fractura de cajones

en Comandancia Guardia Civil.

Atiza, como lo nuestro.

Sí, siga.

La Chilena.

Aquí hay una sin foto.

Rafael Villena alias el Señorito, delincuente habitual

contra la propiedad... ¿Qué más?

84 años. No, no es este. No, no, no.

Zamora, Zamorano... Ahí queda un papel.

A ver.

Receta para sacar brillo al charol.

Esto debe ser algo particular del sargento.

Tendría que haber algo anterior. Ramos nos dijo que tenía la marca

de las esposas. Busquemos con calma.

A lo mejor hay por aquí otro fichero.

Hola.

Usted otra vez. ¿Qué quiere?

Aquí está la ficha.

Démela. Lo siento, pero es mía.

Démela. No, dejemos estas cosas

en manos de la Guardia Civil. Ficha prestada, ficha olvidada.

Pero hombre, que no es más que para echarle un vistazo.

No, no. Verán, voy a proponerles un acertijo muy interesante.

Usted debe hablar el primero. Diga, ¿qué soy yo?

Pues no sé... No tenga miedo.

Diga, por ejemplo, asesino. No, no.

Vamos, dígalo sin miedo, dígamelo.

No, no. Diga: "Asesino".

Asesino. Funesto error

que le puede costar caro llamarme a mí asesino.

Don Antonio, ¿qué se le ocurre? No puedo consentir esto.

Tendrá que consentirlo, me divierte. ¿Qué soy yo?

¿Falsificador de moneda, traficante de drogas?

¿Chantajista?

Pase, pase.

Ahora subimos, vamos a enseñarle esto.

Vamos, vamos.

Deprisa.

Dese prisa.

-Vengan, vengan. -Pasen adelante.

Aguarden un momento. ¿Qué le parece?

Me gusta, pero no crean que han comprado mi silencio.

¿Le parece poco vivir en la suite regia?

Un sitio para príncipes, para bailarines.

O para ladrones.

En esta mesa quiero siempre una botella de agua de Fontecilla.

¿Por qué? Me interesan sus virtudes curativas.

Pues vale. Podría hacer unos cambios

en esta habitación.

Estaría mucho más confortable.

Mire. ¿Qué pasa?

Me gustaría este espejo más inclinado hacia delante.

¿Qué más da? Es para verles

mientras juegan a las cartas.

Les conviene sentirse observados. Uno mejora cuando sabe que le miran.

¿También debemos entretenerle? Quiero alegría, algo de música.

¿Hay algún piano en este hotel? Sí lo hay: aquel.

¡Magnífico! Vamos a organizar una fiesta.

¿Qué le parecería una obra teatral con los huéspedes del balneario?

Antes representaban una entre mes, pero ahora son tan pocos y viejos...

Que ya no se acordarán de nada.

¡Ya lo tengo!

Ensayaremos la vida de San Dimas. Doña Paquita saldrá de rodillas.

Pero¿ quién hará de santo? Ese es el problema.

A mi cargo estará la presentación del espectáculo.

De aperitivo, pequeños números de magia.

Y, como fin de fiesta, algo serio como les gusta. Fíjese, tenga esto.

Nada en esta mano, nada en la otra.

Y ahora... Uno, dos.

Uno, dos.

¡Atención! El gran Martino los va a sorprender y quizás a él mismo

con la aparición de un objeto inesperado.

¡Hombre! Una pastilla de jabón.

Eso quiere decir que es la hora del baño.

¿Media fuerza o toda la fuerza? Toda, 70 grados por lo menos.

-¿No querías confort? Toma confort. -¡Chantajes a mí, que soy el alcalde!

-Casi ha llegado al tope. -Pues que se aguante un ratito.

No se le oye protestar. ¿Y si lo hemos cocido de verdad?

No, el cuerpo humano resiste hasta extremos increíbles.

Recuerdo el caso de un inspector de contribuciones que una vez...

¿Eh? ¿Qué?

¿Se encuentra usted a gusto?

¿Que el agua está helada?

¡Espere que voy a darle candela!

¿Qué? ¿Vamos entrando en calor?

Vamos entrando en mares desconocidos y usted es mi barquero.

Qué cosas tan graciosas se le ocurren...

Esto...

Ha sido una broma. Lo fue en efecto.

A mí me gustan las bromas, la gente alegre.

Imposible. Imposible. Pero lo es.

La cabina no tiene otra salida y le hemos visto entrar.

Me vieron entrar en esa,

pero les hice creer que entraba aquí.

Conteste rápido: ¿quién mató a Caín? Abel. Qué tontería, es al contrario.

¿Lo ve? Puedo hacer que piensen al revés durante un tiempo.

¿Hipnotismo? Vaya usted a saber.

Sea lo que sea, no creo en esas cosas.

Levante la mano izquierda. Ya está, ¿qué pasa?

-Le han dicho la izquierda. -¿Y qué estoy haciendo?

-Esa es la derecha. -¿Me toma por tonto?

-Es la derecha. -La izquierda, de toda la vida.

No, se confunde usted. Le ha hipnotizado.

¿Qué me va a hipnotizar? ¡Es la izquierda!

Mientras llegan a un acuerdo, voy a vestirme.

Vengan en media hora a la suite regia.

Discutiremos de literatura, de música

y hasta de milagros si les parece.

¡Ah, doña Paquita!

A los cien grados empezará a arder, sáquenla cuanto antes.

¡Doña Paquita!

Un baño maravilloso, estoy como nueva.

Izquierda... Yo ya estoy loco.

¡Vamos, ande! Dispare, atrévase.

¡Bien!

¡Bravo! Qué barbaridad.

Es inconcebible.

Este truco entusiasma siempre.

Yo lo he visto hacer a los mejores especialistas,

algunos murieron por la bala.

Pero ¿en plena actuación?

Claro, en los ensayos siempre sale bien.

¿Quiere conocer otro truco? ¿Cuál?

Conseguir que un funcionario público

se crea, por ejemplo, gusano de seda, cinta métrica

o tormenta sobre un bosque.

Hacerme creer que tengo la mano izquierda

donde la derecha, todavía.

Pero sentirse uno lo que no es... Resulta un poco fuerte.

Ahora lo veremos, pero que conste que no vine a divertirles.

¿No hay quien desee sentirse patinador sobre hielo, vizconde

o académico de Bellas Artes?

Esto...

(RÍE) ¿Ninguno?

Solo hay una cosa para convencernos. ¿Qué es?

Que don José nos devuelva el dinero que nos debe.

Eso, eso. Voy a hacer más:

le convertiré en el primer filántropo

de Fontecilla. ¿Qué es filántropo?

Filántropo es ser generoso, caritativo...

No importarle el dinero. ¡No, no!

¡Yo no quiero ser filántropo! ¡Soltadme!

¡Soltadme! ¡No quiero ser filántropo!

¡Prefiero ser patinador de hielo o de esos de Bellas Artes!

¡Nunca! ¡Mi dinero! Tiene que complacer a sus amigos.

Míreme.

Venga.

Venga.

Míreme. No, no puedo. No puedo.

¿No quiere mirar este hermoso brillante

de 200 quilates?

Puede ser de usted.

Muy bonito. No es bonito, es repulsivo.

Da asco. También el dinero da asco.

El dinero, qué porquería.

Va a regalar ahora diez mil pesetas para obras parroquiales.

La iglesia necesita una campana nueva.

El casino, una mesa de billar. Mauro, unos pantalones.

Y don Manuel, los 20 duros que le debo.

Y a mí los 50 de la penicilina. Sí, adiós.

Voy a sacarle más dinero a mi mujer.

(RÍE) Esto es fácil.

Mucho más que la aparición de un santo

en una estación abandonada.

Nosotros somos simples aficionados, usted sí que...

Escuchen, vamos a hacer algo importante.

Ustedes ponen la fe en San Dimas y yo pongo todo lo demás.

Cuando les vi en el túnel comprendí que si me unía a ustedes

podríamos superar sus defectos y los míos, claro está.

Usted nos vio, eso explica todo.

Sí, les vi.

Otras personas también les vieron, pero a nadie le interesaba

tanto el asunto como a mí.

Usted ha hablado de unirnos.

Eso quiere decir mucho. Quiere decir que ya está bien

de jugar al chantaje y que San Dimas vuelve a Fontecilla.

Conmigo no cuente. Cuento con su asombro,

se sorprenderá por todo lo que ocurra.

Usted escribirá crónicas, usted aportará el agua milagrosa,

usted tierras y usted auscultará a todo el busque el milagro.

Habrá gravísimos problemas pulmonares, del corazón,

Un Padrenuestro a San Dimas puede hacer prodigios.

Oh, estupendo. San Dimas vuelve.

Ahora nadie durará de él, pero...

¿quién se disfrazará de santo?

Don José no quiere. ¿Y qué importa?

Las apariciones han de ser auténticas.

En realidad San Dimas no va a volver a Fontecilla.

Vuelven los milagros. O empiezan. Pero ¿cómo?

Muy sencillo. Con el misterio de una sola palabra.

Algunos la llaman fe.

Don Evaristo, física recreativa. Y yo...

Algún día les diré quién tiene razón.

¿Entonces cuál va a ser el primer prodigio?

Puede ser por ejemplo...

¡Ah! El oído de Carmela. Este puede ser el símbolo de su sordera.

¿Me oye ahora, Carmela? Naturalmente, señor.

Oremos.

(HABLA EN OTRO IDIOMA)

Vaya, vaya.

-Espere. -Déjame.

¡Eh, don Manuel! ¿Qué tal salió? ¿Hubo desmayos?

¿Se convirtió algún pecador? ¿Van a organizar las procesiones?

Fue estupendo. ¿Cómo lo hizo?

Jugándome la cabeza a una altura de más de 40 metros.

¿Y la luz era un proyector? No, un simple espejo.

¿Eso? Sí. Fíjese en la gente.

Es verdad, anda revuelta.

Aunque rabie don Evaristo, usted consiguió unos efectos

que ya quisiera él.

Los dos somos unos aficionados. Hay quien lo hace mejor todavía.

¡Mire qué hermosa mañana! Todo resulta perfecto.

Con detalles dificilísimos de lograr como esta brisa del suroeste.

Dígame, ¿no siente sensación de bienestar?

Lo que noto es que me estoy acatarrando.

Es bonito su pueblo desde arriba.

Pero se está haciendo muy tarde.

Acuérdese de que nos esperan en el balneario.

¿Sabía que hay 32 acacias en el término municipal?

Usted dijo que los milagros empezaban a las 11:45.

Todavía no tengo prisa. Mire ahí abajo, en el río.

Hay un bonito remanso. Unos se bañan, otros pescan,

otros se pasean.

A veces pienso que el mayor milagro es que todo funcione de esta forma.

Con tanta sencillez. Sí, sí, compruébelo.

Todo está en su sitio.

¿Le parece fácil?

Pues ande, pruebe usted.

(RÍE) Pruebe.

Pero ¡si son casi las 12! Aún no tiene nada preparado.

Es igual, yo soy un artista

y a los artistas nos gusta la improvisación.

Soy cura y no nos gusta ser milagreros porque si lo fuésemos

calcule los patinazos que nos pegaríamos.

Pero si todo el mundo lo vio. Fue algo sobrenatural.

Una ventana que se abre de pronto, un rayo de sol, cosas naturales.

¡Doña Paquita se está muriendo y le he dado solo media fuerza!

Señores, esta vez, va de veras.

Don Ramón, lamento decirle que dentro de poco la habitación 18

-también estará libre. -Déjese de bromas estúpidas.

No son bromas, está muriéndose. ¿Y no se puede hacer nada?

¿Alguna medicina americana? Yo pagaría lo que fuese.

Ni América, nada. Si quiere gastarse el dinero en doña Paquita,

-cómprele una corona de flores. -¡Pobre mujer!

Afortunadamente son ya las 00:00, la hora de comenzar los prodigios.

¿Quiere usted intentarlo con doña Paquita?

-Muy bien. -Tratándose de un infarto

cardiaco nada menos, todo lo haga será perder el tiempo.

No lo crea. Escuche.

No oye nada, ¿verdad? No.

Y sin embargo ya ve, estoy completamente vivo.

Mi medicina, y la de todos, es la luz.

Deme un esparadrapo, don Evaristo. Sí.

¿Qué va a hacer? San Dimas ya está iluminado,

ahora solo falta iluminar el agua.

Dirigiremos un rayo de sugestión directa sobre la fuente

de la que todos han de beber para que produzca un reflejo.

Desde este momento las aguas de Fontecilla son milagrosas.

Es decir, pueden ya curar enfermedades.

Pero ¿qué enfermedades? Si aparte de doña Paquita...

¿Cómo es eso que no hay enfermos?

No se puede consentir.

Usted, a la cama ahora mismo con un cólico en la vesícula.

¿Yo? Si yo...

Pero si la vesícula me la quitaron dos años

antes de la guerra.

Don Salvador sí que es propenso. ¿Eh?

Encárguese de esta noche acusar síntomas: entumecimientos y dolores.

Descuide, el cólico será un éxito. Bien.

Quisiera un enfermo de apendicitis. A ver...

¿Usted? No, yo no.

Don Manuel sí que está paliducho. ¡Fíjese, fíjese!

No importa quién sea con tal de que se cure por el espíritu.

El espíritu tiene sed y ahí está su agua.

¡Asómense!

Pero no tapen el rayo. Y veamos qué ocurre con doña Eva.

¡Luisito, no te acerques al lago que te has tomado un plátano!

Bueno, te puedes acercar.

¡Pero sin meter la mano en el agua!

(RÍE) Qué gracioso. ¡Échate al agua!

Un niño bien educado hace todo lo que quiere.

¡Don Fidel! ¡Oiga, don Fidel!

¡Don Fidel! ¡Suba, don Fidel!

¡Esta agua es milagrosa, me ha salvado la vida! ¡Beba un poco!

Don Joaquín Sapena. ¿Yo?

Acérquese.

Aquí.

Niños,

al permitiros asistir

a mis últimos momentos, os estoy dando la mejor lección

teórico-práctica sobre la fugacidad de la vida.

¡Rodríguez, no te metas el dedo en la nariz! ¡Te doy un cachete...!

(TIRITA)

Niños,

vais a presenciar

la defunción de un hombre que lo dio todo por la enseñanza.

Y a falta de manuales sobre la materia,

transforma en encerado

su lecho fúnebre.

(TIRITA)

Tú eres el primero de la clase, tócame la frente. No tengas miedo.

Toca y calcula en grados centígrados mi fiebre.

¡Calcula!

Yo no noto nada de calor.

Sapena, tú eres el primero de la clase.

¡Te doy un cachete así!

¡Tú debes saber que mi fiebre es muy elevada!

¿Qué temperatura tengo?

No sé. (TIRITA)

¿Qué temperatura tengo?

39'5.

-¡Esto empieza a ser alarmante! -¿Sí?

Sí, ¡muy alarmante!

No se asuste que lo traía preparado.

En fin, los síntomas son evidentes.

Nunca he tropezado con un caso tan claro como este.

-¿Usted cree que es algo grave? -Puede serlo.

Por lo pronto, que no se mueva. Absoluta inmovilidad.

Y no se olvide de ponerle bolsas de hielo en la región abdominal.

-¡Vamos a ver, don Manuel! -Si a mí me duele la espalda.

-Yo creo que tengo pulmonía. -Usted tiene apendicitis.

-Apendicitis. -Que no.

Que lo que tengo es pulmonía, estoy seguro.

Pero hombre, acuérdese: don Salvador, fiebres tifoideas

y usted, apendicitis.

509, 510, 511, 512, 513...

¡Oiga! ¿No le parecen muchas botellas?

En los últimos diez años no había vendido ni la mitad.

Debe tener a punto un litro de agua para cada hombre de este mundo.

Un cálculo superficial nos da unos dos mil millones.

¿No podíamos dejar a los chinos? No, no, los chinos

también tienen derecho a lo maravilloso.

¿No hará falta animar a la gente con premios en el tapón?

Un piso, una máquina de coser, algo así.

No es mala idea.

Esta agua sabe tan mal que no la beberá nadie

si solo prometemos milagros. ¿Tan mal sabe?

Pero ¿no la ha probado? ¿Yo? En mi vida, ¿para qué?

Pruébela, es lo justo. Tiene que sufrir como todos.

¡Puaj! ¡Qué porquería!

Hemos reparado una censurable falta de ética profesional. ¿Qué hora es?

Las 14:45, los Maldonado acaban de llegar al pabellón.

Y nuestras primeras botellas están llegando a su objetivo.

Sobre todo con devoción, con muchísima devoción

y despacio, a sorbitos.

Un Padrenuestro a San Dimas.

Padrenuestro que estás en los cielos.

Sí, anda, reza a San Dimas.

En esto de los milagros tenemos gafe.

Ahora va y sale con pulmonía doble.

Si es necesario comprar algo... Le he puesto aceite alcanforado.

Doña Paquita se curó ayer con el agua.

Oiga usted, para el neumococo no hay más que penicilina.

Dios te salve, María, llena eres de gracia.

El Señor es contigo.

Bendita tú eres.

Le hago una señal para que termine de beber el agua.

No se me ocurre otra cosa. ¿Y eso de qué puede servir?

Si supiera algo de medicina, no diría esas sandeces.

Ahora y en la hora de nuestra muerte.

Gloria al Padre, gloria al Hijo.

Gloria al Espíritu Santo.

¿Qué hacen ustedes aquí?

Pero... ¿Será posible?

Es que yo...

¿Acaso...?

¿Qué ha pasado? ¿Por qué me miran así?

-Esto es inexplicable. -¡El agua!

¡Ha sido el agua! ¡El agua de San Dimas!

¡Milagro! ¡Milagro!

San Dimas ha querido que sea yo quien lleve el agua a los que sufren.

¿Dónde hay enfermos?

¡Todos han de curarse!

¡Don Salvador que se está muriendo! Tiene fiebres tifoideas.

Esto se llama fiebre.

Suele acompañar a todos los procesos infecciosos.

(TIRITA)

Y cuando alcanza, como en mi caso,

cifras superiores a los 40 grados

significa peligro de muerte.

¡José Rodríguez Lapuente! Haga el favor de repetirme

todo lo que acaba de oír sobre la fiebre.

La fiebre

es un calor que entra

cuando uno se está muriendo.

¡Todos de rodillas!

Don Salvador.

¿Habrá algún vaso por aquí?

Ah, sí.

Beba usted, beba despacio

y rece a cada sorbo conmigo.

¡Es el agua de San Dimas! ¡Deme!

¡Me encuentro muy mal!

¡Me encuentro muy mal!

Pero creo.

¡Creo! Y me encomiendo con todas las potencias de mi alma

al dulce y piadoso San Dimas.

Muy bien, y ahora vamos a rezar las letanías de San dimas.

-Gloriosísimo San dimas. -Gloriosísimo San dimas.

Gloriosísimo San dimas.

Gloriosísimo San dimas.

Todos los que a ti nos encomendamos.

Todos los que a ti nos encomendamos.

-Recobremos la salud. -Recobremos la salud.

-Así del alma. -Así del alma.

-Como del cuerpo. -Como del cuerpo.

Y lleves la paz a los corazones...

Así del cuerpo, como del alma.

Así del cuerpo, como del alma.

Así del cuerpo, como del alma.

Así del cuerpo, como del alma.

¡Milagro!

Esta agua no le pertenece. ¡Es de San Dimas!

-Y con él nadie hace negocio. -Pero si la mitad se va en impuestos,

además usted puede coger la que quiera.

No, me cobra lo que a los demás.

Tenga, lo mío y lo de los niños, que los invito yo.

Pero ¡por Dios, doña Paquita!

¡Oiga, oiga!

-Eh, tú, la peseta. -Si no tengo.

Pues ya me la darás, me la debes.

¿Qué os pasa, no creéis en San Dimas?

Sí creemos, señor, creemos. Lo que pasa es que...

Que no te de vergüenza decirlo. Lo que pasa es que no tenemos dinero.

¿Tú tampoco? No, señor.

Ninguno tenemos. Esperad.

¿Sabéis que el agua va por debajo de la tierra?

¿Como un río que no se ve? Eso es.

Yo soy como ingeniero, ingeniero del agua

y os diré de dónde proviene ese manantial.

San Dimas se apareció en la estación.

Y hay una manga en el andén para las locomotoras.

¡San Dimas¡ ¡San Dimas! ¡San Dimas!

-Yo sí que he visto a San Dimas. -Bebe de esta agua,

-es para el milagro. -Qué va, me lo hubiera dicho.

-Se lo oí decir al ingeniero. -Pues anda, pide.

¡Pídeselo, anda!

¡Ayúdame, San Dimas!

¡Pipo! ¡Pipo, ven aquí! ¡No te marches, soy yo!

¡Pipo! ¡Ven! ¡Ven, Pipo!

Se lo pedí a San Dimas y me lo ha traído.

¡Pipo! ¿Dónde has estado, Pipo?

¡Guapo, ven! ¡Ven conmigo!

(LLORIQUEA) ¡Pipo!

¡Agua milagrosa, a peseta el vaso!

¡Beban el agua milagrosa a peseta el vaso!

-¡Agua milagrosa! -¡Venga, dámela!

¡Madre, madre! ¡La conseguí!

¡Gracia, sal! ¡Tu hijo te trae el agua!

¡Se curó! ¡Se curó!

¡Ha sido un milagro!

¡Ha sido un milagro, Pablo!

¡Emilio, mi Emilio que se ha curado! ¡Tenía las fiebres y ya está bueno!

¡Milagro!

¡Ha sido un milagro!

¡Don Salvador! Pero ¿dónde va ese hombre?

¡Deténgalo, don Ramón!

Don Salvador.

¡Salvador!

¿Qué le pasa? ¿Adónde va?

No lo sé, a la iglesia.

Creo que he sentido ganas de rezar.

¿Todavía no lo comprende?

Ese hombre le sugestionó para que se sintiese devoto.

Una broma muy pesada, venga. ¡No me hable de bromas!

La que hicimos nosotros fue la peor de todas.

¡Mire! ¡Mire!

¿Y qué? Eso no nos lo podíamos imaginar.

Ande, venga con nosotros.

-Ahora ya es demasiado tarde. -Pero ¿qué pasa?

¿Cómo que qué pasa? Bah, vamos.

Vamos y discutiremos dentro, estamos desconcertados.

Pero ¿qué escándalo es este? ¡Escuchadme!

¡No puedo consentir que hagáis el salvaje aquí!

¿No me oís? ¡Silencio!

¡Dejad el santo, o llamo a la Guardia Civil!

¡Doña Paquita, sepa que dentro de la iglesia no tolero otra agua

que no sea el agua bendita!

¡No me importa! ¡Lo que tenga que decirme, en el confesionario!

¡A la calle! ¡Fuera todos! ¡La iglesia no es un gallinero!

¡Aquí se viene los domingos a las 8:00, entonces sí!

¡Ale, ale! ¡A armar jaleo, al campo de fútbol!

¡Fuera todos! ¡Fuera todos!

¿Por qué no, Dios mío?

825 enfermos.

4200 peregrinos en total.

Utilizo números redondos.

Les he llamado para que hablemos de los beneficios.

Es decir, para que hable yo de ellos si no les molesta.

Apartado A: beneficios económicos.

Calculemos una ganancia de tres pesetas por peregrino,

que supone 10 200 000 pesetas al mes.

Que son 122 millones en un año, 212 000 en un siglo

y un billón doscientos mil millones en un milenio.

Bien, esta es mi oferta.

Yo les compro el monopolio del milagro

y les pago todo su valor al contado. Miren.

Dinero, billetes.

¡Dinero, más dinero! ¡Cuanto no han podido soñar!

¡Oro! ¡Una eternidad de oro! No nos interesa.

¿No? ¿A usted tampoco, don Evaristo?

¡Yo que sé! Y no haga más juegos de magia, no estamos en el circo.

Claro que no. Aún no.

Hay que reír, ¡alegría! ¡Se compran milagros!

¡Los pago más que nadie! ¡Oro!

Oro para cubrir las montañas, los ríos, para satisfacer

sus menores deseos.

¡Aquí hay seriedad, garantía! ¡Yo pago más que nadie!

¡Miren cómo vuela el oro! ¡Cójanlo!

¡Compruébenlo! ¡Es legítimo!

¡Sirve para fingir milagros, comprar cohetes, luces, pelucas!

¡Sirve para todo!

Usted habló de un apartado A: beneficios económicos.

¿Cuál es el apartado B?

¿Apartado B? Beneficios espirituales.

¿Eh, amigos?

¿Oyen? Un ilustre visitante ha llegado.

¿Tenemos derecho a jugar con ellos? ¿Qué les parece?

No le tengo miedo.

Ningún miedo, ¿sabe? Voy a decirlo todo.

Está bien.

Vaya.

Hay que hacerlo, es preciso.

Me queda la duda de quién es usted. ¿Me lo dirá?

Cualquier día.

No sé dónde será. Ese es mi secreto.

¡Oídme!

¡Oídme! ¡Escuchadme todos!

¡Nosotros intentamos engañaros!

¡A todos! ¡A todos!

¡No había agua milagrosa!

¡Yo les diré quién era San Dimas!

¡Mírenlo! ¡Lo disfrazamos, se parecía!

Pero ¡nos asustamos!

¡Creímos que sería fácil engañaros!

¡Y este fue San Dimas, este!

¿Tú, San Dimas?

Yo, ¡yo lo he visto! Llevaba luz

y una palmera, no se parecía en nada a ese.

¡Es verdad! ¡Lo que dice es verdad!

-¡Queríamos hacernos ricos! -¡Lo hicimos por Fontecilla!

¡No! ¡No le creáis! ¡No le creáis!

¡No me importa a quién se debe esto, si es verdad o mentira la aparición!

¡Miren, lo que quiero es cuidar a mi hija!

¡He venido desde muy lejos, lo vendí todo!

¡Y quien sea que haga el milagro la debe curar!

-¡Todo fue falso! -¡Inventado por nosotros!

-¡Mentira! ¿No veis cómo ando? -Se lo pedí y me lo ha devuelto.

¿Y estas manos quién me las ha curado a mí?

Y yo estoy curado. Tenía las fiebres y mírenme.

Ya estoy curado. Estoy sano.

Es mi hija, curadla. Está enferma.

-No la dejéis. -Yo me he curado

con esta agua de San Dimas milagrosa.

Y curará a tu hija también. Ven conmigo, venid todos.

(HABLAN A LA VEZ)

(HABLAN A LA VEZ)

Son ustedes unos miserables engañando a todos.

(HABLAN A LA VEZ)

¡Martino, baje, ayúdenos! ¿Me oye?

¡Martino! ¡Martino!

Tiene que estar aquí. ¡Martino!

A ver, ¿dónde está?

Quiero verlo. ¿Dónde está?

Aquí no hay nadie ni lo ha habido en muchos años.

-¿Cuándo lo han visto? -Hace un momento estaba.

¿Dónde está ese Martino?

-Estaba aquí. -Sí, hace un momento.

Miserables.

-Son unos miserables. -Allí, mire.

"Para don Ramón, José, Evaristo, Antonio,

Salvador y don Manuel.

Un día llegué a Fontecilla para aclararles el misterio

de una palabra que todo lo puede. Su nombre es la fe.

Quisieron hacer negocio con ella, sin saber que al despertarla

entre las gentes, estas me despertaron a mí.

Si esta fe les despierta también, mi viaje habrá servido para algo.

Díganle a don Fidel que el San Dimas de su iglesia

no se parece nada al original.

Por si acaso quieren recordar la imagen, adjunto foto

y señas personales del auténtico San Dimas.

¡Ese! ¡Ese es Martino!

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