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Televisa presenta Hey, hey,
hey Hey,
hey, hey Tú,
la niña que te crees perdida Porque alguien te ha dejado herida en este mar
Donde el corazón no sabe navegar Por eso te vine a cantar Que no
se va a acabar la vida aunque hoy parece Tiempo ese dolor desaparece
Ya déjalo ir Que no hay que sufrir de esta manera
Porque no vale la pena Deja que se vaya el de tu vida
Que se cierren las heridas que esta vez te hicieron mal y que mal. Mal y que
mal. Deja que sea parte de tu historia.
Una mancha en tu memoria de un amor que te hizo mal y que mal. Mal y que mal.
Deja que otros besos te enamoren. Que alguien más te lleve flores. No hay más
de un millón de amores que te quieren conquistar.
Ahí están las dos hermanas como siempre.
Son como animales salvajes.
Sobre todo la tal Maricruz.
Esa basura es un demonio.
En cambio la mudita, la que se llama solita, es tierna,
ingenua, callada. Claro, como no oye ni puede hablar.
Algún día, algún día le llegaré.
¿Qué piensas hacer por fin con Octavio?
No te preocupes tanto, Lucía.
A mi hermano lo voy a convencer con otras veces.
¿Pero cuánto va a durar esta lucha, Miguel?
Lo que tenga que durar.
La verdad es que todavía no entiendo por qué no vendes el rancho y le das a tu
hermano la parte que le toca.
¿Cuánto piensas que me van a dar por estas tierras?
¿Y qué crees que va a hacer Octavio con el dinero?
Gastárselo en un dos por tres y quedarse en la misma situación.
¿Encontró la silla de montar que quería, joven Octavio? Sí, Eusebio.
Llévatela a las caballerizas y se la pones a mi caballo.
¿Está en el rancho mi hermano Miguel?
La verdad no sé, joven. Yo acabo de llegar.
Me imagino que sí.
¿Qué amor le tienes a la tierra?
Sí, igual que mi padre.
El hombre solo es poderoso cuando es dueño de la tierra que pisa.
Y yo no valdría nada sin este rancho. Mi apellido sería el de un don nadie al
faltarme el respaldo de estas tierras.
Quiero decir, de nuestras tierras.
Es que Octavio no piensa como tú, Miguel.
Si tuviera dinero, le daría su parte para que terminara de dilapidar lo poco
que le queda.
Apuesto lo que sea que estaban hablando mal de mí.
¡Híjole! ¡Solita!
Se me olvidó que el vuelo debe estar muriéndose de hambre. ¡El vuelo!
¡Vámonos! ¡Vámonos!
No estábamos hablando mal de ti.
Tu hermano y yo solamente comentábamos que no te gusta para nada la vida del
rancho. Siempre lo he dicho.
Entonces, ¿qué haces aquí?
Hermano, no tengo a dónde ir.
Deberías querer siquiera un poco todo esto que también es tuyo.
Ay, no vayan a empezar a discutir. Por favor, que haya paz.
Te preocupa mucho la paz de esta casa, ¿verdad, cuñada?
Eres una santa, Lucía. Tan noble, tan buena.
Mi hermano Miguel tuvo mucha suerte al conocerte y casarse contigo.
¿Te estás burlando de mí, Octavio?
Basta ya, hermano.
Pero, abuelo Ramiro, ¿qué está haciendo?
¿No se quiere matar o qué? Váguese, por favor. Hombre, Maricruz, no pasa nada,
hombre. No pasa nada.
Espérame, es que iba a cortar una naranjota re bonita. Ay, qué naranja, ni
qué ocho cuartos. Por favor, deme la mano. A ver, a ver, a ver, a ver.
Ya. Sí, sí, sí, sí.
Sí.
Ya, es que yo ya tenía mucha hambre.
Espérense tantito. Yo voy a ver si consigo unas verduras para por lo menos
servirlas y comer los tres. Está bueno, está bueno.
Ahí, por mientras, entren las naranjas para aguantar en lo que traigo eso.
No, no solita.
¿Sí?
¿Ves cómo me trata tu hermano? Ya sabes que Octavio es así, siempre está de mal
humor.
A veces pienso que me odia.
Sé que nunca ha visto con buenos ojos que yo ocupe el lugar de la señora de
esta casa.
Para empezar, nunca estuvo de acuerdo con nuestro matrimonio.
¿Qué piensas, Miguel?
Creo que hay una única solución para que cambie el carácter de mi hermano. ¿Cuál,
mi amor?
¡Híjolas! Si Pancho me cacha, es capaz de agarrarme a piedradas o echándome los
pelos.
¡Ay, Antal!
Te atoraste, ¿verdad?
A ver, ahorita te voy a sacar.
Eres otro que está como mi hermanita y yo desamparado.
No tienes mamá, ¿verdad?
Seguro también estás muerto de hambre como mi abuela.
Pero ¿sabes qué?
No te apures, que al ratito te voy a dar comida.
Nomás déjame ir por más papas para llevarnos a
la casa.
Ya te vi, ladrona.
¡Párate ahí! ¡No te muevas! ¡O te echo a los perros para que te destrocen!
Ya sé, Miguel. La solución está en que tu hermano Octavio se case con Simona
Irazábal. ¿Simona, dices?
¡Claro! Es lo ideal.
Simona es millonaria. Y no lo molestaría mucho porque está consciente de sus
escasos atractivos.
Muy escasos. ¡Ay, Miguel!
Pero Octavio no se casaría por dinero. Ni aunque Simona fuera una Miss
Universo.
Si propiciamos las cosas, verás que lo logramos.
¿Qué robando otra vez?
No, no, no, no me estoy robando nada, Pancho.
¿Y esto qué es? ¿Qué es? Pancho, pues bueno, son unas papillas. Es que, pues,
es que estas papas se las voy a llevar a mi vuelo ya solita. Ellos no tienen que
comer, Pancho.
Pero estas papas te las estás robando. Pues sí, pero tú sabes que mi vuelo está
en el jacal. Y nomás estoy yo para llevar algo de comer.
Mi vuelo ya no puede salir a trabajar ni a agarrar comida. No seas así, Pancho.
Échame la mano, regálamelas.
Ándale, Pancho, no seas gacho.
Regálamelas. Está bien, está bien.
Te las voy a regalar.
¿De verdad?
Ay, muchísimas gracias, Pancho. De verdad que Dios te lo va a pagar
muchísimo. Tú también me lo puedes pagar, chiquitita. Te regalo las papas.
Si me das un besito... No, no, no, no, no.
Hola, Solita. ¿Te ayudo?
¡Ya! ¡Suéltame! ¡Déjate de payasadas!
Ya saben que a mí no me gusta que los hombres se propasen conmigo. No te haga
la difícil que estas papas valen más que un beso tuyo. Ah, sí. Pues ahí las
tiene. Tráguenselas todas, que yo ni las quiero. Ahí están todas sus papas.
¡Pérate!
¡Suélteme! Estás toda desalienada como ahora. Te gustan mucho, Moni Cruz.
¡No, suélteme! Si te bañaras seguido y te pusieras mejor ropa, te serías más
bonita y me gustarías más.
¡Suélteme, pelado asqueroso! ¡Suéltame!
¡Estás rabiosa! ¡Que la sueltes, te digo!
invitar a Simona a comer con nosotros.
Trataré de reunirlos a ella y a tu hermano. Pues para que Octavio se vaya
acostumbrando a su fealdad.
La verdad es que el dinero y en millones es atractivo para cualquiera.
Hasta para tu desinteresado hermano. Haz lo que quieras, pero no te hagas muchas
ilusiones. Octavio es un bala perdida.
Pues no hay peor lucha que la que no se hace.
De acuerdo, prueba si quieres.
Hoy mismo voy a hablar con Simona.
que se está robando las papas. Pues él quería besarme a la fuerza.
¿De verdad?
¿Lo estabas robando? No.
Bueno, pues sí.
Es que, mija, tal no tenemos para comer, oiga.
Déjale las papas. Pero... Y hay de que me entere que estás volviendo a molestar
a esta muchacha.
Está bien, señor.
¿Una comida, dices?
¿Qué celebras, Lucía? La llegada de mi cuñado Octavio.
Es verdad.
Te había escuchado que está en el rancho.
¿Recuerdas cómo jugabas con él cuando eran niños?
Miguel, mi marido, me contó.
Claro que lo recuerdo.
Será una comida íntima y considerándote de la familia como te considero, pues
quise invitarte.
¿Cuándo va a ser?
Mañana. ¿A qué hora?
Pues puedes llegar después de la una.
¿Tus papas?
Oye, ¿usted quién es?
Yo soy Octavio Narváez.
¿Tú? Ah, pues yo soy una de las nietas de Ramiro, don Ramiro, el viejito.
Soy la Maricruz.
¿Y vives por aquí? No, no, yo vivo por allá, por donde está el río.
¿Cómo? ¿Y vienes desde tan lejos solamente para robarte unas papas?
Pues es que si no lo hago, ni mi abuelo, ni mi hermanita, ni yo tenemos para
comer.
Ah, debe ser que nadie te da comida en los ranchos, ¿verdad?
No, nadie.
¿Será que no has pedido? Uy, no, hombre, claro que he pedido, chorros de veces.
Pero en lugar de darme comida, pues me dan una bola de insultos y me mugrocean
y me... El que menos es pancha y este, ya veo también.
Sí, ya vi.
Bueno, pues yo me voy a ir porque acá ya me están esperando.
Yo te acompaño para que no te vuelvan a molestar. Vente.
Es muy peligroso que andes sola por estos lugares.
¡No, hombre!
Ya estoy rete acostumbrada.
Bueno, de todas maneras.
No, así conmigo no pueden tan fácilmente.
¿Y Pancho? Pues me cachó desprevenida. Si no, me lo tunda piedradas también.
La fuerza de un hombre siempre será superior a la tuya.
Y alguno terminará venciéndote.
¿Maricruz?
¿Siempre andas así?
Pues, ¿así cómo? Sí, siempre.
Oiga, yo nunca lo vi en delante.
Es que no vivo aquí.
Acabo de llegar.
¿Usted es del rancho Los Narváez?
Soy hermano de Miguel Narváez. ¿De veras?
¿Y por qué te asombras?
Pues porque usted es bien distinto a don Miguel.
Será porque soy el bohemio de la familia.
¿Qué es eso de bohemio?
Bueno, más o menos una que no le gusta trabajar, que no para en ningún sitio y
que no es bien recibido en casa de mayores.
Casi digamos que el que apesta. No.
Nada que apesta. Si ustedes salían recibidos en todos lados, usted se ve
limpiecito, muy así como, no sé.
Yo nunca había visto un joven como usted.
Tú ten, mi niña.
Gracias, nana.
¿Por fin vas a ir mañana a la comida en el rancho de los Narváez?
No sé, nana Carmela.
Aún no me decido.
Mi niña.
No puede estar encerrada aquí siempre.
Tienes que salir, distraerte.
Además, la comida es en honor al joven Octavio.
¿A poco no te acuerdas lo bien que te llevabas con él cuando eran chiquillos
los dos?
Claro que me acuerdo, nana.
¿Cómo voy a olvidar aquellos momentos?
Octavio Narváez, el príncipe de mis sueños de adolescencia.
Mi amor imposible.
Bueno, Maricruz, ya te acompañé un buen trecho.
No te puedo acompañar más.
Además, creo que ya no corres peligro.
¿Cómo? ¿Ya se va?
Sí, no te puedo acompañar hasta el jacal.
Bueno, pues, muchas gracias.
Bueno, adiós.
Cuídate, linda.
¿Yo soy linda?
Sí, todas las muchachas de tu edad son lindas.
¿No sabías?
Bueno, pues la juventud y la niñez siempre son lindas. Ah, bueno, pues
entonces usted también es linda.
Qué piropo más espontáneo.
Ninguna muchacha me había dicho algo así.
Muchas gracias, Maricruz.
Cuídate, linda.
Me dijo linda.
Cuídate, linda.
Me dijo linda.
Ahora sí, Filemón.
Ya te amacicé para que te des el jalón con confianza. Ándale, vete para allá.
Vete para allá para que le jales duro. Más para allá.
Vete para allá, te digo.
Ahí le vas a jalar macizo, ¿eh?
Pero bien fuerte.
Sí, pues es que quiero rejuntar altas naranjas.
Ándale, Filemón.
Camina, Filemón.
Ándale.
Ándale. ¡Jálale para allá!
¡Para allá, para adelante!
¡Ándale!
¡Jálate!
¡Jálate para acá!
¡Ándale, gilimón!
Jamás, burro tarugo.
Déjalate, Sánchez.
Como te decía, hablé con Simona, la invité para una comida aquí en la casa
en honor a Octavio.
Pues no me aseguró que vendría, pero me dijo que la noche nos hablamos por
teléfono para confirmarme.
Si logramos que Octavio se case con Simona...
Ya no va a necesitar el dinero del rancho porque... Pues ya tiene dinero.
Bien o mal, pero siguen hablando de mí.
¿No es verdad?
Y apuesto que el tema es la venta del rancho para darme la parte que me
corresponde. ¿O me equivoco?
Qué suspicaceres.
¿Qué has decidido, Miguel?
¿Cuánto crees que te va a tocar por tu parte?
A juzgar por la cantidad de hectáreas que tenemos.
Imagino que será una cantidad respetable. Te equivocas.
No dudo que estas tierras lleguen a valer muchísimo algún día. Pero en este
momento no valen casi nada.
Y si no valen nada, ¿por qué estás tan apegado a ellas?
¿Huelo?
Dime, mi hijita.
Mi papá era guapo.
Pues eso nomás lo puede decir tu mamacita, mi hijita Mariluz.
¿Y a quién me parezco yo, a mi papá o a mi mamá?
No, pues para mí que tienes más el tipo de tu mamacita.
¿Y mi mamá era linda?
Eso sí.
Tu mamá era linda, linda como flor.
¿Pero se murió?
Sí, se murió.
Pero pues también es que ella era muy entrona.
Muy entrón, así como tú, mi hijita.
Pero mi papá sí está vivo.
¿Verdad, abuelo Ramiro?
Siento por estas tierras el mismo amor y apego que nuestro padre.
Los Narváez no son nadie sin su tierra. Y tú también eres un Narváez.
¿Quieres decir que a nuestro apellido el brillo le viene de la oscura tierra?
Exactamente. Yo creo que las monedas brillan más.
No sé a quién saliste, Octavio.
Sé que todo en esta vida es relativo. ¿Y qué vas a hacer con una pequeña cantidad
de billetes?
Porque solamente eso te va a tocar de tu parte el rancho.
No me digas, ya lo sé.
Lo vas a despilfarrar.
¿Y después qué?
Dios diera.
Te juro, por la memoria de nuestro padre, que si tuviera dinero te daría tu
parte de una buena vez. Pero no lo tienes, Miguel.
Y yo tampoco, y necesito vivir.
¿Puedes vivir aquí?
¿Trabajar el rancho conmigo? Sí, Octavio. Este también es tu rancho.
Por aquí cerca hay muchachas muy ricas.
¿Cómo si morirás, Ábal, por ejemplo?
¿Millonaria, pero fea, desgarbada?
No, cuñadita.
Prefiero mi libertad.
A ver, ¿en dónde consigues mi dinero, Miguel?
Quiero irme y llevarme lo mío.
Ya no como tierra, hermano.
Y mi apellido me tiene sin cuidado.
Y no me voy a esperar 100 años a que las tierras agarren valor.
Pero pues usted tiene que saberlo, abuelo. Mi papá está vivo, ¿no?
Pues puede que, mi hijita. Pues yo quiero conocerlo.
Oye, mija, ¿de dónde sacaste estas papitas que están re buenas?
Pues me las robé, como siempre, abuelo. Uy,
no, mi hijita.
Porque un día te vas a meter en un problema serio.
Pues sí, pero si no robo, ¿cómo vamos a comer?
Usted ya está muy grande. ¿Te le puede pasar algo? Y solita, pues... Véala cómo
está, tampoco puede.
Ay, pobrecita.
Me da un sentimiento verla así, metida en su mundo, sin oír, sin hablar, sin
nada.
Bueno, cuando usted se la encontró, ¿ya estaba así?
Sí, mija.
Yo creo que por eso la abandonaron.
A tu mamá y a mí nos dio mucha tristeza verla así y nos la trajimos para acá.
No, no sabíamos si tenía nombre.
Y le pusimos Soledad, como la encontramos así sola.
Por eso, la Solita es como una hermana para mí. Es mi hermanita, la más chica.
Yo siempre voy a ver por ella.
Siempre la voy a proteger.
Igual que usted, abuelo.
Por los dos, yo doy hasta mi vida.
Yo también.
Abuelo, es que...
Tengo algo que contarle. A ver, ¿qué cosa, mi hijita Maricruz?
A ver, ¿qué? Pues es que hoy conocí a un muchacho que estaba muy bien vestido y
muy chulo.
Te andaba buscando.
¿Vienes en apoyo de tu marido?
Lo hace sufrir mucho con tu comportamiento, pero no, no vine a eso.
Vine a avisarte que mañana voy a dar una comida en tu honor.
Ay, una comida muy íntima a la cual solamente asistirá Simona, ¿verdad?
Ay, mira que eres antipático, Octavio. Mira que tú eres ocurrente.
Ahora se te ha metido la idea en la cabeza de casarme con los millones de
Simona Irazabal. ¿Y si así fuera qué?
Son muchos millones que se van a ir a un orfanato a final de cuentas. ¿Y a dónde
mejor pueden ir?
A tu bolsillo, por supuesto.
Ay, no seas necio, Octavio.
Piénsalo. Simona es una buena solución para alguien que necesita dinero como
tú. Lo tendrías a manos llenas.
Simona no te va a escatimar porque sabes que desde niña está enamorada de ti.
Tápate los ojos a la fealdad de Simona.
Ábrelos a sus millones.
Cásate con ella.
Tienes razón, Iré.
No hay para mí nada más grato en esta soledad en la que vivo que ver a Octavio
Narváez y hablar con él.
Será como volver por un instante a mi feliz niñez.
Iré, Ana Carmela.
Mañana iré a esa comida para estar cerca de Octavio.
Aunque sea por un ratito en mi vida.
¿Qué me respondes? Que es una lástima que mi hermano Miguel no sea soltero.
Pero ¿sabes una cosa, Lucía? Todavía hay remedio. ¿Por qué no te divorcias para
que se case con Simona, cuñadita?
Estoy hablando en serio. El que necesita dinero para irse de aquí eres tú, no
Miguel. El caso es que tu hermano ama la tierra tanto más como la quería tu
padre. Y si tiene que vender, sería para él como recibir una puñalada en el
corazón. No seas cruel, Octavio. Y tú no seas hipócrita.
Ya sé cuál es tu juego.
No quieres que mi hermano Miguel venda para seguir siendo la señora del rancho
de los Narváez. En cualquier lugar que vivamos, yo voy a seguir siendo la
señora. Y si tus palabras fueran ciertas... ¿Habría algo de malo en ello?
Lo malo aquí es que lo que Miguel me gira todos los meses a México de las
ganancias del rancho no me alcanza para nada.
Y la única manera de salir adelante es con el dinero de la venta. Te lo ruego,
Octavio. Vender en estos momentos sería regalar las tierras.
Espérate. ¿Hasta cuándo? Pues no sé.
Quizá más tiempo. Yo no quiero ser terrateniente.
Ni me enorgullece ser latifundista.
Sobre todo necesito dinero en este momento. Y la mitad de todo esto me
pertenece. Quiero mi dinero porque es mío. Nada más.
No, no, Maricruz. Ya sabes que a mí no me gusta que andes por ahí con gente que
ni conoces.
No, si ahora ya no es como antes, mijita.
Ahora todo mundo anda queriendo nomás perjudicar a chamaquitas como tú y como
solita. Este no es de esos, güelo.
A legua se ve que es bueno. Ah, pero a ver, ¿de dónde salió ese joven? Pues
vamos a ver. Pues vive en el rancho de los Narváez.
Y me dijo que es hermano de don Miguel y se llama Octavio. Ah,
no, pues ya sé de quién me estás hablando, hombre.
Sí, pues es el hermano Tarambana de don Miguel.
¿Taran qué?
Tarambana, mi cita, hombre, Tarambana. ¿Y eso qué es?
Pues son estos que no tienen un lugar fijo donde vivir, que nomás andan
pajaritos por ahí y que no hacen nada. No, es gente que no vale la pena, mi
hijita. No, bebelo.
Este sí vale la pena.
Sí vale la pena, es chulo y se ve que es muy bueno.
Este no es como los demás hombres de por aquí.
Octavio, sí vale la pena.
¡Que la sueltes, te digo!
¡Ay, Solita, está bien fría!
¡Ay, está helada, Solita!
¡Qué gacha, Solita!
¡Ay, no, no, ya, ya, ya! Está más helada que la del río, Solita. Mejor pásame la
toalla, no seas gacha.
Ándale.
¡Ay!
¡Ay, te pasas esta!
¡Ay, está muerta!
Gracias.
Oye, ¿usted quién es?
Yo soy Octavio Narváez.
¿Tú? Ah, pues yo soy una de las nietas de Ramiro, don Ramiro, el viejito.
Soy la mariposa.
Octavio.
Se llama Octavio.
No, pues ya no más.
Me cambio y ya estoy.
Hola, mi chiquillo.
¿Sabes qué?
A ti te encontré el día que lo conocí a él. Y como no tienes nombre, pues te voy
a poner Octavia. ¿Te gusta?
Sí, es nombre de gente.
¿Brincos vieras?
Cómo me gustaría que me escucharas, manita.
Quisiera poder contarte que... que estoy sintiendo unas cosas bien curiosas
por un muchacho que se portó bien conmigo.
¿Vamos en el carro?
Tú digas, ¿pero a dónde me quieres llevar? A las tierras que pienso sembrar
de caña.
Tendremos una buena cosecha este año.
Por ende, habrá dinero para poder comprar ganado, que es lo que nos puede
dejar más. Miguel, Miguel, ¿me quieres convencer como otras veces?
Pero yo sé que tus proyectos no pasan de seres o proyectos.
Y ni me vas a retener aquí, ni me interesan las fabulosas cosechas ni
cabezas de ganado que tienes en la imaginación.
A unas penas tienes sembradas algunas verduras y árboles frutales.
Bueno, yo también quiero prosperar. Bueno, tal vez quieras, pero te
conformas con lo poco que tienes.
Hermano, si tuviera alguna otra cosa de dónde sacar dinero, tranquilamente te
dejaba el rancho.
Créeme. Bueno, vámonos.
Octavio Narváez, si pudiera, te desaparecería de este mundo.
Todo este terreno es para la siembra de caña, Octavio.
¿Qué te parece?
¡Híjole!
¡Ese joven Octavio!
con su hermano Don Miguel.
¡Joven Octavio!
¡Joven Octavio!
¡Joven Octavio! ¡Aquí estoy!
Ríjales, me vio.
Y me saluda.
Me está saludando.
Ay, Diosito, ¿qué hago?
¿Me la acerco o espero aquí?
A lo mejor viene él. ¿Qué hago? ¿Qué hago?
¿Está saludando a esa muchachilla? Sí.
Es la salvajita del río. ¿La conoces?
Sí, Miguel.
Ayer la salvé de la calentura de uno de tus peones.
¿La vas a estar siempre presente para evitar que alguien se propase con ella?
Bueno, tiene a su familia, sí.
Un abuelo octogenario que ya no puede trabajar y una hermana de crianza
sordomuda.
Maricruz es la que consigue para comer robando.
Por cierto, ordena que le den comida y leche de aquí para que ya no tenga que
robar.
¿Eh? De eso.
Es de lo que precisamente se aprovechan los sinvergüenzas.
Y si no estás de acuerdo, dáselo de la parte que me toca.
Al menos hasta que se venda el rancho.
Después ya veremos cómo se le ayuda.
Ya te fijaste que es bonita.
Prácticamente no me he fijado en ella.
Oye, no.
Octavio.
Octavio. Ay, ay, ay.
Ahí vienen.
Ay, Diosito, me dio el corazón. Se me va a salir por la boca.
No, pues ya no puedo.
Hola, don Miguel.
Hola, joven Octavio.
Hola, Maricruz.
Qué bueno que te encuentro.
Quiero decirte que de ahora en adelante puedes venir por nuestro rancho para que
te den comida y leche.
Desde hoy mismo puedes pasar a buscarla.
Pero no para que la vayas a vender después.
Claro que no, don Miguel.
¿Cómo iba a pensar eso?
Puedes venir todos los días, ¿eh?
Y así no tendrás la necesidad de robar.
Está bueno, nada más. Sí le encargo de favorcito que le avise a Eusebio, al
capataz y a los peones para que no me vayan a echar montón, ¿sí?
No te preocupes, se lo diremos.
Gracias.
Oye, ¿te fijas qué lindos dientes tiene?
Y la falta de cepillo, querido Néstor.
Bueno, Maricruz, entonces no dejes de venir al rancho, ¿eh?
¿Y el cuerpo?
¿Te imaginas ese cuerpo perfumado y bien vestido?
Vámonos ya que hace calor. ¿Y los ojos?
¿Qué más dices de sus ojos? Vamos, te digo, Miguel.
Quien te viera conquistador.
Pero no con infelices.
Escuchaste bien, Ofelia.
Esa muchacha tiene mi permiso para venir por comida y leche a la hacienda. Así
que avisen la cocina.
Don Miguel, usted me perdonará, pero no creo que sea buena idea darle comida a
esa ladrona. He escuchado que cada que puede se mete a robar a la siembra.
Mi hermano se conmovió con la salvajita del río.
Denle la comida y que se regrese a su becal.
Está bien, don Miguel, como usted diga.
Gracias.
¿Qué es esta mujer?
Le va a dar puras tortillas duras a esta pobre muchacha.
Se enojó conmigo.
Se enojó conmigo y a lo mejor ya no lo vuelvo a ver.
Pero tú lo diste, Octavio, ¿eh?
Tu tocayo dijo que yo puedo ir al rancho de los Narváez para que me den comida.
Ya puedo ir sin que me corran Eusebio y los piones.
Pues ya puedo ir.
Seguramente... Seguramente lo vuelvo a ver allá.
¿Verdad?
Ay, sí.
Permiso. Gracias.
¿Qué te pareció la comida, Simona?
Exquisita.
Esperamos que vengas más seguido.
Gracias. Miguel, vamos a checar al potro que te dije.
Porque no lo veo bien. Yo creo que hay que llevarlo al veterinario. Sí, sí, sí,
claro, claro. Con permiso. No debe ser nada de cuidado.
Ya lo verás.
Tranquila. Con permiso, se queda en su casa.
Propio. Adelante.
Nos dejan solos para que podamos hundirnos en los recuerdos.
Los recuerdos se espuman con los años.
Para ti, que como piloto has viajado mucho.
Yo vivo de ellos.
¿Y tú por qué no viajas?
Tienes posibilidades para hacerlo. Si yo he viajado, ha sido solo por mi trabajo,
al que de momento renuncié.
¿Y a dónde puede ir una mujer sola?
No sé, tal vez viajando conozcas a alguien.
No estoy interesada en conocer cazadores de fortuna.
Si vas a tratar hacia tus posibles pretendientes. No tengo posibles
pretendientes.
¿Y qué tal si yo fuera uno, Simón?
Ah, pues mi calmenso, ¿verdad?
Ahí se ve la casa.
Tú, pretendiente mío, no te burles de mí, Octavio.
Es lo que quieren mi hermana y mi cuñada.
Sí, lo sé.
A veces pienso que si yo no fuera el bohemio despreocupado que soy, sería
capaz de... ¿De qué?
De pedirte que te cases conmigo.
¿Aceptarías, Simona?
¿Te casarías conmigo?
¿Lo puedes ver? ¿Puedes ver a tu tocayo?
A ver, espérame. Ahí voy para allá.
Octavio, no te muevas de ahí, ¿eh?
Dudas. Eso quiere decir que ya no soy tu mismo amor de cuando eras niña.
No digas eso, Octavio.
Aunque sé que no me quieres, me casaría contigo.
¡Ándale, filemón!
¡Órale, jálale!
Mira, yo con esto ya me escapé de los naranjasos.
¡Órale!
¡Ándale!
¡Órale! ¡Ándale!
¡Órale!
¡Jálale, macizo!
Busca el juego que te dije.
¡Órale! ¡Ándale!
Ya le te digo.
Me acostumbré desde muy chica a quererte.
Yo no merezco tu cariño.
Me casaría contigo para ayudarte y para que dejaras en paz las sierras que
quieres despilfarrar.
Seguramente hasta terminarías trabajándolas.
No, no, yo no puedo echar raíces aquí, Simona.
Yo necesito estar moviéndome continuamente.
¿Por qué eres así, Octavio?
Siempre he sido igual.
Seguramente es parte de mi naturaleza.
Bueno, ya.
Olvida lo que te dije. Lo hice porque sé que Miguel y Lucía esperan algo de
nosotros. Por supuesto.
Ellos van detrás de sus intereses sin importarles los medios.
Pero las cosas no les van a resultar tan fácilmente como ellos creen.
Yo creíba que me había caído un jaguar de hijos que andan en la sierra.
Ay, discúlpeme.
Discúlpeme, señor, pero es que usted jaló bien fuerte con su burro.
¿Y tú qué andas haciendo trepada allá arriba?
Es que yo quería ver si salía el joven Octavio, porque yo soy amiga de él. Él
me dijo que yo viniera para acá por comida.
Y yo quería ver si salía. Discúlpame, de verdad.
Entonces tú eres la chamaca que vive junto al río.
Sí, la que dicen que anda robando papas y zanahorias. No.
Bueno, no es poquito.
Es que...
Pues tengo que llevarles comida a mi abuelito y a mi hermana solita para
apaciguarles el hambre. Mi abuelito ya está muy grande y no puede salir a
buscar comida.
Y pues ellos son todo lo que yo tengo en la vida.
Discúlpeme.
Lucía, Miguel.
¿Qué hacen aquí?
Se supone que estaban en el establo con el potro enfermo. El potro no tiene
nada.
Eso lo supe desde el primer momento.
A propósito, Miguel, ¿ya diste la orden para que dejen entrar al rancho a la
muchacha del río?
Se me olvidó.
Lucía, dile a Eusebio que si viene la chamaca que vive en el río, la dejen
pasar por comida y leche.
¿Estás hablando de la salvaje?
Sí, de la nieta de Ramiro.
Pero si esa es una sinvergüenza y ladrona. Exacto, pero desde hoy es la
protegida de mi hermano.
Mira para allá, Octavio.
Aquella es la casa del rancho de los Narváez. Está bien bonita, ¿verdad?
Ay, a su lado el jacal donde vivimos no vale nada.
Ah, pero yo prefiero vivir en el jacal con Solita, con el abuelo y ahora
contigo que en esa casotota.
Bueno, solamente por estarlo viendo a él, a tu tocayo, me gustaría vivir
cerca.
Ay, es muy bueno.
Todos los hombres de por aquí me tratan como basura.
En cambio, él me defendió, me llamó linda.
Nunca ninguno me había tratado como él.
Vamos.
Vente.
Siempre que un hombre se porta dadivoso con una mujer, y sobre todo si es una
corriente y salvaje como esa, es porque hay una segunda intención.
Aquí fallaste en tu apreciación, Lucía.
Las mujeres me gustan aseadas y educadas.
Maricruz no está a la altura ni siquiera de uno de nuestros peones.
Lo que da vergüenza, Miguel, es que viviendo tan cerca de ti, Lucía, y de
ti, Simona, ninguna se haya ocupado de ella.
Bueno, Octavio, yo no sabía que... Ella y una sordomuda que recogieron sus papás
se han quedado como animalitos.
Las dos tienen su historia.
¿Tú me esperas acá, changuillo?
Mientras voy por la comida, ¿eh?
¿Sabes, la burra al trigo?
¿No acabas de entender, condenada muchacha, que no puedes pisar las
tierras de este rancho?
Están prohibidas para ti. Pero yo nomás vengo por... ¡Nada de nada!
Para mis patrones tú eres basura. Y ellos no quieren que la basura ensucie
sus tierras. Pero el joven Octavio me dijo que viniera.
Es más, que viniera a diario por comida y leche que me iban a dar, Eusebio. No
me digas. Ahora cuéntame una de vaquero y ahora vete de aquí. ¡Que no vas a
sacar nada! ¡No! ¡A mí no me toques!
Y si no me crees, pues ve y háblalo con él. Ándale, para que te diga toda la
verdad. ¡Órale! ¿Qué esperas? ¡Vedile!
Además, a mí no me interesa ser hermana de la caridad ni darle hogar y calor a
víboras que después me puedan morder.
Es un punto de vista no muy respetable.
¿Qué pasa?
¡Es Maricruz!
Arrancho a buscar comida y leche.
Ay, ¿pero para eso tienes que armar un escándalo?
Sí, Eusebio.
Le dan a esta muchacha comida y dos litros de leche.
¿A la semana?
No, diariamente.
Se lo dejas en las caballerizas. ¿Por qué?
¿Por qué no puede ser aquí en la casa?
¿Y todavía lo preguntas?
Con esa vestimenta, esos modales, descalza. Pues no es para tanto.
Además, ella no tiene la culpa de que nadie la haya enseñado.
Esas cosas se aprenden solas.
Ocúpese de que le dé la comida y la leche, por favor.
¿Vamos a la terraza?
Vayan ustedes.
Yo voy a acompañar a Maricruz para que le den las cosas.
Octavio, tienes visita.
Simona me disculpará.
¿Verdad que tú me entiendes, Simona?
Sí, claro.
Vamos a las caballerizas.
Quiero que me muestres el lugar donde se le entregará a Maricruz la comida y la
leche.
Buenas tardes.
Buenas tardes.
¿No hay alguien?
¿O dónde andará el abuelito a estas horas?
Bueno, yo aquí les dejo estas tortillitas calientes y la olla del
chicharrón en chile verde.
Ah, ya luego vengo por mis trastes.
Oye, ¿qué es eso? Mira.
A ver, dime.
Una tortilla, mira.
Aquí se le puede dejar todo, patrón.
Está bien.
Bueno, ya sabes a dónde tienes que venir todos los días a buscar tu comida,
Alonso Maríos.
Ey, joven Octavio, muchas gracias.
Vaya, tráigale la ración de Eusebio.
¡Vaya!
Como ordene, patrón. Como ordene.
¡Hola!
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