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Todo individuo que quiera seguirme, hágalo uniéndose a usted para pasar a Paysandú luego que yo me aproxime a ese punto.
No quiero que persona alguna venga forzada.
Todos voluntariamente deben empeñarse en su libertad.
Quien no lo quiera, deseará permanecer esclavo.
En mayo de 1811, en la Batalla de las Piedras, las tropas porteñas y orientales logran un triunfo aplastante sobre los realistas de Montevideo.
Pero algunos meses después, Buenos Aires firma un acuerdo con la corona española.
Los vencedores deben huir como vencidos.
Toda la banda oriental me sigue en masa, resueltos todos a perder mil vidas antes que gozarlas en la esclavitud.
¿Qué lleva un pueblo entero a dejar su tierra?
¿Era el miedo de una muerte segura?
¿O un poderoso deseo de lograr libertad?
¿Por qué siguieron a un hombre como Artigas?
¿O acaso Artigas los seguía a ellos?
Soy John Roberts, comerciante, financiista y escritor escocés.
Pero durante varias décadas, trabajé en Sudamérica como espía para la corona británica.
Una de mis misiones fue seguir los pasos de Artigas.
Para muchos, una amenaza.
Para otros, un líder único.
Lo cierto es que estaba haciendo una revolución dentro de la revolución.
Pero en 1820, traicionado y derrotado, se pierde para siempre en Paraguay.
20 años más tarde, voy tras sus huellas, internándome en el corazón de la selva guaraní.
Para entender quién era este personaje tan polémico y por qué sus ideas molestaban tanto,
entrevisté a lo largo de varios años a colaboradores, familiares, amigos, pero también a sus enemigos.
¿Qué quiere preguntarme, amigo Roberts?
¿Por qué es tan peligroso Artigas?
Por sus ideas, él dice que hay que educar al pueblo para poder ser libre.
Y tiene una enorme capacidad para convencer.
Sí, Pepe nos tenía acostumbrados a esas ideas.
Había que sacrificarse por la libertad.
Escuche bien, Artigas no solo arruinó los planes de la corona, también los de la revolución.
El triunvirato porteño odiaba a Artigas, pero lo necesitaba.
Ninguno de los dos por separado podía recuperar Montevideo.
Por eso Zarratea persistía en debilitar a Artigas.
Es verdad que mandó a matar a Artigas.
Nadie se lo va a decir.
Pero con el triunfo de las piedras, Artigas salgó de la Junta de Buenos Aires.
Si no, Montevideo, con su flota naval, los habría aplastado.
Él también supo conducir al pueblo oriental a la revolución.
Todos, todos querían luchar a su lado.
Cinco días después de la batalla, las tropas al mando de Rondó y Artigas avanzan en tijeras sobre Montevideo para sitiarlo.
El bloqueo militar pretende desabastecer de agua y alimentos a la ciudad para provocar la rendición.
En Buenos Aires recibimos con mucha alegría el triunfo en las piedras.
Pero todo empezó a cambiar con el desastre de Huaki.
Una derrota terrible en el Alto Perú.
La Junta Grande pierde todo el armamento y las provincias del Alto Perú.
Una invasión realista por el norte era inminente.
Por otro lado, el virrey de Elío pide auxilio a los portugueses para aniquilar a las milicias orientales.
En Buenos Aires, la revolución queda al mando de un triunvirato que representa los intereses de la élite comercial que buscaba hacer negocios con Inglaterra.
Entre sus miembros estaba Manuel de Zarratea.
Imagínese, los realistas tenían el camino libre para bajar hasta Buenos Aires, mientras que los portugueses estaban a punto de invadir la banda oriental.
Y en el medio, el perro cimarrón de Artigas con su revolución gaucha.
Bunch of savages.
Algo teníamos que sacrificar, para no perderlo todo.
Sacrificó la banda oriental.
Mientras de Bonartía sitiábamos Montevideo, Zarratea se dedicaba a sitiar a Artías.
No se deje llevar por lo que le diga a Rondo.
Mamita Rondo es un militar experimentado, pero sin carisma.
Y políticamente, un blando.
Mamita, guerrero temible Zarratea.
Hacía uso letal de los cubiertos de plantas.
Vencimos a los maturranos.
Y después pactamos con ellos.
¿Qué clase de revolución es esta?
Usted sabe, José, que es complicado.
No estamos preparados para soportar la maquinaria de guerra del ejército brasileño.
¿Y por eso prefieren entregarnos?
Hay que salvar a los paisanos, José.
Bien sabe que los portugueses son infinitamente peores que los realistas.
En principio, si nos invaden,
su amigo Ancina va a volver a ser esclavo.
No se preocupe por Ancina.
Él solo es esclavo de las polleras y de la guitarra.
Me imagino lo feliz que estará el sátrapa de Nío.
Siempre hay que contar con la cobardía y la avaricia de los porteños.
Un año después de la revolución, nos entregaron Montevideo.
¿Y todo para qué?
Para no mezclar sus negocios con las demandas de la chuz martiguista.
Según el acuerdo, Buenos Aires y Montevideo no reconocen ni reconocerán jamás
otro soberano que el señor don Fernando VII.
Cesan las hostilidades, se levantan los bloqueos y se retiran los ejércitos.
El virrey Francisco Javier de Lío retoma el poder de la Banda Oriental.
¡Nada debemos esperar!
¡Nada debemos esperar!
¡Nada debemos esperar!
¡Nada debemos esperar!
¡Nada debemos esperar!
¡Nada debemos esperar!
Nada debemos esperar.
Si no, es nosotros mismos.
Fuimos abandonados.
¿Y qué vamos a hacer los orientales?
¿Eh?
¿Nos vamos a dejar caer bajo el peso de la desgracia?
¿O nos vamos a elevar sobre ella?
Por eso, compaisanos, no le dejemos ni agua a los maturrangos.
Tomemos nuestras cosas imprescindibles y marchemos.
La patria oriental siempre viene con nosotros.
Allí no hay reyes ni amos.
Nadie es más que nadie.
El triunvirato ordena a Rondó volver a Buenos Aires, mientras que Artigas es nombrado gobernador de Yapeyú.
Sin dudas, lo querían lejos del centro del poder.
Pero Artigas acepta su nueva misión y marcha hacia el norte de la banda oriental, cruzando el río Negro.
Mientras Rondó vuelve a Buenos Aires, los vecinos de la campaña deciden nombrar a Don Pepe general en jefe.
Toda la banda oriental se pone en movimiento para seguir a su bravo general.
Los orientales estaban cansados ya de las humillaciones y se habían hecho un juramento.
Vencer o morir.
Mire, señor, fui esclava desde que nací.
Me vendieron varias veces como una mercancía.
Amamanté a los gurises de mis patrones y lo único que recibí fue su desprecio, sus latigazos, sus humillaciones.
¿Qué me importa perder todo si yo nunca tuve nada?
Lo único que quiero es que mi gurí no sea más esclavo.
Se acabaron los tormentos, los tributos abusivos de los dueños de la tierra.
¿Por qué sacrificarnos por un rey al que nunca vimos?
No me importa morir en el camino.
Si en la patria nueva todos vamos a tener derecho a nuestra propia porción de tierra.
Miles de orientales abandonan sus hogares para unirse a la gran caravana.
Desde todos los pueblos de la banda oriental llegan familias enteras que huyen de la revancha de los españoles y la crueldad de los portugueses.
Los charruas y los minuanes son los custodios de la gran marcha.
Vivíamos con temor a la revancha.
El virrey no era una mala persona, pero las medidas que tomó perjudicaron la economía de la familia.
Cuando los de Buenos Aires hicieron el acuerdo con el virrey,
el padre decidió levantar nuestras pertenencias y marcharnos hacia donde iba Pepe.
Estancieros, agricultores, jornaleros, esclavos, hombres sueltos.
Ancianos, mujeres y niños recorren 500 kilómetros durante dos meses
para luego cruzar el río Uruguay hasta asentarse en Entre Ríos,
sobre la desembocadura del río Ayuí.
La marcha fue un verdadero éxodo del pueblo oriental,
aunque los paisanos la llamaron de otra forma,
la redota,
es decir, derrota,
pero al revés.
La marcha fue un verdadero éxodo del pueblo oriental,
es decir, derrota,
pero al revés.
La marcha fue un verdadero éxodo del pueblo oriental,
es decir, derrota,
pero al revés.
La marcha fue un verdadero éxodo del pueblo oriental,
es decir, derrota,
pero al revés.
La marcha fue un verdadero éxodo del pueblo oriental,
pero al revés.
La marcha fue un verdadero éxodo del pueblo oriental,
pero al revés.
La marcha fue un verdadero éxodo del pueblo oriental,
pero al revés.
La marcha fue un verdadero éxodo del pueblo oriental,
pero al revés.
La marcha fue un verdadero éxodo del pueblo oriental,
pero al revés.
La marcha fue un verdadero éxodo del pueblo oriental,
y al revés.
La marcha fue un verdadero éxodo del pueblo oriental,
y al revés.
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y al revés.
La marcha fue un verdadero éxodo del pueblo oriental,
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y al revés.
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La marcha fue un verdadero éxodo del pueblo oriental,
y al revés.
La marcha fue un verdadero éxodo del pueblo oriental,
y al revés.
La marcha fue un verdadero éxodo del pueblo oriental,
y al revés.
La marcha fue un verdadero éxodo del pueblo oriental,
y al revés.
Los porteños y los portugueses no los invadieron
porque no les dio el cuero.
¿Y en eso?
¿Qué tiene que ver el Evangelio?
Ah, tiene unos capítulos que pueden ser de utilidad.
¿Cómo el éxodo?
¿Eh?
Me refiero a la gran marcha del año 11.
Éxodo.
¿Qué manera particular de llamarlo?
¿Qué manera particular de llamarlo?
Para nosotros era la marcha de la libertad.
Cuando un lugar no garantiza la libertad,
hay que irse.
Como hizo el pueblo judío,
que entre la esclavitud y el desierto,
eligió el desierto.
¿Y sirvió para algo el éxodo?
La marcha, digo.
¿O solo sembró división?
Ah, ese es un mito que inventaron los porteños.
Ellos fracturaron las provincias.
Hasta la Revolución de Mayo,
los pueblos orientales, Santa Fe,
entre ríos, las misiones,
éramos una sola patria.
¿Y por qué se fueron y dejaron todo?
¿Qué íbamos a hacer?
¿Si Buenos Aires mantenía esa farsa de ser leal a Fernando VII?
¿Qué le decía a mis compaisanos?
¿Que se queden para que los portugueses los esclavicen?
¿Para que los maturrangos los masacren?
Había que levantar todo e irse a la bosta.
Había que levantar todo el mundo.
Había que levantar todo el mundo.
Había que levantar todo el mundo.
Había que levantar todo el mundo.
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Había que levantar todo el mundo.
Había que levantar todo el mundo.
Había que levantar todo el mundo.
No me permita repasar con mis hombres el Uruguay.
Ya que las tropas portuguesas se retiraron.
Y hay que asegurar la región.
Pero Zarratea, ya instalado en Salto Chico,
a pocos kilómetros del IOE, no se la acepta.
No puedo acceder a su solicitud
de pasar el Uruguay en la forma que me propone.
Ahora me toca a mí comandar a las tropas
hasta las mismas murallas de Montevideo.
Y ahí, ¿quién le dice?
En un futuro, usted tenga una nueva oportunidad
para enfrentar peligros
y adquirir laureles.
Zarratea sabe que si Artigas se va,
junto con él se van los orientales.
Es gracios.
Un extraficante de esclavos como Zarratea
pretende tomar el mando de una revolución popular.
Si Artigas fue nuestro Aquiles,
Zarratea fue el París de la revolución.
Un París retorcido y conspirador
que solo encontraba placer en la intriga.
Desde su cuartel general se dedica a sobornar
a jefes y soldados artiguistas.
Lo único que desea es desgastar la autoridad de Artigas
y desmembrar al ejército oriental.
Que bueno verlo por acá, oficial.
¿Te gusta una copa de Jerez?
Prefiero a la caña.
Tengo un negocio para ofrecerle.
Es embuche.
Artigas sabía el partido que se podía sacar
a la brutalidad de las clases bajas,
haciéndola servir en su apoyo
para dominar a las clases superiores.
No podía dejar que el mito fundador
de la nueva nación sea un bandolero.
Un caudillejo rodeado de maleantes.
Yo creo que Artigas
ya nos dio lo mejor.
Pero ahora es el tiempo para los jóvenes oficiales.
¿No piensa lo mismo?
¿Qué es esto, cumpá?
Solo quería decirle que esto
era para usted, don José.
Se lo manda a Zarratea.
Pedía la cabeza del traidor
a cambio de esto.
¿Le llama traidor ese conchi y su madre?
Después de todo lo que hicimos por los porteños.
Nosotros peleando para no morirnos de hambre
y ellos apuñalando por la espalda.
Al que lo vea parlamentando con él en el salto chico,
¡me lo fusila!
Como usted mande.
Vamos, Alcina.
Cuando parecía que la sangre llegaría al río,
las autoridades porteñas, y sobre todo Rondó,
logran que Zarratea deje el cargo
y vuelva a Buenos Aires.
Artigas es reconocido como único jefe de las tropas orientales.
Logra un pequeño triunfo en un conflicto que empieza a crecer.
Mientras lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer,
los antiguos aliados se vuelven enemigos.
Y del resultado de la lucha emerge un futuro incierto.
¿Pero qué proyecto vencerá finalmente?
¿Qué libertad prevalecerá?
¿Qué libertad prevalecerá?
Y lo nuevo no termina de nacer.
Los antiguos aliados se vuelven enemigos.
Y del resultado de la lucha emerge un futuro incierto.
Pero ¿qué proyecto vencerá finalmente?
¿Qué libertad prevalecerá?
¿Qué patria surgirá en su lugar?
La revolución es como el fuego.
Purifica.
Quema todo lo viejo hasta la raíz.
Y deja tierra yerma, tierra razada.
Para que crezca todo de nuevo.
Por eso no quiero volver.
Ya estoy muy viejo como para andar encendiendo la hoguera.
¡Vamos!
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