All language subtitles for [subtitlekit.com]_El Placer (1952) (Dual FR+Subt.ESP-FR).spa.track4

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Original subtitles

EL PLACER

Basada en tres cuentos de Guy de Maupassant

Se estudiaron diversas maneras de presentarles tres de mis cuentos.

Yo pensé que lo mas sencillo sería... que yo mismo se los contara de viva voz.

Siempre me ha gustado la noche... las tinieblas.

Estoy encantado de hablarles en la oscuridad como si estuviera sentado junto a ustedes,

y en cierto modo así es...

Ustedes comprenderán mi preocupación,

ya que mis cuentos son antiguos,

y ustedes, terriblemente modernos,

como suele decirse cuando uno está vivo.

En fin... veremos qué pasa.

He aquí la primera historia.

Había baile aquella noche en "El Palacio de la Danza".

La orquesta con su formidable estallido de música...

atravesaba los muros, y se expandía por todo el barrio.

¡Vengan Sras. y Sres... diviértanse todos en "El Gran Palacio de la Danza"!

El público entraba como una corriente de agua por las compuertas de una esclusa.

Eran gentes que llegaban de todos los rincones de París.

Personas de toda índole, ansiosas de disfrutar de aquel placer bullanguero...

y libertino.

Había empleados...

rufianes...

y chicas sobre todo, sobre todo chicas,

desde las que iban de vulgar algodón hasta las que lucían fina batista.

Había mujeres viejas cubiertas de diamantes que parecían correr detrás de su juventud,

y pobres chicas de dieciséis años,

llevadas por el deseo de divertirse y de conocer hombres.

Y caballeros elegantemente vestidos de negro,

hambrientos de carne fresca y sabrosa,

buscando... ansiosamente alguna flor.

En medio del gentío... apareció un hombre.

Un hombre delgado, elegantemente vestido.

Tenía el aspecto de una figura de museo de cera,

una extraña y fantástica caricatura...

del agraciado figurín de las revistas de moda.

¡Y ahora Sras. y Sres. el gran bailarín Sr. Grandval!

El hombre bailaba con gran esfuerzo... con dificultad.

Parecía oxidado, al lado de los demás danzantes,

tratando de imitar sus pasos.

Tenía un aire pesado, torpe... un poco grotesco.

Qué bien bailas.

- ¿Cómo te llamas? - Frimousse. ¿Y tú?

Eres muy bonita.

¡Música... música!

¡Vamos, sigan tocando, sigan tocando, vamos maestro, no se detengan!

- ¿No estará muerto verdad? - ¡No, no está muerto... yo qué sé!

Deprisa, llama a un médico,

llévenlo al final del pasillo.

¡Venga enseguida doctor, ha ocurrido un accidente!

- ¿Lo has encontrado? - Sí, en la escalera.

- ¿Es Ud. médico? - Sí, pero yo he venido a...

Por favor, por favor, sólo es un momento.

¿Qué ha pasado?

Un caballero que se ha desmayado mientras bailaba.

¿Se acuerda de mí? El invierno pasado en Niza, bailamos juntos.

- Lo recuerdo. - Después la lluvia nos separó.

Ah, pero esta vez no nos separará. Está Ud. radiante.

¿Quiere tomar algo?

Georges, Georges, champagne... yo vuelvo enseguida.

Pero no puedo, estoy con unos amigos.

Bien, bien, hay que quitarle esa máscara, lo está asfixiando.

No puedo, no se puede tendré que cortarlo. Deme unas tijeras por favor.

Botones, unas tijeras, pronto.

- ¿Quiere un Coñac Sr.? - No, no, de momento. Gracias.

¿Qué pasa?

No se preocupe, todo va a ir bien.

¿Qué me ha pasado? ¿Dónde está Frimousse?

Estoy aquí.

Va a verla enseguida. Tranquilo.

- ¿Dónde vive Ud.? - Calle de los A...

Calle de los Almirantes.

Al otro lado de Montmartre,

al final de la calle Pescadores.

Ahora voy a llevarlo a su casa y se meterá en la cama... ¡No se mueva!

¡Dios mío!

Calle de los Almirantes.

¡Tome su máscara!

- Y tú, ve a bailar. - Ya voy, ya voy...

¡Deprisa, deprisa!

¡Entren Sras. y Sres.!

Barón.

Era un bloque de pisos de aspecto pobre.

Una de esas casas donde vive una multitud de seres andrajosos y miserables...

y con escaleras mugrientas

No puedo más.

Vamos, tiene que hacer un último esfuerzo, ya llegamos.

- ¿Y Frimousse? - ¿Qué?

¿Estará esperándome?

Sí, esperará.

¿Hay alguien arriba?

Sí... mi mujer, llame dos veces.

¿Pero no estará durmiendo?

No, padece insomnio.

¿Qué ha pasado?

No es nada, no es nada Sra.

Vamos, vamos.

Se ha desmayado en...

...en un local público.

- Querrá decir en el baile, naturalmente. - ¿Ah, Usted lo sabe?

No es la primera vez que me desvelo a costa de mover la piernas.

Es un alivio para mí.

Entre, señor.

No ha cenado para estar más ágil.

Y después, se ha tomado una copa para ponerse a tono.

Tenga cuidado con los escalones.

Lo que yo me pregunto es por qué tiene que llevar máscara para bailar.

¿Por qué? Yo se lo explicaré...

Cuando lleva la máscara...

las mujeres lo toman por un pisaverde,

le dicen gorrinadas al oído...

y así él... puede sobarlas con sus perfumes y maquillajes.

Señor...

¿Me puede ayudar a tirar de esta manga?

No, hacia arriba.

Y ahora los zapatos... esto es más difícil.

Ya está.

Si cree Ud. que él va a molestarse en dejarme sitio... se equivoca.

Tendré que buscarlo en cualquier rincón, no importa dónde.

Es un egoísta.

Entiendo, va a hacerse el joven a los bailes.

A todos Sr., y vuelve de madrugada en un estado que ni se lo imagina.

¿Qué demonios puede empujarlo a eso?

Es el pesar Sr... sí, sí,... la pena de lo que fue,

ya que tuvo muchos éxitos,

más que todos los tenores y todos los generales.

¿No cree que está muy bien para la edad que tiene?

Voy a ponerle unas compresas bien calientes.

¿Le sorprende lo de sus éxitos?

Usted no lo ha conocido en sus buenos tiempos.

Yo cuando lo conocí... quedé atrapada,

más atrapada que un pez en las redes.

Era muy apuesto Señor, apuesto como pocos.

Me llevó a su casa y...

no lo he dejado ni un solo día...

a pesar de todo.

- ¿Están casados? - Sí, afortunadamente,

de lo contrario, hace mucho que me hubiese dejado como a las otras,

he sido su mujer y su criada.

- ¿Y qué oficio tiene? - Era el 1er. oficial de Marcel.

Marcel, ¿qué Marcel? ¿El peluquero?

Sí, sí, el de la Ópera, todas sus clientas eran artistas.

Voy a ponerle las compresas.

La más encopetadas mujeres se hacían peinar por Ambroise.

- ¿Ambroise? - Sí, es él.

Le daban tantas propinas que reunió una fortuna.

Todas esas mujeres son iguales,

cuando un hombre les gusta se lo ofrecen.

Así de fácil.

Le he esperado noches enteras, esa es la verdad.

De madrugada, llegaba con los ojos brillantes.

Yo me echaba a llorar y él decía "Una más, Denise".

¡Qué pobre hombre...! Tenía la necesidad de hablar, de presumir.

Sí, son muchos los hombres que sienten más placer contando esas cosas que haciéndolas.

Pero... ¿a dónde han ido a buscarlo? ¿Estaba de guardia?

No, yo también estaba en el baile.

Ah... entonces es que no está casado.

No.

Cuando se case todo cambiará.

Supongo.

Qué lástima de hombre, es necesario que lo deje ya.

Claro, eso son cosas de la juventud pero ahora él ya ha envejecido.

Cuando una mañana vi su primera cana... no pensé lo que iba a ocurrir,

al cabo de dos años estaba irreconocible,

perdió su frescura, las mujeres no lo buscaban.

Y empezó a frecuentar los bailes públicos.

Se convirtió en una obsesión.

¡Denise!

- Ay, me llama. - ¡No me dejes solo!

Perdone Dr. que le haya contado tantas cosas, pero es que...

Por favor Sra., no se disculpe, he aprendido una preciosa lección.

Sr. Doctor...

deme su dirección, si no mejora iré a buscarlo.

No hay nada que temer Sra., llegará a más viejo todavía.

Tanto mejor, quiero que viva mucho, que pueda ir a bailar.

El Dr. pensó que acababa de presenciar una escena del eterno drama...

que se representa todos los días, bajo distintas formas... en todo el mundo.

Al "Palacio de la Danza".

No sólo van a ser historias tristes.

Les voy a contar otra historia mas alegre, incluso digámoslo... ¿más atrevida?

Un cuento de hadas para mayores.

Se trata de algo que sucedió hace tiempo en Normandía.

La historia comienza en una pequeña ciudad en el canal de la Mancha,

en un barrio que no era precisamente residencial,

no sé si me estoy explicando bien...

Es la historia de una casa comercial,

pero no en el sentido que se le da a la palabra comercial.

Era una casa... cómo diría yo... no querría escandalizarles ni asustarles.

Sí, sí, era una casa de esas que Uds. ya suponen...

Pero discreta, bien llevada.

Los hombres iban allí por la noche,

no se trataba de juerguistas, sino de gente honorable... comerciantes, empleados...

que iban a beber y a charlar un rato con la Madame,

y a quien todo el mundo respetaba.

Demasiado tarde.

Madame, provenía de una familia de campesinos,

había aceptado esta profesión del mismo modo que si hubiese sido modista o costurera.

Los prejuicios tan arraigados y usuales en las ciudades, no existían en el campo.

Su padre dijo: "Muy buen oficio",

y envió a su hija a regentar un harén de muchachas...

como si la enviara a dirigir un pensionado de jovencitas.

La casa era producto de la herencia de un tío.

Padre e hija, hasta entonces dueños de la pensión,

liquidaron inmediatamente, y abrieron el nuevo negocio más lucrativo.

Y llegaron una buena mañana para hacerse cargo de la nueva empresa.

Eran buena gente y se hicieron querer inmediatamente...

por su personal y por sus vecinos.

El señor murió de una apoplejía dos años más tarde.

Su nueva profesión, que le obligaba a la comodidad y a la inmovilidad,

le había hecho engordar hasta matarlo.

La casa tenía dos entradas.

Una de ellas daba acceso a un pequeño café que se abría de noche...

para las gentes del pueblo y los marineros.

Dos chicas estaban exclusivamente al servicio de la clientela que acudía al pequeño local.

Louise, la bella gordita apodada "Cocotte".

Y Flora, una española a la que llamaban "La mecedora",

porque se balanceaba exageradamente.

Tenían el aspecto de cocineras disfrazadas en carnaval.

Iban a un tanto por cien por consumición.

Mira qué rizos. Tienes un pelo muy bonito.

No, no, deja la chaqueta aquí.

El camarero era un mozo llamado Frédéric,

muy moreno, muy joven y fuerte como un toro.

Las otras tres damas eran una especie de aristocracia...

y estaban reservadas para los que hacían sus tertulias en el salón de Júpiter.

Fernande era una bella rubia, hija del campo.

Raphaële, bella Marsellesa hacía el papel de la bella judía.

- No hago más que pensar en ti. - Sí.

Rosa sólo dejaba de beber para cantar y de cantar para beber.

- Ponme un poco más. - La última copa, pequeña.

Adiós pequeña, hasta mañana.

Adiós Fernande, hasta mañana.

Adiós, buenas noches.

- ¿Va a leerlo? - No.

Gracias.

Su chaleco.

- Buenas noches Rosa. - Pase... ahí está Raphaële.

No hay nadie.

Sr. Dupuis... la bufanda.

Encima de la puerta brillaba una luz tenue.

Les pido disculpas, pero voy a tener que apagarla enseguida,

es condición indispensable que esté apagada para que la historia comience.

Fue una noche a finales del mes de mayo.

El primero en llegar fue el Sr. Poulain, traficante en maderas y antiguo alcalde.

Encontró la puerta cerrada.

¿Hay alguien ahí?

Hola, Duvert.

¡Poulain!

- ¿A dónde va Ud.? - Puede imaginarlo.

¿Pasa algo?

No se moleste en ir... la casa está cerrada.

Bromista, quiere engañarme.

No bromeo, amigo mío,

si no me cree vamos los dos, pero le aseguro que está cerrada.

- ¿Quién grita? - Son marineros.

¿Lo ve?

Está cerrado y el café también.

Deben haber cerrado por orden de la policía.

Son cosas que yo no había permitido en mis tiempos de alcalde.

- Es así como empiezan las guerras. - Vámonos, no me gusta esto.

No me gustaría que nos encontraran aquí.

- Podrían tomarnos... - Podrían tomarnos por lo que somos.

Son los ingleses los que gritan como energúmenos, tienen costumbre de dar portazos.

Parece que en su país es una especie de esgrima.

Mire.

- Es Tourneveau. - Oh sí... ¡hoy es sábado!

- Buenas noches Sres. - Buenas noches.

Amigo mío, tengo que darle una triste noticia.

- Venimos de donde Ud. sabe... - Y está cerrado.

Sí.

Ya lo sabía, he pasado por allí.

Y ahora si no es indiscreción, ¿adónde va Ud., conoce otro lugar de diversión?

Pues no, volví allí para cerciorarme que estaba cerrado y para decírselo a todos Uds.

Vamos a dar un paseo... hace muy buena noche.

No importa, podemos volver mañana u otro día.

Sres... Uds. se olvidan que yo soy un hombre casado,

y padre de familia... sólo puedo salir los sábados.

Uds. los solteros sí tienen suerte, pueden salir... cuando quieran.

Porque... porque... nosotros no tenemos hogar...

¿Cree Ud. que la soledad es trágica?

Ya lo creo.

Bueno, paseemos... la noche es hermosa.

Sí, la noche es hermosa.

Los tres hombres se encontraron por el camino con el Sr. Philippe,

hijo del banquero, un habitual.

Y con el Sr. Pimpesse, el recaudador.

Y después con el Sr. Dupuis, el agente de seguros.

Y con el Sr. Vasse, el Juez del tribunal de comercio.

Está cerrado.

¿Cerrado?

¿Pero cómo es posible?

¡Qué desgracia!

Su paseo les llevo al muelle.

Es hermoso.

Sí, es hermosa esa espuma en la cresta de las olas.

Sí... y el murmullo monótono del mar.

Es hermoso.

- Pero no es alegre. - Es verdad no es alegre.

Y tenía que ocurrir en sábado.

¿Por qué?

Sr. Tourneveau, lo siento por Ud.

Sí, precisamente hoy que he cenado estupendamente,

he cenado setas.

¿Setas... en esta época? No serán de la región.

Sí, sí, de los alrededores.

No hay setas ahora por los alrededores.

No me va Ud. a negar que las he comido.

Es posible, pero no las ha cogido por los alrededores.

No, yo no... mi hija mayor.

La pobre se ha pasado dos horas en el bosque para traerme setas.

¿Se ha pasado dos horas en el bosque cogiendo setas?

¿Qué pasa, se va a burlar Ud. de mí? Mi hija sabe perfectamente lo que hace.

Oh, sí.

Tiene ya 17 años.

No sé lo que hace, pero lo hace muy bien.

¡Señor!

¿Se está burlando de mi hija?

En mi calidad de antiguo alcalde, no le doy la razón al recaudador.

¿Por qué?

Porque aprendí muchas cosas cuando fui alcalde

¿Y qué aprendió?

Yo sé muy bien que el sueldo de un recaudador...

E inmediatamente empezó una nueva discusión entre el antiguo alcalde y el Sr. Dupuis...

acerca de los emolumentos del recaudador y de los beneficios que podía obtener.

Llovieron palabras injuriosas de los dos lados.

- Ud. es un sinvergüenza. - Lo voy a demandar por difamación.

Estaré encantado de ver a su abogado cuando quiera.

No quiero escuchar nada más.

¿No se cómo se ponen Uds. así por nada?

¿Cómo por nada?

A su edad, ya estaría acostado...

y no me habría permitido discutir los hábitos de la gente.

- Es muy joven. - ¿Así que estoy equivocado?

Yo no digo eso... sólo que es muy joven.

Todo se había agriado con el enfado.

Y esto en sábado...

Lástima de sábado.

Buenas noches.

Poco a poco volvió la calma a la alborotada ciudad.

Sólo un hombre seguía paseando, esperando no se sabe qué.

Sí, sí, cerrado por primera comunión.

Madame tenía un hermano establecido de carpintero en su pueblo natal.

El carpintero sabía que su hermana estaba en buena posición,

y como tenía una hija que iba a hacer la primera comunión,

aprovecho la oportunidad para intentar un acercamiento.

Y el sábado por la mañana, el tren expreso de las 8...

se llevó a la Madame y sus chicas.

Felices vacaciones chicas.

- ¿Srta. Flora que le pasa? - No estoy acostumbrada a ir así.

Vamos vístase, ¿dónde se cree que está?

- En su casa. - Menos insolencias.

"Conflicto diplomático entre Bolivia y Chile"

Eso está muy lejos.

"Se piensa en la eventualidad de una guerra en el pacífico"

¿Qué quiere decir "Pacifico"?

Querrá decir paz.

- Billetes por favor. - Pero si ya los ha pedido.

Pues ahora vuelvo a pedirlos.

Gracias Señora.

Tome, Señor.

Gracias, Señorita.

Gracias, Señorita.

Gracias, Señorita.

¡Beuzeville!

En Beuzeville subió un matrimonio.

El hombre, era un viejo campesino vestido con una blusa azul...

de largas mangas cerradas por los puños,

y llevaba un antiguo sombrero de copa alta.

La mujer enfundada en sus vestidos rústicos,

tenía cara de gallina, con su nariz puntiaguda como un pico.

- Tengan cuidado con el ternero. - Sí, sí, sí...

Siempre están igual con el sí, sí, sí, pero no tienen cuidado.

Cuando ya no estuvieron solas en el compartimento...

adoptaron una aptitud seria y comedida para causar buena impresión.

¡Srta. Rosa!

Es un aire de moda.

- Fue el Vizconde quien me lo enseño. - ¿Quién?

El vizconde, su marido, ¿Está bien?

Sí, esta bien, gracias.

Está de viaje...

en París.

¿Qué marido?

El suyo, Cocotte.

Quién va a ser querida.

Tiene atenciones extraordinarias,

me envía...

todos los días vestidos, también joyas...

y también flores.

Tomamos champagne en todas las comidas.

Me besa las manos...

y me dice cosas...

maravillosas.

Lo siento, se me han olvidado.

¡Bolbec!

En Bolbec, en el último minuto, subió muy sofocado...

un señor de barba negra con un bastón, sortijas y una cadena de oro.

Iba muy cargado con una maleta y numerosos paquetes.

Julien Ledentu, viajante.

Madame Tellier y...

¿Las Srtas. cambian de guarnición?

Podía ser Ud. más fino.

Quería decir otra cosa, de monasterio.

¿Pero qué es esto que llevan aquí? Qué monada.

No se atreverá a salir de la cesta, ha perdido los pantalones.

Quiere que le dé unos pequeños tirantes.

¿Quién quiere estos tirantes?

No quiere tirantes.

Y las damas, ¿quieren unos pequeños tirantes?

¿Para qué?

Para regalárselo a sus amantes por ejemplo.

Perdón... para... el amor de las Sras., eso quise decir.

El amor no necesita tirantes.

Qué bonito es eso... qué bonito, merece una recompensa.

"El amor no necesita tirantes"

Atención, atención.

Aquí está la mercancía.

Son ligas.

Sí, ligas de seda, y de todos los colores.

Yo quiero las azules.

Aquí tiene unas azules.

Rosas para mí.

- Yo las quiero rojas. - Aquí están.

- Yo, por mis ojos, las malvas. - Malvas, no... o sí, sí aquí tiene.

Y aquí... las más grandes... más imponentes...

Son ligas de patrona.

Eso es, de patrona, aquí tiene.

¡Motteville!

En Motteville los viejos se apearon con su cesta, sus patos y su paraguas.

La mujer parecía disgustada.

No sé por qué se habla tanto de las mujeres de Paris.

Tienes razón, no son gran cosa.

¿Vienes o qué?

Bueno... y ahora mis gatitas, os las voy a probar.

¿De verdad?

No... por última vez le pido que no pierda la decencia.

Bien... las guardo.

Estaba dispuesto a regalároslas si os la dejabais probar.

Son de seda y las hay de todos los colores.

Sólo por probarlas.

- ¿Qué es lo que dices? - Pregunto que si sólo por probarlas...

Vamos, decídase querida.

Muy bien.

Madame Flora, no.

¿Por qué no si sólo es un segundo?

Porque me ha pellizcado.

Semejantes cosas no se pagan con un par de ligas.

Pero si yo no he hecho nada Sra.

Conozco jóvenes que darían las ligas con diamantes...

y además no se aprovecharían en un túnel, grosero.

Y como vuelva a aparecer por mi casa le echaré a patadas.

Y en la siguiente estación, se encontraba Joseph Rivet,

que las esperaba con una carreta llena de sillas...

tirado por un resignado caballo blanco.

- Qué contento estoy de verte. - Y yo también.

Cuidado con el paquete, esta es la Srta. Raphaële.

- La Srta. Louise. - Deme la bolsa.

Esta es la Srta. Flora.

Y esta la Srta. Fernande.

¿Qué, no me da un beso?

Y esta es la Srta. Rosa.

Hola, buenos días Srta. Rosa, deme el bolso.

Hola, me llamo Joseph.

- Es que las besas a todas. - Ya sabes, soy muy afectuoso.

- Pues conténtate con besarme a mí. - Es lo primero que hice.

Bien Srtas., vayan subiendo todas a la carreta.

Srtas. Raphaële, Fernande y Flora,

siéntense en los asientos de delante.

- Recuerdas todos los nombres, eh. - Bueno, no tengo la cabeza tan dura.

Ha sido muy amable poniendo asientos.

Ya sabéis que no tengo la costumbre de llevar una carga tan preciosa.

Normalmente... llevo maderas o cualquier otra cosa, como cerdas.

¡No somos las únicas!

Lo he dicho sin ninguna mala intención, perdonadme.

Julia, tú puedes acomodarte a mi lado.

¿Y yo?

Ud. Srta. puede ir entre nosotros dos.

No, no, no, Raphaële ponte ahí.

Srta. Fernande, aquí.

Srta. Flora detrás y tú equilibrando el carro, Srta. Louise.

¿Y yo?

La srta. Rosa se pondrá aquí, detrás de mí.

No, no, no, la Srta. Rosa es la que pesa menos...

y puede sentarse en las rodillas de la Srta. Fernande.

Me parece que no está bien organizado.

Venga, tú mira la carretera.

Está bien Julia, te digo que no está bien organizado.

Tu ocúpate del caballo, Joseph, vamos, vamos, vamos.

A ambos lados de la carretera se extendía el verde campo,

las colzas en flor ponían de trecho en trecho...

una gran mancha amarilla, ondulante,

de la que se desprendía un olor sano e intenso,

un olor penetrante, dulce, que el viento transportaba lejos.

Y por el medio de las llanuras coloreadas también por flores silvestres...

el carro que parece llevar un gran ramo de flores...

tirado por el trote pausado del caballo blanco.

Desapareció entre los árboles... para reaparecer muy pronto entre el follaje...

y proseguir su camino a través de los campos amarillos y verdes...

salpicados de rojo y azul.

Esa carreta llena de mujeres embellecía aún más el hermoso paisaje.

¿Son las comulgantes?

Sí, ahora les dan la absolución.

¿Su pequeña está entre ellas?

Constance... sí, por supuesto,

yo siempre digo que es necesario entrar en la religión,

para salir nunca es tarde.

Se la puede ver, voy a buscarla.

No, es mejor que no,

no hay que turbar a esos querubines. Continuemos Joseph.

¡Oh, qué lastima!

Hola Marie, buenos días. ¿Cómo estás?

- Gracias por venir. - Es un placer.

Mi esposa, Sra. Rivet.

Señorita Raphaële.

Señorita Flora.

- ¿Le he hecho daño? - No nada de eso.

Señorita Fernande.

Mi mujer. Venga date prisa, tienen hambre.

Buenos días, señora.

Ahora Usted... Srta. Louise.

Ahora quiero que prueben mi sidra.

Estoy seguro que no hay nada igual en la ciudad.

Señorita Rosa.

Gracias.

Vamos, entren en la casa.

- Me hubiese gustado ver a la pequeña. - Ya la verá dentro de un momento.

Ya está aquí la Srta. Constance.

Ven, hija ven... date prisa.

Dale un beso a tu tía.

Cómo ha crecido, buenos días tesoro, y qué guapa estás.

Verás qué Srtas. tan guapas han venido a tu fiesta.

- Vamos, salúdalas a todas. - Buenos días, Señoras.

Buenos días, preciosa.

Es muy guapa.

Qué bien educada.

Buenos días, Señora.

Es un encanto.

Buenos días, señora.

Buenos días, pequeña.

Se parece mucho a su madre.

Buenos días, señora.

Buenos días, es una gatita.

Toma, toma... el regalo... el regalo de tu tía.

Coge una tijera para cortar la cinta.

Con cuidado, con cuidado no se vaya a romper.

- Aquí está el vestido. - Es precioso.

¿Estás contenta, pequeña mía?

Julia, eres muy generosa, se nota que el negocio te va bien.

No he dicho qué negocio, ¿no?

Esta Ud. hablando del pecado después de la absolución.

Vale, vale, no se puede decir ninguna cosa.

Cuidado con el vestido, vas a romperlo.

Levanta los brazos.

Date prisa con los alfileres.

De uno en uno.

- Tiene paciencia. - Es muy lista.

- Sí, lo mismo que su padre. - Ni que lo digas.

Julia, nunca había visto un vestido tan bonito.

¡Como si hubieras visto algo alguna vez!

Vamos... di que soy un palurdo.

Hay hombres de ciudad que no le llegan ni a la suela del zapato.

Ya ves, no es por decirlo, pero ella tiene mas gusto que tú.

Pueden venir cuando quieran, es una comunión, no un entierro.

La casa era muy pequeña, y había que acomodarse para pasar la noche.

Rivet dormiría en el taller, sobre las virutas.

Julia y Marie ocuparían la habitación de matrimonio.

En otra al lado dormirían, Fernande y Raphaële.

Louise y Flora se instalarían en un rincón de la cocina.

Rosa dormiría en un pequeño desván sobre la escalera.

Por la noche la joven deambulaba por la casa sin encontrarlo.

Ahí enfrente.

Gracias.

- Buenas noches. - Buenas noches.

Y ahora se apaga la luz.

El profundo silencio de los campos, que a veces parece casi religioso,

envolvía el pequeño lugar.

Un silencio tranquilo, penetrante... que se elevaba hasta las estrellas.

- Oye. - ¿Qué?

Estoy emocionada.

Tengo la piel de gallina.

Es por este silencio.

¿Tú crees?

A mí me gusta.

- ¿Duermes? - No.

- ¿Qué te pasa, tienes miedo? - No.

¿Qué estás escuchando?

El silencio me rompe los oídos.

No sé lo que me pasa, estoy nerviosa.

No puedo dormir.

Ni yo tampoco.

Será porque duermo sola, como no tengo costumbre...

Pues ve a buscar al carpintero.

¿Estás loca? ¿En una noche como esta?

Me traería desgracia.

- ¿Quién es? - Soy yo.

¿Pasa algo?

¿Qué te pasa?

Tengo miedo.

¿Miedo?

Tengo miedo sin mamá.

- ¿Quieres venir conmigo? - Sí... muy bien.

Así no tendrás miedo... anda ven.

Espere.

Claro, la muñeca.

Bueno, pues no hay que llorar así...

y tampoco hay que tener miedo.

¿Qué, se te ha pasado ya?

- ¿Estás bien? - Sí.

La muñeca.

Que duermas bien...

pequeña mía.

Desde las 5 en punto de la mañana,

la campana de la pequeña iglesia no dejo de tocar...

despertando a las Srtas. que normalmente dormían hasta muy tarde,

para recuperarse de las fatigas nocturnas.

El humilde sonido de las campanas de la aldea...

subía por el espacio como una voz demasiado débil,

perdiéndose muy pronto en la inmensidad azul.

El sol fue elevándose sobre un cielo radiante...

que conservaba en el horizonte un tinte rosado...

como una huella casi desvanecida de la aurora.

Los comulgantes salieron de sus casas.

Los padres embutidos en sus trajes de fiesta, con la cabeza inclinada...

y los movimientos torpes de unos cuerpos siempre curvados por el trabajo,

salían emocionados.

Las niñas... parecían desaparecer bajo nubes de Tul,

algunas parecían novias...

mientras otras, tenían cierto aire de novicias.

Los hombrecitos, embriones de futuros mozos frecuentadores de tabernas,

llevaban el pelo embadurnado de brillantina...

y andaban con las piernas separadas, para no arrugar los pantalones nuevos.

Ya vienen.

¡Victoire!

Vamos a verlos.

Era una satisfacción para la familia...

que un gran número de parientes venidos de tan lejos acompañaran ala niña.

Para el carpintero Rivet el triunfo fue completo.

El regimiento Tellier, con la patrona al frente, seguía a la pequeña Constance.

La tropa se desplegó majestuosamente por las calles del pueblo con sus uniformes de gala.

La expectación que despertaban es inenarrable.

¡Rivet!

- ¿Qué hay? - Enhorabuena.

Muchas gracias, Señor.

Rivet... ¡Rivet!

¿Qué quiere?

Pueden sentarse aquí.

Gracias, señor alcalde.

No quería molestarle, señor alcalde.

No, nada de eso, al contrario, me siento muy honrado...

con todas estas grandes damas que nos traen el perfume de la ciudad.

Yo me pondré detrás.

Pasen por aquí.

¿Es el alcalde?

Sí, es nuestro alcalde.

Es muy interesante.

Señorita Rosa, ¿de verdad es interesante el alcalde?

Eso depende de los gustos, a mí me lo parece más Ud.

Como las llamas que prenden fuego a los trigales maduros,

las lágrimas de Rosa y sus compañeras...

desencadenaron en un instante el llanto de todos los fieles.

Hombres, mujeres, ancianos, jóvenes... todos vestidos con sus mejores ropas,

empezaron de pronto... a sollozar.

Por encima de sus cabezas parecía planear algo sobrenatural,

un alma derramada,

el soplo prodigioso de un ser invisible... y poderoso.

No hay por qué llorar. Srta. Rosa, no llore más.

Mis queridos hermanos... mis queridas hermanas.

Os doy las gracias desde el fondo de mi corazón,

acabáis de darme la mayor alegría de mi vida...

La comida fue servida en el patio del taller sobre largas tablas sostenidas por caballetes.

En el hogar del carpintero la alegría guardaba cierto aire de reserva,

un resto de la emoción de la mañana.

Rivet era el que estaba más animado.

Bebía sin parar... y repetía por cuarta vez las mismas palabras.

señoras...

Yo quiero darles las gracias...

Eso ya lo ha dicho.

Tiene razón, Joseph.

Sí, pero... nunca se agradece bastante una gentileza así,

por eso quiero agradecerles de nuevo por... por...

por haber venido a nuestra pequeña... fiesta,

como quien dice íntima y familiar, en suma.

Y por haber traído... hasta aquí...

su hermosura... y su juventud.

Es Ud. muy galante.

- Bueno, tenemos que irnos ya, Joseph. - ¡Oh sí claro!, pero es sólo un momento,

quiero darles las gracias.

Tenemos que darte las gracias por darnos las gracias,

pero tenemos que coger el tren de las 3:45.

No, de ningún modo... de ningún modo,

yo no voy a consentir que... tomen el tren de la 3:45

porque ahora después del café... hay anisette,

y después del anisette habrá otro anisette,

y después la cena.

Déjate de tonterías, nada de cena,

tienes que comprender que un día cerrado, vale... pero dos no nos lo perdonarán.

- Escucha Julia. - ¿Qué?

Yo tengo que daros las gracias.

Ya nos las darás por el camino, ahora prepara la carreta.

Y Ud.... recojan sus cosas, ¡vamos srtas.!, nos marchamos en 5 minutos.

Vamos, srta. Louise.

Flora, no protestes... tienen que estar listas enseguida.

Vamos, cómanse la tarta por el camino.

Flora, Flora, ¿quiere hacer el favor de vestirse como es debido?

Pueden coger lo que quieran para el camino.

¿Pero qué estás haciendo?

Vamos a perder el tren por tu culpa.

¿Quieres preparar la carreta?

Ya voy, ya voy.

¡señorita Rosa!

No Ud. no es la srta. Rosa.

Srta. Rosa.

Srta. Rosa.

Escuche, sólo quiero darle las gracias.

Joseph, Joseph, ¿quieres venir aquí? ¿No me oyes? Te lo ordeno.

¿Quieres obedecer a tu hermana, Joseph?

No hace caso...

¡Joseph!, ¿quieres venir?

¡Joseph! ¡Joseph!

¡Quieres venir inmediatamente!

¡Ven ahora mismo Joseph, te ordeno que vengas!

En un día como hoy tan familiar.

¡Toma tu chaleco!

Julia no seas así, esto es injusto...

yo solo quería darle las gracias.

Me hubiera gustado darle las gracias.

- ¿Qué estás haciendo? - ¿Yo? Nada.

Sí, ¿y la srta. Rosa?

Sólo he ido a darles las gracias, han sido tan amables.

Me voy a preparar la carreta.

Ya veo que no confías en mí, Marie. ¿Verdad que es eso?

Tengo que enganchar el caballo...

Ya son menos veinte...

Esa bruja...

Volvieron a recorrer el camino del día anterior.

El caballo blanco llevaba un trotecillo vivo y danzante.

Una hermosa luz envolvía los campos inundados de flores.

Las sras. no resistieron el deseo de hacer unos ramos.

¿Cuántas penas has vivido?

Mi habitación está hecha. ¡Estamos perdidos!

¿Cuántas penas has vivido?

Mi habitación está hecha. ¡Estamos perdidos!

Soy una mujer muy fiel.

Sólo tus ojos, saben mentir muy bien.

Tu cariño es falso.

Y mi confesor no me lo recomienda.

¿Cuántas penas has vivido?

Oiga, señorita Rosa...

Hace un rato cuando subí a su habitación...

yo.. yo había bebido, estaba un poco ebrio.

Quiero pedirle que me perdone.

Vamos srtas., rápido, rápido... que vamos a perder el tren.

Vamos, srta. Raphaele, srta. Fernande, deprisa.

Cómo vamos a extrañar todo esto.

Raphaële... tenga cuidado, no se vaya a caer.

¿Verdad que son bonitas?

Vamos, Joseph.

Hubiéramos podido divertirnos un poco más.

Bueno, qué quieres, no siempre una puede divertirse, hay tiempo para todo.

Escuchad, ¿no se irá el tren?

No se irá sin vosotras.

Aquí hay un sitio.

Nos quedamos aquí, Joseph.

Me quedo aquí hasta que os vea partir.

¡Al tren!

Oye, puede que vaya a verte el mes próximo.

Bueno, pero sin tonterías, ¿eh? Hasta la vista.

señorita Rosa, señorita Rosa.

- Adiós señorita Rosa. - Adiós.

Iré a verla.

Adiós.

Adiós.

¡Ir... iré a verla srta. Rosa! ¡Iré a verla srta. Rosa!

Esa noche la luz volvió a encenderse anunciando a la multitud su regreso.

En un abrir y cerrar de ojos la noticia corrió por toda la ciudad.

El Sr. Philippe, el hijo del banquero, dijo que había que avisar inmediatamente...

al Sr. Tourneveau, ya que era el más perjudicado.

- Un marinero con una carta para el señor. - ¿Malas noticias?

No, parece muy alegre.

Hola, ¿es Ud. el sr. Tourneveau, de la fábrica de conservas?

Sí, el mismo, ¿tienes una carta para mí?

¿Qué es?

Léela tu misma.

"Venga pronto, es el navío en el puerto, el cargamento ha sido recuperado."

Perfecto. todo preparado.

No me habías dicho que había un barco perdido.

No te quiero dar las malas noticias, para no disgustarte.

Buenas noches.

¡La servilleta! Buenas noches.

- ¿Han vuelto las srtas? - Sí, por fin han llegado.

- ¿Sí? - Tourneveau.

- ¿Han vuelto las srtas? - Sí señor.

- ¿Y la Madame? - Está en su despacho.

Buenas noches Raphaële, ¿Lo ha pasado bien?

Sí, muy bien Sr. Tourneveau.

- ¿Y Madame? - En su despacho.

¡Qué ganas tengo de verla!

¡Madame!

Entre.

Oh, señor Tourneveau, me alegro de verlo.

Yo también, querida Madame.

Le agradezco... que hayan venido esta noche.

Si no, la semana hubiese sido muy larga.

No tiene nada que temer, me aburría mucho allí.

- ¿Pero adónde llevó su cargamento? - ¿Qué?

- Quiero decir esa tropa tan deliciosa. - Hemos estado en el campo.

Ellas mismas se lo contarán, todavía están emocionadas con el viaje.

¡Para celebrarlo, yo pago hoy el champagne!

¡Frédéric, diez botellas de champagne para el sr. Tourneveau!

¡Aquí está el champagne!

- ¿Cuánto es? - Diez francos por botella.

- ¿Esto no es un precio de amigos? - Bueno, para Ud. son seis francos la botella.

Que generosa es Ud., Madame, ¿Quiere bailar?

Si fuese Ud. tan generosa con sus sentimientos...

Hoy sí.

¿Cómo? ¿Consiente usted?

Quiero que hoy todo el mundo sea feliz.

¡No... no puedo creer lo que oigo!

¡Frédéric, más flores por todas partes!

La cosa acabó... en un animadísimo baile,

una auténtica fiesta.

Una tempestad de alegría ingenua y ligera llenó la casa Tellier.

A medianoche, se bailaba aún.

Acaban de asistir al encuentro del placer y la pureza.

La historia de la máscara fue la confrontación del placer y del amor.

¿Quieren ver algo ahora relacionado con el placer y la muerte?

No me refiero a la muerte física... sino únicamente moral.

Es un hecho trágico pero consuélense, acaba en boda.

La anécdota la cuenta un cronista parisien...

al cual yo he prestado mi voz como hago con frecuencia.

Sí, seguro, es él... hace 30 años que lo conozco... y...

Lo que no entiendo es por qué se ha casado con esa mujer.

Como nos casamos todos... por insensatez.

- Sin embargo... - Déjese de "sin embargo".

"Se es tonto porque se es tonto."

Ese matrimonio, fue un accidente que se produjo de una forma especial,

la muchacha se jugó el todo por el todo.

Nunca lo hubiera imaginado.

¿Pero conoce alguien a las mujeres?

Mienten sin saberlo, sin querer, sin comprender...

y, a pesar de todo, tienen una frescura de sentimientos y de reacciones repentinas...

que escapan al razonamiento, y alteran nuestro programa.

Yo asistí a su primer encuentro.

En aquellos momentos, Jean Summer dudaba aún entre el paisaje y el retrato,

sentía horror por el desnudo.

Ignoraba que aquella hermosa muchacha tenía el oficio de modelo,

y se sintió subyugado por su forma de andar...

por su rostro infantil y sensual... por su elegancia un poco llamativa...

por su talle divino.

Se llamaba Josephine, eso lo supe mas tarde.

Al llegar a aquella galería, la jovencita...

no sospechaba que su destino se estaba decidiendo.

¡Y qué destino!

Él se enamoró de ella,

y se imaginó que la quería con toda su alma.

He aquí un singular fenómeno.

Cuando un hombre desea ardientemente a una mujer piensa de buena fe...

que ya no podrá vivir sin ella durante el resto de la vida.

En efecto... él creyó que la amaba.

Le hizo un sinfín de promesas de fidelidad...

y se fue a vivir con ella.

Tengo hambre.

Está bien, dejémoslo.

- ¿Me quieres? - Te adoro, ¿y tú?

- ¡Oh no!, ya no. - Idiota, te mato.

- Sería una pena, tan joven. - Pues me mato yo.

Claro, todas las mujeres decís lo mismo.

Yo lo haría.

Entretanto ve preparando el almuerzo.

- ¿Qué tenemos hoy? - Riquísimos pescados.

Qué bien.

¿Son grandes?

No lo sé, aún no he abierto la lata.

Ah... sardinas.

Cuando consigas una medalla... podremos comer salmón.

Cuando tenga una medalla ya no podremos digerir el salmón.

Así es la vida, mi amor... "Vejez y salmón, juventud y sardinas".

- ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así? - No puedo dejar de mirarte.

Eres encantadora y además...

¿Además...?

Además me gustas.

Y además me quieres, lo sé.

Sí, te quiero.

¿Podrías vivir sin mí?

No lo creo.

Hay que estar seguro.

Estoy seguro.

Adoro tus gestos,

tienes una gracia exquisita en... en los gestos más normales.

Cuando te inclinas hacia mí,

cuando... subes a un coche,

cuando levantas un brazo,

cuando me tiendes las manos,

cuando comes sardinas... nunca he visto a nadie que coma sardinas como tú.

Durante tres meses, Jean no se dio cuenta de que, en el fondo,

Josephine era como todas las modelos.

Por otra parte, su nueva forma de pintar tuvo éxito.

- Le compro el 8. - El 8 por favor.

- ¿Señor...? - Leconte.

- Felicidades, está vendido. - ¿Vendido? Gracias.

¡Está vendido!

¡Está vendido, mi amor!

¿Sabes qué vamos a hacer? Vamos a alquilar una casa, en el campo,

pero no nueva, una casa vieja de campesinos,

y la transformaremos tranquilamente...

- Eso cuesta mucho, cariño. - No importa, saldremos adelante.

Y después... después plantaremos un árbol, un árbol muy frondoso.

Un árbol muy frondoso, así de frondoso.

Yo estaba presente cuando tuvo lugar la primera escena.

Uno sabe de sobras que esas cosas tienen que llegar,

que el cansancio sigue a la posesión...

y que para realizar la propia existencia junto a la otra persona...

es necesario algo más que un brutal apetito físico, pronto extinguido.

Se precisa también una concordancia de almas,

de temperamentos,

de caracteres.

Un día fuimos los tres al bosque, andábamos en silencio,

sintiendo el frescor del río que parecía penetrar en el cuerpo, empaparlo,

bañar el espíritu, y colmarlo de felicidad.

De pronto, Joséphine gritó.

¿Has visto qué pez tan grande ha saltado fuera del agua?

Sí, sí, lo he visto.

No lo has visto, estabas de espaldas.

Es verdad, hace un día tan bonito que no pienso en nada.

Entonces di que no lo has visto.

¿Irás a París mañana?

Aún no lo sé.

¿Crees que es divertido pasear sin decir nada? Cuando uno no es tonto habla.

¿No crees?

La mayoría de las veces es mejor callar.

¿Lo dices por mí?

No especialmente, por todo el mundo.

¡Oh, por favor, cállate!

¿Por qué? ¿Te molesta?

Sí, estropeas el paisaje.

¿Qué?

Antes no decías eso, grosero.

Entonces tuvo lugar la escena, una escena odiosa, estúpida,

llena de reproches inesperados de recriminaciones intempestivas, y de lágrimas.

Tú no serías nada sin mí.

Y tres meses más tarde...

ya no parecía existir ni rastro de aquel amor que iba a ser eterno.

Sólo permanecían unidos por la costumbre.

¿Crees que son horas de volver?

Vuelvo a la hora que quiero.

Y yo preparándote la comida...

y ocupándome de tus cosas... ¿Crees que soy tu criada?

- ¡Quieres dejarme en paz! - Estoy harta, lo sabes.

Se peleaban de la mañana a la noche, se faltaban el respeto, se insultaban.

No saldrás, me oyes, no saldrás de casa.

- ¡Dame la llave! - ¡No!

- ¡Te he dicho que me des la llave! - ¡No te la daré!

- ¡Dame la llave! - ¡No!

¡Vas a darme la llave quieras o no!

- Trabaja usted mucho. - Sí, es lo que más me gusta.

Por lo visto necesita dinero.

Más que otras veces.

Puede que sea para un regalo de ruptura.

Me sorprendería, los pintores no saben romper.

¡Jean!

¡Jean!

Entonces, ¿es definitivo?

Sí.

Bravo.

No puedo más, compréndelo.

Me haces un gran favor dándome alojamiento.

Es lo más lógico, querido amigo.

Tú no me molestas, y yo no te molestaré.

Estaremos bien los dos.

Ambos tenemos problemas financieros.

- ¿Qué va a hacer ella ahora? - ¿Qué quieres que haga?

Deja tus cosas por ahí donde quieras. Ya verás, la olvidarás también.

Dormirás allí, junto a la ventana.

Bueno, no te atormentes, no es culpa tuya si se ha vuelto odiosa.

Tal vez he sido yo el que se ha vuelto odioso.

Entonces es que estabas harto.

Ya sabes cómo acaban esas cosas.

Siéntate.

Es posible que me hubiera equivocado.

Puede que por amor, puede que por orgullo, la verdad es que ella lo buscaba.

Nadie lo había visto.

Lo esperaba todas las noches.

Una noche, alrededor de las nueve...

Jean estaba intentando trabajar... se creía liberado.

Es ella, ¿no?

Escuche, Josephine, no creo que...

Tenía que haber sospechado que estaba aquí.

Usted siempre me ha detestado.

No quiero tu dinero.

Ni tus cartas.

Ni tu regalo.

No quiero ser tratada como una cualquiera.

Recuerda que fuiste tú quien me buscó.

Me pediste... me rogaste...

¿Por qué me dejas ahora?

Juntos los dos hasta la muerte, ¿no?

Quiero hablar con usted, Josephine.

- Voy a explicarle... - No hay nada que explicar,

tengo algo que decirle, pero sobre todo nada de dramas... nada de dramas.

No hay que tomar la vida por lo trágico, no sirve de nada.

Él la quiere, sólo que...

La quiere, pero ya sabe, es la eterna historia,

su familia quiere casarlo, y él está obligado a hacerlo.

¿Lo comprende ahora?

Sí, lo comprendo muy bien.

Entonces nada de dramas.

No se preocupe por mí, no oigo nada.

Dice... que vas a casarte.

Y...

Si te casas me mato.

¡Te juro que si te casas me mato!

Mátate.

Haces mal en desafiarme.

Me tiraré por la ventana.

Allí arriba.

¡Arriba!

¿Qué?

Y aquí está el señor.

Cuando salió a la puerta y la encontró con las piernas rotas,

pensé que se iría loco de remordimiento.

No sé si fue un acto de compasión o bien...

que estaba conmovido por semejante locura.

Se casó con ella.

Y como la vida ya estaba acabada para ella...

sólo le quedaba trabajar.

- Esa es toda la historia. - ¿No lo saluda?

No me ha perdonado mi intervención y hace mal.

Encontró el amor, la gloria, la fortuna...

¿No es eso la felicidad?

Sin embargo, convendrá en que todo esto es muy triste.

Amigo mío, la felicidad no es alegre.

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