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Señor de las moscas, aleja de aquí tus garras.
¡Fuera, fuera, vada retro!
Escupe tu rabia y vete, que no es para ti la miel de los santos. San Damas o
Santo Tomás, acercad el pan y el vino para vuestro hermano. San Damas o Santo
Tomás, aleja la sombra del malo, la pestilencia de Satán, la rabia de
Astarté, de Ayacuá, del inmundo Mefisto, de Belcebú, de Luzbel, de Leviatán, de
Lucifer y toda su corte infernal.
Lo siento, madre, todo ha sido lo mismo.
Pasará, no te preocupes.
Mañana te pondré las sábanas de hilo, amor mío.
Isabel, hermana, ven, reza conmigo.
¡Que no me dejes!
¡Llévame contigo!
¡No quiero seguir viviendo! ¡No!
Vamos, Isabel.
Él es ahora más dichoso que nosotros.
Está en presencia de Dios.
¿Y a mí qué me importa Dios?
Él es mi Dios.
Yo lo quiero a él, aquí conmigo.
Tú no sabes lo que es un hombre.
No puedes entenderlo.
Pero él ha muerto.
Ha muerto, hermana.
Todo lo demás son palabras.
Alabado sea Dios, encomendemos al Señor el alma de nuestro hermano muerto.
Dios
te
salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre
todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre Jesús. Santa María, madre
de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.
¿Cómo no estáis durmiendo a estas horas?
El peregrino, madre.
El peregrino raro.
Pero por Dios, hermana. ¿Queréis incendiar el convento?
No apagueis, madre.
Él se esconde por todas partes.
¿Quién se esconde?
El peregrino.
¿Pero de qué peregrino habláis?
Vamos, vamos, pequeña.
Aquí no hay nadie. ¿No lo veis?
No apagueis.
No hay nada que temer.
Ya está amaneciendo.
Vamos, acostaos.
Rezaré con vos para ahuyentar esos malos pensamientos.
Descansad, no debéis atormentaros.
¿Sentís mi corazón?
Silencio.
Rezad conmigo.
Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú
eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre Jesús.
Santa María, madre, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra
muerte. Amén.
Reverendo Padre, siento necesidad de escribiros porque tal vez mañana cuando
vengáis a confesarme no tenga valor para confiaros todo lo que siento en este
instante.
Estoy confundida, mi querido amigo.
He visto morir a un hombre.
Y he visto la desesperación de una mujer, mi hermana.
He visto cómo besaba su cuerpo, cómo lo acariciaba.
Hasta hoy, padre, he tratado de observar la mayor modestia, porque como tantas
veces me habéis repetido, guardando los sentidos que son las puertas del alma,
se guarda la pureza y se adquiere la paz.
Pero hoy, cuando mi hermana besaba llorando el sexo de su marido
muerto, he pensado que tal vez estamos despreciando algo que por lo menos
deberíamos respetar.
Porque el gesto de mi hermana era un gesto obsceno y sin embargo estaba lleno
de amor.
Amor humano, terrenal, bajo, sí.
Pero ¿puede Dios estar ausente del amor de los hombres?
¿No es el mismo el amor?
Dios no puede ser el privilegio de unos pocos, sino el patrimonio de todos.
Santa Teresa dice que Dios anda en las cosas pequeñas, incluso por los
pucheros. Y si es así, ¿no andará también en el sexo?
Y si Dios está presente en el sexo, ¿por qué olvidarlo, olvidar nuestro cuerpo?
O peor, despreciarlo, castigarlo como si fuera nuestro mayor enemigo.
Yo misma esta noche he sentido mi cuerpo como si fuera una llama ardiendo.
Y he deseado ser de verdad la esposa de Cristo.
Sentir sus brazos, su sexo.
Perdonad.
Sé que no debería hablaros de esta forma.
Estoy blasfemando.
Quizá no mande nunca esta carta.
Aunque por otra parte, necesito vuestro consejo.
Decidme, ¿debo rechazar estos pensamientos?
¿Limitarme a la piedad de siempre? ¿A la estricta observancia de unas fórmulas
que ahora me parecen absurdas?
Porque mi hermana, padre, mi hermana también blasfemó desesperada ante la
muerte de su marido.
Y sin embargo, sus palabras estaban llenas de amor.
Y Dios no puede condenarla como la condenaría un tribunal de la
Inquisición.
Dios ama a sus criaturas y comprende incluso sus errores.
Por primera vez, Padre, he sentido que el sexo no está hecho para el pecado,
sino para el amor.
Sensibilidad os traiciona a veces, reverenda madre, y os hace transformar
en amor y belleza todo cuanto veis o oís. En el caso de vuestra hermana, la
misma desesperación por la muerte puede justificar muchas cosas, pero no debería
perturbar la firmeza de vuestro ánimo.
Para nosotros, los que nos hemos entregado el servicio de Dios, la muerte
no es más que la liberación del alma. El cuerpo es nuestra cárcel y el mundo
nuestro destierro. ¿Cómo puede Dios haber creado un mundo de cárceles?
No olvidéis que Dios nos creó en el paraíso y que fue el ángel caído quien
tentó a la mujer.
Sí, padre, lo sé.
Yo misma he repetido muchas veces estas palabras para consolar a mis novicias.
Pero la otra noche... Olvidad la escena de la otra noche.
El diablo nos acecha en cualquier momento y hay que estar atentos.
Y vos, reverenda madre, vos especialmente, debéis ser un ejemplo
para los demás.
Me siento turbada, incapaz.
Esa turbación pasará.
Estad segura.
Buscad el consuelo de la oración.
Llenad vuestras horas.
No dejéis que el pensamiento ande suelto.
Ya sabéis lo que decía la madre Teresa acerca de la imaginación. Es la loca de
la casa.
No os dejéis dominar por una loca, ni por escrúpulos exagerados.
Vos sois una santa.
una elegida de Dios.
Está bien que comprendáis las debilidades ajenas, pero sin que os
salpique el barro de sus impurezas.
Rezad ahora el acto de condición.
Jerónimo, ¿no recibes tu sueldo?
Perdón. Anda, anda, cógelo si tienes hambre. Perdón, muchas gracias, madre.
Pero acostúmbrate a pedir las cosas.
Sí, sí, madre, no volverá a ocurrir. Gracias, madre.
Que les dieron.
Ave María purísima. Sin pecado concebida.
Doña Isabel Esparza desea ser recibida por la reverenda madre Doña Mariana de
la Cruz.
Hermana, qué alegría.
Vengo a quedarme, Mariana.
Tengo fuera a los criados con algunas cosas personales.
¿Puedes admitirme como la última de tus siervas?
Claro, Isabel.
Esta es tu casa.
La mitad de estas piedras fueron pagadas por ti.
Claro que puedes quedarte.
Aunque yo te aconsejaría, antes de tomar una decisión... No tengo hijos.
Ni quiero seguir viviendo en una casa donde él ha muerto.
Todo será para la orden.
Mis tierras, mis joyas.
Haz con ellas lo que quieras.
Venderlas, regalarlas, tirarlas.
Yo solo quiero morir.
Pero Isabel... Tú eres joven.
¿Para qué?
Ya sé que esta no es la mejor forma de entrar en un convento, pero no voy a
engañarte.
Me siento incapaz de dormir una noche más en aquella cama.
Ayúdame, por favor.
Naturalmente. Pero ven, te conviene descansar.
Ya tendremos tiempo de hablar de todas estas cosas y decidir si entras o no en
clausura.
Pobre Isabel, no sabes bien cómo te comprendo.
Madre Tornera.
Avisad a la madre Margarita que disponga el acomodo de doña Isabel.
¿Podrán quedarse conmigo un par de criadas?
Claro, hermana.
Después las elegirás tú misma.
Vuestra soy, para vos nací. ¿Qué mandáis hacer de mí?
Soberana majestad, eterna sabiduría, bondad nueva del alma mía.
Dios, alteza, un ser, bondad, la gran vileza mirad que hoy os canta amor así.
¿Qué mandáis hacer de mí?
Vuestra soy, pues me criasteis.
Vuestra soy, pues me redimisteis, vuestra, pues que me sufristeis,
vuestra, pues que me llamasteis.
¿Quién llama?
Soy María, madre.
Ayúdame, madre.
Está alguien en mi celda.
Pero bueno, otra vez esos miedos absurdos.
Vuestro corazón.
Me habéis asustado.
Vamos, vamos a vuestra celda. Veréis como no hay nadie.
Eso es muy hermosa.
Muy hermosa.
No me dejéis, madre.
No me dejéis. Por Dios, María.
¡No! ¿Qué hacéis?
Por Dios, por Dios, dejadme.
¡No!
¡No!
¡Por favor, dejadme, María!
¡No quiero!
¡Soltadme!
¡No! ¡Por Dios Santo, no!
¿Qué es esto?
Ayúdame, por favor.
Cubríos, hermana.
No me toquéis. No tenéis derecho.
Mi cuerpo es suyo.
¡Brujas!
¡Hipócritas!
Está endemoniada.
Hay que avisar al santo oficio.
Supongo que estáis al corriente de todo.
Sí, reverenda madre.
Sentaos, por favor.
No quisiera tener que avisar al santo oficio.
Debemos hacerlo.
Si lo hacemos, será condenada.
Si ha tenido tratos con el diablo, es justo que lo sea.
Es una pobre muchacha.
Un ser débil que no ha sido capaz de resistir la dureza de nuestras
ordenanzas. Nuestras reglas no son tan duras, madre.
Están basadas en la ley de Dios.
Una ley basada en el miedo.
¿Estáis seguro de que es ley de Dios?
María es un ser frágil, padre.
Demasiado sensible para soportar el miedo a su propio cuerpo.
¿Llamáis cuerpo al sexo?
Estáis obsesionada por el pecado de la impureza, reverenda.
Anoche pegué con ella, padre.
Me dejé besar, acariciar.
Solo que no quise abandonarme y la traté con la superioridad de mi pureza.
Con la misma superioridad con que me tratáis vos a mí ahora.
Como si ella fuera el pecado.
Y yo poco menos que un ángel.
Desde la soberbia de mi pureza debí de humillarla tanto que entró en la
desesperación y en la histeria.
Esta idea no me deja vivir.
¿Cuántas muchachas habrán enloquecido por la imposibilidad de comprender lo
que ocurre dentro de un cuerpo que les enseñamos a despreciar en nombre del
pecado?
No decís nada.
Estáis rozando la herejía.
No me importa.
Solo me importa salvar a esa pobre víctima que se entregará sin remedio.
Ella misma nombra al diablo.
Habla de un peregrino raro que la visita de noche.
Decidme, ¿no hay forma de evitar la intervención del santo oficio?
Hay demasiados testigos.
Y si ella misma, como decís... Ella no sabe lo que dice. No sabe lo que le
pasa. Pero se acusa, Madre Mariana.
Y si vos, como priora del convento, no hacéis oficialmente la denuncia, seréis
también acusada como encubridora.
Tened en cuenta que el hecho ha trascendido.
Y si repetís ante los inquisidores lo que acabáis de decirme, os acusarán de
justificar el pecado.
No la salvaréis a ella y os entregaréis vos misma.
Es terrible.
¿Cómo puede Dios crear estos seres débiles, inocentes, para que sean ellos
los que carguen con el peso sobrehumano de su propia responsabilidad?
Una responsabilidad que no han pedido.
Salvad vuestra vida, madre.
Y perdonadme por no haberos hablado siempre como mereceríais.
No os entiendo.
Me gustaría ser digno de vos.
Disculpadme.
Olvidad mis palabras.
Vayamos a ver a esa desgraciada.
Dios os guarde, María.
Yo sos guardia, padre.
Porque me tienen atada.
¿No recordáis nada de lo que ha ocurrido anoche?
Tenía miedo y fui a buscar a la madre superiora. ¿Nada más?
Nada más.
Yo lo vi con mis propios ojos. ¿Qué es lo que visteis? Si decís que no lo
sabéis, no seré yo quien os acuse de nada.
No puede estar endemoniada.
Rechazaría la imagen de Cristo.
Que os cuente, padre, esa historia del peregrino que la visita de noche.
María.
Responded.
¿Quién es ese peregrino?
No lo sé.
Pero... ¿es verdad que os visita de noche?
Quizá, no lo sé.
¿Estuvo con vos anoche?
Hablad sin miedo.
No quiero.
Entonces hablaré yo. Por favor, madre, no la forcéis a decir lo que tal vez no
deba decir.
María, si habéis pecado, yo os oiré en confesión.
Lo de ese peregrino es otra cosa, si no estáis segura de haberle visto.
No tenéis por qué decirlo.
Decid, ¿le habéis visto?
¿Cómo es?
Déjame en paz, por favor, déjame en paz.
¿Qué podemos hacer?
encomendaos al Señor y que Él os ilumine.
Todos rezaremos por vos.
Disculpadme, pero necesitaba hablaros.
¿Queréis oír en confesión lo que os he dicho esta mañana sobre mi relación con
María?
Hace falta que lo repita.
Reverenda madre, esta mañana os he dicho que me gustaría ser digno de vos.
Habéis hablado de la tremenda soberbia que se esconde detrás de la virtud.
Tenéis razón.
Sobre todo cuando se trata de mostrar una rectitud en la que no se cree.
El otro día me escribisteis una carta maravillosa, sincera, llena de
inquietud.
Y yo os respondí aquí mismo, con las palabras de siempre, con la retórica del
consuelo.
Cuando en realidad, vuestras dudas son también mis dudas.
solo que no me atrevo a decirlas en voz alta.
¿Tenéis miedo de mí?
Necesito confiar en vos, tanto como vos necesitáis confiar en mí.
Decidme, ¿necesitáis confiar en mí?
¿En quién puedo confiar si no?
En vuestra hermana.
En María, tal vez.
¿Qué es lo que estáis pensando?
Perdonad que os haga esta pregunta, pero... ¿En vuestra relación con María
hubo lo que solemos llamar consentimiento?
No.
Y antes de que yo fuera confesor de este convento, antes incluso de haber entrado
en clausura, ¿habéis tenido contacto carnal con algún hombre?
No, no me contestéis. No tengo ningún derecho a preguntar esto.
Disculpadme, madre Mariana.
Quería solo hablaros como un amigo. Deciros que podéis confiar en mí
porque... No sé lo que digo.
Disculpadme. No debí haceros llamar.
Disculpad. Todo lo que está ocurriendo me ha trastornado sin duda.
Disculpadme.
Y gracias por haberme escuchado.
Es como si esta vez hubiera sido yo el que se confesara con vos.
Gracias, madre.
Reverendo Padre, ¿por qué me siento tremendamente ligada a vos?
Os veo todavía con el semblante líbido, diciéndome las extrañas palabras que
habéis pronunciado en el confesionario y cuyo sentido no acabo de comprender.
Siempre me habíais hablado con paternal ternura, pero también con firmeza.
No había visto nunca en vos al hombre, sino al ministro del Señor.
Hoy, sin embargo...
Erais un pobre ser desvalido como yo misma.
Tanto os ha afectado la desgracia de esta pobre muchacha, que como ya sabéis
es también mi propia desgracia.
Si la hubierais visto esta noche cuando he ido a consolarla.
Sus ojos no eran ya los ojos mansos, asustados, que habéis visto en su celda.
Comed, María.
He llegado a pensar que realmente está endemoniada, que el diablo la posee de
noche y la abandona de día.
¿Qué será de ella, padre, cuando llegue la Inquisición para interrogarla?
¿Qué será de mi hermana Isabel, que se niega a salir de la celda?
¿Qué pasa las noches en vela, que se niega a seguir viviendo?
¿Qué será de nosotros, asistiendo impasibles al dolor de los demás?
En nombre de nuestra pureza, de nuestra perfección.
Me acusó de haber pecado.
A solas.
Contra el sexto mandamiento.
Y lo hice pensando en vos.
Necesito que me perdonéis.
Como sacerdote, puedo daros la absolución.
Es una tentación más fuerte que mi voluntad.
Basta con que tengáis el propósito de luchar contra ella.
¿No tenéis?
Sí, padre, pero temo no ser capaz de saber luchar.
Basta vuestro propósito ahora.
Don Agustín, no es esto engañar a Dios.
Engañarse a uno mismo.
Yo sé que volveré a pecar.
Basta vuestro propósito.
Dejad que os absuelva.
Como sacerdote.
Soy un sacerdote.
Por favor, haced un propósito ferviente y el acto de contrición.
¿O queréis añadir algún otro pecado?
Decide el acto de contrición.
Reverenda madre, desearía que me recibierais cuanto antes.
Todavía no habéis firmado unas órdenes de pago y... Disculpadme, madre
Margarita. No puedo atenderos ahora.
Disculpadme.
Déjanos. ¿Qué te pasa?
A Isabel, si tú supieras.
Desde que entré en la orden.
Yo era una niña.
¿Te acuerdas?
El día de nuestra comunión.
Quería ser una santa.
¿Te acuerdas?
Siempre me gustaba jugar a los conventos.
Y me molestaban las bromas de los chicos.
¿Te gustaba jugar a los martirios?
Tú eres la santa.
Y yo el verdugo.
¡Qué juegos tan extraños!
¿Qué ocurre, Mariana?
Tú sabes bien que nunca sentí nada por ningún hombre. Los despreciaba.
Trataba de no pensar siquiera que eran distintos a mí.
Me molestaban sus miradas cargadas de deseo.
Sentía pena por ti cuando te veía tan enamorada de tu marido.
Te consideraba un ser débil que había caído en una trampa.
Y ahora... ¿Quién es?
Sé que no tengo derecho a perturbarte ahora cuando tú.
Pero necesito que me ayudes.
¿Quién es Mariana?
El capillán del convento.
¿Qué debo hacer, hermana?
No lo sé.
En realidad es el único hombre con el que estás ligada de alguna manera.
No te engañes, hermana.
A veces la soledad nos hace creer que amamos.
¿Y tú?
Sí, ya lo sé.
Soy una monja.
No debo pensar siquiera en amar a un hombre.
Debería cesarle en su cargo.
Alejarle de mí.
Pero de pronto, creo que la trampa es esto.
Estos hábitos, el convento, los votos.
El voto de pobreza me parece una forma de irresponsabilidad, de pereza.
La castidad es como pecar contra el amor, lo más importante en la ley de
Dios.
Y la obediencia...
Renunciar a algo tan grande como la libertad.
Ya sé, ya sé que esto que digo va contra todas las normas.
Y que debería rechazar todo cuanto siento.
Pero no puedo, hermana.
No puedo.
Mariana, si de verdad le amas, adelante.
No huyas de la verdad.
Olvida tus votos, olvídalo todo.
Si no es así, no merece la pena vivir.
Pero que sea cierto cuando no exista la duda.
¿Y cómo puedo saberlo, Isabel?
Me gustaría ayudarte.
Pero hay cosas, momentos en los que estamos irremediablemente solos.
Yo solo puedo decirte una cosa.
No huyas.
No huyas de la verdad.
De tu verdad.
Es lo único que cuenta.
Vamos, id pasando.
Eh, tú, quítate ahí.
Eh, tú, no te vuelves.
Dios se lo pague.
Vamos, quieto.
Tú has pasado ya una vez.
Tengo hambre de merenda madre.
Una ración es suficiente.
Es para mi hija, que va a dar a luz.
Que la alimente su marido.
Si es que no tiene.
Entonces que la alimente el diablo.
Jerónimo,
llévatelo. Hermana, un poquito solo, ¿eh? Vete, Roberto, que ya has comido.
Mirad, mirad, un caballero. De Inquisición.
Son familiares de la Inquisición. ¿A quién vendrán a buscar?
¿Qué ocurre, Jerónimo? El santo oficio. Un oficial del santo oficio.
Hermana María, ¿creéis en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo?
Sí, creo.
¿Creéis en nuestra Santa Madre Iglesia?
Sí, creo.
¿Renunciáis a Satan y a sus obras?
Renuncio. Desatadla.
No tengo más remedio que proceder a su traslado.
Es un caso mucho más grave de lo que pensé en un principio.
Disculpadme, padre, porque estas cosas repercuten siempre en el buen nombre de
la comunidad.
Pero me veo obligado a hacerlo.
Don Agustín solicita ser recibido por vos, reverenda madre.
¿Don Agustín?
¿A estas horas?
Bien, hacedle pasar al locutorio.
Sentaos, por favor.
Os ruego que aceptéis mi renuncia.
No queréis seguir en un convento en el que van a fijarse los ojos de la
Inquisición.
Lamento que tengáis una opinión tan pobre de mí.
Entonces, ¿a qué se debe esta renuncia?
Hace tiempo que pienso en vos.
Pienso en vos como mujer.
Y no me siento capaz de hablaros como sacerdote.
Espero que sepáis comprenderme.
Os presento mis excusas.
Don Agustín.
¿Por qué me habéis dicho eso?
¿Por qué?
Perdonadme, no quisiera que mis palabras pudieran causaros ningún daño.
Os lo ruego.
No me abandonéis ahora.
Debo hacerlo.
Estamos empezando a conocernos.
No podría volver a oíros en confesión.
Don Agustín, ni vos ni yo hemos buscado este momento.
Pero este momento existe.
¿Para qué engañarnos?
¿Para qué querer seguir siendo fieles a unas normas en las que no creemos?
¿Pensáis que yo podré escuchar los consejos de otro sacerdote?
¿Y vos?
Podréis aconsejar con las mismas palabras que no consideréis válidas para
mí.
No lo sé.
Tienes miedo.
Es posible.
¿Qué podemos hacer?
Yo soy un sacerdote.
Tú eres una religiosa.
Nuestro contacto ha engendrado una cierta atracción, es verdad.
Pero no quisiera engañarme.
No quisiera justificar mis debilidades.
Yo... no sé qué es exactamente lo que siento, Mariana.
Yo tampoco.
Pero no me importa.
Sé que tú eres un ser como yo.
Y prefiero esta verdad.
Me gusta esta verdad.
Mejor que nos separemos cuanto antes.
Para sorprendernos en cualquier momento.
No.
Dime que vendrás.
Dios bendice todos los trabajos. ¿Nos parece?
A partir de hoy no sellaremos más la comida, Madre Margarita.
Pero la ordenanza de este convento dice que toda el... Esa ordenanza es muy
antigua y ya va siendo hora de que la pongamos al día.
Vos mismos encargaréis de corregir el capítulo correspondiente.
Con postura, con postura, hermanas.
El resto de la ordenanza sigue en vigor.
Querido Agustín, ¿qué es lo que me ocurre?
Ha sido todo tan imprevisto.
Yo misma no me reconozco.
Me observo como si fuera otra mujer, como un ser que ha nacido de nuevo.
Todo se ha transformado y me siento en comunión con el mundo, con la belleza,
con Dios.
Con Dios, sí, aunque pueda parecerte extraño.
Hoy he prohibido el uso de cilicios y disciplinas en el convento.
Con la oposición de la madre Margarita, que siempre ha sido partidaria de la
máxima dureza y que se resistía a entregarme el suyo.
Quiero desterrar el dolor y la tristeza. Me gustaría comunicar a todos mi
alegría.
Y no puedo pasar un momento sin escribirte, aunque sé que vendrás esta
noche.
Mi alma te espera tanto como mi cuerpo.
Amor, amado mío, apenas te conozco, pero te amo
y te deseo como nunca creí poder desear nada en este mundo.
En una noche oscura, con ansias en amores inflamada, oh dichosa
aventura, salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada.
A oscuras y segura, por la secreta escala, disfrazada.
Oh, dichosa aventura, a oscuras y encelada, estando ya
mi casa sosegada.
En la noche dichosa, en secreto, que nadie me veía, ni yo
miraba cosa, sin otra luz ni guía, sino la que en el corazón ardía.
Aquesta me guiaba.
Más cierto que la luz del mediodía, a donde me esperaba quien yo bien me
sabía, en parte donde nadie parecía.
Oh noche que guiaste, oh noche amable más que la alborada, oh noche
que juntaste amado con amada, amada en el amado
transformada.
Quedeme y olvideme.
el rostro recliné sobre el amado.
Cesó todo y dejéme, dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.
Es un muro de la vieja ermita sobre la que se edificó este convento.
Algún día mandaré cubrirlo del todo.
Buenas noches, Madre Mariana.
No tengáis madre.
¿Cómo? Yo también puedo ser discreto.
¡Apártate!
No os conviene gritar. Ni os hace falta tampoco.
Yo puedo ayudaros mucho.
Conozco el convento palmo a palmo. Y también el pueblo.
No debéis arriesgaros como lo habéis hecho esta noche.
Yo... Tú no has visto nada.
¿Me entiendes?
Si vos lo ordenáis.
¿Quieres dinero?
¿Cuánto?
Solo quiero ser vuestro amigo.
Y mi amistad puede seros muy útil.
Os lo aseguro.
No necesito tu amistad para nada.
Puedo expulsarte del convento.
No lo haréis.
Yo puedo contar muchas cosas.
Y no solo de vos.
Vete de aquí.
Vete, ¿me oyes?
Que descanséis, reverenda madre.
¿A dónde vas?
Mis propios caminos.
Buenas noches, Madre Mariana.
¿Quién es? Venid pronto, por favor.
Venid pronto.
¿Qué ocurre? Vuestra hermana, no sé qué tiene. Por favor, venid cuanto antes.
Isabel, Isabel, ¿qué te pasa?
Es la primera vez que ocurre. Hace días que tiene ataques de tos, pero ella
decía que... Habrá que llamar al médico.
Voy a morir, hermana.
Quisiera... Quisiera tener conmigo la cama donde voy a dormir para siempre.
Vamos, vamos. Pasará enseguida.
Quiero... Quiero acostumbrarme.
No me niegues esto, hermana.
Quiero un ataúd como el suyo.
Quiero...
Seguidme, por favor.
Daos prisa, doctor. Está muy grande.
Aguardad un momento.
Don José Ramón Quesada, familiar de la Inquisición, viene a verte.
Dios os guarde, padre.
Sed bienvenido.
Pasad.
Permitidme.
Madre, por favor, pasad.
Erasmo. Tengo licencia para leerlo. Estoy escribiendo un informe sobre su
influencia en España.
Sí, comprendo. Por favor, sentaos.
¿Vos diréis a qué debo esta visita?
Tenéis que acompañarme a Madrid.
¿Cuándo? Debería haberme ido ya.
Pero conseguí aplazar el viaje hasta mañana.
No es posible.
No quiero que te vayas. No puedo negarme.
Yo la interrogué antes de que llegara el comisario inspector. Tengo que declarar
ante el tribunal de la Inquisición.
¿Veréis a María?
El día del auto, tal vez.
O si el tribunal exige mi presencia.
Lo que no podré es hablarle a solas. Vos podéis hacer mucho por ella.
No.
Yo no puedo hacer nada.
Si la defiendo, sería tanto como acusarme a mí mismo.
Y no puedo cometer ningún error.
Aparte de que es inútil intentar nada.
Son fanáticos inflexibles.
Si hubieras visto la cara del emisario que vino a buscarme cuando vio sobre mi
mesa un libro de Erasmo.
Si él supiera que tengo montones de libros prohibidos, no vacilaría en
denunciarme. No podemos seguir en este peligro constante.
Vayámonos. Deja tú el sacerdocio y yo dejaré el convento.
No sabes lo que dices.
Nuestros votos nos ligan de forma perpetua.
Caeríamos en pecado de apostasía y de escándalo.
No, Mariana, sería peor.
Mucho peor.
Agustín.
Sigue.
¿Qué quieres decirme?
Nada.
Solo que...
A mi vuelta podremos pensar con calma sobre todas las cosas.
Ahora me siento vigilado.
Ese inquisidor me trata como a un amigo.
Pero yo los conozco bien.
Y sé que no debo fiarme.
No piensas más que en ti.
En tu propia seguridad.
Es posible.
Temo perder lo poco que he conseguido.
Siento que te estoy perdiendo a ti y no soy capaz de evitarlo.
No quería herirte, solo que te necesito.
Te lo ruego, no te vayas sin venir a verme.
Si consigo liberarme de ese hombre, pero si no lograr escaparme,
voy a estar fuera por algún tiempo.
Tendrás que buscar otro confesor.
Y no quisiera que... Yo no pienso confesarme con nadie, Agustín.
Mariana.
Yo sé que es absurdo.
Y que lo que voy a proponerte es un pecado más para mí.
El peor de los pecados.
Pero... ¿Quieres que te dé la absolución?
¿La absolución?
¿De qué?
¿De nuestro amor?
Yo no quiero la absolución.
Yo te quiero a ti.
Por favor, Mariana, razona.
No quiero que tú... que sobre ti pueda pesar ningún remordimiento.
Yo no le tengo miedo a Dios.
A Dios no se le puede engañar con una fórmula.
Él está por encima de esas cosas.
Y si no es así, es que Dios no existe.
Mariana, no te das cuenta.
Por favor.
Te lo ruego.
No te vayas sin venir a verme esta noche.
¿Adónde te escondiste, amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste, habiéndome herido.
Salí tras ti clamando, y ya eras ido.
¿No descansáis?
Recordad que mañana nos espera una larga jornada de viaje.
Estoy acostumbrado a los caminos.
Y no siempre tiene una ocasión de leer cosas como estas, que más parecen
destinadas a la hoguera que a la biblioteca.
Agustín, amor mío, hice mal no diciéndote el peligro que corremos en
este mismo convento.
Me comporté como una pobre amante irreflexiva.
Perdóname, amor mío.
Sé que no vendrás y por eso te escribo.
Esperaré tu vuelta leyendo una y mil veces los versos de Fray Juan de la Cruz
en los que me parece que te estoy hablando.
Si de mi baja suerte...
Las llamas del amor tan fuertes fuesen, que absorbiesen la muerte y tanto más
creciesen, que las aguas del mar también ardiesen, no pienso que podría,
según la viva sed de amor que siento, amar como querría.
Ni las llamas que cuento satisfacer mi sed por un momento.
Podéis acostaros tranquilos.
Tiempo tendremos por el camino para comentar estos escritos y la oportunidad
de su lectura.
Buenas noches, padre.
Buenas noches.
Le nombramos capellán interino del convento de las reverendas madres
descalzas de Santa Inés del Campo, para que en él y en su iglesia pueda predicar
los santos sacramentos, y asimismo le damos licencia para que pueda confesar
mientras dure la ausencia del reverendo padre don Agustín de Rojas Salazar,
recibiendo las cantidades que éste hubiera percibido en concepto de misas,
vigilias, santas unciones y otros servicios a que hubiere lugar.
Por mandato de su señoría ilustrísima, doña Mariana de la Cruz.
No sabes cuán sola me siento y cuánto necesito tenerte conmigo.
No soporto la soledad y sin embargo la busco, porque me parece que así estoy
más cerca de ti.
Hoy he visto a unas muchachas haciendo a escondidas un rito morisco de amor.
Si hubieran sabido que las estaba viendo, se habrían escondido con miedo.
Y yo, sin embargo, las he imitado deseando que el sol te llevara también
mi mensaje.
Sol, tú que corres los mundos y escuchas los conjuros y vuelas en las alas de la
mañana. Tú que llegas a la choza del infiel y a la cámara del rey.
clava tus rayos en mi amado, inflámalo de amor, tal como hiciste conmigo.
Amor, amor mío, ¿cómo puede ser que los recuerdos de momentos tan dulces se
hayan vuelto ahora tan crueles?
Todo ha perdido sentido para mí desde que emprendiste tu viaje, y solo siento
un cierto alivio en el dolor de esta soledad.
cuya única causa eres tú.
Mil veces he mandado hacia ti mis suspiros y he creído encontrar la
respuesta que ferviente deseo. Y he pensado que esperabas con impaciencia la
noche para escribirme una carta que celosamente guardarás y me entregarás a
mano. Y nos reiremos juntos y nos leeremos las cartas en voz alta.
O las olvidaremos y nos amaremos en silencio.
porque no serán ya más que el testimonio de un pasado que habrá perdido del todo
su sentido.
Adiós. Amame siempre, amor.
Esta mañana ha muerto Isabel, mi hermana.
Parecía feliz, mucho más feliz que en los últimos días en que se iba
consumiendo poco a poco, cansada de vivir.
Pienso que al morir sentía ya cerca la presencia del ser amado.
Agustín, amigo, ¿dónde estás?
No quiero que mueras antes que yo.
No quiero sufrir el tormento de la ausencia como mi pobre hermana, ante la
que todos deben creer que he rezado largas horas en las que no conseguía
pensar más que en ti.
De pronto, me encontré repitiendo gestos que había hecho otras veces en la
oración, como si de verdad estuviera entrando en éxtasis.
Si me fuera posible abandonar este claustro, no esperaría que volvieras
para cumplir tus promesas.
No me atrevo a ilusionarme con la posibilidad de que eso fuera cierto.
No quiero alimentar una esperanza que me sería seguramente placentera.
No quiero ser sensible sino al dolor de esta soledad tan cierta como mi amor.
No puedo abandonar este papel.
Aunque sé muy bien que no irá a tus manos.
Pero mientras te escribo, me parece que de alguna manera estoy contigo.
Y tú conmigo.
Quisiera que pudieras verme en este instante.
Puedes verme.
Di, puedes verme.
Quisiera romper estas celosías y hacer que mi imagen llegara hasta ti donde te
encuentres.
¿Por qué hago esto?
No lo sé.
Estoy enloqueciendo.
Preparo mi cuerpo para ti.
Quiero que lo encuentres distinto.
Quiero perfumarlo, adornarlo como dicen que hacen las moriscas del arrabal.
¿Cómo es posible que una pequeña separación haya trastornado de tal
manera mi mente?
Te siento a ti en todas las cosas que alguna vez he amado, en todas las que
amo, y me siento feliz de haberte entregado todo.
Mi cuerpo, mi alma, mi religión, mi fe.
No, mi fe ha crecido, porque ahora siento vibrar todas las cosas dentro de
mí, como si fuera el mismo Dios quien me posee.
Dios, estoy enloqueciendo, pero tú tienes que entenderlo, Dios, porque tú
pusiste en mí el deseo, el amor, esta desesperación que me embarga.
Hoy he sabido que María ha muerto, que fue quemada en la hoguera.
¿Y si ha llegado hasta mí la noticia?
¿Cómo no has llegado tú mucho antes?
¿Cómo no has venido?
¿Cómo no has corrido a verme?
Ahora veo claro.
Mi cuerpo fue una victoria para ti, para tu orgullo de hombre.
Me mentiste de la peor manera que se puede mentir, diciendo palabras
verdaderas, aprovechando mi entrega.
No sé por qué te escribo.
Bien veo que cuando vuelvas me fingirás amor, pero solo sentirás piedad de mí. Y
yo no quiero tu piedad.
No sé por qué me humillo ante quien no merecería ni siquiera mi recuerdo.
Ven, te espero.
Espero tus disculpas, tus mentiras. Ven, ven cuanto antes.
Oh, Dios.
Ni siquiera me atrevo a pedirte que me ames.
Buenos días, reverenda madre.
Buenos días.
Don Agustín me ha dado un encargo para vos. El acta del auto de fe en que fue
condenada María.
Don Agustín está aquí.
Sí, ha venido a recoger sus cosas.
Regresa a Madrid. Ha sido nombrado capellán de las descalzas reales.
Eso no es posible.
Está ligado al convento por una escritura legal.
Os pide que la rescindáis y me confirméis a mí en el cargo.
¿Es cierto que te vas a la corte?
Sí, es cierto.
¿Pero cómo puedes hacer una cosa así?
Dejadnos un momento, madre.
Estás quemando tu pasado.
Y quieres quemarme a mí.
Olvidarme, borrarme de tu vida.
¿Esa es la virtud con la que piensas predicar a tus fieles? Es mejor para los
dos que... ¡Será mejor para ti!
Te puedes pensar de acuerdo a tus conveniencias.
Olvidar lo que te estorba. Nos hemos engañado, Mariana. Es mejor para los dos
que... No para mí.
Yo no invento mis sentimientos, Agustín.
Yo no miento como tú.
Yo no finjo.
¿Quieres escucharme? No quiero escucharte.
Quiero...
No te preocupes.
No voy a impedir tu marcha.
No voy a estropear tu carrera de capellana en la corte.
Llegarás muy alto, Agustín.
Porque no sientes nada.
Y sabrás aprovecharlo todo.
Como has hecho conmigo.
Pero no te preocupes.
Aprenderé a fingir.
a ver con indiferencia cómo se asesina y se miente en nombre de Dios.
No me será difícil.
He tenido un buen maestro.
Quiero escribirte otra carta, hacerte ver que probablemente estaré más
tranquila dentro de un tiempo.
Qué placer tendré reprochándote tu conducta cuando ya no me afecte tan
profundamente y cuando pueda demostrar que te desprecio, que hablo con
indiferencia de tu traición, que he olvidado tanto mis placeres como mi
dolor de ahora y que sólo me acuerdo de ti cuando...
Bien sé que todavía pienso demasiado en hacerte reproches, pero lograré
olvidarte.
Es de loca repetirte estas cosas constantemente.
¿Para qué?
Si nunca vas a leer estas líneas.
¿Cómo has entrado?
Vete de aquí.
Madre Mariana, estas cartas... ¡Vete!
...las devuelvo.
¡No!
¡Suéltame! ¡Suéltame!
¡Suéltame, por favor!
¡No! ¡No! ¡No!
¡No!
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