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Hermano Rodrigo de Palomares, soy el capellán del padre Francisco Verdugo,
señor inquisidor.
Lo acompañé en su visita a doña María Francisca, conocida como la huérfana.
Sus padres murieron de manera sospechosa en las selvas.
Es la heredera de gran fortuna, bienes y tierras.
Tus padres serán grandes contribuyentes de la iglesia.
Eso me lo dijo el padre Francisco.
Vuestros padres han sido generosos con la madre iglesia.
Espero que su merced sea tan generosa como fueron ellos.
¿Acaso mis padres no murieron por voluntad divina? ¿Por qué debería ser
más generosa?
Hubiese sido la voluntad de vuestros padres el continuar con esa labor.
El diezmo que todos dan no lo voy a negar, pero más allá de eso debo
meditar.
Ponga sus meditaciones en manos del Señor.
Escuche su consejo. Abra su corazón.
Así lo haré.
Ahora lo dejo.
Josefa lo acompañará a la puerta.
Que Dios la bendiga, hija mía.
La huérfana se negaba a dar lo que sus padres prometieron en vida.
Veo el trabajo del demonio en esa muchacha.
No le preste atención.
Ha sufrido mucho la pobre niña Francisca. Hace poco que dejó el luto.
Dele un tiempo.
Usted debe aconsejarla. Que vuelva a la casa del señor.
¿Qué quería la cura?
Quería más oro.
Luego de su visita, el padre Francisco estaba alterado.
Doña Francisca es una muchacha muy insolente.
Tiene el descaro de desafiar a la madre iglesia.
Ya encontraremos una forma de doblegar su orgullo.
¿Qué quieres?
Ten mucho cuidado, niña. Con la iglesia no se juega.
Este es un inquisidor y tiene mucho poder.
No he terminado.
Soy como tu madre, que en paz descanse.
Y he jurado protegerte.
Deberías decirle a la viuda que se vaya. Es una mujer peligrosa.
En eso
hubo una confrontación callejera en la que se vio envuelta doña María
Francisca. Por causa de doña Mariana del Castro, conocida como la viuda.
El padre Francisco ordenó que detuvieran a las dos mujeres.
Deténganlas.
Y ordenó que todos los presentes dieran sus testimonios.
Su pena de comparecer ante la Inquisición.
Vuestros nombres.
Usted sabe bien quién somos, padre.
¿Qué hacemos aquí?
Eso es exactamente lo que vamos a averiguar con vuestra ayuda. Para eso
están aquí.
Doña Francisca, mi niña, es inocente.
Ella no hizo nada, pero desde que vino la viuda a vivir a casa, la noto bien
cambiada, como embrujada.
No digas tonterías, Josefa.
No le haga caso, padre.
Más tarde la llamaremos para que rinda testimonio. Ahora puede retirarse.
Las acusadas se quedan aquí para ser interrogadas.
Por ley, doña Francisca y doña Mariana deben correr con el costo del
interrogatorio.
Ve a casa por unas monedas para las dos, José. Sí.
Y no digas más tonterías.
Estando el señor inquisidor presente, se torna a doña Mariana a que por
reverencia a Dios diga la verdad.
¿Qué quiere de mí?
Usted, doña Mariana de Castro, ¿confirma ser la viuda de don Juan Lorenzo Castro,
cuyo oficio estaba en duda ante la Santa Iglesia?
Sí, soy bien de la don Lorenzo.
Un hombre honesto y sabio.
¿Admite además que don Juan Lorenzo murió en circunstancias misteriosas?
Murió del corazón. No es ningún misterio.
¿Y la dejó con deudas?
Sí, perdí todo.
Don Lorenzo era un jugador conocido, siempre en conflicto con la madre
iglesia.
Visitador de antros de perdición.
No sé de qué me habla.
Don Lorenzo era un hombre honesto y un buen marido.
Se dice que Don Lorenzo practicaba las artes del demonio y que usted, Doña
Mariana, era su discípula.
Eso es falso.
¿Y cuál es su relación con Doña Francisca?
Es mi salvadora.
¿La compara con nuestro señor?
No quise decir eso.
Me salvó la vida cuando yo estaba en la calle.
Abrió las puertas de su casa y de su corazón.
La invité a vivir a casa cuando murió su señor esposo.
Tendrá su momento para declarar.
¿Usted, doña Mariana, es católica?
Todos saben que no.
Doña Mariana,
¿es usted sospechosa de ser luterana?
¿De practicar ritos judaizantes?
De tener relaciones con el demonio. De practicar las artes del demonio.
De llevar a una inocente católica a la perdición.
Incitándola a la insolencia.
A la lujuria.
No sé de qué habla.
Por supuesto.
Usted no conoce las leyes de la única iglesia de Dios.
Ni conoce su lugar en el reino.
Yo amo a mi señor.
Usted no conoce al señor.
Usted no es católica.
Usted es una apóstata.
Solo tiene que confesar su pecado y no sufrirá el tormento de la tierra.
Y si se arrepiente, no sufrirá el tormento del infierno.
No reniego de mi fe.
Confiese y salve su alma.
Y salve el alma de su discípula María Francisca, que peca con usted.
¿Francisca?
¿Qué tiene contra Francisca?
Confiese que ha empujado a Francisca a la apostasía.
Todo eso es falso.
Doña Mariana es una buena mujer. No tiene nada que ver con demonios ni cosas
absurdas. No tengo nada con el demonio. Francisca no tiene nada con el demonio.
Ella es inocente y yo también.
No tengo nada que decir sobre esto.
Doña Mariana no tiene nada que decir.
Se le manda entonces a que se le quite lo que lleva puesto y se le amoneste a
que diga la verdad bajo tormento.
Lo que yo diga bajo tortura no será la verdad.
Por última vez, hable su confesión y líbrese del tormento.
No, no confieso nada de esas locuras.
Bien.
Llévenla al calabozo y pónganla en cadenas.
No dejaré que te hagan nada.
Estándola desnudando, doña Mariana no decía nada.
Vino declarado que nada de lo que vaya a decir sea válido, porque lo dirá por el
miedo al dicho tormento.
Doña María Francisca de la Cruz dijo que no tiene por qué ser acusada.
Somos inocentes. ¿Por qué nos tratan así? ¿Por no darle la mitad de todo lo
mío? Sois una mujer orgullosa, sin temor a Dios.
Tus padres, que en paz descansen, eran gente buena, gente digna, gente de Dios.
Ellos han hecho un juramento ante el altar de Dios.
¿Qué suerte tienen de haber muerto y no ver en este momento lo bajo que ha caído
su hija? No hables así de mis padres.
Hija, confiesa ahora.
Somos inocentes.
Debes confesar que te has dejado llevar a las manos de Satanás.
Confiesa ahora antes que te lleven a la cámara del tormento.
No tengo nada que confesar.
Hija mía, soy un hombre del Señor y soy comprensivo con todo pecador.
Por eso te voy a dar ahora una oportunidad para que reflexiones al lado
de Mariana.
Llévenla al calabozo.
Al rehusarse, doña Francisca es desnudada y encadenada.
Diga su nombre.
Soy Josefa María Flores, soltera, natural de estas partes.
Su testimonio.
Soy nodriza de María Francisca desde que nació.
Quedé a cargo desde el fallecimiento de sus santos padres que están en la gloria
de Dios.
Me llaman Juan de Gaona, original de Tarifán.
Desde teniente, soy creyente, conocido como hombre de bien.
No conozco...
Y con tanto fueron mandadas a la cámara de tormento.
Y estando en dicha cámara, fueron amonestadas de decir la verdad.
Soy María de las Nieves, natural de Granada.
Declaro que doña Francisca, María Francisca, llevó a vivir a su casa a
doña Mariana del Castro, la luterana.
La luterana doña Mariana Castro llegó una noche cargada de sus pocas cosas.
La joven luterana no se nada.
Excepto, sí, que es la viuda de Juan Lorenzo Castro.
Hombre de bien, católico, boticario, comerciante.
Es la viuda de Juan Lorenzo Castro.
El boticario, el pobre boticario, que murió con los cólicos del demonio.
Dicen que ella fue, ella, la luterana, quien la envenenó.
El pobre quedó endeudado con los almacenistas flamencos.
Roberto y Miguel Colbert.
Y murió del corazón con las deudas encima.
Fue le mandada a poner en la soga para ser sometida a latigazos.
Me llamo Mayor de Luna.
Soy vecina de este lugar.
No conozco a la huérfana, pero sé que es la mujer más rica de estas tierras.
¿Habéis visto su casa?
Todos la conocen.
Vive en su casa la luterana, la viuda.
De esa mujer se dice que ha obtenido poderes para curar.
Soy María Antonia de Castañeda, natural de Sevilla, crecida en estas tierras.
Una noche de luna llena la vi con su amante, la Luterana, en su balcón.
Y la Luterana la abrazó, le besó los labios y le tocó los senos.
Estando ya atada en la forma dicha y azotada, fue amonestada para que dijese
la verdad.
¿Tiene algo que decir?
Doña Francisca no dijo nada y fue mandada a ser azotada nuevamente.
Al verlas así, en pecado, lancé un gemido y la
bruja me vio con ojos tan rojos como el fuego y caí desmayada,
sobreviniéndome una enfermedad de la que estuve apretada y por
muchos días.
Todo estaba bien antes de su llegada, pero una tarde vi que doña Mariana
entró al dormitorio de doña Francisca.
Vi cómo la desnudaba y no le permitía ninguna resistencia.
Doña Francisca le dio un cuarto en casa, un cuarto grande.
En el cuarto había una imagen, una imagen de Nuestra Señora.
Una noche doña Mariana invocó al diablo con todo su corazón.
Entonces apareció una sombra. Ella tocó unos cuernos y asustada se cayó.
Doña Francisca quiso ayudarla y consolarla.
Doña Mariana, poseída por esa sombra, la desnudó, tomó su cuerpo como hace un
hombre.
entraba francista al cuarto de la lucorán como llevada por el demonio
todos los viernes y los días de luna llena y no salía hasta el otro día
doña mariana con su magia la desnudaba
dormía con ella
Todo esto vi sin quererlo.
De todo esto, Francisca, no tiene la culpa.
La tiene la luterana.
con sus sortilegios.
Por favor, devuélvamela, que yo con mis oraciones voy a hacer que ese
demonio salga de su cuerpo.
Por favor, devuélvamela.
Devuélvamela.
Por favor, devuélvamela, mi niña.
Me llaman don Juan Tomás Araujo. Soy soltero, natural de la tierra andaluz.
Tengo un cabro, dos vacas, un pedazo de tierra con árboles frutales.
Todo eso se lo daría a doña Francisca, aunque sería muy poco comparado con lo
que ella tiene.
¿La huérfana?
Ha aprendido y ha utilizado sortilegios para embrujar a don Juan Tomás de
Araújo, quien cuando la ve pasar, le dice, mi diosa.
Falsamente me acusan de estar embrujado por decirle mi diosa a doña Francisca.
Fue mandada a atender en el potro y atendida fue amonestada que diga la
verdad.
Pero dígame, ¿qué hombre puede resistir a sus encantos? ¿No soy un hombre acaso?
¿No es una hermosa mujer la dueña de mis sueños?
No, señores inquisidores, no estoy embrujado, ni tampoco estoy cautivo de
poderes ocultos.
Y él va repartiendo a vos que ella es una diosa.
Soy un enamorado de la más bella de las mujeres, a quien le llamo mi diosa
cuando pasa cerca de mí, sin querer ofender a la iglesia.
Le han oído decir que la quiere tanto que cuando está en la iglesia y se
dice Santa María, él pronuncia mi María.
Es verdad que le digo mi María, pero nunca en el templo porque nunca la veo
en tan sacro lugar.
Si ella me hubiese encantado, embrujado con poderes demoníacos, ahora yo sería
su esclavo, y no un pobre enamorado que persigue un sueño, deseando estar entre
sus brazos y sufriendo porque ni siquiera se digna mirarme.
Gracias.
Soy Isabel Petron Arteaga.
Estábamos tomando el sol en la calle de las ánimas y vimos bajar a la luterana.
La sabemos bruja y queríamos echarle en cara a sus maldades.
Doña Mariana negó estos hechos, por lo tanto fue puesta en el potro.
Y ya tendida, fue amonestada que diga la verdad.
Vamos, diga la verdad.
Diga la verdad.
Beatriz quería confrontarlo.
Yo quería ir con ella, pero le tengo miedo a la bruja.
Así que me fui al refugio de los sacerdotes.
¿También, doña Mariana?
Ofendió a la inocente de doña Beatriz de Trejo.
¡Ruja!
Diciéndole cosas que...
No puedo decir delante del señor.
Ella se defendió como pudo.
Pero claro, apareció doña Francisca.
Y saltó sobre ella como una endemoniada. Sus ojos le brillaban al rojo vivo.
De lejos vi cómo la huérfana hizo volar a Beatriz por los cielos.
Y cómo gracias a la intervención de los santos, los soldados de Dios pudieron
atrapar a las brujas.
Soy Doña Beatriz de Trejo, nacida en esta ciudad, de padres honorables y
católicos.
Me acerqué a doña Mariana de Castro para rogarle que se alejara de doña
Francisca, por el bien de las dos.
También quería rogarle que no atormente a mis amigas, que no invada sus sueños,
que no les haga sentir el pecado en sus carnes.
La luterana entra en mis sueños algunas noches.
Me toca los pechos, me levanta las cubiertas y la camisa para desnudar mi
cuerpo.
¿Va a confesar?
Con palabras cariñosas, me enseña cómo conquistar a los hombres, sin usar sus
artillejos.
¡Fíjese!
Con solo tocarme primero en ciertas partes y luego pasarme la
mano.
Por el rostro.
Pero ella no me dejó hablar.
Adminó mis pensamientos y quiso maldecirme.
Pero la fuerza de la oración hizo que ella cayera de bruces.
En eso de la nada, como flotando empujada por el viento, aparece Doña
Francisca, y sin siquiera tocarme ni su voz.
Todos lo vieron, y por un momento todo se volvió oscuro a mi alrededor.
No podía ni ver, ni oír, ni sentir.
Cuando vine a mí, todos habían desaparecido.
Esta mañana, pasando yo por la calle conocida como la calle de los fantasmas,
vi a los pocos vecinos aventurados a salir en esos momentos.
Un grupo de mozuelas, buenas, famosas, entre ellas doña Isabelita, tuvieron un
altercado con doña Madrina y doña Francisca.
Dos cayeron por los suelos. Nada del otro mundo. No entiendo por qué hemos
sido llamados por algo tan banal.
Ligada y desnuda y persistiendo su negativa, fue puesta al tormento.
Soy Don Diego Asencio de Vera, origino de estas tierras, notario por oficio.
He sido llamado a testificar, aunque no entiendo el porqué.
Por mi lado pasó doña Mariana, no sé a dónde se dirigía.
Salió de la casa doña Francisca.
Me pareció tímida, asustada incluso, como cuidándose de no llamar la atención
de los vecinos que no la ven con buenos ojos por ser luterana.
La joven doña Beatriz le dijo algo.
Me di la vuelta para ver qué ocurría y noté que las muchachas rodeaban a
Luterana. Una de ellas la empujó y doña Mariana cayó de bruces.
En ese momento pasó por mi lado Francisca, la
huérfana, y se interpuso entre Mariana y Beatriz.
Asistió a Mariana para que se levante y cuando las dos se iban en paz, fueron
detenidas.
Eso es todo lo que vi en honor de la verdad.
Soy Luisa de Castellón, vecina de este lugar, madre y esposa.
Estando con las vecinas, vi el altercado que tuvo la niña Beatriz con doña
Francisca.
Beatriz solo dijo lo que todos saben, que doña Mariana, la viuda, practica
ritos y brujerías judaizantes y que es una luterana confesa.
Tanto negó que doña Mariana fue puesta en el caballo.
Todos saben que es maestra de remedios amatorios y que pretende ser adivina
conocedora de todos los secretos entre mujeres.
Hace conjuros con invocación de demonios y de Dios y de sus santos para que se
manifiesten los efectos amatorios que les ocitan.
y tomando simiente de un varón y un candil y una soga de ahorcado
y gotas de aceite y sangre y
sal y culantro.
Despiértala.
Busca la marca del diablo.
hace conjuros mascando la coca y hablando sobre ella secretamente.
Siempre que masca la coca, se enciende una luz en forma de cruz.
Y después echa a arder en agua ardiente el zumo de coca con los cabellos de los
galanes de las mujeres que le consultan.
Hace que las mujeres que están con ella griten vitores al gran chivato y que
toquen castañuelas gritando chasque, chasque.
Dicen que amonesta a las mujeres a que crean en lo que ella hace y que le
tengan fe.
Esto lo saben todos, por boca de algunas mujeres que han caído en sus conjuros.
Fue quemada con hierros candentes.
Pero ni así confesó nada.
El señor inquisidor la creía protegida por el demonio.
firmad vuestra confesión.
Cuando la pusieron sobre brazas en frente de doña Francisca,
Dice que descubre algunas cosas secretas que le revelan los demonios.
que saca almas del purgatorio sin necesidad de la iglesia católica.
También se dice que tiene la Biblia satánica de los luteranos y de los
ingleses y que la lee en su propia lengua.
También se dice que a las mujeres que se visten de colorado les puede ver todo,
como si estuvieran en pelotas y otras cosas de esta suerte.
Yo vi como la discípula de la bruja atacó a doña Beatriz sin motivo alguno.
Mi nombre es Tomás de la Puente de Arnés, soy mozo de Pulpería, oriundo de
la Navarra Francesa.
Solo sé lo que todos saben, que la viuda ha hecho pacto con dos demonios para
aprender las artes mágicas.
Se sabe que los diablos le han dado el anillo de oro grueso y hueco que lleva
siempre consigo en su seno.
Además dicen que ahí tiene grabado su nombre.
Cuando quiere hablar con ellos, los llama e invoca diciendo ciertas
palabras, y ellos vienen.
Finalmente la huérfana gritó que confesaría.
Les pregunta materias de teología, les pregunta cuando moría Dios o los envía a
saber cosas de España y de Inglaterra.
Doña Francisca, vencida por el tormento de Doña Mariana, firmó su confesión.
Siendo así, las dos inculpadas y condenadas.
Está en blanco.
Los bienes y propiedades de doña Francisca pasaron por voluntad de ella y
bajo su propia firma a las posesiones de la iglesia y del inquisidor.
También sé que han escuchado a doña Francisca decir que los inquisidores
eran unos ladrones que procesaban a la gente para quitarles su dinero.
Eso no más sé. ¿Me puedo ir?
El inquisidor se hizo cargo de las propiedades ese mismo día.
Igual lo iban a hacer. Es un pretexto.
Mi nombre es Isabel de Porras. Soy originaria de aquí.
Doña Francisca, la huérfana, y Doña Mariana, la viuda sajona.
Se juntaban con otras mujeres los martes y viernes y salían volando de noche con
forma de pato y decían las siguientes palabras, de viga en viga vamos sin
Dios ni Santa María.
En una de dichas ocasiones se apareció el chivato blanco y todas desaparecieron
con él.
No sé a dónde iba ni cómo, pero los viernes en la noche escuchaba sus
vuelos por los cielos y sus risas.
Y eso me temorizaba, me temorizaba mucho.
Doña Mariana fue condenada a morir en la hoguera.
A Doña Francisca se le condenó a una dura penitencia.
Busca en la marca, en las manos y en el pecho.
Cuando fuera el punzón aplicado a las carnes de doña Francisca, no hubo fusión
de sangre ni marca de herida.
De ahí que se dijo que en esas partes tenía las marcas del demonio.
Pero el punzón estaba preparado para dar ese resultado.
Prosigan con la sentencia.
¡Gracias!
No.
Dictadas las sentencias, las acusadas fueron arrastradas al escampado, lejos
de todos, donde no había humanos ni indios.
En este lugar lejano se realizó la quemadera, en secreto, a pedido del
inquisidor.
Quería evitar el embrujo de los aldeanos.
Haciendo notar que se vio cuán fáciles es a estas mujeres embrujar con solo
mirar a los ojos.
Al escampado solo asistieron los escoltas del inquisidor con los rostros
cubiertos para evitar embrujo.
El verdugo, el inquisidor y mi persona, los tres protegidos con agua bendita y
las oraciones.
A doña Francisca la ataron en cruz para dejarla a merced de Dios tres días y dos
noches, sin agua, sin alimento, sin cubierta ni compasión, con mandamiento
de buscarla al amanecer del cuarto día.
Si Dios le concedió la vida, a que sea encerrada en los claustros de por vida,
para que viva en oración bajo la protección de las hermanas.
A doña Mariana la arrastraron a los leños, donde fue encadenada, sometida al
fuego purificador.
dejamos a las dos, una quemándose viva y la otra penando en su cruz.
Antes del tercer día, al atardecer, el señor inquisidor encontró su final de
manera misteriosa.
No se sabe quién lo mató, se sospecha de su escolta que desapareció.
Al cuarto día aparecieron doña Francisca y doña Mariana, las dos con vida,
y retomaron las posesiones de la
huérfana. Nada ni nadie las detuvo.
No se sabe cómo salvaron la vida, ni quiénes las ayudaron a escapar del
tormento.
¿Eso es todo lo que tiene que declarar?
Sí. Sí, su eminencia.
Bien.
Mariana de Castro será la última persona que el Tribunal del Santo Oficio de Lima
condene a Loguera.
Se levanta el proceso contra ella, ya que las acusaciones deben atribuirse a
la imaginación de esas mujeres.
El nombre de doña Francisca quedará limpio de todo proceso
y sus bienes y propiedades serán protegidos.
Que quede escrito que en el solo periodo de los 20 años...
de la existencia de este tribunal han sido encausados 1.265 individuos y aún
más si consideramos que no estaban sujetos a la Inquisición los indios, la
mayoría de la población del Virreinato.
Debemos llegar forzosamente a la conclusión de que esa cifra es realmente
enorme. Por tanto, este tribunal cesará
en sus funciones.
A partir de este momento.
Ya.
Beatriz quería confrontarla.
Yo quería ir con ella, pero tengo miedo a la bruja.
Así que me fui a acoger al refugio de los sacerdotes.
¿Estás bien ahí?
¿Lo repetimos?
Emi, mira allá.
¿Qué pasó?
¿Qué pasó?
¿Qué pasó?
Corte.
Corte.
¿La mano?
¿La mano? Ok.
corte corte
corte corte
corte
Con vuestra ayuda.
¿Sigo? De practicar ritos judaizantes, de ser luterana.
Y no sé de qué más.
A ver.
Tan rojos como una endemoniada.
Bueno, repetí otra vez endemoniada.
Bueno. Ups.
Padres honorables y católicos.
Por lo tanto, fue puesta en el pronto.
Pronto.
Pronto, por favor.
Después de echar derecho de coca y la guarde.
Creo que no es el diálogo.
¡Vamos!
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