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Original subtitles

Gracias.

Pero no es mi tiempo. Está bien, Víctor.

Adiós. Nos vemos.

Gracias.

¡Suéltame! Mira tu rancho.

O mejor dicho, lo que queda de él.

Eso es para que aprendas que de Víctor Rincón no se burla nadie.

¡Máteme! ¡Máteme de una vez! No, eso no.

Nunca.

Tu vida me es muy útil para que sepan en el rumbo qué es lo que les sucede a los

que no quieren obedecerme. No somos esclavos, ladrón. Yo no robo a nadie.

Yo ofrecí dinero por la compra y el aconjolío, ¿no?

Al precio que te dio la gana, ayudado por tus matones.

Así si eres valiente, pero tú solo no eres hombre para tanto.

Suéltenlo.

¡Suéltenlo!

¿Ya?

Ahora llévenselo.

Ahí está tu rancho, no te quejes.

Ya ves que cumplimos lo dicho, te lo devolvemos.

Donicio, llévate el camión con la copla.

¿Ustedes? Conmigo.

Vámonos.

Mira cómo han crecido las palmeras en un año.

Parece mentira.

Papá, ¿y el ajonjolí? Ya lo verás. Espero recoger unas 200 toneladas.

Nicolasa. Voy, patrón.

Siéntate. Tomaremos el café mientras me cuentas cómo te fue en el colegio.

Mande, patrón.

Sírvenos el café aquí.

Con que señorita...

Explíqueme eso del montón de enamorados que dice su tía en su última carta.

Son cosas de mi tía, papá. No te voy a negar que había muchos muchachos que me

pretendían, pero nada más.

¿Y qué hay de ese muchacho, Cetina?

Parece que el asunto era muy formal.

No, papá. Él es muy simpático, pero no es mi tipo.

Yo siempre he soñado con un hombre fuerte y enérgico, que me quiera mucho

y... Pues dice tu tía que ese Cetina está rendido por ti.

Eso es lo malo.

Si ya está rendido.

No.

Yo quiero un hombre que sepa protegerme y dominarme.

No un juguete al que yo maneje.

Más tarde, don Alejandro.

Ha decidido, por fin.

¿Vende su cosecha o no?

Ya le dije que no.

¿Ah, no?

Bueno.

Recién llegada.

¿Alguna cosa más, Víctor?

No seas tenecio, don Alejandro.

Mire, si usted me vende su copra y su ajonjolí, mi gente va a cuidar de su

rancho. Y nadie se va a atrever a hacerle nada.

Ahora que si usted no quiere, pues... ...aténgase a las consecuencias.

No tolero amenazas. Y no necesito de su protección.

¡Y ahora lárguese!

Un momento.

No se exalte que no es para tanto.

Solamente he venido a ofrecerle mi ayuda.

Y si usted no la quiere, pues es muy libre de... Ya sé que soy muy libre.

Quiero que sepa una cosa, Rincón.

Yo sé defenderme.

Y no toleraré que hagan con mi rancho lo mismo que han hecho con los demás.

¿Me entiende?

Tiene un carácter muy violento su padre, señorita.

Pero no se preocupe usted, no se asuste, no pasará nada.

Por no molestarla a usted que es tan linda.

¿Quién es ese hombre? Un bandido.

¿Por qué te amenaza?

¿Qué es lo que quiere?

obligarme a que le venda toda la producción del rancho al precio que le

dé la gana.

¿Y si no se la vende?

Tratará de hacer conmigo lo mismo que hace con los demás.

Quemar el rancho o las plantaciones ayudado por sus matones.

Comprendo.

Vaya negocio. No, ese no es su verdadero negocio. Su negocio es el contrabando

que le traen por barco.

Eso solo es para ocultarlo.

No hay quien lo ponga en orden.

Desgraciadamente no.

El gobierno ha mandado agentes a vigilar la costa. Pero es muy ladino ese

maldito. Nunca le han encontrado pruebas.

¿Y si nos ataca?

Responderemos en la única forma que él comprende. A balazos.

Aquí está el café, patrón. Déjalo ahí.

Fíjese, patrón, que anoche que fui a la tienda de doña Fernanda...

Se traían el guiri guiri de que otra vez vieron al hijo del diablo.

Y que se les perdió en unas piedras.

Y desde Mancilla, el ayudante de Víctor, lo balaseó.

Es que las balas no le hicieron nada.

¿El hijo del diablo?

¿Quién es el hijo del diablo?

Son mentiras.

Aquí, como en todos los pueblos, les gusta divertirse contando historias de

fantasmas y de aparecidos.

No les creas.

Siquiera que entregamos la copra a tiempo.

Ahora está más crecido el río que la ida.

A ver si no nos atascamos.

Voy a buscar el paso.

Guárdale dinero, no se vaya a perder.

Toma, son cuatro mil quinientos pesos.

Veinte centavos.

Buenas noches, Don Victor. Buenas noches, muchachos.

¿Qué pasó después?

Dos cervezas, doña Fernanda.

¡Ya voy!

Pues fíjate que... Entonces... Eres como el diablo, que

vada. ¿Qué pasó con la cerveza? Espérate, hombre.

Padrón, nos saltó el hijo del diablo.

El hijo del diablo no existe, imbécil. Sí, patrón, yo lo vi.

¿Y el dinero?

Se lo entregué al chofer para meterme al río.

Ah, sí.

Eran cuatro mil pesos.

Ahora si quieres seguir viviendo más y se los quitas al hijo del diablo.

No, eso no, patrón.

¿No dices que lo viste?

Sí. Yo no tengo la culpa.

No me mandes pelear con él.

Yo le pagaré como sea. De mi cosecha de ajonjolí.

De la copra. De lo que quiera, patrón.

Pero no me mandes pelear con él. Eso ya lo veremos.

Vamos.

Caminando. Fue el hijo del diablo, ¿verdad?

Eso no es un cristiano, Víctor.

¿Ah, no?

¿Entonces qué es? ¿Un fantasma?

¿El Nahual o una bruja o qué?

Lo más seguro es que tú seas un cobarde.

Eso no, don Víctor.

Yo no le tengo miedo a nadie.

Y para hablar más claro, ni a usted tampoco.

Muy valiente.

Tú quisieras ser el jefe de todos estos, ¿verdad?

Se te notan las intenciones, Mansilla.

Yo sé respetar a mi jefe.

Mientras sepa hacerlo,

Entonces te la quieres jugar conmigo.

Pues que sea de una vez.

Balas expansivas, ¿verdad? Sí, son más seguras.

¿Les tienes miedo?

No, jálele si quiere.

Para que vea que no soy un cobarde.

Pero ya le dije la verdad.

Yo vi al hijo del diablo en la cresta del cerro.

Le disparé cinco balazos y aquella figura ni siquiera se movió.

Lo vi bien clarito con la lumbre que él enciende todas las noches en el cerro.

Y usted sabe que yo sé tirar bien.

De repente aquella lumbre se apagó y no quedó más que el oscuro de la noche.

Ahora si todavía cree que lo estoy engañando o que soy un cobarde, pues

jálele que todavía es tiempo.

¿Entonces qué dicen?

¿Qué pasó?

¿Ya se volvieron mudos?

Yo estoy con José, don Víctor.

Ya no se puede andar de noche.

Ese hombre o lo que sea, se aparece en todas partes.

Y cuando a alguno se le atraviesa, amanece con un agujero en la frente.

Pero son agujeros de bala, ¿no?

Entonces no es un fantasma.

Los fantasmas no traen pistola, estúpidos.

Yo les voy a quitar esa maldita idea de la cabeza.

Desde hoy nuestra única obligación es matar a ese tipo.

Ahora lárguense.

Acuérdese lo que le digo, don Víctor.

Eso que se aparece por las noches es el hijo del diablo.

HDD llamando a ZGU. HDD llamando a ZGU.

Cambio.

ZGU contestando al llamado del hijo del diablo.

Cambio. No pude alcanzar el camión cuando iba a la ciudad.

A su regreso nos dimos un agarrón y pude quitarles cuatro mil quinientos pesos.

Estuvo difícil porque me recibieron a balazo limpio. De lo demás, nada

importante. Cambio.

El jefe insiste en mandarte algunos muchachos para que te ayuden.

¿Cuántos necesitas?

Cambio. No quiero a nadie.

Su llegada pondría sobre aviso a los bandidos. Se esconderían y cuando nos

fuéramos, seguiría el contrabando como siempre.

Créeme, estoy mejor solo.

Dile al jefe que yo le avisaré si necesito ayuda.

Cambio.

Tarde o temprano te van a pegar un balazo.

Cambio.

Bueno, si me toca, ni modo. Estoy en mi trabajo, ¿no?

Cambio.

Tú sabes lo que haces.

Esperamos tu reporte todos los días.

Cambio.

Entendido. Cambio y fuera.

Buenos días, señorita.

¿En qué podemos servirla?

Deme un kilo de harina, un kilo de azúcar, seis huevos.

¿Tiene pasas?

Sí. ¿Cuánto? 100 gramos.

¿Hay royal en la casa?

Sí, señorita.

¿Cuánto le debo?

Nueve pesos.

¿Nueve pesos?

Eso dije, y es barato.

Cuesta mucho trabajo traer la mercancía acá.

Ya la viste bien.

No, es que estaba pensando cómo ha crecido esta chamaca, Clara.

Esa chamaca es una mujer.

Ten cuidado, Víctor.

Conmigo no se juega.

No te pongas celosa.

A mí ni me importa esa.

Ay, no sé qué me pasó, Nicolasa.

Ayúdame, Nicolasa, me clavé la espina.

Válgame, Dios mío, es cuernillo y es retinconoso.

Así no va a poder caminar.

Párense.

Voy a curarla.

Déjeme, yo puedo hacerlo sola.

Oh, es usted tan terca como su padre.

Pero también usted va a entrar en razón. A ver.

Ah, sí, aquí está.

No se mueva, ¿eh?

Está limpio el puñal, no tenga miedo.

Si le duele un poco, se aguanta.

Quieta.

El yodo, Fernanda.

Muchas gracias.

Ahora voy a exprimirle el pie para que sangre.

Por si quedó algo dentro.

Es el yodo.

Ya está.

Váyase despacio.

Y cuídese.

Este rumbo es peligroso.

Yo también me he clavado espinas y no me has cuidado tanto.

Bueno, pero tú tienes el cuero muy duro, no es lo mismo.

Fíjate lo que hace.

¿Qué se siente tenerla en los brazos, don Víctor?

Ah,

eres tú, Mancilla. No te vi entrar.

¿Qué tanto así le importa a la escuincla?

Cállate, no seas idiota.

No me importa nada esa chamaca, hombre.

Pues qué bueno, porque a mí sí.

Mira, hablando de otra cosa, tenemos que ir a recoger la joncolí a casa de don

Genaro. Así es de que vamos a la casa.

Tenemos que hacer tres viajes.

Son 20 toneladas a 400 pesos, 8 mil pesos, ahí están.

¿A 400 pesos?

¿La cocolista 2000?

¿Y tú crees que yo trabajo de balde?

Vamos, lárguense. Vamos ya, rápido.

¡Pero ustedes!

Espérate, Porfirio.

Tú eres de los míos, ¿verdad, Porfirio?

Claro, jefe.

¿Qué te parece Mansilla?

La verdad, patrón.

Sí, la verdad, la verdad.

Pues me cae como patada en la boca del estómago.

A mí se me hace que le está jugando las contras a quedarse como jefe.

Sí, ya lo sé.

Pronto le voy a ajustar las cuentas.

Eso déjemelo a mí, patrón.

Que traigo hartas ganas. No, no, no, Porfirio, sería muy peligroso.

Tiene amigos.

Y ahora tenemos otro que hacer.

Don Alejandro, ¿verdad? Eso es, Porfirio, don Alejandro.

Pero ahora vete con mansilla, ¿eh?

Y mucho ojo.

Ándale.

No, no.

Todavía es tiempo, Genaro.

Si tú entregas la cosecha, nadie se resistirá.

Pero ayer le dije que estaba de acuerdo.

¿Y eso qué?

¿Fue por tu voluntad? No.

Por mi voluntad, no.

Pero tú sabes lo que hace Víctor para obligarnos.

Entonces, ¿qué valor tiene una promesa arrancada por la fuerza?

Si me niego, me harán pedazos, Alejandro.

Además, soy extranjero.

En México todo el mundo tiene derecho a defender sus propiedades.

Pero tengo muy poca gente.

Ya lo sé. Pero tú eres el mejor tirador del rumbo.

No lo digas.

Es verdad.

Afortunadamente nuestros ranchos están muy cerca y yo vendré a darte ayuda con

mi gente si la necesitas.

Pero ya es tarde.

Vendrán de un momento a otro.

Bueno, vamos a hacer un trato.

Ellos no harán nada sin la orden de Víctor.

Si Víctor viene, le entregas la cosecha. Pero si no, prométeme que te negarás.

Así me darás tiempo de organizar a mi gente.

Está bien.

Esperemos que resuelva. No te das cuenta de lo que has hecho.

Este es el principio de la derrota de Víctor Rincón.

Vamos.

Lo

dije.

Suerte, Genaro.

Mira, ahí está don Alejandro, ¿o no es?

Sí.

¿Quién sabe qué andará haciendo con... con el uruguayo?

Mandó a don Víctor a recoger la jonjolí.

Ya está pesado.

He resuelto no venderle la cosecha.

No te lo dije.

Usted sabe lo que hace, don Genaro.

Llévate el camión y avísele a don Víctor.

Yo voy a espiar a ver qué está haciendo don Alejandro.

Cancilla, sigue el arrincón. Desde hoy en adelante, yo mismo quemaré mi rancho

y mi cosecha.

Antes de tratar con él.

Se lo diré, don Genaro. Se lo diré.

Y si encuentra a Alejandro, cuídese.

¿Qué tienes?

¿Estás lastimada? Te vi cojear.

Me clavé una espina de cuernillo. Pero no tiene importancia. Sí que la tiene.

Esas espinas producen infecciones muy rebeldes.

¡Nicolása!

¡Nicolása! No te preocupes, papá.

Ya me curaron. ¿Quién?

Don Víctor, patrón.

¿Volvió ese bandido?

No.

Él vio cuando me espiné frente a la tienda.

No más eso me falta.

Tener que agradecer a ese bandido. Pues esta vez, si no le saca la espina...

Nadie te ha pedido tu opinión.

Vete a la cocina.

Víctor se portó muy amable conmigo, papá.

Hasta me parece mentira que sea el mismo del otro día. Claro, es un hipócrita.

¿Quién sabe qué intenciones se traiga contigo?

A ver, enséñame el pie.

Pues te curó bien.

Parece que no dejó ningún pedazo de espina en la herida.

De todas maneras, no camines mucho.

Ya verás que para mañana ya estoy bien.

¿Quieres un refresco?

Sí, papá.

Hoy hace un calor insoportable.

Voy a decirle a Nicolás a que lo prepare.

¿Tampoco creíste que me ibas a engañar?

No soy tan menso.

Mira, ya me las masqué. ¿Qué andas que te mueres por la güera?

¿Y a ti qué te importa, imbécil?

¡Lárgate! Sí, lárgate.

¿Y qué le voy a decir a don Víctor de lo de Genaro?

Dile lo que quieras.

¿Y si se enoja por qué no regresas con nosotros?

Pues que se enoje.

Y lárgate con un demonio.

¡Vamos!

Aquí está su refri con niñas.

Gracias.

Y mejor camine un poco para que no se le pierda el pie. Tú manda llamar a los

muchachos. Es urgente.

¿Qué pasa, papá?

Ofrecí ayudar a Genaro en caso de que lo ataquen y vamos a estar preparados.

Nos están saliendo malas cuentas, patrón. Habla claro.

Pues primero con don Genaro que se nos rajó y nos mandó al diablo. ¿Cómo que se

rajó? Sí.

Nos dijo que primero quemaba su cosecha antes que vendérsela a usted.

¿Ah, sí? Pues ¿a qué se atiene ese idiota?

A mí se me hace que ese es lío de don Alejandro.

Ahí estaba.

¿Ah, sí?

Pues lo siento por la chamaca.

Por cierto, patrón, que por ese lado también le están comiendo el mandado.

Mansilla nos dijo que iba a hablar con don Alejandro.

Pero yo no soy tan menso.

Y me fui tras de él.

¿Y qué?

Y lo encontré afuera del rancho.

¿Me buscaba?

¿Qué pasa contigo?

¿Por qué no volviste con los demás?

Fui al rancho de don Alejandro a decirle que si sigue metiéndose con Genaro le va

a costar muy caro.

Ya ves, te lo dije.

Que por algo se había quedado Mansilla.

Pues a qué horas lo dijo, jefe.

Verdad de Dios que yo no oí nada. No importa lo que te haya dicho.

Pero ese genero me las va a pagar.

Pues de una vez, hoy en la noche.

Será cuando yo lo ordene.

Mañana llegará el barco. Hay que ir a recoger la mercancía.

Ahora déjenme.

Está bien, patrón.

Voy a ver cómo va la cosecha de ajonjolí.

¿Quieres ir conmigo?

Prefiero ir a nadar. Que ensille en tu caballo para que no vayas a pie.

Ya me siento perfectamente.

Además, me gusta caminar. Pero no vayas sola.

No te preocupes, papá. Llevo mi rifle.

¿Qué pasa con ese desayuno, Fernanda?

Ya voy, pero llegó primero Pepe.

Está celosa.

Especial para ti, Pepe.

Sí, cómo no, muy especial.

Lo de todos los días.

Mansilla, apúrate para que vayas a limpiar ese camión que lo dejaron lleno

de arena.

Vaya, hasta que te vi limpio.

Resulta buena la llegada de la chabela.

Tenemos que ir a la playa a poner la señal.

Hoy es el día que debe llegar el barco.

Apúrate, Fernanda. Tengo que hacer.

Ya voy.

El barco tuvo buen tiempo, no tardará en aparecer.

El mes pasado llegó clareando el alba.

De todas maneras, junten más leña por si hay que poner señales de noche.

¿Cómo no, patrón?

Yo voy allá arriba, a ver si aparece el barco.

¡Apúrense!

¡Déjenme! ¡Suélteme!

¡Déjenme!

¡Aplausos!

Ya puedes salir.

Él ya no le hará nada.

¡Que se ahogue!

¡Eso merece!

¡Retírenlo de ahí!

¡Yo no quiero ser la causa de su muerte!

Acompañaré a su casa.

¿Quién es usted?

Me llaman el hijo del diablo.

Eso ya lo sé.

¿Pero quién es que no se descubre?

Alguien que está muy cerca de usted.

Ya estoy harta de misterios.

Le agradezco mucho su compañía, pero ya llegamos a mi rancho.

Muchas gracias.

Ya juntamos leña para toda la noche. No me importa un demonio la leña.

Porfirio, vete a la tienda. ¿Qué le pasó, patrón? ¿Que no oyes que vayas a

la tienda a traerle medicinas?

Vamos, ¿qué esperas?

¡Rápido!

Está bien.

Niña, que lleve las medicinas. El patrón está lastimado.

¿Qué dice doña Fernanda?

Que ya viene con las medicinas.

Está bueno.

¿Y cómo estuvo eso, patrón?

El hijo del diablo me agarró a traición.

¿Y cómo no lo vio, patrón?

Ese maldito aprovechó que estaba yo entretenido con Isabel.

Pues lo único que siento es que no te haya matado de una vez.

Qué bueno que lo oí.

Para que así no me sigas engañando.

Bueno, ¿y ahora que ya lo sabes qué?

Ah, sí.

Está bien.

Lo nuestro terminó.

Lo único que siento es dejarte en manos de esa niña estúpida que no te va a

servir para nada.

Nos vemos.

Cúralo. ¿No me vas a curar tú?

Que te cure tu... Chabela.

Ella lo hará mejor que yo.

Porfirio, ve por Isabel.

¡Ah, no!

Esa niña nunca pondrá un pie en esta casa.

Pues entonces cúrame tú.

¡Ay! Duele, ¿verdad?

Pues claro, no soy de palo.

¿Ya está listo aquí el camión, don Víctor?

Déjalo ahí.

¿Que no vamos a arreglar de una vez lo de Genaro? Ahora no.

¿Qué le pasó? ¿Se cayó del caballo?

Sí, me lastimé con unas ramas.

¿Y de Genaro qué?

Lo de Genaro lo dejamos para otro día.

Ahora tenemos algo mucho más importante que hacer.

¿Más importante?

¿Qué?

Matar al hijo del diablo.

¿Ahorita? Claro que ahorita, con un demonio. Que se junte toda la gente.

Si llegamos al Crestón de Día, ninguno de nosotros escapará de la puntería del

maldito ese.

No conozco el camino, don Víctor. Y sé cómo es el cerro.

Si quiere, vamos todos.

Pero de noche.

Yo creo que Pepe tiene razón, Víctor.

Está bien.

Encárgate de reunir a toda la gente.

Para agarrarlo por sorpresa.

Está bien, don Víctor, como usted mande. Y que se alivie.

Jefe, jefe.

Estoy pensando si... ¿Nomás silla?

No, Porfirio.

Esta noche no.

Todavía no sirve.

No se nos vaya a escapar. Vete con alguien al otro lado.

¿Con quién?

Porfirio, ve con él.

Los demás, de aquel lado.

¡Vamos!

¡El hijo del diablo!

Sí, tú.

Te lo dije.

Jim es el hijo del diablo.

¡Doña Fernanda!

¡Doña Fernanda!

¡Doña Fernanda!

Yo lo vi. El hijo del diablo.

¿A dónde está?

¿Viene para acá?

No. Estaba en el cerro.

Lo balaceamos todos.

Pero las balas no le hacen nada.

Ahí vienen ya.

¿Y Víctor?

Ahí viene.

No te lo dije, Víctor.

Las balas no le hacen nada. Ya lo viste.

Cállate, idiota.

Le disparamos más de 100 cartuchos. ¿Tú crees que ninguno le pegara? ¡Que te

calles, te digo!

¡A mí no me toques, Víctor!

Porque aunque seas mi jefe, conmigo te mueres. ¡Como quieras!

Sí, quieto, tú también.

Ya te conozco, Porfirio. ¿Qué pasa con ustedes?

Quietos ya, muchachos.

Si no es para tanto, sirven cervezas para todos.

Para ti, Pepe.

En tarro y bien fría. Gracias, Fernanda.

Tomen, muchachos.

Mira nomás cómo está esto. Hasta parece un velorio.

¿Por qué no nos canta una canción?

Con el permiso de Víctor, por supuesto.

Con mucho gusto.

Cantaré con o sin el permiso de Víctor.

¿Qué cosa dices?

Lo que oíste. ¡Y suéltame!

Si tú andas con la Chabela, yo puedo cantar para el que me lo pida.

Ten cuidado, Marcilla.

Mientras yo no la deje, Fernanda es mía.

No te preocupes, Víctor.

Yo sé respetar a la mujer ajena.

Mi destino de mujer.

Me obligo a ocultar mi amor. Que muera de dolor.

¡Leve, mira!

Aunque muera de amor, no te lo puedo decir.

Pero aunque muera de amor, no te

lo puedo decir.

Inútil, ya no me importas.

Lárgate.

Sí, ya me voy.

También Pepe.

¿Verdad, Pepe?

Sí, también.

Pero primero me voy a terminar mi cerveza.

Buenas noches, doña Fernanda.

Yo me juego la vida cuando quieran y como quieran.

Pero se me hace estúpido matarnos entre nosotros por el capricho de una mujer.

Y eso te lo digo a ti, Víctor.

¿Qué no te das cuenta que lo hace por el desquite?

Ya lo sé.

¿Pero por qué te escogió a ti?

Eso averígualo tú.

Mancilla.

Ven acá.

¿Sabes, Marcilla?

Hace algunos días tengo ganas de recordarte quién es aquí el jefe.

¿Tú solo o con ellos?

Yo solo.

¡No se meta nadie!

¿Y cómo?

Es para que lo agarre.

¿Estás listo?

Listo.

¡Mátelos de una vez!

¡Listo!

¡Mansilla no es nada mío!

Siendo el jefe, ¿no?

¡Víctor!

¡Víctor!

Fui por darte celos.

No es nada, déjame, déjame ya.

Eres hombre, Mansilla.

Pero creo que el jefe sigo siendo yo.

Buenas noches.

Ya está bien, jefe.

Déjamelo.

Le tengo muchas ganas.

Es un tipo fuerte, ese Mansilla.

Vestía un muñeco con mi ropa y lo paré donde yo acostumbro pararme.

La gente de Victor disparó todas sus armas contra el muñeco.

Cambio. ¿Y en qué terminó el asunto?

Cambio.

Con una explosión de dinamita que yo había preparado para conectarla desde

lejos. Cambio.

Pues te felicito.

Ya tengo las órdenes para mandarte gente que te ayude.

Cambio.

Te aseguro que no lo necesito.

Ya falta poco para que llegue el barco.

De todos modos sería conveniente que dejen un hombre de guardia junto al

aparato. Para que yo pueda comunicarme de día y de noche.

Cambio.

Así lo haremos.

Y no dejes de reportarte.

Cambio.

Cambio y fuera.

¿Qué pasa contigo? ¿Me vas a servir o no?

Perdóname, Víctor.

¿No te había visto?

Pues aquí estoy.

Y déjate de payasadas.

Ya voy.

¡Patrón!

El balazo en la frente.

¿Quién se quedó de guardia anoche para hacer las señales al barco? Yo. Ya venía

cuando encontré a Porfirio.

Por cierto, que alcancé a ver a Genaro que iba al galope para su rancho. ¿Ah,

sí?

Entonces ya sé quién es el hijo del diablo.

Pues, ¿qué esperamos?

Ese Genaro se burló de usted y todavía está vivo.

Le queda muy poco tiempo.

Juntan los muchachos. ¡Patrón!

Patrón, ya llegó el barco.

Apenas se están anclando.

Arreglaremos lo de Genaro después.

Ahora hay que recibir la carga.

¿Se va a llevar el camión? ¿No está Mancilla? Claro que no está.

Se va a estar curando los demoniosos.

Que lo lleve Dionisio.

Yo me voy a adelantar un poco.

Ustedes entierren a Porfirio.

Todos los demás a la playa.

Están cargados hasta la borda.

Habrá dinero.

Mucho dinero para todos.

Preparen el camión para cargar la mercancía.

Está bien, patrón.

¿Qué esperan?

No pudimos esperar hasta la noche porque llevamos un día de retraso.

¿No hay novedad? No, ninguna.

Aquí está el dinero.

Aquí está la lista de lo que necesitamos para el próximo viaje.

Dile al jefe que le mando mis saludos. Se lo diré, Víctor. Hasta el mes que

entra. Adiós.

¿Ya está toda la mercancía allí? Ya está.

Yo me llevaré el camión personalmente a la ciudad.

Los espero en la tienda para comer.

Sí, allá nos veremos.

HDD llamando a ZGU.

HDD llamando a ZGU. Cambio.

ZGU contestando llamada de HDD.

Adelante y cambio.

Tome nota.

El barco de los contrabandistas está zarpando en este momento de un punto

frente a la costa situado... A 19 grados, 30 minutos, 20 segundos norte y

105.010 oeste.

Necesitan mandar un guardacosta inmediatamente.

Señorita Isabel.

¿Es usted?

Váyase de aquí.

No me iré de aquí sin hablar con usted.

Siga un paso más, disparo.

No la creí capaz.

Pues ahora ya lo sabe.

Fue una advertencia. Muy bien.

Hablaré desde aquí.

Vine a darle las gracias.

¿A mí?

¿Por qué?

Por salvarme la vida.

No sé cuándo. Tal vez lo recuerde.

Cuando me estaba ahogando, después de que me golpeó ese maldito, sin fuerza

para levantarme, oí que usted dijo, no quiero ser causa de su muerte.

Ah, sí.

Pero no tiene por qué darme las gracias.

Sí tengo por qué.

Aquí se lucha por todo.

Para comer.

Para conseguir lo que uno desea, la vida misma se pierde si no se lucha por ella.

Yo esperaba que usted dijera, mátelo de una vez.

Y no fue así.

Gracias, Isabel.

Olvídelo, Víctor.

¿Y también me perdona?

¡Deténgase!

El siguiente no será a los pies.

Váyase de aquí.

Lo siento.

Usted es la única mujer que me hubiera hecho cambiar de vida.

La única.

¿Qué pasa con Víctor?

¿No ha venido a comer?

No sé. Lo vimos en la playa.

Ahí viene ya.

¿Dónde estabas?

Encontré a los muchachos enterrando por firme entre tú y en ayudarlos.

Qué bueno que estamos todos.

Porque ahora mismo vamos a acabar con el rancho de Cenaro.

Pero ahora, jefe, los muchachos ya estaban pensando... ...que por culpa de

la chabelita esa... ...usted no quería entrarle a los cocolazos.

Adiós, ¿por qué no me conocen? Eso sí, pero como lo vimos platicando con la

muchacha... Eso

no importa.

Ya ven que cumplo mi palabra. Tenemos la mercancía. Y como le dije a Dionisio,

habrá dinero para todos.

¡Vamos a darle, muchachos!

Tú vas con ellos, Mancilla.

¿Y usted no va?

¡Claro que sí!

Pero antes voy a recoger la dinamita para acabar con ese maldito rancho hasta

los cimientos.

Vete a la casa por una caja.

¡Vamos, muchachos!

¡Vale!

¡Vamos, vamos!

Listo, patrón.

Traje también cañuelos y cápsulas, por si acaso.

¿Qué, no nos vamos?

¿Eh? Ah, sí, claro.

Vámonos.

¡Están atacando el rancho de Don Genaro!

¡Muchachos! ¡Vayan por las armas y vamos al rancho de Don Genaro!

Son muchos.

Ya llegó don Alejandro con su gente.

¿Viste tú a don Alejandro? Sí, señor. Con mis propios ojos.

¿Qué buscas aquí?

Rajarte la cara para que no andes presumiendo de bonita.

A ver si después de esto le gustas a Héctor.

¡Nicolás!

¡Nicolás! No grites, que no hay quien te oiga.

¿Qué haces, estúpido?

Se acabó el rancho de Genaro.

Ahora me toca a mí.

¡Déjeme, se lo suplico! Tú vas a venir conmigo. ¡Déjeme!

¡Déjeme!

¡Déjeme!

¡Déjeme!

Hasta que voy a acabar contigo.

Entonces vendrás conmigo. No, Víctor, nunca me iré contigo, nunca. Ya te hablé

por la buena. Ahora vas a hacer lo que yo te digo.

¿Qué tienes?

Yo nada.

¿Y tú? Esos bandidos se hicieron pedazos al explotar su propia dinamita.

¿Usted qué es?

Un agente federal comisionado para acabar con el contrabando en estas

costas.

Mancilla.

No, Mancilla no, don Alejandro.

Soy el capitán Carlos García Morales.

Sí, sé lo que piensa.

Pero tuve que fingirme prófugo de la ley para poder descubrir a los

contrabandistas.

Lo único malo es que al hijo del diablo también lo hieren las balas.

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