All language subtitles for Los pistoleros de casa grande 1964 (HD1080-x265-WEBRIP-Castellano)

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Original subtitles

Ya estoy cansado de tener que detenerme ante el río grande.

Todos lo estamos.

Pero conozco muy bien a Daly y no tardará en volver al norte.

Sí, pero no con todo ese dinero.

Después de esperar tres meses a que lo desenterrara.

No hay más remedio. ¡Vamos!

¿Hay alguna noticia, Río? No.

Y yo me pregunto si... Hazme caso, no te hagas preguntas o acabarás mal.

Tres cartas.

¿Y si Daly no aparece?

Es mucho dinero el que trae. Eso debiste haberlo pensado hace tres meses, cuando

decidió esconderlo hasta que se olvidara todo.

El chico no tiene talento para pensar tanto.

¡Quietos! ¡Los dos! No quiero peleas en mi casa.

No lo repitan.

Todavía no me he recuperado de la última disputa. No os figuréis cosas raras.

Lo único que quiero es evitar que me dé una bala perdida.

Venga, a jugar.

Menos mal que como sigas mirando a las chicas así, algún día un cuchillo

mexicano me ahorrará meterte una bala en el cuerpo.

Vamos, da cartas.

Se está enfriando la comida, señorita.

Dispénseme, señor.

Para mí, tres.

Son hombres muy malos. Dos para mí.

En todos los hombres hay algo de bueno y algo de malo.

Son de la banda de Daly, son malos.

Lo sé.

Abro con 25.

¿Qué piensa hacer con su parte?

Me iré a Boston.

Vamos, Doc.

¿Y qué va a hacer allí?

¿Colocar una placa que diga doctor y pistolero?

Oye, hace tres meses que no nos veíamos.

¿Y ahora buscas pelea?

No busco nada, es mera curiosidad.

Henry dice que se irá a San Francisco.

Allí hay chicas a montones. Yo también me estableceré por aquí. donde nadie me

conozca.

¿Pero qué es lo que piensa hacer usted en Boston?

Esperé hasta ultimar este golpe.

Lo que quiero hacer con lo que me corresponde es asunto mío.

Podía haberse ido a casa antes de lo que sucedió en Santa Fe.

Pérez, hubiese muerto igual.

Aquella bala estaba muy profunda.

Cuando Pérez lo crea, lo creeré yo.

Todos saben que hice por él todo lo que pude.

Yo también lo sé.

Todo cuanto hizo fue meter mucho más onda la bala con sus manos de borracho

asqueroso.

¡Es Daly!

¡Ya está aquí!

Mi Rosita se va a volver loca cuando vea lo que voy a comprarle.

¡Ahí le tenéis!

¡Ya está aquí el dinero!

Llevo tres meses sin dormir esperando este momento.

Me alegro de verte, Doc. ¿Cómo va eso? No me quejo. ¿Dónde está el dinero?

Vaya, al fin ha venido. Sí, solo por curiosidad.

¿Conoce los terrenos de casa grande?

¿Y el dinero?

No hay dinero. Me lo gasté todo en comprar un rancho. ¡Eso es ridículo!

¡Silencio! ¡Silencio!

Nadie está pensando en quitaros nada.

En vez de dinero recibiréis una parte del rancho.

Quiero decidir por mí mismo en qué forma voy a gastar mi dinero.

Tiene razón.

¡Escuchadme!

Solo lo diré una vez.

Oídlo bien.

Aquí soy el jefe.

El que toma las decisiones.

Y os necesito a todos en casa grande.

Cuando yo espero dinero, quiero dinero.

¡Mi Rosita espera dinero!

Vosotros veréis.

O un trozo de rancho y doblar el dinero, o dos metros de tierra por aquí.

Decía antes que si conoce los terrenos de Casagrande, lo suficiente para saber

que es un problema.

Hay libre un 10%. Es poco para el viajero. El viajero.

Es el viajero.

Tal vez tenga usted razón.

Le ofrezco el 15.

No, el 20.

Y del total.

Si es cierto lo que dicen del viajero, no es caro. De acuerdo, el viajero viene

con nosotros.

Vámonos ya.

Cómprate otro espejo.

Esas debilidades acabarán con usted algún día.

Quizás.

Puede ser uno de los tuyos.

Dirás de los nuestros.

No está marcado, no es de nadie.

¿Saben ustedes que estamos en terrenos de Ariola?

¿De Ariola?

Sí, su vecino del norte.

Pero si le marcamos nosotros es nuestro, ¿no?

Sí. ¿Cuál es el hierro?

La corona de Casagrande.

No me imaginaba que fuese tan bonito.

¿Qué están haciendo ustedes aquí?

Vamos de paso, hacia Casagrande.

Será mucho mejor que se vuelvan. ¿Saben que estas tierras pertenecen al señor

Ariola? Solo queremos llegar a las mías.

Yo soy el nuevo dueño de Casa Grande.

No buscamos pelea. Ellos parece que sí.

Vuelvanse y no habrá disgustos.

Dígale al señor Ariola que...

Es

usted muy rápido, pero por lo que veo no son muchos.

Dígale al señor Ariola que Joe Daly cruzará estas tierras siempre que le

convenga.

Se lo diré.

Acaba de crearse un nuevo problema. Ese vaquero volverá con muchos más hombres.

Es la historia de mi vida.

Pero me parece que aquí hay ganancias para todos.

Es la primera vez que te veo tan dispuesto a compartir tus ganancias con

los demás.

Nos las tendremos que ganar.

Ya verás.

Desde luego.

Este es el territorio del rojo. ¿Del bandido?

Sí. Y dispone de 200 fusiles.

¡Seguidme!

Solo cumplen órdenes. Deles una oportunidad.

¿Qué hacemos?

De acuerdo.

Preparados, muchachos.

¡Alto!

¡Ya basta!

Creo que te divierte demasiado matar.

No has debido hacer eso.

Ten mucho cuidado.

¿Crees que vas a asustarme?

Pues a mí sí me preocupa tu blandura.

Porque ya nos ha costado dos hombres.

¿Te preocupa?

Así tocaremos a más.

Tiene razón.

Eso no lo había pensado.

Tampoco significa una vida para él.

Depende solamente de quien sea la vida, supongo.

Ahí está Casa Grande.

No es Boston, pero habrá que conformarse.

Incluye dos mil cabezas.

O tal vez más.

La tierra no está mal.

Pero el ganado llevándola al norte es dinero en el banco.

Yo prefiero la tierra.

Oye, esto puede ser más divertido que San Francisco.

Y tú mucho cuidado con lo que haces.

Bien.

¿Alguien tiene algo más que decir?

Ah, ya sé. A ti lo que te gustaría es rehacer la hacienda que hemos pasado.

Vámonos ya. Un momento.

Queda otra cosa.

Joe Daly ha muerto.

De ahora en adelante, no olvidéis que soy don José del Coronado.

Que no es suficiente cambiar de nombre para que a uno le crean hacendado.

Soy Carlos Chávez, señores. El capataz de la hacienda.

Y yo soy don José del Coronado. El nuevo dueño. Don Esteban nos avisó que

vendría. Este es Mario. Tiene el rancho a su cargo.

Mario es don José.

Siempre a sus órdenes, señor.

Vamos a echar un vistazo.

Compañero, creí que te habían matado.

Nadie me hizo ese favor, Carlos.

¡Todo el mundo a trabajar!

Este es el patio principal.

Vamos a verlo todo.

Por aquí, señor.

En mi vida había visto nada igual que esto.

Ahí está el comedor. ¿Quieren verlo primero?

A mí me apetece un trago.

Anda, guíanos.

Vaya, parece bueno.

Es algo más que bueno.

Yo me refería al vino.

¿Quieres olvidarte del vino ahora?

Mira a tu alrededor.

¿Qué opinas de la compra que ha hecho Joe Daly?

De la compra que ha hecho don José del Coronado.

Por favor, señores, perdonen a mi hija. Es la curiosidad de la juventud.

No, dile que pase.

Tú aquí quieto.

¿Por qué no le decimos a Mario que tenemos hambre?

Deja a las mujeres.

¿Me oyes?

Doc, no sigas bebiendo.

Quiero que estés en tu sano juicio cuando te necesite.

Ya he soportado bastante.

No soy ningún niño.

Está bien, Doc.

¿Y qué vas a hacer?

¿No se le olvida algo, amigo?

¿Qué? El rojo está cerca.

Necesita todos los hombres.

Y además recuerde...

Ahora es usted don José del Coronado.

Eres un tipo estupendo.

Toma un trago.

¿Qué tal siente eso de ser hacendado?

Tú lo sabes, ¿no?

Que yo lo sé.

Nunca voy con nadie sin saber antes quién es.

Y estoy bien informado acerca del viajero.

Sé hasta el nombre de tu padre.

Esta comida nos ha venido bien. Todavía tenemos que cabalgar mucho.

Solo café, por favor.

No os entretengáis. Quiero revisar el ganado.

La señora Durango tiene un problema.

¿Y a mí qué me cuentas?

Ahora está bajo tu protección.

Como los demás colonos de casa grande.

Sus problemas son los tuyos, hacendado.

Bueno, que diga lo que quiere.

¿Qué te pasa?

Don José, mi hija es muy poco obediente.

Se ha negado a casarse con su novio Rafael.

Que resuelva Rafael su problema.

No sé quién es.

Es uno de sus vaqueros, don José.

Don Esteban autorizó el matrimonio.

Dile a Rafael que la tradición le autoriza a que le peque con una vara

no mayor que el dedo meñique.

Oh, Rafael, ya intento hacerlo, señor.

Pero tardó varias semanas en curar de las heridas que ya le hice.

¿Su hija le hizo esas heridas?

¿Y dónde está ahora esa gata?

¡Hija! ¡Hija!

Bien. ¿Y qué tienes que decir en tu disculpa?

Que a mí nadie me pega.

Bueno, ¿y qué más?

Debes tomar una decisión.

Sí, ya sé, pero no tengo tiempo para esas cosas. Por lo menos hasta mañana.

Resuelve tú.

Pero no está permitido.

¡Está permitido si lo digo yo!

¡Vámonos ya de aquí!

Hay que hacer un recuento del ganado. Ahora me interesan más las vacas que...

La hacienda de Don Ventura está detrás de esas colinas.

Es fronteriza con Casagrande por el oeste.

¿Y aquellas?

¿Aquellas? Son las tierras del señor Ariola.

Nunca se han establecido los límites exactos de su hacienda. ¿Y por allí?

La hacienda del señor de Castelar está hacia el sudeste.

Es nuestro vecino más cercano.

¿Cuántas cabezas de ganado tienen?

Pues unas 10 o 15 mil en total.

¿Y cuántos hombres tenemos en el rancho?

De 30 a 40 vaqueros.

Pues es una buena nómina, sí señor.

Conozco un banco muy bonito en Santa Fe. ¿Y sólo está a 100 millas de aquí?

No es lo bastante lejos.

¿O has olvidado cómo nos recibieron la última vez que estuvimos?

¿Eh, Doc?

No puedes vivir llevando siempre un muerto a cuestas.

Estoy cansado de decírtelo.

Murió el hombre en quien confiabas.

Olvídalo ya.

Ni los propios buitres se matan entre sí.

No me vengas con sermones, viajero.

Pues déjale en paz.

Me importa casa grande.

Y hacemos falta todos si queremos que esto valga algo.

Tendremos que llamarle el pacificador, ¿eh, muchachos?

Ya me lo han llamado anteriormente.

Puede que algún día se te acaben las palabras.

Probablemente. El día que no necesite de ti.

Ni tú de mí.

Sí, pero ¿cómo vamos a pagar la nómina?

Aquí a nadie se le paga por trabajar para su patrón, ¿no? Claro.

Tienen casa, comida, sitio donde vivir con sus familias. ¿Qué más se puede

pedir?

Sí, no es mala paga.

Vámonos.

Tiene que haber algo para que tire tanto esta tierra.

Empieza a gustarte, ¿eh?

Esta vez tienes razón, chico.

Puede que con un poco de plomo te quedes en ella.

Ahí la tiene, esa es la casa de su vecino, el señor Castelar.

¿Esa joven quién es?

Doña María de Castelar, la hija del dueño de la hacienda.

Don Luis, esos son los gringos que nos atacaron en nuestras tierras.

Voy a avisar a mi padre.

Reúne a los hombres.

Sí, señor.

Preparados, vienen a visitarnos.

Tenga usted muy buenos días, señor Castelar.

Este es don José del Coronado, el nuevo dueño de Casa Grande.

Largo de aquí, gringos, antes de que me olvide que no estoy en mi casa.

No tenemos prisa, Hidalgo.

Les aconsejo que hagan lo que mi padre les dice, si es que quieren salir de

aquí con vida.

Y yo te advierto que para hablar como un hombre has olvidado llevar el revólver

al cine.

Luis, ¿lo has olvidado?

Los forasteros que llegan a esta hacienda han de ser tratados como

invitados.

Soy María Castelar, señor.

Le ruego disculpe esta acogida tan descortés.

Es un placer conocerla, señorita.

Me llamo José del Coronado, de Casa Grande.

Y mis amigos, Henry, Doc, Chico y

el viajero.

Señores... ¿Por qué no nos quitamos del sol?

Vengan por aquí.

Intenta averiguar algo sobre esos hombres.

Pero, ¿de cuál señorita?

De todas, naturalmente.

¿A don Luis no le gustará?

Si no te molesta, a mi marido quiero elegirlo por mí misma.

Vino para mis invitados, Pedro.

Señor Castelar, tendrá que dispensarnos a mi hijo y a mí.

Pero el camino hasta nuestra hacienda es largo.

No se irán ustedes por culpa nuestra.

El encuentro con sus vaqueros ha sido lamentable.

Pero todo hombre tiene que defenderse. No queríamos matar.

Murieron dos de nuestros vaqueros.

Una desgracia. También cayeron dos de los nuestros.

Ariola, creo que se ha derramado ya bastante sangre.

Y teniendo en cuenta que el rojo anda rondando por aquí, nos necesitaremos

unos a otros.

Justo por eso hemos venido.

¿Qué sabes?

Ese que se dice don José del Coronado. La semana pasada era Joe Daly, un ladrón

procedente del norte.

¿Y el moreno?

No lo sé. Le llaman el viajero, pero no sé el nombre. Carlos no me ha dicho más.

¿El viajero?

He oído contar muchas cosas sobre ese hombre.

Estaba solo en el jardín hace unos instantes.

Una canción preciosa.

Todo lo precioso que puede ser el lamento de un peón, doña María.

Dices tú unas cosas muy extrañas, viajero.

Algunas veces he pensado cómo sería el hacendado que abandonó su hogar por

creer en la igualdad.

Veo que los cuentos tienen alas.

Puede ser.

Pero la muerte de su familia y la devastación de su hacienda no son

cuentos. ¿Por qué saca a relucir esta conversación?

Porque me extraña mucho que el viajero vaya en compañía de un hombre como Joe

O'Day.

Siempre se toma el mismo interés por los desconocidos.

María.

Mi padre me dijo que debía preocuparme cuando conociera a una mujer y al

momento estuviera discutiendo con ella.

No hay otra solución. Los hechos hablan por sí solos. No, señor. Si reunimos

todo el ganado en un solo rebaño, le será más fácil al rojo apoderarse de él.

No, si agrupamos también a nuestros vaqueros.

Olvida usted, señor, que hemos de proteger nuestras propias haciendas y a

nuestros peones.

Don José lleva poco tiempo aquí para saber todo eso, padre.

Podemos reunir todas las cosas de valor y los peones en una sola hacienda.

Y proteger todo con muy pocos hombres.

No está mal del todo eso que dice don José.

Aunque usted también puede tener razón.

Yo creo que sería mejor consultarlo con la almohada. Si tardan en hacerlo

estaremos durmiendo cuando nos ataque el rojo. En México hemos aprendido a tener

paciencia, señor. Eso está bien en una partida de póker, pero con un bandido

como el rojo... Hemos oído hablar de una partida de póker en la que don Esteban

perdió casa grande y la ganó usted.

Y esto no es una partida de póker. Aquí lo que se juega es la vida de nuestros

ranchos. Sabrá usted que siempre nos han superado en número el rojo y sus

bandidos. Si sus vaqueros tirasen mejor, eso no tendría importancia.

Si se refiere usted al encuentro que tuvieron con nuestros peones, hubiera

sido distinto si no llegan a esconderse. Vamos, señores, tranquilícense.

Conozco otro sistema de comprobar quién tiene razón.

Pedro, que pongan unos blancos para disparar en la barrera.

Enseguida, señor.

Quiero hablar contigo cuando tengas tiempo.

No abuses de tu suerte, Doc, por tener una buena carta.

¡Chico!

No puede asustarnos el rojo. No hay ningún pistolero al sur de Río Grande

que pueda enfrentarse con nosotros.

Podías habernos ayudado a convencerlos.

Tú eres de su casta.

Olvídalo.

Solo quiero saber una cosa.

¿Por qué te interesan tanto los otros ranchos y especialmente su ganado?

Un buen hacendado ha de cuidar también de sus vecinos.

Cierto.

Sobre todo cuando una chica como María es uno de ellos.

No te hagas ilusiones con respecto a ella.

No es de tu clase.

John Daly tiene la clase que quiere cuando quiere.

Te aconsejo que no lo olvides, viajero.

¿Puedo hablar un momento contigo?

Sí, claro.

Tú has hecho bien en tener la boca cerrada. Sí.

De modo que ganaste casa grande en una partida de póker.

Quisiera saber qué has hecho del dinero.

Doc, escúchame.

Os he dado parte de él, ¿no es cierto?

Necesitaba a todos aquí para manejar el rancho. Podrías haber repartido.

¿Repartir?

Es imposible hacerlo de momento.

No he conocido a ningún pistolero que trabaje con el estómago lleno.

Bueno, es posible.

Pero, ¿qué pretendes hacer aquí con tanta cabeza de ganado?

Te conozco demasiado bien.

¿Cuánto dinero crees tú que podrían darnos en Kansas por 15.000 cabezas de

ganado?

15.000 reses.

¿Y la tierra?

¿A los muchachos les gustará? Ya hablaremos de eso.

¿Y el viajero?

Le necesitamos.

Él es un mexicano de la mejor sociedad.

Es posible que no esté completamente de acuerdo con lo que tú estás tomando.

Entonces, peor para él.

15.000 reses.

¡Mami, mami!

¡Rita de mí!

Empieza.

¿Qué ocurre aquí?

Llevadla a casa y que se ponga otra ropa.

¿Quién ha ordenado azotarla?

Yo ya le dije que no podía tomar decisiones por mi cuenta.

A ver qué contestas ahora.

¡Vamos, todo el mundo a su trabajo!

¡Me estáis mirando!

¿Que van a venir esos caballeros con nosotros o piensan seguir durmiendo?

Los mexicanos necesitaron mucha paciencia para construir estos muros.

Espera un poco. Ya te contestarán con lo que sea.

Más paciencia les va a hacer falta si el rojo consigue llevarse el ganado.

No te entiendo.

Hace unos días que no haces otra cosa más que hablar del ganado.

¡Eh! ¡Venid aquí!

Bandidos.

Querían apoderarse de las reses.

Han quedado cuatro o cinco que ya jamás cabalgarán.

Así aprenderán a no atacar Casagrande.

Quizá, pero puede que vuelva. Hay que estar preparados y saber con lo que nos

enfrentamos. Yo te dije que esto no iba a ser un paseo. No importa.

Por una vez peleamos por lo que es nuestro.

Bien, todos al trabajo.

Ya me he decidido.

Mandaré a Mario con un mensaje invitando a cenar a nuestros vecinos.

Tal vez no acepten. ¿Por qué no? ¿Qué tiene de malo que les invite?

Nada, pero tardan en admitir en su círculo a los forasteros. El tiempo no

cuenta. Tienes que hacérselo comprender, sobre todo ahora que el rojo empieza a

atacar. Está bien, Daly, está bien.

Si vienen, lo intentaré.

Pero... será mejor que estés jugando limpio.

¿Por qué?

Porque puede que uno de los dos acabe mal.

Tengo hambre.

¿Cuánto tiempo tenemos que esperar todavía?

Hasta que lleguen.

Ya lo sabes.

Pues como tarden mucho en llegar, se nos va a hacer de día.

¿Estás seguro de que se enviaron las invitaciones?

Las entregó en propia mano, Carlos.

Yo también me estoy cansando de esperar.

Tú esperarás hasta que yo lo diga.

Igual que todos.

¿Qué opinas, viajero?

¿Estaremos esperando en vano?

No me interesa lo que opine nadie.

Esperaremos.

Por mí, haced lo que queráis.

Yo me voy a dormir.

No creerán que tu sangre es suficientemente buena para molestarse en

venir.

¡Déjalo!

¿Dónde va?

No tendremos que esperar para la cena.

Joe, ¿por qué no le matas de una vez?

Eso es lo que más me gusta de ti.

Mario, arregla esto un poco, hombre.

Sí, señor.

¿Qué ha pasado?

Nos atacaron unos hombres del rojo. Han matado a diez de nuestros vaqueros.

Necesitamos un médico que le atienda. Sangra mucho.

Yo tengo un papel que dice que soy médico.

Carlos, ayúdame a llevarle arriba.

A ti te voy a necesitar también.

Llamaré a una criada para que le ayude.

Anda, haz lo que te dicen.

Tranquilícense, señores. Está en buenas manos.

Vengan por aquí.

Están en su casa, señores.

¿Quieren una copa? Ya están preparadas sus habitaciones.

Pero la cena tardará un poco todavía.

Gracias, señores. No será necesario.

No habrán hecho tanto camino para nada, ¿verdad?

Hablaré francamente y lo hago en nombre de todos.

Solo estamos aquí porque nos une un peligro común.

El Rojo ha aumentado sus fuerzas. Y sabemos cómo manejan las armas usted y

sus hombres.

Nuestras armas no se alquilan, Ariola.

No me entienda usted mal.

Bueno, no es ningún secreto que usted tiene bastante experiencia en luchas

fronterizas. El señor Castelar nos ha convencido de que es usted quien debe

tomar el mando. Está bien.

Pero antes hay que reunir los rebaños.

Perdonen.

¿Cómo está?

Tiene una bala en el muslo. Hay que sacarla. Aunque sanara pronto, ahora no

se le puede mover.

Hay que avisar a María.

Lo haremos, no se preocupe.

¿Cuál es su primera orden, don José?

Que cada uno empiece a reunir su ganado.

Ya les diré dónde y cuándo deben concentrarse.

Eran unos pobres labradores.

Ese bandido es peor que una alimaña.

Enterradlos.

Se pondrá bien.

No se preocupe.

No quisiera perderlo.

Es todo lo que tengo.

No esté tan segura de eso, María.

¿Podría el viajero parar algún día?

Pregunte a su corazón.

Quieto, bonito.

Calma, calma.

Quieto, quieto.

Vaya, el chico sonriente. Parece un gato casero.

No es mal chico.

Un poco joven aún. Deja las manos quietas.

Tú no tendrás miedo de mí. He dicho que no la toques.

Nene.

Quietos los dos.

Estoy empezando a cansarme de vosotros.

Si no sois capaces de comprender que lucháis en el mismo bando, os lo haré

entender de otra manera.

Tú.

Aquí ya no haces nada. Ve a ayudar a Carlos.

¿Qué tal con ese caballo?

Muy bien.

Podré ensillarlo la semana que viene.

A ver si es verdad.

¿Por qué te ha llamado el chico sonríe?

¿Es porque no sonríes nunca?

Yo me he dado cuenta.

Pero sí es muy fácil.

No tienes más que mover hacia arriba los dos extremos de la boca.

Ya verás cómo sólo con eso te sientes más feliz.

Vámonos.

Ahí viene.

Buenas tardes. Quería hablar con usted.

Sí. Si lo permites.

Nos veremos luego.

Ahora aprovecharé para dar algunas órdenes a Mario y a los criados.

Me temo que están cambiando las costumbres.

Yo también. No hay nada permanente.

¿Desea algo de mí?

Quería darle las gracias por todo lo que ha hecho por mi padre. Ya está muy bien.

Pero no debe cabalgar hasta dentro de dos semanas.

Adiós. Doctor.

Quería preguntarle si... Sí.

¿Cómo es posible ser médico y pistolero a la vez?

Es una larga historia y no la cansaré contándosela.

Digamos que es un error del destino.

Está bien.

Ya sé que eso no es de mi incumbencia.

Pero los vaqueros a quienes ha atendido desean expresarle su agradecimiento.

¡Pacita!

¡Tráelo!

Desean que lo acepte usted en recuerdo suyo.

Ha hecho tanto por ellos.

Él velará por usted.

Y esto de mi parte.

Gracias de nuevo.

Quería hablar contigo.

Pues date prisa que tengo muchas cosas que hacer.

Pensaba que aquí tenemos una cosa muy buena. Sí, eso ya lo sabemos. Cuando

esté reunido el ganado saldrás hacia el norte. Quiero que nos estén esperando

cuando crucemos el río.

Espera, no te precipites. Yo hablaba del rancho.

¿Qué le pasa al rancho?

Pues que es agradable vivir entre personas que nos comprendan.

En vez de estar siempre perseguidos.

Bueno, ¿qué mosca te ha picado?

Hablo en serio, créeme.

Esto me gusta.

Más que recibir una bolsa de oro en muy poco tiempo. Vamos, Doc, ¿te has vuelto

loco?

Un hombre puede cambiar.

Nosotros no.

Llevamos demasiado tiempo.

Olvídalo.

Puede que aún no sea tarde, Daly.

¿Vuelves a sentir lástima de ti mismo?

¡Quieto! ¡Espera!

Es Doc. Se ha bebido una botella.

¡Bailey!

¡Vamos! ¡Entra!

Quiere que haya una muerte y lo va a conseguir.

¡Bailey!

¡Te estoy esperando!

Ni un borracho falla el tiro.

¡Doc! Soy el viajero. Voy a entrar.

Doc.

No llevo armas.

Doc.

Soy un amigo.

Tranquilízate, quieto.

No llevo armas.

Ven aquí.

Mira.

Dame.

Cálmalo, cálmalo.

Siempre te metes en líos por salvar a los demás. Claro que ahora no había

peligro. Te estuve cubriendo todo el tiempo.

Chico, échame una mano. Sí. Vamos.

No tiene ninguna gracia.

Pudo haberte matado.

No llores.

No te preocupes. Ya acabó todo.

¡Eh, chico!

Pacita.

Subidla a mi habitación.

Si quieres matar al chico, tendrás que acabar conmigo antes.

Llevas buenas cartas o te estás marcando un farol.

Juega y lo verás.

¡Bandidos! ¡Bandidos!

A Ariola le han matado unos hombres.

Y hemos visto unos 20 bandidos viniendo hacia acá. Por eso hemos vuelto.

¿Y están muy lejos? A unos diez minutos.

Despliega a tus hombres para que cubran este patio y el tejado. Diles que se

oculten bien.

¡Llevaos pronto esos caballos!

Viajero, tú y yo subiremos al tejado. Doc, Chico, a los carros. Ya sabéis lo

que hay que hacer. ¡Deprisa!

¡Que se vayan todos del patio! ¡Que no quede nadie aquí!

¡Y ocultaos bien!

Loca, entra en la casa.

No, yo no soy María. Yo estaré aquí, a tu lado.

Está bien, pero ten cuidado.

¡Fuego, muchachos!

¡Eh, esperad!

Este es Carvajal, don José.

El lugarteniente de Rojo.

¿Qué soléis hacer con ellos?

No sé, nunca hemos cogido prisioneros.

Luego fusiláis a estos dos.

Y tú, Carvajal, le explicarás al Rojo lo que pasa por atacar a Casagrande.

Dile también que quiero hablar con él, pero en campo abierto.

Lleváoslo.

Dale un caballo.

¿No te vas a meter tú solo en una trampa?

Con el plan que se me ha ocurrido. No tienes por qué preocuparte.

Pero me preocuparé yo.

Vaya, ¿qué te parece? Por fin hay alguien que se cuida de mí.

Este es el sitio, don José.

Seguramente estarán por allí.

mueve dos veces el rifle

He oído hablar de ti, gringo.

Eso es casi un cumplido, amigo.

Bueno, ya se acabó la charla.

Quiero proponerte un trato.

¿Un trato?

Tengo más de 400 hombres armados. ¿Por qué razón voy a tratar con nadie?

Yo hago lo que quiero.

Si no me equivoco, debes tener 30 o 40 hombres menos desde que empezaste a

atacar a Casagrande.

Nunca se han reído del rojo.

Eso es lo que le estaba diciendo a mi amigo, el viajero.

¿Cuál es el trato?

Deja tranquilos los ranchos.

Haré un solo rebaño con todo el ganado y tendrás la mitad.

¿A eso llamas un trato? Somos superiores en número y en experiencia.

También erais superiores en número cuando empezasteis a atacar Casagrande

hasta que empezamos a disparar.

Carvajal te lo dirá.

Yo no lo haría, Carvajal.

Está bien.

Trato hecho.

¿Cuándo lo tendrás listo?

En diez días.

Pero antes no vengas. O consideraremos que lo haces como enemigo.

Diez días o atacaré. Y quizá podamos demostrar que lo ocurrido en Casa Grande

ha sido una casualidad.

¿Qué opinas?

No me fío del rojo. Con la mitad del ganado no quedará contento.

Es un asesino y un traicionero.

Me sorprendes, amigo.

Creí que te merecía mejor opinión. Si precisamente quiero que nos traicione.

¿Qué?

Que no te preocupes.

No tiene derecho para hacer ese trato, dándole la mitad de nuestro ganado. No

había otra opción, Ariola.

¿O prefieren que el rojo les vaya limpiando uno por uno?

Don José tiene mucha razón.

Es mejor perder algún ganado que una sola vida humana. Nadie discute eso.

Lo que interesa es cómo sabremos si el rojo cumplirá el trato.

¿Qué opina usted, viajero?

¿Estuvo presente en la entrevista?

Conozco a los hombres de la calaña del rojo.

No se puede confiar en ellos.

Casa Grande está mejor preparada para defenderse que cualquier otra.

Seguiré adelante mi trato con el Rojo, aunque tenga que hacerlo yo solo.

¿Qué noticias traes?

Están haciendo un gran rebaño.

Llevan una semana reuniendo el ganado. Nos quedaremos con todo, Carvajal.

Primero con el ganado, ya que son tan estúpidos como para traérnoslo todo de

una vez.

Luego, con todo lo que haya en las haciendas. Y desde luego, con las

mujeres.

Bueno, dentro de unos días.

De muy pocos no quedará una sola res fuera de este valle.

¿Viajero?

Esto no me gusta nada, Daly.

¿Qué es lo que no te gusta?

Este cañón. Aquí está metido todo el ganado. Si Rojo no cumple el trato, no

hay más que una salida. Tú lo has dicho.

Una salida o una entrada. ¿Es que no te das cuenta?

No es momento para bromas.

Arriesgamos mucho en este juego.

Bueno, viajero.

A ver si lo entiendes.

Ya te dije que no me fío en absoluto del rojo. Sé que acabará en guerra.

Pero he sido yo quien ha elegido el campo de batalla.

¡Canalla! ¡José!

¡José! ¡José!

¡Carvajal estaba espiándonos!

Se fue al galope.

Si el rojo ha enviado a Carvajal a vigilar, es que piensa atacarnos. ¿Por

qué? Hoy es el octavo día.

Se anticipa. Le dije que le recibiríamos como enemigo.

Avisa a todos los hombres.

Gracias, Carlos. Vuelve a tu puesto.

¡Cada uno a su sitio!

¡Vamos! ¿A qué esperáis?

Deja fuera el pulminante, que se vea desde la tapia. Tenemos que disparar

desde allí.

Que quede bien cubierto todo este paso. Sí.

Eh, que se quite todo el mundo el sombrero.

Y bien agachados.

Que nadie se mueva hasta que yo dé la señal.

Bueno, creo que ya se acabó el rojo.

Elegiste bien el terreno, don José.

Vamos a llevar el ganado al norte.

No corras tanto.

Antes hay que ocuparse de los heridos.

Naturalmente, tienes razón.

Muchachos, hay que ayudar al doctor a curar a los heridos.

Hola, doc. Hola.

Vamos a ver esa herida.

Te curarás pronto.

Gracias. Creo que no volverán a llamarte más el chico sonriente. Un hombre puede

cambiar si encuentra un motivo.

O una persona por la que luchar.

¿Qué hay, viajero?

Hola, doctor.

¿Cómo está?

Aún mejor que otros.

Doc, ¿dónde te habías metido?

¿Dónde voy a estar? Trabajando.

A mí no me hables así. No soy uno de tus pacientes.

Pues debiera serlo.

Estás completamente loco.

Continúa. Tienes aquí cuanto un hombre puede desear.

Un hogar.

Además estas gentes no te conocen como yo y por tanto confían en ti.

Para no estar borracho hablas demasiado.

Y no he terminado aún. Te diré algo más.

Yo me quedo aquí.

No voy al norte.

Irás solamente donde yo quiera.

No lo haré más.

Aún no has dicho por qué estoy loco.

Porque eres un egoísta.

Solo quieres llevarte ese ganado al otro lado de la frontera y no volver por

aquí.

Yo no te ayudaré a traicionar a esa buena gente.

Hasta nunca, Daly.

Eres un cobarde.

Ya te advertí, viajero, que esa debilidad acabaría contigo.

Yo le quería mucho, mucho.

¿Qué hubierais hecho vosotros sin él?

Gitana tiene razón.

Sin Joe Daly, el rojo hubiera continuado siendo un peligro.

Es cierto.

La desgracia de unos es la felicidad de los otros.

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