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(Música)
(GRITA)
-¡Cógelo o te hago colgar!
-(GRITA)
-¡Poneos a salvo!
(GRITAN)
(FORCEJEAN)
-¡Traed pólvora!
-¡Traed armas!
(Música medieval)
-¡Preparado!
-¡Mosquetones aquí!
-¡Capitán! -¡Esos hombres hacia acá!
-¡Traed pólvora!
(HABLAN A LA VEZ)
¡Venga, vamos!
-¡Silencio!
(Ladridos)
¡Formen y defiendan la puerta!
(Ladridos)
-¡Por la izquierda!
-¡A mi orden! -¡Entendido, capitán!
¡Aquel blanco está descubierto!
¡Por la izquierda!
-(GRITA)
-Capitán, dé la orden...
-La orden, capitán.
¡Dé la orden, capitán!
-¡Capitán!
¡Dé la orden!
-(GRITA)
-¡Gonzalo, conmigo!
Abrid la puerta.
(Gritos)
-(GRITA)
(Gritos)
(Ladridos)
-¿Dónde se encuentra Ojeda?
¡Quiero hablarle!
-(SUSURRA) Está muerto. -Es cierto.
-Capitán Francisco Pizarro, para servirle.
El Fuerte de San Sebastián está bajo mi mando.
Lo que veis es lo que queda de la expedición del gobernador
Alonso de Ojeda... no hay más.
-Voy a levantar una ermita para vos.
Ya sé que te lo he prometido muchas veces.
Pero esta vez, con tu amparo o sin él...
voy a construir esa ermita.
No dejes que se muera ese infeliz.
Que aquí ya nadie sabe lo que está bien y lo que está mal.
(Pasos)
-(SUSURRA) Arriba, vamos.
-(HABLAN EN OTRO IDIOMA)
-Ojeda.
Dispara a ese bastardo.
-No, no, no, no, baja las armas.
Baja las armas, baja las armas.
Tranquilos, tranquilos, tranquilos, tranquilos.
Tranquilos, tranquilos, tranquilos, tranquilos.
Está enfermo, está enfermo.
-(HABLAN EN OTRO IDIOMA) -Tranquilos.
Está enfermo, está enfermo.
-(HABLA EN OTRO IDIOMA) -Serpiente... le ha mordido.
(SISEA) Serpiente, mira, mira.
Mira, mira, está enfermo.
Bajad las armas, ¡bajad las armas!, baja las armas.
Está enfermo.
-Serpiente. -(HABLA EN OTRO IDIOMA)
-Mira.
¡Bajad las armas!
Está enfermo, ¿eh?
(SISEA) Serpiente... le ha mordido.
Serpiente.
Tranquilo, le ha mordido una serpiente.
-Una serpiente, mira, está enfermo. -(HABLA EN OTRO IDIOMA)
-Que no se mueva nadie. -(HABLA EN OTRO IDIOMA)
-¿Puede saberse qué carne es esta?
-Paca.
Una carne que comen los indios.
-(TOSE)
¿Se puede saber qué le pasa a vuestro capitán?
Hoy por poco no nos mata a todos.
(Risas)
Como queráis.
Ojeda decía...
que cien españoles valen como cien españoles.
Como cien de a pie.
Como cien jinetes.
Como cien arcabuceros.
Y como cien demonios.
Ese capitán vuestro no me parece ningún demonio.
Da igual... tampoco permaneceremos mucho tiempo aquí.
-¿Marchamos?
¿Dónde marchamos?
-Mañana, a eso del mediodía.
Vuestro querido capitán ha dado la orden
de volver a la Española.
-No parecéis muy entusiasmado con la idea, capitán.
¿Acaso no queréis regresar allí?
-Digamos que aquí aún me llaman "capitán".
En la Española no tendré rango, ni nombre.
Otra vez nada.
-Yo ya no era nada cuando salí de mi casa.
Y aquí soy lo mismo que en la Española.
Más nada.
-¿Y tú?
Extremeño, ¿verdad?
-Yo hace dos semanas era polizón.
Y no pienso volver a la maldita Española.
Con las manos vacías, no.
-Embarcaréis, por tanto,
en la Caprichosa,
con la mayor celeridad posible
y sin haber sufrido ningún daño alguno en su persona.
Os dirigiréis a la isla de la Española
y, con vos, todos los malheridos,
cualquier que quisiera acompañaros.
-¡No tenéis autoridad, Balboa!
-La destitución de Martín Fernández de Enciso
ha sido acordada por el grueso de los hombres
hasta hoy bajo su mando
y por los civiles
que nos acompañan en la misión
de repoblar y pacificar la Nueva Andalucía
para mayor gloria de sus Altezas,
los Reyes de España.
-¡Sois unos traidores!
¡Y como tales seréis tratados!
-Por su incompetencia en asuntos militares,
por su escasa destreza,
y por su falta de valor,
yo,
Vasco Núñez de Balboa,
le destituyo del cargo.
Su ineptitud por poco nos mata a todos, Enciso.
¡Venga, ladronas! ¡Todas fuera de aquí! Venga...
-Te has encariñado de estos salvajes,
¿eh, Ojeda?
Con lo que tú has sido...
Si estos pobres supieran
a cuántos de ellos les has abierto la barriga...
No hizo falta dar la orden de hacia dónde avanzar,
poco importaba la dirección.
Ninguno queríamos regresar a un hogar
que ya no se acordaba de nosotros
y que hacía tiempo que habíamos decidido olvidar.
Levantamos una pira
y antes de prenderle fuego,
colocamos sobre ella todos nuestros triunfos
y todas nuestras miserias.
Alguien dijo:
"Hacia el oeste".
Y otro:
"¿Y por qué no?"
Total, nadie había ido nunca hacia el oeste.
No me jodas, Ojeda.
Que ya sabías que este día iba a llegar.
-Si te refieres a las tres naves españolas
que han fondeado en la playa chica, sí.
Llevan ahí tres días.
-No nos guarde rencor, capitán.
Se lo ruego.
A ti te recibirán con tambores.
Y te prepararán la cena esos lameculos.
Pero si estos buenos mozos y yo aparecemos en esa playa,
nos mandan colgar antes de cante el gallo.
-¿Cuánto vas a pedir por mi rescate, Bernardino?
¿100 000?
¿200 000?
Ándate con cuidado, que siempre fuiste avaricioso.
-Entonces lo dejaremos en 150.
Y me los darán con gusto.
Partid.
Hacedles llegar nuestras condiciones.
-¿Saben los indios lo que te traes entre manos?
-Los taínos no están.
Se han marchado.
Solo están en la aldea las ancianas y los críos.
Se fueron todos ayer a recoger castañas.
No serán ellos los que te saquen de esta, Ojeda.
-¿Castañas?
¿Se han ido a recoger castañas, eh?
Esto no va a salir bien, amigo mío.
No, no va a salir bien.
Tus hombres no tienen las agallas
para llegarse hasta las tropas españolas
que han llegado en ese barco.
No han ido a negociar mi rescate, Bernardino,
¿no los oyes?
Ahora mismo corren por la selva como alma que lleva el diablo.
Lo más lejos que puedan estar de ti, de mí y de ese barco.
Esta noche estarán dándole gracias a Nuestra Señora
por haber vivido, al menos,
un día más que el desgraciado de Bernardino...
el de Talavera.
-¡Vamos!
¡Tira!
Delante de mí.
-¡Gobernador Alonso de Ojeda, dichosos los ojos!
¡Por fin!
No dábamos crédito lo que hemos visto con estos indios.
Imaginaos qué gracia.
Vienen hacía nosotros con la Virgen de los Remedios
a cuestas... como en romería.
No pudimos menos que pensar en quién se hallaría
detrás de semejante milagro.
Capitán Pánfilo de Narváez, al servicio de Dios,
de vuestra merced y de la Corona de Castilla.
¿Qué significan esos grilletes?
-Le hago entrega de Bernardino de Talavera.
A su juicio dejo las acusaciones que sobre él se vierten de deserción,
traición y piratería.
¿Me falta algo?
-Prendedlo.
Y liberad inmediatamente al gobernador.
-Tratadlo con dureza, es un traidor. -Vamos.
-Tengo noticias para vos.
Poco le duraban unos grilletes a Alonso de Ojeda.
Válgame dios, lo fácil que le resultaba a ese zorro
librarse de los cepos.
Sus hombres están a salvo, capitán.
Supo, por Pánfilo de Narváez, que una nave llamada Caprichosa
hacía meses que había partido en auxilio de sus hombres
allá en el Fuerte de San Sebastián.
Aliviado y un poco más viejo, el demonio de ojos azules descansó.
Ha hecho un buen trabajo, gobernador, un gran trabajo.
-Aparta, aparta.
Tenía razón Ojeda, no volvería a ver a sus hijos
el ingrato de Bernardino. Estaba cantado.
Terminó bailándose una jota al final de una soga.
No protestó, no lloró, ni suplicó, ni se arrepintió de nada.
Así es como el primer pirata del mar Caribe
se enfrentó a su destino.
Alonso de Ojeda no rogó que le restituyesen su cargo,
ya no lo quería.
Se acercó hasta el convento de Santo Domingo
y pidió a los hermanos franciscanos que le acogieran como monje.
Eso sí, no sin antes testificar en el juicio
contra Bernardino de Talavera.
Y hacerlo a su favor.
(HABLAN EN OTRO IDIOMA)
-Basta.
-Quietos.
-(HABLA EN OTRO IDIOMA)
-¿Qué ha dicho?
Dime, palabra por palabra, qué ha dicho este desgraciado.
-Pankiak, hijo de Comagre dice:
Destruís tierra de mis padres, la aldea de otro,
¿qué hacéis con el oro? ¿A caso lo coméis?
Id otro lado de las montañas.
Allí mucho más oro.
Allí un mar donde apagar vuestra sed.
-Bueno, parece que ya nos vamos entendiendo.
Traed el vino de Jerez.
¡No, tú no!
Tú te quedas aquí.
¡Marchamos!
Buenas migas hicieron Balboa y el indio Pankiak.
Vamos.
Su amistad hizo que la misma selva se echara a temblar.
Por vez primera, indios y castellanos marchábamos
y matábamos juntos.
Las aves llevaron la noticia a cada rincón de la jungla,
y no hubo un cacique indígena que no se preparara para la guerra.
Una muchedumbre de indios nos salió al paso.
De nada les sirvió rezar a sus feísimos Dioses.
Lo primero que decidió Balboa, fue hacerlos matar.
Lo segundo, recompensar a sus hombres.
A unos con gracia, a otros con gloria y a sus amigos,
con vino de Jerez.
A Leoncillo, el más aguerrido y eficiente de sus soldados,
le dio rango de alférez, con paga y sueldo mensual.
Decía Balboa que era el único de su tropa
capaz de diferenciar un indio bueno de uno malo
y que por ello merecía más que ninguno
aquel collar de oro macizo que le hizo forjar.
Así era la conquista.
Vio a polizones tratados como a capitanes,
a soldados tratados como a perros
y a perros mejor tratados que a los indios.
El indio Pankiak nos condujo bajo interminables días de lluvia,
a través de ciénagas verdes y de bichos que muerden
y ulceran la carne.
Dejamos atrás nuestros barcos
y nos adentramos por los ríos de los indios
a lomos de sus mismas canoas.
La selva solo deja entrar a aquel al que conoce,
así que comimos lo que ellos comen
y solo bebimos de las charcas en las que ellos beben.
Al atardecer, cuando los enjambres de mosquitos
salen a pastar, nos sepultábamos en la arena para burlarles.
Y por las noches no había cena, ni ganas.
Tanta sangre y tanto bicho,
le quitaban las ganas al más pintado.
No más de sesenta.
Y a lo hecho, pecho, y siempre para adelante,
que el retroceder es deshonrarse.
Y el avanzar de valientes.
Si debíamos elegir, elegíamos jugarnos el tipo.
Y, a lo mejor, vivir.
Piense cada uno lo que le plazca,
que nadie ha de recordarme que ni una sola de nuestras hazañas
fue digna de ser narrada.
Yo solo soy uno que ama esta historia
y que a veces odia tener que contarla.
(RÍEN)
Qué mal cantáis, cabrones!
¡Venga, cavad con brío!
-Este no se despierta mañana.
-¿Habéis avisado al fraile?
-No.
Este se muere solo, sin ayuda de veneno indio.
No te acerques.
-¡Pizarro!
Deja que el indio haga.
¡Vamos! ¡Salimos de aquí!
¡Salimos de aquí! ¡Vamos!
¡A la orilla! ¡A la orilla! ¡Vamos!
(Gritos)
¡A la orilla! ¡Agrupaos en la orilla!
¡Vamos!
¡Vamos!
¡Vamos!
¡Vamos!
¡Agrupaos! ¡Agrupaos!
¡Disparad!
¡Guerrero, flanco izquierdo!
-¡Moveos!
¡Moveos!
(Gritos)
Indios buenos o indios malos...
Nunca he llegado a distinguirlos.
Si algo sé es que no hay nada más peligroso que un indio asustado.
El indio defiende su río,
su choza de paja, a sus cachorros...
Y, en ocasiones, cosas
para las que no encuentro explicación...
Padre Corolla,
debería ver esto.
"Sodomía".
Eso fue lo primero que le vino a la cabeza al fraile.
Estaban vestidos de mujer,
bailaban como mujeres y se comportaban como mujeres.
No podía tratarse de otra cosa que no fuera
esa práctica que ya he mencionado.
A partir de ahí, la discusión se centró
en si sería más humano prenderles fuego
o echarlos a los perros.
(Trueno)
¡Hermanito!
¡Hermanito!
¡Hermanito!
Una de cal y muchas de arena.
Así aplicaba la diplomacia Balboa.
Si una tribu decidía plantarnos cara,
se la partíamos en dos.
Y una vez reducida a cenizas su aldea,
se ganaba su amistad invitándolos
a un vino dulce de Jerez.
No era Balboa de esos que se hacen pasar por dioses.
O amigos, o muertos...
Cal, arena y una camisa.
Con eso conquistó Balboa el corazón del indio.
Una camisa rota a cambio de un mar de oro.
El indio decía que detrás de aquella selva
se escondía un mar dorado.
Y aún no sé si le creímos o quisimos creerle.
Ninguno habríamos soportado las inclemencias de las Indias
de no ser por la terca certeza
de que en algún oscuro rincón de esta jungla,
nos esperaba un tesoro con nuestro nombre grabado en plata.
El indio tenía razón,
detrás de aquellos bosques se escondía otro mar.
Era inaudito que todo un océano
hubiera permanecido oculto desde siempre.
Era el vigesimoquinto día del noveno mes
del año de 1513 de la era de Nuestro Señor
y Hacedor de todas las cosas.
Por ese mismo Dios,
yo os juro,
que vi a Balboa entrar en un nuevo mar.
Le vi cantar y rezar,
clavando la bandera de castilla en su lecho de arena,
sin poder creer lo que veía;
el océano infinito y salvaje que se extendía ante él
y que ningún otro hombre
de nuestra tierra había contemplado jamás.
El mar del sur.
El mayor de los océanos de la tierra había logrado
mantenerse oculto casi veinte años.
Los veinte años que habían pasado
desde que el Almirante Cristóbal Colón pusiera el pie
en este nuevo mundo.
¿Qué no habría dado él por ver el otro mar?
Existía un paso hacia las verdaderas Indias,
por tierra,
a través de la jungla y a pie,
pero existía.
Por aquel entonces moría Américo Vespucio.
Se lo llevó la malaria.
Murió siete meses antes de que Juan Ponce de León,
el más elegante de los conquistadores,
descubriese Florida, la más floreada de las penínsulas.
Y en España,
el bachiller Fernández de Enciso calentaba las orejas de su majestad.
Relataba, una y otra vez,
cada uno de los agravios que le habían hecho padecer
Balboa y sus secuaces.
Pero era tarde.
El polizón ya era un héroe, y sus secuaces,
los conquistadores del mar del sur.
De la noche a la mañana,
la corona había triplicado sus dominios,
y todo hay que decirlo,
no había sido gracias a la putrefacta nobleza española,
sino a una panda de mugrientos porqueros
como ese Núñez de Balboa.
Los indios buenos, los de Pankiak, nos acogieron en su aldea.
Puede que aquellas gentes no hubieran visto antes armaduras,
ni ballestas, ni a perros cuando vuelven de la guerra,
pero es bien cierto que mejor nos trataron ellos
de lo que lo hicieron los nuestros, los castellanos.
Cuando muere un jefe de la tribu de los Kuna,
se le sienta en una piedra y le ponen fuego alrededor
hasta que se queda en la piel y los huesos.
Cuando queda seco, lo cuelgan de la pared
y lo adornan de plumas.
Así fue como Comagre,
por no sentirse solo,
recibió aquella noche a Balboa,
acompañado de Pankiak, su hijo,
y de todos sus tatarabuelos.
(HABLA EN OTRO IDIOMA)
-Comagre dice que nadie cocina mejor que Pakoka.
Dice que sopa de iguana de Pakoka es mejor sopa que todas las sopas.
-(HABLA EN OTRO IDIOMA)
-Dice que su mujer fuerte
y nunca se cansa con trabajo.
-(HABLA EN OTRO IDIOMA)
-Dice que quiere que Balboa conoce a su mujer.
-Dile que será un honor.
-(HABLA EN OTRO IDIOMA)
-Es un buen presente de cacique Comagre, para Balboa.
-Dile a nuestro amigo Comagre que agradezco su presente,
pero que nuestro modo, costumbres, religión,
nos impide tomar la mujer de otro hombre.
Lo manda Dios, señor de todas las cosas.
-(HABLA EN OTRO IDIOMA)
-Hermana de Pankiak. Es para ti.
-Bautizadla.
Mañana, junto al arroyo, celebraremos...
-La vais a bautizar hoy.
-Mi señor, mañana podríamos... -Hoy también podéis.
-¿Qué nombre le doy?
-El que más os plazca.
María Caridad de los Remedios.
No se le ocurrió otro nombre al buen fraile.
Qué mejor nombre para una princesa india
que uno que jamás llegaría a memorizar.
Más de 30 días pasamos en la aldea de Pankiak y Comagre,
y no exageraré si os digo que fueron
los mejores 30 días
de los que un cualquiera como nosotros pueda disfrutar.
Andaban los Kuna desnudos,
con el órgano de la reproducción cubierto por dos hojas secas.
Las mujeres traían unas mantillas desde la cintura hasta las rodillas
y preciábanse mucho de su hermosura.
Usaban unas cintas bajo el busto que doy fe que les favorecía.
Sus costumbres eran muy libres, por no decir corrompidas.
Los caciques se casaban con cuantas mujeres querían
y la prostitución no era infamia,
que tenían las mujeres por mala educación
el negarse a cuanto se les pidiera
y se entregaban de buen agrado a quien las quería.
Este gusto por el libertinaje
las llevaba hasta la inhumana costumbre
de tomar hierbas para abortar cuando se sentían preñadas
y decían que pariesen las viejas y no las mozas,
que estas tenían que divertirse.
Y allí, apartados de los caimanes,
nos dio por pensar que nadie de nuestra España
había llegado tan lejos.
Y que, como decía Balboa,
no podíamos tomarnos la vida tan en serio.
(HABLA EN OTRO IDIOMA)
Nariz.
Cicatriz.
Herida.
Y en aquella lengua Anauyansi enseñó a Balboa
cómo se llaman realmente los pájaros del cielo,
y la Luna, y el fuego.
Le contó cómo el mar había brotado de una calabaza gigante
y cómo los ríos habían caído a chorros
de las hojas del cielo.
Le habló de cómo lloran los cangrejos,
de cómo los manatíes amamantan a sus crías
y de cómo los monos discuten entre ellos cada mañana.
Le enseñó a decir "arriba", unas cuantas veces...
Y también a decir "abajo",
La eterna mirada de alcohólico de Balboa se perdía en el pelo negro
y la piel canela de Anauyansi.
Y sobre estas selvas manchadas de sangre
nacía una nueva raza.
Y si sé todo esto,
es porque a Balboa no le bastaba con vivirlo,
tenía que salir a contarlo.
No hay uno, entre todos los de América,
que no llegase a tener su botín de gloria y su botín de pena.
Sobre la misma ermita
que Alonso de Ojeda dedicó a su virgen,
se edificó la ciudad de Santiago de Cuba.
Pero el pequeño capitán nunca llegó a contemplarla.
Murió con el hábito franciscano puesto
y sin un maravedí en el bolsillo.
Murió como vivió; a dos velas.
Sólo y sin intermediarios,
como a él le gustaba hacer las cosas.
En su testamento solo pidió que lo enterrasen en la misma puerta
de la iglesia de Santo Domingo,
completamente desnudo y boca arriba,
para que todo el que acudiera a rezar,
no tuviera más remedio que pisotearle
y hacerle así pagar
por los muchísimos pecados que cometió.
Qué gracia tenía ese cabrón.
De ver tratar a alguien así a un cerdo,
¿acaso no le detendríamos?
-Son verdades las que cuenta ese fraile.
-Conquistamos un océano para nuestro rey.
Si eso le parece poco,
volvemos a la selva y le creamos un imperio.
-Fernando de Soto, a su entera disposición.
-Por el amor de Dios, ¡una niña!
-Nuestra fiesta no tiene nada de heroico.
Lo único que hicimos, fue alejarnos.
-Yo ya he dispuesto todo para que la paz entre usted y yo
gobierne en Veragua.
Me he ocupado de sus deudas, señor Balboa.
-Don Fernando de Magallanes.
Nuestra intención es sortear por mar el nuevo continente
y continuar viaje hasta las Indias.
-¿Y si no existe tal paso marítimo?
Otros lo intentaron antes y fracasaron.
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