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Pero ¿qué haces? Perdóname, ha sido impulso.
Te has equivocado conmigo. Perdona, no se volverá a repetir.
No tenías que haberlo hecho. Perdona.
Vicente, no puedes besar a una mujer así como así.
Estoy enamorado de ti, Ana. Lo siento, te pido mil disculpas.
Pero no sé cómo actuar, ni siquiera sé cómo comportarme
ahora que estoy aquí a tu lado.
Vicente... Empezó todo cuando te conocí.
Y ahora ya... Escúchame.
Tú sabes que tenemos un problema muy gordo, ¿verdad?
Te has portado tan bien con mi madre y cuando estamos juntos,
nos reímos y estamos tan bien que por un momento...
Vicente, yo quiero a Carlos.
Que lo he intentado, pero que no puedo.
No puedo olvidarte. Es más...
sueño mucho contigo, ¿sabes?
Sueño que paseamos juntos por la plaza y...
y nos vamos al cine...
a ver la película que tú elijas, ¿eh?
-No me digas esas cosas, Benigna.
Cuenta, ¿qué pasa?
No, está todo controlado, está María tranquila.
Muy fatigada, eso sí,
pero lo normal con el susto que se ha pegado.
Ahora cuando volvía le estaban controlando la tensión
y la temperatura.
¿Has podido hablar con algún médico?
Me han dicho que esté tranquila,
que estas cosas le pueden pasar a las embarazadas,
pero que ellas iban a seguir haciéndole pruebas por si acaso.
Que te digo que están compinchados, Domingo.
Pelayo y Manolo el del cascabel, son tal para cual.
-Pues no lo entiendo.
Se supone que se llevan como el perro y el gato.
Su enemistad es legendaria en todo el barrio.
-Muy bien, pues se han unido para hacerme la puñeta,
y vaya si lo han conseguido.
Lo peor es que no les he visto venir,
y eso que yo sabía de su odio mutuo. -¿Y don Carlos cómo ha reaccionado?
-Eso es lo peor.
Ya estábamos mal y con el bochorno que nos han hecho pasar,
está que se sube por las paredes.
Yo no sé cómo lo ves tú, Ignacio,
pero yo creo que lo mejor es que María se venga a mi casa.
La decisión la tendré que tomar yo. Ya, sí, bueno, pues eso.
Te vienes a casa y te atiende tu madre.
Mamá, escúchame, de verdad. Aquí estoy como en ningún sitio.
-Bueno, usted no se preocupe, Manolita,
que yo la voy a tener en palmitas,
no voy a dejar que se mueva más de la cuenta.
¿Sabes? Estos encuentros son estupendos,
y la clave es que no tenemos ningún tipo de compromiso
ni ningún lazo sentimental...
-¿Lazo sentimental? Yo no sé qué significa eso.
-No, es que el sexo sin compromiso te quita de problemas.
Acuérdate de cuando estábamos juntos,
que era todo tensión, inseguridades, discusiones...
-Bueno, tampoco hay que pasarse.
¿Esto qué es? ¿Un contrato entre tú y yo?
-A partir de ahora, serás el único
que podrá tomar decisiones en el hotel.
Así te aseguras que las cosas se hacen a tu manera.
-¿Y qué pretendes, que lo firme?
-Es una forma de sellar la paz entre nosotros, ¿no crees?
-No pienso hacerlo. -Pero ¿por qué?
-Porque te conozco y no va a servir de nada.
Dice que ya sabe lo que tiene, que tiene...
hipertensión pulmonar tiene.
¿Y eso qué es?
Pues es una enfermedad muy grave que afecta...
que impide que el oxígeno llegue a la sangre y...
-Pero eso no es bueno para el bebé, ¿no?
-No, y sobre todo para la madre,
porque dice que hay riesgo de mortalidad.
Ay, Dios...
Nos hicieron creer que íbamos a ser héroes
que luchaban contra la opresión y...
-Pero es que tú ya no estás ahí... -Pero muchos otros sí, Carol.
Mira Iker, no he podido convencerle, a mi mejor amigo,
y le he perdido para siempre.
Si pudiera convencer a uno de esos chicos
de que no entrasen... -Bueno, lo puedes intentar, ¿no?
-Pero si no lo he conseguido con Iker,
¿cómo lo voy a conseguir con otros?
Ella es Concepción, la madre de Vicente, y en realidad...
Pero, Ana, qué tonterías dices.
¿Cómo no voy a saber quién es Salvador?
Ay, qué alegría de verte, amor mío.
-Disculpe, tengo un poco de prisa.
-Oye, ¿y de qué conocías tu a Ana?
Porque precisamente iba a preparar una cena para presentártela.
-Nos conocemos del hospital.
-¿Verdad que ha sabido elegir muy bien nuestro tito?
Hacen una pareja de cine.
Tienes que decirle a Luisita lo mucho que la quieres.
Pero delante de toda España.
-Que no, Jesús, si no me quiere ni escuchar.
Ni aunque pusiera una pancarta en medio de la plaza.
-Sí que te va a escuchar.
Vaya que sí lo hará.
Estaba en la residencia con Concepción.
Carlos, yo se lo conté a Pelayo.
O sea que fuiste tú.
Ahora lo entiendo todo.
Carlos, y porque no me gustó su método,
como tampoco te gusta a ti.
Y tú en lugar de venir a avisarme,
te andas paseando con ese chantajista.
¿Tú sabes la cantidad de problemas que nos podías haber ahorrado?
Y el sufrimiento.
Últimamente solo hablas conmigo para echarme cosas en cara.
Eso, Ana, tú dedícate a hacer lo correcto.
Es que me afectó mucho que Benigna me contara la...
la verdadera razón de su marcha.
-O sea...
O sea, ¿tú estás al tanto?
Es que a mí me lo dijo ayer...
y claro, me quedé a cuadros.
-Pero ¿por qué? Si yo la entiendo perfectamente.
-Ah, ¿sí? -Sí.
Porque ella se merece ser feliz, ¿no?
Teníamos razón.
Los delirios no son buena señal.
Pero ¿entonces?
Están hablando del tumor cerebral.
Todavía no saben si es maligno o benigno,
pero no se puede operar esa zona.
Vicente, ¿cómo va a evolucionar esto?
Mal.
Muy mal.
Mi madre se podría morir en cualquier momento.
# Hoy me acordé de esas tardes,
# de tanto soñarte # cantarle al amor,
# de imaginarnos el mundo
# con otra ilusión.
# Toda una vida adelante,
# podremos forjar un futuro mejor.
# Ya he comprendido el destino
# de mi corazón.
# Amar es para siempre, # haz memoria.
# Amar es para siempre, # nuestra historia
# es una historia de amor, # tú y yo,
# de amor, tú y yo, # y de luz.
# Amar es para siempre, # haz memoria.
# Amar es para siempre, # nuestra historia
# es una historia de amor, # tú y yo,
# de amor, tú y yo, # y de luz.
# Amar es para siempre, sa, la, la, la.
# Amar es para siempre, sa, la, la, la.
# Es una historia de amor, # tú y yo,
# de amor, tú y yo, # y de luz.
# Amar es para siempre, sa, la, la, la.
# Amar es para siempre, sa, la, la, la.
# Es una historia de amor, # tú y yo,
# de amor, tú y yo, # y de luz. #
Dices que me calme.
¿Tú cómo quieres que me calme
con lo que está pasando a nuestra hija?
Bueno, ya, pero ahora lo que tenemos que hacer
es apoyarla.
Ya hemos llorado bastante, ¿no, Marce?
Como dice Ignacio, tenemos que hacer
el papelón de nuestras vidas. ¿No hay nada que se pueda hacer?
Es que ningún médico hablaría de interrumpir el embarazo
si no tuvieran la certeza... Los médicos...
¿Los médicos no podían haber visto todo esto antes,
lo de la hipertensión pulmonar?
Marce, cariño, no, porque es una cosa muy rara
que solo aparece
en situaciones especiales como un embarazo.
Era imposible que lo hubieran visto antes.
Ya... ¿Y ahora qué?
¿Tú estás segura que ahora...
si María pierde el niño...
ella va a estar a salvo?
¿Estás segura de eso, lo puedes garantizar?
Marcelino, yo no, pero los médicos dicen
que si lo hacen bien y está controlada, sí,
y hay que confiar en ellos.
No es justo.
No es justo con la ilusión que le hacía ahora
que por fin se había hecho a la idea.
Ya lo sé, cariño, ya lo sé.
Pero tenemos que ser fuertes, Marce.
Y si lloramos, lloramos entre nosotros,
¿de acuerdo?
¿Vas a ir a verla? Voy contigo.
No, me ha pedido por favor Ignacio que no vayamos hoy
porque le quiere contar toda la verdad a María.
Otro que lo está pasando mal, ¿eh?
No hay derecho.
A ver, Manuela.
Visto el panorama, ¿qué puedo hacer?
Nada, suegro, nada.
Bueno, que esté pendiente de su hijo,
que lo está pasando muy mal.
No te preocupes. Ah, y otra cosa.
De momento no le diga nada a Luisita,
que es capaz de ir corriendo a ver a su hermana
antes de que Ignacio le cuente toda la verdad.
Ya, bueno...
¿Dónde estabas? Mira qué hora es.
-Ya, perdón, es que estaba todo... -Venga, que tenemos tiempo.
-No, Álvaro... que estos están al caer.
Lo dejamos para mañana mejor. -No, uno rapidito.
El que dejamos pendiente ayer. -Que no, Álvaro, te he dicho que no.
Luego la revolucionada soy yo.
-¿Y qué culpa tengo yo de que se nos dé tan bien?
Vamos a practicar para convertirnos en auténticos expertos.
-Que no, que no... No, Álvaro, no.
Que no, que me da mucha vergüenza si nos ven...
Y Miguel, ¿qué cara pondría Miguel, por favor?
-Qué más da, si está curado de espanto.
-Bueno, ya, es verdad.
-Oye...
¿Y si después de trabajar, nos vamos a tu casa?
-¿A mi casa? -Sí.
-¿Como si fuéramos pareja otra vez?
Álvaro, creo que te estás confundiendo
con lo que está pasando aquí.
-Que no, Nieves, que no me estoy confundiendo.
Que... Que ya sé que esto es sexo y solo sexo.
A lo mejor la que te confundes eres tú.
-¿Yo? -Sí.
A ver, llámame loco, pero en tu casa hay una cama, ¿no?
Y hacerlo encima de la mesa de la redacción
no es lo más cómodo del mundo.
-Pues no, la verdad.
Oye, pero...
sentados no hemos probado, ¿no?
-A ver, aclárate, porque me acabas de decir...
-Calla, que son las hormonas.
-Perdonad, ¿esto sigue siendo la redacción del "Hasta luego"?
Bueno...
Hay un hotel aquí cerca, que no sé si lo conoceréis,
el Hotel La Estrella, que está bastante bien.
Ah, bueno, son familia tuya, ¿no, Álvaro?
-Muy gracioso, Miguel.
-Bueno, puede que te hagan un precio especial.
Venga.
Sí.
Sí, es muy importante que le dé el recado al doctor, por favor.
Sí, y que me llame cuando pueda.
De acuerdo.
Gracias.
Adiós.
Creo que has elegido un mal momento para venir a despedirte.
No vengo a despedirme, Vicente.
Vengo para instalarme aquí.
¿Cómo? Pero ¿de qué estás hablando?
Sé que me necesitáis.
Así que si te parece bien, me quedo.
Sí...
Bueno, es que pensé que no te volvería a ver,
y ahora de repente... Vicente, os viene bien la ayuda.
Dime, ¿has hablado con el doctor Álamo?
Estoy esperando que me llame.
Ha quedado en hablar con un colega suyo,
que es experto en tumores cerebrales.
Bueno, el doctor es el mejor neurólogo de España,
así que si alguien puede hacer algo por tu madre, es él.
Hablar con él es más difícil que con el mismísimo papa.
Si no está en consulta, está en el quirófano
o dando una conferencia...
Oye, ¿y si voy yo al hospital a verle?
Cuanto antes tengamos el diagnóstico,
antes podremos tener un buen tratamiento.
Pues sería perfecto.
Pues mira, voy a hacer una cosa. Voy a hablar con mi amiga Silvia.
Que venga a cuidar a tu madre y yo voy al hospital.
Pero ¿podrá? Sí, podrá.
Y tú ve al King's, que es lo que tienes que hacer.
Te agradezco mucho que hayas cambiado de idea
y que hayas venido a quedarte.
Vicente, quiero que quede clara una cosa.
Lo que pasó el otro día... no quiero que se repita.
Si estoy aquí, es por tu madre.
Nada más.
Tranquila.
Lo que pasó la otra noche no volverá a repetirse.
Prométemelo.
Tienes mi palabra.
Venga, ponme un cortado bien cargadito, por favor, Pelayo.
Hala, ¿y qué tal va la mudanza?
Bueno, yo creo que este fin de semana
ya está todo hecho.
Ya sabes lo que dice el refrán...
"Casa nueva, vida nueva".
No, yo voy a seguir con los mismos hábitos.
Aquí me vas a tener todos los días a desayunar.
¿Y se lo está tomando con la misma flema Silvia que tú?
No te creas, eh, que últimamente ha estado un poco alterada.
Fíjate que yo he llegado a pensar que le costaba dar el paso.
Ah, ¿sí? Sí.
Sí, bueno, lo que pasa que luego la decisión de Benigna
de irse a México le ha abierto los ojos.
¿Qué tiene que ver la decisión de Benigna de irse a México
con el nerviosismo de Silvia?
Verás, esto...
esto que quede entre nosotros.
Es que Benigna se ha enamorado de mí.
Y necesita poner un océano de por medio.
Ah, ¿sí?
Lo que oyes.
Y claro, esa es la razón
por la que Silvia estaba tan nerviosa,
porque le mataban los celos.
Pero ahora que Benigna se va, ya se ha relajado un poco.
¿Y tú estás seguro de todo eso?
Que sí, que me lo ha medio dicho Silvia.
Padre, me voy a por huevos, que no quedan.
No tardes. Quintero, ¿qué tal?
Bien...
¿Qué tal María?
¿María?
Pero ¿qué pasa, tú no has hablado con Ignacio o qué?
Sí, cuando estaba en el hospital.
¿Hay algún problema?
Oye, gracias por quedarte con Concepción.
Es que tengo que ver al neurólogo que lleva su caso.
Tranquila, si no tengo nada mejor que hacer.
Bueno, está dormida y está tranquila,
así que es mejor dejarla estar, ¿de acuerdo?
¿Y te vas a quedar aquí mucho tiempo?
Bueno, el que necesite, tengo que ayudarla.
Bueno...
Entiéndeme, no es que cuestione tu generosidad,
pero ¿por qué te preocupa ahora tanto esa mujer?
¿Hay alguna razón?
Silvia, es que ni siquiera lo tengo claro.
No sé, creo que lo hago por intentar perdonarme
lo que le hice a Salvador, pero...
¿Y tú te has parado a pensar cómo le sentará a Carlos
que estés viviendo con Vicente, con su hermano?
Carlos no quiere que la cuide.
Pero es que tengo que hacerlo.
Así que aunque se moleste, lo voy a hacer igual.
¿Estás segura? Sí, estoy segura, Silvia.
Entiendo que no quieras verme.
No quiero incomodarte, si quieres, vuelvo más tarde.
-Ya te dije que tenemos que aparentar normalidad.
Por Mónica. Así que si tienes trabajo que hacer, puedes hacerlo.
Solo te pido que lo hagas en silencio, por favor.
-Sí, claro, lo que tú digas.
No deberías beber.
Y menos a estas horas.
No quiero que te pase lo mismo que a Gabriel.
-Ya sabía yo que lo del silencio iba a ser imposible.
-Sé que no estás bien conmigo y que no piensas perdonarme, pero...
quiero que sepas que estoy dispuesta a cambiar.
-¿Cambiar? ¿Tú?
Pero ¿hoy qué es, 28 de diciembre y yo no me he enterado?
-Hijo, yo... -Sí, tú, exactamente, tú.
Tú eres el verdadero del problema.
Que te crees el centro del universo
y que todo gira entorno a ti, hombre.
-Pues si no estás así por mí,
¿por qué estás bebiendo a estas horas?
-Que no te importa. -Es por ella, ¿verdad?
Por Ana.
-No la nombres, por favor.
-Sigue haciéndote daño.
-Que lo dejes estar te digo.
-No, si no te culpo.
A mí tampoco me sería fácil verla todos los días
con ese bastardo.
Supongo que se repite lo que hizo con Gabriel.
Os está enfrentando, volviéndoos locos de celos,
¿no lo ves?
Y todo porque tiene nuestro dinero, a saber lo que tiene entre manos.
-¡Te he dicho que te calles!
¿Cuánto odio tiene que salir por tu boca
para que la cierres de una vez, eh?
Ana no es así.
Está viviendo con Vicente porque está cuidando de su madre.
A ver si lo entiendes ya.
-Cada uno ve lo que quiere ver, Carlos.
Es tu elección.
Domingo, ¿estás solo?
¿Puedes hablar?
Bien, quiero que hagas algo por mí.
¿Qué ha dicho el médico? -Vamos a ver.
E médico que le lleva la hipertensión pulmonar
dice que hay que abortar.
Es muy peligroso seguir adelante con el embarazo.
-Cuando un médico dice eso, hijo...
es que no encuentra otra solución. -Ya lo sé.
Pero el médico que le lleva el embarazo dice
que hay un porcentaje de mujeres que sí se salva
si se practica una cesárea.
-Pero entonces, ¿qué pensáis hacer? -Yo lo tengo clarísimo.
Porque yo de ese médico no me fío ni un pelo,
porque me ha reconocido a mí personalmente
que se niega a practicar abortos
porque se acoge a la objeción de conciencia.
-O sea que es más papista que el papa.
-Efectivamente.
-Bueno, quiero que sepas que si el criterio del médico
avala la posibilidad de muerte de la madre,
prevalece la sentencia del supremo del 74,
o sea que podríais abortar legalmente.
-Eso lo sé yo, ese no es el problema.
El problema es cómo se lo digo a María.
-Pero ¿María no lo sabe? -No.
Yo no sé cómo decírselo, de verdad.
Ahora encima está tan ilusionada con eso de ser madre
que ya se ha hecho a la idea.
-Bueno, pues cuanto antes. No se lo puedes ocultar.
Tiene que saberlo cuanto antes para ver qué decisión tomáis.
-No hay que tomar ninguna decisión.
María corre peligro, corre peligro su vida,
pues ya está tomada la decisión.
En maldita hora yo la empujé a que siguiera adelante con esto.
-Oye, oye, no digas tonterías, por favor.
Solamente falta que ahora te sientas tú culpable.
-Por supuesto.
-Tú no sabías la enfermedad que tenía María.
-Qué silencio, ¿no?
Ni que hubiera pasado un ángel.
-No, he venido a ver qué tal estabas, cariño.
-Pues ya me ve, Justo, estupendamente.
Eso sí, con un hambre de lobo.
Que también es lo que corresponde en mi situación, pero vaya.
Que yo creo que va a salir glotón. O glotona.
Esto nunca se sabe.
Pero yo tengo la intuición de que va a ser un pequeño Solano,
fíjese lo que le digo.
-Bueno, pues yo me voy a marchar, que no os quiero molestar más.
Y además, que tendréis que hablar.
-Muy bien. -Adiós.
-Gracias, Justo. -Adiós.
-Cuídese.
Cariño, menos mal que se ha ido, porque yo tengo un hambre,
de verdad, que no puedo parar de comer.
Y esto sabes lo que significa.
Que yo ya estoy estupendamente.
-María... -Ven.
Gracias por todo, cariño.
-Escúchame, María. -No, cariño, escúchame tú a mí.
Sé lo que me vas a decir.
Que es muy precipitado, ya lo sé porque te conozco,
pero ¿y si vamos haciendo una lista con nombres
que nos gusten a los dos, para niño y para niña?
-A ver...
-¿Qué? -Qué buena idea.
-Claro.
-Pero yo creo que a lo mejor nos estamos precipitando un poquito.
-¿Ves? Si ya sabía yo que me ibas a decir eso.
Pero, cariño, que sí, que tienes razón, que queda mucho.
Qué bonito eres.
¿Me lo estás diciendo en serio?
¿Álvaro y tú, aquí, y varias veces? -Sí, sí.
-Madre mía, y en esa mesa, y en estas sillas, Dios,
qué asco, Nieves, de verdad,
es que no sé si lavarme las manos, si ponerme guantes...
-Ay, qué exagerada eres, Carol.
Que no pasa nada, de verdad. No es para tanto.
-Ay, pero ¿no te da cosa que entremos aquí a trabajar,
no sé, que venga alguien?
-Es que no sabes lo bien que me lo estoy pasando
y lo poco que me arrepiento.
Bueno, y tú qué, ¿no tienes algo que contarme?
¿Algo o alguien relacionado con el País Vasco?
-Ay, pues sí, mira, llevamos quedando un par de días
y parece que la cosa va bien.
-Pero ¿bien bien o bien a medias?
Tú ya me entiendes. -Muy bien.
Muy bien.
Si es que ayer estábamos en el cine, menos mal que encendieron las luces
porque si no, yo no sé qué hubiera pasado.
-Dime que te susurra al oído en euskera.
Que te pone a mil.
Es que a mí lo de los idiomas...
-Los idiomas y cualquier cosita,
que a ti se te enciende la mecha muy rápido.
-Ya, las hormonas hablan por mí, yo qué sé.
Pero, bueno, al tema.
¿Qué?
-No, venga, ahora hablando en serio.
Sinceramente, yo quiero hacer bien las cosas con Jon.
Y además, después de todo lo que ha pasado,
es que no le quiero presionar.
-Eso es que te gusta de verdad, ¿no?
-Pues sí, la verdad es que me gusta mucho.
-Pues precisamente por eso,
Jon lo que necesita ahora mismo es hacer el amor y no la guerra.
-Si ya lo sé.
Lo que pasa que no quiero correr y echarlo todo por tierra.
-Ya...
Porque te gusta mucho.
Tienes una misión, Carol.
Tienes que reinsertar a Jon en la sociedad
en todos los sentidos.
-Si al final vas a tener razón y voy a tener que lanzarme y todo.
-Pues claro, que la vida son dos días
y hay que aprovecharla.
Pero bueno, vete a un sitio
donde no enciendan las luces, por favor.
-Sí, y a un sitio donde no puedan entrar
los compañeros de trabajo.
-Oye, si tú quieres probar aquí, a mí no me importa.
-No, si ya sé dónde podemos ir. Tengo el sitio perfecto.
Yo, abuelo, la verdad es que no sé por qué no sabemos nada
de mi hermana María.
Bueno, no ha llamado porque todo va bien.
De lo contrario, lo habría hecho.
Ya, abuelo, pero es normal que me preocupe, ¿o no?
-Hola, familia. -Hola.
¿Qué pasa?
Pero, Pelayo, ¿qué hace que no tiene puesta la radio,
con el programa ese que tanto le gusta?
Esta mañana me decía que tenía muchas ganas
de escuchar hoy "Las flechas de Cupido".
Ah, sí, es verdad, se me ha ido el santo al cielo,
tienes razón.
¿Me estáis diciendo de verdad lo de ese programa?
-Tú calla que tu abuelo sabe lo que escucha.
-Pero si ese programa solamente es de enamorados
que se escriben cartas, por Dios.
-Sí, algunas son muy bonitas, algunas hasta te hacen llorar.
-Mira, justo lo que necesita esta familia, llorar.
-Llorar de amor, Luisi. Silencio.
"De todas las cartas recibidas esta semana,
destacamos una en especial, la carta que un oyente, Amelio,
le escribe a su enamorada María Luisa.
Amelio dice así.
Soy un espíritu libre y mi corazón no tiene dueño,
pero sí tiene dueña.
Ella es una mujer preciosa y valiente de la que me enamoré
desde el primer día que la vi.
Por eso espero que nada ni nadie nos separe jamás."
¿Qué?
¿Qué te ha parecido mi sorpresa?
-Tu sorpresa...
-Anda, ¿quién crees que le dio la idea a Amelia
de mandar la carta a la radio para hacer público vuestro amor
delante de todo el país?
Amelia, Amelio...
¿No lo pillas?
Que fue idea mía.
Si es que estás a uvas.
¿No decías que Amelia no se preocupaba por ti?
¿Te parece poca preocupación esto?
Que sí, abuelo, que tiene usted toda la razón del mundo,
que no hay que enfadarse por tonterías.
Hala, me voy. ¿A dónde vas?
A buscar a Amelia, ¿dónde voy a ir?
Hola. -Hola.
-Te estaba buscando. -Yo también.
-Quería hablar contigo, ¿nos sentamos?
Que acabo de escuchar en El Asturiano lo de...
la carta que enviaste al programa de "Flechas de Cupido".
Y me ha parecido muy bonita y muy sincera sobre todo.
-Sí, era muy sincera.
-Aunque es una pena
que has tenido que utilizar el pseudónimo.
-Ya.
¿Entonces te ha gustado?
-Me ha encantado, y es una pena que no pueda demostrarte
todo lo que me ha gustado.
-Por eso necesitamos urgentemente un piso, donde vivir.
-Pues sí, nos urge mucho, la verdad.
-Pero con la producción de la película no sé
cuándo la voy a hacer, la verdad.
-Bueno, no te preocupes porque yo puedo buscar por las dos,
como siempre.
-De hecho, hay algo que hace días que quiero contarte, Luisita.
A ver...
Para la promoción de la película, el director nos ha pedido...
a mí y al actor principal hacer unas fotos,
así, en plan amigos.
-¿Cómo de amigos?
-Bueno, pues a ver, que se note que hay química.
De hecho, he pedido hacerlas aquí en la plaza
para no sentirme tan extraña.
-Ya, o sea que me lo voy a tener que comer con patatas.
-¿Tanto te molesta?
-Depende lo amigos que tengáis que parecer
en las fotos, Amelia. -Luisita.
-Bueno, ya está, está bien, me da igual.
Por lo menos me has prevenido y así ya estoy preparada.
-Bueno...
-¿Este es el guion?
¿Me dejas leerlo? -Claro.
Aunque texto lo que se dice texto no hay mucho.
No te va a quitar mucho tiempo.
Tanto hablar de arte y ensayo, y al final, a la primera de cambio,
a desnudarse.
-Ya.
Pues qué pena.
-De hecho, hay una escena que no me acaba de salir, Luisita.
-¿Cuál?
-La que hacen el amor con mucha pasión.
-Ya.
-¿Me ayudarías a ensayarla?
¿En la pensión?
-Me encantaría ayudarte a ensayar la secuencia.
-Vamos.
¿Quién es usted? ¿Y qué hace en mi casa?
-Tranquila, soy Silvia, la amiga de Ana.
Es que ha ido a hacer un recado
y yo me voy a quedar con usted hasta que ella venga.
¿Se encuentra bien?
Siéntese.
-Es como si...
Como si mi cabeza fuera a estallar.
-¿Y tiene... alguna medicación para ese dolor?
-Ahí en el cajón están las pastillas.
-Aquí... -Son las únicas que me calman.
-Está vacío...
-Este dolor es insoportable. -Ya...
¿Puedo prepararle una infusión hasta que venga Ana?
Que seguro que ella sabe qué hay que darle
para quitarle ese dolor.
-¿Por qué no vas a la farmacia a comprarlas?
Ahí encima del mueble está la receta.
Estoy segura de que Ana arreglará cuentas contigo luego.
-Una farmacia, sí...
Yo busco una farmacia.
Vuelvo enseguida. -Muchas gracias.
Gracias.
Niño...
y niña.
Cariño, ven aquí, siéntate.
A ver, dime los cinco nombres
que más te gusten para niña y para niño.
Porque he leído en una revista
que cuanto antes le llames por su nombre,
antes reconoce tu voz.
-María... -Que sí.
Que no se nota que estoy embarazada, cariño, pero me hace ilusión.
El primer trimestre es el más importante.
Tanto para los padres como para el niño,
porque es un tiempo que es fundamental
porque empieza... -María, por favor, escúchame.
-Cariño, perdóname.
Perdóname, que me embalo y no me callo.
Cariño, escúchame, Ignacio.
Lo peor ya ha pasado, yo estoy bien, así que no te preocupes.
No te preocupes.
-Que sí me tengo que preocupar, María.
-Bueno, pues dime por qué.
-Vas a tener que abortar, María.
-¿Cómo?
-Han descubierto que tienes hipertensión pulmonar.
Es una enfermedad muy rara y peligrosa,
y afecta a la madre
a medida que va avanzando el embarazo.
Y el médico dice que si no abortas, tu vida corre mucho peligro, María.
¿Y quién dice que es usted?
-Soy el doctor Bernard.
Soy colega del doctor Álamo, el que la trata a usted.
-Ah, pensé que era esa amiga de Ana con las pastillas para el dolor.
-Ah, Ana...
¿Quién es Ana?
-La novia de mi hijo Vicente.
Ella me cuida muy bien, como es enfermera...
-Claro, claro...
La novia de su hijo...
El caso es que el doctor Álamo está muy ocupado
y me ha pedido que me acerque para ver cómo estaba usted.
-Pues ya lo ve, doctor, a ratos.
Unas veces mejor y otras peor, como ahora, que...
que parece...
parece como si la cabeza me fuera a estallar.
-Siéntese, siéntese.
Permítame que vaya a por su medicación.
-No, si ya ha ido esa amiga de Ana a por ellas.
-Ah. -Ahora vendrá.
-Bien, al menos conserva usted la presencia de ánimo,
que en definitiva es lo que cuenta, ¿verdad?
Y supongo que en parte es gracias a esta chica...
Ana, ¿verdad?
Dígame una cosa.
¿Ella vive aquí?
-Bueno, ha venido para ayudarme.
Pero yo creo que en el fondo lo hace para estar más cerca de Tito.
Y eso me tranquiliza bastante, ¿sabe?
-Claro.
Se ve que le gusta.
-Es una chica estupenda.
Y yo me quedo más tranquila porque sé que si falto,
Tito va a estar muy bien cuidado.
Bueno, además, van a casarse.
-Van a casarse...
Vaya.
Qué noticia más extraordinaria.
-Al final, la felicidad de los hijos es la mejor medicina,
¿no cree, doctor?
-Completamente de acuerdo.
En fin, en vista de que está usted bien cuidada...
me marcho.
-Pero ¿no va a esperar a la amiga de Ana?
-No creo que sea necesario.
Además, como comprenderá, tengo otros pacientes que atender.
No se levante, por favor, conozco el camino.
Quédese aquí descansando.
-Muchas gracias, doctor, y hasta pronto.
Gracias por interesarse. -No hay de qué.
El doctor Álamo cree que puede tratarse
de un tumor cerebral.
-¿Un tumor?
¿Y qué consecuencias tiene?
Pues habrá que esperar al diagnóstico definitivo,
pero lo que está claro es que va a condicionar su vida
hasta el final.
-Vicente, pero...
No sé, una solución habrá, digo yo.
-Pues me gustaría creerlo, Benigna,
pero mejor ser realista y hacerse a la idea cuanto antes.
-No sabes cuánto lo siento, de verdad.
-Ana, ¿has estado en el hospital? Sí. Hola, Benigna.
Hola, Ana. He estado con el doctor Álamo.
No te preocupes, Benigna está al tanto de todo.
Pues el doctor ha hablado con un compañero de Estados Unidos
y me ha dicho que los síntomas de tu madre
son alarmantes, Vicente.
Me lo temía. Verás.
Hay que hacerle una resonancia magnética
para saber el grado de lesión. Ay, Dios mío, ¿y eso qué es?
Es una prueba que se realiza en Houston, Estados Unidos,
y así podremos saber un diagnóstico y tener un tratamiento apropiado.
Pero entonces, ¿hay esperanza?
Bueno, ha dicho que el tiempo corre en su contra.
Pero ¿lo ves? Hay una posibilidad.
Al otro lado del mundo, pero la hay. Eso es bueno.
-Ya, claro. ¿Cómo voy a pagar todo eso?
-Yo te puedo ayudar.
-No, Benigna, muchas gracias, pero es mucho dinero,
y usted lo necesita para su viaje a México.
-A ver, sí, en eso tienes razón,
pero vamos, que si puedo echarte una mano, Vicente,
no dudes en pedírmelo. -Gracias.
-Y ahora os tengo que dejar, que voy a ir a ver a Manuela.
No está pasando por su mejor momento precisamente.
Pero ¿qué ha pasado?
Pues mira, que cuando los asuntos de salud se tuercen,
parece que se tuercen para todo el mundo.
Ya os contaré. -Adiós.
Muchas gracias por haber hablado con Álamo.
Nada.
Vicente, ¿qué vas a hacer?
Pues llevar a mi madre a Houston, sea como sea.
Pero ¿y el dinero?
Voy a reclamar lo que es mío por justicia.
Ya no es un asunto que me concierne solo a mí.
Con permiso.
-¿Por qué has tardado tanto?
-He tenido que esperar fuera de la casa
hasta que la señora se quedara sola.
-Siéntate.
-Luego me he hecho pasar por un colega del doctor Álamo...
-Al grano, Domingo, ¿qué has averiguado?
-Pues verá...
Al parecer, Ana...
se ha mudado a vivir a su casa.
Y está viviendo con ellos, con Vicente y con doña Concepción.
Y aquí viene lo más gordo.
Según ella...
se van a casar.
-¿En serio?
Bueno, una boda siempre es una buena noticia.
Ahora solo falta que Carlos se entere de ella.
-Oiga...
Doña Ascensión, con todo el respeto...
Hacer daño a su hijo don Carlos no le va a facilitar las cosas.
Y tenga una cosa en cuenta:
esa señora tiene algún tipo de enfermedad mental,
no está bien de la cabeza.
-Ya, Domingo, ya.
Pero ¿sabes qué ocurre?
Que yo no te pago para que pienses,
sino para que actúes y que obedezcas.
-Claro, doña Ascensión.
Lo tengo muy claro.
Su prometida...
Una muy buena noticia.
Ya, Ignacio, ya...
No, tranquilo, no te preocupes, pero, bueno,
que sepas que estamos aquí,
estamos pendientes, para lo que necesites.
Sí, sí, claro...
Venga, adiós...
¿Qué ha dicho? Cuéntame.
Pues nada, que...
que ya se lo ha contado a María,
y que ella se ha encerrado en su habitación y ahí sigue.
Bueno, pues venga, voy para allá a verla, digo yo.
No, no.
También le ha dicho que prefiere vivir esto
ellos dos solos.
¿Cómo que ellos dos solos? ¿Y nosotros qué?
Quiero decir, no nos vamos a quedar aquí
de brazos cruzados, ¿no?
Me voy ahí al hotel, que hay un médico hospedado,
le pregunto...
Marcelino, no todos los médicos tienen que saber
qué le pasa a nuestra hija. Bueno, pero igual este sí, Manuela.
Por probar no perdemos nada.
Digo yo...
Pero, bueno, Manuela...
¿Dónde va Marce con tanta prisa?
Se va al hotel a ver a un médico que está allí hospedado,
a ver si le dice algo más de lo de María.
Ya sabes cómo es. Bueno...
Aquí lo principal es María.
Lleva horas llorando.
¿Y tú, cómo estás?
Bueno...
deseando que pase esta pesadilla
y que hagan a mi hija lo que le tengan que hacer,
pero que ya no corra peligro, Benigna.
Pero, bueno, hoy me he prometido que no voy a llorar
y que tengo que estar fuerte por María, por Marcelino,
por todos. Bueno, conmigo te puedes desahogar.
Entre tú y yo no tenemos que hacernos las fuertes, Manuela.
Para eso estamos las amigas. Gracias.
Benigna, de verdad.
Así que conmigo, si quieres, afloja.
Uy. -Hola, ¿qué tal?
Que me he encontrado con Marcelino
y ya me ha dicho, pues eso,
que Ignacio ha hablado con María, ¿no?
Sí. ¿Cómo va la cosa?
Bueno, pues ahí va.
Os pongo unos cafés, ¿no? Gracias.
-Qué perra es la vida, ¿eh?
Y qué injusta muchas veces, ¿verdad?
-Pues sí.
-Nunca te da lo que quieres.
-Pues no.
-A ver, Benigna...
Me estoy esforzando por iniciar una conversación
y tú no estás poniendo nada de tu parte.
-Justo, yo ya te dije todo lo que te tenía que decir.
Y bien a gusto que me quedé, por cierto.
Aquí están los cafés.
Cualquier cosa que necesitéis, estoy en la cocina, me llamáis.
Gracias, gracias.
No, si no digo yo que no te quedaras a gusto,
pero imagínate cómo me quedé yo después de que me soltaras la bomba.
Me quedé muy preocupado.
Que parece mentira que no me conozcas.
O sea, tú dices las cosas así, y claro, ahora me siento culpable.
-¿Culpable por qué?
-Por ti, no sé.
Por la decisión tan drástica que has tomado de irte ahí,
a México, y poner tierra de por medio.
Y además, si te sale luego mal, ¿qué?
Me lo vas a echar en cara.
-No me va a ir mal.
Así que no voy a tener nada que reprocharte, Justo,
descuida.
-¿Y cuándo te vas?
-Pues la semana que viene, ya tengo el billete.
Ahora parece que eres tú el que no está muy hablador.
-¿Qué quieres que te diga, Benigna?
Si es que me da una pena que marches.
Pero es verdad que cuando uno toma una decisión
hay que hacerlo con ilusión, y además, como dice Silvia,
es mejor que te marches para todos.
-¿Cómo?
¿Que Silvia ha dicho qué?
-A ver, o sea...
Cuando yo le he contado que te marchabas,
me ha dicho eso, que era lo mejor que podías hacer,
iniciar una nueva vida.
-Vaya, vaya...
Así que eso ha dicho tu Silvia, ¿eh?
Pues sí que es verdad que funciona lo del Prado.
-¿No vas a irte nunca a casa?
-Te estaba esperando porque quiero comentarte algo.
A ver, Carlos, sé que no quieres que hable de Ana.
-Mamá, por favor, ya lo hemos hablado.
-Déjame terminar.
Pero creo que hay algo que tienes que saber.
Se ha ido a vivir con ese bastardo.
-Mira, si es otro de tus trucos,
te advierto que estás llegando demasiado lejos.
-Pregúntaselo a Domingo, si no me crees.
Porque la verdad que no están siendo especialmente discretos.
Una cosa es cuidar a su madre
y otra muy distinta es meterse en su casa, ¿no crees?
¿No lo ves?
Ana solo nos quiere por nuestro dinero.
Si no, ya verás lo poco que tarda ese hombre
en venir a por más,
con la excusa de que su madre está empeorando.
Él hace lo que ella quiere, ¿no lo ves?
Igual que hizo con Gabriel, que hizo contigo.
Lo que sí hay que reconocer es que es una manipuladora experta.
Oculta lo esencial.
Como su responsabilidad en la muerte de tu padre,
que en paz descanse. -¡Bueno, basta ya!
Y lárgate de aquí, venga.
Que no haces más que escupir veneno.
-El dinero también cura, hijo.
¿Qué haces aquí? ¿No íbamos a ir al cine?
-Hola...
Sí, pero es que como ya fuimos ayer, me apetecía cambiar de plan.
-Ah... A mí me gustaría invitarte aquí a cenar,
pero es que no me llega el presupuesto.
Podemos ir a El Asturiano y tomar algo...
-Que no tengo hambre, Jon. -Ah.
-Que... bueno, no sé, podemos saltarnos la cena
e ir directamente al postre.
-Ah, algo dulce igual te apetece más.
-Sí, algo dulce, sí.
Estoy así como golosa. -Ah, golosa...
-De hecho, bueno, tengo... una caja de bombones ahí.
En la habitación.
-Ah, en la habitación...
Pues...
bueno...
-¿Vamos? -Sí, sí...
Dios mío, esto en Euskadi pecado no, esto es milagro.
Mira, será mejor que te marches ahora mismo.
Ni son horas ni eres bienvenido.
-Necesito mi dinero, lo quiero ahora.
No voy a esperar a que vuestros jueces comprados
se pronuncien. -¿Y qué vas a decirme ahora?
Que lo necesita tu madre porque ha empeorado, ¿no?
-¿Quién te lo ha contado?
Necesito el dinero para tratarla, sí.
-Ya, pues no sé, pensé que con una enfermera
instalada en tu casa, tu madre estaría mejor.
-Desgraciadamente Ana no puede hacer nada
para mejorar su estado.
-¿Hace cuánto que se ha ido a vivir contigo?
-No tengo que darte explicaciones de nada, ¿comprendes?
-¿Puedes venir aquí a mendigar el dinero que no te pertenece?
-Ese dinero es tanto mío como vuestro.
Lo necesito para mi madre.
-¿Algún problema, don Carlos?
-Jesús, será mejor que acompañes a esta escoria a la salida.
Venga, fuera.
-Esto no va a quedar así.
Sí...
-Pues esta para ti y esta para mí.
Por el nuevo Jon.
-Por ti, que has sido la responsable de mi cambio.
-Jon, de verdad, que si has llegado donde has llegado
ha sido por ti solo.
Yo solo aparecí al final del camino y ya está.
-Que no, cuando salí de la cárcel, yo me podía haber hundido y...
y ahí estabas tú, Carolina.
No sabes lo importante que has sido para mí.
De hecho, has...
has sido la razón por la cual seguir adelante.
-Creo que es lo más bonito que me han dicho nunca.
-Si hay algo bonito aquí...
eres tú, Carol.
Ay, madre, qué peliculero.
¿No te gusta?
-Pues claro que me gusta, Jon.
Pero ven aquí, anda.
-Para, para un momento.
Eh...
Es que tengo que contarte una cosa.
-¿Qué pasa?
-A ver...
Es que no sé cómo empezar, es un tema complicado...
-Ya, Jon, si hay otra mujer, dímelo ya, no quiero esperar.
-¿Qué mujer? No hay nadie. Solo quiero estar contigo.
De todas las chicas del mundo, solo contigo, pero...
pero es que es un asunto un tanto tenso...
-Si ya lo sé, si es que...
Es que se lo dije a Nieves, de verdad:
"Nieves, yo quiero hacer las cosas bien".
-¿Nieves sabe que estamos aquí?
-Sí, lo sabe, y me ha puesto la cabeza como un bombo
porque ella siempre piensa en lo mismo...
Yo le dije: "Nieves, las cosas despacio".
-Carolina, escúchame. Escúchame un momento, por favor.
No he parado porque me sintiera mal ni porque no quiera estar contigo,
todo lo contrario.
Tú... me gustas.
Y mucho. Me encantas, Carol.
-Entonces, ¿qué pasa?
-Pero...
es que...
yo no tengo experiencia en esto.
-Si ya lo sé, me lo has dicho además muchas veces.
Por eso mismo yo decía: "No quiero hacer las cosas así".
-Digo que no tengo experiencia...
con chicas...
a nivel íntimo.
-Jon...
¿Me estás diciendo que eres...? -No lo digas.
-Me estás diciendo que eres virgen. -Lo has dicho.
-Madre mía, Jon...
Es que yo cuando me decías que no tenías experiencia,
no me imaginaba...
-Ya sé que he estado en ETA y he tenido una vida muy intensa,
pero no soy ningún aventurero de... ¿no?
-Pero cómo me puedes gustar tanto.
Que no pasa nada.
No pasa nada, no.
Vamos a ir despacio.
Y tú date el tiempo que necesites, yo no quiero correr,
yo quiero hacer las cosas bien.
No tengo prisa. -Bueno, a ver, un momento.
Una cosa es que sea virgen y otra cosa es que sea idiota.
Que tampoco...
-¿Y entonces?
-Bueno, pues que solo te digo que tengas paciencia conmigo,
pero que seguir, si quieres...
podemos seguir.
-A ver...
Hola.
¿Tienes un minuto?
Me gustaría que hablases con la madre de Carolina.
-Pues ahora mismo no es el momento oportuno.
-Es que la conocí el otro día en el museo
y resulta que también es guía turística, ¿te lo puedes creer?
-Vaya.
-¿Qué te pasa? ¿Estás bien?
-Sí, nada, que tengo que terminar con unos asuntos muy importantes.
¿Te importa que hablemos con ella en otro momento?
Y, por favor, di en recepción que no me pasen más visitas.
-Sí, claro.
-Gracias, hija.
Ay, Susana, lo siento mucho,
pero es que mi padre no puede atenderte ahora mismo.
¿Te importaría venir mañana? -Claro, no hay ningún problema.
-Además, no creo que haya ningún problema para contratarte,
teniendo en cuenta tu experiencia...
-Sí, Carolina siempre me ha hablado muy bien de él.
-Vaya, pues me alegro que no le guarde rencor
después de que su historia no terminase del todo bien.
Ay, lo siento.
Pensé que tú sabías que Carolina y mi padre
habían estado juntos, no tendría que haber dicho nada.
-No te preocupes, cariño, estoy al tanto de esa relación.
Por suerte, mi hija y yo estamos muy unidas
y nos lo contamos todo.
-Hola. -Hola.
-¿Qué tal con los turistas hoy, señorita De La Vega?
-Pues muy bien, Jesús. Mira, te voy a presentar.
A Susana, la madre de Carolina. -Encantado.
Y ahora se explica de dónde saca la señorita Carolina su belleza.
-Muchas gracias.
-Precisamente la he visto hace un rato
cuando pedía una habitación.
-¿Una habitación? ¿En el hotel?
-Sí, supongo que la necesitaría para algo de la revista,
una entrevista o algo así.
-¿A estas horas?
¿Te gusta?
-Mira, esta vez, no te voy a tomar el pelo.
Pero, madre mía...
-¿Tan mal?
-¿Cómo que mal?
Ha sido increíble, Jon, de verdad.
Si esta es tu primera vez, no me quiero imaginar la décima.
-Es que soy de Bilbao...
No, pero la siguiente me voy a esforzar más.
-Esto no es una competición, de verdad.
Así que gracias.
(Puerta)
Igual es el servicio de habitaciones.
-Pide más champán.
Mamá.
-¿Qué haces aquí, Carolina?
He subido porque pensaba que estabas haciendo una entrevista.
¿Tú quién eres?
-Eh... Yo soy Jon.
Jon Ilaramendi, encantado.
-¿El hermano de Miguel?
El terrorista.
-Hombre, dicho así, mujer...
Ay, ¿estás aquí?
-Hola, mi amor, sí. -Hola.
-¿Qué tal estás? -Bien, bien.
-Siéntate.
¿Tienes hambre? -No.
-He bajado a por algo de comer. -No, cariño.
De hecho, he aprovechado para hablar con el médico cuando has bajado.
-Ah, claro.
-Para que me informe bien de todo esto.
-Y yo supongo que tienes interés por saber qué es eso
de la hipertensión pulmonar. -Sí, escúchame, cariño.
El médico, no yo, el médico...
me ha dicho que hay esperanzas.
Esto quiere decir... Ignacio, por favor, escúchame.
Esto quiere decir que no todas las madres,
todas las mujeres que están embarazadas,
sufren este riesgo, puede ser mi caso.
-No puede ser tu caso, ese médico no es objetivo,
que yo he hablado con él, María.
-Ignacio, ha hablado de posibilidades.
Esto quiere decir que si yo guardo reposo,
que si me cuido y que si hago la cesárea,
puede ir todo bien.
-Tú no puedes seguir adelante con este embarazo
con la enfermedad que tienes, mi amor.
-¿Te crees que no lo sé, que estoy loca?
-Pues eso parece.
-No, pero quiero ver si hay algún tipo de posibilidad.
-Te estoy diciendo que no, escúchame bien.
Yo he hablado con el especialista, tú solamente has hablado
con el médico que te lleva el embarazo.
El especialista te juro por Dios que ha sido muy contundente, María.
No ha dado lugar a interpretaciones, María.
Tienes que interrumpir el embarazo.
-Ignacio... -Corres mucho riesgo, mi vida.
Incluso en este país se contempla el aborto legalmente.
¿Tú te crees que sería así si no fuese una cosa seria?
-Pero igual hay alguna posibilidad por pequeña que sea.
-Si hay alguna posibilidad de perderte,
yo te juro por Dios que no la pienso...
Yo no lo puedo permitir, mi amor.
-Ignacio, yo lo que no voy a permitir
es luchar contra lo que siento, porque es muy duro, mucho.
-Si yo te entiendo, de verdad,
pero por muchas esperanzas que te haya dado ese médico,
no puedes seguir adelante.
-¿Y si hay alguna posibilidad, Ignacio,
y yo me arrepiento toda la vida por no haberla utilizado, qué?
-Pues yo prefiero ver cómo te arrepientes delante de mí
a no verte nunca más.
-Ignacio, yo no sé por qué nos tiene que pasar esto
a nosotros.
No lo sé.
-Tú tranquila, que todo irá bien.
Tú confía.
No te ha dado el dinero. No.
Pero ¿le has contado cómo está tu madre?
Da igual, piensa que quiero engañarle.
Déjame que yo hable con él, ¿de acuerdo?
Con él no valen las palabras,
solo entiende un lenguaje, el de la fuerza.
Y es lo que va a tener. Vicente, ¿qué vas a hacer?
Escúchame, no llames al periodista.
Por fin la verdad sobre los De La Vega
va a salir a la luz.
No te dejes llevar por la rabia que tú no eres así, Vicente.
El error ha sido pensar que podía ayudarme.
Déjame que hable con él, por favor.
Pensé que tenía una hija juiciosa.
Y resulta que te has dejado engatusar.
-Mamá, yo no me he dejado engatusar por nadie.
-¿Qué es lo que pretendes?
¿Echar tu vida por la borda con un terrorista, hija?
-Mamá, por favor, baja la voz. Jon no es ningún terrorista.
-Pues bien que se te llenaba la boca con esa palabra
cuando tu amigo Miguel intentó meterle en la redacción.
-Ya, pero es que eso era antes.
Ahora sé que Jon ha sido una víctima.
-Hija, víctima son los heridos y los muertos del bar Rolando.
Por favor, cuéntanos qué es lo que te ha dicho
María exactamente.
Pues su hija me ha dicho que...
que está convencida de que ella es uno de los casos
en los que puede salir bien y que está dispuesta
a asumir el riesgo.
Pues yo no estoy dispuesto a asumir el riesgo,
así que me voy, hablo con la niña...
Escúchame, suegro.
Yo ya he intentado hablar con ella, no entra en razón.
He intentado ponerle en lo peor, pero no escucha.
Por favor, piénsese lo que le va a decir.
Le voy a decir que le prohíbo que siga con el embarazo.
Marcelino, por favor, qué poco conoces a tu hija.
¿A quién tenemos aquí? Si es mi buena amiga Silvia.
-Hola, Benigna.
-Mira, si vienes a pedirme disculpas,
lo siento mucho, no tengo tiempo.
Tengo muchísimas cosas que hacer.
-Pero ¿por qué me voy a disculpar?
-A lo mejor ni te has dado cuenta de lo que me has hecho.
-No te sigo.
-Que Quintero me lo ha contado todo.
Que me dijo que iba a convencerme para que no me fuera a México
y tú le dijiste que no lo hiciera.
-Claro, porque teníamos que respetar tu decisión
de poner tierra por medio.
-Claro, y a ti eso te venía la mar de bien.
Cuanto más lejos esté de vosotros dos, mejor para ti.
No estoy aquí por Vicente, estoy aquí por su madre.
¿Vas a venirme otra vez con el cuento
de que su vida está en peligro?
Carlos, no es un cuento, tú la viste en la plaza.
Yo vi en la plaza a una persona mayor
confundir a un hijo con su padre.
Así que le dices a tu amiguito que no vuelva a enviarte
para intentar convencerme. Os deseo que seáis muy felices,
pero lejos de mi vista evidentemente.
Carlos, Vicente y yo no estamos juntos.
Te ha faltado tiempo para echarte en sus brazos.
Al menos admítelo.
No pensaba que estaría tan nerviosa por las fotos.
-Pero es más que eso, ¿no?
Es un montaje para demostrar que no eres de la otra acera.
-Sí, y eso es lo que me pone mala.
Pero lo ha dicho el productor y lo tenemos que acatar.
-O sea que de cara a la prensa,
el actor de la película y tú sois pareja.
-Sí. Se hace la promoción de muchas películas
para darle morbo el asunto.
-Está claro que no te puedes fiar
de lo que lees en las revistas del corazón.
-Qué va. -Ya.
¿Cuántas parejas de actores habrá falsas?
-Si yo te contara, Silvia... -¿De verdad?
¿Soy yo o Luisita está más guapa que nunca?
Es que Luisita tiene una belleza especial.
Aunque María no tiene nada que envidiarle.
Por no hablar de su encanto personal,
porque lista y agradable lo es un rato largo.
-¿También te gusta María?
Pues como vayas detrás de todas las hermanas,
lo llevas claro.
-Es que María también está muy bien.
¿Te parece mal que me guste?
-No, solo me extraña que te fijes en una mujer casada.
Y si tanto quiere a Salvador, estará contenta,
porque pronto se va a reunir con él.
-¿Cómo?
Estoy perfectamente.
-Entonces, me han informado mal.
Ya le diré a mi hijo que no es cierto lo que me ha dicho.
-¿Su hijo?
¿Qué le ha dicho su hijo?
-Lo del tumor.
Que tiene usted un tumor...
aquí, en la cabeza.
Concepción no tiene la culpa de lo que ha pasado.
No debería pagar por ello.
Ana te ha estado ocultando algo terrible.
Pero no olvides...
que tuvo la intención de ir a la cárcel por ti.
Y te ha contado la verdad,
aun sabiendo que podías odiarla.
¿Eso no cuenta?
Si hay alguien en el mundo,
si hay una sola persona en la que puedes confiar,
esa es Ana López.
Mamá, si yo quiero seguir adelante es porque intuyo que de verdad,
no intuyo, porque sé, que todo va a salir bien,
que dentro de unos meses voy a tener a mi hijo en brazos
y los dos vamos a estar a salvo.
Está muy bien que te aferres a esa esperanza,
pero corres mucho peligro, María.
Pues no sé, ¿has venido a saber cómo estoy,
a preguntarme cómo me encuentro o a pedirme lo de todo el mundo,
que aborte?
Ahí, estupendo.
Miraos. Sonreíd.
¿Y quién se supone que es este señor que da tantas indicaciones?
-El jefe del cotarro, el productor.
Y en lo que a ti respecta, el causante de todos tus males.
-O sea, este es el señor al que no le gusta
que las chicas se quieran entre ellas, ¿no?
-Eso es. -Y por eso ha organizado el montaje.
-Un tipo chapado a la antigua.
¿Has estado llorando?
¿Tanto se me nota?
He venido aquí porque no quería
que Ignacio y Marcelino me vieran así.
Es por lo de María, ¿verdad?
Bueno, ¿cuándo entra en quirófano?
No entra.
No va a ir, Benigna.
Pero ¿qué me estás diciendo?
Pues eso, que se niega a interrumpir su embarazo,
por mucho que los médicos se lo hayan recomendado.
Doña Susana...
Buenas tardes. -Buenas tardes.
-Quería decirle que lamento mucho
que no nos hayamos conocido en otras circunstancias
y que siento muchísimo el mal rato que se llevó el otro día
y el sobresalto.
-Mire, joven, esos métodos no le van a servir conmigo.
-Ya, bueno...
Y que entiendo perfectamente
que no quiere que una persona como yo
esté con su hija.
-En eso ha acertado.
He ido a ver a Carlos. ¿Qué?
No te lo había dicho por si me lo impedías.
Bueno, he ido a hablar con él y le he pedido que os dé el dinero.
¿Y qué te ha dicho? No ha querido escucharme.
Cree que todos estamos tratando de engañarle.
Lo mismo que me ha dicho a mí.
Duda de las razones por las que estás viviendo
en la casa de concepción.
Me ha insinuado que Vicente y tú... Estamos juntos.
Es que no sé cómo sacarle esa idea de la cabeza.
¿Estás así por la vuelta de Ana?
¿No ha ido bien la cosa entre vosotros?
-Las cosas no van bien y...
no van a ir bien nunca.
-Vaya, pensé que había vuelto para arreglar lo vuestro.
-Mónica, ya no existe lo nuestro.
No hay nada que arreglar.
-Pues será porque tú no quieres,
porque yo estoy segura de que Ana te sigue queriendo.
-A veces, cuando las heridas son muy profundas,
el amor no basta.
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