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(Gaitas)
(Truenos)
Venga, vamos.
(GRITA)
Algo va mal, no puedo.
Sí puedes.
(GRITA)
Está sangrando demasiado,
tiene que parir ya. ¿Y va a dejar que una criada ciega
se haga cargo? No da tiempo a que llegue la partera
y Mariña tiene experiencia en partos.
¡Partos de animales! ¿Y eso qué importa ahora?
(GRITA)
Se va a morir.
(Quejidos)
(GRITA)
(GRITA)
Tranquila, amor. (LLORA)
Por Dios, pensé que no llegarían nunca.
Ya estamos, ya está. -Por aquí, por aquí.
-Ya está, ya está.
-Viene de nalgas. -Se nota a la legua.
(GRITA)
Isabela, abre las ventanas del pasillo.
Aquí hay concentración de demonios.
(GRITA)
Necesito agua. Y trapos limpios y calientes.
¡Rápido! -Tú te vienes conmigo.
(GRITA)
(GRITA)
(GRITA)
Purifico esta alma,
me libro de todos los seres,
de todos los seres,
de todos los desencarnados.
Purifico en el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo.
Necesito que empuje, que empuje.
Empuje, empuje, empuje. No tengo fuerzas.
Sí que tiene, sí que tiene. No puedo.
Empuja.
Ahora.
(GRITA)
Ahí, ahí.
Es usted muy valiente, muy valiente.
Muy valiente, doña Inés. (LLORA)
(GRITA)
Doctor. -Dígame.
-El puño. Colóquelo en la barriga y, cuando le diga, empuje.
-Ahora mismo. Estoy. Cuando usted me diga.
-Espere, espere, espere. Vamos, doña Inés, vamos.
¡Vamos, vamos, vamos, vamos, vamos!
¡Doctor! (GRITA)
("Meu amor", Leilía)
(Llanto de bebé)
¡Una niña!
¿Está bien? Está bien.
("Meu amor", Leilía)
Llévala ante la Virgen, Isabela.
¿Cómo le van a llamar? -Dejémonos ahora de nombres.
-Nada de eso. Usted será médico y yo, criada;
pero yo no se la presento a la Virgen sin nombre
como me llamo Isabela.
(Tormenta)
Mi querida Virgen del Carmen, mire qué cosiña le traigo.
Se llama Catalina.
Acójala en su seno y cuide de su madre,
y le prometo que no faltaré un día solo a misa.
Yo también tuve una niña.
¡Renata!
Mírala.
Se llama Clara. Pero te tiene que ver un médico.
Estoy bien. Y a la niña también.
(Llanto de bebé)
Bienvenida, Catalina.
(Llanto de bebé)
(Truenos)
Vas a tener lo que mereces, hija.
(Llanto de bebé)
Te lo prometo.
(Tema de apertura)
Se tiró encima y casi me tira.
Como le manches la ropa a Jaime,
te vas a enterar, ¿eh?
(RÍE) Cuando yo era como tú,
era muy bueno con esto.
A ver si me acuerdo. ¿Dónde se metió tu marido?
Tiene a los perros muertos de hambre.
Le dije mil veces que la comida
de los bichos era cosa suya.
Ya me encargo yo.
¿Y de ir a por más leña también?
De lo que haga falta.
Mira, ve al pueblo y tráelo
por las orejas antes de que vaya yo, ¿me oíste?
¿Me oíste, Renata? Sí, te oí. Isabela, te oí.
Con lo que gritas, te escuchan en toda la ría.
(ESTÁ EBRIO)
(Risas)
¡Arriba, inútil!
Renata, poco hombre veo yo ahí para tanta hembra.
(RÍEN) Arriba.
Ay, la Renata... -Que ya nos conocemos.
-Si te muerde, te pega la rabia.
(Risas)
-Mucha perra para tan poco hueso veo yo aquí, Domingo.
"Porco", que eres un "porco".
La Renata, qué guarra, hijaputa.
No tenemos todo el día, ¿eh?
Ya voy, ya voy.
Levanta.
¿Por qué ese apuro, "muller"? Es don Gustavo.
No digas una palabra. (EBRIO) Yo no voy a decir nada.
Domingo, ¿se puede saber qué hace ahí tirado?
Tuvimos que parar un momento.
Pero no pasa nada.
Los Valdés somos una familia respetable,
y nuestro servicio también debe serlo.
Si creen que dejaré que el guardés del pazo de Punta do Bico
se comporte de este modo... No volverá a pasar. Confíe en mí.
Llevamos años a su servicio,
nunca una queja tuvo.
Está bien, le tomo la palabra, Renata.
Aunque apenas nos hayamos tratado,
siempre me ha parecido una buena mujer.
Pero quiero que quede claro que esto lo hago por usted.
Porque su marido deberá esforzarse mucho
si quiere volver a ganarse mi consideración, ¿estamos?
Muchas gracias, don Gustavo.
Ayúdale a llegar al pazo antes de que alguien lo vea así.
Buenos días.
Buenos días, señor. Buenos días, Fermín.
¿Alguna novedad? Pues sí, tenía razón,
si seguimos creciendo a este ritmo,
necesitaremos más personal.
¡Lo sabía! ¿Dónde están ahora
los que echaban pestes del negocio, eh?
Muy bien. Pues empieza con la selección cuanto antes.
Mañana mismo. Y contrata mujeres
en aquellos puestos que puedan desempeñar.
Es una petición de mi esposa y quiero satisfacerla.
Muy bien. Pues si no necesita nada más...
Me he encontrado con tu hermano en el camino del pazo.
No se tenía en pie.
Fermín, si le di trabajo fue porque tú me lo pediste.
Me hago cargo, señor.
¡Eh, eh, eh! ¿Qué es eso que tienes ahí?
Me mordí.
No, no, no, no.
No quiero que te vean ahí dentro así. Trae.
"Me mordí".
Sigues anotando las homilías de don Castor.
Sí, no quiero que se me olvide nada.
Ya sabes lo que opino.
Por eso no quiero que opines.
Esto lo hago para las mujeres del pueblo,
es su opinión la que me interesa.
(SUSPIRA)
Al final, te vas a meter en un lío...
¿Por hacer que reflexionen?
¿Por pedirles que no se crean
todo lo que les cuentan sin pensar por sí mismas?
Precisamente por eso, sí.
Gracias, Dorinda.
He pensado, ahora que el aserradero va mejor que nunca,
¿por qué no hacemos algo con el almacén de sal de tu abuelo?
Inés, lo hemos hablado mil veces. Pero es el negocio de tu familia.
Sí, y les dio tantos problemas que terminaron
en un barco rumbo a Cuba.
Aunque, en realidad, me alegro,
porque, si no, nunca te habría conocido.
Podríamos...
Te veo esta noche.
Ya vino mi cuñado a cantarle las cuarenta.
Con lo formal que es Fermín
y tener un hermano que anda borracho por las esquinas.
En cuanto quedó solo, me llamó a gritos y ya ves.
Pero se cansó rápido, ¿eh?
No vale ni para dar una paliza.
Igual que una bestia eres.
Gracias. ¿Es eso lo que quieres oír?
Lo que quiero es que dejes de mirar a don Gustavo como lo miras.
A ver, yo nunca te juzgué y lo que dicen los demás de ti
lo mismo me entra por un oído que me sale por el otro,
pero si lo veo con mis ojos... ¿Y qué viste tú, eh?
¿Te da envidia que los hombres me miren? ¿Es eso?
¿Quieres saber lo que se siente?
Dale de comer a los perros y limpia la palleira.
Y, cuando acabes, te vienes conmigo al pueblo,
que necesito una mano. Ya les di de comer, vamos.
Las mujeres estamos llamadas a llevar la calma
y la delicadeza al hogar...
Tú mira la señora,
yo creo que van más mujeres a sus charlas que a la misa.
No entiendo lo que le ven. ¿Cómo no lo vas a entender, mujer?
Ella no es como el resto de las señoras de Punta do Bico.
Ya ves el respeto con el que nos trata.
Me acuerdo de su familia, los Lazariego,
vendieron todos los negocios que tenían en Vigo para ir a Cuba
a hacer fortuna y les salió redondo; por lo menos, durante un tiempo.
¿Tú sabías que doña Inés estudió en los Estados Unidos de América
y vivió en la 5ª avenida?
¿Y qué es la 5ª avenida?
Ay, pues una calle muy importante de allí, donde viven los ricos.
Ah. Y si tan especial es, ¿por qué terminó aquí?
Porque bebe los vientos por su marido.
Se conocieron en Cuba.
Él quería dejar atrás la isla y ella se vino con él.
Parece ser que su padre metió a una criada criolla en cama
y, cuando se enteró su madre, la mató.
Bueno, pero vete tú a saber qué hay de cierto en todo esto,
que a la gente le encanta hablar.
A hacernos preguntas, a querer ser más.
¿No, no queréis ser más?
¿No queréis crecer,
conquistar libertades,
conquistar nuestra mente,
pensamientos...?
(Aplausos)
¿Qué hace?
Vine a traer unas flores.
Márchese.
Me di cuenta de cómo me mira.
Sé oler el deseo en los hombres.
Márchese.
(Griterío)
¡Viva!
¡Guapa!
¡Guapa!
¡Viva!
¡Viva la Virgen!
-¡Guapa!
¡Guapa!
-¡Viva la Virgen! -¡Guapa!
-¡Guapa, guapa!
¡Bravo! -¡Viva la Virgen del Carmen!
¡Bravo! ¡Viva la Virgen!
¡Viva la Virgen! -¡Viva!
-¡Viva! -¡Guapa!
(Música clásica)
¡Jaime!
(AMBOS) Uno, dos, tres.
(Voces y risas)
¡Inés Lazariego!
¡Qué agradable encuentro!
Antonio Barba Peláez.
Adelina. ¿Y su marido?
Tengo unas ganas de decirle cuatro cosas...
Desde que decidió contratar a todas esas mujeres
por un sueldo tan alto,
las obreras de mi fábrica se creen que todo el monte es orégano.
Será que es lo que merecen. Te lo dije.
Antonio pensaba que iba a encontrar en usted a una aliada,
pero ya le dije que cojea del mismo pie que su marido.
¿Y de qué pie cojeo yo, Adelina?
Es usted un filántropo.
Y con valores no se hace fortuna.
Antonio, la esclavitud se abolió hace años.
Son las fiestas de la patrona,
dejemos los negocios para otro momento, si les parece.
¿Vamos?
(MUJER) Me encanta esta falda.
-Tú coses, ¿no? -Sí.
-Se nota muchísimo. Yo cosía, pero ya no me da tiempo,
tengo trabajo en la casa. Es imposible, desde luego,
pero te queda muy bien.
-Porque hacer las cosas a medida es hacer las cosas a medida.
Parece que no, pero se nota. Se nota bastante, además.
Ay, mira, pensaba que...
(Susurros)
Palabra de Dios. (TODOS) Te alabamos, Señor.
-Qué alegría ver esta casa llena de fieles.
Lo que no consiga nuestra patrona...
Hoy estamos aquí para celebrar el día de la Virgen,
para agradecerle que nos ayude en los problemas del día a día,
que nos salve de los enemigos del alma,
que nos ilumine en nuestra falta de acierto.
Por eso, en este día tan importante,
me gustaría que todos pensáramos en aquellos momentos
en que nos sentimos perdidos, al borde de un precipicio, tentados.
A menudo, los ojos del alma se acostumbran
a la oscuridad y se pierden en un pozo aciago
donde no hay virtud, donde no hay verdad,
donde pace a sus anchas el pecado.
Un pecado capaz de corromper al hombre más decente,
un pecado que pervierte nuestro espíritu
y empuja al infiel a caer en las peores idolatrías,
un pecado que nos empuja a desear lo imposible,
un pecado que nos arrastra a las tinieblas
y nos enseña a tapar nuestros apetitos
con mentiras y vanidad.
Qué sencillo es provocar la chispa,
avivar la brasa, abrir la llaga.
Me vuelves loco, Renata.
Lo sé. (PÁRROCO) Nos convierte
en bestias incapaces de responder más allá de nuestros impulsos,
prisioneros de un hambre voraz y una sed insaciable,
esclavos de la perversidad y ambición.
Qué fácil es arrastrar a un corazón puro y lleno de bondad,
colmarlo de deseos hasta incendiar su entereza
y convertir todo lo que toca en llamas.
Lejos quedarán entonces nuestras plegarias,
lejos quedará nuestra fe, nuestra fidelidad, nuestro credo.
Líbranos, Señor, del mal
y no nos dejes caer en la tentación.
Pero ¿a ti qué te pasa?
Nada.
(PÁRROCO) Unas palabras que deben acompañarnos a cada paso:
no nos dejes caer en la tentación, Señor.
No nos dejes caer.
Pero hoy la palabra de Dios
nos anima a confesar nuestras faltas.
Arrepentíos, porque Dios está siempre dispuesto a perdonar.
Solo en Él encontraréis
misericordia y salvación.
(Puerta)
No me quitaste ojo en toda la misa. Domingo...
Renata...,
se acabó.
Mira, eres una mujer muy hermosa y muy sensual,
pero yo soy un hombre respetable, así que volvamos a la corrección
y olvidemos esta historia, ¿de acuerdo?
Estoy embarazada.
¿Cómo?
Vamos a tener una criatura.
Usted y yo no tendremos nada en común nunca.
Así que haga todo cuanto esté en su mano
para que ese hijo no nazca.
No le faltará para comer ni a su marido para beber,
le ofreceré un buen acuerdo,
pero ningún bastardo manchará a esta familia, ¿me oye?
Pero ¿cómo me puedes decir eso?
Todo lo que ha pasado ha sido un tremendo error
y no lo repetiré. Ese niño no puede nacer.
¿Tan poco piensas que valgo como para cometer un crimen así?
Si esa criatura nace, arruinaré su vida
y lo haré hasta tal punto que deseará no haberme conocido.
(Trueno)
(Puerta)
¿Nene o nena?
Nena.
Por lo menos, dime que está sana, anda.
-Renata, la señora preparó esto para ti.
Es muy bonita.
Ay, bonita es esta cosiña que tienes aquí. A ver.
¡Ay, ay, ay, ay!
¡Hola, hola!
¿Y tú cómo estás?
Bien, bien. Fue rápido.
Casi no me dolió.
Por suerte, estuve sola.
Ya. Le voy a decir al médico que venga a verte.
Ya te dije que estoy bien. Hola...
¿Qué tal la señora? ¡Bah!
Me gustaría darle las gracias por la cuna.
Pues vas a tener que esperar, ¿eh?
¡Hola! (LE HACE CARANTOÑAS A LA BEBÉ)
De momento, déjenla dormir tantas horas como quiera
el cloroformo. ¿Y luego?
Luego le conceden un día más.
Y si la señora pide ver a la niña,
que la vea y que se la ponga en el pecho.
Ah, Isabela, usted prepare manzanilla
y le da cucharaditas con azúcar para que haga de vientre.
-¿A la señora? -No, mujer, a la niña.
Por Dios, qué poca mollera.
Y también necesita leche.
-Ah. Renata también tuvo a su niña esta noche,
podría ser una buena nodriza. No.
Esa mujer también tiene que descansar.
Don Gustavo, yo también soy ama de cría,
me vendría bien esta niña para que no se me corte la leche.
-¿Y tú estás vacunada? -Sí.
¿Y puede valerse?
He traído a su hija al mundo, señor.
No haga de menos a una ciega, que no por ciega soy tonta.
Muy bien. Pues hoy mismo hablaré con sus señores.
Perfecto. No tema, don Gustavo,
que tuvo usted una hija preciosa y sana.
Y recuerde que Dios no se ceba con los buenos,
solo los acecha para hacerlos mejores.
Buenos días.
Isabela,
quiero que por ahora Renata y su hija no entren en esta casa.
Y, con el tiempo, tendrán que abandonar el pazo.
¿Cómo? Pero no entiendo.
No hay nada que entender. Díselo en cuanto la veas.
(HABLA EN GALLEGO)
Eso es cosa de meigas.
Buenos días.
Buenos días.
Siéntese, por favor.
Sí, claro.
¿Cómo fue el parto de su esposa?
Dicen que tuvieron una niña.
Así es, y por eso he venido en su busca.
Su criada asistió al doctor Cubedo en el parto.
Me alegro de que fuera de ayuda.
Ya lo creo que lo fue. Y lo sigue siendo, sí.
Mi esposa está muy débil y, hasta que se recupere,
necesitamos a una ama de cría.
Mariña se ha ofrecido y querría saber
si les supone algún inconveniente.
Lo raro es que no se lo suponga a usted,
hace años que su familia no quiere saber nada de la mía.
Y esto no cambia las cosas.
Sí, sí lo hace, sí.
Muy desesperado tiene que estar
para olvidar todo ese rencor que heredó de su abuelo.
Por un malentendido.
Un malentendido.
Nuestras familias tenían un trato. Gracias a nuestro almacén de sal,
ustedes podían conservar su pescado y venderlo a todo el país,
pero, de la noche a la mañana, decidieron romperlo
e irse con la competencia.
Su abuelo nos dejó sin negocio ni capacidad de reacción,
así que no me hable de malentendidos
porque fue una traición en toda regla, señor Vidal Quiroga.
Mire, han pasado muchos años.
Yo no entiendo nada de peces ni de salinas.
Mi negocio es la banca y es lo único que me interesa.
Y, desde luego, no tengo nada contra usted,
pero si viene a pedir un favor a mi familia,
lo mínimo que debería hacer es hablarme con respeto, señor Valdés.
Mariña puede quedar con ustedes el tiempo que haga falta.
Gracias.
Compensaré con creces su tiempo en nuestra casa.
Que tengan un buen día.
(Puerta)
¿¿Vas a dejar a tu hija en la calle?
Ni siquiera te molestaste en conocerla.
Se lo advertí hace tiempo, esa niña no es nada mío.
Clara es tan Valdés como Catalina, y te tienes que hacer cargo de ella.
Si te niegas, se lo voy a contar a todo Punta do Bico.
¿Ah, sí? ¿Y quién la creerá?
Piénselo, todos conocen su fama y yo soy un hombre respetable.
¿Por qué querría meterme entre las piernas de una criada?
Porque lo llevas en la sangre,
igual que tu padre en Cuba con esa criolla.
Antes o después lo vas a tener que pagar.
Y será en esta vida, no en otra.
Hay muchos árboles enfermos, señor.
Poned estacas para que se mantengan firmes como un cruceiro.
Como venga mucho viento, van a caer,
y no puedo arriesgar la vida de los trabajadores.
-Esto parece cosa de meigas, una maldición.
No vuelva a repetir algo así, ¿me ha entendido?
Gracias, Martiño.
Tienen todas la misma marca. Veneno.
Hay algunos taladores que vieron al Tuerto por la finca.
¿El Tuerto?
Lo han contratado ellos, los Vidal Quiroga.
El Tuerto siempre envidió el éxito de este aserradero.
No necesita cumplir órdenes de nadie.
Tenemos que sacarle la verdad, Fermín.
Señor, lo importante ahora es salir adelante.
¿Qué vamos a hacer con los trabajadores
si dentro de varias semanas están parados sin hacer nada?
Sin madera, no hay negocio. Yo siento que esta noticia
llegue un día tan importante, pero...
También menuda coincidencia que su hija y mi sobrina
nacieran la misma noche.
Eso sí que es cosa de meigas, carallo.
(LA BEBÉ LLORA)
Renata, ¿qué tal está tu niña?
La niña quedó con hambre, Mariña.
Pienso que no me sale bien la leche.
Si le pudieras dar tú...
Lo siento, pero para las dos no tengo.
Hay que tener mala suerte.
Cuanto mejor alimentada estés, mejor leche tendrás.
Ya, ya.
(Llanto de bebé)
Me he olvidado los pañales, voy a por ellos.
¿Puedes con las dos? No tardo.
Sí, claro que sí.
(Llanto de bebé)
(CHISTA)
(Llanto de bebé) Ya, ya, ya.
(CHISTA)
Mariña, ¿y mi hija?
Pero ¿se encuentra bien? Sí, pero llévame a verla, por favor.
Sí, claro.
Debería esperar a que llegara su marido.
Hola, Renata.
No aguanto más en conocer a mi hija.
Hola, pequeña.
(Llanto de bebé)
¿Qué le pasa, está bien?
Extraña mi olor,
pero enseguida se acostumbrará al suyo.
Tenemos dos hijas preciosas, Renata.
(Llanto de bebé)
(CHISTA)
(Llanto de bebé)
(CHISTA)
(CHISTA)
(CHISTA)
Las dos están sanas, usted y Catalina.
¿Y por qué llora tanto?
Porque tiene un mes de vida y los bebés lloran.
Hambre, sueño... No tiene que preocuparse.
Debería salir a pasear un poco,
que le va a venir muy bien respirar la brisa marina.
Bueno, pues yo ya les dejo,
que tengo que seguir con las visitas.
Le acompaño, doctor. Muy bien.
Catalina, ¿qué pasa?
(CHISTA) Pues ya has oído al doctor.
La niña no quiere quedarse conmigo, quiere irse con Mariña.
¿Vas a seguir con eso? No sé lo que pasa,
pero algo pasa, una madre lo sabe.
Lo único que pasa es que Catalina tiene un carácter de armas tomar,
¿verdad, pequeña?
Bueno, debo irme. ¿Ya?
Sí. ¿Va todo bien en el aserradero?
Pareces cansado.
Mucho trabajo, nada más.
Le diré a Isabela que se quede con los niños
para que puedas dar ese paseo. Te veo luego.
¡Renata!
Renata, pero ¿y Domingo?
Usted no debería cargar con tanto peso.
Me apaño bien.
Pero qué niña tan bonita.
Se la ve muy tranquila.
Se calma al aire libre.
Mire, igual que yo.
Catalina, sin embargo, es puro nervio, igual que su padre.
Come poco, mal, duerme aún peor.
Pero ¿está sana?
Uy, sí, como un roble,
pero no se imagina lo que me cuesta hacerme con ella.
Doña Inés.
Basta ya de darle vueltas. Prescindir de las trabajadoras
fue la decisión más inteligente que tomó en años.
Lo dice porque así podrá contratarlas
en sus conserveras por la mitad de salario, ¿verdad?
El que merecen, ni más ni menos.
Déjeme entrar en el negocio.
Cuando supe que el nieto de don Jerónimo
venía de Cuba para recuperar el pazo de Espíritu Santo,
le di no más de un año para volverse con el rabo entre las piernas.
Pero, lejos de hacerlo, decidió montar un aserradero
contra todo y contra todos.
No me lo pusieron fácil, no.
Por eso tiene que luchar.
Y le va a ser mucho más fácil con un socio fuerte.
Dime que no es verdad.
¿Has echado a las trabajadoras?
Si nos disculpa. ¿Me acompañas?
¿Se puede saber qué haces? No puedes entrar aquí así.
¿Has echado solo a las mujeres?
Hablaremos más tarde. Ahora vete a descansar.
No, no quiero descansar. Ya me has oído, Inés.
Desde que nació Catalina, no te reconozco.
Eres otro. Y no sé por qué.
De verdad que no lo sé.
Telegrama de Cuba.
Embarcaremos lo antes posible.
Gustavo, por favor. Yo aún no estoy recuperada
y ni siquiera sabemos qué nos vamos a encontrar.
Cuba ya no es nuestra patria. Inés, mi hermano, ha muerto.
Dedicó toda su vida al ingenio de azúcar de mi familia
y ahora yo siento que debo estar a la altura.
No me lo pongas más difícil, por favor.
Le diré a Isabela que prepare los equipajes.
Nos vamos a Cuba. Partiremos en cuatro días.
Ya tiene lo que quería.
(JAIME RÍE)
Señora, ¿qué hago con los vestidos, los protejo con una sábana,
los meto directamente en el baúl? ¿Y los trajes del señor?
No lo sé. Es que ha sido todo tan precipitado.
Jaime, baja de ahí. ¿Jaime estará bien en Cuba?
Los niños van a ser felices en cualquier parte.
Dígame qué hacemos con todo esto. Lo que escojas estará bien.
Jaime, deja a tu hermana, fuera de ahí.
Prometo no quejarme cuando lleguemos a Cuba.
Señora. Ah, sí, Renata.
Tome estos sobres y, cuando nos hayamos ido,
las llevas a los pazos y las entregas a las señoras
en mano, ¿de acuerdo? No pueden marchar.
Es una decisión tomada.
¿De verdad quiere dejar Punta do Bico?
Da igual lo que yo quiera. No, no da igual.
Lleva años diciéndoles a las mujeres del pueblo
que ellas no están para obedecer a los hombres,
por mucho que lo diga el cura en la misa.
Pero cuando llega el momento de demostrarlo,
usted baja la cabeza. Pero ¿tú quién te crees que eres
para hablarle así a tu señora?
Lléveme con usted.
El viaje va a ser muy duro y yo me puedo dedicar a su hija,
darle de comer... Renata... Renata.
Será Isabela quien venga con nosotros.
Usted se quedará aquí con Domingo y no les faltará sustento,
tiene mi palabra.
¿Y volverán?
Tampoco depende de usted.
Nada depende de usted.
No me quiero ir.
Si quieres que deje mi tierra, prométeme que volveremos
en cuanto hayas puesto todo en orden en Cuba.
Voy a vender el aserradero.
Antonio Barba Peláez me hizo una oferta.
Fermín ha reunido a los trabajadores para informarles de su futuro.
Pero ¿qué te pasa, Gustavo? ¿Por qué quieres dejar todo atrás?
Has heredado el ingenio de azúcar de tu familia.
Con eso sacamos adelante el aserradero sin los Barba Peláez.
Por favor, habla con los trabajadores
y diles que nada ha cambiado.
Todo ha cambiado, Inés. ¿Por qué no quieres aceptarlo?
Mira, estoy seguro de que, en unos días, me darás la razón.
No, no te la daré.
Prométeme que volveremos a nuestra casa y a nuestro negocio.
Si no es así, tendrás que llevarme a la fuerza.
Está bien, no venderé.
Y en cuanto arreglemos nuestros asuntos
volveremos a casa.
Te lo prometo.
(Llanto de bebé)
Ya está, ya está, ya está.
Estás muy grande.
Muy grande y muy bonita.
Muy muy bonita.
Escucha, pase lo que pase,
volveré a estar contigo.
Y vas a saber la verdad, ¿me entiendes?
Te juro que llegará un día que sabrás quién eres, te lo juro.
Suéltela.
Démela. Que me la dé.
¿Qué le ha hecho?
Qué suerte tiene de que la quieras así.
Deje ya el rencor, Renata, su hija crecerá en este pazo.
Puedes dejar atrás esta tierra,
pero la vergüenza y la culpa siempre estarán contigo.
También la mala fortuna.
Tu hermano murió, ¿verdad?
"Xa empezaches a pagar, filiño".
(Llanto de bebé)
Mariña...
Señora.
Esto es una pequeña muestra de mi agradecimiento.
Y le he dejado también a Renata algunas cosas para usted.
Es usted muy generosa.
La echaremos en falta.
Yo, también.
¿Ocurre algo?
No, no, nada, señora.
Cuídese mucho, por favor.
Y usted.
¿Preparado?
¿Y tú?
Tengo un nudo en la garganta.
Cuando volvamos, lo podrás montar las veces que quieras, ¿te parece?
Dile adiós, anda. Así.
Muy bien, hijo.
Siento que ya echo de menos el pazo,
el pueblo y a todas las personas que dejamos aquí.
Y no sé explicarlo,
pero también siento que algo de mí se queda en esta tierra.
Por eso sé que, aunque nuestros hijos crezcan
con el sonido de otro mar, volveremos.
Pase lo que pase, volveremos.
Mi madre me trajo ante usted cuando yo era pequeña.
¿Por qué no quiso usted leer mi mano entonces?
(ACENTO CUBANO) Las deudas de tu marido
son el menor de tus males.
(RÍE)
(ACENTO CUBANO) ¿Adónde tú vas?
Gustavo, basta. Basta.
Inés, mi hermano no murió por una enfermedad.
Ni hablar. Es mi fiesta de cumpleaños
la que quiere cancelar, no la suya.
Catalina, por favor.
Toda esta rabieta es porque ya
no podrás lucirte delante de José Ortiz, ¿no?
Está preciosa, señorita Valdés.
¿Qué, te gusta? Es precioso, tío Fermín.
Buenas tardes.
Me preguntaba si sabías lo que hay después de la tierra.
Yo sí que lo sé.
¿Y después del amor?
¿Qué haces aquí? Te estuve buscando.
Mucho tiempo libre tienes tú.
Ella es Clara. Empieza hoy.
Ella mide y tú cortas. ¿Estamos?
-Don Fermín, ya sabe que yo me apaño mejor sola.
-Tú, ni caso. Es que están muy aburridas.
Lleva mucho sin pasar nada por aquí y así están.
Por cierto, me llamo Esther.
¿Has vendido la mitad del aserradero a los Barba Peláez?
Inés, creo que vivirías más tranquila
si dejaras de meterte en mis negocios.
Si el aserradero sale adelante, es gracias a vosotras.
Es el patrón el que debe dar la cara.
Hablas igual que doña Inés.
Nos animaba a pelear
por lo que era justo.
Ni todos los amuletos del mundo, señora,
podrán proteger a su familia.
Necesito tanto volver a Galicia...
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