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Año 1704.
Las costas de Málaga arden bajo el fuego
cruzado de cañones franceses e ingleses.
En medio del humo y la metralla, un
muchacho de apenas 15 años siente como
una bala de cañón destroza su pierna
izquierda. Mientras los cirujanos de a
bordo se preparan para amputarla sin
anestesia, ese joven vasco no grita, no
suplica, aprieta los dientes y soporta
el dolor con una determinación que
dejará atónitos a hombres tres veces
mayores que él. Nadie en ese momento
puede imaginar que ese adolescente
mutilado se convertirá en la mayor
pesadilla del imperio británico, en el
estratega que humillará a la armada más
poderosa del mundo y en el héroe que
salvará América para España. Su nombre
es Blas de eso y Oarrieta y su historia
es la epopya olvidada de un hombre que
convirtió cada herida en una victoria.
Pero para comprender la magnitud de lo
que este hombre logró, debemos
retroceder hasta sus orígenes, hasta las
costas verdes del País Vasco, donde todo
comenzó. El año es 1689
y en la villa de pasajes en Guipuzcua,
nace un niño destinado a cambiar el
curso de la historia. Su familia
pertenece a la pequeña nobleza vasca,
esa aristocracia marítima que ha forjado
durante generaciones a los mejores
marinos de España. Su padre, Pedro del
Eso es un funcionario de la Real Armada
con profundas conexiones en los círculos
navales. Su madre, Agustina de Ola
proviene de un linaje igualmente
respetable. Desde su infancia, Blast
respira el salitre del Mar Cantábrico.
Escucha las historias de batallas
navales que cuentan los marineros en el
puerto y observa como los galeones
españoles parten hacia destinos lejanos
cargados de esperanza y riquezas. El
niño crece en una época convulsa para
España. El rey Carlos Segund, último de
los Austrias, ha muerto sin descendencia
en 1700, desencadenando la guerra de
sucesión española que enfrentará a toda
Europa. Francia apoya al candidato
borbónico Felipe de Anj, nieto de Luis
XIV, mientras que Inglaterra, Austria y
los Países Bajos respaldan al archiduque
Carlos de Absburgo. España se convierte
en el tablero de ajedrez. donde las
potencias europeas dirimirán sus
ambiciones.
Es en este contexto de guerra total
donde un muchacho de apenas 13 años
tomará la decisión que marcará su
destino para siempre.
En 1702, Blas de eso ingresa como
guardia marina en la Real Armada
Española. No es un capricho juvenil ni
una aventura romántica. Es una decisión
calculada de un adolescente que
comprende que su futuro está en el mar,
que su destino se escribirá sobre las
cubiertas de los navíos españoles. A esa
edad, cuando la mayoría de los muchachos
de buena familia apenas piensan en sus
estudios o en sus primeros juegos
cortesanos, Blast ya está aprendiendo
navegación, artillería, táctica naval y
estrategia militar. Sus instructores
pronto descubren que no se trata de un
noble más buscando honores fáciles.
Este joven vasco posee una inteligencia
aguda, una capacidad de observación
extraordinaria y sobre todo un coraje
que roza la temeridad.
La flota francesa, aliada de España en
esta guerra necesita tripulaciones
experimentadas y España aporta algunos
de sus mejores elementos. Blast Deletso,
pese a su juventud, es embarcado en la
escuadra francoespañola que opera en el
Mediterráneo bajo el mando del Conde de
Tuluz, hijo legitimado de Luis XIV. Es
un honor excepcional para alguien tan
joven, pero también una prueba de fuego
que pondrá a prueba todo lo que ha
aprendido. Durante dos años, el joven
guardia marina participa en operaciones
navales menores, aprende los secretos de
la navegación en aguas enemigas y sobre
todo observa. Observa cómo se mueven las
flotas, cómo se disponen los barcos en
formación de combate, cómo reaccionan
los comandantes ante las situaciones
cambiantes del mar y la batalla. Y
entonces llega agosto de 1704,
el mes que cambiará su vida para
siempre. La escuadra francoespañola se
enfrenta a la flota angloholandesa en
las aguas de Vélez Málaga, en la que
será una de las mayores batallas navales
de la guerra de sucesión. Son más de 100
navíos enfrentándose en un duelo
titánico que durará 12 horas
ininterrumpidas de cañonazos, fuego y
muerte.
El joven Blast de Lezzo está en su
puesto de combate cuando comienza el
estruendo.
Los cañones braman sin cesar. El aire se
llena del olor acre de la pólvora
quemada y los gritos de los heridos se
mezclan con las órdenes de los
oficiales. Es el bautismo de fuego
definitivo, el momento en que un guardia
marina se convierte en guerrero. En
medio del fragor del combate, una bala
de cañón enemiga impacta cerca de donde
está Blast. La explosión es devastadora.
Cuando el humo se disipa, el muchacho
yace en cuubierta con su pierna
izquierda destrozada, convertida en una
masa sanguinolenta de huesos astillados
y carne desgarrada.
Sus compañeros lo llevan a toda prisa al
soado, donde los cirujanos realizan su
trabajo brutal. En aquella época, la
medicina naval es primitiva y
despiadada.
No hay anestesia, no hay antibióticos,
solo aguardiente para desinfectar y
hierro al rojo para cauterizar.
La amputación se realiza con sierras y
cuchillos mientras varios marineros
sujetan al paciente. La mayoría de los
hombres adultos gritan, lloran o pierden
el conocimiento.
Blas de Eso, con apenas 15 años soporta
la tortura sin un solo grito. Los
cirujanos quedarán tan impresionados por
su entereza que contarán la historia
durante años. Han amputado a cientos de
hombres en sus carreras, pero nunca han
visto semejante demostración de voluntad
férrea en alguien tan joven. Cuando
despierta horas después, con el muñón
vendado y el dolor pulsando en oleadas
por todo su cuerpo, Blast de eso toma
una decisión que definirá el resto de su
existencia. Mientras otros habrían
aceptado una honorable retirada, una
pensión y una vida tranquila en tierra,
él decide quedarse.
No solo quedarse en la Armada, sino
demostrar que un hombre con una sola
pierna puede ser tan valioso, tan letal,
tan efectivo como cualquier otro. Es una
decisión que muchos consideran
demencial.
¿Cómo va a servir un cojo en la cubierta
de un barco en movimiento?
¿Cómo va a mantener el equilibrio
durante las tormentas o las maniobras de
combate? La respuesta la dará él mismo
con su ejemplo. Los meses siguientes son
una demostración de voluntad
inquebrantable.
Blast aprende a moverse con una prótesis
rudimentaria de madera. entrena su
equilibrio hasta dominar los movimientos
del barco mejor que muchos marineros con
ambas piernas y sobre todo se dedica a
estudiar táctica naval con una
intensidad obsesiva. Si su cuerpo tiene
limitaciones, su mente debe ser
superior. Lee todos los tratados de
estrategia que caen en sus manos.
Estudia las batallas del pasado. Analiza
los movimientos de los grandes
almirantes y desarrolla sus propias
teorías sobre cómo vencer en el mar. Sus
superiores observan este empeño con una
mezcla de admiración y escepticismo,
pero no pueden negar que el joven cojo
demuestra un conocimiento táctico
excepcional.
En 1707, con apenas 18 años, Blas de
Leso participa en el asedio de Tolón,
una operación conjunta francoespañola
para defender esta crucial base naval
francesa del ataque de las fuerzas
imperiales. La ciudad está rodeada por
tierra y mar, sometida a un bombardeo
constante que destruye sus
fortificaciones piedra a piedra. Durante
uno de los combates más intensos,
mientras dirige el fuego de artillería
desde las murallas, una esquirla de
metralla le alcanza en pleno rostro.
El impacto le destroza el ojo izquierdo,
dejándolo tuerto para el resto de sus
días.
Una vez más, los cirujanos se maravillan
de su resistencia al dolor. Una vez más,
Blast rechaza cualquier sugerencia de
retirarse. A los 18 años, Cojo y Tuerto
continúa su carrera militar como si nada
hubiera ocurrido. Pero el destino aún no
ha terminado de forjar a su héroe en el
yunque del sufrimiento.
En 1714,
durante el asedio de Barcelona, la
última gran batalla de la guerra de
sucesión en suelo español, Blas de Lezo
está al mando de una de las baterías que
bombardean las defensas catalanas leales
al archiduque Carlos. En medio del
intercambio de fuego, una explosión le
alcanza nuevamente. Esta vez es su brazo
izquierdo el que queda destrozado por la
metralla. Aunque los cirujanos logran
salvarlo, el brazo queda completamente
inutilizado, colgando inerte a su
costado. A los 25 años, Blas de eso es
cojo, tuerto y manco. En cualquier otra
armada del mundo, en cualquier otro
contexto, habría sido retirado con
honores y enviado a vivir de su pensión.
Pero este no es un hombre cualquiera y
la Real Armada Española está empezando a
comprender que tiene entre sus filas
alguien excepcional.
Porque lo verdaderamente extraordinario
de Blast de Eso no son sus heridas, sino
lo que hizo a pesar de ellas. Mientras
su cuerpo se convertía en un mapa de
cicatrices y mutilaciones, su reputación
como estratega naval crecía de manera
exponencial. Los almirantes que habían
servido con él hablaban con admiración
de su capacidad para anticipar los
movimientos enemigos, de su frialdad
bajo el fuego, de su habilidad para
inspirar a sus hombres incluso en las
situaciones más desesperadas. Las
heridas que habrían destruido a
cualquier otro hombre parecían solo
fortalecer su determinación y agudizar
su genio militar.
Y es que Blast de Eso posee algo que
ningún manual de táctica puede enseñar.
Una comprensión intuitiva de la guerra
naval, una capacidad para leer las
corrientes, el viento, las formaciones
enemigas y las debilidades del
adversario como si fueran un libro
abierto ante sus ojos. donde otros
comandantes ven solo barcos y cañones,
él ve oportunidades, puntos vulnerables,
momentos para atacar y momentos para
retirarse. Su mente funciona varios
movimientos por delante, anticipando las
reacciones del enemigo y preparando
contraataques antes incluso de que el
adversario haya completado su maniobra
inicial.
Esta habilidad extraordinaria se
demuestra de manera espectacular en su
enfrentamiento contra los holandeses.
Durante una misión de patrulla en el
Mediterráneo, al mando de una pequeña
flotilla de apenas tres buques, se
encuentra frente a frente con cinco
navíos neerlandeses de superior
artillería y tripulación.
Cualquier comandante sensato habría
ordenado la retirada evitando un combate
tan desigual. Pero Blast Delzo no es un
comandante sensato en el sentido
convencional. Es un genio táctico que
comprende que las batallas no se ganan
solo con superioridad numérica, sino con
audacia, sorpresa y una ejecución
perfecta. observa cuidadosamente la
formación holandesa mientras sus
oficiales esperan sus órdenes con
creciente nerviosismo. Los neerlandeses
avanzan confiados, seguros de su
victoria ante una fuerza tan inferior,
pero Lezo detecta algo que otros habrían
pasado por alto. La capitana enemiga
navega ligeramente adelantada respecto
al resto de la formación, creando un
pequeño espacio que puede ser explotado.
sin vacilar, ordena un ataque directo y
concentrado contra ese único barco. Es
una maniobra arriesgadísima que requiere
una precisión milimétrica en la
navegación y el fuego de artillería. Sus
hombres, que ya han aprendido a confiar
ciegamente en su comandante Tuerto y
Cojo, ejecutan las órdenes con
disciplina absoluta. Los cañones
españoles braman concentrando todo su
fuego en la capitana holandesa. Las
balas de cañón impactan una tras otra
con una precisión devastadora.
En cuestión de minutos, el palo mayor
del buque insignia enemigo se viene
abajo en medio de un estruendo de madera
astillada y velas desgarradas.
El barco queda inmóvil, incapaz de
maniobrar, vulnerable. Antes de que los
otros cuatro navíos puedan reaccionar y
cerrar la formación, Leso ordena el
abordaje. Sus hombres saltan sobre la
cubierta enemiga en una acción
desesperada, pero perfectamente
coordinada.
La lucha es brutal, cuerpo a cuerpo, con
sables y pistolas a quemarropa. Pero los
españoles luchan con la ferocidad de
quien sabe que su comandante nunca les
ha fallado. Y en menos de una hora la
capitana holandesa es capturada. Lo que
sucede a continuación deja boquia
abiertos a todos los observadores
al ver a su buque insignia en manos
enemigas y al darse cuenta de que han
sido superados tácticamente por una
fuerza inferior, los otros cuatro navíos
holandeses rompen formación y huyen. Es
una humillación completa para los
neerlandeses y un triunfo espectacular
para Blas de leso. ha derrotado a una
flota superior mediante la combinación
perfecta de observación, audacia y
ejecución impecable. Cuando regresa a
puerto con la capitana enemiga como
trofeo, su reputación se disparan. Los
marineros españoles empiezan a contar
historias sobre el comandante tuerto que
derrota flotas enteras. Y el nombre de
Blast de Eso comienza a pronunciarse con
respeto en todos los puertos del
Mediterráneo.
Pero si la victoria contra los
holandeses fue impresionante, lo que
hace contra los ingleses será aún más
espectacular. Durante una de sus
patrullas en aguas del Atlántico, su
flotilla se encuentra con una formación
británica compuesta por seis buques de
guerra que transportan suministros y
refuerzos para las colonias inglesas en
América.
Son barcos bien armados, tripulados por
marineros experimentados de la Royal
Navy, la armada más poderosa del mundo.
Una vez más, Leso se enfrenta a una
superioridad numérica evidente. Una vez
más, decide atacar. El enfrentamiento es
feroz. Los cañones británicos responden
con precisión disciplinada, pero Leso
maniobra sus barcos con una habilidad
que deja perplejos a los comandantes
enemigos.
Aprovecha cada corriente, cada ráfaga de
viento, cada pequeña ventaja táctica
para posicionar sus navíos en las
posiciones más favorables. Cuando el
humo de la batalla finalmente se disipa,
el resultado es asombroso. Los seis
barcos británicos han sido capturados.
Todos, no uno ni dos, sino la totalidad
de la formación enemiga. Es una hazaña
sin precedentes que deja atónita a la
Comunidad Naval europea. Lezo selecciona
los tres mejores barcos capturados y los
incorpora a la Real Armada española,
donde servirán durante años. Los otros
tres son enviados como premios de
guerra. La noticia de esta captura se
extiende como la pólvora por los puertos
de Europa. En Londres, el almirantazgo
británico recibe el informe con
incredulidad y rabia. ¿Quién es este
comandante español que está humillando a
la Royal Navy? Cuando descubren que se
trata de un hombre cojo, tuerto y manco,
la humillación es aún mayor. Comienzan a
circular historias sobre él en las
tabernas de Porsmuth y Pouth. Historias
que mezclan admiración y temor. Los
marineros ingleses empiezan a llamarlo
Half Man, el medio hombre. Pero hay más
respeto que burla en ese apodo. Saben
que ese medio hombre es más peligroso
que muchos almirantes completos. La
carrera de Blast del Eso continúa
acumulando éxitos. Su siguiente gran
desafío llega con la reconquista de Orn,
una plaza española en la costa
norteafricana que había caído en manos
del Imperio Otomano. En 1732,
una poderosa expedición española zarpa
para recuperar esta estratégica
fortaleza.
Blast de Leso participa en la campaña
aportando su experiencia en bombardeos
navales y asedios. Sus cañones ayudan a
ablandar las defensas otomanas mientras
las tropas de tierra preparan el asalto
final. Cuando Oran finalmente cae tras
un asedio sangriento, España recupera
uno de sus bastiones más importantes en
el Mediterráneo. Pero la historia no
termina ahí. Poco después de la
reconquista, Beij Hassan, un poderoso
líder otomano, decide vengar la derrota
y sitia a Oran con un ejército numeroso.
La guarnición española queda aislada,
superada en número y con suministros
limitados.
Muchos temen que la plaza recién
reconquistada caiga nuevamente en manos
musulmanas. Sin embargo, Blas de Leso
está entre los defensores y su presencia
cambia completamente el panorama.
Organiza la defensa con la misma
habilidad táctica que ha demostrado en
el mar. Dispone la artillería para
maximizar su efectividad. Organiza
salidas sorpresa que desorganizan a los
sitiadores y sobre todo mantiene alta la
moral de los defensores con su ejemplo
personal.
Día tras día, los otomanos lanzan
asaltos contra las murallas. Día tras
día son rechazados con enormes pérdidas.
Blast de eso está en todas partes
cojeando por las murallas con su pierna
de palo, dirigiendo el fuego, animando a
sus hombres, anticipando cada movimiento
enemigo. Los soldados españoles, viendo
a su comandante mutilado exponiéndose al
fuego sin vacilar, encuentran el coraje
para resistir lo que parecía imposible.
Finalmente, cuando los refuerzos
españoles llegan desde la península, Bei
Hassan comprende que ha fracasado y
levanta el sitio. Orá permanecerá en
manos españolas y una vez más Blast de
Leso habrá demostrado que es capaz de
vencer en cualquier tipo de combate, ya
sea naval o terrestre. Estos éxitos
continuados no pasan desapercibidos para
la corona. El rey Felipe V, primer
monarca de la dinastía Borbón en España,
es un hombre que valora el mérito y la
lealtad.
Ha seguido la carrera de Blast del Eso
con creciente interés y admiración. En
1731,
en un gesto extraordinario que demuestra
el aprecio real, Felipe V concede a
Blast de Eso su estandarte personal.
Es un honor rarísimo, reservado solo
para los servidores más distinguidos de
la corona. Pero el rey no se detiene
ahí. También le otorga la orden del
Espíritu Santo francesa y finalmente la
orden del toisón de oro español, la
condecoración más prestigiosa de la
monarquía hispánica.
El toisón de oro no se concede a la
ligera. Es una orden de caballería
creada en el siglo XV que solo reciben
los nobles más ilustres y los militares
más destacados. Recibirla significa ser
reconocido como uno de los hombres más
importantes del reino. Para un vasco de
origen relativamente modesto, hijo de la
pequeña nobleza provincial, alcanzar tal
distinción es extraordinario.
Pero Blast del Eso no se ha ganado estos
honores por su linaje o sus conexiones,
sino por su valor, su genio táctico y
sus victorias repetidas. Es un hombre
que se ha hecho a sí mismo a base de
coraje y talento. Y ahora la corona
reconoce formalmente lo que todos en la
Armada ya saben, que Blast de Leso es
uno de los mejores estrategas de la
historia de la Armada española. Sin
embargo, las condecoraciones y los
honores no cambian su carácter. Lezo
sigue siendo el mismo hombre austero,
dedicado exclusivamente a su deber,
indiferente a la pompa y las ceremonias.
Cuando algunos cortesanos le sugieren
que podría retirarse con gloria y
disfrutar de sus laureles, él rechaza la
idea con firmeza. No ha dedicado su vida
al mar para terminarla en un palacio. Su
lugar está encubierta al mando de sus
barcos, defendiendo los intereses de
España. Y el destino le tiene reservada
todavía su prueba más grande, la batalla
que lo convertirá en leyenda inmortal.
En 1737,
Blast de Eso recibe un nuevo
nombramiento que cambiará su vida y sin
que nadie lo sepa aún, el curso de la
historia. Es designado comandante
general de Cartagena de Indias, el
puerto más importante de España en el
Caribe y la llave de toda América del
Sur. Es un puesto de enorme
responsabilidad porque Cartagena no es
solo un puerto comercial, es el punto
por donde pasan los tesoros de América
hacia España, donde se concentran los
galeones antes de cruzar el Atlántico,
donde se almacenan las riquezas del
virreinato del Perú. Controlar Cartagena
significa controlar el flujo de plata y
oro que sostiene la economía española.
Perderla sería un desastre estratégico
de proporciones incalculables.
Cuando Blast de Eso llega a Cartagena en
1737,
lo que encuentra lo deja consternado.
Las defensas están en ruinas. Las
fortificaciones que deberían proteger la
ciudad han sido descuidadas durante años
con murallas agrietadas, cañones
oxidados y polvorines mal abastecidos.
Las tropas de guarnición están diezmadas
por las enfermedades tropicales, mal
alimentadas y peor equipadas. Los barcos
disponibles son escasos y muchos
necesitan reparaciones urgentes. Es una
situación desastrosa. Y Lezzo comprende
inmediatamente que si un enemigo
poderoso decide atacar, Cartagena caerá
sin remedio. Pero aquí es donde el genio
de Blast del Eso brilla con especial
intensidad. No se lamenta ni se queja.
No envía informes pesimistas a Madrid
pidiendo más en recursos. En cambio, se
arremanga y se pone a trabajar. Durante
los siguientes 4 años dedica cada día a
fortalecer las defensas de Cartagena.
Supervisa personalmente la
reconstrucción de murallas, la
instalación de nuevas baterías de
artillería, la excavación de fosos y la
creación de fortificaciones avanzadas.
Reorganiza las tropas, establece
disciplina férrea, entrena a los
soldados y marineros, estudia cada
acceso a la ciudad, cada bahía, cada
canal, identificando puntos fuertes y
débiles, planificando estrategias
defensivas para cada escenario posible.
También mejora las relaciones con la
población civil. Comprende que en caso
de asedio necesitará el apoyo total de
los habitantes de Cartagena. Así que
trabaja para ganarse su confianza y
lealtad. Se asegura de que la ciudad
esté bien abastecida, organiza almacenes
de comida y agua para resistir un sitio
prolongado y crea planes de evacuación
para los no combatientes. Todo esto lo
hace mientras lidia con la burocracia
colonial, con funcionarios corruptos que
roban suministros y con la indiferencia
de algunos administradores que no
comprenden la urgencia de la situación.
Mientras Blast de Eso trabaja
incansablemente para fortalecer
Cartagena, al otro lado del Atlántico se
están gestando acontecimientos que
convertirán sus preparativos en cuestión
de vida o muerte. Las tensiones entre
España e Inglaterra han ido aumentando
durante años. Los británicos están
furiosos por lo que consideran
restricciones comerciales españolas en
América. reclaman el derecho a comerciar
libremente en las colonias españolas,
algo que Madrid rechaza categóricamente.
Los ingleses, acostumbrados a considerar
los mares como su dominio natural, no
aceptan que España les cierre el acceso
a las riquezas americanas.
El pretexto para la guerra llega en 1731
con el famoso incidente de la oreja de
Jenkins. Robert Jenkins, capitán de un
barco mercante inglés, es interceptado
por guardacostas españoles que lo acusan
de contrabando. Durante el
enfrentamiento, Jenkins afirma que los
españoles le cortaron una oreja. Lleva
este supuesto trofeo en un frasco
durante años, mostrándolo en Londres
para avivar el sentimiento antipañol.
Cuando finalmente lo presenta ante el
Parlamento británico en 1738,
la indignación pública explota. Los
periódicos londinenses claman por
venganza. Los políticos británicos,
muchos de ellos con intereses
comerciales en América, ven la
oportunidad perfecta para declarar la
guerra a España y apoderarse de sus
colonias. En 1739
estalla oficialmente la guerra de la
oreja de Jenkins, aunque en realidad es
solo el último episodio de la rivalidad
secular entre las dos potencias.
Inglaterra moviliza sus recursos para
una campaña decisiva en el Caribe. El
objetivo es claro, conquistar los
principales puertos españoles en
América, cortar las rutas comerciales,
apoderarse de los tesoros y, si es
posible, expulsar definitivamente a
España del continente.
Para esta empresa, el almirantazgo
británico diseña la mayor expedición
naval jamás organizada hasta ese
momento. Al mando de esta armada colosal
está el almirante Edwardnon. un oficial
experimentado que ya ha dado muestras de
su capacidad. En 1739,
Bernon atacó y conquistó Portovelo, otro
importante puerto español en Panamá con
relativa facilidad. La noticia de esta
victoria fue recibida con júbilo en
Londres. Las campanas repicaron en toda
Inglaterra, se acuñaron medallas
conmemorativas y Bernon fue aclamado
como un héroe nacional. El almirante,
embriagado por el éxito, prometió
públicamente que su siguiente objetivo
sería Cartagena de Indias y que la
conquistaría con la misma facilidad con
que había tomado Portovelo.
La arrogancia de Bernón no tenía
límites. Hizo acuñar medallas celebrando
la conquista de Cartagena antes incluso
de zarpar hacia allí. En estas medallas
aparecía él mismo recibiendo la
rendición de un blast de leso
arrodillado con la inscripción la
soberbia española humillada por el
almirante Bernón. Distribuyó estas
medallas entre sus oficiales y las envió
a Londres, donde se vendieron como
recuerdos de una victoria que aún no
había ocurrido.
Este gesto de suprema confianza revela
mucho sobre la mentalidad británica de
la época. estaban absolutamente
convencidos de su superioridad, seguros
de que ninguna fuerza española podría
resistir el poder de la Royal Navy. Y
ciertamente las fuerzas que Bernon
reunió parecían invencibles. Cuando la
flota británica zarpa hacia Cartagena a
principios de 1741,
las cifras son simplemente abrumadoras.
Son 186 buques de guerra de todos los
tamaños, desde enormes navíos de línea
de tres puentes con más de 100 cañones
hasta fragatas rápidas, bombardas,
transportes y embarcaciones auxiliares.
Es la mayor concentración de poder naval
jamás vista hasta ese momento en la
historia, superando incluso a la armada
invencible que Felipe II había enviado
contra Inglaterra en 1588.
A bordo viajan 23,600
soldados profesionales británicos, a los
que hay que sumar 4000 reclutas de las
colonias de Virginia, futuros
estadounidenses que participan en su
primer gran conflicto militar. En total,
más de 27,000 hombres dispuestos a
conquistar Cartagena. La noticia de esta
inmensa armada llega a Cartagena mucho
antes que los propios barcos. Los espías
españoles en Jamaica y otras colonias
británicas envían informes detallados
sobre los preparativos. Cuando Blas deo
recibe esta información, realiza sus
propios cálculos. Cuenta con una
guarnición de apenas 3000 hombres entre
soldados regulares, milicianos y
marineros. tiene seis navíos de guerra
insignificantes comparados con la flota
enemiga.
Las fortificaciones, pese a sus 4 años
de trabajo, siguen siendo insuficientes
para detener semejante fuerza.
Matemáticamente, la batalla está perdida
antes de empezar. Cualquier otro
comandante habría considerado la
evacuación o la rendición negociada.
Pero Blast deo no es cualquier
comandante. Es un hombre que ha pasado
toda su vida desafiando las
probabilidades, venciendo cuando todos
apostaban por su derrota. Reúne a sus
oficiales y les habla con la franqueza
que lo caracteriza. Les explica la
situación sin ocultar su gravedad. les
dice que van a enfrentarse a la mayor
fuerza militar que jamás haya navegado
por el Caribe, que las probabilidades
están en su contra, que muchos de ellos
probablemente morirán en las próximas
semanas. Pero también les dice algo más,
que España espera que hagan su deber,
que Cartagena es la llave de América y
que si cae todo el continente caerá con
ella. les dice que él no piensa
rendirse, que luchará hasta el último
aliento y que quien quiera acompañarlo
será bienvenido.
La respuesta de sus hombres es unánime.
Nadie pide ser relevado. Nadie sugiere
la rendición.
Todos comprenden que están a punto de
protagonizar algo histórico, una defensa
épica que será recordada durante siglos.
Ganen o pierdan. Blas de eso ha logrado
lo que los grandes líderes consiguen.
Inspirar a sus hombres. para que superen
sus propios límites, para que crean que
lo imposible puede lograrse.
Durante las semanas previas a la llegada
de la flota británica, Cartagena se
convierte en un hormiguero de actividad.
Se refuerzan las defensas, se acumulan
municiones, se preparan hospitales de
campaña, se organizan brigadas de
bomberos para apagar incendios, se
distribuyen armas entre los civiles que
quieran luchar. Blas de eso supervisa
personalmente cada detalle. Camina por
las murallas con su pata de palo.
Inspecciona cada cañón, cada polvorín,
cada puesto de vigilancia. Sus hombres
lo ven en todas partes, siempre sereno,
siempre confiado. Y esa confianza se
contagia. El 13 de marzo de 1741,
los vigías apostados en las torres de
Cartagena divisan en el horizonte algo
que hiela la sangre hasta del más
valiente. No son unos pocos barcos, es
un bosque interminable de mástiles y
velas que cubre el mar de horizonte a
horizonte. La flota británica ha llegado
y su tamaño supera incluso las
estimaciones más pesimistas. Cuando los
primeros navíos comienzan a entrar en la
bahía, el espectáculo es tan imponente
que muchos defensores sienten que están
contemplando su propia perdición. Los
buques de guerra británicos avanzan en
perfecta formación, con sus banderas
ondeando al viento, sus cañones asomando
por las puertas, desplegando un poderío
que parece sobrenatural. Blas de Lezo
observa la escena desde las murallas del
castillo de San Felipe, la principal
fortificación que protege Cartagena. A
su lado están sus oficiales, algunos
pálidos ante la magnitud de lo que
enfrentan, pero el comandante español
permanece impasible con su único ojo
recorriendo meticulosamente la formación
enemiga, analizando, calculando,
planeando.
Mientras otros venadora,
él busca debilidades, oportunidades,
errores que explotar. Su mente trabaja
con la precisión de un reloj,
considerando cada variable. Cada
posibilidad táctica no muestra miedo
porque genuinamente no lo siente. Ha
estado en esta situación antes, superado
en número, rodeado de enemigos y siempre
ha encontrado la manera de vencer.
El almirante Bernon, a bordo de su buque
insignia contempla Cartagena con la
satisfacción del cazador que ha
acorralado finalmente a su presa. Desde
la cubierta de su navío puede ver las
murallas de la ciudad. Las
fortificaciones que ha estudiado en
mapas durante meses. Le parecen débiles,
anticuadas, insuficientes para resistir
el poder de fuego que está a punto de
desatar sobre ellas.
convoca a sus principales comandantes
para una reunión donde expone su plan de
ataque. Es un plan meticuloso que
aprovecha su superioridad abrumadora.
Primero, sus barcos bombardearán las
defensas exteriores hasta reducirlas a
escombros. Luego desembarcará tropas que
tomarán las fortificaciones una por una.
Finalmente sitiarán la ciudad hasta que
se rinda por hambre y agotamiento.
Bernon estima que toda la operación no
durará más de dos o tres semanas. Es
después de todo lo que tardó en
conquistar Portovelo.
Pero Bernon comete su primer error
crucial incluso antes de disparar el
primer cañonazo. Subestima completamente
a su adversario. Los informes británicos
describen a Blast de Eso como un viejo
comandante mutilado, probablemente
Senil, cuya reputación proviene de
batallas peleadas décadas atrás.
Bernon está tan seguro de la victoria
que envía mensajeros a Jamaica ordenando
preparar celebraciones para cuando
regrese victorioso. Hace redactar
proclamas que serán leídas en Cartagena
después de su conquista. Incluso discute
con sus oficiales cómo van a administrar
la ciudad una vez que caiga en sus
manos. En su arrogancia, no se le ocurre
que ese viejo mutilado pueda representar
una amenaza real. El primer movimiento
de Bernon es bombardear el castillo de
San Luis de Bocachica, una fortificación
que controla la entrada principal a la
bahía de Cartagena. Es una posición
clave que debe ser neutralizada antes de
que la flota pueda avanzar hacia la
ciudad propiamente dicha. Bernon ordena
a seis de sus navíos más poderosos que
se sitúen frente al castillo y abran
fuego. El bombardeo comienza al amanecer
del 15 de marzo. Los cañones británicos
braman sin cesar. lanzando una lluvia de
hierro sobre las murallas españolas. El
estruendo es ensordecedor, visible desde
kilómetros de distancia. Las balas de
cañón impactan contra las piedras,
levantando nubes de polvo y fragmentos.
Parece imposible que algo pueda
sobrevivir a semejante castigo, pero los
españoles no solo sobreviven, sino que
responden. Los artilleros del castillo
de San Luis, entrenados personalmente
por Blast de Eso durante los últimos 4
años, devuelven el fuego con una
precisión notable. Sus cañones, aunque
menos numerosos, están perfectamente
posicionados y sus sirvientes conocen
cada centímetro de la bahía, cada
distancia, cada ángulo. El intercambio
de disparos continúa durante horas. Los
británicos esperaban silenciar la
fortificación en cuestión de minutos,
pero a medida que pasan las horas y el
castillo sigue disparando, la
frustración crece. Bernon ordena que más
barcos se unan al bombardeo. Ahora son
12 navíos concentrando su fuego. El
castigo es infernal, pero los españoles
resisten. Durante 15 días consecutivos,
el bombardeo continúa casi sin
interrupción. Los defensores de San Luis
de Bocachica viven un infierno. El aire
está constantemente lleno de humo y
polvo. El ruido es tan constante que
muchos artilleros quedan parcialmente
sordos. Las murallas se agrietan y
derrumban en varios puntos. Los hombres
trabajan sin descanso, reparando daños
durante la noche, volviendo a sus
puestos al amanecer. La comida escasea,
el agua se rasiona, el agotamiento es
total, pero no se rinden. Cada vez que
los británicos creen que finalmente han
silenciado las defensas, los cañones
españoles vuelven a bramar desafiantes.
Plaz de leso observa la resistencia de
San Luis con orgullo, pero también con
realismo.
Sabe que la fortificación no puede
aguantar indefinidamente.
Las murallas están demasiado dañadas,
las bajas se acumulan, las municiones
disminuyen, pero cada día que San Luis
resista es un día ganado para reforzar
otras defensas, para preparar sorpresas
al enemigo, para minar su moral, porque
eso es lo que realmente está haciendo
Leso, librando una guerra psicológica,
además de militar.
Quiere que los británicos comprendan que
no están enfrentando a unos defensores
desmoralizados dispuestos a rendirse,
sino a guerreros determinados a vender
muy cara su derrota. Finalmente, el 24
de marzo, tras 15 días de bombardeo
implacable, el castillo de San Luis de
Bocachica cae, pero no cae fácilmente.
Cuando las tropas británicas finalmente
asaltan las ruinas, encuentran que los
defensores supervivientes continúan
luchando cuerpo a cuerpo entre los
escombros. Hay que desalojarlos posición
por posición, habitación por habitación.
Cuando la lucha termina, Bernon
contempla lo que ha conseguido y la
satisfacción se mezcla con la inquietud.
Ha necesitado 15 días y el esfuerzo de
docenas de sus mejores navíos para tomar
una sola fortificación secundaria. Si
esta es la resistencia que ofrecen las
defensas exteriores, ¿qué le espera
cuando intente tomar la ciudad misma?
Pero Bernon está demasiado comprometido
para retroceder ahora. Ha prometido
públicamente que conquistará Cartagena.
ha acuñado medallas celebrando su
victoria. No puede regresar a Londres
con las manos vacías sin destruir su
reputación, así que ordena avanzar. La
flota británica penetra en la bahía
interior, acercándose a Cartagena
propiamente dicha. Es entonces cuando
Blas deo ejecuta la primera de sus
maniobras maestras, una decisión que
dejará atónitos a todos los observadores
por su audacia y su sacrificio.
Ordena hundir sus propios barcos
bloqueando el canal de acceso a la
ciudad. Es una decisión dolorosísima
para cualquier marino. Esos seis navíos
representan todo el poder naval español
en Cartagena. Son barcos hermosos, bien
equipados, que podrían haber intentado
alguna acción contra la flota británica.
Pero leso comprende algo fundamental. En
esta batalla los barcos son
prescindibles, la ciudad no. Al hundir
sus propios navíos en los puntos más
estrechos del canal, crea un obstáculo
formidable que la flota británica no
puede sortear fácilmente. Los grandes
navíos de línea de Bernon, con su enorme
calado, no pueden acercarse a las
murallas. Para bombardearlas
efectivamente
tienen que mantener la distancia
reduciendo la precisión de su
artillería.
Además, Leso ordena que antes de hundir
los barcos se retiren todos los cañones,
municiones y pertrechos útiles. Estas
piezas de artillería se distribuyen por
las murallas de la ciudad reforzando las
defensas terrestres. Los marineros de
los barcos hundidos no quedan ociosos,
sino que se convierten en artilleros e
infantes, aumentando la guarnición
defensora. Es un movimiento brillante
que transforma una aparente debilidad,
la escasez de barcos, en una ventaja
táctica. Bernon contempla los navíos
españoles hundidos bloqueando el paso y
comprende que ha sido superado
estratégicamente. Ese viejo mutilado, al
que tanto despreciaba, acaba de
demostrar un nivel de astucia táctica
que él no anticipó. Los británicos
intentan despejar el canal, pero es una
tarea ardua y peligrosa. Mientras sus
equipos trabajan intentando reflotar o
apartar los barcos hundidos, están
constantemente bajo el fuego de la
artillería española desde las murallas.
Cada día que pasa intentando despejar el
acceso, es otro día en que las
enfermedades tropicales comienzan a
hacer estragos en las tropas británicas.
La fiebre amarilla, la malaria y la
disentería empiezan a propagarse por los
campamentos y los barcos abarrotados.
Los hospitales de campaña británicos se
llenan rápidamente de enfermos. Cada
mañana hay que arrojar cadáveres al mar.
La moral comienza a deteriorarse.
Bernon, cada vez más frustrado, decide
cambiar de táctica. Si no puede
bombardear la ciudad desde el mar, la
atacará por tierra.
ordena el desembarco masivo de tropas en
una playa cercana.
Miles de soldados británicos y
coloniales desembarcan con su
artillería, sus suministros, sus
tiendas.
Establecen un campamento fortificado y
comienzan a avanzar hacia el objetivo
principal, el castillo de San Felipe de
Barajas, la fortaleza que domina
Cartagena desde una colina cercana.
Bernon sabe que si toma San Felipe, la
ciudad quedará a su merced. Toda la
campaña se concentra ahora en ese único
objetivo. El castillo de San Felipe de
Barajas es una obra maestra de la
ingeniería militar española. Construido
sobre el cerro de San Lázaro domina toda
la ciudad y la bahía. Sus murallas son
gruesas. Sus bastiones están
perfectamente diseñados para cruzar
fuegos. Sus defensas en profundidad
hacen que cada metro ganado cueste
sangre al atacante. Y lo más importante,
está defendido por hombres que saben que
si San Felipe cae, todo está perdido.
Blast Delezo ha concentrado allí sus
mejores tropas, sus cañones más potentes
y toda su artillería naval recuperada de
los barcos hundidos. Ha convertido el
castillo en un erizo de fuego y acero.
El asalto británico comienza el 9 de
abril. Vernon ha reunido más de 9000
hombres para este ataque. La mayor
concentración de tropas terrestres que
jamás haya intentado tomar una
fortificación española en América. Los
regimientos británicos avanzan en
perfecta formación, sus banderas
sondeando, sus tambores marcando el
paso. Es un espectáculo impresionante de
disciplina militar. Pero cuando llegan
al alcance de los cañones españoles, el
infierno se desata sobre ellos. La
artillería de San Felipe abre fuego con
una precisión devastadora. Las balas de
cañón atraviesan las formaciones
británicas creando pasillos de muerte.
La metralla ciega a los soldados como el
trigo bajo la guadaña. Los hombres caen
por docenas, por centenares. Pero los
británicos no retroceden. Son tropas
profesionales acostumbradas al fuego,
disciplinadas hasta el extremo.
Continúan avanzando sobre los cuerpos de
sus camaradas caídos. llegan hasta el
foso que rodea el castillo y preparan
sus escalas para asaltar las murallas.
Es entonces cuando descubren la segunda
sorpresa que Blast de Leso les ha
preparado. Durante los meses previos,
los españoles han excavado un foso mucho
más profundo de lo que los mapas
británicos indicaban. Las escalas que
traen los atacantes son demasiado
cortas, no alcanzan la parte superior de
las murallas. Los soldados que intentan
trepar quedan atrapados a media altura,
blancos perfectos para los mosquetes y
pistolas de los defensores. La matanza
es espantosa. Los británicos lo intentan
una y otra vez, lanzando oleada tras
oleada de hombres contra las murallas.
Cada asalto termina en un fracaso
sangriento. El foso se llena de
cadáveres. Los heridos claman pidiendo
ayuda que no llega. El olor a pólvora
quemada y sangre impregna el aire. Al
caer la noche, Bernon debe ordenar la
retirada. Ha perdido más de 1000 hombres
en un solo día sin conseguir penetrar
las defensas. Regresa a su campamento
furioso, humillado, sin poder creer lo
que acaba de suceder.
Plaz de leso, desde lo alto de San
Felipe, observa la retirada británica.
Ha perdido hombres también, demasiados,
pero ha rechazado el primer asalto. Sus
soldados están exhaustos, pero
eufóricos. Han demostrado que pueden
enfrentarse a las mejores tropas del
imperio británico y vencerlas. La
noticia del rechazo se extiende por
Cartagena como una ráfaga de esperanza.
La población civil, que había pasado
semanas aterrorizada viendo la inmensa
flota enemiga, empieza a creer que tal
vez, solo tal vez la ciudad pueda
resistir. Pero Bernon no está dispuesto
a rendirse. Durante los días siguientes,
organiza nuevos asaltos, cada uno más
desesperado que el anterior. Intenta
atacar por diferentes puntos, busca
flanquear las defensas, ordena
bombardeos preliminares más intensos.
Nada funciona. Cada vez que sus tropas
se acercan a las murallas, el fuego
español las recibe con la misma
intensidad letal. Los oficiales
británicos empiezan a murmurar entre
ellos. Algunos sugieren que tal vez
deberían considerar retirarse, que las
pérdidas son insostenibles.
Pero Bernon rechaza airadamente estas
sugerencias. Ha apostado demasiado en
esta campaña para admitir la derrota.
Mientras tanto, un enemigo silencioso
pero mortal está haciendo más daño a los
británicos que todos los cañones
españoles juntos. Las enfermedades
tropicales se han convertido en una
plaga. Los campamentos británicos son
focos de infección. Los soldados duermen
en tiendas improvisadas bajo la lluvia
tropical. Se alimentan mal, beben agua
contaminada. La fiebre amarilla avanza
implacable. Los hombres enferman por
centenares, por miles. Los médicos
británicos están desbordados, sin
medicinas suficientes, sin poder hacer
nada más que contemplar cómo sus
pacientes mueren. Cada día hay menos
hombres sanos disponibles para combatir.
Blas de Leseso, que conoce perfectamente
el clima del Caribe, había anticipado
esto. Por eso no tiene prisa en
contraatacar. Sabe que el tiempo juega a
su favor. Cada día que pasa, el ejército
británico se debilita un poco más. La
estrategia española es simple, pero
efectiva. Resistir, desgastar al
enemigo, esperar a que las enfermedades
y el agotamiento hagan su trabajo. Es
una guerra de paciencia y Liso ha
demostrado durante toda su carrera que
posee paciencia infinita cuando la
situación lo requiere.
Bernon, cada vez más desesperado, decide
jugarse el todo por el todo. Organiza un
asalto nocturno masivo para el 20 de
abril.
Concentra todas sus fuerzas disponibles,
más de 6,000 hombres que aún pueden
combatir. El plan es atacar
simultáneamente por varios puntos,
saturar las defensas españolas,
conseguir penetrar en algún sector y
desde ahí desbordar todo el sistema
defensivo. Es una estrategia arriesgada
que depende de la coordinación perfecta
entre múltiples columnas atacantes. Si
funciona, puede romper la resistencia
española. Si falla, será un desastre.
El ataque comienza a las 3 de la
madrugada.
Los británicos avanzan en la oscuridad
intentando sorprender a los defensores,
pero Blast de Eso ha apostado vigías por
todas partes y ha organizado un sistema
de alarma eficiente. Cuando las primeras
columnas británicas se acercan, las
campanas de Cartagena comienzan a
repicar. Los defensores corren a sus
puestos. Las antorchas se encienden en
las murallas. Los cañones se cargan para
cuando los atacantes llegan al alcance,
la sorpresa se ha perdido. La batalla
que sigue es caótica y brutal. En la
oscuridad, iluminada solo por los
fogonazos de los disparos y las llamas
de los edificios incendiados, británicos
y españoles luchan con una ferocidad
salvaje. Hay combates cuerpo a cuerpo en
algunos sectores donde los británicos
logran escalar parcialmente las
murallas. Se lucha con sables,
bayonetas, pistolas a quemarropa,
incluso con piedras y palos cuando se
acaban las municiones. El ruido es
ensordecedor. Gritos de guerra, gemidos
de heridos, explosiones de granadas,
crujido de madera astillada. En un
momento dado, una columna británica
consigue penetrar en uno de los
bastiones exteriores. Por un momento,
parece que van a conseguir su objetivo,
pero Blast de Leso, que está
personalmente en el lugar más peligroso
de la batalla, cojeando por las murallas
con su pata de palo, organiza un
contraataque inmediato, reúne todas las
tropas de reserva disponibles y las
lanza contra la penetración británica.
La lucha es desesperada, pero los
españoles luchan con la energía del que
defiende su hogar. Lentamente, metro a
metro, empujan a los británicos de
vuelta. Cuando el sol sale finalmente
sobre Cartagena, los atacantes están en
retirada una vez más. Las pérdidas
británicas son catastróficas. Han dejado
más de 2000 hombres en el campo de
batalla entre muertos, heridos y
desaparecidos. Los supervivientes
regresan a sus campamentos destrozados
física y moralmente. Muchos están
heridos, todos están exhaustos, algunos
lloran abiertamente. Los oficiales
intentan mantener el orden, pero la
disciplina se está quebrando. Los
soldados murmuran que están siendo
enviados a una muerte segura, que este
asedio es una locura, que deberían
retirarse mientras aún puedan. Bernon
contempla el desastre y por primera vez
debe enfrentar la realidad.
No va a conquistar Cartagena. Ha lanzado
su mejor esfuerzo, ha empleado todos sus
recursos, ha sacrificado miles de
hombres y ese maldito español tuerto
sigue resistiendo.
Peor aún, las enfermedades continúan
propagándose. Los informes de sus
médicos son aterradores. Tiene más de
8,000 hombres enfermos, incapaces de
combatir. Las bajas totales, sumando
muertos en combate y fallecidos por
enfermedad, superan ya las 10,000. Es
una sangría insostenible. Si continúa el
asedio, corre el riesgo de perder su
ejército entero. Pero abandonar
significa admitir públicamente la
derrota, destruir su reputación,
enfrentar la humillación en Londres.
Bernon retrasa la decisión todo lo que
puede, esperando algún milagro que no
llega. Mientras tanto, los españoles van
recuperándose de sus propias pérdidas.
Blast delo ha organizado hospitales
eficientes, ha mantenido a sus hombres
mejor alimentados que los británicos y
la población civil de Cartagena ha
demostrado un apoyo incondicional,
aportando comida, cuidando heridos,
manteniendo alta la moral. Es una ciudad
unida en su determinación de resistir.
Finalmente, el 8 de mayo de 1741,
Bernon debe tomar la decisión más
difícil de su carrera. ordena levantar
el sitio. Las tropas británicas
comienzan a reembarcar. Es un proceso
caótico y humillante. Los soldados
enfermos son llevados en camillas a los
barcos. El material que no puede
transportarse se abandona o destruye.
Los cañones se clavan para que los
españoles no puedan usarlos. Las tiendas
se queman. Es la imagen clásica de un
ejército en retirada desordenada.
Desde las murallas de Cartagena, los
defensores españoles observan la escena
con una mezcla de alivio y triunfo. Han
resistido lo imposible. Han derrotado a
la mayor fuerza militar jamás enviada
contra una ciudad americana. Cuando el
último barco británico abandona la
bahía, Cartagena estalla en
celebraciones. Las campanas repican. La
gente baila en las calles, se organizan
misas de acción de gracias. Han pasado
dos meses de terror absoluto, pero
finalmente ha terminado. La ciudad ha
sobrevivido. Blas de leso, exhausto,
herido en combate una vez más, contempla
desde las murallas la flota británica
alejándose. No sonríe, no celebra. Sabe
el precio que han pagado. Ha perdido
cerca de 2000 hombres entre muertos y
heridos. La ciudad está devastada. Las
fortificaciones necesitarán meses de
reparaciones, pero han vencido. Han
salvado Cartagena y con ella toda
América del Sur para España. El balance
final de la batalla es apocalíptico para
los británicos. De los más de 27,000
hombres que Bernon trajo consigo, solo
9000 regresan a Jamaica. Las pérdidas
superan las 16,000 bajas entre muertos
en combate, fallecidos por enfermedad,
heridos graves y desertores. Es uno de
los desastres militares más grandes en
la historia de la Royal Navy, comparable
a las peores derrotas británicas en
cualquier época. Y todo ello infligido
por una fuerza defensora 10 veces menor
en número, comandada por un hombre cojo,
tuerto y manco al que habían
despreciado. Cuando la noticia llega a
Londres, la reacción es de shock
absoluto. El gobierno británico intenta
ocultar la magnitud del desastre. Se
prohíbe a los periódicos publicar
detalles sobre las pérdidas. Las
medallas que Bernon había mandado acuñar
celebrando la conquista de Cartagena se
retiran de circulación apresuradamente.
Los familiares de los caídos reciben
explicaciones vagas o directamente
mentiras sobre el destino de sus seres
queridos.
Bernon regresa a Inglaterra en
desgracia. Aunque no es formalmente
castigado, su carrera está acabada. El
hombre que había sido aclamado como un
héroe nacional tras la conquista de
Portovelo, ahora es visto como el
responsable de una humillación
histórica.
En Madrid, sin embargo, la reacción a la
victoria de Cartagena es
sorprendentemente tibia.
El rey Felipe V, más preocupado por las
guerras en Europa que por las colonias
americanas, apenas presta atención al
logro de Blast de Leso. No hay grandes
celebraciones, no hay reconocimientos
especiales, no hay ascensos ni
condecoraciones. Es una ingratitud
asombrosa que dejará una marca amarga en
los últimos meses de vida del héroe.
Leso ha salvado literalmente el imperio
español en América. ha infligido la
mayor derrota naval británica en décadas
y Madrid lo trata con indiferencia.
Pero lo que la Corte española no
comprende es la magnitud histórica de lo
que Blast de Eso ha logrado. Si
Cartagena hubiera caído, como Bernon
prometió que caería, las consecuencias
habrían sido incalculables. Los
británicos habrían usado la ciudad como
base para conquistar todo el Caribe
español. Desde allí habrían atacado
Panamá, cortando la conexión entre el
Atlántico y el Pacífico. Luego habrían
avanzado hacia el sur, conquistando los
virreinatos de Nueva Granada y Perú. Con
su superioridad naval, nada habría
podido detenerlos. En una o dos décadas,
toda América del Sur habría caído bajo
control británico. El español habría
sido reemplazado por el inglés como
lengua dominante. La cultura hispánica
habría sido borrada o marginada. La
historia del continente habría sido
completamente diferente. Plaz delo
impidió ese futuro alternativo.
Su victoria en Cartagena no solo salvó
una ciudad, salvó una civilización
entera. garantizó que América del Sur
continuara siendo hispana, que la lengua
española se extendiera por todo el
continente, que la cultura y las
tradiciones españolas echaran raíces
profundas que perduran hasta hoy. Cuando
hoy se habla español en Argentina,
Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú,
Bolivia, Chile, cuando se celebran
fiestas tradicionales hispanas, cuando
se mantienen costumbres heredadas de
España, todo ello es posible porque un
hombre cojo, tuerto y manco decidió que
no iba a permitir que los británicos le
arrebataran a España su imperio
americano. Pero el destino es cruel con
los héroes. Las de eso no disfrutará
mucho tiempo de su triunfo. Durante la
batalla final contra Bernon ha recibido
nuevas heridas. Su cuerpo, ya devastado
por décadas de combates, está al límite
de sus fuerzas. En los meses siguientes
a la victoria, su salud se deteriora
rápidamente.
Las heridas se infectan en el clima
tropical. La fiebre lo consume. Los
médicos hacen lo que pueden, pero en
aquella época no hay mucho que la
medicina pueda hacer contra las
infecciones graves. El 7 de septiembre
de 1741,
apenas 4 meses después de su mayor
triunfo, Blas de Lezo y Olvarrieta
fallece en Cartagena de Indias. Tiene 52
años. Ha pasado casi 40 de ellos
sirviendo a España en los mares,
combatiendo en docenas de batallas,
acumulando heridas y victorias en igual
medida. Muere como ha vivido, sin
aspavientos, sin dramatismos, cumpliendo
con su deber hasta el último aliento.
Sus últimas palabras, según los
testigos, son para preocuparse por el
estado de las defensas de Cartagena y
dar instrucciones sobre cómo mantener la
ciudad segura.
La noticia de su fallecimiento provoca
una conmoción en Cartagena.
La población entera sale a las calles
para llorar al hombre que salvó su
ciudad. Su funeral es un evento masivo
con miles de personas acompañando el
cortejo. Los soldados que lucharon bajo
su mando lloran sinvergüenza la pérdida
de su comandante. Los civiles que fueron
testigos de su heroísmo expresan su
gratitud eterna. Cartagena entierra a su
héroe con todos los honores que puede
ofrecerle, aunque Madrid permanezca
indiferente. Y aquí comienza una de las
injusticias más grandes de la historia
española. Durante los siguientes dos
siglos, el nombre de Blast de Leso
prácticamente desaparece de la memoria
colectiva española. No hay monumentos en
su honor, no se enseña su historia en
las escuelas, no aparece en los libros
de historia.
Otros militares con logros menores son
celebrados y recordados, mientras que el
hombre que salvó América para España cae
en el olvido más absoluto. Es como si la
corona española, avergonzada de no
haberlo reconocido en vida, decidiera
enterrar también su memoria.
Las razones de este olvido son complejas
y múltiples. Parte se debe a la
rivalidad entre diferentes facciones en
la corte española. Blast deo tenía
enemigos entre los funcionarios
coloniales a quienes había denunciado
por corrupción e ineficiencia.
Estos hombres tenían contactos en Madrid
y trabajaron para minimizar sus logros
después de su muerte. Otra parte se debe
simplemente a la mala suerte. Leso murió
justo cuando España estaba concentrada
en otros conflictos en Europa y su
victoria quedó eclipsada por
acontecimientos más cercanos a la
metrópoli. Pero tal vez la razón más
profunda del olvido sea más inquietante.
Blast delo representa un tipo de
heroísmo incómodo para las narrativas
oficiales. No era un noble de alta
alcurnia. No tenía conexiones políticas
poderosas. No buscaba gloria personal ni
riquezas. Era simplemente un hombre que
hacía su trabajo con una competencia
extraordinaria, que cumplía su deber sin
esperar reconocimiento.
Este tipo de héroe auténtico, sin bariz
propagandístico, resulta difícil de
encajar en las narrativas
grandilocuentes que prefieren las cortes
y los gobiernos. Durante el siglo XIX,
mientras España perdía sus colonias
americanas una tras otra, nadie
recordaba al hombre que había salvado
esas mismas colonias. 150 años antes,
durante el siglo XX, cuando España
buscaba símbolos de su pasado imperial
para reconstruir su identidad nacional,
Blasdelo seguía siendo un desconocido.
Generaciones enteras de españoles
crecieron sin saber que uno de los más
grandes estrategas navales de todos los
tiempos había sido español, que había
derrotado al imperio británico en su
momento de mayor poder. Irónicamente,
Blas de eso era más recordado en otros
lugares que en su propia patria. En
Cartagena de Indias, su memoria se
mantuvo viva a través de tradiciones
orales y celebraciones locales. Los
cartageneros nunca olvidaron al hombre
que salvó su ciudad. En Inglaterra,
aunque la derrota de Bernón fue ocultada
oficialmente, los historiadores navales
británicos conocían bien la batalla de
Cartagena y reconocían en privado el
genio del comandante español que había
humillado a la Royal Navy. Algunos
almirantes británicos del siglo XIX
estudiaban las tácticas del ESO como
ejemplos de brillantez defensiva.
No fue hasta finales del siglo XX,
cuando España comenzó lentamente a
redescubrir a Blast de Eso. Algunos
historiadores navales empezaron a
investigar su vida y sus batallas,
sorprendidos de encontrar una historia
tan extraordinaria completamente
ignorada por la historiografía oficial.
Se publicaron libros, se escribieron
artículos, se organizaron conferencias.
Poco a poco, el nombre de Blast del Eso
empezó a circular de nuevo en círculos
académicos y militares. El verdadero
renacimiento de su memoria llegó en el
siglo XXI. En 2014, finalmente se
inauguró una estatua de Blast de Eso en
Madrid, frente al Museo Naval, casi 300
años después de su nacimiento. La
estatua lo muestra tal como era, cojo,
tuerto, con el brazo inútil, pero
erguido y desafiante. No se ocultan sus
mutilaciones, porque precisamente esas
heridas son parte esencial de su
leyenda.
representan su determinación de servir a
pesar de todo, de no permitir que las
limitaciones físicas definieran su
destino.
Hoy Blaz Deleto es considerado uno de
los mayores estrategas navales de la
historia española, comparable a figuras
como Álvaro de Bazán o Cosme García de
los Reyes. Los historiadores militares
lo estudian como ejemplo de genio
táctico y liderazgo bajo presión
extrema. Su defensa de Cartagena se
analiza en academias navales de todo el
mundo, como un caso magistral de cómo
una fuerza inferior puede derrotar a un
enemigo superior mediante la combinación
de preparación meticulosa, uso
inteligente del terreno, comprensión de
las debilidades del adversario y
liderazgo inspirador. En Cartagena de
Indias, Blast de Leson nunca fue
olvidado. La ciudad que salvó lo venera
como su mayor héroe. Hay monumentos,
calles, plazas que llevan su nombre.
Cada año se celebran ceremonias
conmemorando la victoria sobre Bernon.
Los cartageneros cuentan con orgullo la
historia del medio hombre que derrotó al
imperio más poderoso del mundo. Para
ellos, Leso no es solo un nombre en los
libros de historia, es parte viva de la
identidad de la ciudad. La historia de
Blast de Eso plantea preguntas profundas
sobre cómo recordamos a nuestros héroes.
¿Por qué algunas figuras son celebradas
mientras otras caen en el olvido? ¿Qué
dice de una sociedad que ignora a
quienes realmente la sirvieron? ¿Cómo es
posible que el hombre que salvó América
para España fuera olvidado por España
misma durante siglos? Estas preguntas no
tienen respuestas fáciles, pero nos
obligan a reflexionar sobre nuestras
prioridades y nuestros valores. Lo que
resulta indiscutible es que Blast de Eso
merece un lugar de honor en la historia
no solo de España, sino del mundo. Su
vida es una demostración de que las
limitaciones físicas no determinan el
destino de una persona, que el coraje y
la determinación pueden superar las
probabilidades más adversas, que un
hombre correcto en el lugar correcto
puede cambiar el curso de la historia.
Derrotó a la mayor flota jamás reunida
hasta ese momento con una fracción de
sus recursos. salvó un imperio cuando
todos apostaban por su caída y lo hizo
sin buscar gloria personal, sin esperar
recompensas, simplemente cumpliendo con
lo que consideraba su deber.
Su legado es tangible todavía hoy. Cada
vez que escuchamos español en las calles
de Bogotá o Buenos Aires, cada vez que
contemplamos una catedral colonial en
Lima o Quito, cada vez que disfrutamos
de la riqueza cultural hispano
americana, estamos viendo los frutos de
la victoria de Blast de Eso. Si
Cartagena hubiera caído en 1741,
la historia del continente habría sido
radicalmente diferente. América hispana
que conocemos hoy tal vez no existiría.
En su lugar habría una extensión del
imperio británico donde el español
sería, a lo sumo una lengua minoritaria.
Blast de eso impidió ese futuro. Con su
cuerpo destrozado por décadas de
combate, con sus 3000 hombres contra
30,000 enemigos, con seis barcos contra
186,
cambió la historia del mundo, no
mediante conquistas agresivas ni
invasiones imperialistas, sino
defendiendo lo que consideraba justo y
correcto. Es un tipo de heroísmo
diferente, más humilde, pero quizá más
profundo. Su carrera militar completa es
igualmente impresionante. Participó en
más de 20 batallas navales
significativas a lo largo de casi 40
años. Combatió contra franceses,
ingleses, holandeses, austriíacos,
otomanos. Luchó en el Mediterráneo, el
Atlántico, el Caribe. Participó en
asedios terrestres y combates navales. Y
en toda esa larga carrera jamás perdió
una batalla, ni una sola.
Es un récord extraordinario que pocos
comandantes en la historia pueden
igualar. Cada victoria en su carrera
demuestra algún aspecto de su genio
militar. Contra los holandes mostró su
capacidad para explotar las debilidades
en las formaciones enemigas. contra los
ingleses en el Atlántico, demostró su
habilidad para maniobrar barcos en
combate. Enornan probó que podía dirigir
defensas terrestres con la misma
maestría que las navales y en Cartagena
sintetizó todas estas habilidades en una
defensa perfecta que tuvo en cuenta cada
factor posible: geografía, clima,
psicología, logística, táctica y
estrategia.
Pero más allá de su genio táctico, Blast
Delcho poseía cualidades de liderazgo
que son aún más raras. Inspiraba lealtad
absoluta en sus hombres sin necesidad de
discursos grandilocuentes o promesas
vacías. Lo hacía mediante el ejemplo
personal, exponiéndose a los mismos
peligros que ellos, compartiendo sus
privaciones, mostrando que ninguna
herida podía detenerlo.
Los marineros y soldados que servían
bajo su mando sabían que su comandante
jamás les pediría hacer algo que él
mismo no estuviera dispuesto a hacer.
Esa certeza creaba un vínculo de
confianza inquebrantable.
También poseía una integridad moral
excepcional. En una época donde la
corrupción era endémica en la
administración colonial española, Leso
se mantuvo incorruptible,
rechazó sobornos, denunció a
funcionarios deshonestos, defendió los
intereses de la corona y del pueblo por
encima de cualquier beneficio personal.
Esta rectitud le ganó enemigos poderosos
entre los burócratas coloniales, lo que
probablemente contribuyó al olvido
posterior de su memoria, pero también le
ganó el respeto y la lealtad de la gente
común. Su relación con la población
civil de Cartagena durante el asedio es
reveladora. no se limitó a dar órdenes
militares, sino que se preocupó
genuinamente por el bienestar de los
habitantes. Organizó la distribución
equitativa de alimentos durante el
asedio. Se aseguró de que los enfermos y
heridos civiles recibieran atención.
Mantuvo informada a la población sobre
el desarrollo de la batalla. Esta
conexión con los civiles fue crucial
para mantener la moral alta durante los
dos meses de sitio. Los cartageneros no
luchaban solo porque se lo ordenaran.
Luchaban porque confiaban en Leso y
sabían que él estaba haciendo todo lo
posible por protegerlos. La victoria de
Cartagena también tuvo consecuencias
geopolíticas de largo alcance que fueron
más allá de la preservación del imperio
español en América.
demostró a las potencias europeas que
España, aunque debilitada respecto a su
apogeo del siglo XV, seguía siendo una
fuerza militar formidable, capaz de
defender sus intereses. Inglaterra, tras
el desastre de Bernon, se volvió más
cautelosa en sus ambiciones americanas.
Pasarían décadas antes de que los
británicos intentaran nuevamente una
operación de tal magnitud contra las
colonias españolas. La batalla también
influyó en el desarrollo de la táctica
militar defensiva. Los tratados
militares del siglo XVII comenzaron a
estudiar la defensa de Cartagena como
ejemplo de cómo una fortaleza bien
preparada y brillantemente defendida
puede resistir fuerzas muy superiores.
Las innovaciones del ESO, como el
hundimiento deliberado de sus propios
barcos para bloquear accesos o la
excavación del foso secreto que
inutilizó las escalas enemigas, fueron
imitadas en otras fortificaciones
alrededor del mundo. Incluso en la
cultura popular comenzó lentamente a
aparecer. Se han escrito novelas
históricas sobre su vida, se han
producido documentales. Algunos
compositores han creado obras musicales
inspiradas en la defensa de Cartagena.
En internet, especialmente en años
recientes, su historia se ha vuelto
viral repetidamente con millones de
personas descubriendo sorprendidas esta
epopya olvidada. Cada vez que alguien
cuenta su historia en redes sociales,
los comentarios se llenan de expresiones
de asombro de que no se enseñe este
episodio en las escuelas. Y tienen razón
en sorprenderse. La historia de Blast de
Lesso contiene todos los elementos de
una gran epopya. Un héroe improbable,
superado en número imposible, un enemigo
arrogante que subestima al protagonista.
Batallas desesperadas, victoria contra
todo pronóstico.
Es el tipo de historia que naturalmente
captura la imaginación.
Que haya permanecido oculta durante
tanto tiempo es uno de los misterios más
frustrantes de la historiografía
española. Tal vez lo más importante que
podemos aprender de Blast de Eso es que
el verdadero heroísmo no busca
reconocimiento.
Él no luchó por la gloria ni por las
medallas. Luchó porque era su deber,
porque creía en defender a su país y a
la gente bajo su protección. No le
importó que Madrid lo ignorara o que los
cortesanos no apreciaran sus
sacrificios. hizo lo correcto
simplemente porque era lo correcto y esa
es quizá la forma más pura de heroísmo
que existe. Su vida también nos recuerda
que las apariencias engañan. Un hombre
cojo, tuerto y manco podría parecer
incapaz de lograr grandes cosas, pero
Blast de eso convirtió sus aparentes
debilidades en fortalezas. Cada herida
lo hizo más determinado. Cada mutilación
afiló su mente para compensar las
limitaciones físicas. demostró que la
verdadera fuerza no reside en el cuerpo,
sino en el espíritu, la voluntad y el
intelecto.
Hoy, cuando finalmente España está
redescubriendo a Blas del Eso, hay un
sentimiento de orgullo mezclado con
tristeza por los siglos perdidos.
Orgullo por reconocer finalmente a uno
de sus más grandes héroes. Tristeza por
haber tardado tanto en hacerlo. Pero al
menos ahora su nombre está siendo
rescatado del olvido. Su historia está
siendo contada. Su legado está siendo
honrado como merece. En Cartagena de
Indias, donde su memoria siempre se
mantuvo viva, la estatua de Blas de Leso
se alza orgullosa frente al mar que
tanto amó. Los turistas que la visitan
escuchan la historia del medio hombre
que salvó la ciudad y se van conmovidos
e inspirados.
Los niños cartageneros crecen conociendo
su nombre y sus hazañas. Es un pequeño
pero significativo acto de justicia
histórica que, al menos en la ciudad que
defendió, Blas de Eso, nunca será
olvidado. La historia completa de su
vida y su triunfo en Cartagena merece
ser conocida por todos los
hispanohablantes porque es parte
fundamental de nuestra historia
compartida. Es la historia de cómo un
hombre extraordinario salvó una
civilización, de cómo el coraje y el
genio pueden vencer a la fuerza bruta,
de cómo un verdadero héroe puede cambiar
el mundo sin buscar crédito por ello.
En definitiva, la historia del más
grande marino que España casi olvida, el
héroe que derrotó al imperio británico y
salvó América para el mundo hispano. No.
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