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LA NOCHE DESEADA
- ¿Cuándo van a empezar con ese lado? - No podemos volar esas tierras.
Aún no son nuestras.
Creí que ya las habíamos adquirido hace 15 meses.
No. Tenemos una opción sobre las tierras de la Sra. Warren,
pero no incluye la franja central con las dos granjas.
Henry, al comprometer las tierras de su mujer, usted nos garantizó...
Lo sé. El caso es que nos están retrasando esos dos granjeros
que fueron a la guerra. Uno de ellos ya ha vuelto
y el otro creo que está a punto de llegar.
He encargado que me avisen en el momento en que baje del autobús.
¿Por qué no le habla usted al otro mientras tanto?
No es posible. Hemos de dar a Rad McDowell
la primera oportunidad de vender.
- ¿Por qué? - Porque es blanco.
Los demás son gentes de color.
¿Y si ninguno de ellos quiere vender?
No piense en eso, Sr. Elwell.
Una de esas dos granjas pertenece a un primo mío.
La otra es de la negra que crió a mi mujer y de su hijo.
Así que podría decirse que todo queda en familia.
No podemos esperar mucho, Henry. Si no se resuelve antes de fin de mes
retiraremos la opción sobre las tierras de su esposa
- y actuaremos en otra dirección. - Le presento a Julie, mi mujer.
- ¿Cómo está usted? - El sheriff Coombs, nos ha ayudado.
Me alegra conocerla por fin, Sra. Warren.
Ahora puedo comprobar que no es ninguna leyenda lo que dicen
de la belleza sudista.
También para mí es un placer y una sorpresa verle, Sr. Elwell.
Piense que aquí crecemos todos pensando que los yanquis
- tienen cuernos y rabo. - ¿De veras?
Yo no supe hasta los 10 años que yanqui y demonio eran cosas distintas.
¿Qué le parece si vamos ahora a casa para tomar una copa?
Lo siento mucho, pero tenemos que visitar aún tres sitios más.
- Adiós. Sheriff. - Sr. Elwell.
Eh, Rad, ven aquí.
Déjame ser el primero en darte la bienvenida.
- ¿No fue nadie a esperarte? - No. Quería sorprenderlos.
Sube, te llevaré a casa.
Vamos, no tienes por qué ir a pie.
¿Cómo encuentras esto? ¿Muy cambiado?
Sí y no. Quizás algo más pequeño.
Es lógico ahora que has visto esas grandes ciudades europeas.
Nunca te habías alejado ni 30 kilómetros de aquí.
Habrá sido emocionante, ¿eh?
Eso depende de donde se mire. Desde allí o desde aquí.
Estás muy bien, Rad.
Y tú rebosas lujo, primo Henry. Estás en la opulencia.
¿Por el coche? Esto no es ni la caseta del perro.
Esto es apenas el principio.
Antes de que te des cuenta, habremos saltado de pobretones a ricos.
- Es un buen salto. - ¿Qué sabes de Riverside?
Lou me escribió algo.
Es lo más grande que se ha concebido en Colfax County.
Y en menos que dura un relámpago será lo más grande de Georgia.
Riverside. Se habrá terminado en octubre.
Me han nombrado jefe local. Tengo a mi cargo todo el distrito.
Pasó el tiempo de las barcas de camarones, ¿eh?
Trataré de que tengas también un trozo de pastel.
- ¿De qué pastel? - Pues el del dinero.
No me des las gracias, lo hago con mucho gusto.
Quizá no nos llevemos del todo bien, pero hay que reconocer
que la sangre siempre tira. Cuento con que aceptarás mi proposición.
¿Piensas acaso que serás feliz siguiendo otra vez la rutina,
rompiéndote los riñones para sacar algo de esa cochina granja?
No, señor. Debes aspirar a más. Piensa en tus hijos.
Sobre todo en Charles. Es un mocoso que vale.
Se parece a mí cuando tenía sus años. Le considero un hijo más que un sobrino.
Gracias.
Atiéndeme.
He apalabrado en tu nombre la venta de tu granja
al mismo precio que las tierras de Julie. A 100 dólares el acre,
a pesar de que el tuyo es terreno pantanoso. ¿Qué te parece, Rad?
- No lo sé. - ¿Cómo que no lo sabes?
¿Cuándo tendrás ocasión de que te suelten 5 mil dólares por la granja?
Nunca, es cierto. Pero no son cosas para decidirlas a la primera.
He de pensarlo.
Piénsalo, y esperemos que mientras tanto no bajen ellos el precio.
Tengo que dejarte aquí o llegaré tarde a la iglesia.
¿A la iglesia tú? Pero si hoy no es domingo.
Cuánto han cambiado las cosas.
No tanto, pero es que a Clem, el primo de Julie, lo ordenan hoy.
Va a ser el nuevo pastor.
La oportunidad te llama, Rad. No tardes en abrirle la puerta.
Lo pensaré.
¡Eh, Lou!
- A ti te pasa algo, Reeve. - No, mamá.
Pues algo te ha cambiado el humor desde el desayuno. Dímelo.
Mamá, eres mejor que todo el radar que se usa en el Pacífico.
No sé nada de ese radar, pero sí sé cuando le ocurre algo a mi hijo.
Rad McDowell ha vuelto. Le he visto en la carretera hablando con su primo.
Apuesto a que trata que él venda sus tierras, lo mismo que nosotros.
¿Por qué no se lo preguntas al propio Rad?
Siempre habéis sido muy buenos amigos.
De pequeños puede, luego no tanto.
Vale, pero en cuanto me sienta mejor, iré a visitar a la Srta. Julie.
Ella sabe cómo manejar a su señor Henry Warren.
Una esposa sabe siempre cómo convencer al marido.
Mamá déjate de sueños. No confiemos en que ella o cualquier blanco
mire por nosotros. Hemos de cuidar nosotros de nosotros mismos.
No sé qué han hecho de ti en el ejército.
Desde que regresaste a casa no encuentras nunca una palabra amable.
Mamá, mírate a fondo a ti misma, a tu vida, a todo.
Verás que es necesario olvidarse de los antiguos modos.
- ¿Qué tal, Sr. Warren? - Bien, gracias.
No me diga que terminó la ceremonia. ¿Sr. juez?
Perdón.
Hubiera querido morirme cuando oí en la ciudad que habías vuelto
- y no estábamos aquí. - Cálmate, cariño.
Como no ha habido noticias esta mañana, creí que no vendrías hoy.
He ido al salón de belleza de la ciudad para gustarte cuando llegaras.
Y me gustas. Eres la mujer más guapa que he conocido.
- Pero si no llegué al salón. - No me importa, amor.
Dios mío...
Otra vez en casa.
Parece imposible, otra vez en casa.
Si no hubiera invitado a las negras, no hubiéramos tenido ese incidente.
No podía negarme a darles la comunión, ¿verdad?
Hasta que les de un pastor para ellos, yo soy su pastor.
Si el Señor, en su sabiduría, aceptó separar las razas,
¿podemos contradecirle?
Clem, creo que ahora debería decir algo que aplaque al juez Purcell.
No conviene iniciar el ministerio teniendo en contra a un feligrés así.
El caso es grave, Sr. obispo.
Tras de recibirla esa mujer, al pasar la patena de la comunión
al Sr. juez, él escupió en ella.
Yo estaba presente y no lo he visto.
Pues lo hizo.
En su lugar, Clem, yo no desafiaría al juez.
Deje que se le acerque a su debido tiempo.
De otro modo, podría ser aún mucho peor. ¿Y qué haría usted?
Adoptar casi la misma postura de quien está esperando recibir
la comunión sin ningún remordimiento.
Pase.
- Clem, ha sido muy hermoso. - Gracias, Julie.
Y muy emocionante.
Tendré que empezar a llamarle Sr. De Lavery.
Julie, por favor, soy el mismo de siempre. No he cambiado por dentro.
- Buenos días, Sra. Martin. - Buenos días.
¡Vamos, la cena está lista! ¡Todos a la mesa!
Vamos, vamos, señorita.
¿Charles?
Señor, gracias te damos por estos alimentos
y especialmente por permitirnos estar juntos, sanos y salvos. Amén.
Gracias. Les estoy muy agradecido. Disculpen un momento.
Es un placer verle aquí, Sr. juez. Y a usted, Sra. Purcell.
Muchas gracias, Sr. obispo. ¿No conocía a nuestra hija Sukie?
Sr. juez, está usted rodeado de bellezas.
Sra. Coombs, me alegro de saludarla. Sheriff, es usted un buen chico.
- Sr. juez. - Julie, es un placer verla.
- Hola, Julie. - Sra. Purcell.
Cuánto me alegra que hayan venido a saludar a mi primo Clem.
Espera, Sukie, os presentaré al invitado de honor.
- Sólo iba a tomar un vaso de ponche. - A su debido tiempo, encanto.
Clem, aquí hay unos invitados que desean saludarte.
- Julie, tendrá que disculparnos. - ¿Por qué? No comprendo.
Usted vio como fuimos insultados mi familia y yo por ese...
- incalificable primo suyo. - ¿Qué fue lo que hizo?
Yo le diré lo que hizo. Me pasó la patena tras haberla metido
bajo el morro de una vieja negra. Dígame, ¿qué hubiera hecho usted
de encontrarse en un caso así?
Teniendo en cuenta que a mí me amamantó una negra,
uno de los seres más puros que ha existido,
- creo que habría podido sobrevivir. - Eso no tiene nada que ver.
No. Me pasó las babas de una vieja negra borracha y sifilítica.
Y no crea que la culpo a ella. Ni se daba cuenta de la situación.
Pero al que sí debo y puedo culpar es al hombre que tuvo la desfachatez
de pasarme la misma patena.
Sr. juez, ¿conoce a esa mujer?
- ¿La conoce usted? - Por su nombre no.
¿Y cómo puede entonces asegurar que es borracha y sifilítica?
¿O es que tiene quizá experiencia en esas cosas?
Salgamos de aquí.
- Sr. juez, Julie no sabe lo que dice. - Pero yo sí sé lo que digo.
Y afirmo que ningún miembro de mi familia
volverá a pisar la iglesia mientras tengamos a ese pastor.
- ¿Pero y mi boda? - Hay otras iglesias.
No debes preocuparte por eso, Sukie. Vamos.
El primo Henry dice que los hombres listos se las arreglan
para no ir al servicio militar.
Sí, de eso sabe demasiado vuestro primo Henry.
Dice que con cuatro hijos tú no tenías por qué ir.
¿Es cierto eso?
Un hombre hace lo que le dicta su conciencia.
Pues el primo Henry pensó que no debía ir. Y él sólo tiene un hijo.
¿Cómo lo explicas?
Es posible que el primo Henry no sepa lo que es conciencia, hijo.
Bueno, por fin se acabó todo.
Toma, pensé que te convendría algún reconfortante.
Ha terminado bien, teniendo en cuenta las circunstancias.
- ¿Eso crees? - ¿No es así?
Bueno, yo en tu caso procuraría no saltarme semáforos en rojo
ni usar aparcamientos oficiales
al menos en un par de años.
Él vino a mi casa y a mi fiesta sólo para ofender a mi invitado de honor
y a mi familia. Creo que no recibió más que lo que se merecía.
Mi ángel, mi cielo...
Lo siento, pero no quería estar en el cuarto solo.
Tesoro, te has portado muy bien toda la tarde.
¿No quieres que te lleve mamá? Muy bien. Ve, cielo.
Basta, ya está aquí mamá. Basta, ¿eh?
Déjalo, no toques esto. No lo toques, es de papá.
¡Dámelo!
Ven, amor.
¿Por qué has tenido que tratarle así?
Ya sabes que no se le debe gritar.
Kissie, ¿quieres subir a Colie? Ya debería estar durmiendo.
No pasa nada, hijito.
Lo siento.
La fiesta nos ha puesto algo nerviosos.
Por fin puedo estar a solas contigo.
Hay algo de lo que todo el día he estado deseando hablarte.
¿De Riverside?
Rad McDowell volvió esta mañana.
Julie,
creo que no le gusta la idea de vender que le propuse.
Santo Cielo, estoy harta de oír hablar de Riverside.
Parece como si nadie supiese ocuparse de otra cosa.
- Primero mis padres y ahora tú. - Es todo cuanto tenemos.
Cuando pienso que te creí capaz de sacarme de aquí para siempre.
Aún puede ser, y lo será. Sólo que estaremos pisando en falso
hasta que Rad y Rose vendan.
No deseo causarle ninguna preocupación a tía Rose.
- Creí que ya lo habías comprendido. - No se la vas a causar,
sino que vas a quitarle la venda de los ojos y hacerla muy rica.
Henry,
esa pobre anciana es quien me ha criado.
Y me quería. Hubo un tiempo...
en que únicamente de su cariño podía yo estar segura.
Y no puedo hacerle ningún daño.
- ¿Lo oyes? No puedo. - Está bien. Está bien.
Si piensas así no insistiré más.
- Tú lo comprendes, ¿verdad, Henry? - Claro que sí, cariño.
Lo que no acabo de entender
es que antepongas una negra y un pedazo de tierra
a tu marido y a tu hijo.
- ¿Se ha despertado? - Ni se ha movido.
Se pondrá hecha una furia cuando sepa que no volverá a dormir conmigo.
Bueno, un marido tiene sus derechos, ¿no?
Has estado muy discreto durante la cena.
Me refiero a la conversación con Charles, ¿sabes?
- Sé que no fue sencillo para ti. - Estoy siguiendo tu ejemplo,
al menos por ahora.
Pero no le permitiré que siga yendo a todas horas con el primo Henry.
Creo que Henry siente por él un cariño verdadero.
Le gustaría que Charles fuera su hijo.
Ya tiene un hijo propio, no necesita a Charles.
Colie no es normal. Va a cumplir 6 años y no pronuncia una palabra.
- Dicen que la culpa es de Henry. - En esos caso no hay culpables.
Puede que tengas razón. Es sólo lo que dicen.
¿Qué dicen?
Pues que hace 4 años... ¿no te lo escribí, Rad?
Cuando se moría el padre de Julie y ella tuvo que acompañarle
al hospital de Atlanta, el niño se quedó solo con Henry.
Era el principio de todo el asunto ese de Riverside.
Henry andaba siempre detrás de esas gentes ofreciéndoles
las tierras de Julie. Y el día de que te estoy hablando,
vinieron dirigentes de Atlanta y de Nueva York.
Henry no quiso perderse semejante ocasión.
Pero no puedo encontrar a nadie que se quedase cuidando a la criatura.
Hay quien dice que ni lo intentó.
Yo creo que él sólo pensaba estar fuera una hora o dos.
Bueno, el caso es que ató a Colie a la cuna
con una cuerda de tender ropa. Y eso no es todo, Rad.
En vez de estar fuera sólo un momento, no volvió a casa en todo el día.
Desde entonces el niño no es normal.
- ¿Y cómo reaccionó Julie? - Pues no lo sé.
Creo que no admite que el niño sea retrasado mental.
Ciertas cosas son sólo para entendidos.
Colie...
- Debo subir con él. - Ya tiene a Kissie.
Será sólo cosa de un momento.
Sujétala tú, Rad, ¿o quieres que arda todo?
Lou, puedes tardar lo que quieras, que yo seguiré aquí esperándote.
Cariño, ¿qué te pasa? ¿He dicho algo?
- ¿O he hecho algo? - No.
¿Entonces qué te ocurre?
Es que había imaginado cómo lo encontrarías todos cuando volvieras.
Yo muy bien arreglada, todo listo, y está todo hecho un asco.
Hasta había pensado en comprar sábanas nuevas.
Aquí sólo las hay azuladas y nada está como yo quería.
Cariño, deja de pensar en eso, ¿quieres?
Estoy igual que cuando trabajaba en el tinte, ¿no es cierto?
Es posible que yo pueda arreglarlo. Ya lo verás.
Te lo he traído de París.
Nunca pude soñar...
- Me está muy bien. - Como hecho para ti.
En mi vida había tenido nada tan bonito.
Y así ha de ser siempre, Lou.
Somos jóvenes los dos y debemos disfrutar de nuestra juventud
saliendo por ahí, a divertirnos. Tiene que haber una vida mejor
que la de matarse a trabajar en una granja sólo para comer,
- una vida con más sentido. - ¿Qué estás insinuando?
No lo sé. Es como si de pronto algo me impulsara a buscar otros lugares.
- ¿Qué lugares? - Los hay a miles.
- No tenemos más que elegir. - Lo sabía.
Lo estaba temiendo. No te ha hecho feliz tu vuelta.
¿Feliz? Oh, vamos, Lou, feliz es poco.
¿Pero dónde estaremos nosotros mientras tú buscas esos lugares?
Pues donde esté yo.
Compraremos un remolque hasta elegir el sitio ideal.
No.
Escúchame bien, Rad. ¿Crees acaso que me he roto las uñas y el espinazo
trabajando día y noche para salvar la granja, poder criar a los chicos,
y mejorar en lo posible la plantación para que llegues y quieras venderla?
Sólo esta tierra, Rad. Y es toda nuestra vida.
Una tierra nuestra, completamente pagada y de toda legalidad.
Nuestra para siempre. Si tú cuidas de ella, ella cuidará de ti.
Pregunta por ahí, tal vez descubras algo.
Las cosas han ido cambiando y cambiarán más todavía.
Es posible que estas tierras ahora valgan más que esos 5 mil dólares.
¿O es que crees que el primo Henry ha estudiado cómo hacernos ricos?
Está bien, Lou, te prometo no hacer nada mientras tú no lo apruebes.
¿Conforme?
Ahora ponte esto, ¿quieres?
Eres única, Lou. La única en el mundo para mí.
No trato de hacerte preguntas, pero sí quiero que sepas
que nunca conocí a otro hombre.
Cariño, yo... Amor mío, verás,
a veces me sentía muy deprimido, y echaba a andar por las calles
- y pude encontrar cualquier chica... - No quiero que hables de eso.
- Ni ahora, ni nunca. - Pero algo tengo que decirte.
Es que ninguna ha significado nada para mí.
Sólo junto a ti me siento a gusto. Esa es la verdad.
¿Te acuerdas de lo que mi pobre abuelo solía decir?
Los actos valen más que las palabras.
Rad, te echaba mucho de menos.
Será sólo un momento.
- Así que te gusta esto, ¿eh? - Oh, Henry...
¿Para qué pagamos a Kissie si no es para hacerle callar?
Henry, cuando se pone así, sólo se calma conmigo. Déjame.
Suéltame, suéltame. ¡Déjame!
¿Y yo qué?
De no haber sido por ti puede que no llorase. ¡Déjame!
Estoy harto de que me cargues esa culpa, ¿lo oyes?
En mi familia no hubo nunca un niño como este.
Fíjate en los hijos de Rad. Ninguno es así.
Son fuertes y llenos de vida y listos como águilas.
¡Suéltame ya!
No vayas a creerte que voy a estarme quieto como un estúpido
esperando a que te dignes a acercarte, ¿te enteras?
Ahí está Reeve Scott, papá.
Hola, Rad, ¿puedes llevarme a la ciudad?
Sube.
- ¿Cómo te sienta haber vuelto? - Bien, creo.
- ¿Vas a venderle a tu primo Henry? - ¿Te importa?
Puede enfrentarnos con su astucia.
Si tú vendes, me corta el paso hasta el río.
Si vendo yo, te lo corta a ti hasta el camino.
- Aunque hay otra cosa. - ¿Cuál?
Que no es lógico quedarse aquí sin obtener buen rendimiento.
Calculo que perdemos un tercio de siembra al año a causa
de las inundaciones o de la dichosa sequía.
¿Entonces por qué no construimos acequias que lo aseguren todo?
- Lo que hace Riverside. - Riverside puede hacerlo,
- pero nosotros no. - ¿Sabes lo que aprendí en el ejército?
Trabajos de demolición. Hice caminos a través de rocas y convertí selvas
en aeródromos. Algo más difícil que las acequias.
- ¿Por qué no lo haces solo? - No te burles.
No habría un almacenista en toda Georgia que me vendiera explosivos.
Supón que nos unimos. Tú lo compras todo y yo hago las voladuras.
Lo pensaré.
No sobra el tiempo. Hay que hacerlo antes de empezar la siembra.
- Ya te digo que lo pensaré. - ¿Qué es lo que hay que pensar?
- ¿Te asusta lo que puedan decir? - No.
- Creo que sí. - Te digo que no, ¿entiendes?
Lo siento, no pretendía enredarte.
- Mi familia tiene que vivir aquí. - Será mejor que me dejes ya.
No quisiera que nadie te criticara por haberme traído a la ciudad.
Ha sido una lección, papá. Nunca confíes en un negro.
- No me gusta que hables así. - Está bien.
Pero por lo que ha dicho Reeve, no veo nada claro que vayamos a California.
¿A California? ¿De dónde has sacado esa idea?
Eso es lo que me dijo una vez primo Henry.
Pues la próxima vez que el primo Henry te diga algo
contéstale que no meta sus narices en lo nuestro, ¿entendido?
Hola, Vivian, no sabía que habías vuelto.
Ni yo que estabas aquí.
Si vengo a la escuela, ¿podrás ser mi profesora?
Claro, siempre que vengas al cuarto curso.
Olvídalo, no he dicho nada.
- Quería ver a tu abuelo. - Volverá enseguida.
- ¿Y tu madre? - Está muy enferma.
Lo siento de veras, pero al llegar a su edad...
¿Qué edad crees que tiene?
- Quizá 72 ó 73. - Está a punto de cumplir 54.
Pero mucho me temo que no llegue a cumplirlos.
- Y no sé qué será de mí sin ella. - Sobrevivirás. Siempre se sobrevive.
Te has vuelto dura. ¿Es Nueva York lo que te ha hecho así?
Me ha hecho así la existencia, la ciudad es lo de menos.
Reeve, ¿por qué no contestaste a mis cartas?
- He pensado mucho en ti. - ¿Y para qué?
Me decías que te gustaba un tipo de Nueva York.
¿Qué tal, Reeve? Me alegra verte, hijo.
Lo mismo digo, profesor.
Quizá tú puedas ayudarme a que Vivian vuelva a ser como antes.
Cuidado, Reeve, que este inocente maestro rural
es capaz de engañar al más listo de Harlem.
He venido sólo por unos días y, sin darme cuenta,
me encuentro dando clases otra vez, y quiere que firme por un año.
Esta es tu casa, el lugar que te corresponde.
Jamás estuviste enferma viviendo aquí.
Ni tampoco viviendo en Nueva York. Me convenía cambiar de aires.
No me veo pasando el resto de mi vida aquí.
No coincide con Georgia mi idea de la tierra prometida.
- Habla con ella, Reeve. - ¿Por qué yo?
- Porque destruye todos mis argumentos. - Con más facilidad
echará a bajo los míos.
- ¿Te rindes sin intentarlo? - No. Pero comprendo tu actitud.
Te das cuenta de como marchan las cosas por este rincón.
Y hemos de mejorar todos para que mejoren. Nadie lo hará por nosotros.
Piénsalo bien y verás que así fue como pasó en la tierra prometida.
Te necesito, Vivian.
Yo he venido a verle para que me aconseje.
Henry Warren trata de que mamá venda la granja a Riverside,
y no queremos venderla.
Esta es la escritura de cuando mi bisabuelo Jonás adquirió esas tierras
en una subasta pública.
¿Has comprobado si se conserva una copia de esto en el juzgado?
No me lo permitirían.
¡Es de 1866! Tal vez se perdiera cuando un incendio quemó
la mayoría del juzgado viejo en el 76.
Si así fue, esta es una copia única. ¿Quieres que la guarde en mi caja?
Lee mi mente, profesor.
- Tendré que buscar un abogado, ¿no? - Eso no te va a ser fácil.
- Quisiera volver a verte. - No lo creo conveniente.
- ¿Por qué no? - A ti puede perjudicarte.
Y tampoco creo que me beneficiara a mí.
Tú eres la maestra.
- Hola, Aida. - Hola, Sr. Warren.
Pero si es Henry Warren. ¿Qué tal?
Vernom está fuera cuidando sus rosas.
No se marchará sin saludar antes a nuestra Sukie, ¿verdad?
- Juez. - Henry.
Vengo a presentarle mis disculpas por lo que ocurrió en mi casa.
No es usted quien necesita hacerlo, sino otros miembros de su familia.
Papá. ¿Has olvidado que debes llevarme a casa de Nancy
- para la fiesta que da en mi honor? - Yo la llevaré, si me lo permite.
- Eres un ángel. ¿Julie va también? - No. No irá.
Tiene miedo a que la eclipses con tu belleza.
Tras insultarme a mí, insulta a mi hija.
No creo que sea ningún sacrificio asistir a una pequeña reunión
- en honor de Sukie. - Es por el niño, Sr. juez.
Creo que la salud de ese niño siempre ha sido una buena excusa para Julie.
- No lo tome usted así. - Los hechos lo demuestran.
Eso le impide el ser dama de honor de Sukie y asistir a nuestras reuniones,
pero no le impide organizarlas ella, sobre todo para ese primo suyo
- que defiende a los negros. - Bueno, quizá no sea sólo el niño.
Además de él, anda preocupada estos días por los disgustos
que tenemos por culpa de Rose Scott.
- ¿Quién? - Rose Scott. Su vieja ama de color.
La negra está muy enferma, y Julie se lo toma muy a pecho.
Además, ahora hay ciertas complicaciones con sus tierras.
- ¿Qué tierras? - Las tierras en que vive Rose.
Son de los Colfax, todo el mundo lo sabe aquí.
La familia de Julie dejó que Rose viviera allí
siempre que pagaran los impuestos, claro.
Y ahora que parece que Rose se muere,
Julie quisiera que las vendiese a Riverside.
- ¿Por cuánto dinero? - Supongo que sobre 2 mil dólares.
Así que si se da el caso, la escritura deberá pasar por mi juzgado.
Sí, creo que tendrá que pasar por él.
Y ante la posibilidad que haya litigio, no encuentra usted nada mejor
que venir a mi casa con el propósito de predisponer mi juicio.
Es posible que mi árbol familiar no sea tan alto como el de Julie,
pero poseo una integridad a toda prueba
- que es mi mayor orgullo. - Cuánto lo siento, juez.
Le aseguro que nunca pensé que mis palabras pudieran ofenderle.
Cuando estire la pata esa negra, ¿cómo se llama?
- Rose Scott. - Ah, sí.
Pues si cuando ella muera, su familia tuviera pruebas de la cesión
y supongo que no las tendrán. No vea la cantidad de líos
con los que he de enfrentarme a diario.
Esos negros nunca tienen un papel, ningún documento,
ni partidas de nacimiento, ni facturas ni nada.
Decía que si pueden probar su derecho yo no podré hacer nada.
Pero si no pueden... Henry, si se diera ese caso,
¿cree que mi hija Sukie podría contar con Julie como dama de honor?
No hay ninguna duda, Sr. juez.
De ese modo yo sabría corresponder a su amabilidad.
Queda el problema del traslado de la boda a Bay City.
Julie está muy unida a su primo Clem.
Bueno, eso es cosa suya, ¿verdad, Henry?
Usted se encargará de arreglarlo todo, ¿no?
- Lo procuraré. - Haga más que procurarlo.
- ¿De qué estáis hablando? - De un regalo de bodas para ti.
Algo que Henry debe arreglar.
Trataré de sonsacárselo por el camino hacia casa de Nancy.
- Adiós, papá. - Adiós, hija, que te diviertas.
- Eso espero. - Claro que sí.
Al cabo de tanto tiempo salimos juntos otra vez, Henry.
- ¿Quieres que te oiga alguien? - ¿Qué importa? No lo creerían.
Apenas lo creo yo.
Déjame las llaves. Hace mucho tiempo que no pongo tu coche en marcha.
Estás muy juguetona. Déjalo, anda.
Cariño, no iremos a ningún sitio si no soy yo quien pone el coche en marcha.
¿Crees que este es un buen sitio?
El sitio es bueno, pero, ¿es buena la idea?
Vaya, te has vuelto muy precavido. Antes no lo eras tanto.
- No estabas comprometida. - Ahora no pienso en eso.
Ahora sólo pienso que estoy a tu lado.
- ¿Te das cuenta de lo que haces? - Claro.
Antes lo hacíamos muy a menudo.
- ¿Y qué hay de Howard? - Howard es un tonto agradable,
cargado de dinero y yo pienso ser la esposa tonta y agradable.
Pero hasta la boda tengo el derecho de divertirme a mi gusto.
- Bienvenida al hogar, encanto. - Es un feliz retorno.
¿Julie? Abre, soy yo.
Abre la puerta, ¿quieres? Sé que estás ahí.
Si no abres esta maldita puerta,
te advierto que la echaré abajo.
No te atrevas a entrar aquí.
¡No me toques!
¡Basta!
Mamá, ¿por qué te has levantado?
No pensarás que voy a recibir a mi niña Julie en camisón, ¿verdad?
- ¿Va a venir? - Mandó aviso esta mañana.
Mamá, tu señorita quiere algo.
Seguro que si viene aquí es porque se lo manda el marido.
No digo que no se lo haya pedido.
Pero cuando hablemos las dos, ella lo arreglará todo y nos dejarán en paz.
- ¿Y si insiste? - Entonces le diré que no vendemos.
Pero si tú nunca te has atrevido a decirle que no a un blanco.
Cierto, pero eso no cuenta con mi Julie querida.
Hoy lo vas a ver. Hoy verás que siempre me quiso.
¡Dios Todopoderoso, ahí está!
Vaya, no son blancos, qué decepción.
No hables así, Reeve. Hola, profesor Thurlow, ¿cómo está?
Pasable, Rose, sólo pasable. ¿Y usted?
- Muy bien, gracias. - Me alegra volver a verla, tía Rose.
¿Soltera aún, Vivian?
Mamá, pierdes el tiempo, está demasiado alta para un granjero.
- ¿De veras? - Para un granjero es posible.
- Mamá, ya está aquí. - Muy bien.
Les agradeceré mucho que se lleven a mi hijo y lo entretengan un rato.
- ¡Tía Rose! - Julie, pequeña, mi Julie Ann.
¡Tía Rose!
Trajiste a Colie, cuánto ha crecido.
- Ven, saluda a tía Rose. - Déjale, no seas impaciente con él.
Suéltalas, cielo.
Anda, suéltalas.
Voy a ponerlas en agua.
He de confesarte que nunca había visto a Colie tan satisfecho.
Los niños saben quién les quiere.
A veces pienso que fuiste tú quien inventó el cariño.
- Al menos para mí. - Por favor, vas a hacerme llorar.
¿Me dejas hacer un poco de labor aquí?
- Claro que sí. ¿Qué estás haciendo? - Una colcha.
Como la que hizo mi tía abuela lsabel, ¿te acuerdas?
Niña, es muy bonita y elegante.
La estoy haciendo para ti, poniendo mi cariño en cada punto.
¿Para mí?
Es apenas una muestra de mis sentimientos.
- Hola, primo Henry. - Hola.
- Hola, Lou. - Hola, Henry.
- ¿Está Rad? - No, está en la ciudad.
- ¡Charles! ¿Te importa que le espere? - Claro que no.
¿Qué hay, primo Henry? - Mira esto.
- ¿Es para mí? - Tal vez. A ver cómo lo manejas.
¿Habéis decidido si vendéis la granja?
Ese es un asunto que debes tratar con él.
De acuerdo, pero debéis decidirlo pronto.
¿Por qué?
Porque creo que Reeve no tardará en decidirse a cobrar sus 5 mil dólares.
- ¿Les vas a pagar como a los blancos? - Si no hay más remedio, claro.
Pero si os decidís primero, con vosotros podría subir hasta 7 mil.
- Rad no puede tardar. - Bien.
¡Charles!
No me refiero a eso.
¿Y el señorito Henry? ¿Qué tal le va?
Muy bien, pero siempre anda fuera de casa.
A veces pienso que no volveré a verlo.
- Los hombres trabajan, niña. - Sí, claro.
Papá apenas tenía un puñado de tierras cuando me casé con Henry.
Y ahora Henry reúne casi todas las tierras que fueron de los Colfax.
Es lo que papá soñaba conseguir.
Me alegro de que te vaya tan bien.
Ya sabes el estupendo trato que hizo Henry con la gente de Riverside.
Van a comprar todas las tierras que me dejó papá.
- ¿De veras? - Henry trabaja más de lo que puede
para conseguirlo, y para demostrarte el cariño que te tenemos,
ha conseguido que ofrezcan por tus tierras tanto dinero como por las mías.
Y me ha pedido que yo te de la noticia.
¿Viniste por eso?
De todos modos pensaba venir a verte.
Esta semana o la próxima, pero quería decírtelo.
Después de recibir tanto de ti, al fin puedo darte yo algo.
No necesito nada. Este es mi hogar. Aquí vivimos. Díselo así al señorito.
Rose, estarías mucho mejor en la ciudad.
Podrías vivir con los padres de Kissie.
Y yo iría por allí para verte muy a menudo.
No.
- ¿Qué significa no? - Que no vendo.
Tía Rose, querida, sé bien lo que sientes.
Pero esto es algo que no depende de nosotros mismos.
Esto es el progreso.
¿Crees que el siglo XX puede pararse porque te empeñes en retener
- un pedazo de tierra? - No es mi Julie quien habla.
Suena más a Henry Warren.
No te niego que esta es una gran oportunidad para Henry,
pero también lo es para mí, tía Rose.
Creo que si Henry logra esto, tal vez cambiará.
Y a lo mejor así vendrán más hijos.
Es nada menos que mi porvenir lo que ahora te pido, tía Rose.
- Es mi vida. - No la vendo.
- No vendo mi tierra, ¿lo oyes? - Pero tía Rose,
sabes perfectamente que vives en un pedazo de tierra que es de los Colfax.
Es mía y ha sido mía siempre.
Os la cedimos durante la guerra, es cierto.
Pero si lo hicimos fue para evitar que los yanquis se quedaran con ella.
Desde entonces os dejamos trabajarla a cambio de que paguéis los impuestos.
Pero nunca ha habido duda sobre a quién pertenece legalmente.
Estás mintiendo.
Una vez acabó la guerra, los yanquis requisaron todos los terrenos
y entonces mi abuelo, al que habían declarado libre,
se contrató como esclavo jornalero. Trabajo de un modo que tú ni siquiera
podrías imaginar y consiguió ahorrar dinero.
Y cuando esta tierra salió a pública subasta
él la compró en 200 dólares.
¡Eso es tan cierto como el Evangelio, y tú lo sabes!
¡Tía Rose!
¡Tía Rose! ¡Tía Rose!
¡Reeve!
¡Ven, aprisa!
¡Se ha puesto muy mal!
¿Mamá, mamá? Soy Reeve, estoy aquí.
- Le dio un ataque de pronto y yo... - Vivian, avisa al médico.
¡Oh, Colie!
¡Basta, Colie, basta!
- Que se vaya. - ¿Qué?
¿Verdad que no ha sido nada, tía Rose?
Reeve, cuando se le pase, pídele que lo olvide todo.
Dile que mientras viva podrá seguir estando aquí en paz.
Le doy mi palabra.
Calla, Colie, por favor. Que puede quedarse aquí,
que yo lo he dicho.
¿Qué te pasa, Julie? Vamos, tranquilízate.
- ¿Puedo ayudar en algo? - No, ya se le pasará.
- Henry, ha sido horrible. - Calma, te llevaré a casa.
Le dije todo lo relativo a Riverside, como querías,
y la pobre se puso de pronto a la muerte...
Hola, Rad, ¿vas a quedarte en casa? Volvería luego.
Papá, mira lo que me ha traído.
Aún no sé lo que haré, Henry, pero no cuento contigo.
- Debes oír lo que tiene que decirte. - No vamos a vender.
No hay más que hablar. Así que vete a tu casa.
- Y llévate los juguetes. - Es un regalo para Charles.
Charles tiene ya pelota y guantes suyos.
¿Por qué dices eso? Sabes muy bien que no los tengo.
Henry Warren no tiene por qué hacernos ningún regalo,
ni nosotros a él.
No llores, mi amor. Eres demasiado bonita para llorar.
Vamos, no llores más. ¿Quieres volverte fea llorando para que nadie te mire?
Hija, ¿qué pasa?
- ¡Papá! - ¡Sukie, Sukie!
Sukie, nena...
¿Sukie, encanto? ¿Qué demonios está ocurriendo?
- Entérate por ti mismo. - Es lo que trato de hacer.
- ¿Se ha puesto enferma? - ¿Enferma?
- Se le ha destrozado el corazón. - Ese Howard. ¿Le ha hecho algo?
Es más cercano. Se lo has hecho tú.
No estoy para que me gasten bromas, no me saques de quicio, Eula,
hoy he tenido un día muy agitado, ¿entiendes?
Muy bien, atiende. Tengo una grata novedad que comunicarte:
no irá nadie a la boda de tu hija excepto los parientes próximos.
- ¿Qué? - ¿Te sorprende? ¿Qué esperabas?
Subido como siempre a tu pedestal y amenazando al pastor.
Y trasladando la ceremonia a Bay City.
¿Creías que las gentes de aquí se pondrían en contra de un Colfax?
- ¿Es que se han excusado? - Aún no, pero lo harán pronto.
Sukie ha recibido varias respuestas con evasivas a sus invitaciones.
¿No ha aceptado nadie?
¡Ninguno de los distinguidos!
Nunca pensé, Eula, que... ¿Qué vamos a hacer ahora?
¿Que qué vamos a hacer? No podemos hacer nada para evitarlo.
Tu fuiste quien lo provocó, ¡y eres tú quien lo ha de arreglar!
Pero yo ahora no puedo volverme atrás, compréndelo.
Todos me oyeron decirlo. ¿Qué crees que pasaría en las próximas elecciones
- si ahora cambio de idea? - ¿Qué me importa si no te votan?
Si no hubiese sido por la gente del campo,
¿a dónde piensas que hubieses llegado a estas horas? A ningún lado.
Seguirías aún de hortera en la tienda de nuestros tíos.
- Sukie, hija. - Eula, hablemos con calma.
Está bien.
¿Qué, mamá?
Me equivoqué.
- Me equivoqué. - Mamá, hicieras lo que hicieses,
fue porque lo considerabas justo. No te atormentes por ello, por favor.
Sólo fui... Sólo fui...
una esclava de los blancos. Eso fui. Aprende de mis errores, hijo.
- Tienes que luchar. Has de hacerlo. - Lo haré, mamá.
- Has de hacerlo. - Lo haré.
- Júralo. ¡Júralo! - Lo juro.
No te será sencillo.
Pero luego, al final de todo, no tendrás esta agonía,
- este sabor a hiel en las lágrimas. - Cálmate, mamá.
Me voy de este mundo
y en ésta, mi última hora,
¿sabes lo que siento, hijo? Lra, sí. lra, odio,
no contra ellos por todo lo que me han hecho,
sino contra mí por consentirlo. Yo siempre les ayudé.
Y eso me hace sufrir,
cuando pienso hijo mío, ahora que llega la muerte,
en lo triste que ha sido mi vida.
Henry, ¿sabes que por tu culpa me pondré muy fea?
- Hecha un adefesio. - Sí, señora.
Hoy me siento con más hambre que nunca.
¿Me vas a seguir queriendo cuando engorde?
Si quieres inventaré ejercicios que mantengan tu línea.
¿Sabes lo que eres? Un depravado. Ruborizar a tu esposa tan temprano.
- He traído esto para que lo firmes. - ¿Ahora?
No hay hora mejor.
Eres la peste en cuestión de negocios. ¿De qué se trata?
Del desahucio de la granja de Scott.
- Ya te dije sobre eso... - Calma, un poco de calma.
Mira.
No consta la fecha. Ni siquiera lleva los sellos del juzgado.
Y te juro que no saldrá de mi caja mientras Rose aliente.
Entonces no veo por qué he de firmarlo en este momento.
¿No comprendes que yo sería un miserable si te lo diera a firmar
- en cuanto la vieja falleciese? - No había caído en eso.
Toma.
Las tres copias.
- ¿Es justo hacer esto? - Es la solución, nena.
Eh, Reeve.
¿Te desperté?
- Buenos días. - Estuve pensando en lo del otro día.
Creo que tienes razón en que debemos mejorar el rendimiento.
¡Al diablo con lo que diga la gente! Hay que mejorar la tierra.
Te he traído pan del que hace Lou. Y también mermelada de ciruela.
Mientras preparas un poco de café,
si quieres, podríamos puntualizar las cosas.
Toma.
Y ten mucho cuidado, no vayas a atragantarte, negro bastardo.
- Rad, espera. - ¿Para qué, qué más quieres?
Nada, es que...
mi madre ha muerto.
Tu madre era una mujer buena de verdad.
Si existe el cielo, estará en él, te lo aseguro.
Eso espero, ya conoció el infierno aquí.
- Buenos días, Reeve. - Buenos días, reverendo.
Quería darle esto para el fondo de obras.
No es preciso. Deberías esperar un poco.
No, reverendo, cumplo el deseo de mi madre.
Estuvo ahorrando para la nueva iglesia desde que yo era niño.
Lo anunciaré después del servicio. Le habría gustado.
- Buenos días, reverendo. - Sheriff.
- Hola, Reeve. - Buenos días, sheriff.
Echaremos mucho de menos a la tía Rose.
¿Sabe que me traía una fanega de patatas nuevas a casa
cada primavera igual que un reloj?
Agradezco su presencia, mamá estaría contenta.
Ah, sí, en realidad vine a entregarte esto.
- No han perdido tiempo, ¿verdad? - Lo siento mucho, Reeve.
- Compréndelo, es mi deber. - ¿Qué es eso, Reeve?
La Sra. Warren reclama oficialmente la granja.
Me notifican que debo abandonarla.
¿No pudo haber esperado hasta después del funeral?
Ya sabe lo que ocurre, el trabajo pesa.
No puedo andar todo el día de un lado para otro.
- Es ultrajante. - Lo estaba esperando.
Y un retraso no hubiera mejorado las cosas.
- Buenos días, amigos. - ¿Qué tal, sheriff?
- Buenos días, Vivian. - Buenos días, Sra. Warren.
Vivian, mi marido.
Reeve, no puedo expresarte mi pena.
Lo supongo.
Hubiera hecho todo por tía Rose, lo que me hubiese pedido.
Pues puede empezar por marcharse ahora mismo de aquí.
¡Reeve!
Escúchame, Reeve, tu dolor es justo.
Pero aún así no te autoriza a insultar a mi esposa.
Este negro ha dicho a Julie que no la quiere en el funeral.
- Y este negro vuelve a decirlo. - Pienso quedarme.
Es el hijo de Rose, hay que respetar sus deseos, Julie.
Vámonos de aquí, ya basta de humillaciones.
Lo que tú digas, primo Clem.
No se podía esperar otra cosa de un patán como Reeve.
Pero Clem... Por lo que he hecho por él.
Hasta llegar a reñir con el juez.
Muy bien, desde ahora su hija cuenta con otra dama de honor.
Me alegro, Clem se lo merece.
Y como quiero que todo el mundo se de cuenta de ello
le voy a prestar a Sukie el velo de novia que mi madre utilizó.
¿No hay nadie aquí?
Buenos días, Sr. juez.
En pie. ¡En pie!
- ¿Qué? - Que se ponga en pie.
¡Srta. Hemmings, venga enseguida!
- Diga, Sr. juez. - ¿Quién la dejó entrar aquí?
- ¿De dónde ha salido usted? - Llame al sheriff.
¿Qué les ocurre a ustedes? ¿No tiene noción del decoro?
¿Es que a ninguno le queda un pizca de respeto?
- ¡Contésteme! - Encantada, Sr. juez.
Dígame, ¿por qué pregunta debo empezar?
- ¿Llamaba, señor? - Se trata de esta muchacha.
Ha entrado sin mi permiso en mi oficina privada.
- Hola, Vivian. - ¿Qué tal, sheriff?
¿La conoce? ¿Acaso es una delincuente habitual?
Nada de eso, juez, se trata de Vivian, la nieta del profesor Thurlow.
Pues la he sorprendido aquí.
- ¿Robando? - No, sentada.
- ¿Sentada? - Sí, sentada.
Supongo que a algo habrás venido, ¿no?
¿Por qué no le explicas al Sr. juez por qué diablos entraste aquí?
Deseo un permiso para investigar en los archivos
para una clase que preparo sobre historia local.
Para ello algún directivo de su escuela deberá solicitar la autorización
a la comisión del condado.
No sea usted tan modesto, Sr. juez.
Todos sabemos quién tiene la última palabra aquí.
No veo ningún mal en ello, señor.
Y cuando lleguemos a los tiempos actuales,
espero que acceda usted a hablar en mi clase.
Estoy siempre muy ocupado, pero trataré de sacar unos minutos.
Es un deber hacerlo, ¿no?
Puede estar seguro de que será un acontecimiento para la clase.
Srta. Ada, acompáñela usted al archivo y déle cuanto necesite.
Es usted un ejemplo cabal del hombre del sur, Sr. juez.
- Tiene permiso del Sr. juez. - Adelante.
Los legajos están en orden cronológico,
empezando desde atrás y acabando en la fila delantera.
La limpieza deja mucho que desear. Está todo lleno de polvo.
Hará bien sacudiéndolos un poco.
- Toma la lista y mi parte. - Ya lo arreglaremos.
De acuerdo, espero aquí.
- Buenas tardes, Sra. McDowell. - Hola, Ozzie, ¿cómo estás?
- Bien, ¿y tú? - Mejor que nunca.
- Hola, Rad. - Dolph.
- Tengo un buen pedido para ti. - Esos son los que me gustan.
Ante todo dinamita, 100 libras del 45.
- ¿Pólvora negra o cartuchos? - Pues no sé. Un momento.
Reeve, haz el favor de venir, ¿quieres?
- ¿Pólvora negra o cartuchos? - Cartuchos, de 8 pulgadas.
Cartuchos, de 8 pulgadas.
La pólvora negra sería mucho más adecuada para tu amigo.
No tengo del 45, ¿sirve del 50?
- ¿Nos sirve? - Sí.
Sí, del 50, Ozzie.
- ¿Qué es esto, la voz y el eco? - Reeve sabe de esto más que yo.
Pero supongo que lo compras tú, ¿no?
- ¿Quieres ver el permiso? - Sí.
No te ofendas, pero debo asegurarme. Kenny, ven aquí.
Lleva a Reeve ahí detrás y dale el pedido.
¿Rad, has olvidado cómo actuamos aquí?
Casi.
¿Ya no te acuerdas de aquel club de caza que fundamos hace algún tiempo?
Pues ahora marcha cada vez mejor. Ya tiene casi 200 socios.
Y tú sigues en las listas.
Lo siento, pero ya no me queda tiempo para esas cosas.
- Pues debes sacarlo. - No es tiempo lo que le falta.
Yo creo que lo que pierde el tiempo limpiando mierda.
Vámonos, niños. Esperemos fuera.
Mira, Rad, por lo visto quieren largarnos mercancía pasada.
Y empapada, además. Mira las manchas de humedad.
- ¿Qué significa esto, Ozzie? - Es lo que hay, lo dejas o lo tomas.
Lo dejamos. Vamos, Reeve, lo compraremos en Bay City.
Para el carro, amigo. ¿No aguantas una broma?
Ve a enseñarle lo nuevo. ¿Pero qué te pasa, Rad?
- ¿Cuánto vale todo? - Ahora te lo digo.
Cascos, un rollo de alambre, los detonadores,
la dinamita. Eso hace 27.50 dólares.
Espoletas.
- ¿Te lo llevas todo? - Sí.
Menos las cargas y los detonadores, volveremos por ello.
- No, es mejor en un solo viaje. - Pero no es prudente...
Reeve, no me des órdenes.
¿Creéis que será Lou tan amiga del negro como su marido?
Rad, es peligroso llevar juntas las espoletas con la dinamita.
- No quiero volver aquí. - Vamos, no hagas locuras.
¿Crees acaso que para mí esto es como ir de merienda?
Está bien, yo llevaré las espoletas.
Vaya, es realmente maravilloso.
- Dile adiós a mamá, Colie. - ¿Por qué has vestido al niño?
Hola, Sukie, Sra. Purcell. Porque le llevo conmigo a Riverside.
¿Hoy? ¿No decías que tenías mucho que hacer?
Bueno, ya es hora de que me vea en acción. Hasta luego a todos.
Qué criatura tan delicada, y cómo le brillan los ojos.
Vuelvo enseguida.
¿No sería mejor quizá que lo llevases otro día?
No te fías de mí, ¿verdad, Julie?
- No es eso. - Sí lo es.
Creí que ya habías olvidado.
Está bien, que os divirtáis. Me gustaría ir con vosotros.
¿Por qué no te vienes cuando acabe el ensayo?
Puede que lo haga.
Es una cita.
Es ridícula su pretensión de que al pobre niño no le pasa nada.
Y es incapaz de pronunciar una palabra.
- Por mí podéis continuar. - Mi querida Julie,
¿no creerás que aprovechamos tu ausencia para criticarte?
- No nos dedicamos a eso. - Dios nos libre.
Es que mamá me ha encontrado un cierto parecido con tu tía lsabel.
Le estaba diciendo que Vernom, mi marido, sostiene la teoría
de que descendemos de los Colfax, de los primeros Colfax, desde luego.
De Adán y Eva, ¿no?
Sukie, encanto, te presto cuantos antepasados míos te convengan.
Van incluidos con el velo. Y todo gratis.
Me parece notar como si algo me molestara por ahí detrás.
¿Qué diablos pasa aquí?
¡Vamos, Colie, no es nada, no pasa nada! ¡Papá está contigo!
¿Quieres callarte?
Oye, mira esto, ¿qué te parece? ¿Otra vuelta?
Mira ahora lo que papá tiene para ti.
Mira lo que tiene papá para ti. Fíjate bien.
Pon las manos aquí y con los dedos... ¿Qué, te gusta?
Con las dos manos. Así.
¿Qué estáis haciendo? ¡Basta! ¿Os habéis vuelto locos?
- ¿Qué tal, primo Henry? - Te denunciaré por esto.
Tengo permiso, Henry. Sólo tratamos de abrir algunas acequias,
- igual que vosotros allí. - ¿Preparado, Rad?
Discúlpanos, primo, pero vamos a volar esto.
Adelante.
Muy bien, Reeve, aprieta ya.
¡Os aseguro que me las pagaréis!
¡Volved todos al trabajo! ¡Volved al trabajo! ¿Me oís?
Todo salió bien.
¿Qué clase de sheriff es que permite que un negro se pasee con dinamita?
Claro que estoy seguro, ese hombre puso la carga sin ningún permiso
y con mi hijo a un paso de allí.
Le había visto, no es ciego. Escúcheme, sheriff,
ahora están interviniendo a Colie de urgencia.
Si sabe lo que le conviene, procure reclutar gente y vaya
a arrestar a ese negro ahora mismo.
- ¿Cómo está, doctor? - Tiene una brecha en el cráneo.
Por el momento debe seguir en observación.
Hay que esperar a mañana.
Con cuidado.
Tiene dinamita.
- Quedaos fuera, muchachos. - ¿Va a entrar solo, sheriff?
Sí, ya gritaré si hace falta.
Vamos, Reeve, sal de tu escondite. Y no intentes jugármela.
Seguid cantando.
Nos encanta verle por aquí, sheriff.
No es visita de cumplido, Vivian, vengo a arrestar a Reeve.
Por ahí dentro está.
Sírvase, recién salido de la sartén.
El pollo está algo seco, así lo encontrará mejor.
Gracias, Flo. Eh, Reeve.
- Hola, bombón, ¿cómo estás? - Ahora no, Clara. Reeve.
Ha sido estupendo, ¿verdad?
Es la manera de que Rad y Reeve mejoren sus granjas,
igual que Riverside, ¿no?
Hola, sheriff, ¿permite que le sirva un trago?
- Tengo que detenerte, Reeve. - ¿Por qué?
- ¿Puede decirme de qué le acusan? - Él sabe muy bien lo que ha hecho.
Y te advierto que o vienes por las buenas conmigo
o tendré que llamar a mis muchachos para que me ayuden a llevarte.
- ¿Qué pasa, sheriff? - Buenas noches, reverendo,
no esperaba encontrarle a usted aquí. Tengo que arrestar a Reeve.
Henry Warren ha presentado una denuncia
por las voladuras con dinamita que hizo.
¿Tiene usted la orden?
¿Qué importa la orden cuando se ha violado la ley?
Y aún menos en un caso de urgencia como es este.
Sheriff, hay gente fuera, dicen que le esperan a usted.
Anda, sal y diles que hagan el favor de no impacientarse.
Estoy practicando aquí una indagación.
No sabe cuánto lo siento, profesor. Me conocen hace tiempo,
les tengo simpatía a sus amigos y me gusta gastar bromas
y divertirme con ustedes. Las chicas son graciosas también.
Ya me entiende, cuanto más negra es la cereza, más dulce es el jugo.
¿Acaso no les he tratado siempre como si fuera un padre?
Yo no puedo saber eso, sheriff, hace ya mucho tiempo
que no sé lo que es un padre.
Sheriff, ¿está usted bien?
- Tranquilos, tengo cosas que hablar. - No sé de qué tiene que hablar.
¡Cállate! Si os necesito ya os llamaré.
Bueno, Reeve, vamos, en marcha.
No me gustaría que se metiera usted en un lío por arresto ilegal.
Debería obtener la orden de detención.
La tendré cuando la necesite nada más hacer así.
Reeve se metió a hacer voladuras en unos terrenos que no son suyos.
- Sheriff, ¿quiere probar mi pastel? - Clara, he comido demasiado.
No se han tocado las tierras de Reeve, sheriff.
Todo ha sido en las tierras de Rad.
Pues no es eso lo que Warren dice.
¿Por qué entonces no esperar al juzgado mañana?
Yo garantizo que Reeve comparecerá. Si se prueba que ha hecho algo ilegal,
podrá usted arrestarle.
- Bien, su palabra vale para mí. - Llévese esto para el camino.
Muchas gracias. Buenas noches a todos.
- ¿Dónde está el negro? - ¿Qué ocurre? ¿Le han echado?
- ¿Se le ha escapado? - ¡Meteos en vuestras cosas!
Se trataba de un malentendido. Por muy poco metemos la pata.
¿Por qué no nos lo llevamos?
¿Quieres dejar que cumpla con mi obligación?
Cuando le necesite, sé dónde está. En la palma de mis manos.
En pie, por favor.
Se constituye el tribunal judicial supremo del condado de Colfax,
del estado de Georgia, presidido por el honorable juez Purcell.
Dios guarde al estado y al tribunal.
Siéntense.
Daré comienzo al asunto de la herencia de Rose Scott, recién fallecida.
¿Desea hablar, Henry?
Señoría, deseo presentarle al Sr. Lars Finchley, de Atlanta.
¿Representa a Riverside en este asunto?
Oh, no, Señoría. Defiendo a la Sra. Julie Ann Colfax Warren
como parte interesada en los derechos de sucesión.
Bien. lnforme.
Sr. juez, le ruego que aguarde un poco. Mi abogado se ha retrasado.
- ¿Tiene usted abogado? - Sí, señor.
Bien, confieso que me sorprende. Ustedes no suelen venir con abogados.
Por eso solemos perder.
Bueno, allá usted si quiere malgastar su dinero.
¿Para qué un abogado? Este tribunal es justo.
- ¡Justo e imparcial! - Sí, señor.
No puedo retrasar la actuación del tribunal.
Pero si tiene alguna pregunta que hacer,
o no comprende algún tecnicismo legal,
o no está seguro de cuáles son sus derechos,
yo le contestaré a todo, ¿de acuerdo? Siéntese.
- Lamento el retraso, Señoría. - ¿Quién es usted?
Carter Silens, de Bay City. Represento a la propiedad de Rose Scott.
Acérquese.
¿Se da cuenta de lo excepcional que resulta ver aquí
a un blanco representando a un negro?
No más excepcional que cuando mi padre me presentó
a un negro como hermanastro.
Por favor, no exhiba aquí sus trapos sucios, señor.
Debo decirle que su presencia ante mí constituye un acto
increíblemente desleal hacia una comunidad blanca.
Puede, pero enorgullecerá a mi hermanastro.
Quisiera decir ante todos que tengo que recusar las irregularidades
del procedimiento.
La acusación es ilegal, así como toda la tramitación.
Tenemos nuestras normas en este condado.
Desde luego aquí nunca aceptamos recomendaciones
en favor de nuestros ciudadanos, ni consejos de Bay City,
sobre nuestro sistema judicial.
- Y este es un juicio muy modesto. - Si de veras es un juicio modesto,
¿por qué veo a un abogado tan prestigioso?
Porque aquí es una herencia lo que se ventila,
ya que Rose Scott falleció sin testar.
Rose Scott no murió sin testar, Señoría.
Aquí está su testamento que lo prueba.
Señoría, con la venia, opino que ese testamento es algo irreal.
¿Por qué?
Porque existe una reclamación de propiedad.
Mi cliente informó a la difunta y a su hijo de todo este asunto.
Y se le envió a Reeve Scott una orden de desahucio hace unos días.
Sí, lo sabía. Concrete.
Si la reclamación de mi cliente es válida, Rose Scott no tenía derecho
a dejar la propiedad a nadie.
Sin embargo yo traigo aquí la copia de la escritura de venta,
extendida en este condado a nombre de Jonás B. Scott,
- el 16 de octubre de 1866. - ¿Quién arma ese barullo?
- Soy Vivian Thurlow. - ¿Qué hacen aquí esos niños?
Les enseño historia. Y quería que vieran cómo funciona la democracia.
Pues procure que estén callados.
- ¿De qué hablábamos? - De la escritura.
Pero esto no puede aceptarse como copia legal. Es sólo una reproducción.
- Y bastante sucia. - Como quiera.
- Aquí está el original. - A ver.
Bien, parece auténtica, pero tendremos que enviarla
- a Atlanta para que la legalicen. - Señoría.
- Sr. juez, creo que puedo ayudarle. - Diga lo que sea.
Cuando el otro día Su Señoría tuvo la bondad de autorizarme
a mirar su archivo, vi por casualidad el registro de esa escritura.
Sí, la Srta. Hemmings me dio todas las facilidades,
y, claro, por mi amistad con los Scott comprobé el registro.
Perdón, creo recordar que le di un plumero y le pedí que limpiara un poco.
No le autoricé a fisgonear en los archivos.
No, fue el Sr. juez.
Srta. Ada, ¿ha visto usted ese registro?
- No, Sr. juez. - Tomo 10, página 136.
Sólo tenemos su palabra.
- ¿Y por qué no examinamos el libro? - Una excelente idea.
Srta. Ada, ¿puedo confiarle esa misión a usted?
- Lo traeré en un momento. - Gracias.
- ¿En qué lío nos estamos metiendo? - Sé muy bien lo que hago.
Lgnoraba que ese hombre iba a presentarse con un abogado.
Me propongo cerrarle el paso para cualquier apelación.
¿O quiere que mi fallo sea revocado por un tribunal superior?
Ya comprendo.
Aquí está, Sr. juez. Tomo 10.
- Muy bien, ¿qué página dijo? - 136.
133, 134, 135... Un momento.
Aquí no está la página 136, no existe el registro de esa escritura.
- Tiene que existir, Sr. juez. - Véalo usted mismo.
De la 135 pasa a la 138.
Es imposible, aquí ocurre algo raro.
No debe sorprenderse por esto, son viejos registros manoseados
y se conservan muy mal.
Pero también a veces ocurren accidentes de conveniencia.
¿Qué quiere decir?
Señoría, quisiera que la Srta. Vivian Thurlow testificara bajo juramento
que ella vio en el archivo, hace unos días, esa escritura.
Usted sabe muy bien que cuanto dijera no podría tener validez
y resultaría inadmisible.
- A pesar de todo pido interrogarla. - Señoría, me opongo rotundamente.
De acuerdo. En suma, no discuto lo que llamaré su escritura,
pero hasta que llegue la legalización de Atlanta,
debemos tomar declaración a la Sra. Warren.
Pido que la Sra. Warren suba al estrado.
Levante la mano derecha.
¿Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?
- Lo juro. - Siéntese, por favor.
Dígame, ¿habló personalmente con Rose Scott y le planteó
- su derecho de propiedad? - Sí.
La necesito para completar lo de Riverside.
No era por el dinero, ya le dije a Rose que se lo daría.
¿Qué contestó ella?
¿Qué podía decir? Sabía que las tierras eran mías.
¿Así que reconoció que las tierras eran de usted?
Sí.
Ahora diga al tribunal por qué Rose Scott no las abandonó.
Estaba muy delicada.
Veía acercarse su fin y yo sabía que quería morir en la casa
en que vivió siempre. Le permití quedarse.
No podía negárselo.
Y aún hay quien dice que somos malos.
Gracias, Sra. Warren, es todo.
Un momento, Sra. Warren. Quisiera hacerle unas preguntas.
¿Cuánto tiempo había vivido Rose Scott en esas tierras?
Toda su vida. Vino al mundo allí.
¿Y su padre también vino al mundo allí?
- Supongo que sí. - ¿Y su abuelo?
Era un esclavo nuestro, y, por lo tanto, nació en nuestras tierras.
- ¿Ha terminado ya todo? - No, y he de darme prisa.
¿Y la escritura, la de estas tierras, dónde está?
- Pues donde estuvo siempre. - A Reeve se la están jugando.
Lo enredan todo para que Henry saque tajada.
Hasta compraron a alguien para que arrancara una hoja
- del libro de registro. - No esperarías otra cosa, ¿verdad?
¿Y para qué quieres esto?
Es lo único que puede ayudar a Reeve, mi derecho confirma el suyo.
¿Has perdido la cabeza? No llevarás esto al tribunal.
He de hacerlo. Si se libran de él pueden librarse de nosotros.
- Somos blancos. - No es una cuestión de colores.
¿Crees que todo el mundo pensará así?
- ¿Qué me importa? Dame eso. - No quiero que lo presentes.
- ¿Quieres dármelo? - ¡No! ¡No, Rad!
Tengo interés en aclarar un punto, Sra. Warren.
Se trata de los impuestos que los Scott pagaban.
¿Tributaban por algo que fuera suyo?
Pues mi familia creyó que debían pagar algo como renta.
Se inclinaron por los impuestos y yo lo mantuve así.
Gracias, puede retirarse.
¿Eres el primo Henry? Soy Charles. Oye, papá quiere hacer algo terrible
- y mamá no puede impedirlo. - Bien, me ocuparé de ello.
Vuelve a tu casa como si no pasara nada.
Resumiendo, Señoría, esas tierras fueron cedidas a los abuelos
de Reeve Scott por la familia Colfax durante el transcurso de la Guerra Civil
para que no cayeran en manos de los yanquis.
Sin embargo, dicha cesión, por contrato verbal,
se ha mantenido vigente hasta ahora.
- Se permitía a la familia Scott... - Rad viene hacia aquí.
Ld a su encuentro y detenedle como sea.
Detenedle antes de que entre en este edificio.
De acuerdo.
Doctor, no le quedará huella, ¿verdad?
¿Y cuándo estarán los resultados de los análisis?
Muy bien. Gracias, doctor.
- Ya sabe que no puede entrar aquí. - Tengo que hablarle, Sra. Warren.
¿Sobre qué?
Por favor, ¿quiere retirar su demanda?
- ¿Y por qué? - Esa tierra no es nada para usted.
Pero para Reeve lo es todo. Representa toda su vida.
No me pida una lágrima por Reeve, que casi mata a mi hijo.
¿Qué?
Sí, Reeve puso dinamita a pocos metros de Colie.
Eso no es cierto, Sra. Warren, su hijo no estaba cerca de allí.
El mentir por Reeve no le servirá de ayuda.
Yo no miento. Lo vi todo.
Por favor, márchese.
Si su esposo le dijo eso, es él quien miente.
No sé por qué he hecho esto.
- No importa. - Perdóneme.
La comprendo, créame, Sra. Warren. Sé lo que está pasando.
- Estuve en una situación parecida. - ¿De qué está hablando?
De lo que usted dijo ante el tribunal y de su conducta de ahora.
Todo es producto de lo mismo,
la está convirtiendo en un ser malo como él.
- ¡Ya es suficiente! - De acuerdo.
- Pero le quedo agradecida. - ¿A mí?
Me ha salvado de una equivocación.
Yo estaba dominada por un tipo de Nueva York que es igual que su esposo.
- ¿Un hombre blanco? - No.
Esa clase de hombres no es monopolio de los blancos.
Pero aparte de la piel, son como gemelos: ambiciosos y crueles,
- corruptores de... - No toleraré que hable así de Henry.
Como quiera. Usted no cree lo que acabo de decirle de su hijo, ¿verdad?
Allí había centenares de personas, puede preguntar a cualquiera.
Perdón, me he equivocado.
No es mío el error, es de usted.
- ¿Qué está haciendo aquí? - Un poco de limpieza.
Debí dejarte venderle la granja a Henry.
Ahora ya no nos pertenecería.
Quisiera que ya no tuviéramos nada. Ya veo a Dolph y a su club
de cazadores prendiéndole fuego.
¿No sabes lo que les ocurre a los blancos que ayudan a los negros?
¿Y nuestros hijos? ¿Qué va a ser de ellos?
Crecerán entre el odio de los otros niños y todo por tu culpa.
¿Es que no te importa tu familia y lo que pueda ocurrirnos?
Rad, te lo suplico.
- No entrarás ahí, Rad. - Quítate de en medio.
¡Empújale sobre mí! ¡Vamos!
¡Sheriff, haga algo!
Pido que no se admita la reclamación de la Sra. Warren sobre la propiedad.
Petición denegada.
Pido así mismo que se admita la reclamación de Reeve Scott
sobre la propiedad legada legítimamente por su difunta madre.
Denegada.
Pido que la escritura de venta fechada el 16 de octubre de 1866
- sea reconocida. - Denegada.
- ¿Por qué motivo? - ¿Por qué motivo?
Porque el mal nacido que hizo este documento
deshonró la bandera y sin duda se vendió a los yanquis.
Y no sabía ni siquiera lo que es escribir.
No se puede leer nada, ¿es una firma esto?
Son torpes huellas de patas de moscas.
Pero para tranquilizar al Sr. Silens enviaremos esta escritura
a Atlanta para ver si pueden legalizarla.
Es muy posible que tarden un par de meses.
Durante ese tiempo el tribunal nombrará a un administrador
que cuide de esas tierras.
Sr. Henry Warren, ¿acepta usted esa misión?
- Sí, Sr. juez. - Un momento.
- ¿Quién es usted? - Rad McDowell, Señoría.
¿Tiene algo que aportar al caso de la Sra. Warren?
- Sí, Señoría. - Suba entonces al estrado.
Aquí está mi escritura que prueba la autenticidad de la de Scott.
Vea, dice que mis tierras lindan por un lado con el río
y por el otro con cierta parcela perteneciente a Jonás B. Scott.
- ¿Es auténtica esta escritura? - No hay ninguna duda.
Y puede usted leer en ella una firma bastante enrevesada:
Purcell, Vernom C. Purcell. Se llama como usted, Sr. juez.
¿Era su abuelo, tal vez?
Al parecer no soy el único que tiene trapos sucios, Señoría.
Silencio, silencio o los meteré a todos en la cárcel.
Este documento no cambia nada.
No tiene nada que ver con los pormenores de este caso.
- Sr. juez. - Diga, Sra. Warren.
He decidido retirar mi demanda. Las tierras son de Reeve Scott.
¿Quiere preparar todos los papeles para que los firme enseguida?
¡Silencio, silencio!
Vete a casa, recoge mi maletín de viaje y tráemelo aquí.
¿Por qué demonios hiciste eso en el juzgado?
- No levantes la voz, Henry. - Perdona.
Lo necesito para esta noche. Mañana iré por el resto de mis cosas.
Un momento, Kissie. ¿Qué significa esto?
¡Te he hecho una pregunta!
- Me voy a quedar aquí con Colie. - ¿Por qué?
- No estará peor, ¿verdad? - ¿Acaso te importa?
- Ya sé todo lo que sucedió allí. - Puedo darte una explicación.
Más mentiras no, por favor. Déjame sola.
Escúchame, Julie.
Le vas a despertar.
No me iré de aquí hasta que se aclare todo.
- Ahora escucha. - No, Henry. Escucha tú.
El médico cree que hay una posibilidad de que Colie pueda curarse.
Tan pronto como le den de alta me lo llevaré a la clínica de meningitis,
de Topika. Y si allí no lo pueden curar,
lo llevaré a otra hasta que consigan curarlo
o no quede especialista a quien recurrir.
No tenemos dinero para eso.
Ten en cuenta que ahora que le has regalado tus tierras a Reeve
se deshará el trato que tenía con. Riverside y me quedaré en la calle.
Pienso poner mi casa en venta y voy a dársela al mejor postor.
- ¿Dónde viviremos? - Juntos en ninguna parte.
- Estamos casados. - De momento.
Esto no puede ser.
Escúchame, es demasiado importante
para decidirlo en un arrebato.
Te quiero, Julie. Te necesito.
No puedo vivir sin ti.
Por favor, no pisotees seis años de vida en común por una rabieta.
No estoy rabiosa, Henry.
Si lo estuviera aún habría esperanzas.
Te quiero y sé que tú también me quieres.
Vamos, Julie, estemos unos minutos a solas
- y todo volverá a ser como antes. - Es inútil, Henry.
Es inútil, ¿eh?
Ya empiezas a sentir algo.
Esa inmensa atracción que los dos sentimos, ¿eh?
No te esfuerces, sólo siento repugnancia.
Eres una puta.
¿Quién crees que eres? ¿De dónde sacas ese orgullo?
Es preciso que te vayas antes del fin de semana
para que puedan ver la casa.
¿Y en dónde voy a vivir?
En las barcas del río,
o donde prefieras.
¡Abre la puerta!
¡Tienes las llaves del coche!
Primo Henry.
¿Qué haces tú aquí a estas horas, Charles?
Me he escapado.
Vuelve a tu casa, haz como si nada hubiera pasado.
Nadie sabe que me avisaste.
No me hagas volver, por favor.
- ¿Quién es? - Soy yo.
¿Has perdido el tren de Nueva York?
He cambiado de opinión, ¿puedo pasar?
Voy a quedarme para siempre, aquí, en mi puesto.
A última hora he decido que voy a ayudarte con este lugar.
¿Por qué marcharme y dejar que todo esto caiga en manos de otra mujer?
Me vengo aquí.
Creo que esto es lo más inteligente que puedo hacer.
Te quiero,
sólo a ti.
- Hola, ¿ocurre algo? - Charles se ha perdido.
Lou y yo estamos buscándolo, ¿quieres cuidar de los otros?
Claro que sí. Entrad chicos.
- ¿Han cenado? - Sí, gracias, Vivian.
- Bien, marchaos tranquilos. - Gracias.
Si hubiera seguido con esto
en vez de buscar otras cosas,
a estas alturas ya habría triunfado.
Tendría una orquesta propia.
Todo.
Aún puedo hacerlo.
Nada me retiene aquí.
Es muy posible que me marche.
Lré a California.
¿Sabes, Charles?
Allí los sueños se convierten en realidades.
Recuérdalo.
California es el futuro.
Un hombre puede ser allí lo que se proponga,
lo que quiera.
Y yo, maldita sea,
lo seré.
Quisiera ser tu hijo.
¿Por qué?
Para ir allí contigo.
¿Por qué no me llevas de todos modos?
Por favor. Gasto muy poco en comer.
Nunca me importó el dinero. Tendré cuanto necesite.
¿Me vas a llevar?
¿Por qué no?
Sheriff,
siento venir a buscarle aquí, pero como no estaba en su despacho.
¿Qué ocurre?
- Mi hijo Charles se ha perdido. - ¿Que se ha perdido?
Sí, nadie le ha visto desde el anochecer.
Bueno, pues ya aparecerá.
Sheriff, mi hijo Charles se ha perdido y debe ayudarnos a encontrarlo,
ese es su deber.
No me prediques sobre asuntos legales tras todo lo que has hecho.
Sheriff, por favor, tal vez pueda haberle pasado algo, tal vez...
Tal vez sea que vosotros os lo habéis buscado.
- Se lo pido por favor, sheriff. - Está bien, está bien.
Nadie le va a hacer ningún daño al chico.
No hay ningún motivo para ello, ya que fue él quien nos previno
de lo que ibais a hacer.
Ahora me toca a mí.
¡Maravilloso, cielo!
Saca otra carta.
¿Diga?
Hola, Henry.
Pues por aquí nada.
¿Qué?
Sí. Sí.
- Sí, claro que sí, será divertido. - Nos reuniremos en Riverside.
- El Sr. Warren no está. - Buscamos a nuestro hijo.
Charles, Charles, qué susto nos has dado.
- ¿Dónde está el primo Henry? - ¿Qué pensabas hacer?
¿Por qué te escapaste de casa?
¿Y por qué avisaste a tu primo Henry de que yo iba a ayudar a Reeve?
- ¡No me pegues! - No voy a pegarte.
No tengas miedo de mí, trataré de comprender todo lo que hagas.
- Te ayudaré. - Ya hablaremos en casa.
¡No, nunca debiste haber vuelto!
¡Si te hubieran matado en la guerra no andarías con los sucios negros!
No, Rad. Déjale.
No me importa lo que pienses de mí, pero soy tu padre y a partir de ahora
te llevaré por el camino recto.
Gracias.
- ¿Cuándo quieres que explote? - Dentro de una hora aproximadamente.
Bueno, a las 5 en punto.
Yo estaré en la cama cuando todo empiece, es más seguro.
¿Estás ahí?
¡Despierta, imbécil!
- ¿Qué pasa, señor? - ¿Dónde está Charles?
- Charles McDowell. - Regresó con sus padres a su casa.
- ¿Qué dices? - Sus padres han venido a buscarle.
- ¿Diga? - Dolph, soy Henry.
Tenemos que impedir esa voladura.
- Vete al diablo. - No, escucha, escucha,
Charles ya no está en mi casa. Está allí, ha vuelto a su casa.
Mejor, cuantos más, mejor.
Tienes que impedirlo, Dolph, y enseguida.
No, es tarde. Ya no se puede hacer nada salvo que quieras volar también.
Buenas noches.
¡Primo Henry!
¡Aprisa, Charles! ¡Vámonos de aquí! ¡Vamos!
- ¡Ven conmigo, ven conmigo! - ¡No!
¡Salid de aquí todos, rápido!
¡Corred a casa de Reeve! ¡Corred lo más rápido que podáis!
¡Charles! ¿Dónde está Charles?
¡Ya lo encontraré! ¡Tú vete, corre!
¡Charles!
¡En un minuto esto será un infierno! ¿Es que quieres morir?
Cayó cuando venía en busca de Rad.
Lo he matado yo. Es como si le hubiese metido una bala en la cabeza.
Si yo no hubiese ido al juzgado, ahora estaría vivo.
No habrían tenido que vengarse de mí. Tú me avisaste.
Hiciste bien. Ahora lo he comprendido.
Lo último que hice por Charles fue pegarle.
Pero él iba hacia ti, no huía de ti. Había comprendido tus sentimientos.
Vamos.
Parece que Henry nos ha vencido.
Aún podemos evitarlo. Yo estoy dispuesto, Rad.
Tú sí puedes, yo ya no tengo granja.
Pero está la mía. Podemos trabajar juntos y al mismo tiempo
- ir poniendo en orden tus tierras. - Dos años por lo menos.
¿Y qué? Somos jóvenes. Hay tiempo.
Lo siento mucho, Rad. Venimos a ayudarte, muchacho.
El coche de Henry Warren, siempre el primero en llegar.
Esto le va a costar un montón de billetes a Riverside.
Sheriff, no volveré a vender dinamita a quien no sepa manejarla bien.
- Ni a un negro. - Sí, hace falta una ley contra eso.
FUERA
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