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La maldición del hombre loco.
Hace ya muchos años, un mendigo llegó a nuestra pequeña ciudad de Santa Vera en
busca de caridad.
Aunque era un hombre corriente, no lo era tanto como para no saber que aquel
un día laboral y no domingo.
Las campanas de la iglesia estaban sonando, todas las tiendas se hallaban
cerradas y no había nadie en la plaza, pero el mendigo sabía que no era
Señor, perdone usted a este ignorante mendigo, pero hoy no es domingo y...
suenan las campanas y... no hay nadie en las calles. ¿No
sabes leer?
No, señor.
Posadero, vino.
¿Qué quieres?
Señor, hoy no es domingo.
Ya estoy enterado.
No hay nadie en las calles. Sí, también lo sé.
Las campanas están sonando y tú quieres saber por qué, ¿no? Sí.
Te diré por qué.
Hoy es fiesta. Una fiesta popular.
Un día de regocijo. Y nosotros lo estamos celebrando, ¿no es así?
¡Sí!
¿Sabes qué celebramos?
El que nuestro muy amado marqués se case hoy. Tenemos que celebrarlo.
Por obligación.
Posadero, ponme una copa.
¿No es algo estupendo?
¿Sabes quién pagará la boda?
Nosotros.
¿Y quién ha pagado por la novia?
Nosotros.
¿Y quién está pagando el festín que se están dando en este momento en el
castillo? Nosotros.
Nunca te he visto por aquí.
¿Qué eres, un mendigo? Sí, señor.
Confío en la caridad de sus buenos corazones.
Aquí no nos sobra nada, amigo.
Nuestra caridad ha ido a parar allí arriba.
Si quieres algo, tendrás que ir allí. Solo Dios sabe si tendrás suerte.
El mendigo le tomó la palabra al hombre.
y recorrió el largo camino hasta el castillo donde según le habían dicho el
marqués celebraba su boda con un espléndido festín
¿Qué ocurre, querida?
Es que están... ¿No te gusta el ganso?
¿Por qué habéis preparado gansos si no le gusta a la marquesa?
Señor, no lo sabía. ¿No lo sabías?
¿Cómo que no lo sabías?
Pido clemencia, señor.
jajajajaja
¿Qué quieres?
Señor, confío en la caridad de su noble corazón.
Vete de aquí antes de que él te vea. ¿Quién es?
Nadie, señor. Solo un mendigo. Hazle pasar.
Bienvenido.
Llegas tarde, amigo. Hemos tenido que empezar sin ti.
Honorable señor.
Confío en la caridad de su buen corazón. ¿Por qué no nos has avisado?
Si pudiera darme un poco de pan. Un poco antes te habría dado un ganso entero.
Pero ya ves que ahora se ha terminado todo.
No queda ni una amiga.
No la atormentes.
¿Por qué no, querida?
Es un hombre, no un animal.
¿De verdad?
Sí, supongo que es un hombre.
¿Te gustaría que fuese tuyo?
Sería tu mascota.
¿Cuál es tu precio, amigo?
¿Dos monedas?
¿Cinco? ¿Diez?
Diez monedas, mi señor.
Hecho.
Querida, tu animal de compañía, ¿qué es lo que quieres que haga?
Dale comida y vino.
Excelente, vino para el invitado. Y comida.
Después, vino, vino.
Más.
No en esa copa ridícula, dale esta.
Dame comida.
Tengo que comer algo.
Pero antes tendrás que cantar.
No sé cantar. Baila entonces.
No sé bailar. Todo el mundo sabe hacerlo.
Música.
¡Venga, recógelo como un buen perro!
Es hora de retirarse, querida.
Mi esposa y yo nos despedimos.
Buenas noches.
Gracias, señor.
Que se diviertan.
¡Eres un insolente! No olvides que me pertenece. Es el regalo de bodas de mi
marido y me disgustaría que sufriera daños.
Tienes razón, querida. Tenemos que cuidarlo.
Tú, atiende a la mascota.
Y así el mendigo fue encarcelado en las mazmorras del castillo.
El tiempo pasó y todos le olvidaron.
Las únicas personas que veía al mendigo eran el cartelero y su hija.
Una criatura tímida que no sabía hablar.
Toma, dáselo tú misma.
Eres tu amigo.
Transcurrieron los años y el mendigo siguió prisionero completamente olvidado
por el marqués.
El viejo cartelero murió y su hija se hizo mujer pero aún no sabía hablar.
El carácter brutal del marqués llevó a su esposa a una pronta sepultura y
a los pocos amigos que tenía.
Ahora el marqués vivía como un recluso en sus propios aposentos.
¿Cuál es tu nombre?
No te asustes.
Y dime tu nombre.
Tu nombre, querida.
Tu nombre, vamos, dímelo.
No, no, no.
Eres una muchacha muy viva. ¿Por qué no me demuestras la vitalidad que tienes?
Ven esta noche y lo comprobaré.
Yo te enseñaré.
Quiero a esa muchacha.
Señor. La que acaba de salir, idiota.
Es una criada, señor.
Trabaja abajo, en los calabozos. Ah.
Así que trabaja abajo, en las mazmorras, ¿eh?
Estarás ahí hasta que mejores tus modales y seas más cariñosa.
Ha recuperado el sentido común.
Está bien que sea razonable.
¿Sabes a dónde tienes que ir ahora?
¿Quién es?
Eres tú.
la muchacha se escondió durante meses en el bosque vivió como un animal allí fue
donde la encontré
Ya estoy aquí.
No he tardado mucho, ¿verdad, señor?
Esto devolverá el color a sus mejillas, pobre criatura.
Fue una feliz casualidad que la encontrara usted.
Sin duda, su ángel guardián es trabajador.
Debe tomar esto antes de que coja una pulmonía. Ha llegado empapada.
Bueno, supongo que si la suerte no le hubiera puesto en su camino, seguiría
en lugar de dormir en una cama.
Haré un poco más de caldo para usted.
Supongo que también le apetecerá.
Es una suerte que no haya perdido el niño.
¿El niño?
Pequeña, ahora vas a tomar esto. Te pondrás bien enseguida.
No, no, no intentes hablar.
Toma un par de soros.
Y puedes volver a dormir.
Qué buen daño.
duerme y deja que el sueño calme tus dolores y tus penas.
¿Qué es lo que ha dicho de... un niño?
Dentro de pocos meses llegará un bebé a esta casa.
Si es que Dios lo quiere.
¿Cómo te llamas, pequeña?
No debes ser tímida conmigo.
No has dicho una palabra desde que viniste.
Nadie va a hacerte daño.
Dime, ¿cómo te llamas?
Pobre criatura.
Pobre chiquilla.
No me había dado cuenta, cariño.
La atención de Teresa hacia la chica me dio la paz que necesitaba para mi
trabajo. Al menos al principio.
Aquí está su copa, señor.
Déjela ahí, gracias.
Señor, estoy empezando a preocuparme.
¿Por qué?
Usted dice que soy supersticiosa. Lo digo, sí. Bueno, puede pensar lo que
quiera, pero conozco mucho más del mundo que usted.
Del mundo real, no del que habla en sus viejos libros.
¿Sabe qué pronto será? ¿Día 25?
¿25? De diciembre.
¿Sabe lo que significa?
Ese día siempre es Navidad.
¿Qué dice?
Que la Navidad siempre cae en 25.
Bueno, si va usted a burlarse de mí.
No, no me burlo de usted.
Pero no entiendo.
¿Qué le preocupa?
¿Qué ocurre?
Lo que me preocupa es que nuestra invitada está a punto de tener el niño.
Y sería fácil que naciera a la misma hora que nació nuestro señor.
¿No es ese un motivo de alegría? No querría que el niño naciera a esa hora.
Es un insulto al cielo, señor.
Siempre se decía eso en el pueblo en donde yo nací. Las chicas se alejaban de
los hombres en marzo y abril, por si acaso.
Esperemos que el niño nazca un poco antes.
O más tarde.
Porque si no... Tranquila.
Nacerá a la hora que usted diga.
Gracias.
Gracias.
Amén.
Ego te baptizo en nomine patria.
Ego te baptizo en nomine Patris.
Et filii.
Et Spiritus Sancti.
Amén.
Vaya. Qué se...
¡Domingo! ¿Has perdido alguna cabra?
No.
¿Por qué?
Hay una muerta aquí arriba con el cuello desgarrado.
Es muy desagradable.
Ese perro tuyo está domesticado.
Escúchame. Si hay una cabra ahí arriba con el cuello hecho trizas, no es culpa
de él. Habrá sido un lobo.
¿Un lobo, dices? Sí, te pagamos para que los mantengas lo más lejos posible.
¿Lobo aquí?
Hola, Pepe. ¿A dónde vas tan temprano esta mañana?
Voy a ver al alcalde.
Han matado a una cabra.
Infórmale también de que han matado a un gatito.
¿Un gato? Sí, lo encontré muerto esta mañana en el jardín. En un estado
horrible. Con el cuello desgarrado.
Y el gato de león igual.
Se le partirá el corazón cuando lo sepa.
Sí.
Parece obra de un lobo.
Fuese lo que fuese, se ha ensañado con esos gatos.
No he querido que el pequeño lo viera.
No.
León no puede soportar ver sangre.
No. Recuerdo cuando le llevé a cazar.
Casi se desmaya cuando disparé a una liebre y la vio sangrar.
No puedo hacer esperar al alcalde.
Adiós, Pepe.
Ah, estás aquí, León.
¿Quieres desayunar, ángel mío?
No tengo hambre, tía Teresa.
Ayer no comiste y apenas cenaste por la noche.
No puede ser.
Vamos, he hecho unas pastas riquísimas, de las que te gustan.
Parece que estás fracasando en tu trabajo, Pepe.
Se te contrató como vigilante.
No para gandulear dejando que los lobos se acerquen a la ciudad y nos roben las
cabras delante de nuestras narices.
Pero no he intentado... Si no es por domingo, aún no habríamos descubierto la
muerte de esas cabras.
Pero si fui yo... Bueno, no voy a tomar ahora ninguna decisión.
Tendrás otra oportunidad.
Continúa con tu trabajo.
Quiero a esos lobos muertos en 24 horas y que los traigas ante mí al
ayuntamiento. ¿Has entendido? Sí, señor.
24 horas.
No pierdas ni un minuto.
Puedes irte.
Lo haré con cuidado.
Pronto estarás.
Intenta dormir, pequeño.
Te digo que le disparé.
Era un lobo pequeño.
Lo vi y disparé. ¿Y dónde está ahora? Supongo que se ha volatilizado.
Anoche perdí tres cabras. Y yo dos.
¿Qué puedo hacer si no se muere cuando le disparo?
Cómprate un arma nueva o unos anteojos.
Das palos de ciego.
Vamos a decirlo en el ayuntamiento.
Le disparé.
¿Le di?
Debe haberse levantado durante la noche.
Es la única explicación.
Se levantaría, bajaría las escaleras y saldría fuera.
Pero yo hubiera tenido que despertarme.
Y no le oí.
Estabas durmiendo. Me habría despertado.
Él no bajó por esas escaleras.
¿Quieres decir que salió por la ventana?
Solo digo que no pudo bajar por aquí.
Bueno, solo hay un modo de saber.
Y ahora vas a contarme todo lo que ocurrió hoy.
¿De acuerdo?
Lo prometo.
¿Dirás la verdad?
Sí. Dime, ¿a dónde fuiste anoche?
¿A dónde fui?
Sí.
Sé que saliste.
Pero dime, ¿a dónde?
He estado toda la noche en la cama. Oh, León, has prometido decir la verdad.
Estoy diciendo la verdad.
¿Entonces esa herida? No lo sé, tío.
No puedes haberte herido en la cama. Sé que no me he movido de aquí, porque me
desperté por la noche.
Tuve un sueño y me desperté, pero después me dormí.
Cuéntame tu sueño.
No lo recuerdo bien, tío.
Se me ha olvidado, pero era el de todas las noches.
¿Todas las noches?
Ahora tengo pesadillas cuando me duermo.
Entiendo.
Dime, León, ¿cuándo empezaron esos sueños?
Me parece que fue después de ir de caza con Pepe.
Él quería enseñarme a disparar. Quiso que disparase a una ardilla, pero no
Así que él lo hizo por mí.
Apretó el gatillo y la ardillita chilló y luego cayó muerta.
Fue horrible.
La cogí del suelo y quise darle un beso. Y entonces noté un sabor muy raro.
Debía ser la sangre, pero sabía dulce. Y quise probar más.
Pero Pepe cogió la ardilla y se la llevó.
¿Hice mal?
No, no, no lo creo, Leon. Desde entonces he tenido pesadillas.
¿Qué sueñas?
Sueño que me he perdido en el dibujo de un libro. Que me he perdido y que bebo
sangre. Ayúdame, tío, ayúdame. Sí, te ayudaré.
Sí, son exactamente iguales. ¿Dónde la encontraste, Teresa?
Estaba oculta, junto al tronco de un árbol, cerca de los pastos.
Oh, falló otra vez.
Pero no diré una palabra de esto.
Gracias, Teresa.
Rompería su corazón.
Ha estado tan preocupado.
Anda, ven. ¿No te apetece tomar algo? No, gracias.
Tengo que irme.
Hay espíritus que vagan continuamente muy cerca de nosotros, espíritus sin
cuerpo de criaturas que no son reales.
Dicen que hay que prevenirse contra la invasión de estos espíritus, que la
creación más grande de las manos escultoras de Dios es el cuerpo del
el que han de arrodillarse las bestias.
Hay algunos que dicen que el cuerpo humano se pone rígido en el momento de
muerte para prevenir esta invasión.
El espíritu errante que entra en el cuerpo solo encuentra un seco y
armazón.
Pero, padre, y tú te preguntas, ¿qué tiene que ver todo esto con León? Sí.
Te lo diré, hijo mío.
Muchas veces sucede que el espíritu de una de esas bestias consigue entrar en
cuerpo de alguien que está vivo, normalmente en el momento de nacer.
Entonces el alma y el espíritu luchan entre sí para ganar el dominio del
Aunque si el alma del hombre es fuerte y limpia, generalmente expulsa al
espíritu de la bestia antes de que se haga mayor. Pero si por alguna razón el
alma es débil, una debilidad heredada, un nacimiento
accidental, entonces...
Es lo que puede ser, hijo mío. Un hombre lobo tiene en su cuerpo un alma y un
espíritu que están en guerra constante. El espíritu es el de un lobo y se
fortalece con las debilidades del hombre. El vicio, la codicia, el odio,
avaricia, especialmente en luna llena, cuando las fuerzas del mal llegan a su
plenitud. Esto hace que el espíritu del lobo pueda triunfar. Por el contrario.
Cualquier cosa que debilite a la bestia, la amistad, el cariño sincero, el amor,
potencian el alma humana.
Y ahora, León, que no tiene verdaderos padres,
necesita de su amor y sus cuidados más que cualquier niño normal.
Comprendo, padre, y haré todo lo que pueda para suplir ese amor.
Sé que lo harás, hijo mío, pero no hay ninguna cura.
Solo el amor.
Cuando sea mayor, puede que encuentre a una joven a quien amar profundamente.
Pero, lo que es más importante, ella deberá amarle a él de igual manera.
Solo así podrá salvarse.
No era un lobo corriente, señores.
Ningún lobo que fuera un lobo normal...
desgarraría la garganta para extraer la sangre.
¿Extraer la sangre?
Hasta la última gota.
Bueno, y si no era un lobo, ¿qué era?
Si recordáis, anoche hubo luna llena.
Y ya sabéis lo que es eso. ¿Qué? Oiga, ¿quién va a pagar todas estas bebidas?
Sí, duele.
Significa... Que esas cosas vagan por ahí.
¿Cosas?
¿Qué clase de cosas?
Cosas extrañas, de las que es mejor no hablar.
Adiós, señor.
Señora.
Bueno, sea lo que sea lo de ahí fuera, mi marido lo matará.
¿Verdad, cariño?
Voy a terminar con esto.
Eso es.
Se han acabado tus pesadillas.
Sí, tío.
una chuleta de lobo con patatas.
Escuchadme todos.
Creo que ya es suficiente.
Si alguno de los que estáis aquí vuelve a hacer un comentario más que pueda
ofender a mi marido, se marchará por esa puerta.
Le disparé.
La vida ya no... No la maté.
Pepe, tendrías que echarme una mano.
¿Qué le he pasado a mi crucifijo?
Tuve que hacerlo. Es la solución.
¿Qué? Pero ese crucifijo fue bendecido por el arzobispo.
Entonces tanto me...
Así que siempre fuiste tú.
León creció.
Y el cariño y afecto que Teresa y yo le dimos parecieron curarle por completo de
su terrible enfermedad.
Escucha, si no te gusta ese lugar, vuelve a casa, prometido. Prometido.
¿Por qué no te quedas aquí y trabajas con tu padre? No lo entiendo. Vamos,
Teresa, es natural que quiera recorrer su propio camino.
Le admiro por eso.
Gracias, padre. Pero trabajar en una bodega. Oh, Teresa.
Adiós, padre. Adiós, muchacho.
El dinero.
¿Has guardado bien el dinero?
Sí, está aquí.
¿Todo bien?
Debemos dar gracias a Dios por habernoslo devuelto.
¿Quién eres?
Soy León Carrido. Señor.
Señor. ¿Eres fuerte?
Sí, claro.
¿Y te gusta trabajar?
Sí, cuando me pagan, señor.
Vamos, ven.
Trabajarás aquí.
Son ocho horas y media para almorzar. La paga seis monedas.
Pregunta a José. Te explicará lo que hay que hacer.
Me llamo León. Ya sabes el mío, José.
Bienvenido.
Ha dicho que me digas lo que hay que hacer. Ah, es fácil.
Ahí está el vino.
Aquí el tinto y aquí el blanco.
Las botellas.
Y las etiquetas.
El vino dentro y las etiquetas fuera.
¿Quién es?
Pues ese es el miserable Fernando a quien ya conoces.
Y el otro, el joven, es Gómez. Su padre es el dueño de esto.
Y la chica que imagino es quien te interesa.
Es la hija de Fernando.
Y no me preguntes más, están comprometidos.
Cosa que hace muy feliz a Fernando.
¿Y a ella también?
¿A ti qué te parece?
No tienes más que mirarlo.
Podemos irnos.
Saluda, saluda.
Cristina, podría ser un poco más cortés con tu futuro marido.
Viene hacia aquí.
Pero no vete a ti, no te hagas ilusiones.
Vengo a pedirle disculpas, señor.
¿Disculpas? Fue usted a quien salpicamos.
Con el carruaje. No hace falta que se disculpe.
Si no lo hago yo, no lo hará nadie.
Me llamo Cristina Fernández.
Señorita.
¿Y usted?
León.
León Carrido.
Trabajo aquí, señorita. Lo sé.
Espero que se encuentre a gusto aquí.
Gracias, estoy seguro.
Yo también estoy seguro.
Esto no es normal. Es la tercera noche que tienes dolor de cabeza y hay que
volver. No puedo evitar que me duela la cabeza.
No, pero siempre es fastidioso e inoportuno.
Estaba ganando otra vez más de 100 reales y he tenido que... ¿Y es por el
dinero? No, no es por eso.
¿Entonces por qué?
Porque... porque es muy injusto, nada más.
Mira.
Bueno, si fueseis, si fueseis de verdad.
En vista de que no hay nada que hacer, me voy a la cama.
Así te quemarán los ojos.
Y no acabes la vela, prefiero gastarme el dinero en las cosas.
Hablando de dinero, ¿qué día es mañana?
¡Sábado!
Habrá que celebrarlo. ¿Celebrarlo?
Día de paga, música y baile.
No te olvides de la vela.
Gracias. Buenas noches.
¿Eres tú, Cristina?
Sí, papá.
Vuelves pronto.
¿Os divertisteis? Sí, papá. Bien.
Ahora vete a la cama.
Sí, papá.
Que nunca llegaría.
Esto es un sueño. No, es real, Cristina.
¿Y si mi padre lo descubre?
Vámonos de aquí.
Si eso fuese tan sencillo.
Te quiero.
Leo.
Casémonos. No puedo, no puedo. No lo sabes.
Mi futuro ya está decidido.
Tengo que casarme con Gobi.
Cásate conmigo. Mi padre no lo permitiría nunca.
Hablaré con él.
Tengo que hablar con él. No lo hagas. Prométeme que no lo harás. Te despediría
no volveríamos a vernos nunca. Él se encargaría de ello. Cristina, no.
Ha debido irnos.
¿Mañana? No, mañana no puedo.
El domingo.
No he oído nada tan ridículo en toda mi vida.
Quedarte en casa el sábado por la noche. Qué tontería.
Y de hecho, si lo piensas, es casi inmoral. Está bien.
Me rindo.
Eso está mejor.
¿A dónde vamos?
Escucha. ¿Te gusta la comida?
¿El vino?
¿Una música maravillosa?
¿Bailes? ¿Y las mujeres?
Pues bien, conozco un sitio así a las afueras. Es serio y respetable.
¿Qué te ocurre?
No te encuentras bien, ¿verdad?
Ve a tomar un poco el aire.
Ven.
Por ahí, a la derecha.
¿Estás en la luna?
¿Te he asustado?
Lo siento.
¿Qué hacías? ¿Mirabas la luna llena?
¿Qué?
Eres un poco lento.
¿No te encuentras bien?
No.
No muy bien.
Necesitas acostarte un rato.
Puedes subir a mi habitación si quieres.
No te preocupes por ella.
Podemos subir por atrás.
Creo que tu amigo no se sentía muy bien. Ha ido a tomar el aire.
Oh, estás muy guapo.
Encantado.
¡Camarero, traeme el vino!
No te preocupa nada, lo que pueda alcanzar, ¿eh? El vino no importa,
¡Bravo!
Con esto te sentirás mejor.
No eres muy hablador, ¿verdad?
¿Sabes?
Prefiero los hombres callados.
Ya tengo bastante con las chicas.
¿Por qué no te pones un poco más cómodo?
Así.
Estás mejor, ¿no?
¿Qué ocurre, cariño?
¿Te preocupa la chica que has dejado?
No te va a echar de menos.
¿Qué es lo que pretendes?
Si has venido a esto, te has equivocado de lugar.
No consiento.
¿Cuánto tiempo pretende tu amigo que le siga esperando aquí sentado? Yo
personalmente haré que vuelva de inmediato, cariño.
Y tú, querida, no hables con ningún extraño, ¿eh?
Hay que ver.
Es suficiente, ¿no?
Era el mejor perro que he tenido.
Y tú lo mataste. Sí, lo maté. Era un asesino. Por eso lo hice, te enteras.
¿Sigues con la bala colgada de tu cuello para recordarlo?
Sigo con la bala al cuello porque está hecha de plata.
Valiente historia.
Vete a casa.
Gracias.
¡León! ¡León! ¡León!
¡León! ¡En nombre de Dios! ¿Qué ha pasado?
¡Tu papás!
¡No puedes!
Es la verdad, hijo mío.
No lo creo.
No puedo.
Vamos, vamos.
León, te lo pregunto una vez más. ¿Puede recordar lo que hiciste? No. ¿O a dónde
fuiste la pasada noche? No.
Inténtalo, por favor, inténtalo. Te digo que no lo recuerdo.
No puedo recordarlo.
Mis manos... tenían sangre.
¿Dónde me las manché de sangre?
Es lo que estoy tratando de averiguar.
¿No es posible que fuera la sangre de un animal, de una oveja, tal vez?
¿Quiere decir que la maté?
Con... Vamos.
Vamos. Vamos.
Siempre lo supo, padre.
Pero no se lo dijo a nadie.
Gracias.
¿Qué voy a hacer, dígame?
¿Qué voy a hacer, padre?
Creo que puedo obtener permiso para que ingreses en un monasterio bajo
vigilancia, pero hasta entonces debes estar encadenado y encerrado día y
noche.
Eso es lo que se hace con los animales salvajes.
Eso es lo que yo soy.
Sargento. Es ese hombre.
¿Es usted León Carrido?
Sí. ¿Amigo de José Armadillo?
Sí. Tengo entendido que ustedes dos estuvieron anoche en una taberna.
¿La de la señora Zumara?
Sí. Según ha dicho la señorita Ivonne, usted se fue pronto.
¿Es cierto?
Sí, eso creo.
¿Eso cree?
Había bebido mucho.
¿A dónde fue, señor Parrido?
A casa. ¿A casa?
¿Está seguro?
Sí, ahora vengo de allí.
Viene usted de casa, ya veo.
¿Por qué?
¿Por qué me hace estas preguntas?
Estamos investigando.
Buenos días.
Adiós.
Adiós.
Espero que te avergüences de ti mismo.
Señor. Ir a un sitio como ese, a emborracharte, es detestable.
Don Fernando.
Dígame.
¿Es que le ha pasado algo a José?
Me trae sin cuidado.
Estará en la cárcel.
Tienes suerte de no estar con él.
Ayúdame.
¡Ayúdame! ¡León! ¡Vete de aquí!
¡León! ¡Vete!
¡León! ¡Vete! ¡Fuera!
¡León!
¡León, debo irme!
¿La noche?
¿La noche?
¿Tú has pasado aquí la noche?
Sí.
Dime, debo saberlo.
Ven.
¿Pasó algo?
Parecía tener miedo. ¡No, no!
Cambié. ¿Qué le pasó a mi cara?
¿Y mis manos?
¿Cambiaron?
No, Leon.
Me has salvado.
Dios, gracias por enviármela.
Tenemos que irnos ahora mismo.
Tienes que casarte conmigo y nos iremos.
¿A dónde? Los dos empezaremos una nueva vida, Cristina.
Estaremos juntos cada minuto del día.
Dime, ¿qué es lo que ocurre?
Cristina.
¿Me quieres?
¿Te casarás conmigo? ¡Di que te casarás conmigo!
Sí, lo haré.
Escucha, esto es muy importante.
Confía en mí. Ahora no puedo explicártelo.
Debemos marcharnos. Ahora. Hoy.
Pero por favor, no me preguntes.
¿Vendrás?
¿Esta es su ropa, señor?
Sí. Señor Carrido, tiene que venir con nosotros.
¿Por qué?
Queda arrestado por asesinato.
En nombre de Dios, tiene que escucharme.
Vaya por mi padre.
No lo entiende. Tiene que hacerlo.
Escuche lo que le digo. ¡Escúchame!
Oye, muchacho, solo hay un modo de que se quiera escucharte.
Puedo pagarle.
Le pagaré lo que quiera.
¿Qué quiere, señor?
Quiero que vaya usted a buscar a mi padre, don Alfredo Carrido.
¿Y cómo piensa que voy a dejar esto solo?
No puede enviar a alguien.
Es posible.
Que le digan que estoy aquí.
Le necesito.
Señor Don Alfredo Carrido.
Vive al otro lado de la plaza, en la casona de la escalinata.
Aquí, espera.
Por favor.
¿Qué se supone que haces?
¿A dónde vas?
Dime qué estás haciendo.
Te ibas con él, ¿no es cierto?
Ibas a escaparte con él, ¿verdad? Lo sabía. Te ibas, ¿verdad?
Sí, me iba.
Aún pienso irme.
Pequeña desagradecida.
¿Dónde está, padre?
Por favor, ¿dónde?
Donde debía estar hace tiempo. Dime dónde.
Tengo que ir con él, padre. Me necesita. ¿Te necesita?
Por supuesto que sí. Eres una libertina. ¿Vas a decirme dónde te encuentras? En
la cárcel. Ese es su sitio.
¿En prisión? Sí, en prisión.
¿Por qué? Dime por qué.
¿Qué es lo que ha hecho? No me interesa lo que haya hecho. Solo sé que lo han
detenido. Por mí que se pudra.
Por favor, ¿querrás llevarme a donde está?
¿Qué? Quiero que me lleves ahora a la ciudad.
No pienso hacer tal cosa.
Entonces me prestas tu carruaje. Qué vergüenza. Por supuesto que no.
¡Cristina! Ven aquí ahora mismo.
¡Vuelve!
Tiene que llevarme a la ciudad.
Es una orden del señor Gómez.
¡Deprisa, por favor!
¡Cristina!
¡Vuelve!
Ya he matado a tres personas, padre. Lo entiende.
Los estrangulé con mis manos.
Los ataqué con mis dientes.
Eso tendrán que probarlo.
Probarlo.
Lo probarán todo porque es verdad.
Y si me obligan a permanecer aquí esta noche, volverá a ocurrir.
No.
Esto no me detendrá.
¿Qué podemos hacer?
Acudir al alcalde, rogarle. Nada de rogar.
Dile.
Lo que soy.
Y que lo he confesado todo.
¿Qué? Dile que soy culpable.
Y que debe ejecutarme ahora.
Hijo mío. Sí, ahora.
Y usted, padre.
Dígale cómo debe hacerlo.
¿El fin?
Sí. Quemarme.
Quemarme vivo.
Es demasiado.
Es absurdo. No esperen que yo crea eso.
Debe creerlo, es la verdad. ¿Desde cuándo lo sabe, padre?
Lo sé desde que era un niño. ¿Y no dijo nada sobre ello? No estaba seguro.
¿Y ahora lo está? ¿Por qué? ¿Por qué?
Pregunte usted a mi hijo, él se lo dirá. Su hijo, un asesino. Sí.
¿Y qué es lo que quiere que haga? Por favor, debe dejar que me lleve hoy mismo
al muchacho a un monasterio apartado donde cuídense.
No. Eso es imposible. Debe someterse a un juicio. Si se la retiene en esta
ciudad hasta después de ponerse el sol, no será responsable de sus actos.
¿Qué dice? Digo que saldrá de su celda y matará.
Matará sin cesar y salvajemente.
Como un animal.
Y usted, usted solo será el responsable.
Ahí está, señor. Es ese hombre.
Oiga, levántese.
Déjeme verle.
Enséñeme sus manos.
Sus dientes. Abra la boca.
Señor,
se lo suplico.
No me deje aquí.
Tengo que contar con más testigos.
Está bien. Teresa. Teresa.
Sí, mi sirvienta. ¿Su sirvienta?
Me temo que no puedo.
Déjenme entrar.
¡Ábranme, por favor!
¡Cristina! ¡Silencio!
Déjela pasar, ella puede ayudarme.
Es la única.
¡Por favor, ábranme!
¡León! ¡Señorita!
¿Qué te están haciendo?
Por favor, ayúdame.
¿Quién es usted?
Conteste. Soy Cristina Fernández, señor.
¿Conoce al prisionero? Sí.
¿Y bien?
Estamos prometidos, señor.
Así que se va a casar con él.
Entonces lo sabrá todo.
Señor. Usted conocerá su desgracia.
¿Desgracia?
Según usted es un hombre perfectamente normal.
Sí. Gracias.
El prisionero se quedará aquí para someterse a juicio.
Señores.
Ven, hija mía. Dejadla conmigo.
Por el amor de Dios, tened piedad.
Ven. Ven.
Por favor, hija, ven.
¿Qué están haciendo?
¿Qué ocurre?
¡Padre, la bala!
¡El vigilante tiene una bala de plata!
¡Cógala y úsela!
Úsela en mí, padre.
Úsela en mí.
Úsela en mí.
Debes creerme, pequeña.
Es la verdad.
Pepe. Pepe, ¿dónde estás?
Es una noche preciosa.
La luna está subiendo.
Hay luna llena.
Pronto se hará tan claro como el día.
Esta joven no tiene donde pasar la noche. Es amiga de León y pensé que
aquí... Ven aquí, hija mía.
Debo volver a la iglesia. Vendré después del servicio.
Ven aquí, querida.
Siéntate junto al fuego. Entrarás en calor.
No sé a dónde habrá podido ir Don Alfred.
Hecha de plata.
La hizo un hombre... con la plata... de un crucifijo.
Es la única bala que puede matar... a un hombre lobo.
Dígame, ¿qué ha pasado? Lo que usted dijo.
¿Dónde está? No lo sé, señor. Allí arriba.
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