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Ya. ¿Cuándo?
Esta mañana.
Pobres.
Ahora les ha
tocado a ellos.
Pobres. Era preciosa como un rayo de sol.
De pequeña, más de una vez se sentó en mis rodillas.
¿Quién seguirá ahora?
Eso Dios lo sabe.
Fue una anemia aguda, una debilitación de la sangre y nada más.
Dios mío.
Maldito supersticioso. Tú hiciste lo que estaba en tu mano, Patrick.
Ahora déjalos a ellos.
Nosotros somos forasteros aquí.
Ellos tienen sus creencias y sus temores.
Pero es monstruoso.
Esa pobre muchacha murió de muerte natural.
Era débil como su hermana, que tiene los días contados.
Míralos. Van todos hacia la casa.
Voy con ellos. Por favor, Patrick.
Gracias.
Es un día de luto y sé que nuestra presencia viene a turbar aún más vuestro
dolor, señora.
Pero sabéis que es necesario para su bien.
No dejéis que... Calla.
Calla, mujer.
Así debe ser.
Gracias.
¡Quietos!
Esto es una barbaridad.
No podéis hacer eso. Por favor, doctor.
Déjelos. Pero no se da cuenta de lo que va a hacer.
Su hija murió de muerte natural.
Soy médico y puedo certificarlo.
Doctor, déjenos darle ahora el descanso que se merece.
Bárbaros.
Esto es impropio de gentes que se dicen civilizadas.
Déjenos, doctor.
Usted no ha nacido aquí y no comprende.
Esto que voy a hacer se lo hice antes a mi propia hija.
Déjeles. Ellos saben lo que hacen.
Usted también, padre.
Van a cometer un sacrilegio.
Dios no lo permite.
Hijo mío, los designios de Dios son inescrutables, pero si crees en Él,
también creer en el diablo.
Ja, ja, ja.
María, quita a esos chicos de aquí que pueden lastimarse.
Ay, señor, señor, qué guerra dais. Pero no veis que os puede caer cualquier
cosa. No gana una para disgusto.
¿Qué? Se trabaja, ¿eh? ¿Y qué hacer, señor? La vida sigue.
Ay, doctor, menos mal que ha llegado. La pobre señora está muy mal.
No ha pegado un ojo en toda la noche.
Tres veces le he tenido que preparar una infusión para que se tranquilizara y
nada.
¿Y Caterina?
Ay, la pobre señorita. Me da mucha pena verla. Es tan delicada.
No ha probado bocado desde ayer.
Está callada, asomada a la ventana, con la mirada perdida, sin hablar con nadie.
Luego la ve.
Pero señorita, si no ha tomado nada.
Debe usted tomar algo.
Es por su bien, si no enfermará.
No tengo ganas, María.
Es inútil.
Pero debe comer.
Mire, le dejaré al menos este vaso de leche.
Haga un esfuerzo.
Como quieras.
Y no piense más en cosas desagradables.
Le digo que sí. Han encontrado la tumba abierta. Calla, calla. No digas ni una
palabra a nadie.
Pues solo daba esto.
Pase.
Buenos días, Caterin.
Buenos días.
Me ha dicho María que no has tomado nada.
Y eso no me gusta.
¿Cómo te encuentras, eh?
Bien.
Estoy muy mal, doctor.
¿Quién te ha metido esa idea en la cabeza?
Estás de caída, nada más.
No se esfuerce, doctor.
Estoy condenada a morir, lo sé.
Pronto iré con mi hermana.
Anda, quédate.
¿Quieres hablar conmigo? Claro que sí, mi hija.
¿Por qué esperas ser tan bruto? ¿Vas a decir que me pongo muy nervioso?
¿Vas a estar bien, qué?
Ah, sí.
Es una cosa.
Impaciente. Levanta.
Pero apaga la luz, hombre. No quiero.
Déjame verte.
¿Y si alguien nos ve?
¿Quién nos va a ver?
Buenos días a todos. Aquí está Miguel.
Nuevamente a vuestro servicio.
El sol luce espléndido. Y mi garganta desea un fresco vinillo que la rime.
Marcus, sirve pronto un vaso de ese néctar de los dioses.
Y tú, tómate otro a mi salud.
¿De acuerdo? Ya tenía ganas de que vinieras, hombre. ¿Qué me has traído
vez? Lo traigo para ti.
Perfume de oriente.
Ay, como el que usaban las jóvenes vírgenes.
No, claro, entonces a ti no te sirve.
Pero tengo estas preciosas ligas para que buscan más hermosas tus piezas, ¿eh?
Pruébatelas.
¡Qué nombre!
¡Dara! Vuelve enseguida a tu trabajo, imbécil.
O te moleré a palos.
Marcus, Marcus.
No debes tratar así a tan gentil, don Celia. No, no, no me des las gracias por
lo de don Celia, Dara.
El día vendrá en que los asalariados capitareados por un nuevo Espartacus se
rebelen y se vuelvan contra la mano que aparte de darles de comer, les colmea.
Mijai, anda, tómate tu vino y márchate, que aquí hay mucho trabajo.
Trabajo, trabajo, la maldición divina.
Ah, mi buen Marcos.
No es el hombre un ciego que no ve el paraíso cuando está junto a él.
¿Y mi mujer qué?
Ah, otra maldición divina.
El hombre es débil y la mujer también.
Quizá pueda servirte en algo.
Y para que no se turbe tu amo, aguarda que la luna salga.
Y estas ligas adornarán tus hermosas piernas.
¡Para! ¡Fuera!
¡Va!
Doctor,
doctor. Buenos días.
Hola. Tome un vaso de vino.
Gracias, Marcus. Me sentará bien.
Supongo que ya lo sabe. Sí, ya lo sé.
Todo el pueblo lo comentaba. Una tumba se ha abierto y el bello pajarito voló.
¿Qué opina usted, doctor?
Algún ladrón de tumbas.
¿Y nada más?
Nada más.
La ciencia tiene un límite.
Y detrás de ella llega lo sobrenatural, lo desconocido.
Más allá de la muerte no hay nada. ¿Nada?
Ay, doctor, doctor.
He recorrido el mundo muchas veces y he visto y oído cosas que mejor hubiera
sido no verlas ni oírlas.
Venga, doctor.
¿Ve ese castillo?
¿Conoce su historia?
Algo he oído.
Era yo niño cuando ya se contaba.
Lo hemos registrado muchas veces y nunca hemos encontrado nada.
Está abandonado desde hace más de un siglo.
Y sin embargo ahí está, desafiando al tiempo y a la muerte.
En otra época, en ese castillo, hubo vida.
El conde Rudolf de Wimber era un hombre feliz.
Y el pueblo le amaba.
Una noche en que se desencadenó una furiosa tormenta, llegaron unos viajeros
pidieron refugio.
Eran un noble extranjero, dos damas de compañía y su encantadora hija.
En cuanto vio a aquella muchacha, el conde Rudolf quedó hechizado.
Y aquella misma noche caía rendido entre sus brazos.
Caía rendido entre sus brazos.
En el éxtasis amatorio, no oyó siquiera los gritos que desgarraban la oscuridad
de tan lúgubre noche.
Y preso en las redes de un placer desconocido, dejó que la mujer se
sobre su cuello para clavar allí sus colmillos.
Despertó sobresaltado y descubrió que estaba solo.
Entonces, Oyó gritos de dolor, los del padre y de sus criados, todos ellos con
la misma marca en el cuello.
Víctimas de los vampiros, contaminados como él para toda la eternidad.
Y el conde Rumbold de Wimber terminó por huir espantado de su castillo.
Desde entonces, vaga sin cesar, buscando la venganza o el reposo.
Pero eso solo es una leyenda. Tal vez.
Vamos, señorita Caterine.
Le he preparado un desayuno que le gustará mucho.
Además, le traigo otra cosa.
¿Qué?
Di, ¿qué es?
Bueno, no es nada especial.
Es solo una noticia. Una noticia que le gustará.
Vamos, dímelo. No me hagas esperar.
Primero tómese lo que le traigo.
Bueno. Me han dicho que ayer llegó al pueblo alguien.
Una persona que a usted le es muy grata.
Lo acabarás de una vez.
¡Ha llegado Jan!
¿Jan?
¿Estás segura?
¿No me mientes?
Tan cierto como que hace cinco años estoy casada con ese Aragán.
Jan, ha vuelto por fin.
¿Cuándo dices que ha llegado? ¿Por qué no ha venido a verme todavía?
Ya sabe cómo son los hombres, señorita.
Prometen y dicen muchas cosas que logran encandilar. Y luego... Son todos unos
granujas, pero adorables.
Vamos, María, corre, ayúdame. Tráeme el traje malva y el corpiño. Ah, y el agua
de rosa y el carmín. Vamos, apresúrate.
Calma, calma, señorita. Que tendrá tiempo suficiente de estar hermosa como
flor cuando llegue ese pícaro.
Buenos días a todos.
Buenos días.
Hola.
Rayo.
Rayo.
¿Cuánto tiempo hacía que no venía a saludarte?
Pronto cabalgaremos juntos.
Llegaremos hasta el puente como el otro día.
Te gané.
Algún día llegaré yo.
Eso dices siempre.
Ya.
Soy tan feliz contigo.
Te quiero tanto.
Amor mío, yo también.
Y siempre te querré.
Nunca podré dejar de hacerlo.
Repite eso. Dímelo otra vez.
No sé qué sería de mí si tú me faltaras.
Igual. Ya le he dicho a tu padre que es mejor que cambie de clima.
Que se aleje de este lugar que le trae recuerdos tan desagradables.
Mañana me la llevaré a la capital con tus tíos. Allí logrará distraerse un
Adiós, Katein.
Te veo hoy muy guapa.
Adiós, doctor.
Vamos, vamos, hija.
¿Aún le esperas?
Hace mucho que no sabes de él, ¿verdad?
El tiempo borra muchas cosas.
Yo sé que volverá, padre.
La señorita te ha estado esperando todo el día.
Y yo también.
Ya ves que lo he ido.
¿Y con ella cuándo irás?
No lo sé.
Voy a confesarte una cosa.
Catherine me da miedo.
Yo no sé si es su enfermedad del corazón o qué, pero me asusta cada vez que la
miro a los ojos.
Veo la muerte.
No lo puedo soportar.
¡Ay, qué zarrapastroso eres!
¡Calla, calla! ¡Tú a lo tuyo!
Ya sé que estás deseando marcharte.
Pero hay de ti como no regreses pronto. Volveré pronto.
O no sabes lo mucho que me gusta estar contigo.
¿Y Catherine?
¿Dónde está mi hija? En su habitación.
Le he recomendado reposo.
¿Por qué no viene conmigo?
Yo quiero que mi niña venga conmigo. No puede ser, señora.
El clima de la ciudad puede serle fatal.
Es este el que le conviene.
Quiero verla.
Quiero darle el último beso.
Hija mía.
Mamá. Hija mía, cuídate mucho.
Ya que yo no puedo hacerlo.
No te preocupes, mamá. Me cuidaré.
Aunque eres tú quien debe hacerlo más.
Vuelve pronto.
No salgas para nada.
Ten mucho cuidado.
La noche es cruel y maligna.
Nos rodean.
Nos rodean.
Nos rodean.
Ella
te
protegerá.
Mucho.
Me refiero a las ligas.
Yo no pensaba en eso.
¿No llevas calda debajo? No me gusta pasar calor.
¿Has oído?
Sí, un trueno.
Tengo miedo. No digas eso.
No te quejarás que he venido enseguida, ¿eh?
Y pobre de ti si no lo llegas a hacer.
Pero señorita, ¿qué hace así?
Vamos, que no es bueno.
Voy a darle una frija de alcohol.
Ha vuelto Chris.
¿Y mis padres?
Su madre bien.
Su padre aún se quedará con ella unos días.
Me han encargado que la cuide mucho.
Ya verá que bien la siente esta friega. No, no, deja María.
Pero señorita... Anda, vete.
Vete a ver a tu marido.
Bien.
El conde Rudolf le ruega le den albergue. Hemos sufrido un accidente.
Debí haberme presentado yo mismo.
Soy Rudolf, conde de Wimber.
Hemos tenido un desgraciado accidente ante su casa y temo que no pueda ser
reparado hasta mañana con esta tormenta.
Le ruego me perdone el atrevimiento de intentar acogerme a su hospitalidad.
Sea bienvenido a mi casa.
Señor, ¿y su criado?
Gracias. Él sabe lo que tiene que hacer.
Le ruego que me acompañe a la mesa.
María, prepara una habitación para el señor Ponte.
Será mi huésped por esta noche.
Gracias.
Me hace un gran honor.
Sin duda, le habrá asustado un poco a mi criado.
Un poco.
Por eso me adelanté sin aguardar su respuesta.
Está conmigo desde hace muchos años.
Sé que su apariencia es repulsiva, pero me es fiel.
Sin él, no sé qué haría.
Me perdonará si no acepto del todo su hospitalidad, pero no quiero tomar nada.
No tengo apetito. Como quiera, pero al menos aceptará una copa de vino.
¿Y usted me hará un favor?
¿De qué se trata?
No es justo que este artefacto me impida contemplar la placer.
No quiero más. Gracias, María.
Es usted muy bella, Katherine.
¿Cómo sabe mi nombre?
¿No recuerda haberse lo dicho?
Si le dijera que lo he adivinado o que he sentido un aviso que me decía que así
se llamaba, no me creería.
No sabía por qué oía hablar en el pueblo de usted y de su familia.
La fama de su belleza no ha podido quedar encerrada entre estas cuatro
Gracias.
Nada, que parecía sangre.
Es tan rojo y espeso.
Es el mejor que hay en las bodegas. En toda la comarca no hay otro igual.
¿Cómo usted?
Gracias.
¿Me permite un brindis?
Por la belleza, el amor y la muerte.
Por usted, Catherine.
Extraño a Brindis Conte.
No me llame así.
Mi nombre es Rudolf.
Está bien.
Rudolf.
Repítelo. ¿El qué?
Mi nombre.
Ha sonado lejano y dulce dicho en sus labios.
Hace tanto tiempo que no me llamaban así.
Por favor, dígalo otra vez.
Es usted extraño, Rudolf.
¿Por qué?
No lo sé.
Hay algo en usted que no entiendo.
Acabo de conocerle. Y sin embargo, tengo la sensación de que le conozco desde
antes.
Sin haberle visto jamás.
Y luego, ese timbisuyo sobre la muerte.
¿Quién es usted, Rudolf?
Soy un caminante que busca y jamás encuentra.
Cada vez es usted más enigmático.
No, Katherine.
Lo que ocurre es que debo ocultarme.
Vivir agazapado.
Acechando.
Teniendo ser descubierto. ¿Pero por qué?
Sería difícil de explicar.
Y quizá no lo entendería.
En cuanto a conocerme, es lógico que sienta esa sensación.
Mi familia procede de aquí.
Aunque hace muchos años que ninguna habita en estos lugares.
Pero hubo un tiempo que en el castillo de la colina vivieron mis antepasados.
¿En el castillo?
Sí.
Cuentan en el pueblo una leyenda sobre él.
Y lo que allí ocurrió.
¿Y usted la cree?
Catherine, el mundo es cruel.
Y los que lo habitan también lo son.
Hay muchas más cosas de las que se pueden ver.
Pero, ¿cuál es la verdad de todo?
Perdón. Tiene usted una novia.
Gracias.
¡Señorita! ¡Señorita Catherine, despierte! ¡No está!
Pero, ¿qué ocurre? ¿Por qué gritas tanto?
¿Te has vuelto loca?
¡Que no está!
¡Se ha marchado!
¿Quién? ¿Quién va a ser? ¡El conde! Y en la habitación no ha dormido nadie.
Subí a llevarle el desayuno. No contestaba a nadie y entré. La cama
intacta.
Se lo dije, señorita. No me gustó al verle.
Me contó una historia de un conde y no sé qué más.
Me ha dicho que habías venido aquí, al castillo.
Pero es que no sabes qué lugar es este.
No te preocupes, padre.
No, no temas.
No me ha ocurrido nada.
¿Cómo se llamaba el último conde?
Rudolf de Wimbledon.
No tema nada, Caterina.
Está usted en mi casa.
¿Ya no le asusta la frialdad de tu mano?
No.
Ya no.
Gracias por haber venido a mi fiesta.
Usted me llamó.
Pero podía haberse negado y no lo hizo.
¿No le dio tiempo a vestirse?
Vestirme.
¿Para qué?
Venga conmigo.
Deseaba que viniese.
Aunque ya sé que estuvo aquí antes.
Encontré el guante que olvidé en su casa.
Lo olvidó.
Bueno, que... Que dejé en su casa.
Esta noche verá cosas con las que jamás pudo soñar.
Le parecerán horribles.
O quizá nos comprenda.
Pero aún está a tiempo.
Una palabra suya. Un simple gesto.
Y el mismo carruaje que la trajo aquí la devolverá a su casa ahora mismo.
Quiero asegurarle que nadie intentará nada contra usted.
Ni yo mismo.
Bastará con que no se quite esa cruz que lleva en el cuello.
Me quedaré a Rudolf.
Gracias por haberme invitado a su fiesta.
No tema.
Ellas le ayudarán.
Hay una leyenda. La conozco.
Todas las leyendas tienen su origen real.
Verás, en la tierra hay dos conceptos, el bien y el mal.
Pero ¿cuál es el bien y cuál es el mal?
¿Dónde está la verdad?
Nos llaman malditos, pero ¿quién tiene la culpa?
Vamos.
decidirá.
Rudolf, yo estoy muerta o casi.
Mis días están contados.
Yo también estoy maldita.
Seguido y... Viven.
Y solo una vez cada muchos años pueden volver a ser casi como antes.
Habéis venido a la puerta.
Estáis en mi casa.
Ahora podéis elegir entre quedaros por vuestra voluntad o resistiros.
Pero ninguno volverá a su hogar nunca más.
¡Catherine!
¿Me conoces?
¡Catherine! ¡Soy yo!
¡Jan! ¡Por favor, ayúdame!
No. Creo que no le conozco.
¡Catherine! ¡Por favor!
Si quieres, le haré volver al pueblo.
Para iniciar la fiesta hay un viejo reto que nos gusta seguir.
Tomaremos la sangre de la víctima elegida para calmar nuestra sed.
Para mí esto es un brindis.
Ayúdeme, por favor.
Yo te salvaré. Te haré conmigo.
No, déjeme.
¿Qué prefieres, que te entregue a ellos o esta larga vida?
Si sabes conservar. No, con ellos no, por favor. Con ellos no.
¿Dónde estoy?
Sabía que me preguntarías eso.
Todas las mujeres lo hacen aunque sepan dónde están.
No te burles. No me burles, la verdad.
Aquí me escondo acompañado de mi soledad.
No lo entiendo.
Ni lo intentes.
¿Estás arrepentida de haber venido?
No.
Pero te he sometido a una prueba muy dura.
Era necesario todo.
Es necesario el odio, la venganza, la envidia que correrá a los humanos.
Esos seres que has visto.
Yo mismo hubo un tiempo en el que creímos en la belleza y en el bien.
Pero luego...
Algo que nosotros mismos ignoramos nos hizo cambiar.
Pero Rudolf, lo que hacéis, estas muertes... Parecen demoníacas.
Pero, ¿qué pensaría un ser totalmente puro?
Sin ninguna clase de conocimientos, al ver por primera vez... Está hecho de
forma, no puede cambiar.
Vosotros, vosotros sois... Los extraños, los malditos, los que hay que
exterminar.
¿Y por qué esas venganzas?
Al principio no la sabía.
Fue la sed, el ansia de beber, primero sangre de animales, y luego
la necesidad del amor sin esperanzas de continuidad.
Nos persiguieron con sus razones y nosotros nos defendimos con las
Encontramos refugio en lo que ellos más temen.
Encerrados en sus tumbas.
Oyen y sienten.
Pero no pueden moverse.
Acordando la noche para vagar bajo mil extrañas formas.
Entonces, esta noche...
Es la noche que les pertenece.
En ella se sienten más libres.
Y sueñan satisfechos.
No siente repugnatividad.
No el cuerpo.
Anhela la unión del espíritu.
Esos seres, esta noche se buscan y se aman.
Mañana, otra vez la huida del mundo y de sí mismos.
Pero hoy, olvidan y sueñan.
Es solo una ilusión.
Sueñan con esa cascada y disfrutan de ella.
¿Por qué tiene que ser el agua enemiga de los vampiros?
Las leyendas solo son eso.
Leyendas. Nosotros tememos a la luz del sol y a ese signo que
fue quien nos maldijo.
Solo quiero morir.
Descansar, de verdad.
Rudolf, yo... No, no, no digas nada.
Rudolf... Tú debes vivir.
No puedo arrastrarte a este mundo.
Pero tú has dicho... Sí.
Quisiera poder decirte que todo ha sido mentira, pero... Ya sabes quién soy.
No digas nada.
Pero son muchos cadáveres.
Déjame otro, por favor.
No lo quería creer.
No podía creerlo.
Y era verdad.
Es verdad.
¡Maldito! Cálmese, doctor. Ya.
Se llevaron a su mujer.
Él estaba en un parto.
Mal momento para que venga al mundo un niño.
Vivir.
Mal
momento
para todos nosotros.
Y dar.
¡Los encontré! ¡Los encontré! ¡Ahí fuera, en el bosque! ¡Es horrible!
¡Seguidme!
Llevaos a las mujeres.
Hay que quemarlo todo.
A ver, preparad una hoguera.
Hay que destruir todos estos muertos.
Son cadáveres malditos.
Acabemos de una vez.
Los que tengan valor, que me sigan.
No dejaremos piedra sobre piedra.
Hay que registrarlo todo.
No puede quedar ni un solo rincón sin mirar.
Tienen que estar escondidos en algún sitio.
Aquí no ha habido nadie en muchos años.
No hay nada, señor.
¡Vámonos!
Pero, señorita Catherine, no ha tomado usted nada. Ni ha probado bocado.
¿Para qué?
Ya todo es igual.
¿Cómo para qué?
Debe comer, cobrar fuerzas. Si no... Igual ha de morir.
Lo sé.
¿Y qué más da?
Ya no puedo vivir.
Y tampoco por... ¿Pero qué dice, señorita? Me asusta.
Nada, nada.
No me hagas caso, María.
Anda, vete. Y no te preocupes, que después tomaré algo.
Esto se ha quedado frío.
Déjalo ahí.
Luego ya te llamaré.
Esto ya no puede continuar así ni un momento más.
Tenemos que tomar una decisión.
Urgentemente. Ida al pueblo y avisada a toda la gente.
Si es preciso, abriremos todas las tumbas para sacarlos de sus guaridas.
Esta misma tarde acabaremos con esta maldición para siempre.
¿Has perdido alguna cosa?
¿Yo?
No creo.
¿No es tuya esta cruz?
Yo mismo te la regalé.
¿Dónde estuviste anoche?
¡Maldita! ¡Mi propia hija! ¿Qué has hecho? ¿A qué te has atrevido?
Déjame, padre.
Ahora te dejo. Pero volveré.
Acabaré con todo y luego hablaremos.
Pero... ¿Qué abominación has cometido?
¿Qué he hecho yo para merecer esto?
¡Sucia ramera de muertos!
Me insultas porque alguien ha desafiado tu poder.
Porque alguien, tu hija, piensa de otra forma.
Porque ansía encontrar lo que nadie en este mundo, ni tú mismo, puedes dar.
¡Calla! ¡Calla, maldita!
Acabaré con todos. Quemaré sus cuerpos para que no sigan sembrando el mal. Y te
traeré la cabeza de ese diablo que se fijó en mis hijas.
Todo el pueblo se levantará contra ellos.
Por favor, tú no lo entiendes. Yo te explicaré. Hablaré con ellos.
¡Suéltame!
¿Qué quieres?
¿Avisarles?
¿Acabar con tu propio padre?
Te quedarás en la iglesia.
¿Tú qué? ¡Suéltame! Sí, señor.
Te quedarás en esta habitación hasta que yo vuelva. Y bajo ningún pretexto
dejarás salir de ella a mi hija.
Si lo haces te mataré.
Tengo que avisarle.
Tengo que avisarle.
Muchos de nosotros, yo mismo, hemos perdido nuestros seres más queridos.
Amigos, parientes, hijos.
Ahora son de ellos.
Ya no tienen nada nuestro.
Ahora solo quieren nuestra sangre.
Pues bien, o acabamos con ellos o ellos nos destruirán.
Quien esté de acuerdo conmigo que me siga.
¿Pero a dónde?
En el castillo no hay nadie. ¡Al cementerio!
Abriremos todas y cada una de sus tumbas y clavaremos una estaca en sus muertos
corazones.
Pronto será de noche y entonces... Volverán, ya lo sé.
Debemos apresurarnos y llegar antes de que despierten.
No perdamos el tiempo.
¡Vamos! Un momento.
Yo estoy con usted. Pero hay que hacer las cosas bien.
Una estaca puede ser arrancada.
Pero...
Hace unos años, en un lugar que no recuerdo bien, ocurrió algo similar. En
libro, un médico encargado por la emperatriz María Teresa estudió a fondo
tema.
El vampiro solo puede ser destruido por medio de un clavo en la frente.
Luego se quema el cadáver y se esparcen las cenizas al viento.
Pues cojamos clavos y martillos y al cementerio.
La otra noche os vi.
No te hagas el tonto.
Os vi a ti y a tu mujer.
Juntos, en la cama.
Señorita, no debió.
Es usted muy joven y no... ¿Crees que soy una niña?
No es eso.
¿No te parezco hermosa?
Pues vamos a ver si es verdad.
Por favor, señorita.
No dirás que tienes miedo.
¿A qué esperas?
No lo sabes.
Quiero estar contigo para siempre.
Caterina.
Pronto amanecerá.
Ya no recuerdo cómo son.
Por favor.
Estamos a salvo. Todos ocultos. Más adelante volveremos.
Sí.
Ya no queda nadie.
Señor, pronto amanecerá. Tenemos que ocultarnos.
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