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Les seré sincero. Con su sueldo y no trabajando su esposa, me temo que me es
completamente imposible concederle un préstamo hipotecario.
Esto es desesperante.
Es que no hay quien lo aguante. Esto es como para volverse loco. Siempre igual,
joder, siempre igual. No empecemos otra vez con esto que hoy no tenemos tiempo
para andar con tonterías, ¿eh?
Oiga, por favor, cálmese. Llevo más de 20 años como director de esta sucursal
y... Ya basta, papá. No estás en la caja. Hace ya años que no trabajas en
Yo no quiero ningún préstamo. Lo que quiero es que te comas la sopa.
¿Pero qué?
Mira la hora que es. Ya no llegamos.
Pues nada, a llamar a Julián y a decirle que no nos esperen y que le regalen las
entradas a quien sea porque nosotros ya no llegamos. Joan, por favor, no te
pongas así. Seguro que las pueden dejar en la taquilla. ¿Para qué?
Cuando acabe de cenar ya no llegamos ni a ver el final. Hombre, no, Joan, que
tampoco es eso. Cada día está peor de la cara.
Ya os podéis ir.
Ya he terminado.
Hola, buenos días.
Hola, buenos días.
¿Qué tal? Me llamo Emilio. ¿Qué tal? Me llamo Emilio.
¿Qué tal? Me llamo Emilio.
Qué bien, papá. Ya has hecho nuevos amigos, ¿eh?
Vas a estar muy bien aquí con otros abuelitos como tú.
Ya verás, papá. Aquí vas a tener de todo. Vas a estar mejor que en casa.
Bueno,
nosotros tenemos que irnos ya.
Vendremos a verte muy a menudo.
Cuídate mucho, papá.
Adiós, Emilio. Hasta pronto.
Adiós, hijo.
Adiós, hijo.
Adiós, hijo.
Adiós, hijo.
Adiós, hijo.
Adiós, hijo. Bueno, ya vale, Ramón, ya nos hemos enterado. Ya nos hemos
enterado. Usted es Emilio, ¿verdad?
Venga conmigo, que le acompaño a su habitación. Ah, sí, gracias.
Le llevo la maleta. No se moleste, puedo llevarla yo. No es molestia, sígame, es
por aquí. Es por aquí, es por aquí, es por aquí, es por aquí.
Quiero irme con mi madre.
Pase, pase. Puede pasar usted. Voy a buscar a Miguel, su compañero de
habitación. Así se conocen.
Muy bien, muchas gracias.
Espero aquí.
Un perrito faldero.
¡Buen día, compañero! ¿Qué te parece la celda?
¿Cuántos años te echaron a vos?
¿Cuántos años?
No, no me hagas caso. Era una broma sin gracia.
Yo soy Miguel, tu compañero de habitación. Yo me llamo Emilio. Me ha
de conocerte.
Eres... eres argentino, ¿verdad? Bueno, en realidad yo nací en Rivadero. Pero mi
papá y mi mamá emigraron cuando yo apenas tenía un año.
Ah, así que has vuelto a la madre patria.
Y sí, las residencias son mejores acá.
No, che, en realidad yo me volví hace ya casi 30 años.
Pero no hay caso, la gente no se me va.
Bueno, ya habrá tiempo para contarte la historia de mi vida. Me han pedido que
te enseñe la residencia. ¿Querés descansar un poco, deshacer las maletas?
no, no estoy cansado. Podemos ir ahora, si quieres.
¡Estupendo! Vení que te doy el gran tour de la residencia.
Ah, che, se me olvidaba.
Tenés que pagar 10 euros por no sé qué gastos de administración, no sé.
Si vos me lo das ahora, yo se los paso a la chica que lleva estas cosas.
¿Gastos? ¿Qué clase de gastos?
Sí, ya sabes, papeleo. No hay quien no entienda. Mejor pagar y olvidar. Hombre,
yo era director de un banco. De esas cosas entiendo algo. ¡Sí, director de
banco! ¡Qué bárbaro! ¿Vos qué sos?
¿Otro Roquefeles?
Bueno, solo era director de una sucursal de barrio. Tampoco es la cosa para
tanto. No, no. Un director es un director.
Mira, si entendés de estas cosas de dinero y de acciones, tenés que
un día. Porque yo no me entero de nada. Me parece que tengo la cabeza muy dura.
Pero mira, de todas formas, estos 10 euros mejor me los das ahora.
No nos vayamos a olvidar más tarde, ¿viste?
Sí, claro. Te los doy ahora.
Ya preguntaré para qué son.
Toma, aquí tienes.
Bueno, pues estupendo.
Venga, che, venite para acá, Rockefeller, que te doy el tour. Me
Emilio. Acá lo tenéis, el salón principal.
El mismísimo corazón palpitante de la residencia.
Oficialmente se llama la sala mirador, pero acá todo el mundo le llama la
pecera.
Parece que están en una sala de espera.
La pecera sala de espera.
La pecera sala de espera.
Che, Ramón, estás hecho un poeta hoy. Un poeta hoy. La pecera sala de espera.
Este es Ramón, el locutor.
Repite todo lo que oye. Ah, sí, sí, ya lo conozco, ya nos vemos.
Presentado. Ramón era locutor de radio, pero ahora ya no habla, solo repite lo
que oye.
Parece que de tanto hablar se le gastaron las palabras. Se le gastaron
palabras. A que sí, Ramón, a que sí.
Se le gastaron las palabras. Bueno, sigamos con queda casi todo por ver.
Queda casi todo por ver. Queda casi todo por ver. Queda casi todo por ver.
El comedor, la biblioteca, los lavabos. No te confundas con los de señora que
están ahí al lado.
El médico. Es medio maricón, pero no es mala persona.
La enfermería. Acá guardan las drogas con las que nos tienen dopadas. Ay, mi
hijo, pero qué malo es usted.
Buen día, Rosy. ¿Cómo andás?
Administración. Prohibida la entrada a viejos. La entrada principal.
Si querés escaparte, es por ahí.
Espero que te guste ver la tele.
Es de lo poco que se puede hacer acá.
Pues mira, estos programas de animales, si te digo la verdad, no me gustan
mucho. Otra cosa no ponen.
¿Y no se puede cambiar de cadena? Y no sé.
En los dos años que llevo aquí siempre están los documentales.
Te parece que sigamos.
El gimnasio.
No me he traído chándal, nadie me preocupa. Es que para lo que vas a hacer
no te hace falta ningún chándal. Y lo mejor para el final. La piscina.
Pues tampoco me he traído el bañador.
No te preocupes, que no la vas a usar nunca.
Está de adorno para impresionar a los clientes. ¿A los clientes? Los clientes,
Rockefeller. Los que pagan las facturas. Tus hijos, el gobierno.
Ellos son los clientes de la residencia. Ni tú ni yo.
Y la piscina es para que la vean cuando vienen de visita y se crean que esto es
un hotel de cinco estrellas. Pero qué piscina ni qué carajo. Si acá la mayoría
no puede ni ducharse sin que lo ayuden.
Pues a mí siempre me ha gustado nadar.
De joven, nadaba mucho en el mar. Y luego, cuando trabajaba en la caja, iba
piscina por lo menos una vez a la semana.
La verdad es que ahora lo echo de menos.
Entonces pedile la llave de la piscina. Puede que te dejen estrenarla y todo.
Pues mira, igual un día de estos me animo y se las pido.
Si quieres algo, no tenemos que preguntar. Yo acá puedo conseguirte
cosa. Un traje de baño, lo que sea.
¿Ustedes saben dónde hay un teléfono? Ah, buen día, doña Sol.
Tengo que llamar a mis hijos.
Me han dejado aquí, pero yo ya estoy bien.
Tienen que venir a recogerme. ¿Dónde hay un teléfono? En recepción hay uno, doña
Sol. ¿Y me dejarán usarlo? Sí, no se preocupe. Claro que la dejan.
Usted me paga a mí ahora y luego llamo en recepción, ¿de acuerdo?
De acuerdo.
Es que tienen que venir a recogerme porque yo ya estoy bien.
¿Con esto basta? Sí, estupendo. Con esto vale.
Vaya por este pasillo de recepción y pregunte por el teléfono.
Sí, el teléfono.
Es que tengo que llamar a mis hijos para que vengan a recogerme.
Porque yo ya estoy bien.
Pero recepción no está ahí mismo, a la entrada.
Está, pero no te preocupes, Rockefeller.
Doña Sol se pasa todo el día buscando un teléfono, pero nunca llama.
Así se entretiene, ¿viste? Para cuando encuentre recepción ya se habrá olvidado
de qué quería hacer.
Y mejor así, porque de todos modos en recepción no le dejarían usar el
¡Manuel!
Perdona, es que... Es que me has dado un buen susto. Pues respirá, Roquefella,
respirá. No te vaya a dar un ataque al corazón y batas el récord de la estancia
más corta en la residencia.
Sí, claro.
La verdad es que entre el locutor y tú, hoy no gano para sobresaltos.
Oye, dime, en el piso de arriba, ¿qué hay?
¿Arriba? Arriba está el piso de los asistidos.
¿Los asistidos? Los que no pueden valerse por sí mismos. Los que tienen
demencia como Alzheimer.
Los que han perdido la cabeza.
Créeme, mejor no subir. No es nada lindo de ver.
Venga, che. Vamos, que acá se cena temprano.
Este es Emilio, mi nuevo compañero de habitación. Buenas tardes. Ella es
Antonia. Encantada. Bienvenido a la residencia. Y Dolores y Modesto.
Encantados. Lo mismo digo.
Bueno, Emilio, ¿qué te parece la residencia? Es muy moderna. Pues lo
que todavía no estoy muy asentado. Se me hace un poco extraño estar aquí. Al
principio es natural.
Pero ya verás qué rápido te acostumbras. Aquí estamos de maravilla. Tenemos de
todo. Por cierto, Dolores, os habéis apuntado a la excursión del Puente de
Octubre. La del casino.
Modesto y yo nos lo estamos pensando.
El precio incluye la comida. Vamos a ver, los medicamentos para Dolores y
Modesto, Miguel, Antonia... Pues yo también... Ya
sabéis que yo no puedo daros nada sin el permiso del médico.
Tenéis que hablar con él. Este es Emilio, que recién acaba de llegar hoy.
Sancho es uno de los enfermeros. Es un buen tipo, a pesar de llevar esas
trenzas. Son rastas, Miguel, rastas. Pues pedile algo al médico, a ver si se
cura. Miguel, no te metas con Sancho, que le queda muy bien el pelo así.
Vamos a ver.
Estas para Modesto.
A ver.
Las tuyas, Dolores. Gracias.
Las de Antonia.
Gracias, Sancho. Estas son las tuyas, Emilio. Ah, pero ya sabéis qué medicinas
tomo yo. Sí, no te preocupes. Esa información ya nos la han dado tus
Ah, bien. Aquí está muy bien organizado. Y las tuyas, Miguel. Sí, sobre todo
para doparnos.
Che, trenzas. Te has vuelto a equivocar con mis pastillitas.
¿En serio?
¿No ves que te has vuelto a olvidar de mi viagra?
Ay, Miguel, por Dios, qué grosero.
¡Plan en tu primera noche! ¡Qué suerte, Emilio! ¿Cómo suerte? Bueno, espérate a
probarlo. No sabe a nada.
No lleva azúcar de verdad.
No le hagas caso.
Está bueno y es muy sano. ¿Qué es sano?
¿Y yo para qué quiero comer sano?
Lo que yo quiero es disfrutar de la comida. Un buen bife, vino, café... A
nuestra edad es importante comer sano. A nuestra edad, Antonia, ya da igual lo
que comamos.
¿Pero vos qué querés? A ver... Sí,
muy bien.
Emilio, Emilio. Ah, perdón.
Decía que si te vas a comer la mantequilla.
No, no, cógelo si quieres.
Gracias.
Mira eso, ya empieza.
Todavía tienen la comida en la boca y ya están haciendo cola para acostarse.
Todas las noches lo mismo.
¿Por qué tienen tanta prisa? Y necesitan ayuda para acostarse, pero no hay
suficientes auxiliares. Pueden pasarse una hora esperando.
¿Y por qué no hacen otra cosa mientras esperan? ¿Otra cosa?
Aquí solo hay comer, dormir y cagar.
Miguel, ¿qué estamos comiendo?
Emilio, Emilio.
¿Eh? ¿Te vas a comer la mermelada?
Ah, no, no, puedes cogerla.
Gracias.
No vas a usar esta bolsita, ¿verdad? No, no.
Mira, Miguel, ya está haciendo de las suyas otra vez.
Bueno, ahora un tecito bien calentito.
Pero que si está esporrada y a ella le da lo mismo.
Miguel. Tú te aprovechas de Sol porque tiene la cabeza perdida y eso no está
bien. ¿Pero qué decir?
Si yo le hago un favor.
Así por lo menos se está entretenida yendo de acá para allá.
Sí, ya, claro.
Y el dinero que le timas todos los días también es un favor, supongo. No, para
que yo no le hago ningún mal a nadie.
Pero decime, el dinero que le mandan todos los meses, ¿de qué le sirve acá
la cabeza como la tiene?
De nada.
¿Qué preferís? ¿Que le diga la verdad?
Mire, doña Sol, le va a dar igual llamar que no llamar a sus hijos porque nunca
van a venir a buscarla.
¿De qué vale eso? Yo le mantengo la esperanza. Y si de paso me gano unos
seguritos, ¿qué tiene de malo? Así ganamos todos.
Desde luego hay que ver qué cara dura tienes, Miguel.
Decidme una cosa. ¿A Modesto qué le pasa? ¿A Modesto?
Uy, el largo adiós.
Modesto tiene al Seymour.
El pobre ya no sabe ni dónde está.
Si no fuera porque Dolores se ocupa de él, Ya lo habían subido al piso de
hace tiempo.
Dolores es una santa, hay que ver cómo se ocupa de Modesto.
De hecho, se vino aquí para cuidarlo porque ella está perfecta, tiene una
de hierro. Che, pero qué estupidez.
Hacer eso es desperdiciar la vida para nada.
A Modesto le da igual tenerla a ella a su lado que a una lechuga podrida. No
seas bruto, Miguel. ¿Cómo que le da igual? Aunque no lo parezca, Modesto se
cuenta. Pero qué decir, mujer, si no se entera de nada.
Pues yo también creo que sí se entera.
Ah, que si ves, Emilio me da la razón. Va, lo que pasa es que sois un par de
sentimentales. Y tú eres un amargado, Miguel. Lo que te pasa es que te da
ser viejo.
¿Quién, amargado? Yo, para nada. Pero es que a mí me encanta ser viejo, es una
maravilla. ¿Te pasas toda la vida trabajando como un animal?
Y cuando ya no puedes recoger a los nietecitos en la escuela y hacer de
la familia te cierra acá y se olvida de vos. Es una maravilla. No, no es verdad.
No digas eso.
Mi familia a mí me quiere. Yo estoy aquí porque no quiero molestarlos. No quiero
ser una carga para ellos. Es ley de vida. ¿Te enteras?
Los jóvenes tienen que vivir su vida.
Antonia tiene tres hijos y dos hijas y como 50 nietos, pero nunca viene nadie
la familia a visitarla. Bueno, uno de los nietos viene a verla muy de vez en
cuando.
Vaya, el té se ha quedado frío.
Así que tienes nietos. ¿Yo, nietos? Ni hablar.
Perdona, ¿cómo dijiste eso? No, eso era un decir.
Yo nunca me casé ni tuve hijos, que yo sepa por lo menos. Y no me arrepiento de
eso en absoluto. He vivido siempre sin ninguna atadura, haciendo lo que he
querido. Y fíjate ahora, la única diferencia es que yo no me paso un día
llorando porque los nenes no vienen a visitarme.
En eso tienes razón.
Te pasas la vida trabajando y luego... Vos ya sabés.
El mundo ese será una porquería.
Vaya, el té se ha quedado frío.
Pues bueno, chef, ahora tengo que hacer un par de cositas.
¿Querés venir, Rockefeller?
Así conoces a la persona.
Vamos, venite.
Buen día, señora Rosario. Buenos días.
¿Ustedes también van a Estambul? No, señora Rosario, nosotros somos los
revisores. Ah, sí, claro.
Pasen, por favor.
Me dirijo a Estambul, donde me espera mi marido.
Ah, usted tiene suerte. Estambul es una ciudad preciosa. ¿Si me permite su
billete? Sí, cómo no.
Un momento, creo que lo tengo por aquí.
Aquí.
Estupendo. Se lo devolvemos cuando hayamos cruzado la frontera. Ay, pues
claro. Muy bien, muy bien.
Que disfruten el viaje, señora Rosario. Los cárpatos están preciosos en esta
época del año, ¿verdad? Se pasa todo el día acá mirando por la ventana. Se cree
que va en el Orient Express.
Yo siempre le sigo la corriente y eso la hace feliz a la pobre.
Bueno, vamos, Rockefeller, que si nos ven aquí nos regañan.
Maite. Maite.
Maite. Joan.
Joan. Maite.
¿Dónde estáis?
Maite, Joan.
Maite.
Che, arriba, dormilón, que hoy es miércoles.
¿Eh, sí? ¿Y qué toca hoy? ¿Siesta especial?
No, Rockefeller.
Los miércoles toca gimnasia.
¿Cómo?
¿Gimnasia?
Pues no me has traído el chándal. Sí, sí, ya sé, ya me contaste. Ya te dije
acá no te va a hacer falta.
La gimnasia es una estupidez. Lo interesante de las clases no es lo que
hacer, sino lo que hay para mirar.
¿Para mirar?
Perdona, no te entiendo.
No te preocupes, que vos ya me vas a entender.
Oye, ¿has visto mi cartera?
¿Tu cartera? No, no la he visto.
Pues la dejé aquí mismo anoche con mi reloj.
Y ahora no está. Y si la dejaste ahí, tiene que estar ahí. Fíjate bien.
A lo mejor se ha caído entre la cama y la mesita.
Miraste. A ver... No, aquí no se ve nada.
Pues no sé.
Si anoche la tenías acá, tiene que estar por algún sitio. Pero si vos no te
apuras, no llegas a desayunar, ¿eh? Mejor vestite ahora y vamos a desayunar.
si querés, luego te ayudo a buscarla.
Bien, genial.
Así me gusta, chicos.
Veros todos aquí despiertos y llenos de energía. Y ahora me entendés,
Rockefeller, lo que hay para mirar. Hay que levantar la rodilla y tocarla con la
mano opuesta, ¿entendido?
Mirad para aquí, como hago yo. De esta forma, ¿veis?
Así. Muy bien, como yo estoy haciendo. ¿Qué dice?
Así. ¿Qué hay que hacer?
¡Hable más alto!
¿Qué dice? ¿Qué hay que hacer?
Hay que tocar la rodilla con la mano del otro.
Agustín ha perdido el oído, pero no ha perdido el tacto. Se acabó. Vamos a
al siguiente ejercicio.
Vamos a hacer una serie de ejercicios con la pelota. Para el primer ejercicio
tenéis que pasarle la pelota al compañero que tenéis a la derecha.
¿Cómo dice?
¡No la oigo!
Tenéis que pasarle la pelota al compañero de la derecha. ¿Qué? ¿Cómo?
que hacer?
A la derecha, al compañero de la derecha. ¿Qué? ¡No la oigo! ¡Que tenéis
pasarle la pelota! ¡No la oigo!
¡Acérquese un poco más!
Pellicer, explíqueselo usted.
¡Que hay que pasarle la pelota al de la derecha!
Empieza tú, Antonio.
Hay que hacerlo rápido, ¿eh? A ver si batimos el récord de la semana pasada.
¡Preparados!
Aquí, aquí.
Esteban, Esteban, cójala, hombre.
Aquí, hombre.
A ver, no. Sí, a ese niño le dio un subidón fuerte de azúcar.
Pero a ver, hombre, mire.
¿Quién es eso, señorita Ana?
Aquí tiene, Esteban.
No, no, a ella.
Está bien, Eugenia. Pero no ha hecho nada, señorita. Ay, la pelota, señorita,
que se va.
Aquí, ya la tengo.
Nada, nada.
Toma, Eugenia.
Bueno, sigue tú, Dolores.
Dolores, despiértate, que te toca a ti. Modesto, sigue tú que estás despierto.
Toma, Agustín, rápido.
Toma, cuidado, hombre.
Aquí tienes, Agustín. Uy, qué torpe estoy.
Es igual, ya la tengo.
Cuidado, Pellicer.
Así se hace, Pellicer.
¡Bien, chicos!
¡Dos minutos menos! ¡Hemos batido nuestro propio récord! ¡Un aplauso!
¡Fantástico! ¡Muy bien!
¡Estupendo! Ahora vamos a hacerlo al revés. Le pasamos la tolepa al compañero
la izquierda. Empieza tú, Emilio. ¿Qué?
¿La qué?
La tolepa, Emilio, al compañero de la izquierda.
¿El quién?
La toleta, Emilio.
Igual que antes, pero al revés. La toleta, Emilio. Date prisa, que hay que
partir el reloj. La toleta, Roquefeller. La toleta, Emilio. La toleta, Emilio.
Rápido. La toleta, Emilio. La toleta.
El teléfono, el teléfono.
Tengo que llamar a mi hijo.
Tengo que llamar a mi hijo.
¿Cómo se le ha ocurrido a esa pobre mujer salir a buscar un teléfono ahí
con este día?
Acá, Rockefeller, cuando no sucede nada interesante hay que provocarlo. Si no
mantienes la cabeza ocupada con algo, la perdés enseguida.
A veces he llegado a formar una fila de cinco personas.
Pese a la última, la viejita del paraguas, es Carmiña.
Nunca está sola, porque tiene miedo a que se la vengan a llevar los marcianos.
Che, mira cómo corre la Carmiña.
Se ve que no hay nada como una buena paranoia para mantenerse joven, ¿eh,
Rockefeller?
No me parece bien.
Es una broma cruel.
Acá eso ya da igual, Rockefeller.
Acá lo único que importa es no dejarse hundir.
Bueno, no es un fox terrier como me pediste, pero te gusta, ¿no? Sí, sí, no
importa. Es muy bonito. Muchas gracias, Miguel. A vos, Martín. Ya sabes que
cualquier cosa que quieras no tenés más que pedirme.
Que no puedo.
A ver, arriba, Martín.
No vayas a coger frío.
Gracias otra vez, Miguel. Nada, nada, mandar.
Feliz Navidad, Martín. Feliz Navidad.
Creía que no se podían tener perros en la residencia. Y no se puede,
Rockefeller. Martín lo esconde en su habitación y lo saca a pasearlo a fines
semana cuando va a visitar a su hijo.
Ah, ¿y qué va a hacer cuando crezca y se haga más grande?
Pues bueno, Martín es muy despistado. No le va a durar tanto.
Ah, vaya.
Oye... Con esa barba pareces papá Noel. Rockefeller, me decís lo mismo todos los
días. Vos sí que sos despistado. ¿Eh, Rockefeller? Es que es verdad. Solo te
falta el gorro. Vení, vamos, que es casi la hora de comer.
¿No tenés frío así, sin abrigo?
No, no tengo frío. ¿Sabés qué?
Vos también deberías dejarte la barba. Te quedaría bien.
¿Yo? No, a mí me queda muy mal. No, en serio. Las jovencitas se vuelven locas
por una barba blanca.
Sí, Rockefeller, te vas a agarrar una bronquitis así, con el pijama
desabrochado. ¿Qué?
Ah, no,
no, estoy bien así. Yo nunca me resfrío.
Sí, yo tampoco.
Somos un par de viejos duros de pena, ¿eh, Rockefeller?
Pues sí, la verdad es que yo siempre he hecho mucho deporte, sobre todo
natación. De joven, nadaba mucho en el mar y luego, cuando trabajaba en la
iba a la piscina por lo menos una vez a la semana.
¿En serio?
Che, qué bárbaro. ¿Sabes? Tendría que aprovechar la piscina que hay aquí.
A ver si mañana me animo y les pido la llave. Y sí, claro.
Animate nomás, Rockefeller.
Aunque mañana esto va a estar muy ajetreado con las visitas navideñas.
Vendrá a verte tu hijo, supongo, ¿no?
Pues no lo sé. Y me da exactamente igual que venga o no venga.
No te preocupes.
Acá los familiares son como el turrón. Faltan todo el año, pero en Navidad caen
seguro. Sí, y las dos cosas dan ardor de estómago. Es verdad.
También se parecen en eso.
Buenas noches, Rockefeller.
Buenas noches.
Mi reloj estaba aquí cuando me fui a dormir y en la habitación no ha entrado
nadie. Así que ya me dirás.
Le han salido patas y se ha ido corriendo el solito, ¿verdad? Pero que
espérenle, yo no he tocado tu reloj. Búscalo bien, tiene que estar en algún
sitio. Vamos, Manuel, no te hagas el inocente. Si no lo he cogido yo, has
que ser tú. Che, Emilio, cálmate.
Yo te ayudo a buscarlo, pero no me vengas ahora con que... ¿Te has creído
soy imbécil? ¿Cómo que me ayudas a buscarlo? ¿Pero te crees que no te he
ti timando a esa pobre gente y robándoles cuanto cueste? Eh, cuidadito
dedito y las acusaciones.
Vos siempre andás perdiendo cosas.
Si tenés la cabeza mal, no es culpa mía. No es cierto, mentiroso. No intentes
confundirme tú. A mí no me pongas la mano encima. ¿A vos quién te crees que
¿Querés pelea? Te voy a... Che, lo que fue le está bien. Te has hecho daño.
Devuélveme el reloj, ladrón.
¿Sabes lo que te digo?
Buscate vos el relojito ese de mierda y dejate de joder. No creas que esto se va
a quedar así. Te voy a denunciar. Sí, dale.
Denunciame nomás, viejo loco.
Estoy buscando mi reloj.
Escúchame bien, Rockefeller.
Si me volvés a tocar mis cosas o le contás a alguien lo que hay en esta
juro que te recago a patadas.
¿Me entendés bien? ¿Me entendés bien, Rockefeller?
Emilio, ¿te encuentras bien?
Emilio, ¿te encuentras bien?
¿Te encuentras bien, Emilio? ¿No has venido a desayunar?
No, es que estaba algo cansado y he dormido más de la cuenta, pero estoy
Seguro que no te encuentras mal, no estás mareado.
No, no, estoy bien, de verdad. Solo me apetecía dormir un poco más.
Vale, no pasa nada, Emilio.
Toma, te he traído tus medicinas. Gracias.
Emilio, ¿cómo que tú no te has vestido?
Vístete rápido, mi hijo, que ha venido tu familia a visitarte.
¿Qué? Tu familia, Emilio, que han venido a verte.
Abuelo, mira aquí, mírame.
Abuelo, ¿por qué estás vestido así? Emilio, quítale el flash, que me
¿Cómo vestido? Emilio, no molestes a la abuela. ¡Y no le molesto!
Sí, mira la foto. ¿Ves, abuelo? Tienes el jersey encima de la chaqueta. Bueno,
es que así estoy más cómodo. Y como ahora ya no tengo que ir a trabajar.
Ah, ¿has visto la cámara que me han traído? Es de 10 megapíxeles. Ya se la
enseñas luego, ¿vale? Que ahora estamos hablando.
Anda, ve a hacer más fotos. Bueno, sí. Luego te enseño la cámara, ¿vale,
Ah, vale, claro.
Oye, Joan, dime, ¿este niño a mí por qué me llama abuelo?
Papá, es mi hijo, Emi, tu nieto. Pero no te acuerdas.
Sí, hombre, sí, sí, sí, claro.
Es que yo en estas cosas no me fijo mucho. Te he dicho que le quites el
¡Es que sale solo!
A ver, Emi, déjame un momento la cámara.
Sí, estoy bien, estoy bien. Es que últimamente las luces fuertes me
mucho. Yo creo que deben de ser las cataratas, que las tengo peor.
Papá, ¿tú estás contento en este sitio?
¿Te tratan bien?
Hombre, pues no estoy mal.
Los enfermeros y el personal son muy amables, la verdad.
Y la comida está muy bien. Aquí se come como en un restaurante.
Y además hacemos gimnasia todas las semanas.
¿Gimnasia? Qué bien, papá, te vas a poner en forma.
Sí, sí. Si hasta tenemos piscina, ¿sabes? Sí, sí, ya sabía. Fue una de las
razones por las que elegimos esta residencia. Como a ti te gusta tanto
Pues sí. Bueno, con el frío da pereza, pero cuando llegue la primavera voy a
empezar a nadar. Muchísimos artículos se hacían eco de mi increíble remontada.
Mirad este de aquí. Es del ABC.
¡Feliz Navidad, abuelo! ¡Feliz Navidad, abuelo! ¡Feliz Navidad, abuelo!
Pero no me pueden cambiar de habitación y no hay quien duerma con los ronquidos
de Félix. El hombre es como una máquina pro.
Mira que la abuela tiene unas cositas para darte.
Toma, lo he ido guardando para ti.
Ketchup, un té muy bueno que nos ponen aquí en la merienda, unas mermeladas muy
ricas, jabón del casino... ¿Para qué quiero yo eso?
Cállate y cógelos deprisa, no te los vayan a quitar.
A ver, chavales, que os traigo el cotillón.
Vamos a ver, con esto de que no estáis cada uno en vuestro sitio de siempre es
un lío.
Dolores, las tuyas y las de Modesto.
Emilio, tú que tienes los brazos largos, toma las tuyas. Para algo tenía que
servir ser alto.
Espera, Emilio, espera.
Tú también, Dolores, espera que me he confundido.
A ver, dame las de Modesto.
Emilio, dame esas que le he dado a Modesto las tuyas y a ti te he dado las
Modesto. Aunque la verdad da igual, porque aparte de la media aspirina a
que toma Modesto, los dos tenéis la misma medicación.
Sí, efectivamente.
Básicamente, usted está tomando la misma medicación que Modesto.
Pero eso no puede ser. Debe tratarse de un error, porque Modesto tiene
Alzheimer.
A ver, Emilio, el Alzheimer no tiene un tratamiento específico.
Todos estos medicamentos de los que estamos hablando son medicamentos que se
recetan con frecuencia a personas mayores.
Oh, claro, claro.
Qué tonto. No se me había ocurrido. Pues me he pasado la noche sin pegar ojo
pensando que tenía Alzheimer.
Claro, desde luego, es comprensible.
No se preocupe usted por estas cosas, Emilio, que para diagnosticar ya estoy
aquí. Sí, sí, es que uno empieza a imaginarse cosas y luego, claro, pero
es un alivio. Me quedo tranquilo sabiendo que no me pasa nada.
¿Quién es la chica joven en el piso de arriba?
Ya sabes quién digo.
La paralítica.
Subiste arriba, Rockefeller.
¿Quién es esa joven? ¿Por qué está aquí, en la residencia?
Él la ocupa. ¡Hijo de puta, cabrón! El edificio en el que vivía se le desplomó
encima y se quedó parapléjica.
Como nadie la reclamó y parece que no tiene familia, la trajeron acá.
Está allí tirada, como si fuese una cosa.
Están todos aquí abandonados como si fuesen trastos rotos en un destaco. No
nada para tragar. Aquí no hay nada para tragar. Todo tiene que ser de otra
manera.
Y sí, ya te dije que era mejor no subir.
Miguel, tengo Alzheimer.
¿Te lo han dicho?
No, no se atreven a decírmelo.
Pero no soy imbécil.
Tú ya lo sabías. Llevo acá en este lugar más de dos años, Rockefeller. De estas
cosas aprendes pronto.
El compañero de habitación que tenía antes que vos, Paco, él también tenía
Alzheimer.
Era un buen tipo, Paco.
¿Murió? No, no. Que yo sepa, no.
Se lo llevaron para allá arriba.
Todavía estará allá arriba, supongo.
Yo no quiero acabar así.
Mira, Emilio, no te preocupes mucho.
En realidad, con el Alzheimer podés pasar años sin empeorar.
Pero si ves que las cosas se ponen feas, ¿sabés?
Las pastillas que encontraste yo las fui juntando para mí, por si acaso.
Por si las cosas se me ponen feas.
Pero... Pero yo puedo conseguir más.
No, a mí eso no me parece bien.
A vos nada te parece bien, Rockefeller.
Pero acá esos moralismos no sirven para nada.
Acá solo tenés dos opciones.
Podés seguir engañándote, pensando que todo va bien, que andás en el Orient
Express, que cuando llegue la primavera vas a nadar en la piscina y acabar allá
arriba con los otros.
O podés afrontar la realidad.
Ya que lo parió.
¡Eh! Roque Pérez, salí de ahí ahora mismo, no hagas ninguna locura. Roque
¿me oís? ¡Salí de ahí!
¿Te has vuelto loco? ¿Qué crees que estás haciendo?
¡Roque Pérez!
Jajaja.
Rockefeller, ¿qué estás haciendo?
Vení, vení.
Salite de acá.
Vamos, salite. No me toques, déjame. Ya estoy harto de tantas tonterías. No
estoy muerto, ¿sabes? Todavía no estoy muerto.
Puede que dentro de un año ya no sepan y quién soy, pero en este momento estoy
vivo. Y esto es una piscina y yo quiero nadar y nado y punto.
Se acabó. Y si no te gusta, te jodes.
Eso es lo que estás haciendo.
¿Estás nadando? Pues claro que estoy nadando. ¿Qué otra cosa iba a hacer si
Pero, Rogefer, así no podés nadar.
Si vos querés nadar, antes tenés que quitarte la ropa.
Pues no estás tú para criticar que te has metido con abrigo y todo.
Roquefeller, ya verás que tú y yo de alguna manera nos la vamos a arreglar.
No vamos a acabar el episodio de arriba.
A ver, déjame a mí.
Es importante estar bien vestido, Rockefeller.
Especialmente hoy. El médico y los enfermeros enseguida se dan cuenta de
nos anda la cabeza según cómo vamos vestidos, ¿entendés?
Sí, como la señora... como la señora esa que se pinta tanto.
Exactamente, como la señora Josefa. Basta con verla por la mañana para darse
cuenta de si se ha levantado con todas las neuronas o no.
Ahora, ahí está. Metete bien la camisa por dentro.
¿Qué corbata querés, la de siempre o la roja?
La de siempre va bien. ¿Estás seguro? ¿Y no preferís la roja para estar más
elegante? No, no, la de siempre. La verdad es que la corbata roja no me
nunca la uso.
No sé por qué la he traído para aquí. Debe de tener valor sentimental.
Carajo con el nudito este.
Nunca me queda parejo. No es una obra de arte, pero ahí está.
Gracias, Miguel.
Y sí, sí.
A ver, trae aquí los puños.
No, el izquierdo. Te lo dejo desabrochado para que puedas leer la
dificultad. Acordate que las tenés ahí escritas, ¿eh?
Sí, claro, claro.
Siempre son las mismas preguntas, así que no deberíamos tener ningún problema.
Y acordate de mantener la palma de la mano contra el cuerpo para que no te la
vean, ¿eh? No estás nervioso, ¿no? ¿Quién, yo? No.
Aunque la verdad es la primera vez que uso una chuleta.
Che, tranquilo, Rockefeller, que yo en esto soy un experto.
Y ahora tenés que meter aquí los brazos.
Yo voy a estar a tu lado y ya arreglé todo. No te preocupes. Lo que no me has
dicho es cómo vas a hacer para que te dejen entrar conmigo en la consulta. ¿En
la consulta?
Es que la consulta iba a estar fuera de servicio por pequeños problemas
técnicos.
No. Creo que es necesario llamar a un cerrajero.
Alguien ha metido chicle hasta el fondo de la cerradura.
Pues vaya una gracia.
Pues nada, Emilio. Vamos a hacer el test aquí mientras me arreglan la puerta del
consultorio. Lo dejamos para otro día, si ves que hay mucho barullo.
No, no, aquí está bien. No me importa.
De acuerdo, vale.
A ver, un momento que abro este programa de aquí.
Pues ya está. A ver, Emilio, háblame de la cena de anoche.
¿De la cena?
¿Que le hable de la cena? Sí, por ejemplo... ¿Qué tomaste de primero?
Ah, bueno...
Vamos a ver... De primero... De primero... Nos
pusieron... O, no sé, cualquier otra cosa que recuerde sobre la cena. ¡La
¡La cena! ¡La cena!
¡La cena! ¿No ves que estamos ocupados? ¡Estamos ocupados! ¡Estamos ocupados!
¡Estamos ocupados! ¡Estamos ocupados! ¡Estamos ocupados! ¡Estamos ocupados!
¡Cállate, por favor!
¡Cállate, por favor!
¡Emilio!
Emilio, ¿te encuentras bien? ¿Qué pasa? ¿Tienes molestias en el brazo?
No, no. Venga, Ramón, no distraigas a Emilio, que estamos haciendo algo
importante. A ver, Emilio.
Mejor volvemos a empezar desde el principio.
Vamos allá. Háblame de la cena de anoche.
Sí, la cena, sí, claro.
Hombre, pues la verdad es que en estas cosas no me suelo fijar.
Como casi siempre nos ponen lo mismo, pues...
Sí, en eso tienes razón, Emilio. Mucha variedad nos pone.
Bueno, no importa.
A ver, la siguiente pregunta.
Che, mirá qué tajo que me hice con esa porquería de alarma.
Debería ponerles una demanda, ¿no te parece, Rockefeller?
No lo he hecho muy bien, ¿verdad? No, ¿qué decís?
Salió todo perfecto, ya lo vas a ver.
Mañana me encargo de mantener al doctor ocupado con un par de lumbagos, un par
de jaquecas, y no se vuelve a acordar de vos hasta el año que viene.
No te preocupes por nada, Rockefeller. Todo está bajo control.
Miguel. Che, Martín, ¿cómo andás? ¿Qué decís? ¿Cómo está la laica? ¿Todavía te
sigue comiendo las zapatillas?
¿Qué? Pero tan pronto.
Bueno, si me pudieras conseguir otro.
Sí, hombre, no te preocupes. Ya vas a ver cómo te lo consigo.
A ver si te encuentro un foster.
La vejez es algo natural, no es una crisis nacional.
A nuestras familias no queremos estorbar, si no, no podrían trabajar.
Pero que no nos llamen viejos porque no somos un saco de pellejos. Que nos
llamen mejor mayores y hasta ahí he llegado. No se me ocurre nada que rime
mayores.
¿Qué te parece llamarnos mayores porque estamos llenos de temblores?
Ay, Miguel, que siempre igual.
O mejor aún, llamarnos mayores porque solo vivimos para tener dolores.
¡Camarera, camarera, camarera!
Che, ¿qué pasa, Emilio? Nada, este cuchillo no corta. ¿Qué ocurre, Emilio?
quieres? Pues que este, este... Pues que Emilio y yo nos preguntábamos si a
partir de ahora podríamos comer solo bocadillos.
¿Bocadillos? Sí, sí, bocadillos.
Unos buenos bocatas. ¿Entendés lo que te digo? Vaya, no sé. Pues supongo que sí.
¿Tú también quieres bocadillos, Emilio?
Pues... sí.
Sí, sí, yo también quiero, sí.
Bueno, nada, allá vosotros. Yo le paso el aviso a cocina, pero luego no vengáis
a quejaros, ¿eh? Gracias, hermosa, que cada día estás más guapa.
Sí, Emilio, ¿por qué no usas ese cuchillo de allá?
¿Qué traes junto al plato? Ya verás si es que bien que corta.
¿Por qué ponen tantos, tanto, tanta cosa de esta?
¿Qué pretenden?
¿Confundirnos? Tenés razón, Rockefeller. Por eso, a partir de mañana, unos
buenos bocadillos y nos evitamos problemas.
¿No te parece, Rockefeller? Pues no es mala idea, Emilio. Si no fuera por la
dentadura, yo también me apuntaba. ¿A que sí, Emilio?
que se te cae.
Ahora hay que limpiarse.
¿Qué le dices para que sonría?
¿Quién? ¿Yo? ¿A Modesto?
Sí, ¿qué le dices para que sonría?
Pues es una tontería. Le llamo tramposo.
¿Tramposo? ¿Por qué le llamas eso?
Por una historia de cuando éramos niños y vivíamos en el pueblo.
Fíjate tú si hará ya de esto.
Debíamos tener...
No sé, 12 o 13 años.
Loli, ¿quieres ser mi novia?
¿Qué? Ya me has oído, que si quieres ser mi novia... ¡Modesto, querida Loli!
¡Modesto, querida Loli! ¡Ya está, callao!
¡Basta!
Bueno, vale, si quieres nos hacemos novios. Pero solo si antes me traes una
nube.
¡A ver si queda por donde vas!
¡Loli!
¡Loli, ven conmigo! ¡Date prisa! ¡Vamos, date prisa!
¡Modesto al campanario! ¡No se puede subir!
¿Qué haces? ¡Quieto! ¡No hagas tonterías! ¡Que te vas a caer! No tengas
Si lo he hecho muchas veces.
No seas miedosa. ¡Vamos! ¡Sube!
¡Dame la mano!
¡Dámela! Y ahora ten cuidado.
No mires hacia abajo.
Sujétate bien. Agárrate.
Aquí viene. Ya está aquí.
Bueno, Loli, tú querías una nube y yo te la he traído. Así que ahora somos
novios, ¿no?
Trampón.
Pero no os habíais enterado.
Modesto estaba peor y Dolores, la pobre, ya no podía ocuparse de él ella sola.
Así que esta mañana los han subido a los dos al piso de arriba.
Dolores también subió. Pero eso es una locura. Es lo mismo que suicidarse.
Dentro de dos semanas va a estar tan loca como todos los otros. ¿Cómo se le
ocurre? Tú no lo entiendes porque nunca has querido a nadie, Miguel.
Es una auténtica mierda.
Pero qué vida de mierda es esta.
¿Qué haces, Rockefeller?
¿Qué estás haciendo?
Me voy a mi casa. Ya estoy harto de que robes mis cosas.
¿Qué? ¿Qué decís?
¿Entonces qué te robé ahora?
Sí, ya, tú hazte el tonto. Lo sabes muy bien.
Los calcetines negros. ¿Los calcetines negros?
Déjame, déjame. Yo me voy a mi casa con mi mujer.
Ya estoy harto de este sitio. Emilio, que te van a oír.
Pues que me oigan, me da igual. Yo me voy a mi casa. Pucha, un enfermero.
Callate, Emilio, por Dios, que te mandan al piso de arriba.
Buen día, Sastre. ¿Cómo andás?
Bonito día, ¿no?
No hay nada mejor que hacer un poco de gimnasia por la mañana.
¡Saludad, Roque Pérez!
¡Saludad!
Suéltame. Mira, Manuel, yo no digo que hayas sido tú, pero alguien ha estado
robando mis cosas y ya estoy harto.
Así que me voy a mi casa y mira, no sé por qué te empeñas en quedarte aquí, la
verdad. Seguro que tú también estarías mejor en tu casa.
Hazme caso.
Espera, no vayáis tan deprisa. No vayáis tan rápido que por aquí, con la hierba,
el andador se maneja fatal.
Antonia, baja la voz. Ya, bueno, bueno, pero espérame. Para andar por aquí
debería estar el bastón y no ese catafalco. Sí, claro, qué listo. Y con
oscuro que está, me caigo y me rompo la cadera. Esto es lo que me pasa por ir a
despedirme de vos. Ya, hombre, ¿cómo que me iba a quedar aquí sola mientras
vosotros dos os vais por ahí de juerga? Bueno, Che, vamos rápido que nos están
esperando.
Y calladitos, ¿eh? Por favor.
¡Ay, zurdo! ¡Casi me das un ataque al corazón!
¡Shh! ¡Que te van a oír! ¡Hala! ¡Pasad por aquí!
¡Vamos, joder! ¡Id pasando!
Así está mejor, zurdo, que ya estamos mayores, joder.
Te vas a dar, Emilio. Cuidado con la cabeza. No, si ya me he dado bien.
Y vos, Antonio, no te enredes con este alambre de acá.
Ilumina el suelo, zurdo. Ilumina bien el suelo.
Gracias, guapo.
De nada, señora.
Cuidado con eso que son ortigas.
Joder, zurdo, ¿qué te dije rojo?
Hombre, Miguel, con el poco aviso que me has dado, bastante que te he encontrado
un descapotable.
Además está nuevecito y va de puta madre. Ya verás.
¿Tienes los papeles en regla y el depósito lleno? Sí, sí, hasta arriba.
Bah, supongo que el color da igual. Aunque hubiese sido mejor que fuese
Acá tenés la guita, zurdo. A lo mejor faltan un par de euritos. Pero no me
más, que no hay más, ¿eh?
Vale, vale, toma.
La documentación está en la guantera.
Toma, Emilio, conduce vos.
¿Quién, yo? Pero si a mí me quitaron el carné hace años. Y por lo menos alguna
vez lo tuviste. Porque vos de casualidad no conducís, ¿verdad, Antonia? ¿Quién,
yo? No, qué va. Pero tú no conduces, Miguel. No, pueden creerlo. Entre una
y otra nunca aprendí. Entonces te toca a vos, Roquefeles. Además vos tenés pinta
de ser buen conductor.
Me has tirado el andadón. Ya no te hace falta, Antonia. Ahora estamos
motorizados. Pero en algún momento habrá que bajarse del coche, digo yo. No te
preocupes ahora por eso. Yo te consigo otro andador cuando haga falta.
Miguel, por favor, sube la capota que me estoy quedando. ¿La capota? ¿No lo
estarás diciendo en serio?
Es que estoy destemplada. Allí voy a coger una pulmonía.
A mí también me está entrando frío, la verdad. ¿Ves? No lo puedo creer.
Menudo par.
¿Qué te parece, Antonia?
Tecnología de lujo. Qué barbaridad, como en una película de James Bond.
Así está mejor. Cuando veáis una estación de servicio, paramos y cojo
tomar las pastillas.
¿Qué decís, Antonia? Dijimos que nada de medicina. No vamos a ser esclavos de la
vejez. Ya, pero me he traído solo las pastillas del estreñimiento y las de la
circulación. No me he traído las del estómago, ni las de la azúcar, ni las de
clítica.
¡Hala, qué animal!
¿Cómo va ese?
Roqueferre, ¿por dónde estás conduciendo?
¿No estaremos yendo contramano?
No, pues no estoy seguro. Voy a ver.
y se haber chocado con otro coche. Y hemos tenido suerte de que la prensa no
sabido de la historia.
Porque por este asunto nos podían cerrar la residencia.
Miguel, no sé si te das cuenta de la seriedad de la situación y de las
ramificaciones legales de este incidente. ¿Me estás escuchando, Miguel?
¿Emilio cómo está? ¿Está bien?
Emilio está donde tiene que estar, recibiendo el cuidado profesional que
necesita. Y ni se te ocurra ir arriba a causar más problemas.
Pero se está recuperando.
Mira, Miguel, Emilio perdió conocimiento durante algunas horas y luego la
anestesia y la confusión del hospital.
Este tipo de cosas afectan mucho a los enfermos de Alzheimer.
A partir de ahora, Emilio va a necesitar cuidado continuo. Así que no nos crees
tú más problemas que bastante has hecho ya. Estoy hablando muy en serio, Miguel.
Miguel, no vas a comer.
No quieres que te traigan otra cosa.
¡Uff!
Gracias.
Sí, adelante, pase.
Buenas, ¿se puede?
Sí, sí, cómo no, pase usted.
¿Usted también va a Estambul?
Sí, yo también voy a Estambul. Ah, qué bien. Así podemos hacernos compañía
el final del trayecto. Claro, a mí no me gusta viajar sol.
¡Eh, que se te cae!
Che, ¿no ves que así está mucho mejor?
Hoy sí que tenías hambre, ¿eh? ¿Y viste cómo al final te lo comiste todo?
Bueno, vamos a limpiar por aquí un poco.
Miguel, colócame bien la pajita esta de los cojones, que se me ha vuelto a
girar, coño. Pero che, flaca, qué lenguaje. Un día de estos te voy a lavar
boca con jabón.
Oye, ya te dije muchas veces que a Milo no le gusta que digas tantas palabrotas.
A Emilio como está ahora, ya le da igual. Él ya no se entera de nada. Estás
equivocada, flaca. Aunque no lo parezca, de lo que importa sí que se entera.
¿No es cierto, Rockefeller?
No puedes entrar.
¡Sit!
¡Sit, Milú!
¡Sit!
Así, Milú. Siéntate.
¡Milú! ¡Milú!
¡Qué susto me has dado, Milú! Vamos, pasa y no seas tan despista.
Adiós que me voy, adiós que me voy, os gorro vais
que no me conocéis ni sabéis quién soy.
Os gorro vais que no me conocéis ni sabéis quién soy.
Soy Manolín el gaitero, aquel que tocó la gaita al
malo tamborileiro.
Adiós que me voy.
Adiós, que me voy.
Oroáis, que no me conocéis, no sabéis quién soy.
Soy Rosalema, Romato, hija de Mariano y
Carmen Santiago.
Adiós, que me voy.
Adiós que me voy, vos borrobáis que no me conocéis, no sabéis
quién soy.
Vos borrobáis que no me conocéis, no sabéis quién soy.
Soy Rosalía Maravato, hija de Mariano Lema, amante de Carlos Santiago.
Adiós que me voy, adiós que me voy.
¿Por qué no me conocéis?
¿Ustedes quién sois?
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