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Yo vengo de una familia donde siempre gustó bailar. Y donde, modestia aparte,
siempre bailamos bien.
Cualquier disculpa servía para enrollar el tapete de la sala y armar el
desorden.
Él es Arnoldo, mi papá. Y el otro señor es Don Joaquín, un vecino barranquillero
y tan rumbero como nosotros.
Ese es mi tío Gustavo, coleccionista de acetatos.
que siempre llevaba a todas las fiestas y que cuidaba como si se tratara de
tesoros, eran encargados de la música.
Ella es mi tía Doris, que en ese tiempo vivía con nosotros.
Y él es Enrique Quiñones.
Todos siempre pensamos que algún día serían esposos.
Todos, menos mi tía, que nunca le perdonó que no supiera bailar.
Y la que está bailando con mi papá, Es Emma, mi mamá.
Ellos, por el contrario, bailaban muy bien. Y como pueden ver, disfrutaban
de aquellas fiestas.
Era el tiempo del... Y de los trencitos.
Una época en donde siempre había fiesta en mi casa.
Donde todo era más fácil. Donde no existía ni globalización, ni
Y el mundo se reducía a nuestro pequeño universo.
El mundo éramos nosotros. Y la felicidad, algo posible.
Bueno. Al menos era lo que yo pensaba.
Ese soy yo.
Estrenando pinta como todos los diciembre.
Y como todos los 24 a esta hora.
Aburrido. Porque todavía tenía que esperar hasta las 12 para abrir los
de Navidad.
Sobra decir que en aquellos tiempos en mi casa se respetaban las tradiciones.
como si se tratara de una religión.
¿Por qué estás aquí?
Ella es Elizabeth, la hija de Don Joaquín, el vecino barranquillero
las fiestas de mi papá. No sabe bailar.
No.
¿Quiere que te enseñe?
Muevete así, moviéndolo.
¡Dale pues!
¡Aquí!
Así fue que aprendí a bailar y así fue que me enamoré por primera vez en mi
vida. Porque en este país del sagrado corazón el baile y el amor están
estrechamente ligados. No pueden vivir el uno sin el otro.
Aunque he sido tanto tiempo tú.
Es el Quique Pulido.
El chachito del barrio en esos días.
Tranquilo.
Quédate bailando solito que lo estás haciendo muy bien.
Quique era unos años mayor que nosotros.
Y como las niñas siempre crecen más rápido que los niños.
Fue mi primera decepción amorosa. Un dolor.
que ni siquiera el balón de fútbol que había pedido y que me trajo el niño Dios
logró aliviar.
Por fortuna, la tía Doris siempre aparecía a salvar la patria.
¿Va a dejar bailando solo la tía Doris? No, señores, así que no.
Así que venga para acá, que usted va a ser muy parejo toda la vida.
Pasaron algunos años y llegó el momento de salir del pequeño círculo familiar y
empezar a explorar el mundo.
Así el mundo fuera al barrio.
Ahora la fiesta era en la casa de los Badalachi, una familia italiana que
en nuestra calle.
En ese tiempo crecíamos más despacio y a pesar de que ya tenía 14
años, de que la fiesta era a tres casas de la nuestra y de que era de día. Y yo
quiero ir.
Tenía que pedir permiso y comprometerme con una hora de llegada.
Tiene tiempo que dure ese programa.
Y lo que dime demora en cambiarme para lavar el carro.
Tiene que estar aquí antes de que empecemos a lavar el carro.
Ya váyase, lárguese. Váyase a verla.
Como siempre, los malos consejos corrían por cuenta de la tiadora.
¡Qué experiencia!
La primera fiesta sin papás, sin tías, sin adultos responsables.
No había trato, pero la música era suficiente para que los ánimos siempre
estuvieran arriba.
Gracias a las primeras lecciones de Elizabeth y a las prácticas con la tía
Doris, yo ya me defendía bastante bien.
Ella
es
Margarita, una vecina. Era la pareja perfecta. Y estoy seguro de que estaba
enamorada de mí.
Sin embargo, mi corazón seguía perteneciendo a ella.
A Elizabeth.
Que ese día parecía estar de pelea con Kiki.
Tanto que el chacho se fue de la fiesta manoteando y dejándola sola.
Sin Kiki de por medio, era la oportunidad de mi vida.
Y era ahora o nunca.
Bailar con Elizabeth era una experiencia cósmica, una experiencia del alma.
Teniéndola cerca, sentí que a lo mejor la felicidad era posible.
En aquellos tiempos inocentes, la señal de que algo podía pasar entre una pareja
era la bajada de mano.
Un movimiento en que uno se jugaba el todo por el todo.
Pero era la mitad del camino. Ahora venía el salto al vacío.
el momento cumbre, la conquista de la gloria, el beso.
¡Daniel!
¿En qué habíamos quedado? ¿Qué le dije a él ahora?
Vuelvame a pedir permiso.
Eche para la casa, tángano.
Con la aparición de mi papá en la casa de los Baalak, murieron todas mis
esperanzas de ser feliz.
Pues luego me enteré que Kike había regresado a la fiesta, y como él se
quedar hasta que le diera la gana, se había reconciliado con Elizabeth, y yo
había quedado como el tonto de la cuadra.
Pasaron algunos años en que las cicatrices de aquella infausta noche
pero también...
en los cuales surgió en mí la certeza de que había llegado un momento de quiebre
en mi vida.
La fiesta esta vez era en otro barrio.
Más exactamente en la casa del gordo materón. Un amigo del colegio.
Ni siquiera me había arriesgado a pedir permiso.
Esa noche había llegado la hora de ampliar el universo y desafiar la
El punto de encuentro es la esquina de la tienda de las González.
Éramos diez muchachos dispuestos a la aventura, decididos a romper las
del barrio y a tragarnos la noche.
Gracias, doña Rubiela. Con gusto.
No, no, no, venga, ni más faltaba. Gracias.
Chao.
Debo decir que a pesar de que Quique y Elizabeth seguían siendo novios, por la
dinámica de la vida de barrio, los dos habíamos terminado siendo amigos.
Y esa noche, por tratarse de una fiesta en otro barrio, el transporte corría por
cuenta suya, o mejor dicho, del señor Pulido, pues Quique se había convertido
un especialista en sacarse el carro del papá a las escondidas.
Nunca entendí cómo hicimos para caer todos dentro del carro.
Pero allí íbamos.
Otra novedad.
Esa noche bebíamos y fumábamos como una manera adicional de desafiar la
autoridad y reafirmarnos como rebeldes sin causa.
Estas incursiones nocturnas a fiestas en otros barrios siempre tuvieron un
problema. ¿Qué hubo, gordo?
¿Qué hubo?
¿Qué? ¿Cuántos son?
Diez. ¿Diez? ¿Y no trajo ni una sola vieja?
No.
No, cagada.
¿Y cagada por qué?
Porque tenemos un problema.
La escasez de personal femenino en estas fiestas.
Era una clara manifestación del espíritu machista de nuestra sociedad.
Y era generalmente motivo de problemas.
Eran los tiempos de la música disco, de volver a bailar sueltos. Y sin pecar de
presumido, la cosa me venía bien.
tanto que esa noche me convertí en el show central.
Quique, te acuerdas rapidito.
Hubiera sido relativamente sencillo contarle a Elizabeth lo que esa noche
pasando con su novio. Y así sacar a Quique del camino.
Pero si había un código que se respetaba en estas aventuras lejos de nuestro
territorio, era que lo que pasara allí, allí se quedaba.
Además, en ese momento teníamos problemas más urgentes que resolver.
La chica con la que estaba Quique era la novia de uno de los amigos de barrio El
Gordo Materón.
Y para nosotros esa fiesta iba a terminar, como de ahí en adelante, iban
terminar casi todas nuestras fiestas en otros barrios.
Perseguidos por los nativos del vecindario.
Creo que nunca en mi vida había corrido tanto.
Se trataba de salvar el peyer. Y corrí tanto y sin rumbo determinado que al
de media hora estaba completamente perdido. Y lo peor de todo, con muy
monedas en el bolsillo.
En vista de las circunstancias, solo quedaba un camino.
Conciliar con la autoridad.
¿Qué es? ¿Qué pasó?
Están a la hora de llamar a una casa.
¿Será que alguien se murió?
Aló.
Aló.
¿Daniel?
Padre, ¿qué? ¿Usted dónde cabrón está metido? Yo creí que estaba durmiendo.
¿Dónde anda? Están a las horas de llamar, hombre. ¿Dónde está?
Es una larga historia, ¿sí? Es que me perdí y necesito que vengan por mí, ¿sí?
Hágame el favor, repita porque su mamá no le escuchó bien.
Aló, mamita.
Mamita, es que...
Es que estoy perdido. Sí, me recogen, por favor.
Aló.
Aló.
Mi vida en la universidad.
Ya era mayor de edad. Las épocas en que tenía que pedir permiso habían quedado
atrás.
En la universidad también tuve lo que se puede llamar mi primera relación seria.
Ella es Doris, una caleña más caleña que el manjar blanco.
Dice con sentimiento.
Las fiestas en las casas eran cosa de paz.
Ahora se rumbeaba en los sitios.
Y allí descubrí que Colombia no era un país.
Eran muchos países.
Era la Colombia negra del Valle y del Chocó. Era la Colombia caribe de Santa
Marta, Barranquilla, Cartagena.
Era la Colombia paisa de Medalla.
Y hasta la Colombia boyaca de Alvarito Manosal.
El dueño de este sitio, el quiebra canto.
Todos reunidos en Bogotá y todos reunidos alrededor de esta música
gozona y nostálgica, llamada Sal.
Bailar esta música era un poco más complicado y requería tremenda
sincronización. Una sincronización que solo lograba una buena pareja y mucho
amor.
Ambas cosas las había encontrado.
Ahora sí, a saltar maldosa, papá.
No han polvado la nariz, mi amor.
Espérame aquí.
Bueno, no te demores, ¿no?
Sin embargo...
En los sitios también aprendí dos cosas.
La primera, que bailar bien no era suficiente para consolidar una relación.
Y la segunda, aprendí el doloroso arte de correr básico.
Pero Doris no está, pero estoy yo.
¿No querés bailar conmigo, bizcocho? No,
no, no.
Pero como que no, vamos.
Una nada más.
Ah, es que no puedo, ¿sí?
Ah, es que bien bobo.
¡Viejo James!
Entonces, plaquito, otra bolita.
No, no, no, venga, no ha visto a Doris, es que no la encuentro.
¿A David?
Nada, mano.
Hace rato que no la veo.
¿Por qué? ¿Qué fue?
Ay, no me diga que le perdió la chesca.
¡Ey, el propio Dani!
¿Qué dice, Jorgillo?
Todo bien, bronco de noche, pero ¿dónde está acá metido? Sí, ahí está.
Está tetiado.
Venga, Jorge, ¿y usted de casualidad no ha visto a Doris? Es que hace rato que
no la veo. Ah, sí, sí, hace como diez minutos llegó culenave.
Uno de esos carros que son todos tabludes y por la sombrita.
Con el pico hasta el techo, quemando llanta y ¡prá! Que la llevó como así en
hora.
¿Y no vio para dónde, no? Che, ¿yo qué voy a saber? ¿A dónde, a dónde?
Al sur.
¿Tú sabes cómo es ella? Toda misteriosa.
Sí, ¿no?
¿Dónde está mi dulce encanto?
¿Dónde está que no te veo?
Ana.
Juana,
oiga, venga, ¿Doris no está allá arriba?
¿Doris?
No, hoy, hoy, ¿Doris por acá no?
Venga, una pregunta.
¿No han visto a Doris?
¿Y usted no ha visto a Doris? ¿Doris?
No, hoy no. ¿No?
¿Sabes que no?
¿No han visto a Doris? A la negra no, pero sí hoy no.
De este corre -corre, descubrí dos cosas.
Que a Doris la conocía todo el mundo.
Y que esa noche se la había tragado la tierra.
Te hablo desde la prisión.
Wilson Manioma. Sí, el propio Dani.
¿Dónde fue?
Bien, bien.
Por ahí me di una vuelta por todo Bogotá, pero no.
Aquí es la mejor fiesta.
Oye, a propósito, ahí llegó Doris hace como 15 minutos.
¿Cómo?
¡Llévala pa 'l rincón, papi!
En el mundo en que yo vivo, siempre hay cuatro esquinas.
Pero entre esquina y esquina, siempre habrá lo mismo.
Para mí no existe el cielo, ni luna ni estrella.
Para mí no alumbra el sol, para mí todo es tiniebla.
¿Y vos dónde te habías metido, eh? La estaba buscando.
Te presento a Bárbaro.
Es cubano, cantante y febrero bailarín. ¿Ah?
Me gusta, amigo.
Acaba de pegar a un campeón nacional de buceo.
Me llevé una muñequera brava de parte del cubano, que no solo era cantante,
campeón de boxeo.
Pero en esta tierra de bravos, había que defender en honor al costo que fue.
Siendo amigos en la U, pero jamás me volví a enamorar de una rumbera.
Esa era la puerta a la calle del dolor y la...
¿En serio?
¿Ya?
Una vez me gradué de la universidad, empecé a trabajar en una empresa de
asesorías a medios.
El panorama...
Era poco.
El cueldo era malo.
El horario peor. El ambiente de trabajo pesado, etcétera, etcétera, etcétera.
Pero lo peor de todo era él.
La jefa.
Nos tenía sometidos a un régimen de terror.
Hasta las idas al baño eran limitadas a dos por día.
Pero con la situación tan jodida en que estaba el país.
Todos teníamos que cuidar el trabajito que nos daba para la mamá.
Pero aquel 8 de diciembre la jefa no estaba en la ciudad.
Había tenido que viajar a Bucaramanga a atender un problema familiar.
Así que aprovechamos para armar el foforro y celebrar el Día de las
Como antaño en la casa hacían mi papá y don Joaquín con el tapete, Gómez y
Murcia corrieron los escritorios.
Yo fui el encargado de la melodía. Y como se había vuelto costumbre, también
encargado de abrir plaza.
Ella,
Era Lorena, la secretaria de Presidencia.
Y eran los tiempos del merengue dominicano. Un baile frenético y
también necesitaba mucha sincronización y que también me vino muy bien.
El merengue definitivamente fue el baile de los encorbatados de oficina.
Pero como no hay felicidad completa,
Y al que le tiene le guardan.
Una inesperada aparición nos puso a todos en vilo.
Pensábamos que había llegado nuestro fin.
Pero ocurrió un milagro.
¿Quién sabe qué habría pasado en su viaje que la cambió por esa noche?
¿O pudo haber sido el espíritu navideño que la poseyó?
Pero la jefa no nos tiró por la ventana. Y por el contrario decidió acompañarnos
un rato.
¿Qué? ¿Yo?
Y como el que es caballero, nobleza con nobleza paga.
Un poco movido por la compasión, un poco por el espíritu de integración y mucho
por la media de guaro que tenía entre pecho y espalda, decidí dar un paso que
cambiaría mi vida.
Por la jefa.
Por la jefa.
Jefecita. Jefa.
¿Bailamos?
Como dice la canción.
sorpresas te da la vida, la vida te da sorpresas. Y la jefa salió tremenda
bailadora de merengue, lo que confirmaba mi hipótesis de que en Colombia el 99 %
de las mujeres son vanidosas y saben bailar.
Si tengo que ser sincero, debo reconocer que con nadie me había entendido tanto
bailando como con la gente.
Tanto que nos olvidamos por completo del mundo a nuestro alrededor.
Esa mañana, amanecí bajo de un escritorio, y lo peor del cuento,
jefa.
Había cometido el octavo pecado capital, mezclar la nómina con la sábana.
Tuve una relación clandestina con mi jefa durante un buen tiempo.
Y eso, sumado a mi dedicación y buen desempeño, me ayudó laboralmente y me
ascender en la empresa. Como director del Departamento de Desarrollo
tuve que ir a una convención en Barranquilla. Un evento interesante que
reservada una gran sorpresa.
Terminada la primera jornada de trabajo, los organizadores nos invitaron a la
fiesta de bienvenida. Mucho calor, mucho ron, mucha piel, mucha guayabera. Sin
embargo, cuando menos lo esperaba, a quien veo, era ella.
No había duda.
Elizabeth, unos años mayor, pero incluso más bella.
Más mujer. En ese instante fue como rebobinar mi vida y reconocer que a
todo el tiempo que había pasado... ¿Elisabeth?
Este amor de infancia seguía intacto.
¿Sí?
Claro que sí. Usted es Elizabeth, ¿cierto?
Usted no se acuerda de mí, ¿cierto? No, es que no sé de dónde, de dónde te
conozco. Disculpa.
Daniel.
Daniel García.
¡Ay, claro!
Pero es de la Ocarcía, del barrio de Bogotá, donde yo vivía. Sí. No,
es que tú estás muy cambiado.
Si tú no me ves, yo no te reconozco. De verdad.
No, pues, ¿qué?
En cambio, usted está divina.
Ya, no, muchacho, están todos cumplidos, que pues los creo.
No, es que es de verdad.
¿Qué haces por aquí?
Ah, no, es que vine a una cuestión del trabajo en Bogotá. ¿Con la convención?
Sí. A mí también me mandaron. ¿De verdad? ¿Y con quién viniste? Yo, no,
solo. Bueno, pues nos tocó juntos porque a mí también me mandaron sola y de
estas cosas uno como tiene una cara conocida.
¿Nos tomamos algo o...? Claro, mejor este calor.
Qué bueno.
Hablamos como una hora seguida.
Le conté lo que había sido de mi vida y ella lo que había sido de la suya.
Me contó que con la familia había regresado a Barranquilla, poco después
haber dejado el barrio.
Que vivía sola y trabajaba en una empresa como representante de ventas.
¿Usted sí se acuerda de Kike Pulido?
Bueno, pues cada vez que salíamos de rumba, ¡pim!, le ponía los cachos.
Punto, punto, punto, punto, punto.
Tú estás bien mal, Dani.
Porque 25 años atrás yo ni siquiera me acordaba de Kike Pulido. ¿No? No. ¿Tú
volviste a hablar con él? Sí. No, pues... Sigue en el barrio. Ah. Sí, sí.
ojo. Ojo porque ya no es lo que era Kike Pulido, guapo y eso. No, ya no.
No, se volvió calvo.
No. Sí, se volvió gordo.
Sí, encorvado. Ay, no te creo. Sí, sí, sí.
Y se casó y tiene como cuatro hijos.
¿Cuatro hijos?
¿Le rindió?
Hijito, bueno, y esa estampa que dice muchacho. Sí, sí, pero... Pero pues ya
Elizabeth, ¿usted ya se casó? ¿Tiene hijos?
No. Ni lo uno ni lo otro.
Digamos que estoy esperando que me llegue así el hombre de mi vida, pero...
Todas las de la ley yo tengo y también Elizabeth.
Pues, ¿cómo le parece que ya no toca esperar más?
Ah, ¿no? No, está de suerte.
Le presento al hombre de su vida.
¿Santero? Ajá. ¿Tampoco te has casado? No, no, no.
Es que yo llevo esperándolo a usted toda mi vida.
Muchacho, ¿cuánto te has tomado?
No, no, no, no, no, espere, espere, espere.
Es de verdad.
Mire, yo la vi a usted bajar por esas escaleras y me di cuenta.
¿En serio?
Esa noche fue mágica.
Chulé dos asignaturas pendientes y tuve una revelación.
Aprendí a bailar vallenato.
Pude decirle a esta mujer todo lo que me había callado siendo niño y
adolescente. Y descubrí que el verdadero amor no conoce ni tiempo ni espacio.
Que no tiene apuro.
Que puede esperar años.
Y lejanía, pero tarde o temprano. Con un poco de ayuda del destino.
se encuentra para no abandonarlos jamás.
¿Sabe una cosa?
Elisabeth, lo que yo le dije ahorita es
Pues es de verdad, yo llevo esperando este momento toda mi vida.
¿Qué pensaste, mi amor? ¿Que te iba a dejar
en esta convención solito?
No, señor.
Aquí estoy y soy toda tuya.
Pues qué bueno que vino un jefecito porque precisamente necesitaba hablar
usted. Ay, mire.
Le presento a Elizabeth.
Ella es el amor de mi vida. Llevo pensándola 25 años. Y por algo el
encontramos acá yo.
Pues yo no pienso perderla.
Así que usted, el oso y yo, ya no vamos.
Esa noche pasaron tres cosas importantes en mi vida.
Perdí mi trabajo.
Aprendí a bailar vallenato.
Y lo más importante.
¿Nos casamos?
Me reencontré con la que sería la mamá de mis hijos.
La suerte estaba de mi parte. Y
a Elizabeth su empresa la había trasladado a Bogotá.
De manera que nuestro noviazgo no tuvo que seguir desarrollándose, ni
telefónicamente ni por carta.
Mi amor, venga, es que le tengo que decir una cosa, ¿sí?
Le tengo que decir una cosa.
No, no, no, yo sé que estamos bailando, pero esto es bien importante.
Es el momento, hombre, que estoy tratando de...
¿Te
quieres casar con un amigo? No, no, no, es que... ¿Te quieres casar con...?
La inauguración de su apartamento en La Nevera fue con todos los juguetes. Era
la época del mini -acto.
Bien, bien buena, tú te ves bien buena. Bien, bien buena, tú te ves bien buena.
Te pones tu tie y te ves bien buena. Pones el camini y te ves bien buena.
Vas para la playa y te ves bien buena. Pones el bikini y te ves bien buena.
Paras de tráfico porque te ves buena.
Hombre se mata porque te ves buena.
Una libra de cadera no es cadera. Dos libras de cadera no es cadera.
Tres libras de cadera no es cadera.
Las cosas estaban cambiando. Y se estaba sembrando la semilla de la música y el
baile de moda hoy en día.
Pero igual nos divertíamos.
Y esa era la noche que yo había escogido para proponerle a Elizabeth que se
casara conmigo.
Ahora sí, formalmente.
Ya, ya, les pongo la música, no me hagan esa cara, ¿sí?
Qué bueno tenerlos a todos ahí reunidos porque es que les voy a contar algo que
es muy importante para mí. Una decisión, una decisión que tomé para
decirles.
Ay, amor.
¿Qué? ¿Cuál sorpresa?
¿Qué sorpresa? ¿De qué habla?
¿Digo, Kike?
Esto no me podía estar pasando.
Era él.
El mismísimo Quique Pulido en persona.
Hola, Quique.
Bienvenido. Llegados a este punto, debo reconocer que en su momento había
incurrido en ciertas impresiones acerca del tema Quique Pulido.
No solo no se había casado ni tenía hijos, sino que tampoco se había
ni se estaba quedando calvo. Por el contrario, el miserable lucía mejor que
nunca.
Con el tiempo el tipo se ha convertido en un empresario exitoso, que se la
pasaba recorriendo el mundo y coleccionando aventuras amorosas con
hermosas. Pero a pesar de eso, el canalla parecía seguir interesado en
y lo más grave de todo, no bailaba mal.
Pero se estaba metiendo en mi terreno y yo tenía dos opciones.
o resignarme a sucumbir eternamente al encanto de Quique Pulido, o sacudirme y
salir a hacer respetar la calle.
Espérate, espérate, amor.
¿Qué quieres? ¿Qué pasa con los que quieren pelea?
Además, ellos se mueven de lo lindo. ¿Qué quieren? ¿Pelea? ¿Los ponemos a
pelear, qué?
En esta esquina, Kike Pulido.
Y por el otro lado, tenemos Dada.
Te vengo a cantar el nuevo meneadito que es de Panamá. A toda esa gente que aquí
está presente.
Pero escucha mamacita, ponte en ambiente.
Agarra a tu chico que sea complaciente. Este es el nuevo ritmo que si está
caliente. Meneadito, el meneadito. El meneadito, el meneadito, el meneadito,
meneadito.
Me dicen que soy gordo, pero no me ofendo. No soy pequeño, pero sí muy
Me gustan morenas y bellas, flacas, gorditas y de piel canela. Que les guste
meneo y no tengan pena. El meneadito, el meneadito, el meneadito, el meneadito,
el meneadito. Y ahí,
ahí,
ahí, ahí, ahí.
Ahí. Sácate un chico, te pusiste a bailar. Báilate un ritmo que te gustó.
llamaba el meneíto, pero esto ya pasó.
Escucha este ritmo que te va a gustar. El segundo meneo, mami, es para gozar el
meneadito. El meneadito. El meneadito, el meneadito, el meneadito, el
Y ahí.
Ahí. Ahí. Ahí. Ahí. Ahí. Intentaron decir que no era... el autor del
primero y el segundo mira mami está mejor, los chicos las chicas no querrán
bailar grandes chicos bailan sin parar porque el nuevo meneadito mami es pa'
gozar, el meneadito el meneadito, el meneadito el meneadito, el meneadito y
ahí ahí, ahí ahí, ahí
¡Muchachos!
Sin parar en Panamá, la tierra del sol, pa' gozar de Venezuela. Le gusta porque
quiere bailar. Aquí está Gaby que te viene a cantar el meneadito. El
el meneadito, el meneadito, el meneadito, el meneadito. Y ahí,
ahí,
ahí,
ahí, ahí.
A mí se mueve tu mano, mueve tu cuerpo con el meneadito. Mueve tu mano, mueve
cuerpo con el meneadito. Mueve tu mano, mueve tu cuerpo con el meneadito. En
Brasil. Esto era completamente injusto. Era evidente que yo bailaba mil veces
mejor que Kiku. Así él tuviera mejores pectorales.
Quitarse la camisa era competencia desleal.
Algo que no estaba dispuesto a soportar.
¿Vas a ir sin despedirte?
Sí.
¿Y sabe por qué, Elizabeth? Porque yo no me voy a quedar allá arriba mientras
que ustedes le celebran y le congracian todo al kiker hermoso ese.
¿Por qué me dijiste mentiras sobre él?
Pues sí, sí dije una mentira. ¿Pero sabe por qué?
¿Sabe por qué? Porque yo no le iba a decir por nada al mundo, Elizabeth. ¿Que
tiene cuerpo de nadador profesional?
Pues no, no, no.
Ok, ok.
¿Qué tiene que ver? Sonrisa de galán de telenovela. No, tampoco iba a decir eso.
Tampoco. O que no es ni chiquito, ni es calvo, ni es gordo.
No, tampoco.
¿Para qué?
¿Porque es un empresario exitoso? ¿Que es un tumbalocas profesional?
Además... Además, sabe que no baila tan bien.
Baila mejor que tú.
¿Ah?
Sí, sí que no.
Baila mejor que tú, pero...
Puede
que el tipo, sí, puede que el tipo tenga algo de técnica, pero le falta
sentimiento, le falta gracia, le falta sabor, le falta
creatividad.
Le falta soltura.
Le falta... Vuelo.
Le canto.
Le falta afín.
Baila mejor que tú.
¿Sabe qué es lo que pasa?
Que ustedes a mí hoy me cogieron frío.
Me cogieron fuera de forma.
Que una sorpresa, ¿no? Que sorpresa ni que nada.
Baila mejor que tú.
¡Kike! ¡No!
¡Dani! ¡Kike!
¡Dani!
Espérate.
Antes de que Super Kike llegara, me ibas a decir algo muy importante.
¿Qué era?
¿Cómo le parece que se me olvidó?
¡Qué pesar que se te haya olvidado! Porque pensé que lo que me ibas a decir
que te querías casar conmigo.
¿Por si acaso la respuesta iba a ser que sí?
¿Y Super Quique?
Quique puede ser un gran bailarín, un empresario exitoso, tener
sonrisa de galán de telenovela, hasta cuerpo de nadador profesional.
¿Pero qué hago si el que me vuelve loco eres tú?
¿Yo? Yo lo tengo una condición.
Las palabras de Elizabeth tuvieron un efecto que nunca olvidé.
Me liberaron de mis complejos. Me hicieron sentir único, especial.
Incluso, me hicieron sentir que no tenía nada que envidiarle al superquique
pulido.
A partir de esa noche, fui el hombre 10.
Y juntos fuimos el centro del universo.
Nos sentimos los encargados de repoblar un mundo mejor.
Menudos de orina. ¡Miren!
Vamos a bailar un vallenato.
Y porque además el vallenato es nuestra música, ¿no? La colombiana, ¿no?
Sí, bueno, esta es una canción de autoría de... Gustavo Gutiérrez Cabello.
la canta... Jorge Ñate.
Con el acordeón de Juancho Roy. La corroncha esa.
¿Qué importa? ¿Algo más?
Y un vallenato porque... Pues porque con un vallenato fue que...
Que yo me reencontré con el amor de mi vida.
Murmullo de voces tristes del campo, ya se te acerca.
Vienen anunciando negras pasiones, viejas querencias.
Nació un amor sentimental, nació...
De igual manera, riega mi alma.
Esto para mí es un sueño.
No dejes que me despierta nunca.
Nunca.
Te lo juro por lo que más quiero en este mundo que eres tú.
El comienzo de mi vida de casado fue intenso y de una u otra forma extraño,
decirlo de alguna manera.
No tenía que soportar ninguna autoridad porque trabajaba independiente y porque
mis padres se habían ido a vivir a la costa. Y tampoco tenía que ejercer
autoridad porque no tenía hijos.
Digamos que fue un periodo de transición y síntesis.
Unas fiestas eran en la casa, otras en el barrio, otras en los sitios. Y la
música que se bailó fue música que llegó, se impuso, saturó y luego se
Definitivamente, estábamos empezando tiempos donde la fugacidad asomaba la
cabeza.
Y la sopa de caracol fue uno de esos temas.
Aquella maluquera solo significaba una cosa.
La familia se nos iba a crecer.
Y por fortuna estábamos en nuestro mejor momento.
Era la época de la salsa romántica.
La Macarena
y nosotros felices de paseo por Barranquilla, visitando la familia
La mayonesa y nosotros tres ahí, al frente del cañón, marcando el paso.
La gente joven cree que el perreo se lo inventó el reggaetón, y no señor, eso ya
existía, desde las épocas del calaficho.
¡Gracias!
Que ya, que ya.
¿Qué pasó?
Pasó que ahora usted es el padre de un hermoso muchachito.
¿Y Elizabeth?
Pues es la mamá.
Muy bien, muy bien, perfectamente bien y feliz con su bebé.
que se avecina a la vuelta de la esquina viene Diego rumbeando con la luna en
las pupilas y su traje aguamarina van restos de contrabando y donde más no
un alma allí se mete a darse caña poseído por el ritmo ragatanga y el DJ
conoce todo el himno de las doce para Diego la canción más deseada
Traté de decir algo y no pude.
Por primera vez sentí que hay cosas y emociones tan grandes que aún no se han
inventado las palabras para nombrarlas.
Es más, creo que nunca nadie podrá inventarlas.
El tiempo pasa sin que uno se dé cuenta.
Y ahí estábamos en la fiesta de reencuentro con los compañeros con los
habíamos graduado del colegio.
Mi señora Elizabeth.
Mucho gusto.
Ah, encantada.
¿Elizabeth? Sí.
Por la que usted lloraba.
Ya, ¿qué?
Te la pasaba derriendo.
Oiga, tengo a todos los del curso allá. ¿Sabe quién vino?
No sé si era por la manera de vestir o por la actitud, pero sentía a toda
aquella gente muy seria, muy formal.
En realidad, Debo reconocer que por cosas de la vida, yo era el único que me
había alejado de aquel grupo de compañeros de colegio. Y para ese
me resultaban unos completos extraños, con los que poco tenía que ver.
¿Qué tal esta bellezura?
La Marrana Medina, la Nena González, el Cindy Vallejo, el Mico Rodríguez, Banco
Roncho Aguilar, Bacinilla López, Cabeza de Motor y Peluecuca que no podía
faltar. Señores, Cabeza de Motor.
Semejantes apodos. Para nada tenían que ver con señores tan serios, tan adustos
y tan puestos en su sitio.
Les
juro
que no recordaba que tuviera esa fama en el colegio.
Pero a juntar por como nos veíamos en ese momento, no había duda de que en
de tanta formalidad yo les debí parecer un verdadero loco.
¡Qué baile! ¡Qué baile! ¡Qué baile! ¡Qué baile!
¡Gracias!
copa para el Loco García y para Elizabeth quiero proponer un brindis
por el Loco García segundo porque estamos
todos aquí reunidos y todavía estamos vivos y tercero porque viva la
promoción de 1980
Con el paso de las horas y el consumo de trago pasó lo inevitable.
Los roles se trastocaron y se reveló quiénes eran los verdaderos locos de
extraño grupo.
Fue imposible controlar aquel grupo de dementes, y después de permanecer
escondidos por casi media hora, nos dimos cuenta de que los únicos que no la
estábamos pasando bien, éramos precisamente nosotros.
Así que tomamos una decisión radical, que no fue precisamente marcharnos.
Y lo que prometí hacer una fiesta aburrida, terminó siendo una de las
locas y divertidas de mi vida.
Fue bueno volver a ver ese grupo de amigos del colegio.
En el fondo de mi corazón seguían siendo parte fundamental de una época en que
había sido plenamente feliz.
El tiempo todo lo va borrando o lo va transformando a nuestra conveniencia o a
nuestra inconveniencia.
No lo sé.
Pero a veces hay que darle una mano a la vida y buscar a los viejos amigos para
que nos recuerden lo que nunca debimos haber dejado de ser.
Un loco en mi caso.
Unos años más tarde, Elizabeth y yo nos ganamos un viaje a Cartagena. Y como el
pelado ya estaba grande, decidimos irnos solos de segunda luna de miel.
Con lo que no contábamos, era con que el pelado ya estaba tan grande, que había
aprovechado nuestra ausencia para armar a escondida su propia fiesta en la casa.
Y como en cada calle de esta ciudad siempre hay un sapo... ¡Halo!
Es la vecina.
¡Saludos!
Ya lejitos, ¿por qué?
Ajá.
¿Tú estás segura?
No, no, hombre, que va.
No, no, no, no.
Sí.
¿Qué quería?
Juan, tranquilo, culpa tuya ¡Alfredo! ¡Alfredo!
Espérate, pero culpa tuya
Se había puesto de Juan a la casa.
Y lo más grave, nuestra habitación. ¿Qué es, viejito? Aquí no hay fila para la
tercera edad.
Nosotros llevamos mucho tiempo haciendo fila. Así que si usted también tiene
ganas, pues le tocó empezar allá abajo, viejito.
Respira, respira.
¿Qué?
¡No, no, no!
Esa noche le dije a mi hijo hasta de qué se iba a morir.
Le reclamé que así pagara la confianza que se le daba. Le hablé de la
irresponsabilidad de lo que estaba haciendo y hasta critiqué la porquería
música que tenían en la fiesta.
Más tarde me di cuenta que con el tiempo uno termina pareciéndose a sus padres.
Pues la verdad es que yo estaba repitiendo, casi palabra por palabra, lo
algún día me había reprochado mi papá después de alguna trastada.
Por fortuna allí estaba Elizabeth, que además de bella, amorosa y solidaria,
inteligente, y me hizo entender que la vida y la experiencia no tienen sentido
si no es para romper el círculo, y me recordó que en mi momento yo también
desafiado la autoridad de mis papás, había actuado a las escondidas, y eso me
había ayudado a crecer.
Total, un hilo que jamás había pensado que podía terminar.
Fue mi primer ataque de ciática y me dio una enseñanza para el resto de mi vida.
Un padre no puede ser el amigo de sus hijos, de darles amor, apoyo, ejemplo,
educación, pero nunca amistad.
Y mucho menos debe invadir sus territorios. Eso es robarle la
algún día saborear las delicias de desafiar la autoridad y crecer.
Total, duré una semana en cama recuperándome del ataque. La misma
Alfredo duró castigado por su pilatura.
Siguió pasando el tiempo.
Alfredo se casó con una buena mujer y nos dio una nieta.
Lo que acabó de deteriorar mi relación con la autoridad.
Dejé de creer en ella. Y aprovechando mi condición de abuelo, me atreví a dar el
mejor consejo que he podido dar en la vida.
¿Qué más, abuelito?
¿Bien? Yo bien.
¿Tú por qué tan solita acá?
¿Aburrida? No, claro.
Porque estas fiestas son una mamera.
No. ¿Y entonces?
Abuelito, lo que pasa es que mis amigos me invitaron a una fiesta y mis papás no
me dejaron ir como siempre.
¿Por qué? A ver, ¿qué dijeron? Yo no sé.
Que estas son fechas importantes y que hay que compartirlas en familia.
¿Te dijeron eso?
Sí.
¿Culpa mía? No. Sí, sí es culpa mía.
Porque yo le metí las cosas en la cabeza a tu papá.
Te voy a contar un secreto para los dos.
Mira, para compartir en familia hay tiempo.
Pero para hacer las cosas importantes hay que pasar por encima de la
¿Me escapó?
¿Sabes que yo aprendí una cosa?
A veces las consecuencias de la desobediencia son más reconfortantes que
recompensas de la obediencia.
Ay, abuelito, pero es que tú estás loco.
¿Cómo quieres que haga eso si es que mis papás no me quitan los ojos de encima?
¿Y para qué sirve tener un abuelo loco?
¡Ay! ¡Ay! ¿Qué? ¡Ay! ¿Qué?
¡Ay! ¿Qué? ¿Qué pasó?
¡Ay! ¡Ay!
¡Ay! ¡Ay!
¡Ay! ¡Ahí está!
No, pero es un paso, ¿eh? Es un paso nuevo, ¿eh?
¿Qué son esos chistes? ¡Ay, hombre! ¡Ay, se ha faltado!
Violeta se voló.
¿Qué?
¿Qué?
¿Qué? Que se voló.
Aprovechó que estábamos bailando y se voló.
Entonces hay que llamarla, Laura. Hay que llamarla.
Ay, ya.
No, no, no. Es que era mejor que saliera en pelota. Ay, no.
Es que también usted... ¿Cómo se le ocurre volarse en Navidad? Ay, pero
también... A mí no me contesta.
A mí me suena ocupado. A ver, a ver, a ver.
Márquenle uno solo. De a uno.
¡Muchas, muchas gracias!
Mis amigos te quieren decir algo, abuelito.
¡Gracias!
¡Esto es lo mejor de lo mejor! ¡Te amo mucho!
Esta te la debo, ¿eh?
Ajá. Es que no solo se ríe su picardía, ¿de acuerdo? Soy inocente. Y no se ve.
¿Te puedo decir una cosa, señora?
Y hasta dos.
Hoy está más bonita que nunca.
Debe ser el amor que se me sale por los poros.
La amo mucho.
Cada vez que bailamos un poquito más.
Y el mundo ha seguido girando y nosotros bailando. A veces para celebrar las
cosas bonitas que nos da la vida.
Y a veces para ahuyentar las penas que nos golpean.
Porque no hay sentencia más verdadera que aquella que dice que quien baila su
mal espanta.
Y como les conté, gracias a la mezcla de buena música y mucho amor, mi familia
no para de bailar.
Yo quiero estar en Barranquilla, mis cabellos se pegan, saludar a este pobre,
la reina de esta canta.
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