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Original subtitles

Mi nombre es Martín Dávila, soldado del rey.

Hoy se cumplen cien días desde que embarqué en Sanlúcar para arribar en las

tierras nuevas en busca de fama y fortuna.

Formo parte de una exploración en busca de la ciudad de oro, aquella que los

indios llaman Tezutlán y cuyos tejados dicen son de oro puro.

Para llegar a ella tendremos que atravesar tierras jamás vistas.

ni oídas, ni aún soñadas.

De narrar nuestras peleas con indios hostiles, de describir nuestras

penalidades, recordar a nuestros muertos,

consignar nuestra codicia y evitar que pasado el tiempo nos tomen por

fabuladores, se encarga el licenciado Ulzama.

Escribano del Rey.

Hoy, 4 de abril, tras una escaramuza con indios hostiles en la que hemos perdido

siete hombres, seguimos camino hacia la ciudad de oro que figura en el mapa que

el explorador Íñigo Labastida había trazado hace ocho años, antes de

enfermo a Puerto Cristo y morir de fiebres.

Mi ocupación como escribano del rey es ser testigo de vista, relatar los hechos

y certificar que una vez encontrado el oro, nuestro rey emperador recibirá un

quinto de su totalidad.

El gobernador Mendoza ha dado el mando de la expedición a don Gonzalo de

a barro como él.

Es soldado viejo, pero sus mejores años hace tiempo quedaron atrás.

Ha quejado de melancolía, estornadizo de carácter indeciso en el mando y

autoritario en demasía.

Para mayor confusión, y a pesar de los consejos en contra, se ha hecho

por su esposa doña Ana de Bactán, muchos años más joven que él.

Es mujer bien parecida de cara, de hermosa desenvoltura y espíritu soñador.

Los hombres la codician y la odian. Pues piensan que don Gonzalo solo está

atento a su bienestar.

El segundo al mando era Alfred Gorriamendi.

Es veterano de las Indias.

Habituado al clima y las penalidades de estas tierras.

Forjó carácter y fama como cazador de esclavos indios.

Los hombres le temen y le respetan.

Casi un tercio de la expedición son veteranos de las guerras del emperador

Italia. Como el sargento Bastaurres.

La parte espiritual corre a cargo del pater Vargas.

Un dominico de carácter complicado, intransigente y fanático, siempre en

de pecados nefando.

El resto son gente recién llegada de España.

Gente brava, siempre alagresca por razones de geografía.

Se agrupan por regiones y hacen rancho aparte según su procedencia. Muy a la

española. Aunque cuando toca pelear con los indios o sortear peligros, las

querellas se desvanecen y pelean hombro con hombro.

Hombres con nada que perder y todo que ganar si salen vivos de esta

Hombres resueltos a no languidecer arando a la ingrata tierra de España,

maldita de Dios.

Por eso van tras el oro.

Para poder envejecer como Hidalgo sin deberle nada a nadie.

Porque hasta el último fragmento de oro lo habrán ganado con su sangre.

Sus peligros, sus heridas y sus miedos. No es mujer para ti.

¡Caribe!

Romero, Mediano, Barbate, Martín Dávila.

Acompañen al sargento a retaguardia.

Y de puta.

Los aragones y los andaluces siempre van guardia o a retaguardia. Ya habéis oído

las órdenes. A retaguardia.

Las órdenes deberías darlas tú.

Tú cállate.

Mediano, reitero 7 .50 pesos.

¿Qué?

¿Qué le ha pasado a Mediano?

Se lo han llevado los indios.

Igual como Buen Aragonés se ha cagado de miedo y se ha ido con ellos.

vuelve a decir eso y te rajo el alma.

¿Tú solo?

Olite.

Cruza.

Señor, si no le importa al sargento, yo iremos primero.

¿De dónde eres?

De Extremadura.

Malas tierras, buena gente.

En el día de hoy, hemos perdido al soldado Mediano por ataque de indios.

Y a los soldados Recarte y Montel, engullidos por un monstruo que en esta

llaman Caimán.

La parte del oro correspondiente a Mediano, según consta en su testamento,

pasará a Pedro el Joven, con la obligación de que éste se lo entregue a

familia.

El soldado Recarte y el soldado Montels no dejan herencia.

Su parte se dividirá entre aquellos que queden con vida cuando lleguemos al oro.

En todo el campamento, vamos.

Los curas están de cerca, traen mala suerte.

Martín, tú eras la primera guardia.

que don Gonzalo se la ha traído de un burdel de Cuba.

Igual que sea puta, hebrea o sarracena.

Cuando sea rico, quiero una mujer así.

¿Y qué harías con ella?

Todo.

Por delante y por detrás.

Prefiero las putas de pagar.

A la larga.

Incluso a la corta sale más baratas.

Marchena, cántame algo.

Y los álamos vengo, madre, de ver cómo los

menea el aire.

Soy bautizado Jeromillo.

Vengo de Puerto Cristo a hablar con don Gonzalo.

¡Soltadle!

Es de mi propiedad.

¿Qué ocurre, sargento?

Nada bueno.

Habla con tu amigo Navarro, a ver si se entera de algo.

Todas las noches se acuesta con la criada de doña Ana.

¿Aquí pasa algo raro?

Sí, eso parece.

Quizá doña Ana le cuente algo a la parda.

Si le cuenta algo esta noche lo sabremos.

¡En marcha!

¡He dicho en marcha!

Queremos hablar con don Gonzalo.

¿Quién me nombra?

Martín Dávila, soldado del rey, señor.

Quería hablar con Usía en nombre de todos.

No hay tiempo para pláticas.

Si no hay, se busca.

Me parece que la selva os ha reblandecido la mollera.

Que yo sepa, estas nuevas tierras no se conquistaron con monjas de clausura. Con

el debido respeto.

No veo monjas a mi alrededor, sino soldados.

Iturbe, Navarro como yo, ¿qué opinas?

¿Estamos con soldados o con monjas de clausura?

Pues como medio navarro que soy, con el debido respeto, opino que no me gusta

que me comparen con monjas.

Está bien.

¿Qué queréis saber?

Las noticias que el indio Jeromillo ha traído de Puerto Cristo.

A los pocos días de salir de Puerto Cristo...

Llegó un enviado del Virrey para sustituir al gobernador Mendoza.

Y el nuevo gobernador ha mandado una expedición en nuestra busca al mando de

Juan Medrano.

Sus órdenes son detenerme, ponerme los hierros y devolverme con escolta a

Cristo. ¿Con qué razones?

Las razones son que el Virrey se ha enterado de la existencia de la ciudad

oro y lo quiere todo para él.

Ha mandado a encarcelar al gobernador Mendoza acusándolo de traición.

Y a mí me quiere ahorcar.

Lo que significa que si la expedición de Medrano nos alcanza, tendremos que

repartir el oro con los hombres que la acompañan.

Así es.

Pero eso en el mejor de los casos.

¿Y en el peor?

Que después de que nos ahorquen por traición a don Gonzalo, al sargento y a

como jefes de la expedición, os matarán a todos para no tener que compartir el

oro con vosotros.

No me gustan ninguna de las dos posibilidades.

A mí tampoco.

Habrá que tomar una decisión.

Los que decidan seguir con don Gonzalo, que crucen la raya.

Los que prefieran esperar a la expedición de don Juan Medrano, que se

donde están.

Para evitar malentendidos, hago saber a todos los que crucen la raya que ese

paso nos obligará a enfrentarnos con las armas a nuestros perseguidores.

Y nos coloca directamente en rebeldía respecto al virrey. En rebeldía respecto

al virrey.

Pero no con Dios, ni con su iglesia.

Pues con ella repartiremos nuestras riquezas, que servirán para evangelizar

los salvajes todavía en manos del demonio.

Cuando cruza la raya estamos perdidos.

Nos convertiríamos en proscritos y en rebeldes a nuestro rey. Y eso yo no lo

haré ni por todo el oro del mundo.

Propongo que para mostrar nuestra fidelidad al rey subamos la porción de

le corresponde a dos quintos.

¿Alguien en contra de la propuesta del soldado Martín Dávila?

Entonces consignaré la decisión de los señores soldados para que el rey

emperador tenga constancia de la misma.

Hoy se han cumplido seis jornadas desde que tuvimos noticia de que don Juan

Medrano nos perseguía por orden del virrey.

Y de que los soldados que acompaño se negarán a desnaturalizarse de los reinos

de Castilla.

Según el mapa de la Bastida, el oro todavía queda lejos.

Pero hay otra clase de botín.

Las mujeres indígenas.

Cuando las encontramos las repartimos entre los soldados.

Pero a veces eso causa disputas y rencillas que llegan a las armas.

¿A qué vienen esos ritos?

Cosas de soldados, señor.

Están discutiendo los turnos para acostarse con las indias. Me parece que

fácil llegar a un acuerdo.

Suelte a las indias y se acaba la disputa.

No es la costumbre. Pero es lo oportuno.

Ya has oído a don Gonzalo.

Suelta a las indias.

Dejad las noches.

Cabrón.

¿Qué has dicho, soldado?

Ya veo que el soldado Arestia, además de burro como buen vizcaíno, Es un bellaco

y un cobarde.

Dale garrote.

Señor.

Si me va a matar, que sea con un arcaúl.

O que me devuelva el alférez borriamendi que tiene buena mano.

Pero no me dé garrote.

Es una muerte infame para un soldado viejo como yo que se viste por los pies

que ha luchado en las guerras del emperador. Que conste que al soldado se

garrote por insolencia al mando y amotinamiento.

Que conste también que el soldado Aresti ha pedido morir por arcabuzo o por

espada y que esa gracia no le ha sido concedida. Que conste.

Iturbe, la cuerda.

Marchena, dale garrote.

¿De qué pueblo eres?

De Bermeo.

Ponte de rodillas.

Pisa en Bermeo, compadre.

Padre. Padre.

Padre. Padre.

Padre.

Padre.

Dicen que no solo los tejados son de oro.

Y en las paredes de las casas y los suelos.

Y los mosquitos.

sin entrar los dichos ni los malos pensamientos.

¿Pero tú quién eres para hablar de malos pensamientos?

¿Qué te crees que no sé que te vas todas las noches con el Navarro ese? ¿Cómo se

llama?

Turbe.

Turbe. Ya, pero es que yo soy una criada y las criadas podemos hacer cosas que

las señoras no pueden.

Pero si solo un soldado.

Pues como todos.

Todos le fijan mucho a ti.

Él mira de otra manera.

¿Estás seguro?

Sí, cerca.

¿Dónde? Son los hombres de Medrano.

Tú, y tú, explota retaguardia por si han mandado alguna avanzadilla. ¡Vamos!

Ahora no solo tengo a los soldados en contra.

También tengo a Dios.

Lo conozco.

Este es Achache.

Explorador de Medrano.

¿A qué distancia están los hombres de Medrano?

Dime a qué distancia están o te mato.

Prefiere morir a su traición.

Déjamelo a mí.

Ayuda aquí.

¿Qué le has dicho?

Si habla, su mujer será libre cuando muera.

Y si no habla, su mujer será mía cuando muera. Mujer joven.

¿A qué distancia estamos?

A una jornada.

crees que hará Medrano?

¿Vendrá hacia nosotros?

No. Es lo malo para atacar.

Buscará ventaja.

Nosotros aquí.

Medrano aquí.

Caminará rápido.

Aquí.

Esta montaña pequeña.

Cuando él arriba, nosotros abajo, atacarán. ¿Y cómo lo sabes?

Lo sabe.

Mejor ir por aquí y engañarle.

Perderá jornadas.

Antonio Caribe.

Mierda de Selva.

Soldado, tú no debas dar con Selva.

Si tú no quieres contra ella, Selva mete el mano en tu pecho y a sacar corazón.

Y luego a sacar espada.

Y tú ya no, soldado.

¡Tú loco!

¿Qué ocurre?

¿Caribes?

Hostiles o pacíficos.

Todos los indios son hostiles, con soldados.

Esta es su tierra.

No veo a ningún indio.

Pero no voy a discutir con media mano.

Él ve y oye cosas que a nosotros se nos escapan.

¡No, no!

Si hubieran querido matarte, ya lo hubieran hecho.

Tal vez podamos pasar sin pelear.

Él es más mío de nosotros que nosotros de ellos.

Estoy de acuerdo con media mano.

Bien, pasaremos sin disparar.

Si nos atacan, que disparen primero los arcabuces.

Pasa la voz.

¡En marcha!

¡Alférez!

Desea la última vez que da una orden de combate sin mi permiso.

¿Queda entendido?

Queda entendido.

Señor. ¡En marcha!

Primero mataron a don Gonzalo y después a ti.

Tienes que buscar un protector.

Y tu soldado ese no puede serlo.

¿Quién sabe?

Yo lo sé y tú también.

Que no tiene mando.

Pero lo tendrá.

¿Cuándo? Tener tiempo, que no podemos esperar.

¿Y el alférez? El alférez no.

Me trataría como una de esas indias con las que vive en Puerto Prieto.

Ya, pero es que es mucho mejor ser una india viva que una cristiana muerta.

Hola, soldado.

Señora.

Ven.

¿Para qué queríais verme?

Para darte las gracias.

Me has salvado la vida dos veces.

Para decirte que yo no soy como piensan tus compañeros.

Lo sé.

Yo tampoco soy un campesino.

No lo soy desde hace muchos años.

¿Tú de dónde eres?

De Trujillo.

Pero me fui de allí muy joven.

Nunca he vuelto. Ni creo que vuelva nunca.

¿Y por qué te fuiste?

Quería conocer el mundo.

¿Conocer el mundo?

Yo solo conozco el caserío del Baztán, Puerto Cristo y esto.

Cuando embarcamos no se me permitió ver Sevilla. ¿Tú la conoces?

¿Y cómo es?

Lo tiene todo.

Mujeres también, supongo.

Pero ninguna como vos.

No sabes cómo te envidio.

Sí.

Yo desde pequeña siempre he querido conocer cosas nuevas.

Pero nunca he podido. Mi padre me casó con don Gonzalo cuando cumplí 14 años y

desde entonces no.

Si tengo suerte y salgo viva de aquí, pronto voy a ser una vieja que lo único

que habrá hecho en los tiempos es tirante.

Soy un hombre de poca condición y sin ningún título.

¿Has leído El Tirante?

Eres un hombre extraño, soldado.

¿Por haber leído El Tirante?

Por eso y por otras cosas.

¿Acaso le está molestando?

No.

No, hablábamos de su pueblo, Alferes.

Don Gonzalo requiere de su presencia.

Muy bien.

¿Qué estás haciendo?

No sé a qué se refiere. Sí, lo sabes.

Es la mujer de tu capitán.

Y el tuyo también.

¿Hasta cuándo vas a defenderle?

No necesito que nadie me defienda.

Sí, lo necesitas.

Y mucho.

Lo siento, sargento.

No lo sientas.

Y estate a las cosas.

No es tiempo para perder la cabeza por mujeres.

Ni siquiera por ella.

De lo contrario, el Alferez te matará.

Y a mí también.

Está obsesionado con ella desde que la vi en Portucristo.

No me quiero ir a Navarra. Hace muchísimo frío y me salen chabañones.

Romero me ha dicho que las almadrabas de Zahara... Sí, Zahara.

Zahara y que hay en Zahara.

¿Atunes y putas? ¿Qué quieres, que te vigile todo el día? Pues entonces es

Una serpiente ha mordido a la parda.

Tu madre.

¿Qué pasa?

No, no,

no.

Tranquila, tranquila.

¡Que la entierren!

Se suponía que íbamos apurados.

Esa fue la razón por la que no enterramos a nuestros muertos.

¡Que la entierren!

Romero y Carvajal, enterradla.

Los demás seguimos camino.

Valiente para agarrotas, sordao, viejo y cobarde para gobernar una puta.

Mal vamos.

Murmurar es de mujeres.

Los hombres hablan alto y a la cara.

También es cosa de hombre manda y no dejarse dar órdenes por una mujer.

¡Y de puta! ¡Y de puta! ¡Y de puta!

¡Jallarma, tendrás que vertelas conmigo!

Hemos combatido juntos.

No me obligues.

A este tío de su madre no le van a dar garrote como areste por decir la verdad.

Romero. Así que apártate.

Romero. Apártate.

Apártate o te juro por los cuernos de Cristo y su puta madre que te mato a ti

también.

Marchena.

Dale, garrote.

¡En marcha!

No perdamos tiempo.

El blasfemo ya está ardiendo en el infierno.

¡Cabrón!

El maligno se está apoderando de ti, soldado.

Lo veo en tus ojos.

¿Y los míos qué ven?

En los tuyos, hija mía.

la lascivia y el deseo por la muerte de tu prójimo.

Pater, creo que otras almas le reclaman.

Un día de esto lo mataré y yo te ayudaré. No digas locuras.

Es el representante de Dios en la tierra.

Pues si es un representante que va a Dios, que también lo mato.

Día 28 de abril.

La certeza de que don Juan Medrano nos viene pisando los talones ha obligado a

Alfredo Correamendi a enviar a Mínguez y Rodríguez, guiados por el indio

Jeromillo, para hacer fuegos y dejar señales con la idea de despistar a

perseguidores.

Pero esa no es la única de nuestras preocupaciones.

La falta de vigor de don Gonzalo y su debilidad con los caprichos de doña Ana

agitan a los soldados.

Se confabulan y murmuran palabras de rebelión contra el mando.

Hoy ha muerto el soldado Viruez por vómito negro.

Tú, tengo dos cosas que decirte.

Te escucho.

La primera, que yo, Juan de Borriamendi, soy un soldado que busca oro.

¿Como yo?

No.

Tú peleas como un soldado, pero no piensas como nosotros.

Ni buscas lo que ellos buscan.

¿Y qué busco, si puede saberse?

Buscas fama y fortuna.

Creía que todos buscábamos fama y fortuna, incluido vos.

Yo busco oro.

Y el oro y la fama no siempre casan bien.

Es bueno saberlo.

Lo segundo, ¿qué quería decirme?

Imagino que cuando cruzaste el océano, os atacaron tormentas.

Perdí vuestras naves en una de ellas.

Lástima.

Pero entonces sabrás.

Que a veces, para que el barco no se hunda, hay que tirar todo lo necesario

la borda.

Para que el barco siga a flote.

¿Me entiendes?

Entiendo perfectamente.

Y no estoy de acuerdo.

Ya. Me imaginaba.

Por eso lo segundo que quiero decirte.

Si te cruzas en mi camino...

Conmigo no cuentas.

¿Y Medrano dónde está? Medrano camino equivocado.

Desde las dos o tres jornadas.

Bien. Bien, son buenas noticias.

Sargento, elija un lugar para acampar.

¿Vamos?

Sargento.

Ahora no tengo tiempo para charlas.

Mientras se monta al campamento, Mediamano y Martín Dávila saldrán de

¿Para qué me has traído aquí?

Para que estés a salvo.

¿A salvo de qué?

De que te maten.

Mi sargento no quiere que mueras por mujer.

Si vuelves a campamento, te perderás en selva y morirás.

Espera. Es mejor para ti y para mujer.

Maldito traidor.

¡Enterradlo! Yo lo enterraré.

Hemos combatido juntos, se lo debo.

Día 1 de mayo.

Ha amanecido el día en que siguió la noche en la que fue asesinado don

de Bastán.

Las razones de su muerte se ocultan tras velos de niebla y oscuridad y presagian

nuevos infortunios y traiciones.

Un malado parece cernirse sobre la expedición.

La selva en su inmensidad nos recuerda cada día que el hombre no es más que un

puente entre la eternidad estable y el tiempo fluyente.

Hoy ha muerto envenenado el perro rabioso cazador de indios hostiles.

Por orden del alférez, sus soldadas se repartirán entre los hombres que queden

con vida cuando encontremos el oro.

Ahora el capitán es él y ella le pertenece.

Cuídala.

De parte de doña Ana, para que la recuerdes, ahora que no puede verte.

Quiero verla.

Pero tú, Max.

Poco, señora.

No me llames señora.

Yo no soy una señora.

No soy nada.

No digáis eso.

Siento no haber podido ayudaros.

Yo también lo siento.

Pero no sabía.

Quería salir viva de aquí.

Lo he hecho, hecho está.

Gracias.

¿Tienes mujer?

No, muerta.

Lo siento.

Yo ya no me acuerdo de la cara de la mía.

Pronto se cumplirán diez años desde la última esclaví.

Barbastro.

¿Barbastro, tu pueblo?

Sí.

En Aragón.

¿Tu pueblo?

¿Cómo se llama?

Ya no existe.

Aquí estoy.

Hace poco he entrado en mi tienda y he notado un olor extraño.

Como a hombre muerto.

Ese olor es el tuyo, ¿verdad?

No lo creo.

Porque yo estoy vivo.

No ibas a matarla, ¿verdad?

No.

Las mujeres me caen bien.

Soldados, nuestra misión no es solo la de encontrar el oro.

También tenemos que evangelizar a estos salvajes.

La India se quedará con nosotros para recibir la gracia plena de Dios.

Pero aviso a los fornicadores que no se acerquen a ella.

Ahora pertenece a Dios nuestro Señor.

A Dios y a ti, cabrón.

Mediamano. Dice que a una jornada de aquí, soldado de Castilla que buscaba

Puede ser un superviviente de la expedición de Tomás de Lua.

La bastida dijo en su lecho de muerte que él era el único superviviente.

Quizás se equivocó.

Quizás.

¡Jesucristo! ¡Y el barrio de Triana!

Y esta es la tumba de don Tomás de Ulua.

Un buen jefe.

Intentó conducirnos a la ciudad del oro, pero el destino quiso otra cosa.

¿Y cómo sobrevivió usted?

Estaba tan mal herido que los caribes me dieron por muerto.

Todos se fueron.

Ella me salvó.

¿Y estos niños? ¿Son cristianos?

Son mis hijos.

Con eso basta.

Sí, este es el río grande.

Y a dos jornadas de aquí, hacia el norte, está la montaña.

Detrás es un plan.

¿Y esto qué es?

Se llama la isla de las mujeres. Es una isla donde no habita varón alguno, solo

mujeres. Una vez al año traen varones y yacen con ellos.

Si paren hombres, los matan. Si paren hembras, se las quedan.

Las educan en combate, son guerreras, pelean delante de los indios como

capitanas. Dicen que son muy blancas y altas, que tienen el cabello muy largo,

entrelazado, revuelto a la cabeza.

Y una de ellas en combate vale tanto como diez indios.

Los rusos no es familiar.

Estoy convencido de haber coincidido con usted en algún otro lugar.

Puede ser, soy soldado viejo.

En el saco de Roma.

Puede que peleáramos juntos.

En las escalinatas de la Basílica de San Pedro.

Allí fue. Ese día hicimos una gran escabechina a los guardias suizos.

Sí que la hicimos. Y de obispos y de frailes.

Así fue.

¿Cómo llamáis?

Basta, Ruiz.

Sargento Basteur es... Aguarda.

Ese... Ese dependón real... Don Tomás de Ulua... Lo

defendió... Hasta el último aliento.

Estoy seguro... De que usted hará mejor uso de él.

¿Estás seguro de que no quiere venir con nosotros?

Completamente seguro, hijo mío.

Cuando ella me salvó la vida, sentí que los dioses me daban otra

oportunidad.

¿Los dioses?

Sí.

Pensé que seguías siendo cristiano.

Lo soy.

Pero a mi modo.

¿Y cree que esta es vida para un cristiano?

Para este cristiano, sí.

Vivo en paz, no ofendo a nadie ni nadie me ofende. No ordeno a nadie, ni nadie

me ordena.

Soy un viejo que solo espera a la muerte, nada más.

Nada menos.

Entre tanto, yo acá...

Mujeres y hijos.

Y siempre tengo presente a mis compañeros muertos en esta selva.

¿Cómo? Las aves han vuelto.

Siempre se marchan cuando ven soldados.

Saben que eso nos traen desgracia.

La vida de Manuel Requena.

Como llegó aquí desde el Triana y decidió quedarse en este poblado a

familia.

¿Qué dice?

Dice que quiere tener hijo tuyo.

¿Un hijo?

¿Conmigo?

¿Por qué?

Discarguanta.

Tampoco me ataca a usted.

Dice que tu mano guiado por Dios es.

Dios.

No.

Martín. ¿Qué?

Dime el poema.

¿Qué poema?

El del toro que va al desierto.

El toro que va al desierto.

Como el toro que huido va al desierto cuando su semejante lo ha vencido.

Y no vuelve si no ha cobrado fuerzas para destruir a aquel que lo ha

Así de vos conviene que me aleje.

Pues vuestro gesto confundió mi esfuerzo.

Me he de volver.

Hasta que no se acabe el gran temor que impide mi delirio.

Tú no mereces el bautismo.

¡Nícalo! ¡Nícalo!

¡Maldacido!

Necesitamos tener a Dios de nuestra parte.

Comportaos.

No, no, no.

Ha ido dejando señales a Medrano.

Han quemado el poblado. Los tenemos encima.

Ellos no saben cuántos somos.

¿Y?

Dejemos unos soldados.

¿Para qué?

Para ser los perros que levanten las liebres.

Llévate a Iturbe cuatro más.

Necesitaré también a la señora.

¿Por qué?

Los soldados se distraen cuando viene una mujer hermosa.

Eso es bien cierto.

Siempre cuando la señora acepte.

Bien.

Pero quiero un arma.

¿Quién manda?

Yo.

¿Y tú quién eres?

Martín Dávila, soldado del rey Sargento Funciones.

¿Y el resto de la expedición?

Muertos.

¡Degolladlos a todos!

A la mujer, ¿también la matamos?

No, a ella no.

Está viuda y necesitará consuelo.

¿Qué hacemos con ellos?

Mi opinión es que los que quieran venirse con nosotros que lo hagan.

Los que no, que se marchen e intenten llegar a Puerto Cristo.

Si alguno se queda con nosotros, tendremos que repartir el oro con ellos.

Son compañeros de armas que obedecían órdenes.

Cualquiera de nosotros podría estar en su situación.

Y también querían degollarnos a todo y quedarse con nuestro oro.

Han combatido bien.

Se merecen morir bien.

Señor, hay suficiente oro para todos.

Creo que unos soldados más nos vendrían bien.

Está bien.

Se hará así.

Los que quieran unirse a nosotros creen un paso al frente.

Los que quieran volver a Puerto Cristo, que se marchen.

Ya no podrá consolar viudas.

Por orden del alférez Gorriamendi, con el beneplácito de todos los soldados, en

la idea de acortar camino en busca del oro, nos internamos en territorio de

indios flechadores.

Un territorio que la bastida en su mapa nombra como el de los salvajes de los

tres pecados.

No creen en Dios, son sodomitas y comen carne humana.

Que Dios nuestras ballestas y nuestros arcabuces nos protejan.

Escuchen, soldados.

Pero el joven, Roncal Castro.

Irán de avanzada para reconocer el terreno.

Tú eres de Trujillo, ¿verdad?

Si no vuelvo, mi porción de oro pasa a ti.

Con la condición de que cuando vuelvas a España vayas a Zafra y se la des a mi

madre.

Si mi madre ha muerto, te la quedas tú.

Dios ataca.

A pesar de los rencores, de la ambición y de las disputas.

Y que cuando no había un enemigo enfrente nos matábamos entre nosotros.

Éramos soldados, compañeros de armas.

Lazos singulares y razones suficientes para no abandonar a Castro, Roccal y

Pedro el joven.

Y aunque teníamos la certeza de su tormento y su muerte, decidimos

enterrarlos y vengarlos.

No, distancia. Están aquí.

¡A cubierto!

Aguanta.

¿A qué esperan para atacarnos?

¿A qué miedo flechas con veneno entren en el corazón de tus soldados?

De los álamos vengo, madre,

de ver cómo los menea el aire.

De los álamos de Sevilla,

de ver a mi linda amiga.

De los álamos vengo.

de ver cómo los menea el aire de los álamos de

Sevilla. De ver a mi linda amiga,

de los álamos vengo, madre, de ver

cómo los menea el aire de los álamos de

Sevilla.

De ver a mi linda amiga.

¿Se han ido?

Sí.

Ahora ellos saben que soldados van a luchar.

Volverán a Poblado a defender mujeres y niños.

¿Y cómo combaten?

Les gusta engañar.

Si no salimos de aquí, nos van a matar uno a uno.

La emperizada se mueve.

Calma, señores, calma.

Somos soldados del emperado.

¡Fuego!

¡Fuego!

que es sinceris, sintificetur nomen tum, advenia genium tum.

Estábamos escondidos en un pozo debajo de una de las calumnias.

¡Matadlos a todos!

¡En nombre de Dios!

¿Qué haces, Martín?

No. ¿Cómo que no?

Apártate o te mato ya mismo.

Maldito indio cabrón.

Solo de un indio.

Es hora de que salgamos de este lugar.

de nuestras vicisitudes hemos salido de la tierra de los tres pecados.

En ella hemos dejado a los soldados Pedro el Joven Castellano, Roncal

Castro Extremeño, Zara Zaragonés, Zabala Navarro, Joao Portugués, Panizo

Extremeño, Aleta Carvajal y cinco de los que se incorporaron a nuestra columna,

todos ellos andaluces.

También murió nuestro guía indio, al que conocíamos como Mediamano, pero cuyo

verdadero nombre era Chima, de la tribu de los Chocóes.

De él aprendí palabras de su bella lengua y costumbres de su raza.

Descansa en paz.

Eso que escribe lo va a leer el emperador.

Eso espero.

Y estoy yo.

¿Sabes leer?

Don Gonzalo de

Batán

acompañado de

su

criado

Marchena.

Cuando encontremos el oro, no volveré a España, me voy a quedar aquí.

¿Y eso?

Porque si lees a un emperador de España, todos sabrán que soy un criado.

En cambio, si me quedo aquí, todos me conocerán como don Diego de Marchena.

Entonces tienes que aprender a leer y escribir bien.

Día 28 de mayo.

El día en que Dios nos abandonó.

O para ser más exactos, abandonó al último que tal vez todavía acompañaba.

¡El páter se ha caído en la tierra!

Estaba haciendo simplicidades, se cayó.

Me hubiera gustado matarlo yo.

Soy hijo de cura.

Mantente alerta.

¿De qué?

De Borriamendi y de los suyos.

Aprovecharán cualquier descuido para matarnos.

Ya huele en el horno y no quieren compartirlo con nadie.

Antes de atacarnos, nos dividirán.

¿Con quién contamos?

Con nosotros tres.

¿Y el nuevo?

Quizá Iturbe.

No querrán testigos.

Estad atentos.

Estamos a media legua del río Grande.

En esa dirección.

Martín Dávila, Barbate.

Adelantaos para reconocer el terreno.

¡Vamos!

¿Qué atraceré?

Matarte. Soy la representante del rey.

Por eso mismo.

¿O pensabas que iba a repartir el oro con él?

No se lo merece.

¡Hijo de puta!

Este tribunal militar, compuesto por yo mismo en calidad de jefe de tropa, el

sargento en función es Martín Dávila, y los soldados conocidos como Iturbe y

Barbate, ha determinado condenar a pena de vida al alzerez Juan de Borriamendi

por amotinamiento y traición.

El verdugo Marchena cumplirá la sentencia en nombre del rey.

Yo ya no soy verdugo.

Mejor mátame tú, de soldado a soldado.

Quítame las cuerdas. Quiero santiguarme.

Bajo palabra.

Bajo palabra.

Vamos, Lorenzo, apresúrate.

Que nunca me ha gustado esperar.

Tú eres el que escribes ahora, ¿no?

Pues pónganos el verdugo.

Vamos a cruzar el río.

No perdamos tiempo.

Escribo las que son con toda certeza mis últimas líneas.

Traspasado al soldado Martín Dávila, natural de Trujillo, mis anotaciones.

En la idea de que las haga llegar junto a las porciones de oro acordadas a

nuestro rey emperador.

Lo elegido a él por ser de Extremadura, ser hombre de frontera y estar lleno

como corcel de espíritu descubridor.

Si mis escritos llegan a buenas manos y me dan fama, bienvenida sea.

Si el creador tiene otras intenciones.

Entonces pasaré como una flor marchita y mi fama no será nada.

Mi fama desaparecerá en la tierra.

Dos tipos de indios peleándose entre ellos. Son muchos.

Si necesitáis encontrarlo, sin él sois hombres muertos.

Día 4 del mes de junio.

Hemos llegado a Tezutlán.

Durante 62 jornadas, hemos atravesado una selva cruel entre las carcajadas y

burlas de la fortuna.

Hemos combatido sin piedad a los naturales de estas tierras.

Y nos hemos matado entre nosotros, pegados por el oro.

Antes de ultimar las memorias de nuestros hechos tal y como me pidió el

escribano Ulzama, He decidido que al igual que Asia y Europa han recibido

de mujer, que los picachos desde los que hemos avistado Tezutlán se conozcan a

partir de ahora como Sierra de Doña Ana.

También hago constar que el día 8 del mes de abril salimos 40 hombres y

de Puerto Cristo.

Hoy solo quedamos dos.

No había oro.

Es un puto barro vidriado.

Como los lebrillos de Andúa.

Martín.

¿Todo lo que hemos hecho?

No sirvió para nada.

Dicen que al final de este mar hay un sitio que uno llama China y otro Katai.

Y que es el camino de la seda y de las perlas.

Yo, Martín Dávila, natural de Trujillo, soldado y descubridor,

tomo posesión de este mar océano y cuantas orillas baña, en nombre del

Carlos, rey del mundo y de las tierras de España.

Madre, yo al oro me humillo, él es mi amante y

mi amada.

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