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En el siglo XVII, cercada de enemigos, reinaba Felipe IV, el rey planeta,
y sus territorios los gobernaba con puño de hierro su privado.
A Flandes, América y el norte de África se habían unido Portugal y sus colonias.
En una guerra larga y cruel, vio que se sostenía gracias a ejércitos
profesionales, cuyo núcleo principal eran soldados veteranos de los temibles
tercios viejos de infantería española.
Esta es la historia de uno de aquellos hombres.
señor Conde.
¡Sterf, católica honda!
Que descansa en tierra de herejes y a quien Dios tenga en su gloria.
Envío a vuestra merced a mi hermano Íñigo. Sé las cuatro reglas y sabe leer
escribir. Y es mozo bien mandado y despierto.
Aunque algo dado a la fantasía y muy testarudo.
Como bien sabéis, mi padre quería que se hizo para que Dios y vuestra merced no
se lo permitan.
Ana Balboa.
Mañate. Guipuzco.
Jaime.
Os noto muy oscuro, don Francisco.
No deja de ser un honor.
En todo caso, será un honor para su real culo.
Rumor que el conde de Olivares empieza a teneros al precio.
Ya hasta me deja vivir en Madrid.
Pero nadie os quiere como enemigo.
Eso dicen.
Perdón por la interrupción, señor de Quevedo. Pero mis amigos y yo
sobre si estas rimas que circulan por Madrid son vuestras.
Este que en negra tumba rodeado de luces yace muerto y condenado, vendió el alma
y el cuerpo por dinero y aún muerto es garitero.
Pero ese que en negra tumba rodeado, si fuera mío, podría mejorarse.
¿Lo crees, Iñigo?
Claro, don Francisco.
Ahora sigue gozando de buena salud.
Tan buena que todavía escribe las mejores rimas de España.
Mucho acero es para derrocharlo tan de mañana, don Francisco.
Y por tan poca cosa.
Se acabó la diversión.
Diego, tengo un trabajo para ti.
En riesgos.
Excepto los habituales, claro.
Son dos caballeros de extranjeros.
Entrarán en Madrid a caballo solos la noche del viernes.
¿Acción de quién?
Hijos míos, soy el padre Emilio Bocanegra, presidente del Santo Tribunal
Inquisición.
Los dos herejes.
Son simples herejes.
Ya los mataremos otro día.
Ya nos veremos.
Diego, te has metido en un buen lío.
Eso imagino.
Dentro de unas horas se extenderá la noticia y todo Madrid estará patas
¿Quién te hizo el encargo?
Gente. No me fastidies, Diego.
¿Qué gente?
Eso quisiera saber yo, Excelencia.
No les vi la cara.
¿Y el que te acompañó en la emboscada?
A ese tampoco le he visto la cara.
Su Excelencia ya debería saber que yo siempre cazo solo.
Diego. Esto no es un interrogatorio de la Santa Inquisición.
¿Tú sabes a quién has estado a punto de matar esta noche?
No, señor conde. Le doy mi palabra. Entrado de incógnito en Madrid.
Esperan a ser recibidos por su majestad.
Estuvieron a dos culpables.
Señor, debido a esta inesperada visita, nos veremos obligados a tomar una
decisión.
¿Pero no es tan bueno?
Venga, atácame.
Gracias a mí.
No, no.
Dicen que el príncipe inglés sufrió una moscada.
Ayúdame a levantarme.
No puedo andar.
Baje en casa del capitán, don Diego Latriste.
Me gustan los soldados.
Yo me llamo Angélica.
¿Te acordarás?
Claro que me acordaré.
Eso espero.
Ya puedes bajarme.
¿Qué pasa? ¿Qué haces?
Sé lo que hago, no os preocupéis.
Pero, señora... Tengo planes para Iñigo.
Necesito que este capitán cuide de él hasta que llegue el momento.
Entonces lo podrás matar.
Sí,
es una comedia.
Pero es un encargo de Olivares para la reina.
Aquí, don Rafael será el encargado de llevar a la escena. Es un honor.
¿Y paga algo el válido?
¿O a cuenta de futuras Mercedes, como de costumbre?
No, yo no sé nada de Mercedes.
Hoy es ayer y mañana no ha llegado.
Pero al presente son 500. No, no, no, el capitán tiene razón.
Pero si el pobre Cervantes lo intentó, no veo por qué yo no voy a poder
¿O no?
Don Francisco, mi esposa, la gran actriz María de Castro.
¿Y el capitán?
A la triste.
Diego y yo ya nos conocemos.
¿Qué piensas?
Al menos que sea la mujer más deseada de España.
Esa no la conocía.
No sería en Italia.
Terminó mal. Se acabó casando con otro.
Eso había oído.
Has cambiado, Diego.
¿Será que me hago viejo?
Te haría.
¿Y?
Me da miedo hacerlo mal, María.
Todo ocurre cuando eres un niño.
Lo harás bien.
Eres un bueno.
Eso es que tratas a poca gente.
María, ya es tiempo. Vete preparando.
Sigue. No te preocupes.
Es un hombre razonable.
Le doy a ganar mucho dinero.
Y te compensa los muertos.
Diego Alatriste, daos preso en nombre de la santa institución.
Quitadle las armas.
Limpio.
Está limpio.
Arrodillaos.
Adveni en regnum.
Fiat voluntas tuas y triunfa en la tierra.
Hijo mío, sois un traidor y un irresponsable.
Con vuestros inoportunos escrúpulos habéis favorecido a los enemigos de Dios
de España.
Todo esto lo purgaréis, os lo prometo, con las peores penas del infierno.
Pero antes lo pagaréis aquí, en la tierra, con vuestra carne mortal.
Habéis visto demasiado.
Habéis oído demasiado.
Libre.
Es una manera de hablar.
La ira de Dios sabrá dónde encontraros.
Maten otros.
Por cierto, no sabía que os dieran miedo las ovejas.
Solo cuando vienen sin pastor.
Filla rusa.
Tomad, por si acaso.
Extraños pastores. Nidosos y tan toscos.
Os manca cinesa.
Quizá por eso domina el mundo.
De momento.
Nos volveremos a ver.
Eso espero.
Me caes bien, capitán.
Por eso estoy deseando tanto pelear con vos.
Cuando gustéis, señor.
Malatesta.
Gualterio Malatesta, de Palermo.
Si soy tan amable.
Ah, se me olvidaba.
Un recuerdo.
Para que me tengáis siempre en vuestros pensamientos.
Decidme.
Ya.
¿Algo más?
Uno de ellos era un veterano de Flandes, un protegido del conde de...
Podéis retiraros.
Ahora estaremos unidos para siempre.
Ya nunca podrás librarte de mí.
Debería acabar contigo ahora.
Aún eres un chiquillo.
¿Qué te parece?
Se la compraba un pintor sevillano que trabaja para el rey.
Dicen que solo sabe pintar cabezas.
Pero yo intuyo que tiene buena mano.
Bueno.
Quiere ver, no se salva nadie de un dos tocadas.
Es el conde de Olivares.
Espero que seas más franco con él que conmigo.
Lo intentaré.
Lo harás.
Las aguas eran frías de castigo, Excelencia.
Ya.
Pero tú no temblabas.
Temblaba por dentro, como todos.
Ya no soy como todos.
Yo soy un grande de España.
En el combate todos somos iguales. Te equivocas, fratriste.
Ni siquiera en el combate somos todos iguales.
Y contra los turcos en Levante y Berbería.
Parece ser, don Luis, que hace unos días hubo una conspiración para dar una
lección a dos viajeros ingleses.
Como secretario de su majestad y hombre ducho en las covachuelas de la corte,
quizá hayáis oído algo.
Temo no ser muy útil a vuestra grandeza.
Debéis serlo.
Quizá la iglesia.
La iglesia es muy amplia.
¿Os referís a Fray Emilio Bocanegra, por ejemplo?
Excelencia, yo creo que... Tenéis razón, don Luis.
Su paternidad es un santo varón.
Como todos sabemos.
Decidme una cosa.
La razón de que os presentéis con esas botas es falta de dinero o altivez de
soldado.
Ya veis, don Luis.
El señor Alatriste es pobre y altivo.
Pero a lo que parece, valiente, discreto y de fiar.
Sería una lástima que le ocurriera cualquier desgracia.
Sería muy penoso para mí.
Supongo que estaréis de acuerdo conmigo.
Por supuesto, excelencia.
Pero con el tipo de vida que le imagino, responsable de ello.
Claro, don Luis.
Así que para evitaros inconvenientes he decidido que a partir de mañana sirváis
abonando batallas para nosotros en Flandes.
Sería muy considerado que os hicierais matar allí y no aquí.
Lo tendré en cuenta, Excelencia.
Venid conmigo.
Desde hace cuatro años.
Estudio este mapa cada noche.
No, Dios. Nuestro señor Creoflandes lo alumbró con un sol negro.
Un sol hereje.
Que ni calienta ni seca la lluvia que te moja los huesos para siempre.
Es una tierra extraña.
Flandes es el infierno.
¡Joder!
¡Ven a volar los huevos con sus minas!
¡Vamos abajo!
¡Vamos abajo!
¡Hijo de la gran!
¡Vino!
¿Quién te ha escrito?
O tienes o no lo tienes, cojones.
Ahora no.
Pero de vez en cuando se asoma.
Y la próxima vez lo... Mierda.
¿Por qué?
Asómate a ver si lo veo.
Se muere en pecado mortal.
No tú, cuando te noten.
¿Qué dices?
Capitán.
Traigo órdenes.
Tal vez alguno de estos señores soldados tenga algo que decir al respecto.
Nadie tiene que decirle al Capitán Bragado.
La primera es que al hijo de mi madre le da igual partirse el alma contra turco,
holandés o la puta que lo parió.
¿Y cuáles son las otras dos?
La segunda es que hace tiempo que no se reparte paño.
Y venimos con harapos.
¿Ya qué?
¡Cinco veces!
Nadie ha cobrado su paga.
Ni vuestras Mercedes, ni yo tampoco.
Ni nuestro maestro de campo, ni el general Espino.
Sí, a vermelas con españoles, y no con tudescos.
Solo los de las demás naciones reclaman su paga antes del combate.
¿Cuáles son las...
¿Qué?
¿Qué? ¿Qué?
¿Qué es lo que dice?
Breda se ha rendido.
¡Puta que se ha parido!
Venga, se ha rendido.
No habrá ningún problema. Excelencia.
Excelencia.
Vamos.
Vamos.
¿Qué hacían en Madrid?
Os traigo una carta.
¿Para qué?
Siempre nos quieren para lo mismo.
¿Qué?
Tienes buen aspecto.
¿Cómo te van las cosas? Topamos con una flotilla de holandeses.
Y bueno.
Sí.
Esencia.
Va a haber guerra con Francia.
Y Velázquez por fin ha terminado la rendición de Brea.
¿Lo has visto?
Acá hemos avisado un poquito las actitudes.
Pero es un gran cuadro. Os gustará.
Seguro.
Nada más.
Dulce.
Almendras.
Cuatro.
Eso ya lo veremos.
¿Por qué?
Será oro lo que falte.
El encargo es del privado, pero el impulso es soberano.
Cuánto honor.
Con tan altos personajes de por medio, imagino que el problema es que alguien
robado más de la cuenta.
Lleváis demasiado tiempo fuera, capitán.
Aquí siempre hay alguien que roba más de la cuenta.
Sí. De regla. Y traen sus bodegas dos mil barras de oro sin declarar.
Algunos no tienen nada que decir.
Las voluntades abiertas.
Eso incluye a altos personajes de la corte.
Bien.
La maniobra consiste en que antes de descargar oficialmente en Sevilla, el
Virgen de Arregla fondeará en algún lugar de la costa y traspasará su carga
una urca flamenca, el Niklas Bergen.
Entonces supongo que para que el oro vuelva a manos del rey nuestro señor,
que asaltar el barco flamenco.
¿Me equivoco?
Si algo me gusta de ti, Diego, es que no hay que explicarte las cosas dos veces.
No te entiendo.
para las obras del Palacio del Buen Retiro o a pagar la soldada de los que
mueren en Flandes o van a morir en Francia.
Por mi vida.
¿Cómo, Teodoro, requiebran los hombres?
Con mil mentiras, una verdad y esa pena.
Sí, pero ¿con qué palabra?
Esas niñas bellas son luz con que ven los míos y los corales y perlas de esa
boca celestial.
¿Celestial?
Cosas como esta son la cartilla, señora, de quien ama y quien desea.
Mal gusto tienes, Teodoro.
No te espantes de que pierdas hoy el crédito conmigo.
Porque sé yo que en Marcela hay más defectos que gracias.
Como la miro más cerca.
Sin esto, porque no es limpia, no tengo pocas pendencias con ella.
Pero no quiero desenamorarte de ella, que bien pudiera decirte cosa.
Pero aquí se quedan sus gracias o sus desgracias.
Que yo quiero que la quieras. Y si de querer le deja, pierde el juicio de
Que el hombre que no sospecha tanto amor anda cobarde.
Aunque es discreto con ella.
Has crecido.
Ya eres un hombre.
¿Os creía, amor?
Quizá lo esté.
No me extrañaría.
Nos volveremos a ver, supongo.
No lo dudéis.
Así podremos salir de dudas sobre si estáis vivos o muertos.
Queda el peligro de presumir que lo entienda.
¿No será mejor matarle?
De Marco Aurelio se cuenta que dio a su mujer Faustina para quitarle la pena
sangre de un servidor.
Ha pasado mucho tiempo.
¿De qué se habéis dedicado estos años?
¿Y sus versos son dignos de leerse?
No, no creo.
Pero era muy cómodo que tenían.
Íñigo, tengo planes para ti.
El problema es que yo también tengo planes para ti.
Hoy, señora mía, yo me voy. El alma no.
Sin ella tengo de ir. No hago al serviros falta, porque hermosura tan
alma se ha de servir.
¿Qué me mandáis? Porque yo soy vuestro. Qué triste día.
Yo me voy, señora mía, yo me voy.
El alma no.
¿Lloras? No.
Que me ha caído algo, como a ti en los ojos.
Deben de ser mis enojos.
A que esto os puso Diana con lágrimas en sus ojos.
¿Te gustó la función?
Estuviste maravillosa.
Un día te van a matar, mi amor.
Puede ser.
Lo siento.
Pobre.
El problema es que cuando se muera me tendré que casar con alguien.
Ya sabes que no puedo vivir sola. Diego, soy actriz y empiezo a tener unos años.
España está llena de jovencitas que me quieren quitar el puesto.
Necesito amigos que me protejan.
Yo terminaría en la horca y tú otra vez viuda.
No seas anticuado.
Además, ¿a ti qué te importa?
Tú no estás enamorado de mí.
De manera que hoy se lea al reo su sentencia, donde para su efecto estará
un cadalso y en él reciba justicia de soga hasta que muera naturalmente.
Esta es la justicia que manda hacer...
¿Necesitas algo?
Te consejo.
Ellos.
El problema es que la mayoría está aquí dentro cumpliendo condena.
Puedo sacarlos a todos.
Menos a ti.
Lo siento.
Te veré en la playa. Por favor.
¿Por qué?
Estoy jugando.
Contra ti no tiene nada.
Estoy soldado, eres inocente.
Te he cumplido la voluntad de Dios.
Dios no tiene nada que ver con esto.
Nada.
Llegaréis tarde.
Un asunto para ti.
Me siento de sango.
¿De qué queríais hablar?
Os noto apresurado.
Unos amigos muy incómodos.
Amigos que son enemigos de los míos.
El capitán Ana Triste.
No puedo.
Y digo, no podéis ir.
Decidme por qué no puedo ir.
Porque no puedo casarme con un muerto.
No serán prisioneros.
Le habrá botines personales.
Y nadie, absolutamente nadie, bajará a la bodega.
Suerte.
¡Cállate!
y él a los suyos. Y yo a los míos.
¿Ah, sí?
Cuéntame.
Angélica Alcázar es asunto mío.
Bueno.
¿Qué queréis decir con eso, capitán?
Que yo también tengo mis obligaciones. ¿Es eso?
Dios. Hay unas reglas.
¿Qué reglas?
Las de un capitán que no es...
Supongo que nos veremos en Madrid.
Capitano Latriz.
Cumplís por lo que veo con la caridad de visitar a los enfermos.
Soy un buen católico.
¿Venís a matarme?
No que me contéis nada.
Sé muy bien quién estaba detrás de todo el asunto.
¿Qué sería que intentaseis agarrar esta pistola a vuestra espada?
Vamos, capitán.
Parecéis una monja clarista.
No vengáis ahora a la puesta de conciencia.
Ya sabéis que está prohibido.
¿No queréis que salga por la noche vestida como esquina y guardia infante?
¿Todavía me guardáis rencor?
Pensad que quizá os salve la vida.
Traiciona a los míos.
Yo también perdí.
Estamos en paz.
No es lo mismo, Angélica.
Pero supongo que no me habréis hecho llamar solo para regañarme.
El otro día... Dije lo que dije.
Y lo mantengo.
Pero comentéis conmigo que no va a resultar fácil.
Lo sé.
Imagino que sabéis que soy azafata de la reina.
Y que ya me tiene afecto.
¿A dónde queréis llevar?
Y admite pasajeros.
Como os decía, he hablado con la reina y la plaza es vuestra.
En dos o tres años podréis llegar a...
...gruterana.
Sí que lo hace.
Pero sobre todo en el alma.
El cardenal Richelieu alienta a su soberano para que se ponga al frente de
ejércitos. El déspota tiene al nuestro secuestrado. No jodáis, don Francisco.
Nuestros tercios no necesitan que los dirija el rey, sino dinero.
Ese dinero que la noble... Vamos, don Francisco.
Nos conocemos desde hace demasiado tiempo. Raúl, a mi brazo.
No la he robado.
Podéis estar tranquilos.
Os creo, pero aún así... No quiero que me la compréis.
Quiero cambiarla por un collar.
Con lo que vale esta cadena, podríais cambiarla por varios collares.
Ya.
Pero el caso es que solo necesito uno.
Perderéis en el truque.
Eso es cosa mía.
Un collar para una dama.
La dama en cuestión debe de ser realmente hermosa. ¿Me equivoco?
Acertáis. Mejor.
Eso siempre facilita las cosas.
Pensando en, digamos, un futuro con esa dama tan hermosa.
No lo estaría yo.
Entonces, Solo puede ser él.
Ya daba una advertencia.
Aquí estoy.
Tienes que cambiar de montura, Diego.
La plaza está ocupada.
Uno que puede.
No quiero reñir con vuestra excelencia.
Déjame pasar.
Ella ni quiere ni puede verte.
Quien sea ella es la de menor.
Alba, Varela, César y don Fadrique se le oponen.
Hasta Guadalmedina se ha apartado de él.
Donar cien mil ducados para la guerra con Francia.
Eso satisfará al rey y aplacará el tirano. El duque puede aplastarnos sin
nadie mueva un dedo a nuestra ayuda.
Ni siquiera la reina.
Vos no sois un grande de España.
Pero tú lo serás pronto.
Y también tus hijos.
Y los hijos de tus hijos.
Ñigo, hay un suceso grave del que debo daros noticia.
La reina Nuestra Señora y mi tío quieren casarme con el cone de boda. Mi criado
os guiará.
Es ocioso deciros que pese a cuanto dije...
Los reyes son vengativos, yo lo sé bien.
Y en cuanto a Guadalmedina, es un grande de España y habéis cruzado espada con
él. Ya sabéis lo orgulloso que es. Mañana iré a presentarle mis excusas.
Espero que las acepte.
Y aunque las acepte, deberíais marcharos de Madrid.
Pues también.
Corren rumores, don Francisco.
Sí, es verdad.
Últimamente he escrito algunas cosas que podrían traerme complicaciones, ya lo
sé, pero estoy acostumbrado.
Además, ya estoy demasiado viejo para esconderme y menos deseo.
¿Y a vos?
Diego, ¿tú sabes que soy hombre de pocas palabras?
Sí. Me voy al pueblo.
Con el dinero que he ahorrado voy a comprarme unas tierras y a buscar a una
mujer.
Si quieres te vienes conmigo.
Has dicho mucho.
Católica, sacra y real majestad, que Dios en la tierra os hizo deidad.
Un anciano pobre, sencillo y honrado, humilde os invoca y os habla postrado.
Diré lo que es justo. y le pido al cielo que así me suceda cual fuere mi celo.
Ministro tenéis de sangre y valor que sólo pretende que reinéis, señor.
He allá, Felipe IV, que en el mundo eres famoso.
Abre el pecho generoso, danos de tu sangre un parto de quien nunca se mal.
A la cárcel de San Marcos.
Tendríamos que habernos quedado el oro de la deuda.
Quizá no puede pagar.
También dice que no le importa que le matemos.
Sin embargo, he oído que a vuestra merced sí le importa siempre y cuando,
está, vuestra merced se haga cargo de la deuda.
¿Es eso posible?
No somos expertos en joyas.
Solo admitimos dinero.
Sebastián.
¿Qué?
Diego, te debo una explicación.
Te espero en el claustro de las Minillas a la media tarde.
Detármalo.
Date preso o te mato.
Una cosa, Martín.
¿A quién le conseguirá tu viuda ahora la vara de agua?
Tiempo sin veros.
Cotejado de menos.
Sí, sí.
Y a la puta que asfarió.
¿Estás vivo?
¿No estás así, hijoputa?
¿No te desangradas?
No lo pensabas, ¿verdad?
Siempre me pasa lo mismo.
Estaba esperando, rapaz.
Vamos.
Espera un momento.
Volverás a cenar.
Sabes que después no hay nada, ¿verdad?
Mis servicios a su majestad no me han salido gratos.
Excelencia, la verdadera religión.
Por ello he decidido que la dote de mi sobrina esté a la altura de vuestra
generosidad.
Como puede comprobar, vuestra excelencia respecto a ese capitán a la triste.
Son las propias naciones las que extraen.
Sus tumbas son de flan de dos campañas.
Y su epitafio la sangrienta luna.
Y su epitafio la sangrienta luna.
Dicen que la cárcel de San Marcos es la más fría de España.
Sí, eso dicen.
¿Os acordáis de mí?
Sí.
Gracias.
No hace falta.
Como gustéis.
Ha sido agradable volver a ver a vuestras Mercedes.
Y a vos.
como también nosotros perdonamos a los que...
¿Qué ocurre?
Le llevamos preso en nombre del rey.
¿Y qué se le acusa?
Despiar al servicio de Francia.
No podéis pasar. Pero me impiden la entrada al palacio.
El honor y la reputación de España se han perdido, capitán.
Dios nuestro Señor nos ha abandonado.
Excelencia... No hay otra explicación.
Todos son desgracias.
Casale tendría que haber sido tomado, afortunado que jamás haya experimentado
monarquía. Excelencia, la carta que le hice. Sí.
La he leído.
Ese joven es un espía de Francia.
Excelencia. Pero no todo está perdido.
Richelieu está enfermo.
Los holandeses quieren la paz.
Si las tropas del cardenal Infante... Excelencia, es el huérfano de uno de
vuestros soldados. Yo lo he criado. He dicho todo lo que tenía que decir,
capitán.
Podéis retiraros.
Carta al Cardenal Infante.
Excelencia.
Señor.
Las cartas de Flandes. ¡Excelencia!
¿Qué me escribes?
No, ya no.
Olvida. No, no olvida, ¿no?
No.
Salvado,
vos sois
la triste excelencia.
Ya recuerdo.
Por salvar a un sargento mayor en Norlinga, me lo he trabajado.
¡Fragato!
Formación. ¿Qué decís?
Este es un tercio español.
Soldados antiguos, a vanguardia.
Soldados nuevos, a retaguardia.
Pero era un hombre valiente.
Se llamaba Diego la Triste y había luchado como soldado de los tercios
las guerras de Flandes.
Cuando lo conocí mal vivía en Madrid, alquilándose por cuatro maravillas en
trabajos de poco lustre, a menudo en calidad de spa.
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