All language subtitles for Los Plateados 016-Desconfianza.mp4-es-CC1

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Original subtitles

- Gabriel: Les juro por la memoria de nuestro padre,

[♪♪♪♪]

que Emilio Gallardo va a pagar lo que

nos hizo con mucho más que su vida.

Ofelia: ¡Esta boda nadie la detiene!

Camila: El amor,

si llega, llegará después.

- ¡Si no quiere no te cases, Camila!

♪ Con nuestra propia ley, quitamos para dar ♪

♪ un poco de esperanza y ante todo dignidad ♪

♪ Nadie nos detiene ♪

♪ Somos libertad ♪

♪ Ángeles plateados, cazadores de la paz ♪

♪ No queremos guerra, pero hay que luchar ♪

♪ contra la injusticia por amor a la verdad ♪

Mejor cúbrete.

- ¡Ay, ay, dios mío, no, no!

- Calladita, soy Manuel, el hermano de Gabriel.

No vaya a gritar, ¡no vaya a gritar!

- Pero ¿qué hace aquí?

Es muy peligroso,

en cualquier momento puede entrar mi marido.

- Mi hermano me mandó un encargo, señorita.

- ¿Qué le pasó?

- Pues tuvimos una emergencia,

agarraron a una de nosotros y mi hermana está herida.

- Pero ¿Gabriel está bien?

- Sí, sí, está bien,

pero está muy preocupado porque tenían una cita

y no pudo llegar y como están las cosas pues,

preferí darme la vuelta yo, señorita.

- Sí, pero Gabriel está bien, ¿verdad?

- Manuel : Sí, señorita, no se preocupe.

- ¿No le pasó nada?

- ¡Ay, virgencita!

- Tranquila. Es el hermano de Gabriel.

Ella es mi doncella. Es de toda confianza.

Tranquila.

Tranquila, no pasa nada.

- Pues este es el encargo, señorita.

Yo ya me voy.

- Gracias.

Váyase con cuidado, que no lo vea nadie.

Gracias.

(ininteligible)

- ¿Cómo te sientes?

- Mejor.

Tuve suerte.

¿Qué te pasa?

- Perdóname por actuar tan egoísta.

- ¿Por qué lo dices, Gabriel?

- Es que me fui en el peor momento

y mira todo lo que ha pasado.

- Pero esto fue pura casualidad.

[suspira]

- No me quiero ir de aquí sintiendo que los abandono,

no me gustaría ganarme el resentimiento de mis hermanos.

- No, Gabriel, aunque nos duela mucho,

pues, yo estoy bien segura que...

con el tiempo vamos a aceptar la decisión que has tomado.

- Es que fui yo el que siempre dijo que ninguno

de nosotros se podía enamorar,

y mírame.

- Es que uno no puede luchar contra su destino, Gabriel.

Tú tienes todo el derecho en la vida a vivir

con la mujer que amas,

por muy doloroso que eso sea para nosotros.

- Gracias por tus palabras.

- Ahora...

tengo una cosita que pedirte.

Cuando tengas tus hijos,

pues, a ver si los traes para que conozcan a sus tíos, ¿sí?

- Eso ni lo dudes.

- No me atrevo a leerla, Xóchitl.

- ¿No le dijo el joven que su hermana estaba enferma?

¡Léala, no sea necia!

- Gabriel: Camila, disculpa por no haber llegado

a nuestro encuentro,

surgió un problema,

pero nuestros planes siguen intactos,

solo te pido un día más hasta que mi hermana se recupere.

- Ay, ¿qué dice?

- Emilio, ¿qué haces aquí? ¿Estás loco?

Te pudo haber disparado uno de los hombres de Andrés,

¿no supiste que estuvieron los Plateados aquí?

- Sí, ya me lo dijo Nicanor.

Y otra vez el imbécil de Andrés los dejó escapar.

- Ay, no hables así de él.

- Ven acá, ven acá.

Te quiero dejar algo bien claro,

no voy a tolerar que estés con ese imbécil, ¿oíste?

Y menos que vayas a tener un hijo de él.

- ¿Y si el hijo no es de él sino de otro hombre?

- ¿Cómo de quién? Por ejemplo.

- No sé, puede ser tuyo, ¿no?

- Emilio...

- Ay...

- Perdón ¿no interrumpo nada?

- No, pensé que ya estabas dormida.

- No.

¿Emilio ya no vino?

- No, el pretexto de la luna funcionó perfecto,

ya no me ha venido a buscar estas noches.

- Me alegro mucho.

- Pero, ven, siéntate, tengo algo que contarte.

¡ay, estoy que no quepo de la felicidad!

- ¿De veras? ¿Por qué?

- El hombre que estaba esperando...

- Ajá. - No se olvidó de mí.

- ¿Qué? ¿lo volviste a ver?

- No, pero me escribió una carta.

Vamos a volver a estar juntos

y ahora sí nada ni nadie me lo va a impedir.

- ¿Te pidió de nuevo que se escaparan juntos?

- Sí.

- ¿Y cuándo?

- Mañana al atardecer.

- ¡Ay, Camila, qué emoción!

Estoy tan contenta por ti.

- Sí.

- Ojalá yo también pudiera estar al lado del hombre que amo.

- ¿Estás enamorada, Luciana? - No.

¡Sí!

No, no, de verdad es una tontería, es...

es un amor imposible.

- Ay, dime, cuéntame, ¿quién es?

- No, de verdad no quiero hablar de eso

y además quiero hablar de ti, cuéntame tú.

¿Cómo es? Bueno, ya sé que no me quieres decir su nombre,

pero puedes contarme cómo es,

qué te dice, qué te escribe.

¿Cómo lo conociste, Camila?

¿Cómo...

cómo fue que se enamoraron?

- Ay, sí, ese hijo no puede ser mío, ¿de dónde sacas eso?

- Bueno, si fuera, ¿te harías cargo de él?

- Claro que sí. -Hm mm.

- Emilio: Claro.

¿No me estás mintiendo?

Nunca jugaría con algo tan delicado.

- Ay, Emilio, ¿por qué lo nuestro no funcionó?

- ¿Por qué no te olvidas del pasado?

¿Hmm?

Piensa en el presente.

Deja para siempre al hermano de Camila, ¿hmm?

No quiero verte más cerca de él, ¿oíste?

- ¿Y qué vas a hacer para convencerme?

- Algo así.

- Pues ya no te puedo contar más,

solamente que es un hombre maravilloso

y que estoy segura de que voy a ser muy feliz con él.

- Sí, sí, yo también estoy segura de eso, Camila.

- Pero, hay algo que sí me pone triste.

- ¿Qué cosa?

- Qué no me voy a poder despedir de Esperanza,

ni de mamá, ni de Andrés,

pero ellos no pueden saber las razones por las que me voy.

- No, claro, por supuesto que no.

- Yo les voy a escribir una carta contándoles todo,

pero por favor, guarda esto en secreto, ¿sí?

- Claro, Camila, claro.

Tú no te preocupes de nada, ¿eh?

Todo sea por tu felicidad.

- Gracias.

Gracias.

- Buenos días, padre.

- Buenos días.

- Me dijeron que quería hablar conmigo.

- Sí, así es.

Gracias.

No te vi en misa.

Claro, después de la herejía cometida

tal parece que no se puede esperar otra cosa.

- Lo entiendo, padre, yo mismo pensaba buscarlo después,

en la parroquia, para explicarle lo ocurrido.

Mire,

sé que obré mal

por lo que estoy dispuesto a precisar

los detalles de mi casamiento con Isabel.

- Ah,

me da mucho gusto que estés dispuesto

a afrontar tu responsabilidad.

- No solamente lo hago por mí, padre,

sino también por la memoria de mi padre

que sé que en mi lugar hubiera hecho también lo correcto.

[tose]

- Claro, claro, eso es cierto.

Pero ¿estás consciente que Isabel no puede casarse así,

tan fácilmente?

Habrá que solicitar una dispensa a su congregación.

- Eso ya no es necesario, padre.

- ¿Cómo no va a ser necesario? Por dios.

- No, Isabel ya no es una religiosa,

hace tiempo que dejó de serlo.

- Ismail.

- ¿Qué es lo que quieres?

- Hablar contigo.

Esto no tiene nada que ver con mi padre, Ismail,

es algo que yo he estado considerando

desde hace tiempo y...

- Habla de una vez.

- He estado pensando...

en convertirme al islam.

- ¡Eso no puede ser cierto, Andrés!

¿Isabel expulsada del convento

y obligada a seguir vistiendo el hábito de novicia?

No puede ser,

en mi vida había oído tantos disparates juntos, Andrés.

- Padre, créame, para mí es tan insólito como lo es para usted,

pero es cierto.

- No la estás calumniando, ¿verdad?

- No, no, no ¡qué va, padre!

¿Por qué tendría yo que hacerlo? Para nada.

Mire, lo único que le pido es que, por favor,

por lo menos piense cuando podría casarnos,

para mí sería ideal lo antes posible.

- Está bien, está bien, voy a pensarlo.

- ¿Me permite?

Muchas gracias.

- No voy a seguir discutiendo contigo

si no me dices porque quieres convertirte.

- Ismail, prefiero guardarme las razones por el momento.

- Necesito saber por qué quieres hacerlo.

- Está bien, te las voy a decir.

La razón es por Yamile, Ismail,

quiero convertirme al islam

porque quiero casarme con tu hermana.

- ¿Qué?

Jamás.

- ¿Por qué?

Porque yo no quiero que los Ibn Zahib

- tengan nada que ver contigo y con tu familia.

- ¡Pero tú me conoces, Ismail!

Soy una persona honesta, trabajadora, honrada,

- yo no entiendo por qué... - ¿Cómo te atreves?

¿Quieres que te enumere todas las cosas

en las que tú y tus familiares han estado involucrados?

- Estás equivocado, Ismail,

todas esas cosas de las que nos acusan...

somos inocentes,

son cosas que ni siquiera hemos hecho, Ismail.

- El que se equivoca eres tú,

así que borra de tu mente esas ideas, y ahora, por favor,

déjame trabajar y no me hagas perder más tiempo.

- Buenas.

- ¿Usted necesita algo?

- Sí, necesito tiempo...

para verla,

para estar con usted,

para que nos conozcamos.

¿Sabe? Yo vengo desde el puerto de Veracruz

y todo el camino venía yo pídele y pídele a la virgen

pues que me hiciera el milagro de encontrarla sola,

¿y qué creé?

Que me lo cumplió, así que usted no puede desairarla, ¿eh?

- Por favor, no siga mintiendo.

- ¿Mintiendo cómo?

- Usted...

no es de Veracruz

y si quiere que vuelva a dirigirle la palabra,

por favor contésteme la pregunta

que le hice la otra vez.

- ¿Pues qué pregunta me hizo?

- Usted...

es de los Plateados, ¿verdad?

- ¿Y de eso depende que nos sigamos viendo, señorita?

- Sí.

- Pues, sí, yo soy un Plateado.

- Me lo imaginaba.

- Esto no va a hacer que se aleje de mí, ¿verdad?

- No, al contrario, yo no tengo nada en contra de ustedes.

- ¿Ah, sí?

- Pero, hay un solo problema.

- ¿Qué?

- No creo que mi padre esté de acuerdo

en que usted me visite siendo quien es.

- Yo no se lo voy a decir y usted tampoco.

- Yo no puedo mentirle.

- Claro que puede y lo va a hacer,

lo va a hacer para conocernos, ¿o qué?

¿Usted no quiere conocerme?

- Camila : Luciana, me sentí tan mal en misa,

cuando el padre Guillermo hablaba de la fidelidad

y de lo sagrado de la familia,

yo solamente veía a mamá y a Esperanza,

y te juro que me quería morir.

- ¡Ay, no, no, no! Ni pienses en eso, mira,

Dios es amor,

Dios sabrá comprenderte,

sabrá entender la situación por la que estás pasando y bueno,

él seguramente no quiere que vivas en un matrimonio

siendo infeliz.

- Pues sí. - Además, ahora

ya no te puedes echar para atrás.

- Ay, Luciana es que te juro que no me gusta,

¡me la he pasado mintiendo a todo el mundo!

- ¡Bueno, pero no te queda de otra!

Tú solo piensa que esta tarde

vas a estar en los brazos de tu verdadero amor.

- ¡Luciana!

Ven, acompáñame.

Aquí están las cartas donde explico todo,

una es para Emilio y la otra es para mi mamá.

Quiero que tú se las entregues.

- Por supuesto que sí.

- ¿Sí?

- Bueno, pues apúrate,

te tienes que arreglar para la charreada.

- ¡Ay, no! Luciana, no quiero ir.

- Por supuesto que tienes que ir, imagínate,

Emilio puede sospechar, apúrate.

Dolores, ¿sabes dónde está Emilio?

¿Para qué lo quiere?

¡Eso a ti qué te importa!

- Se fue con el Nicanor y ni idea a dónde.

Con permiso.

- Creí que íbamos a poder vender mis joyas.

¿Qué vamos a hacer?

- No te desanimes, mi amor,

ya encontraremos la manera de recuperar ese dinero,

nos han pasado cosas 10 veces peores

y hemos encontrado la fuerza para salir adelante,

tu fuerza, mi amor.

- Te quiero tanto.

- Yo también, alma de mi vida.

Es una lástima, hijo,

no pudimos vender las joyas.

- Padre, hay un joven que quiere hablar con usted.

- ¿Qué tal?

Mucho gusto, Sr. Bashur,

es un gusto conocerlo, yo soy Manuel Guerra.

- Mucho gusto, pero...

¡Claro!

Claro, lo hemos visto por aquí...

¿me permite hacerle una pregunta?

Sí, por supuesto.

¡Usted nos rescató de la cárcel!

¡Claro!

¿Por qué?

- Bueno, es que me parecía una injusticia

y ustedes son buenas personas

y no tenían que estar tras las rejas, ¿no?

- Ah, bueno, muy correcto, ¿eh?

Estamos muy agradecidos con usted.

- ¡Qué agradece!

- Bueno, pero ese no es el asunto que nos compete.

- Pues no.

- Usted quería hablar conmigo, ¿no?

- Lo escucho. - Sí, eh...

yo quisiera pedirle, pues con todo respeto,

su autorización para...

pues para visitar a su hija.

- ¿Ya te vas?

- Al rato.

[suspira]

- Hermano ¿te puedo hacer una pregunta?

[tose]

- Claro.

- Esa hembrita...

que te robó el corazón debe de ser alguien muy especial, ¿no?

- Lo es.

- Y ¿puedo saber el nombre...

de la mujer que te hizo cambiar tanto?

Digo,

no tiene nada de malo que sepa el nombre de mi cuñada, ¿no?

- Camila.

Camila de Gallardo.

- ¡Te volviste loco, Gabriel!

¿Cómo te fuiste a enamorar de la mujer de...

de Emilio Gallardo habiendo tantas mujeres?

- ¡Eso no se piensa, Tomás!

Las cosas suceden así nomás.

- Estás cavando tu propia tumba.

¡Emilio Gallardo no los va a dejar en paz

hasta que recupere a su esposa y te mate!

- Eso si yo se lo permito.

- Eso si no los encuentra antes.

- No creo que esté enterado, Tomás.

Además, no me importa lo que él piense.

- Gabriel, ¿vale la pena esta locura?

- Sí, Tomás.

Vale la pena.

- Gabriel, todavía estás a tiempo de arrepentirte.

Es que hay tantas mujeres que quisieran estar contigo.

- Sí...

pero yo la amo a ella y la amo con todo el corazón.

- Y...

¿y cuándo se escapan?

- Al atardecer.

- Ay, hermano, vas a necesitar mucha suerte.

- Sí.

Lo sé.

- Pues...

pues puedes contar con nosotros, para lo que sea.

- Gracias, Tomás.

- Perdóname, perdóname, pero...

Estamos muy agradecidos contigo, pero bueno,

yo apenas te conozco, te acabas de presentar,

solo sé que eres del puerto.

- Bueno, entonces pregunte lo que usted quiera.

- ¿A qué se dedica tu familia?

- Bueno, yo soy huérfano,

la verdad es que perdí a mis padres cuando yo era...

pues cuando yo era muy chico.

- Ah, lo lamento, lo lamento realmente.

- ¿entonces vives solo? - Muchas gracias.

- Pues no, mi hermano más grande fue

el que se encargó de nosotros y es...

pues somos 4, ¿sabe?

- Ah, ¿cuatro? - Sí.

- ¿Y cómo viven ahora?

- Bueno, lo que...

En las haciendas, nosotros administramos haciendas.

¿Administran haciendas?

- Sí, los bienes los repartimos... ah, en fin.

Ah, ah, eso me gusta, ¿eh?

- Eso me gusta, para nosotros la familia es lo más importante.

- Sí, por supuesto.

¿Entonces qué, Sr. Bashur? ¿Me da...

su autorización para poder visitar a su hija?

- Bueno, bueno, te voy a ser franco, ¿eh?

Te agradecemos lo que hiciste por nosotros,

me pareces una persona honrada y trabajadora,

pero si tú quieres pretender a mi hija

yo tengo que conocer a tu familia,

quiero que venga tu hermano mayor...

para conocerlo.

- Claro que sí, ¿y cuando quiere que sea esto?

- Esta misma tarde. - Esta...

Después de conocerlo y si estoy de acuerdo,

tú podrás venir a mi casa a visitar a mi hija

esta misma noche y ahí te daré mi respuesta.

- Vamos a preparar una gran cena para recibirlo, señor.

- Muchas gracias, pero ¿sabe qué?

Gabriel es una persona muy ocupada con tantos negocios,

no creo que pueda venir esta tarde.

- Ay, pues ese es tu problema, mijo.

Yo necesito conocer a tu hermano mayor

y esa es mi condición.

- Camila,

oye, ¿me puedes prestar tu rebozo blanco

para la charreada?

- Claro que sí, hermanita, aquí lo debo de tener, sí.

Qué bonito se te ve,

si quieres te lo puedes quedar, ¿eh?

A mí me encantaría que... que tú lo tuvieras.

Camila, ¿estás bien?

- ¿Por qué lloras? - Sí...

Nada, es que hoy amanecí un poquito sentimental,

ven.

Esperanza, te quiero mucho.

- Apúrense que nos tenemos que ir,

Emilio nos está esperando...

¿te pasa algo, Camila?

- No, nada, es que hoy...

estoy viendo a Esperanza, tan bonita que se está poniendo.

Bueno y tú también, mami, te ves tan linda hoy.

- Ay, Camila.

¿Qué te pasa, mi amor?

- Nada, ay, la verdad es que las quiero mucho, ¿eh?

Las quiero mucho a las dos.

Mucho.

- Bueno,

pues yo me voy a ir adelantando a la charreada

porque Carlota y Arturo iban a pasar por mí.

- Sí. - Ve, hija, ve.

- Gracias. - De nada.

- Ay, qué bonita.

- Camila, tú a mí no me vas a mentir,

a ti te pasa algo y quiero saber qué es lo que te pasa.

- No, mamita, no me pasa nada.

No, ¿por qué no te vas adelantando?

Yo me tengo que cambiar todavía para la charreada.

- ¿Segura estás bien, Camila?

- Segura.

Ve.

- Bueno.

- ¡No quiero que vuelvas a salir sola a la calle,

tampoco que abras la puerta cuando yo no esté!

- ¿Entendiste? - ¿Por qué no?

- Esos cristianos están completamente locos.

El hijo de Bashur, Yahim,

quiere convertirse al islam porque está interesado en ti.

Supongo que no habrás hecho nada

como para que ese hombre se haya fijado en ti.

- No, nada, Ismail.

- ¿Tampoco has hablado con él?

- No, casi nada, solamente me ha saludado y...

- ¿Por qué nunca me lo dijiste, Yamile?

- Ay, Ismail, por favor.

- Escúchame bien,

no quiero que vuelvas a hablar con ese hombre

y si lo haces me lo dices inmediatamente, ¿está claro?

- Sí, hermano.

- Buenos días, padre.

- Buenos días.

- Fui a hacer una visita y

me dijeron que estaba usted aquí esperándome.

- Así es, Augusta.

Quiero hablar de la relación de Andrés Castañeda con tu hija,

voy a ser muy directo

y quiero que me respondas solo con la verdad.

- Por supuesto, padre.

- ¿Es cierto que Isabel ya no es religiosa?

- ¿Quién se lo dijo?

- Eso no importa ahora, Augusta, respóndeme,

es verdad, ¿o no?

- Ay, padre,

a usted no puedo mentirle.

Sí, efectivamente,

Isabel ya no es una religiosa.

La expulsaron del convento.

- ¡Emilio!

- Luciana, ¿qué haces ahí?

¿Camila ya está lista?

- Espérame, es que necesito hablar contigo.

No, no puedo, me tengo que cambiar.

- No, ¡es que es importante, Emilio!

- Me voy a cambiar para la charreada, no puedo.

- Estoy tan nerviosa, Xóchitl.

Me dio tanta pena

haberle mentido a mi mamá y a Esperanza.

- Todo va a salir bien, niña, si Dios quiere,

esta noche estará con su amor.

- Siento como si estuviera viviendo un sueño.

Hoy cuando se esté poniendo el sol,

me voy a encontrar con Gabriel

y vamos a escapar lejos de aquí.

- ¿Ya tiene listas sus valijas?

- Ya, mi maleta está debajo de la cama.

Pero ¿qué voy a hacer sin ti, Xóchitl?

¿Me prometes que te vas a cuidar?

- Sí, niña, sí.

- Lo estuve pensando y creo que es mejor

que te quedes aquí en la casa,

no quiero que andes sola por ahí.

- Seguro que el patrón la va a agarrar

contra mí cuando usted se vaya.

- No, no, no te preocupes,

le voy a decir a Luciana

que tú no sabes nada

y que ella te defienda de don Emilio, ¿eh?

- Usted es un ángel, niña.

- Ay, Xóchitl.

[tocan la puerta]

- Xóchitl,

adelántate al lienzo para que tengas listo el almuerzo.

- ¿Sabe qué, don Emilio?

Me duele mucho la cabeza.

- No, tonterías, hombre, te ves muy linda,

te ves bellísima.

- ¿Usted cree que vayamos a regresar muy tarde?

- ¿Por qué? ¿Tienes algo que hacer?

- No, bueno, como le digo, no me siento muy bien.

No quisiera dormirme muy noche.

- No te preocupes, en un par de horas estamos de regreso,

¿hmm?

Voy a cambiarme y te espero en el auto.

No te demores.

- No.

- ¡Santo dios, Augusta!

¡La expulsaron del convento y aun así me pediste

que le consiguiera un lugar en el claustro de Sevilla!

- Por favor, padre, yo solo quería lo mejor para mi hija.

Yo sé que no tengo perdón de Dios.

- ¡Por supuesto que no!

¿Cómo pensabas mandar a tu hija al claustro?

¡Ese lugar es un lugar para las mujeres

que van a servir a dios y a orar por nosotros!

No pueden recibir a una mujer casquivana,

ligera de cascos...

- ¡Por favor, padre, no siga, se lo suplico!

Es que yo pensé que Isabel volvería al camino de dios.

- ¡Ella no tiene remedio!

¡Es la encarnación del mal,

y tú y toda tu familia también están en pecado!

- No, padre.

Estoy arrepentida, padre, muy arrepentida.

Por favor, le suplico que me diga qué

es lo que tengo que hacer para conseguir el perdón de Dios.

- Primero que nada, decir la verdad,

todo mundo se tiene que enterar

que tu hija ya no es una sierva del Señor.

- Sí.

Así será.

- El que ese joven sea de los Plateados

es un problema, hija.

- Si quieres hablamos con mi padre

y le decimos la verdad, madre.

- No, yo creo que debemos de conocerlo,

también a su hermano.

- ¿Entonces me apoyas?

- Claro que sí.

¿Estás contenta?

- Sí, ese joven es tan dulce,

tiene una sonrisa tan preciosa.

Ay...

- Mi niña, estás enamorada.

Ay, hija, yo sabía que iba a llegar ese momento,

pero nunca me imaginé que fuera tan pronto.

- Mi padre tiene la última palabra, madre.

- Eso déjamelo a mí,

las mujeres podemos hacer cualquier cosa,

solamente hay que saber cómo tratar a los hombres.

Ya ves cómo es tu padre, es un hombre fuerte, testarudo,

con mucho carácter,

pero solo basta que se quede solo conmigo

para que él haga lo que yo quiera,

eso me lo enseñó mi madre

y ahora te lo estoy enseñando yo a ti.

Mi niña.

- Gracias, madre.

- ¡Nunca pensé que llegaríamos a estos extremos, santo Dios!

¡Isabel! ¿Me estás escuchando?

- Por supuesto que te escucho,

es imposible no escucharte, mamá,

cada día hablas más fuerte.

Seguramente te estás quedando sorda.

- ¡No seas insolente, Isabel!

- ¡Estoy cansada de que me trates como si fuera una loca!

- ¡Pues eso es lo que eres, una loca!

- Bueno, sí, puede ser que sea una loca,

pero una loca feliz, mamá.

- ¡Pues mira, mientras estés en esta casa

vas a hacer lo que yo digo!

- Ah... Eso no va a durar mucho,

Andrés se va a encargar de sacarme de aquí.

- Ah,

¿o sea que por eso piensas casarte?

- Sí, por supuesto, claro.

¿Qué no te casaste tú con mi padre

para que te sacara de tu casa?

Solo continuo con la tradición familiar.

- Dios santo,

gracias a Dios que tu padre no está aquí para escucharte.

- ¡Mi padre está muy feliz donde está!

El día que murió empezó la fiesta para él

porque nunca más tuvo que volverte a ver a la cara,

y si era todo lo que tenías que decir,

te suplico que te vayas.

- Escúchame,

el padre me ordenó que dijéramos la verdad.

- ¿Eso quiere decir que...

que puedo quitarme el hábito?

- Sí.

-[grita] -¡Cállate, cállate!

- No grites. - ¡Ay, mamá, no puede ser!

¡Estoy tan contenta, mamá,

tan contenta que hasta podría besarte!

- ¡No, no te atrevas a tocarme, Isabel!

- No te preocupes, no lo voy a hacer,

no te lo mereces, mami.

- ¡Hijo!

- ¡Mamá!

¡Mami!

- ¡Hijo!

- Qué rico hueles.

- No, hijo, tú apestas.

- Toñito,

¿qué haces criatura de Dios?

- ¡Por favor, Chepita, no se lo cuente a nadie,

solo era un juego!

¡No le diga nada a mi mamita, por favor, se lo suplico!

- ¡Condenación de chamaco!

¿Qué clase de juegos son esos?

- ¡Puras tonterías! Lo...

lo hago de aburrido, Chepita.

- ¡Válgame Dios y María santísima!

¿No estarás enfermo?

¡Antonio!

¿Te gustan los hombres?

- No.

- ¿Entonces?

- Ay, Chepita, por favor, no se lo cuente a nadie,

se lo suplico,

¡si mi mamita sabe que hice esto

no me lo va a perdonar nunca!

¡Nunca, nunca!

¡Se lo ruego, por favor, Chepita,

no se lo diga a nadie por favor!

[tocan la puerta]

- Hermana, encontré unas piezas baratísimas

para la carreta y no llevaba dinero,

por Alá, soy buen vendedor y mal cliente,

al rato vuelvo,

ojalá no me hayan ganado esas piezas.

[tocan la puerta]

- Ya voy, ya voy,

¿qué se le olvidó? ¡Yahim!

- Yamile.

- Váyase por favor.

- Por favor, Yamile, no se esconda,

déjeme verle su cara.

- Espero que no estés enojado porque traje a nuestra madre.

- Imposible que me enoje contigo, hermanita, no.

- Hijo, ayúdame a entender.

¿Por qué estás haciendo todo esto?

¿Eh?

Háblame.

- A ver, mamá, ven, mejor siéntate acá,

cuidado porque está resbaloso.

Mamá,

lo que tengo que decirte,

no creo que sea muy fácil que lo entiendas.

- Bueno, voy a tratar, hijo.

- ¿Por qué no mejor te contentas con saber

que estoy bien y que estoy tranquilo?

- Hijo, tú tienes que regresar a la casa,

todos estamos muy consternados, tu abuela...

tu papá está sufriendo tanto, hijo.

- Mamá, no puedo regresar a la casa, mamá.

Se los explicaba en la carta, les decía que cambió mi mundo,

cambió mi forma de ver el universo,

estoy haciendo finalmente lo que quiero hacer

que es ayudar a la gente que más lo necesita.

- Hijo,

yo comparto tu manera de pensar

y tu papá también,

pero para ayudar a los demás no es necesario...

vivir en la clandestinidad,

mucho menos pertenecer a una banda como Los Plateados.

- Eso si no tenías que habérselo dicho, hermana.

- Hijo, yo... yo ya lo había sospechado

desde que fuiste a rescatar a esa muchacha que estaba presa.

Tu hermana te ha sido leal, te lo aseguro.

Hijo, yo solo quiero pedirte una cosa,

piensa en tu papá,

él es un hombre noble, generoso que te ama, mi amor,

él sabrá comprender, pero, bueno, merece una explicación,

¿no crees?

- Te aseguro que se la voy a dar mamá, pero...

- ¡viene alguien! - Vete, Leonardo.

- Cuídate, hijo.

Ay, hija, ¿en qué irá a parar todo esto?

- Leonardo es muy valiente, mamá,

él está haciendo lo que tiene que hacer.

Ahem!

- Oh!

Buenos días.

- Hola, buenos días. - Buenos días.

- Irene, Ángeles.

¿Cómo les va?

- Bien, gracias.

- Y me pareció que estaban con alguien más ¿o no?

Según lo que me informó Aurelio, tú Ángeles,

te reúnes regularmente con tu hermano Leonardo, ¿no?

¿No estaban con él?

- Por favor no se esconda, Yamile,

déjeme verle el rostro.

- Lo siento, pero no puedo.

Váyase de aquí, Yahim.

- Quiero que sepa, Yamile,

que yo la amo

y que estoy dispuesto a hacer cualquier sacrificio

para casarme con usted.

- Mi hermano jamás lo aceptaría.

- Eso déjemelo a mí,

yo voy a convencer a Ismail

de que yo soy un buen hombre

y de que nunca nadie la va a querer como yo la quiero.

- Sus palabras...

son muy bellas.

- Usted se las merece.

- Por favor váyase,

mi hermano puede llegar en cualquier momento.

- Solo dígame una cosa, dígame si tengo alguna esperanza,

dígame si usted piensa en mí, tanto como yo en usted.

- Sí. - ¡ San Jorge!

Soy el hombre más feliz en este momento, Yamile,

no hay nadie igual que yo en este momento.

[toca la bocina]

- Bueno, ¿qué pasa con Emilio?

Primero nos hace salir y luego él no viene.

- Se estaba cambiando, mamita.

Oye, ¿y Luciana?

- Me supongo que debe de estar arreglándose también.

¿Te pasa algo, mi amor?

Chiquita, es que te veo triste, como...

como distante, ¿tienes algo, mi amor?

¿Te sientes mal?

- ¡Ahora sí me tienes que escuchar!

- ¿Qué te pasa? ¿Te volviste loca?

- No.

Loco te vas a poner tú

cuando te enteres lo que tengo que decirte.

- ¿Qué es esto, Luciana?

Te advierto que si es otro de tus chismes, te voy a...

- ¡Cállate! Cállate.

Escúchame.

- Yo te dije que iba a estar aquí

cuando tu matrimonio fracasara, ¿no?

- ¿Sabes qué?

En este instante haces tus maletas y te me largas.

- Déjame... hablar.

- Luciana, si vas a empezar a despotricar

en contra de tu hermana,

¡métetelo de una vez en tu cabeza!

La única mujer importante en mi vida es tu hermana.

- ¡Eres un idiota, Emilio, estás ciego!

Aquí está la prueba de que mi hermana,

de que el amor de tu vida se va a fugar con otro hombre.

[♪♪♪]

♪ Nos quiere detener, nos quiere aplastar ♪

♪ Por defender tu amor, por decir la verdad ♪

♪ Con nuestra propia ley, quitamos para dar ♪

♪ un poco de esperanza y, ante todo, dignidad ♪

♪ Nadie nos detiene ♪

♪ Somos libertad ♪

♪ Ángeles plateados, cazadores de la paz ♪

♪ No queremos guerra, pero hay que luchar ♪

♪ contra la injusticia por amor a la verdad ♪

[♪♪♪]

CC: TELEMUNDO NETWORK captioning@telemundo.com

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